HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPUBLICA ROMANA
LIBRO TERCERO
CAPÍTULO PRIMERO
Panorama de toda la obra y distribución de materias que se han de
tratar en adelante.
Dijimos en el libro primero de toda la obra, y tercero respecto de
éste, que iniciaríamos nuestra historia por la guerra social, la de Aníbal y la
de la Cæle-Siria. Allí también expusimos las causas porque, recorriendo los
tiempos anteriores, escribiríamos los dos libros precedentes. Ahora trataremos
de referir con claridad estas guerras, las causas de que se originaron y los
motivos porque se hicieron tan memorables. Pero antes diremos algo sobre el
propósito de la obra.
El único objeto de todo lo que nos hemos propuesto escribir es hacer
ver el cómo, cuándo y por qué causa todas las partes del mundo conocido fueron
sometidas al poder de los romanos; y como este suceso tiene principio conocido,
tiempo determinado y conclusión evidente, tuvimos a bien poner a la vista como
en bosquejo aquellos principales hechos que mediaron entre su fin y principio.
Nada en mi concepto es más capaz de dar al lector una justa idea de todo el
propósito. Porque como muchas veces el ánimo por el todo viene en conocimiento
de los particulares, y al contrario, por los particulares muchas a la cierta
ciencia del todo; nosotros, que reputamos por el mejor método de enseñar y
explicar el que proviene de ambos, daremos consiguientemente a lo dicho un
prospecto de nuestra historia. La idea general del argumento y términos en que
está prescrito ya la hemos declarado.
Los hechos particulares tienen su origen en las guerras que hemos
mencionado; su conclusión y éxito en la ruina del reino de Macedonia; el tiempo
que ha mediado entre su principio y fin, cincuenta y tres años; en los cuales
se contienen tales y tan sobresalientes acciones, cuales ninguna edad anterior
comprendió en igual intervalo. La narración de éstas, empezando desde la
olimpíada ciento cuarenta, es como se sigue.
Luego que hayamos demostrado las causas por qué se suscitó la guerra
llamada anibálica entre cartagineses y romanos, expondremos cómo aquellos,
invadida Italia y arruinado su poder, pusieron en el mayor apuro a las personas
y patria de éstos, y llegaron concebir la magnífica y extraordinaria esperanza
de hacerse dueños, por asalto de la misma Roma. Trataremos después de explicar
cómo por aquel mismo tiempo Filipo, rey de Macedonia, finalizada la guerra con
los etolios y sosegados los disturbios de la Grecia, empezó a unir sus miras
con los cartagineses; cómo Antíoco y Ptolomeo Filopator disputaron entre sí y
vinieron al cabo a tomar las armas por la Cæle-Siria, cómo los rodios y prusias
declararon la guerra a los bizantinos, y les obligaron a levantar el tributo
que exigían de los que navegaban al Ponto. Aquí nos detendremos y examinaremos
la política de los romanos, para hacer ver al mismo tiempo que contribuyó
muchísimo lo peculiar de su gobierno a recobrar no sólo el mando de la Italia y
de la Sicilia y añadir a su imperio la España y la Galia, sino también a
sojuzgar finalmente a los cartagineses y pensar en la conquista del universo.
Al mismo tiempo daremos cuenta por una breve digresión de la ruina del reino de
Hierón Siracusano. Añadiremos después los alborotos de Egipto, y de qué modo,
muerto el rey Ptolomeo, Antíoco y Filipo, conspiraron sobre la división del
reino, dejando a su hijo, y atacaron con engaño y violencia éste el Egipto y la
Caria y aquel la Cæle-Siria y la Fenicia.
A esto seguirá un resumen de las acciones de romanos y cartagineses en
la España, África y Sicilia, de donde nos trasladaremos con la narración a los
pueblos de la Grecia y a las alteraciones que sobrevinieron en sus intereses.
Referiremos las batallas navales de Atalo y los romanos contra Filipo, como
también la guerra que hubo entre este príncipe y los romanos, por qué motivos y
cuál su éxito. Uniremos a esto sus resultas, y haremos mención de aquel
despecho que condujo a los etolios a llamar del Asia a Antíoco, y encender la guerra
entre aqueos y romanos. Manifestaremos las causas de esta guerra, y el paso de
Antíoco por Europa. Expondremos primero cómo huyó de la Grecia; después cómo
fue derrotado y tuvo que abandonar el país de parte de acá del monte Tauro; y
finalmente, cómo los romanos, castigada la audacia de los gálatas, se
apoderaron del imperio del Asia sin disputa, y libraron a los habitantes del
Asia citerior de los sobresaltos e injurias de estos bárbaros. Expondremos
después los infortunios de los etolios cefallenios, y emprenderemos las guerras
que Eumenes sostuvo contra Prusias y los gálatas, así como la que este príncipe
y Ariarato hicieron contra Farnaces. Después de haber apuntado la concordia y
gobierno del Peloponeso y el auge de la república de los rodios, haremos una
recapitulación de todo el discurso y de las acciones, sin omitir la expedición
de Antíoco Epifanes contra el Egipto, la guerra de Perseo y ruina del imperio
de Macedonia. Todos estos hechos nos manifestarán por menor la conducta con que
se manejaron los romanos para llegar a sojuzgar toda la tierra.
Si los sucesos prósperos o adversos bastasen para formar juicio de lo
laudable o vituperable de los hombres y de los Estados, convendría sin duda que
finalizásemos el discurso y concluyésemos nuestra historia en las últimas
acciones que acabamos de apuntar. Puesto que, según nuestro primer propósito,
se completa aquí el tiempo de los cincuenta y tres años llega a su apogeo el
auge y extensión del Imperio Romano, y todo el mundo se vio forzado a confesar
que no había más que obedecer a Roma y someterse a sus leyes. Pero como el mero
éxito de las batallas no es capaz de dar una justa idea de los vencedores ni
vencidos, porque a muchos las mayores prosperidades manejadas sin cordura
acarrearon tamaños infortunios, y a no pocos las más horribles adversidades
soportadas con constancia se les convirtieron muchas veces en ventajas, tuvimos
a bien añadir a lo dicho cuál haya sido la conducta de los vencedores después
de la victoria, y cómo hayan gobernado el universo, qué aceptación y crédito
hayan merecido de los pueblos, y cuáles y cuán diversos juicios se hayan
formado de los que manejaban los negocios; qué inclinaciones y afectos
prevalecieron y reinaron en el gobierno privado de cada uno, y en general de la
república. Por aquí conocerá el siglo presente si es de desechar o adoptar la
dominación romana, y los siglos venideros juzgarán si era digna de elogio y
emulación, o de infamia y vituperio. En esto consistía principalmente la
utilidad de nuestra historia, tanto para ahora como para el futuro. Pues yo no
creo que ni los comandantes de ejército ni los que juzgan de sus acciones, se
propongan por último fin las victorias y las conquistas. Ningún hombre de
entendimiento emprende una guerra por el solo fin de triunfar de sus
contrarios, ni surca los mares sólo por pasar de una parte a otra, ni aprende
las ciencias y artes únicamente por saberlas. Todos se mueven en sus
operaciones, o por el placer, o por la gloria, o por la utilidad que en ellas
encuentran. Por lo cual la mayor perfección de esta obra estará en dar a
conocer cuál era el estado de cada pueblo después de la conquista y sujeción
del universo al poder romano, hasta que se volvieron a suscitar nuevas
alteraciones y alborotos. La importancia de los hechos y lo extraordinario de
los sucesos me han precisado a describir estas conmociones dándolas origen muy
diverso. Pero la principal razón es haber sido no sólo testigo ocular de las
más de las acciones, sino haber coadyuvado a la ejecución de unas y haber sido
autor principal de otras.
Durante esta conmoción fue cuando los romanos llevaron la guerra
contra los celtíberos y vacceos los cartagineses contra Massanisa, rey de
África, y Atalo y Prusias disputaron entre sí sobre el Asia. En este tiempo
Ariarates, rey de Capadocia, destronado por Orofernes con la ayuda de Demetrio,
recobró por sí mismo el reino paterno; Demetrio, hijo de Seleuco, después de
haber reinado en Siria doce años, perdió la vida y el reino por conspiración de
otros reyes; los griegos, acusados de haber sido autores de la guerra de
Perseo, y absueltos del crimen que se les imputaba, fueron restituidos a su
patria por los romanos. Poco tiempo después estos mismos atacaron a los
cartagineses, al principio por desalojarlos, y después con ánimo de arruinarlos
por completo, por motivos que más adelante se dirán. Finalmente, hacia este
mismo tiempo, separados los macedonios de la amistad de los romanos, y los
lacedemonios de la república de los aqueos, se vio empezar y acabar a un tiempo
el común infortunio de la Grecia toda.
Tal es el plan que me he propuesto. Quiera la fortuna prolongarme la
vida hasta llevar a cabo la empresa. Bien que, aunque me sobrevenga la muerte,
estoy persuadido que no quedará abandonado el asunto, ni faltarán hombres
capaces que estimulados por su importancia, tomen a cargo llevarlo a la
perfección. Pero, puesto que hemos recorrido sumariamente los hechos más
señalados, con el fin de dar a los lectores una idea general y particular de
toda la historia, será bien que, acordándonos de lo prometido, demos principio
a nuestro argumento.
CAPÍTULO II
Algunos errores sobre las verdaderas causas de la segunda guerra
púnica. - Refutación al historiador Fabio.
Ciertos escritores que narraron los hechos de Aníbal, queriéndonos
exponer las causas por que se suscitó la segunda guerra púnica entre romanos y
cartagineses, asignan por primera el sitio de Sagunto por los cartagineses, y
por segunda, el paso del Ebro por estos mismos, contra lo que se había pactado.
Yo más bien diría que estos fueron los principios de la guerra, pero de ningún
modo concederé que fuesen los motivos. A no ser que se quiera decir que el paso
de Alejandro por Asia fue causa de la guerra contra los persas, y que la guerra
de Antíoco contra los romanos provino del arribo de éste a Demetriades, motivos
que ni uno ni otro son verdaderos ni aun probables. Porque ¿quién ha de pensar
que estas fueron las causas de las muchas disposiciones y preparativos que
Alejandro, y anteriormente Filipo durante su vida, habían realizado para la
guerra contra los persas, o de las operaciones de los etolios anteriores a la
venida de Antíoco para la guerra contra los romanos? Esto es de hombres que no
comprenden cuánto disten y qué diferencia haya ente principio, causa y
pretexto; que estos dos últimos preceden a toda acción, y que el principio es
lo último de los tres. Yo llamo principio de toda acción aquellos primeros
pasos, aquellas primeras ejecuciones de lo que ya tenemos proyectado; pero
causas, aquello que antecede a los juicios y deliberaciones, como son
pensamientos, especies, raciocinios que se hacen sobre asunto, y por los cuales
nos determinamos a juzgar emprender alguna cosa. Lo que sigue manifestará mejor
mi pensamiento.
Cualquiera comprenderá con facilidad cuáles fueron los verdaderos
motivos y origen que tuvo la guerra contra los persas. El primero fue la
retirada de los griegos, bajo la conducta de Jenofonte, de las provincias del
Asia superior en la que atravesando toda Asia con quien se hallaban en guerra,
no hubo bárbaro que osase interrumpirles el paso. El segundo fue el paso por
Asia de Agesilao, rey de Lacedemonia, en el que, en medio de no haber
encontrado quien se opusiese a sus designios, tuvo que volverse sin haber
ejecutado, cosa de provecho, por los alborotos que se originaron en la Grecia
en este intermedio. De estas expediciones infirió y conjeturó Filipo la
cobardía y flojedad de los persas, al paso que advirtió en él y en los suyos la
pericia en el arte militar, y se le pusieron de manifiesto las grandes y
sobresalientes ventajas que obtendría de esta guerra; y lo mismo fue
conciliarse la benevolencia de toda la Grecia que, bajo pretexto de querer
vengarla de las injurias recibidas de los persas, tomar la resolución y
propósito de hacer la guerra y disponer todo lo necesario para la empresa.
Quede pues, sentado que las causas de la guerra contra los persas son las dos
primeras que hemos dicho: el pretexto este segundo, y el principio el paso de
Alejandro por Asia.
De igual modo es indudable que se debe tener por motivo de la guerra
entre Antíoco y los romanos la indignación de los etolios. Pues imaginándose
éstos que los romanos los despreciaban por el feliz éxito de la guerra contra
Filipo, como hemos dicho anteriormente, no sólo llamaron a Antíoco, sino que la
cólera que por entonces concibieron los condujo a emprenderlo y sufrirlo todo
por vengarse. El pretexto fue la libertad de la Grecia, a la que sin fundamento
y con engaño exhortaban los etolios, recorriendo con Antíoco las ciudades; y el
principio fue el arribo de este rey a Demetríades. Me he detenido más de lo
regular sobre esta distinción, no por censurar a los historiadores, sino por
librar de error a los lectores. Porque ¿de qué sirve al enfermo el médico que
ignora las causas de las enfermedades del cuerpo humano? ¿O qué utilidad la de
un ministro de Estado que no sabe distinguir el modo, motivo y origen de donde
toma principio cada asunto? Ciertamente que ni aquel aplicará los remedios
convenientes, ni éste manejará con acierto los negocios que lleguen a sus
manos, sin el previo conocimiento de lo que hemos dicho. En esta inteligencia,
nada se ha de observar ni inquirir con tanto estudio como las causas de cada
suceso. Pues muchas veces de una cosa de poca monta se originan los más graves
asuntos, y en cualquiera materia se remedian con facilidad los primeros
impulsos y pensamientos.
Refiere Fabio, escritor romano, que la avaricia y ambición de
Asdrúbal, junto con la injuria hecha a los saguntinos, fueron la causa de la
segunda guerra púnica; que este general, después de haber adquirido en España
un dilatado dominio, emprendió a su vuelta de África abolir las leyes patrias,
y erigir en monarquía la república de Cartago, pero que los principales
senadores, comprendiendo su propósito, se le habían opuesto de común acuerdo;
que Asdrúbal, receloso de esto, se retiró de África, y en la consecuencia
gobernó la España a su antojo, sin miramiento alguno al senado de Cartago, que
Aníbal, compañero y émulo desde la infancia de los intentos de Asdrúbal,
observó la misma conducta en los negocios que su tío, cuando se le encomendó el
gobierno de la España; que por eso hizo ahora esta guerra a los romanos por su
capricho contra el dictamen de la república, pues no hubo en Cartago hombre de
autoridad que aprobase lo que Aníbal había hecho con Sagunto. Por último, añade
que después de la toma de esta ciudad vinieron los romanos a Cartago,
resueltos, o a que los cartagineses les entregasen a Aníbal, o a declararles la
guerra. Pero si se le preguntase a este historiador: ¿y qué ocasión más
oportuna se pudo presentar a Cartago, o qué resolución más justa y ventajosa
pudiera haber tomado, puesto que desde el principio, como asegura, se hallaba
ofendida del proceder de Aníbal, que acceder entonces a la solicitud de los
romanos, entregarles al autor de las injusticias, deshacerse buenamente del
enemigo común de la patria por ajena mano, asegurar la tranquilidad al Estado,
evitar la guerra que la amenazaba, y satisfacer su resentimiento a costa sólo
de un decreto? ¿Qué tendría que responder a esto? Bien sé yo que nada. Pues los
cartagineses estuvieron tan ajenos de echar mano de este expediente, que, por
el contrario, hicieron la guerra diecisiete años continuos por parecer de
Aníbal, y no la terminaron hasta que, exhaustos de todo recurso, se vieron por
fin cerca de perder su patria y personas.
CAPÍTULO III
Los verdaderos motivos de la segunda guerra púnica: el odio de Amílcar
contra los romanos, la toma de la Cerdeña por éstos, los nuevos tributos que
impusieron a los cartagineses, y los éxitos de los cartagineses en la España.
El haber mencionado a Fabio y a su historia, no es porque tema que la
verosimilitud de sus declaraciones halle crédito en algunos. Los absurdos de
este escritor son tales, que, sin que yo los advierta, ellos por sí mismos se
presentarán a la vista de los lectores. Sino para avisar a los que tomen en la
mano su historia, que no reparen en el título del libro, sino en lo que
contiene. Pues existen hombres que no deteniéndose en las palabras, sino en
quien las dice, e impresionados de que el autor es contemporáneo y miembro del
senado, reputan al instante por verdadero cuanto refiere. Mi sentir es, que así
como no se debe despreciar la autoridad de este escritor, tampoco darla por sí
sola un entero asenso, sino examinar a más los hechos para formar juicio.
Bajo este supuesto, se debe reputar por primera causa de la guerra
entre romanos y cartagineses (aquí fue donde nos separamos del asunto) la
indignación de Amílcar, llamado Barca, padre natural de Aníbal. Este general
mantenía un espíritu invencible aun después de la guerra de Sicilia. Advertía
que las tropas que habían estado bajo su mando en Erice se conservaban aún enteras
y en los mismos sentimientos que su jefe, y que si el descalabro que sufrió en
el mar su república la obligó a ceder al tiempo y a concertar la paz, su rencor
siempre era el mismo, y sólo esperaba ocasión de declararle. Y en verdad, que a
no haberse sublevado en Cartago los extranjeros, por su parte hubiera vuelto de
nuevo a emprender la guerra. Pero prevenido de las sediciones intestinas, tuvo
que ocuparse en sosegarlas.
Aquietados que fueron estos alborotos, los romanos declararon la
guerra a los cartagineses. Al principio éstos se pusieron en defensa,
esperanzados de que la justificación de su causa volvería por la victoria, como
hemos declarado en los libros anteriores, sin los cuales no será posible
comprender cómodamente, ni lo que ahora se dice, ni lo que se dirá en la
consecuencia. Pero como los romanos cuidasen poco de su justicia, los
cartagineses, oprimidos y sin saber qué hacerse, tuvieron que acomodarse al
tiempo, evacuar la Cerdeña, y consentir en pagar otros mil doscientos talentos
sobre los primeros, por redimirse de una guerra en tales circunstancias. Esta
es la segunda causa, y en mi concepto la mayor, de la guerra que más tarde se
originó. Pues Amílcar, uniendo a su particular resentimiento el odio de sus
ciudadanos, apenas hubo deshecho los rebeldes extranjeros y asegurado la
tranquilidad a la patria, puso toda su atención en la España, con la intención
de servirse de ella como de almacén para la guerra contra los romanos. Los
venturosos resultados de los cartagineses en este país se deben tener por
tercera causa; pues fiados en estas tropas, emprendieron con vigor la
mencionada guerra. Existen muchas pruebas de que Amílcar fue el principal autor
de la segunda guerra púnica, aunque su muerte había sido diez años antes que
aquella comenzase. Para testimonio de lo dicho bastará lo que voy a decir.
Cuando vencido Aníbal por los romanos tuvo finalmente que retirarse de
su patria y acogerse a la corte de Antíoco, los romanos, conocedores ya de lo
que los etolios maquinaban, enviaron legados a este príncipe con la misión de
sondear sus intenciones. Los embajadores, advirtiendo que el rey daba oídos a
los etolios y que meditaba la guerra contra ellos, dieron en hacer la corte a
Aníbal, con el fin de hacerle sospechoso con Antíoco. Efectivamente, vieron
cumplidos sus deseos. Andando el tiempo, y creciendo más y más en el rey los
recelos contra Aníbal, se presentó finalmente la ocasión de sacar a cuento uno
a otro su interior desconfianza. En este coloquio, luego de haber traído Aníbal
muchas pruebas en su defensa, viendo que de nada servían sus razones, vino a
parar en esto: «Cuando mi padre se disponía a partir a España con ejército,
contaba yo solo nueve años: me hallaba arrimado al altar, mientras él
sacrificaba a Júpiter; y después de tributadas a los dioses las libaciones y
ritos acostumbrados, mandó se retirasen un poco los circunstantes; y
llamándome, me preguntó con caricias si quería acompañarle a la expedición; yo
le respondí con gozo que sí, y aun se lo supliqué con aquel modo propio de un
muchacho; él entonces, tomándome de la derecha, me acercó al altar, y me mandó
que, puesta la mano sobre las víctimas, jurase no ser jamás amigo de los
romanos. En este supuesto, estad seguro que mientras penséis en suscitar
ofensas contra los romanos podéis fiar de mí, como de un hombre que os servirá
con fe sincera; pero si tratáis de compostura o alianza, no necesitáis dar
oídos a calumnias, sino recelarse y guardarse de mí, pues siempre obraré contra
Roma en todo lo posible.»
Este discurso, que pareció a Antíoco sincero y de corazón, disipó
todas sus anteriores sospechas; y al mismo tiempo se debe reputar por un
testimonio evidente del odio de Amílcar y de todo su proyecto, como se vio por
los mismos hechos. Pues suscitó a los romanos tales enemigos en Asdrúbal, su
yerno, y Aníbal, su hijo natural, que llegó al exceso de la enemistad. Es
verdad que Asdrúbal murió antes de hacer público su propósito, pero para eso a
Aníbal le sobró tiempo para manifestar el rencor que había heredado do su padre
contra los romanos. Por eso los que gobiernan Estados deben poner su principal
estudio en comprender las intenciones que tienen las potencias en reconciliarse
o en contraer alianza, cuándo reciben la ley forzada de la necesidad, y cuándo
postradas de corazón, para cautelarse de aquellas, reputándolas como espiadoras
de la ocasión; y fiarse de éstas como de súbditas y amigas verdaderas,
participándolas cuanto ocurra sin reparo. Tales son las causas de la guerra de
Aníbal. Ahora se van a exponer los principios.
CAPÍTULO IV
Expediciones de Aníbal por España.- Pretextos con que procura
equivocar a la embajada de los romanos. - Sitio y toma de Sagunto.
Aunque los cartagineses sufrían con impaciencia la pérdida de la
Sicilia, aumentaba mucho más su indignación la de la Cerdeña y la suma de
dinero que últimamente se les había impuesto, como hemos indicado. Por tal
motivo, así que tuvieron bajo su dominio la mayor parte de la España, todas las
acriminaciones contra los romanos hallaron en ellos buena acogida. Entonces
llegó la noticia de la muerte de Asdrúbal, a quien se había encargado el mando
de la España por falta de Amílcar. De momento esperó la República, hasta ver a
quién se inclinaban las tropas; pero después que se supo que el ejército había
elegido de común consentimiento a Aníbal por su jefe, al punto, junto el
pueblo, ratificó a una voz la elección de los soldados. No bien Aníbal había
tomado el mando, cuando se propuso sujetar a los olcades. Fue a acamparse
delante de Althea, ciudad la más fuerte de esta nación, y después de un
vigoroso y terrible ataque (221 años antes de J. C.) se apoderó de ella en un
momento. Este accidente aterró a los demás pueblos y los sometió al poder de
Cartago. Más tarde vendió el botín de estas ciudades, y dueño de infinitas
riquezas se volvió a invernar a Cartagena. Allí, generoso con los que le habían
servido, satisfizo las raciones al soldado, ofreció gratificaciones para el
futuro, se granjeó un sumo aprecio y excitó en sus tropas magníficas
esperanzas.
Al iniciarse el verano dio principio a la campaña por los vacceos,
atacó a Salamanca y la tomó por asalto (220 a. C.) Puso sitio asimismo y ganó
por fuerza a Arbucala, ciudad que por su magnitud, gran población y fuerte
resistencia de sus habitantes le costó mucho trabajo. A la vuelta, los
carpetanos, nación casi la más poderosa de aquellos países, le atacaron y
pusieron en el mayor apuro. Se habían unido a éstos los pueblos vecinos,
conmovidos principalmente Por los olcades fugitivos, y sublevados por los
salmantinos que se habían salvado. Si los cartagineses se hubieran visto
forzados a combatir en batalla ordenada, hubieran perecido sin remedio. Pero
Aníbal tuvo en esta ocasión la sagacidad y prudencia de irse retirando
lentamente, poner por barrera al río Tajo y dar la batalla en el paso del río.
Efectivamente, auxiliado de las ventajas del río y de los casi cuarenta
elefantes que tenía, todo le salió maravillosamente como había pensado. Los
bárbaros intentaron superar y vadear el río por muchas partes; pero la mayoría
perecieron en el desembarco, porque al paso que iban saliendo los elefantes que
estaban a la margen, los atropellaban antes de ser socorridos. Aparte de esto,
la caballería, como resistía mejor la corriente y desde encima del caballo
peleaba contra la infantería con ventaja, mató mucha gente en el mismo río. Por
último, Aníbal pasó al otro lado, y dando sobre los bárbaros, ahuyentó más de
cien mil. Con esta derrota no hubo ya pueblo, del Ebro para acá, que osase
hacer frente a los cartagineses, como no sea Sagunto. Pero Aníbal, atento a las
instrucciones y consejos de su padre, procuraba en cuanto podía no mezclarse
con esta ciudad, a fin de no dar a las claras pretexto alguno de guerra a los
romanos, hasta haberse asegurado de lo restante de España.
Entretanto los saguntinos enviaban a Roma correos de continuo, ya
porque, presintiendo lo que había de ocurrir, temían por sus personas, ya
porque querían informar a los romanos de los progresos de los cartagineses en
la España. En Roma se habían mirado con indiferencia estas representaciones;
pero entonces se despacharon embajadores que inquiriesen la verdad del hecho.
Por este mismo tiempo Aníbal, después de haber sujetado los pueblos que se
había propuesto, volvió por segunda vez con el ejército a invernar a Cartagena,
que era como la capital y la corte de lo que los cartagineses poseían en la
España. Allí encontró los embajadores romanos, y admitiéndolos a audiencia,
escuchó su comisión. Estos le declararon que no tocase a Sagunto, pues estaba
bajo su amparo, ni pasase el Ebro, según el tratado concluido con Asdrúbal.
Aníbal, joven entonces, lleno de ardor militar, afortunado en sus propósitos y
estimulado de un inveterado odio contra los romanos, como si hubiese tomado por
su cuenta la protección de Sagunto, se quejó a los embajadores: de que
originada poco antes una sedición en Sagunto, los vecinos habían tomado por
árbitros de la disputa a los romanos, y éstos habían quitado la vida
injustamente a algunos de los principales; que esta perfidia no la podía dejar
él impune, pues los cartagineses tenían por costumbre, recibida de sus mayores,
no permitir se hiciesen injurias. Pero al mismo tiempo envió a Cartago para
saber cómo se portaría con los saguntinos que, validos de la alianza de los
romanos, maltrataban algunos pueblos de su dominio. En una palabra, Aníbal
obraba con imprudencia y cólera precipitada. Por eso, en vez de verdaderos
motivos echaba mano de fútiles pretextos, costumbre ordinaria de los que,
prevenidos de la pasión, desprecian lo honesto. ¿Cuánto mejor le hubiera estado
manifestar que los romanos le restituyesen la Cerdeña, y juntamente el tributo
que validos de la ocasión les habían exigido sin justicia, o de lo contrario
declararía la guerra? Pero Aníbal, por haber silenciado en esta ocasión el
verdadero motivo y haber supuesto la injuria de los saguntinos, que no había,
dio a entender que empezaba la guerra, no sólo sin fundamento, pero aun contra
todo derecho.
Los embajadores romanos, asegurados de que la guerra sería
indefectible, se embancaron para Cartago con el propósito de hacer a los
cartagineses las mismas protestas. No se persuadían a que el teatro de la
guerra fuese en la Italia, sino en la España, en cuyo caso les serviría Sagunto
de plaza de armas. Por eso el senado romano, que adaptaba sus deliberaciones a
este intento, previendo que la guerra sería importante, dilatada y distante de
la patria, tomó la providencia de asegurar los negocios de la Iliria.
Ocurrió por este tiempo (220 a. C.) que Demetrio de Faros, olvidado de
los beneficios anteriormente recibidos de los romanos, y despreciándolos por el
terror que antiguamente los galos y actualmente los cartagineses les habían
infundido; depositada toda su confianza en la casa real de Macedonia por haber
socorrido y acompañado a Antígono en la guerra cleoménica, talaba y arruinaba
en la Iliria las ciudades de la dominación romana, navegaba con cincuenta
bergantines del otro lado del Lisso contra el tenor del tratado, y saqueaba
muchas de las islas Ciclades. A la vista de esto, los romanos, considerando el
floreciente estado de la casa real de Macedonia, procuraron poner a cubierto
las provincias situadas al Oriente de Italia. Se hallaban persuadidos a que
después de corregida la locura de los ilirios y reprendida y castigada la
ingratitud e insolencia de Demetrio, tendrían aún tiempo de prevenir los
intentos de Aníbal. Pero les fallaron sus propósitos. Pues Aníbal les ganó por la
mano y les quitó la ciudad de Sagunto. Esto fue causa de que la guerra se
hiciese, no en la España, sino a las puertas de Roma y en toda Italia. Sin
embargo, los romanos, siguiendo su primer proyecto, enviaron a la Iliria con
ejército a L. Emilio por la primavera del año primero de la olimpíada ciento
cuarenta. Aníbal partió de Cartagena con sus tropas y se encaminó hacia
Sagunto.
Esta ciudad se halla situada en la falda de una montaña que, uniendo
los extremos de la Iberia y de la Celtiberia, se extiende hasta el mar. Dista
de éste como siete estadios. Su territorio produce todo género de frutos, los
más sazonados de la España. Aníbal, acampado frente a Sagunto, estrechaba con
vigor el cerco. Preveía que de la toma de esta plaza por fuerza le provendrían
muchas ventajas para el futuro. Ante todo presumía que quitaría a los romanos
la esperanza de hacer la guerra en España; después estaba persuadido a que el
terror que esparciría este ejemplo haría más dóciles a los que ya eran sus
súbditos, y más circunspectos a los que estaban aún independientes, y, sobre
todo, que no dejando enemigos tras de él proseguiría su marcha sin peligro.
Aparte de esto, creía que abundaría de dinero para la empresa, que el botín que
cada uno conseguiría daría ánimo a sus soldados para seguirla, y que la
remisión de despojos a Cartago le atraería el afecto de sus conciudadanos.
Estas reflexiones le estimulaban a insistir en el sitio con brío. Unas veces,
dando ejemplo al soldado, trabajaba él mismo en la construcción de las obras; otras,
exhortando a la tropa, se exponía, arrojado, a los peligros, sin rehusar fatiga
ni cuidado. Finalmente, a los ocho meses tomó la ciudad a viva fuerza. Dueño de
muchos dineros, prisioneros y muebles, el dinero lo aplicó a sus propósitos
particulares, como se había propuesto; los prisioneros los distribuyó entre los
soldados, a cada uno según su mérito, y los muebles todos los remitió al
instante a Cartago. En nada desmintió la acción a su idea; todo le salió como
él había imaginado. La tropa vino a ser más intrépida para el peligro, los de
Cartago más propensos a sus mandatos, y él, bien provisto de pertrechos,
emprendió muchas acciones ventajosas.
CAPÍTULO V
Expedición de Emilio a la Iliria y toma de muchas plazas por éste.
Victoria sobre Demetrio. - Embajada de Roma a Cartago.- Manifiesto en que esta
República justifica su derecho.
Mientras tanto Demetrio, conocida la intención de los romanos,
introdujo en Dimalo una guarnición competente con todas las municiones
necesarias. En las demás ciudades hizo matar a los del bando contrario, y
entregó los gobiernos a sus amigos. Él eligió entre sus vasallos seis mil
hombres los más valerosos, y se metió con ellos en Faros. Entretanto el cónsul
romano llegó a la Iliria con las legiones, y advirtiendo que los enemigos
vivían confiados en la fortaleza y provisiones de Dimalo y en que en su concepto
era inconquistable, decidió iniciar la campaña por esta plaza con el fin de
aterrar a los enemigos. Para ello exhortó en particular a los tribunos, y tras
haber avanzado las obras por muchas partes, emprendió el sitio con tal vigor
que a los siete días tomó la ciudad. Este repentino accidente abatió tanto el
espíritu de los contrarios, que al instante vinieron de todas las ciudades a
rendir y ofrecer la obediencia a los romanos. El cónsul recibió a cada uno bajo
los pactos competentes, y se hizo a vela hacia Faros contra Demetrio mismo.
Pero enterado de que la ciudad se hallaba bien fortificada, que encerraba gran
número de tropas escogidas y que estaba provista de víveres y demás pertrechos,
recelaba no viniese a ser el sitio difícil y duradero. Para precaver estos
inconvenientes se valió de esta estratagema a su llegada. Arribó a la isla
durante la noche con todo el ejército, desembarcó la mayor parte en unos
lugares montuosos y cóncavos, y llegado el día se hizo a la mar con veinte
navíos, a la vista de todos, para el puerto cercano a la ciudad. Demetrio, que
advirtió los navíos, despreciando su corto número, salió de la ciudad al puerto
para impedir el desembarco.
Luego que vinieron a las manos, se enardeció la batalla. Acudían de la
plaza continuos refuerzos, hasta que finalmente salieron todos.
Los romanos que habían desembarcado durante la noche, caminando por
lugares ocultos llegaron a este tiempo, y ocupando una eminencia fortificada
que existe entre esta ciudad y el puerto, cortaron la retirada a los que salían
de la plaza al socorro. Visto esto por Demetrio, desistió de impedir el
desembarco, y después de unidas y exhortadas sus tropas, resolvió combatir en
batalla ordenada contra los que ocupaban la colina. Los romanos, que
advirtieron que los ilirios les atacaban con vigor y en buen orden, dieron
también sobre ellos con un valor espantoso. Al mismo tiempo los que habían
saltado de los navíos invadieron por la espalda a los ilirios, y acosados por
todas partes, se vieron en un desorden y confusión extrema. Finalmente,
molestados por el frente y por la espalda, tuvieron que emprender la huida.
Algunos se refugiaron a la ciudad, pero la mayor parte se esparció en la isla
por caminos extraviados. Demetrio se embarcó en unos bergantines que tenía anclados
en ciertas calas desiertas para un accidente, y haciéndose a la vela durante la
noche, aportó felizmente a la corte del rey Filipo, donde pasó el resto de su
vida. Era un príncipe dotado de valor y espíritu, pero inconsiderado y del todo
indiscreto. Su fin fue semejante al método de vida. Pues habiendo emprendido
tomar la ciudad de Messenia con parecer de Filipo, su arrojo y temeridad en el
acto mismo de la acción le hizo perder la vida. Pero de esto hablaremos
pormenor cuando llegue el caso. Emilio al punto tomó a Faros por asalto y la
destruyó; después, apoderado del resto de la Iliria y ordenadas las cosas a
medida de su gusto, volvió a Roma al fin del estío, donde celebró su entrada
con triunfo y toda magnificencia; premio debido, no sólo a la destreza, sino
aun más al valor con que se había conducido en los negocios.
Así que llegó a Roma la nueva de la toma de Sagunto, no se puso en
deliberación si se había de emprender la guerra. Algunos escritores lo dicen, y
aun refieren las opiniones que hubo de una y otra parte, pero incurren en el
absurdo más clásico. ¿Cómo es posible que los romanos, que en el año anterior
habrían declarado la guerra a los cartagineses en caso que invadiesen las
tierras de Sagunto, tomada ahora por fuerza la ciudad, se reuniesen estos
mismos a consultar si se había de emprender o no la guerra? ¿Cómo no se ha de
extrañar que, al insinuar la consternación de los senadores, añadan estos
escritores que los padres llevaron a los hijos de doce años al senado, y que
habiéndoles dado parte de la consulta, ni aun a sus parientes revelaron el
secreto? Esto es inverosímil y absolutamente falso. A no ser que se quiera
decir que la fortuna, a más de otras prerrogativas, ha dispensado a los romanos
el don de la prudencia desde el vientre de su madre. Semejantes escritos, como
los de Chæreas y Sosilo, no merecen más refutación. Estos, en mi concepto, no
tienen traza ni disposición de historia, sino de cuentos forjados en la tienda
de un barbero y propalados por el vulgo.
Luego que supieron los romanos el atentado contra Sagunto, nombraron
embajadores y los enviaron a Cartago sin tardanza, con orden de proponer dos
partidos a los cartagineses: uno que no podían aceptar sin deshonor y
perjuicio, y otro que era principio de una costosa y desastrosa guerra.
Solicitaban, o que se les entregase a Aníbal y sus consejeros, o intimarles la
guerra. Llegados que fueron a Cartago los embajadores y admitidos en el senado,
expusieron sus instrucciones. Los cartagineses escucharon con indignación el objeto
de su propuesta; sin embargo, dieron comisión al más capaz de ellos para
exponer el derecho de la República.
Éste callaba el tratado ajustado con Asdrúbal, como si no se hubiese
llevado a cabo; y caso de serlo, como que en nada les perjudicaba, por haberse
concluido sin el parecer del senado. Para prueba de esto, traía el ejemplo de
los mismos romanos cuando Luctacio firmó la paz en la guerra de Sicilia, que no
obstante estar ya ésta aprobada por el cónsul, la dio después por nula el
pueblo romano, por haberse hecho sin su consentimiento. Toda su defensa se
redujo a insistir y apoyarse en los últimos tratados que se habían concertado
en la guerra de Sicilia, en los que decía no había nada dispuesto sobre la
España; sólo si se había prevenido expresamente que habría seguridad entre los
aliados de uno y otro pueblo; pero negaba que en aquel tiempo fuesen aliados de
los romanos los saguntinos, y para prueba de esto leía a cada paso los
tratados.
Los romanos rehusaban absolutamente disputar sobre el derecho.
Manifestaban que esta discusión tendría lugar en el caso de que Sagunto
permaneciese en su primitivo estado, y entonces sería factible que las palabras
solas terminasen la controversia pero una vez arruinada esta ciudad contra la
fe de los tratados, o se les había de entregar a los autores de la infracción,
hecho por donde harían ver al mundo que no habían tenido parte en semejante
atentado y que se había cometido sin su consentimiento, o no queriendo hacerlo,
confesar que habían coadyuvado..., y entonces a qué fin tan vagos y generales
discursos.
Nos ha parecido preciso no silenciar este pasaje, para que aquellos a
quienes toca e interesa conocer a fondo estas materias no ignoren la verdad en
las deliberaciones más urgentes ni los políticos, seducidos de la ignorancia y
parcialidad de los escritores, yerren en adquirir una noticia exacta de los
tratados que ha habido entre romanos y cartagineses desde el principio hasta
nuestros días.
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