XIV-
El desarrollo histórico de las polis griegas situadas
a lo largo de las costas meridional, occidental y septentrional
del Ponto Euxino, está estrechamente vinculado no sólo con la
historia de los Estados rectores de la antigua Grecia —Atenas
y Esparta—, sino también con la de las poblaciones locales del
Asia Menor, Tracia y la costa septentrional y occidental del
mismo hasta el siglo v a. C., es conocida tan sólo en rasgos
generales.
1. El litoral meridional y occidental del mar Negro
La costa meridional del mar Negro formaba parte, a
partir de los tiempos de Ciro I (558—529 a. C.), de la
monarquía persa; sólo después de firmar la paz de Calías en
el año 449 a. C., las ciudades griegas obtuvieron la autonomía.
Probablemente, al igual que en las ciudades de Jonia, la nobleza
de las ciudades meridionales del Ponto sostenía una política
persófila, con el fin de facilitar la explotación de la población
local y de las riquezas naturales de las regiones vecinas. Las
relaciones entre los griegos y las poblaciones locales se habían
establecido de distintas maneras. Desde la remota antigüedad,
las tribus de la parte oriental del litoral sur del mar Negro
—los calibes, los mosinecos, los tibarenios y otros—, tenían
fama por su arte en la obtención y el tratamiento de metales,
especialmente el acero. Los vínculos económicos con los mismos
eran muy ventajosos para los griegos, especialmente para los
habitantes de Sínope, los que compraban el hierro allí labrado.
De la estabilidad de esas relaciones dan testimonio la multitud
de pequeñas poblaciones fundadas por Sínope en los territorios
de esas tribus.
Partiendo de los datos posteriores de Jenofonte, es
dable suponer que la población local ofrecía resistencia a las
tentativas de los griegos de establecer su dominio sobre ellas,
de modo que, por ejemplo, debía tenerse presente la independencia
de sus vecinos, antiquísimos habitantes del Ponto meridional.
En la parte occidental de la costa sur se encontraba
una sola ciudad griega, Heráclea, situada en la desembocadura
del río Lico. Las tribus agrícolas locales de mariandinos no
pudieron defender su libertad y terminaron por ser esclavizados
por los habitantes de la ciudad. Es lícito suponer que ese período
de la historia de Heráclea fue de luchas entre sus ciudadanos
y los mariandinos, y que precisamente en aquel tiempo fueron
estructurándose esas peculiares formas de independencia de los
mariandinos que posteriormente señalaron los escritores de la
antigüedad. Habiendo obligado a los habitantes locales a que
trabajasen para ellos, los de Heráclea tuvieron, en consecuencia,
una economía agrícola bien desarrollada que les proporcionaba
una considerable cantidad de productos. Al mismo tiempo que
esos productos, Heráclea exportaba también maderas de construcción,
hacienda, productos de alfarería y otras mercaderías. Se sabe
que, sobre el años 520, los ciudadanos de Heráclea fundaron
la colonia de Callatis, en la costa occidental del Ponto. El
éxodo de una parte de los ciudadanos puede atestiguar el recrudecimiento
de la desigualdad social en el seno de la población de Heráclea,
el estallido de una lucha encarnizada entre los diferentes grupos
sociales y la emigración de los vencidos a nuevas tierras.
Las fuentes escritas no suministran noción alguna acerca
de la historia económica de las ciudades del litoral meridional
del mar Negro durante el tiempo del que estamos ocupándonos.
No obstante, la aparición temprana de moneda propia (Sínope,
por ejemplo, comenzó a acuñar plata en el período comprendido
entre los años 570 y 520) indica un considerable desarrollo
de la circulación monetaria ya a mediados del siglo vi a. C.
Algo mejor se conoce la vida de las polis del litoral
occidental del mar Negro. Los datos que se refieren al comercio
de las ciudades de esta región muestran que entre los griegos
y los habitantes nativos del país, los tracios, se habían establecido
vínculos comerciales. Los griegos importaban los productos procedentes
de los centros artesanales del mar Mediterráneo, recibiendo
en cambio mercancías tan valiosas como cereales, maderas, pescado,
metales preciosos, que abundaban en Tracia.
En el año 514 a. C. Darío, mientras se dirigía
contra los escitas, penetró hacia los confines del litoral occidental
del Ponto. Allí los persas, tras quebrantar la resistencia de
tribus tracias, sometieron el litoral oriental de Tracia, inclusive
las ciudades griegas del mismo. No obstante, el dominio persa
no dejó hondos vestigios en la historia del litoral occidental
del mar Negro, puesto que ya en el año 494 se hallaban en Tracia
los escitas, que intentaban invadir al Asia Menor.
En la primera mitad del siglo v a. C., entre las
más desarrolladas tribus que moraban en la parte sudeste de
Tracia, el desarrollo de la agricultura, de la ganadería y de
la minería había llegado a un nivel bastante elevado.
La muy avanzada descomposición del régimen comunista
primitivo que se había operado entre ellas, acarreaba la aparición
de clases y de una sociedad clasista. Según el testimonio de
Herodoto, entre los tracios existía la esclavitud ya a mediados
del siglo v a. C. La existencia de una acentuada desigualdad,
en cuanto a los bienes, entre las tribus de la Tracia meridional,
es confirmada por las fuentes arqueológicas. Aproximadamente
a partir del año 480 a. C., las tribus de los odrises,
que habitaban en el sudeste de Tracia, sometieron a muchas tribus
del país, hasta las mismas orillas del Ister. En el primer tercio
del siglo v a. C. se formó de manera definitiva el Estado
de los odrises. El primero de sus reyes que nos es conocido,
Terés, que gobernó en el segundo cuarto del siglo mencionado,
se había emparentado con el rey escita Ariapeithes al darle
a éste a su hija por esposa.
Según parece, los reyes de los odrises no pudieron
someter por completo a las ciudades griegas. Pero el contacto
económico de los ricos habitantes de las ciudades, con la nobleza
tracia, llevaba al enriquecimiento de ambas partes, a cuenta
de opresión de amplios sectores de la población y de los esclavos.
Como testimonio indirecto, aparece el crecimiento territorial
de las ciudades del litoral occidental del mar Negro (por ejemplo,
de Apolonia), como también la creciente estratificación —en
cuanto a la posesión de los bienes— en la población urbana.
Esto último se reflejó en la encarnizada lucha social que tuvo
lugar en aquellas ciudades durante el siglo v a. C. La
tradición sólo ha conservado algunas informaciones acerca de
Istros y de Apolonia, donde las sublevaciones de los ciudadanos
condujeron al derrocamiento del gobierno de la aristocracia
y al establecimiento de un régimen democrático.
Al lado del desarrollo de la agricultura y de la ganadería
en el territorio que pertenecía a las ciudades del litoral occidental
del mar Negro, se observa también la ampliación, en las mismas
ciudades, de la producción artesanal y de la comercialización
de la misma; ya en el siglo v surge la necesidad de acuñar moneda
propia. Apolonia comenzó a hacerlo en el período comprendido
entre los años 520 y 480; Mesembria, a partir de mediados del
mismo siglo.
De esta manera, el crecimiento de las ciudades situadas
junto al Ponto era acompañado por el desarrollo de sus vínculos
comerciales con las polis griegas, principalmente con Atenas.
A partir del segundo cuarto de ese siglo se nota claramente,
en aquellas mismas ciudades, la intensificación de la importación
ática. La tendencia de Atenas a aprovechar todas las ventajas
de comerciar con los ricos países pónticos, se expresó no solamente
en el comercio, sino también en las expediciones bélicas al
mar Negro. Al parecer, las primeras expediciones datan aún de
la década del 470 a. C., pues la tradición antigua informa
que el estadista ateniense Arístides murió durante una expedición
al Ponto.
Las consecuencias más importantes las tuvo la campaña
de Pericles al mar Negro, que significó una nueva etapa en la
historia de una serie de ciudades del Ponto meridional y occidental.
La fecha de esa campaña no está determinada con suficiente precisión;
es referida ora al año 444, ora al 437. La tendencia de Pericles
a exhibir «ante reyes y otros potenciados» de las tribus pónticas
el poderío naval de Atenas, hace suponer que muchos de ellos
le eran hostiles. Se sabe, por ejemplo, que uno de los adversarios
de Atenas era el poderoso rey de los odrises, Sitalcés, hijo
de Teres.
En sus relaciones con las ciudades griegas situadas
junto al Ponto, Pericles se atenía a una política amistosa,
estimulando en ellas a las agrupaciones atenófilas. Sin embargo,
para conseguir el dominio, no eludía recurrir a la violencia.
Así, aprovechando el descontento de los habitantes de Sínope
respecto al tirano Timesilao que allí gobernaba, Pericles envió
una flota de 13 trieres, encabezada por Lámaco con sus guerreros,
con cuya ayuda el tirano fue derrocado. Al parecer, la masa
de los pobres libres no recibió gran satisfacción ni alivio
con tal revuelta, porque las tierras y casas del tirano y de
sus partidarios fueron ocupadas por los clerucos atenienses
enviados por Pericles a Sínope. Estos, en número de 600, eran
el apoyo más seguro del dominio ateniense en Sínope. Igual violencia
fue aplicada a la ciudad de Amisos, a la cual los atenienses
enviaron un ejército mandado por Atenocles. La ciudad fue privada
hasta de su nombre, el que fue reemplazado por el de Pirea.
Aun en el siglo v a. C., se conservaba en las monedas ese
nombre y la efigie de la lechuza ateniense, en calidad de escudo
de dicha ciudad.
La ocupación de Sínope y de Amisos por los atenienses
fue posible no sólo por el debilitamiento de las mismas debido
a la lucha social interna, sino también por la falta de una
eficaz ayuda a los griegos por parte de las tribus locales.
Al parecer, al mismo tiempo Atenas había logrado atraer también
su órbita de influencia a la Heráclea póntica, porque en los
registros conservados de los contribuyentes al foros en el año
425, aparecen mencionados sus habitantes. Posiblemente, al igual
que en Sínope, los atenienses aprovecharon las disensiones entre
la aristocracia local y las capas democráticas de la población
libre.
Se sabe muy poco de las relaciones mutuas entre las
ciudades del litoral occidental del mar Negro y la Liga marítima
ateniense. En la misma inscripción en que figura el registro
de los aliados pagadores de tributos del año 425 quedan establecidas
con suficiente certeza los nombres de Apolonia y Callatis.
Es dable suponer que no todas las ciudades pónticas
sufrían en igual grado la opresión de Atenas. Especialmente
grave era ese dominio para la población de las polis a las cuales
eran enviados los clerucos atenienses. Es natural que en aquellas
ciudades fueran muy fuertes las tendencias antiatenienses, apoyadas
y estimuladas por el rey persa. Con el comienzo de la guerra
del Peloponeso, los elementos hostiles a Atenas en las ciudades
pónticas se pusieron en actividad. Ya en el año 424 a. C.
los oligarcas de Heráclea, ayudados por Darío II, derrocaron
del poder al partido democrático, que era apoyado por los atenienses
y, acto seguido, declararon su independencia de Atenas.
La defección de Heráclea infirió gran detrimento a
los intereses de Atenas en el Ponto. Para reprimir la sublevación,
los atenienses enviaron una expedición punitiva encabezada por
el estratega Lámaco, el mismo que otrora había derrocado la
tiranía en Sínope.
No disponiendo, al parecer, de suficientes fuerzas
como para apoderarse de la ciudad de un golpe, Lámaco desembarcó,
dentro de la región perteneciente a Heráclea, en la desembocadura
del río Caleto. Aquí, los atenienses devastaron los campos de
los habitantes de Heráclea, y los que sufrieron las circunstancias
antes que nadie fueron los mariandinos, que habitaban esos campos
y las aldeas adyacentes. Aun así, Lámaco no logró someter a
Heráclea, pues la corriente desbordada del río llevó las naves
al mar y las destrozó contra las rocas. Lámaco debió entablar
negociaciones con Heráclea, cuyos ciudadanos otorgaron su conformidad
al paso de los atenienses a través de su tierra, y accedieron
a proveerles de víveres para el regreso. Así terminó ignominiosamente
la tentativa de Atenas de recuperar a Heráclea como subdito.
En el interior de la misma ciudad de Heráclea continuó
la lucha entre las agrupaciones oligárquica y democrática. El
hecho de haberse emancipado del poder de Atenas, fortaleció
la situación de los oligarcas. Los cambios políticos en Heráclea,
tal como sucedía no pocas veces en las ciudades griegas, tenían
como consecuencia la emigración de los vencidos. Los demócratas
que emigraron de Heráclea se apoderaron, según parece, de una
pequeña población en la parte meridional de Crimea, fundada
en su tiempo por los griegos de Jonia, y en ese lugar fundaron
su colonia, el Quersoneso Táurico.
Esta fundación respondía no sólo a los intereses de
los demócratas, sino también a los de los oligarcas de Heráclea.
La emigración de una parte de los demócratas descargó en la
ciudad la tensa atmósfera política, y la aparición de una nueva
colonia en el litoral septentrional del mar Negro, litoral rico
en recursos naturales, representaba una ventaja para Heráclea
en el sentido económico.
No se conoce la posición de los griegos del Ponto occidental
respecto a Atenas al finalizar la guerra del Peloponeso. Cabe
pensar que la defección de la Liga, en el año 411, de Bizancio,
Cícica, Selimbria, Calcedonia y las ciudades del Helesponto,
tenía que ejercer alguna influencia sobre la política ateniense.
Las fuentes que describen detalladamente las operaciones de
Alcibíades en el año 409, no hacen mención alguna de las ciudades
pónticas. De ahí puede extraerse la conclusión de que tales
ciudades no se sublevaban contra Atenas, o, lo que es más probable,
que Alcibíades se planteaba como problema sólo la devolución
de los estrechos: para una lucha contra aquellas ciudades, Atenas
ya no tenía entonces suficientes fuerzas. Después de la destrucción
definitiva de la flota ateniense en Egospótamos en el año 405,
la influencia de Atenas sobre las ciudades del Ponto se redujo
a la nada.
En la vida económica de las ciudades del Ponto occidental
no se observan profundos cambios en aquel tiempo. Es indudable
que en la segunda mitad del siglo v a. C. tuvo lugar aquí
el desarrollo de la producción local y del comercio. La nobleza
esclavista de las ciudades, que poseía tierras, talleres y naves,
obtenía grandes beneficios. Fuente nada pequeña para su lucro
representaba el comercio con las regiones del interior de su
país.
Los muchos hallazgos de objetos griegos hechos en el
interior de Tracia muestran que los vínculos de los griegos
con las tribus locales eran bastante intensos. La aristocracia
tracia, aun en los lugares más distantes del mar, hacía abundante
uso de los productos de los mejores artífices atenienses del
siglo v. La unificación de Tracia bajo el dominio de los odrises
debía propender al crecimiento de los vínculos tracios con Grecia.
Durante la segunda mitad del siglo mencionado, los odrises representaban
una fuerza tan considerable, que, en el comienzo de la guerra
del Peloponeso, Atenas buscó la alianza con ellos. Los reyes
tracios, Sitalcés y su hermano Seutés, mantenían en general
relaciones amistosas con los helenos, aunque Sitalcés fue, en
un principio, algo hostil en este sentido; al estimular el comercio
griego en Tracia, ellos mismos se procuraban no pocas ventajas.
Una fuente especial de rentas era la contribución que las ciudades
griegas pagaban anualmente al rey de los odrises. Tales contribuciones
y los rendimientos que se obtenía del territorio bajo su mando,
permitieron a los reyes tracios concentrar en sus manos recursos
muy considerables. De entre los gobernantes «bárbaros» más cercanos
a los griegos, ellos eran los más ricos.
El pago de la contribución a los reyes tracios apenas
si era gravosa para la población pudiente de las ciudades del
occidente póntico. Las riquezas acumuladas en sus manos les
suministraban la posibilidad de hacer cuantiosas erogaciones
para erigir grandes obras sociales, como lo atestiguan los hallazgos
arqueológicos de Apolonia e Istros.
Las polis del sudoeste póntico habían crecido, a finales
del siglo v, hasta alcanzar la magnitud de grandes centros productores
y comerciales de primer orden.
Sínope exportaba maderas para construcciones navales
y leña, pescado y aceite de oliva. Los mercaderes de Sínope
importaban de la Paflagonia esclavos y ganados. El minio que
se extraía cerca de Sínope era considerado como el mejor en
todo el litoral oriental del mar Mediterráneo. Para explotar
las minas de hierro, cobre y plata, Sínope había fundado una
colonia, Cotiora. Una parte del metal extraído en ella se elaboraba
allí mismo, y el resto era llevado a los talleres de Sínope.
El acero sinopiano gozaba de gran fama en la antigüedad. El
comercio de aceite de oliva y de vino exigía una gran cantidad
de recipientes de cerámica, lo cual implicó el gran desarrollo
de la alfarería. Al desarrollo de comercio le resultaba también
muy favorable el hecho de que tanto Sínope como Heráclea poseyeran
una considerable flota mercante y militar.
El poderío económico de Sínope favoreció su consolidación
política, a través de la unificación de una considerable parte
de la población póntica meridional bajo su dominio. Las colonias
de Sínope dependían de la misma, en diferentes grados entre
sí. Una ciudad tan grande como Trapezunte pagaba una contribución
a Sínope, conservando al mismo tiempo su autonomía interior.
Las colonias más pequeñas, al estilo de la mencionada Cotiora,
eran regidas por funcionarios enviados desde Sínope, los llamados
harmostes. El territorio de esas colonias era considerado como
perteneciente a Sínope. Jenofonte proporciona el complejo cuadro
de las relaciones entre Sínope y sus colonias, y las tribus
locales. Algunas de éstas, por ejemplo los tabirenos y una parte
de los colcos, se hallaban en relaciones muy estrechas con los
helenos del litoral. Otras, entrando en vínculos amistosos con
helenos aislados, trataban de mantenerse independientes de las
ciudades griegas (los mosinoicos). Unas terceras (los drilos)
sostenían todo el tiempo una lucha contra los griegos del litoral.
Un solo acontecimiento, relativamente insignificante,
de la historia del litoral meridional, nos es bien conocido:
la permanencia en aquel lugar de los que fueran mercenarios
griegos de Ciro, acontecimiento que Jenofonte describe en su
Anábasis. En la primavera del año 400 a. C. un ejército
compuesto por diez mil guerreros qué traía consigo un tren de
avituallamiento, mujeres y esclavos, había bajado de las montañas
hacia el mar, a Trapezunte. El explícito reto de Jenofonte transmite
vivamente la inquietud que se apoderó de los helenos habitantes
del Ponto meridional: el ejército que se presentaba estaba en
condiciones no sólo de asolar las ciudades griegas y arruinar
a las tribus vecinas a las mismas, sino también de perturbar
y violentar el sistema de relaciones mutuas con la población
local, relaciones que se habían establecido desde hacía muchísimo
tiempo, permitiendo a la nobleza esclavista de las ciudades
griegas, aliadas con la nobleza de las tribus, explotar a amplias
capas de la población local. No obstante la simpatía hacia los
Diez Mil, los helenos del Ponto meridional procuraron despacharlos
lo más pronto posible del litoral meridional del mar Negro.
Lo que más terror infundía a los de Sínope era la circunstancia
de que los Diez Mil habían establecido relaciones amistosas
con el rey de la Paflagonia, Corilos, que pensaba apoderarse
de las ciudades del litoral. Uno de los destacamentos de los
Diez Mil, al atacar a una población, fue rechazado, sufriendo
una sensible derrota. A los ancianos de esa población, que llegaron
a la pequeña ciudad de Cerazonte con una queja, los mercenarios
los recibieron con una lluvia de piedras, después de lo cual
se apoderaron de la ciudad de Cotiora; todo ello obligó a los
de Sínope a proceder con energía. La embajada enviada por Sínope
a Cotiora logró persuadir a los guerreros a que se embarcaran
y se dirigieran directamente a Heráclea.
Habiendo zarpado en las naves que se les proporcionara,
los mercenarios se detuvieron en el camino sólo en el puerto
de Sínope, donde, al parecer, no se les dejó entrar en la ciudad,
pero se les suministró víveres, que les eran muy necesarios.
Al arribar a Heráclea y sintiéndose ya cerca de su patria, los
soldados exigieron de la ciudad una contribución de diez mil
estáteras de oro. Empero, los de Heráclea declararon al instante
la ciudad en estado de guerra. Comprendiendo que no les sería
fácil dar cuenta de los habitantes de la misma, los advenedizos
prosiguieron su ruta. El relato de Jenofonte acerca de la estancia
de los Diez Mil en el litoral meridional del mar Negro reviste
importancia para la compresión de la ulterior historia de aquella
región.
A comienzos del siglo iv a. C. Sínope pasó por
un período de ascenso, de lo cual dan testimonio las muchas
emisiones de monedas de plata con el escudo de la ciudad: un
águila marina sobre un delfín, y con los nombres de algunos
funcionarios públicos. Las riquezas de esta ciudad excitaban
los deseos de los vecinos gobernantes del Asia Menor de apoderarse
de ella. Durante la década del 70 del siglo iv Sínope tuvo que
defender su independencia contra Datames, el sátrapa de la Capadocia.
Este, cuyas posesiones se reducían hasta entonces a un altiplano
interior, había decidido apoderarse también de los territorios
litorales. Habiendo penetrado en la Paflagonia, sometió a su
poder una parte considerable de la misma y a la ciudad Amisos—Pirea.
Amisos no pudo ofrecerles resistencia considerable, puesto que
ni ella ni las poblaciones sometidas a ella, Temiscira y Sidonia,
poseían fortificaciones de significación.
Después Damates puso sitio a Sínope, acerca del cual
se ha conservado un relato de Polieno, adornado con gran número
de imaginarias invenciones. Al comienzo, los de Sínope repelieron
firmemente al enemigo, recibiendo por vía marítima vituallas
y pertrechos de guerra. Al mismo tiempo, enviaron una queja
contra Datames, al rey Artajerjes Mnemón. Después de cierto
tiempo, Sínope empezó a sentir la falta de guerreros. Según
relata Polieno, para engañar a los enemigos, sus defensores
vestían a las mujeres con ropas de soldados y las hacían salir
a los muros de la ciudad. Al fin, Datames pudo apropiarse de
Sínope. Este hecho tuvo grandes consecuencias para la historia
de toda la parte oriental del Ponto meridional. De una polis
independiente que ejercía su dominio sobre varias ciudades más
pequeñas, Sínope había pasado a convertirse ella misma en una
ciudad sometida. Cabe suponer que la autonomía de Sínope era
constantemente violada por la intromisión de los gobernantes
de la Capadocia, y que estos últimos se apoderaron incluso del
mando en la propia ciudad. Así, por ejemplo, en las monedas
de Sínope comenzaron a figurar los nombres de los sátrapas,
en lugar del nombre de la ciudad.
Al parecer, el sometimiento repercutió, más que nada,
sobre la situación de las capas más pobres de la población libre.
La nobleza esclavista de la ciudad procuró establecer contacto
con el gobernante y con sus más allegados, los nobles persas.
No cabe duda que los sátrapas de la Capadocia trataban de apoyar
y estimular el desarrollo del comercio y de los oficios, puesto
que ello multiplicaba las contribuciones que pagaba la ciudad.
En cuanto al considerable desarrollo de la producción en Sínope,
da testimonio del mismo el hecho de que precisamente en el siglo
iv a. C. la ciudad formara una poderosa flota que ocupó
el primer lugar en el Ponto. Es indudable que, durante el período
que estamos considerando, cobró un desarrollo inusitadamente
grande la cerámica, lo cual queda documentalmente atestiguado
por los sellos que se ven en las ánforas y en las tejas, ya
a partir del año 320 a. C. Siguieron desarrollándose los
otros oficios.
La anexión de Sínope a la Capadocia repercutió asimismo
sobre la composición étnica de la ciudad, donde aparecieron
una considerable cantidad de persas y de representantes de las
tribus locales.
Después de Datames gobernaron allí otros sátrapas,
sucesores de aquel cuyos nombres se conocen por las leyendas
inscritas en las monedas de Sínope. Y sólo cuando Pérdicas dispuso
ejecutar a Araiarates, que por entonces gobernaba a la Capadocia,
Sínope pudo recuperar su independencia.
La historia política de Heráclea en el siglo iv a. C.
es diferente de la de Sínope. Después de su defección de la
Liga ateniense, se estableció en ella el dominio de los oligarcas,
que gobernaban sin control alguno, debido a que una parte considerable
de los demócratas se habían trasladado al Quersoneso Táurico,
estableciéndose allí. La necesidad de disponer de algunas fuerzas
con el fin de aplastar la oposición democrática y, principalmente,
para retener en la obediencia a los mariandinos, obligaba a
los círculos gobernantes de Heráclea a preocuparse de la intensificación
del poderío militar de la ciudad. Al mismo tiempo, Heráclea
trataba de vincularse estrechamente con otras polis pónticas.
A mediados de la década del 380, por ejemplo, envió auxilio
a Teodosia, atacada por el rey bosforiano Sátiro. El objetivo
de Heráclea era bien claro: tratar de impedir la expansión del
Bósforo en dirección a las partes occidentales de Crimea, porque,
una vez que se hubieran apoderado de Teodosia, los reyes bosforianos
podían seguir moviéndose más hacia adelante, sobre la colonia
heracleota del Quersoneso. La mencionada ayuda fue muy eficaz:
despacharon 40 barcos con cereales, aceite, vino y otros víveres.
Los heraclotas enviaban también a Teodosia navíos militares
que en más de una oportunidad prestaban ayuda a los sitiados.
A la cabeza de la escuadra se hallaba el navarca heracleota
Tínicos, y otro navarca conocido, oriundo de Rodas, Memnón.
No obstante la ayuda de Heráclea, esa guerra terminó a los pocos
años con la capitulación de Teodosia.
Los ingentes gastos y el desastroso resultado de la
guerra determinaron la agudización de las contradicciones clasistas
en la ciudad. Durante la guerra aumentó la deuda de las amplias
masas de la población. Los lotes de los propietarios medianos
y pequeños pasaron a manos de los ricos. La calamitosa situación
de las masas fue precisamente lo que impulsó el desenvolvimiento
del movimiento democrático, que tenía por objeto derrocar al
grupo oligárquico gobernante.
La exigencia de anular las deudas y redistribuir la
tierra era tan insistente, que el consejo de los Seiscientos,
el órgano superior del poder de Heráclea, se vio obligado a
ceder; así fue que se permitió regresar a la ciudad al jefe
del partido democrático, Cleargo, anteriormente expulsado.
Clearco procedía de una noble familia de Heráclea y
poseía una instrucción universal. En su juventud había estudiado
en Atenas y había sido oyente de Platón e Isócrates. Posteriormente,
se había imbuido de ideas democráticas radicales. De regreso
en Heráclea, Clearco, recurriendo a la ayuda de los ciudadanos
pobres y de los mercenarios, se apoderó del mando y se proclamó
tirano. La oligarquía fue desbaratada: sesenta miembros del
consejo de los Seiscientos fueron ejecutados, otros fueron arrojados
a la prisión y muchos expulsados. Fueron anuladas las obligaciones
de deudas; los bienes de la nobleza fueron confiscados y distribuidos
entre los ciudadanos indigentes. Clearco otorgó la libertad
a muchos esclavos y trató de confirmarlos en los derechos de
ciudadanía. Una de sus medidas en este sentido consistió en
casamientos, por la fuerza, de las heracleotas nobles con esclavos.
Llama, sin embargo, la atención el que, habiendo declarado ciudadanos
a gran número de esclavos manumitidos, Clearco no hiciera nada
para la liberación de los mariandinos esclavizados. Es conocida
también su actividad en el ámbito de la cultura. Fundó en Heráclea
una biblioteca que glorificó su nombre.
Como es natural, la actividad de Clearco engrendró
una encarnizada resistencia de parte de la expulsada o agazapada
oligarquía reaccionaria. La misma emprendió, más de una vez,
tentativas de apoderarse del mando y organizó atentados contra
la vida del propio Clearco. En el año 352 a. C., en el
décimo segundo año de su gobierno, Clearco fue asesinado por
los conjurados.
Sabemos muy poco acerca de la política exterior de
Clearco; se han conservado informaciones según las cuales trataba
de establecer relaciones pacíficas con el sápatra persa vecino.
El sucesor de Clearco fue su hermano Sátiro, quien gobernó desde
el año 352 hasta el 345. Luego el poder pasó a los dos hijos
de Clearco, Timoteo y Dionisio (años 345—337). Después del fallecimiento
del primero, gobernó en Heráclea solamente Dionisio (hasta el
año 305). A lo largo de todo aquel período, Heráclea acuñó monedas
de plata con los nombres de sus gobernantes.
El régimen político de esa ciudad, después de la muerte
de Clearco, se hizo, en gran grado creciente, menos democrático.
Al parecer, para retener el poder en sus manos, los tiranos
hacían concesiones a los aristócratas. Ello se puso de manifiesto,
con particular claridad, durante el Gobierno de Timoteo, quien
traicionó la política de su padre y sacó de las prisiones a
los aristócratas, a pesar de las acusaciones que pesaban sobre
ellos. Poco a poco, la tiranía en Heráclea degeneró en monarquía.
La historia de las otras ciudades del litoral meridional
del mar Negro durante el siglo iv a. C. es casi desconocida.
Acerca de su producción y de su actividad comercial, da testimonio
el hecho de que muchas de esas ciudades, carentes anteriormente
de moneda propia, comenzaron a emitirla: Amisos—Pirea, Trapezunte,
Cromno, Sésamo.
Ninguna de las ciudades del Ponto occidental llegó
a ocupar en el Ponto una posición como las de Sínope o Heráclea,
ni en la época clásica ni en la helénica. Así y todo, algunas
se transformaron en centros relativamente grandes, en cuanto
a artes y oficios, o en lo que respecta al comercio. Tal como
lo hacen ver los hallazgos (en las excavaciones) de productos
áticos de Apolonia, Odesa, Calatia, Mesembria, todas ellas mantuvieron
intensas relaciones comerciales con otras ciudades de Grecia:
Corinto, Rodas, Tasos. Especialmente importantes fueron los
vínculos con Cícica: hasta que apareció el oro macedonio, las
estáteras de Cícica representaron divisas reconocidas en todas
partes del Ponto occidental y en el del noroeste, al tiempo
que en el Ponto meridional ese papel lo desempeñaban los dáricos
persas.
Al mismo tiempo se intensificaron, en el siglo iv a. C.,
los vínculos de las ciudades del Ponto occidental con otras
ciudades griegas del Ponto.
Los acontecimientos de la historia interna de esas
ciudades, en el siglo que se acaba de mencionar, son casi desconocidos.
Al parecer, en todas ellas imperaba el régimen de la democracia
esclavista.
La historia exterior del Ponto occidental durante ese
mismo siglo está estrechamente entrelazada con los mayores acontecimientos
del mar Negro. En la primera mitad del siglo iv fueron los escitas
lo que, habiendo llegado desde el Norte, ocuparon el territorio
desde la desembocadura del Danubio hasta la cadena de montañas
del Hemos. Los escitas desalojaron a una parte de los tracios
que allí moraban y sometieron a los otros. En que esto ocurriera,
jugó su papel el debilitamiento del reino de los odrises, forzados
a sostener una lucha contra Macedonia. Hacia mediados del siglo
iv, el territorio de la actual Dobrudja pasó a formar parte
de la gran unificación de las tribus escitas, bajo el poder
del rey Ateas. No se ha conservado noticia alguna sobre cómo
tuvo lugar esa unificación. Existe un testimonio según el cual
el rey Ateas sostuvo acciones bélicas contra Bizancio, pero,
al parecer, la frontera de su reino estaba dada por las montañas
del Hemos.
No hay noticias acerca de las relaciones entre las
ciudades del Ponto occidental con Ateas. El gobierno de éste
en el litoral occidental del mar Negro, durante el cual se desarrollaron
sus acciones bélicas contra las tribus, contra los «istrianos»
y contra Macedonia, fue de poca duración. En el lapso de la
década del 50 del siglo iv a. C., Filipo de Macedonia comenzó
la conquista de Tracia. Este país fue el lugar de choque de
dos grandes potencias políticas de aquel tiempo, los escitas
y los macedonios. En el año 342 a. C. Apolonia y Mesembria
tuvieron que reconocer el dominio de Macedonia, la que ya tenía
sometido el reino de los odrises. La ulterior expansión macedónica
en el litoral occidental sufrió, al comienzo, un descalabro.
Filipo había puesto sitio a Odesos, mas se vio forzado a levantarlo
y a hacer la paz con la ciudad. La causa probable fue la ayuda
prestada a la misma por los escitas.
Tres años más tarde, esto es, en el año 339 a. C.,
Filipo emprendió el avance decisivo contra el rey Ateas. En
una batalla, los escitas fueron derrotados y su nonagenario
rey cayó en el combate. Después de esto, las ciudades occidentales
del Ponto tuvieron que reconocer el poder de Macedonia sobre
ellas. Fueron de las primeras ciudades griegas que entraron
a formar parte de la futura potencia macedónica. A lo largo
de más de medio siglo, el litoral occidental del mar Negro estuvo
privado de independencia.