XIII-1
Significado de la
guerra del Peloponeso
La guerra del Peloponeso es el acontecimiento más importante
de la historia de la Grecia clásica. En ella se enfrentaron,
por una parte, Atenas, a la cabeza de varios cientos de polis
griegas que formaban parte de la liga marítima ateniense (arqué),
y por otra, Esparta, líder de la confederación peloponesia,
integrada por la mayoría de los Estados del Peloponeso. Del
nombre de esta unión dirigida por Esparta emana la denominación
de «guerra del Peloponeso». Esta se extendió entre los años
431 y 404 y dio un gran viraje a la historia de la Hélade: si
durante el período anterior la Grecia esclavista pasó por una
etapa de desarrollo y otra de plenitud que es conocida como
época de Pericles y que, según Marx, fue el tiempo «del florecimiento
interior más grande de Grecia», después de la guerra del Peloponeso,
en cambio, Atenas perdió su anterior poderío y el sistema esclavista
basado en las polis sufrió una profunda crisis de la que sólo
pudo salir con la conquista de toda Grecia por Macedonia.
Tras los brillantes triunfos en las guerras médicas,
la marcha de los acontecimientos planteaba ante la Hélade la
siguiente cuestión respecto al camino de desarrollo a seguir:
o se imponía Atenas, lo cual significaba el crecimiento del
comercio y de los oficios, la lucha por la hegemonía en el mar
y el desarrollo democrático (desde luego, dentro de los marcos
del antiguo régimen esclavista), o bien se imponía Esparta,
lo cual significaba el triunfo de la aristocracia agraria terrateniente
y, en consecuencia, la renuncia a todo lo que había proporcionado
a la Hélade la histórica victoria sobre Persia durante la primera
mitad del siglo v.
Tanto por la duración y las proporciones de las operaciones
bélicas como por lo encarnizado de la lucha y, finalmente, por
su significado histórico, la guerra del Peloponeso difirió marcadamente
de las guerras, frecuentes y habituales en la antigua Grecia,
entre las polis, e incluso entre coaliciones de las mismas.
En primer lugar llama la atención la misma duración
de esa guerra. Sin contar los breves intervalos, la guerra se
prolongó durante veintisiete años, lapso en el cual las operaciones
activas directas entre los adversarios principales —Atenas y
Esparta— se extendieron a lo largo de veinte años, sin manifiesta
superioridad de ninguna de las dos partes beligerantes. Recordemos,
a título de comparación, que cada una de las expediciones, las
más grandes para aquel tiempo, que los persas lanzaron sobre
Grecia se había resuelto en una o dos batallas. El prolongado
alejamiento de muchas decenas de miles de hombres, arrancados
de sus pacíficas tareas, ejerció una acción destructora sobre
la economía de toda Grecia. Las calamidades naturales —terremotos,
sequías, hambre feroz y epidemias— hicieron más serias aún las
perniciosas consecuencias de la guerra y agudizaron la crisis
del sistema de las polis en su integridad. Tucídides —contemporáneo
y participante de la guerra del Peloponeso— caracteriza las
consecuencias de esta manera: «... esta guerra se dilató por
mucho tiempo, durante el cual la Hélade experimentó tantas calamidades
como no ha sufrido antes en igual lapso. En efecto: jamás fueron
tomadas y destruidas tantas ciudades, en parte por los bárbaros
y en parte por los mismos beligerantes (que en algunos casos,
después de conquistar las ciudades, cambiaron hasta su población);
jamás hubo tantas expulsiones, tantos asesinatos provocados
ya por la misma guerra, ya por las discordias».
La guerra del Peloponeso no fue, de modo alguno, un
acontecimiento local, sino que asumió carácter internacional.
Habiendo comenzado por un conflicto entre Atenas y la Liga del
Peloponeso, la guerra abarcó de golpe toda la Grecia continental
e insular, se extendió luego a los extremos occidentales del
mundo helénico, a Sicilia, y finalmente involucró en la vorágine
bélica también a Persia. En uno u otro grado, todos los países
de la cuenca oriental del Mediterráneo tomaron parte en las
operaciones bélicas. Las consecuencias más catastróficas de
esta guerra las sufrieron los dos continentes principales, tanto
la Atenas derrotada corno la Esparta vencedora.
A diferencia de las guerras anteriores, ésta fue extraordinariamente
encarnizada, puesto que en ella, además de los factores políticos
—la lucha por la hegemonía en Grecia—, el papel decisivo lo
desempeñó el factor social. En particular, una muy grande significación
tuvo el antagonismo entre la aristocracia terrateniente, esclavista,
y la democracia, igualmente esclavista, que representaba, en
primer lugar, los intereses de los círculos comercial—artesanos.
Además del antagonismo fundamental entre Atenas y Esparta, un
papel nada pequeño por cierto lo desempeñaron durante la guerra
las discordias y cizañas vecinales entre las polis, tan habituales
en la antigua Hélade.
Durante el desarrollo de la lucha entre las dos agrupaciones
de Estados griegos, y si no se cuentan las guerras de Mesenia,
tuvieron lugar, por vez primera, sublevaciones en masa de esclavos.
Lo notable es que dichas sublevaciones tenían lugar en ambos
bandos. Las muchas salidas de los ilotas durante la operación
de Pilos, al igual que la fuga de muchos miles de esclavos atenienses
a Decelia, ejercieron gran influencia no sólo sobre la marcha
de las operaciones bélicas, sino también sobre el resultado
definitivo de la guerra. Precisamente tal entrelazamiento de
contradicciones políticas y sociales predeterminó tanto el carácter
prolongado y destructor de la guerra como sus consecuencias
político—sociales.
Fuentes
No sólo las generaciones posteriores, sino también
las contemporáneas, especialmente las más jóvenes de ellas,
que llegaron con vida al año 404, reconocieron que la guerra
del Peloponeso difirió marcadamente de todas las guerras anteriores.
En primer lugar hay que anotar aquí nuestra principal y única
fuente, la obra de Tucídides, que se inicia declarando que ha
«comenzado su obra en el momento mismo de empezar la guerra,
en la seguridad de que ésta sería una guerra muy importante
y más notable que todas las anteriores».
La obra de Tucídides, según la acertada expresión del
académico S. A. Zhébeliev, representa «el exponente superior
de la historiografía antigua». En contraposición con sus predecesores
y, en particular, con su contemporáneo mayor, Herodoto, Tucídides
procuraba crear realmente una historia científica de los acontecimientos.
Aprovechó amplia y minuciosamente el material documental y ser
afanó por encarar críticamente los datos de que disponía. Tucídides
mismo declara: «Yo no creía concordante con mi problema anotar
todo lo que llegaba a conocer del primero que encontraba, o
aquello que yo podía suponer; sino que anotaba los acontecimientos
de los que fui testigo ocular, y aquello que había oído de otros
tras investigaciones, lo más precisas posible, referente a cada
hecho tomado separadamente». En muchas ocasiones, Tucídides
hace la salvedad de que no ha podido establecer la verdad. Siempre
subraya las causas a su criterio fundamentales, de cada acontecimiento.
Tras los pretextos inmediatos de la guerra (los conflictos de
Corcira y de Potídea, la defección de Megara), Tucídides anota,
como causa fundamental, «que los atenienses, al crecer su poderío,
comenzaron a infundir recelos a los lacedemonios».
El propio Tucídides tomó parte activa en la vida social
y en la lucha política de su polis, Atenas. Se comprende perfectamente
que sus convicciones políticas —era partidario de la oligarquía
moderada— no podían dejar de influenciar sobre su apreciación
de la lucha política interna de Atenas. Era hostil a la democracia.
Caracteriza de manera harto negativa al más grande de los dirigentes
del demos, Cleón, y, salvo las ofensas infundadas, guarda absoluto
silencio sobre la actividad del notorio continuador de Cleón,
Hipérbolo. Tucídides sostiene francamente que la oligarquía
moderada de Terámenes del año 411, fue «el mejor régimen estatal»,
y le atribuye, sin mérito alguno para ello, los éxitos obtenidos
por la flota ateniense bajo el mando de Alcibíades. La esclavitud,
según el criterio de Tucídides, es el estado más natural para
los «bárbaros».
La encarnizada lucha política y social, entablada durante
la guerra del Peloponeso en toda la Hélade, fue para Tucídides
índice del embrutecimiento y el descenso del nivel moral de
los helenos. Al no comprender las causas sociales de la guerra
civil de Mesenia, se limita a lamentar la naturaleza criminal
de los hombres. «La naturaleza humana, de la que es propio incurrir
en crímenes a despecho de las leyes, sometió éstas a su imperio
y demuestra con gozo que no puede dominar las pasiones, que
viola la justicia y que hostiliza a las personas de más méritos.»
Tampoco es claro para Tucídides el estrecho vínculo
entre el desarrollo político interno y las actuaciones bélicas
de ambas partes en guerra. Quizá sea por ello que pasa en silencio
los importantes acontecimientos de la historia interna de Atenas,
tanto en las mismas vísperas de la guerra y en el período que
siguiera a la muerte de Pericles como también en el tiempo de
la paz de Nicias. Por ejemplo, no dice ni una sola palabra acerca
de los ataques contra Pericles y de las personas que lo rodeaban
en los años 433 a 431; no recuerda, ni siquiera de paso, el
ostracismo de Hipérbolo, etc. Felizmente, las biografías de
Pericles, Nicias y Alcibíades escritas por Plutarco reparan
parcialmente esta irritante omisión de la obra del historiador
más grande de la Grecia clásica.
A pesar de su postura crítica respecto a los mitos,
Tucídides cree en la existencia de Caribdis y de los lestrigones
y le da mucha importancia a los diversos oráculos, señales y
profecías.
Así y todo, Tucídides procura siempre describir objetivamente
los acontecimientos, sustrayéndose, dentro de lo posible, a
las propias simpatías o antipatías personales. Su objetividad
se manifiesta de forma especialmente clara al exponer los hechos
vinculados con sus propios fracasos en la expedición de Anfípolis.
Estos fracasos le acarrearon ser condenado por la asamblea popular
ateniense y expulsado del Ática.
La historiografía antigua alcanzó en la obra de Tucídides
el punto culminante de su desarrollo. Su declaración de que
su obra «ha sido calculada no tanto para servir de instrumento
en competencias verbales, como para convertirse en adquisición
eterna», encontró su confirmación en el hecho, entre otros,
de que ninguno de los historiadores de la antigüedad intentó
siquiera volver a describir los acontecimientos expuestos por
Tucídides. Los tres autores que escribieron especialmente acerca
de la guerra del Peloponeso (Jenofonte, Cratipos y Teopompo)
comienzan sus respectivas exposiciones desde el punto en que
quedó interrumpida la historia de Tucídides.
El postrer período de la guerra (desde el año 411 hasta
el 404) nos es considerablemente menos conocido. Las fuentes
básicas para su estudio son las Helénicas, de Jenofonte, principalmente,
y además los fragmentos de Diodoro de Sicilia y algunas biografías
de Plutarco, en especial las de Alcibíades y Lisandro.
Para el análisis del régimen político—social de Atenas,
para la caracterización de su estado económico a comienzos de
la guerra, para conocimiento de la situación y los ánimos de
los diferentes grupos de la población ateniense, incluidos los
esclavos, tienen gran importancia las comedias de Aristófanes,
la seudo jenofontiana Política ateniense, la obra de Aristóteles
del mismo nombre y los discursos de los oradores atenienses.
También las inscripciones de aquel tiempo constituyen
una fuente importante para el historiador. Son, en lo esencial,
textos de tratados, listas de inventarios, informes de los templos
atenienses, datos acerca de los foros abonados por los miembros
de la Liga marítima ateniense y algunos decretos de la iglesia.
Los respectivos textos están publicados en la recopilación de
las inscripciones griegas —Inscripciones Graecae (en lo sucesivo,
sencillamente IG)—, y en los ejemplares
corrientes de las revistas arqueológicas, en primer lugar, en
Hesperia. Merced a esos textos epigráficos, estamos en condiciones
de determinar las dimensiones del tributo que Atenas impuso
a los miembros de la arqué, precisar los gastos efectuados en
las diversas expediciones y caracterizar el contenido de los
pactos de los aliados entre Atenas y muchas de las polis.
Relación de fuerzas de los adversarios
«El motivo más verdadero, aun cuando el menos visible
en lo que se dice, consiste, en mi opinión, en que los atenienses,
al crecer su poderío, comenzaron a infundir recelos a los lacedemonios,
con lo cual los obligaron a empezar la lucha.» Así es como define
Tucídides la causa fundamental de la guerra más grande en la
historia de la Hélade. En efecto: el repentino y tumultuoso
crecimiento del poderío de Atenas en el transcurso de la pentecontecia,
esto es, de los cincuenta años transcurridos entre la destrucción
del ejército de Jerjes y el comienzo de la guerra del Peloponeso,
amenazaba la hegemonía de Esparta, inclusive en el propio Peloponeso.
Tal crecimiento tenía lugar en el cuadro de la lucha social
y de clases. La consolidación y aumento del poder de Atenas
determinaba en todas partes el triunfo de la democracia, al
tiempo que el principio básico de la política espartana era
la implantación de regímenes oligárquicos. El entrelazamiento
de los problemas de política exterior con los de orden social
conducía inevitablemente a la guerra. De esta manera, la rivalidad
entre Esparta y Atenas por la hegemonía en la Hélade, es decir,
por la implantación en las restantes polis de regímenes, aristocráticos
o democráticos, fue la causa fundamental de la guerra. Sin embargo,
apenas si puede considerarse a Atenas como parte agresora. La
iniciativa en el desencadenamiento de la tormenta bélica fue,
sin duda alguna, de Esparta, de la liga peloponesiaca. Tucídides
escribe sobre esto en forma retrospectiva, valorando la situación
creada antes del comienzo de la guerra de Decelia: «En la guerra
anterior [en la de Arquídamo] —creían los lacedemonios—, la
culpa de haber violado el tratado recaía más bien sobre ellos,
ya que en aquel entonces los tebanos habían atacado a Platea
en tiempos de paz, y siendo que, por el tratado anterior, no
ser permitía empuñar las armas si la otra parte ofrecía solucionar
el asunto mediante negociaciones, ellos, los lacedemonios, reconocían
haber rechazado la proposición de los atenienses de someterse
a arbitraje. En consecuencia, los lacedemonios reconocían como
merecidos todos sus fracasos, y así explicaban su derrota en
Pilos y las demás calamidades que cayeron sobre ellos.» Se comprende
que todo esto no significa, ni mucho menos, que, en el lapso
de los años 433—431, los atenienses tendieran hacia la paz.
La política de Pericles era irreconciliable; la guerra tenía
carácter agresivo, injusto, de pillaje, tanto de un lado como
del otro.
Un segundo grupo de contradicciones, aun cuando de
menor importancia, pero, en cambio, más agudas, estaba vinculado
con el choque de intereses entre el comercio ateniense y el
sector comercial de los miembros influyentes de la Liga del
Peloponeso: Corinto y Megara. Las tres causas de la guerra —las
cuestiones de Corcira, de Potídea y de Megara— tenían como reverso
el antagonismo ateno—corintio. La divergencia entre la línea
política de Corinto y la de Esparta es perceptible en todo el
transcurso de la guerra, y eran los representantes corintios,
precisamente, los que constantemente exigían las medidas más
contundentes contra los atenienses.
Entre los años 435 y 431 la arqué ateniense fue la
más grande unión política de la mitad oriental de la cuenca
del Mediterráneo. Además de la propia metrópoli, formaban parte
de ella todas las polis griegas, sin excepción, de la costa
occidental del Asia Menor, desde la costa del mar Negro hasta
Rodas, casi todas las islas de la cuenca del mar Egeo (salvo
Melos, Tera y Creta), la aplastante mayoría de las polis del
litoral de la Propóntide, Tracia, la Calcídica y muchas otras
polis situadas en las costas del mar Negro. En el Norte y en
el Oeste, Tesalia, Corcira, Epidamne y Zacinto eran aliadas
de Atenas. En la Grecia central, los atenienses tenían el apoyo
de los ciudadanos de Platea, de los mesenios de Naupacta y de
la mayoría de los acarnanios. También simpatizaban con ellos,
en mayor o menor grado, las poblaciones de muchas ciudades jonias
de la Magna Grecia y de Sicilia. No sin razón denomina Aristófanes
al demos ateniense, «el señor de tantas ciudades, amo desde
Sardes hasta el Ponto», y prosigue: «De ciudades e islas, que
nos pagan tributo, hay un millar y quizá más aún.»
Un fragmento satírico:
«Si se ordenara a cada una tomar a su costa dos decenas
de atenienses,
Veinte mil ciudadanos podrían pasar la vida en abundancia
y con liebres asadas.
Sin levantarse de las mesas y sin quitarse las coronas,
y alimentándose
con pan dulce con miel...»
nos
proporciona una idea, si bien un tanto exagerada, pero bastante
clara acerca de las dimensiones de los dominios atenienses.
En las listas de aliados de Atenas que se han conservado hasta
nuestros días, y que se refieren a los que pagaban el foros,
aparecen los nombres de más de 300 polis integrantes de la arqué
ateniense.
El foros representaba, término
medio, una suma de 600 talentos anuales. A comienzos de la guerra,
en la acrópolis había guardados 6.000 talentos de moneda acuñada
y otros diferentes valores por valor de 3.500 talentos.
Las fuerzas armadas de Atenas se componían de la flota
de guerra, que alcanzaba a 300 trieres, y de un ejército que
contaba con cerca de 27.000 hoplitas. Si bien este ejército
terrestre era inferior al espartano en número y, sobre todo,
en calidad bélica, la armada naval, en cambio, era inigualable.
En un discurso que Tucídides atribuye a Pericles, pronunciado
al comienzo de la guerra, el orador subraya la superioridad
de los atenienses en el campo financiero y, en especial, en
el campo naval. Hablando de los costados vulnerables de los
peloponesiacos, anotaba que «el obstáculo más grande será para
ellos la falta de dinero, pues siempre han de sufrir atrasos
al procurar proveerse de él; y los acontecimientos bélicos no
esperan». En cambio, los atenienses al disponer de enormes recursos
pecuniarios, y siendo, como lo eran, amos en el mar, se sentían
absolutamente invulnerables al ejército de sus enemigos. En
lo que atañe al altivo reconocimiento de su poderío por parte
de Atenas, da cabal testimonio la declaración hiperbólica de
Pericles a sus conciudadanos: «Y si yo tuviera la intención
de persuadiros, os aconsejaría que vosotros mismos asolarais
vuestra tierra y la abandonarais, haciendo ver así a los peloponesios
que ni siquiera por ello os rendiríais.»
Los largos muros que unían a Atenas con el Pireo constituían
en aquel entonces un obstáculo insuperable, incluso para el
ejército espartano, que había pasado en el Ática un tiempo bastante
prolongado. Según una acertada observación de C. Marx, «el ateniense,
en su condición de productor de mercancías, sentía su superioridad
sobre los espartanos, debido a que éstos disponían para la guerra
solamente de hombres, y no de dinero». Tucídides suministra
una brillante caracterización de los atenienses, la que proviene
de sus enemigos más encarnizados, los corintios. En el congreso
de la Liga del Peloponeso, el representante de Corinto declaró:
«Al parecer, vosotros no habéis tomado en cuenta, en absoluto,
qué son, qué representan aquellos atenienses contra quienes
habéis de luchar... A los atenienses les gustan las innovaciones
y se distinguen por la rapidez en hacer proyectos y en realizar
lo que deciden, se atreven hasta a lo que es su esperanza, por
críticas que sean las circunstancias... Al vencer a un enemigo,
los atenienses los persiguen lo más lejos posible; y al perder una batalla, se
dejan desalojar lo menos posible... Y si en alguna empresa fracasan,
alientan en cambio nuevas esperanzas, y con ello suplen aquello
que han perdido. Son los únicos para los cuales la posesión
de algo y la esperanza de los proyectado, son una misma cosa,
debido a la rapidez con que se ponen a realizar sus decisiones».
El adversario de Atenas fue la Liga del Peloponeso,
de la cual formaban parte casi todas las polis del Peloponeso,
salvo Argos y, en parte, Acaya. Era de importancia especial
el hecho de que Megara, situada en el mismo istmo de Corinto,
se orientara en aquel tiempo hacia Esparta.
Esta última circunstancia proporcionaba a los espartanos
la posibilidad de invadir libremente el Ática, y también de
vincularse con sus muchos aliados en la Grecia central. Entre
los mismos se hallaban la unión de los beocios, la Lócrida oriental,
la Fócida, Ambracia, Léucada y Anactorión. Además, los lacedemonios
podían contar con el apoyo de las colonias dorias en Sicilia,
particularmente con Siracusa.
La fuerza principal de la Liga del Peloponeso residía
en el ejército de tierra. Según Plutarco, bajo el mando de Arquídamo,
hubo durante la primera invasión del Ática, 60.000 hoplitas
peloponesios y beocios.
La armada peloponesia estaba compuesta, principalmente,
de naves corintias y megarienses. Si a éstas se añaden las escuadras
auxiliares de Sición, Pelea, Hielea, Ambracia y Léucada, el
total de barcos peloponesios llegaba a la imponente cifra de
300 unidades, lo cual casi equivalía a la flota de Atenas. Sin
embargo, la capacidad combativa de las naves peloponesias era
insignificante. En las batallas navales de aquel tiempo, el
triunfo se decidía por la instrucción que tenían los tripulantes
y residía en la capacidad de manejar el ariete. En este aspecto,
las trieres atenienses no tenían iguales. Además, la flota ateniense
que se componía de sólo 300 trieres, fue reforzada, al comienzo
de la guerra, por 120 trieres corcirias.
En vista de ello, «los lacedemonios ordenaron construir
y equipar doscientas naves en Italia y Sicilia, a las ciudades
que se habían colocado de su parte».
En cuanto a las, finanzas espartanas, las mismas no
podían, realmente, compararse de modo alguno con los medios
pecuniarios de la arqué ateniense; aun así, tenía también en
su poder sumas nada despreciables. Para la manutención de la
flota de 300 trieres, aun cuando sólo fuese durante las operaciones
bélicas, se requería, como mínimo, tres talentos diarios.
Tales eran aproximadamente los recursos y el potencial
económico—militar de ambas partes, listas ya para entrar en
guerra. Empero, la situación interna era bastante tensa. No
obstante el bienestar exterior, el gran número de contradicciones
interiores estaba socavando la solidez de la retaguardia ateniense.
En primer lugar, se trataba del antagonismo de clases
entre esclavos y esclavistas. El régimen estatal de Atenas era
más democrático que en todo el resto de Grecia, y en Atenas
todos los ciudadanos tomaban parte directa en los comicios.
No debe olvidarse, empero, que esa democracia era una democracia
esclavista. La cuestión referente al número de esclavos en el
Ática no ha sido resuelta hasta ahora por la ciencia. Pero,
aun admitiendo como mínima una cantidad de 70.000 esclavos,
también en este caso llegaríamos a la deducción de que el número
de los esclavos superaba considerablemente al de sus amos. Ciertamente,
en la Atenas del siglo v, los esclavos «... no podían crear
una mayoría consciente, ni partidos que dirigieran la lucha;
no estaban en condiciones de darse cuenta hacia qué fin estaban
marchando; e inclusive en los momentos más revolucionarios de
la historia ellos eran solamente peones en el tablero, o ser
juguetes en manos de las clases dominantes». Así sucedió también
durante la guerra del Peloponeso. No obstante, la huida de más
de 20.000 esclavos atenienses, en su mayor parte artesanos,
hacia los espartanos, a Decelia, fue un golpe muy grave para
el poderío económico de Atenas, aun cuando los esclavos no constituyeran
allí una amenaza tan permanente para el Estado como lo eran
las agitaciones crónicas y las sublevaciones de ilotas en Esparta.
Es muy importante, también, la cuestión que atañe a
las relaciones entre Atenas y sus aliados. La cantidad de habitantes
en las ciudades aliadas superaba en decenas de veces a la del
Ática. Y del grado de obediencia de aquéllos dependía la posibilidad,
para Atenas, de realizar operaciones bélicas. A la vez, los
aliados estaban indignados, en primer lugar, por estar obligados
a pagar un tributo anual a Atenas, en escala mayor aún que cuando
se hallaban sometidos al poder del rey persa. Además, los atenienses
oprimían a sus aliados de distintas maneras, económica y políticamente.
No en vano hablaba Pericles del «odioso poder» que los atenienses
ejercían sobre sus aliados, y declaró abiertamente: «Pues vuestro
poder tiene ya el aspecto de una tiranía.» Más acremente aún
se formula el mismo pensamiento en el discurso de Cleón: «Vosotros
(los atenienses) no tomáis en cuenta que vuestro imperio es
una tiranía, que vuestros aliados alientan pensamientos hostiles
y están bajo vuestro poder contra su voluntad.» El mismo pensamiento
expone Tucídides ya como su opinión personal: «La mayoría de
los helenos estaba indignada contra los atenienses, unos porque
querían librarse de su dominio, y otros por temor a ser sometidos
al mismo.» Incluso durante las negociaciones con Esparta, los
propios atenienses hacen la observación de que «la mayoría de
los aliados sentían odio hacia nosotros». Claro está que tal
caracterización caiga quizá en alguna exageración, dadas las
indudables simpatías oligárquicas de Tucídides. Entre los elementos
democráticos, los atenienses gozaban en cierta medida de apoyo
incondicional.
Finalmente, un tercer grupo de contradicciones en la
sociedad ateniense lo constituían las contradicciones entre
la oligarquía terrateniente, descendiente de los eupátridas,
y las agrupaciones democráticas artesano—mercantiles. La agrupación
que respaldaba a Pericles se apoyaba en la aplastante mayoría
de los ciudadanos atenienses; entraban en ella los mercaderes
y los artesanos que trabajaban para la exportación, los aldeanos
afincados en la ciudad que tomaban parte en la grandiosa obra
edificadora de Atenas y, finalmente, la enorme masa compuesta
de muchos miles de ciudadanos que, en una u otra forma, recibían
paga del Estado, por cuenta de los ingresos de la arqué. En
la lucha política el campesinado del Ática desempeñaba gran
papel, pues, debido a sus vacilaciones, generalmente proporcionaba
la superioridad a una u otra de las dos partes. Durante el Gobierno
de Pericles, a lo largo de casi quince años, la oposición de
los oligarcas se halló aplastada, pero no liquidada, y al aparecer
complicaciones en la política exterior, volvió a encenderse
con fuerza más grande aún. Tenía mucho valor, finalmente, y
en especial durante los últimos años del Gobierno de Pericles,
la oposición de los círculos democráticos radicales encabezados
por Cleón. Este grupo representaba las capas de la ciudadanía
ateniense interesada en la máxima expansión, tanto económica
como política. Así y todo, durante el período inmediatamente
anterior a la declaración de la guerra, los adversarios de Pericles
no se atrevieron a declararse abiertamente en su contra, prefiriendo
socavar y minar su autoridad en forma indirecta, atacando y
comprometiendo a sus allegados. Como blanco de sus dardos, eligieron
a Fidias, Aspasia y Anaxágoras. A Fidias se le acusó de haberse
apropiado de diferentes valores durante la erección de la estatua
de la diosa Atenea. A pesar de no haber sido probado el cargo,
Fidias fue encarcelado y murió en la prisión, según lo cuenta
Plutarco. Fidias era amigo personal de Pericles, y, para colmo,
es precisamente a éste a quien había sido encomendada la tarea
de controlar los fondos entregados al artista. De esta manera,
la condena de Fidias asestó un golpe feroz la autoridad personal
de Pericles. El proceso contra la esposa de Pericles, Aspasia,
acusada de blasfemia, no obstante haber sido absuelta debido
«a las humildes súplicas» de su marido, socavó considerablemente
el peso político del timonel del Estado ateniense. Finalmente,
el tercer amigo de Pericles, el filósofo Anaxágoras, también
fue acusado de blasfemia. Al parecer, en este caso la cuestión
no llegó al tribunal. Sin embargo, los tres golpes asestados,
uno tras otro, a Pericles, probaban la activación de la oposición
en Atenas, aun antes de la declaración oficial de guerra.
Aún así, y a pesar de la lucha interna, la democracia
ateniense tenía confianza en sus fuerzas. El tono de los discursos
de Pericles, según Tucídides, la postura de este historiador
respecto al dirigente de la política ateniense, la apreciación
general de la actividad de Pericles que se formula en las obras
de todos los historiadores griegos, testimonian todos la estrecha
unidad de la masa fundamental del demos en torno de su conductor.
Quizá lo pruebe mejor la apreciación que de la democracia ateniense
diera su enemigo jurado, el autor de la seudo—jenofontiana Constitución
de Atenas. Aunque en cada capítulo subraya su hostilidad y desprecio
hacia el régimen político de su propia polis, el autor se ve
forzado a reconocer, con igual frecuencia, que la Constitución
ateniense ofrecía todas las posibilidades para llevar al ejercicio
del poder al demos esclavista. Escribe: «Si algunos se asombran
de que los atenienses prefieran en todos los sentidos a las
gentes sencillas y pobres, a las gentes del demos, antes que
a los nobles, tengan en cuenta que con eso mismo, como se ha
de aclarar inmediatamente, están resguardando la democracia.
Precisamente, cuando los pobres y, en general, la gente del
pueblo, los hombres de rango inferior, alcanzan un bienestar,
y cuando aumentan en número, consolidan y afianzan la democracia.»
Y hay que hacer notar que esa misma Constitución de Atenas fue
escrita después del fallecimiento de Pericles, bajo la reciente
impresión del asolamiento del Ática por los peloponesios, la
peste bubónica y muchas otras calamidades que se descargaron
sobre Atenas. El propio autor da término a su pasquín calumniador,
con el reconocimiento del poderío del demos: «Para atentar contra
la existencia de la democracia ateniense, se necesita muchísimo
más que un puñado de hombres.»
La retaguardia espartana, en cuanto se refiere a los
aliados de Esparta, era mucho más sólida que la ateniense. Esos
aliados estaban interesados en mayor grado que la propia Esparta
en el aplastamiento de Atenas. Tanto la oligarquía corintia
como la tebana empujaban permanentemente a los lacedemonios
a acciones decisivas. Los primeros asumieron la pesada tarea
de financiar la Liga peloponesiaca; y los segundos, al atacar
a Platea, dieron comienzo directo a las operaciones bélicas.
Una circunstancia sumamente importante era el hecho de que las
polis que formaban la Liga peloponesiaca no pagan ningún foros. «Los lacedemonios gozaban de la hegemonía sin cobrar
tributo a sus aliados.» La divisa autonomía, bajo la cual habían
entrado en guerra los espartanos, era, sin duda alguna, muy
popular entre los helenos. No sin razón se la menciona en todos
los discursos de los dirigentes de la Liga peloponesiaca. Por
otra parte, tal divisa no hubiera podido tener eficacia política
alguna, sin el término autonomía no se observara, en mayor o
menor grado, en las relaciones entre Esparta y sus aliados.
En cuanto a la mayor solidez de la Liga del Peloponeso, de ella
da testimonio claro el hecho de que, en toda la guerra, casi
treinta años, no se registró ningún caso de defección por parte
de los aliados de Esparta.
Empero, y más aún que en Atenas, se hallaba muy agudizado
en Esparta el segundo grupo de contradicciones: el antagonismo
entre los esclavos y los esclavistas. El problema decisivo en
la política interna de Esparta era el de mantener en la obediencia
a los ilotas. Tucídides subraya que «entre los lacedemonios,
la mayor parte de las medidas estuvieron siempre destinadas
a protegerse contra los ilotas. Había resultado especialmente
peligroso para Esparta el levantamiento de los ilotas durante
la campaña de Pilos. Sin embargo, por medio de una serie de
procedimientos, en primer lugar, recurriendo al terror más cruel
—el exterminio de dos mil ilotas de mayores méritos; el envío
al extranjero con Brasidas, en calidad de hoplitas, de unos
700 ilotas; el envío de 600 ilotas y neodamodos a Sicilia— y
a veces mediante la manumisión de algunos de ellos, los espartanos
consiguieron su objetivo y, en general, conjugaron el peligro
de una total sublevación de los ilotas durante la guerra».
Pretextos inmediatos de la guerra
El primer nudo de contradicciones que condujo directamente
a la guerra surgió en el mar Adriático, a propósito de Corcira.
Corcira (la actual Corfú), la más septentrional y más grande
de las islas Jónicas, cuya superficie es de unos 950 kilómetros
cuadrados, era el punto más importante en el camino hacia la
Magna Grecia. La ciudad había sido fundada por Corinto, y sus
habitantes estaban vinculados por lazos de parentesco con los
miembros de la Liga del Peloponeso. Sin sostener un comercio
más o menos considerable, los corcirios disponían, sin embargo,
de grandes recursos. Según Tucídides, los corcirios eran «los
dueños de todo aquel mar», y, lo que es más importante, al disponer
de 120 trieres poseían la tercera flota, incluso la segunda
por su magnitud, de toda la Hélade. «Por su situación material,
los corcirios eran tan ricos como los helenos más ricos de aquel
tiempo, y por su preparación guerrera eran incluso más poderosos.
Se jactaban a veces de la considerable superioridad de su flota.»
En el año 436, en la colonia corciria de Epidamne (hoy
Durazzo), los demócratas expulsaron a los oligarcas; éstos se
unieron con las tribus vecinas y comenzaron a estrechar y a
vejar a los habitantes de la ciudad, quienes apelaron a Corcira
sin resultado alguno, debido a que los aristócratas que allí
gobernaban no quisieron enfrentarse a los oligarcas de Epidamne.
Los epidamnios enviaron entonces embajadores a Corinto, que
mandó en su ayuda a una considerable cantidad de colonos y,
poco después, entre 75 y 80 naves con 2.000 hoplitas. Este hecho
sirvió como casus belli entre Corcira y Corinto. En la batalla
de Leucimnos (verano del año 435), los corcirios derrotaron
a sus adversarios. Durante todo el año siguiente, los corintios
estuvieron equipando una enorme flota de 150 trieres, de las
cuales 60 le fueron proporcionadas por sus aliados: ambraciotas,
megarienses, eleatas y otros. En tal emergencia los corcirios,
que no podrían ponerse a salvo frente a tamaño peligro, se dirigieron
a la ecclesia de Atenas solicitándole ser aceptados dentro de
la arqué ateniense.
Con todo, los espartanos aún no estaban dispuestos
a iniciar la guerra. Los corcirios gozaban de gran influencia
en Esparta, y cuando, al comienzo del conflicto con Corinto,
propusieron resolver la cuestión mediante un arbitraje, Esparta
se manifestó a favor de esta propuesta. Era evidente que no
quería hacer la guerra contra Corcira, debido a lo cual los
corintios se vieron forzados a esperar una oportunidad para
involucrar a toda la Liga peloponesiaca en una guerra contra
Atenas. Para esto le sirvió de ayuda el incidente de Potídea,
que fue el segundo pretexto del conflicto bélico.
Potídea era una colonia corintia en la Calcídica, situada
en un punto excepcionalmente cómodo en el istmo que une a la
península de Palena con el continente. Se trataba de una pequeña
polis estrechamente vinculada con su metrópoli, Corinto, la
que anualmente le enviaba a los más altos funcionarios, los
llamadas epidemiurgos.
En aquel momento, la situación en el litoral de la
Calcídica era sumamente compleja. Las ciudades helenas del litoral
formaban parte de la arqué ateniense y pagaban un foros duplicado.
El de la ciudad de Potídea fue elevado, de seis talentos que
pagaban en el año 435, a 15, lo cual suscitó gran indignación
entre sus habitantes. Por el lado del continente, las polis
calcídicas se hallaban sometidas a una fuerte presión, tanto
de parte de la Macedonia encabezada por el enérgico e inquieto
rey Pérdicas como de parte de las coaliciones de las tribus
tracias, en particular, la de los odrises. La situación de esas
ciudades helenas se complicaba también por la desconfianza que
inspiraban a los atenienses, bajo cuyo permanente control se
encontraban. Además, los atenienses, que proyectaban apoderarse
de los yacimientos auríferos de Tracia y de los bosques de Macedonia,
ricos en madera aptas para la industria
naval, perseguían con particular energía la consolidación de
sus posiciones en aquella región, y, tras prolongadas tentativas
fracasadas, fundaron allí la colonia de Anfípolis.
Todo ello forzaba a Potídea a buscar una salida y a
afianzar los vínculos con Corinto y con la Liga del Peloponeso.
Dado tal estado de cosas, los atenienses exigieron a Potídea
que «demoliera las murallas del lado de Palena [es decir, del
lado del mar], entregara rehenes y despidiera a los inspectores.
Para reforzar sus exigencias, los atenienses enviaron hacia
esa región 1.000 hoplitas en 30 naves, y luego otros 2.000 en
40 naves más. Por su parte, Corinto prometió a los potideatas
la mayor ayuda posible de parte de la Liga peloponesiaca, y
envió un destacamento de voluntarios compuesto de 1.600 hoplitas
y 400 peltastas. En la primavera del año 432 Potídea se separó
oficialmente de Atenas y firmó un tratado defensivo con los
calcídicos. Las huestes atenienses cercaron a Potídea por todos
lados, forzando a los peloponesiacos a encerrarse en el interior
de la ciudad. El asedio a Potídea constituyó el segundo pretexto
del conflicto entre los atenienses y los peloponesiacos que
provocó la guerra.
Finalmente, el tercer pretexto que determinó la decisión
peloponesiaca de declarar la guerra fue el llamado psefisma.
Megara, el vecino más cercano del Ática por el sudoeste, estaba
situada en el mismo istmo. Sus puertos de Pagas y Nisaia, en
los golfos Corinto y Sarónico, respectivamente, eran lugares
especialmente aptos para el estacionamiento de la flota. Además,
Megara mantenía estrechos vínculos con una serie de colonias
fundadas por ella en Sicilia (Trótilo, Tapsos, Megara Hiblea,
en parte Selinonte), y también con Bizancio y Calcedonia, en
el Bósforo.
La posición de Megara en la lucha entre Atenas y Esparta
no era estable. Pero, al mismo tiempo, la posesión de su territorio
tenía una importancia estratégica muy grande para cada una de
las dos partes. Poseyéndola y, en particular, poseyendo el paso
de la Gerania, Atenas habría cerrado la salida del Peloponeso
a las falanges espartanas aislándolas de sus aliados de la Grecia
central. A su vez, Esparta tenía necesidad de la Megárida para
asegurarse el contacto con su aliada Beocia. La lucha por Megara
fue una de las causas de la primera guerra entre Atenas y Esparta;
los demócratas megarienses que gobernaban en la polis titubearon
constantemente entre la democracia ateniense y los oligarcas
peloponesiacos. Las relaciones entre ellos y Atenas adquirieron
un carácter especialmente agudo debido a la defección de Megara,
que se separó de la arqué ateniense en el año 446, y también
con motivo de haber prestado Megara su apoyo a Corinto en la
lucha contra Corcira. En el invierno del 432, la ecclesia de
Atenas emitió un decreto especial sobre Megara (el psefisma
megariense), de acuerdo con el cual, «contrariamente al convenio...
fueron cerrados a los megarieneses los puertos en los dominios
de Atenas y el mercado ático». Se daba como argumento el hecho
de que los megarienses «habían arado las tierras sagradas...
y acogían a esclavos fugitivos de Atenas». Al parecer, esta
última circunstancia desempeñó un papel esencial, ya que fue
expuesto oficialmente por Atenas durante las negociaciones con
Esparta. De esta manera, las fugas masivas de esclavos atenienses
quedan atestiguadas por Tucídides como ocurridas no sólo en
el período de operaciones bélicas (a lo cual nos hemos referido
ya), sino también en períodos anteriores. Esta resolución de
la ecclesia supuso una auténtica catástrofe para Megara.
Preparación diplomática de la guerra
Las negociaciones entre la Liga del Peloponeso y Atenas,
que se llevaron a cabo el año 432, ofrecen interés desde el
punto de vista de la preparación diplomática de la guerra. Aquí
hay que señalar que, no obstante su habitual torpeza, los diplomáticos
espartanos se comportaron muy hábilmente y, con la divisa de
la libertad panhelénica, se aseguraron el apoyo del mayor número
de aliados para la guerra en ciernes, tanto entre las polis
griegas libres como entre las aliadas de los atenienses.
La cuestión de la guerra fue de hecho resuelta en la
reunión de Esparta, en julio del año 432, cuando las quejas
de los aliados contra la arbitrariedad de los atenienses (entre
las cuales resonó la manera particularmente estridente la declaración
de los delegados corintios), inclinaron a los espartanos a reconocer
a Atenas como culpable de violar el tratado de los treinta años.
Poco después, los espartanos convocaron una reunión de los delegados
de la Liga peloponesiaca con el fin de tomar una resolución
definitiva y oficial. Y dado que la mayoría votó en favor de
una guerra, ésta se hizo ya inevitable. En la misma reunión
fueron establecidos los contingentes de cada uno de los aliados,
y se resolvió a este respecto que no debía haber ninguna demora.
Sin embargo, Esparta necesitaba aún cierto tiempo para sus preparativos
bélicos y diplomáticos, en los cuales invirtió cerca de un año.
Tucídides relata, con bastante acopio de detalles, los preparativos
bélicos de los lacedemonios. En la inteligencia de que sin prevalecer
en el mar nunca podrían vencer a los atenienses, «los lacedemonios
ordenaron a aquellas ciudades de Italia y Sicilia que habían
tomado su partido construir y equipar 200 naves de acuerdo con
la magnitud de cada ciudad, de manera que con las que ya tenían
en Grecia, la cantidad total de sus barcos alcanzaría la cifra
de 500. Además, les ordenaron que les procuraran ciertas sumas
de dinero».
En lo que respecta a la preparación diplomática de
la guerra, la primera exigencia de los peloponesios fue «expulsar
a los culpables de sacrilegio contra la diosa», lo que prácticamente
significaba la expulsión de Pericles, quien por línea materna
descendía de la familia de los Alcmeónidas, causantes del asesinato
de Cilón. Es claro que tal exigencia fue meramente demostrativa.
«Al luchar como si se tratara ante todo de vengar a los dioses...,
los lacedemonios no confiaban tanto en que Pericles fuese expulsado
como en que su exigencia le desacreditase ante los ciudadanos,
irritándolos contra él.» En respuesta, los atenienses formularon
una contraexigencia: que se expulsara de Esparta a los culpables
de haber dado muerte a los ilotas en el Tenaro (año 464), y
a los culpables del asesinato del rey Pausanias en el templo
de Atenea Calquiecos.
La segunda etapa de la lucha diplomática comenzó con
la exigencia espartana de levantar el asedio a Potídea y otorgar
la libertad a Egina. La exigencia fundamental fue la de abolir
el psefisma megariense, respecto a lo cual los embajadores declararon
que no habría guerra en caso de avenirse los atenienses a hacer
esa concesión. Pero también estas exigencias de Esparta fueron
rechazadas. La última embajada llegó a Atenas hacia finales
del invierno del año 431, con un ultimátum: «Los lacedemonios
desean la paz, y ésta llegará si vosotros [los atenienses] dais
autonomía a todos los helenos.» Tal medida de la diplomacia
espartana tenía un gran significado político. Al valorar la
situación en la Hélade después del ataque tebano contra Platea,
Tucídides anota: «La simpatía de los helenos se inclinaba en
mayor grado hacia los lacedemonios, tanto más viendo que éstos
declaraban que su propósito era el de liberar a la Hélade...
Al mismo tiempo, la mayoría de los helenos estaba indignada
contra los atenienses, unos porque querían librarse de su dominio,
y otros por el temor a ser sometidos al mismo.»
A propuesta de Pericles, la ecclesia ateniense respondió
al utimátum espartano con una áspera negativa. Lo cual significaba
la ruptura de las relaciones diplomáticas y debía conducir,
en un futuro cercano, a una guerra declarada.
El comienzo de las acciones bélicas fue dado por los
tebanos. Durante los trabajos agrícolas primaverales del año
431, un destacamento de 300 tebanos, comandado por dos beotarcas,
cayó inesperadamente sobre Platea, lindante con el Ática. Mas
hacia la madrugada los plateos organizaron un contragolpe y
tomaron prisioneros a 180 tebanos, entre los cuales había muchos
miembros de las familias beocias de más abolengo. Debido al
tumultuoso desbordamiento del río Asopos, las principales tropas
tebanas no pudieron acercarse a Platea, de manera que los prisioneros
fueron ejecutados por los plateos, indignadísimos por la conducta
traicionera de los tebanos —esto es, por su ataque—. Con este
motivo, en Atenas fueron apresados todos los beocios que se
hallaban en el Ática.
Esta manifiesta violación del tratado de los treinta
años señaló el principio de la guerra del Peloponeso.