XII
El período de la historia de Atenas llamado «siglo
de oro de Pericles» constituye el período de más alto florecimiento
económico, político y cultural de aquel Estado, por lo cual
su estudio atrae, desde hace mucho, la atención de los hombres
de ciencia. En la historiografía de otros países, ese estudio
se ha regido a menudo por modalidades tendenciosas, proclives
a modernizar la vida económica y social de esa época; y tales
tendencias engendran frecuentemente una directa falsificación
del material histórico.
Se sobrentienden que tales modalidades falsifican la
realidad histórica. Esta manera de encarar tendenciosamente
la historia de la Grecia antigua ya se manifestó plenamente
hacia finales del siglo xix, en las obras de los más destacados
representantes de la historiografía burguesa alemana: Duncker,
Iu, Schwartz, R. Pelman, E. Meier y otros. Por ejemplo, E. Meier
afirma que los pueblos antiguos pasaron por las mismas etapas
de desarrollo que los países europeos durante la Edad Media
y los tiempos modernos. Al período histórico reflejado en el
epos homérico, lo denomina «Edad Media griega». A partir de
los siglos viii—vii a. C., Grecia —según su criterio— inició
la etapa del desarrollo que en el siglo v la llevó al capitalismo,
en todas las particularidades que le son propias. De esta manera,
E. Meier divide la historia de la humanidad en ciclos, cada
uno de los cuales termina con el capitalismo que, en su opinión,
constituye la etapa más alta que da fin al desarrollo.
Este punto de vista fue íntegramente tomado por R.
Pelman y por Iu Beloch, quienes también afirmaban que Grecia,
en el siglo v a. C., era «un país capitalista». Ciertamente,
al lado del expuesto punto de vista, existía otro, vinculado
al nombre del economista e historiador burgués K. Bücher, quien,
a diferencia de E. Meier, consideraba que, a lo largo de toda
la época antigua, imperó en Grecia la economía doméstica cerrada
(oikos), en que la vida económica de la sociedad tenía por base
a la familia, la casa. El problema principal de la producción,
en opinión de Bücher, se reducía a la satisfacción de las necesidades
de la familia ensanchada por la inclusión en su seno de los
esclavos y de la «servidumbre de la gleba», y que el comercio
no desempeñaba ningún papel de importancia. Lo común en los
puntos de vista de E. Meier y de K. Bücher, que encontraron
no pocos partidarios, es que ambos, en sus definiciones de la
economía de la antigüedad, no parten del Modo de Producción
que fundamenta la realidad histórica de las relaciones sociales,
sino del desarrollo del intercambio que tratan muy arbitrariamente.
En nuestro días, las ideas de Bücher casi han perdido
ya su influencia sobre la historiografía burguesa, y el punto
de vista de E. Meier y sus modalidades modernizadoras han sido,
en mayor o menor grado, heredadas. La utilización, en las obras
dedicadas a la historia de la antigua Grecia, de categorías
y términos correspondientes a las épocas feudal y capitalista,
desconociendo al mismo tiempo las particularidades históricas
del régimen esclavista, son igualmente características también
para el historiador de Munich, Bengtson, y para el catedrático
florentino Gianelli, para el francés Cloché y para el inglés
Freeman. Incluso puede percibirse cierta influencia de esta
orientación en las obras de hombres de ciencia ingleses, progresistas,
ubicados en las posiciones del marxismo, como John Thompson
Watson. Pero las modalidades de tendenciosa modernización son
especialmente características de algunos historiadores norteamericanos.
Por ejemplo, en The ancient Greeks, libro de W. Prentice, catedrático
de la Universidad de Princetown, de los EE. UU., la caracterización
de la Atenas del siglo v a. C. como de un Estado capitalista
es más intensa aun que la hecha por E. Meier. En ese libro,
Prentice escribe acerca del desarrollo «industrial» de Atenas,
que condujo a dicha ciudad no sólo hacia el capitalismo, sino
hacia la dominación política de los ciudadanos, a los que compara
con el actual proletariado. Se sobreentiende que Prentice silencia
el carácter esclavista de la democracia ateniense a la que,
a fin de cuentas, define como una «dictadura del proletariado»
peculiar, por la cual siente un odio feroz. Escribe Prentice:
«El triunfo completo de la democracia en la Atenas del siglo
v a. C., representaba el ilimitado poder del más amplio
grupo de electores, los más irracionales, más fanáticos y más
irresponsables.»
En la historiografía norteamericana contemporánea existe
otra orientación más, que aprovecha en no menor grado las modalidades
de modernización tendenciosa de la historia antigua y la falsificación
de los hechos históricos. Los representantes de esa orientación
(Marsh, Cramer, Zimmern y otros), idealizando omnímodamente
el régimen político de los antiguos atenienses del tiempo de
Pericles, pintan el Estado capitalista norteamericano como heredero
directo y continuador de las tradiciones de la antigua democracia
y hablan de «la gran misión histórica de la democracia norteamericana».
Para «fundamentar» esta tesis singular, Marsh, por ejemplo,
en su libro Modern Problems in the ancient World, publicado
en 1942, compara sin reservas a los desocupados norteamericanos
con los productores directos de la antigua Grecia que habían
perdido su trabajo, e intenta explicar la aparición de la potencia
marítima de Atenas con el afán del gobierno ateniense de «liquidar
el desempleo»; y Zimmern desenvuelve todo un programa de la
«expansión democrática de USA», remitiéndose a la experiencia
de los antiguos atenienses, para «evitar errores que habían
resultado fatales para el experimento de Atenas».
Resulta así que la modernización de las relaciones
económico—sociales y políticas de la antigüedad es aprovechada,
como antes, para probar tales o cuales doctrinas, muy lejanas
por su contenido de la historia antigua. La diferencia a este
respecto entre los hombres de ciencia burgueses actuales, y
sus predecesores del siglo xix, reside no tanto en las nuevas
modalidades, como en el carácter de las exposiciones que tratan
de fundamentar mediante un empleo arbitrario del material de
la historia antigua. Los historiadores marxistas, principalmente,
se hallan en otro camino.
Cuando Carlos Marx escribió acerca del elevadísimo
florecimiento interior de Grecia, que coincidió con la época
de Pericles, tenía presente el florecimiento de la economía
esclavista y de la antigua cultura esclavista. En vinculación
con ello, cabe recordar las expresiones de Engels, notables
por su profundidad, sobre el papel desempeñado por el esclavismo
en el desarrollo histórico de la sociedad antigua: «Nada más
fácil que descargarse con todo un torrente de frases comunes
acerca del esclavismo, etc., derramando una ira de elevada moral
sobre tales oprobiosos fenómenos... Y, ya que hemos comenzado
a hablar de esto, hemos de decir, por contradictorio y hereje
que ello parezca, que la introducción del esclavismo en medio
de las condiciones de aquel entonces constituyó un gran paso
hacia adelante.» Un poco antes, anota Engels: «Sólo el esclavismo
hizo posible la división del trabajo en escala más grande, entre
la agricultura y la industria, creando de esta manera las condiciones
para el florecimiento de la cultura del mundo antiguo, para
la cultura griega. Sin el esclavismo no hubiera habido ni Estado
griego ni arte ni ciencias griegas; sin el esclavismo no hubiera
habido tampoco ningún Estado romano.»
Por todo ello, hay que considerar el florecimiento
de la vida económica, política y cultural de Atenas y de toda
Grecia, a mediados del siglo v a. C., en relación indisoluble
con la marcha general del desarrollo económico—social de la
sociedad griega de aquella época.
Las peculiaridades históricas de este desarrollo pueden
ser ilustradas y confirmadas mediante una serie de datos de
la historia de la economía agrícola de aquel tiempo y del desarrollo
de las actividades artesanales y comerciales en Atenas y otras
ciudades de Grecia.