HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

XI

CONSOLIDACIÓN DEL RÉGIMEN DE LA DEMOCRACIA ESCLAVISTA EN ATENAS. PERICLES

 

1-El régimen estatal de Atenas

 

En la Historia no sólo de la pentecontecia, sino también de toda la Grecia antigua, el afianzamiento del régimen estatal de la democracia esclavista constituyó un acontecimiento de importancia excepcionalmente grande por su valor, su significación y el alcance de sus consecuencias.

«Nuestro régimen estatal no imita organizaciones, ni constituciones ajenas; somos nosotros, más bien, los que servimos a otros de modelo.» Así decía quien estaba a la cabeza de la democracia, Pericles, en el discurso que le atribuye Tucídides ante la tumba de los primeros atenienses caídos en la guerra del Peloponeso. Con los discursos de los políticos trasmitidos por los historiadores de la antigüedad, hay que observar cierta cautela. Y aún cuando el citado discurso del Pericles haya llegado hasta nuestros tiempos a través del texto de los historiadores más notables y fidedignos de la época antigua, este principio de la crítica histórica ha de conservar también aquí su rigor. El propio Tucídides prevenía a sus lectores, con motivo de los discursos reproducidos en sus textos, de que no los trasmitía literalmente, sino tal «como todo orador... habría podido hablar, más o menos, según las mayores probabilidades». El discurso de Pericles asumió un carácter doblemente oficial y fue pronunciado en circunstancias solemnes; en consecuencia, estamos autorizados a esperar del mismo cierta idealización del régimen estatal ateniense de aquel entonces. Finalmente, muchas de las alusiones que abundan en aquel discurso son, en general, incomprensible para nosotros: estaban al alcance solamente de los contemporáneos de Pericles. No obstante, la definición que en ese discurso se da del régimen estatal ateniense, expresa incondicional y enteramente su esencia política. Los partidarios de tal orden jurídico de la antigüedad otorgaban la denominación de «democracia» únicamente al régimen en el cual el poder superior era ejercido por la mayoría de los ciudadanos organizados en la asamblea popular. Hay que subrayar el vocablo «ciudadanos». En efecto, no se trata de la mayoría de la población, sino de la mayoría de los «ciudadanos», dos conceptos que en la antigüedad no coincidían. Y precisamente por ello, al definir a la antigua democracia, no hay que olvidar ni por un instante que se trata de una de las variedades de un Estado esclavista, con todas las particularidades inherentes a ese tipo de Estado.

No existía la estadística entre los antiguos griegos, razón por la cual, basándonos en las fuentes a disposición de la actual ciencia historiográfica, no es posible establecer con exactitud la relación numérica entre los diferentes grupos de la población de los antiguos Estados, especialmente, si se los encara desde sus puntos de vista políticos. Así y todo, al operar con toda clase de datos indirectos (referentes al área ocupada por la ciudad, a la provisión de cereales, a la composición numérica del ejército que habría tomado parte en una u otra batalla, etc.), puede aseverarse que en el Ática y en Atenas los ciudadanos libres, mayores de edad, de sexo masculino (pues las mujeres, en Atenas al igual que en las demás ciudades griegas, jamás gozaron de los derechos políticos), apenas si formaban, aún en los mejores tiempos, más del 20 al 30 por 100 del número total de la población, cuya masa estaba compuesta por esclavos carentes de derechos, y por metecos muy limitados en sus derechos políticos. Según la terminología de las fuentes literarias y epigráficas, solamente esa insignificante minoría era la que representaba el demos, el pueblo; en consecuencia, es a éste al que se refieren las palabras de Pericles en el citado discurso, trasmitido por Tucídides, cuando habla de «igualdad de derechos para todos».

A diferencia del democrático, el régimen oligárquico representaba un orden político en el cual la plenitud de los derechos civiles y la posibilidad efectiva de participar en el gobierno del Estado, no eran otorgados a todos los ciudadanos, sino tan sólo a cierta parte de los mismos, destacada ya por su origen noble, ya, tal como tuvo lugar en Atenas después de la reforma timocrática de Solón, según los datos del censo de bienes. Se sobreentiende que en ambos casos se mantiene completamente válida la definición notable por su profundidad que V. I. Lenin da para un Estado esclavista: «Las repúblicas esclavistas —dice— diferían por su organización interna: las había aristocráticas y democráticas. En las primeras, un pequeño número de personas privilegiadas tomaba parte en las elecciones y en las democráticas tomaban parte todos, pero nuevamente, los esclavistas; todos, menos los esclavos.»

Desde el punto de vista del contenido que los propios griegos concedían a los vocablos «democracia» y «oligarquía», la revuelta efectuada en Atenas a finales de siglo vi a. C., fue consolidada mediante las reformas de Clístenes, que aún no habían llevado a los atenienses a un afianzamiento definitivo de la forma democrática del régimen estatal, según la interpretación antigua de ese concepto.

Engels denomina «revolución» a esa revuelta. Lo fue, en el sentido de que el demos ateniense, como resultado de una larga y tenaz lucha, derribó para siempre el poder de la vieja aristocracia y liquidó las supervivencias del régimen tribal que obstaculizaba el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas de la sociedad. Con esa revolución llegaron a su fin el prolongado proceso de estabilización de las nuevas formas del régimen social, basadas ya en los principios de la subdivisión clasista, y el proceso de estabilización de un Estado como aparato de dominio de una nueva clase.

Pero las reformas de Clístenes no tocaron la ley del censo de bienes. Los derechos políticos de los ciudadanos atenienses siguieron dependiendo de su situación económica, de la cantidad de bienes que poseían. De la influencia máxima en la vida del Estado gozaba el consejo de los Quinientos, formando por ciudadanos pudientes de las primeras tres categorías del censo. En cuanto a los puestos más altos en el Estado, los podían ocupar sólo los ciudadanos ricos pertenecientes a las primeras dos categorías. No se había tomado medida alguna en el sentido de elevar en algo el nivel material de vida de la población pobre. Dentro de estas condiciones, las reformas de Clístenes resultaron ser el triunfo del demos que había derribado el poder de la aristocracia de abolengo, mas no fueron aún el triunfo de la forma democrática del régimen estatal. Sólo constituyeron el primer paso dado en este sentido. Para su afirmación definitiva, se requirió varios decenios más pletóricos de lucha política.

La etapa cronológicamente subsiguiente en la estabilización de la democracia como régimen estatal en Atenas está vinculada con el nombre de Temístocles. Al presentarse, aún a finales de la última década del siglo v, con su propuesta para el omnímodo aumento de las fuerzas marítimas del Estados ateniense, Temístocles, en esencia, promovió un nuevo programa político. La transformación de la flota, en la que prestaban servicio los ciudadanos atenienses económicamente menos asegurados, en fuerza básica del Estado, como ya señaláramos, tenía que elevar inevitablemente el peso específico en la vida política de Atenas de los indigentes y de los de escasos bienes entre las capas de la ciudadanía, y, en consecuencia, el valor de la asamblea popular, puesto que precisamente estas capas eran las que formaban la mayoría en la misma.

Después de la expulsión de Arístides de la ciudad de Atenas en 483—482, la supremacía política fue detentada, durante cierto lapso, por la agrupación encabezada por Temístocles, quien se convirtió así en el más influyente político ateniense. No hay duda de que Temístocles y sus partidarios desempeñaron un papel esencial en la organización de la Liga marítima ateniense, y esta circunstancia fue de gran trascendencia. El ejemplo de la democracia ateniense ejerció influencia bien definida sobre las ciudades aliadas, especialmente aquellas que se hallaban anteriormente en la situación de súbditos persas. La liberación de este poder era acompañada en forma simultánea por el derrocamiento de los tiranos puestos por los persas y por la elaboración de una nueva constitución. Muchas de esas ciudades siguieron las huellas de la Atenas de Temístocles. Mileto, por ejemplo, habiendo transformado su régimen estatal, hizo uso, inclusive, de las filai clisténicas. Por lo demás, en los años que siguieran inmediatamente a los triunfos históricos de los años 480—479, que fueron los de mayor influencia de Temístocles, sólo se lograron los primeros éxitos en este sentido. En Estados de la alianza tan grandes como Samos y Mitilene de Lesbos, seguía aún en pie el régimen oligárquico. En los mismos años, la democracia obtuvo una serie de triunfos en la península balcánica. Una revuelta democrática tuvo lugar, por ejemplo, en Tebas, donde fue derribado el gobierno aristocrático que, por su política persófila, había colocado a la ciudad al borde de sucumbir. El ejemplo de Tebas fue seguido por varias ciudades de Beocia en las que, evidentemente, con el apoyo de Atenas, también llegaron al poder los grupos democráticos. En el Peloponeso, la democracia venció en Argos y en su vecina Mantinea, la más grande comunidad de Arcadia. Hasta aquel momento Mantinea no representaba ninguna unidad política íntegra, sino que se componía de unas cuantas poblaciones nada fortificadas, gobernadas por clanes aristocráticos locales. Posteriormente, dichas poblaciones se unificaron bajo el poder de un solo gobierno democrático. Los moradores de las poblaciones aisladas demolieron sus casas y se ubicaron juntos, formando una sola ciudad más grande. En torno de ella fueron erigidas murallas y torres.

Más o menos al mismo tiempo, la democracia triunfó también en la Elida, el Estado del Peloponeso más importante después de Esparta y Corinto. Como resultado de la consolidación del régimen democrático quedaron abolidas allí las antiguas divisiones características de las tribus, siendo reemplazadas por nuevas filai territoriales, creadas, evidentemente, según el ejemplo ateniense.

Aún así, el triunfo de Temístocles y de su ideología política no fue duradero.

En la Constitución de Atenas, de Aristóteles, se menciona que «después de las guerras médicas volvió a robustecerse el consejo del areópago, el cual comenzó a gobernar el Estado». Quizás esto haya sido producido por el positivo papel que desempeñó el areópago durante la invasión de Jerjes. Sea como fuere, el paso de la supremacía política a la agrupación oligárquica encabezada por el areópago, decidió de antemano la caída de Temístocles.

Al poco tiempo regresó a Atenas de su exilio Arístides y en el escenario político apareció una nueva figura: Cimón. Partidario del régimen oligárquico y gran estratega, Cimón cubrió su nombre de gloria en poco tiempo mediante una serie de triunfos militares obtenidos en las operaciones bélicas contra los persas. Contra Temístocles y sus partidarios se fue formando en Atenas una fuerte agrupación opositora oligárquica encabezada por Arístides y Cimón, y en la que también tomaron parte las influyentes familias de los Filaidas y de los Alcmeónidas. Al mismo tiempo, esta agrupación obtuvo un fuerte apoyo desde el exterior, de parte de Esparta.

Aún desde el tiempo de Clístenes, todas las corrientes reaccionarias (aristócratas y oligárquicas) se orientaban invariablemente hacia Esparta, con un ánimo laconófilo que llegaba hasta la veneración servil ante todo lo espartano: ante el régimen estatal, ante las costumbres, el modo de ser, la indumentaria, incluso ante la manera de hablar de los espartanos. Esparta les pagaba con la más amplia reciprocidad, y siempre tendía a apoyarlos. Pero las posibilidades de los espartanos en cuanto a poder suministrar tal apoyo eran a menudo limitadas.

Ejerciendo su prepotente dominio sobre la masa de la población subyugada —sobre los periecos con derechos civiles incompletos y sobre los siempre dispuestos a sublevarse ilotas, carentes de derechos en absoluto—, el Estado espartano jamás podía estar tranquilo con respecto a la retaguardia. Cualquier complicación interior o un gran fracaso en la política exterior le amenazaban con graves consecuencias. Y, en el ínterin, precisamente en la época que estamos considerando, en Esparta se entabló una aguda lucha entre los reyes y el eforado, lucha que prueba la estratificación, ya muy ahondada, de la predominante comunidad de los espartanos, en dos campos hostiles entre sí. De esta manera, el equilibrio político interior en Esparta se encontró quebrantado, y Pausanias, aprovechando esta situación bastante tensa, se dedicó a preparar una revuelta exterior. Como ya sabemos, sus relaciones con las polis que formaban parte de la alianza defensiva por ella encabezada, se habían deteriorado; en el año 478 Esparta se vio obligada a salir de esa liga. En el propio Peloponeso seguía creciendo el movimiento democrático encabezado por Atenas, y Esparta se encontró rodeada por todos los lados por Estados democráticos que le eran hostiles. Dadas estas circunstancias, el problema principal de la política exterior espartana comenzó a consistir en lograr que, por cualquier medio, el poder en Atenas pasara a la agrupación oligárquica que simpatizaba con Esparta.

Mediante los esfuerzos comunes de Esparta y de los oligarcas atenienses, este problema fue resuelto en el año 471, cuando Temístocles fue desterrado de Atenas. Relata Plutarco, en la biografía de Cimón, que la causa directa de la catástrofe que se descargó sobre Temístocles, fue su riña con Arístides y Cimón. Según Plutarco, esta disputa se desarrolló debido a que Temístocles «tendía hacia la democracia más de lo debido». Son palabras a las que puede prestarse fe. Para un político tan enérgico y tan valiente como lo era Temístocles, hubiera sido completamente natural aprovechar su enorme influencia para ampliar el programa político de la democracia ateniense. Esto es tanto más comprensible cuanto, como ya hemos señalado antes, en aquellos años había vuelto a crecer el influjo político del areópago y habían vuelto a la actualidad sus partidarios del campo oligárquico.

Temístocles no depuso las armas ni con el ostracismo. Habiéndose radicado en la democrática Argos, hizo frecuentes viajes a otras ciudades del Peloponeso, tratando de preparar en ellas revueltas democráticas. Al mismo tiempo, se acercó a Pausanias. Las relaciones de este último con el Gobierno de Esparta habían tomado en aquel tiempo un cariz tal, que comenzó a hacer propaganda activa entre los ilotas para organizar con su ayuda una revuelta en la propia Esparta. Esto no pudo dejar de conmover al gobierno espartano y de iniciarlo a tomar medidas decisivas. Pausanias fue acusado de mantener correspondencia con el rey persa, al que, quizá realmente, habría prometido, al precio de su apoyo, grandes concesiones en caso de triunfar. Muy pronto el gobierno espartano tomó la resolución de detener a Pausanias, quien, advertido por uno de los éforos, se refugió en el templo de la diosa Atenea Calkioikos (de «la casa de bronce»). Los éforos, debido a que un homicidio en el interior de un templo era considerado un gravísimo crimen religioso, mandaron tapiar sus puertas con mampostería, y quitaron una parte del techo para poder seguir la actitud del encerrado. Cuando se vio a Pausanias próximo a morir, fue sacado del interior del templo, a cuyas puertas, extenuado por el hambre, agonizó el vencedor de los persas en Platea.

La muerte de Pausanias repercutió sensiblemente en el destino de Temístocles. Los espartanos se dieron prisa en comunicar a Atenas que al desenmascarar a Pausanias habían descubierto que en sus relaciones con los persas también se hallaba mezclado Temístocles. Como ya señaláramos, su primera expulsión fue dispuesta mediante la condena al ostracismo. Ello significaba que, si se daban circunstancias favorables, podía esperar que después de unos diez años se le permitiera regresar a Atenas, Temístocles fue citado nuevamente a juicio. Pero no hizo acto de presencia, limitándose a dar explicaciones por escrito. Los atenienses lo condenaron entonces en rebeldía a la pena capital, con la confiscación de sus bienes, y, en común con Esparta, exigieron a Argos su extradición. Temístocles se vio forzado a huir de Argos. Perseguido en todas partes, no encontró finalmente otra salida que dirigirse al rey persa Artajerjes, hijo de aquel mismo Jerjes cuya flota había él derrotado tan brillantemente en Salamina. Temístocles fue bien recibido por el rey persa, de quien obtuvo el gobierno de tres ciudades del Asia Menor. Su actividad como dirigente del movimiento democrático llegó de esta manera a su fin, unos siete u ocho años antes de su muerte. Después de la expulsión de Temístocles, el poder en Atenas pasó totalmente a manos de la agrupación oligárquica. Muerto Arístides, el cabecilla de la misma fue Cimón. Hijo de Milcíades, hombre de fortuna e indiscutiblemente uno de los estrategas atenienses más inteligentes, debía en grado considerable a Esparta la posición que acababa de ocupar. Los espartanos no tenían motivo para quejarse de él, ni para arrepentirse de la ayuda que le había prestado. Por doquier, en la asamblea popular, en los tribunales o en el areópago, Cimón elogiaba el régimen estatal espartano contraponiéndolo al ateniense. Al igual que los espartanos, consideraba la guerra y los asuntos militares como su vocación principal. En su afán de imitar en todo a los espartanos, bautizó incluso a su hijo con el nombre de Lacedemonio. Su expresión favorita, que utilizaba toda vez que podía, era: «Los espartanos no hubieran procedido de esta manera.» La popularidad de que gozaba Cimón entre los ciudadanos atenienses dependía, en primer lugar, de sus éxitos bélicos, realmente brillantes.

Habiendo obtenido una serie de triunfos sobre las guarniciones persas subsistentes en el litoral de Tracia, y habiendo conquistado a Esciros, Cimón, como ya hemos dicho, destrozó en el año 469 a la flota y al ejército persas junto a la desembocadura del río Eurimedonte. Cada una de estas victorias proporcionó a Cimón un botín de guerra que engrosaba sus bienes, inmensos de por sí. Los utilizaba con amplitud para sostener su popularidad entre los ciudadanos, para asegurar de esta manera, para sí y para sus partidarios, el apoyo de la asamblea popular.

La cuestión es que, formalmente, en Atenas seguían funcionando como antes la asamblea popular y otras instituciones democráticas. Su actividad, empero, se hallaba ahora supeditada al permanente control del areópago, principal baluarte del predominio político de la oligarquía ateniense. El odio de los que habían sido partidarios de Temístocles, se dirigía, en primer lugar, contra el areópago. Al pensar en una revuelta política, contraponían al areópago la asamblea popular provista de funciones inherentes a su poder supremo.

Se erigió entonces en dirigente de los demócratas atenienses Efialtes, de quien lamentablemente sabemos muy poco. Compartía, sin duda, las ideas políticas de Temístocles, y era un destacado y fogoso orador. En una de las comedias hostiles a la democracia, se dice que, bajo la influencia de los discursos de Efialtes, el pueblo se arrancó el freno, cual un corcel enfurecido. Mucho tiempo después, Platón lo caracterizó como un político que «ha embriagado al demos con una intemperada libertad». Tal caracterización, en labios del ideólogo de la reacción ateniense, nos dice mucho. A Efialtes correspondió un descollante papel en el ulterior desarrollo de los acontecimientos políticos.

El desenvolvimiento histórico de Atenas como gran centro productor de mercancías y comercial, y como Estado marítimo, fue dándose de manera tal, que no le resultaba cómoda compañía la atrasada y conservadora Esparta.

Hay que hacer justicia a los perspicaces espartanos que se dieron cuenta cabal de ello. Al parecer, a muchos les resultaba claro que el poder de la agrupación oligárquica apoyada por ellos era un fenómeno pasajero y que el futuro de Atenas estaba en la democracia.

Previéndolo, el gobierno espartano comenzó a tomar, gradual y secretamente, medidas, dirigidas a minar y socavar la influencia ateniense y debilitar a Atenas. Para tal objeto, Esparta entró en negociaciones con Macedonia, hostil a Atenas, y cuyos círculos gobernantes se sentían muy alarmados por los éxitos atenienses en la Calcídica y en el litoral tracio. No sin ser instigada por Esparta, había explotado la sublevación, ya mencionada, de la isla de Tasos en el año 465. Pero, en ese mismo año, toda la actividad de Esparta fue paralizada por la gran sublevación de los ilotas. Aprovechando la confusión general provocada por el fuerte terremoto en el Peloponeso, los ilotas se levantaron en armas y emprendieron una marcha sobre Esparta con el fin de aniquilar a la tan odiada población de esa ciudad. Gracias a la previsión del rey Arquídamo, que alineó a tiempo a los guerreros espartanos completamente armados en orden de batalla, los ilotas no pudieron apoderarse de la ciudad, pero la sublevación se propagó rápidamente por todo el territorio de Laconia y Mesenia. El movimiento rebelde cobró formas especialmente amenazadoras en esa última, pues allí se levantó contra Esparta, como un solo hombre, toda la población. Las ventajas de la organización militar favorecieron a los espartanos, pero las operaciones bélicas en Mesenia se hicieron prolongadas. Los sublevados se fortificaron sólidamente en el monte Itome, y los espartanos, debido a su anticuada incapacidad para llevar a cabo asedios, fueron impotentes para desalojarlos de allí. La situación se tornó tan seria, que el gobierno espartano se vio forzado a dirigirse a sus aliados en busca de ayuda. Esta vez apelaron no sólo a sus vecinos del Peloponeso, sino también a los atenienses, en la creencia de que el gobierno oligárquico encabezado por Cimón y que simpatizaba con ellos, les prestaría ayuda militar. Según el relato de Aristófanes, se presentó en Atenas un representante espartano y «pálido... en nombre de los dioses, estrechándose contra el altar», suplicó que se enviaran guerreros, en auxilio de Esparta.

Cimón se hizo eco inmediatamente de esta petición. Desde su punto de vista, el prestar socorro a los espartanos era una oportunidad para afianzar la amistad con ellos y establecer un contacto más estrecho. Así y todo, enviar un destacamento de ciudadanos armados era imposible sin el consentimiento de la asamblea popular. Y en ésta, Efialtes y sus partidarios se opusieron resueltamente a la propuesta de Cimón. Efialtes «conjuraba al pueblo, en nombre de los dioses, a que no ayudara a los espartanos, no permitiera que se levantara un Estado que siempre y en todo actuaba en contra de Atenas... que lo dejara caer, con su orgullo pisoteado en el polvo». Estas palabras debieron sonar de manera convincente, tanto más cuanto que muchos atenienses, al parecer, ya estaban informados de que Esparta se aprestaba a ayudar a la sublevada Tasos. A los ojos de esa parte de los ciudadanos atenienses, cuyos intereses vitales estaban vinculados al desarrollo del comercio marítimo y de los oficios, Esparta, sin contar todo lo demás, constituía una fuerza que apoyaba a los enemigos comerciales jurados de Atenas: a Corinto, a Megara y otros. Los atenienses adversarios de la oligarquía veían también en ella uno de los principales escollos en el camino de la ulterior transformación del régimen estatal. Dieron comienzo los debates y Cimón intensificó su argumentación, hablando esta vez ya no sólo de Atenas, sino de toda la Hélade, la cual sin Esparta «quedaría renga». Y entonces el Estado ateniense, decía, «quedaría en el atelaje sin el segundo caballo». Apelando así a los sentimientos patrióticos de sus conciudadanos. Cimón logró finalmente persuadirlos a que tomaran la decisión de enviar a Mesenia, en ayuda de Esparta, unos 4.000 hoplitas. El, en persona, encabezó esta fuerza. La aparición de los atenienses junto a Itome, no modificó, sin embargo, la situación de manera que mejorara para los espartanos. Aún cuando en materia de poner sitio a fortalezas, los atenienses eran incomparablemente más diestros que los espartanos, también ellos resultaron impotentes para quebrar la resistencia de los sublevados. Es evidente que en esto también tuvo parte el hecho de que, entre los componentes del destacamento ateniense, había no pocos partidarios de Efialtes, los que quizá se sentían más cercanos a los esclavizados mesenios que a la odiada Esparta. El caso es que Itome no fue conquistada. Entre los espartanos cundió la sospecha de que los guerreros atenienses habían entablado negociaciones secretas con los mesenios sitiados, con cuya colaboración pensaban realizar una revuelta democrática. Esta situación concluyó cuando el gobierno espartano declaró abiertamente a los atenienses que ya no necesitaba más de su ayuda. De todos los aliados de Esparta congregados en el cerco de Itome, sólo los atenienses fueron retirados. La política insistentemente sostenida por la agrupación oligárquica encabezada por Cimón terminó así en el más rotundo fracaso.

Ecos de los que ocurrió después en Atenas los hallamos en las obras de Aristófanes. «Llevando consigo a cuatro mil hoplitas, se dirigió a vosotros nuestro Cisión y salvó a Lacedemonia», leemos en una de sus comedias. Al parecer, ya de regreso en Atenas, Cimón intentó presentar las cosas como si los atenienses hubieran obtenido un éxito, pero, desde luego, nadie creyó en tal versión. Los adversarios políticos de Cimón levantaron cabeza, y una profunda indignación se apoderó de los ciudadanos atenienses. Tucídides informa que inmediatamente después del regreso del destacamento, al abandonar el Peloponeso, los atenienses «rompieron la alianza hecha con los lacedemonios... estableciendo otra con los enemigos de aquéllos, con los argivos; después, los argivos y los atenienses hicieron una alianza, afianzada con juramentos, con los tesaliotas». Todo lo cual significó un rotundo cambio de la línea política anterior.

Para salvar, aunque fuera parcialmente, su conmovido prestigio, Cimón hizo una tentativa de volver a tomar el camino en el cual se sentía más seguro, aquél en el cual su reputación aún no vacilaba: el camino de una nueva guerra contra Persia.

Precisamente en ese tiempo Egipto se había sublevado contra Persia. La sublevación fue iniciada por el libio Inaro. Casi la totalidad de la población egipcia, que odiaba a los persas, le prestó su apoyo. Estaban madurando acontecimientos sumamente serios. Inaro se dirigió a Atenas en procura de ayuda. Es posible que aún antes él enviara cereales a Atenas, vinculándose así amistosamente con los atenienses. Estos respondieron al llamado de Inaro enviando a las costas de Egipto una flota de 200 naves de combate, bajo el mando de Cimón. Una parte del ejército griego sostenía la guerra en Chipre, otra parte combatía en el litoral fenicio, y las fuerzas principales desembarcaron en el propio territorio egipcio, donde junto con sus habitantes derrotaron a los persas y pusieron sitio a Menfis. Pero el asedio a esta bien fortificada ciudad se prolongó por mucho tiempo.

Partir de Atenas no sólo no fue de utilidad para Cimón, sino que, por el contrario, complicó más aún su situación particular y la de sus partidarios. Aprovechando su ausencia, los demócratas, encabezados por Efialtes, tomaron resueltamente la ofensiva. Su golpe principal fue dirigido contra el areópago. En Atenas comenzó una serie de procesos judiciales contra miembros del areópago, contra los cuales fueron formuladas diversas acusaciones: venalidad, ocultación de diseños públicos, etc. A diferencia del propio Cimón, hombre de honradez sin tacha, muchos de sus partidarios no gozaban de la mínima reputación. Como resultado de dichos procesos, la autoridad moral de muchos de los miembros del areópago fue minada, preparándose así las condiciones para un ataque decisivo contra esa institución en su calidad de cabeza de la actividad del Estado ateniense.

En el año 462 la asamblea popular aprobó una ley contra el areópago, que le asestó un golpe mortal. Se le despojó de todas sus funciones anteriores. De órgano más influyente del Estado, que era, fue reducido a la categoría de un simple tribunal que entendía en asuntos criminales de importancia secundaria, en algunos casos de orden civil y en ciertas contravenciones. Así fue como se desplomó el bastión de la oligarquía. Los enemigos de la democracia hicieron uso entonces del último medio que quedaba aún a su disposición: Efialtes fue asesinado por la espalda; pero ello no pudo modificar la marcha de los acontecimientos. La revuelta democrática en Atenas era un hecho consumado. Cuando Cimón regresó desde Chipre, se vio impotente para emprender nada, y al poco tiempo fue condenado al ostracismo.

La lucha en torno del areópago ha sido reflejada en la literatura artística. En Las Euménides, de Esquilo, el héroe de la tragedia, Orestes, culpable de matricidio, es perseguido en todas partes por las diosas de la venganza, las Erinias, hasta encontrar finalmente la salvación al dirigirse a la diosa Atenea, que le aconseja buscar justicia en el areópago de Atenas. Y lo que había resultado imposible para los dioses, lo realizan los sabios ancianos atenienses: ellos absuelven a Orestes. Las Erinias se transforman entonces en Euménides, favorables a Orestes. En la misma obra de Esquilo figuran sus consideraciones acerca de cómo la diosa Atenea, en la iniciación misma del funcionamiento del areópago, prevenía a los atenienses contra el peligro derivado del cambio de su estructura y contra el paso del mismo hacia el predominio del demos. «Aconsejo a los ciudadanos temer tanto la anarquía, como al poder de los grandes señores», decía a los atenienses.

La ley del año 462 sobre el areópago inició un nuevo período en la historia de Atenas: el de una completa y consecuente democratización de todas las facetas de la vida estatal. Al ser liquidadas las anteriores funciones políticas del areópago, quedó despejado un lugar para la actividad de la asamblea popular, ya sin estorbo, y para todos los órganos de la misma.

Después de la muerte de Efialtes, la triunfante democracia ateniense encontró a un nuevo conductor en la persona de Pericles. El destacado papel de este personaje en la historia ateniense ha sido considerablemente exagerado, tanto en la historia antigua como en la historiografía burguesa contemporánea.

La popularidad de Pericles entre los ciudadanos atenienses, su gran influencia política en la asamblea popular, encuentran explicación no en sus cualidades personales, sino, antes que nada, en el hecho de que la línea política por él encabezada reflejaba realmente los intereses y las aspiraciones de las capas de la ciudadanía ateniense que lo habían promovido en el curso de su actuación política. Además, el llamado «siglo de Pericles», preparado por todo el desarrollo histórico de Atenas, representa una de las páginas más luminosas en la historia ateniense, pletórica de destacadísimos acontecimientos. Precisamente en tal sentido define Marx el período vinculado al nombre de Pericles como «el florecimiento interior más elevado de Grecia».

En el período que consideramos, Pericles apenas si tenía algo más de 30 años. Hijo de Jantipo, el vencedor de Micala, estaba vinculado por la parte materna, con la familia de los Alcmeónidas: su madre era sobrina del gran reformador Clístenes. Pericles había recibido una instrucción que para aquel tiempo era brillante. Sus maestros habían sido el filósofo Anaxágoras y Damón, quien gozaba de gran notoriedad entre los atenienses. Posteriormente, siendo ya dirigente del Estado ateniense, Pericles mantuvo permanentemente estrechas relaciones con las personas más adelantadas e inteligentes de su época: el sofista Protágoras, el historiador Herodoto, el gran artista Fidias.

Sus contemporáneos veían en Pericles a un estadista valiente y enérgico, adicto a las ideas de la democracia, orador completo y persona independiente en su manera de pensar. Sin prestar la menor atención a los puntos de vista dominantes en su ambiente, se divorció de su esposa, de la que tenía dos hijos, y contrajo nupcias con Aspasia, de Mileto, aún cuando ésta no pertenecía al círculo de los ciudadanos atenienses. A diferencia de la mayoría de las mujeres de Atenas, encerradas en el estrecho círculo de la familia y de los quehaceres domésticos, Aspasia era una persona de amplia instrucción. En su hogar se reunían los representantes más importantes de la intelectualidad de aquel entonces.

En su actividad política, Pericles se plegó desde el principio al movimiento democrático, a aquellas capas medias del demos ateniense —comerciantes, propietarios de barcos, dueños de talleres artesanales, propietarios de tierras, medianos e incluso pequeños, involucrados en la producción de mercancías— que se hallaban, todos ellos, interesados en el crecimiento del poderío marítimo de Atenas, en el fortalecimiento de sus relaciones comerciales, en el desarrollo del comercio marítimo, y que antes habían apoyado a Temístocles y a Efialtes. Los vínculos de Pericles con Efialtes se presentan tan estrechos que, dada cierta falta de claridad de las fuentes, se torna difícil a veces trazar una línea demarcatoria nítida entre las medidas realizadas por uno y por otro. Después de la muerte de Efialtes, Pericles se presenta como continuador de la transformación democrática del Estado ateniense. El triunfo obtenido en la lucha contra la agrupación oligárquica tenía que ser consolidado. Y en esto consistía el principal problema de la política a desarrollar por la democracia ateniense encabezada por Pericles.

Después del 462, según parece, ningún conjunto de reformas del tipo de las de Solón o Clístenes fue realizado de una sola vez. Lo principal ya estaba logrado: el régimen oligárquico demolido y el poder supremo en manos del demos. Las fuentes que actualmente tenemos a nuestra disposición no siempre permiten establecer con suficiente claridad cuáles fueron las formas legislativas concretas en que se expresó ese cambio: cuáles de las leyes anteriores fueron revisadas, y si lo fueron de una sola vez, y qué nuevas leyes se promulgaron y cuándo. Aristóteles, que no simpatizaba con el nuevo régimen, habla de esos cambios en forma por demás general y muy poco definida: «... el régimen estatal había comenzado a perder en grado creciente su orden estricto por culpa de los hombres que se habían impuesto fines demagógicos». En ese término, «hombres», están evidentemente incluidos los conductores de la democracia. Y escribe el mismo Aristóteles más adelante: «En general, en toda la administración, los atenienses no se atenían a las leyes con el mismo rigor que antes.» Según el testimonio de Aristóteles, en el año 457 fue electo arconte por vez primera un zeugita, esto es, un hombre perteneciente a la tercera categoría del sistema censal, y que, según la constitución timocrática de Solón, no gozaba del derecho a ser electo.

¿Querrá decir esto que la reforma censal de Solón había sido abolida? Oficialmente, en el orden legislativo, no hubo tal abolición, pero de hecho los ciudadanos atenienses de las categorías inferiores pasaron a tener acceso a todos los puestos administrativos del Estado, salvo el de estratega. En la «República de los atenienses del Pseudo—Jenofontes» se habla de manera bien clara de que, al comienzo de la guerra del Peloponeso, los arcontes eran elegidos entre todos los atenienses. También sabemos que la situación económica de los candidatos era establecida no por vía de la verificación, sino mediante preguntas formuladas verbalmente a cada uno de ellos sobre si alcanzaban censalmente la categoría de zeugita. Ninguno de los candidatos, por pobre que fuera, jamás dio respuesta positiva a esa pregunta. De esta manera, el establecer la categoría censal durante la elección se había convertido en una mera formalidad, carente de contenido. Ciertamente, el mismo puesto de arconte había perdido, en los tiempos que consideramos, su valor anterior. Representaban una excepción sólo los arcontes—epónimos y polemarcas, que en sus jurisdicciones atendían los asuntos meramente judiciales pertenecientes a los ciudadanos atenienses y extranjeros, acerca de los cuales formulaban los juicios previos.

Como otro índice más de la democratización del régimen ateniense, puede servir la difusión de la costumbre de elegir por sorteo a los funcionarios para llenar toda una serie de cargos, que antes se cubrían recurriendo a votación. Comenzaron a llenarse por sorteo casi todos los puestos, salvo los de estrategas y los que requerían conocimientos y preparación especiales. Desde el punto de vista de los adictos al régimen democrático antiguo, este modo de cubrir las vacantes era profundamente democrático. La premisa para la introducción de este orden de cosas fue —según su criterio— el reconocimiento del derecho de cualquier ciudadano a ocupar cargos en el Estado: que la suerte decida quién ha de ocupar tal o cual puesto en el año que corre. Por otra parte, el llenar las vacantes mediante el sorteo eliminaba la posibilidad de una presión previa sobre los electores, recurso del que anteriormente se aprovechaban los ricos.

Todas las medidas que acaban de ser enumeradas habrían sonado, para la mayoría de los ciudadanos, como mera declaración verbal, si no se les hubiera dado una base material en forma de remuneración pecuniaria, pagada por el fisco, por el desempeño de las obligaciones sociales. Este principio fue introducido por Pericles, que establecía honorarios de dos óbolos por cada sesión a los jueces jurados; esta suma equivalía aproximadamente a la ganancia diaria media de un ateniense. El carácter de esta medida se aclara si se tiene en cuenta que en el tribunal popular ateniense —la heliea— había 6.000 jurados electos anualmente por sorteo.

Pero la remuneración de los jurados fue solamente el comienzo de todo un sistema de pagos. A propuesta de Pericles, el fisco comenzó a entregar a los ciudadanos indigentes el llamado teoricón, dinero teatral. Tenía el objeto de proporcionar a los ciudadanos posibilidad de descansar y de divertirse durante los días festivos, en los que en Atenas se ofrecían espectáculos teatrales. Por cuanto el teatro desempañaba un papel exclusivo en la vida social, dicha medida tenía también un gran valor político. Más adelante fue introducido el pago diario a los miembros del consejo de los Quinientos, que pasó a reunirse con mucha mayor frecuencia que antes; fue implantada asimismo la paga a los arcontes y a las personas que ocupaban otros puestos, y un sueldo para los ciudadanos que se encontraban en la marina o en el ejército.

La remuneración de los cargos estatales aseguró a la masa de los ciudadanos atenienses una posibilidad de hacer uso de sus derechos políticos. De allí en adelante, cualquiera de los ciudadanos más pobres podía dedicar su tiempo, sin temor alguno, a la actividad social o estatal. Como resultado, por ejemplo, los jurados de los tribunales comenzaron a ser reclutados preferentemente entre las capas más pobres de la población ateniense; la participación en ellos se convirtió en un medio de existencia para muchos ciudadanos.

En la historiografía burguesa actual, especialmente en la norteamericana, se sostiene la opinión de que la entrega a los ciudadanos atenienses de subsidios pecuniarios —práctica que se compara de manera completamente arbitraria con los subsidios de seguro social en los actuales Estados capitalistas— resultó ser una carga superior a las fuerzas del fisco ateniense y, finalmente, constituyó la causa del hundimiento de la antigua democracia. Tal punto de vista es radicalmente falso, dado que los subsidios, durante el gobierno de Pericles, según todos los indicios, representaban un porcentaje relativamente muy bajo dentro del presupuesto general del Estado ateniense. El Estado de Atenas se hallaba en condiciones de sobrellevar fácilmente este renglón de gastos, debido a que encabezaba la Liga marítima, alianza que ya se había transformado en la potencia marítima ateniense, la cual tenía bajo su dominio súbditos obligados a pagar con regularidad el foros. A nadie más, precisamente, que al conductor de la democracia ateniense, Pericles, se le ocurrió trasladar el tesoro de la Liga de Delos a Atenas, lo cual dio la posibilidad a los atenienses de disponer de esos fondos sin control algunos.

Así, pues, los beneficios de que gozaban los ciudadanos atenienses durante este período estaban basados en la explotación no sólo de los esclavos, sino también de la población de muchas otras ciudades griegas supeditadas a Atenas. He aquí donde radicaba una de las más profundas contradicciones de la democracia esclavista ateniense.

Otro de sus rasgos característico se nos revela en la ley de Pericles de los años 451—450 acerca de la composición del cuerpo de los ciudadanos atenienses. Antes de haber sido promulgada dicha ley se requería, para ser reconocido como ciudadano de Atenas, tener un padre que fuera miembro de la ciudadanía ateniense y que ese padre reconociera el recién nacido y realizara con éste los ritos establecidos y lo anotara en los registros del demos. La madre del recién nacido podía no ser ateniense. Por ejemplo, Clístenes, Temístocles, Cimón, el historiador Tucídides no eran de origen ateniense por línea materna. La transformación de Atenas en uno de los más grandes centros políticos, económicos y culturales de Grecia aumentó su gravitación sobre otras ciudades; y los beneficios de los que gozaban los ciudadanos atenienses con plenos derechos, engendraban naturalmente en mucha gente la tendencia a emparentarse con ellos, o a penetrar en sus filas por algún otro medio. Pero las posibilidades financieras del Estado ateniense no eran ilimitadas. El aumento del número de ciudadanos amenazaba, de manera bien definida, con repercutir sobre sus privilegios. Es por eso que Pericles, cuidando los intereses de sus conciudadanos, estableció en los años 451—450 una ley por la que se modificaban las condiciones para ser ciudadanos: en adelante, recibieron derechos de ciudadano sólo aquellos cuyos dos progenitores fueran atenienses nativos, esto es, pertenecientes ambos, padre y madre, a la ciudadanía ateniense. La esencia de esa ley se reveló de manera especial en el año 444. En ese año el gobernante egipcio Psamético envió como obsequio para el demos ateniense 40.000 medimnos de trigo, que había de distribuir, por ello, entre los ciudadanos. Con motivo de este obsequio se descargó una lluvia de denuncias, y en el tribunal ateniense fueron incoados muchos procesos sobre hijos no legítimos. Como resultado, la cantidad de los que recibían su parte del cereal descendió considerablemente y la parte que correspondía a cada uno, como es natural, aumentó.

De esta manera, esta ley de Pericles muestra a las claras que a la democracia ateniense le era completamente ajeno el principio de la igualdad de todos los hombres ante la ley, el cual fue sustituido por otro principio: la igualdad ante la ley sólo de los ciudadanos. Principio donde el concepto de «ciudadano» estaba indisolublemente ligado a los privilegios y dignidad especiales que destacaban al ciudadano de otros hombres, no ciudadanos, considerados seres de categoría inferior.