HISTORIA
DE LA ANTIGUA GRECIA
XI
CONSOLIDACIÓN DEL RÉGIMEN DE
LA DEMOCRACIA ESCLAVISTA EN ATENAS. PERICLES
2.-Características del régimen democrático
En su conjunto, el orden estatal establecido en
Atenas durante la vida de Pericles se caracterizó, en primer lugar, por el
hecho de que la plenitud del poder superior legislativo, ejecutivo y judicial
pertenecía a los ciudadanos que se reunían en la asamblea popular, la ekklesia.
La asamblea popular no delegaba en nadie sus
derechos soberanos, sino que los utilizaba de manera directa e inmediata. Esta
cuestión, en general, jamás podía plantearse ante los ciudadanos atenienses,
visto que todos ellos cabían libremente en el área de su ciudad natal, donde se
reunían alrededor de cada diez días, para decidir y dirigir los más importantes
asuntos de Estado.
Del derecho a tomar parte en la asamblea popular
gozaban todos los varones con plenos derechos, que habían cumplido los veinte
años de edad. Todo participante en la asamblea podía ejercer las libertades de
palabra y de iniciativa legisladora. Podía presentar cualquier propuesta,
cualquier crítica contra cualquier funcionario público, contra un proyecto de
ley, o contra una medida ya aprobada por el Estado. Dentro de tales
condiciones, es difícil hablar del cúmulo de cuestiones susceptibles de ser
tratadas por la asamblea popular. Al disponer de ilimitados derechos, la misma
podía, a propuesta de cualquiera de sus participantes, considerar, a su
criterio, cualquier cuestión, ya fuera legislativa o jurídica, ya se tratara de
una medida cuya aplicación encuadrara dentro de la competencia de los
magistrados. Hasta donde nos consta, en la práctica del trabajo de la asamblea
popular tenían mayor valor y significación los siguientes asuntos: la elección
de los estrategas y de otros funcionarios militares superiores; la declaración
de guerra; la concertación de los tratados de paz y de los tratados de
alianzas; la solución de otras cuestiones de la política exterior; el
otorgamiento de los derechos de ciudadanía; la recepción de informes de los
altos funcionarios; la promulgación de toda clase de leyes de la más variada
índole; la consideración y confirmación del presupuesto del Estado.
Todas las cuestiones eran resueltas mediante una
votación efectuada por el metodo del levantamiento de manos. Las votaciones
secretas constituían una excepción que se aplicaba en casos particulares. En
tales ocasiones se votaba colocando en las urnas piedrecitas. La votación
secreta se aplicaba también en los casos en que se consideraba la aplicación
del ostracismo.
Las resoluciones de la asamblea popular eran
protocolizadas, como nos consta en los decretos atenienses llegados hasta
nuestro tiempo. Comenzaban con la fórmula: «Han establecido el Consejo y el
pueblo.» Luego se indicaba de qué file era la pritanía, quién había sido su
secretario, quién había presidido la reunión, quiénes de los oradores habían
formulado tales o cuales propuestas.
Todos los órganos del Estado ateniense se
consideraban supeditados a la asamblea popular, a la que debían rendir cuentas.
Entre esos órganos figuraban el Consejo de los Quinientos, la heliea, el
areópago, el colegio de estrategas, el colegio de arcontes, y otros funcionarios
que recibían sus poderes principalmente por sorteo.
La organización del Consejo de los Quinientos seguía
siendo, en general, la misma que en el tiempo de Clístenes. Se componía con los
representantes de las diez filai, a razón de cincuenta prítanos de cada una,
los que se turnaban en el cumplimiento de sus funciones según un orden
riguroso, en correspondencia con el cual el año fue dividido de diez partes.
Las funciones del Consejo consistían en preparar los asuntos para la asamblea
popular y resolver los asuntos secundarios que se presentasen entre reunión y
reunión de la misma. En las reuniones de la asamblea, la presidencia, los
términos de la convocatoria, las citaciones, etc., también se hallaban en manos
del Consejo. De acuerdo con las leyes atenienses, ningún asunto podía ser
considerado por la asamblea popular sin haber pasado previamente por el
Consejo. Mas ello no significaba, de manera alguna, que éste fuese superior a
la asamblea. La reunión de la asamblea, debido al número de sus integrantes, no
podía considerar las cuestiones sin preparación previa y con la debida
aplicación. Desde este punto de vista, el Consejo aparece como un instrumento
de trabajo de la asamblea popular.
El tribunal ateniense de jurados —la heliea—
representaba, tanto por su estructura como por sus funciones y, especialmente
por las particularidades de los procesos que en el mismo se veían, una
institución muy peculiar. Como ya hemos señalado, la heliea se componía de
6.000 jurados, distribuidos en diez cámaras, los dicasterion, a razón de 500
jurados en cada uno, con otros 100 considerados como de reserva. Para prevenir
sobornos, los procesos eran distribuidos entre los dicasterion por sorteo. En
los casos especialmente importante, dos o más dicasterion se juntaban para ver
la causa.
El proceso judicial en la heliea ateniense se
realizaba sobre la base de la competición. Los jueces jurados escuchaban tanto
al acusador como al acusado (o querellante y querellado) y a los testigos,
admitían disputas entre las dos partes, y cuando la esencia de la causa se
tornaba clara o suficientemente aclarada para ellos, acudían a la votación. El
tribunal ateniense no conocía fiscales oficiales. La acusación en cualquier
causa, incluso en las que concernían a los intereses del Estado o a la
salvaguardia del orden existente, podía ser sostenida por cualquiera que lo
desease. Como principio, se consideraba que los intereses y la seguridad del
Estado tenían que tocar por igual a todo ciudadano, y por ello todo ciudadano
podía y debía salir en el tribunal en su defensa. Tampoco existían defensores
profesionales. Todo ciudadano tenía que defenderse por sí mismo. En los casos
en que no se sentía en condiciones de hacerlo con suficiente eficacia, se
dirigía a un especialista —los había en Atenas— y aprendía de memoria el
discurso que éste escribía para él.
Es característica la postura del tribunal ateniense
hacia los esclavos. Si la marcha del proceso requería la aparición de esclavos
en calidad de testigos, éstos, según rezaba la ley, tenían que dar sus
declaraciones sólo bajo torturas. Si el esclavo moría durante las mismas, a su
propietario se le compensaba su valor, como perjuicio material ocasionado por
el proceso.
Entre los funcionarios que recibían sus poderes por
vía de elecciones anuales en la asamblea popular, los de mayor valor eran los
diez estrategas. A partir del año 444 y durante una década y media, fue elegido
año tras año el propio Pericles. Por el desempeño del cargo de estratega no se
pagaban emolumentos, de manera que sólo podían aspirar a este cargo las
personas de holgada posición económica. Al mismo tiempo, en manos de los
estrategas se concentraban las más importantes funciones del más alto poder
militar, administrativo y ejecutivo. Ellos encabezaban y mandaban la flota y el
ejército, entendían en todos los asuntos de la política exterior del Estado
ateniense y lo representaban durante las negociaciones diplomáticas, se
ocupaban de los asuntos financieros, etc. Aún disponiendo de tan amplios
poderes, los estrategas se encontraban al mismo tiempo bajo el permanente
control de la asamblea popular, ante la cual tenían que rendir cuentas y dar
informes. En caso de que su informe fuera considerado insatisfactorio, los
estrategas podían ser suspendidos ante de haberse cumplido el término de sus
funciones y se llevaban a cabo nuevas elecciones.
En general, en Atenas se prestaba una atención
especial a las elecciones de los funcionarios. Según las fuentes, los
ciudadanos atenienses tomaban en consideración la conducta de todo candidato,
averiguándose si guardaba el debido respeto a sus progenitores, si prestaba
servicio en todos los casos en que era exigido para ello, si cumplía sus
obligaciones financieras para con el Estado, etc. Lisias informa que era loable
que el candidato rindiera cuenta de toda su vida antes de las elecciones.
Es de gran importancia analizar las garantías de
estabilidad del orden estatal ateniense durante la época de Pericles
Como ya hemos señalado, la asamblea popular de los
ciudadanos atenienses, que era convocada cada diez días, detentaba el poder
superior en el Estado. En consecuencia, disponía del derecho a hacer cambios
también en las leyes básicas del Estado, es decir, su constitución. Hablando
teóricamente, el peligro de cambios radicales en el orden existente en el
régimen estatal, surgía siempre, todas las veces que los ciudadanos se reunían
en el Pnix, el recinto de las asambleas populares. Para prevenir tal peligro
regían disposiciones especiales que garantizaban cierta y determinada
estabilidad de la constitución.
La más importante de tales instituciones era la grafê paranomoi,
«queja contra la ilegalidad». Cualquier ciudadano que quería hacer uso de su
derecho a la grafê paranomoi tenía que declararlo en la asamblea popular. Se le
proponía entonces que prestara juramento de que no usaría del derecho que se le
otorgaba en detrimento del Estado ateniense, tras lo cual exponía su queja
contra cualquier propuesta que hubiera sido sometida a la consideración de la
asamblea, o contra cualquier disposición o ley ya aprobada por la asamblea a la
que considerara contraria a la legislación existente. La queja expresada en
este orden paralizaba la vigencia de una disposición o ley, y el asunto era
dirigido al tribunal popular, a la heliea. En esta instancia, el querellante
debía probar lo fundamental de su protesta ante los jueces jurados, en un
proceso basado en la competencia. En defensa de lo querellado salía el
ciudadano que, en su momento, lo había presentado y apoyado en la asamblea
popular, o la comisión especial que lo había formulado. Tras escuchar a ambas partes,
los jueces expedían su veredicto. Si la queja presentada en ejercicio de la
grafê paranomoi era reconocida como justificada, la disposición o ley
querellada era abolida, y el ciudadano que la había propuesto, sometido allí
mismo a la correspondiente responsabilidad por haber inducido a error a sus
conciudadanos. El juzgado podía condenarlo a una multa pecuniaria grande, o
imponerle un castigo mucho más severo, inclusive hasta la expulsión o pena de
muerte. De esta manera, así como a todo ciudadano ateniense se le otorgaba
plena libertad para sostener iniciativas de orden legislativo, también se lo
hacia pasible de una responsabilidad. Por toda propuesta que hacía, respondía
con sus bienes y con su vida, y no sólo ante los órganos del Estado, sino ante
cualquier otro ciudadano ateniense, pues cada uno de ellos podía hacerlo
responder mediante el ejercicio de la grafê paranomoi.
Pese a todo, en el empleo por parte de los
ciudadanos del derecho a «querellar contra la ilegalidad», había lugar a
abusos. Podía encontrarse entre los ciudadanos quienes desearan hacer uso de
ese derecho con el fin de causar perjuicio al Estado. También esto había sido
previsto por la legislación ateniense. Si la querella formulada en base a la
grafê paranomoi era rechazada por la heliea y el querellante recibía en favor
de su queja menos de la tercera parte de los votos de los jueces jurados, se
hacía culpable allí mismo de la responsabilidad correspondiente por una
querella sin fundamento, pudiéndosele imponer un severo castigo.
Otra garantía para la estabilidad del régimen
democrático existente lo constituía el procedimiento mediante el cual se ponían
las leyes en vigor. En el derecho estatal ateniense hay que distinguir las
leyes —nómoi— de los simples decretos o disposiciones —psefismas—. Los últimos
tenían un carácter casual, en tanto que las leyes acusaban una naturaleza
general. Para poner en vigencia los simples decretos no se requería ningún
procedimiento; en cambio, para hacerlo con las leyes propiamente dichas, se efectuaban
ritos especiales, que retardaban intencionalmente su consideración, con el fin
de que la asamblea popular quedara advertida contra el peligro de decisiones
prematuras e irreflexivas. Anualmente, en la primera reunión de la primera
pritania, que tenía lugar el 11 del mes ateniense hecatombeón (aproximadamente
a mediados de julio), se ponía a votación de la asamblea popular si ésta quería
hacer uso de su derecho a la revisión de las viejas leyes y a la consideración
de los proyectos de las nuevas. Si esta asamblea se expresaba en sentido
positivo, sus participantes presentaban individualmente sus proyectos
legislativos. Cada proyecto aprobado pasaba al Consejo para ser considerado en
detalle y redactado. Después, el proyecto de ley, ya con la forma de su
redacción definitiva, volvía a la asamblea popular y a la heliea, para ser
votado. Simultáneamente, su texto era grabado en una tabla, expuesto en un
lugar público para conocimiento general, y leído a los ciudadanos en los
intervalos entre dos reuniones legislativas, para que pudieran conocerlo con
atención y en su totalidad. Sólo tras la observación de todas estas condiciones
podía ser aceptada una nueva ley en Atenas.
En su totalidad, el régimen estatal de la ciudad de
Atenas durante los años de gobierno de Pericles poseía, sin duda alguna, rasgos
históricamente mucho más desarrollados que las polis oligárquicas. No puede,
empero, cerrarse los ojos, como lo hacen algunos sabios burgueses que idealizan
a la antigua Atenas, sobre los defectos y aspectos contradictorios de la vida
estatal ateniense. Ni los metecos, ni las mujeres —madres, esposas e hijas de
los ciudadanos que gozaban de la plenitud de los derechos—, ni que hablar ya de
los esclavos, gozaban de derecho alguno en Atenas, como tampoco en las demás
ciudades y Estados; y, en consecuencia, no podían tomar parte activa en la vida
estatal. De esta manera, los ciudadanos con plenitud de derechos políticos
representaban en el Estado ateniense, tal como ya hemos señalado, no más del 15
al 20 por 100 del total de la población. Resulta así que también sobre la
organización social y estatal de Atenas gravitaba el sello de la limitación
clasista, tan característica para todos los Estados esclavista de esa época.
Mas no todos, ni mucho menos, de los que formaban
parte de esa minoría privilegiada, disponían realmente de la posibilidad de
hacer uso de sus derechos. La participación de los ciudadanos ordinarios no era
acompañada de la paga de subsidio alguno, por el fisco, en virtud de lo cual
todo aquel que vivía de su trabajo no podía pasar cada diez días unas cuantas
horas en el Pnix, donde se celebraban las reuniones de la asamblea popular.
Menos accesible aún era esto para los campesinos, pues, para hacer acto de presencia
en esas asambleas tenían que dirigirse a la ciudad. Durante los períodos de
intenso trabajo en el campo, sólo muy pocos podían permitírselo. Resultaba así
que, entre el total de los ciudadanos atenienses, más o menos de unas 30.000 a
35.000 personas, el número habitual de los participantes en las reuniones de la
asamblea apenas si superaba los 2.000 ó 3.000, y sólo en casos extraordinarios
se reunía una cantidad mayor.
Al mismo tiempo, en el código del derecho estatal de
los antiguos no existía el concepto del quórum. Para la opinión de aquellos
ciudadanos, la participación directa en la asamblea era un derecho, pero de
ninguna manera una obligación. Por tanto, si alguno de los ciudadanos no hacía
acto de presencia en la asamblea, se consideraba que transfería su derecho a
los que sí participaban, de modo que las resoluciones tomadas por la reunión
tenían fuerza de ley independientemente del número de los ciudadanos que la
habían adoptado. En consecuencia, se dieron a veces casos en que la asamblea
popular ateniense, especialmente en los años de la guerra del Peloponeso,
tomaba resoluciones casuales contrarias a los intereses del Estado y al curso
general de la política que se estaba llevando a la práctica. Entre los electos
por la asamblea popular, mediante el sorteo y por votación, para los diferentes
cargos públicos, podían evidentemente figurar personas designadas por azar,
fortuitamente, poco aptas para la actividad político—social; todas sus ventajas
consistían en el hecho, que de por sí nada recomendaba, de haberse hallado
presente en el Pnix el día de las elecciones. De la misma manera, debido a que
el cargo de estratega no era remunerable, los esclavistas poseedores de grandes
fortunas, aún cuando no simpatizaban con la democracia, podían ocupar dicho
cargo y, de esta manera, ejercer influencia sobre la marcha de la vida
política, aún después de las reformas de Efialtes y Pericles.
Se sobreentiende que los adversarios de la
democracia ateniense se afanaban por aprovechar los lados débiles del régimen
estatal en beneficio de sus propios intereses. No podían ni querían aceptar la
derrota que se les había inferido, y procuraban por todos los medios recuperar
la supremacía perdida. Muerto Cimón, apareció como su conductor cierto
Tucídides de Alopece, siempre contrario de Pericles en las reuniones de la
asamblea popular. Sin embargo, Pericles logró vencerlo y conseguir que fuera
condenado al ostracismo. Pero los oligarcas no depusieron las armas. Por otra
parte, pudieron obtener cierto éxito en su lucha contra el régimen democrático
durante los años de las graves conmociones, durante la guerra del Peloponeso, y
después de la muerte de Pericles.
El Gobierno de Pericles se veía obligado a chocar
también con cierta oposición dentro de la democracia. A las capas
económicamente menos sustentadas de los ciudadanos atenienses, les parecían
insuficientes las reformas introducidas. Tendían a transformaciones más
radicales, y acusaban al gobierno de moderación excesiva y de falta de
decisión. El Gobierno de Pericles no podía dejar de tomar en cuenta esta clase
de ánimos; y, al atenderlos, iba introduciendo algunas otras medidas. Durante
los años de Pericles, por ejemplo, se amplió particularmente la erección de
edificios de carácter y destino social. Se realizó el sueño acariciado por
Temístocles: las fortificaciones de la ciudad fueron unidas, mediante los
llamados Largos Muros, con las fortificaciones del puerto del Pireo. En el
interior de la misma ciudad se erigió toda una serie de excelentes edificios y
bellísimas estatuas. El primer lugar entre todas ellas lo ocupa una maravilla
del arte arquitectónico, el Partenón, en cuyo interior se encuentra la estatua
de la diosa Atenea, obra del gran Fidias. Mas también otros edificios del
tiempo de Pericles, tales como el Odeón, destinado a las competiciones
musicales, o los famosos propíleos, provocan hasta hoy la admiración de los
hombres.
Hasta nuestros tiempos ha llegado una serie de
inscripciones atenienses de las que se desprende qué medios colosales invertía
el Estado en las construcciones. En una de ellas se enumeran las entregas de
dinero para la erección de la famosa estatua de la diosa Atenea, de Fidias. En
otras, que constituye el balance financiero publicado en el año 433, después de
terminar la erección del Partenón, se enumeran detalladamente todas las
erogaciones efectuadas durante los quince años que demandaron las obras, las
inversiones en el material y los gastos para su acarreo a la acrópolis, las
remuneraciones a los muchos trabajadores y artistas, etc. En todas esas obras,
los atenienses indigentes tenían trabajo. En esto reside el valor social de la
labor edificadora del Estado ateniense.
Al desarrollar una enérgica actividad en esta
dirección, el Gobierno de Pericles se supo atraer también los medios de los
ciudadanos ricos, de los grandes propietarios de esclavos. En Atenas existían,
ya desde antes, las llamadas liturgias, que obligaban a los ciudadanos más
acaudalados a cumplir, por turno, con diferentes obligaciones vinculadas con la
organización de los espectáculos teatrales y el equipamiento de naves para la
flota. Durante los años de Pericles, las liturgias constituyeron uno de los
artículos más importantes en el presupuesto del Estado democrático.
En las fuentes de que disponemos no hay el menor
indicio de oposición a las liturgias por parte de los ciudadanos acaudalados.
Quizás esto se explique porque las obligaciones a las que los sometía el
gobierno democrático eran compensadas con usura por las ventajas que obtenían
usufructuando los éxitos alcanzados en aquel tiempo por el gobierno de Pericles
en el ámbito de la política exterior.
Jamás, ni antes ni después, la política exterior de
Atenas se distinguió por la amplitud que tuvo en los años que siguieron a la
estabilización del poder democrático. La misma era dirigida al afianzamiento
del poderío estatal de Atenas y al ensanchamiento de la esfera de su actividad
y de su influencia política y económica.
En primer lugar, esta política tocó a los aliados de
Atenas. Precisamente tras haber llegado al poder la democracia, se exterioriza
con máxima claridad la tendencia de los atenienses a reprimir y ahogar la
autonomía estatal de sus aliados, a transformarlos definitivamente en sus
súbditos y, al mismo tiempo, aumentar la cantidad de ciudades que dependían de
la suya. Los atenienses se plantearon el problema de someter a su poder tanto a
las ciudades de la Grecia central como a las del Peloponeso. Dentro de las
condiciones existentes, esto tenía que repercutir inevitablemente sobre el
inestable equilibrio de las relaciones entre las ciudades griegas, equilibrio
que, en cierta medida, existía aún en la época de la invasión de los persas.
Como ya señaláramos, inmediatamente después del
regreso de Cimón de su fracasada campaña en ayuda de Esparta, los atenienses
rompieron la alianza con los espartanos, celebrando un tratado con Argos y con Tesalia.
Maniatada por la rebelión de los mesenios, Esparta no se hallaba en condiciones
de impedirlo, aún cuando la alianza de Atenas con Argos encerraba para ella
gran peligro. Cuando finalmente fue quebrada la prolongada resistencia de los
mesenios en el Itome y éstos capitularon, bajo la promesa del derecho de libre
paso, los atenienses no tardaron en aprovecharlo. Ayudaron a los expulsados
mesenios a establecerse en Naupacto, y esta ciudad, sita en la costa norte del
golfo de Corinto, en su punto más estrecho, quedó dentro de la esfera de
influencia de Atenas. Esto zahería no sólo los intereses de Esparta, sino
también los del más rico e influyente miembro de la confederación
peloponesiaca, Corinto, cuya actividad comercial era llevada a cabo a través de
ese golfo.
Pero los atenienses no repararon en ello. Se
inmiscuyeron en el conflicto bélico entre Corinto y Megara, apoyando a esta
última, y consiguieron que Megara saliera de la confederación del Peloponeso, a
la que siempre había pertenecido, para formar, en cambio, una alianza con
Atenas. Los atenienses hicieron entrar sus guarniciones en esa ciudad y en su
puerto, Pagas, situado en la misma costa del golfo de Corinto, y
simultáneamente erigieron dos líneas de fortificaciones entre Megara y su segundo
puerto, Nicea, ubicado en la costa del golfo Sarónico, con lo cual quedaba
eliminado el peligro de un ataque contra la ciudad por tierra firme.
Con fortificaciones así en el istmo, los atenienses
cortaron a Esparta el camino a la Grecia central.
Los atenienses consiguieron un rotundo triunfo en la
lucha contra su antigua rival, Egina, que había entrado en guerra de parte de
Corinto. No obstante haber estado ocupada la mayor parte de su flota en la
lucha contra Egipto, los atenienses derrotaron en una batalla naval a los
eginetas, desembarcaron en la isla y pusieron sitio a su ciudad. La tentativa
de los corintios de sustraer las fuerzas atenienses, alejándolas de Egina
mediante un repentino ataque a Megara, no fue coronada por el éxito. Los atenienses
armaron a los habitantes de la ciudad, los que, bajo el mando del estratega
ateniense Mirónidas, derrotaron a los corintios.
La posición de Atenas debía consolidarse más aún con
la próxima terminación de los Largos Muros entre la ciudad y su puerto, que
venían a coronar su poderoso sistema defensivo.
Los éxitos de Atenas obligaron finalmente a Esparta,
ocupada hasta entonces en la represión de los sublevados ilotas mesenios, a
inmiscuirse en los acontecimientos que estaban sucediéndose. En el año 457 un
gran ejército peloponesiaco, que contaba con hasta 11.500 hoplitas, mandado por
el rey espartano Nicomedes, llegó a la Grecia central tras cruzar el golfo de
Corinto. Los espartanos todavía abrigaban ciertos temores a entrar en guerra
abierta contra los atenienses, razón por la cual el objeto oficial de esa
campaña fue el de intervenir en la disensión que había surgido entre los
habitantes de la pequeña Dórida y los de la Fócida. Las verdaderas intenciones
de Nicomedes se pudieron de manifiesto sólo cuando se acercó, con todo su
ejército, a Tebas, y, tras acampar junto a ella, entabló negociaciones con los
tebanos. En ese tiempo, la supremacía política tebana favorecía a la agrupación
oligárquica, que mantenía activas relaciones con los exiliados políticos
atenienses. En consecuencia, Nicomedes no sólo logró atraerse a los tebanos,
sino también crear en torno de la ciudad agrupaciones hostiles a Atenas en
otras ciudades beocias. Los atenienses se percataron del peligro que les estaba
amenazado y, para prevenirlo, movilizaron a prisa todas las fuerzas que se
hallaban a su disposición. La milicia de los ciudadanos de Menas, completada
por destacamentos de Argos, Tesalia y otras ciudades de la Liga marítima
ateniense, en un número total de 14.000 hoplitas, cruzó la frontera de Beocia.
Allí, en una tenaz y sangrienta batalla junto a Tanagra, los atenienses fueron
batidos. Pero este triunfo resultó sumamente caro a sus enemigos, que sufrieron
enormes pérdidas. Nicomedes no se decidió a aprovechar este triunfo para atacar
al Ática, y se retiró al Peloponeso.
Después de la batalla de Tanagra, los atenienses se
vieron en situación tan grave que, a propuesta de Pericles, se hizo regresar a
Cimón del exilio para que tomara parte en las negociaciones con Esparta,
consiguiendo una tregua de tan sólo cuatro meses. Mas los atenienses lograron
aprovechar ese lapso para restablecer su situación en Beocia, hacia donde se
emprendió una nueva campaña, con la cual el estratega Mirónidas derrotó a las
fuerzas beocias cerca de Enófita. Después de esta victoria, que compensó la derrota
de Tanagra, los atenienses lograron en corto plazo no sólo restablecer su
influencia sobre la mayor parte de las ciudades beocias, sino extenderla más
hacia el Norte. Las ciudades de la Fócida y la Lócrida, vecinas a Beocia,
fueron obligadas a establecer una alianza con Atenas.
En la Grecia central sólo Tebas seguían siendo
baluarte espartano contra Atenas. Al mismo tiempo, había caído Egina. De
acuerdo con las condiciones de la capitulación, ésta debió demoler sus
murallas, entregar sus naves de guerra y pagar a los atenienses un tributo.
Alentados por esos éxitos, los atenienses reanudaron sus acciones bélicas
contra Esparta. La flota ateniense, bajo el mando de Tólmidas, penetró
sorpresivamente en el puerto espartano de Giteión, donde quemó los astilleros;
luego, tras costear la península del Peloponeso por el lado occidental, atacó a
Metona y consiguió otros éxitos más en el litoral de Etolia. Más o menos al
mismo tiempo, adhirieron a Atenas las ciudades de Acaya, y en el sur del
Peloponeso, en el territorio de la Argólida, los atenienses se apoderaron de
Trecene.
Hubiera podido esperarse un ulterior desarrollo de
estos éxitos, si no fuera por la catástrofe de Egipto, adonde, como ya
señaláramos, los atenienses habían enviado considerables fuerzas para apoyar la
sublevación que había estallado contra los persas. Cerca de 200 naves de guerra
atenienses y aliadas, y grandes fuerzas terrestres, se habían concentrado para
el desembarco en la desembocadura del Nilo y junto a Chipre. En caso de éxito,
los atenienses hubieran podido contar con establecerse con pie firme en un
nuevo mercado y apoderarse del más rico granero del mar Mediterráneo.
Al comienzo, las operaciones bélicas fueron felices
para los atenienses. Pero en el año 454 los persas formaron un ejército
bastante considerable. El ejército griego que, junto con los sublevados
egipcios, sitiaba a Menfis, fue batido, tras lo cual fue también destruida una
gran parte de la flota ateniense. En total, los atenienses perdieron en Egipto
cerca de 200 naves de combate y de 35.000 guerreros. En tales circunstancias,
los atenienses temían una nueva invasión persa, al mismo tiempo que conmociones
dentro de su Liga. Carecían ahora de la supremacía en el mar sobre sus aliados.
Por otra parte, el peligro de una invasión persa
atemorizó también a Esparta, dando por resultado que los atenienses y los
espartanos reanudaran negociaciones, que terminaron en un acuerdo de tregua por
cinco años. Al mismo tiempo, Esparta estableció una paz con Argos por treinta
años, hecho desventajoso para Atenas.
Pero los recelos de los atenienses y de los
espartanos no llegaron a justificarse: Grecia no fue víctima de una nueva
invasión persa. En la primavera del año 449 los atenienses y sus aliados
equiparon y pertrecharon una nueva gran flota, y junto a la Salamina de Chipre
se desarrolló una batalla, la última de la guerra greco—persa. En esta batalla
los griegos derrotaron completamente a los persas, apoderándose de cerca de
cien de sus naves. Después de la batalla, se firmó la paz de Calías. Debemos
hacer constar que no podemos abrigar absoluta confianza y seguridad en la
existencia de ese tratado de paz. Tucídides, por ejemplo, ni siquiera lo
menciona. Sea como fuere, nada sabemos de nuevos choques con los persas, después
del año 449.
El cese de operaciones bélicas contra los persas
determinó que en la opinión de muchos participantes de la Liga marítima griega
dejara de ser justificada la existencia de esa alianza. Con tal motivo, y sobre
tal base, surgió toda una serie de complicaciones en las relaciones entre los
atenienses y sus aliados. Como hemos mencionado anteriormente, los atenienses
no se detenían ante la aplicación de represiones a las ciudades aliadas. En los
territorios de varias de ellas aparecieron poblaciones de ciudadanos
atenienses, las cleruquías, intensificándose de esta manera el control
ateniense sobre las mismas. En otros lugares (por ejemplo, en Naxos, Tasos,
Samos) la cuestión llegó a serios choques. Tras aplastar a los aliados
sediciosos, los atenienses, por regla general, les imponían al desarme,
limitando su participación en la alianza en tan sólo el pago del foros a
Atenas.
Los atenienses continuaron tomando medidas para
extender sus fronteras. Con tal objeto, fue emprendida, bajo el mando directo
de Pericles, una gran expedición al mar Negro. Como resultado de la misma, se
incorporaron al parecer a la Liga ateniense una cantidad de ciudades griegas de
la cuenca del Ponto.
En los años 447—446 comenzaron nuevos choques entre
Atenas y Esparta. Los espartanos emprendieron una campaña sobre la Grecia
central, so pretexto de prestar ayuda a Delfos, de cuyo territorio se habían apoderado
los focídeos. La aparición de ejércitos espartanos en la Grecia central trajo
aparejada para los atenienses no sólo la pérdida de su influencia anterior
sobre la Fócida y la Lócrida, sino también sobre Beocia, cuyas ciudades se
sublevaron. Al mismo tiempo defeccionaron Eubea y Megara. Nuevamente se vieron
los atenienses ante una grave situación: tenían que sostener simultáneamente
acciones bélicas contra Eubea y contra Megara. Atenas no pudo resistir mucho
tiempo semejante tensión. El número de sus ciudadanos, a raíz de las guerras
ininterrumpidas, había disminuido considerablemente.
Sobre la base de una inscripción —lista de los
caídos en una batalla— llegamos a enterarnos de que una sola de las diez filai
atenienses había perdido en el año 458, en las operaciones bélicas contra
Megara, Egina y Egipto, 177 ciudadanos. Descontando que la cantidad de
ciudadanos capaces de llevar armas apenas si superaba en aquel entonces la
cantidad de 25.000 a 30.000, y que se trataba solamente de las pérdidas experimentadas
en un año, resulta fácil imaginar cómo repercutiría este tumultuoso período
sobre el número de la población civil de Atenas.
En los años 446—445 los atenienses iniciaron
negociaciones con Esparta a propósito del establecimiento de una paz duradera
por unos treinta años. La paz fue concertada bajo las siguientes condiciones:
los atenienses renunciaban a todas sus conquistas en el territorio del
Peloponeso, Acaya, Trecene y Megara, quedando en su poder Naupacto y Egina. En
lo sucesivo, ambas partes decidían alinear sus zonas de influencia. Cada una de
ellas se comprometía a no aceptar como aliado a los que fuesen aliados de la
otra, ni tampoco apoyar, en el interior de las ciudades, a sus propios
partidarios. Este acuerdo significaba para Atenas algo equivalente a una
renuncia a la política que había desarrollado durante los últimos años. Ya no
podía llevarla en la escala anterior: sus fuerzas estaban quebrantadas.
Después del acuerdo con Esparta, Pericles hizo otra
tentativa por elevar en algo la tambaleante autoridad de Atenas. Promovió la
idea de convocar un congreso panhelénico, para la consideración de los asuntos
comunes de carácter político y religioso. Mas, comprendiendo hacia dónde llevar
esto, Esparta hizo todo lo que de ella dependía para hacer fracasar ese plan de
Pericles.
Resultados algo más favorables obtuvo Atenas al
desarrollar su actividad hacia el Occidente. Tucídides menciona un tratado
celebrado en Corcira, en el año 433. Una de las inscripciones de aquel tiempo
hace saber que los atenienses, evidentemente, en aras del cumplimiento de ese
tratado, equiparon y pertrecharon para ayudar a Corcira, al principio diez, y
luego veinte naves de combate.
En otras dos inscripciones se han conservado los
textos de tratados celebrados por los atenienses con Leontinos, ciudad de
Sicilia, y con otra ciudad de la Italia meridional, Regio, formando una alianza
para el caso de una guerra, defensiva y ofensiva.
Además, los ciudadanos de diversas polis,
encabezados por los atenienses, fundaron una nueva colonia en la Italia
meridional, la de Turios, en el mismo lugar en que se hallara la ciudad de
Sibaris. Según el proyecto de Pericles, esta nueva ciudad debía convertirse en
punto de apoyo y baluarte de la influencia ateniense en esa zona. Pero Turios
no justificó las esperanzas que en ella cifraban los atenienses. Tanto en
Italia meridional como en Sicilia la política ateniense tropezó con una fuerte
oposición de parte de las polis del régimen oligárquico, orientadas hacia
Esparta y hacia la alianza del Peloponeso.
Las cosas se encaminaban hacia nuevos conflictos,
los que, finalmente, desembocaron en una guerra prolongada y dura que involucró
a todo el mundo helénico.

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