HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

XI

CONSOLIDACIÓN DEL RÉGIMEN DE LA DEMOCRACIA ESCLAVISTA EN ATENAS. PERICLES

 

2.-Características del régimen democrático

 

En su conjunto, el orden estatal establecido en Atenas durante la vida de Pericles se caracterizó, en primer lugar, por el hecho de que la plenitud del poder superior legislativo, ejecutivo y judicial pertenecía a los ciudadanos que se reunían en la asamblea popular, la ekklesia.

La asamblea popular no delegaba en nadie sus derechos soberanos, sino que los utilizaba de manera directa e inmediata. Esta cuestión, en general, jamás podía plantearse ante los ciudadanos atenienses, visto que todos ellos cabían libremente en el área de su ciudad natal, donde se reunían alrededor de cada diez días, para decidir y dirigir los más importantes asuntos de Estado.

Del derecho a tomar parte en la asamblea popular gozaban todos los varones con plenos derechos, que habían cumplido los veinte años de edad. Todo participante en la asamblea podía ejercer las libertades de palabra y de iniciativa legisladora. Podía presentar cualquier propuesta, cualquier crítica contra cualquier funcionario público, contra un proyecto de ley, o contra una medida ya aprobada por el Estado. Dentro de tales condiciones, es difícil hablar del cúmulo de cuestiones susceptibles de ser tratadas por la asamblea popular. Al disponer de ilimitados derechos, la misma podía, a propuesta de cualquiera de sus participantes, considerar, a su criterio, cualquier cuestión, ya fuera legislativa o jurídica, ya se tratara de una medida cuya aplicación encuadrara dentro de la competencia de los magistrados. Hasta donde nos consta, en la práctica del trabajo de la asamblea popular tenían mayor valor y significación los siguientes asuntos: la elección de los estrategas y de otros funcionarios militares superiores; la declaración de guerra; la concertación de los tratados de paz y de los tratados de alianzas; la solución de otras cuestiones de la política exterior; el otorgamiento de los derechos de ciudadanía; la recepción de informes de los altos funcionarios; la promulgación de toda clase de leyes de la más variada índole; la consideración y confirmación del presupuesto del Estado.

Todas las cuestiones eran resueltas mediante una votación efectuada por el metodo del levantamiento de manos. Las votaciones secretas constituían una excepción que se aplicaba en casos particulares. En tales ocasiones se votaba colocando en las urnas piedrecitas. La votación secreta se aplicaba también en los casos en que se consideraba la aplicación del ostracismo.

Las resoluciones de la asamblea popular eran protocolizadas, como nos consta en los decretos atenienses llegados hasta nuestro tiempo. Comenzaban con la fórmula: «Han establecido el Consejo y el pueblo.» Luego se indicaba de qué file era la pritanía, quién había sido su secretario, quién había presidido la reunión, quiénes de los oradores habían formulado tales o cuales propuestas.

Todos los órganos del Estado ateniense se consideraban supeditados a la asamblea popular, a la que debían rendir cuentas. Entre esos órganos figuraban el Consejo de los Quinientos, la heliea, el areópago, el colegio de estrategas, el colegio de arcontes, y otros funcionarios que recibían sus poderes principalmente por sorteo.

La organización del Consejo de los Quinientos seguía siendo, en general, la misma que en el tiempo de Clístenes. Se componía con los representantes de las diez filai, a razón de cincuenta prítanos de cada una, los que se turnaban en el cumplimiento de sus funciones según un orden riguroso, en correspondencia con el cual el año fue dividido de diez partes. Las funciones del Consejo consistían en preparar los asuntos para la asamblea popular y resolver los asuntos secundarios que se presentasen entre reunión y reunión de la misma. En las reuniones de la asamblea, la presidencia, los términos de la convocatoria, las citaciones, etc., también se hallaban en manos del Consejo. De acuerdo con las leyes atenienses, ningún asunto podía ser considerado por la asamblea popular sin haber pasado previamente por el Consejo. Mas ello no significaba, de manera alguna, que éste fuese superior a la asamblea. La reunión de la asamblea, debido al número de sus integrantes, no podía considerar las cuestiones sin preparación previa y con la debida aplicación. Desde este punto de vista, el Consejo aparece como un instrumento de trabajo de la asamblea popular.

El tribunal ateniense de jurados —la heliea— representaba, tanto por su estructura como por sus funciones y, especialmente por las particularidades de los procesos que en el mismo se veían, una institución muy peculiar. Como ya hemos señalado, la heliea se componía de 6.000 jurados, distribuidos en diez cámaras, los dicasterion, a razón de 500 jurados en cada uno, con otros 100 considerados como de reserva. Para prevenir sobornos, los procesos eran distribuidos entre los dicasterion por sorteo. En los casos especialmente importante, dos o más dicasterion se juntaban para ver la causa.

El proceso judicial en la heliea ateniense se realizaba sobre la base de la competición. Los jueces jurados escuchaban tanto al acusador como al acusado (o querellante y querellado) y a los testigos, admitían disputas entre las dos partes, y cuando la esencia de la causa se tornaba clara o suficientemente aclarada para ellos, acudían a la votación. El tribunal ateniense no conocía fiscales oficiales. La acusación en cualquier causa, incluso en las que concernían a los intereses del Estado o a la salvaguardia del orden existente, podía ser sostenida por cualquiera que lo desease. Como principio, se consideraba que los intereses y la seguridad del Estado tenían que tocar por igual a todo ciudadano, y por ello todo ciudadano podía y debía salir en el tribunal en su defensa. Tampoco existían defensores profesionales. Todo ciudadano tenía que defenderse por sí mismo. En los casos en que no se sentía en condiciones de hacerlo con suficiente eficacia, se dirigía a un especialista —los había en Atenas— y aprendía de memoria el discurso que éste escribía para él.

Es característica la postura del tribunal ateniense hacia los esclavos. Si la marcha del proceso requería la aparición de esclavos en calidad de testigos, éstos, según rezaba la ley, tenían que dar sus declaraciones sólo bajo torturas. Si el esclavo moría durante las mismas, a su propietario se le compensaba su valor, como perjuicio material ocasionado por el proceso.

Entre los funcionarios que recibían sus poderes por vía de elecciones anuales en la asamblea popular, los de mayor valor eran los diez estrategas. A partir del año 444 y durante una década y media, fue elegido año tras año el propio Pericles. Por el desempeño del cargo de estratega no se pagaban emolumentos, de manera que sólo podían aspirar a este cargo las personas de holgada posición económica. Al mismo tiempo, en manos de los estrategas se concentraban las más importantes funciones del más alto poder militar, administrativo y ejecutivo. Ellos encabezaban y mandaban la flota y el ejército, entendían en todos los asuntos de la política exterior del Estado ateniense y lo representaban durante las negociaciones diplomáticas, se ocupaban de los asuntos financieros, etc. Aún disponiendo de tan amplios poderes, los estrategas se encontraban al mismo tiempo bajo el permanente control de la asamblea popular, ante la cual tenían que rendir cuentas y dar informes. En caso de que su informe fuera considerado insatisfactorio, los estrategas podían ser suspendidos ante de haberse cumplido el término de sus funciones y se llevaban a cabo nuevas elecciones.

En general, en Atenas se prestaba una atención especial a las elecciones de los funcionarios. Según las fuentes, los ciudadanos atenienses tomaban en consideración la conducta de todo candidato, averiguándose si guardaba el debido respeto a sus progenitores, si prestaba servicio en todos los casos en que era exigido para ello, si cumplía sus obligaciones financieras para con el Estado, etc. Lisias informa que era loable que el candidato rindiera cuenta de toda su vida antes de las elecciones.

Es de gran importancia analizar las garantías de estabilidad del orden estatal ateniense durante la época de Pericles

Como ya hemos señalado, la asamblea popular de los ciudadanos atenienses, que era convocada cada diez días, detentaba el poder superior en el Estado. En consecuencia, disponía del derecho a hacer cambios también en las leyes básicas del Estado, es decir, su constitución. Hablando teóricamente, el peligro de cambios radicales en el orden existente en el régimen estatal, surgía siempre, todas las veces que los ciudadanos se reunían en el Pnix, el recinto de las asambleas populares. Para prevenir tal peligro regían disposiciones especiales que garantizaban cierta y determinada estabilidad de la constitución.

La más importante de tales instituciones era la grafê paranomoi, «queja contra la ilegalidad». Cualquier ciudadano que quería hacer uso de su derecho a la grafê paranomoi tenía que declararlo en la asamblea popular. Se le proponía entonces que prestara juramento de que no usaría del derecho que se le otorgaba en detrimento del Estado ateniense, tras lo cual exponía su queja contra cualquier propuesta que hubiera sido sometida a la consideración de la asamblea, o contra cualquier disposición o ley ya aprobada por la asamblea a la que considerara contraria a la legislación existente. La queja expresada en este orden paralizaba la vigencia de una disposición o ley, y el asunto era dirigido al tribunal popular, a la heliea. En esta instancia, el querellante debía probar lo fundamental de su protesta ante los jueces jurados, en un proceso basado en la competencia. En defensa de lo querellado salía el ciudadano que, en su momento, lo había presentado y apoyado en la asamblea popular, o la comisión especial que lo había formulado. Tras escuchar a ambas partes, los jueces expedían su veredicto. Si la queja presentada en ejercicio de la grafê paranomoi era reconocida como justificada, la disposición o ley querellada era abolida, y el ciudadano que la había propuesto, sometido allí mismo a la correspondiente responsabilidad por haber inducido a error a sus conciudadanos. El juzgado podía condenarlo a una multa pecuniaria grande, o imponerle un castigo mucho más severo, inclusive hasta la expulsión o pena de muerte. De esta manera, así como a todo ciudadano ateniense se le otorgaba plena libertad para sostener iniciativas de orden legislativo, también se lo hacia pasible de una responsabilidad. Por toda propuesta que hacía, respondía con sus bienes y con su vida, y no sólo ante los órganos del Estado, sino ante cualquier otro ciudadano ateniense, pues cada uno de ellos podía hacerlo responder mediante el ejercicio de la grafê paranomoi.

Pese a todo, en el empleo por parte de los ciudadanos del derecho a «querellar contra la ilegalidad», había lugar a abusos. Podía encontrarse entre los ciudadanos quienes desearan hacer uso de ese derecho con el fin de causar perjuicio al Estado. También esto había sido previsto por la legislación ateniense. Si la querella formulada en base a la grafê paranomoi era rechazada por la heliea y el querellante recibía en favor de su queja menos de la tercera parte de los votos de los jueces jurados, se hacía culpable allí mismo de la responsabilidad correspondiente por una querella sin fundamento, pudiéndosele imponer un severo castigo.

Otra garantía para la estabilidad del régimen democrático existente lo constituía el procedimiento mediante el cual se ponían las leyes en vigor. En el derecho estatal ateniense hay que distinguir las leyes —nómoi— de los simples decretos o disposiciones —psefismas—. Los últimos tenían un carácter casual, en tanto que las leyes acusaban una naturaleza general. Para poner en vigencia los simples decretos no se requería ningún procedimiento; en cambio, para hacerlo con las leyes propiamente dichas, se efectuaban ritos especiales, que retardaban intencionalmente su consideración, con el fin de que la asamblea popular quedara advertida contra el peligro de decisiones prematuras e irreflexivas. Anualmente, en la primera reunión de la primera pritania, que tenía lugar el 11 del mes ateniense hecatombeón (aproximadamente a mediados de julio), se ponía a votación de la asamblea popular si ésta quería hacer uso de su derecho a la revisión de las viejas leyes y a la consideración de los proyectos de las nuevas. Si esta asamblea se expresaba en sentido positivo, sus participantes presentaban individualmente sus proyectos legislativos. Cada proyecto aprobado pasaba al Consejo para ser considerado en detalle y redactado. Después, el proyecto de ley, ya con la forma de su redacción definitiva, volvía a la asamblea popular y a la heliea, para ser votado. Simultáneamente, su texto era grabado en una tabla, expuesto en un lugar público para conocimiento general, y leído a los ciudadanos en los intervalos entre dos reuniones legislativas, para que pudieran conocerlo con atención y en su totalidad. Sólo tras la observación de todas estas condiciones podía ser aceptada una nueva ley en Atenas.

En su totalidad, el régimen estatal de la ciudad de Atenas durante los años de gobierno de Pericles poseía, sin duda alguna, rasgos históricamente mucho más desarrollados que las polis oligárquicas. No puede, empero, cerrarse los ojos, como lo hacen algunos sabios burgueses que idealizan a la antigua Atenas, sobre los defectos y aspectos contradictorios de la vida estatal ateniense. Ni los metecos, ni las mujeres —madres, esposas e hijas de los ciudadanos que gozaban de la plenitud de los derechos—, ni que hablar ya de los esclavos, gozaban de derecho alguno en Atenas, como tampoco en las demás ciudades y Estados; y, en consecuencia, no podían tomar parte activa en la vida estatal. De esta manera, los ciudadanos con plenitud de derechos políticos representaban en el Estado ateniense, tal como ya hemos señalado, no más del 15 al 20 por 100 del total de la población. Resulta así que también sobre la organización social y estatal de Atenas gravitaba el sello de la limitación clasista, tan característica para todos los Estados esclavista de esa época.

Mas no todos, ni mucho menos, de los que formaban parte de esa minoría privilegiada, disponían realmente de la posibilidad de hacer uso de sus derechos. La participación de los ciudadanos ordinarios no era acompañada de la paga de subsidio alguno, por el fisco, en virtud de lo cual todo aquel que vivía de su trabajo no podía pasar cada diez días unas cuantas horas en el Pnix, donde se celebraban las reuniones de la asamblea popular. Menos accesible aún era esto para los campesinos, pues, para hacer acto de presencia en esas asambleas tenían que dirigirse a la ciudad. Durante los períodos de intenso trabajo en el campo, sólo muy pocos podían permitírselo. Resultaba así que, entre el total de los ciudadanos atenienses, más o menos de unas 30.000 a 35.000 personas, el número habitual de los participantes en las reuniones de la asamblea apenas si superaba los 2.000 ó 3.000, y sólo en casos extraordinarios se reunía una cantidad mayor.

Al mismo tiempo, en el código del derecho estatal de los antiguos no existía el concepto del quórum. Para la opinión de aquellos ciudadanos, la participación directa en la asamblea era un derecho, pero de ninguna manera una obligación. Por tanto, si alguno de los ciudadanos no hacía acto de presencia en la asamblea, se consideraba que transfería su derecho a los que sí participaban, de modo que las resoluciones tomadas por la reunión tenían fuerza de ley independientemente del número de los ciudadanos que la habían adoptado. En consecuencia, se dieron a veces casos en que la asamblea popular ateniense, especialmente en los años de la guerra del Peloponeso, tomaba resoluciones casuales contrarias a los intereses del Estado y al curso general de la política que se estaba llevando a la práctica. Entre los electos por la asamblea popular, mediante el sorteo y por votación, para los diferentes cargos públicos, podían evidentemente figurar personas designadas por azar, fortuitamente, poco aptas para la actividad político—social; todas sus ventajas consistían en el hecho, que de por sí nada recomendaba, de haberse hallado presente en el Pnix el día de las elecciones. De la misma manera, debido a que el cargo de estratega no era remunerable, los esclavistas poseedores de grandes fortunas, aún cuando no simpatizaban con la democracia, podían ocupar dicho cargo y, de esta manera, ejercer influencia sobre la marcha de la vida política, aún después de las reformas de Efialtes y Pericles.

Se sobreentiende que los adversarios de la democracia ateniense se afanaban por aprovechar los lados débiles del régimen estatal en beneficio de sus propios intereses. No podían ni querían aceptar la derrota que se les había inferido, y procuraban por todos los medios recuperar la supremacía perdida. Muerto Cimón, apareció como su conductor cierto Tucídides de Alopece, siempre contrario de Pericles en las reuniones de la asamblea popular. Sin embargo, Pericles logró vencerlo y conseguir que fuera condenado al ostracismo. Pero los oligarcas no depusieron las armas. Por otra parte, pudieron obtener cierto éxito en su lucha contra el régimen democrático durante los años de las graves conmociones, durante la guerra del Peloponeso, y después de la muerte de Pericles.

El Gobierno de Pericles se veía obligado a chocar también con cierta oposición dentro de la democracia. A las capas económicamente menos sustentadas de los ciudadanos atenienses, les parecían insuficientes las reformas introducidas. Tendían a transformaciones más radicales, y acusaban al gobierno de moderación excesiva y de falta de decisión. El Gobierno de Pericles no podía dejar de tomar en cuenta esta clase de ánimos; y, al atenderlos, iba introduciendo algunas otras medidas. Durante los años de Pericles, por ejemplo, se amplió particularmente la erección de edificios de carácter y destino social. Se realizó el sueño acariciado por Temístocles: las fortificaciones de la ciudad fueron unidas, mediante los llamados Largos Muros, con las fortificaciones del puerto del Pireo. En el interior de la misma ciudad se erigió toda una serie de excelentes edificios y bellísimas estatuas. El primer lugar entre todas ellas lo ocupa una maravilla del arte arquitectónico, el Partenón, en cuyo interior se encuentra la estatua de la diosa Atenea, obra del gran Fidias. Mas también otros edificios del tiempo de Pericles, tales como el Odeón, destinado a las competiciones musicales, o los famosos propíleos, provocan hasta hoy la admiración de los hombres.

Hasta nuestros tiempos ha llegado una serie de inscripciones atenienses de las que se desprende qué medios colosales invertía el Estado en las construcciones. En una de ellas se enumeran las entregas de dinero para la erección de la famosa estatua de la diosa Atenea, de Fidias. En otras, que constituye el balance financiero publicado en el año 433, después de terminar la erección del Partenón, se enumeran detalladamente todas las erogaciones efectuadas durante los quince años que demandaron las obras, las inversiones en el material y los gastos para su acarreo a la acrópolis, las remuneraciones a los muchos trabajadores y artistas, etc. En todas esas obras, los atenienses indigentes tenían trabajo. En esto reside el valor social de la labor edificadora del Estado ateniense.

Al desarrollar una enérgica actividad en esta dirección, el Gobierno de Pericles se supo atraer también los medios de los ciudadanos ricos, de los grandes propietarios de esclavos. En Atenas existían, ya desde antes, las llamadas liturgias, que obligaban a los ciudadanos más acaudalados a cumplir, por turno, con diferentes obligaciones vinculadas con la organización de los espectáculos teatrales y el equipamiento de naves para la flota. Durante los años de Pericles, las liturgias constituyeron uno de los artículos más importantes en el presupuesto del Estado democrático.

En las fuentes de que disponemos no hay el menor indicio de oposición a las liturgias por parte de los ciudadanos acaudalados. Quizás esto se explique porque las obligaciones a las que los sometía el gobierno democrático eran compensadas con usura por las ventajas que obtenían usufructuando los éxitos alcanzados en aquel tiempo por el gobierno de Pericles en el ámbito de la política exterior.

Jamás, ni antes ni después, la política exterior de Atenas se distinguió por la amplitud que tuvo en los años que siguieron a la estabilización del poder democrático. La misma era dirigida al afianzamiento del poderío estatal de Atenas y al ensanchamiento de la esfera de su actividad y de su influencia política y económica.

En primer lugar, esta política tocó a los aliados de Atenas. Precisamente tras haber llegado al poder la democracia, se exterioriza con máxima claridad la tendencia de los atenienses a reprimir y ahogar la autonomía estatal de sus aliados, a transformarlos definitivamente en sus súbditos y, al mismo tiempo, aumentar la cantidad de ciudades que dependían de la suya. Los atenienses se plantearon el problema de someter a su poder tanto a las ciudades de la Grecia central como a las del Peloponeso. Dentro de las condiciones existentes, esto tenía que repercutir inevitablemente sobre el inestable equilibrio de las relaciones entre las ciudades griegas, equilibrio que, en cierta medida, existía aún en la época de la invasión de los persas.

Como ya señaláramos, inmediatamente después del regreso de Cimón de su fracasada campaña en ayuda de Esparta, los atenienses rompieron la alianza con los espartanos, celebrando un tratado con Argos y con Tesalia. Maniatada por la rebelión de los mesenios, Esparta no se hallaba en condiciones de impedirlo, aún cuando la alianza de Atenas con Argos encerraba para ella gran peligro. Cuando finalmente fue quebrada la prolongada resistencia de los mesenios en el Itome y éstos capitularon, bajo la promesa del derecho de libre paso, los atenienses no tardaron en aprovecharlo. Ayudaron a los expulsados mesenios a establecerse en Naupacto, y esta ciudad, sita en la costa norte del golfo de Corinto, en su punto más estrecho, quedó dentro de la esfera de influencia de Atenas. Esto zahería no sólo los intereses de Esparta, sino también los del más rico e influyente miembro de la confederación peloponesiaca, Corinto, cuya actividad comercial era llevada a cabo a través de ese golfo.

Pero los atenienses no repararon en ello. Se inmiscuyeron en el conflicto bélico entre Corinto y Megara, apoyando a esta última, y consiguieron que Megara saliera de la confederación del Peloponeso, a la que siempre había pertenecido, para formar, en cambio, una alianza con Atenas. Los atenienses hicieron entrar sus guarniciones en esa ciudad y en su puerto, Pagas, situado en la misma costa del golfo de Corinto, y simultáneamente erigieron dos líneas de fortificaciones entre Megara y su segundo puerto, Nicea, ubicado en la costa del golfo Sarónico, con lo cual quedaba eliminado el peligro de un ataque contra la ciudad por tierra firme.

Con fortificaciones así en el istmo, los atenienses cortaron a Esparta el camino a la Grecia central.

Los atenienses consiguieron un rotundo triunfo en la lucha contra su antigua rival, Egina, que había entrado en guerra de parte de Corinto. No obstante haber estado ocupada la mayor parte de su flota en la lucha contra Egipto, los atenienses derrotaron en una batalla naval a los eginetas, desembarcaron en la isla y pusieron sitio a su ciudad. La tentativa de los corintios de sustraer las fuerzas atenienses, alejándolas de Egina mediante un repentino ataque a Megara, no fue coronada por el éxito. Los atenienses armaron a los habitantes de la ciudad, los que, bajo el mando del estratega ateniense Mirónidas, derrotaron a los corintios.

La posición de Atenas debía consolidarse más aún con la próxima terminación de los Largos Muros entre la ciudad y su puerto, que venían a coronar su poderoso sistema defensivo.

Los éxitos de Atenas obligaron finalmente a Esparta, ocupada hasta entonces en la represión de los sublevados ilotas mesenios, a inmiscuirse en los acontecimientos que estaban sucediéndose. En el año 457 un gran ejército peloponesiaco, que contaba con hasta 11.500 hoplitas, mandado por el rey espartano Nicomedes, llegó a la Grecia central tras cruzar el golfo de Corinto. Los espartanos todavía abrigaban ciertos temores a entrar en guerra abierta contra los atenienses, razón por la cual el objeto oficial de esa campaña fue el de intervenir en la disensión que había surgido entre los habitantes de la pequeña Dórida y los de la Fócida. Las verdaderas intenciones de Nicomedes se pudieron de manifiesto sólo cuando se acercó, con todo su ejército, a Tebas, y, tras acampar junto a ella, entabló negociaciones con los tebanos. En ese tiempo, la supremacía política tebana favorecía a la agrupación oligárquica, que mantenía activas relaciones con los exiliados políticos atenienses. En consecuencia, Nicomedes no sólo logró atraerse a los tebanos, sino también crear en torno de la ciudad agrupaciones hostiles a Atenas en otras ciudades beocias. Los atenienses se percataron del peligro que les estaba amenazado y, para prevenirlo, movilizaron a prisa todas las fuerzas que se hallaban a su disposición. La milicia de los ciudadanos de Menas, completada por destacamentos de Argos, Tesalia y otras ciudades de la Liga marítima ateniense, en un número total de 14.000 hoplitas, cruzó la frontera de Beocia. Allí, en una tenaz y sangrienta batalla junto a Tanagra, los atenienses fueron batidos. Pero este triunfo resultó sumamente caro a sus enemigos, que sufrieron enormes pérdidas. Nicomedes no se decidió a aprovechar este triunfo para atacar al Ática, y se retiró al Peloponeso.

Después de la batalla de Tanagra, los atenienses se vieron en situación tan grave que, a propuesta de Pericles, se hizo regresar a Cimón del exilio para que tomara parte en las negociaciones con Esparta, consiguiendo una tregua de tan sólo cuatro meses. Mas los atenienses lograron aprovechar ese lapso para restablecer su situación en Beocia, hacia donde se emprendió una nueva campaña, con la cual el estratega Mirónidas derrotó a las fuerzas beocias cerca de Enófita. Después de esta victoria, que compensó la derrota de Tanagra, los atenienses lograron en corto plazo no sólo restablecer su influencia sobre la mayor parte de las ciudades beocias, sino extenderla más hacia el Norte. Las ciudades de la Fócida y la Lócrida, vecinas a Beocia, fueron obligadas a establecer una alianza con Atenas.

En la Grecia central sólo Tebas seguían siendo baluarte espartano contra Atenas. Al mismo tiempo, había caído Egina. De acuerdo con las condiciones de la capitulación, ésta debió demoler sus murallas, entregar sus naves de guerra y pagar a los atenienses un tributo. Alentados por esos éxitos, los atenienses reanudaron sus acciones bélicas contra Esparta. La flota ateniense, bajo el mando de Tólmidas, penetró sorpresivamente en el puerto espartano de Giteión, donde quemó los astilleros; luego, tras costear la península del Peloponeso por el lado occidental, atacó a Metona y consiguió otros éxitos más en el litoral de Etolia. Más o menos al mismo tiempo, adhirieron a Atenas las ciudades de Acaya, y en el sur del Peloponeso, en el territorio de la Argólida, los atenienses se apoderaron de Trecene.

Hubiera podido esperarse un ulterior desarrollo de estos éxitos, si no fuera por la catástrofe de Egipto, adonde, como ya señaláramos, los atenienses habían enviado considerables fuerzas para apoyar la sublevación que había estallado contra los persas. Cerca de 200 naves de guerra atenienses y aliadas, y grandes fuerzas terrestres, se habían concentrado para el desembarco en la desembocadura del Nilo y junto a Chipre. En caso de éxito, los atenienses hubieran podido contar con establecerse con pie firme en un nuevo mercado y apoderarse del más rico granero del mar Mediterráneo.

Al comienzo, las operaciones bélicas fueron felices para los atenienses. Pero en el año 454 los persas formaron un ejército bastante considerable. El ejército griego que, junto con los sublevados egipcios, sitiaba a Menfis, fue batido, tras lo cual fue también destruida una gran parte de la flota ateniense. En total, los atenienses perdieron en Egipto cerca de 200 naves de combate y de 35.000 guerreros. En tales circunstancias, los atenienses temían una nueva invasión persa, al mismo tiempo que conmociones dentro de su Liga. Carecían ahora de la supremacía en el mar sobre sus aliados.

Por otra parte, el peligro de una invasión persa atemorizó también a Esparta, dando por resultado que los atenienses y los espartanos reanudaran negociaciones, que terminaron en un acuerdo de tregua por cinco años. Al mismo tiempo, Esparta estableció una paz con Argos por treinta años, hecho desventajoso para Atenas.

Pero los recelos de los atenienses y de los espartanos no llegaron a justificarse: Grecia no fue víctima de una nueva invasión persa. En la primavera del año 449 los atenienses y sus aliados equiparon y pertrecharon una nueva gran flota, y junto a la Salamina de Chipre se desarrolló una batalla, la última de la guerra greco—persa. En esta batalla los griegos derrotaron completamente a los persas, apoderándose de cerca de cien de sus naves. Después de la batalla, se firmó la paz de Calías. Debemos hacer constar que no podemos abrigar absoluta confianza y seguridad en la existencia de ese tratado de paz. Tucídides, por ejemplo, ni siquiera lo menciona. Sea como fuere, nada sabemos de nuevos choques con los persas, después del año 449.

El cese de operaciones bélicas contra los persas determinó que en la opinión de muchos participantes de la Liga marítima griega dejara de ser justificada la existencia de esa alianza. Con tal motivo, y sobre tal base, surgió toda una serie de complicaciones en las relaciones entre los atenienses y sus aliados. Como hemos mencionado anteriormente, los atenienses no se detenían ante la aplicación de represiones a las ciudades aliadas. En los territorios de varias de ellas aparecieron poblaciones de ciudadanos atenienses, las cleruquías, intensificándose de esta manera el control ateniense sobre las mismas. En otros lugares (por ejemplo, en Naxos, Tasos, Samos) la cuestión llegó a serios choques. Tras aplastar a los aliados sediciosos, los atenienses, por regla general, les imponían al desarme, limitando su participación en la alianza en tan sólo el pago del foros a Atenas.

Los atenienses continuaron tomando medidas para extender sus fronteras. Con tal objeto, fue emprendida, bajo el mando directo de Pericles, una gran expedición al mar Negro. Como resultado de la misma, se incorporaron al parecer a la Liga ateniense una cantidad de ciudades griegas de la cuenca del Ponto.

En los años 447—446 comenzaron nuevos choques entre Atenas y Esparta. Los espartanos emprendieron una campaña sobre la Grecia central, so pretexto de prestar ayuda a Delfos, de cuyo territorio se habían apoderado los focídeos. La aparición de ejércitos espartanos en la Grecia central trajo aparejada para los atenienses no sólo la pérdida de su influencia anterior sobre la Fócida y la Lócrida, sino también sobre Beocia, cuyas ciudades se sublevaron. Al mismo tiempo defeccionaron Eubea y Megara. Nuevamente se vieron los atenienses ante una grave situación: tenían que sostener simultáneamente acciones bélicas contra Eubea y contra Megara. Atenas no pudo resistir mucho tiempo semejante tensión. El número de sus ciudadanos, a raíz de las guerras ininterrumpidas, había disminuido considerablemente.

Sobre la base de una inscripción —lista de los caídos en una batalla— llegamos a enterarnos de que una sola de las diez filai atenienses había perdido en el año 458, en las operaciones bélicas contra Megara, Egina y Egipto, 177 ciudadanos. Descontando que la cantidad de ciudadanos capaces de llevar armas apenas si superaba en aquel entonces la cantidad de 25.000 a 30.000, y que se trataba solamente de las pérdidas experimentadas en un año, resulta fácil imaginar cómo repercutiría este tumultuoso período sobre el número de la población civil de Atenas.

En los años 446—445 los atenienses iniciaron negociaciones con Esparta a propósito del establecimiento de una paz duradera por unos treinta años. La paz fue concertada bajo las siguientes condiciones: los atenienses renunciaban a todas sus conquistas en el territorio del Peloponeso, Acaya, Trecene y Megara, quedando en su poder Naupacto y Egina. En lo sucesivo, ambas partes decidían alinear sus zonas de influencia. Cada una de ellas se comprometía a no aceptar como aliado a los que fuesen aliados de la otra, ni tampoco apoyar, en el interior de las ciudades, a sus propios partidarios. Este acuerdo significaba para Atenas algo equivalente a una renuncia a la política que había desarrollado durante los últimos años. Ya no podía llevarla en la escala anterior: sus fuerzas estaban quebrantadas.

Después del acuerdo con Esparta, Pericles hizo otra tentativa por elevar en algo la tambaleante autoridad de Atenas. Promovió la idea de convocar un congreso panhelénico, para la consideración de los asuntos comunes de carácter político y religioso. Mas, comprendiendo hacia dónde llevar esto, Esparta hizo todo lo que de ella dependía para hacer fracasar ese plan de Pericles.

Resultados algo más favorables obtuvo Atenas al desarrollar su actividad hacia el Occidente. Tucídides menciona un tratado celebrado en Corcira, en el año 433. Una de las inscripciones de aquel tiempo hace saber que los atenienses, evidentemente, en aras del cumplimiento de ese tratado, equiparon y pertrecharon para ayudar a Corcira, al principio diez, y luego veinte naves de combate.

En otras dos inscripciones se han conservado los textos de tratados celebrados por los atenienses con Leontinos, ciudad de Sicilia, y con otra ciudad de la Italia meridional, Regio, formando una alianza para el caso de una guerra, defensiva y ofensiva.

Además, los ciudadanos de diversas polis, encabezados por los atenienses, fundaron una nueva colonia en la Italia meridional, la de Turios, en el mismo lugar en que se hallara la ciudad de Sibaris. Según el proyecto de Pericles, esta nueva ciudad debía convertirse en punto de apoyo y baluarte de la influencia ateniense en esa zona. Pero Turios no justificó las esperanzas que en ella cifraban los atenienses. Tanto en Italia meridional como en Sicilia la política ateniense tropezó con una fuerte oposición de parte de las polis del régimen oligárquico, orientadas hacia Esparta y hacia la alianza del Peloponeso.

Las cosas se encaminaban hacia nuevos conflictos, los que, finalmente, desembocaron en una guerra prolongada y dura que involucró a todo el mundo helénico.