HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

X

LA ALIANZA NAVAL ATENIENSE

4.Transformación de la Liga de Delos en potencia naval ateniense

 

Muchas fueron las causas que empujaron a una gradual transformación de la Liga de Delos, desde una alianza de polis griega con iguales derechos, que habían aunado sus fuerzas para la lucha conjunta con el enemigo común, hasta una potencia naval al servicio de Atenas, dentro de la cual las ciudades aliadas terminaron por encontrarse, de hecho, en la situación de súbditos atenienses. Desde la misma formación de la alianza hubo en favor de Atenas una considerable supremacía de fuerzas. Y luego, la correlación de fuerzas en la alianza continuó variando indeclinablemente en favor de los atenienses, en relación directa con el florecimiento económico de Atenas, con su transformación en el centro más grande de Grecia, con el desarrollo de la producción de mercancías y del comercio marítimo. Al mismo tiempo, y precisamente durante los años que estamos considerando, en Atenas se había consolidado definitivamente el régimen estatal de la antigua democracia esclavista. Las capas democráticas en todas las ciudades griegas simpatizaban ardientemente con ese régimen, de modo que los atenienses tenían siempre por doquier partidarios, dispuestos siempre a prestarles apoyo.

En ese proceso de gradual transformación de la Liga de Delos en potencia ateniense, también jugó su papel el sistema de la distribución y cobro de los foros, que se había afianzado en la misma Atenas. Cuando la guerra se hubo prolongado durante un tiempo indeterminado, para muchísimas ciudades griegas, especialmente para las pequeñas, se tornó sumamente gravoso mantener sus propias naves y a los ciudadanos que formaron las respectivas tripulaciones, en un estado de permanente reparación bélica. Para estas ciudades se sustituyó desde el mismo comienzo de las operaciones bélicas la provisión de hombres y de naves por la paga del foros. Este sistema resultó muy ventajoso tanto para estas ciudades como para los atenienses, que, como ya sabemos, habían tomado en sus manos la distribución y el cobro de los foros. Como resultado, los aliados quedaron divididos en dos categorías: los que mediante sus propias fuerzas militares tomaban parte directa en las operaciones bélicas y los que sólo abonaban cuotas en dinero. De hecho, tales cuotas estaban a entera disposición de los atenienses, quienes así podían construir continuamente nuevas naves, que pasaban a engrosar una flota que ya sin ellas era muy grande. De esta manera, el poder naval de Atenas fue creciendo de año en año, y muy pronto los atenienses dejaron de tener iguales en el mar Egeo.

Las consecuencia del crecimiento del poder de Atenas no tardaron en manifestarse. Los atenienses comenzaron a inmiscuirse con creciente frecuencia en los asuntos internos de las ciudades aliadas, exteriorizando una tendencia a someterlas a su control universal, omnímodo. La transformación de la Liga de Delos en una unión estatal centralizada, encabezada por Atenas, se puso en evidencia como una finalidad completamente consciente y principal de la política ateniense.

Estas aspiraciones e intenciones de Atenas tenían determinada y definida base histórica. El crecimiento de la producción de mercancías observado durante los años de la pentecontecia, la intensificada comunicación entre las ciudades, las correlaciones políticas, la lucha contra el enemigo común durante un tiempo prolongado, todo ello engendró tendencias unificadoras, innovadoras para la vida político—social de Grecia, una de cuyas expresiones no puede dejar de verse en el mismo hecho de la formación de la Liga marítima de Delos. No obstante, tales tendencias fueron desarrollándose dentro de un cúmulo de circunstancias sumamente contradictorias, entrando en colisión a cada paso con el apego a la autarquía, tan característica de todas las polis griegas, y con la inclinación al particularismo político. Dentro de tales circunstancias, la política que iba desarrollando Atenas no podía dejar de provocar oposición por parte de las ciudades que aún tenían en mucho su independencia. No era raro que el asunto llegara a provocar serios conflictos entre Atenas y sus aliados. En tales ocasiones, todas las ventajas estaban del lado de los atenienses. Las ciudades aliadas se encontraban separadas por el mar, cuyo dominio pertenecía íntegramente a la flota ateniense. Les resultaba por esto difícil unificar sus fuerzas para actuar en conjunto contra Atenas, y las tentativas aisladas de salir de la Liga con el fin de verse libres de la dependencia de Atenas que gravitaba sobre ellas eran inmediatamente reprimidas. En esos casos, los atenienses no se detenían ante las más decididas e incluso tajantes medidas. Enviaban su flota contra el aliado que había exteriorizado la intención se separarse, desembarcaban en su territorio, introducían en las ciudades sublevadas sus guarniciones, temporales o permanentes, confiscaban las tierras a los ciudadanos locales y las poblaban con sus colonos armados, los clerucos, aplastaban con las armas toda resistencia. Se conocen no pocos ejemplos de conflictos armados entre Atenas y las ciudades aliadas. Aún antes de la batalla del Eurimedonte, Naxos intentó desligarse de la alianza. Era ésta una polis que había conservado, después de ingresar en la Liga de Delos, sus fuerzas navales—militares y no pagaba el foros. Atenas no tardó en enviar contra los naxiotas su armada, iniciando operaciones bélicas y obligándoles a capitular. De acuerdo con las condiciones de esta capitulación, los habitantes de Naxos tuvieron que entregar su flota a Atenas y pagar, en lo sucesivo, todo el foros.

En el año 465, otro isla, la de Tasos, intentó también separarse de la alianza. Los atenienses le habían quitado sus posesiones en la costa tracia y sus yacimientos auríferos. Cuando Tasos se sublevó, los atenienses enviaron contra ella su flota, derrotaron a sus habitantes en un combate naval, desembarcaron en la isla y pusieron sitio a la misma ciudad de Tasos. Esparta, sumamente alarmada por el crecimiento del poderío ateniense, se dispuso a salir en su ayuda. Los espartanos ya estaban preparándose para la campaña, con la intención de invadir el Ática; evidentemente, lo hubieran hecho si no se lo hubiera impedido un terremoto como no se recordaba otro, que no dejó en pie en Esparta más de cinco casas. De la confusión y la zozobra provocadas por esta tragedia se aprovecharon los ilotas espartanos, quienes levantaron la insurrección más grande de la historia de Esparta. En tales condiciones, los espartanos ya no podían pensar siquiera en una campaña contra los atenienses y se vieron forzados a renunciar a su intención de prestar ayuda a Tasos. Abandonada a sus propias fuerzas, la isla cesó muy pronto en su resistencia. Los atenienses exigieron a Tasos que renunciara para siempre a sus posesiones en la costa tracia, entregara las naves de guerra que le habían quedado, pagara una contribución de guerra y desmantelara y demoliera sus murallas y torres.

En este sentido, es también muy significativa una inscripción ateniense que data de los años 446—445, conservada hasta nuestros días. Se trata de un decreto de la asamblea popular ateniense que atañe a la situación de la ciudad de Calcis (Eubea), después de la represión hecha por los atenienses contra los que habían intentado separarse de la Liga de Delos. De acuerdo con ese decreto, todo ciudadano de Calcis debía prestar juramento de que no se sublevaría «contra el pueblo ateniense ni de hecho ni de pensamiento ni de palabra; que desobedecería al que se sublevare, y que, si alguien lo hiciere, lo comunicaría inmediatamente a los atenienses». Más aún, todo ciudadano de Calcis «se comprometería a pagar el foros, ser aliado honesto y fiel del pueblo de Atenas, prestarle ayuda, defenderlo y obedecerlo».

Después de haber sido castigadas Naxos, Tasos, Calcis y otras ciudades, solamente Lesbos, Quíos y Samos continuaron conservando, dentro de la alianza, fuerzas bélicas propias. Es de lamentar que ninguno de los escritores de la antigüedad suministre enumeración completa de las ciudades que formaban parte en aquel entonces de la Liga en cuestión. A juzgar por algunos testimonios aislados, y también por algunas inscripciones atenienses que han llegado hasta nuestros días, estaban en la alianza la mayor parte de las ciudades griegas insulares y costeras del Egeo; a saber, las Cícladas jonias y Eubea (a comienzo con la excepción de Caristos); las ciudades jonias y eolias de la costa occidental del Asia Menor; las islas adyacentes a esta costa hasta Rodas; la mayor parte de las ciudades de las costas del Helesponto y de la Propóntide. Después de las campañas de Cimón fueron incluidas en la alianza las ciudades carias y licias de las costas del Asia Menor. Algunas de éstas no quisieron incorporarse a la Liga y ofrecieron una resistencia que fue rápidamente aplastada. La cantidad total de ciudades incorporadas a la alianza superó de esta manera los dos centenares y medio, pero esta cifra no fue permanente, sino que sufrió oscilaciones. Así, durante la gran sublevación de los aliados organizada por Samos en el 440—439, de la que hablaremos más adelante, se separaron casi todas las ciudades carias, pero durante los mismos años, una serie de pequeñas ciudades que antes no habían sido consideradas autónomas fueron elevadas a la categoría de aliados durante la distribución del foros. Tal como suponen algunos hombres de ciencia, basándose en una inscripción que enumera las ciudades que pagaban a Atenas el foros en los años 425—424, también llegaron a formar parte de la alianza algunas ciudades situadas en las costas del mar Negro, las que formaban un distrito especial, designado como «el del Ponto Euxino».

Los atenienses dividieron el territorio de la Liga de Delos, primeramente en tres distritos tributarios, y a partir del 443—442, en cinco: Jonia, Helesponto, Tracia, Caria e Insular. Posteriormente, al parecer alrededor del año 437, los distritos jonio y cario fueron fusionados, formando uno solo. Fuera de esos distritos solamente quedaron las islas ya mencionadas de Samos, Quíos y Lesbos, en calidad de Estados que seguían conservando sus propias fuerzas armadas y su autonomía, y que no pagaban el foros.

A la cabeza de cada distrito fueron puestos unos plenipotenciarios o comisarios atenienses llamados epíscopoi, los que llevaban a cabo la inspección general sobre las ciudades que integraban su distrito, y controlaban el pago del foros por las mismas. La distribución del foros era revisada cada cuatro años, con el fin de aumentar o rebajar las cuotas de cada una de las ciudades gravadas. Para tal objeto, la asamblea popular ateniense elegía funcionarios especiales, dos para cada distrito, cuya obligación era establecer con claridad y precisión los recursos de las ciudades gravadas con el foros. Solamente a algunas ciudades, principalmente a las pertenecientes al distrito tracio, les fue otorgado posteriormente, en calidad de privilegio especial, el derecho a la distribución autónoma del foros, pero el número de tales ciudades no fue de más de once.

La distribución del foros era confirmada en forma definitiva por cuatro años en Atenas, en el orden legislativo, por un tribunal compuesto por 501 ciudadanos—jurados (en algunos casos especiales, por 1.501 jurados). Ante las sesiones de estos tribunales podían presentarse los representantes de las ciudades aliadas, con sus quejas y peticiones, pero el aceptar dichas quejas y el tomar en consideración las peticiones dependía, pura y exclusivamente, del criterio de los jurados atenienses, del resultado de sus votaciones.

Después de haber sido confirmada la distribución, las ciudades aliadas estaban obligadas a entregar anualmente en el mes de marzo en las grandes fiestas dionisiacas la parte correspondiente de foros con que habían sido gravadas. Las pequeñas ciudades cercanas unas a otras solían aunarse para pagar un foros conjunto, formando uniones llamadas sintelias. Los aportes de todas las asociaciones de dichas sintelias eran depositados por la ciudad que las encabezaba en el tesoro de la Liga. Aún en el año 454—453, el tesoro fue trasladado, después de la derrota de los atenienses en Egipto, a Atenas, con el pretexto de que era inseguro conservarlo en Delos. Tal traslado del tesoro, de Delos a Atenas, constituyó un jalón en el camino de la transformación de la Liga en una potencia ateniense. Como lo atestiguan los fragmentos conservados de algunas inscripciones atenienses de aquellos tiempos, la sexagésima parte del total de los aportes anuales efectuados por los aliados era descontado por los atenienses para el tesoro sagrado de la diosa Atenea. Dicho tesoro representaba una especie de fondo de reserva del Estado ateniense. En los casos en que, por una resolución de la asamblea popular, se extraían sumas asignadas a cubrir algunas necesidades del Estado, se las consideraba como préstamos que debían ser devueltos junto con los correspondientes intereses. «Las deudas a la diosa Atenea» y los respectivos intereses eran pagados por los atenienses, también con los dineros que se recababan de los aliados. Muy pronto los atenienses comenzaron asimismo a disponer de la parte restante de esos dineros, como si fueran de su propiedad.

Hasta nuestros días han llegado ecos de polémica entablada en la asamblea popular ateniense en la que se consideraba el destino de los foros que los aliados pagaban. Cuando Pericles comenzó a gastarlos no sólo para necesidades militares, sino también para la construcción de templos en Atenas y para la erección de estatuas —obras que proporcionaban ganancias a muchos ciudadanos indigentes—, sus adversarios del campo oligárquico se lo reprocharon echándole en cara su despótica actitud para con los aliados. «El pueblo ateniense —gritaban— está perdiendo el respeto entre los helenos..., toda la Hélade considera que con ella se está cometiendo simplemente una violencia y que se la trata despóticamente; ... los helenos están viendo que los medios que se recaban de ellos por la fuerza a los fines de sostener una guerra, los estamos despilfarrando para que, a semejanza de una mujerzuela disoluta, nuestra ciudad pueda cubrirse de oro y de piedras preciosas, estatuas y templos, que cuestan millares de talentos.» A todo ello, Pericles respondió que los dineros no pertenecen al que los paga, sino al que los recibe, y que «los atenienses no están obligados a rendir cuentas a sus aliados sobre la manera de gastar el dinero, por cuanto combaten por ellos y rechazan los ataques de los enemigos» (ibíd.).

Triunfó en la disputa el punto de vista de Pericles y de sus partidarios. De esta manera, las cuotas pagadas por los aliados se convirtieron en parte integrante del presupuesto nacional de los atenienses, y éstos controlaban con toda atención la rigurosa percepción de las mismas. Las ciudades que se atrasaban en el pago de las cuotas eran castigadas con multas, aplicadas en forma del aumento de un tanto por ciento del foros que les correspondía integrar. Para el cobro de las morosas, se enviaban a las ciudades aliadas recaudadores especiales, los cuales eran a menudo acompañados por escuadras bajo el mando de uno o varios estrategas, y los atenienses descargaban sobre las cabezas de los deudores severas represiones.

Después de la llamada paz de Calías, en el año 449, cuando cesó la guerra contra los persas, por cuyo motivo fuera creada la alianza, la ulterior existencia de la misma dejó de ser justificada en la opinión de muchos aliados. Sin embargo, los atenienses no sólo no disminuyeron, sino que, por lo contrario, aumentaron las exigencias que presentaban a los aliados. Además del foros, las ciudades aliadas tenían que tomar parte en todas las guerras que hacía Atenas, prestarle toda clase de ayuda y obedecer resignadamente al control político por ella ejercido.

Las relaciones entre Atenas y las ciudades aliadas se basaban formalmente en parte sobre tratados y en parte sobre las resoluciones de la asamblea popular ateniense. Esos tratados y resoluciones no guardaban un contenido homogéneo, y menoscababan en diferentes grados la independencia de las polis aliadas. Algunas polis solitarias —Lesbos, Quíos, Samos (antes de su sublevación contra Atenas en el año 440)— gozaban de autonomía en sus asuntos internos, hasta el punto de que en las mismas podía existir un régimen oligárquico. En la mayoría de las otras ciudades aliadas, los atenienses instauraban el orden político que les convenía. Como ya sabemos, los atenienses se orientaban, al hacerlo, hacia los elementos democráticos que, por lo menos al principio, los apoyaban incondicionalmente.

Por causas bien comprensibles, los partidarios de la oligarquía eran abiertamente hostiles a Atenas, al régimen político que se había afianzado allí y a la Liga ateniense. Sus simpatías estaban íntegramente del lado de Esparta y de la confederación del Peloponeso, con cuya ayuda pensaban restablecer la independencia de sus respectivas polis. Es muy significativo que Esparta saliera invariablemente contra Atenas bajo la consigna de «liberar a las ciudades griegas del despotismo ateniense». Resulta así que la lucha entre las agrupaciones democráticas y oligárquicas de que estaba penetrada la vida política de todas las polis griegas se había manifestado también, de modo bien definido, en las relaciones entre las uniones de dichas polis. La totalidad del mundo helénico quedó escindido en dos campos hostiles, y en toda ciudad griega, al margen de la unión de que formaba parte, los demócratas se orientaban hacia Atenas, al tiempo que los oligarcas lo hacían hacia Esparta.

En cada caso en que los atenienses no abrigaban plena seguridad sobre la solidez de su influencia sobre tal o cual de las ciudades aliadas, la colocaban bajo su directo control administrativo. Además de los embajadores extraordinarios, investidos de plenos poderes, en las fuentes de que disponemos se hace mención de unos arcontes atenienses con sede en las ciudades aliadas, sin funciones definidas. Evidentemente, se trataba de gobernantes sui generis de esas ciudades.

Un papel esencial en la afirmación del poder ateniense ejercido sobre los aliados lo seguían desempeñando los clerucos, quienes llenaban la función de guarniciones atenienses en el territorio de la alianza. Esta clase de guarniciones existía en las islas de Lemnos, Imbros, Naxos y Andros, en Sínope sobre el mar Negro, y en muchos otros lugares. En total, durante los años de la pentecontecia fueron enviados a las cleruquías más de 10.000 ciudadanos atenienses. La tierra que se les destinaba era generalmente arrebatada a las ciudades aliadas mediante la fuerza, aunque a veces se hacía mediante un acuerdo; por ejemplo, a cambio de la disminución de foros.

Para los aliados resultaba sumamente pesada la limitación de su autonomía en el ámbito jurídico. Al mismo tiempo, los atenienses comenzaron a limitar la jurisdicción de los aliados también en otros asuntos. Algún tiempo más tarde, todas las causas de los ciudadanos en las ciudades aliadas que hubieran podido acarrear la privación de los derechos civiles, la expulsión y la pena capital, pasaron a la jurisdicción de los tribunales atenienses. Comenzaron a ventilarse en Atenas los más grandes procesos civiles de los aliados, de manera que en la jurisdicción de los tribunales locales sólo quedaron los pleitos por contravenciones menos importantes y las demandas judiciales. Las ciudades aliadas sólo conservaban una jurisdicción propia más amplia en los casos especialmente estipulados en los tratados con Atenas.

Paralelamente con el control político y militar, los atenienses empezaron a ejercer también el control económico. Casi inmediatamente después de haberse constituido la alianza, la moneda ateniense habría cobrado tan amplia difusión de todas las ciudades aliadas, que la moneda local redujo su circulación únicamente al mercado local. Para lo sucesivo, la moneda ateniense había conquistado un completo dominio, y en el año 434 la asamblea popular ateniense promulgó un decreto que prohibía a las ciudades aliadas la acuñación autónoma de monedas de plata. Por cierto que este decreto no era observado en forma rigurosa y, por ejemplo, se sabe que en Quíos se continuaba acuñando moneda propia, a la que se podía hallar en todo el litoral del Asia Menor. En virtud de ello, en el año 420, esto es, ya durante la guerra del Peloponeso, la asamblea popular ateniense promulgó un nuevo decreto mediante el cual se ordenaba realizar en todas la ciudades aliadas el canje de la divisa en circulación por dinero ateniense; mas, dado que en aquel momento la potencia ateniense ya estaba girando hacia su decadencia, tal decreto no alcanzó a ser realizado completamente. Difusión universal en la Liga obtuvieron las unidades de pesas y medidas aceptadas en la misma ciudad de Atenas.

También fue sometido al control ateniense el comercio de las ciudades aliadas, lo cual proporcionaba no pocas ventajas a los mercaderes de Atenas. Así, los atenienses habían establecido, por ejemplo, un permanente control sobre las cargas de víveres y de cereales que se transportaban, a través del Helesponto, desde los países adyacentes al mar Negro. Dichas cargas eran distribuidas entre las ciudades aliadas sólo por mano de los atenienses. Algo más tarde, ya durante los años de la guerra del Peloponeso, los atenienses establecieron su propia aduana, en el punto más angosto del estrecho del Bósforo, junto a Crisópolis, y comenzaron a cobrar derechos aduaneros a toda nave que llegaba desde el mar Negro o que se dirigía al mismo, a razón del 10 por 100 del valor de la carga transportada.

Tomando en cuenta todas las mencionadas particularidades de la política ateniense con respecto a sus aliados, sería, sin embargo, incorrecto considerar que se basaban meramente en la coerción. La alianza llevada a bajo la hegemonía de Atenas había acercado a muchas ciudades entre sí. Entre todas ellas y Atenas se había establecido una colaboración y una comunicación económica más estrechas. El dominio ateniense en el mar había tornado más fáciles y más seguras las relaciones comerciales entre los aliados, y las soluciones centralizadas de los conflictos que surgían en el proceso de tales relaciones iban consolidando los vínculos comerciales. Como resultado, el bienestar de muchas ciudades aliadas había ascendido. La política llevada a cabo por Atenas, esto es, la implantación de estas ciudades del orden democrático, también había cobrado valor y significación por cuanto se trataba de las formas más progresistas de estructuración política para la época esclavista.

Sin embargo, todas estas facetas positivas de la unificación entraban en contradicción con las insistentes tendencias de los atenienses a someter por completo a su poder a sus aliados y a elevar su propio bienestar a costa de ellos y de la explotación de los mismos. Al mismo tiempo, la incontenible política exterior expansionista de Atenas, orientada a ensanchar más aún las fronteras de su Liga mediante la incorporación a la misma de nuevas ciudades, no podía dejar de provocar la reacción y la resistencia de estas últimas, como también de Esparta y de la Liga del Peloponeso, amedrentados por el crecimiento del poderío ateniense. En estas condiciones, la tendencia nacida, en Grecia, hacia unificaciones que superaban los marcos de una polis tomó formas que no podían ser de larga duración.