HISTORIA
DE LA ANTIGUA GRECIA
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LA ALIANZA NAVAL ATENIENSE
3. Formación de la alianza de Delos
Poco después de haber salido Esparta y las ciudades del Peloponeso de
la alianza panhelénica, los Estados griegos interesados en continuar la guerra
contra los persas enviaron sus representantes a Delos. En esta isla, en el año
477, en una especie de congreso de representantes de todos los Estados, se
adoptó una resolución consolidada con un juramento de seguir manteniendo la
alianza, la cual, a partir de entonces, cobró la denominación de alianza o liga
de Delos.
Al comienzo, ésta representaba la unificación de las polis griegas,
independientes, e iguales en sus derechos. Cada uno de los partícipes
conservaba su régimen estatal, su gobierno, su ciudadanía, de manera que los
ciudadanos de cualquiera de las polis de la alianza, por ejemplo, no gozaban de
los derechos de ciudadanía en las otras: no podía adquirir en ellos propiedades
territoriales, etc. La finalidad específica de tal alianza era la prosecución
de la guerra contra los persas para vengarse de las calamidades que éstos
habían ocasionado a la Hélade y para obtener la emancipación de los helenos que
aún permanecían bajo el dominio de aquéllos.
Para llevar a cabo tales propósitos, los aliados se comprometían a
suministrar a la flota de la liga de Delos una determinada cantidad de navíos
de guerra con sus correspondientes tripulaciones, y a aportar al tesoro federal
en Delos, el foros, contribución en dinero estipulada según principios fijos
determinados a estos efectos, necesaria para cubrir los gastos bélicos comunes.
Como órgano superior de la alianza se designó un consejo federal, compuesto por
representantes de todas las ciudades que formaban parte de la liga, con iguales
derechos de voto, el cual debía reunirse en Delos, antiguo centro de la
anfictionía jónica que se había formado en torno del santuario de Apolo. No se
sabe, sin embargo, si tal consejo se reunía con regularidad o si los atenienses
lo convocaban cuando era necesario.
Los atenienses, como dueños de la flota más grande y poderosa,
ocuparon de inmediato la posición dirigente en esa liga. Aún antes de que
Esparta abandonara la alianza panhelénica, Quíos, Lesbos y Samos, los Estados
insulares más grandes, habían llamado a Atenas a asumir la supremacía,
expresando así su disposición a someterse a tal dirección. Y ahora se les
ofreció a los atenienses el mando de las operaciones futuras. De hecho, los
atenienses, desde la misma fundación de la liga marítima de Delos, habían
comenzado a desempeñar en ella el papel principal, tanto en las cuestiones
financieras como en las de su organización. Por ejemplo, los estrategas
atenienses se habían hecho cargo, íntegramente, de la recolección del foros
entre las ciudades aliadas y de la determinación de sus respectivas cantidades.
Arístides, que había regresado a Atenas tras la expulsión, muy pronto, después
de la batalla de Salamina, fue el primero en determinar dicha suma en la
cantidad de 460 talentos. Al parecer, para hacer los cálculos se tomaron en
cuenta tanto los reales recursos financieros de las ciudades aliadas como
también las necesidades bélicas de la alianza, que —hay que suponerlo— se
hallaba interesada en poseer fuerzas navales suficientemente imponentes. De
acuerdo con algunos cálculos más o menos aproximados, con aquella suma de
dinero se podía mantener por unos siete u ocho meses una flota de hasta 200
trieres con una tripulación de 200 hombres cada una. No es muy claro si esta
suma de 460 talentos del foros fijado por Arístides era el abonado de hecho por
los aliados, o sólo el impuesto a ellos según su solvencia potencia.
Probablemente se tratara de esto último, por cuanto en lo sucesivo los
atenienses casi nunca lograron percibir el foros en la medida determinada por
la distribución previa. En los años subsiguientes, la suma de tal distribución
fue modificada en más de una oportunidad dentro de límites que oscilaban entre
los 410,5 talentos y los 495,5, hasta el año 425, en que la suma general del
foros abonada por las ciudades aliadas se aumentó con motivo de la guerra del
Peloponeso, hasta la suma de 1.300 talentos, es decir, más del doble de la
distribución hecha por Arístides. En cuanto a las dimensiones del foros que
pagaba cada ciudad, a juzgar por las inscripciones, las sumas distribuidas
fueron redondeadas, clasificándose a las ciudades en una especie de categorías,
según aportaran 300, 400, 500, 1.000, 2.000, 3.000 dracmas, y desde uno hasta
30 talentos. Algunas ciudades figuraban unos años en una categoría y otros en
otra distinta, superior o inferior. Pero hubo también ciudades que conservaron
su categoría hasta los años 425—424.
En cuanto a la faz estrictamente bélica, la formación de la Liga de
Delos se vio justificada de inmediato. Después de ser expulsado de Atenas,
Temístocles en el año 471, y de morir Arístides, quienes habían desempeñado
papel descollante en la creación y en la organización de esa alianza, la
dirección de las operaciones bélicas pasó a Cimón, hijo de Milcíades, vencedor
en la batalla de Maratón. Sin duda alguna, Cimón era uno de los capitanes
atenienses más inteligentes de esa época. Bajo su mando, los atenienses, junto
con sus aliados, habían desarrollado activas operaciones bélicas contra las
guarniciones persas que habían quedado aún en el litoral tracio, de donde era
de suma trascendencia desalojarlas, debido a que allí obtenían los griegos la
madera necesaria para la construcción de las naves de guerra.
Tras apoderarse de una serie de pequeños puntos en esa costa, los
aliados pusieron sitio a Eión, el principal y bien fortificado punto de apoyo
de los persas, situado en la desembocadura del río Estrimón. Una vez perdida
esa ciudad, los persas se vieron completamente desalojados de Tracia.
Después, Cimón, emprendió una exitosa campaña contra la isla de
Esciros.
La conquista de esta isla fue exteriormente rodeada de varios
procedimientos efectistas. Según la tradición, allí fue muerto el legendario
rey de Atenas, Teseo. Valiéndose de este recuerdo, los atenienses emprendieron
la campaña contra Esciros, llevando por divisa la venganza por la muerte de
Teseo. Una vez que los atenienses y sus aliados se apoderaron de la isla
buscaron y descubrieron los huesos que representarían los despojos mortales de
Teseo, y los trasladaron a Atenas, donde recibieron la más solemne sepultura. A
partir de entonces, esa isla sumamente importante por su estratégica situación
pasó a ser posesión indivisa de los atenienses. La conquista de Esciros era de
vital importancia, puesto que sus habitantes se dedicaban a la piratería,
amenazando constantemente las vías marítimas hacia el Helesponto. Todas las
ciudades marítimas de Grecia estaban interesadas en la eliminación de esa amenaza.
Más o menos simultáneamente, los atenienses habían sometido de forma
total a la ciudad de Bizancio, ya ocupada anteriormente por Pausanias. Apoyados
en esos éxitos, conseguidos en muy poco tiempo, los atenienses y sus aliados se
animaron a emprender una gran campaña contra los persas. El caso es que los
éxitos bélicos de los aliados terminaron por incitar al Gobierno persa a tomar
contramedidas. Los persas equiparon una flota muy grande, de unas 200 trieres,
y un fuerte ejército terrestre, calculando asestar un golpe a los griegos como
respuesta a sus ataques. Pero Cimón logró adelantárseles. Una gran escuadra de
los atenienses y sus aliados se hizo a la mar, y junto a las costas del Asia
Menor, en la desembocadura del río Eurimedonte, al parecer alrededor del año
469 (no se halla establecida la fecha precisa), se desencadenó una gran
batalla. Las operaciones bélicas se desenvolvieron simultáneamente en el mar y
en tierra firme, debido a que los persas se habían fortificado también en la
costa. Los guerreros griegos atacaron a los persas y los derrotaron por
completo. En la batalla naval fue destruida la mayor parte de las naves persas.
En manos de los vencedores cayó un enorme botín de guerra.
Poco después de esta grave derrota, el rey persa, Jerjes, y su hijo
mayor, Darío, fueron asesinados por un complot de cortesanos y el trono pasó al
hijo menor del rey, Artajerjes. Las acciones bélicas se circunscribieron a las
costas de Helesponto, donde se hallaban aún bajo el poder de los persas las
ciudades griegas de la Tróade y de la Eólida, dos ciudades sobre la costa
europea y varias en la asiática. Todas ellas fueron reconquistadas.
Con la liberación de estas ciudades, a los aliados se les presentó una
importante y complicada cuestión: cuál habría de ser el régimen de gobierno de
las mismas. Durante el dominio persa habían predominado en ellas con más
frecuencia las capas aristocráticas superiores, con cuyo apoyo la monarquía de
Susa intentaba consolidar su dominio sobre el resto de la población. En la
lucha por la liberación, muchos de los aristócratas persófilos habían caído y
otros habían huido a Persia. En las ciudades liberadas había que establecer un
nuevo orden político. La supremacía militar y política de los atenienses
determinó que la palabra decisiva en tales cuestiones comenzara a
pertenecerles. Por ejemplo, al liberar la ciudad jonia de Eritras, los
atenienses introdujeron en ella a su guarnición y, como lo atestigua el decreto
de la asamblea popular ateniense del año 465, que ha llegado hasta nosotros,
establecieron allí un orden político de acuerdo con sus propios deseos. Fueron
ellos los que determinaron la cantidad de miembros del consejo local y las
obligaciones de cada uno de los mismos. La composición del primer consejo,
evidentemente formado con los partidarios de Atenas, fue determinada por los
plenipotenciarios atenienses, denominados epíscopoi. Estos plenipotenciarios,
así como los jefes militares de la guarnición que seguía permaneciendo en
Eritras, fueron los que también en lo sucesivo confirmaron a los funcionarios
locales y mantuvieron bajo su supervisión los órganos de la administración
autónoma de la ciudad. En situación similar, al parecer, se hallaban otras
ciudades, como, por ejemplo, Bizancio, las ciudades del litoral tracio y otras,
en las que, so pretexto de defenderlas contra un posible ataque enemigo, los
atenienses introdujeron sus guarniciones. Todas esas ciudades, que acababan de
ser liberadas, fueron inmediatamente incluidas en la Liga de Delos, debiendo en
consecuencia someterse a la dirección ateniense. Por fin, los atenienses
comenzaron a inmiscuirse en la vida política interna no sólo de las ciudades
que iban liberando sino también en las de sus anteriores aliados de la Liga de
Delos.

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