HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

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LA ALIANZA NAVAL ATENIENSE

 

2. Salida de Esparta y de sus aliados de la liga helénica

 

Uno de los acontecimientos más importantes de la pentecontecia que, en muchos sentidos, determinó la situación de aquel tiempo, fue la formación de la alianza o liga marítima de Delos, que se desarrolló hasta el grado de la potencia naval de los atenienses. La formación de tal liga naval se vincula directamente con la historia de la alianza de los Estados griegos, de que ya hemos hablado y que surgiera en el momento de la invasión de Jerjes, con fines de defensa, común y aunada, contra el enemigo de su libertad e independencia. En relación directa con los éxitos bélicos obtenidos por esa alianza en la lucha contra los persas, el número de sus participantes aumentó considerablemente y siguió creciendo con el ingreso de nuevos miembros, de ciudades que anteriormente habían permanecido neutrales o que se habían liberado del poder de la monarquía persa.

Aún cuando los choques entre griegos y persas continuaron hasta mediados del siglo V a. C., ya que la llamada paz de Calías fue hecha en el año 449 a. C., de hecho, después de los triunfos obtenidos por los griegos en los años 480—479, el carácter de la guerra había cambiado sustancialmente. Después del descalabro persa en Platea, no quedó en el territorio de la Grecia balcánica ni un guerrero enemigo, y la iniciativa de la ofensiva quedó íntegramente a cargo de los griegos. Las operaciones bélicas se trasladaron al mar, donde asumieron el carácter de escaramuzas y campañas navales.

Los distintos Estados griegos afrontaron esa guerra de maneras diferentes. Las ciudades más desarrolladas, que habían emprendido con anterioridad la actividad artesanal y el comercio marítimo, y que, en el tiempo que consideramos, ya poseían una producción de mercancías relativamente elevada, se hallaban interesadas en la prosecución de la lucha contra los persas. Era de suma importancia para ellas nos sólo obtener la superación sobre el enemigo en la marcha de las operaciones bélicas, sino desalojarlos completamente del litoral del Asia Menor y de Tracia, pero especialmente de las costas del Helesponto, a través del cual se efectuaban las relaciones comerciales de muchas ciudades griegas con las ciudades y países de la cuenca del mar Negro, lo que proveían a aquéllas de cereales y otras clases de víveres y diferentes materias primas. En aquel tiempo, las posiciones claves con cuyo apoyo era posible ejercer el control de aquel estrecho seguían aún en manos de los persas, cuyas guarniciones se encontraban acantonadas en ciudades como Sestos y Bizancio, en el litoral de la Propóntide, Eión y Doriscos, en las costas tracias.

Resulta así que para muchas ciudades griegas la continuación de la guerra contra los persas era cuestión de su ulterior libre desarrollo económico. Algunas ya habían obtenido la independencia y procuraban su afianzamiento; otras continuaban aún bajo el dominio de los persas; pero en ambos casos el futuro de las mismas dependía enteramente de los éxitos en la lucha contra la monarquía persa, ya debilitada por los precedentes desastres bélicos.

Entre esas polis interesadas en la continuación de la guerra se contaban las ciudades griegas situadas en las costas del Asia Menor y el Helesponto, las ciudades del litoral tracio y las de los griegos isleños. De manera bien distinta habían afrontado la perspectiva de continuar las operaciones bélicas, Esparta y muchos de sus aliados peloponesiacos. En calidad del Estado griego más fuerte en tierra firme, Esparta era considerada desde el año 480 como cabeza oficial de la alianza defensiva helénica. Sin embargo, Esparta, la agrícola, algo apartada del intercambio comercial pangriego, se hallaba interesada en la prosecución de la guerra sólo mientras el enemigo se encontrara en los umbrales del Peloponeso, amenazando directamente a este territorio con una invasión. Por añadidura, y en comparación con los demás Estados griegos, especialmente con Atenas, Esparta poseía una flota insignificante y no disponía de la experiencia necesaria para dirigir las operaciones navales. Dadas todas estas circunstancias, Esparta era la menos indicada para dirigir la guerra marítima. En vista de ello, todas las ciudades interesadas en la continuación de la guerra comenzaron, como era natural, a agruparse no en torno a Esparta, sino de los atenienses, quienes ya disponían en ese tiempo de la flota más grande y poderosa de toda Grecia, la cual se había cubierto de gloria en combates contra los enemigos. A consecuencia de estos hechos fue configurándose una situación que engendraba, inevitablemente, agudos conflictos internos en la alianza panhelénica: entre Esparta, apoyada por la antigua confederación peloponesiaca, y Atenas, junto con las ciudades que la respaldaban.

La divergencia esencial entre estas dos agrupaciones de polis se manifestó poco después de la batalla de Micala, cuando la unificada flota griega hubo regresado a Samos. Hacia aquel tiempo, las ciudades insulares jónicas, respondiendo a la llamada del rey espartano Leotíquidas, que encabezaba oficialmente las fuerzas navales de los aliados, se separaron de Persia, de modo que quedó planteada una cuestión acerca de cómo habría que proceder con ellas. A este respecto, las opiniones de Atenas y Esparta divergieron marcadamente. No queriendo vincularse con esas ciudades por obligaciones de orden militar, los espartanos propusieron trasladar a todos sus habitantes a la Grecia europea, ubicándolos sobre las tierras de aquellas polis griegas a las que se tenía la intención de castigar por su participación en la guerra del lado de los persas. Los atenienses se opusieron resueltamente a tal medida. La intromisión de Esparta en el destino de las ciudades insulares, a las cuales se hallaban estrechamente vinculados, no les convenía. En grado aún menor se hallaban interesados en el traslado de los jonios a la Grecia europea. La disputa terminó con el triunfo del punto de vista ateniense, y Samos, Quíos, Lesbos y otras polis insulares entraron a formar parte de la alianza general. A la vez, los atenienses asumieron la responsabilidad de afianzar la seguridad de las demás ciudades jónicas situadas en el mismo litoral del Asia Menor y que continuaban aún bajo el dominio de los persas.

La flota griega, a la que se habían incorporado naves de los jonios, zarpó hacia el Helesponto, para descubrir el puente que había construido allí el rey Jerjes para el trasbordo de sus huestes hacia la costa europea del estrecho. En Abidos se puso en evidencia que tal puente ya no existía: una tormenta lo había destruido. Entonces los atenienses, apoyados por otras ciudades, empezaron a insistir en que ya mismo debían emprenderse las acciones bélicas contra las guarniciones persas que permanecían en los litorales del Helesponto y de la Propóntide. Pero Leotíquidas no sólo no apoyaba la iniciativa de los atenienses, sino que, enterado de la destrucción del puente, dio su misión por terminada y regresó al Peloponeso con todas sus naves y con las de sus aliados. Una vez retirado Leotíquidas, los aliados que quedaron junto al Helesponto, encabezados y dirigidos ahora por los atenienses, emprendieron el asedio de la bien fortificada ciudad de Sestos. Y aún cuando dicho asedio se prologó, hacia comienzos del año 478, los aliados se apoderaron de la ciudad, tras lo cual regresaron a sus respectivas patrias con un riquísimo botín de guerra.

Muy pronto surgió un nuevo conflicto entre Esparta y Atenas. Ya de regreso en el Ática, después de haber expulsado a los persas, los atenienses encontraron a su ciudad en ruinas. Inmediatamente dieron comienzo al restablecimiento de las casas, de los edificios públicos y de las murallas y torres defensivas destruidas por los persas. Fue allí donde surgió una inesperada dificultad: hicieron su aparición en Atenas embajadores espartanos con la exigencia de que los atenienses suspendieran los trabajos de restablecimiento de sus fortificaciones; se basaban en que, en caso de una nueva invasión de los persas, éstos podrían hacer uso de las murallas y torres atenienses, como también de las fortificaciones de todas las demás ciudades griegas situadas fuera del Peloponeso contra los mismo griegos. La artificiosidad de tal motivación saltaba a la vista. En realidad, tanto en Esparta como en las demás ciudades del Peloponeso hostiles a Atenas hacía mucho que se seguía con recelo el rápido crecimiento del poder y de la influencia de Atenas. Era claro que si los atenienses, que ya sin ello no tenían rivales ni pares en el mar, restablecían y ampliaban sus fortificaciones, su Estado se convertiría en uno de los más fuertes y más influyentes de Grecia, esto es, ocuparía el lugar que Esparta pretendía para sí desde hacía muchos años.

Pero el paso emprendido por Esparta no tuvo éxito. Los atenienses respondieron enviando a su vez a Esparta una delegación encabezada por Temístocles, que intencionadamente prorrogaba las negociaciones. En el ínterin, los atenienses siguieron trabajando día y noche en la erección de las murallas y las torres, aprovechando como materiales de construcción todo lo que era posible aprovechar, inclusive las estelas funerarias. Cuando ya se había erigido más o menos la mitad de las fortificaciones atenienses, dejó de tener sentido proseguir las negociaciones, y Temístocles así lo dijo, con toda franqueza, a los espartanos. Esparta no se decidió a salir directamente contra Atenas y se vio forzada a renunciar a su protesta y a asegurar a los atenienses de que, con su intento, sólo había deseado darles un consejo útil, pero de ninguna manera obstaculizar el restablecimiento de las fortificaciones.

Este episodio suministra material complementario para ubicar las relaciones entre Atenas y Esparta. Entre los grupos democráticos atenienses, encabezados por Temístocles, tomaba cuerpo la irritación contra Esparta. La democracia ateniense había alcanzado el predominio político, y a la par de ella se alineaban también, por decirlo así, los elementos democráticos en las demás ciudades griegas, mientras que Esparta continuaba siendo el baluarte de las corrientes más reaccionarias y antidemocráticas en toda Grecia. En estas condiciones, la colaboración de estos dos Estados dentro de una misma liga era cada vez más imposible.

En la primavera del año 478, la flota de los aliados griegos volvió a hacerse a la mar y reanudó las operaciones bélicas contra el enemigo. Los espartanos habían sustituido a Leotíquidas por Pausanias, héroe de la victoria de Platea, que a la sazón era tutor del rey Pleistarcas, menor de edad. Aún cuando la unificada flota griega no contaba con más de veinte naves espartanas, a Pausanias se le otorgaron los plenos poderes de comandante en jefe.

Las operaciones bélicas iban desarrollándose con éxito para los griegos. Se habían apoderado de Chipre, y después obtenido considerables éxitos junto al Helesponto, donde tomaron Bizancio. No obstante, iba creciendo entre los aliados el descontento por la dirección espartana, descontento en el cual la conducta de Pausanias desempeñó un papel bastante sensible. Aún cuando las fuentes de información de que disponemos acerca de su actividad no dejan de ser en cierto modo tendenciosas, reflejan evidentemente el estado de ánimo reinante entre muchos aliados. Se acusaba a Pausanias de ser grosero y cruel, de que se permitía gritar a los jefes de otros destacamentos griegos, de que sometía a castigos corporales a los guerreros griegos, de que se apoderaba infaliblemente de la parte leonina del botín de guerra. Mas una indignación especial la provocó el hecho de que, después de haberse apoderado de Bizancio, Pausanias diera la libertad a los prisioneros persas y reclutara para sí una guardia personal de guerreros persas, comenzara a usar vestidos persas, se rodeara de un excesivo lujo oriental y, como se llegó a saber, entablara negociaciones secretas con los persas, en la esperanza de que, con su ayuda, podría obtener en su patria el poder de tirano. Es difícil decir en qué medida tales acusaciones respondían a la realidad, pero la lucha política en Esparta, a juzgar por todos los indicios, había adquirido en aquel tiempo una gran agudeza, y Pausanias, al preparar una revuelta política, realmente podía contar con que hallaría apoyo para sus planes entre los persas. Sea como fuere, el clima en la flota griega tornábase candente. Surgió una conspiración contra Pausanias, cuyos participantes poco faltó para que lograran echar a pique la nave en que aquél se encontraba. De hecho, la flota griega se había dividido en dos partes: una, la del Peloponeso, encabezada por Esparta, y la otra, ateniensejonia.

La situación creada incitó a Esparta a suspender en sus funciones a Pausanias y a sustituirlo por Dorcis, mas ello sirvió de muy poco. La enemistad entre los aliados ya había ido demasiado lejos, y al poco tiempo Dorcis, junto con todas las naves del Peloponeso y de Esparta, se separó de la flota común griega y regresó al Peloponeso.

En Esparta se consideraban a Atenas como culpable principal de la escisión, e incluso se abrigaba la intención de castigarla mediante un ataque contra el Ática, pero se impuso un punto de vista más moderado. En el año 478 Esparta, acompañada de todos sus aliados del Peloponeso, abandonó oficialmente la alianza panhelénica.