IX
LAS GUERRAS GRECO—PERSAS
1. Persia en la segunda mitad del siglo VI a. C.
Las guerras greco—persas desempeñaron un importante papel en la vida
de todos los pueblos de la cuenca del Mediterráneo. No es posible comprender y
apreciar correctamente estas guerras sin cierto conocimiento de la historia de
Persia.
Las conquistas de Ciro
y Cambises
A mediados del siglo VI, bajo la dinastía de los Aqueménidas, la
potencia persa alcanzó un considerable poderío. El reino de Ciro (559—529
a. C.) abarcaba a Persia, Elam, Partia, Hircania, Media y una parte
considerable de la Mesopotamia. Además, Ciro trataba de unificar bajo su poder
todas las tierras de las monarquías de Media y Asiria. Los éxitos de Persia
comenzaron a provocar inquietud en los países vecinos y especialmente en Lidia,
un fuerte Estado situado en el noroeste del Asia Menor, el cual había alcanzado
un gran poderío durante el gobierno de Creso (90 a 45 años más o menos del
siglo VI a. C.). Creso logró lo que inútilmente habían tratado de realizar
sus predecesores: someter las ciudades de los griegos del Asia Menor. Las ciudades
jónicas que disponían de una numerosa flota y mantenían un amplio comercio con
las costas del mar Negro y la Grecia europea eran para Lidia un botín muy
tentador. Seguro de sus fuerzas, Creso decidió enfrentarse a Ciro, asegurándose
como aliados a los reyes de Babilonia y Egipto. La guerra terminó con la
completa derrota de Creso, quien cayó prisionero. En el año 546, completado el
sometimiento de Lidia, Ciro llevó sus ejércitos contra las ciudades jónicas,
deseando de este modo asegurar para Persia la salida al mar Egeo. La
resistencia de los griegos no tuvo éxito: actuando desunidas, las ciudades
jónicas no pudieron sostenerse y los jefes persas tomaron una ciudad tras otra.
En vano pidieron los jonios ayuda a Esparta; ésta ser negó a intervenir en los
arriesgados asuntos del Asia Menor. Aterrorizados, los habitantes de Fócea, la
segunda ciudad griega por su importancia después de Mileto, cargaron sus navíos
y se trasladaron a Italia y Córcega. Los restantes se sometieron a Persia. Toda
la Grecia del Asia Menor pasó a integrar la monarquía persa. Sólo las islas
conservaron por un corto lapso su independencia. Con la misma energía con que
ensanchaba sus posesiones en el Oeste, Ciro actuaba en el Este. Cayó el reino
babilónico, fue conquistada el Asia Central y los límites de Persia se
extendieron hasta el río Indo. Fenicia aceptó sin resistencia someterse a la
soberanía del rey persa. Después de la muerte de Ciro, su hijo Cambises
(529—523), continuando la obra de su padre, conquistó a Egipto. Entonces,
cuando las posesiones persas como un enorme arco abrazaban la parte oriental de
la cuenta del Mediterráneo, la creación de una fuerte flota marítima llegó a
ser cosa de primera necesidad. Cambises tomó enérgicas medidas para fortalecer
la flota fenicia; los fenicios, marinos expertos, formaron el núcleo de la
flota persa, la cual, completada con barcos chipriotas, pronto se convirtió en
una gran fuerza. El sucesor de Cambises, Darío I (522—486), hijo de Histaspes,
aplastó las insurrecciones en varios confines de su Estado y se convirtió en el
gobernante de un enorme territorio.
Estructura económica,
política y social de Persia
Los dominios de Darío se extendían desde el Helesponto hasta el Indo y
desde los saltos del Nilo hasta las costas de los mares Negro y Caspio.
Surgida de las conquistas, la monarquía persa no tenía una base
económica uniforme y como unidad administrativa militar era poco coherente;
consistía en un conglomerado de muchas tribus y pueblos, cada uno de los
cuales, bajo el poder de los reyes persas, continuaba viviendo su vida propia,
distinta de la de sus vecinos. Esta particularidad histórica de la potencia
persa esclavista nos explica también el carácter de su política con sus muchos
súbditos y, especialmente, con las ciudades griegas sometidas.
Fundamentalmente, la política persa fue determinada por dos objetivos: mantener
en la obediencia a los pueblos conquistados, consiguiéndolo manu militari, y
asegurar el pago regular de tributos e impuestos. Los medios empleados para el
logro de estos fines eran bastante primitivos y groseros.
Con fines administrativos, la monarquía de Darío se dividía en veinte
distritos mandados por sátrapas (a menudo miembros de la familia real). A los
sátrapas el rey les confiaba sus propias funciones: militar, civil y jurídica.
Pero, a pesar de los amplios poderes de cada sátrapa sobre la población de su
distrito, él mismo, su vida y sus bienes dependían íntegramente del rey.
Herodoto, cuya obra es la fuente informativa principal de la historia de las guerras
greco—persas, da cuenta de toda una serie de casos en que los sátrapas que
llegaron a provocar la cólera del rey fueron ejecutados sin piedad, incluso por
faltas nimias, sin hablar ya de los casos de traición. Además, junto a cada
sátrapa se encontraba un espía del rey, el cual se interiorizaba de todos los
acontecimientos, sin excepción, de su distrito e informaba al rey. De este
modo, el gobierno de los distritos se hallaba bajo continuo control del
Gobierno central.
Igual atención prestaba el poder central a los asuntos financieros.
Cada satrapía representaba una unidad tributaria. Herodoto enumera
detalladamente los distritos impositivos. Por ejemplo, el primer distrito, que
incluía a jonios, carios, misios, pánfilos y algunos otros pueblos del oeste
del Asia Menor, pagaba a Darío un tributo de 400 talentos de plata. Los
habitantes de la costa derecha del Helesponto, los frigios, tracios asiáticos,
paflagonios y otros, pagaban 360 talentos; los cilicios, 500 talentos y 360
caballos blancos. De estos 500 talentos, 140 se gastaban en la caballería que
patrullaba la tierra cilicia y los 360 restantes quedaban para Darío.
El distrito egipcio pagaba 700 talentos, más el impuesto por la pesca
en el lago Meris. Del mismo distrito sacaban 120.000 medidas (egipcias) de
cereales para alimentar a los persas y a sus mercenarios que ocupaban una
fortaleza en Menfis. El sátrapa de Babilonia disponía de 800 potros y 16.000
potrancas, reunidos por los persas en calidad de tributo de la población de ese
distrito.
La suma total de los tributos que ingresaban anualmente en el tesoro
de Darío, según el cálculo euboico, era de 14.560 talentos. Todas las tribus y
pueblos que integraban el Estado persa pagaban su tributo anual. La excepción
la constituían los propios persas, quienes no pagaban impuestos regulares.
El Estado persa tenía una amplia red de caminos, desde Sardes hasta el
Indo, a lo largo de los cuales había posadas para el descanso de viajeros. El
mantenimiento de esos caminos y su vigilancia era una de las funciones de los
sátrapas, pero el control general de los caminos estaba a cargo de funcionarios
del poder central.
En las regiones sometidas al rey de Persia estaban distribuidas sus
guarniciones. Al emprender campañas de gran envergadura, los reyes completaban
sus ejércitos con gran número de destacamentos de los pueblos sometidos. De
este modo, estos ejércitos resultaban muy considerables para aquella época. La
calidad militar de esta abigarrada fuerza no era muy alta, pero los súbditos de
la potencia persa no podían tener ningún interés en sus éxitos militares. El
carácter general de este Estado —Estado conglomerado— influyó en la
organización de sus fuerzas militares, compuestas por un gran número de
destacamentos sin ninguna coherencia entre sí.
La situación de las ciudades jónicas cambió bruscamente después de la
conquista de la costa del Asia Menor por los persas, la caída del reino de
Lidia, el avance persa hacia la costa del Helesponto que les abría la salida al
mar Negro y, especialmente, después de la conquista de Fenicia y Egipto. Desde
ese momento, el comercio intermediario en el mar Egeo pasó casi íntegramente a
los fenicios, que gozaban de la ayuda y protección de Darío; y el comercio con
Egipto, que representaba una cifra considerable en el balance de las ciudades
jónicas, se interrumpió casi por completo. Simultáneamente, se debilitaron los
vínculos con el mar Negro, lo que influyó funestamente en la economía de las
ciudades jónicas. Así, la pérdida de su independencia no sólo no fue compensada
por ninguna ventaja económica, sino, por el contrario, acompañada de la brusca
caída del nivel de su vida económica.
A todo esto hay que agregar que las ciudades jónicas fueron incluidas
en la satrapía del Asia Menor y, por consiguiente, junto con carios, pánfilos y
otros pueblos que integraban la misma satrapía en la parte occidental de la
península, fueron obligados a pagar al tesoro persa un tributo anual de 400
talentos de plata, suma enorme para aquella época.
Para asegurar la sumisión de las ciudades jónicas, el Gobierno de
Darío intervenía en su vida interna, cumpliendo esta intervención en forma
extremadamente sensible.
En relación con esto, conviene recordar ciertas particularidades
históricas de la vida de los griegos de los siglos vii y VI a. C.,
condicionadas por la ley de obligatoria concordancia entre las relaciones de
producción y el carácter de las fuerzas productivas de la sociedad. En las
condiciones concretas de la realidad griega de los siglos VII y VI la lucha
entre las nuevas fuerzas productivas y las relaciones de producción caducas,
tomó la forma de encarnizados choques entre la aristocracia gentilicia y el
demos.
En las ciudades jónicas, las más desarrolladas y progresistas
económica y socialmente, la lucha del demos era particularmente tenaz. Bajo su
presión, la aristocracia perdía una posición tras otra. La victoria definitiva
del demos, vinculada con la completa liquidación de las supervivencias de la
estructura gentilicia que frenaba el desarrollo de las fuerzas productivas de
la nueva sociedad, ya no estaba lejos. Mas los persas, en su política en las
ciudades griegas, como regla general se orientaban, precisamente, hacia la
aristocracia caduca, calculando con razón encontrar en ella el apoyo más seguro
para su dominación. En todas las ciudades griegas que caían bajo su dominio,
implantaban con violencia tiranías aristocráticas. Sus gobernadores por lo
habitual se apoyaban íntegramente en la aristocracia local y aplastaban con
crueldad los movimientos democráticos. La aristocracia se sometía el rey persa
no por miedo, sino con toda el alma, ya que comprendía que sin su apoyo no
podría detentar el poder.
Se entiende que con semejantes métodos no se podía asegurar por mucho
tiempo el poder de las fuerzas caducas de la sociedad. Puede afirmarse que la
política del Gobierno persa estaba de antemano condenada al fracaso, por cuanto
contradecía las leyes objetivas, independientes de la voluntad de los hombres,
leyes del desarrollo del proceso histórico. Detener el movimiento democrático
en las ciudades griegas fue superior a las fuerzas persas. Las circunstancias
históricas hicieron que este movimiento adquiriera simultáneamente rasgos
antipersas y patrióticos y provocara cálidas simpatías de los elementos
democráticos de toda Grecia. La simpatía era más intensa por cuanto la amenaza
de invasión pendía sobre todo el mundo griego. Era indudable que la expansión
de la monarquía persa debía conducir al choque de Persia con los helenos.
La política exterior
de Darío I. Campaña contra los escitas
La política exterior de Darío I, igual que la de sus predecesores,
consistía ante todo en tender a ampliar por medio de conquistas su territorio,
ya de por sí enorme. Los planes de conquista de Darío eran muy extensos, pero
en primer lugar sus miras estaban dirigidas al Occidente, a la costa europea
del mar Egeo, la península balcánica y Grecia. Por otro lado, Darío se impuso
la tarea de proteger los límites de su territorio en el noroeste de las
incursiones de las tribus cisdanubianas y de las que poblaban las costas del
mar Negro, con una barrera ancha y segura, conquistando sus tierras ricas en
cereales y materias primas.
Estas eran las causas que movieron a Darío, en la primavera del año
514 a. C., a emprender la campaña contra los escitas, a la cabeza de un
ejército y una flota numerosos. El ejército persa, atravesando el Bósforo
Tracio a través del puente construido por el griego Mandrocles, y a pesar de la
resistencia de las tribus tracias, cruzó su territorio y en las costas del
Danubio se puso en contacto con su flota, la cual entró en la desembocadura del
río. Se construyeron puentes flotantes a través del Danubio y para su
protección se dejó un destacamento especial de griegos jonios bajo el mando de
Histieo, tirano de Mileto. Atravesando el Danubio por estos puentes, el
ejército de Darío se internó en las estepas escitas, donde lo esperaba un
chasco. Sin entablar combates abiertos, los escitas hostigaban a los persas
constantemente con incursiones de su caballería, y, retrocediendo, los atraían
en profundidad en su amplio país estepario. Al mismo tiempo, quemaban todo en
su ruta, destruían los pozos, etc. Pronto los ejércitos de Darío se encontraron
en una situación tan difícil y carente de perspectivas que no tuvieron más
salida que retirarse.
Así, pues, la campaña escita de Darío terminó en un fracaso, el
primero de los grandes fracasos militares de los persas. En sus contemporáneos
produjo una profunda impresión. Herodoto, por ejemplo, cuenta que los griegos
guardianes del puente, enterados del comienzo del retroceso del ejército persa,
tuvieron la intención de destruir el puente para dificultar la retirada de
Darío. Sin embargo, Histieo, que gozaba de la protección de Darío, los
disuadió. Histieo se daba cuenta de que sin el apoyo persa él no podrían
prolongar su tiránico poder sobre sus conciudadanos de Mileto.
De vuelta de la campaña escita, Darío encargó a sus capitanes Megabazo
y Otanes terminar de someter a los habitantes de las costas del Helesponto y de
Tracia. En unos años esta tarea fue cumplida. Luego, una tras otra fueron
tomadas por los persas las islas del mar Egeo: Lemnos, Imbros, Quíos, Lesbos,
Samos. Las islas y los estrechos vitales para los griegos cayeron así en poder
de Darío. En las costas del Helesponto y del Bósforo Tracio, ninguna ciudad
griega pudo resistir la presión persa. Aunque la campaña escita había terminado
en un fracaso, su consecuencia fue el establecimiento del poder persa en la
costa sur de Tracia y en las fecundas tierras del Estrimón, ricas en
yacimientos de oro y plata. Macedonia también fue forzada a reconocer su
dependencia del rey persa.
En la costa tracia, los persas fundaron varios fuertes y con las
tierras recién conquistadas formaron una nueva satrapía. La conquista de Lidia
había determinado ya anteriormente el establecimiento del poder persa sobre las
ciudades griegas del Asia Menor. De este modo, toda la costa oriental del
Mediterráneo terminó por hallarse en poder de Persia. Las flotas de todos los
pueblos costeros fueron puestas al servicio de su monarquía. En estas
condiciones, pronto comenzó una nueva expansión militar persa, a la que sirvió
de impulso la insurrección de las ciudades jónicas en la costa occidental del
Asia Menor.