HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

IX

LAS GUERRAS GRECO—PERSAS

5. La campaña de los persas en los años 480—499 a. C

 

El fracaso de Atis y Artafernes no bastó para que Darío renunciara a conquistar a Grecia; por el contrario, ese fracaso tuvo más bien la virtud de excitarlo a realizar nuevos esfuerzos con el fin de conseguir ese objetivo. La derrota había hecho vacilar con excesiva intensidad el prestigio bélico de Persia; y demasiado importante eran los motivos que forzaban al «rey de los reyes» a extender su dominio sobre todo el litoral occidental del mar Egeo. Debido a ello, ya en los años 489—488, Darío inició grandes preparativos para una nueva campaña contra Grecia. Mas se dieron tales circunstancias, que esa nueva poderosa campaña sólo pudo ser llevada a cabo en el año 480 a. C.

En el año 486, antes de que los preparativos de Darío, realizados en amplia escala, hubieran podido ser llevados a término, estalló en Egipto una seria sublevación; ese mismo año murió el propio Darío. Le sucedió Jerjes, el mayor de sus hijos, tenido con Atosa, hija de Ciro. El nuevo rey empleó dos años en aplastar la sublevación egipcia y en subyugar a la Babilonia amotinada. A comienzos del 483 logró Jerjes restablecer la tranquilidad interior de su reino y reanudar los interrumpidos preparativos para la campaña griega. Los fracasos de las campañas anteriores habían demostrado de manera harto convincente, que la conquista de Grecia sólo podía realizarse mediante la movilización de todas las fuerzas de la enorme monarquía. En efecto, ninguna de las campañas emprendidas por los reyes de Persia fue preparada tan minuciosa y sistemáticamente como la de Jerjes. Tres años (483—480) fueron invertidos en los preparativos bélicos y diplomáticos. En primer lugar, Jerjes tomó medidas para que los griegos se encontraran completamente aislados, privados de la posibilidad de tener aliados. En este sentido, un peligro, un peligro indudable lo representaban para los persas los griegos occidentales, especialmente el Estado de Siracusa, en Sicilia, que disponía de considerables fuerzas bélicas terrestres y marítimas. Las informaciones acerca de la existencia de un tratado especial, una especie de alianza, entre Jerjes y Cartago, que hacía a los griegos occidentales enemigos irreconciliables de los griegos, son muy verosímiles. Tal tratado aseguraba para los persas la ayuda de cartagineses, los que operarían con vistas a quitar a Siracusa la posibilidad de acudir en ayuda de Grecia. A ejemplo de Darío, Jerjes procuró hacerse aliados en el interior de Grecia. La diplomacia persa supo conseguir que Tesalia y Beocia reconociesen el poder supremo del «rey de los reyes». Argos, permaneciendo formalmente neutral, se hallaba de hecho de parte de los persas, los cuales además podían seguir contando, como antes, con la ayuda de los elementos persófilos en otros Estados griegos: los muchos desterrados griegos que se hallaban en la corte de Jerjes (entre ellos el ex rey espartano Demarato), suministraron a los jefes persas valiosos informes acerca de la situación en Grecia. De esta manera, los persas efectuaron una preparación diplomática para asegurarse el éxito completo de la campaña.

No menos fundamental era la preparación bélica. Mardonio, el más cercano consejero militar de Jerjes, había ofrecido al rey su antiguo plan estratégico, eliminando del mismo aquellos errores que habían conducido al fracaso en el año 492. Dado que, durante aquella campaña, la flota persa había sufrido una catástrofe junto al promontorio de Atos, Jerjes, por consejo de Mardonio, ordenó trazar un canal a través del angosto istmo que unía el rocoso promontorio con el continente. Para resolver este problema, fue reunida allí una enorme masa de hombres que trabajando empeñosamente durante tres años, bajo la dirección de expertos ingenieros, abrieron un canal por el cual podían pasar, con plena seguridad y en dos filas las naves persas.

Más aún. Para trasbordar el ejército terrestre a Europa a través del Helesponto, se erigieron dos pontones junto a Abidos. Relata Herodoto que una tormenta, que se había desencadenado inesperadamente, hizo añicos esos pontones, y el enfurecido Jerjes ordenó castigar al Helesponto flagelándolo, para lo cual se arrojaron al agua unas cadenas. Los pontones fueron nuevamente construidos y el ejército pudo ser trasbordado a Europa. A lo largo de toda la costa de Tracia y Macedonia fueron instalados depósitos cuya misión era asegurar a las tropas la provisión de todo lo que les fuera necesario durante la prolongada marcha. A los griegos les parecían grandiosas las fuerzas que Jerjes tenía la intención de arrojar sobre ellos. Herodoto dedica varias páginas de su obra a la descripción de los muchos pueblos supeditados al rey persa que habían enviado sus tropas de infantería y caballería, de las cuales describe también indumentaria y armas. En total, según Herodoto, en la invasión a Grecia tomaron parte 5.203.220 hombres.

Hace mucho ya que estas cifras, realmente monstruosas para aquellos tiempos, provocan una justificada desconfianza entre los investigadores. El historiador del arte militar Delbrück, ha hecho cálculos que le permitieron llegar a la conclusión de que, con esa cantidad, el ejército de Jerjes tendría que haberse extendido, durante la marcha, en una longitud no menor de 3.000 kilómetros; dicho con otras palabras: cuando la vanguardia se acercaba a la Grecia media, los últimos destacamentos comenzarían la marcha en las orillas del Tigris. Las cifras suministradas por Herodoto deben ser rechazadas como manifestaciones fabulosas. La más probable es la suposición de que el ejército de Jerjes contaba con cerca de 100.000 hombres; y si la correlación por Herodoto es acertada, otro tanto en el número que correspondía a las tropas auxiliares. Desde luego, aún esta cantidad de hombres armados debió parecer monstruosa a los griegos, y no es de extrañar que exageraran tanto su cantidad. No menos imponentes eran las fuerzas marítimas acumuladas por Jerjes: según Esquilo, la flota persa se componía de mil navíos; y, según Herodoto, eran 1.208. Si se toma en consideración que la flota comprendía gran número de barcos de carga y transportes y naves pequeñas impropias para un combate (Esquilo señala claramente que los persas poseían tan sólo 207 trieres veloces), es factible admitir que Jerjes logró realmente reunir unos mil barcos.

Hacia el invierno de los años 481—480, todos los preparativos para la campaña estaban terminados; el ejército terrestre se encontraba concentrado en la Capadocia y la armada cerca de Fócea, en el litoral occidental del Asia Menor. La terrible amenaza de la invasión para cerníase sobre Grecia.

Grecia, en vísperas de la invasión persa. La actividad de Temístocles

El favorable resultado de la batalla de Maratón no significaba aún, ni mucho menos, el cese de la lucha contra Persia, sin una muy breve tregua. En el ínterin, continuaba en Grecia la ininterrumpida lucha entre las polis autónomas, cada una de las cuales trataba de poner a salvo, en primer lugar, sus intereses estrechamente locales. El peligro persa se dejaba sentir, de manera más aguda, en Atenas. Esparta se hallaba en condiciones de defender su libertad, fortificando el istmo de Corinto; pero el Ática estaba abierta a un golpe persa. Era necesario prepararse para la defensa, poniendo en tensión todas las fuerzas.

A pesar de la victoria obtenida en Maratón, estaba claro que ningún triunfo en tierra podía asegurar la libertad e independencia de Grecia, mientras los persas tuvieran el predominio del mar, puesto que, poseyendo el Helesponto, los persas habrían dificultado las relaciones comerciales de Atenas con el mar Negro, principal fuente en el suministro de cereales para el Ática. De esta manera, el dominio del mar se convertía para el demos en cuestión de vida o muerte.

Pero la creación de una armada marítima y, en consecuencia, el traslado del centro de gravedad del poderío militar ateniense hacia el mar, significaba el crecimiento del poder político de la plebe urbana, ya que en el seno de la misma se reclutaban a los marineros, a los que no había necesidad de proveer de costosas armas. Los representantes de los círculos agrarios conservadores, que no querían elevar el papel político de los artesanos, de los changadores, de los marineros, etc., se resistían tenazmente a la realización del «programa marítimo».

Los opositores a la creación de una fuerte armada ateniense —los Pisistrátidas y los Alcmeónidas— fueron eliminados por la asamblea popular mediante el ostracismo. En el año 486 fue expulsado el alcmeónida Megacles, y en el 485 otro alcmeónida, Jantipo. Al mismo tiempo se democratizó el régimen estatal de Atenas. Los arcontes aún seguían desempeñando un papel importante en el gobierno; y aún cuando Calístenes había abolido todos los privilegios inherentes al abolengo, los arcontes seguían siendo elegidos, casi sin excepción alguna, entre las filas de la aristocracia. A ese baluarte de la aristocracia le fue asestado un golpe demoledor: en los años 488—487 fue introducido el sorteo como medio de proveer el cargo de arconte. Gracias a esta reforma, el cargo dejó de tener, en esencia, ningún valor y el papel conductor comenzaron a desempeñarlo los diez estrategas, que eran elegidos no por sorteo, sino mediante la quirotonía (al levantar la mano); el jefe del colegio de estrategas era elegido por la asamblea popular, también con este método de votación.

El obstáculo más importante para la realización del programa de Temístocles y sus partidarios fue la oposición manifestada por Arístides. Este representaba no sólo a las capas más pudientes de la población urbana y a los terratenientes de origen aristocrático, sino que también le seguían una parte considerable del campesinado ático, que temía una invasión enemiga desde tierra firme, y que evidentemente exigía la fortificación de la frontera terrestre. No obstante, se impusieron Temístocles y sus partidarios. Les favorecía el hecho de que Atenas, como Estado carente de tierras fértiles, ya pisaba firmemente el camino del desarrollo de las artes, los oficios y el comercio marítimo. Y esta situación determinó a su vez el aumento del peso específico en la vida política de las correspondientes capas de la población ateniense.

Entre los años 483—482 Arístides fue desterrado. Al fin, después de una tenaz lucha de diez años, «el partido marítimo», con Temístocles a la cabeza, se dio a la tarea de construir una gran flota. Los medios para lograrlo fueron extraídos de los ingresos producidos por las minas de plata del Laurión, en posesión de Atenas desde hacía muchísimos años. De acuerdo con una costumbre inveterada, la plata extraída de aquellos yacimientos se distribuía equitativamente entre todos los ciudadanos. Y precisamente en el año 483 fueron descubiertos unos yacimientos excepcionalmente ricos, que aumentaron considerablemente la extracción del noble metal. Temístocles propuso, en la asamblea popular, que la plata que se extraía fuera invertida en la construcción de la flota. Llamando la atención con los preparativos bélicos iniciados por Jerjes, apeló a los ciudadanos para que se empleara la plata de Laurión en la construcción de una flota de guerra. El proyecto de Temístocles fue aprobado por la asamblea popular, y la construcción de las trieres de combate se desenvolvió a un ritmo acelerado. Hacia el año 480 Atenas disponía ya de una flota que contaba con no menos de 180 trieres. Ningún Estado griego jamás había tenido flota tan poderosa. Al mismo tiempo comenzaron a erigirse fortificaciones en el Pireo y a transformar a éste en un puerto militar.

El triunfo del «partido marítimo» y la construcción de una gran flota determinó cambios esenciales en el régimen económico y social de Atenas. Hasta entonces, el papel decisivo en la vida de esa capital lo desempañaban los círculos del ejército, los hoplitas. Con la construcción de la flota, el centro de gravedad de una guerra quedaba trasladado hacia el mar y la fuerza básica militar la tenían ya los marineros reclutados entre la cuarta clase económica, la de los tetes. Todo esto determinó la democratización del régimen esclavista de Atenas.

Alianza de Atenas con Esparta. El congreso de las ciudades griegas

Las noticias que anunciaban el trazado por los persas de un canal junto a Atos y el tendido de puentes sobre el Helesponto, como también otros preparativos bélicos de Jerjes, provocaron profunda conmoción en todas las polis griegas. Los espartanos comprendían que venciendo los persas a las demás polis griegas perderían su independencia.

Ciertamente, contra las fuerzas persas terrestres existía la posibilidad de defenderse creando una línea fortificada en el istmo de Corinto; pero a la armada persa Esparta no tenía nada que oponerle. Además, la aparición de los persas en Laconia provocaría inmediatamente una sublevación de los ilotas, lo cual acarrearía el completo naufragio del régimen social espartano. En virtud de ello, con el vehemente deseo de la clase dominante en Esparta de eludir un choque con Persia, y a pesar de la hostilidad que se sentía respecto a la democracia esclavista ateniense, lo único posible para salir del atolladero era cerrar alianza defensiva con Atenas. Sólo la poderosa armada ateniense, creada en los últimos años, estaba en condiciones de defender las fronteras de Esparta contra los persas.

Frente a lo terrible del peligro, la alianza de Atenas y Esparta no ofrecía una garantía para la independencia griega; era necesario crear una organización más poderosa, atraer hacia esa alianza, dentro de lo posible, a todos los Estados griegos. Sin embargo, un centro tan grande como Delfos, hacia donde convergían los griegos de los Estados más heterogéneos, no se ponía a la cabeza del movimiento de unidad contra los persas, porque compartía la orientación política de los círculos griegos septentrionales, filopersas. Debido a esto, la pitonisa que profetizaba en el templo de Apolo en Delfos, disuadía a las distintas comunidades de participar en la lucha, y auguraba a Atenas el total hundimiento y la ruina absoluta. La alianza del Peloponeso era una unión demasiado estrecha, vinculadas exclusivamente por pequeños intereses locales. Una imperiosa e impostergable necesidad exigía la creación de una nueva alianza panhelénica.

En el otoño del año 481 a. C. casi todas las comunas griegas habían recibido de Esparta una invitación a enviar sus representantes al templo de Poseidón en el istmo de Corinto, cerca de la ciudad de Corinto. No todos los invitados, ni mucho menos, respondieron a esta convocatoria; algunos ni siquiera contestaron. Así y todo, el congreso tuvo lugar. En virtud de las resoluciones tomadas en el mismo, quedaban interdictas todas las guerras entre los Estados griegos y las partes en querella debían hacer las paces entre sí. Atenas se reconcilió con Egina. Más aún: los delegados acordaron la formación de una alianza defensiva, las cantidades de guerreros que tendrían que poner en pie de guerra y el sometimiento a un severo castigo de aquellas comunas que voluntariamente se adhirieran a los persas. Finalmente, se tomaron medidas para establecer con más precisión las escalas y el carácter de los preparativos bélicos de los persas. Embajadas especiales fueron enviadas a Argos, Corcira, Siracusa y las ciudades costeras de Creta, para intentar la alianza de las mismas. Los resultados de este procedimiento fueron bastante tristes: Argos, que ya había formalizado anteriormente un acuerdo con los persas, declaró su neutralidad; Siracusa no podía proporcionar ayuda alguna a los griegos, debido a que sus fuerzas estaban trabadas en hostilidades con los cartagineses; Corcira, aún cuando había prometido ayuda, llegó tarde con su flota para la batalla; las ciudades de Creta contestaron con una franca negativa. Y, no obstante, el congreso se efectuó y tuvo un enorme valor: la finalidad en cuyo nombre se habían reunido los delegados de los diferentes Estados griegos, y que Herodoto expresa con las palabras «la de aunar a todos los helenos y actuar, entre todos, en pleno acuerdo», fue conseguida, aún cuando no en forma completa. La conciencia, frente al peligro común, de la unión de los intereses panhelénicos, había encontrado su expresión en la alianza o liga panhelénica. Y dado que tal alianza era considerada como una especie de ampliación de la anterior confederación peloponesiaca, Esparta tomó a su cargo la dirección. Los espartanos Leónidas y Euribíades recibieron los cargos de comandantes supremos de las fuerzas de tierra y de mar, respectivamente, de la alianza.

Las fuerzas armadas griegas. Comienzo de las operaciones bélicas

Herodoto no da noción alguna acerca del alcance numérico del ejército griego; así y todo, en base a sus datos sobre la cantidad de los guerreros griegos que tomaron parte en la batalla de Platea, puede suponerse que el ejército terrestre de los griegos se componía de más o menos unos 35.000 hoplitas y un número igual de guerreros de infantería ligera. En cuanto a la flota, los griegos durante toda la guerra no pudieron exponer más de 366 navíos, de los cuales las dos terceras partes eran atenienses. El congreso de la liga, que volvió a reunirse algo más tarde en la primavera del año 480, elaboró el plan de las operaciones bélicas. A propuesta de Temístocles, con la cual, al parecer, los espartanos se conformaron sólo tras largas vacilaciones, se resolvió trasladar el centro de gravedad de las operaciones hacia el mar; el ejército de tierra firme sólo tenía que servir de protección a la flota y hacer más livianas las operaciones de la misma.

En la temprana primavera del año 480, el ejército persa, bajo el mando del propio Jerjes, se puso en marcha; en mayo los persas cruzaron el Helesponto a través de los pontones y, moviéndose por los caminos costeros de Tracia, alcanzaron, a finales de julio, a Terme. A este punto también arribó la flota que acompañaba al ejército, avanzando al comienzo a lo largo de la costa, y luego por el canal de Atos. De acuerdo con el plan aceptado anteriormente, los griegos resolvieron cerrar, ante el ejército enemigo que avanzaba, aquellos pocos pasos que, desde el Norte, llevaban a la Hélade. En consecuencia, en la misma primavera del año 480 el ejército de la alianza helénica marchó al encuentro de los persas a Tesalia. Los tesaliotas estaban desarrollando un doble juego: por una parte, hacía mucho que estaban en relaciones con el rey persa, y por otra, cuando surgió la alianza panhelénica, se dirigieron a ella en busca de ayuda, prometiendo la suya en el caso de que los griegos lograran impedir a los persas que invadieran Tesalia. El ejército aliado ocupó el desfiladero de Tempe, un paso que comunicaba a Macedonia con Tesalia. Sin embargo, muy pronto se puso en evidencia que era imposible retener esa posición. Los generales griegos se enteraron de que existían otros pasos hacia el interior del país, completamente accesibles para un movimiento envolvente por parte de los persas; además, la conducta de algunas tribus tesaliotas era manifiestamente sospechosa. Y, con la retaguardia carente de seguridad, la defensa del paso de Tempe se volvía arriesgada. El ejército tuvo que retroceder hacia el Sur, dejando en poder de los persas la rica Tesalia, con sus fecundas tierras de labranza y hermosos campos de pastoreo.

La defensa de las Termópilas y el combate del Artemisión

Las fuerzas aliadas griegas se concentraron junto al desfiladero de las Termópilas, en la frontera entre Tesalia y la Grecia central. Los altos cerros, bajando verticalmente casi hasta la misma costa del mar, dejan allí sólo una angosta vereda. Se tomó la decisión de defenderse de los persas precisamente en las Termópilas. Pero los espartanos, que habían prometido enviar fuerzas terrestres, sólo proporcionaron 300 guerreros mandados por el rey Leónidas. Este, a quien se había encomendado el mando de todo el destacamento griego en dicho punto, tenía a su disposición cerca de 5.000 hombres. La flota griega, compuesta de 271 trieres, cuando se recibió la noticia de que Jerjes había llegado a Terme, se hizo a la mar y ancló junto al extremo norte de la isla de Eubea, cerca del promontorio de Artemisión. El comandante de esta flota era el espartano Euribíades; más, en vista de que los atenienses eran los que habían enviado la mayor cantidad de naves (127), fue Temístocles el que, en esencia, desempeñó el principal papel dirigente en las operaciones. Junto al litoral del Ática se habían dejado unas 53 trieres atenienses para cubrir la retirada de la flota en caso de un mal resultado. La flota persa salió al encuentro de los griegos y en el camino sufrió fuertes pérdidas debido a una tempestad. Los persas ocuparon una posición al norte de la de los griegos, en el golfo de Pegaso, al mismo tiempo que sus ejércitos terrestres se acercaron casi al mismo desfiladero en las Termópilas.

En tales circunstancias, las fuerzas de ambas partes enemigas se encontraron enfrentadas en tierra y en mar, y era inevitable una batalla. Sin embargo, Jerjes tardó cuatro días en dar comienzo al asalto de las Termópilas: al parecer, esperaba la salida de la flota, impedida por el mal tiempo. Al quinto día, el ejército terrestre de los persas marchó al asalto; simultáneamente, sus navíos comenzaron la batalla naval con los griegos. En el mar, el combate se prolongó durante tres días enteros y terminó sin un resultado definido. Los griegos no lograron hacer retroceder a los persas ni acudir en auxilio de los defensores de las Termópilas; mas tampoco los persas pudieron derrotar a la flota griega. Al cuarto día, la armada persa ni siquiera se hizo al mar y no efectuó la menor tentativa de perseguir a las naves griegas que iban retirándose. En el ínterin, las tropas de Jerjes asaltaron furiosamente el desfiladero de las Termópilas, pero los ataques se estrellaron uno tras otro contra la inquebrantable firmeza de los guerreros griegos. Sólo debido a una traición, los persas encontraron un camino que llevaba, a través de la montañas, hacia la retaguardia de la posición de las Termópilas, aparecieron a las espaldas de los defensores del desfiladero. En estas condiciones, la resistencia griega se hizo inútil. Leónidas ordenó a los aliados que se retiraran, y él mismo, a la cabeza de sus 300 espartanos, a los cuales se adhirió voluntariamente un destacamento de ciudadanos de Tespias, se quedaron para cubrir la retirada. De acuerdo con la antigua ley espartana, ningún guerrero tenía el derecho a ceder, en ninguna circunstancia: el desprecio general, el vergonzoso apodo de «tembloroso», inclusive la privación de los derechos políticos, era el destino del que violaba esta ley. En el encarnizado y sangriento combate cayó el propio Leónidas, y los sobrevivientes continuaron combatiendo en torno al cuerpo del jefe caído. Cuando se rompieron las lanzas, siguieron peleando con espadas, incluso con los brazos desarmados, hasta que todos cayeron. Los persas obtuvieron esta victoria a costa de enormes pérdidas; allí encontraron la muerte multitud de nobles persas, entre ellos dos hermanos del rey. La heroica hazaña de Leónidas y sus guerreros produjo una impresión extraordinariamente emotiva tanto sobre los griegos como sobre sus enemigos. En el sitio en que se libró la batalla, los griegos erigieron posteriormente un monumento con la figura de un león en la cúspide, y con un texto compuesto por el poeta Simónides:

«¡Oh extranjero: relata a los espartanos nuestra muerte;

Cumplida con honra la ley, aquí yacemos en la tumba!»

Una vez caído el desfiladero de las Termópilas, la permanencia junto al Artemisión de la flota griega, bastante perjudicada en la batalla naval, había perdido valor, e incluso se hizo peligrosa, razón por la cual zarpó apresuradamente a través del golfo de Eubea, de regreso al Ática. El ejército griego no podía ni siquiera pensar aún en librar batalla en campo abierto a un enemigo tan numeroso; tal empresa sólo podía terminar en una rotunda derrota. No había ninguna posición fuerte hasta el mismo istmo de Corinto, que sirviera para una prolongada defensa; en el istmo, la liga del Peloponeso estaba erigiendo en aquel momento, a toda prisa, una línea de fortificaciones.

Beocia dio paso libre a los persas. Una de las causas que movieron a los aristócratas beocios a ponerse del lado de los persas era la esperanza de que mediante la ayuda de éstos lograrían arreglar cuentas fácilmente con el movimiento popular. Por lo demás había una serie de otras causas. Beocia estaba situada en la Grecia central, en la región que sería la primera en sufrir la invasión de los persas, y esa invasión enemiga era especialmente temida por los beocios, agricultores en su aplastante mayoría. Y algo más: el sólo hecho de que sus enemigos jurados, los atenienses, encabezaban aquella lucha contra los persas, inclinaba a los beocios a ponerse de parte de Jerjes. Toda la Grecia central quedó abierta al enemigo, y el ejército persa se movió por el país destruyendo e incendiando todo en su camino. Sólo salió indemne el riquísimo templo de Delfos: Jerjes comprendía demasiado bien su valor y apreciaba sus simpatías hacia los persas. Y a todos los que no deseaban someterse a los persas, no les quedaba otra salida que huir del país llevando consigo todo lo que fuera posible sin riesgos.

En aquel tiempo, Atenas aún no estaba unida por murallas con el Pireo. En caso de ser sitiada la ciudad, la población estaría condenada ineludiblemente a la muerte por inanición. En tan crítica situación, el pueblo y el gobierno atenienses se vieron forzados a adoptar como solución la de abandonar la ciudad y el país al enemigo.

Previamente, en Atenas fue declarada la amnistía general, y se otorgó a todos los que habían sufrido el ostracismo el derecho a regresar a la patria. Bajo la dirección del areópago, en completo orden, sin pánico ni confusión, la población fue siendo evacuada. Cada uno de los evacuados recibía del areópago un subsidio. Los varones fueron dirigidos hacia la flota; los ancianos, las mujeres y los niños, junto con los esclavos y los bienes transportables, fueron llevados a Salamina, Egina y Trecene. Cuando la caballería persa hizo su aparición a la vista de Atenas, la ciudad estaba vacía. Sólo un grupito de fanáticos que había resuelto morir estaba parapetado detrás de los muros de madera de la acrópolis; sin mayor dificultad, los persas le exterminó; la ciudad fue destruida y quemada, toda el Ática fue asolada. La flota persa echó anclas junto al puerto ateniense de Falero.

Los preparativos para la batalla naval

La flota aliada griega se había congregado junto a Salamina. Las pérdidas experimentadas en Artemisión fueron parcialmente subsanadas mediante la reparación de las naves dañadas y con los refuerzos llegados desde Egina y el Peloponeso. Las tentativas de Temístocles de incitar a los jonios que se hallaban en la flota persa, a que se pasaran a la alianza helénica, no tuvieron éxito; sólo cuatro naves enviadas por Naxos, por orden del rey, para ayudar a la flota persa, se adhirieron a los griegos. Según dice Esquilo, la flota griega que tomó parte en la batalla estaba formada por un total de 310 navíos, de los cuales 110 eran atenienses. La posición ocupada por los griegos junto a Salamina era excelente: no sólo permitía defender la isla, en la que había una multitud de refugiados atenienses, sino que estaba en condiciones de impedir a los ejércitos terrestres de los persas el avance hacia las fortificaciones erigidas en el istmo de Corinto. Empero, según Herodoto, muchos estrategas proponían la retirada y que se eludiera la batalla. A pesar de todo, triunfó la opinión de Termístocles, de que era necesario atraer inmediatamente a los persas a una batalla naval.

Herodoto reproduce un relato sobre la manera de que se valió Temístocles, con una hábil estratagema, para decidir el resultado del asunto. Temístocles envió a uno de sus esclavos al rey persa, con el mandato de comunicar a Jerjes, en su nombre, que él simpatizaba con los persas, que entre los griegos reinaban el desánimo y la tristeza y la propensión a dispersarse, presas del más grande terror; y que, por ello, no había más que atacarlos inmediatamente, para que la victoria estuviera asegurada. Al parecer, Jerjes se dejó seducir por la posibilidad de terminar la guerra de un solo golpe: junto al Artemisión, la flota griega había escapado, pero ahora podía rodearla por todos los costados. La armada helénica estaba anclada en una bahía que penetraba profundamente en la costa oriental de la isla, junto a la ciudad de Salamina. Una angosta franja de agua, entre la isla y el continente por el sur, casi encierra el islote de Psitalia, y allí, a lo largo de las costas del Ática, se alinearon en tres filas las naves persas, y en la isla fue desembarcado un fuerte destacamento. Hacia la salida occidental del estrecho, hacia la ciudad de Megara, Jerjes envió un destacamento naval auxiliar para cortar a los griegos la posibilidad de retirada. El ejército terrestre de los persas fue llevado hacia la costa, a la retaguardia de las principales fuerzas de la armada, y el propio Jerjes se ubicó en un alto cerro para poder seguir desde allí el desarrollo de la batalla.

La batalla de Salamina

El 28 de septiembre del año 480, por la mañana temprano, la flota griega en formación de batalla, teniendo en el flanco izquierdo los navíos atenienses y en el derecho los de Esparta y de Egina, fue la primera en avanzar contra los persas, entablándose una encarnizada batalla. Los marineros persas combatieron con extraordinaria tenacidad y valentía. Pero muy pronto se produjo entre ellos gran confusión: en el angosto estrecho, de poquísima profundidad, las filas posteriores de las naves estorbaban los movimientos de las anteriores. Fueron inútiles los esfuerzos de los expertos marinos fenicios, pues, cediendo al ataque de los navíos griegos, la enorme flota persa se amontonó en una masa desordenada. Las naves penetraban ruidosamente en los cuerpos de las otras, encallaban en los bancos de arena y zozobraban en gran cantidad, hundiéndose. Simultáneamente, Arístides, que había aprovechado la amnistía para regresar a su patria en vísperas de la batalla, desembarcó con un destacamento de hoplitas atenienses en Psitalia y aniquiló allí al destacamento persa. Al llegar la noche todo había acabado: la enorme flota persa estaba deshecha, destruida casi por completo. Las naves restantes no se hallaban en condiciones de emprender ninguna operación seria. La flota creada por los atenienses había salvado la independencia de Grecia.

Período que siguió a la batalla de Salamina

La guerra aún no estaba terminada, ni mucho menos. El ejército persa de tierra firme, fuerte y numeroso, continuaba en el Ática, pero las consecuencias de la batalla de Salamina se pusieron de manifiesto inmediatamente. Alarmado por el destino de su monarquía, que podía verse amenazada por la victoriosa flota griega, Jerjes decidió regresar al Asia y, tras entregar el mando sobre el ejército a Mardonio, abandonó Grecia. Al día siguiente de la batalla de Salamina, Temístocles pronunció ante el consejo de guerra un discurso proponiendo enviar la flota griega a apoderarse del Helesponto: con esta operación quedarían cortadas las comunicaciones del ejército persa y paralizadas sus actividades. Pero la Liga del Peloponeso, que aún seguía temiendo una invasión persa por el istmo de Corinto, rechazó el plan por considerarlo demasiado arriesgado. Lo único que pudo lograr Temístocles fue emprender una expedición contra las polis insulares que, como Andros, Paros y Naxos, apoyaban a los persas o guardaban neutralidad respecto a los mismos. Temístocles impuso a tales islas una fuerte contribución, reuniendo así una suma de dinero para la prosecución de la guerra, y estableció en las mismas gobiernos adictos a Atenas.

Los persas, aún después de su desastre en Salamina, no creían completamente perdida su causa: pensaban que podrían quebrantar la resistencia de los griegos mediante una guerra prolongada. Mardonio, habiéndose hecho cargo del mando después de la partida del rey, llevó al ejército desde la devastada Ática hacia la fértil Tesalia, donde pasó el invierno de los años 480—479. Las dificultades que se presentaban al ejército persa eran muy considerables. Desde luego, Mardonio podía volver a ocupar el Ática en cualquier momento, más sin la colaboración de la flota no podía pensar siquiera en abrirse paso a través del istmo de Corinto, sólidamente fortificado. Y debían de transcurrir unos años antes de que se pudieran restablecer las pérdidas causadas en Salamina; momentáneamente, la flota persa sólo podía proteger el litoral del Asia, y antes que nada, a Jonia, en donde una victoria de los griegos podía provocar una sublevación.

Después de haberse disipado el peligro inmediato que se cernía sobre el istmo, los espartanos se inclinaron a aceptar el plan de Temístocles, rechazado por ellos anteriormente, y propusieron el envío de toda la flota griega hacia las costas asiáticas. Pero esta vez fueron los atenienses, que habían comenzado a regresar a su país, asolado después del retiro de los persas, los que se pronunciaron contra ese plan, que les parecía demasiado arriesgado, puesto que los persas podían aparecer nuevamente en el Ática en cualquier momento. Temístocles fue separado del comando, ocupando su lugar Arístides. Al fin, los griegos se limitaron a una medida a medias: parte de la flota quedó anclada junto a las costas de Grecia, y la otra parte, más o menos unas 110 trieres, bajo el mando del rey espartano Leotíquidas, se dirigió hacia la isla de Delos. Al ocupar esta posición, la flota mencionada podía, en caso necesario, regresar inmediatamente a Grecia, y, al mismo tiempo, ofrecía una amenaza directa al litoral del Asia Menor. De una u otra manera, Mardonio debía tener presente esta amenaza. El jefe persa, antes de emprender operación bélica alguna, resolvió hacer lo posible para separar a Atenas de la alianza panhelénica. Por encargo de Mardonio, el rey macedonio Alejandro, aliado de Persia, que anteriormente había mantenido relaciones amistosas con los atenienses, se dirigió a Atenas e hizo la siguiente proposición al gobierno: Atenas obtendría la absoluta independencia, todas las ciudades asoladas serían restablecidas por cuenta de los persas; aún más, Jerjes se comprometía a anexar a Atenas cualquier territorio que ésta apeteciera, todo ello a condición de establecer inmediatamente una alianza militar con Persia.

Pese a tales propuestas, el Gobierno ateniense no aceptó traicionar la causa de la defensa panhelénica; para los políticos atenienses era claro que, existiendo el dominio persa en el resto de Grecia y en el Helesponto, la prometida «independencia» no sería más que una sarta de palabras huecas. La misión de Alejandro terminó en un rotundo fracaso. Los aliados griegos de Mardonio aconsejaron a éste que enviara embajadores a otras ciudades griegas, a la nobleza local de cada una de ellas, para asegurarse el apoyo de las mismas, pero, según relata Herodoto, Mardonio no hizo caso de ese consejo.

La guerra, pues, continuó. Los atenienses hicieron una tentativa de aprovechar las negociaciones entabladas con Persia, con el fin de poder ejercer presión sobre Esparta; se necesitaba que la Liga del Peloponeso encaminara sus ejércitos hacia la Grecia Central. Más tales tentativas no tuvieron éxito; con los más diversos pretextos, la Liga del Peloponeso eludía una campaña, pues no deseaban abandonar el fortificado istmo de Corinto. A finales de junio del año 479 Mardonio dio comienzo al avance y ocupó, sin obstáculo alguno, toda el Ática; los atenienses volvieron a verse en la necesidad de huir a Salamina. Mardonio ofreció, por última vez, la paz reiterando sus condiciones anteriores, pero los atenienses se mantuvieron inquebrantables en su negativa. A propuesta de Arístides, se envió a Esparta una embajada extraordinaria formada por Cimón, hijo de Milcíades, Jantipo y Mirónidas, con la exigencia de que se hiciera avanzar inmediatamente las tropas, en son de ataque; en caso contrario, los atenienses amenazaban pasarse a los persas. La amenaza tuvo efecto, puesto que en caso de defeccionar Atenas y la flota ateniense, Esparta quedaría indefensa. Comprendieron allí que no era posible tardar más. Fue declarada en el Peloponeso la movilización general, y las fuerzas aunadas de la Liga del Peloponeso, mandadas por Pausanias, regente espartano (el rey era menor de edad), cruzaron el istmo y comenzaron el avance. Mardonio no pudo sostenerse por más tiempo en el Ática asolada y ocupó una posición apta para las operaciones de su caballería: la llanura junto a los contrafuertes de la cordillera de Citerón, cerca de la ciudad de Platea. El ejército del Peloponeso, uniéndose a los atenienses en la llanura de Eleusis, siguió a los persas.

La batalla de Platea

Por lo general, Herodoto exagera la cantidad de hombres de los ejércitos persas que se hallaban junto a Platea; según sus cálculos, Mardonio tenía 300.000 guerreros asiáticos y cerca de 50.000 hombres enviados por Tesalia, Tebas y otras polis griegas que apoyaba a Persia. Pero Mardonio apenas podría disponer en aquel momento de 40.000 a 50.000 guerreros, a los que se habían unido unos pocos miles más de griegos, pues han de haber repercutido sobre su número las pérdidas inevitables durante las marchas prolongadas, la necesidad, no menos ineludible, de dejar fuertes guarniciones en las ciudades y tierras conquistadas a lo largo de las vías de comunicación infinitamente extensas y, finalmente, el hecho de que hubo que separar una parte de los ejércitos para acompañar a Jerjes. Las cifras traídas por Herodoto respecto al ejército griego son más fehacientes, calcula exactamente 38.700 hoplitas, 35.000 ilotas y 34.500 guerreros más de infantería ligera; en consecuencia, cerca de 110.000 guerreros. Aún haciendo caso omiso de la cantidad de ilotas, tomada arbitrariamente por Herodoto, y calculado siete de ellos por cada espartano, siempre puede admitirse que el ejército griego contaba con cerca de 30.000 hoplitas y, probablemente, igual número de infantería ligera. Como en los casos anteriores, los griegos carecían de caballería. De esta manera, las fuerzas de ambos enemigos apostados junto a Platea eran más o menos iguales. La superioridad de los persas residía en las fuerzas de caballería y en la gran movilidad de sus destacamentos, pertenecientes a diferentes tribus y pueblos; era precisamente esta superioridad la que Mardonio quiso aprovechar en todo su alcance. Permaneció en la llanura dejando a los griegos la iniciativa de atacar para colocarles en una situación desventajosa. El jefe griego Pausanias comprendió, sin embargo, no menos que su adversario, el valor de estas circunstancias. Habiendo dispuesto sus ejércitos permanecieron, uno frente al otro, durante varios días. Por otra parte, Mardonio, haciendo uso de su caballería, intentó provocar al enemigo para que aceptara la batalla. Los jinetes persas, en un ataque imprevisto, desbarataron un destacamento de megarienses que se hallaba en los puestos de avanzada, mas los atenienses, que supieron llegar a tiempo, pudieron rechazar y poner en fuga a aquéllos. Después de eso, Pausanias se adelantó un poco ocupando posiciones en la cresta de las colinas, en el mismo extremo de la llanura; este traslado podía finalmente incitar la enemigo a entrar en batalla, sin privar al mismo tiempo a los griegos de las ventajas que ofrecía la defensa. Se renovó la ansiosa espera. Entre los griegos se dejó oír un creciente murmullo de descontento. Por cierto que Pausanias estaba en condiciones de mantener a los guerreros bajo su control, no obstante la conducta provocadora y las burlas de los enemigos; pero los griegos sufrían mucho debido a la escasez de víveres y, principalmente, porque la milicia civil trataba de regresar lo más pronto posible a sus casas. Según cuenta Plutarco, en el campamento, cerca de Platea, los aristócratas habían formado una conjuración para derrocar la democracia y para «entregar a los suyos en manos de los bárbaros». Pero aunque la conjuración fue descubierta a tiempo, estaba claro que la situación era amenazadora.

Los generales griegos se decidieron a efectuar una osada maniobra: la flota anclada junto a la isla de Delos recibió la orden de zarpar y dirigirse hacia las costas del Asia. Al parecer, fueron los mismos griegos los que se encargaron de notificar de ello a Mardonio. El jefe persa tenía que actuar; era necesario destruir el ejército griego, para poder lanzar luego una parte de sus fuerzas en defensa de Asia. Precisamente en aquellos días los jinetes persas habían logrado cegar el arroyo del que sacaban agua los espartanos. Pausanias fue forzado a abandonar su posición y retroceder hacia Platea. Por razones de cautela, los griegos empezaron el traslado de noche, mas hacia el alba la retirada no había terminado aún. Mardonio resolvió que había llegado el momento favorable, pues los griegos, habiendo roto la línea de combate, se movían en destacamentos aislados. Los persas cruzaron el río Asopos y se arrojaron al ataque. Sus unidades seleccionadas fueron dirigidas sobre el núcleo básico del ejército griego, sobre los espartanos. Mas allí se puso de manifiesto, con todo brillo, la férrea disciplina de los hoplitas espartanos, que bajo una verdadera granizada de flechas permanecieron inmóviles en sus lugares. Sólo cuando los persas se acercaron a una distancia relativamente corta y sus flechas se habían vuelto especialmente mortíferas, Pausanias dio la señal de ataque. Tomó en cuenta la experiencia de Milcíades y supo aprovecharla. Igual que en la batalla de Maratón, los persas, aún cuando combatían valientemente, no pudieron sostener el terrible golpe asestado por las cerradas filas de los hoplitas, cubiertos de hierro. Mardonio, encabezando un destacamento seleccionado, combatía heroicamente, pero cayó en el campo junto con sus compañeros de armas, y las fuerzas persas huyeron. Ciertamente, su caballería supo cubrir la retirada. El capitán Artabaces, que había reemplazado a Mardonio, reunió a los guerreros que habían salido ilesos del combate y los llevó a marchas forzadas, a Tesalia, y de allí a Tracia. El campamento fortificado de los persas, junto con un incalculable botín, cayó en manos de los vencedores.

Para celebrar el triunfo de Platea, los griegos erigieron en el mismo campo de batalla altares en honor de Zeuz—Eleuterios (libertador). Los ciudadanos de Platea, que habían combatido valientemente sobre su suelo patrio, fueron puestos bajo la protección especial de toda la alianza helénica. El botín tomado a los persas en esa batalla fue utilizado para la erección de una columna de bronce, en forma de tres serpientes entrelazadas. Sobre la misma fue colocado un trípode de oro y se le grabó una inscripción que enumeraba a las 31 ciudades que habían participado en la batalla. En primer lugar fueron nombradas Esparta, Atenas y Corinto.

Después de la victoria de Platea, el ejército griego emprendió la marcha hacia Tebas, baluarte de la influencia persa en Grecia. Tras prolongado asedio, los tebanos se vieron obligados a capitular y a entregar a los cabecillas del partido persófila. Los traidores fueron ejecutados y la ciudad de Tebas quedó excluida de la alianza beocia, a cuya cabeza se hallaba antes. Grecia fue liberada y los ejércitos aliados regresaron a sus respectivas ciudades.

La batalla de Micala

Aún cuando los ejércitos de Pausanias y de Mardonio se hallaban uno frente al otro en Platea, la flota griega, bajo el mando del rey espartado Leotíquidas y del estratega ateniense Jantipo, se había dirigido hacia las costas de Jonia. La flota persa se hallaba en aquel momento junto a las costas de Samos, mas no se decidió a entrar en combate con la armada griega que estaba acercándose, lo cual se explica por el hecho de que una considerable parte de esa flota (precisamente, los barcos fenicios) ya había sido enviada a su patria, y las naves que quedaban habían sido sacadas a tierra firme, cerca del promontorio de Micala. Para cubrirla fue concentrado allí un pequeño ejército persa terrestre, que se ubicó en un campamento fortificado. Los griegos, que habían entrado antes en relaciones con los jonios, partidarios de que se hiciera inmediatamente una sublevación contra los persas, efectuaron sin ser estorbados un desembarco. Sin la menor demora, dio comienzo un asalto a las fortificaciones persas. Los jonios que se hallaban en el campamento de los persas se alzaron en armas contra ellos, atacándolos desde la retaguardia. El ejército persa fue masacrado hasta el último hombre. Simultáneamente, la flota persa fue capturada y entregada al fuego. En directa combinación con la derrota de los persas en Micala, en las ciudades de Jonia estallaron sublevaciones contra el dominio persa: las guarniciones fueron masacradas, los lugartenientes fueron expulsados y las islas de Quíos, Lesbos y Samos se adhirieron a la alianza griega.

También hay que tomar en cuenta que, después de la batalla de Hímera, también los griegos de Sicilia habían puesto a buen recaudo su tierra contra las amenazas de una invasión enemiga. Hay que subrayar que la derrota de los persas fue al mismo tiempo una derrota en el interior de las ciudades griegas, de los ánimos persófilas de la aristocracia, lo cual eliminaba uno de los obstáculos en el camino del desarrollo ulterior del movimiento democrático.

Las victorias de los griegos de los años 480—479 fueron, en esencia, las que decidieron el resultado de las guerras greco—persas. Muy poco después, en el territorio de la Grecia europea no quedaba ni un solo guerrero enemigo. La ofensiva había pasado íntegramente a los griegos y, debido a ello, las operaciones bélicas se concentraron perfectamente en el mar, en forma de campañas navales a intervalos, bastante considerables a veces. Las victorias griegas en las guerras greco—persas encuentran su explicación en una serie de causas históricas. Todo el régimen de la vida económica y social de Grecia había alcanzado, hacia comienzos del siglo V a. C., un nivel muy superior al de la monarquía persa que incluía, por la fuerza, a muchas tribus y naciones que no estaban ligadas entre sí mediante una unidad de base económica. Los ejércitos reclutados entre esas tribus y naciones no sólo no se hallaban interesados en la victoria de la monarquía persa, sino que soportaban el dominio de la misma como una pesada carga. En cambio, los guerreros griegos combatían por la libertad e independencia de su patria, animados de un elevado sentimiento patriótico. La victoria final de los griegos en estas guerras abrió ante ellos amplias perspectivas para el libre desarrollo de las fuerzas productivas, y constituyó una de las mas importantes premisas para el ulterior florecimiento de la economía y la cultura griegas.