IX
LAS GUERRAS GRECO—PERSAS
4. La primera y segunda campañas de Darío
La campaña contra Grecia requería de los persas la realización previa
de algunas medidas. Era necesario establecer firmemente el orden en Jonia,
prevenir la posibilidad de una nueva sublevación y convertir a ese país en una
sólida y segura base para el desenvolvimiento de las operaciones ofensivas. A
la orden de Darío, Artafernes reunió en Sardes a los representantes de las
ciudades insurrectas, y se les declaró que estaba prohibida toda acción hostil
entre las comunas griegas en Jonia, y que, en caso de haber algún conflicto
entre ellas, se les ordenaba acudir a la mediación del sátrapa. El capitán
persa Mardonio, cuñado de Darío, que había llegado a Jonia en el año 492
a. C., de paso hacia Tracia, concluyó la reorganización política de las
ciudades jonias mediante una osada reforma: privó de poder en ellas a la mayor
parte de los tiranos y restableció la democracia. Es difícil emitir juicio
acerca del éxito de dichas reformas desde el punto de vista de los intereses
persas; pero, sea como fuere, Jonia, debilitada por la fracasada sublevación,
había quedado firmemente asegurada en poder de los persas.
Hacia la primavera del 492 a. C. concluyeron los preparativos, y
Mardonio, al que se había encomendado la dirección de las operaciones bélicas,
pudo emprender la marcha. Según dice Herodoto, la finalidad de esta campaña era
la de subyugar a la mayor cantidad posible de ciudades griegas. El plan de la
campaña tenía prevista una acción conjunta del ejército y de la armada: el
primero tenía que avanzar a lo largo de la costa de Tracia, bajo la protección
de la segunda. La campaña comenzó con todo éxito: fueron conquistadas varias
islas, entre ellas Tasos, y también fue sometida la sublevada tribu tracia de
los brigos. Los fracasos comenzaron para la flota persa en el camino de
regreso: junto a la península Calcídica, cerca del promontorio de Atos, que
gozaba de muy mala fama entre los marinos griegos, la flota fue destruida por
una tormenta; se hundieron hasta 300 naves y perecieron más de 20.000 hombres.
El ejército de tierra firme, que había cruzado el Helesponto, atravesó Tracia y
Macedonia; mas durante la prolongada marcha sufrió considerables pérdidas en
pequeños pero ininterrumpidos encuentros con las tribus tracias. Los restos de
la flota destruida por la tempestad no podían prestar ayuda valedera alguna al
debilitado ejército, en virtud de lo cual Mardonio decidió desistir de la
campaña y regresar.
La segunda campaña
El fracaso de la campaña del año 492 no hizo desistir a Darío de su
resolución de subyugar a Grecia; durante el año 491 efectuó grandes
preparativos para una nueva campaña. A la par de los preparativos bélicos, fue
realizándose también una serie de preparativos diplomáticos; en nombre del rey
fueron enviados embajadores a las islas del mar Egeo y a los Estados de la
Grecia europea, exigiendo «tierra y agua», símbolo de sumisión. Las islas,
entre ellas Egina, dieron inmediata satisfacción a dicha exigencia; su ejemplo
fue seguido por una considerable parte de las comunas de la Grecia
septentrional. Pero en Atenas y en Esparta los embajadores persas fueron
muertos; al parecer, los partidarios de ofrecer resistencia armada a los persas
habían querido cortar por lo sano cualquier posibilidad, en el futuro, de
efectuar negociaciones de ninguna naturaleza con ellos.
En el ínterin se reunió en Cilicia el ejército persa alistado para la
campaña, teniendo a la cabeza a los generales Datis y Artafernes. El comando
persa comprendió acertadamente cuáles habían sido las causas básicas de los
fracasos de Mardonio: se habían invertido varios meses en la marcha de rodeo,
sumamente dificultosa, a través de Tracia, al tiempo que la poderosa flota
quedaba expuesta a todos los azares de una prolongada navegación a lo largo de
costas sumamente peligrosas. Esta vez se resolvió trasbordar al ejército persa
por vía marítima hasta el Ática, en el corazón mismo del país enemigo; por este
medio, las fuerzas enemigas serían desorganizadas y la aparición de las huestes
persas en el territorio de la Grecia balcánica tendría la virtud de movilizar
más activamente a todos los partidarios de Persia. De su parte se hallaba, en
muchas ciudades griegas, la aristocracia que alentaba la esperanza de conservar
mediante el respaldo persa su anterior predominio político en la lucha contra
el demos. Esto se observaba, en primer lugar, en Tesalia y Beocia. Para
transportar los ejércitos persas se reunió junto a las costas del Asia Menor
una considerable armada, cuyos efectivos Herodoto apreció en 600 trieres, auque
es posible que tal cifra haya sido un tanto exagerada. Al parecer, se trataba
casi exclusivamente de naves cargueras, y no de combate. En cuanto a la
potencia terrestre de los ejércitos persas, Herodoto nos informa que «eran
enormes y muy bien armados». Las cifras que mencionan los historiadores posteriores
son: de 200 a 300 millares de infantes y 10.000 caballeros; pero tales cifras
son evidentemente inverosímiles. Los persas apenas pudieron embarcar a más de
15.000 soldados de infantería, en su mayor parte arqueros, y entre 500 y 800
jinetes, pues las dificultades de transporte naval de considerables masas de
ejército, especialmente de caballería, eran extraordinariamente grandes en la
antigüedad. Al ejército persa se le unió también Hipías, el tirano griego que
había sido expulsado de Atenas y cuya aparición en el Ática tenía que facilitar
las operaciones de los persas, puesto que en Atenas le quedaban aún no pocos
partidarios.
A comienzos del verano del año 490 a. C. la armada persa zarpó de
Cilicia y, a través de Rodas, se dirigió primeramente contra Naxos, castigando
a esta isla por la resistencia que le ofrecía en el año 500; y luego, a a
través de Delos, hacia el extremo meridional de Eubea. La ciudad de Caristos,
allí situada, que intentó ofrecer cierta resistencia, fue obligada a capitular
tras un breve asedio. La flota persa se dirigió a Eretria, entre cuyos
pobladores, igual que entre los atenienses, había una considerable cantidad de
partidarios de Persia. Eretria no podía esperar una ayuda efectiva de parte de
otras localidades de Grecia; inclusive, un destacamento auxiliar despachado por
los atenienses, al enterarse de las vacilaciones de los eretrios, emprendió el
regreso al Ática. No obstante, se hizo una tentativa de resistir a los persas,
pero tras librar algunos combates durante seis días junto a las murallas de la
ciudad, los aristócratas locales —partidarios de Persia— abrieron las puertas y
dieron paso al enemigo. Eretria fue tomada y destruida, y sus moradores
trasladados a Persia, donde se les vendió como esclavos. De esta manera, Eubea
se había transformado en excelente base para las ulteriores operaciones bélicas
de los persas. En estas condiciones, ya era factible intentar un desembarco en
la misma Ática.
Por consejo de Hipias, el desembarco fue realizado en una llanura
cercana a Maratón, a unos 40 kilómetros de Atenas. Debido a la carencia de una
flota más o menos considerable, los atenienses no pudieron impedir dicho
desembarco, con lo cual los cálculos de los persas resultaron momentáneamente
justificados: el enemigo fue alcanzado por sorpresa, y no podía hablarse
siquiera de resistencia planeada alguna de parte de los griegos. Ciertamente,
cuando la noticia acerca del desembarco persa llegó a Atenas, se envió
inmediatamente un mensajero corredor a Esparta, con el pedido de auxilio; pero
los espartanos se negaron a proporcionarlo inmediatamente, pretextando que,
según el hábito existente entre ellos, no se podía emprender campaña alguna
antes del plenurio. De modo que Atenas podía contar tan sólo con sus propias
fuerzas; únicamente Platea envió un destacamento auxiliar que, sin embargo, se
unió a los atenienses sólo en el campo de batalla.
A la asamblea popular ateniense se le presentó la tarea de dar
solución a una cuestión fundamental: ¿esperar al enemigo dentro de las murallas
de la ciudad, o marchar a su encuentro? Después de muchas controversias, se
resolvió presentar batalla a los persas en campo abierto. Milcíades insistía en
una salida inmediata, señalando que toda demora podía dar ánimos a la actividad
de los elementos persófilas en Atenas, y llevar a una catástrofe.
En las obras de Herodoto no hay datos acerca de los efectivos
numéricos del ejército ateniense; sin embargo, los escritores posteriores
informan que la cantidad de los guerreros atenienses llegaba a unos 9.000 ó
10.000 hombres. Dado que, probablemente, se trate sólo de la fuerza fundamental
de combate, los hoplitas, hay que añadir a los mismos cierta cantidad de
peltastas (infantería ligera) y de esclavos. Pausanias, escritor del siglo ii
de nuestra era, nos dice que en la batalla de Maratón fue la primera vez que
los esclavos combatieron al lado de los helenos libres. Los informes de los
historiadores de la antigüedad, según los cuales la cantidad de guerreros que
formaban el destacamento auxiliar de Platea llegaba a unos mil, son sin duda
exagerados, pues Platea no podía poner en pie de guerra semejante cantidad de
combatientes. El lugar de la batalla en ciernes, la llanura de Maratón,
bordeada por el sur, el oeste y el norte por los contrafuertes del Pentelicón y
del Parneto, y por el este por el mar, tiene nueve kilómetros de longitud y
tres de ancho. La parte norte de la llanura está ocupada, en sus tres cuartas
partes, por marismas y la del sur forma una terraza que desciende gradualmente
hacia el mar. Los persas desembarcaron en la parte norte, sobre una lengua de
tierra muy angosta, situada entre las marismas y el mar, una posición
excelentemente fortificada por la misma naturaleza. La posición que tomaron los
griegos no aparece aclarada hasta ahora con precisión en la literatura
científica. Herodoto se limita a indicar que los atenienses se situaron en las
cercanías del Heracleón (templo de Heracles); pero esta versión carece de
valor, puesto que se ignora dónde se hallaba dicho templo. La suposición más
verosímil es la de que ocuparon el cerro situado en la parte sur de la llanura
de Maratón, cerro que se eleva unos 850 metros sobre la llanura, dominando la
gran vía que llevaba hacia Atenas, y que, en virtud de ello, constituía la
posición más natural para los atenienses, ya que debían cortar al enemigo el
camino hacia el corazón de su país. El campamento de los persas se hallaba
hacia el norte de los atenienses, detrás de los pantanos; entre ambos ejércitos
se extendía la llanura, llamada a ser el campo de batalla.
La batalla de Maratón tuvo lugar el 13 de septiembre del año 490
a. C. El relato de Herodoto, en sus rasgos fundamentales, se reduce a lo
siguiente: después de la llegada del ejército griego a Maratón, surgieron entre
los estrategas, encabezados por el polemarca Calímaco, prolongadas discusiones
acerca de si se debía o no ofrecer batalla.
Finalmente, se impuso la opinión de Milcíades de ofrecer batalla de
inmediato. Muy pocos días después, Milcíades llevó a la llanura el ejército
alineado en orden de combate y, con una marcha rápida, acelerada, atacó
precipitadamente a los persas que se hallaban a una distancia de uno a uno y
medio kilómetros. Se entabló un combate encarnizado, durante el cual el centro
de los griegos fue roto por los persas. En cambio, en ambos flancos, el triunfo
correspondía a los griegos, quienes se dirigieron entonces contra el centro
enemigo, completando la destrucción del ejército persa. Los persas, batidos y
acosados por los vencedores, se dirigieron a toda carrera hacia sus naves, y
las restantes lograron escapar. En el campo de batalla cayeron 6.400 persas y
solamente 192 atenienses, entre ellos el polemarca Calímaco.
El relato de Herodoto transmite, en rasgos generales, correctamente la
marcha de los acontecimientos. Queda aclarada la causa que había obligado a los
atenienses a atacar a los persas, sin esperar a ser atacados por los mismos. Al
reproducir el discurso pronunciado por Milcíades en el consejo que celebraron
los estrategas, Herodoto pone en sus labios las siguientes palabras: «Si no
ofrecemos batalla, estoy seguro de que las mentes de los atenienses serán presa
de grandes perturbaciones, inclinándolas hacia los persas; en cambio, sin
entramos en batalla antes de que se manifieste la escisión entre ciertos atenienses,
con la ayuda de los dioses justicieros podremos salir victoriosos de este
combate.» Resulta así que no fueron consideraciones militares propiamente
dichos sino puramente políticas, las que impulsaron a los griegos a abandonar
sus posiciones bien defendidas y atacar a los persas en la llanura: aquellas
consideraciones fueron, antes que ninguna otra, las de la inestabilidad de la
retaguardia. Al parecer, aún antes, varias veces, posiblemente a diario, los
persas hacían salir a la llanura sus ejércitos alineados en orden de combate,
provocando a los griegos. Según Herodoto, Milcíades extendió las filas de sus
hoplitas, inferiores en número a los persas, en línea de combate igual a la del
enemigo; con esto, el centro griego resultó considerablemente debilitado; en
cambio, los flancos fueron reforzados por Milcíades, quien dio a sus filas la
máxima densidad. Una vez alineada, la falange griega avanzó al encuentro de los
persas. La masa básica de la infantería persa, como ya se ha dicho, estaba
compuesta de arqueros, cuyas flechas eran eficaces sólo a una distancia de unos
cien metros. Esta distancia falta había obligado, al parecer, a Milcíades, a
hacer cruzar a sus hoplitas a toda carrera, para evitar grandes pérdidas y para
hacer el ataque más impetuoso.
¿Cuál es la causa de que los persas, cuando el ejército ateniense se
les venía encima, no intentaron arrojar su caballería contra los flancos
enemigos? Algunos investigadores consideraban que los caballeros debían ser
ubicados en los flancos de la línea de fuego; pero tal alineamiento en la
antigüedad comenzó a aplicarse, como regla general, en tiempos muy posteriores:
a partir de los de Alejandro de Macedonia. En los siglos VI y V, en el ejército
persa formado por destacamentos de diferentes nacionalidades, la caballería
ocupaba generalmente lugares en la línea de combate, alternando con la
infantería de su misma procedencia; y las partes seleccionadas de la misma,
encabezadas por el capitán general, o por el propio rey, se hallaban en el
centro. Aparentemente, tal fue el alineamiento de los persas, también en la
batalla de Maratón. Herodoto señalaba que en el centro estaban apostados los
persas propiamente dichos, y precisamente allí fue donde los atenienses
sufrieron al comienzo un descalabro. Después de que en lucha encarnizada los
hoplitas griegos hubieron batido a los flancos persas, y de que inmediatamente
la misma suerte cupiera también al centro persa, los vencidos, según dice
Herodoto, emprendieron precipitada huida hacia las naves. Entre el lugar del
combate y el campamento persa había un obstáculo natural: un pequeño riachuelo;
es posible que los persas lo hubieran utilizado colocando allí una especie de
protección defensiva. Sea como fuere, transcurrió un tiempo antes de que los
griegos, algo desconcertados por el combate, pudieran superar dicho obstáculo.
Y fue precisamente ese lapso el que aprovecharon los persas para embarcarse, de
manera que cuando los griegos se abrieron finalmente camino y se llegó a
reiniciar la lid junto a las naves, el botín caído en sus manos ya no fue muy
considerable. Es factible suponer que la cifra de las pérdidas atenienses, 192
caídos en el campo de batalla, más unos centenares de heridos, también se
encuentra objetivamente señalada por Herodoto; los dardos persas sólo raras
veces herían mortalmente a los hoplitas griegos, bien protegidos por sus
armaduras. En conclusión, el relato de Herodoto, a pesar de algunas
exageraciones y omisiones, engendradas por los sentimientos patrióticos del
autor, nos da realmente una imagen verosímil de la batalla de Maratón.
La derrota experimentada no obligó, sin embargo, a los persas a
deponer inmediatamente las armas y a renunciar a nuevas operaciones bélicas.
Persia contaba con partidarios en Atenas, aquellos que se adherían a la causa
de los Pisistrátidas y de los Alcmeónidas; y tales cálculos no eran infundados,
ni mucho menos. Herodoto señala inclusive que alguno de los traidores había
colocado en una de las alturas un escudo, señal convencional por medio de la
cual informaba a los persas que en la ciudad estaba todo preparado para una
revuelta; el rumor popular acusaba insistentemente de tal traición a los
Alcmeónidas. Sea como fuere, la flota persa, habiendo zarpado de Maratón,
bordeó el promontorio de Sunio y se dirigió directamente a Atenas. Los
estrategas atenienses habían comprendido los planes de los persas; su ejército,
sin la menor demora, emprendió el regreso y, avanzando a marcha forzadas, llegó
a Atenas antes que los partidarios de los persas hubieran podido consumar su
conato de traición. Por ello, cuando la armada persa penetró en la bahía de
Falero, la ciudad ya se hallaba debidamente protegida, con una defensa segura y
sólida. Los persas no se arriesgaron a hacer un desembarco y, tras haber
permanecido unos días a la vista de Atenas, zarparon hacia el Asia Menor.
Causas de la derrota
de los persas. El papel de Milcíades y su destino
Así terminó la campaña del año 490 a. C. La derrota de Maratón
había asestado un golpe irreparable a las operaciones bélicas de los persas,
que con tanto éxito se habían desarrollado hasta entonces. En Maratón se puso
en evidencia la superioridad de la milicia democrática de los ciudadanos
atenienses, sobre los persas, pues aquélla defendía con tesón el suelo patrio
contra las invasiones de un enemigo. En la batalla de Maratón igualmente se
puso en evidencia la superioridad de las armas y de la táctica griegas: el
violento ataque y presión de orden cerrado de los hoplitas deshizo a la informe
masa de los arqueros persas y sus jinetes. Grandes fueron también los méritos
de Milcíades, quien supo apreciar acertadamente el peligro de los enemigos
internos y, en el campo de batalla, supo insistir en la osada decisión de
atacar al enemigo, sin esperar que éste atacara primero. Con valentía no menor,
Milcíades adoptó la decisión de debilitar algo el centro de la línea de combate
para reforzar los flancos y, finalmente, llevando a último momento la marcha de
los hoplitas a un acelerado ritmo de carrera, convirtió su embestida en algo
semejante al golpe de un ariete.
Poco después de Maratón abandonó la arena histórica. Recibió de Atenas
en calidad de préstamo una cantidad de dinero, y a su propio riesgo emprendió
una campaña contra la isla de Paros, a pretexto de castigar a sus habitantes
por la ayuda prestada a los persas. La expedición terminó en un fracaso.
Milcíades fue gravemente herido y, a su regreso a Atenas, fue acusado por los
Alcmeónidas y sometido a juicio. Sus acusadores exigieron la pena capital por
haber engañado al pueblo ateniense. Los destacados méritos de Milcíades lo
salvaron de la muerte, pena que fue sustituida por una enorme multa, la que no
tuvo que pagar porque poco después del proceso falleció (en el año 489) a
consecuencia de la herida que recibiera durante la expedición a Paros. La
batalla de Maratón tuvo un gran valor y significación, porque disipó ante los
ojos de los griegos, la aureola de invencibilidad que rodeaba al ejército persa
y probó la posibilidad de luchar con éxito contra la poderosa monarquía.