IX
LAS GUERRAS GRECO—PERSAS
3. La lucha política en los Estados griegos
Después de haber sido aplastada la rebelión jónica, apenas si podía
dudarse de que el rey persa no dejaría sin atender la participación en ella de
Atenas y de Eretria.
En aquel tiempo, en Atenas había vuelto a enardecerse la lucha política.
Los Alcmeónidas, que habían insistido en prestar apoyo a los rebeldes, fueron
desplazados por los partidarios de los Pisistrátidas. Hiparco, hijo de Carmos,
que los encabezaba, fue electo primer arconte para el período 496—95;
evidentemente, la mayoría del pueblo, que no creía que la rebelión fuera a
tener éxito, estaba en favor de la no intervención en los asuntos de los
griegos jonios. Después de la destrucción de Mileto, que se encontraba en
relaciones amistosas con Atenas, también sobre ésta comenzó a cernirse el
peligro. Y acabó por surgir la cuestión de la defensa inmediata y directa de
Atenas. A finales de la última década comenzó a predominar una agrupación a la
que podría denominarse «agrupación marítima». Su jefe era Temístocles, hijo de Neocles,
arconte en el 493—492. Temístocles y sus partidarios pensaban que los
atenienses debían de orientar sus principales esfuerzos a la creación de una
flota marítima, pues la lucha contra los persas sólo culminaría triunfalmente
si los atenienses se hacían fuertes en el mar. Contra este programa se
pronunciaron la aristocracia terrateniente de Atenas y una parte del
campesinado, encabezados por Milcíades, descendiente de Milcíades el Mayor, que
fuera expulsado de Atenas por Pisístrato. Después de la rebelión, Milcíades el
Menor, salvándose de los persas, regresó a Atenas con las riquezas que había
atesorado en Quersoneso. Emprendió una campaña contra Temístocles, sosteniendo
que los atenienses debían preocuparse, en primer término, de crear una milicia que
estuviese capacitada para hacer frente al ejército persa. Finalmente, éste fue
el plan que aceptó el pueblo de Atenas.
Al lado de estas dos facciones que representaban, una, los intereses
de la población ateniense relacionada con la actividad artesanal y con el
comercio marítimo y, en consecuencia, desvinculada de la tierra, y otra, los
intereses de los terratenientes, existían en Atenas elementos partidarios de
los persas. A estos últimos pertenecían muchos de los que antes apoyaban a los
Pisistrátidas y que quizá ahora tenían vínculos secretos con Hipias. A ellos
estuvieron plegados durante un tiempo los Alcmeónidas, llevados por una
irreconciliable enemistad hacia Milcíades.
La lucha intestina en
Esparta y otros Estados griegos
Al comenzar el siglo V Esparta sostenía una tensa lucha contra Argos.
El enérgico rey espartano Cleómenes había logrado asestar a Argos un golpe
demoledor. Alentado por este éxito, Cleómenes, que en su momento había negado
ayuda a los jonios, se convirtió en un ardiente partidario de la guerra contra
Persia, creyendo evidentemente que de resultas de esta guerra se convertiría en
jefe y conductor de toda Grecia. Aceptó de buen gusto la propuesta del gobierno
ateniense de emprender una expedición contra la isla de Egina, que había
exteriorizado su sumisión al rey persa: los intereses mercantiles de Egina, que
competía con Atenas, exigían mantener relaciones pacíficas con Persia. Empero,
la empresa fracasó debido a la oposición tenaz y sistemática de Demarato, el
otro rey espartano, quien logró hacer llegar a Egina una comunicación según la
cual Cleómenes obraba por iniciativa propia y no por encargo de la
confederación peloponesiaca. Cleómenes regresó de prisa a Esparta y supo
conseguir que se despojara del poder real a Demarato, quien huyó a Persia. Su
lugar lo ocupó Leotíquidas, partidario de Cleómenes. Este emprendió una nueva
expedición contra Egina, obligándola a someterse y a entregar a unos rehenes
que tenía en su poder. No obstante, la lucha interior continuaba en Esparta;
muy pronto los éforos pudieron establecer que Cleómenes había recurrido al
soborno para lograr la eliminación de Demarato. Cleómenes se vio forzado a
alejarse a Tesalia, desde donde se trasladó a Arcadia. Aquí se dedicó
enérgicamente a instigar a los arcadios para que libraran campañas hostiles
contra Esparta, en donde, a la vez, trataba de atraerse a los ilotas. La actividad
de Cleómenes había adquirido un carácter muy peligroso para Esparta, a tal
punto que los éforos decidieron que lo mejor sería invitarlo a regresar a su
patria y volver a asumir el poder real. Según relata Herodoto, poco después de
su regreso a Esparta, Cleómenes perdió la razón y se suicidó. Lo más probable
es que el relato de Herodoto sea tan sólo la versión oficial de la muerte de
Cleómenes; al parecer, se procuró eliminarlo por ser demasiado peligroso para
Esparta.
Atenas y Esparta estaban, pues, debilitadas por la ininterrumpida
lucha interior; otros Estados griegos estaban menos capacitados aún para
ofrecer resistencia a una invasión persa. Argos, derrotada por Esparta, trataba
de hacer renacer su perdido poderío. Egina, forzada a someterse, estaba
debilitada por las luchas sociales. Las comunidades del norte de Grecia se
inclinaban, cada vez más, hacia un acuerdo con Persia. Los griegos occidentales
no podían tomar parte en esa lucha, pues se hallaban enemistados con Etruria y
Cartago. La mayor parte de las pequeñas ciudades griegas, sumidas enteramente
en sus estrechos intereses locales, permanecía indiferente respecto a los
sucesos que tenían lugar fuera de sus fronteras. De esta manera, la situación
en Grecia favorecía a la campaña de Darío.