HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

IX

LAS GUERRAS GRECO—PERSAS

2. La insurrección jónica y sus consecuencias

 

La insurrección jónica no fue provocada por causas eventuales. Las ciudades jónicas eran, ante todo, ciudades comerciales. La toma del Bósforo y el Helesponto por los persas asestó un golpe al comercio jónico en el mar Negro y la competencia de los comerciantes fenicios se hacía día a día más peligrosa. Además de los daños económicos, las ciudades jónicas, como ya señalamos, sufrían la opresión política: en todas las ciudades dominadas por los persas, éstos impusieron tiranos. El fracaso de la campaña de Escitia quebrantó el prestigio del ejército de Darío. Finalmente, lo reducido del número de los destacamentos persas ubicados en la parte occidental del Asia Menor daba a los griegos esperanzas de obtener una rápida victoria.

Los acontecimientos se desarrollaron de la siguiente manera. En el invierno del año 500—499, en la isla de Naxos se produjo una revolución: la aristocracia que gobernaba a la isla fue derrocada por los partidarios de la democracia. Los desterrados pidieron ayuda a Mileto, la cual, después de la derrota de Samos por los persas, ocupaba el primer lugar entre las ciudades jónicas. Aristágoras, tirano de Mileto, acogió a los aristócratas fugitivos de Naxos y les prometió su ayuda. En la campaña contra Naxos, Aristágoras veía, al parecer, una posibilidad de aumentar la potencia de Mileto y acrecentar su propia influencia. Con este fin propuso a Artafernes, sátrapa de Sardes y sobrino de Darío, emprender una expedición a la isla de Naxos para restablecer en el gobierno a los aristócratas derrocados y de paso someter a esa isla. Artafernes aprobó el plan trazado, el rey dio su consentimiento y en el verano de 499 una fuerte flota se dirigió hacia Naxos. Pero la población de la isla opuso una decidida resistencia y luego de un sitio de cuatro meses, sin lograr ningún éxito, la flota tuvo que regresar. El fracaso de la expedición debería socavar la influencia de Aristágoras, quien podrían prever que los persas le harían responsable por el fracaso de la campaña y le quitarían su poder en Mileto.

Aristágoras (que era sucesor de Histieo, llamado a Susa por el rey) decidió organizar entonces un levantamiento contra los persas. No está excluida la posibilidad de su alianza con Histieo; la misma campaña contra Naxos fue un buen pretexto para unir las fuerzas de los griegos del Asia Menor sin atraer la atención de los persas. Sea como fuere, sin dilaciones, después de su regreso de Naxos. Aristágoras reunió en Mileto a sus partidarios, los cuales se pronunciaron unánimemente por el levantamiento. Sólo Hecateo, historiógrafo y geógrafo, hizo objeciones contra esa decisión señalando el gran poder del rey persa, pero sus argumentos no encontraron eco. Los conspiradores comenzaron a actuar. Se apoderaron de la flota, lo que sirvió de señal dé insurrección para todas las ciudades griegas situadas en las islas y en la costa occidental del Asia Menor. En todas partes fueron derrocados los tiranos impuestos por los persas, restablecida la democracia y comenzaron a prepararse destacamentos para la lucha armada. Aristágoras, probablemente para dar el ejemplo, dimitió y entregó el poder a la asamblea popular. Los dirigentes de la insurrección comprendían todas las dificultades de su empresa. En efecto, si en el mar se podía esperar la victoria, en tierra, después de los primeros éxitos fáciles, debían advenir difíciles combates con el numeroso ejército persa. Por eso Aristágoras hizo la tentativa de obtener apoyo de los griegos de la Grecia europea y en otoño del año 499 se dirigió a Esparta y Atenas.

Actitud de Esparta y Atenas frente a los acontecimientos del Asia Menor

El ambiente político en Esparta no era favorable a los propósitos de Aristágoras; los inconvenientes para una actitud favorable eran, en aquel momento, las relaciones hostiles de Esparta con Corinto y Argos, como también la lucha entre los reyes espartanos Cleómenes y Demarato. Cleómenes escuchó al dirigente de la insurrección jónica. Aristágoras tenía en una mano una tabla de bronce con «el disco terráqueo» y reforzaba sus argumentos señalando el mapa; expuso elocuentemente ante el rey espartano todas las ventajas de la empresa proyectada; la posibilidad de apoderarse de enormes cantidades de oro, plata, cobre, animales de carga, pescado; no olvidó mencionar la superioridad de las armas y tácticas griegas sobre los persas. Cleómenes hizo a Aristágoras una sola pregunta: ¿Cuántos días llevaría caminar desde la orilla del mar hasta la capital del rey persa? Y cuando Aristágoras le contestó que el recorrido duraría tres meses, Cleómenes consideró su empresa irrealizable. La tentativa de Aristágoras de sobornar al rey no tuvo éxito: Cleómenes no cambió su decisión. Esparta se negó a intervenir en los asuntos del Asia Menor.

Desde Esparta, Aristágoras se dirigió a Atenas. En Atenas el poder estaba en manos de los partidarios de Clístenes; la milicia civil, recientemente creada, de las diez nuevas filai, habían demostrado brillantemente sus altas cualidades militares en los combates contra Tebas y Calcis. El enérgico apoyo que el sátrapa Artafernes prestaba al desterrado Hipías provocó la hostilidad de los círculos gubernamentales de Atenas hacia Persia, de manera que el ambiente político ateniense fue en general mucho más favorable a Aristágoras que el de Esparta. En su discurso ante la asamblea popular, Aristágoras repitió los argumentos en favor de su empresa y subrayó una vez más la superioridad de la infantería griega en armas pesadas. La asamblea popular resolvió enviar veinte trieres en ayuda de los jonios; a éstas pronto se unieron cinco trieres mandadas por Eretria (Eubea). «Estos barcos —dice Herodoto, que no aprobaba la insurrección de los griegos jonios— fueron el comienzo de las desgracias tanto para los helenos como para los bárbaros.»

Campaña contra Sardes

Entre las ciudades de Jonia que se unieron al movimiento contra los persas no hubo unidad de acción; además, el levantamiento después de sus primeros éxitos se extendió muy lentamente. Lidia y Tracia no apoyaron a los insurrectos. La flota jonia, numerosa pero mal organizada, entró en acción después de muchas dilaciones. Más adelante, la insurrección abarcó las costas del Helesponto en el Norte y Caria y Chipre en el Sur, pero la infantería de los insurrectos no emprendió nada, en espera de los atenienses y eretrios, en la primavera del año 498. La tardanza fue aprovechada por los persas, que tuvieron tiempo de concentrar sus huestes en la parte occidental del Asia Menor.

Llegados los atenienses y los eretrios, los insurrectos emprendieron una maniobra audaz: sus fuerzas, unidas con los hoplitas atenienses, se dirigieron precipitadamente hacia Sardes. La ciudadela, construida sobre una roca inaccesible, era defendida por una fuerte guarnición persa encabezada por el sátrapa Artafernes; los griegos no pudieron tomarla, pero la ciudad sí fue tomada y quemada. No pudiendo mantenerse entre las ruinas humeantes de Sardes, los griegos volvieron sobre sus pasos. Pero en las cercanías de Efeso fueron alcanzados por el ejército persa, entablándose una batalla en la cual los griegos sufrieron una derrota total (finales del verano del año 498). Los restos del ejército ateniense se embarcaron con toda premura y regresaron a la patria. Con esto terminó la participación de los atenienses en la insurrección jonia. «Luego —dice Herodoto— los atenienses abandonaron del todo a los jonios y a pesar de la insistencia de Aristágoras... se negaron a ayudarles.» Al parecer, los eretrios también abandonaron a los jonios. Con la campaña de Sardes y su triste desenlace terminaron las tentativas de los insurrectos de pasar a la ofensiva; lo único que les quedaba era defenderse del ejército persa que se aproximaba.

Al mismo tiempo que una parte del ejército persa marchaba hacia las ciudades del Asia Menor, otra parte se dedicó a aplastar la insurrección en las costas del Helesponto. Los persas dirigieron considerables fuerzas a Chipre y luego de varias y enconadas batallas se apoderaron de la isla. Es cierto que la flota jonia que se dirigió en ayuda de Chipre obtuvo una victoria sobre la flota fenicia, mas este éxito no pudo cambiar esencialmente la situación creada: Chipre quedó en manos de los persas y la flota jonia tuvo que regresar. Fueron mucho más considerables las dificultades que tuvieron los persas en el aplastamiento de la insurrección en Caria. La actividad militar comenzó allí en la primavera del año 497; los persas obtuvieron dos victorias, una tras otra, pero en el otoño del 496 sufrieron una seria derrota y comenzado el año 494, después de concretar grandes fuerzas, lograron forzar a los insurrectos a deponer las armas.

Antes aún, en el año 496, los persas aislaron a Jonia, foco principal de la insurrección, por el Sur y por el Norte. Bajo el mando personal del sátrapa Artafernes, se apoderaron de Clazómene y Cumé; el cerco del ejército persa se iba estrechando en torno de Mileto, centro principal de la resistencia jonia.

Todos estos contratiempos, reveses y fracasos quebrantaron el espíritu del cabecilla de la insurrección, Aristágoras, quien delegó el mando en uno de los aristocráticos de Mileto y se fugó a Tracia, donde pronto perdió la vida en un choque con los tracios. Al mismo tiempo, Histieo, el ex tirano de Mileto, intentó por última vez tomar parte activa en la insurrección. Como antes, se ocultaba detrás de la máscara de fidelidad al rey persa, y por eso Darío le permitió salir de Susa, calculando, según parece, aprovechar su influencia para convencer a los insurrectos de que depusieran las armas. Pero al llegar Histieo a Sardes, el sátrapa Artafernes, que se daba cuenta de su doble juego, según Herodoto, le dijo sin ambages: «Tú cosiste el calzado y Aristágoras se lo puso.» Histieo se vio obligado a fugarse de Sardes con premura; hizo la tentativa de afirmarse en Mileto, pero fue expulsado. En el año 493 Histieo fue capturado por los persas y ejecutado.

Ni Aristágoras ni Histieo tenían condiciones para ser auténticos jefes y organizadores de la insurrección; tanto el uno como el otro no eran en esencia más que audaces aventureros que trataron de aprovechar para sus fines personales el movimiento democrático de las ciudades jonias.

La caída de Mileto

Entre tanto, los persas concentraron sus fuerzas en los accesos a Jonia. Mas no estaban en condiciones de emprender inmediatamente operaciones decisivas: sentían aún las grandes pérdidas sufridas en los combates anteriores. A comienzos de la primavera del 494, al recibir considerables refuerzos, los persas, dando de lado a las ciudades de segundo orden, marcharon directamente sobre Mileto. Al mismo tiempo, la flota fenicia, viéndose libre gracias al triunfo definitivo de los persas en Creta, y ampliada con navíos cretenses, cilicios y egipcios, hizo su aparición en el mar Egeo. Mileto se vio en la amenaza de ser rodeada por tierra firme y por mar. Los jonios tomaron la decisión de asestar el golpe fundamental a las fuerzas marítimas de los persas, limitándose, en tierra firme, sólo a la defensa de las murallas de la ciudad. En la amplia bahía de Mileto, en las proximidades de la isla Ladé, se había congregado con toda premura, en el verano del año 494 a. C., la flota jónica, siendo su parte básica los navíos proporcionados por Mileto, Samos, Quíos y Lesbos, a los que se sumaron las flotillas de algunas pequeñas comunidades. Según Herodoto, la flota griega contaba en total con 353 naves, y la de los persas con 600. Probablemente, ambas cifras estén exageradas y la flota persa apenas si superara la de los griegos. Durante unas cuantas semanas, ambas flotas estuvieron enfrentadas sin emprender acción alguna. Los persas esperaban, contando con la ayuda de los tiranos jonios derrocados al comienzo de la sublevación y que se encontraban en su campamento, introducir la disgregación en las filas griegas, induciendo a algunas ciudades a abandonar las fuerzas jonias con la promesa de concederles el perdón. Las fuerzas de los jonios se hallaban paralizadas debido a la falta de un comando general y a la completa decadencia de la disciplina. Ciertamente, el experto marino Dionisio, jefe de los navíos de Fócea, fue nombrado jefe de la flota aliada, pero como Fócea había enviado tan sólo tres naves, los demás aliados se negaron a reconocer al nuevo jefe. Fue inútil que Dionisio, por medio de maniobras, tratara de preparar la flota griega para el difícil combate que se aproximaba, pues a los pocos días estos fatigosos ejercicios fueron abandonados y las tripulaciones de los buques desembarcaron en la isla Ladé. La flota persa atacó entonces por sorpresa a la griega, anclada junto a la costa de la isla. En este primer asalto de los persas, las naves de los samios, entre los cuales era muy fuerte el partido propersa, abandonaron el combate, con excepción de once unidades, y se hicieron a la mar rumbo a su patria. El ejemplo fue imitado inmediatamente por las naves de Lesbos y de varias otras comunidades. Las de Quíos ofrecieron una enconada resistencia, pero lo único que pudieron conseguir fue postergar el descalabro final. Los restos de la flota griega, bajo la presión de la superioridad numérica persa, fueron derrotados por completo.

La derrota de la flota griega junto a Ladé decidió la suerte de Mileto. Asediada por tierra y mar, la ciudad fue tomada por asalto, muchos de sus habitantes fueron muertos y los sobrevivientes, trasladados a las orillas del río Tigris. La ciudad fue devastada; el santuario de Apolo, que se hallaba en las cercanías de Mileto, fue saqueado y sus enormes riquezas cayeron en manos de los persas. Restablecida posteriormente, la nueva Mileto —tal como lo confirman las excavaciones— cedía considerablemente, por sus dimensiones, a la ciudad anterior. La caída del Mileto fue el final de la sublevación. Muy poco después fueron sojuzgadas y cruelmente devastadas las islas vecinas a Jonia: Lesbos, Quíos y Tenedos; en seguida, la flota persa convirtió en cenizas a Perinto, Selimbria y Bizancio, las ciudades del litoral europeo de la Propóntide que habían prestado apoyo a la sublevación. Hacia el verano del año 493 a C. los persas se apoderaron de las últimas ciudades rebeldes. Fue introducida la administración persa y restablecido el tributo que las mismas estaban pagando antes de la sublevación.

De esta manera llegó a su fin el florecimiento de Jonia: sus ciudades, que constituían los centros más importantes del comercio y de la cultura griegos, cayeron a partir de entonces en la decadencia, cediendo el primer lugar a las de las Hélade propiamente dicha, especialmente a Atenas. Pero no obstante haber tenido la sublevación jónica un final tan trágico, desempeñó un enorme papel en la marcha general de la lucha de los griegos contra la monarquía persa: las mejores fuerzas persas estuvieron como aherrojadas por el lapso de seis años íntegros, al Asia Menor; dos flotas y un ejército fueron destruidos por los sublevados. La tensa lucha de los jonios aún cuando sin resultado positivo, había preparado las futuras victorias de las armas griegas.