HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

VII

EL ÁTICA EN LOS SIGLOS VII Y VI A. C.

 

1. La antigua Ática

 

El período más antiguo en la vida histórica del Ática, que luego se convirtió en territorio básico de uno de los Estados más poderosos y florecientes de Grecia, se ha visto reflejado muy débilmente en las fuentes literarias e históricas. Las investigaciones arqueológicas de Atenas y su región circundante han mostrado vestigios de la vida cotidiana que se remontan al Neolítico. Al iIII milenio a. C. corresponde la sepultura más antigua allí descubierta. Los recipientes encontrados al lado de un esqueleto encogido, de barro gris y factura manual, son aún muy primitivos.

Durante las excavaciones practicadas en la acrópolis ateniense se descubrieron monumentos de la cultura incomparablemente más elevada: restos de un palacio de tipo micénico; y en varios otros lugares (Acarnés, Erquia, Cerámico y otros) fueron halladas sepulturas pertenecientes a la misma época, con gran cantidad de variados objetos, principalmente cerámica, que no eran de fabricación local. Todos estos monumentos de finales de la edad del bronce permiten pensar que sobre el territorio del Ática había existido un foco de cultura micénica, coetáneos con otros centros de la misma.

El período subsiguiente, el posmicénico, se caracterizó en el Ática por la aparición de la cerámica de los estilos denominados protogeométrico y geométrico. Algunos de los hallazgos de cerámica de esta época, como los de Dipilón, que habían logrado una gran notoriedad y gloria, llegaron hasta nuestros tiempos magníficamente conservados. Abundantes hallazgos de cerámica protogeométrica y geométrica fueron proporcionados también por excavaciones más recientes de las laderas norte y noroeste del Areópago. Llama la atención que en las estratificaciones culturales acumuladas, caracterizadas por esta clase de hallazgos de cerámica, casi no se encuentran objetos importados. Esto demuestra que el debilitamiento de las relaciones con otros países, típico para toda la Grecia del período posmicénico, incluyó también a Atenas.

Para la caracterización de la edad del hierro en el Ática, ofrece interés una sepultura descubierta en 1949 sobre el territorio de Atenas, que al parecer es de un artesano; en la misma fueron descubiertos cerca de diez objetos de hierro y una piedra de afilar.

En la tradición literaria de la antigüedad referente al Ática se han conservado sólo nociones fragmentarias de la época más antigua. Tucídides, Herodoto y Platón en uno de sus diálogos subrayan que los habitantes del Ática no eran advenedizos, sino autóctonos; la tierra ática no era para ellos una madrastra, sino una madre carnal, propia. Esa región, merced a su suelo infecundo, no atraía a los conquistadores, según afirma Tucídides, y la invasión doria no la había tocado. Pero, posteriormente, cuando llegó a su florecimiento el Estado ateniense, comenzaron a afluir al Ática gentes de otros sitios, acrecentando su población y favoreciendo con su trabajo la elevación de su bienestar.

Las siguientes generaciones atenienses —mejor conocidas por nosotros— consideraban que las instituciones sociales más antiguas, de las que se conservaban supervivencias, eran el resultado de la actividad de una serie de reyes legendarios. Así, por ejemplo, el mitológico rey Ión fue el que dividió, según la tradición, a toda la población del Ática en cuatro filai, o tribus emparentadas, cada una de las cuales comprendía tres fratrías o hermandades, que, a su vez, reunían —cada una de ellas— treinta gens (o linaje, grupo consanguíneo), y cada gens a treinta familias, de modo que en todo el Ática había 10.800 familias. C. Marx, al polemizar a propósito de estas divisiones con el científico burgués Grot, anotó que «aun cuando los griegos hacían descender sus gens de la mitología, eran mucho más antiguos que los mitos creados por ellos mismos, con sus dioses y semidioses».

Como testimonio del aislamiento en que anteriormente había vivido la población, pueden servir las muchas ruinas de las fortificaciones con las que en otro tiempo estaban circundados los villorrios de las filai, siempre hostiles entre sí. Vestigios de esta clase de fortificaciones van descubriéndose hasta hoy día en el curso de las excavaciones que se realizan en diferentes puntos del Ática.

Así es cómo nos encontramos con la estructura social típica del régimen gentilicio, engendrado regularmente por el conjunto de las condiciones históricas de aquel tiempo. Para la antigua Ática es también característico otro rasgo típico de las relaciones que acabamos de mencionar: el desmembramiento familiar—tribal. De acuerdo con las tradiciones atenienses, sobre el territorio del Ática existieron, en los tiempos más antiguos, doce comunidades separadas, aisladas e independientes una de la otra, todas con el carácter de gens más o menos externas. Según las tradición, quien puso fin a tal desmembramiento fue el mítico rey Teseo, quien unificó a los pobladores de toda esa región en torno de Atenas e instaló un único consejo común para todos y una sola pritanía. Escribe Tucídides: «A partir de entonces y hasta ahora los atenienses efectúan, en honor de la diosa [de Atenea] los festejos populares generales del sinoicismo [unificación].»

Al parecer, el proceso unificador del Ática, dentro de la realidad histórica, ocupó un lapso no menor de dos a tres centurias. Es dable pensar que durante los siglos IX y VIII, y como resultado de una encarnizada lucha, se unió a Atenas la Paralia, la costa oriental del Ática. Tras esto, el culto local del dios Poseidón fue trasladado a la acrópolis ateniense. Inmediatamente después fue anexada también la Diacría, región montañosa situada en el norte del país, desde la cual fue trasladado a Atenas el culto de Teseo. Durante mayor tiempo que las otras regiones, Eleusis, en el sudoeste del Ática, con su célebre templo dedicado al culto de la diosa Demeter, conservó su independencia, y, defendiéndola, sostenía una encarnizada lucha contra Atenas. Resulta así que el sinoicismo ateniense fue un proceso prolongado, condicionado por las esenciales variaciones operadas en las relaciones sociales anteriores. El desarrollo de las fuerzas productivas y la transformación, en consecuencia de las relaciones sociales, engendró la necesidad de una unificación más amplia, que desbordara las fronteras de las anteriores organizaciones gentilicias.

Hacia el siglo VIII a. C. fueron surgiendo en el Ática las premisas para el establecimiento de un régimen clasista y de un Estado político.

En la admirable obra de F. Engels Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado se hallan delineados y marcados los fundamentales jalones de este proceso, para cuyo estudio disponemos ya de un acervo de fuentes incomparablemente más amplias. Sin duda alguna, el primer lugar entre las mismas pertenece a la Constitución de Atenas, de Aristóteles, que se consideró definitivamente perdida durante mucho tiempo, y que se recuperó inesperadamente, en forma de manuscrito, en cuatro hojas de papiro halladas entre otros traídos de Egipto al Museo Británico, en 1890.

La Constitución de Atenas, de Aristóteles, es la única obra llegada hasta nuestros días que proporciona un cuadro íntegro de la historia política de Atenas, a partir del siglo vii a. C. Aristóteles completa en ella los testimonios que sobre los acontecimientos de la historia ateniense de los tiempos anteriores proporcionan por separado Herodoto, Tucídides, Diodoro de Sicilia, Plutarco y otros autores de la antigüedad, y también algunos, aunque ciertamente pocos, epígrafes, monedas y materiales arqueológicos.

De todos estos datos se puede extraer la conclusión de que la comunidad ateniense del período considerado era, en lo fundamental, de carácter agrícola. Los oficios y el comercio estaban relativamente poco desarrollados. No obstante, la estratificación económico—social había alcanzado una profundidad bastante considerable. La poderosa aristocracia tribal —los eupátridas («descendientes de padres nobles»)— había concentrado en sus manos las mejores tierras. Una gran parte del resto de la población quedó bajo su dependencia. Escribe Aristóteles: «Los pobres se hallaban esclavizados no sólo ellos en persona, sino también sus hijos y sus mujeres. Recibían la denominación de pelates y hectemorioi ("los de la sexta parte"), pues precisamente bajo tales condiciones labraban las tierras de los ricos. Y, en general, la tierra estaba en manos de unos pocos. Y si los indigentes no abonaban el precio del arriendo, se los podía llevar esclavizados, a ellos y a su prole. También los préstamos se aseguraban mediante la esclavización personal, hasta los primeros tiempos de Solón.»

En otras palabras, entre los atenienses del siglo vii existía el severísimo Derecho de adeudamiento, bien conocido en la antigüedad, según el cual el deudor se responsabiliza ante su acreedor no sólo con la totalidad de sus haberes, sino con la libertad personal y con la de los miembros de su familia; los deudores insolventes eran convertidos en esclavos de sus acreedores. La necesidad de fuerza de trabajo en las propiedades de la aristocracia terrateniente se satisfacía, así, con preferencia, por medio de los indigentes que de ellos dependían y mediante los deudores insolventes, antiguos miembros libres de la comunidad, ahora convertidos en esclavos.

Las posesiones territoriales de la aristocracia ateniense estaban principalmente concentradas dentro de los límites del llamado Pedión, «llanura» en su traducción literal, colindante con la propia ciudad de Atenas por el norte y el noroeste, y que constituía la parte más fértil de la región.

La capa intermedia entre la aristocracia de abolengo y los indigentes que de ella dependían y los esclavos estaba representada en el Ática por dos grupos: por los geómoros, agricultores que habían conservado sus parcelas, particularmente en el pedregoso y poco fértil territorio de Diacris, en el que costaban grandes esfuerzos obtener alguna cosecha, y los demiurgos, artesanos, que ya habían parcialmente perdido sus vínculos con la tierra. La división en eupátridas, geómoros y demiurgos, que fue el resultado regular de la estratificación económico—social, fue también atribuida por las tradiciones atenienses a la acción del mítico rey Teseo.

Más adelante, cuando en Atenas se desarrolló la producción de mercancías, las actividades artesanales y el comercio marítimo, la población, que había perdido en mayor o menor grado los vínculos con la tierra (en las polis griegas, tales vínculos jamás se perdieron por completo), se encontró principalmente en la misma ciudad de Atenas, en su puerto —el Pireo—, y en parte en la zona costera —la Paralia—. Por causas perfectamente comprensibles, estos grupos de la población poseían algunos intereses específicos comunes.

Al lado de la población aborigen del Atina se había formado y destacado gradualmente, al igual que en las otras polis griegas, un grupo de población inmigrante, los llamados metecos. Estos no podían ingresar en las filai atenienses, de origen familiar, ni en las fratrías, puesto que el pertenecer a las mismas seguía determinado por la consanguineidad en el seno de la comunidad ateniense. Al quedar de esta manera fuera de las fronteras de la organización familiar—tribal, los metecos no obtuvieron los derechos políticos ni algunos de los derechos económicos de que gozaban los atenienses aborígenes. Por ejemplo, los metecos no podían tener propiedades territoriales sobre el suelo del Ática ni casa propia en Atenas; debían pagar un impuesto especial, etc. Pero, a la vez, conservaban su libertad individual.

La antigua organización tribal de cuatro filai, con sus fratrías y gens, seguía manteniéndose en la época que ahora consideramos, aun cuando la estructura política con ella vinculada había sufrido grandes cambios.

En Atenas había dejado de existir el poder real. Como ya se ha anotado, los reyes atenienses no son conocidos sólo por las tradiciones, sin que se los pueda considerar figuras de real actuación histórica. Según la tradición, el último rey ateniense fue Codro, que sacrificó su vida en aras de la salvación de la patria, durante el ataque de los dorios al Ática. En la época que estudiamos, el poder de los reyes había cedido lugar al gobierno de los nueve arcontes, funcionarios elegibles anualmente sólo entre los eupátridas. Entre éstos también estaban distribuidas las funciones fundamentales en las manos del basileus. El colegio de los arcontes estaba encabezado por el arconte epónimo, primer arconte o arconte mayor, que daba su nombre al año: los atenienses llevaron la cuenta de los años por los nombres de los primeros arcontes.

Al arconte epónimo seguían el arconte polemarca, que entendía en los asuntos militares y mandaba la milicia ateniense, y el arconte que había heredado esencialmente las obligaciones del culto inherentes al basileus, en virtud de lo cual recibía tradicionalmente la denominación de arconte basileus. Los seis arcontes restantes eran los llamados arcontes tesmotetes, guardianes del antiguo derecho consuetudinario que se transmitía oralmente de generación en generación. Todos los funcionarios enumerados disponían de jurisdicción independiente y sesionaban en edificios especiales: el arconte epónimo en el Pritáneo, el arconte basileus en el llamado bucolea, el polemarca y los tesmotetes en otros edificios especiales.

Tras un año de permanencia en el puesto, los arcontes entregaban sus poderes a los magistrados elegidos para suplantarlos y se convertían automáticamente en miembros vitalicios del areópago. Así era denominado en Atenas el antiguo consejo o tribunal, por el nombre de la colina del Dios Ares, donde solía sesionar. Había representado antaño al consejo de los ancianos. Y ahora, integrándose con los exarcontes que, como ya se ha señalado, eran elegidos sólo entre los eupátridas, el areópago se había convertido en uno de los órganos del poder de los aristócratas, el más influyente de ellos. En la vida política de la comunidad ateniense, durante todo el período temprano de su historia, el areópago desempeñó un papel exclusivo: representaba la instancia superior para la mayoría de los asuntos, poseía el voto decisivo durante la elección de los arcontes y su autoridad era indiscutible. Resulta así que el régimen político—social de la antigua Atenas se caracterizaba por el predominio de la aristocracia de abolengo. Teniendo de su propiedad las mejores tierras del Ática, la aristocracia ateniense había concentrado también en sus manos el poder político. La asamblea popular había perdido el valor de otrora y ya no desempeñaba papel notable alguno en la vida social de los atenienses. El pueblo de Atenas—el demos— se vio constreñido a someterse al poder de los aristócratas, hasta el momento de encontrar en sí mismo suficientes fuerzas para iniciar una encarnizada lucha contra ellos.

La historia de Atenas y del Ática de los siglos VII y VI a. C. está llena de acontecimientos de dicha lucha. En el afán de conservar y afianzar su predominio, la aristocracia defendía el régimen gentilicio, ya decadente, que impedía el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas de la comunidad. Al defender su libertad y sus derechos contra los atentados de la aristocracia, y al pasar luego a la resuelta ofensiva contra la misma, el demos ateniense resultó ser portador de un nuevo sistema, más progresista para aquella época, en lo que concierne a las relaciones sociales. El triunfo final del demos sobre la aristocracia significaba, entonces, el establecimiento de un régimen más progresista, un régimen clasista, y de un Estado, como aparato del dominio de una nueva clase de esclavistas.

En cuanto al sentido social, el demos no era homogéneo. Bajo el concepto demos hay que comprender a toda la población aborigen libre del Ática, contrapuesta a la aristocracia de abolengo. Al lado de los pobres, de los trabajadores rurales dependientes y de los artesanos, formaban también parte del demos los agricultores relativamente acomodados que habían conservado sus parcelas y los dueños de talleres, así como los mercaderes y los propietarios de barcos. A medida que iba desarrollándose en Atenas la vida económica, iban apareciendo en creciente cantidad hombres pudientes de procedencia no aristocrática. Por otra parte, el proceso de la diferenciación económico—social había tocado no sólo al demos, sino también a la propia aristocracia. Dentro de las familias aristocráticas, unas se empobrecían y otras se dedicaban al comercio, con lo que adquirían intereses nuevos, que ya no coincidían con los de la aristocracia terrateniente del Pedión.

Las capas más indigentes de la población libre trataban, en primer lugar, de conseguir un nuevo reparto de las tierras, para dar satisfacción a su «hambre de tierra»; procuraban obtener la anulación de las deudas que los abrumaban y la abolición del derecho vigente sobre el endeudamiento. Las capas del demos más estables y pudientes, que ya sentían bajo sus pies un suelo económico firme, anteponían en primer lugar el problema de conseguir el poder y el predominio político. Para ello era necesario quitarles a los eupátridas atenienses sus privilegios de familia, en favor de aquellos que, si bien no pertenecían al número de los nobles por su cuna, no les cedían en cuanto a posibilidades económicas y en fuerza.

La conjuración de Cilón

El más antiguo de los acontecimientos que conocemos, que dan testimonio de la exacerbada situación en Atenas, es la llamada conjuración de Cilón, que se desarrolló alrededor del año 640 a. C.

Cilón procedía del ámbito de los eupátridas atenienses y estaba casado con la hija de Teágenes, tirano de Megara. Había adquirido popularidad en Atenas como vencedor en los torneos olímpicos.

Habiendo recibido consejo del oráculo de Delfos en el sentido de apoderarse de la acrópolis «en la fiesta máxima en honor de Zeus», Cilón se aseguró el apoyo de su suegro, quien envió en su ayuda un destacamento armado, y emprendió la tarea a la cabeza del conjunto de sus partidarios. Logró apoderarse de la acrópolis, mas no supo retenerla, pues los atenienses le opusieron una resistencia muy resuelta. Tucídides informa que se reunieron unánimemente para aplastar la conjuración, y acampados en torno de la acrópolis, emprendieron su asedio. De su dirección se hicieron cargo nueve arcontes encabezados por Megacles, que pertenecía a la antigua e influyente familia aristocrática de los Alcmeónidas. Los sitiados se vieron en un callejón sin salida, debido a la falta de alimentos y de agua. Cilón logró huir y los demás sitiados debieron rendirse, entregándose a merced de los sitiadores. De acuerdo con la antigua costumbre, buscaron salvación junto al altar de la diosa Atenea. Aun cuando el homicidio en el interior de un templo era considerado como la más grande interdicción religiosa, como el mayor sacrilegio, los Alcmeónidas no lo tomaron en consideración y todos los partidarios de Cilón fueron pasados por las armas.

El aplastamiento de la conjuración de Cilón demostró que en Atenas no habían madurado aún las condiciones para un cambio político. En la intentona de Cilón debe verse más bien un episodio de las luchas entre diferentes agrupamientos o partidos en el seno de la aristocracia gobernante. Pero, sea como fuere, es sumamente significativo el hecho de que el demos ateniense no prestara apoyo a Cilón, ni aprovechara la oportunidad para aprovecharse enérgicamente contra el poder de la aristocracia de abolengo.

Una de las consecuencias de la perturbación del equilibrio anterior y de los consecuentes disturbios internos fue, al parecer, el debilitamiento exterior de Atenas. Es probable que fuera precisamente en esa época cuando el tirano de Megara, Teágenes, arrebatara a los atenienses la isla de Salamina, que cubría la salida de la bahía ateniense y que era por ello de suma importancia. Este fracaso militar hizo vacilar la posición del partido aristocrático encabezado por los Alcmeónidas. Sus adversarios, también pertenecientes a la esfera de la aristocracia gobernante, habían logrado, a lo largo de una serie de años después de la conjura de Cilón, establecer la organización de un tribunal compuesto de trescientos ciudadanos de procedencia aristocrática. Los Alcmeónidas fueron acusados de haber cometido homicidio en el interior del templo, profanando así un santuario. El veredicto dispuso que los participantes directos de tal sacrilegio, ya fallecidos para este entonces, fueran desenterrados de sus tumbas y sus cadáveres arrojados fuera de las fronteras del Ática, y que aquellos de sus descendientes que se hallaran con vida, todos miembros de la familia de los Alcmeónidas, fueran desterrados de Atenas. Casi dos siglos más tarde, los adversarios políticos de los Alcmeónidas, habiendo conseguido desterrarlos nuevamente, rememoraban esos acontecimientos. Gracias a esto, precisamente, sabemos acerca de la conjuración de Cilón, único acontecimiento que conocemos de la historia de Atenas del siglo VII a. C. El hallazgo de la Constitución de Atenas, de Aristóteles, permitió dar mayor precisión a los datos, pues anteriormente la conjuración era localizada en tiempos posteriores a la codificación de Dracón.

Las leyes de Dracón

Es muy poco lo que conocemos acerca de la legislación de Dracón. El capítulo de la Constitución de Atenas, dedicado a la exposición de las transformaciones estatales de Dracón, representa, al parecer, una inserción posterior, posiblemente debida a los afanes de los partidarios del régimen oligárquico de tiempos posteriores, por afianzar su programa político mediante el testimonio histórico. El propio Aristóteles escribe en otra de sus obras, Política, que las leyes de Dracón representaban tan sólo una simple compilación de las antiguas normas conservadas hasta aquel tiempo por la tradición oral, normas del llamado derecho consuetudinario. Una de las inscripciones atenienses de finales del siglo V a. C., que reproduce una parte del texto de esas leyes, confirma por completo tal testimonio. En particular, se citan en la misma las reglas procesales relativas a la responsabilidad de los parientes cercanos de un homicida por el crimen perpetrado por éste, lo cual, sin duda, se remonta a tiempos sumamente antiguos. De esta manera, las leyes de Dracón, según todos los indicios, constituyeron la primera redacción escrita del derecho consuetudinario ateniense. Es muy característico en este sentido el hecho de que los escritores de la antigüedad nombren las leyes de Dracón no con el término de nómoi —leyes—, sino con el de thésmoi, cuya traducción literal es «costumbres» o «hábitos». Es evidente que tal redacción de las costumbres legislativas estaba llamada a poner coto a la arbitrariedad de los jueces aristócratas, que interpretaban el derecho consuetudinario según sus propios intereses, estrechamente egoístas. Desde este punto de vista, la redacción por escrito de las leyes respondía indudablemente a los intereses del demos y es factible pensar que fue realizada no sin lucha y considerable presión ejercida sobre la aristocracia por el demos. Hasta cuanto es posible juzgar acerca del contenido de esas leyes, basándose en la mencionada inscripción ateniense de finales del siglo v y en los testimonios de los autores de la antigüedad algo posteriores, en dichas leyes se trataba principalmente de delitos de índole criminal, de diferentes especies de asesinatos, robos y hurtos, de la manera y orden de llevar los procesos judiciales, y de los castigos que se debían imponer en los distintos casos. Las leyes de Dracón eran célebres por su severidad y rigor, e inclusive por su crueldad (decíase que estaban escritas con sangre). Por cualquier hurto, por insignificante que fuera, correspondía la pena capital. Las leyes draconianas referentes al castigo por un asesinato estaban destinadas a suplantar la institución de la venganza familiar. La persecución del asesino, empero, seguía siendo asunto de la familia de la víctima. Para hacer las paces con el homicida se requería la conformidad de los parientes más cercanos: del hijo, el hermano, el primo hermano, el yerno, el suegro; en caso de no haber parientes cercanos, la reconciliación podía tener lugar con la conformidad de una cantidad no menor de diez miembros de la fratría. La responsabilidad por el homicidio recaía sólo sobre el autor del mismo, y no sobre su familia. Se hacía responsable también la persona que instigaba al homicida, y era, en consecuencia, partícipe indirecto del asesinato.

Las leyes de Dracón hacían distinción también entre los asesinatos premeditados y los que no lo eran, cometidos en defensa propia. Ocupaban lugar especial los asesinatos del seductor de la madre, de la cónyuge, de la hija o de la hermana, categoría a la que pertenecían también los homicidios ocasionados por desgracias eventuales, por ejemplo, durante los torneos.

Los asesinatos premeditados incumbían al juicio del areópago y eran penados a muerte; la comisión de heridas se castigaba con la expulsión; en ambos casos, la pena era acompañada con la confiscación de los bienes.

La vista de los procesos por homicidios no premeditados estaba encomendada a un colegio especial compuesto de treinta y un miembros pertenecientes a la aristocracia de abolengo, mayores de cincuenta años de edad. La pena que correspondía por tal homicidio era el destierro (sin la confiscación de los bienes). En caso de reconciliación con los parientes de la víctima o, a falta de tales, con los miembros de su fratría, el autor del homicidio podía regresar del destierro, retorno por el cual se prohibía a los parientes del muerto recabar cualquier rescate. Un homicidio cometido en defensa propia, concepto en que se comprendía también la defensa de la propiedad, no era susceptible de penalidad alguna.

En cada especie de homicidio se designaba un lugar especial para la vista del proceso: para los homicidios no premeditados, el Paladión, y para los premeditados el areópago. En un lugar especial se veía el proceso incoado contra aquellos que, hallándose en el destierro, cometían allí un nuevo homicidio; en tales casos, el proceso no podía pisar la tierra del Ática, debiendo encontrarse en un bote, mientras el proceso se ventilaba a orillas del mar, cerca del Pireo.

Carácter arcaico tenía la audiencia en el edificio del pritáneo, en el que realizaban las sesiones los fileobasileus, es decir, los que encabezaban las filai. Allí se veían los procesos referentes a las muertes violentas de seres humanos producidas por animales o por objetos inanimados. Si el juzgado los consideraba culpables, eran arrojados fuera de las fronteras del Ática o hundidos en el mar.

Con el nombre de Dracón están vinculadas también las leyes referentes al comportamiento de los ciudadanos. Una de esas leyes imponía castigos por la «inactividad» y por la vida ociosa.

Así, pues, las leyes de Dracón constituyeron la primera legislación escrita en Atenas. Es sumamente sintomática en las mismas la tendencia a defender los intereses de la propiedad privada, lo cual se manifiesta, por ejemplo, en los artículos que penan severamente los robos y hurtos. El mismo hecho de asentar por escrito las antiguas costumbres legales, que en cierta medida ponían coto a la arbitrariedad de los jueces eupátridas, tiene que ser valorado como uno de los triunfos del demos en su lucha contra el dominio de la aristocracia de abolengo.

Las naucrarías

Aproximadamente al mismo tiempo aparecieron en el Ática las llamadas naucrarías, las primeras unidades administrativas basadas en el principio de la subdivisión territorial.

Respecto a la época en la que aparecieron las naucrarías, no hubo, durante mucho tiempo, opiniones unificadas. Incluso en la antigüedad hubo distintos criterios acerca de esta cuestión. Según Herodoto, las naucrarías existían anteriormente a las reformas de Solón, y atribuye a sus prítanos el papel principal en el aplastamiento de la conjuración de Cilón. Tucídides, en cambio, al relatar dicho episodio, no las menciona. Algunos de los autores antiguos creían que las naucrarías habían sido establecidas por Solón.

La opinión, aceptada hace más de cien años por nuestro compatriota M. S. Kutorga, acerca de la existencia de naucrarías antes de Solón, fue posteriormente confirmada por los datos de la Politeia Ateniense. Su aparición se vincula probablemente con el comienzo del desarrollo del comercio, y la navegación marítima en el Ática. Esto aparece confirmado por el destino mismo de las naucrarías y por la etimología del término (de la voz naus, barco). Cada naucraría debía proporcionar un buque para la flota ateniense, a lo que posteriormente se agregó el suministro de dos caballeros. Los náucraros que las encabezaban obedecían, al parecer, al arconte polemarca y estaban al mando de la nave equipada por su naucraría. En total, había en el Ática cuarenta y ocho naucrarías, en correspondencia con las antiguas cuatro filai tribales (a razón de doce por cada una de éstas). La única denominación de una naucraría que ha llegado hasta nuestros tiempos es la de Coliada, que tiene carácter toponímico, lo cual prueba también el principio territorial tomado en cuenta para tales divisiones. De esta manera, en la aparición de las naucrarías (las que según la expresión de Engels «por primera vez dividía al pueblo, en los negocios públicos, no con arreglo a los grupos consanguíneos, sino con arreglo a la residencia local») hay que ver uno de los más importante síntomas de la descomposición del régimen tribal—familiar y de la aparición del Estado.

Hacia la época que estamos considerando, ya se habían manifestado sobre el régimen general de la vida económica del Ática, las consecuencias del desarrollo de la navegación marítima del comercio y de los oficios artesanales. En el extremo sudeste del Ática, en las minas de Laurión, había cobrado amplitud la extracción de plata. Hacia finales del siglo vii se tornaban visibles las tendencias y afanes de Atenas dirigidos hacia el Helesponto. Fue precisamente por esto que los atenienses entablaron una lucha contra Mitilene, en la cual alcanzaron señalados éxitos. Al mismo tiempo, continuaron la guerra contra la vecina Megara, por la posesión de Salamina.

En el ámbito comercial, la Atenas de aquel tiempo había experimentado sobre sí la influencia de la rica Egina, que había recorrido antes la vía del desarrollo del comercio marítimo. El sistema monetario de Egina, al lado del de Eubea, había cobrado amplia difusión entre las ciudades de la cuenca del mar Egeo. Los atenienses habían imitado y copiado de Egina tanto el sistema monetario como el de pesos y medidas.