HISTORIA
DE LA ANTIGUA GRECIA
VII
EL ÁTICA EN LOS SIGLOS VII Y VI A.
C.
3. La tiranía de Pisístrato. Los pisistrátidas
El acontecimiento más importante de la historia ateniense en las
décadas que siguieron a las reformas de Solón fue la revuelta política que
impuso y afianzó el poder personal, la tiranía de Pisístrato.
Pisístrato había adquirido popularidad entre los atenienses por la
valentía militar que pusiera de manifiesto durante la guerra contra Megara por
la isla de Salamina. Puesto a la cabeza del destacamento armado que Atenas
enviara a Salamina, Pisístrato no sólo se apoderó de la isla, sino que arrebató
a Megara el puerto de Nicea. A Salamina fueron enviados pobladores atenienses,
los clerucos, que recibieron allí parcelas de tierra en propiedad. Fue esta
medida especialmente la que aumentó la autoridad de Pisístrato entre los
diacrios que necesitaban tierra, al punto de convertirse en su dirigente
reconocido. Por causas bien comprensibles, los aristócratas no podían
permanecer tranquilos e indiferentes ante el crecimiento de la influencia
política de Pisístrato y de los diacrios por él encabezados. Organizaron un
atentado contra su vida, el cual fracasó rotundamente. Pisístrato logró ponerse
a salvo, y la asamblea popular, a propuesta de un tal Aristón, resolvió
permitir a Pisístrato organizar un destacamento destinado especialmente a
proteger su vida contra el peligro de nuevos atentados.
Según la antigua tradición, Pisístrato formó ese destacamento con los
denominados «garroteros», esto es, hombres provistos de mazas, arma
característica de los campesinos más pobres, que no estaban en condiciones de
adquirir armas más caras. Valiéndose de esta guardia personal de «garroteros»,
Pisístrato se apoderó en el año 560 a. C. de la acrópolis ateniense y
afirmó así su poder unipersonal. De esta manera se estableció en Atenas la
forma tiránica de gobierno, cuyo apoyo social fueron los diacrios. En deuda con
el campesinado ático por su ascenso al poder, Pisístrato tenía que tomar en
consideración antes que nada los intereses del mismo. Esto se expresó en una
serie de medidas. Al perseguir a sus principales adversarios, a la aristocracia
terrateniente, Pisístrato utilizó, al parecer, las tierras que les confiscaba
para distribuirlas entre los campesinos. Simultáneamente organizó para ellos un
crédito para la adquisición de semillas y herramientas agrícolas. «En cuanto a
los pobres —dice Aristóteles—, les proveía por adelantado de dinero para los
trabajos rurales, con el fin de que pudieran alimentarse mientras se ocupaban
de la agricultura.»
Empero, la posición de Pisístrato no era muy estable. Su actividad
política estaba dirigida contra la aristocracia de abolengo, que le oponía la
más encarnizada resistencia. Por otra parte, su política, orientada a favorecer
a los diacrios provocaba la oposición no sólo de los pedieos, sino también de
los paralios, predispuestos contra la tiranía. En consecuencia, al sexto año de
su permanencia en el poder, sus adversarios Magacles y Licurgo consiguieron
expulsarlo de Atenas.
Sin embargo, el triunfo obtenido sobre la tiranía por los pedieos y
los paralios no acarreó tampoco resultados sólidos. Ambas agrupaciones estaban
divididas por inconciliables contradicciones económicas y políticas. Una
alianza entre ellas, pues, no podía subsistir durante mucho tiempo. A poco de
caer la tiranía, la relaciones entre pedieos y paralios habían empeorado hasta
tal punto, que el dirigente de los últimos, Megacles, volvió a acercarse al
expulsado Pisístrato y entabló con él negociaciones que culminaron en un
acuerdo político afianzado mediante relaciones de parentesco: Pisístrato
contrajo enlace con la hija de Megacles. Poco después, Pisístrato regresó a
Atenas. Según las tradiciones atenienses, ese regreso estuvo rodeado de una
extraordinaria solemnidad. Entre los saludos de su partidarios hizo su entrada
en la ciudad en un carruaje. A su lado se hallaba de pie una hermosísima mujer
de elevada estatura ataviada con la indumentaria de la diosa Atenea. Los amigos
de Pisístrato decían: «Atenienses, aceptad con buenos sentimientos a
Pisístrato. La misma diosa Atenea lo ha honrado más que a todos los hombres, y
ahora él regresa a su acrópolis.»
Una vez restablecida su posición en Atenas, Pisístrato volvió a
separarse de Megacles. Evidentemente, éste contaba con que su yerno compartiera
con él el poder; pero, en vista de que tal cosa no ocurría, la enemistad entre
ellos volvió a enardecerse. La cuestión terminó para Pisístrato con una nueva
expulsión de Atenas. A partir de entonces, los Alcmeónidas se convirtieron en
consecuentes enemigos de la tiranía. En adelante pusieron en juego no pocos
esfuerzos para su definitiva aniquilación. Un enemigo no menos ardoroso del
tirano resultó ser el eupátrida Calías, hijo de Fenipo, quien, según el
testimonio de Herodoto, acaparó todos los bienes de Pisístrato en cada una de
sus expulsiones.
La segunda expulsión, que se prolongó durante diez años, más o menos,
la pasó Pisístrato en el litoral macedonio, en el Pangeo de Tracia, donde
poseía ricos yacimientos minerales en la desembocadura del río Estrimón, en la
región en que posteriormente fue fundada la ciudad de Anfípolis.
La experiencia de la repetida expulsión no pasó para Pisístrato sin
haber dejado vestigios. En adelante, su política se tornó más flexible y
cautelosa. Procuró por todos los medios ensanchar la base social de su poder, y
en parte lo logró.
Después de su tercera, y armada, ocupación del poder, Pisístrato, como
es sabido, lo retuvo hasta su misma muerte. La aristocracia ateniense,
debilitada por la prolongada vigencia de las leyes de Solón, no pudo ya
ofrecerle la resistencia activa. Los éxitos políticos de Pisístrato en el
exterior habían obligado a hacer las paces con el régimen tiránico incluso a
muchos paralios.
La política social y económica de Pisístrato
Pisístrato no se propuso promulgar nuevas reformas ni abolir el orden
establecido por Solón. Intentando dar solidez a su poder personal, recurrió a
las más diversas medidas para ganar popularidad en los más amplios círculos de
la sociedad ateniense. Según la afirmación unánime de los antiguos, lo logró en
grado bastante considerable. Aristóteles lo caracteriza como gobernante de la
siguiente manera: «El [Pisístrato] era, en general, un personaje humanitario y
bondadoso, condescendiente con los que caían en una falta; inclusive proveía
por adelantado de dinero a los pobres que iban a los trabajos rurales, para que
pudieran alimentarse mientras se ocupaban de la agricultura. Lo hacía por dos
razones: por un lado, para que no estuvieran en la ciudad, sino diseminados por
todo el país, y por otro lado, para que, teniendo a su disposición una mediana abundancia,
y ocupados de sus asuntos personales, no tuvieran ni deseos ni tiempo
disponible para los asuntos sociales. Y, junto con ello, también se
multiplicaban los ingresos a condición de que se labrara la tierra, debido a
que Pisístrato cobraba el diezmo de las ganancias que se obtenían. Por las
mismas consideraciones estableció "tribunales en los demos", y él
mismo hacía frecuentes viajes por el país vigilando la marcha de los asuntos,
restableciendo la armonía entre los litigantes, con el fin de que no
abandonasen sus tareas.» Los tribunales en los demos, esto es, en las distintas
localidades, respondían, en efecto, a los intereses de la población rural, pues
eximían a los litigantes de la necesidad de trasladarse a Atenas para la vista
de los correspondientes procesos. En cuanto a cómo apreciaba Aristóteles las
otras medidas políticas de Pisístrato, él, sin duda alguna, tiene razón al
afirmar que el crecimiento del bienestar de la población agrícola significaba
la ampliación y el afianzamiento de la base material del Estado. La intensa
actividad edificadora de Pisístrato proporcionaba trabajo a la indigente
población urbana. Hay que agregar aún que los adversarios más poderosos de
Pisístrato, especialmente los Alcmeónidas, fueron expulsados de Atenas, y sus
bienes fueron confiscados y distribuidos entre los partidarios del tirano. La
otra parte de la aristocracia ateniense, la que no sin motivos veía en el
régimen tiránico cierta especie de garantía contra los constantes disturbios y
agitaciones, evidentemente también se había reconciliado con el mismo. A todo
ello hay que añadir aún que, al menos exteriormente, Pisístrato trataba de no
violar las tradiciones de la vida política de los atenienses. Durante su
gobierno se efectuaron anualmente las elecciones de los funcionarios, sin
excluir el cargo más elevado, el de arconte epónimo. Pero esta función, desde
luego, había perdido su valor anterior, siendo ocupada, al igual que las demás,
por los partidarios del régimen existente. En general, y fuera de la postura
negativa asumida por los demócratas atenienses de tiempos posteriores respecto
de la tiranía, en la tradición de Atenas se conservó el recuerdo de los años de
gobierno de Pisístrato como de «la dorada edad de Cronos». Esto en parte se
explica también mediante razones económicas, pues durante el gobierno que
estamos considerando, Atenas se convirtió en un gran centro mercantil y
artesanal de Grecia.
El propio Pisístrato, y después de él sus hijos, trataron de comunicar
a la ciudad un gran brillo. Atenas se llenó rápidamente de construcciones
(especialmente Cerámico, el barrio de los artesanos) y suntuosos templos la
ornaron con sus edificios monumentales, como el templo de Apolo en la
acrópolis, el santuario de Zeus Olímpico (que quedó inconcluso) y el de Apolo
Pitio. Se trazó una red de acueductos y todo el territorio del Ática se cubrió
con una red de caminos.
El mismo objetivo —el de elevar la importancia de Atenas— perseguían
también las medidas de Pisístrato en el ámbito del culto religioso. Con
suntuosidad especial se celebraron en su tiempo las fiestas panateneas en honor
de la diosa Atenea. Esta antigua fiesta ateniense cobró significación en toda
el Ática y se prolongaba por varios días. Con no menor suntuosidad se
desarrollaban en Atenas las celebraciones dionisiacas. Anteriormente, el culto
de Dionisos tenía un carácter puramente campesino. Ahora, el mismo se
transformó en un culto general, un culto del Estado, en lo cual no puede dejar
de verse también la orientación hacia el campesinado en la política de
Pisístrato. Durante los años de su gobierno fueron también echadas las bases
culturales de los atenienses de esa época, en particular las de la literatura.
De los festejos corales que se celebran durante las dionisiacas urbanas, surgió
la tragedia ática. El trágico más destacado de aquel tiempo fue Tespis. El
mismo objetivo de engrandecer a Atenas en calidad de centro cultural es el que
debió propiciar la redacción del texto de los poemas homéricos, efectuada por
orden de Pisístrato.
La política exterior de Pisístrato
En el ámbito de la política exterior, Pisístrato logró éxitos
excepcionalmente grandes. En el litoral del Asia Menor, al lado del mismo
Helesponto, se apoderó de Sigeión, que fue gobernada por su hijo. En Tracia,
Pisístrato poseía las minas del Pangeo. Al mismo tiempo, el ateniense Milcíades
(de la familia de los Filaidas) ocupó la península del Quersoneso de Tracia.
Aun cuando Milcíades fundó allí su propia dinastía, tanto él mismo como sus
sucesores mantuvieron estrechos vínculos con Atenas. Poseyendo Sigeión en la
costa asiática y Quersoneso en la europea, Atenas tenía en sus manos los
accesos al Ponto. Esto, en aquel tiempo, era de un enorme valor para los
atenienses, por cuanto ya habían entablado sólidas relaciones comerciales con
las costas del mar Negro, especialmente con su cuenca septentrional. De ello
dan palpable testimonio los muy frecuentes hallazgos en dicho lugar de piezas
de cerámica ateniense de los tiempos de Pisístrato.
La posición de Atenas se afianzó aún más cuando Milcíades el Menor ocupó
las islas Lemnos e Imbros, que, desde entonces, fueron permanente posesión de
Atenas.
Después de haberse instalado definitivamente en Atenas, Pisístrato se
apoderó de la isla de Naxos y puso allí como gobernante a su protegido, el
naxiota Lígdamis. Para dar mayor apoyo a la autoridad de Atenas y a sus
pretensiones de superioridad entre los jonios, Pisístrato hizo purificar el
santuario de Delos, eliminando todas las tumbas de los alrededores del templo
de Apolo.
Desarrollando una política exterior bastante activa, Pisístrato
procuraba al mismo tiempo mantener relaciones amistosas con los demás Estados
griegos. Mantenía alianza con la dinastía de los Aléuadas, que poseía a Larisa,
en Tesalia: como ya se ha señalado, los tesaliotas habían ayudado a Pisístrato,
y posteriormente trataron de cortar el camino al rey espartano Cleómenes,
durante la campaña de éste contra el hijo de Pisístrato Hipías. Las mismas
relaciones amistosas mantenía Atenas con Macedonia. Los vínculos con Argos
fueron estrechados mediante el matrimonio de Pisístrato con una doncella
argiva. El acercamiento con Corinto se apoyaba en las relaciones hostiles de
ésta con Egina. Menos sólidas eran las relaciones con los tebanos, los que
también habían prestado colaboración a Pisístrato durante su expulsión de
Atenas, y con los lacedemonios, los adversarios más tenaces de la tiranía; sin
embargo, los Pisistrátidas también se hallaban ligados con Esparta por vínculos
de proxenia (hospitalidad).
La posición política interna de Pisístrato y su enérgica política
exterior engendraron la necesidad de mantener un ejército permanente.
Evidentemente, en Atenas, por primera vez durante el gobierno de Pisístrato, el
ejército comenzó a formarse con mercenarios. Los medios para la manutención de
los mismos, al igual que para la realización de otras medidas de Pisístrato, se
extraían de diversas fuentes, entre ellas la introducción de varios impuestos.
Durante el tiempo de Pisístrato, los campesinos fueron gravados por el diezmo,
lo cual provocó el descontento de los mismos. Esta medida presentaba una cierta
contradicción con la línea general de su política, pero la misma se puso de
manifiesto ya durante el período de gobierno de sus hijos. La significación
progresista de la tiranía de Pisístrato residió en que su gobierno estaba
dirigido contra la vieja aristocracia ateniense de abolengo y contra todos los
anacronismos del régimen gentilicio, vinculados a la aristocracia, todo lo cual
frenaba el desarrollo de Atenas.
El gobierno de los pisistrátidas
En el año 527 Pisístrato murió, transfiriendo el poder a sus hijos
Hipías e Hiparco. Lo ejerció Hipías por ser el mayor, siendo Hiparco su
segundo. Al principio, ambos continuaron la política del padre, ateniéndose a
las leyes y contentándose con moderados impuestos; prosiguieron la actividad
edificadora y protegieron el desarrollo de la literatura y de las artes, etc.
Sin embargo, y no obstante un visible florecimiento, la tiranía de los
pisistrátidas resultó ser menos sólida que la de su padre. Su posición exterior
fue tornándose cada vez menos favorable. Después de haber sido anexada Platea
al Ática, las relaciones con Tebas se tornaron hostiles. Con el debilitamiento
de Argos, los vínculos con ésta perdieron valor para Atenas. De hecho, los
atenienses habían perdido sus posesiones junto al Helesponto, por cuanto
Sigeión y el Quersoneso de Tracia habían tenido que reconocer, en una u otra
medida, su dependencia de Persia.
De resultas de todo esto, la tiranía en Atenas, después de la muerte
de Pisístrato, estaba próxima a caer, y sólo se necesitaba un pretexto para que
se iniciara un movimiento opositor. Tal pretexto fue dado por la conjuración
surgida en el año 514. A la cabeza de la misma se encontraban Harmodio y
Aristogitón. Lo que se sabe respecto a su amplitud es contradictorio. Según
algunos datos fidedignos, el número de conjurados era pequeño, y según otros,
en la conjuración tomaron parte muchas personas. El proyecto era dar muerte a
los tiranos durante la celebración de las panateneas, en que Hipías e Hiparco
participaban personalmente en la procesión, y el pueblo, con cuyo apoyo
contaban los conjurados, llevaba armas. La conjuración tuvo un éxito sólo
parcial. Hiparco fue muerto, pero Hipías quedó con vida. Harmodio fue muerto
allí mismo por la guardia personal. Aristogitón fue preso y, tras torturarlo,
se le ejecutó. Después del asesinato de Hiparco, el carácter de la tiranía
cambió bruscamente. Hipías se volvió sumamente receloso, reforzó su guardia
personal, desarmó a la población, comenzó a fortificar la colina Muniquia (la
fortaleza en el Pireo) y, a semejanza de otros tiranos, empezó a dirigir sus
miradas hacia Persia. En consecuencia, la cantidad de descontentos aumentó, se
hizo más pronunciado el movimiento contra la tiranía y la posición de Hipías se
hizo más vacilante aún.
La caída de la tiranía en Atenas
Los proscritos atenienses (con preferencia, los miembros de las
familias aristocráticas), encabezados por Clístenes, hijo de Megacles, fugaz
aliado de Pisístrato, hicieron una tentativa de invadir el Ática desde Beocia y
se fortificaron en el Leipsidrión. Allí se les unieron sus partidarios de la
ciudad. Mas al no encontrar apoyo entre las masas de la población rural, el
poco numeroso destacamento de los proscritos fue batido. Se vieron forzados a
volver a alejarse más allá de las fronteras del país y buscar ayuda en el
exterior. Cuando fue reconstruido el templo de Delfos (en lugar del que había
sido destruido por un incendio en el año 548), los Alcmeónidas colaboraron,
revistiéndolo de mármol en lugar de las tobas utilizadas anteriormente, y se
ganaron la buena disposición de los sacerdotes deíficos, los cuales, en muchos
oráculos de la Pitia, indujeron a Esparta a que expulsara a Hipías de Atenas,
lo cual se hizo esperar mucho. A fines del lapso 511—510 Esparta envió contra
Hipías, por vía marítima, un pequeño destacamento bajo el mando de Anquimolios,
que desembarcó en el puerto ateniense de Falero. Con el apoyo de la caballería
de sus aliados tesaliotas, Hipías batió fácilmente a Anquimolios, quien cayó en
el combate. Entonces fue enviada una nueva expedición, esta vez por tierra
firme, mucho más numerosa, encabezada por el rey espartano Cleómenes. Los
aliados tesaliotas de Hipías fueron derrotados y debieron retirarse del Ática,
en tanto Hipías se encerró en la acrópolis. El asedio se extendió por largo
tiempo y Cleómenes ya se disponía a retirarse del Ática, cuando un hecho
completamente fortuito —la caída, como prisioneros, de los hijos de Hipías,
cuando se intentaba salvarlos huyendo del país— alteró de pronto toda la
situación. Por salvar a sus hijos, Hipías se apresuró a rendirse y se retiró a
Sigeión.
Significación y valor de la tiranía
«... La usurpación de Pisístrato no dejó en pos de sí la menor huella
de su paso», escribía F. Engels en 1884, cuando la cantidad de fuentes para el
estudio de este período era sumamente limitada, y cuando aún no era conocida la
principal de ellas, la Constitución de Atenas. No obstante, el hallazgo de una
fuente tan notable, cual la constituida por esta obra de Aristóteles, como así
también el hecho de que la ciencia se vio enriquecida por una gran cantidad de
datos arqueológicos, no sólo no han hecho vacilas las deducciones de Marx y
Engels, relativas al período inicial de la historia griega, sino que, por el
contrario, les dieron una hermosa confirmación. Todo lo cual es válido para la
citada valoración de la tiranía de Pisístrato.
Los datos de la Constitución de Atenas han confirmado y ampliado los
hechos conocidos anteriormente por la obra de Herodoto, Plutarco y Tucídides.
Actualmente no hay dudas de que Pisístrato no hizo variar la estructura del
Estado ateniense en formación. Toda su actividad, según el testimonio unánime
de nuestras fuentes, transcurrió dentro de los marcos de la estructura política
ya existente. No emprendía nada que pudiera modificarla, tendiendo, empero, a
que todos los cargos oficiales, los del Estado, estuviesen ocupados por sus parientes,
por sus amigos más allegados y por sus partidarios. En este sentido es
sumamente característico uno de los relatos de Aristóteles: «Pisístrato, citado
a un proceso en el areópago por acusársele de haber cometido un homicidio, se
presentó, no así su acusador, quien por miedo abandonó la causa.»
La expresión, no muy clara, de Aristóteles, de que «las leyes de Solón
fueron abolidas por la tiranía, al haberlas dejado sin aplicación», puede ser
referida principalmente al gobierno de los pisistrátidas, puesto que
Aristóteles lo dice sólo en la exposición de las reformas de Clístenes.

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