HISTORIA
DE LA ANTIGUA GRECIA
VII
EL ÁTICA EN LOS SIGLOS VII Y VI A.
C.
2. La legislación de Solón
Hacia comienzos del siglo VI, la lucha entre el demos ateniense y los
eupátridas habían alcanzado extraordinaria agudeza. Escribe Aristóteles en la
Constitución de Atenas: «La mayoría del pueblo se hallaba subyugado por unos
pocos, y el pueblo se había sublevado contra los nobles. El alboroto era muy
fuerte, y durante largo tiempo unos lucharon contra otros.» Fue entonces que en
el escenario político de Atenas apareció Solón, con cuyo nombre se vinculan la
realización y promulgación de muy importantes reformas. A diferencia de Dracón,
acerca de quien casi nada conocemos, Solón dejó tras de sí vestigios notorios
en la historiografía antigua. Se le conoció en la antigüedad no sólo como gran
militante político, sino también como poeta. Las elegías de Solón, con su finalidad
de destacar temas de actualidad política, gozaron de gran popularidad y
aparecen citadas por muchos autores antiguos.
En el año 594 a. C. Solón fue elegido arconte e investido con los
plenos poderes de los aisumnetes. La promoción de Solón, dentro de un período
tan complicado y agudo de la historia ateniense, no fue obra de la casualidad.
Según las palabras textuales de Aristóteles, las dos partes veían en él, de
manera idéntica, a un posible defensor de sus intereses y al candidato indicado
para fijar una nueva legislación. «Por su origen y por su notoriedad, Solón se
contaba entre las primeras personalidades en el país, y por sus condiciones
económicas, en la clase media», dice Aristóteles. Una tradición posterior hizo
figurar a la genealogía de Solón en la estirpe regia de los Códridas, y al
propio Solón entre los siete sabios del mundo antiguo.
Nuestras principales fuentes informativas sobre la actuación de Solón
son sus propias elegías y los testimonios de Aristóteles y de Plutarco. Las
referencias romanas no agregan casi nada: Cicerón, Tito Livio, Séneca, Aulo
Helio, Diógenes Laercio y otros autores romanos son extremadamente parcos a
este respecto, y cuando se refieren a la obra de Solón, lo hacen fortuitamente
y lo describen principalmente como un filósofo. Las elegías de Solón, saturadas
de ecos de la lucha política, ofrecen un vivo cuadro de las penurias del pueblo
ateniense y de la arbitrariedad de su aristocracia. Acerca de los eupátridas,
Solón escribe:
«La hartura es madre de la arrogancia, si viene una gran riqueza.
Aquí no se respeta nada, ni de los sagrados tesoros,
Ni de las riquezas populares; saquean de todas partes,
Sin temer para nada, en verdad, a los sagrados preceptos.»
En otra parte, Solón habla de la penosa situación de los campesinos
del Ática:
«Por las manos del enemigo es atormentada la querida ciudad
En combates sangrientos, caros sólo a los facinerosos;
Estas calamidades se cometen en la patria; y de la gente pobre
Muchos van a países extraños, involuntariamente.
Vendidos a pesada esclavitud, con oprobiosas cadenas,
Sufren, a pesar suyo, el amargo destino de los esclavos.»
Fue así como Solón, eupátrida por su origen, se compenetró con los
intereses de otras capas de la sociedad ateniense, subyugadas por la
aristocracia. Con mayor claridad aún se desprende esto del siguiente fragmento
de una de sus elegías:
«Y vosotros, tranquilizad en vuestro pecho el poderoso corazón:
Muchos bienes os han caído, y estáis ahitos de ellos;
Poned, pues, medida al arrogante espíritu; de lo contrario,
Dejaremos de someternos, para vuestro mayor disgusto.»
La aparición de semejantes puntos de vista en un representante de la
aristocracia cual era Solón, es difícil de explicar sin conocer algunos
aislados detalles biográficos del legislador. Plutarco comunica que, nacido en
la riqueza, Solón se había arruinado más tarde y, para mejorar su posición, se
había dedicado al comercio. Debido a esta actividad comercial, visitó muchas
ciudades, ampliando sus horizontes mentales. La noticia proporcionada por
Plutarco hace ver que las nuevas actividades se habían propagado también entre
una gran parte de los eupátridas, la que se encontraba bajo el influjo del
rápido proceso de estratificación económico—social que tenía lugar en Atenas.
Las personas como Solón tenían sobrados motivos para estar también ellas
descontentas por la política exterior de la aristocracia gobernante. En este
sentido, es muy característico un relato transmitido por el mismo Plutarco
acerca de las circunstancias en que se había producido la aparición de Solón en
la arena política. De acuerdo con este relato, no pudiendo el gobierno
ateniense recuperar Salamina, que estaba en poder de Megara, resolvió renunciar
a esa isla para siempre, a cuyos efectos promulgó una ley especial para la
asamblea popular. Según la misma, todo aquel que tratara de renovar la lucha
por Salamina era reo de pena de muerte. No obstante ello, Solón resolvió dar
ese paso y llamó a los ciudadanos a iniciar la guerra contra Megara con el
objeto de reconquistar la isla. Formuló su llamada en forma de elegía,
pronunciándola desde la piedra destinada a los heraldos. Y fue tan grande la
impresión producida sobre sus conciudadanos, que éstos consiguieron derogar
aquella ley y eligieron a Solón como arconte, otorgándole plenos poderes para
encabezar las fuerzas atenienses en la lucha por Salamina. La guerra fue
coronada por el éxito, siendo reconquistada la isla, que desde entonces quedó
en poder de los atenienses. Esto elevó aún más el prestigio de Solón y le
permitió presentar un programa de amplias reformas, maduras desde hacía mucho tiempo,
y que tenía por objeto sanear la vida social de la comunidad ateniense. Las más
importantes fueron la «seisachteia» («la supresión de las cargas»), esto es, la
suspensión de las obligaciones del endeudamiento; la abolición de la
esclavización por las deudas impagadas; la introducción del censo de bienes
inmuebles como criterio básico para la determinación de los derechos políticos
y obligaciones de los ciudadanos; la ley de los testamentos y una serie de
otras medidas legislativas que estimulan el derecho de la vida económica de la
población del Ática y de Atenas.
La primera de las medidas enumeradas —la «seisachteia»— no fue,
durante mucho tiempo, uniformemente apreciada por los historiadores. Como se
sabe, aun en la antigüedad esta medida era diversamente interpretada por los
distintos autores. La mayoría, y entre ellos Plutarco y Diógenes Laercio, creía
que tal medida anulaba todas las obligaciones pecuniarias de los campesinos.
Dionisio de Halicarnaso había extendido sus efectos únicamente sobre los
deudores más indigentes, y Androtion consideraba que la «seisachteia» consistía
solamente en la disminución de los intereses por las deudas contraídas y del
valor del dinero, vinculándola así con la reforma monetaria de Solón.
«Habiendo tomado los asuntos en sus manos —dice la principal de
nuestras fuentes, Aristóteles—, Solón liberó al pueblo, tanto para ese momento
como para el futuro, al prohibir garantizar los empréstitos con la
esclavización personal. Luego abolió las deudas, tanto las privadas como las
del Estado, lo cual se denominó sisactía, porque era como si la gente se
hubiera sacudido, quitándose de encima una pesada carga.» Al igual que el
aditógrafo Filocoros, Aristóteles reconoce, en consecuencia, la completa
abolición de las condiciones de endeudamiento existentes hasta el momento de
dictarse la seisachteia.
En realidad, históricamente, tal medida legislativa no pudo ser tan
radical. De serlo, hubiera estado en contradicción con la tendencia dominante
que recorre todas las medidas legislativas de Solón: contraponer la propiedad
individual a la del clan y propender por todos los medios accesibles a un
legislador, al desarrollo y defensa de los intereses de esa propiedad
individual. Al parecer, la seisachteia representó en la realidad histórica una
abolición simultánea de las deudas contraídas evidentemente por las hipotecas
de la tierra, lo cual sólo pesaba sobre el campesino ático. En cuanto a la
institución que establecía el sojuzgamiento por deudas, fue realmente abolida
para siempre. Más adelante, ya después de Solón, el deudor respondía a su
acreedor con sus bienes, pero no con su libertad personal ni con la de los
miembros de su familia. Más aún: los atenienses insolventes vendidos como
esclavos fueron rescatados por cuenta de la sociedad y devueltos a Atenas. Con
este motivo, Solón decía lleno de orgullo: «He hecho regresar a Atenas, a su
patria divina, a muchos vendidos como esclavos, o que, debido a la indigencia,
han vagado durante mucho tiempo y olvidaron la lengua ática.»
La ejecución, como suponemos, de la abolición parcial de las deudas y
total de la esclavización por endeudamiento saneó, sin duda, la situación
imperante en Atenas, pero no detuvo, de manera alguna, el incremento de las
contradicciones internas en las capas de ciudadanos libres. Es muy
característico, en este sentido, el hecho de que el requerimiento fundamental
de los campesinos —el de una nueva repartición de las tierras— no hubiera sido
ya no sólo no cumplido, sino ni siquiera propuesto como problema por Solón.
Esto se desprende fácilmente de sus versos:
«El que había venido para saquear, lleno de esperanzas,
Creyendo hallar aquí grandes riquezas,
Esperaba que yo, acariciando suavemente, seria fiero en mi manera de
ser.
Mas entonces se equivocaron, y ahora, enojados por ello,
Me miran de soslayo como a un enemigo.
No importa: lo que prometí, cumplí con la ayuda de los dioses,
No en balde trabajé. Tanto me desagrada
Gobernar por la fuerza tiránica, como en las campiñas,
Dar a los malos y a los nobles parcelas iguales.»
Como consecuencia de tal política, cuya indecisión e indeterminación
eran evidentes para el propio Solón, se creó la posibilidad de una subsiguiente
concentración de tierras en manos de los grandes terratenientes. No obstante,
la abolición de las deudas y de la esclavitud por insolvencia constituyó,
indudablemente, un punto de viraje en la historia ateniense. El desarrollo
ulterior de la esclavitud en Atenas tiene lugar en adelante ya no a costa de
los miembros de la propia comunidad, sino principalmente de los de otras
naciones o tribus. Al mismo tiempo, el peso de ambas reformas, si cabe emplear
esta expresión, cayó sobre la vieja aristocracia de abolengo. La antigua
propiedad gentilicia, que se hallaba en la base de la propiedad agraria
aristocrática, tuvo que ceder gradualmente lugar a la propiedad individual. A
este respecto, es muy elocuente la variante introducida por las leyes de Solón
en el orden de herencia que había existido hasta entonces.
Hasta las reformas de Solón, los bienes en litigio pasaban a la gens o
a la fratría a que pertenecía el fallecido. A partir de las reformas
introducidas por Solón, se estableció el derecho a testar libremente, de manera
que los bienes del testador podían pasar a cualquiera, aun cuando no fuera
miembro de su familia, de su gens o su fratría.
Allanando el camino para el desarrollo económico más libre de la
comunidad civil, las leyes de Solón previeron una serie de medidas orientadas a
estimular la actividad económica de los atenienses. Así, por ejemplo, se siguió
manteniendo en vigor una ley de Dracón que reprimía la ociosidad, pero se fue
suavizando el castigo por la violación de la misma: la pena capital fue
reemplazada por la atimia (privación de los derechos civiles) y por una multa.
Era el areópago el que debía vigilar el cumplimiento de dicha ley.
Las leyes de Solón prohibían también la exportación de cereales fuera
de las fronteras del Ática, pero estimulaban, en cambio, la exportación del
aceite de oliva. Legislativamente, se daban disposiciones detalladas acerca del
orden y métodos a emplear en la plantación de olivos, y también acerca de cómo
cavar pozos y de la manera de hacer uso de los mismos. Esta medida tenía gran
valor debido a la aridez del Ática. En la legislación de Solón aparece también
una tendencia a estimular los oficios artesanales. Por ejemplo, una ley
especial eximía al hijo de la obligación de mantener a un padre, anciano, si
éste no le había hecho aprender ningún oficio.
En interés del desarrollo del comercio ateniense y con el fin de
liberar a Atenas de la influencia mercantil de Egina, se promulgó una reforma
monetaria y se estableció un nuevo sistema de pesas y medidas. Hasta aquel
momento, Atenas utilizaba el sistema de pesas de Fidón y el sistema monetario
de Egina. Entre tanto, durante el siglo vi habían cobrado una más amplia
difusión, especialmente en las ciudades periféricas, los sistemas monetario y
de pesas y medias de Eubea. En virtud de esto, Atenas adoptó con Solón sistemas
cercanos a los de Eubea. La nueva moneda ateniense era algo más liviana que la
de Egina: cien dracmas de Solón eran iguales a sólo setenta y tres de las
anteriores. Esta reforma determinó condiciones favorables a una ulterior
ampliación del comercio ateniense.
Simultáneamente con la estimulación de la actividad productora, la
legislación había emprendido una campaña contra toda clase de excesos y gastos
improductivos. Una ley especial exigía la reducción de los gastos de sepelio y
prohibía funerales suntuosos y caros y la inmolación de bueyes en holocausto,
en honor del fallecido. Se prohibió también erigir sepulcros cuyo costo fuera
mayor del de uno que pudieran construir diez personas en el curso de tres días.
Esta medida se consideraba generalmente como dirigida a poner coto a la
tendencia a un lujo excesivo que apuntaba entre los mercaderes y empresarios
atenienses; pero también puede ser interpretada como un golpe asestado a la
antigua nobleza de abolengo que trataba de mantener su prestigio mediante el
cumplimiento del antiguo suntuoso culto de los difuntos. Una de las reformas
más importantes ligadas al nombre de Solón fue la del censo, denominada también
reforma timocrática. En función de la misma, toda la población ateniense libre,
con excepción de los metecos, fue dividida en cuatro categorías, según la
cantidad de sus ingresos y sin tomar en consideración la procedencia del
censado:
1) los pentacosiomedimnos, que obtenían de sus campos, chacras y
huertas, 500 medimnos o medidas de productos, entre sólidos (cereales) y
líquidos (vino, aceite de oliva); 2) los caballeros, que obtenían 300 medidas;
3) los zeugitas, que obtenían 200 medidas, y 4) los tetes, que tenían ingresos
menores a las 200 medidas, o que, en general, carecían de ingresos. Tales categorías
censales, al parecer, habían sido formadas ya anteriormente, con motivo de
gravar a la población según las naucrarías; pero sólo en los tiempos de Solón
habían recibido su sanción política fundamental, en calidad de división.
En correspondencia con el valor de la propiedad agraria, predominante
aún, y con las fuertes supervivencias de las relaciones económicas de la
economía natural, esa división tenía que basarse en los ingresos naturales de
la tierra. Es posible que ya el propio Solón, al determinar los límites entre
las clases censatarias, guiándose por los ingresos proporcionados por la
tierra, colocara dentro de esas categorías también a los hombres pudientes que
carecían de propiedades agrarias, porque en caso contrario una considerable cantidad
de representantes de la población comerciante y artesana se vería privada de la
posibilidad de tomar parte activa en la vida política.
Se conoce, por ejemplo, que Solón había establecido una tasa
determinada para los holocaustos, equiparando, dicho sea de paso, un medimno de
cereales al precio de un dracma. El dinero tenía muy alto valor en el Ática del
siglo vi, y según las tarifas introducidas por Solón, una oveja, por ejemplo,
valía un dracma y un buey cinco. Mas no se conoce con exactitud si tal
valuación era aplicada también para los cálculos de ingresos.
La subdivisión de la población en clases de acuerdo con sus bienes
(subdivisión junto a la cual siguió conservándose la división básica en cuatro
filai, de a tres tribus y de a doce naucrarías cada file) fundamentaba también
la distribución de las cargas militares. Los ciudadanos de la primera categoría
daban cumplimiento en los tiempos de guerra, y por cuenta propia, a toda clase
de suministros; los de la segunda categoría prestaban servicio en la
caballería; los zeugitas constituían la infantería provista, por cuenta propia,
de armas pesadas (hoplitas); los tetes eran guerreros de armas livianas
(himnetes) y también prestaban servicio en la flota. La misma subdivisión de
los ciudadanos según sus bienes sirvió de base para la determinación de sus
derechos políticos. Los ciudadanos que pertenecían a las dos primeras
categorías disponían de la plenitud de los derechos políticos activos y
pasivos, esto es, podían elegir y ser electos para cualquier órgano
gubernamental del Estado ateniense. Los derechos de los ciudadanos de la
tercera categoría eran limitados: no podían ser elector para el cargo de
arcontes y, en consecuencia, entrar a formar parte del areópago. Los ciudadanos
de la cuarta categoría, los tetes, gozaban solamente del derecho a elegir, pero
no al de ser electos.
La organización política de Atenas, durante la vida de Solón, se
reducía, en sus rasgos fundamentales, a los siguiente: el areópago conservaba
el valor de tribunal superior en lo tocante a los asuntos criminales y ejercía
el control general sobre todos los demás órganos atenienses. Hay que anotar que
esa institución que se integraba con los exarcontes había modificado en grado
considerable su composición y carácter anteriores al introducirse la elección
de arcontes en base del censo. Entonces el areópago no tomaba participación
directa en los asuntos administrativos; sus funciones habían pasado en parte a
la asamblea popular (ekklesia) y en parte al consejo de los cuatrocientos
(bulé) establecido por Solón. La formación de este último conservaba aún rasgos
del antiguo orden gentilicio familiar. Para su composición se elegían cien
hombres de cada una de las cuatro filai. «Pero también este fue el único punto
en el que la constitución antigua se introdujo en el nuevo cuerpo del Estado»,
observa Engels. En el nuevo sistema administrativo introducido por Solón se
incluían, además de la asamblea popular y del consejo de los cuatrocientos,
ciertos funcionarios. Aristóteles menciona a arcontes, tesoreros, poletes (que
posteriormente entendieron en el arriendo de los bienes del Estado); colacretes
(función financiera que existía aún antes de Solón; al comienzo, sirvientes
auxiliares al hacerse los holocaustos), y el colegio de once carceleros. Los
náucraros, ya conocidos por nosotros, conservaron sus funciones anteriores.
Al parecer, las naucrarías se convierten, en el tiempo de Solón, en
principales órganos financieros. Perciben diferentes aportes e impuestos y
corren con todos los gastos corrientes. Dice Aristóteles que, inclusive en su
tiempo, cuando ya las leyes de Solón habían quedado fuera de uso, sobrevivían
expresiones tales como: «Cabe a los náucraros recabar», «efectuar el gasto de
las sumas de náucraros». Además de los órganos enumerados, existía en Atenas un
tribunal popular, tribunal de jurados: la heliaía. No es conocido el número de
sus miembros durante el tiempo de Solón, pero nos consta que en el mismo, al
igual que en la asamblea popular, podían tomar parte todos los ciudadanos
(incluso los tetes), que tuvieran treinta años cumplidos. Al parecer, la
elección de los jurados era realizada por sorteo. Entraban en la competencia
del tribunal, por una parte la recepción de los informes que presentaban los
funcionarios al vencer el término de sus servicios, y por otra parte la
investigación judicial (según las apelaciones) de los veredictos ya
pronunciados por funcionarios en asuntos referentes tanto a violencias físicas
y daños materiales como a obligaciones de la más diversa índole. A la heliaía
le fue otorgado el derecho de anulación (ruptura) de tratados estatales y
privados. Sólo el juzgado en lo criminal que se mantenía en la jurisdicción del
areópago, no entraba en la competencia de la heliaía. En resumen, todo este
sistema estaba calculado de manera que, oponiendo los elementos oligárquicos a
los democráticos, se aseguraran la situación dominante y los intereses de las
capas mercantiles—industriales de la población urbana. Y, en virtud de ello,
los cargos superiores se otorgaban solamente a las personas pudientes; las
elecciones que tenían lugar en la asamblea popular debían afianzar a aquéllos
en los correspondientes cargos. De esta manera, el nuevo orden era estructurado
ya sobre los principios de la propiedad privada. «Los derechos y los deberes de
los ciudadanos del Estado determináronse con arreglo a la importancia de sus
bienes territoriales; y quedaron suplantadas las antiguas corporaciones
consanguíneas. La gens había sufrido otra nueva derrota.»
Las antiguas organizaciones de las gens perdieron su significación
política. El valor decisivo lo fue adquiriendo en cambio el censo de bienes y
el principio territorial puesto en la base de la organización de las
naucrarías. Por otra parte, para llegar al afianzamiento definitivo de este
último principio, debió transcurrir aún mucho tiempo.
Haciendo disminuir los intereses de la nobleza terrateniente, las
leyes de Solón abrían camino a las relaciones esclavistas de producción. La
introducción del censo de bienes reducía a cero los privilegios políticos de
los eupátridas. El papel principal para llenar los cargos sociales ya no lo
desempeñaba la nobleza del origen, sino la situación económica. El acceso a la
administración, celosamente custodiado hasta entonces por las prerrogativas
creadas por el régimen gentilicio, quedó despejado y abierto a las personas
pudientes que habían salido de las filas del demos. De esta manera, los
eupátridas se vieron constreñidos a repartir el poder político con los
esclavistas promovidos por las capas artesano—mercantiles de la población
ateniense. Como resultado lógico de todo ello, en la vieja aristocracia surgió
la oposición a Solón. Por eso mismo, las leyes de Solón significaron una
revolución en las relaciones de propiedad. Habían propiciado el desarrollo de
las relaciones esclavistas y de un nuevo régimen social que venía a reemplazar
el ordenamiento de clan familiar, que ya sólo era un freno para el desarrollo
del Ática.
Engels, al valorar el significado de las reformas de Solón, subraya
que éste «inicia la serie de lo que se llama "revoluciones políticas"
y lo hizo con un ataque a la propiedad».
Se sobreentiende que, a consecuencia de esa revolución, no fue abolida
la explotación de los esclavos, campesinos y artesanos, ni fueron destruidos
los opresores. Sólo cambiaron las formas de la opresión. Como es natural, se
intensificó la explotación de los esclavos, y la situación de los campesinos,
aun liberados de sus deudas, siguió siendo penosa, igual que antes.
La lucha social después de la muerte de Solón
Después de haber sido promulgadas las reformas de Solón, la lucha
social en el Ática se enardeció con renovado vigor. No obstante todo su valor,
dichas reformas no estaban en condiciones de satisfacer a ninguna de las capas
sociales que componían entonces la sociedad ateniense. Los eupátridas no podían
hacer las paces aceptando la pérdida de sus privilegios, y soñaban con el retorno
al orden imperante antes de Solón. El campesinado ático, habiendo recibido
cierto alivio en las cargas por endeudamiento que gravitaban sobre él, apetecía
algo más sustancial, puesto que las reformas de Solón no solucionaban la
cuestión principal, la cuestión de la posesión territorial. El «hambre de
tierra» engendraba una necesidad, una sed diríase, de una reforma de naturaleza
más radical. Finalmente, tampoco se sentían satisfechos con las leyes de Solón
las capas intermedias, comprendidas entre el campesinado y la vieja
aristocracia de abolengo: la capa indigente que ya había perdido el vínculo con
la tierra, y también todos aquellos cuyo bienestar dependía de los oficios en
vías de desarrollo y del comercio marítimo. Tanto unos como otros no podían
resignarse al hecho de que, dentro de los marcos de la constitución censal de
Solón, la aristocracia seguía conservando aún una considerable influencia
política. De ahí que la lucha entre todos estos sectores siguiera
desarrollándose con vigor creciente después de Solón.
En la tradición antigua se ha conservado un relato que, sin pretender
ser históricamente veraz, es sumamente característico. De acuerdo con él, el
propio Solón habría advertido la fragilidad del orden vinculado a su nombre y,
no queriendo ser testigo del desmoronamiento de sus instituciones, había
abandonado el Ática tras exigir a sus conciudadanos un juramento de fidelidad
por diez años a las nuevas leyes.
Escribe Aristóteles en la Constitución de Atenas que, durante los
primeros cuatro años que siguieron a la partida de Solón, los atenienses
vivieron en relativo sosiego; pero al quinto año la confusión y los disturbios
habían alcanzado tal fuerza, que en Atenas no pudieron tener lugar los comicios
para la elección de arcontes. Transcurrieron cuatro años más y, precisamente en
el año 583—582, el arconte Damasias, al concluir el período de su arcontado, se
negó a entregar el mando y aprovechó del mismo ilegalmente usurpándolo, durante
dos años y dos meses más, hasta ser derribado por la fuerza. Después surgió en
Atenas un gobierno extraordinario compuesto no de nueve, sino de diez arcontes.
Para caracterizar la correlación de las fuerzas en colisión, es interesante
anotar cómo se habían distribuido las plazas en ese gobierno: cinco cayeron en
las manos de los eupátridas, tres en las de los representantes del campesinado,
los llamados geomoros, y dos fueron ocupadas por los artesanos demiurgos.
Hacia aquel tiempo, ya se habían definido en Atenas con suficiente
nitidez tres corrientes políticas: la de los pedieos, la de los diacrios y la
de los paralios. Estas denominaciones las habían tomado de los nombres de sus
correspondientes regiones áticas. Los pedieos moraban en el Pedión, donde
estaban concentradas las mejores tierras del Ática, propiedad de la
aristocracia ateniense. De ahí que ésa fuera la agrupación reaccionaria
aristocrática. Tenía por dirigente a Licurgo, quien pertenecía a la noble familia
de los Eteobutadas. Los diacrios eran los pequeños agricultores que labraban el
suelo pedregoso y escasamente fértil de la parte del Ática que llevaba el mismo
nombre: Diacría. Se afanaban por conseguir una reforma territorial radical, la
redistribución de las tierras y la democratización del régimen político
ateniense. Según las palabras de Aristóteles, a los diacrios «habían
adherido... también... aquellos que habían perdido su dinero entregado en
préstamos... y los hombres de origen impuro», es decir, los elementos
arruinados y los metecos que pretendían igualarse en derechos a los atenienses
nativos. Los autores de la antigüedad mencionan como dirigente de esta
agrupación a Pisístrato, quien, por su nacimiento, pertenecía a la aristocracia
de abolengo, pero que, según la expresión de Aristóteles, «parecía el más
fervoroso adherente de la democracia». La familia de los Pisistrátidas había
empobrecido en aquel tiempo, lo cual, evidentemente, explica el ardiente odio
de Pisístrato hacia los pedieos. A diferencia de éstos y de los diacrios, los
paralios, moradores de la zona costera de la misma ciudad de Atenas y del
Pireo, comprendían a elementos heterogéneos. Entre ellos puede incluirse,
evidentemente, tanto a los cargadores del puerto y a los marineros como a los
propietarios de los barcos y a los mercaderes, a los pequeños artesanos y a los
propietarios de establecimientos de artesanía. Lo común a todos los paralios
era el hecho de que todos ellos habían perdido en grado considerable el vínculo
directo con la tierra y habían ligado sólidamente sus intereses al desarrollo
de los oficios de la artesanía ateniense y del comercio marítimo. Desde este
punto de vista, los paralios podían tener intereses comunes. Por ejemplo, todos
se hallaban interesados en el crecimiento del poderío marítimo y del comercio.
Su dirigente, en la época que estamos considerando, era Megacles, quien
pertenecía a la antigua e influyente familia de los Alcmeónidas.
Sería incorrecto denominar a los pedieos, diacrios y paralios como
«partidos políticos», tal como hacen algunos científicos burgueses al tratar de
modernizar lo antiguo. Ninguno de aquellos tenía programa político más o menos
definido, ni, menos aún, síntoma alguno de organización partidaria. Eran
precisamente corrientes políticas nacidas de una determinada comunidad de
intereses, en diversas capas de la población. A pesar de ello, dichas
corrientes desempeñaron un definido papel en la vida política de Atenas, puesto
que la situación de esa época fue determinada en considerable medida por la
coexistencia de esas tres agrupaciones.

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