HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

VI

LA COLONIZACIÓN GRIEGA EN LOS SIGLOS VIII—VI A.C.

 

El siglo VIII y VII constituyó un período de grandes transformaciones en la historia de Grecia. Como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad griega, tienen lugar precisamente en ese tiempo considerables desplazamientos progresivos en las diferentes ramas de la producción: adquieren importancia la minería, las actividades artesanales, la navegación, la agricultura y la economía rural en general. En la época que estamos considerando, las ciudades se convierten en verdaderos centros de producción mercantil y de actividades comerciales. La creciente diferenciación social agudiza la lucha entre la aristocracia terrateniente de abolengo y los amplios círculos de la población libre y dependiente. Dentro de la situación configurada por esta tensa lucha social tiene lugar la formación del régimen clasista esclavista. En medio de estas circunstancias cobra peculiar significado la colonización: una parte de los habitantes de las ciudades de Grecia la dejan y se encamina a los litorales de otros países, donde van surgiendo nuevas polis independientes.

El vocablo «colonia» admitido en nuestra historiografía deriva del término latino colonia (colo: labrar la tierra) y denomina un establecimiento de ciudadanos latinos o romanos. A lo largo de mucho tiempo se trató de poblaciones agrícolas militares que, de acuerdo con una resolución del gobierno romano, se establecían en las regiones sometidas a su férula. En este sentido, al concepto romano de colonia le corresponde más bien el concepto griego de cleruquía, pero los clerucos van apareciendo principalmente en la época clásica, durante los siglos V y IV a. C. Para designar la colonia de las épocas tempranas, entre los griegos estaba en uso la palabra apoikía, vinculada al verbo apoikein (vivir lejos; en sentido figurado, mudarse), y significa el establecimiento de griegos en un país ajeno. La ciudad desde la cual habían emigrado los colonos seguía siendo para éstos la metrópolis, esto es, la ciudad madre.

Si las nociones llegadas a nosotros sobre el período más temprano de la colonización griega se caracterizan por ser extremadamente escasas, en cambio, las relativas al movimiento colonizador de los griegos durante los siglos viii—vi, llamado de la gran colonización, son considerablemente más amplias.

Acerca de la colonización de Sicilia, por ejemplo, se tienen valiosas noticias de Tucídides (en el comienzo del libro vi de su obra). Sobre la base de las obras perdidas de los historiadores del siglo IV (Eforo, Timeo y otros) aparecen citadas informaciones sobre las colonias en Diodoro de Sicilia, en la Geografía, de Estrabón; en el llamado Periplo, de Escimnos de Quios (de mediados del siglo II a. C.); en la Periegesis o Descripción de la Hélade, de Pausanias; en la Historia Natural, de Plinio el Antiguo, etc. Mas no hay que sobrestimar el valor de los testimonios literarios referentes a la colonización. No se contaba con anotaciones ni memorias que se refieran al tiempo de la formación de las colonias, especialmente de las tempranas, y los datos introducidos en la literatura posterior representan, en su mayoría, la exposición de toda clase de tradiciones e invenciones. En lo que concierne a los datos sobre la fundación dé las colonias, traídos por diferentes autores, también están arbitrariamente establecidos en muchos casos. Los autores antiguos utilizan a menudo como base para sus cálculos cronológicos, el lapso de vida de una generación, determinado por ellos, muy condicionalmente, como de treinta y cinco años. Así, la Megera Hiblea (en Sicilia), según los datos de Tucídides, fue fundada unas siete generaciones antes de que Gelón la destruyera, es decir, unos 245 años antes de Gelón.

En relación con esto adquiere gran valor el material arqueológico, pero los datos proporcionados por la arqueología se refieren principalmente a la época del florecimiento de las colonias, y no siempre ni mucho menos proporcionan el material necesario para establecer el momento en que surgiera esta o aquella colonia.

 

1. Causas y carácter de la colonización. Siglos VIII—VI a. C.

 

El desarrollo de las colonizaciones corresponde al período comprendido entre mediados del sigloVIII hasta finales del siglo VI a. C. Tanto la orientación de ese movimiento como las causas que lo provocaron y sus consecuencias históricas fueron distintas a las que corresponden al período de la colonización temprana de las islas y del litoral del Asia Menor, que habían tenido lugar unos tres siglos antes. El movimiento colonizador del período temprano, tal como ya lo hemos señalado, estuvo estrechamente ligado a los procesos migratorios que se habían apoderado de Grecia en aquel tiempo. La colonización de los siglos VIII—VI se desarrolló en circunstancias distintas.

Escribe C. Marx: «En los antiguos Estados, en Grecia y Roma la emigración coercitiva que tomaba la forma del establecimiento periódico de colonias constituía un permanente eslabón en la cadena social. Todo el sistema de esos Estados se hallaba edificado sobre la determinada limitación numérica de la población, que no se podía superar sin someter a un peligro la existencia misma de la civilización antigua. Mas ¿cuál era la causa de ello? Pues que a esos Estados les era completamente desconocida la aplicación de las ciencias naturales a la producción material. Sólo manteniéndose en exigua cantidad podían conservar su civilización. En caso contrario, se hubieran convertido en víctimas del pesado trabajo físico que en aquel entonces transformaba en esclavo a un ciudadano libre. El deficiente desarrollo de las fuerzas productivas colocaba a los ciudadanos en dependencia de una determinada correlación cuantitativa que era imposible violar. Y debido a ello, la única salida era la emigración coercitiva».

Originariamente, la emigración coercitiva está relacionada con la falta de tierras aptas para el cultivo, cuya mejor y mayor parte había quedado concentrada en las manos de la aristocracia terrateniente de abolengo.

Los pequeños productores, al arruinarse, a menudo no encontraban en su patria aplicación alguna para sus fuerzas y se veían forzados a trasladarse a otras partes. Debido a ello, las colonias de ese tiempo tenían preferentemente carácter agrícola. Posteriormente, y en relación directa con el desarrollo de la producción mercantil y del comercio marítimo, el tipo primitivo de colonias se transformó, adquiriendo un carácter agrícola—comercial. Una parte de su población seguía ocupándose de la agricultura, pero ya con vista a la vena de la producción, mientras otra parte se dedicaba a las actividades artesanales; finalmente se destacaban grupos dedicados principalmente al comercio. Es sumamente significativo que durante los primeros tiempos tomaran parte en la colonización no sólo las ciudades que posteriormente se convirtieron en grandes centros comerciales, sino también la población de las regiones agrícolas, pasando más adelante la iniciativa de la formación de nuevas colonias a las ciudades comerciales.

A los factores económico—sociales que estimulaban el desarrollo de la colonización se agregaron también los factores políticos. El proceso formativo de polis se cumplía en Grecia en las condiciones de una aguda lucha político—social.

Los que iban siendo derrotados en tal lucha se dirigían generalmente en busca del refugio a países extraños. Con frecuencia, a los emigrados que fundaban una colonia se les agregaban todos aquellos que deseaban trasladarse a lugares nuevos, sin que se tratara obligatoriamente de ciudadanos de la metrópoli, sino también de otras polis y ciudades. Empero, en los casos en que la colonia no era fundada por iniciativa de unos ciudadanos aislados, sino por la del Estado, se reclutaban sólo colonos pertenecientes a determinadas clases de la población de la polis fundadora; a veces se echaba a suertes entre toda la ciudadanía.

Al principio, las fundaciones de colonias eran esporádicas, adquiriendo posteriormente un carácter sistemático, destacándose en la fundación de gran cantidad de ellas, por ejemplo, las ciudades de Mileto, del Asia Menor, Calcis, de la isla de Eubea, y Corinto. Las colonias eran probablemente autónomas, pues no dependían de sus metrópolis, ni en el sentido político ni en el económico. Cada una de ellas, por regla general, tenía su propio régimen estatal, con frecuencia similar, pero no siempre, ni mucho menos, al de su metrópoli. Cada colonia tenía su legislación y su jurisdicción. Eran considerados ciudadanos de la misma sus pobladores y no los de la metrópoli. La colonia tenía sus propios funcionarios y acuñaba su propia moneda. En caso de necesidad se dirigía, a veces, en busca de la ayuda de la metrópoli y, recíprocamente, ésta requería en ocasiones el apoyo de la colonia, sin que en todo ello estuviera implícito de manera alguna un carácter coercitivo. Los malentendidos que a veces surgían entre la colonia y la metrópoli solían solucionarse por vías pacíficas, aun cuando se producían también conflictos armados.

La fundación de una colonia estaba sujeta a determinadas costumbres y formalidades. Por lo general, antes de tal fundación, se interrogaba al oráculo de Delfos o a otro. Después de haber recibido una respuesta favorable, la metrópoli organizadora de la empresa designaba de entre sus ciudadanos a un dirigente organizador de la colonia: oikistes; o bien eran los ciudadanos fundadores de la colonia los que lo elegían. Las obligaciones del oikistes incluían, en primer lugar, la distribución entre los colonos de las parcelas en el nuevo poblado. A menudo, los oikistes tomaban parte en la tarea de elaborar la constitución de la colonia: cuando ésta era fundada por iniciativa del Estado se preparaban y establecían reglamentos especiales que quedaban fijados en documentos que recibían el nombre de «leyes» de la colonia.

Solamente en casos excepcionales las relaciones entre la colonia y la metrópoli asumían la forma de dependencia política. Así, Corinto enviaba anualmente, antes de la guerra del Peloponeso, a su colonia Potídea (en la Calcídica) un epidemiurgo, que era allí el funcionario principal. También Mesalia (la actual Marsella), colonia de Fócea, pero a su vez fundadora de una serie de pequeñas colonias a lo largo de las costas de Galia y de España, retenía en sus manos el poder sobre las mismas. Pero, por lo general, los vínculos entre la metrópoli y la colonia se limitaban al ámbito de los intereses económicos, aparte de lo cual las unía la comunidad de culto y de calendario, la costumbre de enviar feorías, solemnes embajadas en ocasión de los festejos que solía haber en la metrópoli, etc.

De las colonias propiamente dichas hay que distinguir las cleruquías. Eran éstas una especie de colonias cuyos habitantes seguían siendo ciudadanos de la metrópoli fundadora. Conocemos solamente las cleruquías atenienses, fundadas con la finalidad de afianzar la influencia ateniense. La cleruquía ateniense más antigua fue fundada en el siglo VI a. C. en la isla de Salamina. Los clerucos salaminianos (cleruco era el poseedor de una parcela de tierra) debían, al igual que los ciudadanos atenienses, pagar los tributos y prestar el servicio militar en la milicia ateniense, pero tenían la obligación de vivir en la isla, careciendo del derecho a ceder en arriendo las parcelas que les habían sido otorgadas al fundarse la cleruquía. La cleruquía era administrada y gobernada por un arconte enviado desde Atenas.

Existían también cleruquías atenienses en algunas islas del mar Egeo y en el Queroneso de Tracia. Para vigilarlas, los atenienses enviaban veedores investidos de los más amplios poderes; pero, por lo general, las cleruquías gozaban de cierta autonomía y tenían sus propios órganos de gobierno y administración. Las tierras para fundar cleruquías eran principalmente obtenidas por conquistas; sus habitantes naturales eran expulsados de ellas, o bien tenían que ceder cierta parte de las mismas y pagar impuestos. A veces, las tierras se obtenían pacíficamente.

La tierra, dividida en parcelas, se distribuía entre los ciudadanos pobres de la metrópoli que deseaban emigrar, pero sin pasar a ser propiedad completa de ellos (los clerucos), sino que se les entregaba para su usufructo, permaneciendo en calidad de propiedad de la metrópoli.