VI
LA COLONIZACIÓN GRIEGA EN LOS
SIGLOS VIII—VI A.C.
2. Las orientaciones básicas de la colonización griega
El movimiento colonizador griego siguió durante los siglos VIII—VI
tres direcciones: hacia el Oeste, a las costas de Sicilia e Italia; hacia el
Norte y Noroeste, a lo largo de las costas del Helesponto y la Propóntide,
hasta el Ponto Euxino (mar Negro), y finalmente hacia el Sur, al África, donde,
ciertamente, no fueron fundadas más que dos colonias.
La colonización de la cuenca occidental del mar Mediterráneo
La parte occidental del mar Mediterráneo atraía a los griegos desde
hacía mucho tiempo, debido a la fertilidad de su suelo y a la relativa
facilidad para adaptarse a él. Italia se halla separada del Epiro y de Corcira
por un estrecho cuyo ancho es en total de unos 75 kilómetros. Algunos trechos
de la Odisea dan testimonio de que los griegos conocían a Sicilia e Italia ya
en la época heroica. En toda una serie de regiones de Italia se han encontrado
restos de edificios y otras construcciones de la época micénica y los vínculos
entre Sicilia y Creta son confirmados por gran número de monumentos históricos.
El litoral meridional de la península apenina y de Sicilia estaba
poblado desde hacía mucho tiempo y muy densamente. En la Italia meridional
habitaban los mesapios en Mesapia y los brutios en Brutia, ambos en la actual
Calabria. La Italia media, hacia donde también habían empezado a penetrar los
griegos, estaba poblada por muchas tribus de la rama italiota. En Sicilia
moraban tribus cercanas a las italiotas: las de los sículos, sicanos y elimios.
Al parecer, los sicanos habían vivido al principio en Hispania, de donde fueron
desalojados por los ligures. Ocuparon primeramente toda la península apenina,
pero fueron empujados hacia el Oeste y hacia el Sur por los sículos,
originarios de la propia Italia. La mayoría de los hombres de ciencia ven en
ellos a los itálicos, emparentados con los latinos, los oscos y los umbros. Las
tribus de elimios procedían probablemente del Asia Menor. Habitaban la pequeña
región montañosa en la parte occidental de Sicilia.
Los griegos se afirmaron en el sur y centro de Italia, y en la isla de
Sicilia. En esta última debieron de encontrarse con los fenicios, que habían
fundado allí una serie de factorías, de las cuales Motia, Panormos y Selinus
fueron las primeras; estas colonias se mantuvieron bajo la soberanía fenicia
aún en la época del florecimiento de las ciudades helénicas en la isla. Así,
pues, los fenicios se habían establecido firme y sólidamente en Sicilia, al
menos en su extremos occidental.
En Italia, simultáneamente con el afianzamiento de los griegos,
comenzaron a elevarse y destacarse las ciudades etruscas, cuya unión había
constituido la formidable potencia de Etruria, que, durante un tiempo, había
sometido a su influencia a Italia media y septentrional, y que se hallaba casi
siempre en hostilidad con los griegos. La lucha entre éstos y los fenicios, que
colaboraban con los etruscos, representa uno de los acontecimientos más
importantes en la historia de la cuenca occidental del mar Mediterráneo. El
resto de la población de Italia y Sicilia vivía aún en aquel tiempo dentro del
régimen gentilicio, sin haber alcanzado formaciones sociales más desarrolladas.
La colonización planificada de la cuenca occidental del Mediterráneo
ha de haber comenzado no antes de la segunda mitad del siglo VIII a. C. La
tradición nombra como colonia griega más antigua en Italia a Cumé o Cumas, en
el litoral occidental (en la Campania). Los datos arqueológicos, empero,
testimonian que esta colonia apareció simultáneamente con las demás colonias
griegas en Italia y Sicilia. En la fundación de Cumé habían tomado parte las
ciudades de Calcis, Eretria y la homónima Cumé, las tres de Eubea.
La costa oriental de Sicilia se hallaba poblada durante los decenios
cuarto y tercero del siglo vii por los colonos griegos oriundos de Calcis,
Naxos, Megara y Corinto. En el año 737, las dos primeras fundaron en Sicilia
una colonia con el nombre de Naxos, y de ésta se desprendieron otras dos
colonias más: Catania (al pie de Etna) y Leontini. Al comienzo del siglo viii,
en la costa del angosto estrecho que separa a Sicilia de Italia surgió una
colonia bajo el nombre de Zancle o Mesina, fundada por los piratas de Cumas, y
posteriormente poblada por los calcidios. A su vez, Zancle fundó en la orilla
opuesta de Italia la colonia de Región, cuya población fue completada más tarde
por mesenios que habían abandonado el Peloponeso tras la conquista de Mesenia
por Esparta.
A los largo de la costa septentrional y oriental de Sicilia, los
colonos de Zancle y los calcidios fundaron una serie de menudas colonias, de
las cuales las más considerables eran: Himera y Tauromenia (Taormina). Los
megarienses que habían tomado parte en la expedición calcidia fundaron la
colonia de Megara Hiblea. Ochenta años más tarde, Megara fundó una nueva
colonia en estos lugares, Selinunte, que desempeñó posteriormente un importante
papel como puesto avanzado en la lucha de los griegos con los cartagineses.
En el año 734, la expedición corintia llegada a Sicilia se apoderó de
la isla Ortigia, situada junto a la entrada al mejor puerto natural de Sicilia,
cruzaron a la orilla siciliana y allí fundaron Siracusa, que ulteriormente se
convertiría en una de las más grandes y opulentas ciudades—colonias de la isla.
Los fundadores de Siracusa se preocuparon en primer lugar de la ocupación del
fértil territorio adyacente a la ciudad. Al igual que otras colonias griegas de
Sicilia fundadas simultáneamente, Siracusa representó al comienzo una población
agrícola. El comercio y los oficios de artesanía se desarrollaron en ella sólo
más tarde.
De las ciudades del Asia Menor, en la colonización de Sicilia sólo
tomó parte la de Lindos (de la isla de Rodas), cuyos ciudadanos fundaron junto
con los cretenses la ciudad de Gela, en el siglo VII, en la costa meridional
siciliana. Posteriormente, al oeste de aquélla, fue fundada la de Acragas (la
actual Agrigento).
La Italia meridional ya había sido poblada por los griegos a finales
del siglo viii a. C. En su colonización tomaron parte una serie de
ciudades, así como también los aqueos, fugitivos del Peloponeso. Más o menos al
mismo tiempo, los espartanos fundaron Tarento.
Las colonias del sur de Italia, al igual que las de Sicilia,
aparecieron casi a un mismo tiempo. La población de las costas del golfo de
Tarento había tomado no más de unos diez a quince años. El estímulo esencial
para esta colonización fue la conquista de Mesenia por los espartanos, que
provocó una ola emigratoria similar a la que unos cuatro siglos antes provocara
la conquista de los dorios.
Las colonias aqueas más antiguas en Italia meridional fueron las
Síbaris y Crotona. Para protegerse contra la hostil Tarento y detener su
ulterior expansión, los habitantes de Síbaris fundaron Metaponte, cuya
población fue completada por aqueos nuevos, es decir, recién llegados del
Peloponeso. Un poco más tarde sometieron también a su poder a la ciudad de Siris,
al sur de Metaponte. Esto proporcionó a Síbaris el predominio sobre todo el
litoral del golfo de Tarento.
A su vez, Crotona propagó su influencia hacia el sur. Síbaris y
Crotona, situadas en una región muy fértil, fueron primeramente colonias agrícolas,
carácter que conservan incluso tras haber adquirido cierto valor en el
comercio. Ambas lograron ampliar sus posesiones no sólo a lo largo de la costa,
sino también hacia el interior del país, hasta las mismas costas del mar
Tirreno. En ellas, Síbaris, entre otras cosas, fundó la colonia Posidonia
(Paestum entre los romanos). Las posesiones de Síbaris comprendían, según
algunas fuentes, cien mil, y según otras, trescientos mil habitantes. También
Crotona disponía de un territorio en el interior del país. Estas dos ciudades
aqueas —Síbaris y Crotona—, junto con las colonias, también aqueas, que de
ellas dependían, formaron la confederación aquea, con un santuario de la diosa
Hera en el monte Lacinio, cerca de Crotona, santuario éste que se erigió en centro
de su culto. Dicha confederación desempeñó cierto papel político al no admitir
en su territorio ninguna otra fundación de colonias griegas e impedir con éxito
el avance de Tarento hacia el sur.
Según la tradición, la colonia espartana de Tarento fue fundada por un
grupo de pobladores de Laconia, carente de derechos y de parcelas. Los
habitantes de Tarento conservaron en su régimen estatal, hasta el mismo siglo V
a. C., muchas características espartanas. A poco de su fundación, Tarento
se convirtió en un gran centro económico. Poseía el mejor puerto de la Italia
meridional, y la región adyacente brillaba por su fertilidad. Mas, encontrando
al norte residencia por parte de los mesapios y de los yapigas, y en el ocaso
por parte de los aqueos, Tarento pudo propagar y ampliar sus posesiones sólo
hacia el este y hacia el sur, en donde fundó unas cuantas colonias.
En la novena década del siglo VII a. C., en el extremo meridional
de la península apenina, los locrios de la región de Lócrida Ozola fundaron la
localidad de Locres Epicefiria. A semejanza de Síbaris y Crotona, Locres
extendió sus posesiones a todo el territorio circundante hasta el mar Tirreno.
Es característico del movimiento colonizador del siglo viii el hecho
de que los colonos griegos, al dirigirse, en cierto modo precipitadamente,
hacia las fértiles tierras de Italia y Sicilia, dejaron sin atención el más
cercano litoral montañoso de Acarnania y Epiro. En el período subsiguiente,
cuando el desarrollo de la colonización comenzó a ser crecientemente estimulado
por los intereses del comercio marítimo, que iba en rápido aumento, también
esos territorios quedaron cubiertos por una serie de colonias, principalmente
corintias.
La colonización de las costas del Helesponto y del Ponto
Al mismo tiempo, o quizá algo más tarde que la colonización del oeste,
comenzó a poblarse el litoral de Tracia y del Helesponto. También allí hay que
mencionar a los calcidios como pioneros. Ellos ocuparon las islas próximas a la
Calcídica y una de sus tres penínsulas: la de Sitonia, con la mayor de sus
colonias: Torona. La península calcídica, situada más al oeste, la de Palena,
fue poblada por eretrios. Aparte de las ciudades de Eubea (como Calcis y
Eretria), en la colonización de la Calcídica a finales del siglo VII y
comienzos del VI tomó parte Corinto, que fundó la colonia de Potídea. El
litoral oriental de la Calcídica fue ocupado a mediados del siglo vii por los
habitantes de la isla Andros. Las colonias que iban surgiendo en la Calcídica
asumían un carácter puramente agrícola. La mayoría de las mismas se encontraba
lejos del mar, y de las que se hallaban cerca sólo muy pocas tenían puertos
cómodos. A finales del siglo v a. C. fue destacándose entre las ciudades
calcídicas la de Olinto como un gran centro comercial y artesanal.
A finales del siglo VIII o comienzos del VII a. C. los habitantes
de la isla de Paros ocuparon la de Tasos. El poeta Arquíloco se queja de la
aridez de sus tierras, mas no hace mención alguna a sus ricas minas de oro.
Esto indica que, en un principio, la isla fue colonizada por agricultores.
Posteriormente, los de Paros comenzaron a ir de Tasos hacia el litoral
adyacente de Tracia, donde fundaron algunas insignificantes poblaciones. Más
tarde, en ese mismo litoral, fue fundada, a mediados del siglo vii, por los
habitantes de Clazómenes, la colonia de Abdera, posteriormente destruida por
los tracios y vuelta a ser poblada por los habitantes de Teos, ciudad griega
del Asia Menor, que en busca de salvación huían de los persas. Más o menos en
ese mismo tiempo la isla de Quios trasladó a ese lugar su colonia Maronea.
Probablemente, esta había sido fundada ya antes de la ocupación de Tasos por
los de Paros, puesto que éstos tuvieron que sostener una lucha tenaz con los de
Maronea. Más hacia el norte seguía la franja de poblaciones agrícolas fundadas
por los lesbios y los eolios, de las cuales hay que mencionar a Sestos y
Perinto, colonia instalada por los samios.
Las costas de la Propóntide y del Bósforo tracio fueron pobladas por
oriundos de Megara, quienes sobre la costa asiática fundaron, posiblemente
todavía a finales del siglo vii, Astacos y Calcedonia, y en la costa europea
Selimbria y Bizancio (año 659).
La actividad colonizadora de los megarenses en la Propóntide fue
reanudada sólo cien años más tarde, al parecer en combinación directa con la
encarnizada lucha de clases que tenía lugar en Megara.
El litoral asiático del Helesponto y de la Propóntide era poblado
preferentemente por colonos de Mileto. Salvo Lámpsacos (colonia de los
focenses), las demás colonias fueron fundadas allí directamente por Mileto o
bien con su participación y bajo su dirección.
Las colonias más antiguas de los milesios eran Sínope, en la costa
meridional del Ponto, y Cícica, en la costa de la Propóntide, fundadas aún en
el siglo VIII. Ambas fueron destruidas a comienzos del siglo VII, durante la
invasión de los cimerios, pero restablecidas posteriormente. La actividad
colonizadora más enérgica de Mileto corresponde a la segunda mitad del siglo vii.
En particular en la costa de la Propóntide los milesios fundaron entonces
Abidos y una serie de colonias menos importantes. Junto a la entrada al mar de
la Propóntide se hallaba la ya mencionada Cícica, poblada por segunda vez por
colonos milesios entre los años 675 y 674, y había otra población milesia en la
isla Proconesos, célebre por sus mármoles labrados.
La colonización del litoral meridional y occidental del mar Negro
Los primeros entre los pueblos de la cuenca del Mediterráneo que
penetraron en la del mar Negro fueron los carios, quienes sólo dejaron débiles
vestigios de su permanencia en las costas del Ponto.
Las tempranas campañas emprendidas por los griegos hacia el misterioso
Ponto que en aquel entonces les infundía temor se conservaron en la memoria de
los helenos y en la leyenda de los Argonautas. Los peligros corridos por Jasón
y sus compañeros de viaje reflejan las reales dificultades que se presentaban a
los marinos griegos durante sus travesías por las aguas del Ponto: los
torbellinos y las fuertes correntadas en los estrechos, la navegación en la
vasta llanura marina carente de islas. En el siglo VIII a. C., la
navegación marítima de los griegos por el Peloponeso fueron mucho más
regulares.
Al principio, la expansión griega se orientaba a lo largo de las
costas del Asia Menor. La más antigua de las colonias allí fundadas fue, como
ya se ha anotado más arriba, Sínope, la cual, según una antigua tradición, había
aparecido en el año 812 a. C. en el sitio de una población indígena
anterior, a orillas de la mejor bahía de la costa meridional. Desde allí
arrancaba una antigua vía hacia el interior del país, hacia Sardes y Babilonia.
La población local —una tribu de calibes— era célebre desde tiempos muy
anteriores por su metalurgia, que confería al hierro cualidades parecidas a las
del acero.
Alrededor del año 750 a. C., los de Sínope fundaron su propia
colonia, Trapezonte. Es dable pensar que en la fundación de la misma contaron
con la ayuda de su metrópoli, Mileto.
A finales del siglo VIII llegaron en una ola devastadora, procedentes
del litoral septentrional del mar Negro, tras haber atravesado el Cáucaso y el
Asia Menor, tribus invasoras cimerias. Ocuparon Trapezonte y Sínope y,
probablemente, las asolaron. Las leyendas acerca de las guerreras amazonas que
fundaron su propia ciudad, Temiscira, cerca de la desembocadura del río
Termodonte, reflejan, al parecer, el hecho históricamente verídico de la invasión
de los cimerios. Sólo después de haber aplastado a éstos, Mileto restableció
sus colonias. La tradición antigua ubica el establecimiento de Sínope en el año
630 a. C.
En la centuria siguiente, los milesios fundaron allí nuevas colonias,
por cierto menos importantes que Sínope: se trata de las de Sésamo y Cromnas,
surgidas en los sitios de poblaciones que se remontan a la época que precediera
a la colonización griega. Luego fundaron Teos, que desempeñaba un pequeño
papel, y Citoris. La propia Sínope también fundó una serie de poblados: Ceras,
Cotiora y otros más, menores por su valor y dimensiones.
Es interesante la historia de la fundación de Amisos, situada en el
camino que unía Trapezonte con Sínope, en el punto del litoral desde el cual
arrancaban caminos hacia el interior del país, hacia la Capadocia. Al parecer,
en aquel punto existía una población aun desde los tiempos de los quetas. A
finales del siglo VII se habían establecido allí los focenses, que realizaban
muy distantes viajes en sus navios semicomerciales, semipiratas. Mas no
pudieron retener Amisos por mucho tiempo: la ciudad se había llenado de
emigrados milesios, cuyo papel fue tan grande que algunos autores, como, por
ejemplo, Estrabón, consideraban a Amisos como una colonia de Mileto.
De esta manera, hacia la séptima década del siglo VI a. C., a lo
largo de toda la costa meridional del Ponto se había extendido una densa red de
colonias griegas. Sus pobladores pertenecían todos a la rama jonia. Sólo
alrededor del año 560 a. C. surgió allí la única colonia dórica: Heráclea.
Estaba situada ésta en una región fértil, cerca de la desembocadura
del río Lico, en las orillas de un puerto natural relativamente cómodo,
defendido desde el lado del mar por un promontorio. La región estaba poblada,
mucho antes de la llegada de los griegos, por mariandinos, que se ocupaban
activamente de la agricultura. Habían recibido con hostilidad las tentativas
griegas de echar pie en su territorio, de modo que los jonios no pudieron
fundar allí población alguna. Posteriormente lograron hacerlo los oriundos de
la doria Megara, sometiendo a los mariandinos por las armas, privándolos de su
independencia y colocándolos en una situación similar a la de los ilotas en
Esparta: pagaban tributo a los herácleos y estaban fijados a las tierras que
cultivaban.
El núcleo principal de la población de Heráclea lo componían los
emigrados de Megara.
El asentamiento de los griegos en la cuenca occidental del mar Negro
empezó considerablemente más tarde que la de la meridional, a partir de
mediados del siglo VII a. C. Los pobladores locales, los tracios, eran
conocidos desde hacía mucho por los griegos, en cuya mitología figuraban ya.
Con la cuenca occidental del Ponto estaba vinculada una serie de mitos helenos,
como, por ejemplo, el de la isla Leuce, situada frente a la desembocadura del
Danubio, sitio en que se encontraba la morada del deificado Aquiles, el héroe
de la guerra troyana, después de su muerte. Ulteriormente, entre los colonos de
la cuenca occidental cobró difusión el culto de Aquiles, a quien se adoraba
como amo y señor del mar, nombrándolo Aquiles—Pontarca.
Cuando los griegos penetran en el litoral tracio del mar Negro, las
tribus locales se hallaban en la etapa de descomposición del régimen gentilicio
primitivo. Se ocupaban fundamentalmente de la agricultura y de la ganadería y
habían obtenido cierto desarrollo de las actividades artesanales, en especial
de las metalúgicas.
Como primeros colonos en el litoral occidental son conocidos también
los originarios de Mileto, los que primeramente fundaron Istros en una pequeña
isla del sur del delta del Danubio. Había allí un buen puerto natural y el
Danubio ofrecía una excelente vía hacia el interior del país. La tradición
ubica la fundación en la década del año 650 a. C., lo cual es confirmado
por las investigaciones arqueológicas.
A este respecto hay que anotar que, a diferencia de lo ocurrido con
las colonias griegas de la cuenca meridional del mar Negro, que casi no han
experimentado excavaciones, las ciudades de la cuenca occidental del mismo mar
han sido investigadas por los arqueólogos bastante meticulosamente.
Alrededor del año 609 a. C., los milesios fundaron en el litoral
occidental del Ponto la segunda ciudad, Apolonia, en un islote situado en la
parte meridional del golfo hoy llamado Burgas, a orillas de un muy buen puerto
natural. Apolonia, a su vez, fundó el villorrio de nombre Anquialos. Luego, en
el período comprendido entre los años 590 y 560 a. C., fue también Mileto
la que fundó Odesos en la orilla del mejor puerto de todo el litoral, en el
lugar del actual puerto Stalin. Además de buen puerto, Odesos tenía el
privilegio de hallarse en la desembocadura del río Paniza, que lo vinculaba con
el interior del país.
Al parecer, aproximadamente al mismo tiempo, en las orillas de una
bahía bastante cómoda surgió la ciudad de Tomis. Con ésta llegó a su final la
actividad colonizadora de Mileto en la cuenca occidental del mar Negro, de modo
que puede concluirse que la misma se desarrolló hasta mediados del siglo VI
a. C.
Existían en ese litoral occidental otras pocas pequeñas poblaciones
fundadas por los jonios. Entre ellas podemos mencionar a Cruni, cuyo nombre fue
cambiado por el de Dionisópolis, debido al desarrollo excepcional en la misma
de la vitivinicultura.
Al igual que en el litoral meridional, la aparición de los colonos
dorios en la cuenca occidental del mar Negro tuvo lugar unas décadas más tarde,
después de terminada la actividad colonizadora de Mileto. También aquí los
dorios cedían considerablemente a los jonios. Alrededor del año 530 a. C.,
los emigrados de Heráclea fundaron Calatia, condicionando la elección del lugar
a la fertilidad de la llanura circundante y a la vecindad de un lago de agua
dulce rico en peces. Calatis carecía de puerto natural.
Casi al mismo tiempo, cerca del año 520 a. C., Megara ayudó a su
colonia Calcedonia a fundar la ciudad de Mesembria, en una península sobre la
orilla septentrional del golfo Burgas, con un buen fondeadero. En la población
de Mesembria tomó parte también Bizancio. A su vez, Mesembria fundó unos
cuantos poblados pequeños.
En la economía de algunas ciudades del Ponto occidental (por ejemplo,
Calatis), predominaba la agricultura; en otras (Istros, Apolonia, Odesos y
Mesembria) habían cobrado considerable desarrollo los oficios artesanales y el
comercio.
Resulta así que la colonización de los litorales meridional y
occidental de la cuenca del mar Negro se extendió, en apenas trescientos años,
desde finales del siglo ix hasta la primera mitad del VI a. C. La
tenacidad con la que los jonios de Mileto y los dorios de Megara trataron de
apoderarse del Ponto hace ver cuán alto apreciaban los griegos al litoral del
mar Negro. La historia posterior justificó sus anhelos.
En el transcurso del siglo VI a. C., las colonias del mar Negro
fueron creciendo rápidamente. En el litoral meridional se destacó
especialmente, como gran centro mercantil, Sínope. Exportaba hierro que
elaboraban los calibes, madera para construcciones, nueces, almendras.
Aprovechando la benignidad del clima, los sinopianos comenzaron a cultivar en
gran cantidad el olivo, lo cual les aportaría luego, en el siglo VI, tal nivel,
que la ciudad comenzó a acuñar moneda propia. Heráclea, explotando el trabajo de
los mariandinos, exportaba cereales y maderas.
Conocemos más detalladamente el comercio de las ciudades del Ponto
occidental. Los hallazgos de la cerámica griega muy arriba en el curso del
Danubio y de sus afluentes, indican que en aquel tiempo Istros sostenía un
activo intercambio comercial con las más distantes tribus tracias. Muy intensos
eran también los vínculos de las ciudades del Ponto occidental, no sólo con sus
respectivas metrópolis, sino también con los más grandes centros mercantiles de
aquel tiempo. A finales del siglo vii y comienzos del VI a. C., Istros y
Apolonia comerciaban con Rodas y Paros, y posteriormente también con Samos. La
ciudad de Odesos había entablado relaciones comerciales con Corinto
inmediatamente después de haber sido fundada.
A mediados del siglo VI a. C., la actividad comercial de Atenas
con las ciudades occidentales y meridionales del Ponto ocupaba un lugar
bastante considerable. Entre los años 580 y 560 a. C., en todas partes de
Grecia fue en aumento la exportación ática y disminuyó el volumen del comercio
con Corinto.
Al mismo tiempo cobraron gran significación las relaciones de las
ciudades de las costas meridional y occidental del Ponto, con la ciudad de
Cícica, en la Propóntide, cuya moneda, el electrón, fue convirtiéndose
gradualmente en unidad pecuniaria básica en todo el litoral del mar Negro. La
historia posterior de las ciudades de esas dos castas del Ponto nos es
relativamente poco conocida.
A mediados del siglo VII a. C., las regiones septentrionales del
Asia Menor fueron conquistadas por Creso, rey de Lidia. Este mantenía
relaciones amistosas con el mundo heleno, aun cuando las ciudades del Asia
Menor estaban bajo su égida. Posiblemente, Sínope y otras ciudades del Ponto
meridional hayan debido reconocer el poder de Creso sobre ellas. Pero su
gobierno fue breve. Muy pronto su reino fue engullido por la potencia persa.
El testimonio de Herodoto en el sentido de que los mariandinos pagaban
tributo a Darío, permite suponer la dependencia de Heráclea del reino persa. Es
posible que también Amisos se hallara en igual situación. Según Estrabón, esta
ciudad estuvo durante algún tiempo sometida al poder de cierta persona que
gobernaba a los capadocios. Evidentemente, esa tal persona identifica a uno de
los sátrapas.
Al parecer, también las ciudades del Ponto occidental tuvieron que
reconocer el poder del rey persa. Herodoto, por lo menos, comunica que a
finales del siglo VI a. C., durante la campaña de Darío contra los
escitas, su flota había visitado los puertos del mar Negro occidental. Esa
sumisión, por otra parte, no se prolongó por mucho tiempo. Ya en los años
499—493 a. C., Mesembria sirvió de refugio a los bizantinos y los
calcedonios, que se habían sublevado contra los persas y que huían de la flota enviada
para reprimirlos. Por lo pronto, se ignora si las ciudades del Ponto meridional
tomaron parte en la mencionada sublevación.
La historia interna de las ciudades de la orilla occidental del Ponto
en el siglo VI a. C., es desconocida. Merced a una breve nota de
Aristóteles tenemos algunas ideas acerca de la marcha general de los
acontecimientos en Heráclea. AI principio, en la misma se había apoderado del
gobierno el partido democrático. Luego éste fue derrocado, estableciéndose en
la ciudad un gobierno oligárquico. Es posible que la fundación de Calatis fuera
emprendida por los aristócratas, con el fin de alejar de la ciudad a los
demócratas más activos, y poder así afianzarse ellos en Heráclea. Sugiere tal
suposición el hecho de que Calatis, polis democrática al comienzo, retuvo este
régimen ulteriormente.
Tales son los datos de que disponemos acerca de la historia del Ponto
meridional y occidental durante la época de la colonización.
La colonización de la cuenca septentrional del mar Negro
La colonización del litoral septentrional del mar Negro comenzó
después de que los pobladores griegos se habían establecido sólidamente en sus
costas meridional y occidental. A juzgar por las excavaciones efectuadas, las
colonias griegas más antiguas en la cuenca septentrional del Ponto Euxino
habrían aparecido no antes del siglo V a. C. La única excepción en este
sentido la ofrece una pequeña población en la isla de Berezán, que, por lo
demás, muy pronto dejó de existir. La colonización relativamente más tardía por
los griegos del litoral septentrional se explica por la mayor distancia que
separaba esos lugares de su patria. Se sobrentiende que aislados navegantes
griegos ya visitaban antes esas playas episódicamente. Aparte de los mitos y
sagas, dan testimonio del conocimiento que tenían los griegos de esta región,
incluso en tiempos anteriores, los hallazgos efectuados en el litoral
septentrional del mar Negro de varios objetos de confección griega.
El principal papel colonizador en esta región correspondió a los
jonios originarios de las ciudades costeras del Asia Menor y, en primer lugar,
Mileto. En el siglo VI fueron fundadas por ellos, en la boca del estuario de
los ríos Hipanis y Borístenes (Bug y Dniéper), Olbia, y una serie de colonias
en la cosa oriental de Crimea, a ambos lados del estrecho de Kertch, que en la
antigüedad tenía la denominación de Bósforo Cimeriano. Las mayores de dichas
colonias fueron Panticápea (en el sitio de la actual Kertch), Ninfeón, Teodosia
(en el sitio de la actual Teodosia), Fanagoria, Hermonasa y Cepi, en la región
litoral de la península de Taman, que en aquel tiempo era un grupo aluvional de
los islotes depositados por el delta del río Kuban. La más septentrional de las
poblaciones del Bósforo era Tanais, situada en las cercanías de la
desembocadura del Don, pero que ciertamente apareció más tarde. A través de
ella, las colonias del Bósforo mantenían activas relaciones con las tribus que
moraban sobre el Don. La única colonia doria en el litoral septentrional del mar
Negro fue Quersoneso, fundada en el siglo V a. C. por los emigrados de la
Heráclea Pontina, a tres kilómetros de la actual Sebastopol. No está descartada
la posibilidad de que antes de ubicarse allí los colonos de Heráclea hubiera
existido en ese lugar una pequeña jonia.
En el desarrollo ulterior de todas esas colonias griegas, junto a la
agricultura comenzó a desempeñar un papel bastante visible el comercio.
En el siglo VI a. C., muchas ciudades griegas sentían la
necesidad de materias primas, especialmente cereales, de las que podían
proveerse en la cuenca del mar Negro. Los oficios de la artesanía griega
también necesitaban un mercado para colocar sus productos. En primer lugar
sintieron interés en ello las ciudades griegas costeras del Asia Menor, las más
adelantadas y económicamente más desarrolladas en aquel tiempo.
Las colonias griegas de las regiones costeras del mar Negro y, en
particular, las septentrionales, fueron adquiriendo en el siglo VI a. C.
un significado exclusivo en la vida económica de Grecia, al tornarse en
proveedoras de materias primas, cereales y fuerza de trabajo esclavo. De esta
manera, de su actividad comenzó a depender el bienestar de muchas ciudades de
Grecia.
Entre los colonos griegos y las tribus locales se habían establecido
relaciones comerciales muy activas. Los artículos de Grecia, como los productos
artesanales y los objetos de arte, así como los vinos y el aceite de oliva,
eran intercambiados por los mercaderes griegos por productos agropecuarios. La
nobleza de las tribus locales era la más interesada en ese intercambio, pues
poseía grandes rebaños y vastas extensiones de tierras fértiles. A las
relaciones comerciales con los griegos fueron igualmente atraídas las masas más
amplias de la población local, que, según el testimonio de Herodoto, cultivaban
los cereales con vistas a su venta. La gran cantidad de objetos de origen
griegos descubiertos en las excavaciones practicadas en las poblaciones locales
y en los túmulos ilustran palpablemente sobre la intensidad de tales
vinculaciones.
Las condiciones favorables para el desarrollo de las colonias griegas
en la cuenca septentrional del mar Negro residían en el hecho de que la
sociedad local sentía la necesidad, al comienzo de la colonización, del
intercambio recíproco con los griegos. A su vez, el comercio con los griegos
facilitó en el seno de la sociedad local la formación de clases, dando lugar de
este modo a la transición del primitivo régimen comunal a un escalón superior
del desarrollo histórico. La estrecha comunión de los griegos con las tribus
locales propiciaba también el desarrollo de los procesos asimilatorios, que se
realizaban con intensidad especial en las costas del Bósforo Cimeriano. La anchura
que allí se había formado adquirió, en función de ello, rasgos griego—locales.
Los habitantes más antiguos que los griegos llegaron a conocer en la
cuenca septentrional del mar Negro fueron los cimerios. Bajo el nombre de
himirayas aparecen mencionados en las escrituras cuneiformes de los textos
sirios de finales del siglo VIII a. C., que informan acerca de las
invasiones cimerias en el Asia Menor y Anterior y hasta en Egipto.
Hacia los tiempos de Herodoto, que visitó la cuenca septentrional del mar
Negro a mediados del siglo V a. C. y dejó las nociones más valiosas que se
tienen sobre los habitantes de ese país, el período ligado al nombre de los
cimerios era ya un pasado remoto, grabado en la toponimia local. Así, el actual
estrecho de Kertch, como se ha dicho, era llamado Bósforo Cimeriano; en la
región del nombrado estrecho había un fortín cimeriano, una travesía (por mar)
cimeriana, una Región Cimeriana.
Va creándose la impresión de que la morada principal de los cimerios
era la península de Kertch. Sin embargo, Herodoto informa que le habían hecho
ver la tumba de «un rey cimerio» en la región del río hoy denominado Dniéster.
Los otros escritores de la antigüedad están menos informados aún. No está
descartada la posibilidad de que para los griegos el término «cimerios» tuviese
un valor colectivo en el cual quedaban comprendidas varias tribus que en la
antigüedad poblaban la amplia superficie esteparia que va desde el río Bug
meridional hasta el mar de Azov, incluyendo a Crimea. Hasta la actualidad, la
cultura de los cimerios es muy poco conocida. Con la expresión «cultura
cimeria» se suele designar en la literatura arqueológica a los monumentos de la
época de transición entre la del bronce y la del hierro, hallados en el
territorio de la cuenca septentrional del mar Negro como resultado de
excavaciones aisladas, en los tesoros ocultos y como hallazgos fortuitos.
Momentáneamente resulta difícil destacar, de entre ese material, los monumentos
propiamente cimerios. Según Herodoto, los cimerios fueron expulsados fuera de
la cuenca septentrional del mar Negro por los escitas, dirigiéndose a la costa
meridional, a las proximidades de Sínope. Algunos hombres de ciencia suponen
que, aun cuando tal migración haya tenido lugar en la realidad histórica, la
misma no fue general, y una buena parte de los cimerios debe haber quedado en
la zona montañosa de Crimea; las tribus que habitaban esta región aparecen
mencionadas posteriormente por los antiguos escritores bajo la denominación de
tauros.
Según el testimonio de Herodoto, en sus tiempos eran los escitas los
que representaban la población básica de la cuenca septentrional del mar Negro;
de ellos, Herodoto suministra nociones bastante circunstanciadas. Según todos
los indicios, Herodoto realizaba sus observaciones sobre el mundo de las tribus
de la mencionada comarca encontrándose él en Olbia, situada en la costa del
estuario en que desembocan los ríos Bug y Dniéper. Siendo así, resulta lógico
que nombrara en primer lugar a las tribus escitas que vivían en las cercanías
de esa ciudad. En las descripciones de este autor, dichas tribus son enumeradas
y nombradas una por una. Cita primeramente a los calípides, los que figuran en
su obra bajo otro nombre característico: el de heleno—escitas. Eran los vecinos
más cercanos de Olbia y, antes que los demás, se habían asimilado con los
colonos griegos, experimentando un fuerte influjo de la cultura griega. Acerca
de los alasonienses, que vivían al lado de los calípides, dice Herodoto que
sembraban y se alimentaban de cereales, cebolla, ajo, habas y mijo. Más allá de
los alasonienses, sobre el territorio adyacente de ambas orillas del río Bug,
vivían los llamados escitas—labriegos que, según Herodoto, cultivaban cereales
no sólo para satisfacer las propias necesidades, sino también para la venta.
Evidentemente, el territorio por ellos poblado entraba en la esfera de la
actividad comercial de los mercaderes de Olbia.
En cuanto a la población de las regiones más distantes de Olbia,
Herodoto las determina sobre la base de indicios más generales. Así, toda la
población del gran territorio que se extiende hacia el este del Dniéper la
denomina escitas—agricultores, contraponiéndolas al grupo mucho más numeroso de
los escitas—nómadas que, según dice, «ni siembran ni aran». Más lejos todavía,
hacia el este, vivían los escitas reales, llamados así por Herodoto por el
predominio que ejercían sobre el resto de la población.
Así, pues, los escitas representaban, evidentemente, una cantidad de
tribus emparentadas entre sí, parcialmente nómadas, parcialmente sedentarias.
Fluye del material de las investigaciones arqueológicas que la cultura
propiamente escita había cobrado difusión, en primer lugar, en la región del
Bug inferior y del Dniéper inferior, como también en el área comprendida entre
éste y el mar de Azov, incluyendo el territorio de la Crimea esteparia. Aun
habiendo algunas particularidades locales en cada una de las regiones, se
observan rasgos de comunidad tipológica en la cultura material: las mismas
formas de la cerámica, armas y arneses del mismo estilo, tipos similares de las
sepulturas, etc. La cultura material de la zona silvestre—esteparia, que
difería esencial y naturalmente de la cultura escita, experimenta a partir de
mediados del siglo V a. C. una fuerte influencia de esta última,
influencia que atenuó en parte los rasgos diferenciales entre ambas. La
proximidad étnica de las tribus escitas encontraba su expresión, en primer
lugar, en su lenguaje. Lamentablemente disponemos, en cuanto al mismo, sólo de
datos muy limitados extraídos principalmente de los escritos griegos. Las
tentativas de resolver el problema referente al idioma de los escitas, hechas
por la ciencia burguesa, han dado pie a una serie de hipótesis contradictorias,
que se excluyen mutua y recíprocamente. Las estructuras no—marxistas de N. Ia.
Marr y de sus discípulos y continuadores estorbaban a la correcta ilustración
del problema etnogenésico escita en nuestra literatura. En la actualidad, entre
los lingüistas y escitólogos soviéticos predomina el punto de vista que ubica
la lengua de los escitas en el llamado grupo lingüístico nordiranio.
Más allá del Don, según los datos de Herodoto, ya no vivían escitas,
sino tribus de sármatas, afines a aquellos tanto por la lengua como por el modo
de vida. Lo mismo puede decirse de las tribus de los maitas que habitaban en
las regiones costeras del mar de Azov, y en la del río Kubán. El territorio
poblado por los citados grupos tribales estaba totalmente rodeado por tribus no
consanguíneas con los escitas, de los cuales diferían por su manera de vivir
como por el nivel del desarrollo social. Los griegos estaban muy mal informados
acerca de las mismas, a cuyo respecto circulaban los más fantásticos rumores.
Herodoto, por ejemplo, al hablar de los neuros, que poblaban el territorio
situado al oeste del Dniéper medio y que, quizá, representaban la población
protoeslava de Europa, dice que todos ellos eran unos brujos que poseían la
facultad de convertirse en lobos. Aproximadamente las mismas confusas ideas
tenía Herodoto sobre los melanclios, pobladores de la región del Don superior y
las estepas adyacentes.
Se sobrentiende que el desarrollo histórico de las tribus diseminadas
sobre un espacio tan vasto se cumplía en condiciones bien disímiles, con ritmos
igualmente distintos. Esenciales diferencias en el desarrollo se observan
inclusive en los casos en que tales o cuales grupos tribales se hallaban cerca
unos de otros. Así, todos los escritores de la antigüedad subrayan
unánimemente, por ejemplo, la tosquedad y el atraso de los tauros que poblaban
la parte montañosa de Crimea. Las investigaciones arqueológicas de esa parte de
Crimea han hecho ver que, efectivamente, en la antigüedad no había allí
condiciones favorables para el desarrollo de la agricultura ni de la ganadería,
y que la ocupación principal de sus habitantes eran la caza y la pesca. No
obstante, la vida económica de la mayor parte de las tribus de la cuenca
septentrional del mar Negro, precisamente de aquellas con las cuales entraron
en contacto los griegos, hacia el tiempo de la colonización ya habían alcanzado
un nivel relativamente elevado. Se refiere esto especialmente a la manera de
vivir de la población agrícola sedentaria, que conocemos merced a las
excavaciones de muchos vestigios de ciudades, en particular las efectuadas en
las ruinas Cámenni, sobre el Dniéper, en las cercanías de la actual Nicópol. La
labranza en aquel tiempo se realizaba, por regla general, con bueyes uncidos al
arado; en el levantamiento de la cosecha se empleaban hoces; el grano era
molido en molinillos especiales. La gran cantidad de restos óseos atestiguan la
cría de ganado grande y pequeño, de aves y de caballos. Los restos de viviendas
y de la cerámica encontrada en las mismas, de las más variadas formas y usos,
hablan del relativo bienestar material de sus moradores.
En cuanto al grado de desarrollo de la ganadería entre los nómadas,
hallamos testimonios en monumentos de la antigüedad tales como los túmulos de
Ulski, Vorónezh, Costromá y otros. Sólo en uno de los túmulos de Ulski, cuyo
origen se remonta al siglo VI a. C., fueron hallados más de cuatrocientos
esqueletos equinos dispuestos en filas regulares junto a los palenques. La
costumbre de la ritual matanza en masa de los caballos da una idea acerca de
las dimensiones de las caballadas que pertenecían a los nómadas. La plenitud de
los inventarios sepulcrales en los grandes túmulos, en cuanto a objetos de origen
griego, es prueba palpable de los estrechos vínculos de la nobleza tribal con
las ciudades—colonias griegas.
Los grandes túmulos en los que se puede hacer ricos inventarios y
hallar vestigios de holocaustos rituales están en contraposición con la gran
cantidad de tumbas de gente pobre, casi carentes de inventario sepulcral, lo
cual pone en evidencia un intenso desarrollo local de los procesos de
estratificación económico—social. Los constantes choques armados entre las
tribus, que proporcionaban a los vencedores botín de guerra y prisioneros, y el
comercio con los griegos, a los que, evidentemente, se vendía una parte de
aquéllos, forzaban un mayor crecimiento de la desigualdad social. Sin embargo,
la sociedad de la cuenca septentrional del mar Negro en aquellos tiempos, y a
juzgar por muchos indicios, aún no se había desprendido del régimen primitivo
del clan comunal; en ese ambiente no había comenzado todavía el proceso de la
formación de clases ni el de la formación de un Estado.
Herodoto menciona más de una vez a reyes escitas. Los mismos, aun en
los casos en que encabezaban la unión de varias tribus, seguían siendo, en
esencia, sólo jefes de su tribu. Aun sin dudar de la existencia, generalmente
breve, de uniones de tribus locales que sumaban sus fuerzas para emprender
acciones bélicas conjuntas en gran escala, como, por ejemplo, durante las
invasiones escitas en el Asia Anterior y en el Asia Menor, hay que rechazar
decididamente los puntos de vista de algunos científicos burgueses que sostienen
que entre los escitas de los siglos VII—V a. C. ya existían Estados
organizados. Los primeros síntomas de un régimen estatal entre los escitas
aparecen no antes de la segunda mitad del siglo IV a. C., cuando en el
territorio de la cuenca occidental del mar Negro surge una grande y fuerte
unificación encabezada por el rey escita Ateas, que, por otra parte, tuvo muy
corta existencia. Entre los sármatas tampoco puede hallarse el menor síntoma de
Estado. Según el testimonio de toda una serie de antiguos escritores, en el
ámbito sármata la mujer desempeñaba un papel muy especial. Ello da pie para
pensar que entre los mismos se habían conservado más tiempo que entre los
escitas las supervivencias del matriarcado. Cabe suponer, con certidumbre, que
en el ámbito de la cuenca que estamos considerando no existía una esclavitud
más o menos desarrollada. Todo lo que sabemos acerca de los esclavos escitas,
por la obra de Herodoto y por las breves menciones de otros autores, crea la
impresión de una esclavitud de formas patriarcales, en la cual la labor de los
hombres no—libres apenas habrá podido encontrar una aplicación extensa en la
economía de la población sedentaria, que era extraña aún, según todas las
apariencias, al concepto de propiedad privada sobre la tierra. Hay que pensar
que, en los casos en que la pérdida de la libertad se debiera a la condición de
prisioneros de guerra, éstos no eran retenidos por mucho tiempo por la tribu
vencedora, sino que eran vendidos, evidentemente, con la mediación de los
mercaderes griegos, fuera de las fronteras del país.
Nuestras ideas acerca de la vida habitual de las poblaciones nómada y
sedentaria de la cuenca septentrional del mar Negro están fundadas tanto en los
testimonios de Herodoto y otros autores de la antigüedad, como en el material
proporcionado por las investigaciones arqueológicas. Escribe Herodoto acerca de
los nómadas: «Los escitas se procuran los medios de subsistencia no mediante la
agricultura, sino recurriendo a la ganadería, y sus viviendas se hallan instaladas
en carros». Una idea palpable de tales carros la proporciona un modelo de barro
encontrado entre juguetes de niños durante las excavaciones practicadas en la
región de Kertch. Esta especie de vivienda móvil habrá surgido, evidentemente,
ya en la edad del bronce, anterior a la de los escitas, porque en las
sepulturas de aquel tiempo, en el norte del Caucaso, fueron hallados modelos
similares, y en uno de los túmulos se han encontrado grandes ruedas macizas de
maderas, esto es, sin radios. Durante las paradas, los nómadas vivían en carpas
de fieltro, con el fogón en su centro. Una yurta de esta especie, de forma
cónica, provista de un orificio para la salida del humo, está representada en
uno de los frescos de Panticápea.
Nos es desconocida la estructura detallada de las viviendas de los
escitas sedentarios. Ciertas ideas las suministran los restos de algunas chozas
semisubterráneas y de unas construcciones de barro que se van descubriendo en
las excavaciones que se efectúan en los villorrios escitas, así como las
observaciones que se hacen sobre las particularidad de la construcción de las
grandes sepulturas en los túmulos de las regiones de Kiev, Drivoirog, Poltava,
Járkov, Vorónezh y la parte esteparia de Crimea.
Como lo atestiguan los muchos hallazgos de vajilla local, muy variada
por sus formas y usos, la cerámica ocupaba un lugar muy visible en la vida
cotidiana de la población. Cuenta Herodoto que los escitas preparaban la comida
en calderos de bronce (los cuales son conocidos también por las excavaciones
arqueológicas) y usaban vajilla de madera. A juzgar por los restos óseos, para
su alimentación se valían principalmente de productos de la ganadería.
Conocemos la vestimenta de los escitas sobre todo por los dibujos en
las vajillas de oro y plata y otras joyas, principalmente de fabricación
griega, de los túmulos de Chertomlitzki, Culiobski, Soloja y otros. Se componía
la misma de un corto caftán, un pantalón de cuero, ya angosto, y ancho y con
pliegues, y botas, también de cuero. En las cabezas, a juzgar por los dibujos
de las ánforas, llevaban unos capuchones, aunque, por lo general, no se las
cubrían. Las mujeres llevaban largos vestidos, con mangas angostas y cinturón,
o largos batones, con mangas igualmente angostas.
Las armas de los escitas han llegado hasta nosotros en los dibujos de
las ánforas y corno hallazgos arqueológicos (gran número de flechas escitas,
lanzas y cortas espadas llamadas aquinacos). Como arma defensiva, los guerreros
escitas se servían de escudos livianos. Combatían preferentemente montados en
sus caballos, aun cuando, con el desarrollo de la vida sedentaria, debido a la
agricultura que había sido introducida entre ellos, en el ejército escita hubo
también combatientes de infantería. La descripción de sus hábitos ocupa notable
lugar en la obra de Herodoto, aun cuando éste exagera algo sobre su
belicosidad.
Es característico de la religión de los escitas la ausencia de templos
y de una casta especial de sacerdotes. Uno de los dioses más venerados, según
Herodoto, era el de la guerra, personificado en un sable de hierro clavado en
el suelo ante el que se hacían holocaustos. Herodoto nombra deidades escitas,
tratando de designarlas según el idioma del panteón helénico, pero lo logra de manera
deficiente; al parecer, las ideas religiosas de los escitas estaban muy lejos
de las de los griegos.
Como expresión palpable de la cultura local pueden servir los objetos
con representación de animales, confeccionados en el estilo escita. Es característico
de este estilo el dinamismo en el tratamiento de las efigies de las bestias:
sus figuras se dan con mayor frecuencia no en forma estática, sino expresando
una extrema tensión. Estos objetos salían no sólo de las manos de los artesanos
locales, los que, en estos casos, trabajaban con el cálculo bien manifiesto de
dar satisfacción a los gustos de los consumidores de la parte nórdica de la
cuenca del mar Negro. Sin duda alguna, también la influencia de los griegos se
había manifestado en la cultura local, pero no debe exagerarse a este respecto:
dicha influencia había tocado preferentemente sólo a una capa bien reducida de
la sociedad local, la nobleza de abolengo de la tribu, involucrada en el
comercio con las ciudades griegas. La influencia griega, desde luego, se había
extendido también sobre algunas de las tribus locales que moraban en las
inmediaciones de las ciudades—colonias. Pero a su vez, como ya hemos anotado,
el ambiente local influyó sobre los propios colonos griegos. Esto se manifiesta
de manera especial en las artes plásticas. Sobre muchos monumentos conocidos
por nosotros, fruto de los oficios pictóricos de las ciudades—colonias de la
cuenca septentrional del mar Negro, se advierte el sello de la singularidad
local, que difiere esencialmente de los monumentos análogos de la Grecia
central. Tal singularidad aparece tanto en la elección, por los artistas de
aquella cuenca, de temas de la vida local para sus obras, como en las
particularidades estilísticas de las mismas. En tal sentido son significativas
las ánforas de los túmulos Culiobski y Cjertomlitzki, realizados por maestros
griegos, pero dentro del géneros escita, imágenes de las deidades locales en
las monedas de las ciudades y muchos otros productos del arte pictórico local.
La colonización del litoral sudeste del mar Mediterráneo
Si el movimiento colonizador de las ciudades jonias, encabezado por
Mileto, se desarrolló hacia el norte, hacia la región de la Propóntide y del
Ponto Euxino, Rodas, en cambio, que había desempeñado idéntico papel a la
cabeza de las polis dorias, dirigió a sus emigrantes a lo largo de la antigua
vía del litoral meridional del Asia Menor. A comienzos del siglo VII
a. C., en Licia, en las mismas fronteras con Panfilia, fue restablecida o
vuelta a fundar la colonia Fasélida. A pesar de que la tentativa de establecerse
firmemente en las costas de Cilicia en el siglo vii fuera rechazada
decididamente por el rey asirio Senaquerib, los griegos habían logrado fundar
allí varias poblaciones, ciertamente insignificantes, que se encontraban al
final de la vía que atravesaba el Asia Menor, de norte a sur, comenzando junto
a las costas del Ponto, cerca de Sínope.
A partir de mediados del siglo VII a. C., los griegos penetraron
en Egipto; al principio como mercenarios, cuyo poblado en una de las bocas del
Nilo fue abandonado posteriormente. Más tarde, los griegos se establecieron más
sólidamente en Egipto, fundando allí la colonia Náucratis. Esto se hizo con el
consentimiento del faraón Psamético, quien intentó un renacimiento del poder y
el valor de su país, y que aprovechaba gustoso los servicios de los mercenarios
y mercaderes griegos. Mas los fundadores de Náucratis no fueron dorios de
Rodas, sino, una vez más, los enérgicos milesios. Se habían establecido
primeramente en una de las bocas occidentales del delta del Nilo, y más tarde
en otra vecina (la de Cápone), donde fundaron una nueva ciudad.
Más adelante, cuando Egipto comenzó a recibir a los mercaderes de
otras ciudades griegas, Náucratis pasó a convertirse en un centro común griego,
lo cual era propiciado por la política del rey egipcio Amasis, al limitar la
permanencia de los extranjeros, particularmente de los griegos, a este solo
punto. Al hacerlo, Amasis destinó la superficie necesaria, tanto para el
santuario panhelénico (Helinión), como también para los templos erigidos por
las ciudades griegas.
Durante las excavaciones realizadas en la parte meridional de
Náucratis se descubrió una población egipcia que colindaba por el norte con una
griega, que iba en aumento gradual. Los vestigios de la última se remontan
hacia mediados del siglo VII a. C. Finalmente, en la parte septentrional
de Náucratis fueron descubiertos restos del mencionado Helenión y de los
templos erigidos por Mileto, Samos y Egina; las capas culturales más antiguas
en esas poblaciones se remontan hacia tiempos no anteriores a los mediados del
siglo VI a. C. Las dimensiones, relativamente pequeñas, de esa población
dan una base para ubicarla como una factoría.
A comienzos de la cuarta década del siglo vii a. C., durante el
período en que se agudizó la lucha social en la isla Tera, y tal como es dable
deducir de las distintas versiones recogidas por la tradición, sus colonos,
encabezados por el oikiste que asumió la dignidad de rey con el nombre de
Batos, ocuparon una isla ribereña, Plateia, y luego se trasladaron al
continente, donde en el año 631 a. C. fundaron la colonia Cirene. Esta
tenía carácter agrario. A mediados del siglo vi llegó a Cirene un nuevo grupo
de colonos para los cuales se necesitaban nuevas tierras. Esta circunstancia
acarreó el hecho de que los litios, con los cuales los griegos al parecer
habían mantenido hasta ese momento relaciones pacíficas, fueran desalojados de
una parte de su territorio.
La posterior colonización del Occidente
Durante los primeros tiempos de la colonización de Italia y Sicilia,
la costa occidental de la península balcánica no estaba poblada. A comienzos de
la segunda mitad del siglo VII a. C., dado el desarrollo del comercio
corintio, surgió allí una serie de colonias, fundadas por esta última ciudad:
Léucade, en el golfo de Ambracia, Anactorión y Ambracia: y más al norte en las
costas de Iliria y Epidamne (Dirraquion entre los romanos), fundadas
conjuntamente con los corcirios.
A la misma época corresponde la penetración en un más alejado
occidente, de los oriundos de Fócea, del Asia Menor, quienes fundaron en las
cercanías de la desembocadura del río Ródano la colonia Masalia. Había
precedido a esta fundación un logrado viaje del samio Colos, arrojado por los
vientos del este hacia Tartesos (una ciudad ubicada junto a la desembocadura
del río Tartesos, actualmente Guadalquivir). Llegado por vez primera a este
país rico en minas de plata, habiendo entrado en relaciones comerciales con la
población local, Colos obtuvo una fabulosa ganancia, según la tradición, de
hasta sesenta talentos. Los rumores sobre el feliz viaje de Colos incitaron
también a los navegantes focidios a tentar suerte. Al llegar a Tartesos, de
acuerdo con la tradición, fueron cordialmente acogidos por el rey Argantonio,
cuyo país fuera visitado, aun antes que por los griegos, por los fenicios
(cartagineses). El éxito del primer viaje animó a los focidios a equipar una
expedición de más amplias dimensiones, de resultas de la cual apareció
precisamente, en los primeros años del siglo VI a. C., la fundación de
Masalia. Es característico el hecho de que, entre los colonos y la población
local se establecieran, de buenas a primeras, relaciones amistosas, si bien éstas
fueron ulteriormente echadas a perder. Una vez establecidos en la nueva
colonia, los focidios extendieron muy pronto su influencia por medio de la
fundación de una serie de poblaciones dependientes, a lo largo de todo el
litoral oriental de Iberia (España) y el país de los ligures (Francia
meridional), desde Mainaca (Málaga) hasta (Monaco). Apoyados en sus colonias,
fundadas en el transcurso de los siglos VI y V a. C., los masaliotas
tuvieron en sus manos la totalidad del comercio con el Norte, a lo largo del
río Ródano. Con menor felicidad terminó la tentativa de los focidios de hacer
pie en la isla de Córcega, en la que, durante la séptima década del siglo VI
a. C., habían fundado la colonia Alalia. Después de la caída de Fócea,
conquistada por Hárpago, llegaron a Atalia muchos fugitivos. Los cartagineses y
los etruscos, viendo en los focidios a peligrosos competidores, se unieron
contra los mismos. En una batalla naval junto a la mencionada Alalia (año 535
a. C.), la flota militar de los focidios fue completamente batida. Después
de esta derrota, se vieron forzados a abandonar Córcega. En la costa occidental
de Italia fundaron una nueva colonia, Hielé, más conocida bajo los nombres de
Elea o Hielea.
3. Significación y consecuencias de la colonización de los siglos VIII
al VI a. C.
La colonización de los siglos VIII al VI a. C. tuvo significación
excepcional para el ulterior desarrollo histórico de Grecia. A diferencia de la
colonización de tiempos anteriores, condicionada por una serie de migraciones
de varias tribus, el movimiento colonizador de los siglos viii al vi está
orgánicamente vinculado con la aparición de la sociedad clasista en Grecia, con
la formación del Estado griego. El carácter irregular del reparto de la tierra
que engendraba la lucha de clases, como también el desarrollo de los oficios
artesanales y del comercio, habían estimulado la colonización. Esta última, a
su vez, propició el desarrollo del comercio griego. Los griegos, según la
expresión metafórica de Platón, habían rodeado el mar Mediterráneo como las
ranas sentadas en torno a un pantano. Y los fenicios debieron cederles la
primacía. Para la Grecia central, árida y pobre en materias primas y cereales,
tal ampliación de los vínculos comerciales tuvo un gran valor. No fueron los intereses
políticos, sino precisamente los económicos, los comerciales, los que ligaron a
las colonias, mediante estrechos lazos, con sus respectivas metrópolis. Como
resultado, fueron creándose condiciones excepcionalmente favorables para el
desarrollo de la producción de mercancías y para el comercio de importación y
exportación, que, a su vez, forzó el crecimiento de las fuerzas productivas de
la sociedad griega, es decir, el desarrollo de la economía esclavista en una
forma integral. Tal desarrollo, empero, se cumplía en las diversas regiones de
Grecia de manera heterogénea: las poblaciones de las comunidades que se
liberaron antes que otras de las supervivencias del régimen de gens familiar
iban desarrollando con mayor rapidez los oficios artesanales, el comercio
marítimo y la actividad colonizadora; en otras comunidades, las supervivencias
gentilicias perduraron más tiempo e impusieron un sello sobre la estructura
económico—social. De esta manera, el estudio de las líneas comunes de
desarrollo en la antigua Grecia ha de combinarse también con el estudio de las
particularidades locales de este proceso. Desde este punto de vista, la
historia de las distintas comunidades griegas asume un considerable interés.