HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

V

ESPARTA, CRETA, TESALIA Y BEOCIA EN EL SIGLO IX Y COMIENZOS DEL V A.C.

 

1. Esparta

Las fuentes para conocer el origen del Estado espartano son muy escasas y extraordinariamente inseguras. La historia de Esparta aparece expuesta tendenciosamente ya por los escritores de la antigua Grecia, por los ideólogos de la oligarquía que veían en Esparta la encarnación de sus ideales político—sociales. En las obras de esos escritores el régimen espartano era manifiestamente idealizado. En la literatura social y filosófica de la antigua Grecia se había creado toda una corriente que ya antiguamente cobró la denominación de «laconófila». Esta orientación laconófila había encontrado su expresión en las obras de Jenofonte, de Platón y en algunas de Aristóteles. Las obras de sus demás representantes no han llegado hasta nuestros tiempos, salvo pequeños fragmentos, generalmente de escaso contenido.

No obstante, disponemos de datos más objetivos sobre la antigua Esparta que se encuentran en las obras de Herodoto y Tucídides. Estos historiadores, los más grandes de la Grecia antigua, no eran laconófilos, por lo cual las nociones que nos suministran acerca de Esparta merecen mucha confianza. También resultan valiosas las expresiones de los poetas líricos de los siglos VII y VI a. C., que en sus versos, llegados parcialmente hasta nuestros tiempos, reflejaban la actualidad político—social de su época. Tales son los fragmentos de las obras de Tirteo y Alcman. Datos muy importantes, esenciales, encontramos también en la obra de Pausanias Descripción de la Hélade (siglo II de nuestra era). Finalmente, se hallan en estado de conservación unas cuantas inscripciones espartanas, sumamente antiguas.

Las condiciones geográficas de Esparta

El territorio sobre el cual había surgido el Estado espartano era el valle del río Eurotas, que había recibido el nombre de Laconia o Lacedemonia. En la parte occidental se eleva sobre ese valle, en terrazas abruptas, la cordillera del Taigeto, que alcanza una altura de 3.000 metros; en el lado oriental se extiende una cadena montañosa más baja y de más suave declive, el Parnón. Estas dos cordilleras terminan en dos largas penínsulas, no muy anchas, que limitan el golfo Lacónico; el Taigeto queda cortado por el mar en el promontorio Tenaro, y el Parnón en el cabo Maleo. Por el lado septentrional, el valle de la Laconia queda cerrado por las alturas del Peloponeso central. La cordillera del Parnón desciende suavemente, mediante sus estribaciones orientales, hacia el mar, formando en algunos sitios cómodas bahías y dejando una franja costanera apta para ser poblada. Los declives occidentales del Taigeto bajan abruptamente hacia una depresión amplia y feraz, la de Mesenia, la que, hacia el oeste, se transforma en una altura litoral de poca elevación, bañada al sur por el golfo Mesénico. Al noreste, la Mesenia está cerrada por las alturas de Arcadia.

Así, pues, el Estado espartano, dentro de sus fronteras, delimitadas de forma definitiva en la segunda mitad del siglo VII a. C., ocupa la parte meridional del Peloponeso, en el litoral del golfo, y sólo la frontera norte, que separaba a Laconia de Elide al noroeste y de Arcadia al noreste, era terrestre.

Las fronteras terrestres del territorio espartano pasaban por lugares montañosos de difícil acceso. El litoral tampoco favorecía las relaciones marítimas. Sólo en el sudeste y en el sur había puntos adecuados para servir de amarraderos. El aislamiento geográfico de la Laconia fue en parte causa de demora y hasta de estancamiento en el desarrollo político—social, tan característico de la historia de Esparta.

El valle lacónico, igual que el mesénico, está regado por una serie de corrientes de agua y es sumamente fértil. Mas en la Laconia, el área de las tierras fértiles es limitada, consistiendo en una franja bastante angosta a lo largo del curso medio del Eurotas, y cuya anchura máxima alcanza a unos diez kilómetros. Precisamente en este lugar fue donde surgió el centro político—militar del Estado espartano: la ciudad de Esparta.

Laconia y Mesenia en las épocas micénica y homérica

Las investigaciones arqueológicas realizadas en el valle de Laconia han permitido descubrir restos de edificios antiquísimos. Entre ellos merece citarse el denominado Menelaión (siglos XIV—XI a. C.), que representa los restos de una maciza construcción de piedras talladas, compuesto de cuatro o cinco locales, con un pasillo, siendo el área general de la excavación de unos 300 metros cuadrados. El Menelaión se hallaba no lejos del que luego habría de ser territorio de Esparta, en los declives hacia el valle, y no estaba fortificado.

A ese mismo período pertenece también otro centro de la Laconia predórica, descubierto en el sitio sobre el cual posteriormente estuvo la población espartana de Amiclea. El poblado anterior, del período micénico, fue, al parecer, un centro de culto. Las otras poblaciones del período micénico en el valle de Laconia casi no se han conservado.

Mesenia, el territorio de la antigua Pilos, en la época micénica, a juzgar por los datos arqueológicos, estaba poblada más densamente que la Laconia. A finales del siglo XIII y en el XXII, Pilos, Micenas y otras poblaciones micénicas en Laconia y Mesenia quedaron destruidas y fueron abandonadas. Termina la época micénica. Sobreviene una época nueva, la homérica, vinculada ya en forma directa e inmediata con la ulterior historia general de la Hélade. El comienzo de esta época coincide con la última gran migración de las agrupaciones tribales en la península balcánica. La memoria de tales migraciones se ha conservado en la literatura griega posterior en forma de tradición sobre la lucha del héroe Heracles por la posesión del Peloponeso y de la ocupación violenta de la península por los descendientes de Heracles, los heráclidas, y éstos, como ya ha sido mencionado, se pusieron a la cabeza de las agrupaciones de tribus griegas que habían invadido el Peloponeso y que llevaban el nombre de dorios. En esa tradición aparece mencionada por vez primera la división del pueblo griego antiguo en agrupaciones lingüísticas y tribales, de dorios, jonios, eolios y otros, subdivisión que subsistió en tiempos posteriores.

Pero esta subdivisión posterior de las tribus helénicas casi no es mencionada en los poemas de Homero, lo mismo que la invasión de los dorios en el Peloponeso.

Los mismos nombres de Esparta y de Lacedemonia, si bien aparecen tanto en la Ilíada como en la Odisea, lo hacen como denominaciones no de la ciudad ni de la región, sino solamente del legendario palacio del rey Menelao, cuya descripción se encuentra en el canto IV de la Odisea. No hay en ella noción alguna acerca de poblaciones que circundaran tal palacio, aun cuando, por lo general, en los relatos referentes a otras residencias de basileis (por ejemplo de Pilos, de Itaca, del palacio de Alcinoo en Esqueria), las mismas son representadas como centros de tal o cual región. Resulta así que las menciones sobre Esparta que se hacen en la Odisea son irreales. Esta impresión cobra más vigor si se presta atención al viaje de Telémaco de Pilos a Esparta; tampoco su descripción acusa realidad: un camino llano y recto conduce a los viajeros hasta Esparta, sin la menor mención de los macizos montañosos del Taigeto y sus estribaciones, que la separaban de la «arenosa» Pilos; a la vez, no se advierte que el camino de Telémaco dé un rodeo por los pasos montañosos, a lo largo de la costa marítima; más incluso, en este último caso es harto difícil suponer que los grandiosos paisajes montañosos no atrajeran la atención del poeta. De esta manera, la Esparta de los poemas de Homero carece por completo de realidad y no tiene ninguna semejanza con la Esparta posterior, la históricamente conocida, acerca de la cual nos transmiten tradiciones Herodoto y otros historiadores de la antigua Grecia. ¿Querrá decir esto que en la época homérica no existió una Esparta? Las excavaciones realizadas en el sitio de la Esparta posterior han hecho ver que las poblaciones habían surgido allí en el siglo IX a. C.; los objetos de cerámica encontrados durante las excavaciones (principalmente en fragmentos) y los adornos (especialmente las figurillas de marfil) son característicos de la época homérica también en otras regiones de la Hélade. Es de particular interés la gran afinidad de la llamada cerámica geométrica de Esparta con la vajilla hallada durante las excavaciones de Delfos, el más antiguo centro de culto panhelénico, que desempeñó gran papel en la vida religiosa y política de Grecia. Llama la atención el hecho de que Delfos estuviera más tarde muy vinculada con la Esparta posterior, la conocida históricamente. Así y todo, las excavaciones no han descubierto ningún rastro más o menos grande de edificios de características palaciegas, de manera que los datos arqueológicos, muy incompletos aún, no dan base para suponer que el mismo centro del Estado espartano hubiera surgido en la tardía época homérica, y que no tenía nada de común con la Esparta representada en los poemas de Homero.

La invasión doria y el surgimiento del Estado espartano

Como ya hemos dicho, el surgimiento del Estado espartano se halla estrechamente vinculado con la migración de las tribus dorias. Los datos referentes al desarrollo del idioma griego hacen ver que los aqueos eran los más antiguos y ampliamente difundidos pobladores entre las tribus griegas. En el Peloponeso, particularmente en el territorio sobre el que luego se asentaría el Estado espartano, se habla, antes de que éste surgiera, la lengua aquea, emparentada con la jónica. Las tribus dorias que se habían apoderado del Peloponeso exterminaron parcialmente a la población aquea local, sometieron otra parte de la misma y se asimilaron con la restante.

Las referencias de las que disponemos en las obras de los autores antiguos referentes al origen del Estado espartano, como ya se ha señalado, son muy parcas y, además, fragmentarias.

Los datos de más valor los suministra Herodoto, quien proporciona una larga lista nominal de reyes espartanos, a partir de su antepasado mitológico, el semidiós Heracles y su hijo Hilos, hasta sus contemporáneos (siglo V a. C.). Hay fundamentos para pensar que una parte de esta lista de reyes espartanos, desde el siglo IX—VIII hasta el V a. C., se basó en una tradición histórica más o menos fidedigna. La lista proporciona cierta posibilidad de establecer un ordenamiento de los acontecimientos en la historia espartana. Para ello es necesario echar mano también a los informes extraídos de otras fuentes, dadas por los posteriores historiadores griegos, por cuanto los mismos pueden transmitir algunas tradiciones históricas no incluidas por Herodoto en su obra. Así, por ejemplo, Eforo, de la segunda mitad del siglo IV a. C., que dio en su Historia Universal la primera historia coherente de la Esparta más antigua, legendaria desde luego, comunica que los dorios se habían fortificado inicialmente en la parte superior del valle del Eurotas, en el distrito que más tarde se llamó Aygitis. Fundándose en esta noción, es posible formarse una idea general acerca de la dirección tomada por los dorios en su migración, al invadir la Laconia; evidentemente, lo hicieron de Norte a Sur. Moviéndose en forma masiva, los dorios fueron ocupando gradualmente el valle del Eurotas: la Laconia y los territorios adyacentes a la misma por el Este. A juzgar por los datos diseminados en la literatura antigua, ese proceso migratorio no fue acompañado de una subyugación general de la población local. Es significativo en este sentido el hecho, confirmado por el material arqueológico, de que el propio centro político de Esparta surgió a comienzos del siglo IX a. C., mientras que la invasión doria en el Peloponeso había comenzado como mínimo en el siglo CVIII. Herodoto y Tucídides, los que suministran datos más fehacientes sobre Esparta, escriben acerca de un prolongado período de lucha interior y exterior, que acompañó la ocupación violenta de la Laconia por los dorios. Según Tucídides, desde la invasión de los dorios en el Peloponeso, y hasta la formación de un sólido régimen estatal en Esparta, habían transcurrido no menos de cien años. Fue precisamente durante el desarrollo de esa prolongada lucha cuando se operó en la Laconia la transición hacia una sociedad clasista, formándose el aparato de la clase dominante, el Estado espartano.

En el siglo IX a. C., los conquistadores dorios, que ya controlaban todo el territorio laconio, se concentraron en un lugar estratégicamente adecuado del valle del Eurotas y se establecieron allí en cinco poblaciones. Estas aldeas fueron las que formaron precisamente el centro principal que tomó el nombre de Esparta.

La solidez de los pilares de la familia patriarcal en la vida político—social de los conquistadores dorios se manifiesta, con toda claridad, en este peculiar modo de formación de un centro político.

Una vez asentados en Esparta, los dorios, que ya estaban divididos en tres fíleas —pánfilos, híleos y dímanos—, volvieron a subdividirse complementariamente en cinco grupos que recibieron estas denominaciones: Pitana, Mesoa, Dimna, Cinosura y Limnai. Estrechamente vinculada con esta subdivisión se hallaba la distribución del territorio de la Laconia según distritos (obas) cuya cantidad y organización no se conocen. Esta nueva subdivisión no estaba basada en las relaciones gentilicias, sino que estaba determinada por la organización político—militar, por la subyugación de la población agrícola aquea y por el surgimiento del Estado.

La invasión doria debió agudizar bruscamente el ulterior proceso de la diferenciación social en la sociedad aquea, cuya nobleza es muy probable que parcialmente entrara a formar parte de la clase dominante de los conquistadores dorios, que acababa de componerse. Herodoto, que conocía bien las tradiciones históricas, relata cómo el rey espartano Cleomenes I, al ser interrogado sobre quién era él, respondió a la sacerdotisa de la diosa Atenea que era aqueo, y no dorio. Por consiguiente, para Herodoto una de las dos dinastías de los reyes espartanos era de estirpe aquea. En otro lugar (IV, 145—150), Herodoto expone detalladamente la tradición sobre los minios, que se habían trasladado desde la isla de Lemnos a la Laconia entrando a formar parte de la ciudadanía espartana. Este acontecimiento provocaría posteriormente en Esparta una lucha político—social que habría de terminar con el desalojo de los vencidos a la isla de Tera. Confrontando el relato de Herodoto con los datos de Pausanias, es factible deducir que los acontecimientos considerados tuvieron lugar unas ocho generaciones antes de la guerra de Mesenia, es decir, a finales del siglo XI a. C. Cabe pensar que la tradición que se refiere a los minios caracteriza el antiquísimo período de la lucha de los dorios por la posesión de la Laconia. De esta manera, la procedencia mixta de la clase dominante en Esparta era reconocida aún en los tiempos de Herodoto. La certeza histórica de tal informe de Herodoto es confirmada en cierta medida por los mencionados datos de Pausanias, como también por dos arcaicas inscripciones de la isla de Tera.

No es menos esencial la cuestión de cuándo, en medio de qué circunstancias y en qué forma se había producido la subyugación de las amplias capas de la población laconia por la clase dominante. La situación especial de los ilotas interesaba ya a los historiadores de la antigüedad. A juzgar por sus datos, en particular por los de Eforo, los ilotas al comienzo no estaban esclavizados. La esclavización se consumó durante el reinado de Agis, correspondiente a la segunda generación de las que siguieron a la invasión de los dorios en la Laconia. Según las referencias de otros historiadores, los ilotas fueron esclavizados durante la tercera generación de los reyes.

Las tradiciones históricas vinculan la esclavización de los ilotas con el período de la agudización de la lucha social, que se había extendido a lo largo de cinco generaciones. De ahí se desprende con claridad que el sojuzgamiento de la población agrícola requirió a los subyugadores una tensión máxima de sus fuerzas. Cabe pensar que precisamente en tales condiciones se había producido el acercamiento de la nobleza aquea a los dorios. La parte sobreviviente de la nobleza aquea fue, al parecer, incluida en las filas dorias: de esta manera los vencedores se habían unificado con una parte de la capa dominante de los vencidos, formando juntos una única organización político—militar. A juzgar por los datos obtenidos por las últimas investigaciones arqueológicas, Esparta, antes de la segunda guerra mesenia, difería muy poco de las otras comunidades griegas que eran sus contemporáneas. Las particularidades que le eran propias y la distinguían de las comunidades circundantes han de haber surgido más tarde. Al parecer, sólo posteriormente la unificación de la clase dominante habría tomado el nombre de «comunidades de iguales», o comunidades de espartanos. Fue precisamente esa colectividad organizada militarmente la que distribuyó las tierras del valle del Eurotas en parcelas iguales, cleros, que pasaron a ser explotadas hereditariamente por cada una de las familias a las que se adjudicaron. La propiedad jurídica de la tierra fue, sin embargo, conservada en manos de la comunidad de espartanos, que ejercía el control permanente y real sobre los propietarios de los cleros.

La población agrícola conquistada y subyugada por los espartanos, y que había tomado la denominación de ilotas, fue fijada a los cleros, cuyas tierras debían trabajar y hacer producir, bajo el control de personas especialmente designadas por el Estado. A los mismos espartanos les estaba prohibido permanecer largo tiempo en los cleros.

En cuanto a la situación inicial de los ilotas, conocemos muy poco. Al parecer, ya en el siglo vii la situación de los ilotas subyugados se había acercado a la de esclavos. Sin embargo, se pueden notar diferencias radicales con respecto a la esclavitud. Los ilotas no sólo no representaban una propiedad privada de los espartanos, sino que tampoco eran explotados por éstos en forma directa, por cuanto los espartanos no podían residir en sus cleros y, en consecuencia, no podían atender directa y personalmente la explotación y la hacienda de los mismos; de esta manera, los ilotas trabajaban en los cleros y tenían autonomía en su trabajo, teniendo la obligación de entregar a los espartanos una determinada parte de su cosecha. Sólo el Estado tenía derechos sobre la vida y la muerte de los ilotas. Esto tenía su expresión en la existencia de una costumbre del Estado, la de las criptias (ver más adelante), y también en el hecho de que los éforos, al asumir su cargo, ejecutaban el rito de «la declaración de guerra» a los ilotas. Tampoco se puede llamar a los ilotas esclavos del Estado en la acepción completa de la palabra, puesto que la venta de ilotas por el Estado era, de hecho, absolutamente imposible. Al mismo tiempo que los ilotas, existían en Esparta también esclavos en el sentido literal del término. Un escritor de la Grecia tardía, Pólux (Julio), autor de una especie de diccionario, define a los ilotas de la siguiente manera: «Una posición intermedia entre esclavos y ciudadanos libres ocupaban los ilotas lacedemonios, los penestas tesaliotas y los clarotes y miontes cretenses.»

El tercer elemento que completaba la estructura social espartana lo constituían las comunidades autónomas de los periecos, que habitaban en grandes poblados, de carácter artesanal y comercial primordialmente, en el litoral marítimo, en las estribaciones occidentales del Parnón y en la región de la Escirítida, en la parte septentrional del valle lacónico. Las tierras de los periecos estaban marcadamente separadas de las ocupadas por los espartanos y pobladas por los ilotas. Eforo escribe que originariamente los periecos tenían igualdad de derechos con los espartanos y que el rey Agis les había convertido en tributarios de Esparta y los había privado de los derechos políticos. Cuenta más adelante Eforo que no eran los aqueos —desiguales en cuanto a derechos a los espartanos— los que se habían convertido en periecos, sino los forasteros que se habían instalado en los sitios abandonados por los aqueos. En base a tales datos, es lícito creer que los periecos no fueron incluidos de golpe en el Estado espartano, sino que, al comienzo, sus comunidades, especialmente las costeras, tenían la condición de aliadas de la comunidad militar espartana, la que más tarde las subyugó. Geógrafos e historiadores griegos posteriores comunican que en Esparta existían cien poblados de periecos, muchos de los cuales eran muy antiguos. Resulta así que la región ocupada por los periecos estaba densamente poblada y tuvo significado importante en el desarrollo ulterior del Estado espartano.

El Estado espartano de los siglos IX—VIII a. C. representaba en primer lugar, como ya hemos dicho, una organización militar. La misma era encabezada por dos reyes, basileis de las dinastías de los Agíadas y los Euripóntidas. Estos dos basileis se hallaban a la cabeza de la comunidad espartana en calidad de jefes militares supremos. Su poder, empero, era real sólo durante las campañas bélicas contra un enemigo exterior. En la vida interna del Estado, el papel que desempeñaban era de muy poca importancia. Los dos formaban parte de la gerusía, o sea, del consejo de los ancianos (gerontes). A la vez, eran sacerdotes de los diferentes cultos rendidos a Zeus.

Entraba también en las obligaciones del basileus la inspección de la justa distribución y utilización de las parcelas dentro de la colectividad espartana. Esta función fluía naturalmente de la situación de los basileis, que encabezaban esa colectividad organizada militarmente. En tiempos algo posteriores, como lo informa Herodoto, los basileis espartanos ordenaban también los matrimonios de las doncellas herederas de los cleros familiares.

Como ya hemos anotado, el poder de los basileis estaba estrechamente ligado a la gerusía, compuesta de 28 ancianos no menores de sesenta años y que, en los tiempos históricamente conocidos, eran elegibles. En conjunto con los basileis que formaban parte de ella, la gerusía entendía en los asuntos de la comunidad espartana. Constituía el juzgado supremo y el consejo militar. En este último papel, la gerusía era sólo un órgano de consulta. Según el concepto de los historiadores griegos posteriores, la gerusía era una parte integrante e inseparable del régimen espartano creado por el legendario Licurgo, lo cual indica la antigüedad de su procedencia.

El órgano supremo del Estado espartano era la asamblea popular, apela, que se componía de todos los espartanos que gozaban de plenos derechos y eran mayores de edad. El papel efectivo de la apela en la vida política de Esparta no era grande, puesto que la misma no gozaba del derecho de iniciativa para legislar. Intervenían en sus sesiones tan sólo los basileis y los funcionarios más altos. La reunión reaccionaba frente a esas intervenciones con gritos, y la mayoría se reconocía para la parte cuyos gritos eran más altos y más fuertes. Inclusive Aristóteles, gran simpatizante del régimen estatal de Esparta, calificaba de «pueril» esta manera de conducir las reuniones. Hay que considerar que la apela en los siglos IX—VIII a. C. apenas era un órgano más perfecto y desarrollado que en los tiempos de Aristóteles. Es muy probable, empero, que durante el período en que iba formándose en Estado espartano, la apela desempeñara un papel mucho más significativo que en tiempos posteriores.

Una de las particularidades del régimen estatal espartano consistía en la existencia del colegio de los cinco éforos. Los historiadores griegos titubearon muchísimo en la apreciación de dicho órgano y en la determinación de su origen. Algunos lo consideraban como pilar del régimen espartano; otros, por el contrario, consideraban la introducción del colegio de los éforos como un agregado posterior a la organización estatal formada inicialmente. Dentro de esta posición, en opinión de algunos autores, dicho colegio era un órgano salvador del Estado, mientras otros lo consideraron como una institución dañina e inadecuada para los principios fundamentales del régimen. Esta polémica entablada en la antigua literatura histórica y política estuvo muy lejos de acusar índole académica; fue originada por la encarnizada lucha entre los partidarios de la oligarquía y los de la democracia en la Grecia de los siglos IV—III a. C.

De por sí, esta misma postura respecto al eforado permite pensar que el mismo desempeñaba un papel esencial en la vida política de Esparta. Sin embargo, al parecer, fue progresivamente cuando esta institución adquirió influencia en el Estado espartano. En las más antiguas tradiciones históricas espartanas, figuran en el primer plano no los éforos, sino los basileis. Evidentemente, el eforado había surgido en calidad de órgano de representantes de las cinco aldeas en las cuales se hallaba dividida Esparta.

Ulteriormente, el colegio de los éforos fue independiente, tanto de la gerusía como de los basileis. Más aún: los éforos estaban incluso contrapuestos a esos poderes; al asumir el cargo, firmaban una especie de tratado con los basileis garantizándoles el poder, siempre que los nombrados observasen las leyes. Ya Aristóteles había llamado la atención sobre la particularidad de la organización estatal espartana, que se caracterizaba, según él, por una cierta dualidad. En su Política, dice Aristóteles: «... el poder de los reyes estaba allí repartido entre dos personas... Teopompo, a su vez, había reducido las prerrogativas del poder real recurriendo a diferentes medidas, entre ellas, la instalación del eforado».

El colegio de los éforos constituía así uno de los fundamentales órganos del Estado espartano. Al lado de las funciones de control, el problema principal del eforado residía en mantener en obediencia para con la comunidad espartana a la masa sujeta a ella y a los periecos que no gozaban de plenos derechos. Con este fin, se practicaban en Esparta medidas tales como la proclamación regular de criptias, durante las cuales los guerreros espartanos se dispersaban por las regiones rurales para atacar por la noche los villorrios de los ilotas. En los mismos, según un autor antiguo, «mataban a los más fuertes entre los últimos». Con estos métodos bestiales el Estado espartano trataba de prevenir las sublevaciones de los ilotas. A pesar de todo, las sublevaciones no dejaban de estallar, adquiriendo a veces dimensiones tales que la comunidad espartana no estaba en condiciones de aplastarlas sin la ayuda de otras ciudades peloponesíacas, aliadas suyas.

La reducida comunidad de espartanos resolvía el problema de la dominación sobre la aplastante mayoría de la población laconia (sobre los ilotas privados de derechos y sobre los periecos que no gozaban de la plenitud de los mismos), al precio de una constante tensión bélica, de un permanente estado de preparación militar y disposición para el combate. Esta circunstancia había impuesto su cuño y sello sobre todo el modo de vida de la comunidad espartana, completamente apartada de la actividad económica y transformada, también por completo, en una dominante clase militar.

De esta manera, en el siglo VIII a. C. se había formado el Estado esclavista espartano sobre la base de formas muy primitivas de explotación de la sojuzgada población agrícola. El régimen político, como vemos, era en muchos sentidos bastante primitivo. En su base se hallaba el aprovechamiento, con fines de dominio clasista, de toda una serie de instituciones surgidas todavía en la época de la descomposición del regimen comunal. Los órganos aparecidos más tarde, por ejemplo el eforado, habían constituido ya un engendro de condiciones nuevas que no se hallaban ligadas al régimen de gens.

Para su tiempo, el régimen estatal espartano constituyó un definido paso hacia adelante en el nacimiento del Estado en la antigua Grecia como aparato de opresión de la clase dominante. El lugar principal en tal organización lo ocupaba la educación político—militar de los ciudadanos. Tal rasgo del régimen espartano atraía la atención de los ideólogos de la nobleza esclavista. La vida de todo espartano, desde el momento mismo en que nacía, se hallaba bajo la constante e incansable observación del Estado. Hasta la edad de los ocho años, los varones vivían con sus familias. Luego, eran reunidos en grupos —agelas (literalmente rebaños)— que estaban a cargo de altos funcionarios del Estado —paidónomos, o sea, educadores fiscales—, los que, mediante un rigurosísimo adiestramiento, trataban de hacer de los niños buenos guerreros. Además del entrenamiento gimnástico—militar, los niños eran sometidos a privaciones e inclemencias (hambre, frío), estimulando que intentaran proveerse de alimentos recurriendo a cualquier medio, sin que con ello se violara la disciplina formal. A partir de los doce años, el rigor en la educación era reforzado: se desarrollaba la habilidad de expresar los pensamientos de la forma más breve posible (se iba creando así la oración «lacónica», término que se ha convertido en adjetivo genérico); se sometía a los niños a diferentes clases de torturas para acostumbrarlos a soportar fácilmente los sufrimientos físicos. A los dieciocho años, la educación de los espartanos se daba por terminada. A los veintiuno, el adolescente era nombrado guerrero espartano, a partir de lo cual ya él mismo debía participar en el entrenamiento de las generaciones más jóvenes. En este sistema educacional, la instrucción común ocupaba un lugar insignificante; los espartanos no sólo ignoraban las conquistas de la antigua cultura griega, sino que, en general, eran semianalfabetos. En este punto coinciden todos los escritores de la antigua Grecia. Sin embargo, según los laconófilos, la preparación militar de los espartanos y de su ejército era preferible a todos estos logros de la civilización.

El descrito régimen del Estado espartano fue creado, de acuerdo con tradiciones bastante contradictorias, por un gran legislador, el sabio Licurgo. El habría sido quien apaciguara a una Esparta desgarrada por luchas intestinas, introduciendo un régimen «ideal» para el Estado que se conservó posteriormente durante toda la existencia de Esparta. ¿Hasta qué punto es verídica tal tradición referente a Licurgo? Plutarco, que ha escrito una biografía muy amplia de Licurgo, reconoce empero, no obstante su poquísima inclinación a la crítica histórica, que la tradición de Licurgo es sumamente enrevesada y oscura. Para la ciencia historiográfica actual, queda fuera de duda que la efigie de Licurgo es algo legendaria, carente de realidad histórica. Así y todo, no está excluido que medidas tales como la repartición en cleros del territorio conquistado por los espartanos, la reorganización del antiguo Consejo de Ancianos, transformándolo en gerusía, la institución del eforado, fueron introducidos simultáneamente. Todas estas leyes fundamentales del Estado espartano pueden haber sido el resultado de la actividad de un gran organizador, posteriormente deificado: existía en Esparta un culto especial de Licurgo, como deidad de la luz.

En la vida cotidiana de los espartanos se conservaban muchos hábitos que databan de la más remota antigüedad, por ejemplo, las agrupaciones según las edades que, probablemente, representaban un tipo de destacamentos sui géneris. Estas agrupaciones tenían lugares para reunirse (lesquias), en los que se realizaban ágapes comunes y se organizaban diversiones, y donde la juventud y los guerreros adultos pasaban la mayor parte de su tiempo, no sólo de día, sino también de noche. Las mujeres no eran admitidas en esas organizaciones, pero, al mismo tiempo, eran ellas dueñas absolutas en la vida de familia, la que, en contraposición a la forma de vida de los varones, organizada sobre principios comunales, era sumamente cerrada.

De las supervivencias preclasistas hablan también muchas costumbres de la vida familiar de los espartanos: el rito con que se celebraba el matrimonio consistía en el rapto de la doncella novia; la familia era monógama, pero al mismo tiempo era admitida la libertad de la relación sexual extramatrimonial, tanto para el marido como para la mujer.

Como ya hemos señalado, fue el período de tensa lucha por el dominio del territorio ocupado, cuando se formó el régimen militar espartano. Todos los espartanos, en la edad comprendida entre los veinte y los sesenta años, eran guerreros. El ejército estaba subdividido en cinco agrupaciones combativas —lochas—, una por cada una de las cinco aldeas en que se hallaba dividido el centro del Estado espartano. Cada locha se componía de "destacamentos unidos por un juramento", los llamados enomotias, cuyos participantes llevaban, incluso en tiempos de paz, un modo de vida en común, formando una especie de «fraternidad» llamada sisitias. Este régimen militar distaba mucho aún de esa esbeltez y perfección de la cual escribe Tucídides a finales del siglo v. Las supervivencias de las relaciones tribales y de gens, que hemos anotado, repercutieron sobre el carácter de la organización militar espartana. Las enomotias podía manifestar una excesiva independencia dentro de las circunstancias de combate, lo cual amenazaba la unidad de la disciplina. Un caso es el mencionado por Herodoto en la descripción de la batalla de Platea en el año 749 a. C. Es debido a ello que en las luchas contra sus vecinos, entre los siglos ix y vii, Esparta sufría descalabros con cierta frecuencia.

Apoyado en una base económica—social primitiva, desgarrado por una permanente lucha interna, el Estado espartano se vio obligado desde muy temprano a enviar colonos al exterior. En la tradición que transmite Herodoto acerca de los minios y de la colonización de la isla de Tera por los espartanos, aparece nítidamente pintada la configuración de circunstancias que acompañaban a esos sucesos. Las nociones traídas por Herodoto han encontrado en la actualidad nuevas confirmaciones arqueológicas y epigráficas.

Tucídides da nociones de la colonización de Citera por los espartanos, al igual que de los choques entre Esparta y otras ciudades. En este sentido, ofrece muchísimo interés el relato de Herodoto sobre la prolongada guerra perdida por Esparta contra Tegea, una de las ciudades de la Arcadia.

Otro adversario, más peligroso aún, de Esparta, era Argos, principal centro político de la Argólida, que había conservado en forma más completa la herencia cultural de la época micénica. Argos había alcanzado el cénit de su poderío durante el reinado del tirano Fidón, el que, según la tradición, había sometido a su influencia y poder toda la parte noreste del Peloponeso.

El tercer y principal adversario de Esparta era Mesenia, en cuyas regiones costeras, durante la época micénica, especialmente en la costa occidental —según lo establecido por los descubrimientos arqueológicos—, se hallaban situados muchos centros estrechamente vinculados con Creta. Las regiones interiores, las de la llanura de Mesenia, estaban en este sentido mucho menos desarrolladas.

De acuerdo con las tradiciones históricas ampliamente aprovechadas por la literatura griega, la Mesenia, al igual que la Laconia, fueron invadidas por los dorios; Cresfonte, un descendiente directo de Heracles, consanguíneo de los reyes espartanos, había fundado en Mesenia la dinastía de los reyes que fue denominada según el nombre de su hijo Epites: la de los Epítidas. Al echar mano, para la interpretación de estas tradiciones, al material arqueológico, como también a los datos de la historia y la dialectología de la lengua griega, se puede llegar a la deducción de que la invasión doria había también llegado a Mesenia, donde si bien fueron destruidos grandes centros de la cultura micénica, la población aquea al parecer no fue sojuzgada. Es cierto también que en el territorio mesenio, célebre por su fertilidad, se fusionaron parcialmente los aqueos y los dorios, y se deslindaron las tierras con mojones. Los poemas homéricos hacen mención de la Mesenia como de un territorio unificado políticamente. Lo mismo se dice de Mesenia en las tradiciones históricas utilizadas y transformadas por Pausanias. Las listas de los vencedores en los juegos olímpicos, conservadas en los fragmentos de Hipías de Elis, contienen nombres de mesenios hasta la mitad misma del siglo VIII a. C., lo cual da testimonio no sólo de la independencia política de Mesenia, sino también del nivel relativamente elevado del desarrollo de su cultura. Finalmente Eurípides, en su tragedia Cresfonte, que nos ha llegado sólo fragmentariamente, escribe sobre Mesenia como de un país libre e independiente.

Pero en Mesenia no había surgido ninguna formación estatal, ni aquea ni doria, que fuera capaz de defender su ulterior existencia independiente. Sus posibilidades eran inferiores a las de Esparta, del mismo modo que ocurría en las restantes regiones del Peloponeso.

En la segunda mitad del siglo VIII, Esparta emprendió la conquista de Mesenia. Pausanias suministra nociones detalladas pero legendarias de esa guerra. Material más fidedigno, reminiscencias de encarnizadas batallas durante la guerra de los veinte años, halló su reflejo en los versos del poeta griego Tirteo (de los cuales se han conservado sólo unos fragmentos), del siglo VII a. C., quien vivió dos generaciones más tarde. Como informa otra fuente, al finalizar esa guerra entre Mesenia y Esparta, se sublevaron los llamados partenios —hijos ilegítimos—, pertenecientes al sector de la población privado de derechos civiles. La sublevación fue aplastada y los sublevados se vieron obligados a abandonar Esparta y emigrar hacia el litoral meridional de Italia, donde fundaron la colonia de Tarento.

Tras una serie de derrotas, la resistencia de los mesenios se había concentrado en la región montañosa limítrofe con la Arcadia; allí fueron derrotados y Mesenia se sometió a Esparta con la condición de pagar un tributo consistente en la mitad de cada cosecha anual. Al parecer, los mesenios quedaron en una situación similar a la que entonces tenían en Esparta los ilotas. La victoria sobre Mesenia, empero, no mejoró esencialmente la situación de Esparta. Los espartanos tenían que emplear enormes fuerzas para mantener a Mesenia en la obediencia. Al mismo tiempo, las relaciones entre Esparta y Argos, en la que en ese tiempo se había afianzado la tiranía de Fidón, habían empeorado bruscamente, e iba creándose también la amenaza de un serio choque militar con Tegea y otras ciudades peloponesíacas.

En medio de tales condiciones se compuso definitivamente el régimen político—social espartano. Al parecer, fue precisamente entonces cuando se promulgó la reforma que consolidaba la igualdad de bienes de los espartanos. Para ello, el Estado espartano tuvo que librarse dentro de lo posible de la influencia de las relaciones mercantiles y monetarias que iban desarrollándose rápidamente, recurriendo a varias medidas: la prohibición de guardar metales preciosos; la prohibición a los forasteros de aparecer en el territorio de la ciudad de Esparta, y quizás en el de todo el Estado espartano. Es probable que fuera entonces cuando se legitimara el uso exclusivo de la arcaica moneda de hierro, acerca de lo cual Plutarco transmite un relato anecdótico a su célebre biografía de Licurgo. Es curioso que el sistema de pesas y medidas de Fidón de Argos, difundido en todo el Peloponeso, no fuera aceptado en Esparta. Las tierras de los periecos fueron consideradas como tierras estatales y divididas en cleros entre los ciudadanos. Tales medidas tenían por objeto detener el desarrollo de la producción, acerca de la cual dan testimonio millares de hallazgos arqueológicos en el antiquísimo territorio del santuario de Esparta —el templo de Artemisa Ortia— y en otras partes de la ciudad.

Muy pronto, el Estado espartano se vio en la necesidad de sostener otra pesada guerra contra Mesenia, que se sublevó en la segunda mitad del siglo VII a. C. La sublevación estalló en la parte nórdica de la llanura mesénica, en la región de Andania. Los sublevados, encabezados por el rey Aristómenes, de la estirpe de los epítidas, estaban aliados con Arcadia, Elida y Argos.

Durante los primeros años de la guerra, los espartanos sufrieron una derrota tras otra. Los versos de Tirteo, que tomó parte en dicha guerra, hablan de la extrema tensión de fuerzas por parte de Esparta. El conflicto repercutió también sobre la creación de los mesenios, que precisamente en ese tiempo compusieron unas canciones épicas, aprovechadas posteriormente por los autores que imitaban a Homero. Los mesenios se sostuvieron heroicamente, mas sus aliados, especialmente el rey arcadio Aristócrates, los traicionaron, y los espartanos comenzaron a superarlos. En una batalla decisiva, junto al «gran foso», al décimo año de la guerra, los mesenios fueron derrotados. Pero su resistencia continuaba; se habían fortificado en el monte Ira, en los límites de la Arcadia, donde se sostuvieron a lo largo de once años. Capitularon bajo la condición de poder trasladarse libremente a Arcadia y otras regiones de la Hélade. Los que se quedaron fueron convertidos en ilotas y, junto con sus respectivas parcelas, distribuidos entre los espartanos. Resulta así que a finales del siglo VII a. C., el sistema de explotación de los ilotas ya estaba formado en lo fundamental. Evidentemente, entonces fue cuando se introdujo la ya mencionada costumbre bestial de las criptias. Tal como escribe Tucídides, toda la atención de los poderes espartanos estaba dirigida ahora al aplastamiento de los ilotas. De vez en cuando las rebeliones de los ilotas estallaban con tanta violencia y fuerza, que el Estado espartano no estaba en condiciones de reprimirlas por sus propios medios. En tales ocasiones, Esparta pedía ayuda en las comunidades vecinas del Peloponeso, surgiendo sobre esta base la tendencia a estrechar relaciones con una serie de ciudades de alrededor. A su vez, estas mismas ciudades también estaban interesadas en un acercamiento con Esparta, por cuanto en aquel tiempo ésta gozaba ya de la fama de ser uno de los Estados militarmente más poderosos de toda la Hélade. Como resultado, a mediados del siglo VI a. C., se forjaba en el Peloponeso una unión que entró en la historia con el nombre de Liga o Confederación del Peloponeso. Aun cuando Esparta la encabezaba, los demás miembros continuaron conservando su independencia; Esparta se inmiscuía muy poco en los asuntos internos de los mismos.