HISTORIA
DE LA ANTIGUA GRECIA
V
ESPARTA, CRETA, TESALIA Y BEOCIA
EN EL SIGLO IX Y COMIENZOS DEL V A.C.
4. Beocia
En el curso de las investigaciones arqueológicas en el territorio de
Beocia, especialmente en la región del lago Copais y en el sitio de la antigua
ciudad de Orcómeno, se descubrió una gran cantidad de monumentos de la cultura
micénica, y debajo de los mismos apareció una capa neolítica, perteneciente al
tercer milenio a. C. Los mitos vinculados con Beocia mencionan, entre las
antiquísimas tribus que la poblaban, a los minios. En el siglo viii aparecen ya
los beocios en calidad de un solo pueblo que hablaba el dialecto beocio.
Entre los poblados, los más importantes en los primeros tiempos fueron
Orcómeno, en el cual la tradición ubica a los mencionados minios, y Tebas, del
cual se habla en los poemas homéricos como de un considerable centro que
posteriormente sometió a Orcómeno.
Según el testimonio de Tucídides, la población de Beocia había llegado
desde Tesalia; empero, el mismo autor hace la salvedad de que una parte de los
beocios ya habitaba anteriormente en esta región. Evidentemente, la migración
desde Tesalia, si es que tuvo lugar en la realidad histórica, repercutió muy
poco sobre el desarrollo interno de Beocia.
El Régimen económico—social de Beocia
En Beocia no hubo revueltas sociales, tan características de las
ciudades griegas desarrolladas de los siglos VII—VI a. C. La causa, desde
luego, no fue «la estupidez de los cerdos beocios», como decían despectivamente
sus vecinos, los atenienses, sino las características particulares del
desarrollo económico de la región. En la fértil Beocia, incluso en la época en
la que la producción de la mayor parte del mundo griego ha sufrido grandes
cambios, la economía siguió siendo fundamentalmente agraria, con predominio de
los cultivos gramíneos. En Beocia, un agricultor que poseyera aunque fuera una
pequeña parcela, con una forma relativamente intensiva de efectuar su labor,
podía subsistir. También estaba desarrollada en Beocia la ganadería,
especialmente la cría de caballos. Sobre el lago Copais y en el litoral
marítimo estaba desarrollada bastante considerablemente la pesca. Puesto que la
producción artesanal estaba escasamente desarrollada, sólo los excedentes
agrícolas estaban comercializados.
Pero cierto que también en Beocia repercutieron gravemente sobre la
economía de los campesinos la estratificación en el interior de la comunidad y
el crecimiento de la desigualdad de recursos y bienes. Para la conservación de
las parcelas de los campesinos, las legislaciones antiguas prevenían y
anticipaban medidas extraordinarias. Como informa Aristóteles, un legislador
tebano de comienzos del siglo VII, Filolao, había establecido que si en una
familia nacían más hijos que cantidad de tierra tenía la misma a su
disposición, el padre estaba obligado, bajo amenaza de pena de muerte, a no
educar él mismo a la criatura, sino a entregarla a otros, al que diera por ella
una paga, por pequeña que fuese; esta paga simbólica era un resabio de la venta
(para la esclavitud) que otrora existiera.
Conocemos, por Tucídides, que anteriormente a las guerras
greco—persas, el poder en las ciudades beocias se hallaba en manos de un
pequeño grupo de aristócratas pertenecientes a cinco estirpes: los antepasados
de cuatro de ellas se llamaban Espartos (literalmente, «sembrados»), porque, de
acuerdo con la tradición referente al mitológico fundador de Tebas, el héroe
semidiós Cadmo, aquellos crecieron de los dientes de un dragón sembrados por
Cadmo; el antepasado de la quinta estirpe era considerado pariente por afinidad
con los Espartos. A consecuencia del desarrollo gradual, aun cuando tardío, del
intercambio de productos, en el Estado beocio comenzaron a adquirir valor y
significación los hombres adinerados aun cuando no pertenecieran a la
aristocracia de abolengo. Además, al lado de los aristócratas terratenientes
aparecieron también campesinos acaudalados, que habían pasado por una severa
escuela de la vida y habían sabido enriquecerse merced a la manera más
intensiva de conducir sus haciendas. El desarrollo del comercio marítimo,
característico para toda la Grecia de los siglos viii—vii a. C., no pudo dejar
de ejercer cierto efecto sobrEl poeta beocio Hesíodo, cuyo poema "los
trabajos y los días" se puede datar entre los siglos VIII—VII a. C.,
condena la ocupación en el comercio marítimo, cuyo entusiasmo, dice, se había
apoderado de todos. No obstante, aconseja sobre las condiciones en que sería
lícito y conveniente ocuparse del mismo, sin someterse a gran riesgo. Todo esto
se halla expuesto en forma de consejos que Hesíodo da a su hermano Perses; allí
mismo, el poeta hace conocer interesantes hechos de la vida de su padre, quien
había intentado enriquecerse ocupándose del comercio en cuestión. El padre de
Hesíodo había vivido anteriormente en la ciudad eolia de Cumé y trasladado
luego a Beocia. Aquí, "habiendo huido de la perversa miseria'', sólo pudo
adquirir una pequeña parcela "en el mísero poblado de Ascra". No
obstante, se convenció muy pronto de que, aun esta pequeña parcela en la fértil
Beocia le proporcionaba una existencia más segura que el comercio marítimo.
Para aumentar la rentabilidad de una economía campesina, Hesíodo recomienda los
siguientes medios: labrar la tierra con las manos de los miembros de la
familia, disminuir la procreación de hijos, trabajar sin descanso desde la
mañana hasta la noche, etc.
El poema de Hesíodo constituye así una fuente muy importante que
refleja la vida social y económica de la Beocia de su tiempo. La masa básica de
pobladores de esa región se componía de agricultores que, en parte
considerable, dependían de la aristocracia terrateniente de abolengo. Hesíodo
representa simbólicamente esa dependencia de la arbitrariedad de los
aristócratas, en una fábula en la cual un gavilán dice al ruiseñor que tiene
entre sus garras:
«Por qué, infeliz, estás piando? ¡Yo soy más fuerte que tú!
Por más que cantes, he de llevarte adonde yo quiera.
Puedo comerte o dejarte en libertad.
No tiene juicio aquel que quiere medirse con el más fuerte:
No lo vencerá, ¡y sólo agregará humillación a sus penas!»
La aristocracia terrateniente conservó en Beocia su predominio durante
mucho más tiempo que en otras regiones de Grecia, por ejemplo, en la vecina
Ática. Los rasgos del atraso se exteriorizaron en las leyes beocias. En este
sentido son muy características las que tratan de los deudores: cuando el
deudor no pagaba su deuda era llevado a la plaza del mercado y sentado en un
lugar preestablecido para ello, colocándose ante él un canasto, y el hombre
tenía que permanecer en esta posición hasta que las limosnas que se arrojaban
al interior del canasto resultaran suficientes para amansar la ira de los
acreedores. Los ciudadanos que sufrían semejante castigo perdían sus derechos
civiles. No podemos determinar, por falta de datos fehacientes, si en Beocia el
endeudamiento moroso llevaba hacia la servidumbre o hacia la esclavitud.
La alianza beocia
La vida política de Beocia se caracterizaba por la existencia de una
alianza entre sus polis, en la cual el papel predominante lo desempeñaba Tebas,
la ciudad más grande de Beocia. Tucídides caracteriza por boca de los tebanos
el régimen estatal de Tebas al comienzo de las guerras médicas, de la siguiente
manera: «En aquel entonces nuestro régimen de Estado no era oligárquico,
apoyado en leyes iguales para todos, ni tampoco democrático. El poder, en el
Estado, se hallaba en las manos de unas pocas personas, lo cual es adverso a
las leyes y más que a un régimen estatal racional se acerca a una tiranía». Por
lo demás, y tal como hace constar Herodoto, ese poder chocaba ya con una
resistencia organizada cuando comenzaron las guerras greco—persas. Esto se
explica no tanto con las contradicciones político—sociales, como mediante los
fracasos exteriores de la alianza beocia.
La existencia esta alianza, ya en el siglo VI a. C., constituye
un factor importante en la historia de Grecia, en general. Existía allí una
anfictionía, es decir, una unión de polis vecinas para la protección y defensa
de los santuarios comunes que se agrupó en torno al templo de Poseidón primero
y del de Atenea Itonia después. Las funciones fundamentales de tal anfictionía
era la preocupación y cuidado respecto de los santuarios, de los festejos que
tenían lugar en los mismos, de las ferias que estos festejos representaban en
aquel tiempo y en las que podían tener cita, sin temor alguno, los mercaderes
de las más diversas partes de Beocia, y donde, finalmente, se llevaba a cabo la
solución de las disputas (especialmente las concernientes a las fronteras) entre
las polis beocias. Los órganos de las anfictionías poseían funciones punitivas
sobre los miembros que se apropiaban de tierras del templo, que violaban y
perturbaban la seguridad de los oficios religiosos y, con ello, la libertad del
comercio, o los que, en general, no se sometían a las resoluciones del consejo
de la anfictionía. Todas estas funciones fueron durante largo tiempo funciones
principales de la alianza de Beocia y de sus órganos, los que, además, tenían
aún otras obligaciones más. El fértil suelo de Beocia fue constantemente
codiciado por sus vecinos y objetó de constantes ataques desde todos los
costados. Probablemente, ya a mediados del siglo VI a. C. los vecinos
septentrionales de Beocia, los tesaliotas, intentaron someterla y la invadieron,
mas fueron derrotados cabalmente en la batalla entablada. En el mismo tiempo,
la alianza beocia tuvo que sostener una lucha difícil y prolongada contra
Orcómeno, que en aquel entonces era uno de los más poderosos Estados de la
Grecia central y poseía también un suelo fértil y un fuerte ejército. La
alianza beocia logró quitarle a Orcómeno, una tras otra, las ciudades que
poseía, y a comienzos del siglo vi la forzó a adherirse a ella, habiéndose
asegurado ciertos privilegios. Menos feliz fue la prolongada lucha contra el
vecino del sur, Atenas. Los beocios perdieron, al comienzo, la ciudad de
Eleusis con el antiguo santuario de Dionisos, y luego toda la región del sur
del río Asopos, incluyendo la ciudad de Platea y la de Oropos en la costa.
Conducir todas estas guerras sólo era posible disponiendo de un
ejército unificado, de un fuerte comando y de la posibilidad de exigir de modo
coercitivo a los aliados que enviasen contingentes de guerreros al ejército
aliado. Problemas y plenipotencias de tal amplitud, ajenos a las anfictionías
comunes, habían condicionado la transformación de la alianza beocia en el más
antiguo Estado aliado, ya centralizado en grado bastante considerable. El
miembro más fuerte de esa alianza era Tebas, que, como es natural, desempeñaba
el papel dirigente en las guerras. Esta circunstancia, que la había convertido
también en dirigente político de la alianza, dio a Tebas la hegemonía
financiera y, al mismo tiempo, fue en detrimento de la independencia de las
polis pequeñas. De todos modos, en Beocia no se había dado el sinoicismo del
caso ateniense ni había surgido ningún Estado tebano centralizado. Esto se
explica en parte por el hecho de que la anfictionía impedía a Tebas establecer
su hegemonía sobre las demás ciudades que formaban la alianza beocia, y en
parte por el estado de atraso de Beocia.
Todos los miembros de la alianza beocia estaban obligados a proveer
contingentes de guerreros para el ejército aliado. La importancia de estos
contingentes solía ser establecida por los órganos de la alianza según una
distribución especial, en correspondencia con las fuerzas de cada polis.
Pertenecer a la alianza no era ya cuestión voluntaria de cada uno de sus
miembros: por la violación de la obligación guerrera y, con más razón, por la defección
o por el abandono de la alianza, los órganos de ésta dictaban severos castigos,
quitando territorios, desalojando a los habitantes, etc. Dado que no existían
propiedades pertenecientes a la alianza en general, las tierras quitadas se
adjudicaban al territorio tebano, en virtud de lo cual Tebas llegó a ser cada
vez más poderosa.
También fue quitado a los distintos Estados beocios el derecho a
mantener relaciones con los países no beocios, y toda la política internacional
se concentró en las manos de la alianza. El derecho a acuñar monedas fue
conservado por cada Estado beocio por separado hasta el tiempo de las guerras
médicas, pero con la obligación de hacer figurar en el dorso de sus monedas el
blasón panbeocio: el escudo de la diosa Atenea Itonia; solamente Orcómeno
conservó el derecho a acuñar monedas con el blasón propio: una espiga de
cereal.
Hasta las guerras greco—persas, cada Estado beocio conservó sus
instituciones; en la mayoría de ellos se hallaba a la cabeza un arconte; a la
cabeza de Tespias se encontraba un antiguo colegio aristocrático formado por
siete demucos, o basileus, elegidos del seno de unas cuantas familias nobles; a
la cabeza de Oropos había un sacerdote del dios Anfiaraos. Sólo después del año
446, los regímenes estatales de las aisladas polis beocias fueron sometidos
coercitivamente a una nivelación.
La organización de las instituciones sociales es bastante conocida
merced al fragmento del tratado de un autor desconocido, que ha pasado a la
historia bajo la denominación de papiro de Oxirrinco. En este fragmento aparece
descrito el régimen que existió en Beocia a partir del año 446 a. C.
Existen todas las bases para suponer que la constitución del año 446 a. C.
consistió, en lo fundamental, en el restablecimiento de la constitución vigente
antes de las guerras médicas. La esencia de la misma es la siguiente: a la
cabeza se hallaban los beotarcas, esto es, los miembros del gobierno de la
alianza. Eran (al menos, desde el año 446) once; los miembros más considerables
de la alianza elegían a dos de ellos; las elecciones tenían lugar cada tres
años. Al lado de los beotarcas funcionaba un consejo aliado; cada Estado beocio
elegía sesenta diputados por cada beotarca y pagaba el mantenimiento de los
mismos. De acuerdo con el mismo principio, se integraba también el juzgado de
la alianza, así como el ejército (mil hoplitas y mil jinetes por cada
beotarca).
La nobleza que a finales del siglo VI se hallaba a la cabeza de Tebas,
no sólo oprimía a las masas populares de su Estado, sino también vejaba a las
demás polis beocias. Esto provocó la defección de Eleusis y de Platea, que se
pasaron a Atenas. El tribunal espartano de arbitraje que juzgó este conflicto
reconoció la independencia de Platea, debido a que Esparta trataba de impedir
toda unificación. La política de Tebas provocaba en Beocia una fuerte oposición
al dominio de la nobleza tebana, lo cual excitaba a ésta a buscar el apoyo
incluso de los persas. Tal era la situación de Beocia hacia comienzos del siglo
V a. C.

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