HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

IV

LA GRECIA HOMÉRICA

2. El Régimen Político de la Sociedad Homérica

La sociedad homérica, surgida sobre las ruinas de la sociedad micénica, no había evolucionado económica y socialmente lo necesario para alcanzar el estadio de la organización política estatal. Incluso así, en cada una de las muchas comunidades de las que se habla en los poemas, se encontraban ya elementos de organización social que se remontan a la antigüedad más remota y representan al mismo tiempo embriones de órganos estatales. En cada comunidad hay un rey (basileus), un consejo de ancianos (gerentes) y una asamblea popular.

En el período homérico, los reyes eran los jefes de sus tribus, a las que conducían en las guerras y, en tanto durasen las operaciones bélicas, gozaban de máximo poder. La organización de los asuntos de guerra había alcanzado en aquel tiempo cierta elevación. Los guerreros nobles iban armados de sables y lanzas, y se protegían de los golpes del enemigo con yelmos, corazas, rodilleras y escudos. Salían al combate en carros a los que enganchaban corceles de raza. Los soldados de la milicia del pueblo, en cambio, estaban pobre e insuficientemente armados: sólo con armas arrojadizas (venablos) y hondas. En el primer combate junto a las murallas de Troya, cuya descripción figura en la Ilíada, los dos ejércitos enemigos se precipitan uno al encuentro del otro: los troyanos gritando y los aqueos en silencio, guardando el orden en sus filas. Ulteriormente, los aqueos instalan su campamento en la llanura, entre el mar y la ciudad sitiada, rodeándolo de fosas, vallas y torres, con portones que permitían las salidas de los ejércitos y de los carros de combate. Para todo ello se imponía la necesidad de cierta organización, lo cual justificaba la concentración del poder en las manos de los conductores de las milicias, que representaban a la nobleza rica y de abolengo. Dichos jefes podían exigir de los simples guerreros una obediencia incondicional bajo la amenaza de severos castigos por las faltas de disciplina.

También la táctica de combate de aquellos tiempos propiciaba el aumento del poder y de la autoridad de los reyes. Por lo general, las batallas comenzaban con un duelo entre los basileus, que salían al campo en sus carros de combate. Tras ellos entraban en batalla sus amigos, seguidos por los guerreros de infantería. Se entablaba un combate cuerpo a cuerpo, con empleo de lanzas, sables y pesadas piedras. A los enemigos muertos se les despojaba inmediatamente de las armaduras, en calidad de trofeos. A menudo se entablaban luchas a causa de los cuerpos de los caídos. Cada una de las partes trataba de apoderarse del cadáver: una para darle sepultura, y la otra para profanarlo o pedir por él un rescate. Los reyes, con demostraciones de su valor personal, tenían que dar el ejemplo a su séquito y a los guerreros de filas.

Se sobrentiende, empero, que la posesión de armas de alto precio y, especialmente, de corceles de combate, inaccesible para los guerreros de filas, estaba al alcance no sólo de los basileus, sino también de otros miembros de la nobleza, quienes desempeñaban un papel relevante en los combates. Los reyes homéricos se hallaban estrechamente vinculados con esa nobleza, en cuyo seno eran tan sólo primeros entre iguales.

En este sentido es elocuente el hecho de que dentro de los límites de los territorios mencionados en los poemas existieran en una serie de casos varios reyes. Así, en la isla Esqueria, se mencionan, además de Alcinoo, a doce basileus más; en Argos había tres; en la Elida cuatro. Incluso durante las operaciones bélicas, algunas tribus salían bajo el mando de varios reyes. De esta manera, el vocablo basileus tenía amplia aplicación. En algunos casos disponían efectivamente del poder de jefes de la tribu; en otros representaban, al parecer, sólo a consejeros del rey o miembros de su séquito en el campo de batalla. Esto, de por sí, hace ver que hasta el poder guerrero del rey distaba mucho de ser incondicional. En tal sentido es muy característica una reunión militar descrita en la Ilíada. En ella, cierto Tersistes («Desvergonzado»), según todas las señas un guerrero del común, injuria «con gritos desaforados» al rey Agamenón, reprochándole haber arrastrado a los aqueos a innumerables calamidades. Ciertamente, la mayoría de los basileus secundarios interceden en favor de Agamenón, «pastor de hombres»; en particular es Ulises quien refrena a Tersites, increpándole, amenazándole y golpeándole. Empero, el solo hecho de registrarse una tal intervención de un simple guerrero de filas evidencia que los reyes homéricos no gozaban, ni con mucho, de una autoridad incondicional. Dadas tales condiciones, las palabras de Ulises a propósito del daño ocasionado por la división del poder entre muchos, y de la necesidad de concentrarlo en las manos de un solo cetro, suenan solamente como un anhelo que está lejos de la realidad de ese momento o, quizá, como una reminiscencia de la época micénica: «Que uno solo nos dirija, tengamos un solo rey: aquel a quien el sagaz Zeus concedió el cetro y las leyes, para que él reine sobre los demás.»

Es natural que la plenipotencia del rey en tiempos de paz fuera más modesta aún. Su función principal se reducía a la participación en los juicios. En la época homérica se atribuía gran importancia a la Justicia. Si un «soberano poderoso... hace florecer la justicia, bajo su cetro nace en sus campos abundancia de centeno, cebada y mijo, los árboles se cargan de frutos, se multiplican los rebaños y pululan los peces en las aguas».

Se sobrentiende que en los tiempos que nos ocupan el derecho estaba escasamente desarrollado. Crímenes tales como, por ejemplo, un asesinato, eran considerados sólo en el plano del perjuicio inferido por el autor del mismo a un individuo o al conjunto de sus parientes. En tales condiciones, el juicio tenía las características de un arbitraje entre los litigantes. En el escudo de Aquiles se da la imagen de tal litigio:

«... querellan dos hombres acerca de una multa que debe pagarse como indemnización por un asesinato...» «Gritan los ciudadanos en torno a ellos, favorece cada uno al que le es más cercano; los heraldos refrenan su griterío y los ancianos de la ciudad, sentados en silencio sobre piedras pulidas en medio del sagrado círculo, reciben a su turno uno de los cetros de manos de los heraldos, se levantan empuñándolo y, uno tras otro, emiten su juicio».

Como se desprende de esta descripción, los juicios en la época homérica se realizaban en presencia del pueblo y los veredictos eran pronunciados por los ancianos. Al lado de éstos, en el mencionado ejemplo, hay colocados dos talentos de oro, que eran la caución que depositaban tanto el demandante como el demandado el comenzar el proceso. Sorprende la desmedidamente grande suma de oro de esa caución. Evidentemente, en el caso dado se trata de una hipérbole, habitual en la poesía épica, porque se hace difícil admitir que tamañas cauciones pudieran darse a menudo en aquel tiempo.

En el caso de ganar el pleito, el demandante recibía de vuelta su caución, más la depositada por el demandado; en caso contrario, la perdía, y ambas sumas caían en manos del demandado. El papel del rey durante la ventilación del proceso era a todas luces tan insignificante, que en la escena descrita en el escudo de Aquiles ni siquiera es mencionado.

En lo que se refiere a la sucesión real, si nos basamos en los datos del epos, no queda esclarecida. Al parecer, después del fallecimiento de un rey, o en casos de incapacidad para dar cumplimiento a sus funciones, el poder pasaba a su hijo o a otros parientes; mas bien podía pasar a otra gens. En esto desempeñaban un papel esencial las virtudes personales del candidato. Es sabido que durante la prolongada ausencia de Ulises de Itaca, tanto su hijo Telémaco como su padre, el anciano Laertes, no eran considerados reyes, no obstante que Itaca estaba sin rey; y es evidente que los pretendientes a la mano de Penélope calculaban apoderarse a través de la boda no sólo de los bienes de Ulises, sino también del poder real. Al surgir la cuestión de la falta de rey, el hijo del ausente Ulises, Telémaco, dijo a los pretendientes: «... entre los aqueos de Itaca, la rodeada de olas, se encontrarán otros jóvenes y ancianos mucho más dignos de reinar; entre ellos podéis elegir, si Ulises, mi padre, en verdad ha muerto».

Estos datos nos permiten concluir que en los tiempos homéricos no se había establecido de forma definitiva el carácter hereditario del poder real. El privilegio más grande del rey consistía en el usufructo de temenos, la mejor parcela que se le otorgaba del total de las tierras de la comunidad. La explotación de dicha parcela cubría los gastos personales del rey y de los que se ocasionaban al convidar a su mesa a los miembros del consejo. Las fuentes complementarias de ingresos de un basileus eran los variados regalos que le hacía el pueblo y la parte leonina del botín de guerra que se la adjudicaba.

El Consejo de ancianos

El Consejo de ancianos no representaba ya durante la época homérica un órgano compuesto por los hombres de más edad y respeto de la tribu. En realidad, lo integraban, en primer lugar, los representantes de las más ricas y nobles familias, sin tomar en consideración la edad. Como ya señalábamos, a menudo se los dominaba basileus, pero por lo general llevaban el nombre de gerentes. Cuando se trata de asuntos muy importantes, el rey consulta con el Consejo, sin cuya participación, al parecer, no da solución a ningún asunto de importancia. Dichas consultas tenían lugar habitualmente durante los festines, que se celebraban en la casa de un basileus o al aire libre, en presencia del pueblo. Es improbable que se pueda aclarar más detalladamente el carácter de las relaciones recíprocas entre el rey y el Consejo de ancianos.

La Asamblea popular

La Asamblea popular representaba en los tiempos homéricos al conjunto de los miembros libres de la comunidad. Por lo general era convocada por el rey con diversos motivos; por ejemplo, como se relata en la Odisea, a raíz de la queja de Telémaco contra la arbitrariedad de los pretendientes de Penélope en casa de ésta, y, como leemos en la Iliada, para resolver el problema de la continuación de la guerra, o debido a las causas de la peste que se había descargado sobre el ejército que sitiaba a Troya. En las asambleas populares podían también ser consideradas toda clase de proposiciones que fueran de interés para el pueblo. La convocatoria a Asamblea se efectuaba por heraldos, y en tiempos de paz las mismas tenían generalmente lugar en las cercanías de la casa del rey, en la plaza de la «ciudad» o en cualquier otro lugar muy frecuentado. Empero, en los tiempos homéricos ya faltaba la igualdad de derechos de todos sus participantes: de hecho, las resoluciones eran tomadas por el Consejo de ancianos y el rey. Inclusive en el caso en que Telémaco se había dirigido a la Asamblea popular en busca de ayuda contra la arbitrariedad de los pretendientes de Penélope, los reunidos no pudieron pronunciar una resolución definida y se disgregaron, intimidados por las amenazas de aquellos pretendientes. La Asamblea de los aqueos convocada junto a los muros de la sitiada Troya, tampoco tuvo el poder de hacer cesar la querella que había brotado entre los jefes del ejército sitiador. La supremacía la tenían en las asambleas los representantes de la nobleza, los que imponían al pueblo sus propias resoluciones. El pueblo exteriorizaba su posición respecto a las opiniones del rey y de los gerontes sólo por medio de gritos de aprobación o de repulsa. En los poemas no hay la menor mención acerca de alguna votación en las asambleas populares. Debido a la ausencia de Ulises, en Itaca no se convocó la Asamblea popular durante largos años. Todo ello sirve como índice de referencia para considerar el descenso del peso específico de tales asambleas, al mismo tiempo que se ampliaba la esfera de competencia del Consejo de ancianos. Por lo demás, la cuestión atingente a las relaciones mutuas entre los tres órganos de la Administración social, dada la ausencia de leyes escritas y de normas más o menos firmemente elaboradas con respecto al derecho jurídico, se resolvía de hecho en función de la correlación real de las fuerzas en cada caso concreto. Una cosa es indudable: tanto la Asamblea popular como el Consejo de ancianos y el rey permanecían aún, durante el tiempo homérico, vinculados mutuamente de manera muy estrecha. El rey no podía pasarse sin el consejo de los gerontes, y éstos sesionaban en presencia del pueblo cuando se trataba de cuestiones muy importantes. De esta manera, la Asamblea popular, a pesar del acrecentamiento de la fuerza de la nobleza, aún no había perdido su antigua autoridad; tenían que tomarla en cuenta tanto el rey como los gerontes.

La familia

El régimen familiar de la época homérica seguía siendo patriarcal. El número de miembros de esta clase de familias alcanzaba a veces cantidades bastante considerables; así, por ejemplo, la del rey Príamo contaba con cincuenta hijos varones con sus esposas, y doce hijas mujeres con sus esposos. En otros casos mencionados en los poemas, las familias eran bastante menos numerosas. El paso de la supremacía al padre o al esposo no había alcanzado aún la esclavización de la mujer. Esta continuaba gozando del respeto de la familia y de la sociedad. La esfera de aplicación de la labor femenina estaba constituida por la economía doméstica, en la cual la esposa, en su condición de ama de casa, gozaba de plena independencia.