HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA EL MUNDO EGEO DEL III AL II MILENIO A.C.
5. Micenas
Uno de los más grandes centros de elevada cultura que se extendió en
el territorio de la Grecia continental del siglo XVII al XIII antes de nuestra
era fue Micenas. Las tradiciones griegas hablan acerca de su riqueza y poder.
Homero la llamaba «abundante en oro».
Micenas se encontraba en el Peloponeso, en la Argólida. Esta región no
casualmente es llamada en la Ilíada «Argos la muy sedienta». Está rodeada por
cadenas montañosas que se cruzan en algunos lugares con llanuras onduladas, las
cuales se consideran las más secas y estériles de todo el Peloponeso. El río
más importante de la región es el Inaco, que nace en las montañas y atraviesa
la Argólida de oeste a sudeste; se nutre principalmente por la caída de las
lluvias en las montañas, y en el verano se seca por completo. Otras corrientes
fluviales son todavía más pobres en agua. En tales condiciones, en la Argólida,
salvo puntos aislados que tienen tierras fértiles, sólo en una región es
posible ocuparse con cierto éxito de la agricultura. Se trata de la planicie
situada en la parte sudeste, que penetra hacia las orillas del golfo de
Argólida.
Aquí se encontraban las más antiguas ciudades de la Argólida: Argos,
Tirinto y Micenas, distante esta última 18 kilómetros de la costa. Las ruinas
de la ciudad de Micenas están situadas en una colina de 278 metros de altura
sobre el nivel del mar, entre dos mesetas. La colina está rodeada por profundas
barrancas rocosas. Estratégicamente, la ubicación de Micenas era
extraordinariamente ventajosa, ya que la colina domina toda la comarca
circundante. Al mismo tiempo estaba bien defendida de las invasiones de los
enemigos por la misma naturaleza. La situación de Micenas era ventajosa en el
sentido de que a través de estos lugares pasaban los antiguos caminos que unían
la costa del sur de la Argólida con su parte septentrional y con el istmo.
Antes de las excavaciones eran conocidas las ruinas de la ciudad que
se conservaban en la superficie. Las ruinas de las murallas que rodeaban
antiguamente la acrópolis micénica sorprendían ya en la antigüedad por su
estructura ciclópea. Se encuentra en ese lugar la llamada «puerta de los
leones»; dos pilastras colosales que tienen por dintel un grueso bloque sobre
el cual hay esculpida una columna que se ensancha en la parte superior y a
cuyos lados hay dos leones en postura heráldica. Aún antes de las excavaciones
se conoció una construcción en forma de cúpula, denominada Tesoro (depósito de
cosas preciosas) del rey Atreo.
El primero en comenzar las excavaciones en Micenas, en 1874, fue
Schliemann. Como resultado de estas excavaciones y de las investigaciones
arqueológicas realizadas en años posteriores en la Grecia continental, se
descubrió una serie de monumentos del mismo tipo que los micénicos, y a toda
esta cultura, sólidamente establecida, se la denomina micénica.
Las construcciones
funerarias en Micenas
La población de la colina de Micenas surgió, al parecer, a comienzos
del II milenio a. C. La cerámica del período más antiguo no fue hallada.
Es difícil decir qué es lo que representaba en su principio esta población y si
poseía muros de defensa en los primeros siglos de su existencia. La fortaleza,
el llamado palacio y otros monumentos más antiguos de la construcción de
Micenas se remontan a finales del siglo XV y al siglo XIV a. C.
En la pendiente occidental de la colina, en los límites de las
posteriores fortalezas micénicas, pero evidentemente en los extramuros, si es
que, en general, existieron, fueron descubiertas por Schliemann seis tumbas que
datan de finales del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVI: las llamadas
catacumbas. Ellas representan criptas funerarias talladas en la roca, fosas que
tenían forma rectangular.
Durante largo tiempo las tumbas fueron consideradas antiguas
construcciones de la época micénica. Sin embargo, en 1951—53, en Micenas, en la
meseta rodeada por muros ciclópeos (diámetro de los sillares, 28 metros),
fueron cubiertas y excavadas otras 24 tumbas que datan igualmente del siglo
XVII al XVI. Por su tipo, estas tumbas están muy cerca de las catacumbas
descubiertas por Schliemann. Cada una de ellas representa un profundo hueco
rectangular en la roca básica del terreno. En la parte superior de los
sepulcros fueron descubiertos bloques de piedras, fijados sobre vigas y
cubiertos de tierra. En cada nueva inhumación la tumba se abría desde arriba,
se hacía descender el cadáver y los restos del anterior se ponían a un lado
para dar lugar al nuevo, después de lo cual el sepulcro se cubría nuevamente.
En el terraplén, sobre las tumbas, fueron descubiertas lápidas lisas y
cubiertas de ornamentos en espiral y con relieves, cuyo número y situación
coinciden con el número y situación de los inhumados. Algunas tumbas contienen
un solo esqueleto, otras hasta cuatro. Hay lápidas sobre las tumbas masculinas,
en medio de un espacio rodeado de ornamentos espirales en el que se contenía la
representación de los mismos muertos con sus armas y sus carros.
Por desgracia, la mayor parte de estas lápidas está muy deteriorada y
se conservaron de ellas sólo fragmentos. En una lápida, conservada
íntegramente, de las excavaciones de 1952, está la representación de la caza de
toros salvajes; en otra, el desarrollo en diversos cuadros, enmarcados por
espirales, de un combate de dos leones parados sobre sus patas traseras; es
decir, motivos parecidos al relieve de la puerta de los Leones.
En la mayoría de las catacumbas, el inventario fúnebre se distingue
por su relativa sencillez. En cambio, otras, por la cantidad de valores que en
ellas se descubrió, no pueden ser comparadas con ninguna de las tumbas
descubiertas en el territorio de la antigua Grecia. En calidad de ejemplo se
puede señalar, aunque se trate de una de las tumbas descubiertas por
Schliemann, una donde se encontraron hasta 870 pequeños objetos hechos en gran
parte con oro, entre ellos diademas y cadenitas, copas de plata y oro cubiertas
con relieves, gruesas placas de baúles ornamentados, espadas y puñales
admirablemente trabajados, sortijas, artículos de marfil, de vidrio, de loza,
de cristal de roca, vasos de alabastro, muchos pendientes y placas de oro en
forma de hojas de árboles, flores, mariposas, esfinges y animales marinos,
piedras preciosas, etc. Entre los hallazgos hay gran cantidad de diferentes
cerámicas, a menudo recipientes que contenían alimentos para los muertos, lo
que testimonia el desarrollo del culto de los muertos.
La gran mayoría de las cosas de metal encontradas son en estilo y técnica
muy cercanas a las cretenses. La influencia de Creta en la cultura micénica no
puede ofrecer en este caso ninguna duda. Acerca de los muchos recipientes
metálicos y gemas, no es posible saber con exactitud si están hechos en la
Argólida o importados desde Creta, hasta tal punto son parecidos los de uno y
otro lugar. Tales son, por ejemplo, las admirables copas en forma de cabeza de
toro con astas doradas, hechas en el mejor estilo de los maestros cretenses en
la época del florecimiento del arte de la isla. Parte de estos objetos son, sin
duda, importados, en primer lugar los de materiales que no existían en la
Argólida, como pueden ser piedras preciosas traídas del norte, un huevo de
avestruz, etc., todos ellos con los nombres grabados de faraones egipcios del
Nuevo Imperio.
Entre los muchos objetos que según todos los indicios fueron hechos en
las poblaciones micénicas, la mayor parte de la labor local puede reconocerse
por el tema representado. A diferencia de Creta, predominan aquí los motivos
guerreros y cinegéticos, utilizados incluso en los adornos femeninos. Tales,
por ejemplo, los anillos de oro hallados en la cuarta tumba descubierta por
Schliemann. En una de las representaciones, un guerrero se bate con dos
enemigos que lo atacan; en otra hay una escena de caza: el cazador, en un carro
de guerra, tiende el arco para cazar un ciervo. El modo de tratar las
vestimentas y el ornamento en estas representaciones es absolutamente no
cretense, aunque en el sentido técnico del grabado fueron utilizadas las
mejores técnicas cretenses. Todavía más característica es en este sentido la
escena del asalto a una fortaleza, representada en un recipiente de plata de la
misma época. Creta no conocía en absoluto fortalezas del tipo que allí se
muestra. Este tema corresponde a la campaña del rey de Micenas en las costas
del Asia Menor, aunque la técnica del trabajo en vasos sea cretense. En otros
casos la imitación de la técnica y del estilo es menos lograda; representa el
alejamiento consciente de los modelos cretenses. De esto dan testimonio los
pequeños adornos de oro con forma de figuras de animales, hechos a la manera
cretense, y también los encuentros entre bestias grabados en placas de baúles.
De este modo, la originalidad de los micenios no se agota bajo la fuerte
presión de la cultura cretense.
Esta originalidad se manifiesta no sólo en la predilección por los
temas guerreros y cinegéticos, sino también en la total ausencia de las escenas
del culto y de la vida palaciega, tan predilectas de las representaciones
cretenses. Son muy originales las armas representadas en gran cantidad en
algunos trabajos con ricos ornamentos. La técnica es en este caso también
cercana a la cretense, pero las formas de las espadas y los puñales micénicos
son otras y las medidas mayores.
Caballos de baja estatura enganchados en carros de guerra, en las
reprsentaciones micénicas, tampoco son parecidos a los caballos de los
monumentos del tiempo posterior cretense. Con particular claridad resaltan los
rasgos originales de la cultura micénica en el grupo de objetos de estilos y
técnica locales, ante todo las seis máscaras encontradas en las tumbas
masculinas, con rasgos retratistas: los rostros de los muertos hechos de oro y
ámbar. Parecida máscara, pero de trabajo menos delicado, también de ámbar, fue
encontrada en 1952 al abrirse en Micenas la llamada «catacumba G». Estos
hallazgos deben ser tomados como únicos, por cuanto en Creta, y en general en
el mundo egeo, no se ha descubierto hasta ahora nada parecido. La técnica de la
preparación de estas máscaras es completamente propia. Diferentes rasgos se
destacan en gran cantidad de representaciones en relieves de guerreros armados.
La comparación con Creta no es en esto posible, por cuanto no se ha descubierto
ni una obra plástica, monumental, ejecutada en piedra. Entre las cerámicas
locales encontradas hay un solo recipiente de arcilla realizado en estilo
cretense. Todos los demás aparecen como pobre imitación de los modelos
cretenses, y en la vajilla de estilo local se advierte que la vieja tradición
de la Hélade media se mantuvo aquí firme contra la influencia extranjera y
continuó su desarrollo.
De todo esto se deduce que aunque la influencia de la cultura cretense
en Micenas durante la primera mitad del siglo XVI fue considerable, no aniquiló
las peculiaridades locales. El material arqueológico está representado en toda
su plenitud por el inventario de las catacumbas, que en conjunto conservan sin
duda su originalidad. No es posible por ello estar de acuerdo con las
suposiciones de Evans acerca de la conquista de la Argólida por los reyes de
Creta y del aplastamiento total de la población local. Mucho más convincente es
la opinión de los contrarios a este punto de vista, los que suponen que la
destrucción de los palacios cretenses del siglo XVI, acerca de los cuales habla
Evans, así como los tesoros de las catacumbas, fueron el resultado de las
conquistas exitosas de los guerreros micenios, en la costa norte, mal
defendida, de Creta. Sin embargo, es difícil imaginar cómo tal cantidad de valores
pudo concentrarse en manos de los reyes micenios, sepultados en las catacumbas;
la hipótesis más atendible sostiene que entre los cautivos tomados en estas
incursiones se podía encontrar gente familiarizada con el arte cretense, los
cuales fundaron en Micenas su escuela. En apoyo de este punto de vista habla la
postura de los guerreros, inherente a todo el inventario fúnebre de las
catacumbas. La mayoría de esas pesadas espadas, puñales, lanzas y otras muchas
armas, sin duda, no estaban en reposo en vida de sus dueños.
Tampoco era casual, según parece, su inclinación hacia los temas
bélicos en las representaciones artísticas. En sus Incursiones, las huestes
micenias alcanzaron, por lo visto, la costa del Asia Menor, A tal suposición,
en particular, conducen las representaciones del sitio de la fortaleza que no
son cretenses, en el vaso de plata de la cuarta tumba, al que ya nos hemos
referido. El ulterior estudio de la escritura micénica y cretense está llamado
a aclarar este problema; sin embargo, por el estudio de las incursiones sólo se
podrá aclarar la cantidad de valores reunidos en un mismo lugar, pero no la
calidad del movimiento y desarrollo de la cultura local, tal como aparece con
claridad en los objetos materiales de las catacumbas. La original fusión de
muchas y exactas imitaciones del estilo cretense con la técnica y la temática
locales en el arte representativo, así como la conservación de la originalidad
micénica en otras ramas de la cultura material, son prueba de la reelaboración
activa de la influencia extranjera. Realmente, si la nueva técnica y estilo no
se hubieran impuesto a las exigencias y gusto de cierta parte de la sociedad
micénica, el arte de los maestros cretenses no hubiera podido encontrar tan
amplia resonancia en los oficios locales.
Todo esto muestra que la sociedad local había alcanzado ya un
considerable nivel de desarrollo y había percibido libremente la más elevada
cultura de Creta. En tales condiciones, los objetos con los nombres de los
faraones egipcios, como las piedras preciosas, es dudoso que se encontraran en
las catacumbas solamente en calidad de botín de guerra. Lo mismo puede decirse
acerca de los objetos de marfil, los cuales sólo podían conseguirse en Egipto y
Siria, donde en aquel entonces aún había elefantes. Como demostración indirecta
de que existieron condiciones para las relaciones comerciales pueden servir las
excavaciones realizadas de 1950 a 1952, de dos viviendas particulares: las
llamadas «casa de comercio de aceite» y «casa de comercio de vino». Ante todo
cabe decir que ambas casas, lo que es muy demostrativo, fueron descubiertas en
los extramuros micénicos. En el primer lugar fueron encontrados treinta grandes
recipientes con tapas de arcilla, ubicados a lo largo de la muralla y, entre
otros hallazgos, 39 tabletas de arcilla con signos de la «escritura línea B»
(éste es el primer caso de tabletas halladas no en el palacio, sino en una casa
particular). En la casa de comercio de vino también fue descubierto un gran
recipiente del tamaño de una persona y cerca de 50 recipientes, algunos
deteriorados y otros sanos, en los cuales, al parecer, se guardaba vino. Es
difícil imaginar que tales reservas de vino y aceite se destinaran sólo al
consumo de los moradores de estas casas y no al comercio. Ambas casas, sin
embargo, datan de un tiempo considerablemente posterior a los siglos XIV y XIII
a. C. De esta manera, las catacumbas micénicas, en tanto continuaron
siendo monumentos únicos —1650—1550 a. C.—, reflejan claramente el
comienzo del período de relaciones mutuas del continente con Creta y otros
países. Sobre esto se basa concretamente nuestra concepción acerca de la
antigua cultura micénica, puesto que nada sabemos acerca de otras tumbas
contemporáneas de las catacumbas, de monumentos, de fortalezas y de
construcciones simples.
El siguiente grupo de monumentos micénicos pertenece a la segunda
mitad del siglo XVI y al siglo XV a.C. Comprende también, ante todo, tumbas,
pero ya de otras características. En ellas, la cámara fúnebre tiene forma
rectangular, oval o redondeada, y habitualmente se encuentra en roca blanda,
pero unida con la superficie de la tierra por un camino especial, largo y
estrecho, que se denomina dromos. La presencia del dromos facilitó
extraordinariamente la utilización frecuente de la cámara fúnebre. Para colocar
un nuevo cadáver era suficiente volcar la lápida que cubría la apertura de
entrada al dromos, mientras que para entrar en los sepulcros de las catacumbas
en el caso de otra inhumación había que volver a excavar y desarmar el cielo-raso
del sepulcro para poder, desde arriba, hacer descender el cadáver. El nuevo
tipo de tumba conservó en el transcurso de todos los siguientes siglos de
existencia de la cultura micénica un aspecto más o menos invariable. La única
diferencia entre las más antiguas cámaras fúnebres y las que vinieron después
se limitaba al largo del dromos. En las tumbas de los siglos XVI y XV, el largo
habitualmente no sobrepasa los 3 ó 4 metros, alcanzando más tarde de 14 a 16
metros. Las más antiguas de las tumbas de este tipo conocidas hasta ahora
fueron encontradas cerca de Micenas y de Argos. Ambas pertenecen a mediados del
siglo XVI y en el tiempo fueron cercanas a los sepulcros de las catacumbas. La
gran mayoría de las otras cámaras fúnebres conocidas, dispersas por toda la
Grecia continental y las islas, son considerablemente más recientes que los
sepulcros de las catacumbas.
En los casos en los que el suelo en el cual se excavaba la cámara
fúnebre resultaba demasiado blando, sus paredes se revestían con piedras. Esto
sirvió al principio para el desarrollo de un tipo de tumba en cúpula (tolos)
que existió casi paralelamente con las cámaras fúnebres. La particularidad
esencial de este tipo de tumba aparecía cuando el revestimiento de las paredes
se continuaba en el cielorraso tomando forma de cúpula y se apoyaba sobre
bloques de piedra algo combados. Se obtenía así una cúpula revestida de piedra,
colmeniforme, con dromos. La puerta del dromos en la cámara fúnebre estaba
ausente, pues en cada inhumación se hacía un orificio en la pared, para
introducir el cuerpo, que luego se tapiaba con piedra. Las más antiguas tumbas
de este tipo, a juzgar por hallazgos aislados, como por ejemplo dos tumbas
pequeñas cerca de Micenas y varias tumbas análogas en otros puntos del sur,
centro y norte de Grecia, se remontan a una época cercana a la existencia de
los sepulcros de las catacumbas.
En lo sucesivo, la construcción y el acabado de las tumbas en cúpula
se fueron perfeccionando continuamente. Las paredes de las cámaras fúnebres se
revistieron ya no con pequeñas calizas sin trabajar, sino con piedras de formas
regulares, y en casos aislados con mármol de Paros. Aparecen también las
puertas con dinteles especiales, con grandes vigas transversales que unen un
dromos revestido de piedra con la cámara fúnebre. Las paredes y el techo en
forma de cúpula se cubrían con adornos en relieve. Se aumentaron la superficie
y el volumen de todo el local, que, en conjunto y en algunos sepulcros
aislados, ya relativamente posteriores, llegaron a 14,5 metros de diámetro y a
13,4 de altura. Por fin, la cámara lateral del sepulcro llevaba a la superficie
de la tierra; sus paredes exteriores se revestían con gruesos bloques de
piedra, con el techo y los zócalos adornados con relieves. Así, paulatinamente,
fue creciendo y desarrollándose una nueva forma arquitectónica, que iba a
expandirse por todo el territorio de la Grecia continental y las islas.
Las tumbas en cúpula fueron descubiertas no sólo en Micenas, donde se
encuentran nueve, sino también cerca de Argos, en Tirinto, en Bafia, en Pilos,
en el Ática, cerca de Atenas, en Tesalia y en otros lugares. El contenido de
estas tumbas fue saqueado hace ya largo tiempo. Afortunada excepción la
constituyen una tumba en cúpula en Bafia, en el territorio de Laconia, cerca de
la antigua Amiclea, y otra en Midia, en la parte central de la Argólida. La de
Bafia data de principios del siglo XV y representa la tumba de un guerrero de
la aristocracia micénica. Allí se conserva un rico acervo fúnebre: considerable
cantidad de diferentes clases de adornos, artículos de tocador, armas y
recipientes ricamente ornamentados, destinados estos últimos sobre todo al
vino. De todas estas cosas merece particular atención un anillo de hierro: se
trata del primer hallazgo de hierro de la época creto—micénica. La presencia
del anillo hallado en el dedo de un esqueleto, junto con otros dos anillos de
oro y bronce, muestran que el hierro comenzaba a usarse, y por su valor se
igualaba con los objetos de oro. Entre otros hallazgos se encuentran copas de
oro con representaciones de toros, gargantilla de doble cadena adornada con 80
amatistas, brazaletes construidos con gemas. Casi todas estas cosas,
particularmente los objetos de tocador y de adorno, son de puro estilo y
técnica cretense. El peso específico de las armas en el conjunto de los otros
objetos es relativamente pequeño, especialmente si se lo compara con el
contenido de los sepulcros de las catacumbas.
La tumba de Midia llegó a nosotros en condiciones considerablemente
peores, ya que en la antigüedad fue saqueada. Con todo, en el piso se
encontraron pequeños objetos, aunque escasos. La inspección de la sala fúnebre
condujo a descubrir las huellas de dos fosos, en los cuales fueron descubiertas
intactas tumbas de dos mujeres y de dos hombres. El contenido de estas tumbas
resultó estar también construido por adornos y recipientes valiosos. En una
copa de oro se representa el mar. En otra, de plata, la caza del ciervo y toros
que corren. Las cabezas estilizadas de cinco toros adornan una copa de plata
con revestimientos de oro, encontrada junto a un esqueleto femenino. Entre los
adornos hay grandes gemas, cuatro anillos de hierro, cobre, plomo y plata,
cadenas de oro con 36 rosetas, con gran cantidad de pequeños adornos de marfil,
bronce, loza, vidrio, y también cáscaras de huevo de avestruz. Fueron
descubiertas armas: cuatro espadas, cuchillos y puntas de lanza, las espadas de
tamaño considerablemente menor y más livianas que en las catacumbas. Este nuevo
tipo de arma se acerca más al modelo cretense que las armas del siglo XVI.
Todos los objetos enumerados datan de la segunda mitad de finales del siglo XV.
También se revela la gran influencia de la técnica y del estilo cretense.
La influencia cultural de Creta encontró su reflejo en el arte
representativo de aquel tiempo. Los temas guerreros y cinegéticos, tan
característicos para la primera mitad del siglo XVI, fueron sustituidos por
escenas del culto, juegos de toros, rondas y otras representaciones muy
conocidas en los monumentos de Creta. A diferencia del período más antiguo,
estas particularidades del arte pueden observarse ahora en toda la Grecia
continental y en las islas, por cuanto así lo permite el material arqueológico
de que se dispone. Se crea la impresión de una definida unidad estilista
cultural, procedente de centros comunes para todo este territorio. La aparición
de muchas imitaciones de los recipientes cretenses del estilo «palaciego»
demuestra que la cerámica micénica no evitó la influencia de la cultura cretense,
aunque ésta se percibe en mucho menor grado. En las formas de los recipientes
locales y en el carácter de su fabricación y ornamentación se continúa
conservando el tono local. Más aun; la aparición de vasos micénicos en Creta
habla de la influencia del estilo micénico sobre la cerámica cretense. Este
proceso se puede seguir no solamente en las cerámicas. Los frescos de Cnosos,
que datan de la segunda mitad del siglo XV, tienen mayor semejanza con los
frescos de Micenas y de Tirinto que Festos y Hagia—Tríada. Lo mismo se puede
decir del palacio de Cnosos, que por las alas del trono, por su planificación y
medida, adquiere cierta semejanza con los palacios de la Grecia continental. De
lo referente a la escritura hablaremos más adelante.
El local principal, que ocupó el lugar central del edificio micénico,
y las cámaras fúnebres con el dromos y las tumbas en cúpula, no tenían analogía
con Creta. Si tumbas de tal tipo aparecen del siglo XVI al XIII a. C., al
compararlas con las tumbas de la Hélade, se descubre con claridad la imitación.
De este modo, la segunda mitad del siglo XVI al XV a. C. indica el punto
culminante de la influencia cultural de Creta. La influencia mutua entre ésta y
la Grecia occidental conserva en cierta medida el carácter bilateral.
Posteriormente, y en directa vinculación con la catástrofe que provocó
hacia finales del siglo xv la definitiva destrucción de los palacios y la
decadencia de la cultura cretense, el proceso se debilitó. Pero toda la cultura
cretense continuó influenciando en el continente. Es interesante destacar que
cuando el arte de Creta entra en el período de su decadencia, en el continente
se conservan todavía largo tiempo sus formas jóvenes y sanas, hasta que, al
final, el llamado estilo palaciego —la última creación de la cultura cretense
(siglos XIV, XIII y XII)— no alcanza un completo predominio. Por otra parte,
esto concierne tan sólo a los artículos de metal, marfil y loza, a las piedras
talladas y parcialmente a la cerámica. El arte de la construcción continúa
desarrollándose en la península balcánica por camino propio. Correspondiente al
siglo XIV a. C., la llamada tumba o Tesoro de Atreo es de grandiosa
construcción, de técnica extraordinariamente perfecta. Las paredes internas y
del dromos están revestidas de loza de forma regular. Los dinteles de las
puertas internas están recubiertos por relieves y adornos de bronce. Si se
compara estas construcciones colmeniformes con sus semejantes del siglo XVI
a. C., resulta claro qué considerables cambios sufrió en su desarrollo
esta específica forma arquitectónica micénica.
Arquitectura de
fortalezas y palacios
A los siglos XVI y XVIII a. C. corresponden todos los monumentos
arquitectónicos que conocemos de palacios y fortalezas. La más interesante de
estas construcciones está representada por una fortaleza y un palacio
micénicos. La fortaleza es contemporánea y vecina de la tumba en cúpula de
Atreo. Puede ser que el mismo basileus micénico que construyó para sí aquel
lujoso sepulcro fuese también el que construyó las grandiosas murallas y torres
micénicas. El ancho de sus paredes alcanzaba a seis metros y estaban hechas con
piedras de tamaño enorme. La altura inicial de estas murallas no se logró
establecer, puesto que solamente se conservó la parte inferior, que cabe pensar
que guardaba proporción con la parte que ha quedado. La puerta norte de la
fortaleza es conocida como la Puerta de los Leones. Este es uno de los más
admirables monumentos heráldicos de todos los tiempos, puramente minoico por su
técnica, y completamente nada minoico por lo monumental. Las cabezas de ambos
leones están rotas. Por lo visto, miraban amenazadoramente hacia abajo a los
que entraban a la fortaleza. Debajo de los leones y del bloque transversal se
encontraba la gran puerta de dos hojas. Las huellas que se han conservado
fuerzan a suponer la existencia de por lo menos dos sistemas sucesivos de
cerrojos.
A través de la Puerta de los Leones, un camino conduce a una
plataforma rodeada por ruinas de construcciones aisladas. Ahí está el palacio
micénico con todos sus locales, viviendas y depósitos, y hacia el centro de
este conjunto de construcciones una escalera mal conservada que daba a una
terraza tallada en la roca. El ámbito principal es una sala con cuatro columnas
y hogar en el medio. Con él lindan cuartos contiguos y el patio, bajo el cual
se conserva el dispositivo sanitario. Se logró descubrir también un acueducto
subterráneo que conducía desde la fuente de la fortaleza, situada en lo alto,
hasta la cisterna secreta, que se encontraba al costado de los muros de la
fortaleza. Desde la cisterna, un pasillo, también secreto, conducía hacia el
interior de la fortaleza. Desde luego, semejantes medidas de precaución se
habían tomado para el caso de sitio. En las partes internas de las paredes que
se conservaban existen considerables fragmentos de frescos, cuya técnica se
aproxima a la cretense, o bien, como ya se señaló, los frescos cretenses de
este período recuerdan a los micénicos.
En los temas de los frescos, lo mismo que en los de ciento cincuenta
años antes, predominan los motivos locales. En los frescos se representa
predominantemente escenas bélicas: el arma guerrera, la vida de campamento, el
enganche de los caballos a los carros de guerra, el encuentro de dos veloces
carros uno contra otro, el asalto a la ciudad, con figuras de atacantes y de
guerreros que caen de los muros e imágenes de mujeres que observan desde un
costado el desarrollo de la batalla, el palacio de varios pisos con mujeres que
observan desde las ventanas.
Hacia el norte de estas construcciones hay un grupo de locales con
fuertes muros. Se los define como cuarteles, almacenes de abastecimientos y
locales destinados a otros menesteres económicos. Cerca de los mismos pasa la
muralla septentrional, con una segunda puerta. Su construcción recuerda a la
primera, pero el tamaño es más reducido y sin ningún escudo o representación.
A quince kilómetros de distancia de la fortaleza micénica y a muy poca
distancia de la orilla del mar, en Tirinto, se encuentra el segundo monumento
de este tipo de arquitectura. Esta población está cercada también por fuertes
muros hechos con gruesos bloques de piedra sin labrar.
En el centro se encuentra el palacio, cuya parte principal constituye
la gran sala (megarón), cuyas paredes estaban estucadas y pintadas al fresco;
el centro lo ocupa un fogón redondo alrededor del cual se elevan cuatro
columnas, que se ensanchan hacia lo alto como las columnas cretenses. A los
lados del fogón, en los pisos superiores e inferiores, se encuentran diferentes
locales destinados a los guerreros del rey y a sus parientes, así como para las
provisiones. En caso de peligro, semejante palacio era refugio seguro, donde
podían protegerse sus habitantes y la población de los alrededores. Todo este conjunto
de construcciones, dividido por patios, estaba orgánicamente vinculado con las
murallas de defensa. El área ocupada por la fortaleza de Tirinto era algo menor
que la de Micenas. En los muros internos de la sala central, de la misma manera
que en Micenas, se encontraron fragmentos de los frescos. Están representados
guerreros en excursiones con carros, escenas de caza de ciervos y jabalíes con
jaurías de perros, mujeres con lujosas vestimentas en los carros.
La gran mayoría de las construcciones de Tirinto y los objetos que se
encontraron datan del siglo XIII. A este tiempo corresponde situar el
extramuro, que consistía en casas aisladas, mal conservadas y hasta ahora poco
investigadas.
El tamaño de las monumentales construcciones de Micenas y de Tirinto
obliga a suponer que para erigirlas fue necesario mucho tiempo y trabajo. Es
poco probable que construcciones en tal escala, en las condiciones de aquella
época, pudieran ser realizadas sin una amplia utilización del trabajo de los
esclavos y de la población dependiente. En nuestros días, esta suposición
encontró firme apoyo en la investigación de los documentos de la contabilidad y
de la economía de Pilos. En una serie de estas inscripciones se mencionan
mujeres, niños y hombres. El autor publicó recientemente un trabajo sobre este
problema de investigación. Lenznan presentó una serie de convincentes
argumentos en favor de la tesis que refiere estos hombres, mujeres y niños a la
categoría de población no libre y dependiente. Según las cuentas de Lenznan, en
sólo tres subgrupos de las instrucciones ya leídas y revisadas, se mencionan
más de 500 de tales mujeres, que estaban junto con sus hijos en el registro de
la servidumbre del palacio de Pilos. En las inscripciones de Pilos es frecuente
encontrarse con el término doero, que, en opinión de Ventris, corresponde al
término doulos, el cual en lengua griega del último período habitualmente
designaba al esclavo. Si esto era así en Pilos, no hay ninguna base para pensar
que el trabajo de los esclavos y pobladores dependientes era utilizado en menor
escala en Micenas y en Tirinto. La existencia de dos fortalezas (en Micenas y
Tirinto), la una al lado de la otra, naturalmente plantea la cuestión de sus
relaciones mutuas. La idea de una existencia aislada entre una y otra no puede
tener validez, pues es imposible imaginarse a Micenas sin acceso al mar. Queda
por suponer que Tirinto dependía de Micenas, que en la Argólida antigua existió
una unidad territorial con Micenas al frente.
Esta suposición es reforzada por la existencia de una serie de caminos
que atraviesan la Argólida en diferentes direcciones y convergen en la colina
micénica. Los caminos estaban construidos a la manera ciclópea más que a la
manera de fortaleza. Sus pendientes están fortificadas por enormes bloques de
piedra y las cloacas estaban hechas con piedras grandes. En algunos lugares, al
lado del camino se conservan las ruinas de atalayas ciclópeas.
De este modo, se crea la impresión de que todo este territorio estaba
unificado bajo el poder de los gobernantes micenios y colocado bajo el control
militar de dos poderosas fortalezas. El carácter militar de toda la cultura
micénica de los siglos XIV a XIII a. C. se confirma también por la
aparición (después de una interrupción de ciento cincuenta años) de temas
bélicos en los monumentos del arte representativo. Todas estas circunstancias,
y especialmente la existencia de las fortalezas, aporta otro argumento en pro
de que allí existía una unidad de carácter estatal, acaudillada por los reyes
micenios. ¿Cómo se puede explicar de otro modo la concentración en manos de
estos reyes de tan considerables valores materiales? ¿Cómo comprender la
existencia en las poblaciones de poderosas fortalezas construidas por manos
esclavas y población dependiente y lujosas salas palaciegas, rodeadas por
locales y depósitos?
Pilos
Sobre la base de las últimas excavaciones y de las tradiciones
antiguas es posible ratificar hoy que Micenas no fue en el período analizado el
único centro político y cultural del sur del Peloponeso. En los antiguos mitos
se cuenta que el hijo del dios Poseidón, Neleo, desterrado del antiguo puerto
de Iolcos, en Tesalia, desde la cual salieron en largo viaje los argonautas,
fundó en la costa oeste del Peloponeso la ciudad de Pilos. Vasto fue el reino
de Neleo: en el este limitaba con el reino micénico de los Atridas; en el norte
abarcaba parte del territorio situado sobre la orilla opuesta del río Alfeo.
Sin embargo, hasta los últimos tiempos la ciencia contemporánea no había
logrado aún establecer la ubicación de la antigua Pilos. Este problema se
considera uno de los más complicados y enredados en la topografía histórica de
la antigua Grecia. En Grecia había varias ciudades con esa denominación. Una se
encontraba en Trifilia; otra, de acuerdo con la tradición, en Mesenia. Acerca
de esta última nada dice la tradición homérica. Según la descripción de la
visita al palacio de Néstor, hecho por Telémaco, hijo de Ulises, posiblemente
la tenida en cuenta por Homero sea la Pilos de Trifilia, aunque la misma
tradición conservada en la Odisea, como se ha venido a aclarar ahora, se
remonta hasta la ciudad mesenia del mismo nombre. Generalmente exacto en sus
comunicaciones, Estrabón señala terminantemente a Trifilia como la región donde
se encontraba la ciudad capital de Néstor, hijo de Neleo. Al parecer, la
invasión doria dio lugar a la devastación de muchas ciudades en la época
micénica, y no sólo borró de la faz de la tierra a la ciudad de Pilos, mesenia,
sino que hasta desterró su recuerdo. Cuando la expedición arqueológica alemana,
en 1907, encontró cerca de la Pilos de Trifilia restos de las fortificaciones
del tiempo micénico y tres tolos derruidos, desaparecieron las últimas dudas
que se tenían a propósito de la ubicación en ese lugar de la ciudad mencionada
en la epopeya homérica. De esta manera, la misma tradición homérica recibía una
seria confirmación. Al lado de la homérica existía, sin embargo, otra tradición
más. Incluso en la época del Imperio Romano, en Mesenia, cerca de la bahía de
Navarino, en una pequeña ciudad, Pilos, fundada después de la expulsión de los
espartanos de Mesenia, producida en el siglo IV a. C., se muestran los
restos de una casa y del «sepulcro de Néstor». Pausanias, en su conocida
Periegesis o Descripción de la Hélade, llega aún a recordar a la Pilos de
Mesenia como la patria de Néstor. Esta última tradición parecía menos verosímil
y hasta 1939 la mayoría de los especialistas consideraba que la «arenosa» Pilos
de Homero se encontraba en Trifilia.
En 1919 y 1925 fueron descubiertas en Mesenia dos tolos con cerámica y
huellas de otros tolos. Estos hallazgos hicieron tambalear la opinión
establecida respecto de la ubicación de la antigua Pilos en Trifilia. Poco
después este criterio fue completamente rechazado.
Durante las excavaciones de 1939, en la región de la bahía de
Navarino, sobre la colina Epano Englianos, fueron encontrados los muros de una
construcción de tipo palaciego, perteneciente a la época micénica, que había
sido destruida por un incendio. Por plano y las medidas, por el estilo
arquitectónico, el palacio excavado se asemejaba a los palacios de Micenas y
Tirinto. Aquí fueron descubiertas las huellas de las murallas, igualmente
macizas, de bloques de piedra, pisos empedrados, paredes de habitaciones
interiores y pasillos cubiertas de estuco con huellas de pinturas al fresco. En
todas partes, huellas del fuego que destruyera el palacio. La cerámica,
característica para el final del período micénico, permitió definir que el
incendio destruyó el edificio hacia finales del siglo XIII. Los habitantes del
palacio huyeron y luego el lugar fue abandonado. De esta manera, los restos del
palacio, después del incendio, se conservaron intactos, lo cual permitió a los
arqueólogos esperar valiosos hallazgos, esperanzas que se vieron justificadas
en ese mismo año.
En la parte suroccidental de la construcción, en un local pequeño,
fueron descubiertas 618 tabletas de arcilla, la gran mayoría con la «escritura
lineal B». Estas tabletas y el lugar en el cual fueron encontradas recordaron
vivamente el archivo de Cnosos. Por lo visto, las tabletas formaban parte del
archivo del palacio de Pilos y se conservaban en cajones de madera. Los goznes
de bronce de las cajas yacían allí mismo al costado. Por su aspecto, las
tabletas databan de un hierro no posterior al siglo XIII a. C.
Durante las excavaciones de 1952 y 1953 fue descubierto el megarón de
tipo continental clásico, constituido por una gran sala con vestíbulo y pórtico
de dos columnas. Al lado fue descubierta otra sala algo menor, estrecho patio
lateral y locales pequeños, al parecer despensas, ya que en ellos fueron
encontrados fragmentos de alrededor de 6.000 recipientes de diferentes tipos.
De estos recipientes se conservan en su integridad no más de 100. Sobre los
depósitos, como se puede juzgar por los restos de los muros, se encontraba
todavía un piso más, el cual se derrumbó durante un incendio. Tanto el megarón
como el vestíbulo estaban pintados al fresco. En algunos de estos frescos
quedaron intactas las representaciones humanas, como, por ejemplo, combates de
guerreros, procesiones, otros motivos vegetales semiestilizados y diferentes
animales, tanto terrestres como marinos. El piso del megarón estaba revestido
de estuco, ornamentado en forma de tablero de ajedrez. En las partes suroeste y
noroeste del palacio fueron descubiertos corredores, una escalera de veintiún
peldaños que conducía al piso superior, y todavía una serie de locales
destinados a la economía doméstica y a la vivienda; en los primeros había
recipientes. Más allá de los límites del palacio propiamente dicho, en la
ladera suroriental de la colina, fue descubierta la entrada principal, el
propileo (es decir, la entrada de columnas) de madera, con canaletas, de las
cuales se conservan intactas sólo las bases. Fragmentos de objetos de oro y
plata diseminados en el megarón y otros locales restan de las que fueron
riquezas de los habitantes del palacio. No lejos del archivo se ha descubierto
un cuarto en cuyo piso, en grupos separados, se hallaron aproximadamente 300
tabletas cubiertas con «escritura lineal B». A éstas se debe todavía agregar
cerca de 50 tabletas enteras y fragmentadas, que se encontraron en las excavaciones
de 1954.
En la misma región del palacio las excavaciones arqueológicas
localizaron algunas poblaciones contemporáneas y una serie de tumbas en cúpula,
de las cuales se habían excavado completamente por entonces sólo tres. A
semejanza del palacio, no tenían nada que envidiar a las micénicas.
Lamentablemente, una de ellas, en la cual, al parecer, habían sido inhumanos
cerca de doce hombres, resultó muy destruida por haber servido de base a la
casa de un campesino, y las otras resultaron saqueadas todavía en la
antigüedad. Sin embargo, lo poco que quedó intacto permite formarse un concepto
bastante claro acerca de los incalculables tesoros con los cuales a menudo se
sepultaba a los reyes y a sus familiares. En las tumbas fueron encontrados
fragmentos de adornos de oro, cuentas de ámbar, amatista, oro, pasta de vidrio,
toda clase de pendientes, anillos, sellos, etc. Pilos, según todos los
indicios, era tan rica en oro como Micenas, y su soberano, al parecer, no cedía
en riqueza y poder a los míticos reyes de la Argólida. Toda la comarca
colindante de la antigua Pilos era fértil y bien irrigada, y a juzgar por los
datos proporcionados por las exploraciones arqueológicas, a mediados del
segundo milenio a. C. estaba densamente poblada.
Así, por ejemplo, en la Mesenia anterior, en los alrededores del sitio
en que hoy se encuentra la aldea de Basílicos, en alta y empinada colina, se
descubrió una gran población que se remonta a principios del segundo milenio
a. C. En la época micénica existió allí un palacio rodeado por moradas de
artesanos y posiblemente también de agricultores; estos puntos poblados
recuerdan por su planificación a las poblaciones de Creta en el período minoico
medio.
La tradición griega conserva el recuerdo de las riquezas y el poder de
los gobernantes de Pilos, la mítica dinastía de los Neleidas. Hasta el
presente, a esta tradición, ahora robustecida por los materiales de las
investigaciones arqueológicas, no se le había prestado la debida atención. La
mención en la época homérica de la ciudad y casa de Néstor siempre se
acompañaba de epítetos tales como «opulenta», «ricamente adornada», etc.
Recordemos también que en la Ilíada se contienen menciones sobre las exitosas
guerras de Néstor con las tribus vecinas de la Arcadia y la Elida: «... Logramos
en aquel campo ricos trofeos que arrebatamos a los eleos. Capturamos cincuenta
rebaños de bueyes e igual cantidad de majadas de ovejas, lo mismo de piaras de
cerdos e innúmeros rebaños de cabras que apacentaban sobre un gran área, y
ciento cincuenta yeguas bayas, muchas con sus potrillos. Y esa misma noche
arreamos el botín hasta Pilos, la ciudad de Neleo».
Según parece, en la Ilíada no es por casualidad que se subraya que de
todos los participantes en la campaña de Troya, enumerados en el denominado
catálogo de los barcos, los más poderosos eran el rey de la «abundante en oro»
Micenas, el cual trajo consigo cien barcos, y el más anciano y experimentado de
todos los reyes que se prepararon para la guerra, el rey de la Pilos «arenosa»,
Néstor, con el cual «noventa» barcos de empinadas bordas llegaron a Troya.
Merece atención también el trecho del Himno homérico a Apolo referente a los
lazos comerciales de Pilos con Creta: «... vio él (Apolo) en la lejanía del
oscuro ponto una velera nave tripulada por muchos varones excelentes, cretenses
de Cnosos, la ciudad de Minos... con riquezas y mercancías, ellos, en su velera
nave iban hacia la arenosa Pilos, hacia la gente nacida en Pilos».
Al parecer, en el ángulo suroeste del Peloponeso, en el segundo milenio
a. C., existió uno de los más importantes centros culturales y políticos.
He aquí por qué a los términos científicos habituales, «cultura micénica»,
«época micénica», hay que considerarlos como convencionales. Son exactos, pero
en el sentido de que las excavaciones de la antigua Micenas abren por vez
primera a la ciencia aquel período de la historia antigua que fue designada con
su nombre.
Escritura en la época
micénica
En el curso de casi medio siglo, después del descubrimiento de los
monumentos de la cultura micénica, predominó en la ciencia la opinión de que la
sociedad de aquella época había carecido de escritura. En muchos trabajos,
inclusive especializados, este problema era por lo general pasado en silencio.
Casi nadie tuvo noción de la manifiesta falta de correspondencia entre la
ausencia aparente de escritura y el comparativamente alto nivel de desarrollo
cultural de la sociedad esclavista primitiva de Micenas, que formó un Estado y
que por lo mismo necesitaba una contabilidad, por elemental que ella fuera. En
la medida en que en las excavaciones arqueológicas aparecieron poblaciones de
la época micénica de la Grecia continental, pudieron descubrirse recipientes de
arcilla y fragmentos breves con inscripciones dedicatorias con pinturas hechas
con instrumentos agudos. Datan del siglo XV al XII a. C. y prueban que en
aquella época el arte de la escritura era ya conocida.
En 1939 y 1952 fueron descubiertos un archivo con más de 900 tabletas
de arcilla en Pilos y 39 tabletas de arcilla en Micenas, con la «escritura
lineal B», que representa un desarrollo posterior de la escritura lineal A» y
que, sin duda, surgió de la misma, de lo cual da testimonio la coincidencia de muchos
signos. Nuevos hallazgos, ya mencionados, de monumentos y escrituras en casas
particulares de Micenas, en 1953, testimonian en forma bastante convincente la
amplia difusión de la alfabetización.
Los primeros modelos de esta escritura fueron conocidos por los
hallazgos efectuados en Creta, todavía a comienzos del presente siglo, y
predominantemente en Cnosos, donde se encontraron cerca de 3.000 tabletas. Esta
circunstancia creó la convicción falsa de que la «escritura lineal B», a
semejanza de la «A», era cretense. En el transcurso de un tiempo considerable,
cerca de cuarenta años después del descubrimiento del archivo de Cnosos, no se
logró descubrir en la península balcánica ninguna tableta con escritura lineal.
Inmediatamente después de descubiertas las primeras tabletas de Pilos por el
filólogo alemán Krechmer, se expuso la suposición, más tarde transmitida por el
científico soviético S. I. Lurie, de que estaban escritas en griego, a lo cual,
sin embargo, la mayoría de los científicos no prestó la debida atención.
Esto contribuye a explicar por qué Georgiev, que consagró sus trabajos
a descifrar la «escritura lineal B» y a proponer un método correcto de lectura
de los textos que la emplearon, no pudo con todo lograr un éxito definitivo.
Expuso que la «escritura lineal B» tenía letras que no pertenecían a la lengua
griega, sino a alguna otra lengua afín o cercana a la misma.
En 1953, como ya se señaló, los sabios ingleses Ventris y Chadwick,
siguiendo el método de Georgiev, propusieron otro para descifrar los signos de
la «escritura lineal B», que usaba la población de Pilos y Micenas,
definiéndola precisamente como escritura que transmite palabras y sonidos de la
lengua griega arcaica. Esta lengua la utilizaron los aqueos que estaban en
Creta. De esta forma se aclara la presencia en el palacio de Cnosos del archivo
de tabletas lineales cubiertas con la «escritura lineal B». Por supuesto, los
trabajos de Ventris y Chadwick necesitaban una seria y esmerada verificación.
Para esto es necesario, en primer término, investigar todos los textos,
particularmente el sistema de escritura señalado, de modo que tenemos por
delante todavía un gran trabajo, lo cual no impide que desde ya y ahora se
reconozca y aprecie la importancia de los resultados alcanzados por Ventris y
Chadwick en la tarea del desciframiento de la escritura micénica, resultados
que ya recibieron el amplio reconocimiento de la ciencia.
Aunque todavía es imposible determinar cuándo y dónde apareció la
«escritura linea B», se cree que más bien surgió en la Grecia continental,
donde la cretense «escritura lineal A» se adoptaba para la lengua griega en el
período del florecimiento de la cultura minoica, es decir, cerca del siglo XVI
a. C. Más tarde, con el fortalecimiento de Micenas y algunas otras
ciudades del Peloponeso, la «escritura lineal B» fue llevada a Creta. Como ya
se ha mencionado, precisamente en Creta, en Cnosos, fueron encontradas las
muestras más antiguas de la «escritura lineal B», que pertenece al período del
predominio de los aqueos, es decir, hacia mediados y finales del siglo XIII
a. C.
Lo que se logró establecer del contenido de las tabletas es bastante
limitado. En lo fundamental son notas, listas, cuentas, etc., en una palabra,
documentos de la contabilidad. En considerablemente menor cantidad hay textos
rituales, sobre todo consagratorios, con enumeración de los sacrificios y
presentes ofrendados a los dioses.
Debido al descubrimiento de nuevas tabletas con «escritura lineal B» y
al trabajo de desciframiento, adquirió más probabilidades de certeza la
suposición enunciada por algunos científicos soviéticos de que Creta se hallaba
bajo el poder de los aqueos y que desde finales del siglo XV al XIV a. C.
la dinastía de los Minos era griega y no local.
Los portadores de la
cultura micénica
El problema relativo a la ubicación étnica de los portadores de la
cultura micénica, como problema de la antigüedad de la población de Creta, fue
considerado durante largo tiempo uno de los más complicados, y por muchos uno
de los no resueltos de la historia antigua, y provocaba entre los científicos
divergencias esenciales.
En nuestro tiempo, y en directa relación con el desciframiento de la
«escritura lineal B», se ha afirmado la opinión de que los portadores de la
cultura micénica fueron aqueos. La lectura de las inscripciones de Pilos
fundamentan sólidamente esta opinión. Un lugar destacado en el estudio de este
problema lo ocupó también la cuestión de las migraciones, alrededor del siglo
xiv, de un considerable grupo de aqueos, de Creta y de las costas del Asia
Menor. En tiempos relativamente no lejanos, en las excavaciones de Bogazköy,
fueron encontradas tabletas de arcilla que datan del siglo XIV al XIII
a. C., en las cuales aparece mencionado el reino de «Ahhiyawa».
Algunos científicos confrontaron de inmediato este nombre con Acaya,
el nombre del reino aqueo, y se estableció la suposición de que una
considerable cantidad de aqueos había emigrado al Asia Menor y fundado allí su
Estado. Esta formación estatal, que resultó de muy corta duración, se situó en
la costa sur del Asia Menor, en la región que más tarde recibió el nombre de
Panfilia.
Si esta suposición es correcta, el reino aqueo, «reino de los
Ahhiyawas», en el siglo xvi mantenía vínculos con el poderoso reino hitita.
Desde ese punto de vista, es muy interesante la observación de los lingüistas
que por vía del análisis de algunos nombres que se encuentran en los mitos
griegos descubrieron en ellos raíces hititas. Después de la caída de los
hititas, alrededor del 1200, los recuerdos sobre su potencia se borraron y los
últimos autores griegos, por ejemplo, Herodoto, no la mencionan en absoluto,
pero en los tiempos en que fueron compuestos los poemas épicos de los griegos,
éstos, por lo visto, aún no habían olvidado a su potente vecino oriental. En la
Odisea, por ejemplo, en la descripción de la hazaña de Neoptólemo, encontramos
lo siguiente: «Así a Aurípilo, hijo de Télefo, con el cobre mortífero abatió y
alrededor del joven jefe todos los heteos cayeron...».
Homero recuerda de esta manera, en calidad de participantes de las
actividades guerreras bajo los muros de Troya, a los heteos o hititas. A esto
puede agregarse que el nombre del padre del glorificado jefe hitita mencionado
por Homero, Télefo, según la convincente explicación del académico G.
Kapansian, es equivalente al nombre del dios hitita Telefina. Este mismo nombre
fue también adoptado por uno de los reyes hititas. Es cierto que la tradición
épica atribuía a Télefo procedencia griega, pero en esto se puede ver el
resultado de la reelaboración mítica posterior. Es posible, de esta manera,
considerar que en la antigua tradición épica se encontraban reflejados los
recuerdos que habían subsistido en algún tiempo de las relaciones entre aqueos
e hititas.
La identificación del «reino de los Ahhiyawas» con el reino aqueo no
es del todo reconocida todavía, y todo lo antes mencionado sobre los vínculos
de los aqueos y los hititas se mantiene en un terreno hipotético. En cambio, es
poco probable que se pueda dudar acerca de que alrededor del 1400 a. C.
los aqueos del Peloponeso conquistaron a Creta. Por ese entonces tuvo lugar la
destrucción de los palacios cretenses. La catástrofe que se abatió sobre Creta
trajo aparejado el traslado de algunas tribus cretenses a otros lugares. Así,
por ejemplo, los licios, que al principio habitaron en Creta, atravesaron el
mar hacia el Asia Menor y se radicaron en la región que recibió el nombre de
Licia.
Cabe pensar, acerca de Panfilia, que los aqueos penetraron y se
radicaron también en la costa norte de la isla de Chipre, la cual, en relación
con esto, fue llamada «el litoral aqueo». En este sentido, es muy demostrativo
que los dialectos panfilios y chipriotas fueran afines al lenguaje de las
poblaciones de la Arcadia, en el Peloponeso, es decir, la lengua aquea.
Se entiende que mientras existió el reino hitita, a los aqueos les fue
difícil establecerse sólidamente en la costa occidental del Asia Menor. Pero
cuando dicho reino dejó de existir, grupos aislados de aqueos comenzaron a
radicarse en ella. Un indicio, por lo menos, es el hecho de que en las
excavaciones efectuadas en Mileto fueron encontradas cerámicas del período
micénico tardío, del siglo XII. Esto proporciona algunas bases para suponer que
en este lugar existía una población aquea. Todavía antes de la consolidación de
los aqueos en la costa del Asia Menor, fueron ocupadas por ellos algunas
grandes islas, como la de Lesbos. Los aqueos que habitaron en esta isla
descendían, al parecer, de los aqueos del norte, de Tesalia. Afirmándose en la
costa del Asia Menor, los aqueos emigrantes solamente en raros casos penetraron
en el interior del país, que continuó siendo habitado por la población
autóctona. La disgregación del Estado hitita abrió de esta manera camino hacia
la costa occidental del Asia Menor, simultáneamente, a los aqueos del norte y
del sur del Peloponeso. Tanto unos como otros tendían desde hacía mucho tiempo
a cruzar el Helesponto y afirmarse en la Tróade.
Existen motivos suficientes para pensar que los acontecimientos
vinculados con las incursiones conquistadoras de las huestes aqueas en la
Tróade fueron la base histórica para el tema de la Ilíada. En la epopeya griega
se reflejan de este modo, en su forma específica, los acontecimientos reales
que tuvieron lugar en el Asia Menor del siglo XIII al XII a. C.
Esos acontecimientos que dejaron su huella en los poemas épicos, y a
los cuales a menudo denominamos la guerra de Troya, fueron por lo visto los
últimos grandes acontecimientos en la historia de los micenios. El reflujo de
la población aquea, que se intensificó hacia el Oriente y el Asia Menor, y al
mismo tiempo el aflujo desde el norte de la península balcánica de nuevas
tribus guerreras, fueron según parece una de las importantes causas de la
rápida decadencia de la cultura micénica.
Como ya se señaló, la destrucción del palacio de Pilos, el cual no
volvió a revivir, puede situarse con bastante exactitud en las últimas décadas
del siglo XIII a. C. Es dudoso que pueda considerarse casual la
coincidencia de este acontecimiento con la incursión de los dorios en el
Peloponeso, ubicada, según la tradición antigua, aproximadamente a finales del
siglo XIII y principios del XII. A la luz de las investigaciones arqueológicas
ulteriores y no lejanas es difícil menospreciar la fuerza destructora de esta
invasión. Tras ella desaparecieron los palacios ciclópeos y las tumbas de la
época micénica. Por mucho tiempo, y casi por completo, se interrumpieron los
vínculos entre la península balcánica y otros países, descendiendo en general
el nivel de la cultura material. Esto es particularmente notable en las ramas
de la producción de cerámica, donde se observa en este tiempo el paso del
estilo micénico a los más primitivos protogeométrico y geométrico. Todo esto
muestra que la sociedad micénica, que ya conocía los procesos de diferenciación
social y de fortuna y la influencia de los mismos, así como las contradicciones
del régimen esclavista, no pudo detener la presión de los conquistadores
dorios. Se puede estar de acuerdo con la opinión de John Thompson, un sabio
progresista inglés que se atiene a posiciones marxistas, quien considera que la
victoria de los dorios se explica por la unicidad de la organización tribal y
de las gens. El hecho es que la cultura micénica, a juzgar por los datos
arqueológicos, estaba difundida entre capas relativamente muy poco numerosas de
la población de la Grecia continental, pues la mayor parte continuaba viviendo
en condiciones incomparablemente más atrasadas del régimen de la comunidad
primitiva. De lo mismo hablan los nuevos datos lingüísticos, en particular
algunas observaciones del científico soviético Lurie, el cual señaló que, en
las inscripciones micénicas descifradas, al final de las sílabas desaparecen
las consonantes v, c, p, con las cuales volvemos a encontrarnos en la lengua
griega del período posterior. En relación con esto, Lurie adopta una posición
convincente, según la cual la lengua de las inscripciones micénicas era la
lengua de un grupo dominante relativamente pequeño. Entre las capas amplias de
la población se conservaba la lengua que sobrevivió a la invasión de los dorios
y a partir de la cual se desarrollaron los dialectos griegos posteriores. La
desaparición de la escritura micénica casi sin dejar huellas es un hecho que
indudablemente concuerda con estas suposiciones y las confirma. De esta manera,
la falta de interés de las masas populares en la defensa del Estado, que los
aplastaba con lo que sabemos, un papel decisivo en el éxito de la conquista
doria. Lamentablemente, acerca de todo esto sólo se puede hacer conjeturas,
pues no se conservan noticias de fuentes históricas que permitan estudiar el
ambiente concreto que acompañó a la caída de Micenas y Pilos. Sea como fuere,
del siglo XIII al XII a. C. dejaron de existir los centros principales de
la cultura micénica en el Peloponeso, y la antigua Grecia entró en un nuevo
período de su desarrollo histórico.
El régimen social de
la sociedad micénica. El Estado.
Del conjunto de datos que se poseen se desprende como indudable que la
sociedad micénica conocía ya la división en clases y llegó, en su desarrollo,
hasta la organización del Estado. Conocemos poco todavía acerca de las
particularidades concretas del Estado micénico y no podemos establecer si
existieron en la época micénica, en el territorio sur del Peloponeso,
formaciones estatales separadas, creyéndose más bien que se trataba de dos
formaciones separadas.
De acuerdo con todos los indicios, Micenas estaba dirigida por reyes.
De las características del poder de esos reyes sólo podemos formarnos una idea
aproximada. En diversos trechos de la epopeya homérica, que, como se sabe, dejó
estampada una serie de diferentes estadios del desarrollo de la sociedad
antigua con sus particularidades características en lo que se refiere al
régimen político, el poder de los reyes, los basileus, es descrito de distintas
maneras. Si en algunos casos los basileus aparecen en calidad de jefes de
tribus que comparten su poder con el Consejo de Ancianos y el Consejo Popular,
en otros, por el contrario, se subraya su poder absoluto.
Los rasgos reales de la estructura estatal de Micenas, indudablemente,
se deben buscar en la segunda de esas formas. Es posible que por analogía con
la antigua Pilos, acerca de la cual tenemos mayor cantidad de datos, se pueda
juzgar sobre el carácter del poder real en Micenas. S. I. Lurie, en una
publicación reciente, parte de las interpretaciones de las escrituras de Pilos
efectuadas según el método de Ventris y Chadwick, y traza el complicado cuadro
que muestra el desarrollo de la vida económico—social de la sociedad de Pilos.
Sobre esta base se llega a la suposición de que en el territorio
perteneciente a Pilos existieron grandes latifundios. El rey (Wanax) y el jefe
militar (lawagetas) encabezaban el Estado de Pilos, tenían el llamado temenos,
es decir, la posesión de fincas, cuya magnitud, de acuerdo con el sistema de
Pilos, se definía entre 1.800 y 600 medidas del grano que se obtenía de ellas.
Algunos de los funcionarios de Pilos, teretas, también tenían parcelas
equivalentes a 600 medidas de grano, es decir, iguales a la parcela del jefe
del ejército. Es curioso que en las inscripciones estas tierras aparezcan
mencionadas como recibidas «del pueblo». Grandes latifundios eran propiedad de
los templos. Considerables cantidades de tierra, tanto «del pueblo» como de los
templos, se daban en arriendo a grandes y pequeños arrendatarios. Entre los
grandes se encontraban los sacerdotes. En las inscripciones se menciona a
ciertas personas en cuyas manos se ponía el ganado para que lo mantuvieran y
cuidaran. La tierra era trabajada por los esclavos y la población dependiente
(dependencia cuyo carácter no ha sido aclarado) y por pequeños arrendatarios
que tenían parcelas equivalentes a nueve y diez medidas de grano. En las mismas
inscripciones se mencionan artesanos: carpinteros, albañiles, alfareros,
panaderos, sastres, joyeros y muchos otros. Teniendo en cuenta los monumentos
que conocemos de la producción artesanal de aquel tiempo, se puede considerar
que en la artesanía micénica la división del trabajo alcanzó un grado de
desarrollo considerablemente más elevado que en la época homérica. Un
relativamente alto desarrollo del intercambio y los continuos encuentros
bélicos contribuyeron al crecimiento dentro de la sociedad micénica de
diferencias sociales y de fortuna. Acerca de esto en particular dan testimonio
las tumbas, que reflejan los diferentes grados del bienestar económico de que
gozaban los allí sepultados: desde las tumbas de los guerreros de fila y los
agricultores con escaso inventario, hasta los lujosos tolos de los reyes.
El Estado de Pilos, según todos los datos que se tienen, era una
monarquía centralizada con un sistema administrativo desarrollado. La misma
ciudad de Pilos y todo el territorio que pertenecía al Estado —en el cual, de
acuerdo con la suposición de Lurie, puede ser incluida una parte de la Arcadia—
fueron divididos en regiones administrativas, dirigidas por funcionarios
especiales. Las inscripciones mencionan una serie de tales funcionarios en el
centro y en las administraciones locales, y testimonian que, con la ayuda de
estos funcionarios, el Estado cobraba los impuestos a la población sometida,
los que eran pagados en especie: trigo, mijo, aceite de oliva, uva y también
ganado: determinadas cantidades se mencionan en las inscripciones, aunque no en
forma suficientemente clara.
En su conjunto, el régimen político—social de Micenas y de otros
Estados aqueos debería ser caracterizado, al parecer, como esclavista
primitivo, cercano en su estructura al cretense. Tenía muchos rasgos comunes
con los Estados esclavistas primitivos del Antiguo Oriente. Es también posible
que la sociedad micénica, por su carácter, según lo expresan algunos
científicos, se asemejara en mucho a la sociedad de los hititas, con los cuales
guerrearon los aqueos.
La cultura micénica
Las ruinas ciclópeas de murallas y torres, y las tumbas y cementerios
de la misma época, fueron descubiertas como resultado de las excavaciones e
investigaciones arqueológicas, efectuadas no solamente en la Argólida, Mesenia,
Elida y Laconia, sino también en el Ática (en la región de Atenas), Beocia y
una serie de otras regiones de la Grecia europea y la Macedonia.
Los siglos XIV y XII a. C. fueron el período de más intensa y
amplia difusión por todo el Mediterráneo oriental, no ya de la cultura
cretense, sino de la micénica. Recipientes y otros objetos de estilo micénico
de esa época se encontraron y se encuentran en las diferentes islas del mar
Egeo, en la costa tracia, en la parte occidental del Asia Menor, en Chipre, en
Siria, en Egipto, en el sur de Italia y en Sicilia. Con certeza puede
considerarse a todos esos países e islas como unidos en el tiempo micénico
tardío por firmes vínculos económicos y culturales. En los últimos tiempos,
gracias a una más exacta demarcación de los monumentos de las culturas micénica
y cretense, especialmente en cuanto a las representaciones existentes que se
refieren al comercio micénico y a los vínculos con los otros países, todo esto
devino considerablemente más definido. Una serie de objetos que se consideraban
antes como enviados a Egipto desde Creta han sido definidos ya como artículos
de los artesanos micénicos. Los vínculos comerciales de Micenas con Egipto
datan de los comienzos mismos del siglo XVI. Algunos investigadores se inclinan
ahora a aceptar el pueblo mencionado en los textos egipcios, el pueblo de
Canebú, no como cretense, como se pensaba antes, sino como micénico. Es digna
de consideración la hipótesis no probada de acuerdo con la cual los gobernantes
micenios ayudaron al faraón Iajmos (1584—1559 a. C.) en su lucha contra
los hicsos. En el tiempo de Ecnatón (1424—1388), en su capital Aquetatón estaba
ampliamente difundida la cerámica micénica. En los artículos de los maestros
micénicos que se hallaron en Grecia se observa cierta influencia de la cultura
egipcia.
En esa época el florecimiento y la amplia difusión de la cultura micénica
en la Grecia continental sobrepasó a la influencia cretense. Antes, a finales
del siglo XVI y XV a. C., cuando la influencia de Creta en la Grecia
continental era más fuerte, las influencias culturales micénicas no
representaban la traslación mecánica de una cultura exótica y, por ejemplo,
como lo hemos observado ya, en las pinturas al fresco de las paredes de los
palacios de Micenas y Tirinto la técnica artística cretense se combinaba con
temas locales. En la época a que nos referimos ahora se observa precisamente lo
contrario.
Desde finales del siglo XV se descubren en los frescos de Cnosos
huellas de la influencia del arte de la Grecia continental. Lo mismo puede
decirse sobre la cerámica de Creta, que también experimentó la influencia de
las formas y métodos estilísticos micénicos. En lo que se refiere a la
arquitectura y construcción de caminos, la Grecia continental sobrepasó a
Creta.
A la luz de nuevas investigaciones arqueológicas y del desciframiento
de la escritura micénica, es imposible dejar de plantear el problema de la
revisión crítica del punto de vista que en su tiempo destacó Evans, quien
consideraba a la cultura micénica como una ramificación de la cretense, carente
de toda originalidad. Los rasgos de la profunda originalidad inherente a la
cultura micénica demuestran que en la Grecia continental existían firmes
tradiciones propias, que tenían sus raíces en la remota antigüedad, es decir,
su propio camino de desarrollo. La invasión doria retardó este desarrollo
durante cierto tiempo, e hizo retroceder a la Grecia continental, pero no lo
interrumpió. El período que siguió a la época micénica heredó mucho de ésta.
Por ejemplo, instrumentos de trabajo, como el arado, la rueda de alfarero,
veleros, algunos tipos de armas, etc. Pero lo principal es que el período que
siguió al micénico, llamado período homérico, era ya de la Edad del Hierro.
La religión micénica
Hasta no hace mucho nuestros conceptos sobre la religión micénica se basaban casi enteramente en los materiales de las investigaciones arqueológicas y las excavaciones. Puesto que muchos de los monumentos arqueológicos en mayor o menor medida reflejan las concepciones religiosas micénicas del tiempo correspondiente al período de la mayor influencia de Creta sobre la Grecia continental, muchos científicos llegaron a la conclusión de que había afinidad entre la religión micénica y la cretense. Es dudoso que esta opinión pueda ser hoy admitida sin una revisión crítica, particularmente cuando en las tabletas halladas en Pilos se leen los nombres de los dioses, bien conocidos por nosotros, de la religión posterior de los griegos: Zeus, Hera, Poseidón, Ares, Dionisos. Si estos nombres han sido leídos correctamente, cabe llegar a la conclusión de que el panteón de los dioses del Olimpo comenzó a crearse ya en la época micénica entre la población aquea que sobrevivió a la invasión doria, y fue luego heredado por la sociedad homérica. Todo indica que al lado de estos exponentes religiosos del tiempo micénico subsistían muchas supervivencias del antiguo fetichismo. No cabe duda de que en la sociedad micénica alcanzaron amplia difusión la creencia en la vida de ultratumba y el culto de los muertos, de los cuales son testimonio las tumbas micénicas. A juzgar por algunos hallazgos casuales de restos de cadáveres en estas tumbas, es probable que los antiguos micenios conocieran algunos métodos de embalsamamiento según el sistema egipcio.
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