| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
Aunque
Amasis debía
su trono a una reacción antigriega, no podía volverse de espaldas a la
realidad. Tenía que utilizar a mercenarios griegos, y los utilizó. Tenía que
servirse de comerciantes griegos, e impulsó el crecimiento de Naucratis,
convirtiéndola, de poco más que un campamento comercial, en una ciudad en el
pleno sentido de la palabra. Necesitó la seguridad que le proporcionarían las
alianzas con los griegos, y las acabó
firmando.
En
particular, se alió con la isla de Samos, en el mar Egeo,
junto a la costa del Asia Menor. La isla era pequeña, pero en los últimos años
del reinado de Amasis se dotó de una gran flota. Amasis, que aún controlaba
Chipre, pudo utilizar, por su parte, la flota de Samos. De hecho, se casó
incluso con una mujer griega de la ciudad de Cirene.
Todas estas
atenciones hacia los griegos tuvieron que ver con la amenaza que provenía del este —aunque en
los primeros años del reinado de Amasis la amenaza parecía haber perdido intensidad—. Ese fastidioso viejo de
Nabucodonosor murió finalmente en el 561 a. C., y sus sucesores fueron débiles,
pacíficos o ambas cosas a la vez. Durante un cuarto de siglo Caldea no
representó en absoluto un problema par a Egipto; en realidad, fue un cómodo
vecino.
No hay nada
más
seguro que un vecino en declive, y toda una nación que considere importante su
propio interés trata en el fondo de preservar la integridad de ese vecino.
Necao había tratado de apuntalar a la moribunda Asiría, y ahora Amasis trató de
rendir el mismo servicio a la moribunda Caldea.
Caldea se
moría,
sin ninguna duda, apenas medio siglo después de haber alcanzado la gloria y el
poderío. En tiempos de la caída de Asiría dos conquistadores, Caldea y Media,
se habían repartido el botín. Caldea había ocupado el rico valle del
Tigris-Eufrates y todo lo que pudo agarrar hacia el oeste. Media se había
contentado con la franja de territorio más extensa pero menos desarrollada, y
mucho más pobre, que estaba situada al norte y al este de Caldea. A lo largo de
setenta y cinco años Media había tenido un régimen muy pacífico y no
expansionista.
Pero al sur
de Media existía una provincia, exactamente al sureste
de Babilonia, que sería conocida por los griegos como Persis, y por nosotros
por Persia. Los persas estaban estrechamente emparentados por lengua y cultura
con los medos.
Hacia el 560
a. C, un jefe persa de ilimitada ambición y habilidad comenzó
a ser conocido. Su nombre era Ciro.
Ciro,
evidentemente, tenía puestos los ojos en el trono medo, y
para ello contaba con la ayuda de Nabonido, rey de Caldea, que, sin duda,
deseaba fomentar la guerra civil en su gran vecino septentrional. En el 500 a.
C., Ciro marchó contra la capital meda, la ocupó en una sola campaña y se sentó
en el trono del Imperio medo, que desde ahora sería conocido como Imperio
persa.
Nabonido se
percató
demasiado tarde de que al ayudar a Ciro había obrado erróneamente. Lo que éste
deseaba (y, por lo general, deseaban todas las naciones en tales
circunstancias) era que estallase una prolongada guerra civil que debilitara a
ambos bandos y disminuyese el poderío de la nación durante generaciones. La
rápida victoria de Ciro había sustituido a un tranquilo y estancado monarca por otro vigoroso
y marcial. Nabonido trató de ayudar a cualquier nación que se
ofreciese a contrarrestar a Ciro; pero era ya demasiado tarde.
En el 547 a.
C., Ciro derrotó a los lidios del Asia Menor
occidental, y toda la península fue incorporada a sus dominios, incluidas las
ciudades griegas de la costa.
En el 540 a.
C., Ciro se dirigió hacia la propia Caldea. Su afortunada carrera
continuó, y en el curso de un año había ocupado Babilonia y puesto fin a la
breve existencia del Imperio caldeo. Ciro murió en el 530 a. C., durante la
lucha por extender su imperio hacia el interior del Asia Central. A veces se le
llama Ciro el Grande, y es un calificativo merecido, pues no fue simplemente un
conquistador, sino también un hombre humanitario que trató tolerantemente a
aquellos a los que conquistaba.
A la muerte
de Ciro, el Imperio persa abarcaba todos los grandes centros de civilización
de Asia occidental y también grandes partes de las regiones donde habitaban los
nómadas. Había erigido, pues el mayor imperio que el mundo mediterráneo había
visto nunca.
Mientras, en
Egipto, Amasis había contemplado con horror el desarrollo
de este imperio. El recuerdo de Siria y Caldea se tornaba insignificante ante
este nuevo coloso. Amasis había hecho todo lo que pudo para impedir su
crecimiento, apoyando uno detrás de otro a todos los enemigos de Ciro, pero
había fracasado siempre. Ahora Egipto se hallaba solo y desamparado en la
trayectoria persa, y Persia (como anteriormente Asiría y Caldea) no estaba
dispuesta a ser clemente con la nación que había intrigado constantemente
contra ella.
Pero la
buena estrella de Amasis, que primero lo había llevado hasta el
trono, y luego le había dado un reinado de cuarenta y cuatro años sobre un
Egipto próspero, continuó hasta el final. Cuando Persia ya estaba lista para el
golpe y Egipto temblaba ya frente a lo que le esperaba, Amasis murió, en el 525
a. C., demasiado pronto como para ver a los persas asestar el golpe. Su hijo,
que heredó el trono y que tomó el nombre de Psamético III, fue quien tuvo que enfrentarse al
peligro.
Cambises,
hijo de Ciro, sucedió a su padre en el trono persa. El nuevo
monarca había gobernado ocasionalmente, en Babilonia, cuando su padre había
estado ausente en campaña. En esta ocasión se aprestó a dar el siguiente paso
lógico de la política expansiva persa: una acción definitiva contra Egipto.
Las fuerzas
egipcias se hallaban estacionadas en una fortaleza en la costa mediterránea,
al este del Delta. Se llamaba Per-Amén, o Per-Amón, es decir, "morada de
Amón", pero la conocemos mejor por su nombre griego posterior, Pelusio,
que significa "ciudad de barro". No lejos de allí había sido donde el
ejército asirio de Senaquerib había tenido que afrontar una resistencia lo
suficientemente firme como para verse obligado a volver sobre sus pasos, pero
esto apenas había representado más que una escaramuza para un ejército que se
encontraba muy ocupado en otras partes.
Ahora
Pelusio iba a sufrir su primer y verdadero bautismo de fuego, y ello tuvo
desastrosas consecuencias para Egipto. Cambises, simplemente, arrolló
al ejército egipcio, lanzándolo desordenadamente a una precipitada huida, y
ésta fue toda la lucha que hubo. Tras eso, avanzó contra la atemorizada Menfis,
y una vez más Egipto se encontró bajo una dominación extranjera.
No sabemos
mucho sobre la estancia de Cambises en Egipto, salvo por lo que se refiere a lo
que nos cuenta Heródoto, y éste (que visitó Egipto
aproximadamente un siglo después) consiguió su información de un clero egipcio
nacionalista que era amargamente antipersa. Por tanto, su retrato de Cambises
es la imagen groseramente exagerada de un tirano cruel y medio loco que se
complacía en profanar deliberadamente lo que los egipcios consideraban sagrado,
y en burlarse de las costumbres de éstos.
Por ejemplo,
mientras Cambises estaba en Egipto, los egipcios descubrieron un toro que
presentaba los requisitos, más bien exigentes, que los calificaban
como Apis, manifestación terrenal del dios Osiris. Naturalmente, el toro es un
símbolo frecuente de fertilidad, y el hallazgo de Apis significaba la promesa
de buenas cosechas y de tiempos felices. Por tradición, Apis era saludado con
gran júbilo y se le tributaban honores divinos.
Cambises
(también
según Heródoto), al volver de una expedición desastrosa, halló a los egipcios
en fiestas y se imaginó que estaban celebrando su derrota, por lo que montó en
cólera. Al comunicársele que el júbilo tenía su razón de ser en el hallazgo de
Apis, Cambises, con gran desprecio hacia ese dios, desenvainó su espada e hirió
al toro.
A nosotros
esto nos parece una atrocidad leve (si pensamos en las que se cometen en
nuestros días),
pero para los egipcios representó un acto mucho más horroroso que el de la
propia conquista de su país. Lo más probable, en realidad, es que esto sea pura
leyenda, y que Cambises gobernara Egipto tan razonablemente como puede
esperarse de un dominador.
Cambises no
tenía
la intención de limitarse a Egipto. Aceptó la sumisión de los libios del oeste
del Nilo, y la de la ciudad griega de Cirene, que medio siglo antes había
resistido el asalto de Haibria. Después había vuelto sus ojos hacia Nubia, en
el sur (y quizá incluso hacia la colonia fenicia de Cartago, más hacia el
oeste). Marchó hacia el sur, penetrando en Nubia, y saqueó de paso Tebas (como
había hecho Asurbanipal siglo y medio antes). Se las arregló para colocar la
mitad septentrional de Nubia bajo control persa antes de retornar para reponer
sus fuerzas y acumular nuevos pertrechos. (Las fuentes utilizadas por Heródoto,
que eran hostiles a los persas, transformaron esto en la desastrosa derrota que
dio lugar a la atrocidad cometida contra Apis).
No hay duda
de que Cambises habría proseguido su victoriosa carrera,
pero en su país estalló una disputa dinástica. Un impostor, que decía ser el
hijo mayor de Ciro, se autoproclamó rey. Cambises volvió precipitadamente para
enfrentarse a él, pero murió en el camino. (El desfavorable relato de Heródoto
insinúa que pudo haberse suicidado tras haberse vuelto loco por influencia de
los dioses, ofendidos por su sacrilegio).
Los monarcas
de Persia se cuentan entre las dinastías egipcias como la XXVII, y
esta vez la dinastía era verdaderamente extranjera. No era como las dinastías
libia y nubia, que fueron egipcias en todo excepto en su origen; o como la de los hicsos, que se
egiptizaron. Ni era como los asirios, que estuvieron presentes sólo
breve y efímeramente.
¡No! La Dinastía XXVII fue realmente
extranjera, y gobernó con mano dura.
No hay duda
de que la dominación persa resultó beneficiosa por varios
conceptos. Así, una vez pasados los pocos meses de confusión que siguieron a la
muerte de Cambises, un miembro de la familia real, Darío, se hizo con el
control. Darío I gobernó durante treinta y cinco años (del 521 al 486 a. C.) y
sin duda alguna fue el más capacitado de los reyes persas, por lo que a veces
se le ha llamado Darío el Grande.
Este rey
reorganizó
su inmenso imperio, conduciéndolo hasta altas cotas de eficacia, y gobernó bien
Egipto. Se las arregló para terminar el canal del Nilo al mar Rojo, que Necao
había dejado inacabado, y el comercio egipcio floreció. De hecho, Egipto, bajo
el dominio de Darío conservó sus antiguos modos de vida, fue tan próspero como
nunca lo había sido bajo Ahmés, y el tributo que pagaba a los persas no era
excesivamente opresivo. ¿De qué se quejaban los egipcios entonces?
Sin embargo,
con tres mil años de historia a sus espaldas, los
egipcios protestaban bajo un régimen extranjero, quizá por la única razón de
que era extranjero. Así pues, esperaban su oportunidad. Antes o después, Persia
acabaría estando ocupada en algún
rincón de sus amplios dominios, y entonces podía llegar la hora.
El propio
Darío
coadyuvó a que estos deseos se cumplieran, al no ser capaz de resistirse a
emprender nuevas conquistas de países extranjeros, con el fin de igualar las
hazañas de sus predecesores. En el 515 a. C. cruzó el mar hasta Europa,
conquistando y anexionándose regiones al norte de Grecia, subiendo río arriba
por el Danubio.
Las ciudades
independientes de Grecia se alarmaron mucho y, como autodefensa, se aprestaron
a ayudar a todo movimiento que
pudiese entorpecer o debilitar a Persia. En el 499 a. C, cuando algunas de las
ciudades griegas del Asia Menor, que habían estado bajo
dominio persa durante medio siglo, se rebelaron, las ciudades-Estado
independientes de Grecia enviaron barcos a ayudarlas. El irritado Darío pudo
dominar la revuelta, y determinó, además, castigar a Atenas por su injerencia,
sin que mediase provocación alguna, en los asuntos internos persas.
En el 490 a.
C., Darío
envió una fuerza expedicionaria persa relativamente pequeña contra Atenas,
donde, ante la sorpresa del mundo, fue derrotado por un ejército de atenienses
incluso menor que el suyo, en la batalla de Maratón. Darío, más furioso aún,
comenzó a planear una expedición de mayor envergadura.
Los egipcios
habían
estado observando cuidadosamente el curso de los acontecimientos. Las ciudades
griegas del Asia Menor habían osado rebelarse contra el coloso persa.
Ciertamente, habían sido aplastadas, pero posteriormente los atenienses habían
resistido también a los persas y habían resultado victoriosos. Sin duda, las
energías persas se consumirían completamente en vengar este insulto; y en
cualquier caso, Darío era demasiado viejo y estaba demasiado enfermo como para
multiplicarse en otras direcciones. Era la oportunidad esperada por Egipto.
De ahí
que Egipto se rebelara como consecuencia de la batalla de Maratón; y al
principio todo fue bien. En el 486 a. C. murió Darío, y había muchas razones
para pensar que en la confusión de los primeros años de reinado del nuevo rey podría
obtenerse de nuevo la independencia de Egipto.
El trono
persa fue ocupado por Jerjes, hijo de Darío, que se vio
enfrentado sin más con Atenas y con Egipto. Tenía que elegir. Había heredado de
su padre los grandiosos deseos de venganza contra Atenas, pero Atenas era una
pequeña ciudad, mientras que Egipto era una provincia grande, próspera y
populosa. No había duda de que era más acertado ocuparse antes de Egipto.
Así
pues, los planes de invasión de Grecia se suspendieron, y todo el poderío persa
se volcó contra el infortunado Egipto, que fue derrotado y sometido de nuevo; pero esto
llevó
tres años a los persas, lo que significó una prolongada demora de los planes de
Jerjes para invadir Grecia. La tregua de tres años fue bien aprovechada por los
atenienses, que mejoraron y ampliaron notablemente su flota. Y fue esta flota
la que permitió a los griegos derrotar a los persas en Salamina, en el 480 a.
C, y romper el espinazo a los invasores.
El mundo
actual, que hace derivar gran parte de su cultura de la antigua Grecia,
encuentra en la victoria de la débil Grecia sobre la gigantesca Persia
la repetición de una de esas maravillosas historias, de la que nunca nos
cansaremos, en que los protagonistas son David y Goliat. La sorpresa y
satisfacción que provocó la salvación de Grecia ha perdurado de generación en
generación a lo largo de veinticinco siglos, pero aun así, y sin restarle
mérito a la hazaña griega, es justo que puntualicemos que sin la desafortunada
revuelta egipcia, la victoria griega no habría tenido lugar.
Egipto, que
en varias ocasiones había empujado a sus pequeños vecinos a
sacrificarse por el interés egipcio, en esta ocasión (por supuesto contra su
voluntad y sin intención) se sacrificó por la causa griega. Nunca en su
historia, quizá, prestó un servicio tan grande al género humano.
Pero con el
sojuzgamiento de la rebelión, Egipto tampoco fue pacificado. Su
pueblo, incitado por los sacerdotes, siempre estuvo presto a rebelarse. El
momento crucial podría llegar con el fin del reinado persa, pues entonces
existiría la posibilidad de que una reñida sucesión y una guerra civil no
dejase tiempo a Persia para atender rebeliones lejanas. O, mejor aún, tal vez
el nuevo monarca fuese un hombre débil sin interés por largas y fatigosas
campañas para hacer volver al redil a las provincias lejanas.
Así
pues, la muerte de Jerjes en el 464 a. C. marcó la señal para una nueva
rebelión. Los elementos dirigentes fueron esta vez las tribus nómadas del
desierto libio, que seguía siendo relativamente libres aunque estuviesen
nominalmente bajo dominio persa. Uno de sus líderes, Inaros, llevó a sus
fuerzas al Delta, donde se le unieron, de buen grado, multitud de egipcios. El
virrey persa, hermano
del difunto Jerjes, fue muerto durante una dura batalla, y Egipto pareció
alcanzar de nuevo la independencia.
La posición
egipcia parecía tanto más segura cuanto que Persia no carecía de problemas.
Atenas, desde los días de Salamina, había mantenido una guerra continua contra
Persia, lanzando constantes picotazos contra los límites del imperio. Tales
acciones de los atenieneses no ponían en peligro, naturalmente, el núcleo del
poder persa, pero mantenían a los persas demasiado ocupados como para emplear a
todas sus fuerzas contra Egipto.
Además,
a las primeras noticias de una revuelta egipcia, los barcos atenienses vinieron
en ayuda de los rebeldes, desembarcando una fuerza expedicionaria.
Sin embargo,
por desgracia para Egipto, el nuevo monarca persa resultó
no ser un hombre débil. Se trató de Artajerjes I, hijo de Jerjes. Este envió
una poderosa fuerza contra Egipto, que logró someter a los rebeldes,
confinándolos a una isla del Delta. Aquí los rebeldes resultaron inexpugnables
mientras los barcos atenieneses estuvieron con ellos, pero Artajerjes se las
arregló para desviar el brazo de Nilo en el que se encontraba la isla, dejando
a las barcas varadas e inutilizables. Acabaron siendo destruidos. Un segundo
contingente de navíos atenienses resultó destruido en un cincuenta por ciento
antes de que alcanzara el escenario de la lucha.
La rebelión
fue dominada en el 455 a. C., la mayor parte de las fuerzas griegas fue
aniquilada e Inaros capturado y ejecutado.
Todo este
asunto representó un desastre de gran magnitud para
Atenas, pero apenas se lo ha mencionado en la historia, en parte porque
aconteció en plena "Edad de Oro" ateniense (en cierto sentido, la más
importante de las "edades de oro" que el mundo haya visto nunca), y
los sombríos colores de la derrota de Egipto se han diluido en la gloria de lo
que estaba aconteciendo en una ciudad que estaba edificando el Partenón,
escribiendo las tragedias más importantes del mundo, esculpiendo sus mejores
estatuas y creando su más grande filosofía.
Con todo, la
derrota ateniense trastocó su política exterior, desanimó a sus
amigos, alentó a sus enemigos y ayudó a preparar el terreno para el desastre
que habría de sepultarla medio siglo más tarde. Si la primera revuelta egipcia
contra los persas había salvado a Atenas, la segunda contribuyó a arruinarla.
Egipto esperó
de nuevo. Dos nuevos reyes persas surgieron y desaparecieron. Y, en el 404 a.
C, el segundo de ellos, Darío II, murió. Esta vez se planteó una reñida
sucesión. El hijo menor de Darío dirigió un ejército, compuesto de gran parte
por mercenarios griegos, contra su hermano mayor. Pero el hermano mayor venció,
llegando a gobernar con el nombre de Artajerjes II. Y mientras esto ocurría, Egipto tuvo
tiempo de rebelarse, y esta vez con éxito, alcanzando una vez más una precaria
independencia.
La
independencia se prolongó durante sesenta años, en gran medida
gracias a la ayuda griega. Como consecuencia de esto, los mercenarios griegos
fueron particularmente numerosos en esta época, debido a que dos ciudades
griegas, Atenas y Esparta, habían librado una terrible guerra, entre el 431 y
el 404 a. C., en la que, finalmente, Esparta había resultado vencedora,
estableciendo brevemente su supremacía sobre Grecia. El fin de la guerra había
dejado sin empleo a gran número de soldados que no tenían gran cosa que hacer
en una Grecia agotada y asolada por la larga contienda. Por consiguiente, se
alquilaban de buen grado a egipcios o a persas.
En este último
período de independencia gobernaron brevemente Egipto tres dinastías nativas.
Fueron las Dinastías XXVIII, XXIX y XXX. Todas ellas esperaban un momento
crucial, en el que Persia se sintiera lo bastante fuerte como para volver
contra Egipto. Hacia el 379 a. C., cuando la Dinastía XXX llegó al poder, la invasión persa
parecía inminente.
El primer
rey de la Dinastía XXX fue Nectanebo I, que inmediatamente
procedió a reforzar su posición obteniendo lo mejor que pudo encontrar en
cuestión de mercenarios griegos. Contrató a Cabrias, general ateniense que
contaba con un alentador currículum de victorias. Cabrias aceptó el cargo sin permiso
de Atenas (que, por aquel entonces, no deseaba ofender a Persia). Reorganizó el
ejército egipcio y lo instruyó en las tácticas modernas, convirtiendo al Delta
en un campamento poderosamente defendido. Mientras tanto, los persas estaban
reuniendo sus fuerzas en las fronteras.
Artajerjes
vaciló,
antes de atacar, al tener frente a él a Cabrias. Por lo que presionó con éxito
sobre Atenas para que llamase al general. Cabrias fue obligado a abandonar
Egipto, pero había hecho un buen trabajo. Cuando los persas atacaron se
encontraron con tan firme resistencia que hubieron de retirarse, dejando libre
a Egipto, Nectanebo I murió en el 360 a. C. siendo gobernante de una nación
independiente y bastante próspera.
A Nectanebo
le sucedió
Teos, que tuvo que enfrentarse todavía al problema persa. Por aquel entonces,
empero, la situación en Grecia había variado sorprendentemente. Esparta había
sido derrotada por la ciudad griega de Tebas, y tras algunos siglos de hazañas
militares, había sido reducida a la impotencia. En ese momento uno de sus dos
reyes era Agesilao, uno de los mejores generales de la Grecia de entonces; con
todo, no pudo salvar a Esparta. Tan desesperada era la situación de Esparta,
que Agesilao, que en su juventud había dominado a Grecia y que incluso había
dirigido una fuerza expedicionaria al Asia Menor para luchar, victoriosamente,
contra el Imperio persa, se vio obligado a vender su talento, en un esfuerzo
por obtener dinero con el que continuar luchando en defensa de la derrotada
Esparta.
El orgulloso
rey espartano se vio constreñido a servir como mercenario a cambio
de una paga. Contratado por Teos, desembarcó en Egipto con un contingente de
espartanos. Pero Teos se llevó un desengaño ante la presencia de este anciano
(por aquel entonces Agesilao contaba unos ochenta años) marchito, débil y cojo.
Teos se negó a ceder al viejo héroe el control total de las fuerzas
armadas egipcias, y le obligó a mandar tan sólo a los mercenarios. Entre tanto
Cabrias había vuelto y se había puesto al frente de la flota egipcia.
Teos se sentía
ahora suficiente fuerte como para tomar la ofensiva contra Persia, que estaba
decayendo progresivamente. En varias ocasiones tropas griegas se habían
internado a su gusto en el país, y Artajerjes II, que estaba llegando al final de un
reinado de cerca de medio siglo, estaba envejecido y se había tornado indeciso.
El gigante, al parecer, se tambaleaba.
Así
pues, las fuerzas egipcias penetraron en Siria. Pero había demasiados cocineros
para un solo pastel. Pronto estalló la disensión entre atenienses, espartanos y
egipcios, y el proyecto abortó. Además, por si fuera poco, uno de los parientes
de Teos reclamó el trono, y cuando Teos ordenó a Agesilao que lo liquidase, el
anciano espartano se negó acremente: él había venido a luchar contra los
enemigos de Egipto, no contra los egipcios.
Teos se vio
obligado a huir junto a los persas, y el nuevo pretendiente ocupó
el trono de Egipto con el nombre de Nectanebo II. Agesilao había tenido ya bastante y
decidió volver a Esparta, pero murió en Cirene en el viaje de regreso.
En el 358 a.
C. Artajerjes II murió
por fin; heredó el trono su hijo Artajerjes III, con el que Persia mostró un vigor
inesperado.
Artajerjes III preparó
su primer ataque contra Egipto en el 351 a. C., pero fue rechazado por los
egipcios gracias también a su vanguardia compuesta por mercenarios griegos.
Durante tres siglos los egipcios había utilizado a los griegos contra sus
enemigos, pero esta era la última vez que iban a hacerlo con tanto éxito
(cuando los griegos volvieron, lo hicieron como amos, no como servidores).
El monarca
persa tuvo que posponer su segundo ataque a causa de las revueltas de Siria y
de las continuas incursiones de los piratas griegos. Le costó
mucho reprimir a los revoltosos y restablecer la paz. En el 340 a. C. marchó
contra Egipto de nuevo, esta vez encabezando él mismo el ejército.
En gran
parte, se trató de una lucha de griegos contra
griegos, pues hubo mercenarios por ambos lados. Tras una dura batalla, los
griegos del lado persa resultaron vencedores sobre los griegos del lado
egipcio, en la batalla de Pelusio. Cerca de dos siglos antes los persas
mandados por Cambises habían ocupado todo Egipto tras una única batalla en ese
mismo lugar, y ahora los persas dirigidos por Artajerjes III habían hecho lo mismo. Una vez penetrada
la dura corteza de Pelusio no había nada detrás de ella que pudiese detener a
los persas con eficacia.
Nectanebo II huyó
a Napata, para acogerse a Nubia. Tuvo el triste honor de ser el último
gobernante autóctono de todo Egipto, terminando con él una historia que había
comenzado con Menes unos tres mil años antes.
Manetón,
que escribió medio siglo después, finaliza la enumeración de las dinastías con
Nectanebo II. Sin
embargo, nosotros continuaremos.
Artajerjes III restableció
en Egipto el dominio persa, con gran crueldad. Pero tampoco Persia iba a durar
mucho. Y en Grecia iban a tener lugar grandes y sorprendentes acontecimientos.
A lo largo
de siglos las ciudades griegas habían luchado entre sí, y hacia el 350 a.
C. aproximadamente la lucha había quedado en tablas. Ninguna ciudad era capaz
de dominar a las restantes. Atenas, Esparta y Tebas lo habían intentado, en ese
orden, pero habían fracasado completamente.
Algunos
griegos comenzaban a pensar que las distintas ciudades se estaban arruinando
mutuamente, y que sólo una guerra exterior —sólo una guerra
combatida unitariamente, una "guerra santa"— contra el enemigo común,
Persia, podía salvarlas.
Si esto era
así,
por fin, ¿quién iba a dirigir la cruzada? Por supuesto, el vencedor de la
contienda entre las ciudades, pero no había tal vencedor, y parecía que nunca
iba a haberlo.
Y no lo había,
al menos entre las ciudades-Estado.
En el norte
el Grecia, sin embargo, estaba Macedonia, pero los griegos lo despreciaban, por
considerarlo semibárbaro. Es cierto que había tenido
escasa importancia en los primeros tiempos de la historia griega. Durante el
prolongado período en que las ciudades griegas lucharon contra Persia y
derrotaron a sus ejércitos, Macedonia había permanecido bajo dominio persa e
incluso había combatido del lado persa.
Sin embargo,
en el 356 a. C., cuando Egipto daba sus últimas boqueadas como
país independiente, accedió al trono de Macedonia un hombre poco frecuente.
Este hombre, Filipo II, reorganizó el ejército macedonio e
introdujo la "falange", cuerpo dispuesto en orden cerrado formado por
soldados armados con equipo pesado, que habían sido instruidos, gracias a un
entrenamiento continuo, a manejar a la perfección largas lanzas, por lo que
cada agrupación parecía un puerco espín en movimiento.
Poco a poco,
por medio de sobornos, mentiras, y acciones militares cuando éstos
fallaban, Filipo se hizo con el control del norte de Grecia. En el 338 a. C.,
en una batalla decisiva en Queronea, junto a la ciudad griega de Tebas, derrotó
a los ejércitos aliados de Tebas y Atenas, obteniendo el dominio sobre toda
Grecia.
Ahora podía
iniciarse la gran guerra santa contra Persia, pues el líder esperado había
surgido ya. Filipo II fue elegido para esta tarea por las
sometidas ciudades griegas. Pero en el 336 a. C., precisamente cuando iba a dar
comienzo a la invasión, y cuando los primeros contingentes estaban cruzando el
mar hacia Asia Menor, Filipo fue asesinado, como consecuencia de disturbios
internos.
Por un
momento, todo el proyecto se tambaleó, entonces tomó cartas en el asunto el
hijo de Filipo, Alejandro III, que tenía veinte años. Las tribus y
ciudades dominadas por Filipo consideraron que el advenimiento de un sucesor de
veinte años era una señal suficiente para rebelarse, pero no pudieron haber
cometido mayor error, pues acertaríamos en suponer que Alejandro III fue,
en algunos aspectos, el menos corriente de los hombres. Por una parte, nunca perdió
una batalla, incluso bajo las más arduas y desmoralizantes condiciones; y por
otra, parecía no necesitar más que un momento para tomar decisiones (decisiones
correctas, si juzgamos por los resultados). Llegó a mandar sobre algunos entre
los mejores generales jamás reunidos antes en un solo ejército, y no tuvo
dificultades en dominarlos a todos (en esto último sólo es comparable a
Napoleón).
En los
comienzos de su reinado Alejandro marchó rápidamente contra
las tribus en rebelión, acabó con ellos de un certero golpe, arremetió luego,
en el sur, contra Grecia, donde inmediatamente tomó el control de las ciudades.
En el 334 a. C. dejó Grecia y se volvió hacia Asia.
Entre tanto,
Artajerjes III de Persia
había
muerto en el 338 a. C. y, después de un período de disturbios, un amable
alfeñique fue a parar al trono, en el 336; éste fue Darío III. Nadie podía hacer frente con éxito a
Alejandro (pronto conocido por Alejandro Magno, y de todos los monarcas
denominados el "Grande", Alejandro fue el único que lo fue más allá
de toda discusión), pero Darío III no pudo ni siquiera intentarlo.
Las
avanzadas persas, que se habían confiado excesivamente, fueron
derrotadas inmediatamente en el río Granico, en el Asia Menor noroccidental.
Alejandro
bajó
por la costa del Asia Menor, penetrando luego hacia el interior, derrotando al
grueso del ejército persa (muy superior en número al suyo, pero no en la
calidad de las tácticas o de los mandos) en Issos, ciudad situada en la esquina
noroccidental del Mediterráneo.
Luego bajó
a lo largo de la costa siria, deteniéndose sólo para reducir a Tiro, tras un
asedio de nueve meses (quizá el más duro enfrentamiento de su carrera, pero sin
importancia en comparación con los trece años que empleó Nabucodonosor).
En el 332 a.
C., Alejandro estaba en Pelusio, pero los egipcios no combatieron contra él
en este lugar, como habían hecho (infructuosamente) contra Senaquerib, Cambises
y Artajerjes III. Sólo
hacía nueve años que Persia había derrotado a Nectanebo II y había bañado en sangre a
Egipto, y el recuerdo de la derrota estaba aún fresco. Alejandro fue acogido
por unos egipcios transportados por la alegría de la liberación. En realidad,
parece que los egipcios intentaron un acercamiento a Alejandro cuando éste
estaba aún en Issos, implorándole que salvase a su país.
Alejandro
tuvo gran cuidado en no hacer nada que estropease esta primera impresión
favorable. Se doblegó a las costumbres egipcias y realizó los sacrificios
necesarios a los dioses, según los ritos locales. Trataba de que no lo
considerasen un conquistador, sino un faraón egipcio.
Para
facilitar el cumplimiento de este propósito, viajó hasta el
oasis de Siwa, en Libia, a unas 300 millas a occidente del Nilo, donde existía
un templo de Amón, muy venerado. Allí efectuó los ritos necesarios para su
consagración como faraón, e incluso aceptó ser hijo divino de Amón, según la
costumbre egipcia.
Esto suele
interpretarse con frecuencia como un indicio de la megalomanía
de Alejandro, de sus aspiraciones a la divinidad, pero como los egipcios no
habrían aceptado a un faraón que no fuese a la vez dios, Alejandro no tenía
otra elección razonable. No obstante, sentó un precedente, y los monarcas
posteriores, seis siglos y medio después, cuando el mundo mediterráneo se
convirtió al cristianismo, insistían, por lo general, en ser tratados como
divinidades, aun cuando esto era algo que no estaba en absoluto de acuerdo con
la primitiva tradición griega.
Los griegos
equipararon a Amón, principal dios egipcio, debido a una
tradición que databa de la Dinastía XI, diecisiete siglos antes, a su más
importante dios, Zeus. De ahí que el templo de Siwa fuese dedicado a
"Zeus-Amón" ( o a "Júpiter-Amón", según la posterior
versión romana).
Existe una
relación
especial entre este templo y la química moderna. El combustible es, como puede
suponerse, muy escaso en el desierto, y los sacerdotes de Siwa utilizaban
estiércol de camello. El hollín que quedaba tras la combustión en los muros y
techos del templo contenía cristales salinos blancos que se llamaron, en latín, sal ammoniaca ("sal de Ammón"). De estos
cristales puede obtenerse un gas, y este gas se llamaría más tarde amoníaco.
¡De esta forma el gran dios de Tebas, al
que Ajenatón había desafiado sin éxito y que Ramsés II había considerado segundo respecto de sí
mismo, sobrevive hoy en el nombre de un gas mordiente, conocido por las amas de
casa principalmente como componente de productos de limpieza!
Era evidente
que Alejandro no podía quedarse en Egipto como faraón, ya
que tenía que conquistar todavía el resto de Persia y muchos años de campaña
por delante. Seleccionó a egipcios nativos para que gobernasen el país en su
ausencia, pero no les entregó poderes económicos (pues el dinero sirve para
financiar rebeliones). Puso el control de las finanzas en manos de un griego de
Naucratis, un tal Cleomenes. Este hombre, con poder para imponer impuestos, fue
el verdadero gobernante del país, aunque para salvar las apariencias ante los
egipcios no tenía título alguno.
Antes de
abandonar Egipto, Alejandro examinó un lugar en la desembocadura del brazo
más occidental del Nilo, donde ya había una pequeña ciudad. Indicó dónde debían
construirse los cimientos de un suburbio que debería alzarse al oeste de la
ciudad. La antigua ciudad y el nuevo barrio, juntos, serían llamados Alejandría
en honor de Alejandro. Tras la marcha de éste en el 331 a. C. Cleomenes se
encargó de que se edificase la ciudad. Alejandro nunca volvería a ella. Fue
proyectada por el arquitecto Dinócrates de Rodas, que la concibió con calles
rectas que se cruzaban en ángulo recto.
Alejandro
ordenó
la construcción de muchas ciudades, casi todas ellas llamadas Alejandría, pero,
con mucho, la más importante de todas fue la de Egipto. Alejandría se hizo
cargo de las funciones comerciales de Naucratis que, como consecuencia,
declinó. Y como la antigua ciudad mercantil de Tiro había sido destruida, a
causa del asedio de Alejandro, Alejandría se convirtió en el centro comercial
del Mediterráneo oriental, creciendo rápidamente hasta convertirse en una
metrópoli que haría las veces de capital de Egipto. Desde entonces, las
antiguas capitales de Menfis y Tebas irían declinando progresivamente.
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