| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
La segunda
ocupación
semita de Egipto (la asiría), tuvo lugar mil años después de la primera (los
hicsos). La invasión asiria penetró más profundamente, pues alcanzó Tebas, pero
no fue tan intensa. Los asirios se contentaron con gobernar a través de
delegados egipcios renombrados por su hostilidad hacia los nubios. Su elegido
fue un príncipe de Bajo Egipto llamado Necao. Prisionero de guerra de los
asirios, había estado con ellos el tiempo suficiente como para apreciar quiénes
eran sus amos, y aceptó servirlos como su virrey egipcio. Cumplió su cometido
fielmente, muriendo al final al lado de los ejércitos de Asurbanipal, en la
guerra contra los nubios.
Su hijo
Psamtik —llamado
Psamético por los griegos— le sucedió en el trono.
Este esperó
con cautela una oportunidad para romper con Asiría, pues era evidente que sus
días de gloria habían pasado. Asurbanipal se hallaba acosado por gran cantidad
de problemas. Babilonia se hallaba en perpetuo estado de rebeldía.
El país independiente de Elam, al este de Babilonia, luchaba tenazmente contra
Asiria. Una nueva oleada de nómadas, los cimerios, descendieron rápidamente
sobre el Asia Menor procedentes de las tierras al norte del mar Negro y
devastaron todo el país como un tornado.
El hábil
Asurbanipal se las ingenió para manejarlo todo en su beneficio. Acabó con los
elamitas en dos campañas, y aniquiló un reino con veinte siglos de antigüedad
tan completamente, que hoy día apenas sabemos nada de él. Venció también a los
cimerios. Pero por todo ello tuvo que pagar un precio, pues Asurbanipal no
podía estar en todos los sitios a la vez. Y al estar ocupado en otros lugares,
no pudo conservar Egipto.
Psamético,
que procedía con tiento, pudo liberarse del conquistador. Contrató mercenarios
del otro lado del Mediterráneo, en el Asia Menor occidental, donde acababa de
ser fundado el reino de Lidia sobre las ruinas de los nómadas cimerios. Como
Egipto, Lidia se hallaba en las fronteras occidentales del Imperio asirio y también
estaba ansioso de liberarse de su yugo.
Los
mercenarios lidios lucharon del lado de Psamético, y en el 652 a.
C., la última guarnición asiria era expulsada de Egipto, sólo nueve años
después del saqueo de Tebas. En su totalidad el episodio asirio había durado
sólo veinte años y, en conjunto, Egipto, que se había unido frente al peligro
exterior, resurgió más fuerte que antes y Psamético acabó gobernando como
Psamético I. Egipto
contaba de nuevo con un faraón nativo.
Psamético
fundó la Dinastía XXVI, con arreglo al cómputo de Manetón.
Estableció la capital en Sais, en el brazo más occidental del Nilo, a unas
treinta millas del mar. Por ello, la dinastía de Psamético se denomina, a
veces, "Dinastía saítica", y el Egipto de la época, "Egipto
saítico".
Psamético
fue un soberano capaz, y bajo su gobierno Egipto experimentó no solamente una
renovación económica, sino un renacimiento artístico. Se produjo un retorno
deliberado a los tiempos pasados, como si Egipto estuviera ansioso de sacudirse
el polvo de un mundo confuso; un mundo en el que los imperios asiáticos
se mostraban más fuertes que él, y en el que para engrosar sus ejércitos había
que recurrir a bárbaros reclutados en ultramar. Pese a ello, se pretendía
volver a los grandes días en los que sólo Egipto existía y en los que era
posible ignorar al resto del mundo. Los tiempos de los constructores de
pirámides fueron ensalzados, se estudiaron una vez más los ensalmos y rituales
religiosos que aparecían en esas tumbas antiguas, se revigorizaron los clásicos
literarios del Impero Medio y se repararon los daños causados en Tebas por los
asirios. En todo ello, en realidad, la Dinastía Saítica seguía las directrices
religiosas ortodoxas de los faraones nubios que la habían precedido.
Sin embargo,
el mundo contemporáneo no podía ser ignorado. Si Psamético
aspiraba a salvar a Egipto, no tenía otro remedio que llegar a algunas fórmulas
de convivencia con el mundo.
El factor
nuevo más
importante fue la presencia de los griegos. Los griegos habían atravesado la Edad
Oscura que había seguido a la guerra de Troya, y surgían ahora con creciente
gloria. Su poder y cultura aumentaban rápidamente, y habían heredado de sus
predecesores, micénicos y cretenses, dos cosas que los egipcios consideraban
muy valiosas.
Las constantes
guerras, defensivas e internas, habían enseñado a los griegos técnicas
militares que los hacía inigualables como soldados, hombre a hombre. Así pues,
durante cinco siglos, los griegos fueron los mejores mercenarios del mundo, y
ningún ejército no griego fue nunca lo suficientemente grande como para no
experimentar alguna mejora con la incorporación de contingentes griegos, que
servían de punta de lanza. Esto fue así a partir del momento en que los griegos
desarrollaron cuerpos de infantería pesada que, en comparación con los
asiáticos y egipcios, por lo general armados ligeramente, constituían casi un
tanque andante.
En segundo
lugar, los griegos amaban el mar. Contaban con una tradición
marinera sólo superada por la de los fenicios. Mientras duró su Edad Oscura los
griegos habían atravesado el mar Egeo y fundado ciudades en el Asia Menor, que
a veces superaban incluso a las que dejaban tras de sí. En el siglo VIII a.
C, en un momento en que Egipto se hallaba sumido en la decadencia, los marinos
griegos alcanzaron las costas del mar Negro y, hacia occidente, las de Italia y
Sicilia.
Psamético
sabía todo esto, y decidió sacar ventajas de ello. Para ello se requería
osadía, pero Psamético era el faraón más heterodoxo desde Ajenatón, y, a
diferencia de este último, poseía una sensibilidad especial de lo que podía y
de lo que no podía hacerse.
Psamético
había empleado a mercenarios griegos en sus ejércitos, y los había estacionado
en guarniciones poderosas en el este del Delta, destinadas a recibir el embate
más duro proveniente de cualquier posible invasor oriental.
Pero, al
menos en cierta medida, ese peligro estaba despejado. ¿Por
qué no utilizar, pues, el talento griego para fines pacíficos además de
bélicos? Los egipcios eran sin duda tan buenos comerciantes como los griegos,
pero carecían de barcos (o del deseo de construirlos y emplearlos) para
transportar las mercancías a través de los mares. Hacia el 640 a. C., Psamético
alentó a los griegos a instalarse en Egipto como colonos (con el consiguiente horror,
sin duda, de los conservadores egipcios, que recelaban siempre de los
extranjeros).
A sólo
diez millas al sur de Sais surgió un núcleo de comerciantes griegos. Allí
fundaron la base comercial de Naucratis, palabra que significa "dominador
del mar".
Por su lado,
hacia el 630 a. C., los griegos colonizaron la costa libia. A unas 500 millas
al oeste de Sais, fuera de la esfera de influencia egipcia, los griegos
fundaron una ciudad que llamaron Cirene, que servía de núcleo a una
próspera región de habla griega durante muchos siglos.
Psamético
gobernó cincuenta y cuatro años, muriendo en el 610 a. C. Fue el más largo
reinado egipcio, y el más próspero, desde el de Ramsés II, seis siglos antes. Psamético vivió lo
suficiente para ver la total destrucción de Asiria; aunque los últimos diez años de su
reinado quedaron oscurecidos por nuevos problemas exteriores.
Asurbanipal,
que había
dominado sobre Egipto brevemente, había muerto en el 625 a. C., y por primera vez
en siglo y cuarto, Asiria careció de un rey fuerte. Babilonia, aún invicta y
rebelde, halló su oportunidad.
La ciudad de
Babilonia y la región circundante estaba bajo el control de
los caldeos, tribu semítica que había penetrado en la zona hacia el año 1000 a.
C. En el último año del reinado de Asurbanipal, el príncipe caldeo Nabopolasar
gobernó Babilonia como virrey asirio. Lo mismo que Psamético, se decidió a
tomar la iniciativa por su cuenta cuando vio que el poderío asirio había
declinado lo suficiente como para hacerlo sin peligro y, también como
Psamético, buscó aliados en el exterior.
Nabopolasar
los halló
entre los medos. Se trataba de un pueblo de lengua indoeuropeas, establecido en
una región al este de Asiria en el 850 a. C., cuando Asiria estaba en los
comienzos de su imperio. Durante el apogeo de Asiria, Media le fue tributaria.
En la época
en que murió Asurbanipal, sin embargo, un jefe medo llamado Ciaxares había
logrado unir a cierto número de tribus bajo su mando y formar un fuerte reino. Fue
con Ciaxares con quien Nabopolasar concluyó su alianza.
Asiria,
bloqueada, se vio enfrentada a los medos por el este, y a los babilonios por el
sur. Los ejércitos
asirios reaccionaron atacando, pero su fuerza, gastada pródigamente a lo largo
de los siglos, sin apenas una pausa, había desaparecido. Asiria se resquebrajó,
se arruinó y acabó derrumbándose sobre sí misma.
En el 612 a.
C., Nínive,
capital de Asiria, fue conquistada, y un grito de alegría se elevó de los
pueblos sometidos que tanto habían sufrido bajo su dominio. (Entre los gritos
de triunfo no fue el menos importante el de un profeta de Judea llamado Nahum, cuyo jubiloso poema
aparece en la Biblia).
Sólo
dos años después de este trascendental acontecimiento, Necao I (llamado como su
abuelo) sucedió a su padre en el trono egipcio. Necao se encontró con una
situación difícil. Una Asiria débil era lo ideal para Egipto. Pero que ésta
hubiera sido sustituida por potencias nuevas, vigorosas y sedientas de imperio,
podía resultar nefasto.
Pese a esto,
Necao pensó
que no todo se había perdido. Incluso después de la caída de Nínive, fragmentos
del ejército asirio se habían refugiado en Harrán, a 225 millas al oeste de
Nínive, logrando resistir durante varios años.
Necao decidió
hacer algo al respecto. Podía atacar la costa oriental del Mediterráneo,
siguiendo las rutas del gran Tutmosis III. Se trataba, a su modo de ver, de una
política doblemente acertada, pues aunque no tenía tiempo para socorrer a
Harrán, al menos podía proteger la costa oriental del Mediterráneo y contener a
los caldeos —esos nuevos creadores de imperios— a una considerable distancia de
Egipto.
En el camino
de Necao, sin embargo, se encontraba el pequeño Estado de Judá.
Habían transcurrido ya cuatro siglos desde que David instaurase su breve
imperio, y lo que quedaba de él, Judá, subsistía aún, gobernado por Josías,
descendiente de David. Judá había sobrevivido a la caída del reino
septentrional de Israel, había resistido a las tropas de Senaquerib y, en
verdad, se las arregló para sobrevivir a Asiria.
Y ahora se
enfrentaba a Necao. Josías de Judá no podía permitir el paso de
Necao sin oponérsele. Si Necao resultaba victorioso le sería fácil dominar
Judá; si resultaba derrotado, los caldeos bajarían hacia el sur en busca de
venganza contra Judá, por haber dejado pasar a los egipcios. Por ende, Josías
preparó a su pequeño ejército.
Necao habría
preferido no perder tiempo en Judá, pero no tenía elección. En el 608 a. C,
Necao se enfrentó a Josías en Megiddo, en el mismo lugar en que Tutmosis III había
derrotado a la coalición de príncipes cananeos casi quince siglos antes. La historia se repitió
ahora. Los egipcios resultaron vencedores de nuevo, y el rey de Judá fue
muerto. Por primera vez en seis siglos, el poder egipcio dominaba en Siria.
Sin embargo,
también
los caldeos hacían progresos. Por entonces controlaban ya toda la región del
Tigris-Eufrates. Nabopolasar era viejo y estaba enfermo, pero tenía un hijo
llamado Nabucodonosor, muy hábil, que condujo a los ejércitos caldeos hacia el
oeste. Josías había sido derrotado y muerto por Necao, pero había retrasado la
marcha del ejército egipcio el tiempo justo para que Nabucodonosor pudiera
llegar hasta Harrán y ponerle sitio. En el 606 a. C., tomó la ciudad, y los
últimos restos del poderío asirio se desvanecieron. Y Asiria desapareció de la
Historia.
Esto dejaba
a caldeos y a egipcios frente a frente. Se encontraron en Karkemish, allí
donde en cierta ocasión Tutmosis I erigiera un cipo para conmemorar la primera
vez que los ejércitos egipcios llegaron a orillas del Eufrates.
Si la señal
conservaba algún poder mágico en la posterioridad, éste, sin embargo, no
revirtió en favor de Egipto. Necao podía derrotar al exiguo ejército de Judá, pero
las poderosas huestes de Nabucodonosor eran harina de otro costal. Los egipcios
fueron aplastados, y Necao salió de Asia tambaleándose y algo más deprisa que
cuando había entrado. El sueño de Necao de restaurar el poder imperial de
Egipto duró apenas dos años, y nunca más volvería a intentarlo.
En realidad
Nabucodonosor, militar realmente vigoroso, pudo haber perseguido a Necao hasta
Egipto y haber ocupado el país si Nabopolasar no hubiese muerto en
ese momento, y Nabucodonosor no hubiese tenido que volver a Babilonia para
asegurarse la sucesión.
Relativamente
en paz, gracias a este afortunado evento, Necao tuvo oportunidad de madurar
planes en beneficio de la economía egipcia. Su principal interés se
centró en las vías navegables. Egipto era el país de un río de cientos de
canales, pero también limitaba con dos mares, el Mediterráneo y el Rojo. A lo
largo de las orillas de ambos, los navíos egipcios se habían aventurado con
preocupación durante dos mil años
o más, hasta Fenicia en el primer caso, y hasta Punt en el segundo.
De vez en
cuando los monarcas egipcios habían pensado en la conveniencia de que se
excavase un canal desde el Nilo al mar Rojo. De este modo, el comercio podría
extenderse de mar a mar, y los barcos podrían ir de Fenicia a Punt directamente.
En los
primeros tiempos de la historia egipcia la región entre el Nilo y el
mar Rojo era menos seca de lo que sería luego, y en los confines del Sinaí
había algunos lagos que ahora no existen. Es probable que en los Imperios
Antiguos y Medio existiese algún tipo de canal, que utilizaba estos lagos, pero
que requeriría cuidados constantes y que, cuando Egipto atravesó épocas de
agitación, quedó obstruido y desapareció. Su recuperación, además, debido a la
creciente aridez del clima, se fue haciendo progresivamente más difícil.
Ya Ramsés II había
considerado su reconstrucción, pero sin llegar a nada, quizá porque gastó
demasiadas energías disparatadamente en la construcción de estatuas en su honor.
También Necao soñó con ello, pero fracasó, quizá porque su aventura asiática le
había restado fuerzas.
Sin embargo,
parece ser que Necao tenía otra idea. Si los mares Mediterráneo
y Rojo no podían ser conectados mediante un canal artificial, quizá pudiesen
serlo por su vía natural, la del mar. Según Heródoto, Necao decidió descubrir
si se podía ir del Mediterráneo al mar Rojo circunnavegando África. Con este
fin contrató a navegantes fenicios (los mejores del mundo), obteniendo el éxito
deseado, con un viaje que duró tres años. O, al menos, esto es lo que cuenta
Heródoto.
Con todo,
aunque Heródoto
transmite esta historia, afirma rotundamente que no la cree. Y las razones de
este escepticismo son que, según los informes, los marinos fenicios creyeron haber
visto el sol de mediodía al norte del cenit, al cruzar por el extremo sur de
África. Heródoto dice que esto es imposible, ya que en todas las regiones
conocidas del mundo, es sol queda al sur del cenit al mediodía.
El
desconocimiento de Heródoto de la forma de la Tierra lo
condujo a conclusiones erróneas. Está claro que en la zona templada
septentrional el sol de mediodía se halla siempre al sur del cenit. Sin
embargo, en la zona templada meridional el sol está siempre al norte del cenit.
En verdad,
la extremidad meridional de África se halla en la zona templada del
sur. El hecho de que los marinos fenicios informasen sobre la posición norte
del sol de mediodía, lo que es algo que parecía poco probable a la luz del
"sentido común", es una prueba evidente de que habían presenciado el
fenómeno realmente, y de que, por consiguiente, habían circunnavegado África.
En otras palabras, no es probable que hubiesen contado una mentira tan burda si
no hubiese sido verdad.
Con todo, la
circunnavegación, si bien tuvo éxito como aventura,
fue un fracaso en cuanto a proporcionar información sobre las posibilidades de
nuevas rutas comerciales. La duración del viaje fue demasiado larga. Por
cierto, hasta dos mil años después no fue posible llevar a cabo el viaje
alrededor de África.
Nabucodonosor
continuó
siendo una amenaza para Egipto a lo largo de sus cuarenta y cuatro años de
reinado. Sin embargo, después de Karkemish, Egipto no osó aventurarse al
exterior para enfrentarse a él. En cambio, Necao y sus sucesores inmediatos
prosiguieron la política de los faraones nubios contra Asiria. Con dinero y
palabras alentaron a las naciones subordinadas de la costa mediterránea a
mantener constantes intrigas y rebeliones con el fin de desestabilizar a los
temidos caldeos.
Una política
como ésta, un siglo antes, había permitido a Egipto mantenerse libre por un
tiempo, pero había costado la existencia a Siria e Israel. Judá, que había
sobrevivido al imperio asirio, no había extraído la lección de la suerte
corrida por sus vecinos septentrionales. Al preferir el débil Egipto a la
poderosa Caldea, estaba dispuesta a hacer el juego a Egipto y a enfrentarse a
los caldeos, confiando en las débiles promesas de ayuda egipcias.
En el 598 a.
C. Judá
rehusó rendir tributo a Nabucodonosor, y Jerusalén fue asediada; tuvo que
capitular, y cierto número de sus hombres más importantes, incluido el propio
rey, fueron trasladados a Babilonia, al exilio.
Con todo,
durante el reinado de un nuevo monarca, siguió jugándose el mismo
juego, pese a las elocuentes llamadas de atención del profeta Jeremías, que
solicitaba a la nación que se negase a escuchar a Egipto, pidiendo, en cambio,
que se llegase a un entendimiento con los caldeos. Una década después Judá
volvió a rebelarse, y esta vez Nabucodonosor tomó Jerusalén, destruyó el templo
y llevó consigo al cautiverio a casi toda la aristocracia. El reino judío llegó
a su fin y lo mismo le sucedió a la dinastía de David.
Ni siquiera
entonces Nabucodonosor tuvo las manos libres para volverse contra Egipto. La
ciudad fenicia de Tiro seguía resistiéndosele, por lo que estimó
que no era conveniente marchar hacia el sur mientras esta poderosa ciudad
continuase siendo un enemigo a sus espaldas.
El profeta
judío
Ezequiel, desde su exilio de Babilonia, predicaba confiadamente que Tiro sería
destruida y que Egipto sería entonces arrasado de un extremo a otro (sus
palabras están en la Biblia), pero las predicciones del profeta no se hicieron
realidad.
Tiro,
construida sobre una isla rocosa, a cierta distancia de la costa fenicia, con
una poderosa flota que suministraba alimentos, y una población
capaz de luchar con la testarudez característica de las poblaciones semíticas,
mantuvo a raya a Nabucodonosor durante trece años. Del 585 al 573 a. C.
Nabucodonosor se aferró a la garganta de la ciudad, con su propia testarudez
semítica, y aun así no pudo provocar el estrangulamiento final. Con el tiempo,
el asunto terminó por aburrimiento, con un acuerdo de compromiso, por el que
Tiro daba por terminada su política anticaldea, pero conservaba su
autogobierno. Nabucodonosor se había hartado de tanta guerra.
No tenemos
muchos informes referentes a la segunda mitad de su reinado, pero existen
indicios de que intentó llevar a cabo una invasión de Egipto;
pero si lo hizo, debió fracasar. La política de Egipto había tenido éxito de
momento en su intento de salvaguardar su independencia, aunque a un alto precio
para sus aliados.
Necao murió
en el 595 a. C., mientras aún existía Jerusalén. Le sucedió su hijo Psamético II. El
conflicto entre Nabucodonosor y Judá permitió que Psamético dirigiera su
atención, al menos en parte, en otras direcciones: hacia el sur. En Napata
gobernaban todavía los reyes nubios, y siempre podía suceder que recordasen que
sus antepasados habían gobernado Egipto un siglo antes, y sintieran la
necesidad de volver a hacerlo. Era también una cuestión de orgullo para los
egipcios: era necesario castigar a los nubios por su presunción.
Así
pues, Psamético envió al sur a un ejército que penetró en el interior de Nubia
tras una afortunada expedición, que incluso pudo haber alcanzado Napata. Sin
embargo, no se hizo ningún intento para permanecer en el país. El Egipto de la XXVI Dinastía
no era el Egipto del Imperio Nuevo. Con la invasión se daba por satisfecho, y
los monarcas nubios, tras haber asimilado cierta dosis de humildad, podían ser
dejados en paz.
Esta
expedición
nos es más conocida hoy debido a un singular acontecimiento humano que tuvo
lugar durante el retorno. El ejército expedicionario egipcio contaba entre sus
filas a cierto número de mercenario griegos. De vuelta el ejército con estos
mercenarios, acamparon, al parecer, durante un tiempo, en las proximidades de
Abú Simbel, donde seis siglos y medio antes Ramsés II había erigido su elaborado templo dedicado
a sí mismo y al dios-sol (en este orden de importancia, estoy seguro), junto a
las cuatro estatuas sedentes.
Los griegos
no tenían
el respeto temeroso de los egipcios ante esos monumentos del pasado, y algunos
de ellos grabaron sus nombres aquí y allá en los pilares, en escritura griega
antigua. Los arqueólogos modernos están fascinados por la luz que esto arroja sobre el
desarrollo del alfabeto griego; y a los hombres en general les tiene que
encantar este testimonio de que cierta puerilidad une a todos los hombres, del
pasado y del presente.
Psamético II tomó
también prudentes medidas contra todo intento nubio de ejercer represalias. La
Primera Catarata planteaba dificultades, aunque no insalvables. Por
consiguiente, Psamético estableció una guarnición permanente en la isla de
Elefantina, isla del río Nilo que se encuentra río abajo inmediatamente después
de la catarata. Esto sirvió como línea defensiva del sur de Egipto.
La guarnición
de Elefantina estaba compuesta fundamentalmente de mercenarios judíos. Los
reveses sufridos por Judá frente a Nabucodonosor provocaron una constante
lluvia de refugiados judíos sobre Egipto. Eran rudos y combatientes, y
Psamético los contrató de buena gana.
En 1903 se
descubrió
en Elefantina un escondrijo repleto de documentos y, con ellos, gran cantidad
de interesante información sobre el desarrollo del modo de vida judío durante
los dos siglos posteriores al establecimiento de la guarnición. En Judá, los
descendientes de los hombres llevados al cautiverio de Babilonia habían ido
regresando poco a poco, a partir del año 538 a. C. En el 516 se construyó un
nuevo templo. Los judíos de Elefantina, en cambio, estaban apartados de estos
acontecimientos. El judaísmo se había desarrollado hasta adoptar su forma
moderna durante el exilio de Babilonia, y fue en el nuevo templo donde arraigó
esta forma y se convirtió en una ortodoxia elaborada. Los judíos de Elefantina,
alejados de todo esto, tenían sus propios rituales tradicionales, creando una
herejía insólita, desdeñosamente ignorada por los sumos sacerdotes del Templo
de Jerusalén.
A Psamético II le
sucedió su hijo Haibria en el 589 antes de Cristo (al que se refiere la Biblia
con el nombre de faraón Hofra). Era Haibria quien gobernaba cuando Jerusalén
cayó y fue destruida. Este faraón recibió a cierto número de judíos que
formaron el núcleo de una población de judíos egipcios que, a lo largo de los
seis siglos siguientes,
serían
un elemento importante en la vida egipcia y, naturalmente, de la vida judía.
El asedio de
Tiro por parte de Nabucodonosor se prolongó durante casi todo el
reinado de Haibria. Este trató de ayudar a Tiro, pero su intento sirvió de
poco. No obstante, Egipto pudo centrar libremente su atención hacia otros
asuntos, dejando a los tirios la tarea de mantener alejado de Egipto al lado
caldeo.
Haibria
continuó
y amplió la política de los primeros faraones de la dinastía, en lo que se
refiere a la utilización de mercenarios griegos. Por primera vez en la historia
de Egipto, se hicieron intentos de crear algo así como una marina nacional.
Haibria utilizó barcos tripulados por los expertos marinos griegos, y con ellos
ocupó la isla de Chipre, a unas 250 milla al norte del Delta. Esto no se debió
tan sólo a un acto de vanagloria; una posición fuerte en esta isla, respaldada
por una flota eficaz, le permitía sacar ventaja a Nabucodonosor aunque Tiro
cayese, y aun en el caso de que la ciudad cayese, mantener a salvo a Egipto.
Haibria creyó
oportuno también guardarse la retaguardia en prevención de cualquier acción
decidida que viniese de parte de los caldeos. La colonia griega de Cirene se
estaba expandiendo a costa de las tribus libias y éstas llamaron al faraón para
que las protegiera. Haibria no podía tener en el oeste a tribus inquietas,
vengativas y dispuestas a saltar contra él cuando sus ejércitos estuviesen
ocupados en el este contra los caldeos. Por ello, decidió enviar a un ejército
contra Cirene y enseñarle buenas maneras.
Pero aquí
se enfrentó a un dilema. El núcleo de sus fuerzas armadas estaba compuesto por
mercenarios griegos, y en verdad habría sido temerario por su parte hacerlos
marchar contra una ciudad griega. En teoría, los mercenarios luchaban contra
cualquiera a cambio de una paga, pero la teoría no siempre coincidía con la
práctica. Haibria temía que en algún momento culminante parte de sus fuerzas
mercenarias se pasasen de improviso al enemigo, uniéndose así a sus colegas
griegos.
Por ello dejó
a los griegos en el país y mandó contra Cirene solamente a contingentes
egipcios.
Pero los
egipcios no estaban demasiado entusiasmados con la idea de luchar contra los
temidos griegos. Indiscutiblemente, durante muchos años, había habido una
notable hostilidad por parte de los egipcios contra los odiados extranjeros, y los
egipcios que formaban parte del ejército debían de sentirse particularmente
doloridos por el especial favoritismo demostrado hacia los griegos. Debieron de
creer que los extranjeros obtenían todo los altos cargos y que se les
tributaban todos los honores. (El hecho de que en la lucha soportasen el mayor
peso parece habérsele escapado a los críticos).
Fue fácil,
pues, para oradores nacionalistas egipcios arengar al ejército reclutado para
Cirene, diciéndoles que Haibria estaba tratando simplemente de librarse de sus
soldados egipcios, empujándolos a pelear contra los griegos de aquella ciudad
para ser masacrados, y que tras esto el faraón seguiría adelante sólo con los
griegos.
El ejército
se rebeló y Haibria tuvo que enviar a uno de sus oficiales, Ahmés, egipcio
nativo popular entre los soldados, para que apaciguase a los hombres. Pero
Ahmés era realmente demasiado popular entre los soldados, que exigieron que se
convirtiera en su nuevo faraón.
Ahmés
consideró la propuesta y decidió que no debía de ser tan malo ser faraón, por
lo que se colocó a la cabeza de los rebeldes. Con gran entusiasmo volvieron
sobre sus pasos y marcharon sobre el Delta, y en su excitación se las
compusieron para derrotar a un contingente de mercenarios griegos (sin duda
mucho menos numeroso que el ejército egipcio), que el infortunado Haibria había
enviado contra ellos.
Haibria fue
ejecutado y en el 570 a. C. Ahmés fue reconocido como faraón de Egipto. Casó con una hija de
Psamético II (hermana
o hermanastra del supuesto Haibria), legitimando su gobierno y dando lugar a
que fuese incluido por Manetón en la Dinastía XXVI.
A este faraón
se le conoce mejor por la versión que de su nombre dieron los griegos: Amasis.
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