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Ramsés III murió
en el 1158 a. C, y le sucedió una confusa serie de reyes, todos ellos llamados
Ramsés (de Ramsés IV a Ramsés XI), todos sin importancia, todos débiles.
Estos reyes son los Ramésidas.
Durante los
ochenta años
que reinaron estos Ramésidas (1158-1075 a. C), todas las tumbas de Tebas,
excepto una, fueron saqueadas. Fueron robados incluso los tesoros funerarios
del propio Ramsés II. Con ocasión del entierro de uno de estos
Ramésidas —Ramsés IV, en el 1138 a.C.—, la tumba de
Tutankhamón, que había gobernado dos siglos antes, quedó eficazmente cubierta,
lo que le permitió permanecer intacta hasta los tiempos modernos.
A medida que
el poder de los faraones declinaba, el de los sacerdotes aumentaba. La victoria
del clero sobre Ajenatón había arrojado una sombra sobre la
corona, desde entonces. Incluso Ramsés II hubo de andar con cautela en lo que
respecta a los derechos de los sacerdotes. Durante las Dinastías XIX y XX cada
vez más tierras, campesinos y riquezas
habían
ido a parar a manos de éstos. Y como el poder de una religión arraigada desde
mucho tiempo atrás tiende a ser conservador e intransigente, esto resultó ser
un mal asunto para el país.
Los Ramésidas
fueron marionetas en manos del clero que, probablemente, recordaba que bajo la
dominación de los hicsos los sacerdotes de Amón gobernaron sobre Tebas y el
Alto Egipto. Cuando, finalmente, Ramsés XI murió en el 1075 a. C., no ocupó su
trono ningún sucesor directo. En cambio, el sumo sacerdote de Amón que era también
el jefe del ejército, puso en práctica lo que ya era una realidad,
autoproclamándose gobernante de Egipto. Pero no llegó a ser soberano de un
reino unificado.
En la región
del Delta apareció un segundo grupo de gobernantes, cuya capital fue Tanis, la
ciudad de Ramsés II. Este
linaje de príncipes tanitas fueron denominados por Manetón Dinastía XXI.
Egipto era
en este momento más débil que nunca pues estaba dividido,
y la labor que Menes había llevado a cabo dos mil años antes parecía de nuevo
destruida.
Lo único
que se conoce con certeza acerca del Egipto de la Dinastía XXI es
una aislada mención bíblica que, en sí misma, subraya el estado de deterioro en
que había caído la poderosa tierra de Tutmosis III y de Ramsés II.
Durante la época
de la Dinastía XXI finaliza
la contienda en Siria. Los israelitas habían hallado a su líder en el guerrero
judío David, y bajo su mando, los filisteos habían sido completamente
derrotados, y sometidas las pequeñas naciones circundantes. Este fue uno de
esos raros momentos en la historia en que las dos civilizaciones del Nilo y de la región del Tigris-Eufrates estaban
atravesando un período de debilidad, dando la oportunidad al rey David de
fundar un imperio israelita que llegaría a alcanzar desde la península del
Sinaí hasta el curso superior del río Eufrates, abarcando virtualmente toda la
orilla oriental del Mediterráneo. Incluso las ciudades costeras cananeas (es
decir, fenicias), aun manteniendo su independencia, fueron aliados subordinados
de David y de su hijo Salomón.
Bajo los
reinados de David y de Salomón Israel fue más fuerte que la parte de
Egipto gobernada por los monarcas de la Dinastía XXI. Egipto llegó a considerarse afortunado
al aliarse con Israel, y el faraón cedió a una de sus hijas para el harén de
Salomón (1 Reyes 3:1). El nombre del faraón no aparece en la Biblia, pero
Salomón reinó entre el 973 y el 933 a. C, lo que coincide casi exactamente con
los años del reinado de Psusennes II, el último rey de la dinastía egipcia.
Psusennes
tuvo sus dificultades. Durante las sucesivas generaciones de debilidad egipcia,
el ejército
había ido dependiendo cada vez más estrechamente de tropas mercenarias, y en
particular de mandos libios para que lo dirigieran. Es casi una evolución
inevitable el que un ejército compuesto por mercenarios sea dócil solamente
bajo el mando de un mercenario; y también el que los generales mercenarios
dominen invariablemente el régimen, y en ocasiones lo derriben.
Durante el
reinado de Psusennes II el comandante era un libio llamado Sheshonk. Su
apoyo era absolutamente necesario a Psusennes, que se vio obligado a aceptar
alianzas matrimoniales entre las dos familias. La hija del faraón
casó con el hijo de Sheshonk —un signo fatal, pues demostraba claramente que el
general abrigaba intenciones respecto al trono—. Es probable que Psusennes
diese otra de sus hijas a Salomón, con la esperanza de poder contar con el
apoyo israelita contra la posible usurpación del general.
Si fue así,
el faraón quedó frustrado. En el 940 a. C., a la muerte de Psusennes II, Sheshonk
ocupó el trono tranquilamente. En realidad, ¿quién iba a oponérsele, con su
ejército mercenario controlando Tanis?
El nuevo
faraón
tomó el nombre de Sheshonk I, primer monarca de la Dinastía XXII. En
ocasiones se la denomina la Dinastía Libia, aunque resulta engañoso llamarlo
así. No hubo una verdadera conquista libia de Egipto, y los soldados libios que
reinaron estaban asimilados a los modos egipcios.
Sheshonk
estableció
su capital en Bubastis, a unas treinta y cinco millas río arriba de Tanis.
Volvió a unificar el valle del Nilo, recobrando el control sobre Tebas. Tras
siglo y cuarto de división, Egipto volvía a ser una potencia unida.
Sheshonk
trató
de vincular a Tebas con el Delta convirtiendo a su propio hijo en sumo
sacerdote de Amón.
Posteriormente
dirigió
su atención hacia Israel, cuya alianza con su antecesor le había ofendido
probablemente. En un primer momento no recurrió al ataque directo, sino que se
valió de la intriga. El norte de Israel se sentía a disgusto con el dominio de
una dinastía de Judea, e intentó rebelarse. La rebelión fue aplastada pero su
líder, Jeroboam, encontró asilo junto a Sheshonk. A la muerte de Salomón, en el
933 a. C., Sheshonk envió de nuevo a Jeroboam a Israel, donde esta vez la
rebelión logró triunfar.
El breve
imperio de David y de Salomón se desmoronó para siempre. La porción
septentrional, la más extensa y la más rica, conservó el nombre de Israel y fue
gobernada por reyes que no descendían de David. En el sur estaba el pequeño
reino de Judá, centrado alrededor de Jerusalén, donde la dinastía de David
retendría el poder durante más de tres siglos.
Sheshonk se
halló
frente a un reino de Judá muy disminuido, agitado por las revueltas, y estimó
que no habría ningún peligro en lanzarse a una aventura exterior. Como Tutmosis III y
Ramsés II cruzó
el Sinaí. Pero esta vez el enfrentamiento no era con un poderoso Mitanni o con
un Imperio hitita. Egipto no se habría atrevido a hacerlo en esta etapa de su
historia. Era tan sólo el débil Judá a quien se atacaba. En el 929 a. C., pues,
Sheshonk invadió este país con resultados que han sido registrados en la Biblia
(donde el monarca egipcio es llamado Shishak). El faraón ocupó Jerusalén,
saqueó el Templo y, sin ninguna duda, sometió a Judá a tributo durante algún
tiempo.
Como
consecuencia de todo ello, Sheshonk se consideró un conquistador,
erigiendo monumentos en Tebas en los que se enumeraban sus conquistas. Incluso
amplió el templo de Karnak y puede que fuera durante su reinado cuando se
dieron los toques finales a la inmensa Sala Hipóstila.
Sin embargo,
Sheshonk no fue sólo el primer rey de su dinastía, sino
también el único que mostró algún vigor. Su sucesor, Osorkon I, subió al trono
en el 919 antes de Cristo,
y se encontró
con un Egipto bastante rico y próspero, pero apenas pudo hacer algo más que
mantenerse. Tras su muerte, en el 883 a. C, se reanudó el inexorable declive.
El ejército
era ingobernable, y sus generales estaban empeñados en apoderarse de todo lo
que estaba a su alcance. Tebas se separó una vez más en el 761 a. C., y sus
gobernantes fueron incluidos por Manetón en la Dinastía XXIII.
Tal era la
triste situación de Egipto en estos momentos, cuando,
por primera vez en su historia, el impulso conquistador venía de Nubia hacia el
norte, en vez de hacerlo desde Egipto hacia el sur.
Bajo el
Imperio Nuevo, Nubia había sido en la práctica una prolongación
meridional de Egipto. Todos los hallazgos arqueológicos de ese período son enteramente
de tipo egipcio.
Sin embargo,
durante algunos siglos, en tiempos del declive egipcio, Nubia parece
desaparecer de nuestra vista. Indiscutiblemente, con un Egipto fragmentado la
mayor parte del tiempo, y con gobiernos rivales en Tebas y en el Delta, no había
oportunidades para que los faraones dominasen los largos tramos del Nilo más
allá de la Primera Catarata. Así, los propios autóctonos hubieron de hacerse
cargo de Nubia.
El centro de
su poder fue establecido, según parece, en Napata, situada inmediatamente
después de la Cuarta Catarata. Esta ciudad representa el límite práctico de la
penetración egipcia (Tutmosis III dejó en ella una columna con
inscripciones); había experimentado la influencia de la refinada civilización
egipcia, y aun así, estaba lo suficientemente lejos de Egipto como para que su
seguridad no peligrase, salvo en casos extremos.
Sin embargo,
Nubia siguió
siendo egipcia por su cultura. Cuando Sheshonk ocupó Tebas, un grupo de
sacerdotes de Amón se refugió en Napata, donde fueron bien recibidos. Sin duda
alguna, se consideraron algo así como un «gobierno en el
exilio» e incitaron a los príncipes nubios a invadir Egipto y restaurar al
clero leal en el poder.
Ciertamente,
bajo la influencia de los sacerdotes, Nubia se hizo más profundamente
egipcia en materia de religión que el propio Egipto, más ortodoxa en el culto a
Amón. A los naturales deseos de sus monarcas nativos de obtener la gloria por
medio de la conquista, se añadió la idea de que podía resultar piadoso buscar
esa gloria. Hacia el 750 a. C., el avance nubio hacia el norte era un hecho.
La conquista
no fue difícil,
dado que un Egipto tan desorganizado era una presa asequible. El monarca nubio
Kashta conquistó Tebas casi de golpe, donde fueron reinstaurados los descendientes
del clero exilado. El sucesor de Kashta, Pianji, se aventuró más hacia el
norte, adentrándose en el Delta hacia el 730 a. C.; se lo considera el primer
monarca de una nueva dinastía (llamada con frecuencia Dinastía Etíope, que
deriva del nombre que los griegos daban a la patria de Pianji). En ciertas
partes del Delta dos gobernantes egipcios resistieron durante algún tiempo.
Manetón considera a los egipcios como la Dinastía XXIV, y a los conquistadores
nubios, como la XXV.
El hermano
de Pianji, Shabaka, le sucedió en el trono en el 710 a.C.,
trasladando la capital de Napata a la lejana, más grande y más prestigiosa
ciudad de Tebas.
Una vez más,
sería un error considerar a la Dinastía Etíope como un dominio extranjero. Sin
duda, los monarcas eran nativos de regiones exteriores al Egipto propiamente
dicho, pero, como la Dinastía Libia, culturalmente eran completamente egipcios.
Pero en Asia
occidental estaba surgiendo un nuevo imperio, que iba a eclipsar a los antiguos
reinos Mitanni y de los hititas, y que iba a establecer nuevos récords
de crueldad.
El nuevo
imperio fue el de Asiria.
Asiria tuvo
su origen en el alto Tigris durante la época del Imperio Antiguo
egipcio. Tomó prestada su cultura de las
ciudades-Estado de la región del Tigris-Eufrates inferior, y erigió una
próspera nación mercantil.
Durante
algunos siglos Asiria estuvo dominada por las naciones vecinas que tenían
una mejor organización militar. Así, por ejemplo, fue tributaría de Mitanni y
participó en la derrota que a esta nación infligió Tutmosis III. Un
siglo después cayó bajo el dominio hitita.
Tras el fin
de los hititas, en el 1200 a. C., por algún tiempo las cosas se
pusieron bastante difíciles para Asiría, ya que el caos provocado por las migraciones
de los Pueblos del Mar produjo una especie de Edad Oscura que afectó a todo el
Occidente de Asia.
Pero
entonces ocurrió algo singular y de consecuencias
espectaculares. Los asirios habían aprendido el secreto de la fundición del
hierro de los hititas, como habían hecho otros pueblos de la época, pero
aquéllos fueron los primeros que realmente supieron sacar pleno rendimiento del
nuevo metal.
No equiparon
a sus ejércitos
sólo con algunos elementos de hierro, como hicieron los dorios que habían invadido
Grecia, sino que crearon gradualmente un ejército, el primero en su género en
la historia, totalmente «férreo». Una vez más, el efecto fue el de un «arma
secreta», como lo había sido, mil años antes, el caballo y el carro.
Los asirios
tuvieron su primer ensayo de victoria militar cuando su rey, Tiglath-Pileser I,
condujo sus ejércitos hacia occidente, hasta el
Mediterráneo, alrededor del 1100 a. C, en tiempos de los Ramésidas.
Con todo,
Asiria se vio obligada a retroceder cuando nuevas invasiones de nómadas
cruzaron las regiones occidentales de Asia. Esta vez se trataba de tribus
arameas que acabarían instaurando un reino al norte de Israel y de Judá. Este
reino era denominado por los propios arameos y por los israelitas Aram, pero en
la versión de la Biblia del rey Jacobo el reino recibe el nombre griego de
Siria.
Aproximadamente
en los tiempos en que la Dinastía Libia gobernaba Egipto, Asiria se
recuperó. Sus ejércitos fueron equipados con máquinas de guerra hasta entonces nunca vistas, como arietes macizos,
ideados para el asedio de ciudades amuralladas. Hacia el 854 a. C., los ejércitos
asirios invadieron Siria y apenas pudieron ser rechazados por una coalición
sirio-israelita.
Pero la
debilidad de las civilizaciones fluviales, que había hecho posible el
imperio de David y de Salomón, era cosa del pasado. El fin de los pequeños
reinos de la costa mediterránea estaba próximo.
En el 732 a.
C., mientras los nubios conquistaban Egipto, el rey asirio Tiglath-Pileser III destruyó
el reino sirio y ocupó Damasco, su capital. Diez años después, uno de sus
sucesores, Sargón II, destruyó Israel y ocupó su capital,
Samaria. En el 701 a. C., el hijo y sucesor de Sargón, Senaquerib, asedió la
propia Jerusalén.
Los faraones
nubios, recién
instalados en el Delta trataron desesperadamente de alejar la amenaza asiria.
Nada semejante había ocurrido desde el tiempo de los hicsos. Los mitanni y los
hititas no se habían alejado demasiado del Eufrates, pero los asirios habían
avanzado directamente hasta las fronteras del propio Egipto. Y lo que es más,
practicaban un tipo de guerra deliberadamente sádico y cruel, pero muy efectivo
(a corto plazo) en lo que atañe a paralizar el espíritu de resistencia y en
llenar de presagios amenazadores hasta los ánimos más distantes.
Egipto sabía
que tenía pocas oportunidades de resistir frontalmente a los terribles
ejércitos acorazados asirios. El faraón nubio Shabaka trató, en cambio, de
infundir un espíritu de resistencia en sirios, israelitas, judeos y fenicios.
Sus emisarios desparramaron dinero y palabras melifluas por doquier, y trataron
de hacer lo posible para suscitar desórdenes detrás de las líneas asirías.
Egipto estaba acumulando cuidadosamente sus propias fuerzas y esperaba que, de
algún modo, Asiría corriese hacia el desastre, o se encontrase demasiado
ocupada con una u otra cosa como para tener tiempo para Egipto.
Finalmente,
cuando el ejército
asirio se encontraba asediando Jerusalén, Shabaka estimó que había llegado la
hora de combatir y envió a su sobrino Taharka contra Senaquerib. Los egipcios fueron
derrotados, pero la batalla fue dura, y Senaquetib, con un ejército
ya muy debilitado, y ante las noticias de rebeliones en su imperio, decidió
retirarse por algún tiempo, y dejar la lucha para otra ocasión. Egipto pudo
salvarse, y también Jerusalén se alegró de ello, pues había obtenido así otro
siglo de vida.
Senaquerib
fue asesinado en el 681 a. C, después de haber conseguido reprimir todos
los desórdenes y de haber pacificado salvajemente el Imperio asirio por medio
del terror.
Su hijo,
Esarhaddón,
pudo permitirse el lujo de volver a mirar hacia el exterior. En buena lógica,
había que tomar alguna medida contra Egipto. Mientras se permitiera a Egipto
utilizar su riqueza para fomentar intrigas antiasirias, Asiría tendría que
combatir una revuelta tras otra. De ahí que el rey asirio hiciera marchar a su
ejército hacia el oeste.
Por entonces
ocupaba el trono egipcio Taharka, y Esarhaddón se habría sentido
complacido de tener la oportunidad de cruzar su espada con el hombre que había
desbaratado la primera embestida asiria hacia occidente.
Taharka y
sus egipcios pelearon con el coraje de la desesperación. En el 675 a. C.,
derrotaron claramente a los asirios en una batalla, pero esto sólo sirvió para
retrasar el inevitable final. Tras corregir su primer exceso de confianza,
Esarhaddón volvió a la lucha con mayor decisión. En el 671 a. C., tomó Menfis y
el Delta, y obligó a Taharka a huir al sur.
Pero Taharka
no estaba acabado. Preparó un contraataque y descendió río abajo
de la manera más efectiva. Esarhaddón murió en el 668 a. C., antes de que
pudiera organizar una nueva expedición; pero su hijo Asurbanipal lo hizo en su
lugar. Capturó de nuevo Menfis, y, además, hizo algo que ni los propios hicsos
hicieron: perseguir a Taharka hasta su refugio de Tebas.
En el 661 a.
C., conquistó
y saqueó Tebas, poniendo fin a la dinastía de faraones nubios. Estos
continuaron reinando en Nubia durante mil años más, pero su civilización
declinó y su breve siglo de grandeza se esfumó para siempre.
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