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3
El
imperio antiguo
Imhotep
Se conocen muy pocos detalles relativos a la
historia política de las dos primeras dinastías. Disponemos de los nombres de
unos veinte reyes incluidos en la lista de Manetón, pero no mucho más. Hay
leyendas que afirman que Menes reinó durante sesenta y dos años, que envió
ejércitos contra las tribus que controlaban las zonas costeras del Egipto
occidental, y que finalmente fue devorado por un hipopótamo, pero no es fácil
aceptar todo esto como históricamente verídico, sobre todo lo último, dado que
los hipopótamos son vegetarianos.
Sea como fuere, el período Arcaico presenció sin
duda un aumento gradual de la prosperidad egipcia y, por ende, del poder del
rey divinizado, que controlaba y guiaba esa prosperidad a los ojos del pueblo.
Obviamente, los monarcas deben de haber tenido
interés en capitalizar esta interesada devoción popular. Por un lado,
inevitablemente les tenía que agradar ser colocados tan alto en la estima del
pueblo y ser considerados como dioses. Por otro, se producía algo así como una
«realimentación» con respecto a estos asuntos. Cuando más suntuosa fuese la
vida y la muerte del rey, tanto más convencido quedaba el pueblo del carácter
divino de los monarcas y tanto mayor era la seguridad con que éstos reinaban.
Y, lógicamente, la necesidad de obtener tal
seguridad resultaba más apremiante cuando subía al poder una nueva dinastía. No
sabemos a ciencia cierta de qué manera llegaba a su fin una dinastía y empezaba
una nueva. Es posible que una serie de monarcas débiles de una dinastía dejaran
que el poder se les escapase de las manos; que algún poderoso general acabara
haciéndose con él; que algún inteligente funcionario de la corte se
convirtiera, primero, en consejero del rey, luego, en su eminencia gris, y
finalmente, en monarca, en tanto que el anterior era apartado o ejecutado sin
más. Pero también cabe la posibilidad de que la antigua dinastía se extinguiese
por falta de herederos varones, y que un general o un funcionario se casase con
un miembro femenino de la familia reinante, convirtiéndose así en el primer
miembro de una nueva dinastía.
Es probable que el país acogiese calurosamente al
nuevo y vigoroso monarca que sustituía a un gobernante débil, a un viejo chocho
o a un pequeño vástago desamparado de la vieja dinastía. Aun así, el respeto
hacia una familia de carácter divino no es algo fácil de sustituir, por lo que
el monarca de la nueva dinastía podía considerar importante demostrar al pueblo
su propia divinidad con algún espectacular despliegue de poder que eclipsase lo
que había existido antes.
Esto fue, quizá, lo que sucedió cuando la III
Dinastía subió al trono. Las muestras de poder desplegadas por esta dinastía
son tan notables que el período que comienza con ella se conoce por Imperio
Antiguo. (La razón de este adjetivo es la existencia de períodos posteriores de
magnificencia y de poder real en la historia egipcia, que han recibido los
nombres de Imperio Medio e Imperio Nuevo.)
El primer rey (o quizá el segundo) de la III
Dinastía fue Zoser. Este comenzó su reinado hacia el 2680 a. C, y tuvo la
inmensa suerte de tener como consejero a un sabio llamado Imhotep.
Imhotep es el primer científico de la historia cuyo
nombre nos es conocido. Con el paso de los siglos surgirían todo tipo de
leyendas sobre él. Alcanzó gran renombre como médico cuyas facultades curativas
eran casi mágicas; de hecho, muchos siglos después fue incluido en el panteón
egipcio como dios de la medicina. Se le atribuye además el hecho de haber
guiado al pueblo egipcio, con éxito, a través de años de sequía gracias a haber
previsto el almacenamiento de trigo, por lo que es posible que la historia
bíblica de José se base en parte en la leyenda de Imhotep.
Aparte de su fama legendaria como médico, científico
y mago, Imhotep fue sin duda el primer gran arquitecto. Fue él quien emprendió
la construcción de la mastaba de Zoser, que iba a ser la mayor de las
construidas hasta entonces, y que además lo fue en piedra en vez de en
ladrillo. Esto satisfizo sin duda la necesidad de Zoser de impresionar a los
egipcios con el poder de los reyes de la nueva dinastía.
Imhotep construyó la mastaba, que tenía 210 pies de
longitud, por cada lado, y unos 25 pies de altura, en Sáqqara. Fue la primera
estructura de piedra de grandes dimensiones del mundo, aunque muestra un
conservadurismo típicamente humano en numerosos detalles, pues la piedra está
trabajada imitando la madera y la caña de las antiguas y más sencillas
estructuras.
Al parecer Zoser no quedó satisfecho de su mastaba;
o quizá, el mismo Imhotep, descontento de su propia sobriedad, decidiera hacer
algo mejor. Sea cual sea la razón, Imhotep amplió la mastaba por los dos lados,
hasta que la base alcanzó una longitud de 400 por 350 pies. Luego colocó una
nueva y más pequeña sobre la anterior, seguida más tarde por otra, aún menor, a
la que siguieron otras cada vez más reducidas de tamaño. Al final había
construido seis mastabas de tamaño decreciente, una encima de la otra, hasta
alcanzar una altura total de casi 200 pies.
Además, la mastaba disponía de otras estructuras a
su alrededor, de las que quedan algunos restos. El conjunto estaba rodeado por
una elevada muralla construida con paneles de piedra caliza de concepción muy
elaborada. El recinto tenía 1.800 pies de longitud y 900 de anchura.
Los detalles más refinados de la antigua
magnificencia han desaparecido, pero el edificio central —muy deteriorado por
falta de cuidados— subsiste todavía, 4.600 años después de haber sido
construido. Y es no sólo la primera estructura de piedra de grandes dimensiones
que se haya construido, sino que además constituye la más antigua edificación
construida por el hombre que existe aún sobre la faz de la tierra.
Los hombres modernos han quedado estupefactos ante
la mastaba múltiple de Zoser, y ante las mucho más elaboradas estructuras
posteriores, que no tardaron en ser construidas. Para los arqueólogos del siglo
XIX, dichas edificaciones surgían de la nada. Parecía que Egipto había sido en
un primer momento una tierra de aldeanos neolíticos, no mucho más avanzados que
lo que hoy llamamos «hombres primitivos», y que de repente, sin previo aviso,
comenzó a producir monumentos que iban a maravillar a las sucesivas épocas, sin
excluir a nuestra grandiosa era tecnológica.
Es evidente que Zoser vivió en tiempos de la III
Dinastía, y que Manetón nos habla de una primera y de una segunda, pero no hay
informes sobre las dos primeras dinastías, y muchos arqueólogos del siglo XIX
sospechaban que las listas de Manetón, que contienen los nombres de los reyes
antiguos, son míticas.
No debe extrañarnos, pues, que románticos y místicos
crean que la civilización egipcia surgió, ya plenamente desarrollada, de la
nada, que quizá fue llevada a orillas del Nilo desde otro lugar. Un origen
«lógico» podría ser la Atlántida, sobre la que escribió el filósofo griego
Platón un siglo antes del nacimiento de Manetón.
Según Platón, la primera versión de la historia se
debe a los sacerdotes egipcios; éstos nos hablan de una tierra muy antigua,
ubicada en el Oeste, que había alcanzado un elevado nivel de civilización y que
fue destruida por un terremoto que provocó su hundimiento en el océano.
¿Por qué no suponer, así, que los que pudieron
escapar del desastre llegaron a Egipto y establecieron allí una gran
civilización (expulsando a los primitivos habitantes del lugar, o
esclavizándolos), tras la total desaparición de toda huella de sus orígenes?
Naturalmente, todo esto son meras fantasías. Nunca hubo una Atlántida, y Platón
pretendía tan sólo escribir una fábula de intención moral.
Por otra parte, a comienzos del siglo XX los
arqueólogos (en especial el inglés Sir Flinders Petrie) comenzaron a encontrar
restos importantes de las dos primeras dinastías. Se pudo así establecer con
mayor solidez la historia del desenvolvimiento de la cultura y de la técnica
arquitectónica desde los primeros tiempos hasta las grandes estructuras de
Imhotep.
Qué duda cabe que la construcción por Imhotep de la
mastaba múltiple de Zoser constituye efectivamente una gran hazaña, un rotundo
avance para su tiempo, algo que nunca nos cansaremos de admirar; pero no surgió
de la nada. No hay que atribuirla tampoco a los esfuerzos de los refugiados de
la Atlántida. Fue construida por egipcios que trabajaron sobre bases ya
establecidas anteriormente gracias a un lento y penoso desarrollo de las
técnicas a lo largo de muchos siglos.
Pero el Imperio Antiguo no se desarrolló solamente
en la dirección de la construcción de monumentos grandiosos. En tiempos de
Zoser se perfeccionó la escritura egipcia (se dice que Imhotep, a quien se
atribuyeron posteriormente todos los progresos, realizó mejoras en la
escritura, lo mismo que en la arquitectura). Los símbolos jeroglíficos dejaron
de ser simples dibujos de objetos, comenzando a ser utilizados para expresar
abstracciones y toda la extensión del pensamiento humano.
Las plantas del papiro (la palabra «papiro» nos ha
llegado a través de los griegos, pero su origen es desconocido) que crecían a
orillas del Nilo fueron utilizadas como materia para recibir la escritura. Se
extraía el meollo, se le aplicaba cola, en capas separadas, hasta que se
embebía adecuadamente, y luego se lo dejaba secar. El resultado era una
superficie admirablemente ligera y duradera, sobre la que se podía escribir con
pinceles o plumas hechas con otros tallos. Ningún otro pueblo de la antigüedad
dispuso de un material tan adecuado para escribir. En la región del Tigris y
del Eufrates se utilizaban voluminosos ladrillos de arcilla, sobre los que se
grababan los símbolos gráficos. La escritura sobre arcilla resultaba adecuada,
pero carecía de la calidad y belleza de la egipcia.
Las civilizaciones griega y romana utilizaron
también el papiro, hasta el momento en que el aprovisionamiento de tallos
comenzó a disminuir y su uso se hizo menos rentable desde un punto de vista
económico. En la actualidad se usa un material semejante a partir de la madera,
al que seguimos llamando papel (de papiro), aunque ya no proviene de los tallos
de esta planta.
La utilización de una superficie, sobre la que se
puede escribir, práctica y barata constituye una importante contribución al
progreso del saber, puesto que es más sencillo escribir las instrucciones que
tener que depender del más inseguro método de transmitirlas oralmente. Esto
reviste particular importancia cuando se trata de instrucciones complejas y
cuando los errores pueden tener graves consecuencias (como en el caso de
técnicas quirúrgicas).
Quizá no sea casualidad que entre los más antiguos
tratados escritos en papiro que se han descubierto hasta ahora (que datan del
Imperio Antiguo, o bien son copias de tratados de esa época) se halle uno,
llamado el Papiro de Edwin Smith, que contiene el tratamiento para heridas
tales como fracturas.
Las
pirámides
La construcción de tumbas de proporciones
gigantescas acabó convirtiéndose en la obsesión nacional. Los sucesivos
monarcas de Egipto tenían que erigirse tumbas semejantes, pero mayores y más
grandiosas. Las técnicas arquitectónicas progresaron rápidamente impulsadas por
ese deseo. Imhotep había utilizado piedras pequeñas para construir su edificio,
piedras que imitaban a los ladrillos que se empleaban anteriormente. Esto
representaba un esfuerzo enorme, debido a que es mucho más difícil colocar con
cuidado cien piedras en hileras y columnas, que trasladar y colocar en su sitio
una roca trabajada de gran tamaño. A mayor tamaño de las piedras empleadas,
menor es el tiempo requerido para colocarlas juntas, siempre, naturalmente, que
las piedras puedan ser manejadas.
Así pues, los egipcios aprendieron a manejar grandes
rocas utilizando rastras, rodillos, grandes cantidades de aceite para reducir
la fricción, y haciendo un uso verdaderamente liberal de músculo humano. Los
gigantescos monumentos de piedra que se construyeron a lo largo de los dos
siglos siguientes han despertado la admiración de todas las épocas, y son algo
así como la «marca de fábrica» del Imperio Antiguo, y, en realidad, de Egipto
en general.
Dos mil años después, cuando los curiosos griegos llegaron
a Egipto, se quedaron boquiabiertos, espantados, ante estructuras que ya eran
antiguas para su tiempo, a las que denominaron pyramides (singular pyramís),
término de origen incierto. Nosotros hemos heredado la palabra y hemos adoptado
el plural, «pirámide», como singular.
La mastaba múltiple de Zoser es la única en su
género que nos queda. Los monarcas posteriores debieron de caer en la cuenta de
que una pirámide presentaría un aspecto más esmerado si sus lados fuesen
elevándose hasta el vértice con suavidad, en vez de hacerlo por pisos (la
estructura de Zoser se ha denominado, por ello, «pirámide escalonada»).
La innovación se produjo, aproximadamente, algo
después del 26l4 a. C. cuando una nueva dinastía, la IV, ocupó el trono
egipcio. Bajo esta dinastía, el Imperio Antiguo alcanzó su culminación
cultural.
Es probable que el primer rey de la dinastía,
Sneferu, desease demostrar su propia divinidad y la de su ascendencia
eclipsando a sus predecesores de la III Dinastía. Así, emprendió la construcción
de una pirámide escalonada mayor que la de Zoser: una pirámide de ocho pisos.
Seguidamente llenó los huecos entre piso y piso hasta que los lados presentaron
un aspecto uniforme desde la base al vértice. Finalmente, el conjunto se cubrió
con piedra caliza blanca y suave, que debía de brillar notablemente bajo el
espléndido sol egipcio, aventajando en magnificencia y belleza a cualquier
monumento del pasado.
Por desgracia, la piedra caliza que recubría la
pirámide ha sido arrancada hace mucho tiempo por sucesivas generaciones, con el
fin de usarla para otros fines (y lo mismo sucedió con la piedra caliza que
recubría las demás pirámides). Asimismo, parte del relleno entre los pisos de
la pirámide se ha caído, de tal modo que ésta parece construida con tres
escalones desiguales.
Sneferu construyó otra pirámide, en la que cada
estrato de piedra es ligeramente menor que el inferior, de tal modo que la
pirámide no tiene pisos, sino que presenta una inclinación uniforme, incluso
sin el relleno. En la parte superior, de todos modos, se cambió la inclinación,
que se hizo menos empinada, de tal modo que se alcanzaba la cúspide con mayor
rapidez. Quizá Sneferu estuviese envejeciendo, y los arquitectos desearon
terminar cuanto antes para tener preparada la tumba para cuando muriese el rey.
Se la denomina la Pirámide Inclinada.
Después de Sneferu, todas las pirámides (quedan unas
ochenta en total) fueron verdaderas pirámides, de lados suavemente inclinados.
La magnificencia de la IV Dinastía, expresada en las
pirámides y, sin duda, en el esplendor de los palacios que debió construir para
los monarcas aún vivos, supuso un acicate para el comercio. Las riquezas que
Egipto almacenaba podían emplearse en el extranjero para adquirir materiales y
productos imposibles de obtener en el país.
La península del Sinaí fue ocupada por los ejércitos
egipcios para apoderarse de sus minas de cobre —cobre que se utilizaba en el
país y para fabricar adornos que se cambiaban en el extranjero—.
Una de las más necesarias importaciones no podía
obtenerse muy cerca del país. Se trataba de troncos de árboles altos y
derechos; troncos que podían servir como pilares fuertes y bellos, que eran
mucho más fáciles de manejar, para la construcción de estructuras no
monumentales, que la piedra, tan pesada y difícil de esculpir. Pero el tipo de
árboles adecuado no crecía en el valle del Nilo, cuya vegetación era
semitropical, sino en las laderas de la costa oriental del Mediterráneo,
precisamente al norte de la península del Sinaí.
Esta región tenía varios nombres. Los antiguos
hebreos denominaban Canaán a la parte meridional de dicha costa y Líbano a la
mitad septentrional. Los «cedros del Líbano», que eran el tipo de árbol que los
reyes de la IV Dinastía deseaban, se mencionan varias veces en la Biblia como
el más bello y notable de los árboles.
En siglos posteriores, los griegos llamaron Fenicia
a la costa oriental del Mediterráneo, y a las tierras del interior, Siria.
Estos nombres son ya familiares y son los que voy a usar desde ahora.
Los reyes de la IV Dinastía podían haber enviado
expediciones comerciales por tierra, a través del Sinaí, y luego en dirección
norte, donde se obtenían los cedros. Sin embargo, esto habría significado un
viaje de unas 700 millas en total, y viajar por tierra era difícil y arduo en
aquellos tiempos. Además, cargar con los gigantescos troncos a lo largo de esa
enorme distancia habría sido totalmente imposible.
La alternativa era alcanzar Fenicia por mar. Sin
embargo, los egipcios no eran pueblo marinero (y nunca llegaron a serlo). Su
única experiencia derivaba de la navegación por el tranquilo y suave curso del
Nilo, por el que se movían sin problemas. E incluso, bajo Sneferu, existían
barcos de 170 pies de longitud que recorrían el Nilo en ambas direcciones.
Pero los barcos adecuados para la navegación fluvial
no lo eran tanto para aguas más peligrosas, como las del Mediterráneo en caso
de tempestad. Con todo, empujado por el deseo de obtener madera, Sneferu envió
flotas de hasta cuarenta barcos hacia los bosques de cedros. Estos barcos, algo
reforzados, pasaron lentamente del Nilo al Mediterráneo y, bordeando la costa,
llegaron a Fenicia. Una vez cargados con los gigantescos troncos y otros
productos de valor, iniciaban con gran cautela su viaje de retorno.
Sin duda algunos barcos se perdían debido a las
tempestades (como sucede en todas las épocas, incluso en la nuestra), pero
quedaban los suficientes como para hacer rentable el viaje. Los egipcios se
aventuraron también en el pequeño mar Rojo, situado al este de Egipto,
abriéndose camino por esa vía marítima hasta la Arabia meridional y la costa de
Somalia. De allí traían incienso y resinas.
Se enviaban también expediciones Nilo arriba, más
allá de la Primera Catarata, hacia las misteriosas selvas del sur de las que se
traían el marfil y las pieles de animales. (Ya en tiempos de la IV Dinastía, el
crecimiento demográfico del valle del Nilo y su intensiva explotación agrícola
estaban dejando sentir sus efectos sobre los animales de mayor tamaño, y los
elefantes habían sido empujados hacia él sur, más allá de la Primera Catarata).
La
Gran Pirámide
El sucesor de Sneferu fue Jufu. Con este monarca, la
elevación de pirámides alcanzó su apogeo, pues a él se debe la construcción de
la mayor de todas. Esto ocurrió hacia el 2580 a. C, precisamente un siglo después
de que Imhotep lanzara la moda. Tal era la rapidez (para aquellos tiempos) con
que avanzaba la tecnología egipcia.
Jufu construyó su pirámide monstruo en una meseta
rocosa, a pocas millas al norte de Sáqqara, cerca de donde se halla hoy la
ciudad de Giza. Cuando la pirámide estuvo terminada, su base, cuadrada, medía
755 pies por cada lado, es decir, cubría una superficie de trece acres. La
pirámide medía de la base a la cúspide 481 pies. Esta «Gran Pirámide» está
formada por trozos de piedra —en número de 2.300.000, según se estima, con un
peso medio de dos toneladas y media por pieza—. Cada uno de ellos fue
transportado desde las canteras próximas a la Primera Catarata, a unas 600
millas de distancia (por vía fluvial, naturalmente —sobre barcos arrastrados
río abajo por la corriente del Nilo—).
Entre las rocas de granito se construyeron redes de
pasajes que conducían a una cámara cercana al centro del enorme edificio, que
habría de albergar el ataúd del rey, su momia y sus tesoros.
Teniendo en cuenta el estado de la ingeniería en
aquellos tiempos y el hecho de que la estructura se ejecutó prácticamente con
las manos (no se usó ni siquiera la rueda), la Gran Pirámide constituye sin
duda la más noble realización arquitectónica del mundo —si exceptuamos, quizá,
la Gran Muralla China—.
Los hombres no han dejado de maravillarse ante la
Gran Pirámide, la mayor construcción erigida por el hombre; una construcción
que no ha sido superada en los 4.500 años de su existencia. Los griegos la
calificaron junto con las demás pirámides vecinas de una de las «siete
maravillas del mundo», y de las siete enumeradas por ellos, sólo las pirámides
pueden admirarse todavía. Y tal vez sigan en pie incluso después de que las
naciones modernas hayan desaparecido como el antiguo Egipto y la antigua
Grecia.
Naturalmente, la Gran Pirámide atrajo la atención de
Heródoto, el cual trató de informarse preguntando sobre ella a los sacerdotes
egipcios. Estos le contaron ciertas historias fantásticas que no podemos
aceptar, aunque una parte de la información parece razonable. Le dijeron que se
había tardado veinte años en construir la Gran Pirámide, y que en ella habían
trabajado cien mil hombres. Y esto puede muy bien ser cierto.
También le dijeron el nombre del rey que la había
erigido, pero Heródoto tradujo el extraño nombre egipcio a algo que sonase «más
griego» y más habitual a sus oídos, por lo que Jufu se convirtió en Keops; y
nosotros estamos mucho más familiarizados con la versión griega, sobre todo con
su ortografía latina Cheops (por lo general, la versión griega de los nombres
egipcios nos es conocida mejor en su ortografía latina, y de ahora en adelante
los escribiré siempre con ortografía latina).
Nos gusta creer que los cien mil constructores de la
pirámide eran esclavos, sometidos al látigo de despiadados vigilantes. Muchos
creen, por haberlo leído en la Biblia, en el libro del Éxodo, que muchos de los
esclavos eran judíos. Sin embargo, la Gran Pirámide y las edificaciones
hermanas fueron construidas unos mil años antes de que los israelitas llegaran
a Egipto, y en todo caso, es muy probable que las pirámides fueran construidas
por hombres libres que trabajaban a gusto y recibían un buen trato.
Debemos recordar que en la cultura egipcia de
aquellos tiempos existían buenas razones, generalmente aceptadas, para la
construcción de tales pirámides. En efecto, se construían para complacer a los
reyes divinizados y a los dioses, y para garantizar la paz y prosperidad del pueblo.
Probablemente los constructores emprendían su tarea con el mismo espíritu con
el que los hombres del Medievo construían sus catedrales, o los de hoy sus
presas hidroeléctricas. En efecto, varios historiadores han sugerido que las
pirámides fueron erigidas en una época en que las crecidas del Nilo
imposibilitaron los trabajos agrícolas, por lo que una de las razones de tal
decisión fue crear trabajo y mantener ocupado al pueblo.
El interés por la Gran Pirámide en el último siglo
se ha basado en aspectos místicos. Debido a que la estructura es tan gigantesca
y se halla realizada con tanta precisión (los lados de la base cuadrada están
orientados de manera casi exacta en dirección norte-sur y este-oeste) muchos
han estimado que los egipcios tenían acceso al gran saber, a la ciencia, y que
ciertas mediciones incluían los valores de cantidades matemáticamente
importantes. Se pensó asimismo que ciertas características menores de los
pasadizos interiores eran oráculos que predecían el futuro en sus más insignificantes
detalles y que el final de los pasadizos daban la fecha del fin del mundo (no
tan lejano en nuestros días). Incluso algunos creían que el hecho de que la
Gran Pirámide hubiese sido edificada junto al punto en que se cruzan los
meridianos 30° de latitud norte y 30° de longitud este, indicaba que los
egipcios sabían que la Tierra era esférica, que 360 grados forman una
circunferencia y, lo que es más importante, que con una antelación de muchos
miles de años, ¡sabían ya que el primer meridiano iba a ser establecido
arbitrariamente sobre la ciudad de Londres!
Otros han pensado, además, que la Gran Pirámide era
un observatorio astronómico, y alguien escribió en cierta ocasión un libro (que
me fue enseñado en forma manuscrita) en el que sostenía que la estructura en
cuestión era en realidad una pista de lanzamiento para cohetes espaciales.
Por desgracia, todas estas especulaciones carecen de
fundamento. Los egiptólogos han demostrado de manera concluyente que la Gran
Pirámide es exactamente lo que se supone que es: una tumba especialmente
complicada. Por lo demás, no sirvió para el fin a que estaba destinada, es
decir, la de proteger el cuerpo y los tesoros del difunto Jufu. Pese a que el
ataúd estaba colocado en el centro del mayor edificio de piedra jamás
construido, y pese a que los pasadizos que llevaban hasta la cámara mortuoria
habían sido camuflados y cegados, los ladrones fueron capaces de penetrar en
él. Así, cuando los exploradores modernos pudieron abrirse paso finalmente
hasta el centro de la pirámide, sólo encontraron un sarcófago sin tapa en una
habitación vacía.
La pirámide de Jufu representa la culminación. A
partir de entonces comienza el declive de este tipo de arquitectura.
Jufu tuvo como sucesor a su hijo mayor, luego a su
hijo menor. Este fue Jafre, al que Heródoto denomina Kefrén; construyó una
pirámide notablemente más pequeña que la de su padre, hacia el 2530 a. C. Trató
de engañarnos al construir su pirámide sobre una elevación mayor, de modo que
el vértice superase el de la pirámide de Jufu. Buena parte de la piedra caliza
que la recubría se conserva cerca de la cúspide.
Sucesor de Jafre fue su hijo Menkure o, como los
griegos lo llamaron, Micerino. Este edificó una tercera pirámide, la menor de
las tres, hacia el 2510 a. C.
Las tres pirámides están agrupadas en Giza, y
representan un silencioso testimonio de la grandeza del Imperio Antiguo de hace
cuarenta y cinco siglos. Hoy no podemos contemplarlas, naturalmente, como eran
en su día. Y no sólo por la pérdida del revestimiento de piedra caliza. Cada
pirámide estaba rodeada por otras más pequeñas y por mastabas destinadas a
otros miembros de la familia real. Había templos, calzadas, estatuas, etc. A lo
largo de la calzada que conduce a la pirámide de Jafra, por ejemplo, se alzaban
no menos de veintitrés estatuas del rey. Lo que se solía construir no era
pirámides aisladas, sino conjuntos de pirámides.
Hay un monumento que no es una pirámide, construido
durante la IV Dinastía, que rivaliza en fama con las propias pirámides. Se
trata de una gigantesca escultura que representa a un león echado, erigido
junto a la calzada que lleva a la pirámide de Jafre, a sólo 1.200 pies al
sudeste de la Gran Pirámide. Se trata de una roca que aflora del suelo, cuya
forma sugiere la de un león agazapado. El cincel del escultor hizo el resto.
La cabeza del león es humana, y representa la de un
hombre que lleva el tocado real. Se lo considera un retrato de Jafre, y el
conjunto es una demostración del poder y de la majestad del monarca.
En siglos posteriores los griegos crearon mitos
relativos a monstruos con cuerpo de león y cabeza humana (de mujer más que de
hombre, sin embargo), que se inspiraron probablemente en las esculturas
egipcias. Los griegos debieron considerar que tales monstruos eran peligrosos
para el hombre, pues llamaron a estas mujeres-león esfinges, término derivado
de la palabra griega que significa «el que estrangula». Existe un famoso mito
referido a una esfinge griega; según aquél, el monstruo obligaba a los que
pasaban por el lugar a descifrar enigmas, y mataba a los que no los acertaban.
Por esta razón, de toda persona que cultiva un aire misterioso se dice que es
como la esfinge.
Los griegos aplicaron el mismo nombre a las estatuas
egipcias que representaban a leones con cabeza humana, de las que había miles
en la región. Aunque sólo una era de gran tamaño, y ésa era la construida por
Jafre. Se trata de la «Gran Esfinge», y su silencioso cavilar en el desierto
refuerza la idea de misterio que evoca la palabra. El rostro de la Gran Esfinge
se encuentra hoy gravemente deteriorado, debido a que los soldados de Napoleón,
haciendo gala de un comportamiento criminal, se divirtieron en utilizarlo como
blanco en sus prácticas de tiro.
También las pirámides de las dinastías posteriores,
aunque de menor tamaño y más toscas, nos son útiles, ya que sus muros
interiores están cubiertos de himnos y encantamientos destinados a facilitar la
entrada del rey o de la reina en el más allá. Los Textos de las Pirámides, como
se los llama, son guías valiosos para el conocimiento del pensamiento religioso
egipcio. Además, los textos en cuestión, junto al Libro de los Muertos, son los
documentos religiosos más antiguos de que disponemos.
Decadencia
La IV Dinastía terminó sus días hacia el 2500 a. C.,
pocos años después de la muerte de Menkure y tras un espléndido siglo lleno de
hechos grandiosos. ¿Sé debió esto a la prematura muerte del sucesor de Menkure
y a la falta de un heredero masculino, o tal vez al triunfo de una rebelión? No
hay manera de saberlo. Incluso la leyenda permanece silenciosa.
No hay dudas de que había facciones. Egipto había
permanecido bajo un único poder durante cinco siglos antes de la IV Dinastía,
pero ello no había podido acabar completamente con las tradiciones separadas de
las distintas ciudades ni con la rivalidad entre ellas. Dicha rivalidad cobraba
expresión en el ámbito de lo religioso, ya que cada ciudad poseía sus dioses
particulares, como resto de los viejos días de la desunión. Un cambio dinástico
significaba a menudo un cambio en el carácter del culto religioso, lo que a su
vez podía inducir a los diferentes grupos de sacerdotes a intrigar con el fin
de cambiar la dinastía al primer signo de debilidad del monarca reinante.
Así, los reyes de la IV Dinastía rendían culto a
Horus, en particular, y lo consideraban el antepasado real. Y como el dios de
la ciudad de Menfis era Ptah, creador del Universo según la tradición menfita,
y patrón de las artes y oficios, a éste también se le hacía objeto de culto
especial.
Sin embargo, treinta millas al norte de Menfis,
estaba Onu, donde el dios-sol Ra gozaba de especial consideración. La ciudad
permaneció fiel a Ra durante miles de años, por lo que los griegos, siglos más tarde,
la llamaron Heliópolis, esto es, la «ciudad del sol».
Los sacerdotes de Ra eran poderosos; tan poderosos,
que incluso los grandes reyes de la IV Dinastía consideraron oportuno
halagarlos incorporando el nombre del dios-sol a sus nombres reales, como fue
el caso de Jafre y de Menkure.
Por esto, cuando la IV Dinastía se fue debilitando
—por las razones que sean—, tras la muerte de Menkure, los sacerdotes de Ra
aprovecharon el momento y de alguna manera lograron colocar a uno de ellos en
el trono. Comenzaba así la V Dinastía, que duró un siglo y medio, y fue
sustituida por la VI Dinastía hacia el 2340 a. C.
La construcción de pirámides comenzó a decaer bajo
las Dinastías V y VI. Ya no se erigieron más monstruos, sino sólo edificios
pequeños. Es posible que los egipcios se hubiesen cansado de lo demasiado
grande, una vez que la novedad había pasado. Quizá se debió a que su
construcción consumía una proporción excesiva del esfuerzo nacional y se había
convertido en un claro factor de debilitamiento del país.
Las artes continuaron floreciendo, con todo, y en el
campo militar los egipcios progresaron notablemente. El momento culminante de
los éxitos militares se alcanzó bajo Pepi I, el tercer rey de la VI Dinastía,
nativo de Menfis. Pepi I dejó más monumentos e inscripciones que cualquier
monarca del Imperio Antiguo, y hay una pequeña pirámide en Saqqara que es suya.
Este tenía un general llamado Uni, al que conocemos
por una inscripción. De oscuro oficial de la corte pasó a ser jefe de un
ejército. Logró rechazar hacia el noroeste a los nómadas del desierto, por
cinco veces, conservar y reforzar la península del Sinaí, posesión egipcia rica
en metales, e incluso fue capaz de penetrar en los territorios asiáticos al
noroeste del Sinaí. Supervisó también expediciones al sur de la Primera
Catarata.
Es posible, sin embargo, que las aventuras militares
—junto a los efectos acumulados de la construcción de pirámides y templos—
agotasen los recursos egipcios de esa época, y sirviesen para profundizar el
declive de la prosperidad del país. Entre otras cosas, a medida que el dominio
y las obras del reino aumentaban, el rey se vio obligado a delegar su poder, al
tiempo que crecía el poder de los funcionarios, generales y dirigentes
provinciales. Y de modo proporcional, mientras el poder de éstos se hacía
mayor, el del rey decrecía.
Las exigencias de la aristocracia con vistas a
obtener enterramiento y momificación independientes, así como su reclamación de
un acceso al más allá también individual, se hicieron muchos más fuertes en
esta época. En cierto sentido, cabe considerarlas como demandas progresistas,
pues llevaban implícita la idea de salvación individual, basada en el
comportamiento y los actos de cada individuo, independientemente de su posición
social y tendían al rechazo de la idea de que el pueblo, como parte del alma
real, pudiese alcanzar el más allá de un modo automático. Sólo a través de una
democratización de este estilo y de la religión era posible incluir en ella un
alto contenido ético.
Por otro lado, cuando los nobles se hacen poderosos,
suelen pelearse entre sí, y las energías que así se gastan no se emplean en
resolver los problemas comunes de la nación, y es el pueblo, en su conjunto, el
que sufre las consecuencias.
En el año 2272 a. C., un hijo menor de Pepi I subió
al trono de su padre con el nombre de Pepi II, pero debía de ser apenas un niño
en aquel tiempo: sabemos esto porque en cierto sentido, su reinado fue único en
la historia. Duró, con arreglo a los elementos de juicio de que disponemos,
noventa años. Es el reinado más largo que se registra en la historia.
Precisamente la larga duración del reinado resultó
desastrosa para Egipto.
En primer lugar, durante la primera década,
aproximadamente, del reinado, un monarca tan joven es incapaz de gobernar, y el
poder ha de estar necesariamente en manos de algún regente o funcionario de la
corte. Tales regentes no suelen tener hacia el rey todo el respeto debido, y la
designación para el cargo suele dar ocasión a continuas intrigas palaciegas. La
permanencia de un muchacho en el trono durante muchos años (como vemos en la
historia moderna) se presta a acelerar la tendencia general al traslado del
poder del rey a la nobleza.
Esto debió de suceder durante el reinado de Pepi II.
Las tumbas de los aristócratas fueron cada vez más elaboradas, y aunque el
comercio egipcio aumentó, éste se hallaba en manos de ciertos nobles en vez de
estar en las del gobierno central.
Cuando Pepi II se convirtió en rey propiamente
dicho, la nobleza era ya demasiado fuerte como para ser manejada fácilmente, y
el rey hubo de moverse con cautela. Más tarde, en los últimos decenios de su
reinado, cuando ya era viejo y débil —quizá incluso senil—, sus débiles dedos
debieron de dejar escapar las riendas totalmente. Es posible que no fuera más
que la sombra de un rey, encerrado en su palacio y esperando morir. Los nobles
lo alababan de boquilla y esperaban su muerte.
Pepi II murió en 2182 a. C, y en menos de dos años
Egipto se desintegró. Ningún rey fue capaz de someter a la pendenciera nobleza.
La VI Dinastía, y con ella el Imperio Antiguo, llegó a su fin, tras casi cinco
siglos.
Todas las ventajas de la unificación se habían
perdido en Egipto, que se hundió en la anarquía más espantosa.
Pero un papiro ha sobrevivido, perteneciente (quizá)
a los últimos tiempos de la VI Dinastía. Su autor, Ipuwer, se lamenta de los
desastres que agobian al país a causa del caos y de la apatía. Es posible que
sus quejas hayan sido poéticamente exageradas, pero aun así, se trata de una
gráfica descripción de un país en decadencia y de un pueblo que sufre.
Tan gráficas son las descripciones de Ipuwer que el
escritor israelí Immanuel Velikovsky, en un libro publicado en 1950, Worlds in
Collision, sostiene que las palabras de Ipuwer describen las plagas bíblicas
contenidas en el Libro del Éxodo, plagas que sobrevinieron por causa de una
gigantesca catástrofe astronómica.
Esto, con todo, es mera fantasía. Las catástrofes
astronómicas del libro de Velikovsky son científicamente imposibles, e Ipuwer
(cuyas exageraciones poéticas no deben ser tomadas al pie de la letra) escribió
acerca de un período que antecede en casi mil años a la fecha en que, según
todos los indicios, se escribió el Libro del Éxodo.
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