| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
2
El
Egipto arcaico
La
historia
Por lo general, nuestra idea del pasado de la
humanidad deriva de tres tipos de fuentes. En primer lugar, tenemos los datos
obtenidos de los objetos abandonados por el hombre sin intención de que sirvan
para conocer la historia. Ejemplo de ello son los utensilios y los recipientes
de barro de los hombres primitivos, restos que arrojan una tenue luz sobre por
lo menos un millón de años de historia del hombre.
Pero tales restos no nos cuentan una historia
articulada. Es, más bien, como si quisiéramos leer un libro con la luz de un
repentino flash. Aunque siempre es mejor esto que nada, obviamente.
En segundo lugar, contamos con las narraciones
transmitidas oralmente de generación en generación. Estas narraciones nos
cuentan sin duda una historia articulada, pero ésta suele quedar distorsionada
al ser contada una y otra vez. Resultado de todo ello son los mitos y leyendas
que no cabe aceptar como verdades literales, aunque a veces contengan datos
importantes.
Así, las leyendas griegas sobre la guerra de Troya
se conservaron de generación en generación gracias a la tradición oral. Los
griegos de las épocas posteriores las aceptaron como hechos históricos y los
historiadores modernos las rechazaron por considerarlas meras fábulas. La
verdad parece situarse en un término medio. Los hallazgos arqueológicos del
pasado siglo han demostrado que muchas de las referencias de la obra de Homero
son a hechos reales (aunque podemos seguir considerando lo que cuenta Homero
sobre la participación de los dioses en los acontecimientos como pura fábula).
Finalmente, estarían los documentos escritos que,
como es natural, a veces incluyen hechos legendarios. Cuando los documentos
escritos se refieren a acontecimientos que son contemporáneos del estudioso, o
que pertenecen a su inmediato pasado, disponemos de la más satisfactoria de las
fuentes históricas, sin ser, con todo, necesariamente ideal, ya que los
escritores pueden mentir, tener prejuicios o equivocarse de buena fe. Asimismo,
sus escritos, aun los más fieles a los hechos, pueden sufrir distorsiones
accidentales en posteriores copias, o ser alterados deliberada y maliciosamente
por propagandistas. A veces, al comparar a un historiador con otro, o al
contrastar sus relatos con los resultados de los hallazgos arqueológicos, los
errores y distorsiones pueden salir a la luz.
Sea como sea, no disponemos de nada más detallado
que los documentos escritos y, en líneas generales, cuando hablamos de la
historia del hombre, nos referimos principalmente a los anales que han llegado
hasta nosotros bajo forma de escritos. Los acontecimientos anteriores a la
utilización de la escritura en tal o cual región se califican de
«prehistóricos», sin que ello quiera decir que sean necesariamente
«precivilizados».
Así, Egipto conoció dos mil años de civilización
entre el 5000 y el 3000 a.C., pero este período de tiempo forma parte de la
«prehistoria» egipcia, dado que la escritura no había hecho aún aparición.
Los detalles referentes a la prehistoria de un país
son siempre confusos y borrosos, y los historiadores se resignan ante esta
realidad. Todavía más frustrante, sin embargo, es contar con documentos
escritos, pero en una lengua que no sabemos descifrar. El libro de historia
está ahí, al menos en parte, pero está sellado.
Este era el caso, al menos hasta el 1800 d. C, del
«Egipto histórico» —es decir, del Egipto posterior al 3000 a. C. —y, en
realidad, el de casi todas las demás civilizaciones antiguas.
Hacia esta época, los únicos idiomas antiguos
perfectamente conocidos eran el latín, el griego y el hebreo, y, como se sabe,
existían historias antiguas importantes escritas en cada una de estas lenguas,
historias que han llegado completas o en parte hasta nuestros días. De ahí que
la historia antigua de los romanos, de los griegos y de los judíos se conozca
bastante bien. Asimismo, las leyendas referentes al pasado prehistórico de cada
una de estas civilizaciones han llegado hasta nosotros.
En cambio, la historia antigua de los pueblos de
Egipto y de la región del Tigris-Eufrates era ignorada por los hombres del 1800
a. C., excepto a través de las leyendas transmitidas hasta ellos en las tres
lenguas que conocían.
En su época, los griegos no se hallaban en mucho
mejor situación que nosotros en 1800 d. C. en lo que respecta al conocimiento
sobre los egipcios. Tampoco ellos sabrían leer los jeroglíficos, por lo que
ignoraban lo concerniente a la historia egipcia durante siglos.
Sin embargo, en tiempos de los griegos la
civilización egipcia estaba todavía viva y floreciente. Había sacerdotes que
eran capaces de leer fácilmente los antiguos escritos y que probablemente
tenían acceso a toda clase de anales referentes a los milenios pasados.
Los curiosos griegos que comenzaron a llegar a
Egipto en gran número a partir del 600 a. C. y que se quedaban boquiabiertos
ante los logros de una antigua civilización, se interesaban por todo lo que
veían, sin duda.
Pero los sacerdotes egipcios eran muy suspicaces
hacia los extranjeros y no se dignaban fácilmente a colmar la curiosidad de
éstos.
El historiador griego Heródoto viajó por Egipto,
acosando a preguntas a los sacerdotes. Muchas de sus preguntas obtuvieron
respuesta, e incluso la información en la historia que escribiría más tarde.
Con todo, buena parte de la información no parece muy verosímil, y no es fácil
descartar la idea de que los sacerdotes tomaran el pelo sardónicamente al
«paleto» griego, tan ansioso de información y tan dispuesto a aceptar todo lo
que se le decía.
Finalmente, hacia el 280 a. C., cuando ya los
griegos dominaban Egipto, un sacerdote de este país acabó cediendo y escribió
en griego una historia de Egipto destinada a los nuevos amos, utilizando sin
duda algunas fuentes sacerdotales. Se llamaba Manetón.
Durante un tiempo el Egipto posterior al 3000 a. C.
fue realmente el «Egipto histórico», aun cuando aceptemos que Manetón escribió
una historia necesariamente incompleta, y que pueda haberla escrito desde un
punto de vista parcial, como egipcio que era, y sacerdotal.
Por desgracia, sin embargo, la historia de Manetón y
las fuentes que utilizó no han sobrevivido. El «Egipto histórico» se hundió en
las tinieblas de la ignorancia humana tras la caída del Imperio Romano, y así
permaneció durante catorce siglos. No quiere esto decir que la ignorancia sobre
Egipto fuera completa. Algunos fragmentos de los escritos de Manetón fueron
citados por otros escritores cuyas obras sí sobrevivieron. En concreto,
sobrevivieron largas listas de gobernantes egipcios tomadas de la historia de
Manetón citadas en las obras de un historiador cristiano de los primeros
tiempos, Eusebio de Cesárea, que vivió unos seis siglos después de éste. Pero
esto es todo, y no es demasiado. Las listas de reyes no hicieron sino excitar
el apetito histórico y convertir a las sombras anteriores en una oscuridad aún
más negra.
Naturalmente, había todavía numerosas inscripciones
jeroglíficas por todos lados, pero nadie podía leerlas, con lo que todo
permanecía decepcionantemente misterioso.
Hacia 1799, un ejército francés a las órdenes de
Napoleón Bonaparte se hallaba combatiendo en Egipto. Un soldado francés llamado
Bouchard o Boussard se encontró, cuando estaba trabajando en un fuerte en
reparación, una piedra negra. El fuerte estaba próximo a la ciudad de Rashid,
en una de las desembocaduras occidentales del Nilo. Para los europeos Rashid
era Rosetta, y hoy llamamos a la piedra hallada por el soldado «piedra de
Rosetta».
En la piedra de Rosetta había una inscripción en
griego que databa del 197 a. C. En sí no era una inscripción importante, pero
lo que confería un valor fascinante a la piedra era que contenía también
inscripciones en dos tipos de jeroglíficos. Si, como parecía probable, se
trataba de la misma inscripción en tres diferentes formas de escritura,
entonces de lo que se trataba era de una inscripción egipcia traducida a una
lengua conocida.
La piedra de Rosetta interesó a hombres tales como
el médico inglés Thomas Young y el arqueólogo francés Jean-Francois
Champollion. En particular Champollion utilizó como ayuda adicional la lengua
copta, que en su tiempo sobrevivía todavía en unos cuantos lugares de Egipto.
Hoy la lengua de los egipcios es el árabe, debido a la conquista árabe de
Egipto hace trece siglos. Champollion sostenía, sin embargo, que el copto
derivaba de la lengua del antiguo Egipto, que se remontaba a la época anterior
a la llegada de los árabes. Antes de morir en 1832, Champollion elaboró un
diccionario y una gramática de la lengua del antiguo Egipto.
Evidentemente, Champollion no estaba equivocado,
pues en los años 20 del siglo XIX había sido capaz de penetrar el secreto de
los jeroglíficos y, poco a poco, todas las inscripciones antiguas pudieron ser
leídas.
Sin embargo, las inscripciones no eran verdadera
historia, como era natural (¡imaginemos por un momento que tratáramos de
conocer la historia de Estados Unidos a través de las inscripciones existentes
en nuestros edificios públicos y en nuestras lápidas!). A menudo incluso
aquellas que versaban sobre acontecimientos históricos habían sido compuestas
única y exclusivamente para alabar a algún gobernante. Se trataba de propaganda
oficial que no necesariamente se ajustaba a la realidad.
Pese a todo, poco a poco, a partir de todo lo que
los historiadores fueron recopilando de las inscripciones y de otras fuentes,
incluidas las listas de reyes de Manetón, la historia egipcia comenzó a ser
conocida, y con una amplitud tal que nadie, antes del hallazgo de la piedra de
Rosetta, hubiera podido imaginar.
Unificación
Manetón comienza su lista de reyes con el primer
hombre que unió a los dos Egiptos, el Alto y el Bajo, bajo su mando. El nombre
que tradicionalmente se aplica a este primer rey es Menes, forma griega para el
nombre egipcio de Mena. Antes de la unificación, Menes gobernaba al parecer
sobre el Alto Egipto.
Durante un tiempo se pensó que Menes era puramente
legendario y que este rey no había existido nunca. Sin embargo, alguien tuvo
que ser el primero en unificar Egipto, y si no fue Menes, sería algún otro.
Pese a que las antiguas inscripciones han sido
concienzudamente estudiadas, existe en este sentido una complicación adicional,
derivada del hecho de que los reyes solían adoptar nuevos nombres cuando subían
al trono, diferentes de los que se les asignaba al nacer. A veces, incluso, se
les imponía otros nombres después de morir. Existen referencias a un rey
llamado Nármer en un antiguo trozo de pizarra desenterrado en 1898; en él el
monarca aparece en un primer momento con la corona relacionada con el gobierno
del Alto Egipto, luego con la corona del Bajo Egipto. Parece, pues, una
referencia a un rey que unificó los dos Egiptos, y cabe la posibilidad de que
Nármer y Menes no sean sino nombres alternativos de la misma persona.
Sea como sea, Menes o Nármer llegó a ser rey de todo
Egipto hacia el 3100 a. C, justo a finales de la prehistoria egipcia. No
podemos por menos que preguntarnos cómo lo logró. ¿Fue Menes un gran guerrero o
un astuto diplomático? ¿Se trató de un accidente o de un plan? ¿Se sirvió acaso
de algún «arma secreta»?
En primer lugar, existen datos de importantes
inmigraciones asiáticas que llegaron a Egipto en los siglos que precedieron el
reinado de Menes. Es posible que los asiáticos huyeran de sus tierras, poco
seguras y arrasadas por la guerra, hacia la paz y la exuberante fertilidad del
valle del Nilo. (Hasta los últimos momentos de la época prehistórica podían
verse incluso elefantes en el rico valle del Nilo, gracias a su gran extensión,
a su fertilidad y a su escasa población.)
A este período cabe remontar algunas sutiles
influencias asiáticas. Por ejemplo, ciertas técnicas arquitectónicas y
artísticas egipcias que aparecen después del 3500 antes de Cristo parecen tener
una clara relación con las utilizadas en Asia en esa época. Asimismo, las
migraciones asiáticas debieron llevar consigo el concepto de escritura
procedente de la civilización del Tigris y del Eufrates.
Al parecer, el Alto Egipto sufrió durante este
período una mayor influencia asiática que el Bajo Egipto, y a esto hay que
atribuir, quizá, el hecho de que fuera el primero, y no el segundo, el que
recibió el primer impulso hacia la espiral del desarrollo.
Por otro lado, tal vez esto no sea sino una mera
apariencia producto de un accidente arqueológico. El Bajo Egipto está
profundamente enterrado por siglos de sedimentación, por lo que es mucho más
difícil encontrar restos antiguos allí que en las regiones menos inundadas del
lago Moeris y del Alto Nilo. Tal vez radique aquí, y sólo aquí, la razón de
nuestra infravaloración del Bajo Egipto. Con todo, cuando Egipto quedó
unificado en una sola nación, el conquistador vino del Alto Egipto.
¿Trajeron los inmigrantes asiáticos consigo algo más
que un nuevo arte y que el concepto de escritura? ¿Trajeron también una
tradición bélica y conquistadora anteriormente inexistente entre los pacíficos
egipcios de tiempos primitivos?
¿Fue Menes quizá de origen asiático, con una
tradición familiar que hablaba de poderosas ciudades armadas cuyos soldados
acabaron dominando a sus vecinos? ¿Quiso acaso emular a sus antepasados y, como
ellos, crearse un imperio? En algún lugar, en los siglos anteriores a Menes,
los hombres habían aprendido a obtener cobre de las vetas de la península del
Sinaí, al noreste de Egipto, y de otras partes. En realidad, la plata, el oro y
el cobre habían sido descubiertos mucho antes, bajo forma de pepitas metálicas
que no requerían ser fundidas. (Cabe fechar algunos objetos de cobre hallados
entre restos del Badariense hacia el 4000 a. C.) También se encontraron trozos
de hierro, que solían caer del cielo bajo forma de meteoritos, ocasionalmente.
De todos modos, los hallazgos de metal puro solían ser muy poco frecuentes, y
el metal que así se obtenía se presentaba en cantidades exiguas, y se utilizaba
generalmente para adornos.
Sin embargo, con el desarrollo de las técnicas de
fundición se pudo obtener cobre de los yacimientos de mineral en cantidades
suficientes como para ser usado para todo tipo de finalidades. El cobre, por sí
solo, no es lo suficientemente duro como para fabricar armas y armaduras; pero
mezclado con estaño se convierte en bronce, que en cambio sí lo es. El período
en el que el uso del bronce se generalizó y pudo ser empleado para dotar a los
ejércitos, se denomina Edad del Bronce.
La Edad del Bronce no alcanzaría su apogeo hasta
varios siglos después de Menes; no obstante, no hay que descartar la
posibilidad de que se dispusiera de bronce en cantidades suficientes como para
equipar a los cuerpos especiales de los ejércitos de Menes. ¿Fue acaso con
estas nuevas armas con las que implantó su dominio sobre todo Egipto? Quizá no
lo sepamos nunca.
Según Manetón, Menes había nacido en la ciudad de
Tinis (o Tine), situada en el Alto Egipto, aproximadamente a medio camino entre
la Primera Catarata y el delta. Menes y sus sucesores gobernaron el país desde
esta ciudad.
Es posible, sin embargo, que Menes se diera cuenta
de que si aspiraba a conservar su poder sobre el Bajo Egipto, debía tratar de
parecer menos extranjero y gobernar desde una distancia menor. Pero no podía
acabar siendo un extraño para el Alto Egipto de donde era originario. El
problema se resolvió construyendo una nueva ciudad en la frontera entre ambos
territorios —en una zona que cualquiera de los dos podía reclamar como propia—
y convirtiéndola, al menos, en capital a tiempo parcial. (En Estados Unidos se
buscó una solución semejante cuando por primera vez se llegó a la unificación
de los distintos territorios. Una vez adoptada la Constitución, resultó
evidente que los estados norteños y los sureños no se tenían excesiva simpatía,
por lo que se construyó una nueva capital, Washington, allí donde ambas partes
se tocaban.)
La nueva ciudad de Menes fue construida a unas 15
millas al sur del extremo del delta. Al parecer los egipcios llamaron a la
ciudad JikuPtáh («casa de Ptah»), y es posible que los griegos hicieran derivar
de este nombre el de «Aigyptos», y nosotros, de éste, el de «Egipto». Más
adelante la ciudad se llamó Menfe, por lo que el lugar llegó a ser conocido por
los griegos como «Menfis», nombre que habría de conservar en la historia.
Menfis siguió siendo una importante ciudad egipcia
durante unos 3.500 años, y durante buena parte de este período fue la capital y
la sede de la realeza.
La
vida de ultratumba
Manetón dividía a los gobernantes egipcios en
dinastías (de una palabra griega que significa «tener poder»). Cada dinastía
estaba compuesta por miembros de una familia que gobernaba y tenía poder sobre
todo Egipto. Manetón elaboró una lista de treinta dinastías que se sucedieron a
lo largo de un período de tres mil años.
La lista de dinastías incluye tan sólo a los
monarcas que reinaron después de la unificación, por lo que Menes es el primer
rey de la I Dinastía. El período anterior a Menes se suele denominar «Egipto
predinástico», lo que es casi sinónimo de «Egipto prehistórico».
Las dos primeras dinastías, cuyos reyes eran nativos
de Tinis, se llaman dinastías tinitas. Y el período en el que reinaron suele
denominarse Arcaico, y duró del 3100 al 2680 a. C, más de cuatro siglos.
Las tumbas nos proporcionan una valiosa información
acerca de la creciente importancia de Menfis, incluso en los primeros tiempos
del Egipto Arcaico. Y la especial utilidad de las tumbas para el conocimiento
de la historia se deriva, a su vez, de la naturaleza de la religión egipcia.
La antigua religión de los egipcios se originó probablemente
en los viejos tiempos de la caza, cuando la vida dependía de la suerte de
encontrar un animal y de matarlo. De ahí que se diese la tendencia a adorar a
una especie de dios animal, con la esperanza de que, al propiciarse a este
dios, habría gran abundancia de los animales que el dios controlaba. Si los
animales eran peligrosos, la adoración de un dios, en parte bajo la forma del
animal en cuestión, evitaría que sus bestias hiciesen demasiado daño. Esta
parece ser la razón por la que los dioses egipcios, aun en tiempos posteriores,
llevaban cabezas de halcón, chacal, ibis e incluso de hipopótamo.
Sin embargo, cuando la agricultura se convirtió en
la forma principal de vida, se injertaron nuevos dioses y nuevas creencias
religiosas en las antiguas. Existía el culto natural al sol, que en el soleado
Egipto era una poderosa fuerza y, evidentemente, el dador de luz y calor.
Asimismo, debido a que las crecidas del Nilo sobrevenían siempre en el momento
en que el sol alcanzaba cierta posición entre las demás estrellas, se acabó por
atribuir al sol el control sobre todo el ciclo vital del río, y se le consideró
el dador de toda vida. Bajo diversos nombres los egipcios adoraron al sol
durante milenios. El nombre más conocido del dios sol era Re o Ra.
Es posible que el culto del sol condujera de forma
natural a la noción del ciclo de vida, muerte y renacimiento. Cada tarde el sol
se ponía por el Oeste, y cada mañana se elevaba de nuevo. Los egipcios
imaginaban al sol como un infante que aparecía por el Este, crecía con rapidez,
alcanzando el pleno desarrollo a mediodía, la madurez al ir cayendo hacia el
Oeste, y la vejez y la muerte al irse poniendo y desaparecer. Pero tras
realizar un peligroso viaje a través de las cavernas del mundo subterráneo,
volvía a aparecer por el Este, a la mañana siguiente, con el aspecto fresco y
joven de un muchacho, renovando así su vida.
En las comunidades agrícolas no es fácil dejar de
constatar que también el grano sigue un ciclo semejante, aunque más lento.
Madura y es segado y, aparentemente, muere; pero de sus semillas puede nacer
nuevo grano en la siguiente estación de siembra.
Con el tiempo, este ciclo de nacimiento, muerte y
renacimiento se incorporó a la religión egipcia. Esta se centraba en el dios de
la vegetación, Osiris, al que siempre se representaba bajo una forma totalmente
humana, sin atributos animales. Según el mito, había sido Osiris quien había
enseñado a los egipcios las artes y los oficios, incluida la práctica de la
agricultura. En otras palabras, era la civilización personificada.
Según la leyenda, Osiris fue muerto por su hermano
menor, Set. (Es posible que Set sea la personificación del desierto árido y
seco, siempre al acecho para acabar con la vegetación, si, por alguna razón, la
crecida del Nilo llegase a faltar.) La leal y amorosa esposa de Osiris, Isis,
representada también con forma humana, había recogido su cuerpo y lo había
devuelto de nuevo a la vida; pero Set había descuartizado el cuerpo, y uno de
los fragmentos se perdió. Incompleto, Osiris no pudo seguir gobernando sobre
los hombres vivos y descendió al mundo subterráneo, donde reinó sobre el
dominio de las almas de los hombres, que allí descendían también después de la
muerte.
Horus, hijo de Osiris y de Isis (representado por lo
general como un dios con cabeza de halcón, por lo que tal vez constituya una
supervivencia de los mitos primitivos incorporada a la nueva leyenda agrícola),
completó la venganza matando a Set.
La narración encaja también en el ciclo del sol.
Osiris representaba al sol poniente, muerto por la noche (Set). Horus es el sol
naciente que, a su vez, mata a la noche. El sol agonizante desciende al mundo
subterráneo, como Osiris.
Era natural que se llegase a asociar estos ciclos a
la humanidad. Muy pocos aceptan la muerte, y a casi todos nos gustaría que la
vida continuase de alguna manera más allá de la muerte, o que se «reavivase»
después de morir, como sucede con el trigo y con Osiris.
Para garantizar este renacimiento del hombre hay que
rendir el debido culto y propiciar a los dioses (en particular a Osiris), que
tienen pleno poder sobre estos asuntos.
Los egipcios conservaban cuidadosamente los
diferentes rituales, plegarias, himnos y cánticos que debían ser repetidos o
cantados si se quería garantizar la supervivencia del alma después de la
muerte. Tales rituales fueron acumulándose a lo largo de los siglos, como es
lógico, pero en esencia provenían de los tiempos arcaicos e incluso, quizá, del
Egipto predinástico.
Un documento que contiene una lista de estas
fórmulas —una recopilación más bien heterogénea, sin una interrelación o un
orden mucho mayor que el que puede hallarse en el Libro de los Salmos de la
Biblia— fue publicado en 1842 por el egiptólogo alemán Karl Richard Lepsius. El
escrito le había sido vendido por un individuo que lo había encontrado mientras
saqueaba una vieja tumba.
El documento se suele denominar el Libro de los
Muertos, aunque no es ése el nombre que le dieron los egipcios. La parte
principal del libro es una lista de fórmulas y encantamientos para que el alma
alcance y atraviese sana y salva la gran sala del juicio. Si era absuelta de
todo mal (y la idea egipcia del bien y del mal se parece mucho a la de
cualquier hombre honrado de hoy día), podía entrar en la gloria eterna con
Osiris.
Parece ser que la salvación en la otra vida requería
asimismo la presencia física del cadáver. Es probable que esta idea haya
surgido del hecho de que en el suelo seco de Egipto los cuerpos se descomponen
lentamente, de modo que los egipcios pensaron que la prolongación de la duración
de la forma física del cuerpo era algo natural e incluso deseable, y buscaron
medios para conseguirla.
Así, el Libro de los Muertos contiene instrucciones
para la conservación de los cadáveres. Los órganos internos (que se descomponen
mucho antes) se sacaban y se colocaban en jarras de piedra, si bien el corazón,
como núcleo principal de la vida, volvía a ser metido en el cuerpo.
Posteriormente el cuerpo se trataba con productos
químicos y se envolvía en vendas untadas con pez para hacerlas resistentes al
agua. Los cadáveres embalsamados se llamaron momias, término derivado de la
palabra persa para pez. (Pero ¿por qué persa? Pues porque los persas dominaron
Egipto durante un tiempo en el siglo V a. C, y luego la palabra pasó a los
griegos, y de los griegos a nosotros.)
El interés egipcio por la momificación derivaba
quizá de la superstición, pero tuvo ciertos resultados muy útiles. Impulsó a
los egipcios a estudiar los productos químicos y su comportamiento. De este
modo se alcanzó un gran conocimiento práctico, y hay algunos que pretenden
hacer derivar la palabra «química» de «Jem» o «Khem», la antigua denominación
egipcia para su propio país.
Por si la conservación fallaba o la momia no era
adecuada, se usaban además otros métodos para imitar la vida, a modo de
«apoyo». Se colocaban en la tumba estatuas del muerto; numerosos objetos de los
usados en vida por el muerto —instrumentos, adornos, modelos reducidos de
muebles y de siervos, e incluso alimentos y bebidas— eran colocados en la
tumba.
Luego, además, las paredes de la tumba se cubrían
con inscripciones y pinturas que representaban escenas de la vida del difunto.
Gracias a estas inscripciones y pinturas hemos obtenido muchos conocimientos
sobre la vida cotidiana de los antiguos egipcios. Por ejemplo, en ella vemos
escenas de caza de elefantes, de hipopótamos y de cocodrilos, y tenemos un
ejemplo gráfico de la enorme riqueza del valle del Nilo en los tiempos
antiguos.
Hay escenas de festines que nos informan sobre lo
que comían los antiguos egipcios. Y contemplamos también pinceladas íntimas de
la vida familiar y de niños jugando. Vemos que había calor y amor familiar; que
las mujeres gozaban de una elevada posición en la sociedad (mucho más alta que
entre los griegos); que a los niños se los mimaba a veces, y se era indulgente
con ellos. Resulta más bien irónico que sepamos tanto sobre la vida de los
egipcios gracias al interés de éstos por la muerte.
Los métodos para garantizar la vida después de la
muerte llegaron a ser muy elaborados y muy caros. Quizá se debió esto a que en
un primer momento se aplicaban tan sólo a los reyes. El rey (como solía ser el
caso en muchas sociedades antiguas) era considerado representación de todo el
pueblo en su relación con los dioses, por lo que, así, gozaba de los atributos
de la propia divinidad.
Si el rey entraba en relación con los dioses de
acuerdo con las fórmulas adecuadas, el Nilo se desbordaría y las cosechas
crecerían, en tanto que la enfermedad y los enemigos humanos serían mantenidos
a distancia. El rey lo era todo, pues el rey era Egipto.
Como era natural, cuando el rey moría ningún otro
ritual era tan elaborado ni tan bello como el que se le dedicaba, pues se
trataba de enterrar a Egipto, y todos los egipcios que habían muerto durante el
reinado alcanzarían la vida eterna junto con el rey.
Con el paso del tiempo, sin embargo, y a medida que
la riqueza de Egipto aumentaba, los distintos funcionarios importantes de la corte
y los gobernadores provinciales —la nobleza— aspiraron también a un trato
semejante.
Ellos también quisieron tumbas y exigieron ser
momificados; desearon alcanzar una supervivencia personal, y no una ligada a la
supervivencia del rey. Esto dio a la religión una base más amplia, pero
contribuyó a desviar un peligroso porcentaje del esfuerzo nacional egipcio
hacia un campo más bien estéril, el de los enterramientos. Esto, además,
aumentó el poder de la nobleza hasta límites a veces muy peligrosos.
Dado que los ricos y poderosos tenían enterramientos
costosos, era natural que surgiese la tendencia a «no ser menos que el vecino».
Cada uno trató de superar a los demás, y las familias intentaron obtener
prestigio a través de la magnificencia con que enterraban a sus difuntos.
Las riquezas enterradas con los muertos, bajo forma
de metales preciosos, atrajeron naturalmente a los ladrones de tumbas. Los
mejores métodos de preservar estos tesoros, de esconderlos, de cegar los
accesos, de protegerlos con el poder de la ley y la invisible amenaza de la
venganza de los dioses no bastaban para salvaguardar los tesoros, y son pocas
las tumbas que han sobrevivido mínimamente intactas hasta nuestros días.
Nuestro primer impulso es, naturalmente, el de
rechazar con horror a los ladrones de tumbas; primero, porque robar con miras a
la ganancia personal es reprobable, y hacerlo a un muerto indefenso lo es aún
más; y segundo, porque los arqueólogos se han visto privados, de este modo, de
restos valiosísimos sobre el antiguo Egipto.
Por otro lado, tengamos presente que los egipcios,
al enterrar tan insensatamente grandes cantidades de oro en una época en que no
existía nada que, como el papel moneda, lo sustituyese, estaban descabalando
innecesariamente su economía. Los ladrones de tumbas, cualesquiera hayan sido
sus motivaciones, fueron útiles al menos para que las ruedas de la sociedad
egipcia continuaran girando, al volver a poner en circulación el oro y la
plata.
Son las tumbas, además, las que nos hablan de la creciente
importancia de Menfis en la época Arcaica. Es una mera cuestión de números,
pues hay una enorme cantidad de tumbas antiguas que horadan la piedra caliza de
las lomas desérticas que bordean el valle del Nilo al oeste del antiguo
emplazamiento de la ciudad de Menfis. Hoy en aquel lugar se alza una aldea
llamada Sáqqara, y las tumbas se conocen por este nombre.
Las primeras tumbas eran estructuras oblongas, cuya
forma se parece a la de los poyos rectangulares construidos en el exterior de
las casas egipcias. Estos poyos se llaman mastabas en árabe moderno, y el mismo
nombre se da a estas tumbas antiguas.
Las antiguas mastabas se construyeron de ladrillo.
La cámara mortuoria, que albergaba los restos del difunto en un féretro
protector, a veces hecho de piedra, estaba debajo, y solía estar, por razones
de seguridad, cerrada. Por encima se hallaba una habitación abierta al público
en la que se veían pinturas sobre la vida del muerto, y a la cual la gente
solía acudir para rezar plegarias rituales por el muerto.
Algunas de las más antiguas tumbas de Sáqqara
pertenecen al parecer a varios reyes de la I y II Dinastías. Si esto es así,
ello quiere decir que Menfis fue su capital, al menos durante parte del tiempo.
| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |