| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
La expansión
del Imperio bajo Justiniano fue de breve vida. Inmediatamente después de su
muerte, en el 565, nuevas invasiones bárbaras penetraron violentamente en
Italia, y hacia el 570 la mayor parte de la península se había perdido de
nuevo.
Por si esto
fuera poco, había otras causas de aflicción, además de
los bárbaros de occidente; el Imperio Romano de Oriente tenía enemigos también
en el este. Todos los años en que los emperadores (y no sólo Justiniano, sino
los que le habían precedido y sucedido) habían tenido la vista fija en
occidente, en un intento de restaurar el dominio romano en ese área, habíanse
visto obligados a combatir constantemente contra Persia, en su retaguardia.
E incluso
mientras Justiniano conquistaba territorios en el oeste, tuvo que combatir dos
guerras contra Persia y, al final, se vio obligado a «comprar» la paz. El
problema llegó a su culminación durante el reinado del persa Josrau II, conocido
por los griegos con el nombre de Cosroes.
Cosroes II aprovechó
la ocasión cuando el Imperio Romano de Oriente estaba siendo arrasado y
debilitado por las incursiones de un pueblo nómada, los avaros. Establecido en
el Danubio, este pueblo había realizado numerosas incursiones en las provincias
balcánicas desde la muerte de Justiniano.
Por ello, el
rey persa pudo llevar a cabo una penetración sin precedentes,
marchando directamente a través de Asia Menor. En el 608 Cosroes II había
alcanzado Calcedonia, al otro lado de los estrechos frente a la propia
Constantinopla.
Sus ejércitos
se dirigieron también hacia Siria, donde los monofisitas vieron en el rey persa
no a un invasor, sino a un libertador que podía rescatarlos de la ortodoxia de
Constantinopla. En tal situación, la conquista se presentaba fácil. Cosroes II tomó
Antioquía en el 611 y Damasco en el 613.
En el 614 el
Imperio sufrió un golpe descorazonador, cuando el
ejército persa llegó hasta la propia Jerusalén y se llevó la «Vera Cruz» (es
decir, la cruz en que, según la leyenda, Jesús había sido crucificado).
Asimismo, en
el 619 los persas penetraron en Egipto y, a causa de la controversia
monofisita, lo conquistaron fácilmente, lo mismo que Alejandro Magno mil
años antes. En aquella ocasión Alejandro había sido considerado como libertador
del yugo persa, y ahora, por una ironía de la Historia, el rey persa era
considerado como libertador de la dominación griega.
De hecho,
con esa victoria, parecía que Cosroes II había desbaratado finalmente la obra de
Alejandro. Un milenio después del gran desastre persa, las luchas de
generaciones enteras de dirigentes persas con los reyes seleúcidas primero, y
luego con los emperadores romanos, habían llegado a su culminación. Por fin
habían recuperado lo que habían perdido: la meseta irania, Mesopotamia, Siria,
Asia Menor e incluso Egipto.
Un nuevo
emperador, Heraclio, apareció en escena para hacer frente a la
crisis, pero daba la sensación de que gobernaba sobre un imperio tan reducido
que estaba a punto de desaparecer. No
sólo
los persas se habían apoderado de todo el oriente, sino que en el 6l6 las
tribus germanas de España se habían hecho con todas las posesiones del imperio
en ese territorio. Al mismo tiempo, los avaros presionaban sobre las fronteras
del Danubio, haciendo su aparición en las comarcas próximas a Constantinopla,
en el 619, mientras las huestes persas observaban amenazadoramente la ciudad
desde el otro lado del estrecho.
Heraclio
tardó
diez años en reorganizar y reforzar a su ejército. Compró la paz a los avaros,
y en plena explosión de entusiasmo religioso, lanzó a su ejército contra el
Asia Menor. En el 622 y en el 623 limpió de persas la península, y tras esto,
inició una larga y ardua penetración hacia el corazón de Persia. Nada lo apartó
de esta decisión, ni siquiera la noticia de que los avaros habían roto la
tregua y, en el 626, estaban tratando de asaltar Constantinopla. Heraclio
decidió abandonar a la ciudad a su suerte, en vez de aminorar la presión sobre
su principal enemigo.
Constantinopla
pudo sobrevivir gracias a que sus murallas aguantaron el asalto avaro. Luego,
hacia finales del 627, junto al lugar donde se hallaba la antigua Nínive,
Heraclio derrotó al grueso del ejército persa tras una dura lucha. Los persas
tuvieron bastante con esto; Cosroes fue depuesto y muerto, y su sucesor se vio
obligado a firmar la paz rápidamente. Todas las tierras conquistadas por los
persas fueron recuperadas, incluso Egipto. La Vera Cruz fue devuelta también, y
Heraclio en persona la llevó a Jerusalén. Las oleadas avaras de los Balcanes
comenzaron a refluir, y durante algunos años pareció que todo había vuelto a su
cauce, como había sucedido en tiempos de Justiniano (salvo por lo que se
refiere a la pérdida de Italia y España).
Pero
Heraclio se había dado cuenta de que existía una grieta
fatal en el imperio, y ésta era la persistente diversidad de creencias
religiosas. Siria y Egipto habían caído tan fácilmente por sus contrastes
religiosos con la capital del imperio, y Heraclio sabía que esto se repetiría
una y otra vez, siempre que un ejército extranjero se aproximase a esos
territorios, a menos que no se alcanzase algún tipo de reconciliación.
Intentó,
así, llegar a un compromiso. Constantinopla sostenía que Jesucristo tenía dos
naturalezas, divina y humana, en tanto que Egipto y Siria defendían que tenía
sólo una. ¿Por qué, entonces, no podían aceptar todos que aun cuando Jesucristo
tuviera dos naturalezas, tenía una sola voluntad -en otras palabras, ambas naturalezas
no podían entrar en conflicto-. La idea de que había dos naturalezas que
actuaban siempre como una sola se denominó monotelismo («una única voluntad»),
y pareció que todos, con seguridad, tenían que estar de acuerdo con este feliz
compromiso.
Quizá
podría haber sido así, si la disputa religiosa hubiese sido solamente
religiosa. El problema está en que los elementos nacionalistas de Siria y
Egipto no estaban interesados en una reconciliación. Es muy posible que si
Constantinopla hubiera aceptado completamente el monofisismo, Siria y Egipto
habrían hallado cualquier otra causa de disputa. El contraste subsistió, y
nada, ni las palabras ni los hechos, lograron paliarlo.
Por otro
lado, todo el problema de la controversia monofisista y del contraste religioso
estaba a punto de convertirse en un asunto puramente académico
-incluso cuando Heraclio se hallaba todavía en el trono-. No faltaba mucho para
que se produjese un giro decisivo en la Historia.
Los cuatro
siglos de guerras entre el Imperio y Persia y, en particular, los últimos
veinte años de luchas desesperadas, habían privado a ambos bandos de sus
últimos residuos de energías. Se habían combatido entre sí hasta quedar inertes
y jadeantes, cada uno en su rincón y ahora entraba en lid un nuevo combatiente,
fanático y con sus fuerzas intactas.
El nuevo
factor provenía, para mayor sorpresa de todos, de un
lugar inesperado: la península arábiga.
Arabia, en
gran parte desértica, había conocido interesantes
civilizaciones en sus regiones marginales más fértiles, y éstas habían incidido de vez en cuando
con las regiones del mundo consolidadas. Los reyes egipcios habían comerciado
con el sudoeste de Arabia, donde estaba la tierra de Punt; y allí se
localizaban también los países bíblicos de Saba y de Ofir.
Los árabes
no habían sido nunca más que un estorbo, a lo sumo, y cada vez que los imperios
del noroeste y del noreste decidieron ejercer a fondo su poder, habían sido
aplastados sin contemplaciones.
Pero ahora
las tribus árabes
se hallaban bajo jefes nuevos y dinámicos, justo cuando los dos reinos del
norte tenían que hacer equilibrios para mantenerse y ya no podían emplear «a
fondo» su poder.
Esto fue así
como resultado del renacimiento religioso árabe. El primitivo politeísmo árabe
había retrocedido ante las sofisticadas creencias de judíos y cristianos. Pero
el avance del monoteísmo fue lento, por razones nacionalistas, ya que tanto el
judaísmo como el cristianismo eran religiones extranjeras y extrañas. Se hacía
necesaria, pues, una versión nativa de estas religiones.
En La Meca,
la ciudad santa de las tribus árabes, que se hallaba justo al otro
lado del mar Rojo, frente a la costa egipcia, había nacido hacia el 570 un
muchacho llamado Mohammed. Había pasado su juventud de manera oscura, pero a la
edad de cuarenta años comenzó a predicar un tipo de monoteísmo basado en los
dogmas del judaísmo y del cristianismo, pero con modificaciones adaptadas a los
gustos y al temperamento árabes. Finalmente, sus disertaciones fueron
recopiladas en un libro llamado Corán (nombre
que proviene de una palabra árabe que significa «leer»).
La nueva
religión
predicada por él se llamó Islam («sumisión», a los deseos de Dios), aunque con
frecuencia se la denomina mahometanismo, en honor al profeta, cuyo nombre se escribe
también Mahomet. A los que aceptan el Islam se los llama musulmanes («aquellos
que se someten», de nuevo también a Dios).
Mohammed,
llamado más
comúnmente en español Mahoma, se halló con que, como le había ocurrido a Jesucristo en su época,
era difícil obtener la benévola atención de sus propios paisanos. En el 622
Mahoma fue obligado a abandonar la Meca (la «hégira», palabra que en árabe
significa «huida»), acompañado por un puñado de seguidores. Halló refugio en la
ciudad de Medina, a 350 millas al norte.
Así
pues, mientras el mundo tenía puesta su atención en los hercúleos esfuerzos de
Heraclio para invadir y derrotar a Persia, en Arabia -sin que nadie se
percatase de ello- estaba desarrollándose una lucha semejante, incluso más
trascendental. Poco a poco, muy despacio, Mahoma reorganizó a sus seguidores en
la ciudad de Medina, los agrupó, e hizo de ellos una fuerza de combate,
impulsada por su fervor hacia la nueva fe.
En el 630
volvió
por la fuerza a La Meca, que lo había expulsado ocho años antes. En ese mismo
año el mundo vio cómo Heraclio regresaba triunfalmente a Jerusalén; sólo unas
cuantas oscuras tribus supieron de la vuelta, también triunfal, de Mahoma a La
Meca.
Ahora los
progresos de Mahoma eran muy rápidos. En la época de su muerte, en el
632, todas o casi todas las tribus árabes estaban unidas bajo la bandera del
Islam. Estaban dispuestas a difundir su fe con fanática autoconfianza, en el
nombre de Alá (palabra afín a la bíblica «El», que significa «Dios»). Con Alá a
su lado no podían perder, pues aunque fueran muertos, morir en batalla contra
el infiel significaba ir inmediatamente, y para la eternidad, al paraíso.
A Mahoma le
sucedió
Abú Bakr, su anciano suegro y uno de sus primeros discípulos. Este fue el
primer califa (de la palabra árabe que significa «sucesor»). Bajo su gobierno,
los ejércitos árabes se desparramaron por el norte hacia Persia, y por el
noroeste, hacia Siria, pues los rudos e inexpertos árabes no veían ningún mal
cálculo en ocupar Persia y el Imperio Romano oriental al mismo tiempo.
No hay duda
de que lanzar este ataque veinte años antes, antes de la desastrosa guerra
romano-persa, o veinte años después, cuando ambos imperios habían podido
recuperarse, habría significado su fin. Pero cuando el ataque tuvo lugar, Alá pareció
orientarlos para hacerlo en el momento adecuado.
Heraclio
subestimó
el peligro árabe. Agotado por los sobrehumanos esfuerzos de la guerra
romano-persa, saciado por la gloria de la victoria, aspiraba sólo a la paz y al
descanso en sus últimos años, y estaba decidido a no salir en campaña. Por ello
envió a su hermano, con fuerzas nada adecuadas. Los árabes lo derrotaron y
entraron en Damasco en el 643. Según cuenta la leyenda, Abú Bakr murió ese
mismo día y ocupó su puesto Omar, otro viejo compañero de Mahoma.
La derrota
inicial del Imperio Romano de Oriente conmocionó a Constantinopla, y
un poderoso ejército imperial comenzó a avanzar hacia el sur, penetrando en
Siria, con el fin de poner las cosas en su sitio. Los árabes se retiraron,
abandonando Damasco por el momento.
Sin embargo,
el ejército
imperial era sólo poderoso en apariencia. Estaba compuesto mayoritariamente por
mercenarios que no estaban seguros de cobrar la paga, y la población monofisita
de Siria se mostraba indiferente o algo peor. Esta no sabía mucho sobre los
árabes y sobre su recién inventado Islam, fuese lo que fuese, pero sabían con
certeza que odiaban a Constantinopla y a su política religiosa.
El 20 de
Agosto del 636, pues, se combatió una de las batallas decisivas de la
historia del mundo. La lucha tuvo lugar a orillas del Yarmúk, río que fluye
hacia occidente, a través de Trans-Jordania, y desemboca en el Jordán. La
batalla fue dura, y los árabes retrocedieron una y otra vez ante el empuje del
ejército imperial.
Pero, sobre
sus caballos y dromedarios, los infatigables árabes siempre
lograban volver a la carga. Y cuando finalmente el ejército imperial se hubo
agotado, fue exterminado casi hasta el último hombre.
La victoria árabe
fue definitiva. El Imperio Romano de Oriente estuvo casi a la defensiva durante
los ocho siglos que le quedaron de vida.
Los árabes
se expandieron libremente en las provincias que los acogían con simpatía, en el
mejor de los casos, y en el peor, con indiferencia.
En el 638,
conquistaron Jerusalén, tras un asedio de cuatro meses. Sólo
ocho años antes Heraclio había llevado a la ciudad la Vera Cruz, y toda la
cristiandad se había regocijado; pero ahora se le había
escapado de nuevo, y esta vez para siempre.
También
fue conquistado el resto de Siria; y lo mismo sucedió con Mesopotamia,
arrebatada de las manos vacilantes de los monarcas persas. En efecto, Persia,
que había combatido tan animosamente y con tanta tenacidad contra los romanos,
se encontró desarmada frente a esa nueva fuerza cuya irresistibilidad parecía
casi demoníaca. Los persas perdieron una batalla tras otra, y en el 641 ya no
fueron capaces de ofrecer una resistencia organizada. La Persia que sólo veinte
años atrás parecía haber recuperado su poder como en los mejores tiempos, cesó
de existir. A los árabes sólo les quedaba la tarea de ocupar y limpiar, de
hacer frente a alguna escaramuza ocasional y saquear alguna que otra ciudad.
Entre tanto,
otros ejércitos
árabes de Siria se volvieron hacia el sur, bajo el mando del general Amr ibn
al-As. En el 640 sus huestes aparecieron ante Pelusio, donde en su día se
detuvieran los ejércitos de Senaquerib, trece siglos y medio antes.
Tras un mes
de asedio Amr tomó la ciudad, y como en el caso de otros
muchos invasores de Egipto, de los hicsos en adelante, la primera batalla fue
también la última, y Egipto fue conquistado casi sin lucha.
Heraclio
murió
en el 641, descansando por fin para siempre, en medio del clamor de la derrota
total, a pesar de las victorias de la primera mitad de su reinado, y al año
siguiente, en el 642, Amr ocupaba Alejandría. Un contraataque imperial
proveniente del mar recuperó por poco tiempo la ciudad —pero sólo por poco
tiempo-. Casi mil años de gloria griega y romana terminaron para siempre.
Existe la
leyenda de que la biblioteca de Alejandría fue destruida
finalmente en esta época. Su contenido fue dispuesto a los pies de ese terco y
rígido primer califa, Omar, a quien se atribuyen las siguientes palabras: «Si
estos libros coinciden con el Corán, son innecesarios; si están en desacuerdo
con él, son perniciosos. En cualquier caso, destruidlos».
Con todo,
como siempre ocurre con muchas leyendas, los historiadores sospechan que en ésta
hay interés pero no verdad. En realidad, en los siglos de régimen
cristiano, fuertemente antipagano, de Egipto, poco debió quedar en la
biblioteca que Omar pudiera destruir.
Los
monofisitas de Egipto debieron pensar que la supresión del dominio
constantinopolitano les iba a proporcionar la posibilidad del libre ejercicio
de su religión y, de hecho, los árabes tendieron a ser tolerantes con el
cristianismo. Sin embargo, había que contar con el aliciente del éxito.
En los
veinte años
posteriores a la conquista árabe de Egipto, los ejércitos musulmanes avanzaron
hacia Nubia, en el sur, y hacia el oeste, contra las provincias que aún
pertenecían a Roma del norte de África. Cartago fue conquistada en el 698, y en
el 711 toda la costa norte de África era musulmana. ¿Qué argumentos podía haber
contra la victoria?.
Además,
los cristianos egipcios no sentían ninguna afinidad por sus hermanos europeos.
En el 680 se celebró el sexto concilio ecuménico, en Constantinopla, y en él
quedó excluido todo posible compromiso sobre la teoría de la doble naturaleza
de Cristo.
Los cristianos
de Egipto se sintieron doblemente aislados, primero por la victoria musulmana,
y luego por la intransigencia europea. Poco a poco, pues, Egipto fue cambiando.
Menfis, la
capital cuya antigüedad se remontaba a 3.500 años atrás, se
hundió finalmente en la ruina total. Se construyó una nueva capital musulmana
junto a ella, Al-Fustat.
También
cambió la vieja lengua, y en el 706 el árabe se convirtió en la lengua oficial
del país. El cristianismo decayó cuando el pueblo vio que la conversión al
Islam abría el camino a las ventajas que proporcionaban las preferencias
gubernamentales. Lo peor de todo fue que la prosperidad desapareció. Los árabes
-hijos de una sociedad del desierto poco habituada a la agricultura- no
hicieron ningún esfuerzo por mantener en pie el sistema de canales, que decayó.
La depauperación y el hambre se enseñorearon del país, que se hundió en la más
abyecta pobreza, que perdura todavía hoy.
Los egipcios
nativos se rebelaron varias veces. Una revuelta que tuvo lugar en el 831 fue
aplastada tan sangrientamente que no volvió a repetirse. (A
decir verdad el cristianismo no desapareció nunca, e incluso hoy día la Iglesia
copta cuenta con un cinco por ciento de la población egipcia y en la liturgia
utiliza su antiguo idioma. Antes de la llegada de los árabes, los misioneros
egipcios habían introducido el cristianismo en Nubia y en lo que hoy se llama
Etiopía, y hoy sigue siendo la religión dominante en este último país. Tanto la
Iglesia copta como la etíope siguen siendo monofisistas).
Con la
desaparición
total del antiguo Egipto —ciudades, idioma, religión, prosperidad— el autor
tiene la tentación de finalizar aquí la historia. Pero la tierra y la gente aún
están ahí, y expondremos brevemente su historia hasta nuestros días.
El vasto
imperio islámico,
creado en el siglo VIII, era demasiado extenso como para perdurar
unido. En el siglo IX comenzó a resquebrajarse en fragmentos opuestos entre sí.
En 866
Egipto consiguió de nuevo la independencia durante un
tiempo, bajo una débil dinastía, los tulúnidas. En el 969 tomó el poder una
dinastía más poderosa, los fatimíes. El primer fatimí decidió abandonar
Al-Fustat, que había sido capital durante casi tres siglos. En el 973 fue
erigida una nueva ciudad a tres millas al norte, que se llamó Al-Qáhira («la
Victoriosa»), que nosotros llamamos El Cairo, y que hace ya mil años que es la
capital de Egipto.
El más
conocido de los gobernantes fatimíes de Egipto fue Al-Hakim, fanático religioso
que persiguió encarnizadamente a los cristianos. En el 1009 demolió la iglesia
del Santo Sepulcro de Jerusalén. Esto provocó gran indignación en Europa y
ayudó a preparar las bases de las Cruzadas.
Las Cruzadas
fueron la causa de que Egipto volviese a entrar de nuevo en la historia
occidental. Durante cuatro siglos, mientras Europa se había
abierto camino penosamente
a través
de una época de oscuridad, Egipto se había mantenido fuera de su horizonte. Sin
embargo, en el 1096, comenzaron a avanzar hacia Oriente, hacia Palestina,
ejércitos cristianos pobremente organizados, ingeniándoselas para obtener
algunas victorias contra los desunidos musulmanes. En el 1099 tomaron
Jerusalén.
En este
momento la dinastía fatimí estaba en decadencia
pronunciada. Un visir (lo que nosotros llamaríamos un primer ministro) cuyo
nombre era Saláh al-Din Yúsuf ibn Ayyúb, tomó el poder. Los occidentales lo
conocen por el nombre de Saladino.
Saladino fue
el gobernante más capacitado que tuvo Egipto desde la
época de Ptolomeo III, nueve siglos antes. Estableció su
control sobre Siria y Egipto, y estuvo a punto de echar al mar a los cruzados,
recuperando Jerusalén en el 1187.
Pero bajo
sus más
débiles sucesores los cruzados se recuperaron e incluso trataron de invadir el
propio Egipto. El más ambicioso intento europeo fue el de Luis IX de
Francia (san Luis), que desembarcó en el delta del Nilo en 1248. Pero Luis IX fue
derrotado y capturado en 1250.
Durante
largo tiempo los gobernantes egipcios habían gobernado con ayuda
de un ejército personal de esclavos, o «mamelucos» (de la palabra árabe que
significa «esclavo») . En la confusión originada por la invasión de Luis IX, su
poder aumentó.
Baibars, uno
de los generales mamelucos, mandaba el ejército egipcio en el
momento en que los mongoles -una irresistible horda nómada proveniente de Asia
Central- arrasaban todo lo que se les ponía por delante. Habían conquistado
China y Persia, e incluso, mientras los cruzados combatían inútiles batallas en
Siria y Egipto, los mongoles habían ocupado toda Rusia. Ahora estaban arrasando
el Asia sudocidental.
Parecía
no haber esperanzas para nadie. En cuarenta años, los mongoles no habían
perdido una sola batalla.
Pero en 1260
se enfrentaron a Baibars en el norte de Palestina. Para sorpresa del mundo,
Baibars y sus mamelucos resultaron victoriosos. Los mongoles retrocedieron, una vez derruido el mito de
su invencibilidad. Y Baibars se hizo con el dominio de Egipto.
Los
mamelucos continuaron gobernando de manera piratesca durante varios siglos,
pero finalmente hallaron un contrincante digno de ellos en los turcos otomanos.
Estos últimos
habían extendido su dominio por Asia Menor, habían llegado hasta Europa, y en
1453 habían tomado la gran ciudad de Constantinopla. Y continuaron su expansión
no sólo contra los cristianos de Europa, sino contra los musulmanes de Asía y
África.
En 1517 el
sultán
otomano Selim I («el Inflexible») aplastó en una batalla a los mamelucos, y
marchó contra El Cairo. Durante un tiempo Egipto volvió a estancarse. Sin
embargo, el imperio otomano decayó lentamente y en 1683, tras una última
ofensiva lanzada contra las murallas de Viena, inició su retroceso ante las
embestidas de austríacos y rusos. En 1769 el poderío otomano había decaído de
tal forma que Egipto se encontró de nuevo bajo el dominio de los mamelucos.
Pero por
esta época
era en Europa occidental donde se hallaban las mayores potencias de la Tierra.
En 1798, un ejército francés invadió Egipto por primera vez desde Luis IX, cinco
siglos y medio antes. Este ejército francés estaba mandado por Napoleón
Bonaparte.
De nuevo los
mamelucos se unieron contra un invasor, pero, pese a su coraje, sus sables y
sus anticuadas cargas no eran enemigo suficiente frente al disciplinado orden
del ejército
occidental, mandado por el general más importante de los tiempos modernos. En
la batalla de las Pirámides los mamelucos fueron destrozados. Cuando Napoleón
fue forzado a abandonar Egipto, lo fue debido a la actividad de la flota
británica, que cortó sus líneas de comunicación, y no la de los egipcios o
turcos.
De 1805 a
1848 fue de nuevo prácticamente independiente, bajo el firme
gobierno de Mohammed Alí. En 1811 atrajo a los jefes mamelucos a una fortaleza,
con el pretexto de invitarlos a un banquete para festejar una victoria. Todos
fueron asesinados, y el poderío mameluco tocó a su fin, después de seis siglos
de existencia.
De nuevo se
hicieron planes para conectar el mar Mediterráneo y el mar Rojo por
medio de un canal. En 1856 un gobernante egipcio, Abbás I (sobrino-nieto de
Mohammed Alí) concedió al promotor francés Ferdinand de Lesseps el permiso para
proyectar la construcción de un canal a través del istmo de Suez. En 1869 el
canal de Suez fue inaugurado oficialmente por el nuevo gobernante egipcio,
Ismail, nieto de Mohammed Alí.
En su honor,
Ismail había
encargado al gran compositor italiano Giuseppe Verdi una opera de tema egipcio.
El resultado fue Aida, estrenada en
El Cairo la víspera de Navidad de 1871. Fue una hermosa e impresionante
interpretación de las antiguas guerras entre egipcios y etíopes (nubios).
Pero el
disparatado tren de vida de Ismail condujo a Egipto a la bancarrota, y en 1875
se vio forzado a vender el control del canal a Gran Bretaña,
a cambio de dinero suficiente para poner en orden sus asuntos. En 1882, Gran
Bretaña ocupó directamente Egipto.
En el curso
de la primera guerra mundial el imperio otomano llegó a su fin, y se
hicieron promesas de liberación a los diversos países de lengua árabe. En 1922
Gran Bretaña accedió a conceder a Egipto una independencia formal; su
gobernante, Fuad I, hijo menor de Ismail, se autoproclamó rey. Con todo, los
británicos conservaron el control militar de Egipto.
En 1936 a
Fuad I le sucedió en el trono su hijo Faruk I, y en 1937
Egipto ingresó en la Sociedad de Naciones.
En 1939,
Gran Bretaña
entró en guerra con la Alemania nazi, y envió tropas a Egipto para mantenerlo
del lado británico por la fuerza, si era necesario. Poco después, en 1940,
Italia se unía a Alemania. Italia dominaba Libia, al oeste de Egipto, desde 1911;
así pues, también el norte de África se vio envuelto en la guerra.
Los
italianos trataron de invadir Egipto, pero fueron rechazados con facilidad, y
los británicos
llevaron la guerra a Libia. Alemania acudió en ayuda de su aliado, y en 1942
las fuerzas alemanas lograron penetrar profundamente en Egipto. Gran Bretaña se
vio entre la espada y la pared en El-Alamein, a sólo sesenta y cinco millas al
oeste de Alejandría.
En noviembre
de 1942 los británicos lanzaron una ofensiva en El-Alamein,
que rápidamente se transformó en su más grande victoria de la guerra. Los
alemanes fueron obligados a retirarse mil millas, Egipto se salvó, y con estos
hechos se produjo un giro decisivo en la segunda guerra mundial.
Después
de la segunda guerra mundial, sin embargo, hubo de hacerse frente a las
peticiones egipcias de plena independencia. Paulatinamente Gran Bretaña fue
obligada a abandonar el país, reteniendo únicamente el control sobre el canal
de Suez.
Mientras
tanto, un nuevo enemigo había surgido al noreste de Egipto. Durante
muchos siglos los judíos habían soñado con un eventual retorno a su antigua
patria Judea, y ahora, finalmente, este momento había llegado. En 1948, y en
contra de la continua y furiosa oposición del mundo de habla árabe, se fundó en
Palestina un estado independiente judío, Israel. Egipto trató de impedir esto
por las armas, pero sus tropas fueron derrotadas por las judías rápida y
humillantemente.
En Egipto
comenzó
a surgir una irritación general contra los extranjeros y en particular contra
los británicos. Y en 1952 estalló la revolución. Hubo matanza de extranjeros;
el rey Faruk fue obligado a abdicar, y Egipto quedó libre de casi todos sus
lazos con Occidente.
En 1954 un
oficial del ejército egipcio, Gamel Abd al-Násser,
tomó el poder e instauró una dictadura total.
Egipto planeó
la construcción de una inmensa presa cerca de la Primera Catarata, en Aswan,
que daría lugar a un gran lago artificial y convertiría millones de hectáreas
en tierra fértil. Se esperaba para ello la ayuda financiera de Estados Unidos.
Sin embargo, Egipto estaba tratando asimismo de mejorar sus relaciones con la
Unión Soviética y con otros países comunistas, y el secretario de Estado
norteamericano, John Foster Dulles -un diplomático inepto-, lo desaprobaba. De
forma repentina, en 1956 anunció que Estados Unidos no podía proporcionar
ninguna ayuda.
Egipto,
ofendido, se vio obligado prácticamente a echarse en brazos de los
soviéticos. Násser nacionalizó el canal de Suez, suprimió los últimos restos
del control extranjero, y procedió a obtener de la Unión Soviética una promesa
de ayuda económica.
Gran Bretaña,
Francia e Israel, pagando los vidrios rotos de Dulles, se unieron en un intento
de evitar que Egipto fuese arrastrado completamente al campo comunista y dieron
el poco diplomático paso de lanzarse a una guerra abierta de agresión.
Probablemente
Egipto no habría podido resistir, pero la Unión
Soviética exigió el inmediato cese de hostilidades y Dulles, víctima de sus
propios desatinos, tuvo que situar a Estados Unidos del lado de la Unión
Soviética, en este caso. Estados Unidos no podía apoyar una guerra de agresión,
y perder con ello, para siempre, la amistad árabe.
Las
potencias invasoras fueron forzadas a retirarse.
Sin embargo,
tampoco habría
paz de aquí en adelante. Egipto continuaba considerándose en estado de guerra
con Israel, negándose a permitirle el paso por el canal de Suez, y tratando de
organizar, abiertamente, una fuerza unida árabe para la revancha contra Israel.
La Unión Soviética, viendo una oportunidad para extender su influencia sobre
todo el Próximo Oriente (gracias a las chapuzas occidentales de los años
cincuenta), proporcionó armas en abundancia a Egipto y a otros Estados árabes.
A su vez, Israel obtenía armamento de Francia y organizaba a su población de
dos millones de personas para la lucha contra los sesenta de árabes hostiles de
los países circundantes.
Násser
continuaba aspirando al liderazgo de los árabes, basándose en su política
antiisraelí. En 1965 fue elegido presidente por otro mandato de seis años —tras
presentarse a unas elecciones en que no había oposición—. Mantuvo lazos
especialmente estrechos con Siria, y organizó la oposición contra los gobiernos
árabes que intentaban adherirse a una postura moderada respecto de Israel y de
Occidente. Inició incluso una larga, brutal y desdichada guerra contra sus
parientes árabes del Yemen, en el suroeste de Arabia.
Finalmente,
en 1967, consideró llegado el momento ideal. Movilizó a
sus tropas, a las que concentró en la frontera con Israel, cerró
la entrada sur del mar Rojo para impedir la navegación a los israelíes, y se
alió con Jordania, vecino oriental de Israel. Esperaba poder empujar a Israel a
atacar y después aplastar al «agresor» por el simple peso del número y de las
armas.
Násser
sólo vio cumplidas la mitad de sus esperanzas. Incitó a Israel a atacar el 5 de
junio. Y por tercera vez, los israelíes infligieron una humillante derrota a
Egipto (y también a Jordania y a Siria). Pasados seis días toda la península
del Sinaí estaba en manos de Israel y sus fuerzas ocupaban la orilla oriental
del canal de Suez.
Y ésta
es la situación hoy en día.
Egipto, todavía tremendamente pobre, tiene una población de treinta millones de
habitantes. El Cairo tiene ya tres millones. Es la mayor ciudad de África y una
de las diez mayores ciudades del mundo. Egipto puede, con todo, desempeñar
todavía un gran papel en el mundo si logra resolver sus problemas internos.
Para
resolverlos, sin embargo, deberá llegar a algún tipo de acuerdo con
Israel. No puede seguir basando todos sus actos en un perpetuo estado de guerra
con Israel, guerra que, evidentemente, no puede ganar, mientras su pueblo se
hunde cada vez más profundamente en la miseria.
Aun así,
habrá que esperar todavía mucho tiempo antes de que el Próximo Oriente deje de
ser un peón de la política mundial en el enfrentamiento entre las dos grandes
potencias, la Unión Soviética y Estados Unidos. En el mundo de hoy, ¿puede
haber paz en algún lugar hasta que no la haya en todas partes?
| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |