| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
La expansión
del cristianismo en los primeros siglos del imperio no fue del todo fácil, ni
se llevó a cabo sin oposición. Había varias religiones que competían entre sí:
el culto imperial oficial, las religiones mistéricas griegas, y los ritos
egipcios de Serapis y de Isis. Todos ellos existían ya, y continuaron
existiendo.
La más
influyente de todas ellas era el mitraísmo, una religión de origen persa que
era, en la práctica, una forma de culto del sol. Sus primeras manifestaciones
comienzan a aparecer en Roma en tiempos de Augusto y de Tiberio. Un siglo más
tarde, en tiempos de Trajano y de Adriano, llegó a ser verdaderamente
prominente, y quizá la más popular de las nuevas religiones. Quien observase el
Imperio Romano hacia el 200, podía creer fácilmente que si había una religión
que iba a predominar en el futuro en Roma, ésta era el mitraísmo, y no el
cristianismo.
Pero el
mitraísmo
tenía un inconveniente fatal. Sólo los hombres podían participar en sus ritos.
Las mujeres, al verse excluidas, solían volverse hacia el cristianismo, y eran éstas
las que criaban a los niños e influían en ellos cuando se trataba de elegir una
religión.
También
se daba una fuerte competencia entre versiones consolidadas de las viejas
filosofías griegas, y en esto desempeñó un papel importante Plotino, de origen
egipcio. Había nacido en el 205 en Licópolis, ciudad a sólo cincuenta millas al
sur del lugar donde una vez se levantó la desventurada ciudad de Ijnaton, en
tiempos de Ajetaton. Estudió en Alejandría y elaboró un sistema filosófico basado
en las enseñanzas del filósofo ateniense Platón, pero que iba a ampliarse, en
buena medida, en la dirección de las nuevas religiones: se trataba, en efecto,
de algo así como una fusión entre la racionalidad griega y el misticismo
oriental, una fusión que se llamaría neoplatonismo y que habría de convertirse
en la más popular e importante de las filosofías paganas en los dos siglos
siguientes.
De todas las
religiones y filosofías del imperio, el cristianismo era la
más exclusivista, si pasamos por alto al judaísmo, que hacia esta época había
perdido mucha importancia. Las demás religiones carecían de verdaderos deseos
de imponerse por la fuerza a los demás, conformándose con competir
deportivamente en el mercado libre de las ideas. En oposición a todas ellas se
hallaba el cristianismo, que rechazaba todo compromiso y que se consideraba la
única religión verdadera, enfrentada a un hato de falsedades inspiradas por el
diablo.
Era
profundamente irritante para los no-cristianos el hecho de que la hostilidad de
los cristianos no impedía a éstos apropiarse de lo que
estimaban útil en otras religiones. Así, el mitraísmo celebraba el 25 de
diciembre como día del nacimiento del sol, que era una fiesta popular y alegre.
Los cristianos la adoptaron como día del nacimiento del Hijo, y lo convirtieron
en la Navidad. El cristianismo adoptó también como propio mucho de lo que en
realidad era neoplatónico.
Además,
los cristianos de los primeros tiempos del Imperio Romano eran profundamente
pacifistas, y rehusaban combatir por la causa de emperadores paganos (en especial porque, como soldados, se les exigía
que participasen en el culto del emperador). Por su parte, sostenían que sólo
si el imperio se convertía al cristianismo, la guerra desaparecería y se
instauraría la sociedad ideal.
Todo esto
hizo a los cristianos extremadamente impopulares para los fieles de las demás
religiones (que solemos meter en el mismo saco con el nombre de «paganos»).
Ya había
habido persecuciones de cristianos en los primeros tiempos, sobre todo bajo
Nerón y Domiciano, pero habían sido relativamente breves y no demasiado duras.
Ahora, en el período de caos que siguió al asesinato de Alejandro Severo,
cuando el imperio se halló enfrentado a graves problemas, se intensificó la
búsqueda de una cabeza de turco, y nadie mejor, para ello, que un grupo de
extremistas impopulares que predicaban ideas pacifistas radicales.
Alrededor
del 250, el emperador Decio ordenó la primera persecución total y general
de cristianos, extendida a todo el imperio, por lo que durante casi un decenio
los cristianos atravesaron una gravísima crisis. Dos cosas los salvaron.
En primer
lugar, que los cristianos estaban tan fanáticamente convencidos
de la verdad absoluta de sus creencias que muchos se mostraban dispuestos a
morir por ellas, seguros de merecer la felicidad eterna en el cielo a cambio de
una muerte como mártir en la tierra. La firme actitud de numerosos cristianos
al hacer frente a la tortura y a la muerte era algo impresionante, y muchos de
los testigos presenciales debieron de convencerse, sin duda, del valor de una
creencia que llevaba la lealtad a tales extremos. No hay duda de que las
persecuciones hicieron más cristianos de los que mataron.
En segundo
lugar, que las persecuciones no duraron el tiempo suficiente ni se llevaron a
cabo tan completamente como para exterminar al cristianismo. Siempre, a un
emperador perseguidor le sucedía otro más moderado, y, siempre, el
trato duro en determinada provincia se compensaba con una relativa flexibilidad
en otra.
Así,
en el 259, Galieno se convirtió en emperador. Era discípulo de Plotino, que
entonces enseñaba en Roma, y el neoplatonismo predicaba la tolerancia. Plotino
creía que la verdad no debía ser impuesta por la fuerza, y que la falsedad
podía combatirse con argumentos razonados. De ahí que la presión sobre el
cristianismo se aliviase.
Con todo, el
decenio de persecuciones dejó su marca. Muchos obispos fueron
asesinados y, en Alejandría, Orígenes fue tratado con tal violencia que, aunque
no murió, su salud se vio afectada seriamente. Se retiró a Tiro, donde murió en
el 254.
Asimismo, a
un período
de relajamiento seguía siempre otro de renovadas persecuciones, y durante casi
cien años los cristianos no pudieron sentirse realmente seguros. En Egipto se
dio una respuesta a este período de persecuciones que introdujo un nuevo
elemento en el modo de vida cristiano.
La respuesta
fue el retiro.
Existía
ya un precedente. El judaísmo había tenido siempre una veta ascética, y la
austeridad que algunos creían necesaria para honrar mejor a Dios era más fácil
de observar alejándose de las tentaciones del mundo. Hubo judíos que se
retiraron al aislamiento para poder llevar una vida de frugalidad y renuncia,
consagrada a la adoración de Dios. Los retiros se efectuaban en solitario, como
hizo Elias en el siglo IX a. C, o en
grupos y comunidades, como en el caso de los esenios en tiempos de Roma.
Durante las
persecuciones estos ejemplos atrajeron la atención de los cristianos. En
efecto, el retiro de Elias se debió en parte a su deseo de salvarse de las
persecuciones de Jezabel, reina de Israel, y los esenios hallaron la salvación
en el aislamiento cuando los Macabeos, los Herodes y los romanos hicieron
difícil la vida para las sectas judías más estrictas.
¿Por qué no habían de retirarse los
cristianos, pues? El mundo era perverso; era mejor abandonarlo. Vivir en el
mundo significaba estar expuesto continuamente a las torturas de los
perseguidores paganos y a la constante tentación de abandonar el cristianismo
para salvar la vida. En el desierto se podía estar solo para salvar el alma.
La situación
era tal en Egipto que el retiro solitario resultaba más atractivo que cualquier
otra cosa. El desierto no estaba lejos, era solitario y se vivía en paz, y en
él no había fríos inviernos, ni aparatosas tormentas o ventiscas. La vida podía
resultar sencilla y sin problemas.
El primero
de los que decidieron retirarse fue un egipcio llamado Antonio. Había
nacido hacia el 250, y al llegar a los veinte años, decidió emprender una vida
ascética. En el 285 llegó a la conclusión de que ésta sólo podía llevarse a la
práctica lejos de las continuas tentaciones de la vida social, y se retiró al
desierto.
La fama de
su santidad y piedad comenzó a ser conocida y muchos decidieron
imitarlo. Cada año cierto número de personas huía del mundo pagano para ir al
encuentro de Dios cristiano en el desierto egipcio, que pronto se vio salpicado
por numerosas ermitas solitarias en las que los ermitaños practicaban una vida
austera. Sin embargo, ninguno superó la fama de Antonio, y se multiplicaron las
leyendas sobre las tentaciones a que se veía sometido por el demonio y de las
que salía siempre triunfante. Se cree que llegó a la avanzada edad de ciento
cinco años.
Antonio fue
el primer monje cristiano, palabra que deriva del término griego que
significa «solo», o «ermitaño», que deriva a su vez de otra palabra griega que
quiere decir «desierto». La palabra siguió aplicándose a aquellos que se
retiraban del mundo, aun cuando lo hiciesen
de forma comunitaria y ya no estuviesen «solos».
Antonio
puede ser considerado, así, como uno de los que contribuyeron a
fundar la institución del »monacato», que iba a desempeñar un papel tan importante
en la futura historia del cristianismo —y así, una vez más, otro aspecto del
cristianismo tuvo su origen en Egipto—.
El Imperio
Romano recibió una nueva inyección de vida cuando un
rudo y competente soldado, Diocleciano, se convirtió
en emperador en el 284. Consiguió reparar la maquinaria del imperio, abolió los
restos del antiguo sistema republicano, al que Augusto y sus sucesores habían
otorgado una importancia de boquilla. En su lugar, instauró una monarquía
absoluta.
Por si fuera
poco, Diocleciano eligió un coemperador, y tanto él como su
asociado en el poder eligieron a su vez a dos «cesares» como asistentes. Así
pues, había cuatro individuos que se repartían los deberes administrativos y
militares del imperio. Diocleciano, preocupado por la amenaza persa, se asignó
las provincias asiáticas y Egipto, que quedaron bajo su directo control, y fijó
su capital en Nicomedia, ciudad del Asia Menor noroccidental.
Pero los
malos hábitos
del período de crisis persistieron. Los generales seguían pensando que podían
ser aclamados emperadores por sus tropas cada vez que les viniese en gana. En
Egipto, un general llamado Aquileo se hizo proclamar emperador en el 295. Como
se trataba del territorio de Diocleciano, éste se puso a la cabeza de un ejército
con el que se dirigió a Egipto. Alejandría fue asediada durante ocho meses.
Finalmente fue tomada y Aquileo ejecutado.
En el 303
Diocleciano dio comienzo a la última y, en cierto sentido, más dura
persecución general de los cristianos, continuada por el sucesor de Diocleciano
en el este, Galerio, y, en menor grado, por su sucesor, Licinio.
En la mitad
occidental del imperio los gobernantes mostraban una mayor simpatía
hacia los cristianos. En el 306, Constantino I logró hacerse con el dominio de
ciertas partes de la mitad occidental del Imperio. Su poder fue creciendo
gradualmente hasta el 312, en que pudo controlar totalmente la mitad
occidental. Constantino era un político astuto y pronto se percató de que si
obtenía el apoyo de los cristianos (que ya formaban una fuerte minoría dentro
de la población, y que era, además, con mucho, la más activa y ruidosa) su
camino hacia el poder se vería allanado. Así pues, consiguió obligar a Licinio,
que en ese momento controlaba la mitad oriental del imperio, a unirse a él y aceptar un «Edicto
de Tolerancia» por el que se concedía igualdad de derechos a todas las
religiones.
Licinio no
tenía
en gran concepto al edicto, pero en el 324 fue derrotado finalmente por
Constantino I que, como había planeado, gozaba del apoyo pleno y entusiasta de los cristianos del imperio. Faltaba todavía
medio siglo para que la victoria cristiana fuera total, pero el período de las
grandes persecuciones había pasado. (Trece años más tarde, ya en su lecho de
muerte, Constantino I permitió que lo bautizaran, por lo que se convirtió en el
primer emperador cristiano).
Pero si el
peligro de las persecuciones había pasado, existía el de las querellas
internas. Siempre había habido diferencias de opinión entre los cristianos, e
incluso las epístolas de San Pablo, escritas en los primeros años del
cristianismo, tuvieron que ocuparse de estas diferencias. Sin embargo, mientras
el cristianismo como tal estuvo en peligro constante debido a las
persecuciones, tales diferencias no pasaron de las palabras. Pero cuando los
emperadores romanos se convirtieron al cristianismo, cabía la posibilidad de
que tomasen partido por una u otra de las facciones, con lo que la facción
marginada se las tendría que ver con el poder del Estado. Así, si los cristianos
en general ya no eran perseguidos por los paganos, ciertos cristianos
continuaron siendo perseguidos por otros cristianos.
Alejandría,
como centro importante del pensamiento cristiano, desempeñó un notable papel en
estas disputas internas. Así fue, por ejemplo, durante el reinado de
Constantino I, cuando se produjo una agria disputa sobre el problema de la
naturaleza de Cristo. El problema se refería a si Cristo tenía un aspecto
divino o no. Una de las posturas, que podemos llamar unitaria, sostenía que Jesús no era en absoluto un ser divino, que
sólo había un Dios, el Dios del Antiguo Testamento. Jesús era un ser creado,
como todo lo que existe en el universo menos Dios. Jesús podía ser el más grande y el mejor de los hombres, el más santo
de los profetas, el maestro de inspiración más divina, pero aun así no era
Dios.
La segunda
postura mantenía que Cristo tenía tres aspectos, todos
ellos iguales entre sí y que habían existido siempre: el Padre, aspecto que se
manifestó especialmente en la Creación; el Hijo, aspecto que se manifestaba a
través de la forma humana de Jesús, y el Espíritu Santo, que se había
manifestado varias veces a través de hombres normales, a quienes había
inspirado acciones de las que habrían sido incapaces sin ayuda divina. Los tres
aspectos de Dios se denominan Trinidad, y la creencia en estos tres aspectos
iguales se denomina trinitarismo.
El principal
defensor de la postura unitarista era un sacerdote de Alejandría
llamado Arrio. Tan firme era su postura que esta creencia se conoce con el
nombre de arrianismo, y quienes la defienden toman el nombre de arrianos.
Pese a que
su más
firme defensor era alejandrino, el reducto más importante de arrianismo en
tiempos de Constantino I fue el Asia Menor. En Egipto se conservaba todavía el
recuerdo del gnosticismo, según el cual Jesús era espíritu, no-materia (véase
pág. 111). ¿Cómo podía ser, pues, totalmente humano? Tenía que ser por: igual divino y humano.
Si embargo,
la mayoría
de los sacerdotes de Alejandría eran trinitaristas, y Alejandro, obispo de
Alejandría, era objeto de constantes presiones para que actuara con fuerza
contra el molesto sacerdote. En el 323 Alejandro convocó una reunión de obispos
(un «sínodo»), en la que se condenó oficialmente la postura arriana, pero Arrio
rehusó aceptar la decisión.
Eran
precisamente los tiempos en que Constantino comenzaba a ser preponderante en
todo el Imperio, y hubo intento de llamar su atención sobre el problema.
(Los obispos podían denunciar, pero era el emperador quien disponía de un
ejército que podía forzar la aplicación de la denuncia). Constantino estaba
ansioso de poder llevar la voz cantante en el asunto. El no sabía nada de las
ideas teológicas que intervenían en la disputa, ni le interesaban, pero
comprendía perfectamente cuáles podían ser los peligros políticos. Dependía de
los cristianos del imperio, que le daban su apoyo, pero sólo a cambio de su
actitud pro-cristiana. Ahora
bien, si los cristianos comenzaban a pelear entre sí, su apoyo perdería
eficacia. Además, sus oponentes políticos podrían siempre ofrecer su apoyo a
una de las facciones, prometiéndole la supresión de la otra.
Por ello, en
el 325, Constantino I convocó una gigantesca reunión de obispos en
la ciudad de Nicea, a unas treinta y cinco millas al sur de su capital,
Nicomedia, a quienes ordenó que resolvieran la cuestión de una vez por todas.
Fue éste el primer «Concilio ecuménico» —es decir, el primero «a escala
mundial»—, al participar en él obispos de todo el Imperio, y no sólo de una o
dos provincias.
La disputa
quedó zanjada, al menos sobre el papel. El
Concilio votó la adopción de una fórmula («la doctrina de Nicea») a la que
todos los cristianos debían adherirse, que aceptaba el trinitarismo. Arrio y
muchos de los más inveterados arrianos fueron enviados al exilio.
Teóricamente,
el punto de vista trinitarista fue aceptado por toda la Iglesia, por la Iglesia
universal o, para usar el término griego que significa «universal», por la
Iglesia católica. Por ello se llama católicos a los que apoyaron el trinitarismo
y se considera al arrianismo como una herejía (un sector minoritario, cuyas
opiniones no han sido aceptadas oficialmente por la Iglesia).
En el 325,
pues, Alejandría parecía haber alcanzado un nuevo
momento cumbre. La propia Roma le estaba a la zaga. El medio siglo de caos
político que había precedido a la subida al poder de Diocleciano había llevado
a la ciudad de Roma a un serio declive en su riqueza y prestigio. En el 271
Aureliano se vio obligado a construir murallas alrededor de Roma —lo que significaba
una tácita admisión de que la ciudad ya no estaba tan a salvo como antes de sus
enemigos.
Luego,
cuando Diocleciano fijó su capital en Nicomedia, Roma perdió
algo más de su prestigio, pues no era ya la sede del emperador. Pero tampoco
Nicomedia se benefició gran cosa: pese a la presencia del emperador, esta
ciudad siguió siendo una ciudad de provincia de segunda fila.
Esto dejó
a Alejandría sin rival. Esta era la gran ciudad del imperio, el centro que
irradiaba influencia, la cabeza de la teología cristiana, la
fuerza que respaldaba la victoria trinitarista de Nicea. Nunca, desde los
tiempos de Ptolomeo III, seis siglos antes, había parecido tan
grande el dominio de Alejandría y Egipto sobre el mundo.
Y entonces
Constantino I tomó una decisión que asestó un tremendo
golpe a la posición de Alejandría: decidió crear una nueva capital. El lugar
elegido estaba situado en la orilla europea del Bósforo, el angosto estrecho
que separa a Europa de Asia menor, y en el que se levantaba la ciudad griega de
Bizancio desde hacía casi mil años.
Constantino
tardó
cuatro años en construir su nueva capital, no escatimando esfuerzo alguno para
que fuera todo lo amplia, pródiga, lujosa que pudiera ser; saqueando las obras de
arte de las ciudades del imperio para llevarlas a la nueva capital; alentando a
la burocracia y aristocracia de Roma para que se instalase en la «nueva Roma».
En el 330 la ciudad, dedicada al emperador, se denominó Constantinopla (la
«ciudad de Constantino»). Súbitamente Alejandría se encontró desplazada de
nuevo a un segundo lugar, pues la nueva ciudad se enriqueció pronto, aumentando
su esplendor y población, y pronto se convirtió en lo que iba a seguir siendo
durante casi un milenio: la mayor ciudad del mundo cristiano.
La situación
de Alejandría se hizo más insoportable que en el pasado. Ser segundona respecto
de Roma, que era una ciudad no griega, cuyo renombre le había venido de la
guerra más que de la ciencia, del músculo más que de la inteligencia, era una
cosa; serlo respecto de Constantinopla —también griega— era otra.
En buena
medida la querella religiosa que se produjo posteriormente se agudizó
debido a la rivalidad entre las dos ciudades. Y esto fue así sobre todo por lo que
se refiere a la controversia arriana, que, después de todo, no había quedado
zanjada en Nicea.
Los arrianos
habían
sido derrotados en Nicea, pero no eliminados. Cierto número de obispos
continuaban predicando el arrianismo en Asia Menor. Destacaba entre ellos
Eusebio, obispo de Nicomedia, antigua sede de la corte de Constantino antes del
establecimiento de la capital en Constantinopla.
Eusebio
gozaba de la confianza de la corte, y su influencia sobre Constantino y otros
miembros de la familia real crecía sin cesar. Pronto Constantino hubo de
lamentar el modo en que había concedido plena libertad a los obispos de Nicea.
Vio claramente que la decisión de los obispos no había resuelto los problemas
ni influido en la cristiandad en general. En realidad, la mayor parte de los
cristianos del Asia Menor, la provincia más próxima a la sede imperial, seguía
siendo arriana, y Constantino no quería enfrentarse a la mayoría.
En el 335,
pues, convocó
un sínodo de obispos, no un concilio
ecuménico, en Tiro, y les hizo variar la decisión de Nicea. Arrio volvió a
ocupar su puesto (aunque murió antes de que la orden fuese cumplida), y el
arrianismo vio aumentar de golpe su poder.
Pero tampoco
entonces se puso fin al catolicismo, con una simple decisión
de un grupo de obispos. Quedaba Alejandría.
Diez años
antes había participado en el Concilio de Nicea, como secretario privado del
obispo Alejandro de Alejandría, un joven sacerdote, Atanasio. En el 328 sucedió
a Alejandro en el cargo de obispo, y rápidamente se convirtió en el más
vocinglero y formidable de los defensores de la doctrina trinitaria del
catolicismo. A causa de la decisión del sínodo de Tiro, Atanasio fue
desterrado, pero ni aun así se logró acallar su voz, que, incluso desde el
exilio, hablaba con el peso y la influencia no sólo de Alejandría, sino de todo
Egipto.
Al morir
Constantino I en el 337, le sucedieron sus tres hijos, a quienes se confió
el gobierno de diversas partes del imperio. Constancio II, su segundo hijo, gobernaba en el este.
Era un arriano convencido y radical, y en el 339 nombró a Eusebio, arriano
por excelencia, obispo de Constantinopla. Naturalmente, Eusebio y sus sucesores
en el cargo, como obispos de la capital de la cristiandad, estimaron que tenían
todos los derechos para considerarse a sí mismos cabeza de la Iglesia. (Este
mismo punto de vista sostenía, por las mismas razones, el obispo de Roma, y la
controversia entre ambos llevó, finalmente, a una escisión entre los cristianos
que ha durado hasta hoy en día).
Eusebio y
Atanasio, por tanto, no estaban separados tan sólo por una disputa
doctrinal, sino por una verdadera lucha por el poder. Mientras Constancio II reinó,
Atanasio siguió en el exilio la mayor parte del tiempo. En el 353, una vez
muertos los hermanos de Constancio II y derrotados o asesinados los demás
pretendientes al trono, el vencedor gobernó en solitario sobre todo el imperio,
y parecía que la victoria del arrianismo era total.
Pero
Constancio no podía vivir eternamente. Murió en el 361 y
le sucedió su sobrino Juliano, quien, pese a su educación cristiana, se declaró
pagano. Decretó una completa libertad religiosa en el imperio, en parte por
idealismo, y en parte porque creía que el mejor modo de acabar con el
cristianismo era permitir que las distintas sectas se despedazasen entre sí sin
impedimentos.
Pero las
cosas no ocurrieron como Juliano había esperado. Su reino duró menos de dos
años, muriendo en una batalla contra los persas, en el 363. Por añadidura, las
distintas sectas cristianas, sacudidas por el repentino resurgir del paganismo,
acallaron sus querellas y tendieron a unirse contra el enemigo común.
El breve
reinado de Juliano, sirvió, sin embargo, para romper el
predominio de los arrianos. Bajo el edicto de Juliano los obispos católicos
pudieron volver del exilio y ocupar de nuevo sus puestos. Incluso Atanasio
retornó, como obispo de Alejandría (aunque no por mucho tiempo). Una vez que
los católicos se hubieron instalado de nuevo en el imperio, fue muy difícil
apartarlos, pues los emperadores posteriores nunca llegaron a ser tan acérrimos
del arrianismo como lo había sido Constancio II.
Para la época
en que murió Atanasio, en el 373, el catolicismo se encaminaba ya hacia la
victoria. Y ésta llegó en el 379, cuando Teodosio I, católico tan convencido de
su fe como lo había sido el arriano Constancio II, se convirtió en emperador. En el 381,
Teodosio convocó un segundo concilio ecuménico, esta vez en Constantinopla.
El
arrianismo fue declarado de nuevo fuera de la ley, y esta vez todo el poder del
Estado respaldaba la decisión. Se les prohibió reunirse a los
arrianos y a los miembros de las demás sectas heréticas, y se les confiscaron
sus iglesias. Había acabado la libertad religiosa para todos los cristianos
menos aquellos que adherían a la postura oficial de la Iglesia católica.
Alejandría
había vencido de nuevo, y esta vez sobre la propia Constantinopla, al menos
dentro de los límites del imperio. (El arrianismo subsistió por lo menos
durante tres siglos en el seno de algunas tribus germánicas, que pronto
comenzarían a inundar los dominios del imperio).
Teodosio I
se mostró
tan duro con los restos de paganismo como lo había sido con los herejes
cristianos. En el 382, el coemperador de Teodosio en el oeste, Graciano, había
derruido el altar de la victoria pagana que se hallaba en el Senado, puesto fin
a la institución de las vírgenes vestales, que habían cuidado la llama sagrada
durante más de mil años, y abolido el título sacerdotal pagano de Supremo
Pontífice. Asimismo, en el 394, Teodosio acabó con los Juegos Olímpicos, que
habían perdurado casi mil doscientos años como uno de los grandes festejos
religiosos de los griegos paganos. Más tarde, en el 396, invasores bárbaros
(que, por cierto, eran arrianos) destruyeron el templo de Ceres, junto a
Atenas, y pusieron fin a los Misterios de Eleusis, la religión mistérica más
venerada por los griegos.
De todos
modos, y de alguna forma, subsistieron unos cuantos pobres restos de paganismo.
En Atenas, filósofos paganos impartían sus lecciones
ante auditorios cada vez menos nutridos en la Academia, la escuela que había
fundado Platón muy poco tiempo después del final de la Edad de Oro ateniense.
Tampoco se
esfumaron las ancestrales religiones egipcias. Paulatinamente, la población
egipcia había ido sustituyendo a Osiris por Jesús y a Isis por María, y a sus
numerosos dioses por los numerosos santos. Los viejos templos fueron olvidados
o convertidos en iglesias. Que el paganismo estaba sentenciado se vio más
claramente en el 391, cuando el Serapeum mismo fue destruido en Alejandría, por
orden imperial, tras seis siglos de existencia.
Alejandría
lo iba a pasar aún peor. El último filósofo pagano de importancia que enseñaba
en Alejandría fue Hipatia, una mujer. Cirilo, obispo de Alejandría desde el
412, la consideraba un peligro, en parte, por su popularidad, que atraía a
numerosos estudiantes a escuchar sus lecciones sobre filosofía pagana, y en
parte, porque era amiga de uno de los funcionarios seculares de Egipto,
funcionario con el que Cirilo no se llevaba bien.
Se cree que
fue por instigación de Cirilo que un grupo de monjes mató
brutalmente a Hipatia en el 415 y luego destruyó gran parte de la biblioteca de
Alejandría. El modo en que ciertas facciones de la Iglesia despreciaban y
denigraban el saber mundano fue una ominosa primicia del oscurantismo que
pronto se abriría paso y del cual le iba a ser tan difícil salir a la
humanidad.
Sin embargo,
aun en tiempos de Cirilo, subsistió una pequeña porción de la antigua
religión.
Lejos, en el
sur, junto a la Primera Catarata, en la isla de Filé, Nectanebo II, último
rey nativo de Egipto, había construido un templo dedicado a Isis, seis siglos
antes. Había sido reconstruido por Ptolomeo II Fidalelfos y reparado de nuevo en
tiempos de Cleopatra.
Allí,
en tanto que el mundo se hacía cristiano, podía admirarse todavía la pálida
sonrisa de la Reina de los Cielos y se ejecutaban aún los viejos ritos en
secreto, lejos del centro del poder cristiano.
Pero
Alejandría
siguió siendo la gran rival de Constantinopla, y la porfía religiosa continuó
entre ambas ciudades.
Por ejemplo,
en el 398, Juan Crisóstomo fue nombrado obispo de
Constantinopla. Su segundo nombre, que en griego significa «boca de oro», le
fue adjudicado poco después de su muerte, en recuerdo de su elocuencia.
Dicha elocuencia
fue empleada sin piedad en la denuncia del lujo y de la inmoralidad, de la que
no se salvó
nadie, ni siquiera la propia emperatriz. Irritada, ésta decidió desterrar a
Crisóstomo, y en esta tarea halló un aliado natural en Teófilo, entonces obispo
de Alejandría y predecesor de Cirilo. Juntos, aunque con algunas dificultades,
consiguieron su propósito, y Crisóstomo murió en el exilio. Alejandría
triunfaba de nuevo.
Con todo,
esto no pasó
de ser una cuestión de personalidades, pero otras disputas de naturaleza
doctrinal, más peligrosas, iban a involucrar a ambas ciudades.
En el 428,
en tiempos del emperador Teodosio II, Nestorio, sacerdote de origen sirio, se
convirtió
en obispo de Constantinopla. Bajo este emperador los arrianos y los herejes del
pasado fueron condenados nada menos que a la pena de muerte —pero ¿qué sucedía
con las nuevas herejías?—.
El propio
Nestorio provocó una nueva disputa sobre la naturaleza
de Jesucristo. Ahora que el arrianismo había sido derrotado en toda la línea,
se daba por sentado que Jesús tenía aspecto divino, pero restaba aún un aspecto
humano, y el problema surgió acerca de cómo podían relacionarse estos dos
aspectos.
Nestorio
parece haber predicado la doctrina de que ambos aspectos eran completamente
distintos y de que María sólo era la madre del aspecto humano,
y no del aspecto divino. Se la podía llamar Madre de Cristo, pero no Madre de
Dios. Según este punto de vista, que se llamó nestorianismo, Jesucristo parece
casi un ser humano en el que hubiera arraigado un aspecto de Dios, utilizando
al ser humano como instrumento.
Esto
significaba, cuando menos, un parcial retroceso hacia el arrianismo, y de nuevo
fue Alejandría
la que acaudilló la lucha contra esta opinión. Cirilo de Alejandría era un
enemigo inflexible. Teodosio II convocó un concilio ecuménico en el 431,
que se celebró en Efeso, ciudad de la costa del Asia Menor. Fue un concilio
turbulento, controlado en distintos momentos por diferentes grupos de obispos. Pero,
en líneas generales, fue Cirilo quien dominó sus sesiones, y las opiniones de
Nestorio fueron condenadas y puestas fuera de la ley. El propio Nestorio fue
depuesto de su cargo y desterrado al Alto Egipto.
Por tercera
vez, en tres concilios ecuménicos sucesivos, Alejandría resultaba
vencedora.
Pero el
nestorianismo continuó existiendo en Asia Menor y en Siria y,
finalmente, cuando la oposición oficial se hizo demasiado fuerte como para
poder resistirla, sus seguidores se exiliaron a Oriente, a Persia. Y, con el
tiempo, contribuirían a la difusión de la cultura griega hasta confines tan
remotos como China.
Pero por
aquel entonces un sacerdote de Constantinopla llamado Eutiques, pasó
a sostener la opinión opuesta. Afirmaba que Jesucristo tenía una sola naturaleza,
absolutamente divina, que absorbía totalmente a la humana. Esto se considera el
acto fundacional del «monofisismo» (palabra griega que significa «una
naturaleza»), que obtuvo una considerable audiencia en Egipto, pero que fue
rechazado en Constantinopla.
Cirilo de
Alejandría
murió en el 444, y su sucesor tuvo creencias acendradamente monofisitas. La
disputa se fue haciendo tan seria y peligrosa como lo había sido la cuestión
arriana un siglo antes, y Teodosio III no supo cómo enfrentarse al problema.
Sin embargo,
Teodosio III murió
en el 450, y su sucesor Marciano, era un acérrimo defensor de la doctrina de
las dos naturalezas. Convocó, pues, un nuevo concilio ecuménico, el cuarto, en
el 451, en Calcedonia, suburbio de Constantinopla en el lado asiático del
estrecho.
Aquí,
por fin, perdió Alejandría. La doctrina de la doble naturaleza, defendida por
Constantinopla y Roma, se convirtió en parte del dogma católico, y la
doctrina monofisita de la única naturaleza fue declarada herética. Eutiques fue
desterrado.
Aun así,
Alejandría no aceptó su derrota de buena gana. Tercamente siguió apegada al
monofisismo, tanto más porque Constantinopla se oponía a él.
La desunión
religiosa del imperio (que persistió pese a la celebración de sucesivos
concilios ecuménicos) se hizo aún más peligrosa a causa de los desastres
militares que sacudieron al imperio tras la muerte de Teodosio I.
Tras su
muerte, le sucedieron sus dos jóvenes hijos, uno en Oriente, otro en
Occidente, y a partir de este momento, el imperio ya no volvería a estar
completamente unido. En la práctica hubo dos mitades, que por lo general se
denominan Imperio Romano de Oriente e Imperio Romano de Occidente. Teodosio II y
Marciano, que presidieron el tercero y el cuarto concilios ecuménicos,
respectivamente, fueron emperadores romanos de Oriente. Naturalmente, Egipto
formó parte del Imperio Romano de Oriente.
Fue el
Imperio Romano de Occidente el que sufrió la primera embestida
del desastre. En el siglo siguiente a la muerte de Teodosio I, los hunos y diversas
tribus germánicas avanzaron y retrocedieron por las provincias europeas del
imperio. Una tribu germana, los vándalos, cruzó incluso el estrecho de
Gibraltar, penetró en África, y estableció un reino cuyo centro estuvo
alrededor de Cartago. Algunas de las provincias del Imperio Romano de oriente
fueron invadidas también, temporalmente. Sin embargo, Egipto siguió intacto,
siendo la única provincia que permaneció enteramente en paz durante este siglo
lleno de catástrofes.
En el 476,
el Imperio Romano de Occidente llegó a su fin, en el sentido de que el
último emperador reconocido como tal fue depuesto.
Sin embargo,
el Imperio Romano de Oriente siguió intacto, e incluso pareció que iba a
recuperar todo lo perdido. En el 527 subió al trono un emperador fuerte y capacitado, Justiniano, que envió
a sus ejércitos hacia Occidente, para recuperar las provincias ocupadas por los
bárbaros.
Los ejércitos
romanos lograron destruir el reino vándalo del norte de África, añadiendo estos
territorios al Imperio Romano de Oriente. También Italia fue reconquistada, y
parte de España. Por un momento pareció que, como en la época de Aureliano, dos
siglos y medio antes, podría hacerse retroceder a la marea bárbara.
Aun así,
las conquistas en la mitad occidental del imperio agudizaron los problemas de
Justiniano relacionados con la religión. Justiniano era un ferviente católico y
bajo su reinado desaparecieron los últimos vestigios del paganismo. En el 529
cerró la Academia de Atenas, después de casi nueva siglos de existencia, y los
afligidos filósofos se exiliaron a Persia. Fue también en este siglo cuando se
cerró definitivamente el templo de Isis en Filé, muriendo la antigua religión
egipcia, casi cuatro mil años después de la época de Menes. Asimismo,
Justiniano combatió encarnizadamente a los judíos y a las herejías del pasado.
Pero ¿qué
ocurrió con los monofisitas? El monofisismo se había hecho cada vez más fuerte
en Egipto y en Siria, y Justiniano se sentía atormentado. Su esposa manifestaba
fervientes simpatías hacia el monofisismo, que él no compartía. Además, sus
nuevas conquistas en Occidente eran inamoviblemente antimonofisitas y
reclamaban medidas firmes contra le herejía.
Justiniano
no deseaba hacer nada que le enajenase la lealtad de las provincias
occidentales, reconquistadas tan recientemente, y con tantas dificultades, pero
tampoco quería
que se debilitase su dominio sobre las importantes y ricas provincias de Egipto
y Siria.
En el 553
convocó
el quinto concilio ecuménico, celebrado en Constantinopla, en el que trató de
apaciguar de alguna manera a los monofisitas y conseguir alguna forma de unión.
Se utilizó el poder imperial para persuadir a los obispos de Alejandría y de
Roma de que aceptaran las decisiones del concilio, pero esto no consiguió
mejorar las cosas. El núcleo
principal de cristianos de Occidente y el núcleo principal de cristianos de
Egipto y de Siria se oponían a cualquier compromiso.
En verdad,
los esfuerzos de Justiniano sirvieron para promover al monofisismo al rango de
movimiento nacional en Egipto y en Siria. Por ejemplo, en Egipto, donde los
griegos de Alejandría y de otros lugares se aproximaron a
la postura de Constantinopla por presiones imperiales, los egipcios se
adhirieron más fuertemente al monofisismo. Comenzaron incluso a utilizar su
propio idioma (con caracteres tomados del griego) en sus plegarias, rechazando
el griego de Constantinopla y de Alejandría.
La lengua
nativa ha venido en llamarse copto (distorsión de «egíptico»), por
lo que a veces la Iglesia monofisita egipcia se denomina Iglesia copta.
En cierto
sentido, la Iglesia copta fue como una muestra del renacimiento egipcio. A través
de los largos siglos de dominación extranjera, Egipto había subsistido
poderosamente conservando su identidad y su propia cultura y religión. Había
seguido siendo egipcio pese a haber sido anegado por las influencias asiria,
persa, griega y romana.
Sólo
con la llegada del cristianismo había capitulado Egipto y adoptado una nueva
forma de vida; una forma de vida impuesta desde fuera. E incluso en este caso,
luchó por imprimir su propio sello en el cristianismo, lo hizo de varias
formas, y finalmente encontró una variedad que hizo suya. La Iglesia copta se
convirtió en algo así como un contraataque nacionalista egipcio contra la
cristiandad católica del oriente griego y del occidente latino.
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