| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
La
transformación
del reino ptolemaico en provincia romana no representó un trastorno tan grande
como pudiera imaginarse. Es cierto que ahora el gobernante de Egipto residía en
Roma y no en Alejandría, pero para el campesino egipcio esto carecía de
importancia. Roma no era más extranjera de lo que había sido Alejandría, y el
emperador romano no estaba más distante de lo que pudo haber estado un faraón o
un Ptolomeo.
No hay duda
de que Augusto y los emperadores que le sucedieron consideraron a Egipto como
una propiedad personal, que podía ser saqueada a voluntad, pero Egipto
estaba acostumbrado a ello. En su día había sido propiedad personal de los
faraones y últimamente de los Ptolomeos, y así las cosas seguían siendo como
habían sido siempre. Si los romanos exigían un alto tributo en materia de
impuestos, también lo habían hecho los últimos Ptolomeos, y bajo los romanos
(al menos al principio), la eficiencia
del gobierno hacía que los impuestos fueran más fáciles
de pagar.
Desde el
punto de vista de la prosperidad material, Egipto salió
muy beneficiado. Bajo los últimos Ptolomeos el reino había declinado, pero ahora
la vigorosa administración romana puso las cosas en orden. El intrincado
sistema de canales, del que dependía toda la economía agrícola, fue remozado
completamente. Asimismo, los romanos construyeron caminos y cisternas, y
restablecieron el comercio por el mar Rojo. Probablemente, la población egipcia
ascendía a siete millones, muy por encima del nivel alcanzado en el apogeo
imperial del pasado.
Tampoco se
dejó
que languideciese la vida intelectual. La Biblioteca y el Museo de Alejandría
continuaron existiendo bajo un patrocinio gubernamental no menos generoso que
el de antaño. No tenía ninguna importancia que el sacerdote que regentaba la
institución fuese designado ahora por un emperador romano en vez de serlo por
un Ptolomeo macedonio. Alejandría siguió siendo la mayor ciudad del mundo
griego, superada sólo por Roma en tamaño, y por ninguna en riqueza y cultura.
Por otro
lado, y por razones políticas, Roma permitió a los egipcios que
conservaran plena libertad religiosa, y los virreyes romanos que residían en la
provincia, rendían culto, aunque de forma puramente nominal, a las creencias
nativas. Esto era más satisfactorio para los campesinos egipcios que cualquier
otra cosa.
Su religión
nunca prosperó tanto como bajo los primeros tiempos del dominio romano, nunca
se construyeron y enriquecieron tanto los templos. La cultura egipcia continuó
sin interrupciones, y los griegos siguieron confinándose en Alejandría y en
otras pocas ciudades, mientras que la presencia romana se encarnaba
principalmente en la omnipresente figura del recaudador de impuestos.
Sobre todo,
Egipto gozó
bajo los romanos, durante siglos, de una profunda paz. Todo el mundo
mediterráneo participaba de la felicidad de la Pax Romana o «paz romana», pero
en ningún lugar fue tan profunda, tan duradera, o menos violada que en Egipto. Hubo, es
cierto, escaseces y plagas, ocasionalmente, y de cuando en cuando, escaramuzas
entre ejércitos opuestos, por disputas acerca de
la sucesión imperial, pero desde una perspectiva general pueden considerarse
sin importancia.
El propio
Augusto inauguró la paz romana como una cuestión de
política establecida. Se preocupó de expandir el imperio por el norte, a costa
de las tribus bárbaras del sur del Danubio y del este del Elba, pero esto era
simplemente, en realidad, sólo un intento de conseguir fronteras fácilmente
defendibles, tras las que el imperio pudiera existir cómodamente. Pues en las
porciones civilizadas del imperio que poseían ya fronteras aceptables, no debía
haber guerra.
Así,
poco después de la ocupación romana de Egipto, el virrey romano Cayo Petronio
pensó que sería buena idea revigorizar las costumbres del imperialismo
faraónico. De este modo, pensó en invadir Nubia, lo que hizo en el 25 d. C. Y
lo que es más, obtuvo algunas victorias. Pero Augusto lo destituyó. Nada había
en Nubia que Roma necesitara tanto como la paz. Con todo, la expedición fomentó
el comercio, y lo mismo hizo otra expedición a través del mar Rojo hacia el
sudoeste de Arabia. Todo ello, bajo un emperador guerrero, podía haber
conducido a la guerra y a intentos de anexión, pero Augusto prohibió firmemente
cualquier acción en este sentido.
Durante casi
medio siglo apenas llegó a Egipto un leve rumor del mundo
exterior. El país pudo dormir al sol.
En el 69 se
produjo un susto momentáneo. Nerón, quinto emperador romano, se
había suicidado después de que varios contingentes del ejército se sublevaran
contra él. No vivía ya nadie de la estirpe de Augusto que pudiese aspirar al
trono. Y desde distintos confines del imperio comenzaron a llegar a Roma los
generales romanos, llenos de ansiedad ante la magnífica presa.
Las gentes
contuvieron sin duda el aliento. Esto podía significar una
larga guerra civil, con la consiguiente devastación de las provincias por los
ejércitos contendientes.
Podía
incluso significar el desmembramiento del imperio y la vuelta al caos que
siguió a la partición del imperio de Alejandro Magno.
Afortunadamente,
el asunto se arregló rápidamente. Vespasiano, general
romano que había liquidado una rebelión en oriente, llevó su ejército a Egipto,
obteniendo así el control de los abastecimientos de trigo de Roma. (Durante los
primeros siglos del imperio, Egipto fue el granero de Roma). Esto le aseguró la
posesión del trono tras unas cuantas escaramuzas.
Egipto tuvo
suerte. No había sufrido ningún daño, y el ejército de
Vespasiano había pasado por el país sin causar ningún perjuicio digno de ser
mencionado.
El siglo II
se inició
con una dinastía de emperadores particularmente ilustrados. Uno de ellos,
Adriano, pasó gran parte de su reinado como una especie de viajero real,
visitando las distintas provincias del imperio. En el 130 visitó Egipto, siendo
sin duda el turista más distinguido que había recibido este antiguo país desde
el desembarco de Pompeyo, Julio César, Marco Antonio y Octavio siglo y medio
antes (y éstos habían ido allí por
razones de trabajo).
Adriano viajó
por el Nilo y apreció halagüeñamente todo lo que vio. Visitó las pirámides y las
ruinas de Tebas. En Tebas se detuvo para oír al cantante Memnón (véase pág.
49). No quedaba mucho tiempo para seguir haciéndolo: algunas décadas después de
la visita de Adriano la necesidad de restaurar la estatua era ya apremiante. Se
le añadió obra de mampostería, y esto malogró el dispositivo que producía el
sonido. El cantante Memnón nunca más volvió a cantar.
Una nota
triste de la visita de Adriano fue la de un joven, compañero
leal y amado del emperador, llamado Antínoo: se ahogó en el Nilo (algunos
sugieren que se suicidó). Adriano experimentó un tremendo dolor por la muerte
del joven, e incluso fundó una ciudad en su honor (Antinoópolis), en el lugar
en que se ahogó. El hecho inspiró la imaginación romántica de los artistas, y
se ejecutaron numerosas pinturas y esculturas del favorito muerto.
El
acontecimiento más violento ocurrido en Egipto durante
los dos primeros siglos del Imperio Romano tiene que ver con la suerte de sus
judíos.
Bajo los
Ptolomeos los judíos habían gozado de gran prosperidad,
se les había concedido libertad de culto y habían sido tratados como iguales a
los griegos. Nunca hasta los tiempos actuales los judíos fueron tan bien
tratados como minoría en un país extranjero (con la posible excepción de la
España islámica del Medievo). Y, a su vez, contribuyeron a la prosperidad y
cultura de Egipto.
Por ejemplo,
uno de los principales filósofos de Alejandría fue Filón el Judío.
Nació en el 30 d. C, año en que se suicidó Cleopatra, o quizá pocos años
después. Se le educó concienzudamente en la cultura judía, pero también en la
griega, por lo que estaba preparado para hacer comprender el judaísmo al
público griego del mundo clásico. Su línea de pensamiento estuvo tan próxima a
la de Platón que, a veces, ha sido llamado el Platón judío.
Por
desgracia, la situación fue empeorando para los judíos en
tiempos de Filón. Algunos de éstos no se conformaban con la pérdida de
independencia y esperaban constantemente la llegada de un rey inspirado por la
divinidad, de «un ungido» (esta última palabra equivale a «Messiah» en hebreo,
a «Jristés» en griego, a «Christus» latino y a «Cristo» en castellano). El
Mesías los conduciría a la victoria sobre sus enemigos e instauraría un reino
ideal, a cuya cabeza estaría él, cuya capital sería Jerusalén y que dominaría
sobre todo el mundo. Este desenlace había sido pronosticado una y otra vez en
las Escrituras judías, e impedía a muchos judíos asentarse en el mundo, tal
como era. De hecho, algunos judíos se autoproclamaban mesías de vez en cuando, y
nunca faltaron otros que aceptaran esta pretensión y provocasen alteraciones
contra las autoridades romanas en Judea.
Los judíos
de Alejandría eran menos propensos a sueños mesiánicos que sus compatriotas de
Judea, pero se daban numerosas situaciones de roce entre ellos y los griegos. Sus
respectivos modos de vida eran radicalmente diferentes, y cada grupo estimaba
que era difícil vivir según el modo de vida del
otro. Los judíos continuaban firmes en su pretensión de que sólo el dios judío
era el dios verdadero, y despreciaban a las demás religiones de una forma que
debía parecer sumamente irritante a los no judíos. Y los griegos seguían firmes
en su pretensión de que sólo la cultura griega era verdadera cultura, y
despreciaban a las demás culturas de tal modo que debía parecer sumamente
irritante para los no griegos.
Además,
los griegos se sentían molestos por los especiales privilegios de que gozaban
los judíos. A los judíos no se les exigía participar en sacrificios idólatras,
ni que rindieran homenaje divino al emperador, o que sirviesen en las fuerzas
armadas, mientras que todo esto se exigía a griegos y a egipcios.
Los
gobernantes romanos de Judea estaban igualmente irritados ante la testarudez
judía
en materia de religión y ante su negativa a rendir el homenaje más
insignificante, incluso de boquilla, al culto imperial. En un determinado
momento, Calígula, el emperador loco, decidió erigir una estatua suya en el
Templo de Jerusalén, y los judíos se apresuraron a desencadenar una desesperada
revuelta si la orden se ponía en vigor.
Filón
el judío (entonces un anciano) encabezó una delegación a Roma para tratar de
evitar el sacrilegio, pero fracasó. Sólo el asesinato de Calígula y la
revocación de la orden por su sucesor salvo la situación.
Pero esto únicamente
pospuso lo inevitable. En el 66, la ira contenida de los judíos ante las
negativas a concederles la independencia y ante la exigencia de impuestos hizo
estallar una violenta insurrección. Las legiones romanas irrumpieron en Judea,
y durante tres años se combatió una guerra de inusitada ferocidad. Los judíos
resistieron con tenacidad sobrehumana, diezmando a las tropas romanas, con
grandes pérdidas por su parte.
La guerra
sacudió
hasta los cimientos al Gobierno romano, pues Nerón, que era emperador al comenzar la
rebelión, fue asesinado, en parte
debido a las malas nuevas que llegaban del frente judío, de cuya situación se
le culpaba.
El general
de las tropas romanas en Judea —Vespasiano— fue quien llegaría a ser
emperador después de Nerón. En el 70, finalmente, Judea fue pacificada.
Jerusalén fue ocupada y saqueada por el hijo de Vespasiano, Tito; el Templo fue
destruido y el judaísmo retrocedió a su peor momento desde los tiempos de
Nabucodonosor.
Los judíos
de fuera de Judea no tomaron parte en la revuelta y en la mayoría de los sitios
fueron tratados con razonable justicia por los romanos. (Lo cual es notable si
pensamos en las tremendas medidas puestas en práctica por el Gobierno
estadounidense contra los norteamericanos de origen japonés en los meses
siguientes al ataque de Pearl Harbor, en 1941).
Sin embargo,
en Egipto, los excitados sentimientos de ambos bandos se desbocaron sin
control; comenzaron los tumultos que pronto fueron sangrientos. Ni los judíos
ni los griegos se vieron libres de la acusación de haberlos instigado, y se
cometieron salvajes atrocidades en ambos bandos. Pero, como ha sido el caso
invariablemente a lo largo de la trágica historia de los judíos, eran éstos los
que se hallaban en minoría y, por lo tanto, fueron los judíos los que más
sufrieron. El templo judío de Alejandría fue destruido, miles de judíos fueron
asesinados y la judería de Alejandría nunca se recuperó.
Tras estos
acontecimientos, los judíos conservaron una dura enemistad
contra el Gobierno romano y contra los griegos de Egipto. Existía todavía una
gran colonia judía en Cirene, y sus miembros pensaron, en el 115, que había
llegado su oportunidad. El emperador romano Trajano se hallaba en ese momento
ocupado en una remota guerra en el Oriente, y, en un último empujón de la
expansión romana, había llevado a las legiones romanas hasta el golfo Pérsico.
Es posible
que se filtrasen hasta Egipto rumores sobre su muerte (el emperador tenía
sesenta años), o quizá llegaron noticias acerca de un nuevo mesías, pero, en
cualquier caso, los judíos
de Cirene se lanzaron a la rebelión de manera fanática y suicida. Masacraron a
todos los griegos que se pusieron a su alcance, y fueron masacrados a su vez
cuando los sorprendidos romanos pudieron enviar tropas contra ellos. Los desórdenes
prosiguieron durante dos años, y hacia el 117 los judíos de Egipto habían sido
virtualmente exterminados.
De nuevo, la
rebelión
afectó a la historia de Roma. Las noticias sobre los desórdenes egipcios
contribuyeron a que Trajano se decidiese a volver (otros factores fueron su
edad y los riesgos de unas líneas de comunicación demasiado largas). La oleada
conquistadora romana nunca volvió a llegar tan lejos, y desde entonces la
suerte de Roma comenzó a disminuir.
A Trajano le
sucedió
Adriano, del que ya he hablado como de un turista imperial. Antes de visitar
Egipto, como ya he dicho, cruzó la desolada Judea y quedó impresionado por la
veneración que tributaban a las ruinas de Jerusalén los judíos que aún
quedaban. Le pareció que esto podía dar lugar a otra rebelión; por ello ordenó
que Jerusalén fuese reconstruida como una ciudad romana, que se llamaría Elia,
según su propio apellido, y que se edificaría un templo a Júpiter en el lugar
del destruido Templo judío. Se prohibiría absolutamente la entrada en la ciudad
a todos los judíos.
Pero la
decisión
de Adriano sirvió para fomentar la revuelta que quería evitar. Los judíos
volvieron a rebelarse, inspirados por un individuo que se había autoproclamado
mesías. Desesperados por la profanación del lugar sagrado de su Templo,
resistieron durante tres años, del 132 al 135. Al finalizar la rebelión, Judea
estaba destruida, y tan limpia de judíos como Egipto.
Desde esa
fecha el futuro del judaísmo quedó limitado a las importantes colonias
judías de Babilonia, donde vivían desde la época de Nabucodonosor, y a las
colonias europeas, que no habían tomado parte en las revueltas y a las que se
permitió subsistir bajo la recelosa mirada de los romanos.
La difusión
de la cultura griega entre los pueblos que habían creado las más antiguas
civilizaciones de África y Asia después de la muerte de Alejandro Magno, no se
realizó, obviamente, sin contrapartida. Los griegos entraron en contacto con
culturas extranjeras y, a su pesar, fueron atraídos por ciertos aspectos de
éstas.
Las
religiones extranjeras eran particularmente interesantes, pues con frecuencia
solían
ser más coloristas, más intensamente ritualistas y más emotivas que los cultos
oficiales de griegos y romanos. (Los griegos tenían también sus «religiones
mistéricas» populares relacionadas con el ciclo agrícola, pero eran más bien
algo así como sociedades secretas y no religiones generalizadas). Las
religiones de Oriente comenzaron a penetrar en Occidente.
Una vez que
Roma hubo impuesto su dominio sobre todo el Mediterráneo e impreso sobre
el mundo el sello de la paz, la mezcla de culturas continuó incluso con mayor
rapidez y facilidad, y lo que en su día habían sido religiones locales
extendieron su influencia de un extremo a otro del imperio.
Durante los
dos primeros siglos del imperio, Egipto fue el origen de una de las más
vitales de estas religiones en expansión. El helenizado culto egipcio de
Serapis (véase pág. 88) se difundió primero por Grecia y después por Roma.
Augusto y Tiberio lo desaprobaron, pues abrigaban el vano sueño de restaurar
las primitivas virtudes de Roma, pero el culto se difundió de todas maneras. En
tiempos de Trajano y de Adriano no quedaba un solo rincón en el imperio que no
contase con sus devotos de esta forma de religión, que se remontaba a la época
de los constructores de pirámides y de sus predecesores tres mil años antes.
Más
atractivo aún fue el culto de Isis, la principal diosa egipcia, a la que se
pintaba como la hermosa «Reina de los Cielos». Su influencia comenzó a penetrar
en Roma ya en los oscuros días de Aníbal, cuando los romanos pensaban que la derrota era segura si no
contaban con algún tipo de ayuda divina y estaban
dispuestos a probar fortuna con cualquier divinidad. Con el tiempo se
edificaron templos de Isis y se celebraron sus rituales incluso en la lejana
isla de Britania, a dos mil millas del Nilo.
Pero si
Egipto dio una religión al mundo, también recibió una del
exterior: de Judea.
En el último
siglo de la existencia de Judea, cuando muchos afirmaban ser el mesías que el
pueblo judío esperaba tan ansiosamente, surgió uno que se llamaba Joshua. Había
nacido durante el reinado de Augusto, hacia el 4 a. C, y fue aceptado como
Mesías por sus discípulos. Dicho de otro modo: se trataba de Joshua el Mesías,
o, en su forma griega, Jesucristo. En el 29, durante el reinado de Tiberio, fue
crucificado como opositor político que aspiraba a ser rey de los judíos.
La creencia
en el carácter
mesiánico de Jesús no terminó con su crucifixión, pues se difundió la historia
de que había resucitado de entre los muertos. A las diversas sectas judías que
florecieron en esta época, se añadió así una más: la de los seguidores de las
enseñanzas de Jesucristo, o, como pronto se los llamaría, la de los cristianos.
En los
primeros años
de existencia de esta secta, nadie podía pensar que fuera a tener futuro,
excepto en el seno del judaísmo. Y el propio judaísmo distaba mucho de haber
tenido éxito en su penetración del pensamiento griego y romano como lo habían
tenido, por ejemplo, los ritos egipcios.
No obstante,
el firme monoteísmo de los judíos y su elevado código
moral constituían un factor de atracción para numerosos individuos hastiados de
las supersticiones y del sensualismo de la mayoría de las religiones de la
época. De ahí que algunos no judíos (a veces bastante bien situados dentro de
la estructura social del imperio) adoptaran el judaísmo.
Con todo,
las conversiones no fueron demasiado numerosas, pues los propios judíos
no facilitaban las cosas. No sólo no transigían con los gentiles o con su modo
de vida, sino que insistían
en la adopción plena y total de un conjunto de leyes sumamente complejo.
Además, insistían en que el Templo de Jerusalén era el único lugar verdadero de
culto y se negaban a admitir que los conversos participaran en los ritos del
culto al emperador.
Así,
los conversos del judaísmo quedaban sujetos a un nacionalismo extranjero, y
aislados respecto a su propia sociedad. Después de la rebelión judía del 66-70,
la conversión al judaísmo comenzó a ser considerada como una traición por
muchos romanos, por lo que prácticamente no se dio más.
En cambio,
el cristianismo operaba en circunstancias mucho menos desventajosas en este
sentido, gracias, principalmente, a la labor de un hombre. Este era Saulo (o
Pablo, como se le conoció posteriormente), judío de Tarso (la
ciudad donde Marco Antonio se había encontrado por primera vez con Cleopatra).
Al principio fue ferozmente anticristiano, pero se convirtió y llegó a ser el
más famoso y eficaz de todos los misioneros cristianos.
Se dirigió
al mundo gentil y predicó una forma de cristianismo en el que se habían
abandonado la ley y el nacionalismo judíos. En su lugar propugnaba un
universalismo según el cual todos los hombres podían ser cristianos sin
distinción de nacionalidad o de posición social. Ofrecía el monoteísmo y una
elevada moralidad, sin las complicadas restricciones de la ley mosaica, y los
gentiles — en Egipto y en otras partes— comenzaron a afluir hacia el
cristianismo en número sorprendentemente alto.
Sin embargo,
a los cristianos también les estaba prohibido participar en el
culto del emperador, por lo que, lo mismo que los judíos en general, se hacían
sospechosos de traición. En el 64, en tiempos de Nerón, los cristianos de Roma
fueron salvajemente perseguidos en represalia por el gran incendio que destruyó
la ciudad y del que fueron hechos responsables (por supuesto, falsamente).
Según la tradición, Pablo fue ejecutado en Roma no mucho después de comenzar
esta persecución.
La obra de
Pablo produjo una división en el cristianismo entre aquellos que
persistían en la tradición judía y aquellos que la rechazaban. La crisis estalló
durante la rebelión judía. Los judíos que seguían las enseñanzas de Cristo eran
extremadamente pacifistas. Para ellos el Mesías, en la persona de Jesús, había
llegado ya y esperaban su retorno. Por ello, participar en la lucha de
independencia de Judea en nombre de algún otro mesías que no fuera Jesús
carecía de sentido para ellos. Así pues, se retiraron a las montañas y no
tomaron parte en la guerra. Los judíos supervivientes los tildaron de traidores
y, prácticamente, la conversión de judíos al cristianismo se detuvo.
Por ello,
del 70 en adelante, el cristianismo se hizo casi completamente gentil, y muy
distinto del judaísmo. Al penetrar en el mundo gentil, él
mismo resultó influido, aceptando y asimilando las filosofías griegas y las
fiestas paganas —todo lo cual lo separaban aún más claramente del judaísmo—.
Ya en 95 el
emperador romano Domiciano, el hijo menor de Vespasiano, ordenó
ciertas medidas contra los judíos y los cristianos, pensando, según parece, que
eran la misma cosa en el fondo. Esta vez fue quizá la última en que no se los
diferenció convenientemente.
Existía
una rivalidad natural entre el judaísmo y el cristianismo. Los cristianos
censuraban a los judíos a causa de su negativa a reconocer al Mesías en Jesús y
debido al papel desempeñado por los funcionarios judíos en la crucifixión
(olvidando, a veces, que los propios discípulos de Jesús fueron también
judíos). Por su lado, los judíos consideraban al cristianismo como una herejía,
y veían con amargura cómo, al tiempo que ellos sólo conocían desastres, el
poder de sus rivales aumentaba progresivamente.
Con todo, la
antipatía
entre ambas religiones tal vez no hubiera alcanzado cotas tan altas de no haber
sido por la influencia de Egipto. El cristianismo dio sus primeros pasos en un
Egipto que acababa de atravesar los amargos episodios de los motines de
Alejandría y de la rebelión de Cirene. El sentimiento antijudío en Egipto era
más fuerte que en ningún otro lugar del imperio, y esto pudo contribuir al auge
del gnosticismo en la Iglesia primitiva.
El
gnosticismo era una filosofía precristiana que resaltaba la maldad
de la materia y del mundo. Para los gnósticos, el gran Dios abstracto, que era
verdaderamente real, bueno y señor omnipotente de todo lo existente, era el
Conocimiento personificado (en griego gnósis, de donde proviene la palabra «gnosticismo»).
El
Conocimiento, el Saber, se encontraba abruptamente divorciado del universo —inalcanzable,
incognoscible—. El universo ha sido creado por un dios inferior, un «demiurgo»
(de la palabra griega que significa «el que trabaja por el pueblo» —un
gobernante práctico, una especie de ser terrenal más que un dios divino por
encima y más allá de la materia—). Debido a que la capacidad del demiurgo era
limitada, el mundo se torcía hacia el mal, como todo, incluida la propia
materia. El cuerpo humano era el mal, y el alma debía separarse de él y de la
materia y del mundo, en su intento de volver al espíritu y al Conocimiento.
Algunos gnósticos
se sintieron atraídos por el cristianismo, y viceversa. El dirigente más
importante de esta corriente de pensamiento fue Marción, nacido en Asia Menor y
supuesto hijo de un obispo cristiano.
Marción
escribió durante los reinados de Trajano y de Adriano; sostenía que el Dios del
Antiguo Testamento era el demiurgo —un ser malvado e inferior que había creado
el universo—. Por otra parte, Jesús era el representante del verdadero Dios,
del Conocimiento. Ya que Jesús no participó en lo creado por el demiurgo, era
un espíritu puro y su forma humana y sus experiencias fueron tan sólo una
deliberada ilusión asumida para cumplir sus propósitos.
Una versión
gnóstica del cristianismo fue durante un tiempo bastante popular en Egipto, ya
que se adecuaba muy bien al sentimiento antijudío existente en el país, pues
hacía del dios judío un demonio, y de las escrituras algo inspirado por el
demonio.
Con todo, el
cristianismo gnóstico no duró mucho tiempo, pues la
corriente principal del cristianismo se le oponía firmemente. La mayoría de los
dirigentes cristianos aceptaron al Dios de los judíos y del Antiguo Testamento
como el Dios del que hablaba Jesús en el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento
fue aceptado como escritura inspirada y como introducción al Nuevo Testamento.
Sin embargo,
aun cuando el gnosticismo desapareció, dejó tras de sí algunas oscuras
huellas. En el cristianismo quedaron algunas ideas referentes al mal del mundo
y del hombre, y con ellas, un sentimiento antijudío más fuerte que antes.
Por si fuera
poco, los egipcios nunca abandonaron algún tipo de visión
gnóstica respecto a Jesús. Consecuentemente, interpretaban la naturaleza de
Jesús de tal forma que sus aspectos humanos quedaban minimizados. Esto no sólo
contribuyó a fomentar una agotadora lucha interna entre los dirigentes
cristianos, sino que sería un elemento importante, como tendremos oportunidad
de ver, en la destrucción del cristianismo egipcio.
Otra
influencia, aunque más placentera, del pensamiento egipcio
en el cristianismo estaba relacionada con la encantadora Isis, Diosa del Cielo.
Sin duda era una de las diosas más populares, no sólo en Egipto, sino en todo
el Imperio Romano, y no fue difícil transferir la complacencia en la belleza y
gentil simpatía de Isis a la Virgen María. El importante papel desempeñado por
la Virgen en el cristianismo dio a la religión un cálido toque femenino, que
estaba ausente en el judaísmo, y qué duda cabe que fue la existencia del culto
de Isis lo que facilitó que se añadiera este aspecto al cristianismo.
Y esto
resultó
aún más fácil dado que, con frecuencia, se mostraba a Isis con el niño Horus en
su regazo (véase pág. 109). En este caso Horus, sin cabeza de halcón, era
conocido por los egipcios como Harpechruti («Horus, el Niño»). Se llevaba los
dedos a los labios, como un signo infantil —algo parecido a chuparse el dedo,
por así decir—. Los griegos interpretaron el signo como una petición de
silencio, y en su panteón este dios se convirtió en Harpócrates, el dios del
silencio.
La
popularidad de Isis y de Harpócrates, madre e hijo, pasó también al
cristianismo, y contribuyó a hacer popular la idea de la Virgen y del Niño
Jesús, que ha captado la imaginación de millones y millones de personas desde
que existe el cristianismo.
Los tiempos
de Trajano y de Adriano, y de sus sucesores Antonino Pío
y Marco Aurelio, señalaron los momentos culminantes del Imperio Romano: ochenta
años de relativa paz y seguridad.
Pero todo
esto terminó.
Un hijo de Marco Aurelio, el inútil Cómodo, accedió al trono en el 180, y fue
asesinado en el 192. Con esto el imperio se vio lanzado a un nuevo período de
luchas entre los generales por la sucesión imperial, como sucedió después de la
muerte de Nerón; sólo que esta vez duró más tiempo y fue mucho más costoso para
el imperio.
El más
popular de los generales rivales era Pescenio Níger, que se encontraba en
Siria. Inmediatamente ocupó Egipto, el granero de Roma, como ya había hecho en su
día Vespasiano, 125 años antes. En vez de asaltar Roma, se quedó allí, arropado
por su popularidad y seguro sin duda de que la corona pasaría a sus manos
automáticamente en el momento en que Roma comenzase a sentir la falta de
alimentos.
Sin embargo,
en Roma se encontraba el aguerrido comandante de las legiones del Danubio,
Septimio Severo. Una vez fortalecida su situación en la capital, este
general se lanzó hacia el Oriente, atrajo a Níger al Asia Menor y lo derrotó. Y
Septimio Severo gobernó como emperador romano.
Su hijo
mayor, Caracalla, le sucedió en el trono en el 211, y al año
siguiente, en el 212, promulgó un famoso edicto por el que todos los habitantes
libres del imperio se convertían en ciudadanos romanos. Los egipcios nativos, que anteriormente no tenían
acceso al reducido círculo de la superioridad romana y griega, se vieron de
repente convertidos en ciudadanos romanos en pie de igualdad con los hombres
más orgullosos de Alejandría y Roma. Algunos egipcios fueron elevados a la
categoría de senadores, siendo recibidos en el Senado romano (que, sin embargo,
ya no gozaba de poder político y no era más que un club social).
Pero los
tiempos se estaban poniendo difíciles para Roma. Una terrible peste
había despoblado el imperio en tiempos de Marco Aurelio, y la decadencia
económica estaba muy avanzada. El dinero requerido para gobernar era cada vez
más difícil de recaudar en un imperio cada vez más empobrecido, y la decisión
de Caracalla se inspiró probablemente en algo más que en el puro idealismo. Había
un impuesto sobre el patrimonio aplicable tan sólo a los ciudadanos, y mediante
el edicto de Caracalla se hizo extensible a todos los hombres libres,
obteniéndose así grandes ingresos adicionales.
Caracalla
fue el primer emperador, después de Adriano, que visitó Egipto. Pero
las circunstancias eran completamente diferentes. Casi un siglo antes, Adriano
había sido un turista inquieto que viajaba por un imperio en paz. Caracalla
vivió en una época mucho más dura, en la que los enemigos del norte y del este
trataban de forzar las fronteras romanas. En su viaje a las regiones orientales
en guerra se detuvo en Egipto, y no hay duda de que estaba de muy mal humor.
Bajo la
presión
del escaso dinero recaudado (situación empeorada por las guerras) Caracalla puso
fin a la subvención estatal a los estudiosos del Museo de Alejandría.
Quizá
esto no estaba completamente desprovisto de justificación desde el punto de
vista de Caracalla. El Museo se encontraba en decadencia desde hacía un siglo,
y después del año 100 había aportado pocas cosas de valor al mundo. El último
científico de alguna importancia que trabajó en Egipto había sido el astrónomo
Ptolomeo (véase pág. 104), y su contribución consistió sobre todo en resumir la obra de los
primeros astrónomos. Quizá Caracalla pensó que el
Museo estaba ya moribundo y que no merecía las sumas gastadas en él, sumas a
las que el decadente imperio no podía hacer frente. Con todo, la suspensión del
apoyo estatal hizo de todo punto improbable la revitalización del Museo.
La decisión
de Caracalla ofendió sin duda a los estudiosos de todo el mundo, y los
historiadores de la época son los más hostiles al emperador y lo acusan de
todos los crímenes y brutalidades imaginables. Se cree que ordenó el saqueo de
Alejandría, y que miles de ciudadanos fueran asesinados en represalia por una
ofensa insignificante. No hay duda ninguna de que esto es exagerado.
Pero si la
ciencia decayó en Alejandría, no sucedió lo mismo con
el saber en sí. Surgió un nuevo tipo de estudioso, el teólogo cristiano, y
Alejandría, siguiendo este camino, continuó a la cabeza del mundo del
pensamiento.
En el primer
siglo posterior a Pablo, el cristianismo se difundió principalmente entre
las clases inferiores y entre las mujeres; es decir, entre los pobres y entre
las gentes sin instrucción. Las clases instruidas y acomodadas eran
refractarias a sus enseñanzas. Para aquellos que habían sido instruidos en la
sutileza intelectual de los grandes filósofos griegos, las escrituras judías
parecían bárbaras; las enseñanzas de Jesucristo, ingenuas, y los sermones de la
gran mayoría de los cristianos, risibles y propios de ignorantes. La tarea de
los teólogos de Alejandría fue precisamente combatir esta creencia.
Activamente
comprometido en este combate estuvo Clemente, sacerdote nacido en Atenas hacia
el 150, y que enseñaba en Alejandría. Era tan experto en
filosofía griega como en doctrina cristiana, y era capaz de interpretar a esta
última en términos de la anterior, de forma que el cristianismo pareciese
respetable (aun cuando no siempre resultase convincente) a los griegos más
inteligentes. Por si fuera poco, reinterpretó la doctrina cristiana de forma
que no se presentase como una doctrina social revolucionaria, y aportó
argumentos para demostrar que los ricos también podían alcanzar la
salvación. Fue, además, una poderosa fuerza contra las agonizantes doctrinas
del gnosticismo.
Naturalmente,
Clemente era un griego que llegó a enseñar en Egipto. Pero había un
seguidor suyo, quizá su discípulo, que al parecer, era realmente egipcio. Se
trataba de Orígenes.
Orígenes
había nacido en Alejandría en el 185, quizá de padres paganos, pues su nombre
griego significa «hijo de Horus». Al igual que Clemente, mezcló mucha filosofía
griega a su cristianismo, y era capaz de enfrentarse a los filósofos paganos en
pie de igualdad.
Entró
en lid contra un escritor griego llamado Celso, filósofo platónico pagano que
había escrito un libro frío y desapasionado contra el cristianismo. Fue el
primer libro pagano que se vio obligado a tratar al cristianismo seriamente
—quizá como resultado de la labor de Clemente—. Orígenes replicó en un libro
titulado Contra Celso, que fue la
defensa más completa y concienzuda del cristianismo que se publicó en los
tiempos antiguos.
El libro de
Celso no sobrevivió mucho tiempo, pero casi las nueve
décimas partes del mismo se citan en el libro de Orígenes, que sí ha llegado
hasta nosotros. Así pues, gracias a Orígenes conocemos todavía las opiniones de
su adversario.
De este modo
Egipto contribuyó de forma muy importante a la
intelectualización del cristianismo y a hacerlo aceptable para los hombres de
formación clásica. En realidad, en los primeros siglos del cristianismo,
Alejandría fue el centro cristiano más importante del mundo.
Pero los
tiempos siguieron empeorando. En el 222 llegó a emperador
Alejandro Severo, sobrino nieto de Septimio Severo. Este era un hombre
bondadoso pero débil, dominado por su madre. Fue asesinado en el 235.
Lo que siguió
puede describirse como una verdadera orgía de emperadores. Un general tras otro
fue exigiendo el trono, siendo rápidamente asesinado a continuación por
aspirantes rivales o por invasores bárbaros. A pesar de la impasible valentía
de las legiones, se consumía tanta energía en luchas internas que los bárbaros
germanos del norte irrumpían en el imperio y establecían aquí y allá gobiernos
independientes.
Esta fue la
oportunidad esperada por Persia.
Este país
había experimentado un resurgimiento desde que Alejandro Magno lo había
derrotado seis siglos antes. Después de Antíoco III, las provincias orientales del imperio
seleúcida habían obtenido una independencia duradera y erigido un reino
conocido por los romanos como Partia (palabra que en realidad es una forma de
«Persia»).
Durante tres
siglos los romanos se habían enfrentado a Partia en batallas de
resultado dudoso, que a la larga no conseguían nada sino sangre y ruina para
ambos bandos. En el 228, cuando ocupaba el trono Alejandro Severo, una nueva
dinastía tomó el poder en tierras partas; la dinastía se remontaba a un
dirigente persa llamado Sasán. Por ello, la dinastía se llama sasánida.
En tiempos
del caos que en Roma siguió a la muerte de Alejandro Severo, los
persas creyeron llegado su momento y se lanzaron hacia occidente. En el 260 se
encontraron con los ejércitos romanos en Edesa, al este del Alto Eufrates. Los
romanos estaban dirigidos por su emperador, Valeriano.
No sabemos
qué
ocurrió exactamente, aunque parece ser que los romanos, mandados de un modo
inexperto, cayeron en una trampa y fueron forzados a aceptar la derrota, y el
propio Valeriano fue hecho prisionero. Era la primera vez en toda la historia
de Roma que un emperador era capturado por el enemigo, y la repercusión de la
catástrofe fue terrible. El ejército persa continuó avanzando orgullosamente
por toda Asia Menor.
Y entonces
ocurrió
algo sorprendente. En Siria, a unas 130 millas de la costa y cerca de la
frontera oriental del imperio se hallaba la ciudad de Palmira, en el desierto.
Esta era un centro comercial que había crecido en paz y prosperidad en tiempos
más tranquilos, cuando el Imperio Romano estaba en su cenit.
En la época
de la derrota de Valeriano, Palmira se hallaba gobernada por Odenato, dirigente
de origen árabe. No tenía intención de cambiar el relajado y beneficioso
dominio de Roma por el más sofocante y quizá más riguroso dominio persa. Por ello atacó a Persia.
No se
enfrentó
directamente a los ejércitos persas (que se hallaban lejos, hacia el oeste),
sino que atacó por el este y el sur, hacia Ctesifonte, la casi desprotegida
capital persa. Los airados persas se vieron obligados a volver sobre sus pasos,
y la oportunidad de aplastar a Roma se esfumó.
Los
agradecidos romanos llenaron de títulos a Odenato, y lo convirtieron casi
en un soberano independiente. Pero en aquellos tiempos la realeza era una
profesión insegura y en el 267 Odenato fue asesinado.
A ocupar el
lugar vacante se presentó inmediatamente su esposa Zenobia, una
mujer tan ambiciosa y enérgica como Cleopatra. Esta reclamó todos los títulos
de su marido para su hijo y se preparó para obtener el título imperial de la
propia Roma. En el 270 sus ejércitos alcanzaron Asia Menor, y ese mismo
invierno la reina marchó sobre Egipto.
Los
sorprendidos egipcios se encontraron frente a un ejército hostil a las
puertas del Sinaí, algo que hacía tres siglos que no veían, desde que Augusto
se había presentado en Egipto. No opusieron ninguna resistencia.
Una vez
obtenido el control del tercio más oriental del imperio, Zenobia se proclamó
a sí misma y a su hijo coemperadores de Roma.
Pero por
entonces había
un nuevo emperador en Roma: Aureliano, uno de los más capacitados del período
de anarquía. Rápida y violentamente, éste llevó a su ejército a Asia Menor.
Inmediatamente, las tropas de Zenobia se replegaron a sus bases nacionales,
evacuando Egipto. En el 273 Aureliano había acabado totalmente con el ejército
de Palmira, había ocupado la ciudad, y puesto fin a la amenaza. Zenobia tuvo
menos suerte que Cleopatra. Capturada, fue conducida a Roma, para adornar el
triunfo de Aureliano.
Pero
Aureliano no había terminado con la captura de Zenobia.
Un rico egipcio, llamado Firmo, aprovechó la confusión para proclamarse
emperador. A la vuelta de Palmira, Aureliano irrumpió en Egipto, tomó Alejandría
y crucificó a Firmo.