| DOOR | 1. | 2. | 3. | 4. | 5. | 6. | 7. | 8. | 9. | 10. | 11. | 12. | 13. | 14. | CRONOLOGIA |
Bajo el
gobierno de Cleomenes Egipto prosperó y se apartó temporalmente del
torbellino de los acontecimientos, mientras Alejandro corría a lo largo y a lo
ancho del Imperio persa, venciendo dos grandes batallas e innumerables batallas
menores, y erigiéndose en monarca de todo ello. (Darío III, el último rey persa, fue asesinado por
sus propios hombres en el 330 a. C).
Alejandro
regresó
a Babilonia en el 324 a. C. tras sus expediciones a lejanos confines, y debía
de estar haciendo nuevos planes de conquista en otras direcciones, cuando murió
en el 323 a. C.
Cuando murió
era todavía un hombre joven de 33 años, y no dejó tras de sí una sucesión
segura. Tenía una madre muy pendenciera, una esposa persa, un hermanastro
deficiente mental y un hijo pequeño póstumo. Ninguno de ellos contaba para
nada.
Según
una leyenda, mientras estaba agonizando preguntaron a Alejandro quién iba a
heredar su imperio. Se cree que en su postrer suspiro logró decir: "El más
fuerte".
En realidad,
no debió
de decir nada de esto, pero sus generales actuaron como si lo hubiera dicho.
Cada uno de ellos tomó una parte y trató de utilizarla como base para
apoderarse de todo el resto. Los más importantes generales, desde el punto de
vista de este libro, fueron Ptolomeo, Seleuco y Antígono. Este último fue
ayudado valiosamente por su hijo Demetrio.
Ptolomeo (o,
según
la forma griega, Ptolemáios) era hijo de un noble macedonio, aunque existían
rumores que lo hacían hijo ilegítimo de Filipo y, por consiguiente, hermanastro
de Alejandro. (Este rumor pudo haber sido difundido deliberadamente por el
propio Ptolomeo para acrecentar su propio prestigio. La bastardía era un precio
exiguo a cambio de una relación familiar con el gran Alejandro).
Tan pronto
como Alejandro Magno hubo muerto, Ptolomeo se apropió del gobierno de
Egipto, ejecutando inmediatamente a Cleomenes (un pobre pago por una excelente
administración). La elección de Egipto fue prudente. Egipto era un país rico,
cuya producción agrícola, debido a las crecidas regulares del Nilo, y a la
experta laboriosidad del pueblo proporcionaba a sus gobernantes una riqueza sin
igual.
Ptolomeo fue
también
lo bastante inteligente como para apoderarse del cuerpo de Alejandro y
enterrarlo en Menfis —un hábil golpe psicológico, si se tiene en cuenta que el
mundo entero estaba maravillado ante la fulgurante vida de Alejandro, que
estaba considerado como una especie de semidiós.
Ptolomeo fue
el primer general que se dio cuenta de que la victoria total y extender el
gobierno sobre todo el imperio constituían empresas
imposibles. Puede ser que ni siquiera lo estimase deseable. Tal vez se sintiese
a gusto siendo sólo gobernante del rico Egipto; y después de todo, ¿qué objeto
tenía exponerse a los problemas y trastornos que le ocasionaría el tratar de
conquistar el resto del imperio? Lo único que quería, aparte del valle del
Nilo, eran sus accesos inmediatos por el oeste y por el este como defensa ante
posibles invasores y una flota capaz de controlar el mar en el norte.
Hacia el
oeste la cosa era fácil. Ptolomeo tenía que obtener, tan
sólo, la sumisión de Cirene y la de los oasis libios, que habían estado
sometidos a Persia y a Alejandro Magno, y que no habían provocado ningún
problema al pasar bajo el régimen de Ptolomeo.
Hacia el
este era caso igualmente fácil. En el 320 a. C, Ptolomeo llevó a
su ejército hasta Siria, atacando astutamente Jerusalén en sábado. Los piadosos
judíos de la época rehusaron combatir en ese día, ni siquiera en autodefensa, y
Jerusalén, que había resistido a Senaquerib y a Nabucodonosor con admirable
tenacidad, se rindió a Ptolomeo sin mover un dedo.
Sería
en el norte donde Ptolomeo encontraría problemas. Había construido una flota y
la envió en expedición a Grecia y a diversas islas griegas, en un esfuerzo por
buscar aliados y afirmar su dominio. Aquí se enfrentó con Antígono y Demetrio,
y en 306 a. C. los barcos de padre e hijo infligieron una espectacular derrota
a la flota ptolemaica.
Antígono,
que contaba por aquel entonces setenta y cinco años, y estaba ansioso por conseguir
la supremacía antes de morir, adoptó inmediatamente el título de rey de Asia,
anticipándose a la victoria final. Ptolomeo, aunque dolido por la derrota, no
podía permitir que este golpe psicológico quedase sin respuesta. Se proclamó
rey también él; luego se las arregló para rechazar un débil intento de Demetrio
y Antígono para invadir Egipto, reforzando así su nuevo título.
Como rey de
Egipto, Ptolomeo fundó una dinastía que duró tres siglos, más
que cualquiera de las dinastías nativas que habían gobernado Egipto en un lapso
de tres mil años. La dinastía de Ptolomeo puede denominarse Dinastía Macedonia
o de los Lagidas, por el nombre del padre o presunto padre, de Ptolomeo, Lagos
(o bien, Dinastía XXXI, si nos inclinamos por el criterio
numérico).
Más
frecuentemente, la dinastía se llama de "los Ptolomeos", ya que todos
los reyes de ella, sin excepción, llevaron ese nombre. Así, podemos hablar del
Egipto de la época como del Egipto Ptolemaico.
No sólo
fueron Antígonos y Ptolomeo los generales que se convirtieron en reyes.
Seleúco, que se había establecido en Babilonia, adoptó también el título de
rey. La dinastía que fundó se conoce con el nombre de seleúcida, y el imperio
que construyeron en Asia occidental, el Imperio Seleúcida.
Ptolomeo I —como
lo llamaremos desde ahora— no se retiró del Mediterráneo septentrional por una
única derrota. Reconstruyó la flota y esperó una oportunidad. En el 305 a. C.
Demetrio sitió la isla de Rodas, que había continuado siendo aliada de Egipto a
pesar del descalabro de Ptolomeo. Sus habitantes ofrecieron una firme
resistencia, y los barcos de Ptolomeo se hicieron a la mar para contribuir a la
defensa. Demetrio tuvo que abandonar y marcharse con sus navíos, y los
agradecidos isleños dieron a Ptolomeo el título de Sóter ("salvador").
En los
siglos siguientes a Alejandro se hizo habitual que los reyes adoptasen, o se
les asignase, algún apodo lisonjero con el que
distinguirse de los demás y poder pasar a la historia. (Por lo general, cuanto
peor o más débil era un monarca, más pretencioso y adulador era el apodo). Esta
costumbre imperaba también entre los reyes selúcidas y en diversas dinastías
del Mediterráneo oriental, pero nosotros la utilizaremos tan sólo en relación
con los reyes egipcios. Así, el primer Ptolomeo puede ser llamado Ptolomeno I
Sóter.
Como de
todos los generales Antígono era el más ambicioso y el menos
deseoso de transigir o de renunciar al poder supremo, Ptolomeo, Seleúco y
algunos otros se aliaron contra él. En el momento de formar esta unión,
Ptolomeo y Seleúco acordaron informalmente repartirse Siria. Ptolomeo se
quedaría con la mitad sur.
A medida que
las campañas
contra Antígono progresaban, el cauto Ptolomeo comenzó a temer una derrota y a
retirar sus tropas. Cuando se libró la batalla final, en el 301 a. C., en Ipso,
en el Asia Menor central, fue Antígono el que resultó derrotado y muerto,
mientras que su hijo Demetrio fue enviado a un exilio temporal.
Seleúco
se hallaba ahora en una posición óptima. Fue capaz de establecer su dominio sobre
casi toda la parte asiática del Imperio de Alejandro. Reclamó,
además, el sur de Siria, aduciendo que Ptolomeo había perdido el dominio sobre
esta región por su pusilánime comportamiento antes de la batalla de Ipso. Sin
embargo, Ptolomeo se negó a abandonarla. El sur de Siria, y en particular
Judea, siguieron bajo dominación egipcia durante un siglo. Esta fue la primera
empresa egipcia en el campo del imperialismo en Asia (si exceptuamos la
estancia de Necao durante tres años) desde la época de Ramsés III, ocho
siglos antes.
Sea como
fuere, Siria siguió siendo la manzana de la discordia
entre los Ptolomeos y los Seleúcidas durante siglo y medio, provocando una
serie de guerras que, al final, acabaron destruyendo ambos reinos.
Ptolomeo I
gozó
de una larga vida, en beneficio de Egipto, sobre el cual gobernó de manera
justa e indulgente —gobernó tan bien, de hecho, que al final logró granjearse
la estima de sus súbditos a pesar de ser extranjero—. Fue el primer monarca
egipcio que acuño moneda en Egipto, y con él floreció la economía. La segunda
mitad de su reinado transcurrió en paz, aunque nunca perdió de vista el hecho
de que en Seleúco, que también gozó de larga vida, tenía un temible enemigo.
En el 285 a.
C. Ptolomeo I tenía ochenta y dos y no se sentía capaz ya
de cumplir los deberes de su cargo. Por ello decidió abdicar, pero antes tuvo
que tomar ciertas decisiones en materia de sucesión. Deseaba que el rey que lo
sustituyera fuese tan prudente como él, y capaz, igual que él, de mantener a
distancia a Seleúco y a sus sucesores.
Ptolomeo I
había
tenido cierto número de hijos, dos de los cuales (de diferentes madres) eran,
en esta época, importantes. Ambos llevaban el nombre de Ptolomeo. El mayor era
Ptolomeo Keraunos, o Ptolomeo "el Rayo"; el más joven era Ptolomeo
Filadelfo, nombre que se le dio tardíamente por razones que veremos más
adelante.
Ciertamente,
el mayor era un rayo, inclinado a actuar irreflexivamente y a dañar
a otros y a sí mismo con sus acciones. El joven era tan prudente y moderado
como su padre. Sin vacilar, Ptolomeo exilió a Keraunos y permitió a su joven hijo compartir
con él
las tareas de gobierno, abdicando más tarde, en el 285 a. C., en su favor.
Ptolomeo vivió hasta el 283 a. C., muriendo en paz, al final de una larga y
afortunada vida.
Ptolomeo
Keraunos acabó encontrándose en la corte de Seleúco,
que lo recibió de buen grado. Seleúco veía en el joven a un posible
pretendiente al trono egipcio y, por lo tanto, a alguien que podía servirle
como un instrumento manejable en caso de necesidad. Seleúco no era como
Ptolomeo. Su avanzada edad no lo llevaba a pensar en la abdicación. Todavía iba
detrás del señuelo del poder y proseguía las interminables guerras con el vigor
y la persistencia de un hombre joven.
En el 281 a.
C. ganó
su última batalla, derrotando y matando a otro de los ancianos generales de
Alejandro Magno. Con Ptolomeo I muerto también, Seleúco era ahora el último de
todos los generales de Alejandro que seguía con vida, un hecho que le
proporcionaba la más viva complacencia (contaba unos setenta y siete años en
este momento cumbre de su longeva vida).
Pero su
complacencia no duró mucho tiempo. De resultas de su última
victoria, viajó hasta Macedonia, donde debía tomar posesión del territorio
patrio del gran Alejandro. Pero cuando Seleúco llegó, Ptolomeo Keraunos entró
en acción. Habían perdido la oportunidad de alcanzar el trono de Egipto, pero
estaba decidido a gobernar en algún sitio. Y no parecía ser de ninguna utilidad
esperar que el inmortal Seleúco muriese de una vez, por lo que Keraunos, en el
280 a. C., arregló la cuestión apuñalándolo.
El último
general de Alejandro había muerto, y ahora ambos hijos de Ptolomeo Sóter eran
reyes. El joven, rey de Egipto; el mayor, de Macedonia. Pero el mayor, que había
obtenido el trono por medio del asesinato, no iba a disfrutarlo por largo
tiempo. Al año siguiente Macedonia fue invadida por tribus bárbaras
provenientes del norte, y en la horrible confusión y devastación ocasionada,
Ptolomeo Keraunos perdió la vida.
Ptolomeo
hizo de Alejandría su capital y desde ella gobernó, al
igual que los demás Ptolomeos que le sucedieron. En realidad, Alejandría
representaba casi todo el Egipto que contaba algo, en lo que concernía a los
extranjeros. Para los egipcios, en cambio, apenas era una parte de Egipto. Los
Ptolomeos respetaban las costumbres egipcias y rendían pleitesía, al menos de
palabra, a todos los dioses egipcios; nunca hubo una rebelión realmente seria
contra la dinastía extranjera, como las habidas contra los hicsos, los asirios
y los persas. Sin embargo, para los egipcios, Alejandría era un pequeño rincón
no egipcio. Era gobernada según las costumbres griegas y estaba llena de
griegos y judíos (estos últimos llegaban libremente como inmigrantes desde
Judea, que en aquella época formaba parte del reino egipcio).
Quizá
esto fuese incluso algo bueno desde el punto de vista de los egipcios. Al
aislar a los griegos en la capital, el resto del país resultaba ser tanto más
egipcio.
Así
pues, podríamos decir, según la cuenta de la vieja, que Alejandría, bajo los
Ptolomeos, era griega en un tercio, en un tercio judía y en el otro egipcia.
Considerando su prosperidad, su sofisticación, su cosmopolitismo y su carencia
de historia antigua, Alejandría era la Nueva York de la época.
Ptolomeo I y
su hijo Ptolomeo II no se
contentaron simplemente con hacer de Alejandría una ciudad grande,
populosa y próspera. Ambos se afanaron en convertirla en un centro de saber, y
en esto tuvieron éxito. (Los dos primeros Ptolomeos estuvieron tan a la par en
esto que es difícil precisar con exactitud cuáles fueron los logros de uno y
cuáles los del otro).
Ptolomeo I
fue escritor, y elaboró una biografía de Alejandro Magno, de
estilo directo y sin pretensiones. El hecho de que la biografía se perdiese
—era una biografía basada en un conocimiento de primera mano— es una de las
grandes pérdidas del saber. Sin embargo, un historiador griego, Amano, que
escribió cuatro siglos y medio después, elaboró una biografía de Alejandro que
se basa en su mayor parte en la de Ptolomeo. La biografía
de Amano ha sobrevivido, y a través de ella poseemos indirectamente la de
Ptolomeo.
Ptolomeo I
heredó
la biblioteca del gran filósofo griego Aristóteles, y no escatimó esfuerzos
para ampliarla. Contrató a un erudito ateniense para que supervisase la
organización de una gran biblioteca, que con el tiempo se convertiría en la
mejor y más famosa del mundo antiguo; una biblioteca que no sería igualada y
mucho menos superada, hasta diecisiete siglos después, hasta que la invención
de la imprenta generalizó el uso del libro.
Junto a la
biblioteca había un templo dedicado a las Musas (Mouseion en griego, Museum en latín, es decir, Museo) en el que los sabios podían
trabajar en paz y sin molestias, libres de impuestos y mantenidos por el
Estado. Atenas, que hasta entonces había sido el centro del saber griego,
perdió terreno ante Alejandría en todos los campos, excepto en el de la
filosofía. Los intelectuales iban a donde había dinero (como sucede hoy con la
"fuga de cerebros", debida a la cual los intelectuales y
profesionales europeos se marchan a Estados Unidos). En su apogeo, se dice, el
Museo hospedaba a 14.000 estudiantes, por lo que el establecimiento era como
una gran universidad, aun para las medidas de hoy.
Fue en
Alejandría
donde Euclides elaboró su geometría, donde Eratóstenes midió la circunferencia
de la Tierra sin abandonar Egipto, donde Herófilo y Erasístrato realizarán
enormes progresos en anatomía, y Ctesibio perfeccionó y depuró el reloj más
ingenioso de los tiempos antiguos, que funcionaba con agua.
La ciencia
alejandrina era de inspiración principalmente griega, pero la
tecnología egipcia también contribuyó. Si Egipto estaba menos versado que
Grecia en la teoría, estaba más capacitado en las cuestiones prácticas. Largos
siglos de experimentación en el campo de los embalsamamientos habían dado lugar
a gran cantidad de información y saber en química y medicina.
Los eruditos
griegos no dudaron ni un momento en adoptar los conocimientos egipcios. Para
los egipcios, Tot, el dios con cabeza de Ibis, era el depositario de toda la sabiduría,
y los griegos lo asociaron a su propio dios Hermes. Hablaban de Hermes
Trismegisto ("Hermes Tres veces grande"), y bajo su divino amparo
rebosaba la ciencia que ahora llamamos alquimia.
El primer
investigador de importancia en la "jemeia" greco-egipcia, que
conocemos por su nombre, fue Bolos, de Mendes, ciudad del delta del Nilo.
Escribió
hacia el 200 a. C. y utilizó el nombre de Demócrito como pseudónimo, por lo que
con frecuencia se le cita como Bolos-Demócrito.
Bolos aceptó
la creencia, que probablemente prevalecía en esa época, de que los diferentes
metales pueden convertirse el uno en el otro, y basta sólo descubrir los
métodos adecuados. La conversión del plomo en oro ("transmutación")
siguió siendo una meta inalcanzable para los estudiosos durante los dos mil
años siguientes.
Aunque los
Ptolomeos siguieron siendo griegos en el idioma y en la cultura, se cuidaron
también
de fomentar la cultura egipcia. Así, por ejemplo, fue Ptolomeo II quien
patrocinó la historia de los egipcios de Manetón, y el que realizó un viaje de
exploración por el legendario Nilo.
Los
Ptolomeos respetaron también la religión egipcia. En realidad,
trataron de fomentar un tipo de religión que fusionase las formas egipcias con
las griegas, y produjese algo que pudiese relacionarse particularmente con
ellos mismos. Así, Osiris, junto a su manifestación terrenal, el toro, Apis, se
convirtió para los griegos en Serapis. Se le relacionó además con Zeus, y
Ptolomeo I construyó un magnífico templo en su honor en Alejandría, al que se
llamó Serapeion, Serapeum en latín.
Ptolomeo II llevó
su observancia de las costumbres egipcias hasta tal punto que revivió la costumbre
faraónica de los matrimonios entre hermanos y hermanas. Cuando se casó por
segunda vez, lo hizo con su hermana Arsínoe, que anteriormente había estado
casada con su medio hermano Ptolomeo Keraunos. Por este matrimonio —muy feliz y
bien avenido— Arsínoe sería conocida por "Filadelfos" ("la que
ama a su hermano"), sobrenombre que fue aplicado luego a Ptolomeo II (tras su
muerte). Tanto Ptolomeo como Arsínoe eran bastante maduros por aquel entonces,
y no tuvieron hijos.
Incluso los
judíos
recibieron su parte de esta protección ptolemaica. En realidad, los judíos
parecen haber sido objeto de una divertida curiosidad por parte de los primeros
Ptolomeos. Se los consideró un pueblo de antigua historia, con un conjunto de
extraños pero interesantes libros sagrados. Ptolomeo I conoció lo
suficientemente bien, al parecer, las costumbres judías como para atacar
Jerusalén en sábado, sabiendo que estaría desprotegida. Los Ptolomeos
permitieron a los judíos conservar sus propias costumbres y gozar de cierta dosis
de autogobierno en Alejandría; aunque esta medida no era del todo popular entre
los griegos.
El medio
alejandrino se hizo tan grato para los inmigrantes judíos,
que el griego se convirtió pronto en su idioma, olvidando el arameo, que se
hablaba en Judea, y el hebreo, en el que estaban escritos los libros sagrados.
Los libros sagrados fueron olvidados mientras esta situación pudo continuar. De
ahí que, bajo el patrocinio de Ptolomeo II, se trajeran estudiosos de Judea para
asesorar en la traducción de estas escrituras al griego.
La traducción
griega de la Biblia es conocida como la de los Setenta, pues según la tradición
fue traducida por setenta sabios.
Cuando,
finalmente, la Biblia apareció en latín, su primera versión provenía
de la de los Setenta. Así, en los primeros tiempos del cristianismo se utilizó
la versión de los Setenta, en griego o en latín, versión que se hizo posible
gracias a los Ptolomeos, desempeñando un importante papel en la historia
cristiana.
Ptolomeo II tampoco
olvidó
su herencia macedonia. Hizo trasladar el cuerpo del gran Alejandro de Menfis a
Alejandría, edificando un monumento especial para conservarlo.
Gracias a la
ilustrada actividad de Ptolomeo I y de Ptolomeo II, Alejandría se convirtió no
sólo en el centro comercial del mundo griego, sino, también, en su centro
intelectual. Y seguiría siéndolo durante nueve siglos.
Ptolomeo II se interesó
por expandir y continuar la prosperidad de Egipto. Durante su reinado, el
sistema de canales, del que dependía la agricultura egipcia, fue llevado a un
alto grado de eficiencia. Puso de nuevo en funcionamiento el canal que unía el
Nilo al mar Rojo; exploró el Alto Nilo, implantó guarniciones y fundó ciudades
en el mar Rojo, en la orilla egipcia y en la de enfrente, en la costa de
Arabia, para proteger el comercio.
Modificó
también la política faraónica primitiva respecto del lago Moeris. En vez de
tratar de mantener el nivel alto, lo drenó parcialmente y lo dispuso todo para
que el suelo fértil que había quedado expuesto pudiese ser regado mediante una
amplia red de canales conectada con el Nilo. La población aumentó en esa zona,
y las ciudades se multiplicaron. La región continuó progresando, convirtiéndose
en la más rica provincia de una tierra ya rica durante unos cuatro siglos.
Para
proteger la navegación por el Mediterráneo, Ptolomeo II construyó
un faro en el puerto de Alejandría, en la isla Faros, con un coste de 800
talentos (al menos dos millones de dólares en moneda actual), el mayor del
mundo antiguo. Los maravillados griegos lo consideraron una de las "siete
maravillas del mundo". Tenía una base cuadrada de 100 pies por cada lado,
y en su cúspide (algunos dicen que tenía de 200 a 600 pies de altura) había un
fuego perpetuamente encendido. El faro estaba coronado por una gran estatua de
Poseidón, el dios del mar. Se suponía que una hoguera de leña, siempre
encendida, sería visible a una distancia de veinte millas. Los detalles de su
arquitectura nos son desconocidos, salvo por lo que se ve en algunas monedas
ptolemaicas que han llegado hasta nosotros, ya que quince siglos después de su
construcción, el faro quedó totalmente destruido por un terremoto.
Con todo, la
rivalidad entre los Ptolomeos y los Seleúcidas continuó. A
Seleúco I le sucedió su hijo Antíoco I, y los hijos se enfrentaron entre sí con
casi igual hostilidad. Entre el 276 y el 272 a. C. combatieron la "Primera Guerra
Siria", en la que Ptolomeo II resultó vencedor al final,
por lo que pudo extender su dominio sobre Fenicia y sobre partes del Asia Menor.
Entre el 260 y el 255 a. C. se combatió una nueva "guerra siria", la
Segunda, con Antíoco II, tercer rey seleúcida. Esta vez los
egipcios fueron menos afortunados, y algunas de las ganancias de la Primera se
perdieron.
En aquella época,
se concedió quizá poca atención a uno de los pasos más importantes dados por
Ptolomeo II en
política exterior. En Italia, una ciudad llamada Roma había ido apoderándose
paulatinamente de gran parte de la península. En la época en que Ptolomeo II llegó
al trono, Roma controlaba toda Italia central y amenazaba a las ciudades
griegas del sur de la península.
Los griegos
llamaron a Pirro para que los ayudara. Este era un general macedonio, pariente
lejano de Alejandro Magno. Pirro, que era un general capacitado y amante de la
guerra, respondió entusiásticamente, y utilizó a sus
falanges y a algunos elefantes de guerra que llevó con él a Italia (un truco
que Alejandro había aprendido mientras luchaba en la India) para derrotar dos
veces a los romanos. Sin embargo, los romanos insistieron tenazmente, y en el
275 a. C. lograron derrotar finalmente a Pirro, expulsándolo de Italia. Hacia
el 270 a. C. habían ocupado todas las ciudades griegas del sur de la península.
Ptolomeo II no se dejó
ofuscar por su simpatía hacia los griegos. Pensaba que los romanos eran una
nación en auge y que sería mucho mejor estar con ellos que contra ellos. Así,
pues, se alió con los romanos, y afianzó la alianza cuando Roma entró en guerra
con Cartago a propósito de Sicilia. En verdad, la alianza llegó a ser una
tradición para Egipto, alianza a la que los Ptolomeos nunca renunciaron.
Ptolomeo II murió
en el 246 a. C. Le sucedió su hijo mayor Ptolomeo III. De nuevo Egipto tuvo un gobernante
vigoroso y esclarecido. Recuperó Cirene, que durante algunos años había logrado
independizarse de Egipto.
Pero la
eterna discordia con los seleúcidas continuó en pie, exacerbada esta
vez por problemas familiares.
Al término
de la Primera Guerra Siria, Ptolomeo II había dado en matrimonio a su hija
Berenice, hermana del joven príncipe que con el tiempo sería Ptolomeo III, a
otro joven príncipe que con el tiempo iba a ser Antíoco II.
Antíoco II murió
el mismo año que Ptolomeo II, por lo que Ptolomeo III, al
subir al trono, esperaba ver al hijo de su hermana convertirse en el cuarto rey
seleúcida. Sin embargo, Antíoco II había tenido anteriormente una esposa
que aún vivía. Esta mujer asesinó a Berenice y a su hijo, y el hijo de esta
primera esposa reinaría con el nombre de Seleúco II.
Esto fue
causa suficiente de guerra para Ptolomeo III. Con el fin de vengar a su hermana, se
dirigió
contra las posesiones seleúcidas, en lo que fue la Tercera Guerra Siria. Llegó
hasta Babilonia, ocupándola temporalmente. Ningún monarca egipcio, en toda la
larga historia del país, se había aventurado tan lejos del Nilo, y esta campaña
representa el momento culminante del poderío Ptolemaico. Por primera vez desde
los tiempos de Ramsés II, mil años antes, Egipto volvía a ser la
primera potencia del mundo.
Sin embargo,
Ptolomeo III se dio
cuenta de que esta incursión era en el fondo algo poco realista.
En realidad, no pensó nunca que podría controlar indefinidamente el país que
había ocupado temporalmente. Decidió retirarse voluntariamente, abandonando el
núcleo del imperio seleúcida a los Seleúcidas, conservando solamente esas
partes cercanas a Egipto que, según pensaba, podía controlar con ventaja.
Se trajo
consigo algunas de las estatuas y objetos religiosos que habían
sido llevados allí por Cambises tres siglos antes y volvió a colocarlos en su
sitio. Los agradecidos egipcios le concedieron el sobrenombre de Evérgetes
("el benefactor"), y es así, como Ptolomeo III Evérgetes, como mejor se lo conoce en la
Historia.
Hay una
leyenda al respecto según la cual, durante la campaña de Ptolomeo
contra los Seleúcidas, la reina, una princesa cirenaica llamada también
Berenice, rezó para que volviese sano y salvo, y, para reforzar sus plegarias
se cortó la cabellera y la ofreció a los dioses en un templo dedicado a Afrodita. Pero
alguien robó la cabellera, y para consolarla, un
astrónomo griego le dijo que había sido llevaba al cielo por los dioses, y
señaló algunas débiles estrellas que, afirmaba, eran su cabello. Se dice aún
que estas estrellas representan la constelación de "Coma Berenices",
o "Cabellera de Berenice".
El vigor bélico
de Ptolomeo se extendió asimismo en otras direcciones: avanzó hacia el sur y
penetró en Nubia, como ya habían hecho en alguna ocasión los faraones en
tiempos que, ya para aquel entonces, eran muy remotos.
Pero Ptolomeo III tampoco
descuidó
las actividades pacíficas. Continuó ayudando al Museo con todo el entusiasmo
que había caracterizado a su padre y a su abuelo. Durante su reinado la
Biblioteca alcanzó quizá los 400.000 volúmenes y ordenó que todos los viajeros que
llegasen a Alejandría prestasen sus libros para que fuesen copiados.
Ciertamente, todos los Ptolomeos, incluso los peores, fueron entusiastas
protectores de las artes.
Ptolomeo III continuó
con la política de favorecer a los judíos. Les concedió la plena ciudadanía
alejandrina, sobre bases iguales a las de los griegos (en una época en que esto
se denegaba incluso a los egipcios nativos). De hecho, a su vuelta de la
campaña contra los Seleúcidas, Ptolomeo III, en el curso de un estudiado programa de
acción de gracias hacia todos los dioses de los pueblos sobre los que
gobernaba, hizo sacrificios, de manera adecuada, en el Templo de Jerusalén.
Cuando
Ptolomeo III murió,
en el 221 a. C., Egipto había gozado de 111 años de gobierno prudente y beneficioso,
desde el momento en que Alejandro Magno había aparecido por primera vez en
Pelusio. Lo que constituía un récord que difícilmente podía tener parangón en
cualquier época anterior en la que reinaron nativos. Sucesivamente, Alejandro,
Cleomenes y tres Ptolomeos habían salvaguardado la seguridad, prosperidad y paz
interna de Egipto.
Pero ahora,
los grandes días estaban llegando a su fin una vez
más.
Sucesor de
Ptolomeo III fue Ptolomeo IV, hijo mayor
del gran Evérgetes,
el cual se proclamó enseguida a sí mismo Filópater, "el que ama a su
padre". Como el primer acto de su reinado consistió en ejecutar a su madre
(la Berenice cuya cabellera se recuerda en los cielos) y a su hermana, el hecho
de que adoptase el sobrenombre mencionado tiene un sentido cínico, que oculta
una completa carencia de amor familiar.
Sin embargo,
quizá
no fue así. Al faltar documentos completos como los que tenemos de otros
acontecimientos históricos, tenemos que basarnos en ocasiones en habladurías, y
la habladuría más proclive a sobrevivir es siempre la más interesante; es
decir, la más chocante.
El nuevo
Ptolomeo fue, según parece, un monarca débil, amante del
lujo, que dejó el gobierno en manos de sus ministros y favoritos. Esto fue
especialmente nefasto para Egipto, pues en el imperio seleúcida acababa de
subir al trono, en el 223 a. C., un monarca vigoroso y ambicioso: Antíoco III, hijo
menor de Seleúco II.
Decidido a
hacer pagar las derrotas sufridas por su padre a manos de Ptolomeo III, Antíoco III atacó
a Egipto, en la Cuarta Guerra Siria, casi inmediatamente después de la muerte
del gran Ptolomeo. En un primer momento Antíoco III llevó la iniciativa, pero en el 217 a.
C. se enfrentó al grueso del ejército, con el propio Ptolomeo IV a
la cabeza, en Rafia, junto a la frontera egipcia. Ambos bandos poseían
elefantes Antíoco tenía elefantes asiáticos, y Ptolomeo, africanos, más grandes
pero menos dóciles. Esta fue la única batalla en que se enfrentaron ambas
especies. Los elefantes asiáticos resultaron victoriosos, pero el ejército
asiático fue derrotado. El ejército egipcio consiguió una aplastante victoria,
y durante algún tiempo pareció que continuaba la suerte de los Ptolomeos.
Sin embargo,
presionado por el avance seleúcida, el Gobierno egipcio había
permitido que se armase a los propios egipcios nativos. Esta fue una decisión
equivocada. El dominio ptolemaico no era ya lo
que había
si en tiempos pasados, y los soldados egipcios comenzaron a permitirse
rebeliones ocasionales, aunque ninguna revistiera especial gravedad.
Ptolomeo IV y sus
ministros trataron de mantener la situación. Mientras vivió
Ptolomeo IV, Egipto
continuó bajo control, y Antíoco III prefirió ocuparse de otros lugares.
Ptolomeo IV tenía
una afición poco usual. Le gustaba construir barcos inmensos, demasiado grandes
como para ser de alguna utilidad, por su incomodidad y falta de
maniobrabilidad. El mayor barco que poseía tenía 420 pies de longitud y 57 de
anchura. Contaba con cuarenta bancos de remos, con una verdadera ciudad de cuatro
mil hombres que manejaban los cuatro mil remos. Debía de parecer un gigantesco
superciempiés. Por supuesto, sólo servía para enseñarlo, pues habría ido al
encuentro de un desastre inmediato en caso de guerra.
El reinado
de Ptolomeo IV fue testigo
también
de un triste incidente, que señaló la decadencia griega.
Desde la época
de Filipo II de
Macedonia las ciudades griegas habían estado dominadas por este reino
septentrional. Los intentos de las ciudades griegas para liberarse
individualmente, fracasaron siempre. Cuando intentaron formar
"ligas", éstas acabaron luchando entre sí, e invariablemente los
vencidos se volvían hacia Macedonia.
En el 236 a.
C., cuando Ptolomeo III ocupaba aún el trono de Egipto, un rey
reformador, Cleomenes III, accedió al poder en Esparta, y soñó con
volver a hacer de la ciudad lo que había sido antaño, un siglo y medio antes,
en los días en que era la potencia dirigente de Grecia. La Liga Aquea (una
unión de ciudades situadas al norte de Esparta) luchó contra Cleomenes, y cuando
fue derrotada por éste, buscaron ayuda en Macedonia, perdiendo así la última
oportunidad de independencia para Grecia. En el 222 a. C. los macedonios
aplastaron a Cleomenes y a sus espartanos. El rey y algunos otros pudieron
escapar a Egipto.
Ptolomeo III los acogió
amablemente, quizá porque los consideraba instrumentos útiles en caso de guerra
contra Macedonia. Sin embargo,
cuando Ptolomeo IV llegó al trono, vio en Cleomenes tan sólo
una carga, y lo colocó bajo un virtual arresto domiciliario en Alejandría.
Cleomenes,
irritado por lo que no era evidentemente más que un
encarcelamiento, aprovechó una ocasión, en el 220 a. C, cuando Ptolomeo IV estaba
ausente de Alejandría, y se escapó. A continuación trató de levantar a los
griegos de Alejandría contra Ptolomeo y empujarlos a que establecieran un
gobierno libre según el viejo estilo griego. Pero las masas sólo se asombraron
ante este tipo singular que vociferaba cosas incoherentes, pues ya no sabían lo
que significaba la libertad. Cleomenes nació fuera de su época, al final se dio
cuenta de ello y se suicidó.
Ptolomeo IV murió
en el 203 a. C. Por primera vez los Ptolomeos carecían de un heredero adulto.
El príncipe que le sucedió era un niño de cinco años, Ptolomeo V, que
fue llamado Ptolomeo Epifanes, o "manifestación de Dios", aunque el
pobre niño era cualquier cosa menos eso. El Gobierno egipcio quedó paralizado
por las disputas entre los funcionarios por el poder, y los nativos
aprovecharon la ocasión para rebelarse.
Por si esto fuera poco, Antíoco III se dio cuenta inmediatamente de que había llegado su oportunidad. Desde la batalla de Rafia había estado ocupado en varias campañas en las regiones orientales de lo que en otro tiempo fuera el imperio persa, regiones conquistadas por Alejandro y heredadas por Seleúco