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1
El Egipto prehistórico
El
Nilo
En el nordeste de África discurre un río muy poco
corriente. Tiene una longitud de 4.157 millas —es el río más largo del mundo— y
se llama Nilo, del nombre griego Neilos. Se ignora de dónde proviene el nombre
griego, pues para el pueblo que vivía en sus orillas era simplemente «El Río».
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En la porción más septentrional del Nilo surgió una
de las dos civilizaciones más antiguas del mundo; y a lo largo de seis milenios
una sociedad compleja pobló sus orillas con numerosas aldeas.
Durante la mayor parte de ese tiempo los orígenes
del Nilo fueron un misterio. Sus aguas corrían hacia el norte desde el lejano
sur, pero nadie, en el mundo Mediterráneo antiguo, pudo penetrar lo suficiente
en las regiones meridionales como para alcanzar sus fuentes. Para los antiguos,
el problema de las «fuentes del Nilo» fue tan difícil de resolver como el
problema de la otra cara de la Luna» lo ha sido para nosotros hasta que los
satélites fueron capaces de fotografiarla.
Sólo en la segunda mitad del siglo XIX los viajeros
europeos y americanos consiguieron conocer el Nilo desde sus fuentes hasta su
desembocadura. En 1857 el inglés John Hanning Speke llegó hasta un gran lago
que llamó Victoria, en honor de la soberana que entonces reinaba en Gran
Bretaña. El lago se hallaba justo en el ecuador, y de él nacía el Nilo. Otros
ríos afluían al lago desde los montes de Kenia, próximos al sector central de
la costa este africana.
A medida que el Nilo corre en dirección norte, hacia
el mar, atraviesa cierto número de regiones, en las que su cuenca va
estrechándose y haciéndose cada vez más escarpada. Las aguas caen violentamente
sobre las rocas y acaban formando cataratas. Los barcos no pueden navegar en
tales aguas, y las cataratas sirven para dividir el río en sectores.
Las cataratas se enumeran a partir de la
desembocadura del río hacia el interior: la Primera Catarata se encuentra a
unas 600 millas de la costa. Hoy la catarata en cuestión está próxima, por el
sur, a una ciudad llamada Asuán, pero en los tiempos antiguos en aquellos
lugares había una ciudad llamada por los griegos Siene.
El tramo más septentrional del Nilo, entre la
Primera Catarata y la desembocadura, es el escenario principal de los
acontecimientos que se describirán en este libro. Fue en este tramo, que es
navegable en toda su longitud incluso para las más sencillas embarcaciones,
donde surgió esta civilización tan notable.
El Nilo discurre a lo largo del borde oriental del
Sahara. El Sahara (que en árabe significa precisamente «desierto»), cubre la
mayor parte del norte de África, y es tan extenso como Estados Unidos. En
realidad, se trata del mayor desierto del mundo. En toda esta región tan amplia
no llueve casi nunca. La única agua que puede encontrarse se halla a gran
profundidad, salvo en el caso de unos cuantos oasis, en los que el nivel del
agua alcanza la superficie.
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Pero el Sahara no fue siempre una región desértica.
Hace 20.000 años los glaciares cubrían la mayor parte de Europa y vientos fríos
llevaban la humedad hasta el norte de África. Lo que ahora es desierto era
entonces una tierra placentera con ríos y lagos, bosques y praderas. Los
hombres primitivos vagaban por ella, llevando consigo sus instrumentos de
piedra sin pulimentar.
De forma gradual, sin embargo, los glaciares
comenzaron a retirarse y el clima fue haciéndose cada vez más cálido y seco.
Aparecieron las primeras sequías y la situación fue empeorando paulatinamente.
Las plantas murieron, y los animales se retiraron a regiones que conservaban
todavía suficiente humedad y en las que se podía vivir.
También los hombres se retiraron, unos hacia el sur,
hacia los trópicos; otros, hacia la costa norte. Muchos fueron avanzando hacia
las regiones próximas al Nilo, que en estos remotos tiempos era mucho más
ancho, y corría perezosamente a través de extensas zonas cenagosas y
pantanosas. Con todo, la cuenca del Nilo no era precisamente un lugar adecuado
para la vida humana: sólo lo sería cuando las tierras perdiesen algo de su
humedad.
Cuando esto ocurrió, el Nilo se convirtió en un don
del cielo. Ya no importaba que el clima fuese más o menos seco, pues el Nilo
podía proporcionar suficiente agua para la tierra y los hombres, haciendo que
la vida a lo largo de sus orillas fuese no sólo posible, sino confortable.
A lo largo del invierno las nieves se acumulan en la
cúspide de las montañas de África centro-oriental; en primavera sobrevienen las
lluvias y la nieve se deshace. En enormes cantidades, las aguas bajan de los
montes hacia los ríos y grandes lagos de la región. Estas aguas van al Nilo, y
la corriente se va abriendo paso hacia el norte.
El Nilo se colma a causa de estas aguas, y se
desborda, a partir del mes de julio, alcanzando su máxima altura hacia
comienzos de septiembre. Y no vuelve a su nivel normal hasta octubre. En los
meses en que el río permanece desbordado, las aguas cubren las tierras
sedientas y depositan una capa de fresco cieno, que la corriente ha traído
desde los montes del lejano sur. De este modo el terreno a lo largo de las
orillas del río se renueva constantemente y se mantiene fértil.
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Cuando los hombres penetraron por primera vez en la
cuenca del Nilo, las inundaciones eran muy vastas y los extensos pantanos a
ambos lados del río abundaban en hipopótamos, antílopes, grullas y todo tipo de
animales que podían ser cazados por el hombre. Paulatinamente, el aumento de la
sequedad fue limitando las tierras inundadas; en ciertos casos éstas quedaron
reducidas a la proximidad de las orillas del río, y durante muchos milenios las
porciones de tierra que van a beneficiarse por las crecidas serán, en la mayor
parte de su recorrido, de una anchura no superior a las doce millas.
Además, los suelos fértiles cultivables se detienen
bruscamente en los límites de las tierras inundadas, tan bruscamente que hoy en
día hay numerosos lugares en los que una persona puede tener el pie izquierdo
apoyado en el suelo fértil y el derecho en suelo desértico.
El
Neolítico
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Ya que la caza continuaba disminuyendo y la
población aumentaba rápidamente en las tierras más próximas al Nilo, era
necesario tomar alguna medida. Había que aumentar de alguna manera la cantidad
de productos alimenticios. Afortunadamente, se había originado un nuevo modo de
vida hacia el año 8000 a. C. —cuando los glaciares de las regiones
septentrionales iniciaban su última retirada— en el seno de ciertas comunidades
del Asia sudoccidental. En las tierras altas e irrigadas de lo que hoy son Iraq
e Irán, a unas mil millas al este del Nilo, el hombre había aprendido a plantar
semillas y a recoger el grano que nacía de ellas.
Este puede ser considerado uno de los puntos de
partida de la llamada «Edad Neolítica» o «Nueva Edad de Piedra». El hombre
neolítico desconocía todavía el uso de los metales, por lo que seguía
utilizando instrumentos de piedra. Sin embargo, tales instrumentos estaban
cuidadosamente pulidos y eran mucho más elaborados que los instrumentos de
piedra sin pulimentar en forma de astilla o de laja de la primera Edad de
Piedra y de la época mesolítica.
Otro de los rasgos característicos del Neolítico era
el desarrollo de la alfarería, la doma y cría de animales y, como ya dije, la
siembra y cosecha de plantas. No sabemos todavía cómo se llegó exactamente a la
invención de la agricultura (o «cultivo de campos»), pero sus ventajas fueron
evidentes, pues permitió disponer de alimentos de forma segura.
Con anterioridad a la difusión del modo de vida
neolítico, los hombres vivían de la caza y de la recolección de vegetales. Pero
sólo había una cantidad dada de caza, plantas y frutos en una determinada
región, y en los años malos los hombres se veían obligados a desplazarse a
grandes distancias para encontrar alimentos suficientes. El número de
habitantes que una región dada podía alimentar era más bien bajo.
Cuando el hombre aprendió a criar animales y a
cultivar plantas, fue capaz de producir alimentos en grandes cantidades, mucho
mayores que las que obtenía antes con la caza y la recolección. Encerrando a
los animales y cercando los campos cultivados, los pastores y agricultores
evitaban que los animales silvestres o las demás comunidades humanas se
apropiasen de ellos. El abastecimiento de alimentos aumentó y se hizo más
seguro, esto fue especialmente cierto en el caso de la agricultura, ya que las plantas
resultaron más fáciles de cuidar y obtener (una vez adquirida la suficiente
habilidad) que los animales. Debido a que un acre de tierra cultivada podía
alimentar a mayor número de personas que un acre de bosque, se dio un aumento
de la población realmente «explosivo», allí donde penetró la cultura neolítica.
Asimismo, si el hombre cazador (y, hasta cierto
punto, el pastor) necesitaba trasladarse continuamente, el agricultor se vio
obligado a sedentarizarse. Era necesario permanecer junto a las tierras donde
crecía el grano. Era necesario, además, vivir en comunidad, para protección
mutua contra los ataques de los pueblos cazadores y pastores (que no cultivaban
cereales, pero que no veían obstáculo alguno en arrebatárselos a los que sí los
cultivaban), y construir aldeas: las primeras «ciudades».
Debido a que el hombre se veía forzado a convivir
con el prójimo en las aldeas, la independencia de la banda cazadora pronto fue
cosa del pasado. Los aldeanos desarrollaron métodos de cooperación con el fin de
construir edificios, de organizar la defensa y de cultivar la tierra. En pocas
palabras, crearon lo que se ha llamado la civilización (derivada de la palabra
latina para «ciudad»).
La práctica de la agricultura acabará extendiéndose
fuera de sus tierras de origen, el altiplano iranio, a lo largo del milenio
siguiente a su invención. La agricultura fue adoptada por otras comunidades, lo
que produjo nuevos y espectaculares avances, en particular en dos zonas
determinadas. Una de ellas era un valle entre dos ríos, el Tigris y el
Eufrates, en el sur. El otro también era un valle formado por la cuenca de un
río, el Nilo, a unas mil millas hacia el oeste. El valle del Tigris y del
Eufrates se hallaba más cerca del lugar de origen y comenzó antes a practicar la
agricultura y, por consiguiente, a desarrollar antes una civilización. Pero el
valle del Nilo no se quedó atrás.
El modo de vicia neolítico había llegado a
implantarse plenamente en Egipto hacia el 5000 a. C. Las tierras del valle del
Nilo conservaban en estos tiempos demasiada humedad y eran bastante salvajes
como para dedicarlas cómodamente a la agricultura. Pero al oeste del Nilo, a
unas 130 millas al sur de la costa mediterránea había un lago perfectamente
adecuado para ello.
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Posteriormente esta extensión acuática se denominó
lago Moeris, debido a que el historiador y viajero griego Heródoto, que lo
visitó hacia el 450 a. C., creyó que era un lago artificial construido por el
legendario rey Moeris.
Pero no era artificial en absoluto, y la palabra
«Moeris» es simplemente un término egipcio para designar «lago». Su existencia
era natural, y recordaba los tiempos en que el norte de África era mucho más
húmedo. En el lago había hipopótamos y otros animales menores, y durante cinco
siglos, entre el 4500 y el 4000 a. C., en sus orillas hubo florecientes aldeas
neolíticas.
Sin embargo, el lago sufría las consecuencias de la
creciente sequía en las tierras que lo rodeaban. A medida que sus aguas
descendían y que la vida disminuía, las aldeas establecidas en sus orillas se
hicieron menos frecuentes. Al mismo tiempo, con todo, la civilización conocía
una mayor elaboración en las tierras cercanas al Nilo, que se hizo más
controlable, y cuyas aguas provenían de las lejanas montañas del sur.
Hacia el 3000 a. C. el lago Moeris alcanzó un nivel
tal que sólo podía seguir existiendo si se lo conectaba de algún modo con el
Nilo, y los habitantes de las orillas del río tendrán que realizar un enorme
esfuerzo (que aumentará con el pasar de los siglos) para llevar a cabo tal
conexión.
La batalla para conseguirlo se perdió hace unos mil
años o más, y en la actualidad el lago ya no existe; en su lugar hay una
depresión, en gran parte seca, en cuyo centro se sitúa un lago de escasa
profundidad, de unas 30 millas de longitud y 5 de anchura. Esta superficie
acuática, llamada Birket Qarun por sus actuales habitantes de habla árabe, es lo
que queda del antiguo lago Moeris. A orillas de este pañuelo de agua se
encuentra hoy la ciudad de El-Fayum, que da su nombre a toda la depresión.
Los asentamientos neolíticos que fueron apareciendo
gradualmente a orillas del Nilo (algo más tarde que en las del lago Moeris) han
sido excavados por los arqueólogos. Los restos de cada aldea sucesiva reposan
sobre la anterior, y los estudiosos han asignado un nombre a cada nivel (o
edad), nombre derivado del de la aldea actual que ha proporcionado mayor abundancia
de restos.
Amparo Arroyo de la Fuente |
Así, se habla de la cultura tasiense, badariense,
amratiense, etc. La población del tasiense ya practicaba la agricultura. Los
badarienses eran buenos alfareros. Los amratienses criaban ganado vacuno,
ovejas y cerdos, y construían barcas de juncos con las que navegaban por el
Nilo.
Regadío
Las primeras comunidades agrícolas del Asia
occidental crecieron en regiones en las que las lluvias eran suficientemente
abundantes como para permitir el crecimiento de las plantas. En las regiones
del Tigris y del Eufrates, y, en especial, en las del Nilo, las poblaciones no
podían depender de la lluvia para regar sus cosechas. De ahí que se utilizase
el agua de los ríos.
En un primer momento fue suficiente esperar a que la inundación disminuyese, y luego sembrar en el terreno fangoso.
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Pero a medida
que la población fue creciendo, las cosechas obtenidas de esta manera fueron
insuficientes. Se hizo imprescindible, en cambio, abrir pasos en la orilla del
río con el fin de llevar el agua al lugar o lugares que la necesitaban. Una red
de canales (tanto en el Nilo como en el Tigris-Eufrates) permitían irrigar las
tierras y conservarlas húmedas en épocas en que, a causa de la falta de
inundaciones, se secaban completamente.
Esto dificultó las cosas en un sentido, pues no era
fácil excavar canales o mantenerlos en funcionamiento luego. Se trataba, en
realidad, de un duro trabajo, mucho más duro que ver caer la lluvia. Y hubo que
hacerse de forma colectiva, a través de una cooperación mucho más elaborada que
la requerida para los trabajos agrícolas ordinarios.
En realidad, la necesidad de intensificar la
cooperación y de desarrollar técnicas de regadío agrícola mucho más avanzadas
puede haber sido el acicate que condujo a un desarrollo de la civilización, en
esas regiones fluviales, mucho más alto que el alcanzado hasta entonces por las
comunidades agrícolas de las regiones montañosas.
Las ciudades a lo largo de los ríos tenían que estar
particularmente bien organizadas. Las personas que eran lo suficientemente
hábiles y ambiciosas como para hacerse cargo de trabajos tales como la
construcción y el mantenimiento de los canales, dominaron, de forma lógica y
natural, las ciudades. Por lo general, establecían su prestigio y poder en
nombre de algún dios local.
Los hombres primitivos estaban siempre dispuestos a
creer que era algún ser sobrenatural quien hacía germinar las semillas y que la
tierra diera sus frutos, y el trabajo de los gobernantes de la ciudad consistía
en elaborar los ritos mágicos adecuados para convencer a los dioses de que se
comportasen bien. Procuraban, además, que tales ritos se realizaran de forma
adecuada y exacta. Así, la gente común creería firmemente que la prosperidad de
la ciudad y la vida del pueblo dependían de la sabiduría y rectitud de las
personas a cuyo cargo estaban los ritos. Así, el valle del Nilo se dotó de una
clase sacerdotal que conservaría gran poder durante miles de años.
Las dificultades de la agricultura de regadío carecían de importancia si las comparamos con los beneficios que aportaba.
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A
medida que un mayor número de personas aprendía a colaborar unas con otras, los
logros aumentaban. Se hizo necesario, por ejemplo, saber exactamente cuándo se
producían las crecidas del Nilo, con el fin de aprovecharlas al máximo. Los
sacerdotes encargados del regadío estudiaron cuidadosamente el nivel de las
aguas del río, día a día, y llegaron a descubrir que, por término medio, las
crecidas se producían cada 365 días.
De ahí que los habitantes del Nilo fueran los
primeros en elaborar un calendario basado en el año de 365 días. Cada año
estaba formado por doce meses, por ser doce los ciclos completos de cambio en
las fases de la luna, que se desarrollaban en algo menos de un año, y porque el
pueblo del Nilo (como todos los demás) había usado originariamente un
calendario basado en la luna. Se asignó a cada mes una duración de treinta
días, y al final de cada año se añadieron cinco días adicionales.
El calendario en cuestión era mucho más simple y
manejable que cualquier otro de los inventados hasta entonces. Los
historiadores no saben con certeza en qué fecha se adoptó por primera vez, pero
podemos suponer razonablemente que fue hacia el 2800 a. C. A lo largo de tres
mil años no se inventaría nada mejor, y cuando se dispuso de un calendario más
adecuado, éste siguió basándose en el egipcio, con apenas alguna ligera
modificación. En realidad, nuestro calendario actual se basa todavía en el
egipcio.
Asimismo, las inundaciones anuales del Nilo borraban los límites entre las tierras de propiedad individual. De ahí que fuese necesario buscar alguna fórmula para volver a determinarlos.
Sabemos cómo esto
dio lugar, lentamente, a métodos de cálculo que conocemos hoy con el nombre de
geometría («medición de la tierra»). Del mismo modo se desarrollaron otras
ramas de las ciencias matemáticas.
Se hizo necesario incluir en los registros los
límites de las tierras y las cantidades cosechadas. Había que crear algún
sistema de símbolos para los diferentes números, las diferentes personas, los
distintos tipos de cereales y productos, y para los diversos acontecimientos.
Los habitantes de las regiones del Tigris y del Eufrates
habían inventado, algo antes del 3000 a. C., un tosco sistema pictográfico
(«escritura mediante imágenes») que imitaba a los objetos que representaba. Los
símbolos deben haber sido muy simples en un primer momento, haciéndose
gradualmente más complicados hasta llegar a representar todo aquello que los
hombres querían decir.
Es posible que los habitantes del valle del Nilo
hicieran suyo el concepto de escritura a través de las noticias que les
llegaban por medio de los comerciantes y viajeros provenientes de la región
Tigris-Eufrates. Rápidamente, la gente del Nilo adaptó ese concepto a sus
propios fines y necesidades. Inventaron símbolos propios, mucho más atractivos
que los creados por los habitantes del Tigris y del Eufrates. En la región del
Nilo, la escritura se había desarrollado plenamente poco después del 3000 a. C.
Este sistema de escritura se hallaba en manos de los
sacerdotes. La gente común no era capaz de leer o de escribir el complicado
conjunto de símbolos, lo mismo que hoy el hombre de la calle no puede hacer uso
de la alta matemática. Los griegos, que algunos siglos más tarde inundaron el
país como turistas y soldados, eran incapaces de leer esta antigua escritura,
lo que es natural, pero como solían verla representada en los templos, pensaron
que tenía un significado religioso, por lo que la llamaron jeroglífica («signos
grabados sagrados»).
Seguridad
Las necesidades del regadío posibilitaron el
desarrollo de grandes civilizaciones en el valle del Nilo y en el del
Tigris-Eufrates, aunque con notables diferencias en cada caso. La cuenca del
Tigris-Eufrates estaba expuesta por el este, oeste y norte a la actividad de
las poblaciones menos desarrolladas de las montañas. Sometidas al terror
constante de incursiones y saqueos, las aldeas de esta región fluvial
construyeron murallas defensivas. Las aldeas crecieron, fabricaron armas y
formaron ejércitos, instruyéndose en técnicas y disciplinas militares.
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De este modo las ciudades de la región del
Tigris-Eufrates se las arreglaron para mantener alejados a los bárbaros en la
mayoría de las ocasiones. Pero en los períodos de paz, ¿qué podían hacer estas
ciudades armadas con sus soldados y armamento? Si se los tenía sin hacer nada,
podían causar problemas a las ciudades que los empleaban. Como era natural,
pues, las ciudades comenzaron a combatirse unas a otras.
Las luchas permitían, a veces, colocar a amplios
territorios bajo una única soberanía, con lo que se formaban «imperios». Por
otro lado, estas mismas luchas solían llevar a la destrucción de la cooperación
y de los medios sobre los que se basaba la prosperidad agrícola, lo que daba
paso a una «edad tenebrosa» en la que la civilización declinaba y la
prosperidad decrecía, de tal modo que los bárbaros vecinos podían llegar a ser
dominadores durante un tiempo.
El pueblo del Nilo se vio libre de todo esto durante
siglos. Hacia el este y hacia el oeste de su pacífico valle sólo había
desierto, que los ejércitos extranjeros difícilmente podían cruzar. Al norte
estaba el Mediterráneo, y en las primeras épocas no había barcos adecuados para
el transporte de ejércitos a través de ese mar. En el sur se hallaba la Primera
Catarata, que impedía a eventuales enemigos llevar a cabo incursiones por el
Nilo.
Durante largo tiempo el pueblo del Nilo vivió casi
del todo seguro y aislado. Las aldeas no necesitaron armarse ni mostrarse
agresivas. Muy pocas crecieron, y ciertos autores han descrito al valle del
Nilo como una larga sucesión de asentamientos humanos.
Todo esto significaba bienestar, pero también falta de intercambios. En otros lugares y en otros ríos, las poblaciones se hallaban enfrentadas siempre a nuevas situaciones, los invasores aportaban novedades, o ellas mismas se veían forzadas a aprenderlas para defenderse; por el contrario, las poblaciones del Nilo se vieron libres de ello.
Los métodos antiguos
continuaron siendo útiles generación tras generación.
Así, cuando invasores extranjeros penetraron en el
valle del Nilo e instauraron su dominación sobre la población nativa, ya era
demasiado tarde. Los nativos habían sido permeados tan profundamente por las
antiguas costumbres que se habían convertido en el pueblo más conservador de la
Historia (con la excepción, quizá, de los chinos).
Su sistema de escritura, por ejemplo, continuó
siendo muy complicado, con gran número de símbolos, algunos de los cuales
representaban palabras aisladas, y otros, partes de palabras. Hacia el 1500 a.
C., en algún lugar del Mediterráneo oriental había surgido la idea de limitar
el número de los símbolos gráficos a unos veinticinco, representando cada uno
de ellos una sola consonante. Con «alfabeto» semejante podían escribirse miles
y miles de palabras diferentes, y en conjunto, el proceso de la escritura se
hizo mucho menos complicado y de más fácil utilización.
Sin embargo, los habitantes del valle del Nilo,
orgullosos de su antigua civilización y muy apegados a su viejo modo de vida,
se negaron a aceptar el mencionado alfabeto durante casi dos mil años.
Siguieron aferrados testarudamente a su engorroso sistema de escritura, en su
día tan novedoso y útil, pero ahora convertido en una verdadera traba. Este
conservadurismo sólo sirvió para favorecer a otros pueblos más dinámicos, que
se colocaron por delante del pueblo del Nilo. (En la actualidad, los chinos se
resisten a abandonar sus propios símbolos, tan complicados como los de los
egipcios. Pero no creamos que somos superiores: Estados Unidos no abandona su
demencial sistema de unidades de medición para adoptar el sistema métrico,
mucho más sencillo y lógico, utilizado además por casi todo el mundo).
Como otro ejemplo de conservadurismo, consideremos
el calendario. Los sacerdotes del Nilo habían descubierto que el año tenía 365
días y un cuarto. Cada cuatro años tenía, pues, un día más, 366, siempre que el
desbordamiento del Nilo sobreviniese en el mismo período del calendario. Pero
todos los esfuerzos realizados para que el pueblo aceptase la modificación del
calendario fueron siempre vanos. El pueblo seguía aferrado al pasado y a las
viejas costumbres aun cuando esto significaba que el cálculo de la fecha de la
inundación se hacía innecesariamente complicado.
Los
dos Egiptos
Los habitantes del valle del Nilo llamaban a su
tierra «Jem». Esto quiere decir, según parece, «negro» en la lengua del país.
Cabe pensar que el término se refería a la rica tierra negra que las crecidas
dejaban tras de sí, una tierra que presentaba un fuerte contraste con la
tostada tierra de desierto a ambos lados del río.
Más tarde los griegos llamaron a esa tierra
Aigyptos, que derivaba quizá del nombre, distorsionado, de una gran ciudad
egipcia de épocas posteriores, que les era familiar. Nosotros hemos heredado el
nombre y llamamos a ese país Egipto.
En los primeros tiempos de la civilización egipcia
el país se componía de una serie de pequeñas ciudades o «nomoi», cada una de
las cuales poseía su propio dios, y sus propios templos y sacerdotes. Tenían
también su propio gobernante, que controlaba la región agrícola vecina, a
orillas del río. La comunicación entre las ciudades se llevaba a cabo por el
río y era fácil, pues la corriente fluía en una dirección y los vientos solían
hacerlo en la contraria. Sin velas se podía ir hacia el norte; con velas, hacia
el sur. Naturalmente, los habitantes de una ciudad solían cooperar entre sí,
pero las cosas resultaban mucho más fáciles si las distintas ciudades
cooperaban unas con otras. Se formaban ligas en el seno de las cuales las
ciudades vecinas podían llegar a acuerdos para resolver en común los problemas
generales. De vez en cuando, un gobernante podía ejercer un difuso dominio
sobre amplios sectores del río.
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En término generales, el valle acabó por
considerarse dividido en dos regiones principales. De una parte, estaba el
estrecho valle del propio río, que se extendía de la Primera Catarata hasta la
región del lago Moeris, a algo más de mil millas del mar. Se trataba de una
larga y estrecha lengua de tierra generalmente denominada Alto Egipto.
Al norte del Alto Egipto, el Nilo se ramifica en
numerosas corrientes que se despliegan en abanico formando un gran triángulo
cuyos lados miden unas 125 millas. El Nilo penetra en el mar a través de una
serie de desembocaduras, y la tierra comprendida entre las corrientes es
sumamente fértil. Esta región triangular, el «Bajo Egipto», fue creada por el
Nilo con el fango de aluvión transportado desde los tiempos más remotos de las
lejanas montañas del sur.
En los mapas de Egipto, que hoy dibujamos con el
norte en la parte superior, el Bajo Egipto queda encima del Alto Egipto, lo que
puede parecer raro. Sin embargo, la denominación toma como punto de referencia
al río. Si avanzamos siguiendo la corriente de un río en dirección a su
desembocadura, decimos que marchamos «río abajo». La dirección contraria es
«río arriba». Si consideramos que el Alto Egipto se encuentra corriente arriba
respecto del Bajo Egipto, la expresión cobra sentido.
En el alfabeto griego la letra «delta» se representa
por un triángulo equilátero, al menos la mayúscula. Por eso los griegos
llamaron delta del Nilo a la región del Bajo Egipto, debido a su forma
triangular. (Hoy en día toda desembocadura de río y su zona colindante formada por
tierra de aluvión arrastrada por la corriente, se denomina delta, cualquiera
que sea su forma. Así hablamos, por ejemplo, del delta del Mississippi, que
presenta una forma muy irregular).
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