Lista de batallas de la Guerra Civil Mundial Enero de 1905, la verdadera historia del “domingo sangriento” Último país de Europa en suprimir la servidumbre (1861), Rusia conoció en la década del 1860 una fase liberal. El Zar Alejandro II tomó conciencia del retraso económico y social de su Imperio y procedió a toda una serie de reformas, llegando incluso a crear instituciones locales y provinciales. Sin embargo y puesto qye esta serie de reformas se ajustaron al modelo de la tradición autocrática rusa, dichas reformas no pasaromn de ser más que adaptaciones, meros parches contra el grito de justicia que desde siglos incontables el pueblo ruso venía aullando, la iglesia ortodoxa callando a base de salmos los Césares rusos a base de palos. El poderconcedido por Alejandro II a las asambleas locales quedaba limitado a la educación, la salud y servicios. Este amago de apertura europeísta, si es que los rusos entendían qué era Europa, puso en marcha, contra el propio gusto del régimen zarisata, oposición hasta cierto punto nihilista, de vocación populista, que aprovecharía Polonia, por ejemplo, para volver al viejo cuento de nunca acabar de su independencia frente al Kremlim y su autocratismo ortodoxo tan contrario al espíritu católico polaco. Esta insurrección de los polacos en el 1863-1864, más los atentados constantes contra la vcida de tan generoso Zar lograron hacer que el divino Ruso diera marcha atrás a su política europeísta de apertura política. Error terrible que pagó con la vida en el 1881. Con su asesinato se restableció definitivamente la política ortodoxo-zarista de represión sin misericordia ni piedad contra un pueblo cuya paciencia estaba a punto de colmar el vaso, contra cuya explosión a la autocracia moscovita sólo se le ocurría disparar a saco contra una población desarmada, matando como a mocas, en lo que se ha dado por llamar El Domingo Sangriento, a quienes en su estupidez secular aún seguìan creyendo que el vampiro de la Plaza Roja cambiaría su dieta de sangre por una de justicia y libertad. Alejandro III, hijo del Zar ajusticiado, aprendió la lección perfectamente, y siguiendo el ejemplo del otro hijo de un no menos ajusticiado demente con complejo de dios en la tierra, por obra y gracia de su profeta llamado Iván IV, este Alejandro III regresó a los mejores tiempos de los dioses con barba creando un policía screta, semilla del futuro KGB, en misión sagrada en todas las provincias del imperio. El en el marco de los Reglamentos Provisionales, publicados el 14 de agosto de 1881, el KGB del Zar tenían por objeto, según el propio Alejandro III: "extirpar la odiosa subversión que deshonra nuestra patria rusa, refortalecer la fe y las buenas costumbres -¿se refería a aquéllas por las que el pueblo ruso tenía el poder de matar hasta tres esposas antes de responder de sus muerttes delante de la justicia ortodoxo-zarista?-, y educar a nuestros niños en el bien -¿en el odio a todos los pueblos europeos, hijos del demonio y esa iglesia madre del y ella misma anticristo?-" y "de traer el orden y la justicia a las instituciones concedidas a Rusia por el Zar, su benefactor". Los Reglamentos provisionales permitían establecer un casi estado de sitio. La policía podía proceder a registros y a detenciones sumarias, a encarcelamientos sin juicio. Esta prisión preventiva podía durar de cuatro a seis meses. En caso de ausencia de pruebas o insuficientes pruebas, las autoridades podían encarcelar o desplazar administrativamente todo sospechoso por un período de tiempo de uno a cinco años. Los crímenes contra el Estado, -su definición devino lo suficientemente extensa y generosamente amplia como para englobar lo más posible en su esfera todo delito sospechoso de rebelión contra la adoración del poder ortodoxo-zartista-, se dirimían a puerta-cerrada, para militares lo mismo que para no militares. El Gobierno, según el apartado 279 del Código de justicia militar, preveía la pena de muerte en caso de crímenes contra el Estado. Esta KHGB en pañales, el Okhrana, se encargaba de aplicar estos Reglamentos Provisionales. Nicolás II los consagró al principio de su reinado viviendo Rusia del 1881 al 1904 prácticamente en un estado de sitio permanente.
El descontento -dada esta situación rocambolesca que venía durando ya cinco siglos- no dejaba de crecer. La sociedad rusa estaba pasando su personal revolución industrial, pero a diferencia de las revoluciones industriales europeas, origen de poderosos cambios sociales, el sistema político ortodoxo-zarista se negaba moverse y se conjuraba para permanecer anclado en un pasado de barbarie monárquica del que ya nadie quería acordarse. Las clases medias, el Tercer Elemento en Rusia, eran cada vez más numerosas. El desarrollo vertiginoso de la burocracia aumentaba el número de funcionarios que se incorporaba a la clase media. Las profesiones liberales: abogados, médicos o veterinarios, muy influidos por las ideas liberales, se sentían cada vez más importante en la sociedad. Importancia que no les era reconocida políticamente. (Lo contrario, que el la autocracia ortodoxo-zarista hubiese aceptado a repartir el pastel del Gobierno Imperial hubiera sido un anacronismo). Este anacronismo hubiera sido la salvación de la monarquía rusa, con todo, de haber sido sus miembros lo suficientemente inteligente para aprender de la monarquía inglesa, en constante adaptación al signo de los siglos. Porque no, y no podía ser de otro modo, ya que no les cabía en la cabeza ni al Zar ni al Patriarca de Rusia que el Poder, delegado por Dios en ellos, pudiera ser compartido por el vulgo, la plebe, los miserables, los parias, la masa de siervos rusos apenas liberados del yugo de una esclavitud bendecida por la Cruz de Moscú, y porque la influencia del capitalismo arrollador era imparable: el proletariado, alimentado en las entrañas por la migración de los obreros hacia las ciudades, estaba ya gestado y sólo esperaba el derramamiento de sangre que anuncia el nacimiento de una nueva criatura, cuyo llanto, semejante al de un fantasma, acabaría para siempre con aquella autocracia asesina. Nacimiento que tuvo lugar un "domingo sangriento", aquel 5 de Enero del 1905.
Desde la primera ola de industrialización (1870) que viviera, Rusia se habituó a las huelgas, que en el caso ruso se traducían en la destrucción de las herramientas de trabajo, máquinas, etcetera. Los japoneses, al contrario, se ponían en huelga aumentando la producción a fin de hundir por superproducción el valor del producto. Pero no sería hasta la segunda ola de 1875 que aquellas huelgas espontáneas se transformaron en lo más parecido a una amenaza. Que, la verdad, tampoco es que le quitara el sueño a la autocracia ortodoxo-zarista. La autocracia rusa le respondía redoblando su intransigencia a una oposición cada vez más intransigente. La Unión de liberales, muy influyente en las clases medias, se había organizado en lo que se diera por llamar la Campaña de los Banquetes. (Digamos que fueron los galos quienes inventaron este truco de reunirse alrededor de una mesa orgíaca a fin de burlar la prohibición de celebrar reuniones públicas que contra sus conjuras les lanzaron los monarcas franceses. Los cretenses, ya con las manos en la matraca, se inventaron el truco de pasarse las consignas contra los turcos cantando por los campos. Los turcos, que no los entendían, máxime cuando a un cretense no lo entiende ni un griego -es un decir- se decían que los cretenses estaban zumbados y los dejaban cantar a pleno pulmón. Los rusos, como no podían pegarsela al Zar por peteneras les copiaron a los Galos sus Campañas de Banquetes, donde entre plato y plato configuraban la estrategia contra el Zar). El caso fue que burla burlando los burlados acabaron siendo burlados por los padre se la KGB, que más tarde Lenin refinaría hasta el punto de entronar sobre su cuerpo criminal a su sucesor. Y esta es la verdadera historia de aquel Domingo Sangriento: Había que acabar con aquella marea de miserables pidiendo más pan. Ya estaba bien de tanto chillar. Había que darles un escarmiento de una vez y para siempre, quitarles las ganas de vaguear y querer ser más que animales nacidos para ser pasto de los zares y los patriarcas. Y pensando se le ocurrió a un agente de la KGB del Zar, un tal Gapone, sacerdote, y porque era pastor: Se le ocurrió reunir a todo el rebaño socialista en una Plaza, pincharlos para juntarse en masa y pacíficamente pedirle al Zar que aceptase el Delegado de Dios y Señor de todas las almas rusas dar luz verde a los cambios sociales que amenazaban tormenta, y grande. El zar de la KGB pensó que aquel pastor de su rebaño tenía un punto y le dio su anillo de poder para que hiciese su voluntad. Y así fue. El padre Gapone sacó sus perros, movió sus ovejas tras sus carneros, metió el rebaño en el aprisco y acto seguido les soltó los lobos. Lo demás es Historia. Los hijos de la Revolución lo cuentan de esta manera: El 3 de enero de 1905 había estallado una huelga en la fábrica Putilov, la más importante de Petersburgo a consecuencia del despido de cuatro obreros. El movimiento huelguístico creció rápidamente, sumándose otras fábricas y pronto se convirtió en una huelga general. Al estallar la huelga, el cura Gapón propuso que el 9 de enero los obreros se congregaran en procesión pacífica ante el Palacio de Invierno, con rosarios, estandartes religiosos y retratos del zar, con objeto de entregarle una petición en la que se expondrían sus necesidades. El zar saldría a recibir al pueblo, y escucharía y satisfacería sus peticiones. Gapón se prestó a servir de instrumento a las maniobras de la policía zarista para escarmentar a los obreros y ahogar en sangre el movimiento proletario. Pero el plan policiaco se volvió contra el gobierno del zar. La petición fue discutida en las asambleas de obreros, introduciéndose en ella algunas enmiendas y modificaciones. En estas asambleas intervinieron también los bolcheviques, aunque sin presentarse abiertamente como tales. Fueron ellos quienes consiguieron que se añadiese a la petición las reivindicaciones siguientes: libertad de prensa y de palabra, libertad de asociación para los obreros, convocatoria de una Asamblea Constituyente para cambiar la forma de gobierno de Rusia, igualdad de todos ante la ley, separación de la Iglesia y el Estado, terminación de la guerra con Japón, implantación de la jornada de ocho horas y entrega de la tierra a los campesinos. En sus intervenciones en las asambleas, los bolcheviques hacían ver a los obreros que la libertad no se conseguiría con súplicas al zar, sino que había que conquistarla con las armas en la mano. Les previnieron de que las tropas harían fuego contra los obreros. Pero no lograron evitar la manifestación ante el Palacio de Invierno. Una parte considerable de los obreros creía aún que el zar les ayudaría. El movimiento se había apoderado de las masas con una fuerza enorme. En la petición de los obreros se decía: Nosotros, obreros de Petersburgo, acudimos a Ti, Señor, con nuestras mujeres, nuestros niños y nuestros padres ancíanos e inválidos, a implorar de ti la verdad y tu ayuda. Vivimos en la miseria, nos oprimen, nos abruman con un trabajo agobiador, se mofan de nosotros, no nos tratan como a hombres... Lo hemos sufrido todo con paciencia, pero nos empujan cada vez más al borde de la miseria, de la esclavitud y de la ignorancia; el despotismo y la tiranía nos ahogan... Nuestra paciencia se ha agotado. Hemos llegado a ese momento terrible en que se prefiere morir a seguir soportando unos tormentos irresistibles. En las primeras horas de la mañana del 9 de enero de 1905, los obreros marcharon en procesión hacía el Palacio de Invierno, donde tenía su residencia el zar. Iban acompañados de sus familias, mujeres, niños y ancianos, y desfilaban con retratos del zar y estandartes de cofradías, entonando canciones religiosas, y sin armas. En total, se reunieron en las calles de Petersburgo, aquel día, más de 140.000 hombres. El zar Nicolás
II dio orden de disparar sobre los obreros inermes. Más de
mil obreros cayeron muertos ante los fusiles de las tropas zaristas
y más de dos mil resultaron heridos. Las calles de Petersburgo
quedaron empapadas de sangre proletaria. |