César Cantú - Compendio de la Historia universal

Libro IX

92.- La Arabia

El Asia occidental presenta desde la Siria al Océano indio, un vasto trapecio, bañado hacia Levante por el Éufrates, y a Poniente por el mar Rojo, paralelo al cual corre una cordillera de montañas, sobre cuyas alturas continúan las lluvias regulares de Junio a Octubre. El resto de la Península no tiene lagos ni ríos; son escasas las lluvias, y durante inmensos espacios de áridas arenas, no se ve un matorral ni un árbol, bajo un cielo inflamado. Sin embargo, de trecho en trecho se encuentran oasis de lujoso verdor, sombreados por palmas, dátiles, mimosas y otros árboles preciosos. En aquellos mares de arena sirve de nave el camello, a quien se aprecia casi tanto como al caballo, inseparable compañero del Árabe, que conserva la genealogía del noble animal tan celosamente como la suya propia.

La historia hace antiquísima mención de la Arabia. Por aquellos desiertos vagaron cuarenta años los Hebreos, y allí se mantuvieron siempre las caravanas, numerosas bandas de personas y camellos que trasportan preciosos productos, el incienso, el estoraque, la goma, la nuez moscada, la planta de sen, el tamarindo, el café, el añil, el algodón, los dátiles, el maná, piedras preciosas y metales.

Los Árabes naturales descienden de Sem, y los naturalizados de Agar y Abraham; su lengua es semítica, y el dialecto de los Coreiscitas, adoptado por Mahoma, quedó como lengua escrita. Pocos se dedican al cultivo de los campos en residencia fija; la mayor parte de ellos son nómadas, constituidos en tribus con el nombre de Saenitas o Beduinos, errantes como patriarcas con numerosas tiendas. Es permitida entre ellos la poligamia. No usan apellidos, pero se distinguen por el nombre de su padre anteponiendo al suyo ben o Ibn , o derivan su apellido de su descendencia. Tienen con frecuencia algún título pomposo, pintoresco o injurioso, como al-Mesth, el borracho, al-Sharif , el ilustre. El Beduino es fogoso como su caballo, sobrio y paciente como su camello, supersticioso, sanguinario y generoso; la venganza es para él una religión; el menor insulto da lugar a represalias y a guerras, y por otra parte es desmesurada la gratitud y el respeto al superior. Hay tribus enteras que no saben leer; pero su lengua rica y pintoresca ayuda a la poesía, mezcla de verso y prosa con abundantes rimas; en las ferias de Occad se disputaban el premio de sus composiciones. Consérvanse siete de éstas (moallakas) anteriores al profeta. El poeta más famoso entre ellos fue Antar, guerrero y pastor.

El jefe de familia (sceico) o de tribu (emir) gobierna a sus dependientes, sin restringir su libertad personal ni castigar los delitos; las ciudades dábanse distintos gobiernos, y había en La Meca una oligarquía con un senado de magistrados hereditarios.

Al principio tuvieron la misma religión de los Hebreos, pero degeneró en idolatría, especialmente encaminada a los astros, o a las inteligencias que los dirigen; se entregaban a diarias adoraciones al sol y el culto fue degenerando hasta descender a groseros ídolos.

Los primeros padres del género humano habían visto en el paraíso una casa, ante la cual se postraban en adoración los ángeles; quisieron imitarla en la tierra, y fabricaron en la Meca la Caaba, a la cual iban los fieles en peregrinación cada año, y donde se encontraron hasta 360 ídolos, aportados por las diferentes tribus.

Parece que los Árabes, en la antigüedad, salieron a menudo a hacer correrías y conquistas, mayormente en Egipto, mientras que los extranjeros no se estacionaron jamás en sus desiertos. Sin embargo, muchos Hebreos se refugiaron allí después de la destrucción de Jerusalén, y con mucho trabajo penetró el cristianismo entre ellos.

93.- Mahoma

593 

En la tribu de los Coreiscitas, encargada de custodiar la Caaba, nació Mahoma, cuyo nacimiento, como su vida toda, fue acompañado de milagros. Su hermosura, su larga barba, sus vivos y penetrantes ojos, la expresión de su fisonomía y la eficacia de su palabra, facilitaron su nombradía, sobre todo cuando se hubo enriquecido casándose con Cadiga (Jadicha) . Merced a los Hebreos, a los Cristianos y a sus solitarias meditaciones, se convenció de que la idolatría no era el culto primitivo de los Árabes, y de que podía ser sustituida por una religión que, por su sencillez, pudiese conciliarse con todas las demás. Meditó en silencio su designio, y a la edad de cuarenta años manifestó a Cadiga que se le había aparecido el ángel Gabriel, declarándolo apóstol del Señor. De pronto fueron muchísimos los que proclamaron al profeta de la Arabia; su símbolo fue: «Dios es Dios único, y Mahoma es su profeta.»

Hégira 

Pero la familia de los Coreiscitas, que derivaba su autoridad y su riqueza de la custodia de los ídolos en la Caaba, se opuso al nuevo profeta. Cuando se exacerbó la persecución, consintió Mahoma en que sus creyentes apelasen a la fuga, y él mismo, amenazado de muerte, huyó a Medina. Esta huida marca la era mahometana, correspondiente al viernes, 16 de julio del año 622. Pronto de regreso, casóse con Aiscia (Ayesha) y otras mujeres, dio su hija Fátima a Alí, declarándolo su califa, o vicario, y Medina fue la metrópoli de la nueva fe. Allí empezó Mahoma a inquietar a las caravanas; derrotó varias veces a los Coreiscitas y sojuzgó a varios pueblos; y tomó por asalto a la Meca destruyendo 360 ídolos. Su religión se extendía, e iban llegando hasta él muchas embajadas. Habiendo organizado una nueva expedición a La Meca con 90 mil devotos y las ceremonias que fueron luego rituales, fue atacado por la fiebre y expiró en las rodillas de Aiscia. Abraham, Moisés y Cristo lo acogieron con grandes honores en el cielo, donde se oyen continuamente tres voces; la del que lee el Corán, la del que cada mañana pide perdón por sus pecados, y la del gallo gigantesco.

Habiendo exclamado Mahoma en la agonía: ¡Maldición sobre los Judíos que convirtieron en templos las sepulturas de sus profetas! se prohibió que se le rindiese culto como a Dios. Pero es portentoso que un pobre artesano se elevase a maestro de medio mundo; su estandarte fue depositado en la capital del islamismo, primero en Medina, luego en Damasco, en Bagdad, en El Cairo, y hoy se halla en Constantinopla.

94.- El Corán

El Corán, código civil y religioso de los Árabes, se compone de 114 capítulos (suras), que tienen títulos particulares, y empiezan todos por estas palabras: «En el nombre de Dios clemente y misericordioso (B'ism Illah el-rohman el-rakkin).» Los versículos le fueron revelados a Mahoma de tiempo en tiempo, a medida que sobrevenía un suceso importante, por eso carece la obra de unidad de inspiración y de miras, y el profeta, además de repetirse, se contradice. En cuanto publicaba un versículo nuevo, sus discípulos lo aprendían de memoria y lo escribían en hojas de palmera, en piedras blandas y otros objetos; después fueron desordenadamente compilados por Zeid, su secretario; de aquí lo dificultoso que es entenderlos; y además, como el alfabeto árabe carece de vocales, el distinto modo de pronunciar las palabras causa enormes diferencias de sentido. Esto no obstante, hace doce siglos que el Corán es venerado por poderosísimas naciones, como código religioso y político; todo musulmán está obligado a sacar o hacer sacar de él una copia, que lleva siempre consigo. No puede imprimirse, pero se reproduce ahora por medio de la fotografía.

Está escrito en el dialecto más puro de La Meca, y superó a todas las demás composiciones del país.

Además del Corán, veneran los musulmanes la Sunna, doctrina trasmitida de viva voz por el profeta y escrita dos siglos después. Se le agregaron luego las Ijmar, decisiones de los imanes ortodoxos.

Su canon fundamental, «No hay más Dios que Dios,» excluye la trinidad y el culto de las imágenes y reliquias. Los ministros de Dios son los ángeles, uno de los cuales, habiendo desobedecido, fue convertido en diablo (Eblis).Dios reveló varias veces su ley al hombre precipitado del paraíso, principalmente por medio de Moisés, de Cristo y de Mahoma. Todos los musulmanes, es decir todos los sectarios del islamismo, se salvarán, y el juicio final durará 1500 años. El paraíso estará lleno de voluptuosas delicias, y podrán obtenerlo hasta las mujeres, aunque pocas.

Todos los actos y sucesos del hombre están decretados desde la eternidad; de modo que el hombre es perverso o santo porque así lo quiere Dios, y su muerte está fatalmente predestinada.

Cinco oraciones son de obligación diaria, sagrados los viernes, inculcada la circuncisión, e impuesta la limosna relativamente a la fortuna.

En el mes de ramadán, se ayuna todos los días; está prohibido en todo tiempo comer tocino, liebres y sangre, y beber vino. Es también obligatoria la peregrinación a La Meca, que todo creyente libre debe verificar por lo menos una vez en su vida. Estas peregrinaciones van acompañadas de solemnísimas ceremonias.

Otra obligación es la guerra contra los infieles.

La poligamia está permitida al que tiene bastante para mantener a más de una mujer; es lícito el divorcio, para el cual basta al hombre cualquier motivo, mientras que la mujer debe presentarlos muy graves. Los hijos son legítimos, tanto si nacen de mujer legítima como de concubina. El despotismo, que ya se había establecido en Oriente, fue consolidado por Mahoma constituyendo por única autoridad el Corán, al cual nada puede oponerse. Por lo demás, el Profeta no instituyó Estado, ni poderes políticos ni religiosos.

El islamismo no posee sacerdotes propiamente dichos, pues que la oración pública y la predicación estuvieron a cargo del mismo Mahoma y de sus sucesores. El que preside una reunión de creyentes se llama imán; el muftí interpreta la ley, y es jefe de los ulemas o doctores; el jefe del Estado lo es también de la Iglesia. Hubo monjes más tarde, mereciendo especial mención los Sufíes de Persia.

Aunque la sencillez del símbolo parezca evitar el peligro de herejías, hubo muchas, sobre todo desde que se aplicó la filosofía de Aristóteles. Los ortodoxos se llaman sunnitas, reconocen la autoridad de la tradición, y se dividen en varias sectas; los heterodoxos difieren sobre artículos fundamentales. Los Siítas consideran como solo legítimo califa a Alí y a sus sucesores, mientras que los Careyitas o rebeldes se pronunciaron contra estos.

El Corán fue un progreso para el pueblo a quien iba destinado; en el exterior ocasionó estragos, la ruina de la antigua civilización, la descomposición de la familia, la abolición del arte, un retraso a la difusión del cristianismo y del derecho romano; el Asia se volvió tan bárbara como el África; la Europa tuvo siempre que luchar para salvar la libertad y la civilización de la cruz contra la fatalística furia de los musulmanes, que aún conservan la barbarie en la más bella región de Europa.

95.- Primeros Califas

Los que adoran el triunfo, admirarán una religión que se difundió tan rápidamente entre pueblos a los cuales llevaba una organización social conforme a la fe, siendo concentrados en uno solo el poder religioso y el político, medio muy eficaz, mayormente entre los Árabes, divididos en tribus hostiles, y entre los Persas, víctimas de discordias intestinas. Además, el musulmán, con la idea de la fatalidad, y con la esperanza de que, muriendo en el campo de batalla, sería acogido en el cielo por las Huríes «de ojos negros y seno alabastrino,» arrostraba intrépidamente los peligros para destruir las demás religiones, como el profeta quería.

656 

Disputábanse la sucesión de Mahoma, el califa Alí, esposo de Fátima; Omar, espada de Mahoma; y Abu Beker, suegro, de éste. Prevaleció Abu Beker, a pesar de que una gran parte de los musulmanes (los Siítas) defendían siempre los derechos de Alí. Omar sacrificó su ambición a la paz, y Alí se vio obligado por las armas a obedecer. El califa vencedor domó las intestinas conmociones; pretendió reinar con las austeras tradiciones del Profeta, y fue muerto a la edad de sesenta y tres años.

634 – 637 – 642 

Entre tanto había sido invadida la Siria, y a pesar de la defensa del emperador Heraclio, había sucumbido Damasco con toda la llanura del Oronte y el valle del Líbano, y sucesivamente fueron cayendo en poder de los musulmanes Jerusalén, Antioquía y Cesarea, a costa de mucha sangre de vencedores y vencidos. Formose una flota que dominó el Mediterráneo y amenazó desde entonces a Constantinopla. También prosperaban las armas árabes en la Persia, donde los califas, así como habían fundado a Basora en el Iraq, del mismo modo, después del exterminio de Ctesifonte, fundaron a Cufa, concluyeron con el imperio de Artajerjes y de los Sasánidas, y llegaron hasta Persépolis, la ciudad de Ciro y santuario de los Magos, donde fue extinguido el fuego sagrado en los altares.

640 

Igualmente derrumbábase el antiguo imperio de Egipto, tomada Menfis y sojuzgado El Cairo. Los habitantes de Alejandría sostuvieron durante catorce meses el sitio contra Amru, el cual ocupó al fin la ciudad y se dice que entregó a las llamas su asombrosa biblioteca.

Constantinopla se resentía grandemente de aquellos trastornos, por cuanto le faltaban las acostumbradas remesas de granos; por esto los emperadores trataron de recuperar a Alejandría, pero en vano; Amru la desmanteló; después organizó vigorosamente el Egipto con una sencilla administración, y restauró el canal que ponía al Nilo en comunicación con el mar Rojo. Su sucesor Abdalah llevó mil hombres contra Trípoli, donde se habían refugiado los Romanos, y penetrando hasta los valles del Atlante, cargaron con un inmenso botín.

Los Omeyas – 661 – 693 – 705 

Alí tuvo por sucesor a Moaviah, con quien empiezan los Omeyas , o sean califas hereditarios, los cuales de simples patriarcas se convirtieron en déspotas, rodeados de fuerza y de fausto, siendo árbitros absolutos hasta de la religión. Dominadas las oposiciones interiores, Moaviah llevó la guerra contra al imperio romano. Hízole frente Constantino Pogonato, adoptando útilmente el fuego griego que abrasaba hasta en el agua, merced a cuyo medio fue salvada Constantinopla, y Moaviah tuvo que comprar la paz, siendo inquietado por discordias intestinas. Bajo el califato de su hijo Yezid, triunfaron los partidarios de Alí, cuyos doce sucesores fueron venerados por los Siítas de la Persia. Seguían en tanto las correrías y las conquistas; Abd-el-Malec cambió la peregrinación de la Meca, ocupada por sus émulos, con la de Jerusalén; habiendo tomado a Chipre, acuñó en ella la primera moneda musulmana, y completó la conquista del África, ayudado por los naturales en el desalojamiento de los Romanos; atravesó los desiertos, en que sus sucesores edificaron a Fez y a Marruecos, llegó a las playas del Atlántico, y fundó la ciudad de Kairuán para refrenar a los Moros revoltosos. Cartago, que había venido a ser el refugio de los fugitivos, fue tomada y arrasada, y el cristianismo quedó extirpado en el África. Preciso era entonces someter a los naturales Berberiscos y Moros, y fue devastado todo lo comprendido entre Tánger y Trípoli. Bajo el califa Walid (705-715) el imperio de los Omeyas llegó a su mayor apogeo, extendiéndose desde los Pirineos hasta el Yemen, y del Océano hasta las murallas de la China.

Abasí – 750 

Mucho más ambicionaban destruir el imperio griego; reinando Solimán, presentáronse en el Bósforo 120 mil hombres a bordo de 800 naves, y sitiaron a Constantinopla, reinando en ella León Isáurico; merced al valor de éste, a la posición de la ciudad y a los estragos del invierno, fue salvada. Menos de un siglo había transcurrido desde la aparición del Profeta, y ya se hallaban sometidos a sus sucesores tantos países, que una caravana no los hubiera atravesado en cinco meses. Cufa, Basora, Alejandría, eran emporios de extraordinario comercio. Pero fuera de la Siria, los Omeyas no se habían conquistado nunca el aura popular; siempre surgían nuevos pretendientes, y por fin fueron proclamados califas los descendientes de Al-Abbas, tío de Mahoma, que exterminaron a los Omeyas; el vicariato de los enemigos volvió a los parientes del profeta; Abul Abbas fue llamado el sanguinario por el modo con que conquistó el dominio. Almanzor trasladó la sede a la nueva ciudad de Bagdad, que fue capital durante 500 años. En ella se entregaron los califas a un lujo oriental. Al-Mamum regaló a La Meca 2400000 dineros de oro; al celebrarse sus bodas, la cabeza de su mujer fue cargada de mil gruesas perlas, y se repartieron entre los cortesanos lotes de casas y terrenos. En tan vastísimo imperio vivían unos 150 millones de habitantes; en todas partes tenía colonias militares, agrícolas y comerciales, que difundían la lengua y la religión árabes. En el interior no cesaban las luchas entre los partidos, degollándose mutuamente Omeyas y Alidas.

786 

El mejor de los Abasíes fue Harun-al-Raschid el Justo, que mantenía relaciones con Carlo Magno.

Literatura 

La literatura había tenido siempre cultivadores, pero los Omeyas no la favorecían; protegiéronla, en cambio, los Abasíes, y más que ninguno Harun, bajo el cual se hizo célebre la escuela médica de Damasco; florecieron muchos gramáticos, y se completó el diccionario árabe. Los Árabes dieron prueba de gran imaginación y poco gusto; de mucha observación y escaso raciocinio. Aficionados a los cuentos, hicieron de ellos grandes colecciones, entre las cuales se ha divulgado la de las Mil y una noches. En la filosofía, siguieron a Aristóteles, comentándolo de un modo extraño (Averroes), y se gozaron en transmitir de un pueblo a otro sus conocimientos. Sus historiadores, que desconocen la crítica y la cronología, son fatalistas y aficionados a circunstancias milagrosas.

790-809 

Los Omeyas trataban de recuperar el poder; Edris comenzó en la Mauritania la dinastía de los Edrisitas; y un descendiente de Alí fundó en Túnez la de los Aglabitas. Harun, que murió después de 48 años de reinado, acabó de arruinar el imperio dividiéndolo entre tres hijos suyos, que se hostigaron continuamente y se rodearon de una guardia de Turcos que no tardó en adquirir un dominio absoluto.

96.- Los Árabes en España. Califato de Córdoba

710 – 718 – 778 

En España, Rodrigo había ocupado el trono, prevaleciendo sobre sus émulos; y éstos, para sostenerse, llamaron en su auxilio a Muza, emir del África. Este confió a Tarik 12 mil intrépidos guerreros, que vencieron y mataron a Rodrigo, y expoliaron el tesoro de los reyes godos en Toledo. Tarik y Muza dilataron sus conquistas por toda la Andalucía y la Lusitania. Abderramán, recogió grandes fuerzas y se encaminó a conquistar a Francia, la cual fue salvada por Carlo Magno; la empresa costó la vida al guerrero árabe. Parte de los naturales de España se refugiaron en los montes de Asturias, y tomando por jefe a Pelayo, esperaron recuperar la patria; pudieron vencer a los conquistadores, mientras éstos luchaban entre sí en la península y en África, no operando como un ejército bajo un solo jefe, sino como tribus distintas que se establecían en diversos países. Las desavenencias de los invasores favorecían a los naturales, que fundaron el reino de Asturias; el rey Alfonso llevó sus conquistas hasta el Duero; y él y sus sucesores fueron sosteniéndose, ora batallando, ora comprando la paz; llamaron en su auxilio a Carlo Magno, pero éste perdió en Roncesvalles la flor de sus valientes.

En tanto, los Yusufis árabes organizaban la conquista, y establecieron en Córdoba un califato omeya, independiente del de Oriente y del de África. Dominaron a Toledo, a Mérida, a Sevilla, a Zaragoza, a Valencia, y en todas partes edificaron palacios y mezquitas, adornaron las ciudades con jardines, y erigieron escuelas; obligaron a los naturales a usar la lengua árabe; y llevaron sus armas contra Francia con suerte varia. Dícese que contenía cuatrocientos mil volúmenes la biblioteca de Hakem el Cruel, quien dotó al califato de una marina y de un ejército regulares.

No es difícil concebir el destrozo que harían los Árabes en España, durante la conquista; pero una vez resueltos a establecerse en ella, cesaron de devastarla; en cambio impusieron tributos, y permitieron el culto católico, aunque interiormente y sin pompa. No faltaron persecuciones religiosas, tanto más cuanto que los mismos Muzárabes, como se llamaban, se mofaban con frecuencia de las plegarias de los musulmanes y de los gritos del muecín.

97.- Imperio Griego. Los Heraclidas. Los Isáuricos

Ni siquiera la incesante amenaza de los Árabes aquietaba las discordias civiles y religiosas de los Griegos. El mismo Heraclio, que adquirió renombre por sus insignes empresas, como se ha dicho en otro lugar de este compendio, volvió a sostener que Cristo temía en verdad dos naturalezas, pero una sola voluntad.

Monotelitas 

Constante II, mientras los Árabes llegaban hasta Constantinopla y los Eslavos ocupaban el país que de ellos adquirió el nombre de Esclavonia, quería propagar el Monotelismo por medio de edictos, y perseguir a los Papas que lo condenaban. Fue el primer emperador oriental que llegó a Italia, donde combatió a los Longobardos meridionales; arrojose sobre Roma, apoderándose de ella; y desde Sicilia pirateó la costa africana, hasta que fue muerto.

Durante las sublevaciones internas y la irrupción de los nuevos Bárbaros, Constantino III mandó reunir el VI concilio ecuménico en Constantinopla, donde se condenó a los que admitían en Jesucristo una sola voluntad y una sola acción.

711 – Iconoclastas 

Vino después una serie de tristes emperadores, hasta que al cabo de un siglo, cesó la estirpe de Heraclio; pero no fueron mejores los elegidos por el pueblo. El primero de éstos fue Anastasio, que trató de poner paz en la iglesia supeditándose al Papa. León, pastor de Isauria, que merced a su ardimiento se hizo jefe del ejército, no tardó en ser emperador. Fue autor de una nueva herejía, fundada en el odio contra las imágenes, cuya destrucción ordenó. El pueblo se opuso a sus severas órdenes; hubo persecuciones, y se sublevó la Grecia; el Papa Gregorio II, no pudiéndolo hacer entrar en razón, excitó a los pueblos de Roma y de la Pentápolis a desobedecerle, con lo cual este hermoso país se hizo independiente. Mientras que con valor y prudencia era capaz de regir bien al imperio, León Isáurico lo arruinó. Los Cázaros o Turcos orientales habían ocupado la Crimea, reconstituido el imperio de los Ávaros, y alcanzado victorias y botines en la Persia, donde se les alió León para que molestasen a los Árabes. Pero éstos hostigaban en todas partes a los sucesores del emperador, mientras los molestaban también los Búlgaros y el frenesí de las herejías. Irene, madre de Constantino Porfirogéneta, trató de establecer un parentesco con Carlo Magno, a fin de reunir a ambos imperios, pero no se llevó a cabo. En un tumulto murió su hijo, y ella fue la primera mujer que ocupó el trono de los Césares; restauró el culto de las imágenes, que fue proclamado en el séptimo concilio Efesino. Descontentó con esto a algunos que propalaron la voz de que quería casarse con Carlo Magno.

98.- Los Francos. Mayordomos de palacio

Los Merovingios, después de haberse engrandecido con Clodoveo, fueron degenerando. Su reino era una transición de la barbarie al orden, pero constaba de gentes diversas, empujadas por otras gentes; los reyes no eran más que los primeros entre iguales, así es que en vano trataban de hacerse herederos del imperio romano. Los demás jefes o leudos, no estaban de acuerdo más que en disminuir la regia prerrogativa, engrandecían sus propios bienes, y no se cuidaban de intervenir en las asambleas. Los reyes pusieron por encima de los ministeriales un mayordomo, el cual fue adquiriendo mayor importancia, como el primero de los leudos, su jefe en la guerra, su juez en la paz, y por consiguiente juez del pueblo. Las primeras familias ambicionaron aquel cargo, cuyo nombramiento dejó de ser privilegio exclusivo del rey para depender de los leudos; el empleo fue luego inamovible y hereditario. De entonces los mayordomos suplieron la inacción de los reyes holgazanes: Pipino, de familia austrasiana, que poseía ricas propiedades a orillas del Mosa, gobernó con firmeza, impidió las divisiones que acostumbraban a hacerse del reino como de las herencias, y unió a los Neustrianos, a los Austrasianos y a los Borgoñones bajo el rey Dagoberto; quedó siendo tributario el ducado de Aquitania. Dagoberto, devoto y vicioso, tuvo al lado a san Ovano, su guarda-sello y obispo de Ruán, y a San Eloy, platero.

Después de Dagoberto, ninguno de los reyes que le sucedieron reinó por sí mismo, pues todo lo hacían los mayordomos de palacio. En tanto, las guerras civiles se multiplicaban, merced a las enemistades que existían entre Austrasianos y Neustrios, y a las revueltas de los pretendientes.

687 

Pepino de Héristal, al frente del ejército, en la batalla de Testry decidió la cuestión entre la Francia romana y la teutónica, prevaleciendo los Austrasianos sobre los Neustrianos y los Aquitanos; y si bien los Merovingios aún conservaron nominalmente el trono durante sesenta y cinco años, no fueron ya más que sombras de reyes. Muchos señores y príncipes tributarios, entre ellos los duques de los Bretones, de la Aquitania y Gascuña, de los Frisones, y de los Alemanes, negaron la obediencia a Pepino y se declararon independientes. Entonces se dedicó a poner orden en la administración, fue árbitro de 300 ducados y recibía embajadores.

732 

Aunque a su muerte los duques trataron de sacudir toda dependencia, Carlos Martel, su hijo, logró dominarlos; sojuzgó la Aquitania y la Gascuña; derrotó a los Sajones, a los Bávaros, a los Alemanes y a los Frisones, y principalmente a los Árabes en la batalla de Poitiers, que verdaderamente contuvo en Europa las conquistas musulmanas. Carlos fue saludado como salvador del cristianismo, y reyes y papas lo hicieron colmar de honores. Como hombre de guerra, empero, era déspota en la paz, y molestaba y removía a su antojo a los obispos. Su muerte dio lugar a murmuraciones y tumultos; Pipino y Carlomán , sus hijos, reinaban en lugar de los débiles Merovingios, hasta obligarles a meterse a frailes. El mismo Carlomán se encerró en el convento de Monte Cassino, y le fueron mandados en calidad de frailes sus dos hijos, después de lo cual quedó solo en el poder Pipino el Breve .

99.- Italia. Los papas. Los Longobardos. Pipino

Al dividir la Italia en ducados, los Longobardos perdieron la fuerza de conquistarla toda, y quedaron siendo enemigos suyos los Griegos en el exarcado y los papas en Roma, que tendían a salvar el dominio griego de la conquista bárbara. Ya hemos visto cuál era el poderío de Gregorio Magno, y cómo, sin contar su autoridad religiosa y personal, poseía extensísimos dominios. Las conversiones de la Germania acrecentaron el poder de los papas, a los cuales prestaban incontestable homenaje los nuevos convertidos. Las herejías de los orientales conturbaban a los papas, que quizá fueron inducidos a error por las sutilezas griegas (fallo de Honorio), aunque la verdad triunfase, a pesar de las violencias de los emperadores que encarcelaban a los pontífices y querían crearlos a su antojo.

742 

Poco, pues, tenían estos que congratularse de los emperadores, mientras se veían amenazados por los reyes Longobardos Estos tuvieron que defender a Italia de las tentativas de los Griegos, y la corona, de las facciones internas. Liutprando, que renovó el esplendor del reino gobernando por espacio de treinta y dos años, enfrenó a los duques revoltosos, y pensó someter toda la Italia

León Isáurico, obstinado en destruir las imágenes, y contrariado en esto por los papas, ordenó al exarca de Rávena que marchase contra Roma, pero los Longobardos negaron el paso al ejército; los habitantes de Rávena se rebelaron y dieron muerte al exarca; del mismo modo procedieron los Napolitanos y los Romanos; en todas partes estalló la insurrección contra los Griegos, temidos como débiles y aborrecidos como herejes; eligiéronse magistrados nacionales, y las ciudades se unieron. Liutprando quiso aprovecharse de aquellos acontecimientos, y simulando proteger la libertad de conciencia, ocupó la Pentápolis; pero fue rechazado por Orso, dux de Venecia; deseando vengarse, se alió entonces con los Griegos y marchó contra Roma, acusado por los Longobardos de permanecer fiel al emperador, y por el emperador de serle rebelde. Mitigado por el Papa, Liutprando entró en Roma, y depuso sobre el sepulcro de los apóstoles el manto, la espada y la corona. Los Griegos, que habían mandado una flota, la vieron dispersa en el Adriático y tuvieron que renunciar a la Italia, exceptuando la Sicilia y la Calabria. No tardó Liutprando en volver a empeñarse en ocupar el ducado romano. Entonces fue cuando el Papa Gregorio invitó a Carlos Martel a socorrerlo. Muertos, empero, el rey, el mayordomo y el Papa, el nuevo rey Astolfo invadió el Exarcado y la Pentápolis. Trasladó la corte de Pavía a Rávena; firmó una Paz de cuarenta años con el Papa Esteban II, paz que violó de súbito, imponiendo un tributo a sus Romanos. El Papa apeló a procesiones, a embajadas y a plegarias, pero viendo que el Longobardo crecía en armas y amenazas, llamó en su auxilio a Pipino, duque de los Francos.

754 

Este ejercía la autoridad de rey, y los leudos quisieron que hasta el título de tal tomase; hízose ungir por San Bonifacio, y mediante las armas y una buena administración pudo realizar la unidad de la Francia, e impuso un tributo a los Sajones idólatras. A instancias de Esteban, que bendijo la nueva dinastía y confirió el título de patricios de Roma al rey y a sus dos hijos, Pepino pasó a Italia y obligó a Astolfo a cederle la Pentápolis y el Exarcado, que él regaló luego al pontífice.

Aquí comienza el dominio temporal de los papas, que abarcaban a Rávena, Rímini, Pesaro, Cesena, Fano, Sinigaglia, Jesí, Forlimpopoli, Forli, Montefeltro, Acceragio, Montlucati, Serra, Castel San Mariano, Bobro, Urbino, Cagli, Luculi, Agubio, Comacchio y Narmi. Eran propiamente los pueblos, los que querían sustraerse a la innoble y arrogante dominación griega, y evitar la de los Bárbaros; así es que invocaban la independencia bajo un príncipe electivo, y la tranquilidad bajo un sacerdote inerme.

Apenas hubo Pipino pasado los Alpes, cuando Astolfo se dirigió contra Roma, y habiendo devastado sus alrededores la puso sitio. El Papa recurrió de nuevo a Pepino, el cual venció otra vez a Astolfo y le obligó a pagar un tributo y a reconocer en el Papa el dominio del Exarcado. Entrado que hubo en Roma, depositó en el sepulcro de San Pedro las llaves de Rávena y de las otras ciudades, rehusando los ofrecimientos que le hacía el emperador griego en cambio de la restitución de los países conquistados.

Desiderio, nuevo rey longobardo, prometió ser fiel a los pactos de Astolfo, y añadir a las donaciones de Pepino, las tierras de Imola, Gavello, Faenza y el ducado de Ferrara. Pero apenas se hubo asegurado el trono, sembró el estrago en la Pentápolis, e invitó al emperador griego a que mandase tropas con que reconquistarla. El Papa recurrió nuevamente a Pepino: pero éste se moría, y estaban reservadas a su sucesor la destrucción del reino Longobardo y la renovación del imperio romano.

100.- Carlomagno

Según la antigua costumbre de distribuir entre los hijos una porción del país franco y una del romano, Pepino repartió el reino entre Carlomán y Carlos. El primero, que reunía escasas dotes, murió al poco tiempo; y el segundo se halló al frente del Estado más poderoso de Europa, y mereció el título de Magno.

774 

El rey Desiderio solicitó su amistad dándole por esposa a su hija Ermengarda, y prometiendo restituir las tierras al Papa. Pero no tardó en molestar a éste, fomentando las sediciones que estallaban de acuerdo con los Griegos de la Campania; se amparó, por fin, del Papa; mandó sacar los ojos a sus fieles, violando el asilo de las iglesias; devastó la Pentápolis, se dirigió contra Roma y suscitó rivales a Carlomagno, que repudió a la hija del desleal monarca. Entonces el Papa Adriano solicitó de Carlos la protección a la Iglesia, de la cual era defensor oficial. Habiendo procurado en vano la conciliación, Carlos se dirigió contra Desiderio, y favorecido por las discordias suscitadas entre los Longobardos y por la aversión en que los Italianos tenían a estos, con poco trabajo conquistó la península, hizo prisionero al rey enemigo, y así terminó el reino de los Longobardos que habían pesado sobre Italia durante tres siglos sin hacerse amar y sin producir un gran hombre siquiera. Carlos obtuvo en Roma un solemnísimo triunfo , no como rey extranjero, sino como patricio, y allí ratificó con las más solemnes formas las donaciones de Pepino. Como no iba seguido de una nación nueva, no le fue preciso despojar a los antiguos propietarios; confirmó en la posesión de sus títulos y bienes a los señores que le juraron fidelidad, y conservó el título de rey de los Longobardos. El duque de Benevento conspiró con los de Espoleto, del Friul, del Clusio, y con Adelchi, hijo de Desiderio; mas fueron vencidos, entonces Carlos abolió los ducados, y aquellas vastas provincias fueron divididas en cantones, presididos por condes, que estuvieron bajo la vigilancia de un conde palatino. El ducado de Benevento conservó el nombre de Lombardía.

Venecia – 480 

Carlos llevó a Italia a su hijo Pipino, de edad de seis años, y habiéndole dado la investidura de este reino, hizo que le ungiera el Papa Adriano. El reino de Italia ocupaba la parte superior de la península, y en la meridional los Griegos conservaban a Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento, la Sicilia y por algún tiempo también la Córcega y la Cerdeña, en lucha con los duques de Benevento. Otras ciudades marítimas había que, prestando homenaje a los emperadores griegos, vivían en libertad, como Pisa, Génova y Venecia. Esta última se había formado en las islas de la laguna, por los que huían de Altino, Aquilea, Oderzo, Concordia y Padua, destruidas por Atila; durante la invasión de los Bárbaros, acudieron a unírseles nuevas gentes; pero los primeros no concedieron a los últimos todos sus derechos civiles y políticos; de donde resultó una nobleza procedente del más legítimo origen. Gobernábanse por el sistema municipal, y conservaron del imperio de Constantinopla una dependencia más bien honorífica que de hecho. Se dedicaron a la pesca, al comercio, y a la explotación de la sal. El patriarca de Aquilea se trasladó a Grado; otros obispos residieron en otras islas; Paolucio Anatesio fue el primer dux vitalicio elegido, en quien estaba concentrado el poder de los nobles, cuya ambición y preponderancia enfrenaba, sin que él mismo pudiese ejercer un poder despótico. Los Venecianos se defendieron de los Esclavones, de Carlomagno y de los piratas de la Istria.

764 

En la Germania, Carlomagno empuñó la espada para reprimir otras irrupciones de los Bárbaros y organizar a los sumisos. Los más molestos fueron los Sajones, a los cuales exterminó, degollando a más de 4500 prisioneros en Werden, y con la fuerza implantó allí el cristianismo y los principados eclesiásticos

Domó también a los Turingios, a los Bávaros, a los Ávaros, a los Eslavos y a los Daneses, haciéndose preceder o seguir siempre de misioneros que procuraban y hasta forzaban la conversión. Preparó una flota con la cual reprimió a los Musulmanes, que asediaban la isla de Mallorca, la Córcega, la Cerdeña, y hasta Niza y Civitavecchia; sostuvo a los Españoles en la lucha contra los Árabes; pero sus paladines, en la retirada, fueron exterminados en Roncesvalles, figurando entre ellos Orlando, o Roldán, conde de Bretaña, que adquirió gran fama en las novelas del tiempo de las Cruzadas.

789 - Carlomagno emperador – 800 

Obedecía entonces a Carlomagno la Francia entera y la mejor parte de los pueblos occidentales; tenía por tributarios a los Eslavos, establecidos entre el Báltico y Venecia, a los Bohemios, a los Moravos, a los Esclavones y a los Croatas; enemigo temido de los Árabes, solicitaron tenerlo por aliado los Griegos de Constantinopla y los Normandos de la Escandinavia. El título de patricio lo hacía patrono de la Iglesia, de los pobres, de los oprimidos, pero no le confería soberanía alguna sobre Roma; sin embargo, era protector y amigo de los papas. León III, salvado de una revuelta de señores romanos, visitó a Carlomagno en el campo de Paderborn, donde los señores Germanos le tributaron homenaje, y lo acompañaron en su solemnísimo regreso. También llegó a Roma Carlomagno, y en la fiesta de Navidad el Papa le puso en la cabeza la diadema de oro; el pueblo gritó: «Vida y victoria a Carlos, grande y pacífico emperador, coronado por la voluntad de Dios.»

Aquello era renovar el símbolo político y la antigua dignidad del Imperio, y realzar por ende la estirpe romana, hasta entonces servil ante los conquistadores. Roma se hacía independiente de Constantinopla; y el emperador se constituía en jefe de toda la cristiandad, acogida a la Iglesia universal. Toda autoridad procedía de Dios, quien la trasmitía a su vicario en la tierra; este, conservaba para sí la espiritual, y la temporal recaía en el emperador, no hereditario, sino electo según su mérito, mediante el hecho de jurar la observancia de la ley de Dios y los pactos políticos celebrados con los pueblos; de lo contrario, perdía la corona. En cambio el emperador, cual administrador temporal de la cristiandad, alcanzaba supremacía sobre todos los reinos y sobre la misma Roma, la cual volvió a ser capital del mundo. Este concepto es necesario para comprender toda la historia de la Edad Media; la idea del Imperio era moral y política; y sería injusto imputar a Carlos y a León los males que de ella resultaron, cuando la unidad combinada a la sazón se convirtió en una discordia, perjudicial a entrambos, y que sin embargo fue provechosa para la humanidad.

Carlomagno fundó así una constitución que, hasta nuestros tiempos, unía la Europa central y todos los pueblos de Occidente con el nombre de cristiandad, producía el íntimo acuerdo de la fuerza con el derecho, y facilitaba la difusión de las mejoras en la vida y en el pensamiento. Los príncipes más poderosos ambicionaban la dignidad imperial, lo cual fue causa de movimiento y de civilización. Los papas, como tutores de los pueblos y de los príncipes, se constituían en apoyo de éstos contra los abusos imperiales, favoreciendo así la libertad política, que más tarde había de volverse contra ellos.

Instituciones civiles 

Carlos no fue Magno únicamente por sus conquistas, pues lo fue más bien por sus leyes, con las cuales quiso introducir en su vastísimo dominio una unidad de administración, contraria a las ideas germánicas. El reino de los Francos era todavía electivo, aunque en la descendencia de los Pepinos. No tenía capital fija, si bien Carlomagno solía detenerse con frecuencia en Aquisgrán, rodeado de una corte civil y eclesiástica. Concedió a sus hijos más jóvenes la Lombardía y la Aquitania. Desaparecieron los mayordomos de palacio, y los ducados fueron repartidos entre condes, jefes militares y civiles, siendo los más poderosos los fronterizos (margraves) no hereditarios; los condes presidían los litigios de los hombres libres. Algunos missi imperiales recorrían las provincias para hacer justicia y recibir las quejas de los que creían no haberla obtenido; reunían en asambleas provinciales a los condes, a los obispos, a los abates y a los vasallos, con algunos regidores y hombres buenos. En estas asambleas se examinaban los asuntos eclesiásticos y civiles, y la administración de las quintas reales.

Los esclavos carecían de derechos civiles, pero no de libertad personal; se hacía aún tráfico con ellos, mayormente con los que procedían de países idólatras o mahometanos.

Capitulares 

Carlos convocaba frecuentemente las asambleas generales, en las que se discutían los asuntos de más trascendencia. Al adquirir el imperio mayor extensión, les fue difícil, y aun imposible, a muchos hombres libres, asistir a estas dietas; de modo que al fin solo concurrieron señores laicos y eclesiásticos, condes y magistrados. Allí el emperador recibía los donativos, discurría con los señores y discutía las propuestas como los demás; escuchaba las necesidades del pueblo, y eran muy varios y numerosos los asuntos que en tales asambleas se trataban. De allí tomaron origen los Capitulares, que forma una colección de leyes antiguas y nuevas, mezcladas con decisiones de los concilios, con instrucciones y comisiones, con nóminas, recomendaciones y gracias, sin constituir, empero, una completa legislación. La más alta sabiduría se codea con pueriles ingenuidades; con más frecuencia que el mandato se ve la exhortación; restos de barbarie con refinamientos progresivos; consérvanse los procedimientos judiciales de los distintos pueblos que constituían el imperio.

Ejército 

Para la defensa nacional se armaban todos los hombres libres; para las expediciones particulares, los condes llevaban al campo a la juventud, escogida entre sus vasallos, y cada ariman se proveía de trajes, armas y víveres. Este eriban ejecutaba únicamente las expediciones consentidas por la nación; pero el rey tenía además la banda de vasallos suyos, voluntarios o pagados, que empleaba donde quería. Los vasallos de las iglesias y de los monasterios eran conducidos por el obispo o por el abate.

Rentas 

Como cada jefe tenía que mantener a sus propios soldados, el reino estaba libre del gasto más pesado, tanto más cuanto que se pagaba a los magistrados con beneficios y con una participación en las multas. La corona poseía tierras propias o tributarias, cuya administración corría comúnmente a cargo de la reina. El fisco percibía además derechos sobre los ríos, las plazas, los puertos, los puentes y los caminos.

Fomentaban el comercio las ferias, que se celebraban con ocasión de los consejos, o durante las fiestas religiosas. Carlomagno protegió los oficios, la agricultura y la minería; pero mal podían prosperar las artes dado aquel sistema de guerra, y en las providencias del monarca con frecuencia no se puede alabar más que la buena intención.

La Iglesia 

Lejos de mostrarse celoso de la Iglesia, Carlomagno comprendió la utilidad de su poderío y se valió de él para contener a los Bárbaros, y civilizar y organizar a los pueblos; dio alquerías, fundó iglesias y tantos monasterios como días tiene el año, según dicen las crónicas; impuso el diezmo a los recién-convertidos a beneficio de la Iglesia y de los pobres; consolidó la jurisdicción de los eclesiásticos, a quienes incumbían no solamente las causas de los curas, sino que también las de los matrimonios y los testamentos; la elección de los obispos fue restituida a los eclesiásticos y al pueblo. Los obispos procuraban conservar y mejorar la disciplina; los monjes crecían en rigidez; en varios concilios se decretaban reformas; se exterminaban las herejías, multiplicábanse los libros rituales, y Carlomagno hubiera querido uniformar la liturgia.

Carlomagno campea en todos los acontecimientos de su siglo; soldado, legislador, docto, religioso, sencillo en el cuidado de su persona, fastuoso en la corte, venerado por los papas y por los emires árabes, ha sido objeto de novelas y poemas como los héroes de Troya. Tuvo guerras continuas, no para conquistar, sino para defender su territorio; por ellas fue obligado casi inevitablemente a conculcar derechos y exigir gravosísimos sacrificios. Habiendo comprendido el cambio que se operaba en la sociedad, se puso al frente de ella, aceleró la fusión de los Galos con los Francos, y de los Bárbaros con los Romanos; convirtió al clero en el lazo que, mejor que la conquista, iba a unir a naciones diversas, y trató de establecer una jerarquía, como la eclesiástica, donde todos adoptasen por jefe a un solo gobernante.

A sus cualidades de gran hombre unía los vicios del bárbaro; nadie querrá disculparle por la matanza de los Sajones; cambió de mujeres, y la fama no respetó sus costumbres ni las de sus hijas. Dividió entre sus hijos las tres diversas naciones: franca, longobarda y romana de Aquitania Señaló esta última a Luis; a Bernardo, hijo de Pepino, la Italia, y a Carlos la Austrasia y la Neustria, quedando la unidad imperial en Luis. Murió el día 27º del año 814, a la edad de 72 años, y fue sepultado con un evangelio de oro sobre las rodillas, y con las insignias imperiales, pero con un cilicio debajo de ellas. En su testamento hacía muchas donaciones a iglesias, pero no hablaba de Roma, dominio de los papas, ni de la dignidad imperial, que había de ser conferida por el Papa mismo, por cuanto las instituciones germánicas establecían que el protector fuese elegido por el protegido.

101.- Letras y artes

También en la Grecia había decaído tanto la literatura, que un tal Juanillo de Rávena fue colmado de alabanzas y honores porque sabía leer correctamente en latín una carta griega. Juan Damasceno escribió la Exposición exacta de la fe ortodoxa, primer sistema completo de dogmática, y es también el autor de los Paralelos sagrados.

Carlomagno empezó muy tarde a aprender a escribir; y sin embargo tenía vastos conocimientos, razonaba con precisión sobre puntos jurídicos y teológicos, apreció y protegió a todo el que daba pruebas de sana inteligencia, fundó escuelas, llevose consigo a Paulo Varnefrido, historiador de los Longobardos, y dio a Pedro de Pisa la dirección de las escuelas de palacio, a las cuales asistía la corte toda. Esta escuela fue confiada después a Alcuino, hombre superior a su siglo, que en lengua inculta, con duro estilo y profusión de adornos compuso muchos libros, en los cuales demostró conocer los mejores autores sagrados y profanos, y se dedicó a corregir los manuscritos alterados o mutilados por ignorantes amanuenses. Con él rodeaban la mesa de Carlomagno obispos y abates versadísimos en las doctrinas sacerdotales. Otros sabios acudieron de Hibernia, y con ellos fundó Carlos escuelas, no solamente para las primeras familias, sino que también para las clases media e inferior. Al efecto mandoles escribir libros elementales. Llevó de Italia cantantes y músicos, convencido de que la música dulcifica las costumbres. En el venerable Beda encontramos apuntadas las causas de las mareas, y sostenida por el irlandés Virgilio la forma esférica de la tierra y la existencia de los antípodas.

Las pocas cartas que han quedado de aquella época, dan testimonio del extremado descuido en que se tenían la lengua y la sintaxis. Los libros pecan al contrario por un cuidado excesivo, afectando términos extravagantes y metáforas extrañas y acumuladas. Adelmo, obispo inglés, escribió treinta y seis versos, en los cuales se halla el primero leyendo el último al revés, el acróstico leyendo hacia abajo y el telóstico hacia arriba.

El venerable Beda de la Northumbria (672-735) sabía latín, griego, poesía, aritmética, astronomía, música; y es notable su Historia eclesiástica de Inglaterra. Pablo, diácono del Friul, reunió precedentes recuerdos para escribir la Historia de los Longobardos hasta Rotaris. Eginardo, franco de allende el Rin, favorito de Carlomagno y sus sucesores, escribió los anales de los mismos.

Las bellas artes habían ido siempre en decadencia., pero no hay que achacarlo únicamente a los Bárbaros. El godo Teodorico había puesto cuidado en conservar y restaurar los edificios públicos, por medio de leyes y dinero; y también fabricó en Rávena palacios, pórticos y acueductos, la Basílica de Hércules, San Martín y San Andrés de los Godos; en conmemoración suya fue edificada la Rotonda, cuya cúpula está formada de una sola piedra de diez metros de diámetro. Las construcciones romano-bizantinas más notables se ven en Rávena.

Orden gótico 

Nada prueba, sin embargo, que los Godos conociesen la arquitectura gótica. La flaqueza de las columnas, el sobrecargo de ornamentos, las alturas desproporcionadas, defectos de los edificios de entonces, los hallamos hasta en Oriente. Las iglesias allí edificadas por Constantino y por Justiniano, no eran transformaciones de antiguos edificios, por lo cual pudo dárseles más francamente el tipo cristiano. Por falta de columnas, se aumentó el uso de los arcos, alargando a veces la parte inferior; se introdujeron las cúpulas, no ya apoyadas sobre un cilindro que surgía del terreno, sino formadas por un casquete apoyado en un tambor, que por medio de pechinas se enlaza con un cuerpo de edificio angular. Muchos santos y obispos son elogiados como hábiles constructores, y algunas comunidades religiosas se ocupaban en hacer caminos y puentes.

También los reyes Longobardos hicieron construir palacios e iglesias, con esculturas y pinturas, representando a menudo figuras extrañas y ridículas.

En aquel tiempo aumentó el uso de los mosaicos; perfeccionáronse los vidrios de colores; las obras de metales preciosos, como las del tesoro de Monza, prueban que ni aun estas artes se habían perdido; y se cuentan maravillas de la habilidad atribuida en platería a San Eloy de París.

Las artes tuvieron mucho que hacer en la multitud de edificios encargados por Carlomagno en todas partes, principalmente en Aquisgrán; sacáronse columnas, capiteles y mosaicos de Roma y Rávena; difundiose por la Germania el amor a la miniatura y a los libros; y es posible que los artistas llamados por el monarca del otro lado de los Alpes fundasen una escuela, que haya servido de fundamento a las logias en que los Francmasones se trasmitían ciertas doctrinas y procedimientos sobre el arte de construir.

102.- China. El Tíbet

Después de Confucio viene el reinado de la guerra, es decir una serie de discordias entre los diversos Estados de la China, hasta que el rey de Tsin sojuzga a los demás, dando principio a la 4ª dinastía de los Tsin (248 a. de C.). Chao-siang rechazó a los Tártaros y construyó la famosa muralla; persiguió a los literatos y destruyó todos los libros de historia.

No tardó en alcanzar el poder la 5ª dinastía de los Han occidentales (202 a. de C.) por obra de Cao-tsu, en la cual fue famoso Venti, que criaba gusanos de seda en su propio palacio, hizo lo posible por restablecer los anales de aquel antiquísimo imperio y los libros canónicos, en cuya empresa ayudó mucho la reciente invención de formar el papel con el bambú machacado, y aquella tinta que es tan estimada aún entre nosotros. Entonces el imperio se puso en relaciones comerciales con los vecinos, extendiéndose hasta el Caspio.

La dinastía de los Han orientales (25 d. de C.) pudo devolver al imperio sus antiguas fronteras, rechazando a los Yung-nu y a otros bárbaros invasores, y tuvo gran dominio en el Asia central, pero el partido de los gorros amarillos y la ambición de varios príncipes descompusieron el Estado, tanto como las continuas correrías de los Tártaros, de los Mongoles y de los Manchúes. Los Chinos conocieron a los Romanos, de los cuales tenían formada una grande idea; pero no querían mandarles seda, por no perjudicar sus propias manufacturas. Solo un embajador de An-tun (Antonino) pudo llegar a la corte de Huang-ti.

Budismo

En aquel tiempo se extendió la religión de Buda, como hemos dicho al principio de este compendio. Seis siglos antes de Jesucristo osó Buda declarar la guerra a las creencias establecidas y a la casta sacerdotal; introdujo un culto más puro y proclamó la igualdad de los hombres. Perseguidos, sus secuaces se dispersaron por Arman, Malaca, el imperio Birmano y el Japón (632 antes de Jesucristo) y más tarde llegaron al Tíbet, que fue su centro, propagando una doctrina moral entre pueblos que no tenían ninguna.

En la China (390 años antes de Jesucristo), habían penetrado algunos libros budistas; pero sólo en el año 64, después de Jesucristo, fue trasladada allí esta religión bajo el nombre de Fo. Los letrados la rechazaron siempre, pero fue aceptada por muchos, corrompida por la superstición de los bonzos, que afectaban extrañas penitencias, e inventaban milagros. El dios de los budistas está generalmente representado por un dragón, o bien por un hombre agachado con un enorme vientre y la cabeza bamboleándose. Por lo demás, la doctrina varía según los pueblos a que es llevada; pero en el fondo establece la trasmigración de las almas hasta que llegan al aniquilamiento.

A la dinastía de los Han-orientales sucedió la de los Tsin, turbada también por letrados y eunucos, y arrojada después por Lieu-yu fundador de la VIII dinastía de los Sung (400), pronto sustituida por la de los Tsi (483), poco alabada, y por la de los Liang (502). Alteradas las creencias nacionales por los Budistas y por los Tao-se, tratóse de resucitar la filosofía de Confucio; pero prevalecieron los bonzos, y fueron protegidos por la dinastía XI de los Chin (557). Bajo la de los Sui (589) el Norte y el Mediodía volvieron a unirse, y Yang-ti se granjeó el título de Sardanápalo de la China, merced a las grandes obras públicas con que dotó a su país. La dinastía de los Yang (608) abolió doce pequeñas dinastías que se habían formado en el imperio, y tuvo un héroe en Tai-tsung, que ensanchó sus dominios hasta la Persia, el Altai y el Tang-nu, e iban a prestarle homenaje los príncipes del Nepal y del Maghada en la India, y el shah de Persia; el emperador romano le mandó rubíes y esmeraldas; prestole obediencia hasta la Península de la Corea, y escribió el Espejo de oro sobre el arte de reinar. Su reinado duró 23 años, y se señaló además por haber presenciado la primera introducción del cristianismo, verificada en 635 por O-lo-pen, cura nestoriano, como consta en una famosa inscripción, descubierta en Si-ngan-fu por unos misioneros en el año 1625.

Los sucesores de Tai-tsung tuvieron mucho que hacer con los Tibetanos , que ocupaban el Asia central, y se ensancharon, ayudados al principio y contrariados después por los Árabes que se establecían en la Persia. Harun-al-Raschid expidió embajadores a la China. La XIII dinastía de los Cha-en (907) aumentó las relaciones exteriores. En 721 fue llamado el bonzo Y-hang, quien enseñó una astronomía que fue clásica, y que probablemente había aprendido de los Indios, de los cuales tradujo varias obras e hizo la triangulación de todo el imperio, que ocupaba entonces 26 grados y medio de Levante a Poniente y 31 de Norte a Sur.

El Tíbet 

El Tíbet se extiende, desde la vertiente septentrional del Himalaya, hasta el Occidente de la China, al Mediodía del Turquestán Chino y al levante del Turquestán Independiente, entre montañas y llanuras elevadísimas. No habiendo conocido el alfabeto hasta el siglo VII, los naturales carecen de tradiciones escritas, pero creen descender de una especie de monos. Aliáronse con los Chinos contra los Jug-nu. Hacia el año 632 fue introducido entre ellos el budismo, cuya religión, no combatida por Letrados ni Brahmanes, se difundió, enseñó la escritura y moderó la fiereza nativa con máximas de una moral pacífica y piadosa. Algunos religiosos introdujeron el Kangiur, cuerpo de la doctrina de Sakia-Muni, en 108 volúmenes. Fundáronse muchos conventos, con el supremo lama al frente, encarnación de Buda. Siguen inmediatos a él cinco grandes lamas, que forman su consejo, y eligen su sucesor. Poco a poco fue compilada la gran colección de los libros tibetanos. De allí el budismo se propagó al Mogol, donde fueron traducidos los libros canónicos. El puesto de gran lama fue muy ambicionado, porque unía la autoridad de príncipe a la religiosa; pero se dividió en las dos sectas del gorro encarnado y del gorro amarillo, y en el día los lamas dependen del emperador de la China. Los Tibetanos son actualmente dulces y afables, afeminados y llenos de supersticiones, con ritos y fiestas de evidente origen indio.