92.-
La Arabia
El
Asia occidental presenta desde la Siria al Océano indio,
un vasto trapecio, bañado hacia Levante por el Éufrates,
y a Poniente por el mar Rojo, paralelo al cual corre una
cordillera de montañas, sobre cuyas alturas continúan las
lluvias regulares de Junio a Octubre. El resto de la Península
no tiene lagos ni ríos; son escasas las lluvias, y durante
inmensos espacios de áridas arenas, no se ve un matorral
ni un árbol, bajo un cielo inflamado. Sin embargo, de trecho
en trecho se encuentran oasis de lujoso verdor, sombreados
por palmas, dátiles, mimosas y otros árboles preciosos.
En aquellos mares de arena sirve de nave el camello, a quien
se aprecia casi tanto como al caballo, inseparable compañero
del Árabe, que conserva la genealogía del noble animal tan
celosamente como la suya propia.
La
historia hace antiquísima mención de la Arabia. Por aquellos
desiertos vagaron cuarenta años los Hebreos, y allí se mantuvieron
siempre las caravanas, numerosas bandas de personas y camellos
que trasportan preciosos productos, el incienso, el estoraque,
la goma, la nuez moscada, la planta de sen, el tamarindo,
el café, el añil, el algodón, los dátiles, el maná, piedras
preciosas y metales.
Los
Árabes naturales descienden de Sem, y los naturalizados
de Agar y Abraham; su lengua es semítica, y el dialecto
de los Coreiscitas, adoptado por Mahoma, quedó como lengua
escrita. Pocos se dedican al cultivo de los campos en residencia
fija; la mayor parte de ellos son nómadas, constituidos
en tribus con el nombre de Saenitas o Beduinos, errantes
como patriarcas con numerosas tiendas. Es permitida entre
ellos la poligamia. No usan apellidos, pero se distinguen
por el nombre de su padre anteponiendo al suyo ben o Ibn ,
o derivan su apellido de su descendencia. Tienen con frecuencia
algún título pomposo, pintoresco o injurioso, como al-Mesth,
el borracho, al-Sharif , el ilustre. El Beduino es
fogoso como su caballo, sobrio y paciente como su camello,
supersticioso, sanguinario y generoso; la venganza es para
él una religión; el menor insulto da lugar a represalias
y a guerras, y por otra parte es desmesurada la gratitud
y el respeto al superior. Hay tribus enteras que no saben
leer; pero su lengua rica y pintoresca ayuda a la poesía,
mezcla de verso y prosa con abundantes rimas; en las ferias
de Occad se disputaban el premio de sus composiciones. Consérvanse
siete de éstas (moallakas) anteriores al profeta. El poeta
más famoso entre ellos fue Antar, guerrero y pastor.
El
jefe de familia (sceico) o de tribu (emir) gobierna a sus
dependientes, sin restringir su libertad personal ni castigar
los delitos; las ciudades dábanse distintos gobiernos, y
había en La Meca una oligarquía con un senado de magistrados
hereditarios.
Al
principio tuvieron la misma religión de los Hebreos, pero
degeneró en idolatría, especialmente encaminada a los astros,
o a las inteligencias que los dirigen; se entregaban a diarias
adoraciones al sol y el culto fue degenerando hasta descender
a groseros ídolos.
Los
primeros padres del género humano habían visto en el paraíso
una casa, ante la cual se postraban en adoración los ángeles;
quisieron imitarla en la tierra, y fabricaron en la Meca
la Caaba, a la cual iban los fieles en peregrinación cada
año, y donde se encontraron hasta 360 ídolos, aportados
por las diferentes tribus.
Parece
que los Árabes, en la antigüedad, salieron a menudo a hacer
correrías y conquistas, mayormente en Egipto, mientras que
los extranjeros no se estacionaron jamás en sus desiertos.
Sin embargo, muchos Hebreos se refugiaron allí después de
la destrucción de Jerusalén, y con mucho trabajo penetró
el cristianismo entre ellos.
93.- Mahoma
593
En
la tribu de los Coreiscitas, encargada de custodiar la Caaba,
nació Mahoma, cuyo nacimiento, como su vida toda, fue acompañado
de milagros. Su hermosura, su larga barba, sus vivos y penetrantes
ojos, la expresión de su fisonomía y la eficacia de su palabra,
facilitaron su nombradía, sobre todo cuando se hubo enriquecido
casándose con Cadiga (Jadicha) . Merced a los Hebreos,
a los Cristianos y a sus solitarias meditaciones, se convenció
de que la idolatría no era el culto primitivo de los Árabes,
y de que podía ser sustituida por una religión que, por
su sencillez, pudiese conciliarse con todas las demás. Meditó
en silencio su designio, y a la edad de cuarenta años manifestó
a Cadiga que se le había aparecido el ángel Gabriel, declarándolo
apóstol del Señor. De pronto fueron muchísimos los que proclamaron
al profeta de la Arabia; su símbolo fue: «Dios es Dios único,
y Mahoma es su profeta.»
Hégira
Pero
la familia de los Coreiscitas, que derivaba su autoridad
y su riqueza de la custodia de los ídolos en la Caaba, se
opuso al nuevo profeta. Cuando se exacerbó la persecución,
consintió Mahoma en que sus creyentes apelasen a la fuga,
y él mismo, amenazado de muerte, huyó a Medina. Esta huida
marca la era mahometana, correspondiente al viernes, 16
de julio del año 622. Pronto de regreso, casóse con Aiscia
(Ayesha) y otras mujeres, dio su hija Fátima a Alí,
declarándolo su califa, o vicario, y Medina fue la metrópoli
de la nueva fe. Allí empezó Mahoma a inquietar a las caravanas;
derrotó varias veces a los Coreiscitas y sojuzgó a varios
pueblos; y tomó por asalto a la Meca destruyendo 360 ídolos.
Su religión se extendía, e iban llegando hasta él muchas
embajadas. Habiendo organizado una nueva expedición a La
Meca con 90 mil devotos y las ceremonias que fueron luego
rituales, fue atacado por la fiebre y expiró en las rodillas
de Aiscia. Abraham, Moisés y Cristo lo acogieron con grandes
honores en el cielo, donde se oyen continuamente tres voces;
la del que lee el Corán, la del que cada mañana pide perdón
por sus pecados, y la del gallo gigantesco.
Habiendo
exclamado Mahoma en la agonía: ¡Maldición sobre los Judíos
que convirtieron en templos las sepulturas de sus profetas!
se prohibió que se le rindiese culto como a Dios. Pero es
portentoso que un pobre artesano se elevase a maestro de
medio mundo; su estandarte fue depositado en la capital
del islamismo, primero en Medina, luego en Damasco, en Bagdad,
en El Cairo, y hoy se halla en Constantinopla.
94.- El Corán
El
Corán, código civil y religioso de los Árabes, se compone
de 114 capítulos (suras), que tienen títulos particulares,
y empiezan todos por estas palabras: «En el nombre de Dios
clemente y misericordioso (B'ism Illah el-rohman el-rakkin).»
Los versículos le fueron revelados a Mahoma de tiempo en
tiempo, a medida que sobrevenía un suceso importante, por
eso carece la obra de unidad de inspiración y de miras,
y el profeta, además de repetirse, se contradice. En cuanto
publicaba un versículo nuevo, sus discípulos lo aprendían
de memoria y lo escribían en hojas de palmera, en piedras
blandas y otros objetos; después fueron desordenadamente
compilados por Zeid, su secretario; de aquí lo dificultoso
que es entenderlos; y además, como el alfabeto árabe carece
de vocales, el distinto modo de pronunciar las palabras
causa enormes diferencias de sentido. Esto no obstante,
hace doce siglos que el Corán es venerado por poderosísimas
naciones, como código religioso y político; todo musulmán
está obligado a sacar o hacer sacar de él una copia, que
lleva siempre consigo. No puede imprimirse, pero se reproduce
ahora por medio de la fotografía.
Está
escrito en el dialecto más puro de La Meca, y superó a todas
las demás composiciones del país.
Además
del Corán, veneran los musulmanes la Sunna, doctrina trasmitida
de viva voz por el profeta y escrita dos siglos después.
Se le agregaron luego las Ijmar, decisiones de los imanes
ortodoxos.
Su
canon fundamental, «No hay más Dios que Dios,» excluye la
trinidad y el culto de las imágenes y reliquias. Los ministros
de Dios son los ángeles, uno de los cuales, habiendo desobedecido,
fue convertido en diablo (Eblis).Dios reveló varias veces
su ley al hombre precipitado del paraíso, principalmente
por medio de Moisés, de Cristo y de Mahoma. Todos los musulmanes,
es decir todos los sectarios del islamismo, se salvarán,
y el juicio final durará 1500 años. El paraíso estará lleno
de voluptuosas delicias, y podrán obtenerlo hasta las mujeres,
aunque pocas.
Todos
los actos y sucesos del hombre están decretados desde la
eternidad; de modo que el hombre es perverso o santo porque
así lo quiere Dios, y su muerte está fatalmente predestinada.
Cinco
oraciones son de obligación diaria, sagrados los viernes,
inculcada la circuncisión, e impuesta la limosna relativamente
a la fortuna.
En
el mes de ramadán, se ayuna todos los días; está prohibido
en todo tiempo comer tocino, liebres y sangre, y beber vino.
Es también obligatoria la peregrinación a La Meca, que todo
creyente libre debe verificar por lo menos una vez en su
vida. Estas peregrinaciones van acompañadas de solemnísimas
ceremonias.
Otra
obligación es la guerra contra los infieles.
La
poligamia está permitida al que tiene bastante para mantener
a más de una mujer; es lícito el divorcio, para el cual
basta al hombre cualquier motivo, mientras que la mujer
debe presentarlos muy graves. Los hijos son legítimos, tanto
si nacen de mujer legítima como de concubina. El despotismo,
que ya se había establecido en Oriente, fue consolidado
por Mahoma constituyendo por única autoridad el Corán, al
cual nada puede oponerse. Por lo demás, el Profeta no instituyó
Estado, ni poderes políticos ni religiosos.
El
islamismo no posee sacerdotes propiamente dichos, pues que
la oración pública y la predicación estuvieron a cargo del
mismo Mahoma y de sus sucesores. El que preside una reunión
de creyentes se llama imán; el muftí interpreta la ley,
y es jefe de los ulemas o doctores; el jefe del Estado lo
es también de la Iglesia. Hubo monjes más tarde, mereciendo
especial mención los Sufíes de Persia.
Aunque
la sencillez del símbolo parezca evitar el peligro de herejías,
hubo muchas, sobre todo desde que se aplicó la filosofía
de Aristóteles. Los ortodoxos se llaman sunnitas, reconocen
la autoridad de la tradición, y se dividen en varias sectas;
los heterodoxos difieren sobre artículos fundamentales.
Los Siítas consideran como solo legítimo califa a Alí y
a sus sucesores, mientras que los Careyitas o rebeldes se
pronunciaron contra estos.
El
Corán fue un progreso para el pueblo a quien iba destinado;
en el exterior ocasionó estragos, la ruina de la antigua
civilización, la descomposición de la familia, la abolición
del arte, un retraso a la difusión del cristianismo y del
derecho romano; el Asia se volvió tan bárbara como el África;
la Europa tuvo siempre que luchar para salvar la libertad
y la civilización de la cruz contra la fatalística furia
de los musulmanes, que aún conservan la barbarie en la más
bella región de Europa.
95.- Primeros Califas
Los
que adoran el triunfo, admirarán una religión que se difundió
tan rápidamente entre pueblos a los cuales llevaba una organización
social conforme a la fe, siendo concentrados en uno solo
el poder religioso y el político, medio muy eficaz, mayormente
entre los Árabes, divididos en tribus hostiles, y entre
los Persas, víctimas de discordias intestinas. Además, el
musulmán, con la idea de la fatalidad, y con la esperanza
de que, muriendo en el campo de batalla, sería acogido en
el cielo por las Huríes «de ojos negros y seno alabastrino,»
arrostraba intrépidamente los peligros para destruir las
demás religiones, como el profeta quería.
656
Disputábanse la sucesión de Mahoma, el califa Alí, esposo
de Fátima; Omar, espada de Mahoma; y Abu Beker, suegro,
de éste. Prevaleció Abu Beker, a pesar de que una gran parte
de los musulmanes (los Siítas) defendían siempre los derechos
de Alí. Omar sacrificó su ambición a la paz, y Alí se vio
obligado por las armas a obedecer. El califa vencedor domó
las intestinas conmociones; pretendió reinar con las austeras
tradiciones del Profeta, y fue muerto a la edad de sesenta
y tres años.
634 – 637 – 642
Entre
tanto había sido invadida la Siria, y a pesar de la defensa
del emperador Heraclio, había sucumbido Damasco con toda
la llanura del Oronte y el valle del Líbano, y sucesivamente
fueron cayendo en poder de los musulmanes Jerusalén, Antioquía
y Cesarea, a costa de mucha sangre de vencedores y vencidos.
Formose una flota que dominó el Mediterráneo y amenazó desde
entonces a Constantinopla. También prosperaban las armas
árabes en la Persia, donde los califas, así como habían
fundado a Basora en el Iraq, del mismo modo, después del
exterminio de Ctesifonte, fundaron a Cufa, concluyeron con
el imperio de Artajerjes y de los Sasánidas, y llegaron
hasta Persépolis, la ciudad de Ciro y santuario de los Magos,
donde fue extinguido el fuego sagrado en los altares.
640
Igualmente derrumbábase el antiguo imperio de Egipto, tomada
Menfis y sojuzgado El Cairo. Los habitantes de Alejandría
sostuvieron durante catorce meses el sitio contra Amru,
el cual ocupó al fin la ciudad y se dice que entregó a las
llamas su asombrosa biblioteca.
Constantinopla se resentía grandemente de aquellos trastornos,
por cuanto le faltaban las acostumbradas remesas de granos;
por esto los emperadores trataron de recuperar a Alejandría,
pero en vano; Amru la desmanteló; después organizó vigorosamente
el Egipto con una sencilla administración, y restauró el
canal que ponía al Nilo en comunicación con el mar Rojo.
Su sucesor Abdalah llevó mil hombres contra Trípoli, donde
se habían refugiado los Romanos, y penetrando hasta los
valles del Atlante, cargaron con un inmenso botín.
Los Omeyas – 661 – 693 – 705
Alí
tuvo por sucesor a Moaviah, con quien empiezan los Omeyas ,
o sean califas hereditarios, los cuales de simples patriarcas
se convirtieron en déspotas, rodeados de fuerza y de fausto,
siendo árbitros absolutos hasta de la religión. Dominadas
las oposiciones interiores, Moaviah llevó la guerra contra
al imperio romano. Hízole frente Constantino Pogonato, adoptando
útilmente el fuego griego que abrasaba hasta en el agua,
merced a cuyo medio fue salvada Constantinopla, y Moaviah
tuvo que comprar la paz, siendo inquietado por discordias
intestinas. Bajo el califato de su hijo Yezid, triunfaron
los partidarios de Alí, cuyos doce sucesores fueron venerados
por los Siítas de la Persia. Seguían en tanto las correrías
y las conquistas; Abd-el-Malec cambió la peregrinación de
la Meca, ocupada por sus émulos, con la de Jerusalén; habiendo
tomado a Chipre, acuñó en ella la primera moneda musulmana,
y completó la conquista del África, ayudado por los naturales
en el desalojamiento de los Romanos; atravesó los desiertos,
en que sus sucesores edificaron a Fez y a Marruecos, llegó
a las playas del Atlántico, y fundó la ciudad de Kairuán para
refrenar a los Moros revoltosos. Cartago, que había venido
a ser el refugio de los fugitivos, fue tomada y arrasada,
y el cristianismo quedó extirpado en el África. Preciso
era entonces someter a los naturales Berberiscos y Moros,
y fue devastado todo lo comprendido entre Tánger y Trípoli.
Bajo el califa Walid (705-715) el imperio de los Omeyas
llegó a su mayor apogeo, extendiéndose desde los Pirineos
hasta el Yemen, y del Océano hasta las murallas de la China.
Abasí – 750
Mucho
más ambicionaban destruir el imperio griego; reinando Solimán,
presentáronse en el Bósforo 120 mil hombres a bordo de 800
naves, y sitiaron a Constantinopla, reinando en ella León
Isáurico; merced al valor de éste, a la posición de la ciudad
y a los estragos del invierno, fue salvada. Menos de un
siglo había transcurrido desde la aparición del Profeta,
y ya se hallaban sometidos a sus sucesores tantos países,
que una caravana no los hubiera atravesado en cinco meses.
Cufa, Basora, Alejandría, eran emporios de extraordinario
comercio. Pero fuera de la Siria, los Omeyas no se habían
conquistado nunca el aura popular; siempre surgían nuevos
pretendientes, y por fin fueron proclamados califas los
descendientes de Al-Abbas, tío de Mahoma, que exterminaron
a los Omeyas; el vicariato de los enemigos volvió a los
parientes del profeta; Abul Abbas fue llamado el sanguinario
por el modo con que conquistó el dominio. Almanzor trasladó
la sede a la nueva ciudad de Bagdad, que fue capital durante
500 años. En ella se entregaron los califas a un lujo oriental.
Al-Mamum regaló a La Meca 2400000 dineros de oro; al celebrarse
sus bodas, la cabeza de su mujer fue cargada de mil gruesas
perlas, y se repartieron entre los cortesanos lotes de casas
y terrenos. En tan vastísimo imperio vivían unos 150 millones
de habitantes; en todas partes tenía colonias militares,
agrícolas y comerciales, que difundían la lengua y la religión
árabes. En el interior no cesaban las luchas entre los partidos,
degollándose mutuamente Omeyas y Alidas.
786
El
mejor de los Abasíes fue Harun-al-Raschid el Justo, que
mantenía relaciones con Carlo Magno.
Literatura
La
literatura había tenido siempre cultivadores, pero los Omeyas
no la favorecían; protegiéronla, en cambio, los Abasíes,
y más que ninguno Harun, bajo el cual se hizo célebre la
escuela médica de Damasco; florecieron muchos gramáticos,
y se completó el diccionario árabe. Los Árabes dieron prueba
de gran imaginación y poco gusto; de mucha observación y
escaso raciocinio. Aficionados a los cuentos, hicieron de
ellos grandes colecciones, entre las cuales se ha divulgado
la de las Mil y una noches. En la filosofía, siguieron a
Aristóteles, comentándolo de un modo extraño (Averroes),
y se gozaron en transmitir de un pueblo a otro sus conocimientos.
Sus historiadores, que desconocen la crítica y la cronología,
son fatalistas y aficionados a circunstancias milagrosas.
790-809
Los
Omeyas trataban de recuperar el poder; Edris comenzó en
la Mauritania la dinastía de los Edrisitas; y un descendiente
de Alí fundó en Túnez la de los Aglabitas. Harun, que murió
después de 48 años de reinado, acabó de arruinar el imperio
dividiéndolo entre tres hijos suyos, que se hostigaron continuamente
y se rodearon de una guardia de Turcos que no tardó en adquirir
un dominio absoluto.
96.- Los Árabes en España. Califato de Córdoba
710 – 718 – 778
En
España, Rodrigo había ocupado el trono, prevaleciendo sobre
sus émulos; y éstos, para sostenerse, llamaron en su auxilio
a Muza, emir del África. Este confió a Tarik 12 mil intrépidos
guerreros, que vencieron y mataron a Rodrigo, y expoliaron
el tesoro de los reyes godos en Toledo. Tarik y Muza dilataron
sus conquistas por toda la Andalucía y la Lusitania. Abderramán,
recogió grandes fuerzas y se encaminó a conquistar a Francia,
la cual fue salvada por Carlo Magno; la empresa costó la
vida al guerrero árabe. Parte de los naturales de España
se refugiaron en los montes de Asturias, y tomando por jefe
a Pelayo, esperaron recuperar la patria; pudieron vencer
a los conquistadores, mientras éstos luchaban entre sí en
la península y en África, no operando como un ejército bajo
un solo jefe, sino como tribus distintas que se establecían
en diversos países. Las desavenencias de los invasores favorecían
a los naturales, que fundaron el reino de Asturias; el rey
Alfonso llevó sus conquistas hasta el Duero; y él y sus
sucesores fueron sosteniéndose, ora batallando, ora comprando
la paz; llamaron en su auxilio a Carlo Magno, pero éste
perdió en Roncesvalles la flor de sus valientes.
En
tanto, los Yusufis árabes organizaban la conquista, y establecieron
en Córdoba un califato omeya, independiente del de Oriente
y del de África. Dominaron a Toledo, a Mérida, a Sevilla,
a Zaragoza, a Valencia, y en todas partes edificaron palacios
y mezquitas, adornaron las ciudades con jardines, y erigieron
escuelas; obligaron a los naturales a usar la lengua árabe;
y llevaron sus armas contra Francia con suerte varia. Dícese
que contenía cuatrocientos mil volúmenes la biblioteca de
Hakem el Cruel, quien dotó al califato de una marina y de
un ejército regulares.
No
es difícil concebir el destrozo que harían los Árabes en
España, durante la conquista; pero una vez resueltos a establecerse
en ella, cesaron de devastarla; en cambio impusieron tributos,
y permitieron el culto católico, aunque interiormente y
sin pompa. No faltaron persecuciones religiosas, tanto más
cuanto que los mismos Muzárabes, como se llamaban, se mofaban
con frecuencia de las plegarias de los musulmanes y de los
gritos del muecín.
97.- Imperio Griego. Los Heraclidas. Los Isáuricos
Ni
siquiera la incesante amenaza de los Árabes aquietaba las
discordias civiles y religiosas de los Griegos. El mismo
Heraclio, que adquirió renombre por sus insignes empresas,
como se ha dicho en otro lugar de este compendio, volvió
a sostener que Cristo temía en verdad dos naturalezas, pero
una sola voluntad.
Monotelitas
Constante II, mientras los Árabes llegaban hasta Constantinopla
y los Eslavos ocupaban el país que de ellos adquirió el
nombre de Esclavonia, quería propagar el Monotelismo por
medio de edictos, y perseguir a los Papas que lo condenaban.
Fue el primer emperador oriental que llegó a Italia, donde
combatió a los Longobardos meridionales; arrojose sobre
Roma, apoderándose de ella; y desde Sicilia pirateó la costa
africana, hasta que fue muerto.
Durante
las sublevaciones internas y la irrupción de los nuevos
Bárbaros, Constantino III mandó reunir el VI concilio ecuménico
en Constantinopla, donde se condenó a los que admitían en
Jesucristo una sola voluntad y una sola acción.
711 – Iconoclastas
Vino
después una serie de tristes emperadores, hasta que al cabo
de un siglo, cesó la estirpe de Heraclio; pero no fueron
mejores los elegidos por el pueblo. El primero de éstos
fue Anastasio, que trató de poner paz en la iglesia supeditándose
al Papa. León, pastor de Isauria, que merced a su ardimiento
se hizo jefe del ejército, no tardó en ser emperador. Fue
autor de una nueva herejía, fundada en el odio contra las
imágenes, cuya destrucción ordenó. El pueblo se opuso a
sus severas órdenes; hubo persecuciones, y se sublevó la
Grecia; el Papa Gregorio II, no pudiéndolo hacer entrar
en razón, excitó a los pueblos de Roma y de la Pentápolis
a desobedecerle, con lo cual este hermoso país se hizo independiente.
Mientras que con valor y prudencia era capaz de regir bien
al imperio, León Isáurico lo arruinó. Los Cázaros o Turcos
orientales habían ocupado la Crimea, reconstituido el imperio
de los Ávaros, y alcanzado victorias y botines en la Persia,
donde se les alió León para que molestasen a los Árabes.
Pero éstos hostigaban en todas partes a los sucesores del
emperador, mientras los molestaban también los Búlgaros
y el frenesí de las herejías. Irene, madre de Constantino
Porfirogéneta, trató de establecer un parentesco con Carlo
Magno, a fin de reunir a ambos imperios, pero no se llevó
a cabo. En un tumulto murió su hijo, y ella fue la primera
mujer que ocupó el trono de los Césares; restauró el culto
de las imágenes, que fue proclamado en el séptimo concilio
Efesino. Descontentó con esto a algunos que propalaron la
voz de que quería casarse con Carlo Magno.
98.- Los Francos. Mayordomos de palacio
Los
Merovingios, después de haberse engrandecido con Clodoveo,
fueron degenerando. Su reino era una transición de la barbarie
al orden, pero constaba de gentes diversas, empujadas por
otras gentes; los reyes no eran más que los primeros entre
iguales, así es que en vano trataban de hacerse herederos
del imperio romano. Los demás jefes o leudos, no estaban
de acuerdo más que en disminuir la regia prerrogativa, engrandecían
sus propios bienes, y no se cuidaban de intervenir en las
asambleas. Los reyes pusieron por encima de los ministeriales
un mayordomo, el cual fue adquiriendo mayor importancia,
como el primero de los leudos, su jefe en la guerra, su
juez en la paz, y por consiguiente juez del pueblo. Las
primeras familias ambicionaron aquel cargo, cuyo nombramiento
dejó de ser privilegio exclusivo del rey para depender de
los leudos; el empleo fue luego inamovible y hereditario.
De entonces los mayordomos suplieron la inacción de los
reyes holgazanes: Pipino, de familia austrasiana, que poseía
ricas propiedades a orillas del Mosa, gobernó con firmeza,
impidió las divisiones que acostumbraban a hacerse del reino
como de las herencias, y unió a los Neustrianos, a los Austrasianos
y a los Borgoñones bajo el rey Dagoberto; quedó siendo tributario
el ducado de Aquitania. Dagoberto, devoto y vicioso, tuvo
al lado a san Ovano, su guarda-sello y obispo de Ruán, y
a San Eloy, platero.
Después
de Dagoberto, ninguno de los reyes que le sucedieron reinó
por sí mismo, pues todo lo hacían los mayordomos de palacio.
En tanto, las guerras civiles se multiplicaban, merced a
las enemistades que existían entre Austrasianos y Neustrios,
y a las revueltas de los pretendientes.
687
Pepino
de Héristal, al frente del ejército, en la batalla de Testry
decidió la cuestión entre la Francia romana y la teutónica,
prevaleciendo los Austrasianos sobre los Neustrianos y los
Aquitanos; y si bien los Merovingios aún conservaron nominalmente
el trono durante sesenta y cinco años, no fueron ya más
que sombras de reyes. Muchos señores y príncipes tributarios,
entre ellos los duques de los Bretones, de la Aquitania
y Gascuña, de los Frisones, y de los Alemanes, negaron la
obediencia a Pepino y se declararon independientes. Entonces
se dedicó a poner orden en la administración, fue árbitro
de 300 ducados y recibía embajadores.
732
Aunque
a su muerte los duques trataron de sacudir toda dependencia,
Carlos Martel, su hijo, logró dominarlos; sojuzgó la Aquitania
y la Gascuña; derrotó a los Sajones, a los Bávaros, a los
Alemanes y a los Frisones, y principalmente a los Árabes
en la batalla de Poitiers, que verdaderamente contuvo en
Europa las conquistas musulmanas. Carlos fue saludado como
salvador del cristianismo, y reyes y papas lo hicieron colmar
de honores. Como hombre de guerra, empero, era déspota en
la paz, y molestaba y removía a su antojo a los obispos.
Su muerte dio lugar a murmuraciones y tumultos; Pipino y
Carlomán , sus hijos, reinaban en lugar de los débiles
Merovingios, hasta obligarles a meterse a frailes. El mismo
Carlomán se encerró en el convento de Monte Cassino, y le
fueron mandados en calidad de frailes sus dos hijos, después
de lo cual quedó solo en el poder Pipino el Breve .
99.- Italia. Los papas. Los Longobardos. Pipino
Al
dividir la Italia en ducados, los Longobardos perdieron
la fuerza de conquistarla toda, y quedaron siendo enemigos
suyos los Griegos en el exarcado y los papas en Roma, que
tendían a salvar el dominio griego de la conquista bárbara.
Ya hemos visto cuál era el poderío de Gregorio Magno, y
cómo, sin contar su autoridad religiosa y personal, poseía
extensísimos dominios. Las conversiones de la Germania acrecentaron
el poder de los papas, a los cuales prestaban incontestable
homenaje los nuevos convertidos. Las herejías de los orientales
conturbaban a los papas, que quizá fueron inducidos a error
por las sutilezas griegas (fallo de Honorio), aunque la
verdad triunfase, a pesar de las violencias de los emperadores
que encarcelaban a los pontífices y querían crearlos a su
antojo.
742
Poco,
pues, tenían estos que congratularse de los emperadores,
mientras se veían amenazados por los reyes Longobardos Estos
tuvieron que defender a Italia de las tentativas de los
Griegos, y la corona, de las facciones internas. Liutprando,
que renovó el esplendor del reino gobernando por espacio
de treinta y dos años, enfrenó a los duques revoltosos,
y pensó someter toda la Italia
León
Isáurico, obstinado en destruir las imágenes, y contrariado
en esto por los papas, ordenó al exarca de Rávena que marchase
contra Roma, pero los Longobardos negaron el paso al ejército;
los habitantes de Rávena se rebelaron y dieron muerte al
exarca; del mismo modo procedieron los Napolitanos y los
Romanos; en todas partes estalló la insurrección contra
los Griegos, temidos como débiles y aborrecidos como herejes;
eligiéronse magistrados nacionales, y las ciudades se unieron.
Liutprando quiso aprovecharse de aquellos acontecimientos,
y simulando proteger la libertad de conciencia, ocupó la
Pentápolis; pero fue rechazado por Orso, dux de Venecia;
deseando vengarse, se alió entonces con los Griegos y marchó
contra Roma, acusado por los Longobardos de permanecer fiel
al emperador, y por el emperador de serle rebelde. Mitigado
por el Papa, Liutprando entró en Roma, y depuso sobre el
sepulcro de los apóstoles el manto, la espada y la corona.
Los Griegos, que habían mandado una flota, la vieron dispersa
en el Adriático y tuvieron que renunciar a la Italia, exceptuando
la Sicilia y la Calabria. No tardó Liutprando en volver
a empeñarse en ocupar el ducado romano. Entonces fue cuando
el Papa Gregorio invitó a Carlos Martel a socorrerlo. Muertos,
empero, el rey, el mayordomo y el Papa, el nuevo rey Astolfo
invadió el Exarcado y la Pentápolis. Trasladó la corte de
Pavía a Rávena; firmó una Paz de cuarenta años con el Papa
Esteban II, paz que violó de súbito, imponiendo un tributo
a sus Romanos. El Papa apeló a procesiones, a embajadas
y a plegarias, pero viendo que el Longobardo crecía en armas
y amenazas, llamó en su auxilio a Pipino, duque de los Francos.
754
Este
ejercía la autoridad de rey, y los leudos quisieron que
hasta el título de tal tomase; hízose ungir por San Bonifacio,
y mediante las armas y una buena administración pudo realizar
la unidad de la Francia, e impuso un tributo a los Sajones
idólatras. A instancias de Esteban, que bendijo la nueva
dinastía y confirió el título de patricios de Roma al rey
y a sus dos hijos, Pepino pasó a Italia y obligó a Astolfo
a cederle la Pentápolis y el Exarcado, que él regaló luego
al pontífice.
Aquí
comienza el dominio temporal de los papas, que abarcaban
a Rávena, Rímini, Pesaro, Cesena, Fano, Sinigaglia, Jesí,
Forlimpopoli, Forli, Montefeltro, Acceragio, Montlucati,
Serra, Castel San Mariano, Bobro, Urbino, Cagli, Luculi,
Agubio, Comacchio y Narmi. Eran propiamente los pueblos,
los que querían sustraerse a la innoble y arrogante dominación
griega, y evitar la de los Bárbaros; así es que invocaban
la independencia bajo un príncipe electivo, y la tranquilidad
bajo un sacerdote inerme.
Apenas
hubo Pipino pasado los Alpes, cuando Astolfo se dirigió
contra Roma, y habiendo devastado sus alrededores la puso
sitio. El Papa recurrió de nuevo a Pepino, el cual venció
otra vez a Astolfo y le obligó a pagar un tributo y a reconocer
en el Papa el dominio del Exarcado. Entrado que hubo en
Roma, depositó en el sepulcro de San Pedro las llaves de
Rávena y de las otras ciudades, rehusando los ofrecimientos
que le hacía el emperador griego en cambio de la restitución
de los países conquistados.
Desiderio, nuevo rey longobardo, prometió ser fiel a los
pactos de Astolfo, y añadir a las donaciones de Pepino,
las tierras de Imola, Gavello, Faenza y el ducado de Ferrara.
Pero apenas se hubo asegurado el trono, sembró el estrago
en la Pentápolis, e invitó al emperador griego a que mandase
tropas con que reconquistarla. El Papa recurrió nuevamente
a Pepino: pero éste se moría, y estaban reservadas a su
sucesor la destrucción del reino Longobardo y la renovación
del imperio romano.
100.- Carlomagno
Según
la antigua costumbre de distribuir entre los hijos una porción
del país franco y una del romano, Pepino repartió el reino
entre Carlomán y Carlos. El primero, que reunía escasas
dotes, murió al poco tiempo; y el segundo se halló al frente
del Estado más poderoso de Europa, y mereció el título de
Magno.
774
El
rey Desiderio solicitó su amistad dándole por esposa a su
hija Ermengarda, y prometiendo restituir las tierras al
Papa. Pero no tardó en molestar a éste, fomentando las sediciones
que estallaban de acuerdo con los Griegos de la Campania;
se amparó, por fin, del Papa; mandó sacar los ojos a sus
fieles, violando el asilo de las iglesias; devastó la Pentápolis,
se dirigió contra Roma y suscitó rivales a Carlomagno, que
repudió a la hija del desleal monarca. Entonces el Papa
Adriano solicitó de Carlos la protección a la Iglesia, de
la cual era defensor oficial. Habiendo procurado en vano
la conciliación, Carlos se dirigió contra Desiderio, y favorecido
por las discordias suscitadas entre los Longobardos y por
la aversión en que los Italianos tenían a estos, con poco
trabajo conquistó la península, hizo prisionero al rey enemigo,
y así terminó el reino de los Longobardos que habían pesado
sobre Italia durante tres siglos sin hacerse amar y sin
producir un gran hombre siquiera. Carlos obtuvo en Roma
un solemnísimo triunfo , no como rey extranjero, sino
como patricio, y allí ratificó con las más solemnes formas
las donaciones de Pepino. Como no iba seguido de una nación
nueva, no le fue preciso despojar a los antiguos propietarios;
confirmó en la posesión de sus títulos y bienes a los señores
que le juraron fidelidad, y conservó el título de rey de
los Longobardos. El duque de Benevento conspiró con los
de Espoleto, del Friul, del Clusio, y con Adelchi, hijo
de Desiderio; mas fueron vencidos, entonces Carlos abolió
los ducados, y aquellas vastas provincias fueron divididas
en cantones, presididos por condes, que estuvieron bajo
la vigilancia de un conde palatino. El ducado de Benevento
conservó el nombre de Lombardía.
Venecia – 480
Carlos
llevó a Italia a su hijo Pipino, de edad de seis años, y
habiéndole dado la investidura de este reino, hizo que le
ungiera el Papa Adriano. El reino de Italia ocupaba la parte
superior de la península, y en la meridional los Griegos
conservaban a Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento,
la Sicilia y por algún tiempo también la Córcega y la Cerdeña,
en lucha con los duques de Benevento. Otras ciudades marítimas
había que, prestando homenaje a los emperadores griegos,
vivían en libertad, como Pisa, Génova y Venecia. Esta última
se había formado en las islas de la laguna, por los que
huían de Altino, Aquilea, Oderzo, Concordia y Padua, destruidas
por Atila; durante la invasión de los Bárbaros, acudieron
a unírseles nuevas gentes; pero los primeros no concedieron
a los últimos todos sus derechos civiles y políticos; de
donde resultó una nobleza procedente del más legítimo origen.
Gobernábanse por el sistema municipal, y conservaron del
imperio de Constantinopla una dependencia más bien honorífica
que de hecho. Se dedicaron a la pesca, al comercio, y a
la explotación de la sal. El patriarca de Aquilea se trasladó
a Grado; otros obispos residieron en otras islas; Paolucio
Anatesio fue el primer dux vitalicio elegido, en quien estaba
concentrado el poder de los nobles, cuya ambición y preponderancia
enfrenaba, sin que él mismo pudiese ejercer un poder despótico.
Los Venecianos se defendieron de los Esclavones, de Carlomagno
y de los piratas de la Istria.
764
En
la Germania, Carlomagno empuñó la espada para reprimir otras
irrupciones de los Bárbaros y organizar a los sumisos. Los
más molestos fueron los Sajones, a los cuales exterminó,
degollando a más de 4500 prisioneros en Werden, y con la
fuerza implantó allí el cristianismo y los principados eclesiásticos
Domó
también a los Turingios, a los Bávaros, a los Ávaros, a
los Eslavos y a los Daneses, haciéndose preceder o seguir
siempre de misioneros que procuraban y hasta forzaban la
conversión. Preparó una flota con la cual reprimió a los
Musulmanes, que asediaban la isla de Mallorca, la Córcega,
la Cerdeña, y hasta Niza y Civitavecchia; sostuvo a los
Españoles en la lucha contra los Árabes; pero sus paladines,
en la retirada, fueron exterminados en Roncesvalles, figurando
entre ellos Orlando, o Roldán, conde de Bretaña, que adquirió
gran fama en las novelas del tiempo de las Cruzadas.
789 - Carlomagno emperador – 800
Obedecía
entonces a Carlomagno la Francia entera y la mejor parte
de los pueblos occidentales; tenía por tributarios a los
Eslavos, establecidos entre el Báltico y Venecia, a los
Bohemios, a los Moravos, a los Esclavones y a los Croatas;
enemigo temido de los Árabes, solicitaron tenerlo por aliado
los Griegos de Constantinopla y los Normandos de la Escandinavia.
El título de patricio lo hacía patrono de la Iglesia, de
los pobres, de los oprimidos, pero no le confería soberanía
alguna sobre Roma; sin embargo, era protector y amigo de
los papas. León III, salvado de una revuelta de señores
romanos, visitó a Carlomagno en el campo de Paderborn, donde
los señores Germanos le tributaron homenaje, y lo acompañaron
en su solemnísimo regreso. También llegó a Roma Carlomagno,
y en la fiesta de Navidad el Papa le puso en la cabeza la
diadema de oro; el pueblo gritó: «Vida y victoria a Carlos,
grande y pacífico emperador, coronado por la voluntad de
Dios.»
Aquello
era renovar el símbolo político y la antigua dignidad del
Imperio, y realzar por ende la estirpe romana, hasta entonces
servil ante los conquistadores. Roma se hacía independiente
de Constantinopla; y el emperador se constituía en jefe
de toda la cristiandad, acogida a la Iglesia universal.
Toda autoridad procedía de Dios, quien la trasmitía a su
vicario en la tierra; este, conservaba para sí la espiritual,
y la temporal recaía en el emperador, no hereditario, sino
electo según su mérito, mediante el hecho de jurar la observancia
de la ley de Dios y los pactos políticos celebrados con
los pueblos; de lo contrario, perdía la corona. En cambio
el emperador, cual administrador temporal de la cristiandad,
alcanzaba supremacía sobre todos los reinos y sobre la misma
Roma, la cual volvió a ser capital del mundo. Este concepto
es necesario para comprender toda la historia de la Edad
Media; la idea del Imperio era moral y política; y sería
injusto imputar a Carlos y a León los males que de ella
resultaron, cuando la unidad combinada a la sazón se convirtió
en una discordia, perjudicial a entrambos, y que sin embargo
fue provechosa para la humanidad.
Carlomagno fundó así una constitución que, hasta nuestros
tiempos, unía la Europa central y todos los pueblos de Occidente
con el nombre de cristiandad, producía el íntimo acuerdo
de la fuerza con el derecho, y facilitaba la difusión de
las mejoras en la vida y en el pensamiento. Los príncipes
más poderosos ambicionaban la dignidad imperial, lo cual
fue causa de movimiento y de civilización. Los papas, como
tutores de los pueblos y de los príncipes, se constituían
en apoyo de éstos contra los abusos imperiales, favoreciendo
así la libertad política, que más tarde había de volverse
contra ellos.
Instituciones civiles
Carlos
no fue Magno únicamente por sus conquistas, pues lo fue
más bien por sus leyes, con las cuales quiso introducir
en su vastísimo dominio una unidad de administración, contraria
a las ideas germánicas. El reino de los Francos era todavía
electivo, aunque en la descendencia de los Pepinos. No tenía
capital fija, si bien Carlomagno solía detenerse con frecuencia
en Aquisgrán, rodeado de una corte civil y eclesiástica.
Concedió a sus hijos más jóvenes la Lombardía y la Aquitania.
Desaparecieron los mayordomos de palacio, y los ducados
fueron repartidos entre condes, jefes militares y civiles,
siendo los más poderosos los fronterizos (margraves) no
hereditarios; los condes presidían los litigios de los hombres
libres. Algunos missi imperiales recorrían las provincias
para hacer justicia y recibir las quejas de los que creían
no haberla obtenido; reunían en asambleas provinciales a
los condes, a los obispos, a los abates y a los vasallos,
con algunos regidores y hombres buenos. En estas asambleas
se examinaban los asuntos eclesiásticos y civiles, y la
administración de las quintas reales.
Los
esclavos carecían de derechos civiles, pero no de libertad
personal; se hacía aún tráfico con ellos, mayormente con
los que procedían de países idólatras o mahometanos.
Capitulares
Carlos
convocaba frecuentemente las asambleas generales, en las
que se discutían los asuntos de más trascendencia. Al adquirir
el imperio mayor extensión, les fue difícil, y aun imposible,
a muchos hombres libres, asistir a estas dietas; de modo
que al fin solo concurrieron señores laicos y eclesiásticos,
condes y magistrados. Allí el emperador recibía los donativos,
discurría con los señores y discutía las propuestas como
los demás; escuchaba las necesidades del pueblo, y eran
muy varios y numerosos los asuntos que en tales asambleas
se trataban. De allí tomaron origen los Capitulares, que
forma una colección de leyes antiguas y nuevas, mezcladas
con decisiones de los concilios, con instrucciones y comisiones,
con nóminas, recomendaciones y gracias, sin constituir,
empero, una completa legislación. La más alta sabiduría
se codea con pueriles ingenuidades; con más frecuencia que
el mandato se ve la exhortación; restos de barbarie con
refinamientos progresivos; consérvanse los procedimientos
judiciales de los distintos pueblos que constituían el imperio.
Ejército
Para
la defensa nacional se armaban todos los hombres libres;
para las expediciones particulares, los condes llevaban
al campo a la juventud, escogida entre sus vasallos, y cada
ariman se proveía de trajes, armas y víveres. Este eriban
ejecutaba únicamente las expediciones consentidas por la
nación; pero el rey tenía además la banda de vasallos suyos,
voluntarios o pagados, que empleaba donde quería. Los vasallos
de las iglesias y de los monasterios eran conducidos por
el obispo o por el abate.
Rentas
Como
cada jefe tenía que mantener a sus propios soldados, el
reino estaba libre del gasto más pesado, tanto más cuanto
que se pagaba a los magistrados con beneficios y con una
participación en las multas. La corona poseía tierras propias
o tributarias, cuya administración corría comúnmente a cargo
de la reina. El fisco percibía además derechos sobre los
ríos, las plazas, los puertos, los puentes y los caminos.
Fomentaban el comercio las ferias, que se celebraban con
ocasión de los consejos, o durante las fiestas religiosas.
Carlomagno protegió los oficios, la agricultura y la minería;
pero mal podían prosperar las artes dado aquel sistema de
guerra, y en las providencias del monarca con frecuencia
no se puede alabar más que la buena intención.
La Iglesia
Lejos
de mostrarse celoso de la Iglesia, Carlomagno comprendió
la utilidad de su poderío y se valió de él para contener
a los Bárbaros, y civilizar y organizar a los pueblos; dio
alquerías, fundó iglesias y tantos monasterios como días
tiene el año, según dicen las crónicas; impuso el diezmo
a los recién-convertidos a beneficio de la Iglesia y de
los pobres; consolidó la jurisdicción de los eclesiásticos,
a quienes incumbían no solamente las causas de los curas,
sino que también las de los matrimonios y los testamentos;
la elección de los obispos fue restituida a los eclesiásticos
y al pueblo. Los obispos procuraban conservar y mejorar
la disciplina; los monjes crecían en rigidez; en varios
concilios se decretaban reformas; se exterminaban las herejías,
multiplicábanse los libros rituales, y Carlomagno hubiera
querido uniformar la liturgia.
Carlomagno campea en todos los acontecimientos de su siglo;
soldado, legislador, docto, religioso, sencillo en el cuidado
de su persona, fastuoso en la corte, venerado por los papas
y por los emires árabes, ha sido objeto de novelas y poemas
como los héroes de Troya. Tuvo guerras continuas, no para
conquistar, sino para defender su territorio; por ellas
fue obligado casi inevitablemente a conculcar derechos y
exigir gravosísimos sacrificios. Habiendo comprendido el
cambio que se operaba en la sociedad, se puso al frente
de ella, aceleró la fusión de los Galos con los Francos,
y de los Bárbaros con los Romanos; convirtió al clero en
el lazo que, mejor que la conquista, iba a unir a naciones
diversas, y trató de establecer una jerarquía, como la eclesiástica,
donde todos adoptasen por jefe a un solo gobernante.
A
sus cualidades de gran hombre unía los vicios del bárbaro;
nadie querrá disculparle por la matanza de los Sajones;
cambió de mujeres, y la fama no respetó sus costumbres ni
las de sus hijas. Dividió entre sus hijos las tres diversas
naciones: franca, longobarda y romana de Aquitania Señaló
esta última a Luis; a Bernardo, hijo de Pepino, la Italia,
y a Carlos la Austrasia y la Neustria, quedando la unidad
imperial en Luis. Murió el día 27º del año 814, a la edad
de 72 años, y fue sepultado con un evangelio de oro sobre
las rodillas, y con las insignias imperiales, pero con un
cilicio debajo de ellas. En su testamento hacía muchas donaciones
a iglesias, pero no hablaba de Roma, dominio de los papas,
ni de la dignidad imperial, que había de ser conferida por
el Papa mismo, por cuanto las instituciones germánicas establecían
que el protector fuese elegido por el protegido.
101.- Letras y artes
También
en la Grecia había decaído tanto la literatura, que un tal
Juanillo de Rávena fue colmado de alabanzas y honores porque
sabía leer correctamente en latín una carta griega. Juan
Damasceno escribió la Exposición exacta de la fe ortodoxa,
primer sistema completo de dogmática, y es también el autor
de los Paralelos sagrados.
Carlomagno empezó muy tarde a aprender a escribir; y sin
embargo tenía vastos conocimientos, razonaba con precisión
sobre puntos jurídicos y teológicos, apreció y protegió
a todo el que daba pruebas de sana inteligencia, fundó escuelas,
llevose consigo a Paulo Varnefrido, historiador de los Longobardos,
y dio a Pedro de Pisa la dirección de las escuelas de palacio,
a las cuales asistía la corte toda. Esta escuela fue confiada
después a Alcuino, hombre superior a su siglo, que en lengua
inculta, con duro estilo y profusión de adornos compuso
muchos libros, en los cuales demostró conocer los mejores
autores sagrados y profanos, y se dedicó a corregir los
manuscritos alterados o mutilados por ignorantes amanuenses.
Con él rodeaban la mesa de Carlomagno obispos y abates versadísimos
en las doctrinas sacerdotales. Otros sabios acudieron de
Hibernia, y con ellos fundó Carlos escuelas, no solamente
para las primeras familias, sino que también para las clases
media e inferior. Al efecto mandoles escribir libros elementales.
Llevó de Italia cantantes y músicos, convencido de que la
música dulcifica las costumbres. En el venerable Beda encontramos
apuntadas las causas de las mareas, y sostenida por el irlandés
Virgilio la forma esférica de la tierra y la existencia
de los antípodas.
Las
pocas cartas que han quedado de aquella época, dan testimonio
del extremado descuido en que se tenían la lengua y la sintaxis.
Los libros pecan al contrario por un cuidado excesivo, afectando
términos extravagantes y metáforas extrañas y acumuladas.
Adelmo, obispo inglés, escribió treinta y seis versos, en
los cuales se halla el primero leyendo el último al revés,
el acróstico leyendo hacia abajo y el telóstico hacia arriba.
El
venerable Beda de la Northumbria (672-735) sabía latín,
griego, poesía, aritmética, astronomía, música; y es notable
su Historia eclesiástica de Inglaterra. Pablo, diácono del
Friul, reunió precedentes recuerdos para escribir la Historia
de los Longobardos hasta Rotaris. Eginardo, franco de allende
el Rin, favorito de Carlomagno y sus sucesores, escribió
los anales de los mismos.
Las
bellas artes habían ido siempre en decadencia., pero no
hay que achacarlo únicamente a los Bárbaros. El godo Teodorico
había puesto cuidado en conservar y restaurar los edificios
públicos, por medio de leyes y dinero; y también fabricó
en Rávena palacios, pórticos y acueductos, la Basílica de
Hércules, San Martín y San Andrés de los Godos; en conmemoración
suya fue edificada la Rotonda, cuya cúpula está formada
de una sola piedra de diez metros de diámetro. Las construcciones
romano-bizantinas más notables se ven en Rávena.
Orden gótico
Nada
prueba, sin embargo, que los Godos conociesen la arquitectura
gótica. La flaqueza de las columnas, el sobrecargo de ornamentos,
las alturas desproporcionadas, defectos de los edificios
de entonces, los hallamos hasta en Oriente. Las iglesias
allí edificadas por Constantino y por Justiniano, no eran
transformaciones de antiguos edificios, por lo cual pudo
dárseles más francamente el tipo cristiano. Por falta de
columnas, se aumentó el uso de los arcos, alargando a veces
la parte inferior; se introdujeron las cúpulas, no ya apoyadas
sobre un cilindro que surgía del terreno, sino formadas
por un casquete apoyado en un tambor, que por medio de pechinas
se enlaza con un cuerpo de edificio angular. Muchos santos
y obispos son elogiados como hábiles constructores, y algunas
comunidades religiosas se ocupaban en hacer caminos y puentes.
También
los reyes Longobardos hicieron construir palacios e iglesias,
con esculturas y pinturas, representando a menudo figuras
extrañas y ridículas.
En
aquel tiempo aumentó el uso de los mosaicos; perfeccionáronse
los vidrios de colores; las obras de metales preciosos,
como las del tesoro de Monza, prueban que ni aun estas artes
se habían perdido; y se cuentan maravillas de la habilidad
atribuida en platería a San Eloy de París.
Las
artes tuvieron mucho que hacer en la multitud de edificios
encargados por Carlomagno en todas partes, principalmente
en Aquisgrán; sacáronse columnas, capiteles y mosaicos de
Roma y Rávena; difundiose por la Germania el amor a la miniatura
y a los libros; y es posible que los artistas llamados por
el monarca del otro lado de los Alpes fundasen una escuela,
que haya servido de fundamento a las logias en que los Francmasones
se trasmitían ciertas doctrinas y procedimientos sobre el
arte de construir.
102.- China. El Tíbet
Después
de Confucio viene el reinado de la guerra, es decir una
serie de discordias entre los diversos Estados de la China,
hasta que el rey de Tsin sojuzga a los demás, dando principio
a la 4ª dinastía de los Tsin (248 a. de C.). Chao-siang
rechazó a los Tártaros y construyó la famosa muralla; persiguió
a los literatos y destruyó todos los libros de historia.
No
tardó en alcanzar el poder la 5ª dinastía de los Han occidentales
(202 a. de C.) por obra de Cao-tsu, en la cual fue famoso
Venti, que criaba gusanos de seda en su propio palacio,
hizo lo posible por restablecer los anales de aquel antiquísimo
imperio y los libros canónicos, en cuya empresa ayudó mucho
la reciente invención de formar el papel con el bambú machacado,
y aquella tinta que es tan estimada aún entre nosotros.
Entonces el imperio se puso en relaciones comerciales con
los vecinos, extendiéndose hasta el Caspio.
La
dinastía de los Han orientales (25 d. de C.) pudo devolver
al imperio sus antiguas fronteras, rechazando a los Yung-nu
y a otros bárbaros invasores, y tuvo gran dominio en el
Asia central, pero el partido de los gorros amarillos y
la ambición de varios príncipes descompusieron el Estado,
tanto como las continuas correrías de los Tártaros, de los
Mongoles y de los Manchúes. Los Chinos conocieron a los
Romanos, de los cuales tenían formada una grande idea; pero
no querían mandarles seda, por no perjudicar sus propias
manufacturas. Solo un embajador de An-tun (Antonino) pudo
llegar a la corte de Huang-ti.
Budismo
En
aquel tiempo se extendió la religión de Buda, como hemos
dicho al principio de este compendio. Seis siglos antes
de Jesucristo osó Buda declarar la guerra a las creencias
establecidas y a la casta sacerdotal; introdujo un culto
más puro y proclamó la igualdad de los hombres. Perseguidos,
sus secuaces se dispersaron por Arman, Malaca, el imperio
Birmano y el Japón (632 antes de Jesucristo) y más tarde
llegaron al Tíbet, que fue su centro, propagando una doctrina
moral entre pueblos que no tenían ninguna.
En
la China (390 años antes de Jesucristo), habían penetrado
algunos libros budistas; pero sólo en el año 64, después
de Jesucristo, fue trasladada allí esta religión bajo el
nombre de Fo. Los letrados la rechazaron siempre, pero fue
aceptada por muchos, corrompida por la superstición de los
bonzos, que afectaban extrañas penitencias, e inventaban
milagros. El dios de los budistas está generalmente representado
por un dragón, o bien por un hombre agachado con un enorme
vientre y la cabeza bamboleándose. Por lo demás, la doctrina
varía según los pueblos a que es llevada; pero en el fondo
establece la trasmigración de las almas hasta que llegan
al aniquilamiento.
A
la dinastía de los Han-orientales sucedió la de los Tsin,
turbada también por letrados y eunucos, y arrojada después
por Lieu-yu fundador de la VIII dinastía de los Sung (400),
pronto sustituida por la de los Tsi (483), poco alabada,
y por la de los Liang (502). Alteradas las creencias nacionales
por los Budistas y por los Tao-se, tratóse de resucitar
la filosofía de Confucio; pero prevalecieron los bonzos,
y fueron protegidos por la dinastía XI de los Chin (557).
Bajo la de los Sui (589) el Norte y el Mediodía volvieron
a unirse, y Yang-ti se granjeó el título de Sardanápalo
de la China, merced a las grandes obras públicas con que
dotó a su país. La dinastía de los Yang (608) abolió doce
pequeñas dinastías que se habían formado en el imperio,
y tuvo un héroe en Tai-tsung, que ensanchó sus dominios
hasta la Persia, el Altai y el Tang-nu, e iban a prestarle
homenaje los príncipes del Nepal y del Maghada en la India,
y el shah de Persia; el emperador romano le mandó rubíes
y esmeraldas; prestole obediencia hasta la Península de
la Corea, y escribió el Espejo de oro sobre el arte de reinar.
Su reinado duró 23 años, y se señaló además por haber presenciado
la primera introducción del cristianismo, verificada en
635 por O-lo-pen, cura nestoriano, como consta en una famosa
inscripción, descubierta en Si-ngan-fu por unos misioneros
en el año 1625.
Los
sucesores de Tai-tsung tuvieron mucho que hacer con los
Tibetanos , que ocupaban el Asia central, y se ensancharon,
ayudados al principio y contrariados después por los Árabes
que se establecían en la Persia. Harun-al-Raschid expidió
embajadores a la China. La XIII dinastía de los Cha-en (907)
aumentó las relaciones exteriores. En 721 fue llamado el
bonzo Y-hang, quien enseñó una astronomía que fue clásica,
y que probablemente había aprendido de los Indios, de los
cuales tradujo varias obras e hizo la triangulación de todo
el imperio, que ocupaba entonces 26 grados y medio de Levante
a Poniente y 31 de Norte a Sur.
El Tíbet
El
Tíbet se extiende, desde la vertiente septentrional del
Himalaya, hasta el Occidente de la China, al Mediodía del
Turquestán Chino y al levante del Turquestán Independiente,
entre montañas y llanuras elevadísimas. No habiendo conocido
el alfabeto hasta el siglo VII, los naturales carecen de
tradiciones escritas, pero creen descender de una especie
de monos. Aliáronse con los Chinos contra los Jug-nu. Hacia
el año 632 fue introducido entre ellos el budismo, cuya
religión, no combatida por Letrados ni Brahmanes, se difundió,
enseñó la escritura y moderó la fiereza nativa con máximas
de una moral pacífica y piadosa. Algunos religiosos introdujeron
el Kangiur, cuerpo de la doctrina de Sakia-Muni, en 108
volúmenes. Fundáronse muchos conventos, con el supremo lama
al frente, encarnación de Buda. Siguen inmediatos a él cinco
grandes lamas, que forman su consejo, y eligen su sucesor.
Poco a poco fue compilada la gran colección de los libros
tibetanos. De allí el budismo se propagó al Mogol, donde
fueron traducidos los libros canónicos. El puesto de gran
lama fue muy ambicionado, porque unía la autoridad de príncipe
a la religiosa; pero se dividió en las dos sectas del gorro
encarnado y del gorro amarillo, y en el día los lamas dependen
del emperador de la China. Los Tibetanos son actualmente
dulces y afables, afeminados y llenos de supersticiones,
con ritos y fiestas de evidente origen indio. |