César Cantú - Compendio de la Historia universal

Libro VIII

79.- Edad Media

Entramos ahora en lo que se llama Edad Media, como edad interpuesta entre la caída de la sociedad antigua y la constitución de la nueva; edad en que, rota la unidad europea, cien pueblos, asegurada o recuperada su independencia, se desenvuelven por sus propias fuerzas, y no ya al impulso de una fuerza superior. Esta parcial y arbitraria denominación suele aplicarse a la edad transcurrida desde el último emperador romano hasta la caída del imperio de Oriente, que coincide con el descubrimiento de la imprenta y de la América y con el nacimiento de Lutero. Es difícil de estudiar esta edad, por cuanto tiene poquísimos escritores, y aun éstos son inexactos y con frecuencia insuficientes para expresar una civilización que, o no entendían, o no se cuidaban de describir, porque la tenían ante sus ojos. Por esto, muchos encuentran más cómodo despreciarla, declarándola indigna de estudio, por ser bárbara. Hasta ilustres escritores la describieron con inexacta generalidad o con antipatía, porque prevalecía en ella la organización católica. Los sabios, mayormente a mediados de este siglo, vieron la necesidad de conocer a fondo la Edad Media, ya que las instituciones modernas derivan menos de los Griegos y los Romanos que de los pueblos invasores, y en aquel tiempo se halla la razón del presente, y tal vez la enseñanza para el porvenir.

Muerta entonces la exquisita forma de los clásicos, la cultura se concentró en pocos, la mayor parte eclesiásticos pero es cierto que quizá ninguno de los conocimientos antiguos se perdió, y se adquirieron muchos nuevos; se hicieron capitales inventos precisamente en el transcurso de aquellos mil años, que algunos escritores, con frases genéricas, titulan siglos de hierro; los esclavos pasaron a ser pueblo; el individuo recobró la importancia que había perdido siendo considerado únicamente como miembro del Estado; el cristianismo se difundió y se consolidó; surgieron, en fin, los Comunes, y de estos las gloriosas repúblicas italianas.

80.- Estado del mundo

Las provincias occidentales estaban ya ocupadas casi todas por Bárbaros, y por esto no se resintieron mucho del desmembramiento del imperio romano. El oriental se regocijó tal vez de aquel golpe, esperando apropiarse la monarquía del mundo. Muchos países ocupados por los Bárbaros no rompieron todos los vínculos con los emperadores, considerados como sucesores de los Césares y llamados todavía romanos. Estos, además pretendían ejercer algún dominio directo sobre Italia, y aspiraban a conquistarla y a turbarla.

Con impulsión continua y mal definida, muchos pueblos germánicos corrían de la Escandinavia a Cartago, y de Irlanda a Constantinopla. Los menos adiestrados eran los Vándalos, que desde España se extendieron por el África. Los Visigodos fundaron un gran reino entre el Loira, el Ródano y los Pirineos, desde donde se internaron en España. Los Borgoñones ocupaban lo que hoy se llama Suiza, Borgoña, el Lyonés y el Delfinado. Los Bretones dieron nombre a la antigua Armórica. Los Francos se dividían en Sálicos y Ripuarios. La isla Británica estaba abandonada a sí misma.

En la Germania propiamente dicha, y en las orillas del mar Septentrional habitaban los Frisones, los Anglos, los Jutos y los Sajones; al Mediodía de éstos se hallaban los Turingios y los Longobardos. Desde la Turingia hasta Langres vivían los Alemanes; desde el Danubio hasta los Cárpatos, los Gépidos; en la Hungría los Ostrogodos; en la Nórica los Ruges; los Hérulos del mar de Azov invadieron el imperio, y otros se enseñoreaban de la alta Panonia. La Bohemia recibió el nombre de los Boyos, quienes mezclados con otros Teutones formaron la liga de los Bávaros.

Caído Atila, comparecieron los Eslavos, que se extendieron desde el Adriático hasta el mar glacial, y del Báltico al Kamchatka, distintos de la estirpe germánica y de la mongólica. En los países conocidos ahora por los nombres de Prusia y Lituania, otros Eslavos vivían ignorados, y más hacia Levante otros pueblos de raza finesa.

Y finesa debía ser la nación que, por los tiempos de Abraham invadió el Asia Occidental, y se separó formando dos divisiones; una que penetró en Europa y de la cual quedan restos en la Laponia, en la Finlandia y en la Noruega; y otra que se dirigió al Noroeste del Asia, pero cuyas trazas es imposible seguir, a menos de querer encontrarla de nuevo en los Hunos, en los Ávaros y en los Votiacos de la Siberia. Cuando los Yung-nu perdieron el dominio de la China, fueron a chocar con los Hunos y los Ávaros, empujándolos sobre el imperio, y después fueron rechazados a la Rusia meridional. De raza finesa eran también oriundos los Búlgaros, que hostigaron mucho al imperio de Oriente.

81.- Imperio de oriente. Justiniano

Constantinopla, no expuesta como Roma al poderío de los ejércitos, ni a las reminiscencias del Senado y los magistrados, descansaba en el despotismo, al mismo tiempo que su estupenda posición la preservaba de las correrías de los Bárbaros y de las hostilidades de los Persas, quienes se presentaban con un solo ejército, siendo por esto más fáciles de vencer por la disciplina griega. El emperador era déspota, a pesar del cristianismo, pero manejado por cortesanos, eunucos y mujeres. El pueblo se disputaba sobre política y materia dogmática, dividido en partidos, por los cuales exponía su vida, y luego se negaba a arriesgarla por la salvación de la patria. En su lugar se alistaban mercenarios, que se instruían en la disciplina romana.

480 – 488 

Con Teodosio II y Marciano concluyó la familia del gran Teodosio hasta en Oriente; los soldados colocaron en el trono a León, y a Zenón después. Este, débil y supersticioso pretextó combatir las herejías publicando un edicto de unión (Henoticon), al cual no quisieron adherirse los papas de Roma. El emperador tuvo en su ayuda al godo Teodorico, a quien prodigaba honores y riquezas, hasta que teniéndole celos, le propuso que emprendiese la conquista de Italia y Roma.

491 

Anastasio, viejo ya, sucedió a Zenón; abolió muchos gravámenes, hizo la guerra a los Isauros y a los Búlgaros, y levantó una muralla desde la Propóntide al Euxino. Se mezcló por cuestiones de herejías proscribiendo obispos y monjes, por lo cual se suscitó encarnizada guerra.

518 

Muerto Anastasio a la edad de 88 años, el soldado Justino compró los votos de las guardias, y, proclamado emperador, sometió Constantinopla a la fe de Roma. Su sobrino Justiniano fue el único grande entre los emperadores de Bizancio, aunque dominado y deshonrado por su mujer Teodora. Las contiendas del circo entre los Verdes y los Azules, crecieron hasta convertirse en abierta sublevación, y el incendio destruyó admirables obras de arte, mientras morían treinta mil personas en el hipódromo.

Persia -435 – 534 

En Persia los reyes eran proclamados o derribados por los partidos; rompieron las hostilidades con los emperadores de Oriente, y con frecuencia los vencieron imponiéndoles un tributo que negábanse luego a pagar, lo cual dio origen a nueva guerra. Terrible para los emperadores fue el rey Cosroes, quien después de haber establecido el orden interno y favorecido a las artes, extendió sus dominios hasta el Yaxartes, el Indo y el Egipto, hasta el mar en la Siria, y hasta el Ganges y sobre gran parte de la Arabia. Aunque Belisario y Narsetes, generales de Justiniano, habían derrotado a los Persas, procurose mantener la paz con estos pagándoles once mil libras de oro. Justiniano fue inducido a celebrar esta paz por el deseo de llevar la guerra a los Vándalos, que ocuparon las provincias de África, persiguiendo a los Católicos y oprimiendo a los naturales del país; pero hallaron resistencia en los Moros. Al valeroso Genserico había sucedido el cruel Hunerico, y a éste, Huderico, quien abandonando el arrianismo, protegió a los católicos, y parta sostenerse contra su émulo Gelimero, invocó el auxilio de Justiniano. Este, para hacerle la guerra, escogió a Belisario, quien, como los aventureros de la Edad Media, asalariaban a expensas propias un cuerpo de lanceros a caballo, al cual se unían tropas de todas armas. Trasladándose al África y usando austera disciplina, venció en Tricamerón a Gelimero que tenía fuerzas veinte veces mayores; conquistó homenajes y tributos de los Vándalos y de los Moros, y finalmente hizo prisionero a su terrible enemigo.

Belisario tenía en la Corte enemigos que propalaron la voz de que quería hacerse rey de los Vándalos; por cuyo motivo fue llamado a recibir los honores del triunfo antes de que consolidase la conquista; y muy pronto, dispersos los Vándalos, aquellas provincias fueron presa de los Moros. Belisario sojuzgó también las islas del Mediterráneo y la Sicilia; combatió a los Godos de Italia, y aquietó las sublevaciones, que con frecuencia estallaban, a causa de los exorbitantes impuestos con que Justiniano gravaba a los pueblos sojuzgados.

Cosroes – 540 – 542 

Cosroes vio con recelo tales conquistas, que amenazaban a la Persia, y rompió las hostilidades devastando países; habiendo tomado con grandes dificultades a Antioquía, la abandonó a la destrucción. Justiniano llamó de Italia a Belisario, quien con un ejército compuesto de gente de toda clase, invadió las provincias persas, y obligó a Cosroes a retirarse. Pero después que los envidiosos de Constantinopla le hicieron quitar el mando, Cosroes se rehízo y obligó a Constantino a comprar la paz por dos mil libras de oro.

No tardó en surgir la ocasión de una tercera guerra, en la cual Cosroes, vencedor al principio, tuvo al fin que aceptar la paz, abandonando la Cólquide y dejando libre el culto cristiano en la Persia.

Aunque vencedor de los Vándalos en África, de los Ostrogodos en Italia y de los Visigodos en España, Justiniano tenía que habérselas siempre con nuevos Bárbaros: Ávaros, Gépidos, Búlgaros y Longobardos. Contra estos mandaba a Belisario, a quien retiraba el favor tan pronto como cesaban sus servicios, y quien, a pesar de semejante ingratitud, volvía siempre a combatir y a vencer. Pero prevalecieron los envidiosos, hasta el punto de que le célebre caudillo, siendo ya viejo y ciego, fue expulsado y mendigó el resto de su vida.

543 – 550 

Las bajas condescendencias con su mujer y sus favoritos disminuyen la gloria de Justiniano, quien sufrió por continuos motines internos y grandes desventuras naturales, entre las cuales hubo una peste tan desastrosa que en Constantinopla causaba la muerte a diez mil personas al día. Él cerró la escuela filosófica de Atenas, rompiendo así la cadena de oro de los Neo-platónicos. Además de querer ser poeta, arquitecto y músico, quería ser teólogo, y persiguió a Hebreos y a herejes, aunque él mismo cayó en la herejía de los Incorruptibles, que pretendían que le cuerpo de Cristo no podía haber estado sujeto a padecimiento ni a corrupción. Construyó en Constantinopla el insigne templo de Santa Sofía y veinticinco iglesias, grandes acueductos e infinitas obras artísticas; introdujo el gusano de seda, con lo cual ahorró las crecidas sumas que cada año pasaban al país de los Seres para la compra de aquel hilo precioso.

82.- Los códigos

Lo que más fama dio a Justiniano fue su código. Hemos seguido el desarrollo de las leyes desde el estricto derecho patricio hasta la equidad de los edictos pretorios, y luego hasta la igualdad bajo los emperadores, que sustraían la ley a las fórmulas civiles y dieron a los jurisconsultos el derecho de interpretarla. Por esto la jurisprudencia se perfeccionó cuando decaían las artes y las letras, y el espíritu filosófico se inclinó a examinar detenidamente los hechos y el derecho; desde Nerva hasta Teodosio II hubo las disposiciones más sabias, precisas y circunstanciadas que concernieron los derechos reales y la familia.

438 

Fuentes del derecho fueron las XII Tablas, nunca abolidas, los primitivos plebiscitos, los senadoconsultos, los edictos de los magistrados y las costumbres no escritas; pero solo estaban en uso, en la práctica, los escritos de los jurisconsultos clásicos y las constituciones imperiales. No obstante, habiendo aumentado extraordinariamente estos escritos, fue preciso que los emperadores designasen los jurisconsultos que habían de servir de pauta, y se dio fuerza de ley a las sentencias de Papiniano, Paulo, Gayo, Ulpiano y Modestino; en caso de discordancia, se seguía la opinión del mayor número; y en caso de empate la de Papiniano; y cuando éste nada decía en el asunto, prevalecía la prudente determinación del juez. De modo que la justicia estaba reducida a citaciones. Los jueces tenían que retroceder a siglos anteriores, a épocas en que la equidad del cristianismo aún no había corregido las preocupaciones de los doctos y el despotismo de los gobernantes; y los rescriptos de los emperadores habían aumentado considerablemente, sobre todo para actuar las grandes innovaciones del cambio de religión. Temiendo que por ésta destruyese Constantino las leyes de sus antecesores, ya dos jurisconsultos habían reunido las publicadas desde Adriano hasta Diocleciano, formando los dos códigos que tomaron de sus autores los nombres de Hermogeniano y Gregoriano. Después Teodosio II mandó hacer la primera colección auténtica de las constituciones romanas, y confió a diligentes jurisconsultos el trabajo de compilar en tres años el cuerpo del derecho, que tomó el nombre de Código Teodosiano y fue promulgado en ambos imperios, para que prevaleciese sobre todas las demás leyes. Graves son sus defectos, y no fue la única ley romana, pues siguieron con fuerza de ley las decisiones de los jurisconsultos, los cuales hallándose reducidos al imperio de Oriente, no siempre sabían distinguir lo que aún estaba vigente de lo que había caducado. Sentíase, pues, cada vez más la necesidad de una legislación que se adaptase al nuevo derecho, implantado sobre el cristianismo.

Justiniano aspiró a la gloria de realizar esta empresa, y confiola a Triboniano, natural de Side de la Panfilia, hombre dotado de gran ingenio, quien eligió sus colaboradores entre los profesores de las academias de Constantinopla y de Berito; con los cuales formó el Código Justiniano, decretado en 528 y concluido el año siguiente, quedando abolidos los tres códigos anteriores. Extractando 2000 tomos y las decisiones de los jurisconsultos, se sacaron los más importantes teoremas de derecho civil, formando las Pandectas, o Digesto. Para comodidad de la juventud se compusieron las Instituciones. A la obra fueron añadidas las Novelas, leyes promulgadas posteriormente a Justiniano.

Antes de su reforma, en las escuelas de derecho había cuatro profesores con el título de ilustres; cinco años duraba el curso, y cada año habían de curarse por lo menos dos obras de Gayo, Ulpiano y Papiniano. Luego estos fueron desterrados de las escuelas y sustituidos por las Instituciones y las Pandectas.

El Código de Justiniano es el documento más insigne de la civilización romana y de los errores que la contaminaban cuando el hombre todavía no era apreciado más que como ciudadano. El padre de familia ejercía absoluta autoridad; los esclavos eran tenidos por cosas; la manumisión y la ciudadanía establecían tamaña diferencia entre hombre y hombre. Justiniano no disminuyó la severidad de las leyes penales, mucho menos de aquellas que se refieren a ofensas al emperador, o a sus ministros, o a sus imágenes, mientras que se disimularon los plebiscitos inspirados en la libertad republicana. Triboniano hace algunas veces sancionar leyes menos justas para favorecer o perjudicar en casos particulares; y no siempre abolió las que estaban inspiradas en el derecho prescrito; por lo cual se transmitió a las generaciones sucesivas un espíritu extraño al amor y a la benevolencia predicada por el Evangelio. Sin embargo, es asombroso que semejante obra se realizase en tiempo de tanta decadencia. Justiniano comenzó por su profesión de fe en la Trinidad, reconociendo que la autoridad emana de Dios; y dedujo de la Iglesia la igualdad de los hombres, la rehabilitación de la persona moral, la sabia democracia y el constante progreso.

83.- Justino II. Heraclio

565 

A Justiniano se le dio por sucesor a su sobrino Justino, quien dominado por su mujer Sofía e inclinado al ocio, dejaba que los Bárbaros avanzasen. Tuvo por colega y sucesor a Tiberio, excelente príncipe, y después a Mauricio. Renováronse entonces las guerras con los Persas, y el gran Cosroes murió afligido a causa de las derrotas que oscurecieron el esplendor de su reinado. Sus sucesores no tuvieron mejor fortuna; los Magos turbaron el reino, y el emperador Mauricio protegió contra estos a los sucesores de Cosroes, los cuales con tal motivo hostigaron a Focas; pero Mauricio fue degollado.

Heraclio y Cosroes II - La Cruz 

Heraclio, hijo del exarca de África, comenzó una dinastía que duró cuatro generaciones. Cosroes II, que oprimía entonces a los Persas, pasó el Éufrates y devastó a Cesarea, Damasco y Jerusalén. A la conquista de esta última era instigado por los Magos, enemigos del cristianismo, y por los Hebreos, codiciosos de su patria; por esto fueron maltratados los cristianos que en ella se encontraban, y el patriarca Zacarías fue llevado a la Persia con el madero de la Cruz. Cosroes y sus generales dilataban las conquistas por el Asia y el África, de tal manera que parecía que habían de absorber el imperio de Oriente, tanto menos capaz de resistirles, cuanto era asediado por los Ávaros, que saquearon por fin los arrabales de Constantinopla.

622 

Heraclio pensaba buscar un refugio en Cartago, cuando el patriarca le infundió valor; y él resistió a Cosroes, quien aceptó, al cabo de seis años de guerra, un cuantioso tributo, que Heraclio se preparó a rescatar. El emperador tomó a sueldo muchos Bárbaros, desembarcó con ellos en la Siria, y animando a los soldados con su propio ejemplo, entró en la Persia, derribando en todas partes los altares consagrados al sol; llegó hasta Isfahan, donde ningún Romano había penetrado, y se dirigió contra la capital del imperio. Resuelve imitarlo Cosroes, solicitando el auxilio de Ávaros, Gépidos, Rusos y Búlgaros que atacan a Constantinopla; pero el Senado y el pueblo resisten valerosamente, atribuyendo a la Virgen María la gloria de aquella defensa.

627 

Proclamada la guerra nacional, Cosroes dirigió al pueblo contra los invasores romanos. En la batalla de Nínive, Heraclio, combatiendo en persona, dio muerte a tres generales enemigos, y prendió fuego a Destagarda, la capital, donde encontró tesoros que excedían a sus esperanzas. Trocado en cobardía el antiguo valor de Cosroes, fue éste vilipendiado y muerto por su propio hijo Siroes. Heraclio recibió de Siroes proposiciones de paz, e hizo que le restituyeran 300 banderas, los prisioneros y el madero de la Cruz, que fue llevado en triunfo religioso a Constantinopla y de allí a Jerusalén.

Los dos imperios conservaron las mismas fronteras que antes, después de haberse derramado tanta sangre y arruinado a las provincias, ya con las devastaciones de la guerra, ya con exorbitantes impuestos.

84.- Los Bárbaros en Italia. Teodorico

Odoacro, caudillo de aquellas bandas de aventureros, a quienes encargaban su propia defensa los débiles emperadores, derribó el trono de éstos, titulándose rey, pero dejando subsistir el Senado, los cónsules, los magistrados municipales y el prefecto del pretorio; no pretendió ejercer supremacía alguna sobre las demás naciones; suplicó a Zenón, emperador de Oriente, que le concediese el título de patricio, honor que la fue negado. Protegió a Italia de otros invasores, ahorró sufrimientos, e hizo cultivar por sus bandas los terrenos abandonados.

488 – 495 

Teodorico, rey de los Ostrogodos, propuso a Zenón dirigirse a Italia, recobrarla de los Bárbaros y gobernarla en su nombre. Al anuncio de tal empresa y de tal capitán, fueron muchos los que acudieron; Odoacro, que intentaba oponerse al paso de los Alpes Julianos, fue derrotado cerca de Aquilea desde luego y después en Verona, logrando salvarse únicamente en Rávena, donde pactó la vida; pero le fue traidoramente quitada. Toda Italia se sometió a la fortuna de Teodorico, quien se consideró único señor de ella, y lugarteniente de Constantinopla; cuando el emperador Anastasio mandó una flota que saqueó las playas de la Apulia y la Calabria, Teodorico le hizo pagar cara aquella incursión, sin que por esto dejase de llamarlo padre y soberano.

Extendió su dominación por la Retia, la Nórica, la Dalmacia y la Panonia; los Suevos y los Hérulos manifestaron deseos de vivir bajo sus leyes; domó a los Francos, juntó a los Ostrogodos con los Visigodos, y dominó en fin desde los montes Macedónicos hasta Gibraltar, y desde la Sicilia hasta el Danubio.

En Italia, según la costumbre de los Bárbaros, dio una tercera parte de los terrenos a sus secuaces; y si hemos de dar crédito a los cronistas y al panegírico del obispo Enodio, el pueblo vivía menos mal; los sabios eran protegidos; estaba asegurada la paz; era reservada a los naturales de cada país la administración municipal, así como los juicios, el reparto y cobro de las contribuciones, y por consiguiente el ejercicio de algunos altos empleos. El monarca godo se valió incesantemente de Boecio y Casiodoro, últimos escritores romanos. Obras de ellos fue el Edicto, que debía ser observado por los Bárbaros y los Romanos. Invitó a los prófugos a que volvieran, rescató a los prisioneros, trasladó esclavos, salubrificó [sic] las lagunas Pontinas, mostrose respetuoso y condescendiente con el Senado y el pueblo de Roma; hizo en fin todo lo que podía disimular el gobierno de un bárbaro.

526 

A pesar de ser arriano, reverenció y escuchó a los obispos católicos, y protegió la elección de los Papas; pero habiendo Justiniano perseguido en Oriente a los arrianos, Teodorico se volvió intolerante y receloso, hasta el punto de prohibir a los Italianos toda clase de armas, a excepción del cuchillo. Habiendo concebido sospechas de Boecio, cónsul, patricio y maestro de oficios, lo metió en la cárcel, donde escribió el Consuelo de la filosofía, y más tarde le hizo dar la muerte, como a su sucesor Símaco. Los remordimientos aceleraron la muerte de Teodorico, que fue uno de los mejores reyes bárbaros, y dejó un vastísimo reino, que parecía destinado a sustituir al imperio romano.

Sucedióle entonces su culta y bella hija Amalasunta, como tutora de su hijo Atalarico; honró a su padre con un magnífico mausoleo en Rávena; procuraba introducir las artes y las costumbres romanas entre los Godos, y en ellas educaba a su hijo, que murió muy joven. Hizo que se encargase del gobierno su primo Teodato, avaro y pusilánime, que poseía gran parte de la Toscana, y que, habiéndose atraído el desprecio de los Romanos y de los Godos, condenó a muerte a Amalasunta.

535 

Ello causó gran disgusto a los Italianos, los cuales solicitaron el auxilio de Justiniano, quien mandó allí a Belisario con Hunos, Moros y otros Bárbaros que con él habían triunfado en África. El insigne guerrero pasó con sus fuerzas de Sicilia a Reggio, y de Reggio a Nápoles; y aunque Teodato armaba 200000 Ostrogodos, únicamente pensaba en concluir la paz. Pero los suyos lo destituyeron, poniendo en su lugar al valeroso Vitiges, que asedió a Roma, donde había entrado Belisario como libertador. Este escaseaba de soldados y de medios de defensa, pero era estimado y contaba con el apoyo de los Italianos y del clero. Teodorico, rey de los Francos, aprovecha la ocasión para pasar los Alpes y saquear el país en perjuicio de Godos y Romanos. A pesar de todo, triunfa Belisario, asedia a Vitiges en Rávena, sojuzga a los Godos, y rehúsa la corona que le ofrecen. La envidia que le perseguía, como en otra ocasión hemos dicho, hizo que se le diese la orden de volver a Constantinopla, adonde condujo al prisionero Vitiges. Los restos de los Godos se retiraron allende el Po, guiados por Uraya, quien hizo elegir por rey a Hildebaldo, valeroso guerrero, que no tardó en morir a manos de los suyos; sucedió a éste su sobrino Totila, que estaba dispuesto a hacer los últimos esfuerzos por restaurar la nación goda.

541 – 546 – 549 

Venció, en efecto, varias veces y sujetó toda la Italia meridional; tomaba las ciudades para desmantelarlas, y acampó junto a Roma. Entonces en Constantinopla se juzgó preciso mandar otra vez a Belisario; pero, mal provisto éste, no pudo impedir que Roma fuese tomada a su misma vista, expulsados los ciudadanos y llevados los senadores en clase de rehenes. Pronto la recobró Belisario, mas con tan pocos soldados, que no tardó en tomarla nuevamente Totila, quien intentaba convertirla en capital del reino godo, renovando en ella el Senado y el gobierno. Despojada la Sicilia y sometidas Córcega y Cerdeña, Totila insultó con 300 galeras las costas de la Grecia.

Reclamado Belisario, le fue antepuesto Narsés, eunuco valeroso y estimado, quien no aceptó la empresa sino con medios suficientes. Habiendo reclutado Bárbaros de toda especie, dio junto a Nocera una batalla en la cual Totila quedó muerto, y fue Roma tomada por la quinta vez, llegando al colmo de la desolación.

Los Godos, sin haber perdido aún las esperanzas, dieron la corona a Teya, quien cayó en el campo de batalla, y con él pereció el reino de los Ostrogodos. Mientras tanto se habían arrojado sobre Italia Francos y Alemanes, despojándola de lo poco que quedaba al cabo de diez y ocho años de continua guerra. Formó entonces la Italia uno de los diez y ocho exarcados del imperio; Roma, desierta de habitantes, fue pospuesta a Rávena, donde durante trece años gobernó Narsés desde los Alpes hasta el Estrecho, tratando de establecer algún orden, repoblar los campos y fundar municipios.

85.- Los Longobardos

567 

Los Longobardos fueron establecidos en la Panonia por Audoino, su noveno rey. Aliados con los Gépidos, otro de los pueblos que ya obedecieron a Atila, no tardaron en romper con ellos. Turismundo, rey de los Gépidos, fue muerto en el campo de batalla por Alboino, hijo de Audoino, el cual, venciendo a Cunimondo, hijo del rey muerto, acabó con el reino de los Gépidos, quienes se confundieron con los Ávaros, dominadores de cuanto se hallaba comprendido entre los montes Cárpatos, el Prut y el Danubio.

568 

Alboino se propuso entonces invadir la Italia; y no ya con un ejército, sino con un pueblo entero, mezcla de múltiples razas y costumbres, se lanzó sobre Venecia, dejando para que protegiese los Alpes Julianos a su sobrino Gisulfo, con el título de duque del Friul.

Este método fue seguido en todas partes; cada capitán permanecía independiente en el país conquistado, aunque obedeciendo al rey por las necesidades de la guerra; a medida que esta cesaba, los capitanes se establecían con sus faras (escuadrones) en países que gobernaban, o mejor dicho, que explotaban como propios.

584 – 590 

Alboino fue proclamado rey en Milán y creó un palacio real en Pavía; lanzándose luego en la Umbría, colocó un duque en Espoleto y otro en Benevento; pero no pudo mantener unidos a sus secuaces, y le fue, por tanto, imposible sujetar toda la Italia. Después de haberle hecho dar muerte su mujer Rosmunda, y de haber sido asesinado Clefis, su sucesor, los treinta duques no sintieron ya la necesidad de tener un jefe, y dominaron distinta y militarmente sus respectivos países. Tomaron el nombre de Romanía las regiones sometidas al exarca griego de Rávena, el cual colocaba duques en Roma, Gaeta, Tarento, Siracusa y Cagliari; Nápoles nombraba por sí sus duques; Amalfi permanecía libre por su comercio; y Venecia nacía. Los Italianos, refugiados en países libres, solicitaban siempre el auxilio del emperador, y éste aspiraba a recobrar la península y excitaba a los Francos a que la invadiesen. En vista del peligro, los treinta duques proclamaron rey a Autaris, cediéndole la mitad de sus rentas; el nuevo rey rechazó a los Francos y llevó sus armas hasta la última punta de Italia. Autaris tomó por esposa a Teodolinda, hija del duque de Baviera, la cual, habiendo enviudado, y siendo dueña de elegir un nuevo esposo, casose con Agilulfo, duque de Turín, que fue proclamado rey. Teodolinda convirtió de la idolatría y del arrianismo al catolicismo a su nación, con el apoyo de Gregorio Magno; fabricó la basílica de San Juan en Monza, y la tradición le atribuye infinitas obras públicas.

Los emperadores de Constantinopla intentaron varias veces abatir a los Longobardos, los cuales excitaron en contra de aquellos a los Ávaros, peligrosos aliados. Adaloaldo, sometido a la tutela de Teodolinda, se deshonró hasta tal punto, que los jefes lo destituyeron para elegir en su lugar a Ariovaldo, duque de Turín, después del cual reinó Rotaris, que amplió el reino y quiso ocupar a Roma.

Después del primer furor de la conquista, diose cierta regularidad al gobierno de los Longobardos, cuyos reyes no eran ya simples capitanes, sino verdaderos príncipes, con su corte, moneda, autoridades legislativa y judiciaria. Los duques eran déspotas en el país que les había tocado y en los que conquistaran; dependían del duque los escultascos o centenarios, que gobernaban alguna aldea, conducían los soldados a la guerra, y administraban justicia. A estos estaban subordinados los decanos, jefes de diez faras, unidas para la administración y para la guerra.

Rodeados siempre de enemigos y en país enemigo, los Longobardos no pudieron abandonar jamás el sistema militar; todos los libres (arimanni) debían tomar las armas y acudir al llamamiento del rey; por esta razón estaba prohibido cambiar de domicilio fuera del distrito propio, so pena de ser considerado como desertor del regimiento.

Como entre todos los Germanos, conservábase la faida, esto es, el derecho de poder vengar sus ultrajes, o los de sus parientes y amigos. Aunque se introdujeron tribunales, éstos se organizaron militarmente.

Algún historiador ensalza los tiempos de la dominación longobarda; pero extranjeros y soldados incultos, ¿cómo podían tener dichoso ni tranquilo al país? Exterminaron a los nobles naturales; dividieron los terrenos, reduciendo los propietarios a tributarios (aldíos), que no podían casarse con mujer libre, ni servir en la milicia, ni dirigir la palabra a los tribunales. Las leyes longobardas no se referían más que a los vencedores, o a actos criminales, los cuales generalmente se expiaban mediante un precio determinado, que variaba según la condición de las personas. A los vencidos no les quedaban tribunales a quienes apelar. El antiguo derecho solo subsistía en los países no conquistados; los vencidos pasaban a ser como esclavos pertenecientes a los soldados; sin embargo, en los asuntos eclesiásticos se conservaba entre ellos la ley romana, por cuyo motivo adquirió preponderancia el clero, y el régimen eclesiástico tuvo sus diócesis y parroquias, sus curas y sus monjes, los cuales eran hermanos, hijos, allegados del pueblo indígena, que en ellos buscaba apoyo o consuelo. Los litigios que se originaban, eran sometidos el arbitrio del clero, única autoridad nacional que había sobrevivido, y que iba adquiriendo preponderancia.

Pero el vencedor no hizo jamás partícipe de sus derechos al vencido; solo entre los Longobardos eran legítimos los matrimonios; Longobardos solos intervenían en hacer la leyes, que a ellos solos se referían. Los eclesiásticos gozaban de privilegios romanos en las cosas eclesiásticas; en las civiles eran equiparados a los Longobardos, y gozaban también del guidrigildo, o reparación por los daños recibidos.

86.- Los Francos

481 

Como en otro lugar hemos dicho, el primer rey de los Francos Salios de que se tiene memoria, es Faramundo, que reinó hacia el año 420; después se cita a Clodión, que fue derrotado por Aecio; a Meroveo, que venció a los Hunos de Atila, y de quien tomaron el nombre de Merovingios los reyes de la primera estirpe. A vuelta de mil legendarios prodigios fue proclamado rey Clodoveo, considerado como fundador de la monarquía franca.

496 – 506 – 511 

Entre seis razas se dividía entonces la Galia. Preponderaban los Visigodos en las provincias meridionales, los Bretones en la Armórica, los Borgoñones entre Basilea y el Mediterráneo, los Alemanes en la Alsacia y la Lorena, y los Francos en el resto de la Galia septentrional. Los Galos, esparcidos entre los conquistadores, consideraban como independencia el estar sometidos al imperio romano. Importaba destruir el resto de la dominación romana, y lo consiguió Clodoveo, quien saliendo de su principado de Tournay, dominó el resto del país. Casose con Clotilde de Borgoña; y para secundarla se hizo católico, obteniendo del Papa el título de Cristianísimo. De este modo se atrajo a todos los creyentes. Venció en Tolbiaco a los Alemanes, apoderándose de toda la Francia Riniana; hízose dueño después de la Borgoña, con el auxilio de Teodorico; y venció luego a los Visigodos, sostenido siempre por los católicos. En medio de la gloria de tantos triunfos, recibió de Constantinopla la púrpura y la corona de oro como patricio, con lo cual legitimaba la obediencia de los Galos.

Hasta los Francos Ripuarios cayeron bajo la mano del que había convertido toda la Francia de la democracia militar a la monarquía. Realizado este ideal, murió Clodoveo en París, a la edad de 45 años.

Entre los pueblos teutónicos no se había reducido aún a los primogénitos el derecho de suceder a la corona; sino que la dividían entre todos los hijos como perteneciendo a los bienes patrimoniales. Por tanto los cuatro hijos de Clodoveo se la repartieron, no geográficamente, sino de manera que cada uno tuviese una parte de viñedo, de selvas y de prados. Mal se podrían seguir en un compendio las vicisitudes de cada uno, bastando decir que sometieron definitivamente a la Borgoña; surgieron disidencias entre los del Austrasia , habitada casi exclusivamente por Germanos, y los de la Neustria, habitada por Galo-Romanos; y se originaron turbulencias por las rivalidades de Brunequilda y Fredegunda.

Al fin Clotario II se encontró jefe de toda la monarquía francesa. El ejército se componía aún de gentes que poseían territorios con la obligación de servir en la guerra. Las cuestiones graves se trataban en asambleas.

Para afianzarse con las leyes y con la religión, Clotario convocó en París una asamblea, donde por vez primera con los nobles asistieron los obispos, que representaban y protegían a los vencidos, sirviéndose de la doctrina y de la dulce justicia para mitigar la ferocidad de los guerreros. Decretaron la constitución perpetua, en la cual se garantizaba la paz pública castigando con la muerte al que la turbase; determinábanse los modos de elegir a los obispos, a quienes se daba hasta la jurisdicción temporal sobre los eclesiásticos; y se prometía al pueblo escucharlo cuantas veces pidiese una disminución de impuestos.

87.- Los Visigodos en España

466 – 506 – 531 

Para los Italianos, el nombre de los Godos significa barbarie y destrucción; para los Españoles recuerda un estado feliz, destruido luego por la irrupción de los Árabes El reino de los Visigodos fue fundado en España por Walia, y agitado por discordias intestinas y por luchas con los Vándalos y los Suevos. Teodorico II recopiló las constituciones visigodas. El rey más poderoso fue su hermano Eurico, quien aprovechándose del desquiciamiento del imperio occidental, trató de sojuzgar cuanto poseía éste en la Galia y en España, y como rey de tales dominios fue reconocido por el Senado de Roma; pero Arriano celoso, persiguió a los Católicos. Su débil hijo Alarico, formó con las leyes romanas aplicables a las costumbres visigodas, un Breviario para los Galo-Romanos sometidos a él. Las persecuciones renovadas dieron lugar a que fuese llamado el franco Clodoveo, que le quitó el reino y la vida, y hubiera concluido la dominación visigoda de aquende los Pirineos, si Teodorico, rey de Italia, no se hubiese apresurado a sostener a su sobrino Amalarico, bajo cuyo nombre Teodorico en realidad gobernaba. Muerto aquel, fue Amalarico mortalmente herido en la guerra por el franco Childeberto; con él terminó la raza de los Amalos, y el reino se hizo electivo. Teudis, su sucesor, favoreció a los Católicos y rechazó a los Francos; después de otros, Leovigildo desalojó a los Griegos de Córdoba, se rodeó de pompa real, y limitó el poderío de los señores.

Las bases de la nacionalidad española fueron planteadas por el clero, que intervenía en los asuntos del reino y a menudo celebraba concilios, donde igualmente se trataban las cosas civiles que las religiosas, y se hacía justicia a quien no la había obtenido de los magistrados. En aquellas reuniones, el vencido era igualado al conquistador, puesto que eran todos eclesiásticos; los obispos, que habían contribuido a la elección del rey, recomendaban a los soldados que le obedecieran, y velaban sobre él para que no violase el juramento prestado en el acto de la coronación. Los concilios cambiaron, pues, la constitución del reino, atribuyéndose el derecho de confirmar la investidura real; después quisieron que el rey fuese elegido entre la antigua nobleza goda. La España era, por tanto, una monarquía electiva y representativa mediante los concilios, asambleas aristocrático-nacionales, en las cuales se reunían prelados y nobles.

612 

Chindasvinto se mostró adversario del clero y la nobleza, y arrebató privilegios a las ciudades, por lo cual excitó grave descontento. Pero fue calmado bajo su hijo Recesvinto, que convocó el VII concilio de Toledo, memorable por sabias instituciones; formó un códice en doce libros, encaminado a unificar a los Godos con los Romanos, permitiendo el matrimonio entre unos y otros.

672 

Cada vez que vacaba el trono, surgían ambiciones y tumultos. Por esto vaciló en aceptar el reino, el noble y virtuoso Wamba, y lo defendió después valerosamente contra los Francos y los Gascones; moderó el poderío del clero, el cual, por esto mismo, conspiró contra él, lo encerró en un convento, y ungió por rey a Ervigio, quien dio mayor extensión a los grandes privilegios de los obispos.

Sucedióle Egica, que reinó entre continuos tumultos, proscribió a los Hebreos, y ordenó que los hijos de éstos, menores de siete años, fuesen educados en el Cristianismo y casados con Cristianos, de cuya medida se originó la distinción de Cristianos nuevos y Cristianos viejos.

La España era lanzada al abismo por la debilidad en que caía la autoridad real, por aquel absurdo orden de sucesión, por la ambiciosa inquietud de los grandes, y por las intrigas de los intolerantes eclesiásticos, tan degenerados que sacudieron toda dependencia de Roma. El último rey fue Rodrigo, sobre quien la tradición acumula faltas para excusar a los émulos que llamaron a los Árabes del África.

88.- Inglaterra e Irlanda. Anglo-Sajones

447 

Los Romanos nunca habían realizado completamente la conquista de las Islas Británicas; cuando se retiraron de ellas las guarniciones, los Pictos y Escotos salieron de las montañas y se precipitaron sobre las catorce ciudades del llano, mientras los corsarios invadían las costas. Extinguido el poder de los magistrados romanos, tornaron a prevalecer los jefes de las tribus antiguas, que habían conservado cuidadosamente sus genealogías; volvieron a usarse la lengua y las costumbres antiguas, y se restableció el gobierno de los clanes, es decir, por parentelas, constituyendo un jefe de los jefes (pendagron) que residía en Londres. Pero las rivalidades ocasionaban discordias, y Vortigerno, príncipe de Cornwall , invocó la protección de los extranjeros.

Estos eran los Sajones, que en frágiles naves se lanzaban a saquear las costas. A Engisto y Orsa, descendientes del divino Wotan, se les propuso acomodo, recibiendo en compensación la isla de Thanet, donde se establecieron, socorriendo a sus partidarios. Mas pronto prevalecieron, y en vano Vortigerno y los Bretones intentaron combatirlos; ellos fundaron el reino de Kent a la derecha del Támesis.

455 – Artús 

Otros Sajones les siguieron y fundaron siete reinos sólo entre los Cambrios encontraron resistencia en Artús, héroe inmortalizado por las novelas de la Edad Media, que cuentan que dormía al pie del Etna con los caballeros de la Tabla redonda, para acudir mas tarde a libertar la patria. La tradición asociaba a su nombre el del profeta Merlín, archidruida, el cual había pronosticado estas desgracias y prometido la restauración.

También de las costas del Báltico surgieron invasores. Los Anglos ocuparon la Bretaña septentrional, aliándose con los Pictos; después de ruda resistencia arrojaron de allí a los Bretones, que se refugiaron en el país de los Cambrios, llamado de Gales.

547 – 592 – 593 – 655 

La isla quedó fuera de toda relación con el resto de Europa; la sanguinaria religión de Odín nutría ideas de estrago y conquista. Los Sajones estaban distribuidos en compañías (friburg) de diez hombres libres; diez compañías formaban la centuria a las órdenes de un conde, y muchas centurias constituían una división, presidida por un shirgerefa. Los siete reinos Anglo-Sajones de Kent, Sussex, Wessex, Essex, Northumbria, East-Anglia y Mercia estaban confederados entre sí, y sus representantes se reunían en la dieta de los sabios (Wittenagemot); pero a menudo guerreaban entre sí, y aprovechábanse de ello los Cambrios para molestarlos. Elegíase uno de los reyes sajones por bretwalda, o jefe de las fuerzas, cuyo poder era vitalicio. El Evangelio se había introducido en aquella isla desde muy al principio, pero fue extinguido por la conquista, hasta que Etelberto, rey de Kent, se casó con Berta, hija de Carberto, rey de París; princesa católica que llevó consigo algunos sacerdotes, preparando de este modo los Sajones al bautismo. Gregorio Magno, entonces pontífice, expidió misioneros para aquella isla, y nombró obispo de Canterbury al abate Agustín; el mismo rey aceptó el bautismo con 10000 Sajones; pronto se instituyeron doce obispados con una iglesia metropolitana en Londres y otra en York, merced a cuyas instituciones se introdujeron artes y letras. Rudo golpe recibió la religión civilizadora, ya de los extraviados Bretones, ya de los idólatras de Mercia; junto a Leeds se dio la última señalada batalla entre el cristianismo y la idolatría, y esta sucumbió. Chedwalla, rey de Wessex, recibió el bautismo de manos de Sergio I en Roma, donde su sucesor fundó la iglesia de Santa María in Saxia, con un hospital para los peregrinos de su nación, y un colegio para jóvenes, a cuyo sostenimiento se ordenó que todos los súbditos contribuyeran con el dinero de San Pedro. Por último, Egberto reunió toda la isla bajo su cetro.

Gales 

Muchos hijos del país huyeron a la Bretaña continental, conservando su libertad y su lengua patria. Otros se defendieron con tenacidad en los montes, fundando los reinos de Gales occidental, Gales oriental y Cumberland, manteniéndose independientes hasta el año 750, en que los Cambrios llegaron a ser tributarios de los Sajones. En el país de Gales excitaban el valor de los indígenas los Bardos, poetas que lograron conservar de tal manera el amor patrio, que aquella pequeña reliquia de una gran nación, nunca creyó haber muerto, confiando en que un día volvería a dominar toda la isla.

Irlanda - 590 

La antigua población sobrevivía intacta en la Irlanda, país de los santos, madre de los grandes pensadores y de los ardientes patriotas. Estaba dividida en tribus, y estas formaban cinco Estados. El cristianismo fue predicado allí desde el principio de la propaganda de esta doctrina. Allí floreció Colum (San Columba) , que anduvo predicando a los Pictos y Escotos, pasó a las Galias a evangelizar a los habitantes de los Vosgos , luego a orillas del lago de Zúrich, y por fin a Italia, donde fundó el monasterio de Bobbio. Muchos jóvenes anglo-sajones iban a educarse en los conventos de Irlanda; los monjes eran mucho más numerosos que los clérigos; muchos reyes y reinas abandonaron el manto para entrar en los conventos; las leyes fueron siendo cada vez más dulces y justas, mayormente las dictadas por los concilios, celebrados allí por los legados de Adriano I.

89.- Condición de los Bárbaros

Los invasores del imperio llevaban consigo los usos y costumbres de las selvas nativas. Todo hombre libre era soldado al ser convocado al eriban. Otros libres no propietarios formaban la banda guerrera, a las órdenes de un jefe, a quien obedecían estos voluntarios en las expediciones. Tales fueron las bandas que invadieron el imperio; y no eran numerosísimas al principio como el miedo lo hacía creer, de modo que no pudieron cambiar la índole de los países, como cuando emigra un pueblo entero. En las provincias, disgustadas por los vejámenes romanos, no hallaban la obstinada resistencia del patriotismo, ni eran, por tanto, excitados a la crueldad. Excepto los Hunos, los Bárbaros eran ya cristianos, y el clero de estos, bastante respetado, servía para disminuir los sufrimientos, por cuyo motivo la opresión no va parangoneada con la que sufrió el Asia de los Turcos, o la América de los Españoles. El grandísimo número de esclavos no empeoraba. Los Bárbaros tuvieron con frecuencia que valerse de la obra de los Romanos para administrar justicia, escribir cartas, dictar leyes, todo lo cual encontramos redactado en el idioma de los vencidos.

Sus bienes 

Los bienes se dividían entre vencedores y vencidos; no se halla bien determinado con qué norma se hacía tal división por dominadores armados; parece que al fin los naturales perdían todas sus posesiones, pasando a la condición de tributarios, poco superior a la de siervos. Algunos libres permanecieron en las ciudades, constituidos en corporaciones de oficios y sujetos al jefe de la ciudad, más interesado en conservar a éstos que a los agricultores.

El alodio, es decir, la propiedad absoluta tocaba al vencedor, estaba exenta de contribuciones, y confería la plenitud de los derechos civiles y el de hacer la guerra a expensas propias. Por consiguiente, las leyes se esforzaban en mantener la sucesión en los varones, de donde provino la famosa Ley sálica, por la cual los hombres no tienen sucesión al trono [sic].

Los primeros vencedores conceden algunos terrenos a sus fieles, a título de beneficio. Los censivos o tierras tributarias, eran cultivadas por colonos, que pagaban un canon anual, y sólo podían ser arrebatadas cuando los colonos faltaban a sus obligaciones.

En las personas se distinguían varios grados, según los cuales se determinaba la multa que se debía pagar por injuria o muerte. Eran nobles los vasallos que únicamente dependían del rey; libres o arimannes, los que dependían de la jurisdicción de aquel en cuyas tierras vivían, y tributarios o censuales los que debían homenaje y fidelidad a un señor. Mujeres, niños y siervos estaban sometidos al pariente más próximo y al señor. Pocos eran, en suma, los que gozaban de completa libertad; privados de ella estaban los colonos, esclavos del terreno, y mucho más los siervos, tanto si lo eran por nacimiento como por degradación. La condición de estos últimos mejoraba mucho, sin embargo, al ser protegidos por las leyes.

Constitución 

Los individuos de una comunidad cualquiera eran responsables de los actos de cada uno, defendiéndolo, vengándolo, heredando sus bienes si no tenía sucesores, y pagando sus multas. La mayor parte de las penas podían redimirse con dinero. La injuria personal era vengada por el ofendido o por los suyos.

La constitución se debió cambiar al establecerse en países nuevos, y efectivamente los reyes adoptaron algo del fasto de los emperadores. Su autoridad era limitada en todos sentidos por las asambleas de la nación, donde, además de dictar las leyes, se administraba la justicia cuando se trataba de un igual. La hacienda no adquirió importancia hasta que las contribuciones reemplazaron a los servicios personales y los reyes tuvieron que dar sueldo a los ejércitos y a los magistrados.

Se discute si, con la conquista, se perdieron los municipios. Como en estos continuaba la necesidad de proveer a su propia policía, a las comodidades, a la seguridad, cosas a que no atendían los Bárbaros, es probable que durasen, aunque no legalmente reconocidos.

Carácter especial de algunas legislaciones bárbaras es la personalidad de la ley, por la cual en un mismo país habitaban personas que vivían según la ley romana, otras según la longobarda, y otras según la franca, siendo cada ley aplicada por escabinos de la respectiva nación.

Los procedimientos judiciales eran públicos, y a cada hombre libre incumbía la obligación de concurrir al juicio; los vasallos, los colonos y los siervos permanecían sujetos a jurisdicciones del señor. Las pruebas eran diferentes de las nuestras, siendo las más características los conjurantes, la ordalía y el duelo. El acusado de un delito podía aducir un número cualquiera de personas que jurasen su inocencia. Esforzábase la sociedad en cambiar la venganza privada en pública. El pueblo entero o la tribu armábase para las venganzas. Los reyes y los sacerdotes, deseosos de evitar conflictos, establecieron ciertas reglas, por ejemplo, que había de trascurrir un tiempo dado entre la ofensa y la venganza, que las iglesias y conventos fuesen lugares de asilo, que ante todo se tratase de la composición, es decir, de la multa que el ofensor había de satisfacer para aquietar al adversario.

Juicios de Dios 

Para evitar las luchas privadas, se introdujo el duelo judicial, con ciertas prescripciones. Por tal procedimiento se decidía, no sólo de las injurias, sí que también de las diferencias particulares y públicas, y hasta de puntos legales. La causa propia podía confiarse a un campeón, como siempre acontecía tratándose de mujeres y de sacerdotes. El éxito era juzgado como un juicio de Dios. Otros juicios de Dios se fundaban luego partiendo del principio de que Dios, autor de la justicia, la favorecía en todos los casos particulares, aunque fuese con un milagro. Por ejemplo, se andaba sobre tizones y ramas ardientes, se sacaba con la mano una bola del fondo de una caldera llena de agua hirviendo, se empuñaba un hierro candente, se comía un gran pedazo de pan y queso, y todo el que salía en bien de estas y parecidas pruebas, era declarado inocente. La Iglesia no aprobó estos juicios, pero los rodeó de ritos, que los hicieron menos fáciles y más temidos.

Códigos 

Doce códigos tenemos de los pueblos invasores. El Edicto de Teodorico, de que hemos hablado en otra parte de este compendio, se funda en la razón humana, y somete a ésta a los mismos Godos, salvas sin embargo las leyes consuetudinarias de la patria. Alarico, rey de los Visigodos, publicó el Breviario que consiste en una compilación de leyes romanas. Los Romanos Borgoñones se sirvieron del Papiani Responsum, compilación más complexa. La Ley sálica es la más antigua de las leyes bárbaras; fue compilada entre las selvas natales, pero nunca tuvo autoridad legal, constando de disposiciones consuetudinarias, indigestamente dispuestas; en ella se consigna la célebre orden de que «la tierra sálica no pueda ser trasmitida a mujeres, y que la herencia pase entera a los varones,» la cual fue aplicada a la sucesión regia.

Para los Francos Ripuarios, Tierry hizo una legislación penal, tan rústica como la precedente.

Los Borgoñones tuvieron la Ley Gombeta, de Gundebaldo, con buenas instituciones; además de las composiciones, se aplicaban también penas corporales; se atendía a la propiedad y a los testamentos, en concordancia siempre con las instituciones romanas.

El visigodo Chindasvinto hizo compilar el Fuero juzgo, que es un verdadero código, que se extiende a cuanto ocurre en la sociedad, abrazando el derecho político, el civil y el criminal y emanando de los importantes concilios nacionales de España, en los cuales preponderaba el clero; por esto en el Fuero juzgo se conceden al clero tantos privilegios; los delitos se estiman según la intención del que los comete; se protege la vida y el honor de los siervos; se respeta el matrimonio y otorga participación de la herencia a las mujeres.

Rotaris dio leyes a los Longobardos de Italia, recogiendo y enmendando los edictos de reyes predecesores, a los cuales añadieron otros sus sucesores. Las primitivas se resienten de la barbarie de su origen; poco a poco se ennoblecen; a veces es irrogada la pena capital; se atiende al honor de la mujer; todos los hijos son igualmente llamados a la herencia; los procedimientos judiciales son sencillos y muy breves, y entre las pruebas es admitido el duelo.

Las leyes por las cuales se regían los Bávaros parecen compiladas en tiempo de Dagoberto, deducidas unas de las romanas y otras de las visigodas; se parecen a la ley de los Alemanes, promulgada en presencia de treinta y tres obispos.

El código de los Anglos y el de los Frisones nada tienen de las leyes romanas, y es que aquellos pueblos nunca hicieron irrupción sobre el territorio del Imperio. Pocos fragmentos han quedado de las leyes anglo-sajonas, hechas por los heptarcas y dictadas en inglés. La ley de los Sajones fue recopilada probablemente en tiempo de Carlo Magno, y trata menudamente de la tarifa de precios impuestos por las ofensas.

Costumbres 

Estas leyes son la mejor revelación de las costumbres de los Bárbaros; y prueban, por otra parte, cuán ignorantes eran estos cuando, para escribirlas, tuvieron que servirse de los Romanos. La necesidad de evitar una infinidad de violencias de toda especie, se desprende del minucioso cuidado con que son especificadas las faltas y las penas consiguientes. Los símbolos con que los Romanos representaban algunos actos civiles reaparecen aquí. Si se trata de una venta, se entrega al comprador una rama de árbol, o un cuchillo, una varilla, un césped, o a veces un tiesto, en el cual se ha plantado una ramita. Las dignidades eclesiásticas se conferían entregando el báculo pastoral y el anillo, y las menores con el birrete, el cáliz, un candelero y las llaves de la iglesia; a los reyes se les daba la investidura con la espada y la lanza, y en otras ocasiones se estrechaba la mano, o se daba un beso, o se tocaba una columna, o se recibía la comunión, o se bebía en la copa de otro, según la importancia del acto.

La moralidad no podía ser mucha entre gente que había abandonado su patria para llevar a extraños países sus armas y su ferocidad; pero sus vicios se diferenciaban de la corrupción romana. Entre ellos se tenía tal conciencia de la importancia personal y de la dignidad, que hasta se castigaban por medio de leyes las palabras injuriosas. El lujo era dispendioso, pero grosero; groseras las diversiones, la principal de las cuales era la caza, para cuyo ejercicio se reservaban grandes bosques y se castigaba duramente al que matare un halcón. La cabellera larga era señal de libertad. Las mujeres eran tratadas con cierto respeto, aunque se les ponía precio atendida su utilidad; dependían siempre del marido o del padre, y si eran infieles, eran abandonadas a la venganza del marido. A mujeres se atribuye en su mayor parte la conversión de estos pueblos, y la fama ha consagrado los nombres de Fredegunda, Brunequilda, Amalasunta, Clotilde, Radagunda, Berta y Teodolinda.

90.- La República cristiana

El único contrapeso de la fuerza dominante era la religión. Reconocida por Constantino, la Iglesia ejerció legalmente la autoridad civil que al principio había adquirido por deferencia; Papas y obispos aparecen con majestuoso aspecto; y mucho más a la caída del imperio, hacia el cual había ella contraído hábitos de sumisión. Respecto de los nuevos reyes, era la Iglesia el único poder constituido que quedaba, y adquiría vigor e inspiraba respeto por sus virtudes y sus doctrinas, con las cuales pudo introducir algún orden en el universal desconcierto.

Misioneros 

Por otra parte, los pueblos que habían permanecido en su tierra natural, y los que iban a fijarse en remotos países, recibían la visita de misiones que les predicaban el cristianismo, y no hubo región que no ensalzara después a algún santo, de quien había recibido la verdad. Muchos misioneros hallaron violenta muerte en Irlanda y en Inglaterra, contándose entre ellos Bonifacio, apóstol de la Germania, donde organizó las iglesias de Baviera y fundó el monasterio de Fulda. En algunos países, los misioneros penetraron en las asambleas, y modificaron la legislación y el derecho público. En los conventos y en las órdenes sagradas fueron luego recibidos los extranjeros y los siervos, dilatándose de este modo la igualdad. Cultivaban campos, saneaban lagunas, talaban bosques en las inmediaciones de los conventos y de las iglesias, introducían mercados y ferias, y daban de este modo origen a nuevas ciudades. En una palabra, el cristianismo se puso al frente de la civilización.

Ingerencia secular 

Los emperadores de Oriente continuaban queriendo inmiscuirse en las controversias religiosas, y daban a la Iglesia una tutela incómoda y peligrosa. Los príncipes de Europa no entendían de sutilezas teológicas, y sin embargo, querían tomar parte en las elecciones de obispos y hasta en las papales, en la convocación de los concilios y en la ordenación de los curas, a fin de que no se sustrajesen al servicio militar. No siempre estaban a salvo de la rapacidad los bienes del clero; con todo crecieron bastante las riquezas de éste y la autoridad de los obispos; pero disminuyó la unión de éstos con el clero y con el pueblo, desde que los reyes pretendieron elegirlos, menos por mérito y fe apostólica que por favoritismo; habiendo entrado en las asambleas, excitaron el descontento que siempre acompaña a la acción política.

Monjes 

Multiplicáronse entonces los monjes, y así como al principio vivieron solitarios, entregados en el desierto a extravagantes penitencias, luego se reunieron en activos consorcios, principalmente por obra de San Benito de Nursia, quien en torno de la sagrada cueva de Subiaco reunió numerosos secuaces, y les dictó una regla que ha sido la admiración de los estadistas y que ha sobrevivido a muchas constituciones nacionales. Determinábanse en ella todos los actos y todos los momentos de la vida de los monjes; a la oración había que añadir la cultura del campo y del espíritu. Fueron labradores modelos, conservadores y propagadores de las doctrinas científicas y literarias y de las bellas artes, cuyo principal santuario fue Monte Cassino.

Más austera fue la regla que estableció san Columbano. Más tarde los monjes entraron en el sacerdocio. Cada orden formaba una especie de república, donde los cargos eran electivos, donde todos trabajan para todos, y nada se hacía para el individuo fuera del perfeccionamiento moral; procuraban permanecer independientes, no sólo de la jurisdicción secular, sino que también de los obispos, y estar sujetos solamente al Papa y a sus propios generales. Los más grandes personajes de la Edad Media se forman en los conventos; allí las artes hacen sus primeras tentativas y despliegan mayor vuelo. Muchos seglares les ofrecían sus personas y sus bienes, para gozar de la protección y las inmunidades monásticas contra el laico poderío.

Papas 

Aquel gran movimiento de la sociedad cristiana era precedido y dirigido por los Papas, cuya sucesión, desde san Pedro hasta nuestros días, no se ha interrumpido jamás, y en cuya serie de pontífices con muchísimos santos aparecen algunos menos dignos, sobre todo cuando quieren ampararse de la elección los príncipes o los bandos políticas. Al principio tuvieron que luchar con las pretensiones de los emperadores de Oriente y con las herejías implantadas, al mismo tiempo que tenían que enfrenar a los Bárbaros y propagar el cristianismo. En medio de todo, se consolidaba la supremacía que los obispos de Roma habían heredado de la tradición apostólica, y a ellos permanecían adictos los Católicos de todo el mundo, aun cuando eran herejes los emperadores y los reyes. Esta autoridad se vio fortalecida al recogerse los cánones, o sean los decretos de los diversos concilios, reunidos por Dionisio el Pequeño, en tiempo de Casiodoro.

Ya entonces los Papas poseían extensos bienes en Italia e islas adyacentes, y hasta en la Galia, sobre cuyos colonos ejercían legal jurisdicción. Cuando la conquista longobarda interrumpió las relaciones con el exarca de Rávena, el Papa, jefe ya de Roma, correspondía directamente con Constantinopla, concluía tratados con los Longobardos, y presentábase como verdadero jefe del partido nacional.

Gregorio Magno - 550-604 

Comprendió la importancia de aquella verdadera posición Gregorio Magno, práctico en los negocios públicos, quien dominó a Roma y la Iglesia con un carácter indomable y ejemplares devociones. A todo el mundo extendía sus cuidados; mandó misioneros a la Bretaña, consejos y órdenes a los reyes Francos y Borgoñeses; procuró la conversión de los Longobardos, de los Visigodos y de los Sardos; hablaba a los obispos y a los reyes con la dignidad dulce pero firme de un jefe universal; se servía de sus pingües rentas para mantener escuelas, hospitales y peregrinos. A pesar de tan múltiples ocupaciones, tuvo tiempo para escribir mucho, y además de sus cartas Morales sobre Job, expuso en sus Diálogos muchas historias maravillosas de santos italianos, de conformidad con las creencias de entonces; regularizó el rito con el Antifonario, el Sacramentario, el Bendicionario y el canto de iglesia que aún se llama Gregoriano. Parecíale peligroso para los nuevos cristianos el estudio de los autores clásicos y la imitación de sus artes; pero es necio afirmar que mandase prender fuego a la biblioteca palatina y destruir los monumentos de la magnificencia romana.

91.- Doctrinas profanas. La lengua

Griegos – Historiadores 

Para sostener que en Occidente la literatura fue destruida por los Bárbaros, es preciso olvidar cuán decrépita la observamos ya en la época anterior, hasta entre los Orientales, donde fue más rica y original que la latina. Los filósofos de Atenas trataron de oponerse a la nueva religión, y se dispersaron cuando Justiniano cesó de retribuirlos. No merecen citarse los oradores y poetas de entonces. Entre los historiadores hallamos a Procopio, que alabó a Justiniano y a Teodora, para vilipendiarlos después en una historia secreta. La colección de los Historiadores bizantinos es la única autoridad admisible sobre el imperio de Constantinopla y los países que con él se relacionaban; pero es una compilación sin crítica ni arte, que alcanza hasta la conquista de los Turcos. Constantino Porfirogéneta dejó un libro sobre la administración del imperio, y el origen y costumbres de los Bárbaros; recogió preceptos de arte militar, hipiátrica y agricultura, y una especie de enciclopedia, merced a la cual se conservaron extractos de autores perdidos.

Latinos – Casiodoro 

La literatura profana cesó en Occidente, cuando ya no estudiaban más que los clérigos, y no quedaban más que escuelas cristianas, aunque distase mucho de haber cesado la actividad de las inteligencias. Teodorico, que prohibía las letras a sus Godos, las favorecía entre los Romanos, y se sirvió mucho de Casiodoro, del cual nos quedan aún las cartas escritas en nombre del monarca y de sus sucesores, y además varios tratados propios, una crónica desde el diluvio hasta el año 519, y escritos sobre varias artes.

Boecio - 470-524 

Boecio, en el Consuelo de la filosofía, diserta sobre el acaso, sobre la providencia, y sobre el modo de conciliar a ésta con la existencia del mal. En la poesía es mejor que en la prosa. Escribieron también Enodio, obispo de Pavía, Rústico, Elpidio, y los poetas Maximiliano, Arator y Venancio Fortunato, trevesiano que compuso buenos himnos. Avito, natural de Auvernia, dejó cinco poemas y cien cartas. Muchos eclesiásticos escribieron más bien por celo religioso que por inclinación literaria, y sus obras carecen de gusto, corno las de Fulgencio, africano, el teólogo más grande de su tiempo, y las de San Remigio, que bautizó a Clodoveo. De mérito literario carecieron también san Lorenzo, san Columbano y san Cesáreo, de quien nos quedan 139 sermones, todos de práctica y sin imitación de los clásicos.

Exceptuando a Marcelino, conde de la Iliria, que escribió una crónica desde Valente hasta 534, hay que buscar en el clero los pocos e imperfectos historiadores de aquel período, entre los cuales se distinguieron el venerable Beda, que escribió sobre las Seis edades del mundo, Dionisio el Pequeño, que introdujo el sistema de contar los años desde el nacimiento de Cristo, fijado por él en 15 de Agosto; el godo Jordán, san Isidoro de Sevilla, que dejó en veinte libros los Orígenes o Etimologías, enciclopedia de cuanto se sabía entonces, y una crónica desde Heraclio hasta 626.

Para el estudio de la historia eclesiástica en Occidente, sirve la Historia tripartita de Epifanio y Eusebio. Gregorio de Tours es llamado padre de la historia de Francia, merced a sus diez libros de Historia ecclesiastica Francorum, de inculto estilo, pero llena de rasgos característicos. Fredegario, de Borgoña, es de más inculto estilo todavía.

Género nuevo son las leyendas y vidas de los santos, que se multiplicaron, menos para servir a la historia y a la crítica que para hacer propaganda cristiana. Con este género se hacían ejercicios escolásticos, exagerando penitencias, martirios y milagros. De estos están llenos los Diálogos de Gregorio Magno, de Metafrasto (Simeón Metaphrastus).y Gregorio de Tours.

Lengua 

En Occidente, el acontecimiento más importante es la trasformación de la lengua. La latina sigue el curso de otras tantas que se califican de indo-germánicas por la semejanza que ofrecen con la sánscrita. Como sucedió con todas, ella se alteró y pulió bajo la pluma de los autores, hasta que llegó a la belleza de la llamada edad de oro. Pero por cuanto la literatura era especialmente un trabajo artificioso y destinado a la sociedad aristocrática, la lengua de los escritores era muy distinta de la que se hablaba comúnmente, y que se llamaba rústica o vulgar.

Sin embargo es de creer que los Romanos, introduciendo su habla con la conquista, destrozaron la de cada país; hasta en Italia se mezclaron el etrusco, el osco y otros lenguajes, que indudablemente produjeron después la diferencia actual de los dialectos. Con más razón tenía esto que suceder allende los Alpes y el mar.

Está probado que, en la lengua hablada, ocurrían ya los accidentes que distinguen la latina de la italiana, como la formación de los tiempos con los auxiliares, los artículos y las prescripciones según los casos.

Cuando la literatura tuvo que hacerse popular para la explicación de las verdades cristianas, se descuidó el refinamiento clásico para acercarse a los modos y a la construcción vulgar, lo que aparece principalmente en la traducción de la Biblia. Los escritores eclesiásticos atienden a la claridad y no a la elegancia. Y ya en tiempo de Justiniano encontramos fórmulas y modismos, más parecidos al estilo moderno que al de Cicerón.