79.-
Edad Media
Entramos
ahora en lo que se llama Edad Media, como edad interpuesta
entre la caída de la sociedad antigua y la constitución
de la nueva; edad en que, rota la unidad europea, cien pueblos,
asegurada o recuperada su independencia, se desenvuelven
por sus propias fuerzas, y no ya al impulso de una fuerza
superior. Esta parcial y arbitraria denominación suele aplicarse
a la edad transcurrida desde el último emperador romano
hasta la caída del imperio de Oriente, que coincide con
el descubrimiento de la imprenta y de la América y con el
nacimiento de Lutero. Es difícil de estudiar esta edad,
por cuanto tiene poquísimos escritores, y aun éstos son
inexactos y con frecuencia insuficientes para expresar una
civilización que, o no entendían, o no se cuidaban de describir,
porque la tenían ante sus ojos. Por esto, muchos encuentran
más cómodo despreciarla, declarándola indigna de estudio,
por ser bárbara. Hasta ilustres escritores la describieron
con inexacta generalidad o con antipatía, porque prevalecía
en ella la organización católica. Los sabios, mayormente
a mediados de este siglo, vieron la necesidad de conocer
a fondo la Edad Media, ya que las instituciones modernas
derivan menos de los Griegos y los Romanos que de los pueblos
invasores, y en aquel tiempo se halla la razón del presente,
y tal vez la enseñanza para el porvenir.
Muerta
entonces la exquisita forma de los clásicos, la cultura
se concentró en pocos, la mayor parte eclesiásticos pero
es cierto que quizá ninguno de los conocimientos antiguos
se perdió, y se adquirieron muchos nuevos; se hicieron capitales
inventos precisamente en el transcurso de aquellos mil años,
que algunos escritores, con frases genéricas, titulan siglos
de hierro; los esclavos pasaron a ser pueblo; el individuo
recobró la importancia que había perdido siendo considerado
únicamente como miembro del Estado; el cristianismo se difundió
y se consolidó; surgieron, en fin, los Comunes, y de estos
las gloriosas repúblicas italianas.
80.- Estado del mundo
Las
provincias occidentales estaban ya ocupadas casi todas por
Bárbaros, y por esto no se resintieron mucho del desmembramiento
del imperio romano. El oriental se regocijó tal vez de aquel
golpe, esperando apropiarse la monarquía del mundo. Muchos
países ocupados por los Bárbaros no rompieron todos los
vínculos con los emperadores, considerados como sucesores
de los Césares y llamados todavía romanos. Estos, además
pretendían ejercer algún dominio directo sobre Italia, y
aspiraban a conquistarla y a turbarla.
Con
impulsión continua y mal definida, muchos pueblos germánicos
corrían de la Escandinavia a Cartago, y de Irlanda a Constantinopla.
Los menos adiestrados eran los Vándalos, que desde España
se extendieron por el África. Los Visigodos fundaron un
gran reino entre el Loira, el Ródano y los Pirineos, desde
donde se internaron en España. Los Borgoñones ocupaban lo
que hoy se llama Suiza, Borgoña, el Lyonés y el Delfinado.
Los Bretones dieron nombre a la antigua Armórica. Los Francos
se dividían en Sálicos y Ripuarios. La isla Británica estaba
abandonada a sí misma.
En
la Germania propiamente dicha, y en las orillas del mar
Septentrional habitaban los Frisones, los Anglos, los Jutos
y los Sajones; al Mediodía de éstos se hallaban los Turingios
y los Longobardos. Desde la Turingia hasta Langres vivían
los Alemanes; desde el Danubio hasta los Cárpatos, los Gépidos;
en la Hungría los Ostrogodos; en la Nórica los Ruges; los
Hérulos del mar de Azov invadieron el imperio, y otros se
enseñoreaban de la alta Panonia. La Bohemia recibió el nombre
de los Boyos, quienes mezclados con otros Teutones formaron
la liga de los Bávaros.
Caído
Atila, comparecieron los Eslavos, que se extendieron desde
el Adriático hasta el mar glacial, y del Báltico al Kamchatka,
distintos de la estirpe germánica y de la mongólica. En
los países conocidos ahora por los nombres de Prusia y Lituania,
otros Eslavos vivían ignorados, y más hacia Levante otros
pueblos de raza finesa.
Y
finesa debía ser la nación que, por los tiempos de Abraham
invadió el Asia Occidental, y se separó formando dos divisiones;
una que penetró en Europa y de la cual quedan restos en
la Laponia, en la Finlandia y en la Noruega; y otra que
se dirigió al Noroeste del Asia, pero cuyas trazas es imposible
seguir, a menos de querer encontrarla de nuevo en los Hunos,
en los Ávaros y en los Votiacos de la Siberia. Cuando los
Yung-nu perdieron el dominio de la China, fueron a chocar
con los Hunos y los Ávaros, empujándolos sobre el imperio,
y después fueron rechazados a la Rusia meridional. De raza
finesa eran también oriundos los Búlgaros, que hostigaron
mucho al imperio de Oriente.
81.- Imperio de oriente. Justiniano
Constantinopla, no expuesta como Roma al poderío de los
ejércitos, ni a las reminiscencias del Senado y los magistrados,
descansaba en el despotismo, al mismo tiempo que su estupenda
posición la preservaba de las correrías de los Bárbaros
y de las hostilidades de los Persas, quienes se presentaban
con un solo ejército, siendo por esto más fáciles de vencer
por la disciplina griega. El emperador era déspota, a pesar
del cristianismo, pero manejado por cortesanos, eunucos
y mujeres. El pueblo se disputaba sobre política y materia
dogmática, dividido en partidos, por los cuales exponía
su vida, y luego se negaba a arriesgarla por la salvación
de la patria. En su lugar se alistaban mercenarios, que
se instruían en la disciplina romana.
480 – 488
Con
Teodosio II y Marciano concluyó la familia del gran Teodosio
hasta en Oriente; los soldados colocaron en el trono a León,
y a Zenón después. Este, débil y supersticioso pretextó
combatir las herejías publicando un edicto de unión (Henoticon),
al cual no quisieron adherirse los papas de Roma. El emperador
tuvo en su ayuda al godo Teodorico, a quien prodigaba honores
y riquezas, hasta que teniéndole celos, le propuso que emprendiese
la conquista de Italia y Roma.
491
Anastasio, viejo ya, sucedió a Zenón; abolió muchos gravámenes,
hizo la guerra a los Isauros y a los Búlgaros, y levantó
una muralla desde la Propóntide al Euxino. Se mezcló por
cuestiones de herejías proscribiendo obispos y monjes, por
lo cual se suscitó encarnizada guerra.
518
Muerto
Anastasio a la edad de 88 años, el soldado Justino compró
los votos de las guardias, y, proclamado emperador, sometió
Constantinopla a la fe de Roma. Su sobrino Justiniano fue
el único grande entre los emperadores de Bizancio, aunque
dominado y deshonrado por su mujer Teodora. Las contiendas
del circo entre los Verdes y los Azules, crecieron hasta
convertirse en abierta sublevación, y el incendio destruyó
admirables obras de arte, mientras morían treinta mil personas
en el hipódromo.
Persia -435 – 534
En
Persia los reyes eran proclamados o derribados por los partidos;
rompieron las hostilidades con los emperadores de Oriente,
y con frecuencia los vencieron imponiéndoles un tributo
que negábanse luego a pagar, lo cual dio origen a nueva
guerra. Terrible para los emperadores fue el rey Cosroes,
quien después de haber establecido el orden interno y favorecido
a las artes, extendió sus dominios hasta el Yaxartes, el
Indo y el Egipto, hasta el mar en la Siria, y hasta el Ganges
y sobre gran parte de la Arabia. Aunque Belisario y Narsetes,
generales de Justiniano, habían derrotado a los Persas,
procurose mantener la paz con estos pagándoles once mil
libras de oro. Justiniano fue inducido a celebrar esta paz
por el deseo de llevar la guerra a los Vándalos, que ocuparon
las provincias de África, persiguiendo a los Católicos y
oprimiendo a los naturales del país; pero hallaron resistencia
en los Moros. Al valeroso Genserico había sucedido el cruel
Hunerico, y a éste, Huderico, quien abandonando el arrianismo,
protegió a los católicos, y parta sostenerse contra su émulo
Gelimero, invocó el auxilio de Justiniano. Este, para hacerle
la guerra, escogió a Belisario, quien, como los aventureros
de la Edad Media, asalariaban a expensas propias un cuerpo
de lanceros a caballo, al cual se unían tropas de todas
armas. Trasladándose al África y usando austera disciplina,
venció en Tricamerón a Gelimero que tenía fuerzas veinte
veces mayores; conquistó homenajes y tributos de los Vándalos
y de los Moros, y finalmente hizo prisionero a su terrible
enemigo.
Belisario tenía en la Corte enemigos que propalaron la voz
de que quería hacerse rey de los Vándalos; por cuyo motivo
fue llamado a recibir los honores del triunfo antes de que
consolidase la conquista; y muy pronto, dispersos los Vándalos,
aquellas provincias fueron presa de los Moros. Belisario
sojuzgó también las islas del Mediterráneo y la Sicilia;
combatió a los Godos de Italia, y aquietó las sublevaciones,
que con frecuencia estallaban, a causa de los exorbitantes
impuestos con que Justiniano gravaba a los pueblos sojuzgados.
Cosroes – 540 – 542
Cosroes
vio con recelo tales conquistas, que amenazaban a la Persia,
y rompió las hostilidades devastando países; habiendo tomado
con grandes dificultades a Antioquía, la abandonó a la destrucción.
Justiniano llamó de Italia a Belisario, quien con un ejército
compuesto de gente de toda clase, invadió las provincias
persas, y obligó a Cosroes a retirarse. Pero después que
los envidiosos de Constantinopla le hicieron quitar el mando,
Cosroes se rehízo y obligó a Constantino a comprar la paz
por dos mil libras de oro.
No
tardó en surgir la ocasión de una tercera guerra, en la
cual Cosroes, vencedor al principio, tuvo al fin que aceptar
la paz, abandonando la Cólquide y dejando libre el culto
cristiano en la Persia.
Aunque
vencedor de los Vándalos en África, de los Ostrogodos en
Italia y de los Visigodos en España, Justiniano tenía que
habérselas siempre con nuevos Bárbaros: Ávaros, Gépidos,
Búlgaros y Longobardos. Contra estos mandaba a Belisario,
a quien retiraba el favor tan pronto como cesaban sus servicios,
y quien, a pesar de semejante ingratitud, volvía siempre
a combatir y a vencer. Pero prevalecieron los envidiosos,
hasta el punto de que le célebre caudillo, siendo ya viejo
y ciego, fue expulsado y mendigó el resto de su vida.
543 – 550
Las
bajas condescendencias con su mujer y sus favoritos disminuyen
la gloria de Justiniano, quien sufrió por continuos motines
internos y grandes desventuras naturales, entre las cuales
hubo una peste tan desastrosa que en Constantinopla causaba
la muerte a diez mil personas al día. Él cerró la escuela
filosófica de Atenas, rompiendo así la cadena de oro de
los Neo-platónicos. Además de querer ser poeta, arquitecto
y músico, quería ser teólogo, y persiguió a Hebreos y a
herejes, aunque él mismo cayó en la herejía de los Incorruptibles,
que pretendían que le cuerpo de Cristo no podía haber estado
sujeto a padecimiento ni a corrupción. Construyó en Constantinopla
el insigne templo de Santa Sofía y veinticinco iglesias,
grandes acueductos e infinitas obras artísticas; introdujo
el gusano de seda, con lo cual ahorró las crecidas sumas
que cada año pasaban al país de los Seres para la compra
de aquel hilo precioso.
82.- Los códigos
Lo
que más fama dio a Justiniano fue su código. Hemos seguido
el desarrollo de las leyes desde el estricto derecho patricio
hasta la equidad de los edictos pretorios, y luego hasta
la igualdad bajo los emperadores, que sustraían la ley a
las fórmulas civiles y dieron a los jurisconsultos el derecho
de interpretarla. Por esto la jurisprudencia se perfeccionó
cuando decaían las artes y las letras, y el espíritu filosófico
se inclinó a examinar detenidamente los hechos y el derecho;
desde Nerva hasta Teodosio II hubo las disposiciones más
sabias, precisas y circunstanciadas que concernieron los
derechos reales y la familia.
438
Fuentes
del derecho fueron las XII Tablas, nunca abolidas, los primitivos
plebiscitos, los senadoconsultos, los edictos de los magistrados
y las costumbres no escritas; pero solo estaban en uso,
en la práctica, los escritos de los jurisconsultos clásicos
y las constituciones imperiales. No obstante, habiendo aumentado
extraordinariamente estos escritos, fue preciso que los
emperadores designasen los jurisconsultos que habían de
servir de pauta, y se dio fuerza de ley a las sentencias
de Papiniano, Paulo, Gayo, Ulpiano y Modestino; en caso
de discordancia, se seguía la opinión del mayor número;
y en caso de empate la de Papiniano; y cuando éste nada
decía en el asunto, prevalecía la prudente determinación
del juez. De modo que la justicia estaba reducida a citaciones.
Los jueces tenían que retroceder a siglos anteriores, a
épocas en que la equidad del cristianismo aún no había corregido
las preocupaciones de los doctos y el despotismo de los
gobernantes; y los rescriptos de los emperadores habían
aumentado considerablemente, sobre todo para actuar las
grandes innovaciones del cambio de religión. Temiendo que
por ésta destruyese Constantino las leyes de sus antecesores,
ya dos jurisconsultos habían reunido las publicadas desde
Adriano hasta Diocleciano, formando los dos códigos que
tomaron de sus autores los nombres de Hermogeniano y Gregoriano.
Después Teodosio II mandó hacer la primera colección auténtica
de las constituciones romanas, y confió a diligentes jurisconsultos
el trabajo de compilar en tres años el cuerpo del derecho,
que tomó el nombre de Código Teodosiano y fue promulgado
en ambos imperios, para que prevaleciese sobre todas las
demás leyes. Graves son sus defectos, y no fue la única
ley romana, pues siguieron con fuerza de ley las decisiones
de los jurisconsultos, los cuales hallándose reducidos al
imperio de Oriente, no siempre sabían distinguir lo que
aún estaba vigente de lo que había caducado. Sentíase, pues,
cada vez más la necesidad de una legislación que se adaptase
al nuevo derecho, implantado sobre el cristianismo.
Justiniano aspiró a la gloria de realizar esta empresa,
y confiola a Triboniano, natural de Side de la Panfilia,
hombre dotado de gran ingenio, quien eligió sus colaboradores
entre los profesores de las academias de Constantinopla
y de Berito; con los cuales formó el Código Justiniano,
decretado en 528 y concluido el año siguiente, quedando
abolidos los tres códigos anteriores. Extractando 2000 tomos
y las decisiones de los jurisconsultos, se sacaron los más
importantes teoremas de derecho civil, formando las Pandectas,
o Digesto. Para comodidad de la juventud se compusieron
las Instituciones. A la obra fueron añadidas las Novelas,
leyes promulgadas posteriormente a Justiniano.
Antes
de su reforma, en las escuelas de derecho había cuatro profesores
con el título de ilustres; cinco años duraba el curso, y
cada año habían de curarse por lo menos dos obras de Gayo,
Ulpiano y Papiniano. Luego estos fueron desterrados de las
escuelas y sustituidos por las Instituciones y las Pandectas.
El
Código de Justiniano es el documento más insigne de la civilización
romana y de los errores que la contaminaban cuando el hombre
todavía no era apreciado más que como ciudadano. El padre
de familia ejercía absoluta autoridad; los esclavos eran
tenidos por cosas; la manumisión y la ciudadanía establecían
tamaña diferencia entre hombre y hombre. Justiniano no disminuyó
la severidad de las leyes penales, mucho menos de aquellas
que se refieren a ofensas al emperador, o a sus ministros,
o a sus imágenes, mientras que se disimularon los plebiscitos
inspirados en la libertad republicana. Triboniano hace algunas
veces sancionar leyes menos justas para favorecer o perjudicar
en casos particulares; y no siempre abolió las que estaban
inspiradas en el derecho prescrito; por lo cual se transmitió
a las generaciones sucesivas un espíritu extraño al amor
y a la benevolencia predicada por el Evangelio. Sin embargo,
es asombroso que semejante obra se realizase en tiempo de
tanta decadencia. Justiniano comenzó por su profesión de
fe en la Trinidad, reconociendo que la autoridad emana de
Dios; y dedujo de la Iglesia la igualdad de los hombres,
la rehabilitación de la persona moral, la sabia democracia
y el constante progreso.
83.- Justino II. Heraclio
565
A
Justiniano se le dio por sucesor a su sobrino Justino, quien
dominado por su mujer Sofía e inclinado al ocio, dejaba
que los Bárbaros avanzasen. Tuvo por colega y sucesor a
Tiberio, excelente príncipe, y después a Mauricio. Renováronse
entonces las guerras con los Persas, y el gran Cosroes murió
afligido a causa de las derrotas que oscurecieron el esplendor
de su reinado. Sus sucesores no tuvieron mejor fortuna;
los Magos turbaron el reino, y el emperador Mauricio protegió
contra estos a los sucesores de Cosroes, los cuales con
tal motivo hostigaron a Focas; pero Mauricio fue degollado.
Heraclio y Cosroes II - La Cruz
Heraclio, hijo del exarca de África, comenzó una dinastía
que duró cuatro generaciones. Cosroes II, que oprimía entonces
a los Persas, pasó el Éufrates y devastó a Cesarea, Damasco
y Jerusalén. A la conquista de esta última era instigado
por los Magos, enemigos del cristianismo, y por los Hebreos,
codiciosos de su patria; por esto fueron maltratados los
cristianos que en ella se encontraban, y el patriarca Zacarías
fue llevado a la Persia con el madero de la Cruz. Cosroes
y sus generales dilataban las conquistas por el Asia y el
África, de tal manera que parecía que habían de absorber
el imperio de Oriente, tanto menos capaz de resistirles,
cuanto era asediado por los Ávaros, que saquearon por fin
los arrabales de Constantinopla.
622
Heraclio
pensaba buscar un refugio en Cartago, cuando el patriarca
le infundió valor; y él resistió a Cosroes, quien aceptó,
al cabo de seis años de guerra, un cuantioso tributo, que
Heraclio se preparó a rescatar. El emperador tomó a sueldo
muchos Bárbaros, desembarcó con ellos en la Siria, y animando
a los soldados con su propio ejemplo, entró en la Persia,
derribando en todas partes los altares consagrados al sol;
llegó hasta Isfahan, donde ningún Romano había penetrado,
y se dirigió contra la capital del imperio. Resuelve imitarlo
Cosroes, solicitando el auxilio de Ávaros, Gépidos, Rusos
y Búlgaros que atacan a Constantinopla; pero el Senado y
el pueblo resisten valerosamente, atribuyendo a la Virgen
María la gloria de aquella defensa.
627
Proclamada la guerra nacional, Cosroes dirigió al pueblo
contra los invasores romanos. En la batalla de Nínive, Heraclio,
combatiendo en persona, dio muerte a tres generales enemigos,
y prendió fuego a Destagarda, la capital, donde encontró
tesoros que excedían a sus esperanzas. Trocado en cobardía
el antiguo valor de Cosroes, fue éste vilipendiado y muerto
por su propio hijo Siroes. Heraclio recibió de Siroes proposiciones
de paz, e hizo que le restituyeran 300 banderas, los prisioneros
y el madero de la Cruz, que fue llevado en triunfo religioso
a Constantinopla y de allí a Jerusalén.
Los
dos imperios conservaron las mismas fronteras que antes,
después de haberse derramado tanta sangre y arruinado a
las provincias, ya con las devastaciones de la guerra, ya
con exorbitantes impuestos.
84.- Los Bárbaros en Italia. Teodorico
Odoacro,
caudillo de aquellas bandas de aventureros, a quienes encargaban
su propia defensa los débiles emperadores, derribó el trono
de éstos, titulándose rey, pero dejando subsistir el Senado,
los cónsules, los magistrados municipales y el prefecto
del pretorio; no pretendió ejercer supremacía alguna sobre
las demás naciones; suplicó a Zenón, emperador de Oriente,
que le concediese el título de patricio, honor que la fue
negado. Protegió a Italia de otros invasores, ahorró sufrimientos,
e hizo cultivar por sus bandas los terrenos abandonados.
488 – 495
Teodorico, rey de los Ostrogodos, propuso a Zenón dirigirse
a Italia, recobrarla de los Bárbaros y gobernarla en su
nombre. Al anuncio de tal empresa y de tal capitán, fueron
muchos los que acudieron; Odoacro, que intentaba oponerse
al paso de los Alpes Julianos, fue derrotado cerca de Aquilea
desde luego y después en Verona, logrando salvarse únicamente
en Rávena, donde pactó la vida; pero le fue traidoramente
quitada. Toda Italia se sometió a la fortuna de Teodorico,
quien se consideró único señor de ella, y lugarteniente
de Constantinopla; cuando el emperador Anastasio mandó una
flota que saqueó las playas de la Apulia y la Calabria,
Teodorico le hizo pagar cara aquella incursión, sin que
por esto dejase de llamarlo padre y soberano.
Extendió
su dominación por la Retia, la Nórica, la Dalmacia y la
Panonia; los Suevos y los Hérulos manifestaron deseos de
vivir bajo sus leyes; domó a los Francos, juntó a los Ostrogodos
con los Visigodos, y dominó en fin desde los montes Macedónicos
hasta Gibraltar, y desde la Sicilia hasta el Danubio.
En
Italia, según la costumbre de los Bárbaros, dio una tercera
parte de los terrenos a sus secuaces; y si hemos de dar
crédito a los cronistas y al panegírico del obispo Enodio,
el pueblo vivía menos mal; los sabios eran protegidos; estaba
asegurada la paz; era reservada a los naturales de cada
país la administración municipal, así como los juicios,
el reparto y cobro de las contribuciones, y por consiguiente
el ejercicio de algunos altos empleos. El monarca godo se
valió incesantemente de Boecio y Casiodoro, últimos escritores
romanos. Obras de ellos fue el Edicto, que debía ser observado
por los Bárbaros y los Romanos. Invitó a los prófugos a
que volvieran, rescató a los prisioneros, trasladó esclavos,
salubrificó [sic] las lagunas Pontinas, mostrose respetuoso
y condescendiente con el Senado y el pueblo de Roma; hizo
en fin todo lo que podía disimular el gobierno de un bárbaro.
526
A
pesar de ser arriano, reverenció y escuchó a los obispos
católicos, y protegió la elección de los Papas; pero habiendo
Justiniano perseguido en Oriente a los arrianos, Teodorico
se volvió intolerante y receloso, hasta el punto de prohibir
a los Italianos toda clase de armas, a excepción del cuchillo.
Habiendo concebido sospechas de Boecio, cónsul, patricio
y maestro de oficios, lo metió en la cárcel, donde escribió
el Consuelo de la filosofía, y más tarde le hizo dar la
muerte, como a su sucesor Símaco. Los remordimientos aceleraron
la muerte de Teodorico, que fue uno de los mejores reyes
bárbaros, y dejó un vastísimo reino, que parecía destinado
a sustituir al imperio romano.
Sucedióle entonces su culta y bella hija Amalasunta, como
tutora de su hijo Atalarico; honró a su padre con un magnífico
mausoleo en Rávena; procuraba introducir las artes y las
costumbres romanas entre los Godos, y en ellas educaba a
su hijo, que murió muy joven. Hizo que se encargase del
gobierno su primo Teodato, avaro y pusilánime, que poseía
gran parte de la Toscana, y que, habiéndose atraído el desprecio
de los Romanos y de los Godos, condenó a muerte a Amalasunta.
535
Ello
causó gran disgusto a los Italianos, los cuales solicitaron
el auxilio de Justiniano, quien mandó allí a Belisario con
Hunos, Moros y otros Bárbaros que con él habían triunfado
en África. El insigne guerrero pasó con sus fuerzas de Sicilia
a Reggio, y de Reggio a Nápoles; y aunque Teodato armaba
200000 Ostrogodos, únicamente pensaba en concluir la paz.
Pero los suyos lo destituyeron, poniendo en su lugar al
valeroso Vitiges, que asedió a Roma, donde había entrado
Belisario como libertador. Este escaseaba de soldados y
de medios de defensa, pero era estimado y contaba con el
apoyo de los Italianos y del clero. Teodorico, rey de los
Francos, aprovecha la ocasión para pasar los Alpes y saquear
el país en perjuicio de Godos y Romanos. A pesar de todo,
triunfa Belisario, asedia a Vitiges en Rávena, sojuzga a
los Godos, y rehúsa la corona que le ofrecen. La envidia
que le perseguía, como en otra ocasión hemos dicho, hizo
que se le diese la orden de volver a Constantinopla, adonde
condujo al prisionero Vitiges. Los restos de los Godos se
retiraron allende el Po, guiados por Uraya, quien hizo elegir
por rey a Hildebaldo, valeroso guerrero, que no tardó en
morir a manos de los suyos; sucedió a éste su sobrino Totila,
que estaba dispuesto a hacer los últimos esfuerzos por restaurar
la nación goda.
541 – 546 – 549
Venció,
en efecto, varias veces y sujetó toda la Italia meridional;
tomaba las ciudades para desmantelarlas, y acampó junto
a Roma. Entonces en Constantinopla se juzgó preciso mandar
otra vez a Belisario; pero, mal provisto éste, no pudo impedir
que Roma fuese tomada a su misma vista, expulsados los ciudadanos
y llevados los senadores en clase de rehenes. Pronto la
recobró Belisario, mas con tan pocos soldados, que no tardó
en tomarla nuevamente Totila, quien intentaba convertirla
en capital del reino godo, renovando en ella el Senado y
el gobierno. Despojada la Sicilia y sometidas Córcega y
Cerdeña, Totila insultó con 300 galeras las costas de la
Grecia.
Reclamado Belisario, le fue antepuesto Narsés, eunuco valeroso
y estimado, quien no aceptó la empresa sino con medios suficientes.
Habiendo reclutado Bárbaros de toda especie, dio junto a
Nocera una batalla en la cual Totila quedó muerto, y fue
Roma tomada por la quinta vez, llegando al colmo de la desolación.
Los
Godos, sin haber perdido aún las esperanzas, dieron la corona
a Teya, quien cayó en el campo de batalla, y con él pereció
el reino de los Ostrogodos. Mientras tanto se habían arrojado
sobre Italia Francos y Alemanes, despojándola de lo poco
que quedaba al cabo de diez y ocho años de continua guerra.
Formó entonces la Italia uno de los diez y ocho exarcados
del imperio; Roma, desierta de habitantes, fue pospuesta
a Rávena, donde durante trece años gobernó Narsés desde
los Alpes hasta el Estrecho, tratando de establecer algún
orden, repoblar los campos y fundar municipios.
85.- Los Longobardos
567
Los
Longobardos fueron establecidos en la Panonia por Audoino,
su noveno rey. Aliados con los Gépidos, otro de los pueblos
que ya obedecieron a Atila, no tardaron en romper con ellos.
Turismundo, rey de los Gépidos, fue muerto en el campo de
batalla por Alboino, hijo de Audoino, el cual, venciendo
a Cunimondo, hijo del rey muerto, acabó con el reino de
los Gépidos, quienes se confundieron con los Ávaros, dominadores
de cuanto se hallaba comprendido entre los montes Cárpatos,
el Prut y el Danubio.
568
Alboino
se propuso entonces invadir la Italia; y no ya con un ejército,
sino con un pueblo entero, mezcla de múltiples razas y costumbres,
se lanzó sobre Venecia, dejando para que protegiese los
Alpes Julianos a su sobrino Gisulfo, con el título de duque
del Friul.
Este
método fue seguido en todas partes; cada capitán permanecía
independiente en el país conquistado, aunque obedeciendo
al rey por las necesidades de la guerra; a medida que esta
cesaba, los capitanes se establecían con sus faras (escuadrones)
en países que gobernaban, o mejor dicho, que explotaban
como propios.
584 – 590
Alboino
fue proclamado rey en Milán y creó un palacio real en Pavía;
lanzándose luego en la Umbría, colocó un duque en Espoleto
y otro en Benevento; pero no pudo mantener unidos a sus
secuaces, y le fue, por tanto, imposible sujetar toda la
Italia. Después de haberle hecho dar muerte su mujer Rosmunda,
y de haber sido asesinado Clefis, su sucesor, los treinta
duques no sintieron ya la necesidad de tener un jefe, y
dominaron distinta y militarmente sus respectivos países.
Tomaron el nombre de Romanía las regiones sometidas al exarca
griego de Rávena, el cual colocaba duques en Roma, Gaeta,
Tarento, Siracusa y Cagliari; Nápoles nombraba por sí sus
duques; Amalfi permanecía libre por su comercio; y Venecia
nacía. Los Italianos, refugiados en países libres, solicitaban
siempre el auxilio del emperador, y éste aspiraba a recobrar
la península y excitaba a los Francos a que la invadiesen.
En vista del peligro, los treinta duques proclamaron rey
a Autaris, cediéndole la mitad de sus rentas; el nuevo rey
rechazó a los Francos y llevó sus armas hasta la última
punta de Italia. Autaris tomó por esposa a Teodolinda, hija
del duque de Baviera, la cual, habiendo enviudado, y siendo
dueña de elegir un nuevo esposo, casose con Agilulfo, duque
de Turín, que fue proclamado rey. Teodolinda convirtió de
la idolatría y del arrianismo al catolicismo a su nación,
con el apoyo de Gregorio Magno; fabricó la basílica de San
Juan en Monza, y la tradición le atribuye infinitas obras
públicas.
Los
emperadores de Constantinopla intentaron varias veces abatir
a los Longobardos, los cuales excitaron en contra de aquellos
a los Ávaros, peligrosos aliados. Adaloaldo, sometido a
la tutela de Teodolinda, se deshonró hasta tal punto, que
los jefes lo destituyeron para elegir en su lugar a Ariovaldo,
duque de Turín, después del cual reinó Rotaris, que amplió
el reino y quiso ocupar a Roma.
Después
del primer furor de la conquista, diose cierta regularidad
al gobierno de los Longobardos, cuyos reyes no eran ya simples
capitanes, sino verdaderos príncipes, con su corte, moneda,
autoridades legislativa y judiciaria. Los duques eran déspotas
en el país que les había tocado y en los que conquistaran;
dependían del duque los escultascos o centenarios, que gobernaban
alguna aldea, conducían los soldados a la guerra, y administraban
justicia. A estos estaban subordinados los decanos, jefes
de diez faras, unidas para la administración y para la guerra.
Rodeados
siempre de enemigos y en país enemigo, los Longobardos no
pudieron abandonar jamás el sistema militar; todos los libres
(arimanni) debían tomar las armas y acudir al llamamiento
del rey; por esta razón estaba prohibido cambiar de domicilio
fuera del distrito propio, so pena de ser considerado como
desertor del regimiento.
Como
entre todos los Germanos, conservábase la faida, esto es,
el derecho de poder vengar sus ultrajes, o los de sus parientes
y amigos. Aunque se introdujeron tribunales, éstos se organizaron
militarmente.
Algún
historiador ensalza los tiempos de la dominación longobarda;
pero extranjeros y soldados incultos, ¿cómo podían tener
dichoso ni tranquilo al país? Exterminaron a los nobles
naturales; dividieron los terrenos, reduciendo los propietarios
a tributarios (aldíos), que no podían casarse con mujer
libre, ni servir en la milicia, ni dirigir la palabra a
los tribunales. Las leyes longobardas no se referían más
que a los vencedores, o a actos criminales, los cuales generalmente
se expiaban mediante un precio determinado, que variaba
según la condición de las personas. A los vencidos no les
quedaban tribunales a quienes apelar. El antiguo derecho
solo subsistía en los países no conquistados; los vencidos
pasaban a ser como esclavos pertenecientes a los soldados;
sin embargo, en los asuntos eclesiásticos se conservaba
entre ellos la ley romana, por cuyo motivo adquirió preponderancia
el clero, y el régimen eclesiástico tuvo sus diócesis y
parroquias, sus curas y sus monjes, los cuales eran hermanos,
hijos, allegados del pueblo indígena, que en ellos buscaba
apoyo o consuelo. Los litigios que se originaban, eran sometidos
el arbitrio del clero, única autoridad nacional que había
sobrevivido, y que iba adquiriendo preponderancia.
Pero
el vencedor no hizo jamás partícipe de sus derechos al vencido;
solo entre los Longobardos eran legítimos los matrimonios;
Longobardos solos intervenían en hacer la leyes, que a ellos
solos se referían. Los eclesiásticos gozaban de privilegios
romanos en las cosas eclesiásticas; en las civiles eran
equiparados a los Longobardos, y gozaban también del guidrigildo,
o reparación por los daños recibidos.
86.- Los Francos
481
Como
en otro lugar hemos dicho, el primer rey de los Francos
Salios de que se tiene memoria, es Faramundo, que reinó
hacia el año 420; después se cita a Clodión, que fue derrotado
por Aecio; a Meroveo, que venció a los Hunos de Atila, y
de quien tomaron el nombre de Merovingios los reyes de la
primera estirpe. A vuelta de mil legendarios prodigios fue
proclamado rey Clodoveo, considerado como fundador de la
monarquía franca.
496 – 506 – 511
Entre
seis razas se dividía entonces la Galia. Preponderaban los
Visigodos en las provincias meridionales, los Bretones en
la Armórica, los Borgoñones entre Basilea y el Mediterráneo,
los Alemanes en la Alsacia y la Lorena, y los Francos en
el resto de la Galia septentrional. Los Galos, esparcidos
entre los conquistadores, consideraban como independencia
el estar sometidos al imperio romano. Importaba destruir
el resto de la dominación romana, y lo consiguió Clodoveo,
quien saliendo de su principado de Tournay, dominó el resto
del país. Casose con Clotilde de Borgoña; y para secundarla
se hizo católico, obteniendo del Papa el título de Cristianísimo.
De este modo se atrajo a todos los creyentes. Venció en
Tolbiaco a los Alemanes, apoderándose de toda la Francia
Riniana; hízose dueño después de la Borgoña, con el auxilio
de Teodorico; y venció luego a los Visigodos, sostenido
siempre por los católicos. En medio de la gloria de tantos
triunfos, recibió de Constantinopla la púrpura y la corona
de oro como patricio, con lo cual legitimaba la obediencia
de los Galos.
Hasta
los Francos Ripuarios cayeron bajo la mano del que había
convertido toda la Francia de la democracia militar a la
monarquía. Realizado este ideal, murió Clodoveo en París,
a la edad de 45 años.
Entre
los pueblos teutónicos no se había reducido aún a los primogénitos
el derecho de suceder a la corona; sino que la dividían
entre todos los hijos como perteneciendo a los bienes patrimoniales.
Por tanto los cuatro hijos de Clodoveo se la repartieron,
no geográficamente, sino de manera que cada uno tuviese
una parte de viñedo, de selvas y de prados. Mal se podrían
seguir en un compendio las vicisitudes de cada uno, bastando
decir que sometieron definitivamente a la Borgoña; surgieron
disidencias entre los del Austrasia , habitada casi
exclusivamente por Germanos, y los de la Neustria, habitada
por Galo-Romanos; y se originaron turbulencias por las rivalidades
de Brunequilda y Fredegunda.
Al
fin Clotario II se encontró jefe de toda la monarquía francesa.
El ejército se componía aún de gentes que poseían territorios
con la obligación de servir en la guerra. Las cuestiones
graves se trataban en asambleas.
Para
afianzarse con las leyes y con la religión, Clotario convocó
en París una asamblea, donde por vez primera con los nobles
asistieron los obispos, que representaban y protegían a
los vencidos, sirviéndose de la doctrina y de la dulce justicia
para mitigar la ferocidad de los guerreros. Decretaron la
constitución perpetua, en la cual se garantizaba la paz
pública castigando con la muerte al que la turbase; determinábanse
los modos de elegir a los obispos, a quienes se daba hasta
la jurisdicción temporal sobre los eclesiásticos; y se prometía
al pueblo escucharlo cuantas veces pidiese una disminución
de impuestos.
87.- Los Visigodos en España
466 – 506 – 531
Para
los Italianos, el nombre de los Godos significa barbarie
y destrucción; para los Españoles recuerda un estado feliz,
destruido luego por la irrupción de los Árabes El reino
de los Visigodos fue fundado en España por Walia, y agitado
por discordias intestinas y por luchas con los Vándalos
y los Suevos. Teodorico II recopiló las constituciones visigodas.
El rey más poderoso fue su hermano Eurico, quien aprovechándose
del desquiciamiento del imperio occidental, trató de sojuzgar
cuanto poseía éste en la Galia y en España, y como rey de
tales dominios fue reconocido por el Senado de Roma; pero
Arriano celoso, persiguió a los Católicos. Su débil hijo
Alarico, formó con las leyes romanas aplicables a las costumbres
visigodas, un Breviario para los Galo-Romanos sometidos
a él. Las persecuciones renovadas dieron lugar a que fuese
llamado el franco Clodoveo, que le quitó el reino y la vida,
y hubiera concluido la dominación visigoda de aquende los
Pirineos, si Teodorico, rey de Italia, no se hubiese apresurado
a sostener a su sobrino Amalarico, bajo cuyo nombre Teodorico
en realidad gobernaba. Muerto aquel, fue Amalarico mortalmente
herido en la guerra por el franco Childeberto; con él terminó
la raza de los Amalos, y el reino se hizo electivo. Teudis,
su sucesor, favoreció a los Católicos y rechazó a los Francos;
después de otros, Leovigildo desalojó a los Griegos de Córdoba,
se rodeó de pompa real, y limitó el poderío de los señores.
Las
bases de la nacionalidad española fueron planteadas por
el clero, que intervenía en los asuntos del reino y a menudo
celebraba concilios, donde igualmente se trataban las cosas
civiles que las religiosas, y se hacía justicia a quien
no la había obtenido de los magistrados. En aquellas reuniones,
el vencido era igualado al conquistador, puesto que eran
todos eclesiásticos; los obispos, que habían contribuido
a la elección del rey, recomendaban a los soldados que le
obedecieran, y velaban sobre él para que no violase el juramento
prestado en el acto de la coronación. Los concilios cambiaron,
pues, la constitución del reino, atribuyéndose el derecho
de confirmar la investidura real; después quisieron que
el rey fuese elegido entre la antigua nobleza goda. La España
era, por tanto, una monarquía electiva y representativa
mediante los concilios, asambleas aristocrático-nacionales,
en las cuales se reunían prelados y nobles.
612
Chindasvinto se mostró adversario del clero y la nobleza,
y arrebató privilegios a las ciudades, por lo cual excitó
grave descontento. Pero fue calmado bajo su hijo Recesvinto,
que convocó el VII concilio de Toledo, memorable por sabias
instituciones; formó un códice en doce libros, encaminado
a unificar a los Godos con los Romanos, permitiendo el matrimonio
entre unos y otros.
672
Cada
vez que vacaba el trono, surgían ambiciones y tumultos.
Por esto vaciló en aceptar el reino, el noble y virtuoso
Wamba, y lo defendió después valerosamente contra los Francos
y los Gascones; moderó el poderío del clero, el cual, por
esto mismo, conspiró contra él, lo encerró en un convento,
y ungió por rey a Ervigio, quien dio mayor extensión a los
grandes privilegios de los obispos.
Sucedióle Egica, que reinó entre continuos tumultos, proscribió
a los Hebreos, y ordenó que los hijos de éstos, menores
de siete años, fuesen educados en el Cristianismo y casados
con Cristianos, de cuya medida se originó la distinción
de Cristianos nuevos y Cristianos viejos.
La
España era lanzada al abismo por la debilidad en que caía
la autoridad real, por aquel absurdo orden de sucesión,
por la ambiciosa inquietud de los grandes, y por las intrigas
de los intolerantes eclesiásticos, tan degenerados que sacudieron
toda dependencia de Roma. El último rey fue Rodrigo, sobre
quien la tradición acumula faltas para excusar a los émulos
que llamaron a los Árabes del África.
88.- Inglaterra e Irlanda. Anglo-Sajones
447
Los
Romanos nunca habían realizado completamente la conquista
de las Islas Británicas; cuando se retiraron de ellas las
guarniciones, los Pictos y Escotos salieron de las montañas
y se precipitaron sobre las catorce ciudades del llano,
mientras los corsarios invadían las costas. Extinguido el
poder de los magistrados romanos, tornaron a prevalecer
los jefes de las tribus antiguas, que habían conservado
cuidadosamente sus genealogías; volvieron a usarse la lengua
y las costumbres antiguas, y se restableció el gobierno
de los clanes, es decir, por parentelas, constituyendo un
jefe de los jefes (pendagron) que residía en Londres. Pero
las rivalidades ocasionaban discordias, y Vortigerno, príncipe
de Cornwall , invocó la protección de los extranjeros.
Estos
eran los Sajones, que en frágiles naves se lanzaban a saquear
las costas. A Engisto y Orsa, descendientes del divino Wotan,
se les propuso acomodo, recibiendo en compensación la isla
de Thanet, donde se establecieron, socorriendo a sus partidarios.
Mas pronto prevalecieron, y en vano Vortigerno y los Bretones
intentaron combatirlos; ellos fundaron el reino de Kent
a la derecha del Támesis.
455 – Artús
Otros
Sajones les siguieron y fundaron siete reinos sólo entre
los Cambrios encontraron resistencia en Artús, héroe inmortalizado
por las novelas de la Edad Media, que cuentan que dormía
al pie del Etna con los caballeros de la Tabla redonda,
para acudir mas tarde a libertar la patria. La tradición
asociaba a su nombre el del profeta Merlín, archidruida,
el cual había pronosticado estas desgracias y prometido
la restauración.
También
de las costas del Báltico surgieron invasores. Los Anglos ocuparon
la Bretaña septentrional, aliándose con los Pictos; después
de ruda resistencia arrojaron de allí a los Bretones, que
se refugiaron en el país de los Cambrios, llamado de Gales.
547 – 592 – 593 – 655
La
isla quedó fuera de toda relación con el resto de Europa;
la sanguinaria religión de Odín nutría ideas de estrago
y conquista. Los Sajones estaban distribuidos en compañías
(friburg) de diez hombres libres; diez compañías formaban
la centuria a las órdenes de un conde, y muchas centurias
constituían una división, presidida por un shirgerefa. Los
siete reinos Anglo-Sajones de Kent, Sussex, Wessex, Essex,
Northumbria, East-Anglia y Mercia estaban confederados entre
sí, y sus representantes se reunían en la dieta de los sabios
(Wittenagemot); pero a menudo guerreaban entre sí, y aprovechábanse
de ello los Cambrios para molestarlos. Elegíase uno de los
reyes sajones por bretwalda, o jefe de las fuerzas, cuyo
poder era vitalicio. El Evangelio se había introducido en
aquella isla desde muy al principio, pero fue extinguido
por la conquista, hasta que Etelberto, rey de Kent, se casó
con Berta, hija de Carberto, rey de París; princesa católica
que llevó consigo algunos sacerdotes, preparando de este
modo los Sajones al bautismo. Gregorio Magno, entonces pontífice,
expidió misioneros para aquella isla, y nombró obispo de
Canterbury al abate Agustín; el mismo rey aceptó el bautismo
con 10000 Sajones; pronto se instituyeron doce obispados
con una iglesia metropolitana en Londres y otra en York,
merced a cuyas instituciones se introdujeron artes y letras.
Rudo golpe recibió la religión civilizadora, ya de los extraviados
Bretones, ya de los idólatras de Mercia; junto a Leeds se
dio la última señalada batalla entre el cristianismo y la
idolatría, y esta sucumbió. Chedwalla, rey de Wessex, recibió
el bautismo de manos de Sergio I en Roma, donde su sucesor
fundó la iglesia de Santa María in Saxia, con un hospital
para los peregrinos de su nación, y un colegio para jóvenes,
a cuyo sostenimiento se ordenó que todos los súbditos contribuyeran
con el dinero de San Pedro. Por último, Egberto reunió toda
la isla bajo su cetro.
Gales
Muchos
hijos del país huyeron a la Bretaña continental, conservando
su libertad y su lengua patria. Otros se defendieron con
tenacidad en los montes, fundando los reinos de Gales occidental,
Gales oriental y Cumberland, manteniéndose independientes
hasta el año 750, en que los Cambrios llegaron a ser tributarios
de los Sajones. En el país de Gales excitaban el valor de
los indígenas los Bardos, poetas que lograron conservar
de tal manera el amor patrio, que aquella pequeña reliquia
de una gran nación, nunca creyó haber muerto, confiando
en que un día volvería a dominar toda la isla.
Irlanda - 590
La
antigua población sobrevivía intacta en la Irlanda, país
de los santos, madre de los grandes pensadores y de los
ardientes patriotas. Estaba dividida en tribus, y estas
formaban cinco Estados. El cristianismo fue predicado allí
desde el principio de la propaganda de esta doctrina. Allí
floreció Colum (San Columba) , que anduvo predicando
a los Pictos y Escotos, pasó a las Galias a evangelizar
a los habitantes de los Vosgos , luego a orillas del
lago de Zúrich, y por fin a Italia, donde fundó el monasterio
de Bobbio. Muchos jóvenes anglo-sajones iban a educarse
en los conventos de Irlanda; los monjes eran mucho más numerosos
que los clérigos; muchos reyes y reinas abandonaron el manto
para entrar en los conventos; las leyes fueron siendo cada
vez más dulces y justas, mayormente las dictadas por los
concilios, celebrados allí por los legados de Adriano I.
89.- Condición de los Bárbaros
Los
invasores del imperio llevaban consigo los usos y costumbres
de las selvas nativas. Todo hombre libre era soldado al
ser convocado al eriban. Otros libres no propietarios formaban
la banda guerrera, a las órdenes de un jefe, a quien obedecían
estos voluntarios en las expediciones. Tales fueron las
bandas que invadieron el imperio; y no eran numerosísimas
al principio como el miedo lo hacía creer, de modo que no
pudieron cambiar la índole de los países, como cuando emigra
un pueblo entero. En las provincias, disgustadas por los
vejámenes romanos, no hallaban la obstinada resistencia
del patriotismo, ni eran, por tanto, excitados a la crueldad.
Excepto los Hunos, los Bárbaros eran ya cristianos, y el
clero de estos, bastante respetado, servía para disminuir
los sufrimientos, por cuyo motivo la opresión no va parangoneada
con la que sufrió el Asia de los Turcos, o la América de
los Españoles. El grandísimo número de esclavos no empeoraba.
Los Bárbaros tuvieron con frecuencia que valerse de la obra
de los Romanos para administrar justicia, escribir cartas,
dictar leyes, todo lo cual encontramos redactado en el idioma
de los vencidos.
Sus bienes
Los
bienes se dividían entre vencedores y vencidos; no se halla
bien determinado con qué norma se hacía tal división por
dominadores armados; parece que al fin los naturales perdían
todas sus posesiones, pasando a la condición de tributarios,
poco superior a la de siervos. Algunos libres permanecieron
en las ciudades, constituidos en corporaciones de oficios
y sujetos al jefe de la ciudad, más interesado en conservar
a éstos que a los agricultores.
El
alodio, es decir, la propiedad absoluta tocaba al vencedor,
estaba exenta de contribuciones, y confería la plenitud
de los derechos civiles y el de hacer la guerra a expensas
propias. Por consiguiente, las leyes se esforzaban en mantener
la sucesión en los varones, de donde provino la famosa Ley
sálica, por la cual los hombres no tienen sucesión al trono
[sic].
Los
primeros vencedores conceden algunos terrenos a sus fieles,
a título de beneficio. Los censivos o tierras tributarias,
eran cultivadas por colonos, que pagaban un canon anual,
y sólo podían ser arrebatadas cuando los colonos faltaban
a sus obligaciones.
En
las personas se distinguían varios grados, según los cuales
se determinaba la multa que se debía pagar por injuria o
muerte. Eran nobles los vasallos que únicamente dependían
del rey; libres o arimannes, los que dependían de la jurisdicción
de aquel en cuyas tierras vivían, y tributarios o censuales
los que debían homenaje y fidelidad a un señor. Mujeres,
niños y siervos estaban sometidos al pariente más próximo
y al señor. Pocos eran, en suma, los que gozaban de completa
libertad; privados de ella estaban los colonos, esclavos
del terreno, y mucho más los siervos, tanto si lo eran por
nacimiento como por degradación. La condición de estos últimos
mejoraba mucho, sin embargo, al ser protegidos por las leyes.
Constitución
Los
individuos de una comunidad cualquiera eran responsables
de los actos de cada uno, defendiéndolo, vengándolo, heredando
sus bienes si no tenía sucesores, y pagando sus multas.
La mayor parte de las penas podían redimirse con dinero.
La injuria personal era vengada por el ofendido o por los
suyos.
La
constitución se debió cambiar al establecerse en países
nuevos, y efectivamente los reyes adoptaron algo del fasto
de los emperadores. Su autoridad era limitada en todos sentidos
por las asambleas de la nación, donde, además de dictar
las leyes, se administraba la justicia cuando se trataba
de un igual. La hacienda no adquirió importancia hasta que
las contribuciones reemplazaron a los servicios personales
y los reyes tuvieron que dar sueldo a los ejércitos y a
los magistrados.
Se
discute si, con la conquista, se perdieron los municipios.
Como en estos continuaba la necesidad de proveer a su propia
policía, a las comodidades, a la seguridad, cosas a que
no atendían los Bárbaros, es probable que durasen, aunque
no legalmente reconocidos.
Carácter
especial de algunas legislaciones bárbaras es la personalidad
de la ley, por la cual en un mismo país habitaban personas
que vivían según la ley romana, otras según la longobarda,
y otras según la franca, siendo cada ley aplicada por escabinos
de la respectiva nación.
Los
procedimientos judiciales eran públicos, y a cada hombre
libre incumbía la obligación de concurrir al juicio; los
vasallos, los colonos y los siervos permanecían sujetos
a jurisdicciones del señor. Las pruebas eran diferentes
de las nuestras, siendo las más características los conjurantes,
la ordalía y el duelo. El acusado de un delito podía aducir
un número cualquiera de personas que jurasen su inocencia.
Esforzábase la sociedad en cambiar la venganza privada en
pública. El pueblo entero o la tribu armábase para las venganzas.
Los reyes y los sacerdotes, deseosos de evitar conflictos,
establecieron ciertas reglas, por ejemplo, que había de
trascurrir un tiempo dado entre la ofensa y la venganza,
que las iglesias y conventos fuesen lugares de asilo, que
ante todo se tratase de la composición, es decir, de la
multa que el ofensor había de satisfacer para aquietar al
adversario.
Juicios de Dios
Para
evitar las luchas privadas, se introdujo el duelo judicial,
con ciertas prescripciones. Por tal procedimiento se decidía,
no sólo de las injurias, sí que también de las diferencias
particulares y públicas, y hasta de puntos legales. La causa
propia podía confiarse a un campeón, como siempre acontecía
tratándose de mujeres y de sacerdotes. El éxito era juzgado
como un juicio de Dios. Otros juicios de Dios se fundaban
luego partiendo del principio de que Dios, autor de la justicia,
la favorecía en todos los casos particulares, aunque fuese
con un milagro. Por ejemplo, se andaba sobre tizones y ramas
ardientes, se sacaba con la mano una bola del fondo de una
caldera llena de agua hirviendo, se empuñaba un hierro candente,
se comía un gran pedazo de pan y queso, y todo el que salía
en bien de estas y parecidas pruebas, era declarado inocente.
La Iglesia no aprobó estos juicios, pero los rodeó de ritos,
que los hicieron menos fáciles y más temidos.
Códigos
Doce
códigos tenemos de los pueblos invasores. El Edicto de Teodorico,
de que hemos hablado en otra parte de este compendio, se
funda en la razón humana, y somete a ésta a los mismos Godos,
salvas sin embargo las leyes consuetudinarias de la patria.
Alarico, rey de los Visigodos, publicó el Breviario que
consiste en una compilación de leyes romanas. Los Romanos
Borgoñones se sirvieron del Papiani Responsum, compilación
más complexa. La Ley sálica es la más antigua de las leyes
bárbaras; fue compilada entre las selvas natales, pero nunca
tuvo autoridad legal, constando de disposiciones consuetudinarias,
indigestamente dispuestas; en ella se consigna la célebre
orden de que «la tierra sálica no pueda ser trasmitida a
mujeres, y que la herencia pase entera a los varones,» la
cual fue aplicada a la sucesión regia.
Para
los Francos Ripuarios, Tierry hizo una legislación penal,
tan rústica como la precedente.
Los
Borgoñones tuvieron la Ley Gombeta, de Gundebaldo, con buenas
instituciones; además de las composiciones, se aplicaban
también penas corporales; se atendía a la propiedad y a
los testamentos, en concordancia siempre con las instituciones
romanas.
El
visigodo Chindasvinto hizo compilar el Fuero juzgo, que
es un verdadero código, que se extiende a cuanto ocurre
en la sociedad, abrazando el derecho político, el civil
y el criminal y emanando de los importantes concilios nacionales
de España, en los cuales preponderaba el clero; por esto
en el Fuero juzgo se conceden al clero tantos privilegios;
los delitos se estiman según la intención del que los comete;
se protege la vida y el honor de los siervos; se respeta
el matrimonio y otorga participación de la herencia a las
mujeres.
Rotaris
dio leyes a los Longobardos de Italia, recogiendo y enmendando
los edictos de reyes predecesores, a los cuales añadieron
otros sus sucesores. Las primitivas se resienten de la barbarie
de su origen; poco a poco se ennoblecen; a veces es irrogada
la pena capital; se atiende al honor de la mujer; todos
los hijos son igualmente llamados a la herencia; los procedimientos
judiciales son sencillos y muy breves, y entre las pruebas
es admitido el duelo.
Las
leyes por las cuales se regían los Bávaros parecen compiladas
en tiempo de Dagoberto, deducidas unas de las romanas y
otras de las visigodas; se parecen a la ley de los Alemanes,
promulgada en presencia de treinta y tres obispos.
El
código de los Anglos y el de los Frisones nada tienen de
las leyes romanas, y es que aquellos pueblos nunca hicieron
irrupción sobre el territorio del Imperio. Pocos fragmentos
han quedado de las leyes anglo-sajonas, hechas por los heptarcas
y dictadas en inglés. La ley de los Sajones fue recopilada
probablemente en tiempo de Carlo Magno, y trata menudamente
de la tarifa de precios impuestos por las ofensas.
Costumbres
Estas
leyes son la mejor revelación de las costumbres de los Bárbaros;
y prueban, por otra parte, cuán ignorantes eran estos cuando,
para escribirlas, tuvieron que servirse de los Romanos.
La necesidad de evitar una infinidad de violencias de toda
especie, se desprende del minucioso cuidado con que son
especificadas las faltas y las penas consiguientes. Los
símbolos con que los Romanos representaban algunos actos
civiles reaparecen aquí. Si se trata de una venta, se entrega
al comprador una rama de árbol, o un cuchillo, una varilla,
un césped, o a veces un tiesto, en el cual se ha plantado
una ramita. Las dignidades eclesiásticas se conferían entregando
el báculo pastoral y el anillo, y las menores con el birrete,
el cáliz, un candelero y las llaves de la iglesia; a los
reyes se les daba la investidura con la espada y la lanza,
y en otras ocasiones se estrechaba la mano, o se daba un
beso, o se tocaba una columna, o se recibía la comunión,
o se bebía en la copa de otro, según la importancia del
acto.
La
moralidad no podía ser mucha entre gente que había abandonado
su patria para llevar a extraños países sus armas y su ferocidad;
pero sus vicios se diferenciaban de la corrupción romana.
Entre ellos se tenía tal conciencia de la importancia personal
y de la dignidad, que hasta se castigaban por medio de leyes
las palabras injuriosas. El lujo era dispendioso, pero grosero;
groseras las diversiones, la principal de las cuales era
la caza, para cuyo ejercicio se reservaban grandes bosques
y se castigaba duramente al que matare un halcón. La cabellera
larga era señal de libertad. Las mujeres eran tratadas con
cierto respeto, aunque se les ponía precio atendida su utilidad;
dependían siempre del marido o del padre, y si eran infieles,
eran abandonadas a la venganza del marido. A mujeres se
atribuye en su mayor parte la conversión de estos pueblos,
y la fama ha consagrado los nombres de Fredegunda, Brunequilda,
Amalasunta, Clotilde, Radagunda, Berta y Teodolinda.
90.- La República cristiana
El
único contrapeso de la fuerza dominante era la religión.
Reconocida por Constantino, la Iglesia ejerció legalmente
la autoridad civil que al principio había adquirido por
deferencia; Papas y obispos aparecen con majestuoso aspecto;
y mucho más a la caída del imperio, hacia el cual había
ella contraído hábitos de sumisión. Respecto de los nuevos
reyes, era la Iglesia el único poder constituido que quedaba,
y adquiría vigor e inspiraba respeto por sus virtudes y
sus doctrinas, con las cuales pudo introducir algún orden
en el universal desconcierto.
Misioneros
Por
otra parte, los pueblos que habían permanecido en su tierra
natural, y los que iban a fijarse en remotos países, recibían
la visita de misiones que les predicaban el cristianismo,
y no hubo región que no ensalzara después a algún santo,
de quien había recibido la verdad. Muchos misioneros hallaron
violenta muerte en Irlanda y en Inglaterra, contándose entre
ellos Bonifacio, apóstol de la Germania, donde organizó
las iglesias de Baviera y fundó el monasterio de Fulda.
En algunos países, los misioneros penetraron en las asambleas,
y modificaron la legislación y el derecho público. En los
conventos y en las órdenes sagradas fueron luego recibidos
los extranjeros y los siervos, dilatándose de este modo
la igualdad. Cultivaban campos, saneaban lagunas, talaban
bosques en las inmediaciones de los conventos y de las iglesias,
introducían mercados y ferias, y daban de este modo origen
a nuevas ciudades. En una palabra, el cristianismo se puso
al frente de la civilización.
Ingerencia secular
Los
emperadores de Oriente continuaban queriendo inmiscuirse
en las controversias religiosas, y daban a la Iglesia una
tutela incómoda y peligrosa. Los príncipes de Europa no
entendían de sutilezas teológicas, y sin embargo, querían
tomar parte en las elecciones de obispos y hasta en las
papales, en la convocación de los concilios y en la ordenación
de los curas, a fin de que no se sustrajesen al servicio
militar. No siempre estaban a salvo de la rapacidad los
bienes del clero; con todo crecieron bastante las riquezas
de éste y la autoridad de los obispos; pero disminuyó la
unión de éstos con el clero y con el pueblo, desde que los
reyes pretendieron elegirlos, menos por mérito y fe apostólica
que por favoritismo; habiendo entrado en las asambleas,
excitaron el descontento que siempre acompaña a la acción
política.
Monjes
Multiplicáronse entonces los monjes, y así como al principio
vivieron solitarios, entregados en el desierto a extravagantes
penitencias, luego se reunieron en activos consorcios, principalmente
por obra de San Benito de Nursia, quien en torno de la sagrada
cueva de Subiaco reunió numerosos secuaces, y les dictó
una regla que ha sido la admiración de los estadistas y
que ha sobrevivido a muchas constituciones nacionales. Determinábanse
en ella todos los actos y todos los momentos de la vida
de los monjes; a la oración había que añadir la cultura
del campo y del espíritu. Fueron labradores modelos, conservadores
y propagadores de las doctrinas científicas y literarias
y de las bellas artes, cuyo principal santuario fue Monte
Cassino.
Más
austera fue la regla que estableció san Columbano. Más tarde
los monjes entraron en el sacerdocio. Cada orden formaba
una especie de república, donde los cargos eran electivos,
donde todos trabajan para todos, y nada se hacía para el
individuo fuera del perfeccionamiento moral; procuraban
permanecer independientes, no sólo de la jurisdicción secular,
sino que también de los obispos, y estar sujetos solamente
al Papa y a sus propios generales. Los más grandes personajes
de la Edad Media se forman en los conventos; allí las artes
hacen sus primeras tentativas y despliegan mayor vuelo.
Muchos seglares les ofrecían sus personas y sus bienes,
para gozar de la protección y las inmunidades monásticas
contra el laico poderío.
Papas
Aquel
gran movimiento de la sociedad cristiana era precedido y
dirigido por los Papas, cuya sucesión, desde san Pedro hasta
nuestros días, no se ha interrumpido jamás, y en cuya serie
de pontífices con muchísimos santos aparecen algunos menos
dignos, sobre todo cuando quieren ampararse de la elección
los príncipes o los bandos políticas. Al principio tuvieron
que luchar con las pretensiones de los emperadores de Oriente
y con las herejías implantadas, al mismo tiempo que tenían
que enfrenar a los Bárbaros y propagar el cristianismo.
En medio de todo, se consolidaba la supremacía que los obispos
de Roma habían heredado de la tradición apostólica, y a
ellos permanecían adictos los Católicos de todo el mundo,
aun cuando eran herejes los emperadores y los reyes. Esta
autoridad se vio fortalecida al recogerse los cánones, o
sean los decretos de los diversos concilios, reunidos por
Dionisio el Pequeño, en tiempo de Casiodoro.
Ya
entonces los Papas poseían extensos bienes en Italia e islas
adyacentes, y hasta en la Galia, sobre cuyos colonos ejercían
legal jurisdicción. Cuando la conquista longobarda interrumpió
las relaciones con el exarca de Rávena, el Papa, jefe ya
de Roma, correspondía directamente con Constantinopla, concluía
tratados con los Longobardos, y presentábase como verdadero
jefe del partido nacional.
Gregorio Magno - 550-604
Comprendió la importancia de aquella verdadera posición
Gregorio Magno, práctico en los negocios públicos, quien
dominó a Roma y la Iglesia con un carácter indomable y ejemplares
devociones. A todo el mundo extendía sus cuidados; mandó
misioneros a la Bretaña, consejos y órdenes a los reyes
Francos y Borgoñeses; procuró la conversión de los Longobardos,
de los Visigodos y de los Sardos; hablaba a los obispos
y a los reyes con la dignidad dulce pero firme de un jefe
universal; se servía de sus pingües rentas para mantener
escuelas, hospitales y peregrinos. A pesar de tan múltiples
ocupaciones, tuvo tiempo para escribir mucho, y además de
sus cartas Morales sobre Job, expuso en sus Diálogos muchas
historias maravillosas de santos italianos, de conformidad
con las creencias de entonces; regularizó el rito con el
Antifonario, el Sacramentario, el Bendicionario y el canto
de iglesia que aún se llama Gregoriano. Parecíale peligroso
para los nuevos cristianos el estudio de los autores clásicos
y la imitación de sus artes; pero es necio afirmar que mandase
prender fuego a la biblioteca palatina y destruir los monumentos
de la magnificencia romana.
91.- Doctrinas profanas. La lengua
Griegos – Historiadores
Para
sostener que en Occidente la literatura fue destruida por
los Bárbaros, es preciso olvidar cuán decrépita la observamos
ya en la época anterior, hasta entre los Orientales, donde
fue más rica y original que la latina. Los filósofos de
Atenas trataron de oponerse a la nueva religión, y se dispersaron
cuando Justiniano cesó de retribuirlos. No merecen citarse
los oradores y poetas de entonces. Entre los historiadores
hallamos a Procopio, que alabó a Justiniano y a Teodora,
para vilipendiarlos después en una historia secreta. La
colección de los Historiadores bizantinos es la única autoridad
admisible sobre el imperio de Constantinopla y los países
que con él se relacionaban; pero es una compilación sin
crítica ni arte, que alcanza hasta la conquista de los Turcos.
Constantino Porfirogéneta dejó un libro sobre la administración
del imperio, y el origen y costumbres de los Bárbaros; recogió
preceptos de arte militar, hipiátrica y agricultura, y una
especie de enciclopedia, merced a la cual se conservaron
extractos de autores perdidos.
Latinos – Casiodoro
La
literatura profana cesó en Occidente, cuando ya no estudiaban
más que los clérigos, y no quedaban más que escuelas cristianas,
aunque distase mucho de haber cesado la actividad de las
inteligencias. Teodorico, que prohibía las letras a sus
Godos, las favorecía entre los Romanos, y se sirvió mucho
de Casiodoro, del cual nos quedan aún las cartas escritas
en nombre del monarca y de sus sucesores, y además varios
tratados propios, una crónica desde el diluvio hasta el
año 519, y escritos sobre varias artes.
Boecio - 470-524
Boecio,
en el Consuelo de la filosofía, diserta sobre el acaso,
sobre la providencia, y sobre el modo de conciliar a ésta
con la existencia del mal. En la poesía es mejor que en
la prosa. Escribieron también Enodio, obispo de Pavía, Rústico,
Elpidio, y los poetas Maximiliano, Arator y Venancio Fortunato,
trevesiano que compuso buenos himnos. Avito, natural de
Auvernia, dejó cinco poemas y cien cartas. Muchos eclesiásticos
escribieron más bien por celo religioso que por inclinación
literaria, y sus obras carecen de gusto, corno las de Fulgencio,
africano, el teólogo más grande de su tiempo, y las de San
Remigio, que bautizó a Clodoveo. De mérito literario carecieron
también san Lorenzo, san Columbano y san Cesáreo, de quien
nos quedan 139 sermones, todos de práctica y sin imitación
de los clásicos.
Exceptuando a Marcelino, conde de la Iliria, que escribió
una crónica desde Valente hasta 534, hay que buscar en el
clero los pocos e imperfectos historiadores de aquel período,
entre los cuales se distinguieron el venerable Beda, que
escribió sobre las Seis edades del mundo, Dionisio el Pequeño,
que introdujo el sistema de contar los años desde el nacimiento
de Cristo, fijado por él en 15 de Agosto; el godo Jordán,
san Isidoro de Sevilla, que dejó en veinte libros los Orígenes
o Etimologías, enciclopedia de cuanto se sabía entonces,
y una crónica desde Heraclio hasta 626.
Para
el estudio de la historia eclesiástica en Occidente, sirve
la Historia tripartita de Epifanio y Eusebio. Gregorio de
Tours es llamado padre de la historia de Francia, merced
a sus diez libros de Historia ecclesiastica Francorum, de
inculto estilo, pero llena de rasgos característicos. Fredegario,
de Borgoña, es de más inculto estilo todavía.
Género
nuevo son las leyendas y vidas de los santos, que se multiplicaron,
menos para servir a la historia y a la crítica que para
hacer propaganda cristiana. Con este género se hacían ejercicios
escolásticos, exagerando penitencias, martirios y milagros.
De estos están llenos los Diálogos de Gregorio Magno, de
Metafrasto (Simeón Metaphrastus).y Gregorio de Tours.
Lengua
En
Occidente, el acontecimiento más importante es la trasformación
de la lengua. La latina sigue el curso de otras tantas que
se califican de indo-germánicas por la semejanza que ofrecen
con la sánscrita. Como sucedió con todas, ella se alteró
y pulió bajo la pluma de los autores, hasta que llegó a
la belleza de la llamada edad de oro. Pero por cuanto la
literatura era especialmente un trabajo artificioso y destinado
a la sociedad aristocrática, la lengua de los escritores
era muy distinta de la que se hablaba comúnmente, y que
se llamaba rústica o vulgar.
Sin
embargo es de creer que los Romanos, introduciendo su habla
con la conquista, destrozaron la de cada país; hasta en
Italia se mezclaron el etrusco, el osco y otros lenguajes,
que indudablemente produjeron después la diferencia actual
de los dialectos. Con más razón tenía esto que suceder allende
los Alpes y el mar.
Está
probado que, en la lengua hablada, ocurrían ya los accidentes
que distinguen la latina de la italiana, como la formación
de los tiempos con los auxiliares, los artículos y las prescripciones
según los casos.
Cuando
la literatura tuvo que hacerse popular para la explicación
de las verdades cristianas, se descuidó el refinamiento
clásico para acercarse a los modos y a la construcción vulgar,
lo que aparece principalmente en la traducción de la Biblia.
Los escritores eclesiásticos atienden a la claridad y no
a la elegancia. Y ya en tiempo de Justiniano encontramos
fórmulas y modismos, más parecidos al estilo moderno que
al de Cicerón. |