68.- Los invasores del Imperio
Entonces
el mundo conocido se hallaba dividido en tres grandes imperios;
el romano, el persa y el chino. Este último no era conocido
más que por algunas mercancías traídas de aquellas regiones
por los Partos. El persa, bárbaro por el despotismo asiático,
y civilizado por el lujo y las artes de la paz, amenazaba
al romano con 40 millones de súbditos. Pero mucho más terrible
había de resultar la vigorosa barbarie de los pueblos septentrionales.
Germanos
La
estirpe germánica, derivada de la India, con la cual el
lenguaje atestigua el parentesco, invadió de muy antiguo
la Europa por tres partes. Los que procedentes de Francia
y Macedonia se fijaron en la Grecia, formaron aquella nación
que admiramos floreciente y deploramos decaída. En el resto
de la Europa habían sido precedidos por los Iberos, los
Fineses y los Celtas. Los primeros se habían concentrado
en la España, los Fineses hacia el Báltico, y los Celtas
ocupaban el centro de la Europa, donde vencidos acaso por
los Germanos, se lanzaron hacia la Italia y hasta la Grecia.
Extendiéndose los Germanos en tiempo de Augusto, tropezaron
con las fronteras romanas, y vencidos se dirigieron contra
los Eslavos. Victoriosos a su vez sobre estos, pudieron
afirmarse en la Escandinavia, y en las orillas del Elba
y del Rin. Allí los conoció y describió Tácito; pero los
pertinaces estudios de los sabios modernos no acertaron
a poner en claro la identidad y las diferencias de diversas
estirpes, que fueron a menudo confundidas con los Dacios,
con los Vándalos y con los Escitas, o indicadas con el nombre
de alguna tribu o confederación particular.
En
el siglo II parece que prevalecieron ocho cuerpos de nación:
los Vándalos, los Borgoñones, los Longobardos, los Godos,
los Suevos, los Alemanes, los Sajones y los Francos. Además
de éstos se contaban los Sármatas, originarios de los Escitas,
y entre los cuales figuraban como más formidables los Roxolanos
y los Yazigios, contra quienes alzaron los Romanos un fuerte
entre el Theis y el Danubio.
Rígido
era el clima de la Germania, ocupada en gran parte por,
pantanos y bosques, como la selva Hercinia y la Carbonaria.
Los habitantes vivían en casas aisladas, sin orden político.
Ningún historiador propio tuvieron; los Griegos y los Latinos
hablaron de ellos sin entender una sociedad demasiado discordante
de la suya; su idioma y sus leyes primitivas se dedujeron
después de sus tradiciones y del idioma y las leyes posteriores
a la gran emigración. El Edda, que recogió las tradiciones
nacionales cuando la religión carecía de vida, nos revela
una mitología toda guerrera, con un solo Dios (Gott Alfader),
descompuesto después en muchos otros, siendo los principales
aquellos que aún denominaban los días de la semana en alemán
y en inglés, además de estos dioses tenía cada raza los
suyos propios y adoraba las fuerzas de la naturaleza, o
los héroes divinizados, el principal de los cuales fue Odín,
que debió vivir poco antes de Cristo, y que introdujo nuevas
creencias como poeta y guerrero. La idea moral aparecía
en los premios y castigos atribuidos en el Valhala o en
el Nifleim. Los sacerdotes no formaban una casta distinta;
eran magistrados públicos, que conservaban en canciones
los dogmas y las empresas de los héroes, pronunciaban y
ejecutaban las sentencias, custodiaban las armas, distribuyéndolas
solamente cuando se acercaba el enemigo; y para dominar
a las gentes recurrían a ciencias misteriosas, adivinaciones
y encantamientos.
De
los tres hijos de Odín se originaron tres condiciones de
personas: siervos, libres y nobles. Solo el jefe era libre
absoluto, y de él dependían los demás; únicamente los propietarios
tenían voto en las asambleas, y entre ellos se elegía el
rey; los otros, o servían en la guerra (leute), o cultivaban
los campos. Tácito exageró sus virtudes por zaherir a los
Romanos, y las exageraron también los Santos Padres, porque
no tenían aquellos bárbaros la refinada corrupción de los
de Roma. Estaban celosos de la independencia personal y
eran aficionados a ejercitar sus fuerzas; por lo cual eran
frecuentes las guerras y las emigraciones de las tribus.
No estaban en uso entre ellos las artes liberales, ni tenían
otro metal más que el hierro. Poseyeron un alfabeto rúnico
usado solamente en inscripciones; la mujer no era humillada
como entre los orientales, e inspiraba afecto y consideración
por sus costumbres, por sus cuidados caseros y por sus excitaciones
al valor.
Ya
vimos el efecto de sus emigraciones en las irrupciones de
ellos mismos y de los pueblos por ellos empujados. Para
contenerlos asentáronse fortalezas y campamentos en las
márgenes del Rin y del Danubio, aquende los ríos. Cuando
las empresas de Arminio y Marobodo, y la derrota de Varo
demostraron que era imposible un cambio de costumbres, de
gobierno y de lengua, se trató de fomentar las discordias
de los Germanos o de tomarlos a su servicio, con lo cual
los Romanos pudieron obtener algunos aliados, como los Cheruscos
y los Bátavos, y algunos tributarios como los Frisones y
los Caninefatos. Trajano redujo la Dacia a provincia y estableció
en ella muchas colonias que mezcladas con los naturales,
formaron el pueblo valaco, cuya lengua atestigua el origen
latino. En tiempo de Marco Aurelio los Marcomanos se adelantaron
hasta Aquilea.
En
tanto continuaban estas emigraciones, y cuando se vio que
los Romanos aflojaban la resistencia, se envalentonaron
más los invasores, ufanos de humillar a la nación que los
llamaba Bárbaros. Los primeros invasores fueron, según parece,
los más apartados; los Hunos del Volga; los Alanos del Tanais y
del Borístenes; los Vándalos de la Panonia; los Godos de
la Germania Septentrional; los Hérulos y Turingios de la
Central, y los Francos de las regiones meridionales.
Los Godos
Los
más señalados fueron los Godos, que procedentes del Asia
se habían establecido en la península escandinava, divididos
en Ostrogodos u orientales, y Visigodos u occidentales.
Los Gépidos son los que se quedaron en su país, cuando lo
abandonaron los otros. Los Ostrogodos tenían al frente la
dinastía de los Amales, y los Visigodos la de Balt, de la
progenie de los Ansos, sus semi-dioses. Rechazando a los
Hérulos, Burgundios, Longobardos, Bastarnos, Yazigios y
Roxolanos, ocuparon la Ucrania, invadieron la Dacia, derrotaron
a Decio, emperador, cuyo sucesor les prometió un tributo.
Era un medio de alentarlos, y Valeriano, Galieno y Claudio
tuvieron que resistirles con todo su valor. Enseñoreados
de la costa septentrional del Euxino, miraban codiciosos
las ricas provincias del Asia Menor; fueron llamados por
el reino del Bósforo para resistir a los Sármatas; recorrieron
libremente el Ponto y llegaron hasta el estrecho donde el
Asia da frente a la Europa; saquearon las ciudades de Nicomedia,
Nicea, Prusa, Apamea y Quíos, y con 500 naves ligeras inundaron
el Bósforo Tracio, se apoderaron de Atenas, desolaron la
Grecia, y se dirigían contra Italia, cuando los contuvo
Galieno mediante un cuerpo de Hérulos. Los Godos devastaron
el país en que estuvo Troya; más tarde concluyeron una paz
con Aureliano, dando rehenes e hijos de los principales
y dos mil jinetes para el ejército.
332
Entre
los Ostrogodos se distinguió Hermanrico, quien habiéndose
hecho soberano de las tribus independientes y de los reyes
Visigodos, subyugó a los Hérulos, a los Vendos (vénetos),
a los Roxolanos y a los Estones.
Francos
Al
Noroeste de la Germania se había formado la liga de los
Francos, divididos en Salios y Ripuarios, que en tiempo
de Galieno pasaron el Rin, invadieron las Galias y la Iberia,
sirvieron a menudo a los usurpadores del imperio, y aparecieron
terribles tanto en el Bósforo Tracio como en el Asia Menor
y en Siracusa; ocuparon la isla de los Bátavos; y vencidos
por Constancio Cloro, reaparecieron formidables contra Constantino,
quien, en memoria de las victorias sobre ellos alcanzadas,
instituyó los juegos Francos.
Alemanes
La
liga de los Alemanes, formada por pueblos vencidos y enemigos
de Roma, aparece primeramente en las márgenes del Main en
tiempo de Caracalla; más tarde bajaron por los Alpes Retios;
sitiaron a Milán y a Rávena, y fueron vencidos por Aureliano
en Fano. Pero su poderío hizo que su nombre prevaleciese
sobre el de los Germanos; solo fueron contenidos por los
Burgundiones, los últimos que abandonaron la vida errante.
Contra estos pueblos colocó Diocleciano a uno de los emperadores
colegas suyos, al mismo tiempo que dio a otros el permiso
de establecerse en las provincias deshabitadas.
También
por otras partes los Bárbaros amenazaban al Imperio. Este
extendía en África sus colonias hasta el borde del desierto;
renovó a Cartago, donde se reunieron 19 Concilios, y dos
en Constantina. Fue célebre Hipona por San Agustín. Al debilitarse
el poderío romano, reaparecieron los Moros y los Getulos,
más bien para conquistar que por asegurar su salvaje independencia.
Otros
Bárbaros rodeaban el Egipto, tales como los Nubios, los
Blemios, los Abisinios y los Nasamones. De los Árabes se
valieron los Romanos para traficar con la India. Palmira
había caído. La Armenia, ya ocupada por los Partos, recobró
la independencia y se unió a los Romanos con los vínculos
de la religión. Los Sasánidas extendían su imperio hasta
confinar con los Indios, con los Escitas y con los Árabes,
y amenazaba al romano.
69.- Constantino
329
Único
señor del imperio, Constantino podía realizar sus designios
de reorganizarlo y darle nueva capital. Aunque llena de
gente nueva, Roma conservaba el recuerdo de la antigua grandeza;
como el pueblo ciertas apariencias de autoridad; y el Aventino,
el Foro y el Capitolio recordaban la oposición a la tiranía.
Por otra parte, Roma podía considerarse como la metrópoli
del politeísmo, por aquella serie de tradiciones a las cuales
estaba unida toda su historia, y por las ceremonias religiosas
que consagraban todo acto público. Constantino, resuelto
a romper con el pasado, trasladó la sede a Bizancio, ciudad
perfectamente situada, en los confines del Asia y de la
Europa, y le dio el nombre de Constantinopla, entregando
60 mil libras de oro para la construcción de las murallas,
acueductos y pórticos, todo en grandiosas proporciones.
Y no hallando en el país grandes artistas para embellecerla,
recogió de Grecia, Asia e Italia estatuas, bajo-relieves
y obeliscos. Regaló a sus favoritos palacios y haciendas
en el Ponto y en el Asia; y dedicó la iglesia principal
a la sabiduría eterna (Santa Sofía).
Aunque
Roma se veía privada de los magistrados y de todos los que
viven arrimados a las Cortes y a los Gobiernos, no iba perdiendo
su primacía, y Constantinopla era considerada como electa
hija de Roma.
Constantino turbó tantos intereses y costumbres, que no
es maravilla si viene juzgado de diversas maneras; pero
indudablemente debió ser de buen temple cuando se atrevió
a realizar tan radical transformación en los estatutos,
en la religión, en el espíritu de su nación y de las sucesivas,
y cuando supo resistir a las insinuaciones del partido triunfante.
Sus leyes habían de resentirse del paganismo de que aún
estaba saturada la sociedad, pero tendían a la equidad y
a la caridad cristianas. No le faltaban vicios, y su familia
fue espectáculo de desgracias y delitos. Tuvo de Minervina,
mujer oscura, a Crispo, quien por su valor adquirió tanta
popularidad, que Constantino concibió recelos de él y le
mandó quitar la vida, quedando incierto si tuvo culpa, o
si todo fue intriga de su madrastra Fausta, hija de Maximiano;
reconocido después inocente, dícese que Constantino hizo
morir a Fausta ahogada en un baño. Había tenido de ella
tres hijos: Constantino, Constanzo y Constante, a quienes
declaró Césares, asociando a sus primos Dalmacio y Anibaliano,
distribuyéndoles diferentes gobiernos, pero teniéndolos
siempre bajo su dependencia.
337
Fue
llamado fundador de la tranquilidad pública porque permaneció
14 años en paz, interrumpida apenas por las guerras con
los Godos, para sostener a los Sármatas. Recibía embajadores
de los países más remotos. Después de haber celebrado el
año 300 de su imperio, murió, siendo colocado por los Paganos
entre los Dioses, por los Cristianos entre los santos, y
por la historia al frente de la mayor transformación que
los anales de la humanidad recuerdan.
70.- Constitución del Bajo Imperio
Dignidades
Constantino mejoró y sus sucesores perfeccionaron la nueva
constitución civil y militar. Borrada la desigualdad entre
plebeyos y patricios, se fundó una nueva nobleza sobre la
riqueza, hasta que el despotismo democrático del imperio
se asentó únicamente sobre la fuerza y el capital. Diocleciano
consolidó la verdadera soberanía reprimiendo el despotismo
militar, y después concentrando la administración abolió
hasta las antiguas formas. Entonces se dieron al jefe del
Estado y a los magistrados ambiciosos títulos de majestad,
excelencia, magnífica alteza, y otros, y las nuevas dignidades
se denotaban con hábitos, ornamentos y cortejos. Quitóse
al Senado toda injerencia, y ya no eran elegidos por este,
sino por el emperador, los cónsules, reducidos a cierta
pompa y a dar nombre al año. Creóse una aristocracia jerárquica
de carísimos, respetables, ilustres además de los nobilísimos
miembros de la familia imperial. Cuatro prefectos del Pretorio
debían administrar justicia interpretar los edictos generales,
vigilar sobre los gobiernos de las provincias, y fallar
en supremo las causas. Roma y Constantinopla dependían de
un prefecto de la ciudad.
Para
el gobierno civil, el imperio fue dividido en 13 diócesis,
subdivididas en 116 provincias. En las capitales de éstas,
eran independientes los ejércitos, confiados a maestres
generales, que tenían a sus órdenes 35 comandantes, quienes
no debían mezclarse en la administración civil.
Milicia
Senadores, dignatarios y decuriones, fueron obligados a
suministrar un determinado número de soldados, o en cambio,
de 30 a 36 sueldos de oro por cabeza. Constantino colocó
soldados en las fronteras, concediéndoles tierras inalienables
a título de propiedad; pero estos limítrofes se consideraban
mal tratados en comparación con los palatinos, acuartelados
en las provincias. La legión fue reducida de 6000 a 1500
hombres, disminuyendo su robustez y acrecentando su movilidad.
Parece que el ejército se componía, entre todo, de 645000
hombres, en el espacio en que hoy se mantienen más de 3
millones de soldados sobre las armas. Godos y Alemanes se
alistaban y elevábanse a los grados de la milicia, de los
cuales pasaban a los cargos civiles, en cuyo desempeño se
mostraban ineptos.
Empleos
Al
lado del emperador había 7 ilustres: de un gran chambelán
dependían los condes de la mesa y del guarda-ropa. El maestro
de oficios dirigía los negocios públicos; y 38 secretarios
despachaban los expedientes. Centenares, y aun millares
de mensajeros llevaban a las más remotas provincias los
edictos, y recogían noticias sobre la conducta de magistrados
y ciudadanos.
Un
conde de las sagradas liberalidades manejaba el tesoro,
y de él dependían las casas de moneda, las minas, los 29
recaudadores provinciales, el comercio exterior y las manufacturas
de lino y de lana; el tesoro particular del emperador estaba
administrado por el ministro del fisco.
Custodiaban la persona del rey 3500 guardias, mandados por
dos de los condes domésticos, con gran lujo de insignias.
Estas insignias acompañaban a los magistrados hasta fuera
de sus funciones, y quedaba una distancia inmensa entre
el monarca y los súbditos. Eran ambicionados por grandes
señores los empleos destinados al principio solo a los esclavos,
o se contentaban aquellos con el simple título.
Personas
Los
libertos se dividían en habitantes de las dos metrópolis,
de las demás ciudades y del campo. Los primeros, sujetos
a los impuestos, gozaban de privilegios y distribuciones
de grano; eran corrompidos y turbulentos. En las ciudades
provinciales había los senadores, dignidad puramente de
nombre; los decuriones, grandes propietarios; y la plebe,
formada por los pequeños propietarios, artesanos y mercaderes.
En el campo había propietarios libres, colonos y esclavos.
Los colonos eran un término medio, unidos al terreno que
cultivaban y con el cual eran vendidos, pero libres de sus
personas, con matrimonio legítimo. Convenía al Estado conservarlos
por no aumentar los terrenos abandonados, pero muchos huían
en busca de otras miserias a las ciudades. Con grandes cuidados
se atendía al cultivo de los campos, y se introdujo la enfiteusis,
por la cual se daba a cultivar una propiedad por cierto
tiempo o perpetuamente, mediante un canon establecido.
Municipios
El
derecho municipal correspondía a todos los cuerpos de ciudad
que eran admitidos a los derechos de ciudadanía. Municipio
significó una ciudad habitada por ciudadanos romanos, cualquiera
que fuese su origen; de este modo se formó la unidad jurídica.
Solamente los decuriones podían emitir sufragio y ejercer
las magistraturas. La primera magistratura se componía de
los duumviri o quattuorviri jure dicendo, equivalentes a
los cónsules de Roma, con jurisdicción hasta ciertos límites,
fuera de los cuales juzgaba el pretor, o bien un prefecto
comúnmente expedido de Roma. Un curador quinquenal hacía
de censor y de cuestor, vigilando los bienes de la ciudad,
las rentas y las constituciones. Había muchas corporaciones
de artes y oficios.
Provincias
También
se dio uniformidad al gobierno de las provincias, y cada
una de estas formaba un cuerpo político con asambleas generales,
presididas por el prefecto del pretorio; podían dar decretos
y expedir emisarios al príncipe.
A
medida que crecía el despotismo, borrábanse hasta las apariencias
de la constitución republicana y las exenciones concedidas
a la Italia. Además, el emperador podía anular todo acto
del municipio o de la provincia y la elección de los magistrados
locales, por cuyo motivo adquirían importancia los gobernadores.
Los curiones fueron después instrumento del despotismo,
debiendo hacer ejecutar las órdenes superiores, exigir los
impuestos y responder de ellos; no podían alejarse del municipio
sin previa autorización, ni dejar a sus hijos más que la
cuarta parte de sus bienes, pasando el resto a la curia,
a fin de asegurar el pago de los crecientes tributos; de
manera que apelaban a todos los recursos para sustraerse
a semejante carga, haciéndose curas o soldados; pero la
ley procuraba impedir estos ardides.
Para
proteger a los contribuyentes contra los abusos de la curia,
y a ésta contra los dignatarios del imperio, se introdujeron
defensores, elegidos por toda la ciudad, quienes acabaron
por hacerse jefes del municipio.
Juicios
En
los juicios, la autoridad del pretor era suprema, como elegido
del pueblo. Pero cuando los magistrados no fueron ya elegidos
por éste, partía de ellos una jerarquía judicial que llegaría
hasta el emperador. Especialmente en los golpes de Estado,
se juzgaba por vías extra-legales, y hasta se aplicaba el
tormento.
El
estudio de las leyes era un medio para llegar a las magistraturas
civiles, y las ciudades notables tenían todas escuelas de
derecho; mas de ello se originó un enjambre de abogados,
que desprestigió a la noble jurisprudencia.
Rentas
Los
ingresos públicos consistían en dominios imperiales, contribuciones
directas e indirectas, y frutos eventuales. El patrimonio
de cada ciudadano era descrito exactamente, y cada año un
decreto imperial determinaba la calidad y la cantidad de
los impuestos, que se repartían bajo la vigilancia del presidente
de la provincia y con la intervención de los defensores
de las ciudades. Pagábanse parte en oro y parte en géneros,
con los cuales se mantenía, a la plebe indigente, al ejército
y a los empleados. Cada cinco años se exigía de los traficantes
una colación lustral. Pesaban gabelas sobre la entrada,
la salida, el tránsito y el consumo de los géneros, y los
procedimientos de estas exacciones se han descrito como
uno de los peores azotes.
Industria
La
agricultura sufría de esto extremadamente. La industria
estaba encadenada en maestranzas, que tenían estatutos y
propiedades, y magistrados propios, y remuneraban al Estado
con ciertos servicios y tributos; para esto los miembros
eran solidariamente responsables. Esta esclavitud era una
traba para la industria, y como si todo esto no bastase
para aniquilarla, los emperadores se hacían manufactureros,
fabricando por economía cuanto necesitaban para sí y para
el servicio público; tenían, pues, telares, tintorerías,
sastrerías, armerías, canteras de mármoles y piedras, donde
trabajan esclavos, que no costaban más que el mantenimiento,
e imposibilitaban la competencia libre.
En
vez de extender el comercio vendiendo las manufacturas a
los Bárbaros, que se acercaban al imperio, se apartaron
los mercados de las fronteras, por temor de alentar a aquellos.
Y como con las conquistas desapareció la principal fuente
de dinero, éste empezó a escasear; se falsificó la moneda;
desaparecieron casi por completo las de oro; se acrecentó
la usura; y por falta de dinero se asignaban en especies
los sueldos de los magistrados.
71.- Hijos de Constantino. Juliano Apóstata. Cuestiones
religiosas
350 – 354 – 361
Sucedieron a Constantino sus tres hijos, quedándose Constancio
con el Asia, el Egipto, la Tracia y Constantinopla; Constante
con la Italia, la Iliria y el África; y Constantino con
las Galias, la España y la Bretaña. Constancio trabó incesantes
guerras con la Persia, derrotando varias veces a su rey
Sapor. A la muerte de Constantino, Constante ocupó sus dominios;
más pronto fue muerto, y el Occidente se pronunció por Magnencio,
soldado bárbaro, y por Vetranión. Constancio les llevó la
guerra; Vetranión cedió; Magnencio se dio muerte después
de larga lucha, y el imperio volvió a caer bajo el dominio
de un solo soberano. Pero impotente para el bien, Constancio
se dejaba gobernar por eunucos. Tenía dos sobrinos, Galo
y Juliano, a quienes hizo enseñar durante largo tiempo el
manejo de los negocios públicos. Galo urdió una conjuración;
más, descubierto, pagó su hazaña con la muerte. Juliano,
con su disimulo, escapó al peligro, y conquistose con sus
virtudes el favor de los soldados. Mientras Constancio vencía
a los Cuados en la Germania y combatía al indómito Sapor,
Juliano arrojaba de las Galias a los Francos y a los Alemanes,
que unían a su valor natural la estudiada disciplina. Educado
en la filosofía, en la sobriedad y en la continencia, restauró,
después de sus victorias, las ciudades destruidas. Celoso
de él, Constancio, con el pretexto de la guerra de Oriente,
pidió para si las mejores legiones de su sobrino; pero inducido
por éstas, Juliano se negó a obedecer y se hizo proclamar
augusto. Constancio corría a reprimirlo cuando murió; y
Juliano quedó único emperador, bajo el dictado de Apóstata.
En
aquel entonces, los acontecimientos exteriores de la Iglesia
adquirieron tal importancia, que no puede comprender la
historia quien no los conozca. El primer siglo del cristianismo
se rigió por el milagro, con más acción que controversia.
Obtenida la paz por Constantino, los Cristianos salieron
de las tinieblas, solemnizando los días memorables y celebrando
el recuerdo de los que habían sucumbido como mártires. Constantino
no regaló al papa la soberanía de Roma, como algunos suponen,
pero sí le entregó cuantiosas riquezas; sin embargo, es
probable que los pontífices continuaron en la modestia,
desplegando su celo en la propaganda de la verdad.
Para
contrarrestarla, además de los tiranos, surgieron las herejías,
que contribuyeron a perturbar la política. Principalmente
los Donatistas de África conmovieron durante mucho tiempo
al imperio. Más que estos prevalecieron los Arrianos, quienes
negando todos la consustancialidad, ponían unos entre el
Padre y el Hijo la insuperable distancia que hay entre el
Criador y la criatura; otros admitían que la omnipotencia
del Padre había podido comunicar a su primogénito sus infinitas
perfecciones; y otros creían que eran iguales en sustancia,
no en naturaleza. Colocaban al Hijo más bajo que el Espíritu
Santo, y Dios permanecía en su incomunicada unidad. Habilísimo
en el decir y en el obrar, Arrio se ganó muchísimos partidarios,
mayormente entre los recién-convertidos, mal informados
de la teología, quienes no tenían en cuenta que según sus
principios desaparecían la redención y la gracia, y que
adorar a Cristo era renovar el politeísmo.
Atanasio - Primer concilio ecuménico
A
esta doctrina opuso su talento y su energía Atanasio, diácono
de Alejandría. Hubo grandes disensiones en la Iglesia, y
a favor de ella se pronunció la autoridad del Estado, hasta
entonces enemigo. Constantino, que al principio había creído
que se trataba de una cuestión de palabras, visto el peligro
de la fe y sentando que la Iglesia en sus creencias solo
debe regirse por sí misma, indicó un Concilio, no parcial
como otros que se habían celebrado, sino ecuménico, es decir
general; el punto señalado para la reunión fue Nicea, y
se invitó a todos los obispos; primera vez en el mundo que
representantes de todos países, elegidos por el voto popular
sin mas miras que la virtud y el saber, se encontraron reunidos
para discutir libremente los mayores intereses de la humanidad:
lo que ha de creer y el modo como ha de obrar. Después de
largos debates fue declarado que el hijo es consustancial
del padre. Se hicieron muchas reformas en la disciplina;
se determinó celebrar la pascua el domingo en que cae el
plenilunio de marzo, o el que le sigue. Las decisiones fueron
comunicadas al emperador, y Constantino multiplicó cartas,
recomendaciones, prescripciones y concesiones en bien del
cristianismo ortodoxo. Arrio supo evitar la condena hasta
que murió. Sus secuaces aumentaban los símbolos, rigiéndose
ora con cavilaciones, ora con la fuerza; cuanto más amenazaban
las persecuciones, más crecían los prosélitos, y el emperador
Constancio los favorecía hostigando a los obispos católicos,
principalmente al gran Atanasio.
Muchos
Concilios se reunieron para dar fin a la división; en todas
partes imperaba la violencia, se combatía en Roma por la
palabra consustancial, como en otra época por los derechos
del pueblo. Atanasio capitaneaba a los Católicos, aun cuando
por largos años tuvo que andar oculto entre las ruinas de
ciudades que ya entonces se llamaban antiguas, y entre los
anacoretas que él admiraba; defendía la entera aceptación
del dogma y de la jerarquía, y el poder de la Iglesia independiente
del Estado.
Persecuciones de Juliano
En
esto, a Constancio sucedió Juliano, quien hastiado de tales
disidencias, para él inexplicables, disgustado de los ejercicios
piadosos a que le habían obligado sus maestros de educación,
y fascinado por la gloria que había alcanzado el imperio
bajo la antigua religión, se propuso restablecer a ésta.
En su modo de vestir y de adornarse, quería distinguirse
como un sabio; y en los grandes sucesos de su vida decía
que le aparecían los Dioses. No había desaparecido el culto
de éstos; aún subsistían sacerdotes, vestales y devociones,
y celebrábanse solemnemente algunas fiestas. Reanimóse el
culto de Cibeles, con danzas fanáticas, extraños vestidos,
ridículas devociones y prodigios, bajo la dirección de sacerdotes
llamados Galos. También adquirió nuevo prestigio el culto
de Mitra, con abstinencias, maceraciones, y hasta sacrificios
humanos, mezclados con ritos y fórmulas parecidos a los
del cristianismo.
Los
fieles de la religión antigua se regocijaron al ver a Juliano
dispuesto a restaurarla. Este emperador no renovó las persecuciones,
pero ridiculizó al cristianismo; desterró de las escuelas
a los Cristianos, introduciendo maestros idólatras, y les
obligó a gentiles homenajes; y mientras hubiera podido valerse
del Senado y de la aristocracia romana, que aún conservaba
la fe nacional, se inclinó con preferencia a los sofistas
y a los maestros del helenismo, reanimando la veneración
hacia Homero, explicando los dioses con símbolos y alegorías,
purgándolos de inmoralidades, e introduciendo abstinencias,
oraciones y expiaciones; de tal manera que consolidó la
antigua fe, deduciendo prácticas y virtudes de los insensatos
Galileos, como el patrocinio de los inocentes y el cuidado
de los huérfanos. También dispensó protección a los Hebreos
y pensó reedificar a Jerusalén, durante tres siglos convertida
en ruinas; pero una terrible explosión del gas acumulado
durante tantísimo tiempo en las cavidades subterráneas,
derrumbó cuanto se había construido. Aunque se preciaba
de no verter sangre cristiana, Juliano dejaba que los Cristianos
fuesen perseguidos y muertos por los que sabían que de aquel
modo se congraciaban con él.
Por
afectada austeridad, suprimió el lujo de la corte, abolió
los empleos dispendiosos, y comunicó al Senado de Constantinopla
los mismos privilegios del de Roma. Como había enfrenado
a Francos, Alemanes y Godos, pensó en reprimir a los Persas,
contra los cuales en 300 años de guerra los Romanos no habían
podido conquistar una provincia siquiera. Reuniose un formidable
ejército en Antioquía, y una flota de 7100 naves en el Éufrates,
contando con la Armenia coaligada con el imperio romano;
avanzó Juliano al frente de estas fuerzas, arrollándolo
todo, y pasó el Tigris; pero Sapor se retiraba devastando
las provincias, de tal modo que el ejército invasor se encontró
sin víveres. En la retirada trabóse formidable lucha, siendo
mortalmente herido el emperador.
26 de junio
Joviano,
primicerio de los domésticos, fue llamado a sucederle para
resistir a los enemigos; ordenó la retirada, concluyó la
paz, en virtud de la cual los Romanos cedían las cinco provincias
que poseían más allá del Tigris, y abandonaban al rey de
Armenia. En Roma fue inmensa la explosión de alegría de
los Cristianos por la muerte de Juliano; el nuevo emperador
les aseguró protección, restituyó la inmunidad, aunque sin
perseguir a los idólatras; se declaró por los Católicos
en contra de los Arrianos, y murió después de un corto reinado
de siete meses.
72.- De Valentiniano hasta Teodosio
364
Los
comandantes del ejército confirieron la púrpura a Valentiniano,
de gran valor y hermosa presencia, que tomó por colega a
su hermano Valente, débil y tímido. Así dividido el imperio,
los soberanos fijaron su residencia, uno en Milán y otro
en Constantinopla. Valente, inclinado a los Arrianos, multiplicó
los procesos y los suplicios para asegurarse el reino; y
también Valentiniano, no por miedo como él, sino como necesaria
al imperio, unía la crueldad al valor. Buen católico, tomó
sabias providencias y contuvo las invasiones de los Bárbaros,
hasta que murió en Panonia. Valente tuvo que combatir a
los Persas, y rechazó a los Godos más allá del Danubio;
pero éstos, empujados por los Hunos, solicitaron permiso
para estacionarse en la Tracia, donde pronto se coaligaron
con otros compatriotas para devastar y vencer, y habiendo
acudido Valente a enfrenarlos, quedó muerto con la flor
de sus generales en Andrinópolis.
375 – 378
Graciano, hijo de Valentiniano, era llamado entonces al
solio imperial, pero sintiéndose incapaz para tanto peso
y para hacer frente a tantos enemigos, eligió por colega
a Teodosio, español, que había dado pruebas de gran valor
en las precedentes guerras, y que disgustado entonces cultivaba
sus bienes cerca de Valladolid, con sus tres hijos Arcadio,
Honorio y Pulqueria. Habiéndose quedado con la prefectura
de Oriente, Teodosio reforzó el ejército, de manera que
los Godos, o se dispersaron o se sometieron, y fueron distribuidos
en colonias, sobre tierras fértiles pero desiertas, donde
se dedicaron a la agricultura y abrazaron el cristianismo.
Su obispo Ulfila introdujo en su nueva patria el alfabeto
griego y tradujo en su lengua el Evangelio. Los Godos querían
a Teodosio, por la próspera paz que les había dado; pero
los Romanos olvidaban los cuidados del servicio militar,
al mismo tiempo que se adiestraban peligrosos enemigos.
Teodosio – 363
Por
entonces, los dos valientes emperadores hacían revivir el
imperio. Graciano declaró toleradas todas las creencias
cristianas, protegió las letras y concedió el consulado
a su maestro, el poeta Ausonio; perdiose después en discusiones
teológicas, hasta que huyendo de una sublevación de Magno
Máximo, fue muerto. Máximo fue aceptado como colega de Teodosio,
y dominaba la Bretaña y las Galias, donde formó un grueso
ejército; marcho luego contra la Italia, gobernada por Valentiniano
II, hijo de Valentiniano I y de Justina, que dirigía el
gobierno en nombre de aquel. Teodosio le salió al paso con
un ejército aguerrido y le dio muerte, entrando luego triunfante
en Roma.
Elogiado
por su valor no menos que por su saber, Teodosio no perdió
siquiera un palmo de terreno, pero tuvo que aumentar los
impuestos. Disgustados por esto, los ciudadanos de Antioquía
se sublevaron, y él los amenazó con severas represalias;
mas pudieron mitigarlo los monjes y los obispos Flaviano
y Juan Crisóstomo. Sin embargo, Tesalónica, ciudad rica
en comercio, fue devastada por orden de Teodosio, por haber
dado muerte a su gobernador. Cuando se acercó para los sacramentos
a la iglesia de Milán, el obispo Ambrosio no le dejó entrar,
hasta que hubo hecho penitencia por la sangre derramada.
Entonces ordenó que no se ejecutasen sus sentencias hasta
después de 30 días de haberlas dictado, y prohibió que se
castigase a los que difamaran al emperador.
394
Dejó
que continuase reinando Valentiniano, cuyo gobierno era
mejor desde que había muerto su madre; pero el franco Arbogasto
se rebeló contra éste, dándole muerte, y no atreviéndose
a tomar el cetro para sí, lo dio al rector Eugenio, su secretario.
Teodosio fue a combatirlo, y lo venció en Aquilea, donde
Arbogasto se dio la muerte, y fue muerto Eugenio. Entonces
quedó el imperio todo bajo el poder de Teodosio, pero este
no tardó en morir, después de haber publicado sapientísimas
leyes inspiradas por el cristianismo, cuyo triunfo se cumplió
entonces.
Los Santos Padres – Crisóstomo – 380
No
solamente en Roma, sí que también en las provincias duraban
aún los restos de la antigua superstición, por cuanto los
emperadores habían creído conveniente para la política el
dejarlos subsistir; y eran profesados hasta por personajes
ilustres, como el docto gramático Máximo, Macrobio autor
de las Saturnales, Pretestato, Quinto Aurelio Símaco ,
prefecto de Roma, el filósofo Libiano, los historiadores
Eunapio y Zósimo, el poeta Ausonio y otros muchos que secundaron
a Juliano. Pero los Cristianos crecían siempre, hasta en
la más alta sociedad; y su fe era aclarada, consolidada
y difundida por los Santos Padres, nuevas glorias de la
Iglesia militante. San Atanasio, a pesar de que le vemos
tan atareado, escribió contra los Arrianos, y en general
contra los herejes, demostrando que es una locura querer
salir fuera de la razón con la razón humana. Juan Crisóstomo,
arzobispo de Constantinopla, fue el más elocuente de los
Padres griegos, y digno de ser comparado con Demóstenes.
Fue célebre la amistad de Gregorio de Nacianzo con los hermanos
Basilio y Gregorio de Nisa, quienes habiendo abrazado el
sacerdocio combatieron valientemente el arrianismo, tanto
que Teodosio expidió un edicto en que proscribía esta creencia,
señalando a los Arrianos con el infame nombre de herejes,
y atribuyendo a los nuestros el de cristianos católicos.
Entonces se reunió el segundo Concilio ecuménico para definir
mejor la fe expresada en el símbolo de Nicea .
San Jerónimo
Jerónimo, nacido en los confines de la Dalmacia, fue laboriosísimo,
se formó una biblioteca, y se retiró al desierto, donde
mortificó su cuerpo entre la oración y el estudio. Habiendo
salido de aquella soledad, brilló en Roma por su laboriosidad
y su talento; animó el celo religioso de piadosas matronas,
tradujo mucho mejor los Libros Santos, y escribió el Canon
de los autores eclesiásticos; pero a veces perjudica su
estilo la aspereza de su polémica.
San Ambrosio
Paulino
de Burdeos, poeta de mérito, abandonó familia y honores,
y se retiró junto a Nola, predicando, escribiendo versos
y animando a los fieles. Flavio de Poitiers combatió vigorosamente
a los Arrianos. Dejamos sin nombrar a otros padres occidentales
para citar a Ambrosio, quien mientras gobernada en Milán
fue nombrado obispo de esta ciudad, cargo que implicaba
muy diversos cuidados, tanto religiosos como seculares,
y en cuyo desempeño se hizo amar como padre y respetar como
príncipe. Obtuvo del emperador Graciano la orden de que
el Senado quitase la estatua de la Victoria y se confiscasen
los bienes de los templos paganos. Opusiéronse a estas medidas
los partidarios de la antigua observancia, pero los confutó
Ambrosio; y los monjes y los obispos indujeron a los Cristianos
a demoler los templos y las estatuas gentiles. Justina,
madre de Valentiniano II, favorecía a los Arrianos, hasta
el extremo de querer que Ambrosio les cediese una de las
iglesias de Milán. Este se negó a tal exigencia, y amenazado
con la fuerza, reunió a los Católicos, y los entretuvo con
sagrados cánticos. La firmeza de Ambrosio venció la obstinación
de la emperatriz.
San Agustín
Los
Maniqueos admitían dos principios, uno del bien y otro del
mal, y en esta doctrina había crecido el númida Agustín;
pero siendo éste profesor de elocuencia en Milán, oyó a
Ambrosio, y fue de tal manera conmovido y llamado a la verdad,
que se convirtió en uno de los más insignes campeones del
cristianismo. Además de muchas obras de controversia, escribió
Agustín la Ciudad de Dios, verdadera filosofía de la historia,
donde explica la marcha general de la sociedad y el contraste
entre la humana y la celeste.
73.- División del Imperio. Honorio
Estilicón
Teodosio
había dividido el imperio entre sus hijos; a Honorio, de
11 años, le dio el Occidente; a Arcadio, de 18, el Oriente;
y todo el mundo sentía que cayese de las robustas manos
de aquel gran hombre, para ir a parar en manos tan débiles
e inexpertas. Cierto es que tenían valientes tutores, Estilicón
y Rufino; pero estos, hallándose en disidencia, separaron
los intereses de los dos imperios. Se supone que Rufino
invitó a los Hunos y a los Godos a invadir el imperio; pero
halló la muerte a manos de los soldados del valeroso vándalo
Estilicón. El armenio Eutropio, que le sucedió en el favor
de Arcadio, se puso celoso de las victorias de Estilicón,
e indujo al emperador a hacer la paz con el godo Alarico
y a recibirlo de comandante de las tropas de la Iliria,
al mismo tiempo que invitaba al africano Gildón a sublevarse
contra Honorio. El África era tenida en gran cuenta, porque
surtía de grano a la Italia. Algunos señorones poseían en
ella centenares de millas de terreno, y entre ellos se contaba
Gildón, que ejerció durante 12 años un verdadero señorío,
sin depender de Roma más que para pagarle su tributo en
grano. Pero a causa de las quejas que contra él se proferían,
Estilicón resolvió hacerle la guerra; vencido Gildón se
dio la muerte.
403
En
tanto, crecían en poderío los Godos, y su rey Alarico, tan
valeroso como prudente, invadió la Grecia, y obtuvo la Iliria,
donde había cuatro arsenales de armas; y vendiendo sus servicios
ora al Oriente, ora al Occidente, hacíase temible para todos.
Marchó a Italia por los Alpes Julianos, pero Estilicón lo
derrotó en Pollenza, le cortó la marcha intentada contra
la Etruria y Roma, y le obligó a salir de Italia.
405 – Alarico
Honorio
tuvo los inmerecidos lauros del triunfo, y no hallándose
seguro, se ocultó en Rávena, defendida por la escuadra,
por las lagunas y por las fortalezas. Con razón se preparaba,
pues Radagaiso, al frente de numerosísimas huestes de septentrionales,
pasó el Danubio, los Alpes y el Po, y sitió a Florencia.
Pero todavía lo venció y exterminó Estilicón. Otros Bárbaros
devastaban las Galias y la Germania; en la Bretaña, abandonada
por las legiones, se hizo proclamar emperador un tal Constantino,
que pudo subyugar parte de la Germania y la Iberia, y hacerse
reconocer colega por Honorio, quien en contra suya aceptó
los peligrosos servicios de Alarico. Esto pareció indigno
al Senado, que culpando a Estilicón, pidió la muerte de
éste. Estilicón sufrió la muerte con valor y dignidad. El
débil Honorio se alegró de aquel sacrificio como de una
victoria.
402 – 411
Al
caer el ministro guerrero, los Bárbaros hicieron irrupción
por todas partes: Alarico invadió y saqueó Aquilea, Altino,
Concordia y Cremona, y se echó sobre Roma, que no había
vuelto a ver ejércitos extranjeros desde que Aníbal la había
sitiado 624 años antes. Apaciguado con humillaciones y dinero
la primera vez, volvió Alarico, y abandonó la gran ciudad
al más horrible saqueo; después dirigiose a la baja Italia,
y murió cerca de Cosenza. Reemplazole su cuñado Ataúlfo,
que aspiraba a constituir un imperio godo con las ruinas
del romano, y se contentó con restaurar el antiguo; aceptó
pactos, casose con Gala Placidia, hermana de Honorio, llevó
adelante a los Godos con los cuales recuperó para el imperio
la Galia, mal dominada por aquel Constantino de quien no
ha mucho hemos hablado.
Ya
se rebelaban las provincias; el conde Heracliano conducía
del África una flota sobre el Tíber; Suevos, Alanos y Vándalos,
destrozada la Galia, se estacionaban en la España. Ataúlfo,
que iba a combatirlos, fue muerto con sus hijos por Sigerico;
por todas partes se acercaban huestes de Bárbaros, capitaneados
por distintos jefes, y de pérdida en pérdida se descomponía
el imperio, mientras el débil Honorio se dejaba manejar
por parientes y ministros, hasta que murió en 423.
74.- Arcadio. Aecio. Atila
369 – 401
No
iban mejor las cosas en Oriente. El despotismo era allí
más terrible, no hallando freno en las tradiciones; pero
el débil Arcadio se dejaba dominar por favoritos, principalmente
por el eunuco Eutropio, que aniquilaba con leyes y procesos
a todo el que le hacía estorbo. El godo Gaina, llamado a
defender el imperio, pidió por condición la cabeza de Eutropio,
quien habiéndose refugiado en el templo, fue salvado por
Juan Crisóstomo, a quien él siempre había molestado. Gaina,
sin embargo, siguió con sus Godos hasta el Helesponto y
el Bósforo, y doquiera llevó la desolación y el espanto,
hasta que murió a manos de Uldino, rey de los Hunos.
La
Corte andaba en intrigas, de las cuales fue víctima y narrador
Juan Crisóstomo. Arcadio murió después de un débil reinado
de 13 años, dejando a un hijo de ocho años, Teodosio, de
cuya tutela se encargó Antemio, quien la cedió después a
Pulqueria, hermana mayor del niño Teodosio, la cual administró
el imperio por espacio de cuarenta años, dedicada al ayuno
y a las devociones, sin dejar, por eso, de ser activa y
vigorosa, mientras hacía educar a su hermano por hábiles
maestros, inculcándole ella misma ideas de virtud, de gobierno,
y de respeto a la religión y a los eclesiásticos. Pero esta
educación fue en parte estéril, por cuanto al joven príncipe
le faltaban laboriosidad y vigor. Casose con Eudoxia, hija
de un sofista ateniense, mujer de talento, aficionada a
las bellas letras; mas no tardó en repudiarla, por infundados
celos.
Mientras
tanto, las provincias eran invadidas por Isauros, Moros
y Árabes, y mas seriamente por los Persas, hasta a título
de religión, por cuanto los Magos adoptaban todos los medios
para impedir o estorbar al cristianismo, mayormente en la
Armenia.
A
la muerte de Honorio, Arcadio, no sin guerra, se hizo señor
de todo el imperio, pero cedió el Occidente a su sobrino
Valentiniano, hijo de Placidia, el cual era dueño de medio
mundo a los seis años de edad, bajo la tutela de su madre;
de modo que el imperio se halló dirigido por dos mujeres.
Placidia, que gobernó a su hijo durante veinticinco años,
tuvo dos valerosos generales: Aecio y Bonifacio. Pero estos,
en vez de coadyuvarse, se hostigaron. Bonifacio, que regía
el África, viéndose insidiado por su émulo, se rebeló y
pidió auxilio a Genserico, rey de los Vándalos, por lo cual
trató de destituirlo San Agustín, obispo entonces de Hipona;
pero se arrepintió luego de su conducta y hasta morir combatió
al Vándalo. Este devastó las provincias africanas, y ocupó
a Cartago, siendo este golpe gravísimo para Roma, cuyos
senadores poseían en África la principal fuente de su riqueza.
Aecio - Los Hunos – 483 – Atila
Aecio,
ora en paz, ora en lucha con la emperatriz, mantenía siempre
correspondencia con los Hunos. Estos, que algunos confunden
erróneamente con los Mongoles y los Tártaros oriundos de
la China, parecen más bien de raza finesa, en parentesco
con los Húngaros. Cuando ocuparon el país comprendido entre
el Mar Negro y el Danubio, las imaginaciones, asustadas
a la aparición de gentes extrañas a la raza indo-germánica,
inventaron fábulas y portentos sobre su origen. Lo cierto
es que hacían vida salvaje, yendo siempre a caballo, y no
sabiendo siquiera cocer las viandas. Estaban acostumbrados
a los rigores de la naturaleza, y las mujeres combatían
juntamente con los hombres. Habían inspirado terror al gran
Hermanrico, el Alejandro de los Godos, los cuales, siendo
rechazados por los Hunos, tuvieron que abandonarles el país
situado en la parte septentrional del Danubio. Pronto invadieron
el Imperio, siendo llamados a tomar parte en las luchas
y en las insurrecciones. Recibían de Teodosio II el tributo
de 350 libras de oro, hasta que apareció Atila, azote de
Dios. Este ha quedado en la historia como personificación
de inhumanas destrucciones. Lanzose en primer lugar sobre
la Persia; y estimulado después por Genserico, se echó sobre
el imperio de Oriente, intimando a los emperadores la orden
de que le preparasen un palacio; después de tres señaladas
victorias, llegó al pie de Constantinopla, imponiéndole
vergonzosas condiciones, hasta la de restituir a todo Romano
que huyese de la esclavitud de los Bárbaros o que desertase
de éstos. Desde su capital, es decir, desde su campamento
situado entre el Danubio, el Teis y los Cárpatos, dictaba
leyes a los decaídos señores del mundo, y recibía sus pomposas
embajadas.
450 – 452
Cuando
murió Teodosio II, después de haber reinado 42 años, deshonrado
por el envilecimiento del imperio e ilustrado por el Códice,
que fue la primera colección oficial de leyes romanas, Pulqueria
obtuvo también de nombre el mando que tenía de hecho, y
se casó con el sexagenario Marciano, educado en la desgracia
y en los campos, y poseedor de virtudes rarísimas en aquel
tiempo. Este negó el tributo a Atila, quien con tal motivo
se puso en movimiento con el propósito de destruir a Roma.
Aecio había sido repuesto en su empleo de general y con
su acostumbrada habilidad supo contener a los enemigos;
tuvo en su ayuda a los Hunos y a los Alanos para combatir
a los Burgundiones y a los Visigodos que habían ocupado
los Galias. Los Francos, estacionados en el bajo Rin, eran
gobernados por reyes, entre los cuales recuerda la historia
a Faramundo y a Clodión, quien a pesar de haber sido derrotado
por Aecio, obtuvo la Bélgica. Su hijo Menoveo, habiendo
estado preso como aliado de Valentiniano III y como hijo
adoptivo de Aecio, se alió con Atila. Honoria, hermana de
Valentiniano, ofreció su mano a Atila, el cual encontró
en ello un nuevo pretexto para invadir el imperio con una
falange de Bárbaros. Devastada la Galia, asedió a Orleans;
pero habiéndole alcanzado Aecio en Châlons-sur-Marne ,
lo derrotó. Se rehízo Atila en la Panonia, invadió la Italia
por Aquilea, devastó las ciudades de tierra firme, cuyos
habitantes se refugiaron en las islas, y siguió marchando
contra Roma. Pero el Papa León consiguió detenerlo a fuerza
de súplicas y promesas, y el feroz invasor murió en los
excesos de la lujuria, al regresar al campamento que tenía
por capital. Sus muchos hijos se disputaron sus riquezas
y posesiones, y los diversos pueblos invasores trabaron
entre sí reñidas batallas, tomando luego direcciones y residencias
distintas.
75.- Últimos emperadores de Occidente
455 El
imperio agonizaba. Siempre sobrevenían nuevos Bárbaros;
aplacada y vencida una horda, surgía otra; y a las internas
rebeliones se unía la inepcia de los gobernantes. Muerta
Placidia, Valentiniano III se desbocó; asesinó a Aecio,
su mejor general, y él, a su vez, fue hecho asesinar por
Petronio Máximo, que le sucedió en el trono. La viuda de
Valentiniano llamó en su venganza al vándalo Genserico,
quien con una terrible flota se trasladó del África a la
embocadura del Tíber; y Roma fue saqueada durante catorce
días. Por otras partes, hacían irrupción otros Bárbaros,
reclamando hasta permanentes residencias. Para contener
a los Francos y a los Godos, Máximo designó a Flavio Avito,
noble y honrado hijo de lo Auvernia, quien, a la muerte
de Máximo, fue ayudado por los Visigodos a subir al trono;
pero el Senado y el ejército lo recusaron y lo sentenciaron
a muerte.
Sucedióle Mayoriano, animoso y liberal que gobernó bien,
dio sabias leyes, reprimió a los Vándalos en África y a
los Visigodos en la Galia, hasta que los soldados revoltosos
le dieron muerte.
461
Todo
lo podía entonces Ricimero, comandante de los Bárbaros auxiliares,
llamado conde y libertador de Italia. Impuso al Senado la
elección de Libio Severo , a quien quitó después de
en medio; gobernó dictatorialmente, mientras acá y acullá
se alzaban efímeros emperadores, como Marcelino, Ecdicio,
Antemio, Olibrio, Julio Nepote, interviniendo siempre la
fuerza de Ricimero y la benéfica intervención de los obispos.
Al
morir, Ricimero dejó el ejército a su sobrino Gundebaldo,
príncipe de los Borgoñones. Entonces Orestes, que había
servido a Atila como secretario y embajador, y a la muerte
de este caudillo había reunido una masa numerosa de combatientes
de varios pueblos, llevándola al servicio de los Romanos,
se sintió tan fuerte que hizo proclamar emperador a su propio
hijo, llamándolo Rómulo Augústulo. La chusma advenediza
pretendía que el emperador se plegase a todos sus caprichos,
y habiendo obtenido una tercera parte de los terrenos de
la Galia, de la España y del África, la quería también de
Italia. Negose, Orestes, y la chusma se dirigió a Odoacro,
otro jefe de federados, quien hizo dar la muerte a Orestes
y regaló una rica quinta a Augústulo; mandó decir a Zenón,
emperador de Oriente, que en adelante creía superflua aquella
dignidad imperial en Occidente; y requirió para sí el título
de patricio y la administración de la diócesis italiana.
Fin del imperio |