54.
-El Imperio Romano
Ufana
señora de todo el mundo conocido, Roma sobresalía cada vez
más y dominando los países comprendidos en 2000 millas de
extensión del Septentrión al Mediodía, desde la Dacia hasta
el trópico, y 300 de Levante al Ocaso, desde el Océano hasta
el Éufrates, sobre una superficie de 1600000 millas cuadradas,
entre los 24 y 56 grados de latitud septentrional; los países
mejor dispuestos a la civilización. Al Noroeste comprendía
Inglaterra y la llanura de Escocia, quedando las montañas
para los Caledonios; con el Rin protegía la Helvecia y la
Bélgica; con el Danubio las penínsulas Ilírica e Itálica;
llegaba al Mar Negro, seguía por la cordillera del Cáucaso
al Caspio y a las montañas centrales del Asia. En ésta no
pudo nunca subyugar a los Iberos; los Armenios fueron ora
enemigos, ora tributarios, nunca súbditos de Roma. En la
Mesopotamia, entre el Éufrates y el Tigris, se tocaban los
Romanos con los Persas. Los inviolados desiertos de la Arabia
eran fronterizos con las fértiles colinas de la Siria, y
el Egipto confinaba con el mar Rojo. Los desiertos de la
Libia al Mediodía, y el Atlántico al Occidente, cerraban
el vuelo y la rapiña a las águilas romanas.
Dentro
de este perímetro permanecían independientes algunos Estados,
como las doce ciudades alpinas del rey Cocio, de las cuales
era capital Susa, las repúblicas de Corcira, Quíos, Rodas,
Samos y Bizancio, como también Nimes, Marsella, Lacedemonia
y varios pueblos de la España y de la Galia, que conservaron
su propio gobierno. Igual privilegio habían obtenido muchas
de las 500 ciudades de Asia, y tenían reyes propios la Capadocia,
la Cilicia , Comagene, la Judea, Palmira, la Mauritania
y el Ponto.
En
el censo aparecieron 6945000 ciudadanos romanos, los cuales
con los niños y mujeres darían hasta 20 millones. Probablemente
serían en doble número los habitantes de las provincias,
y habría tantos esclavos como hombres libres.
Se
habían visto imperios asiáticos más vastos, pero extendidos
sobre desiertos o poblaciones incultas. El romano abrazaba
los países más civilizados, con dominio absoluto y regular;
en cada provincia se alzaban a menudo ciudades, algunas
grandiosas como Roma, Alejandría y Antioquía. En adelante,
no debíase aspirar a extenderlo, sino a regularlo, y a refrenar
a las naciones que se amontonaban en las fronteras.
55. -Los doce Césares
Durante
los principios de Roma, poca gente gozaba plenos derechos
de ciudadanía. La muchedumbre luchaba para participar de
ellos; de aquí resultaron larguísimas discordias entre los
nobles, defensores de la aristocracia, y los ricos, contra
la plebe que, antes que servir a tantos tiranuelos, se agrupaba
en derredor de jefes ambiciosos. Al principio pidió leyes,
al modo de los Gracos; se declaró en guerra abierta en tiempo
de Mario; pero Sila sostuvo al Senado y relegó los Socios
itálicos a las tribus que no votaban; restableció la república,
esto es el predominio de los aristócratas, proscribió a
los enemigos e introdujo soldados mercenarios, a quienes
repartió el campo público. Pompeyo prosiguió su obra, aunque
débilmente, y pronto prevaleció César que domó al Senado,
el cual le dio muerte. Recrudecida entonces la guerra civil,
Antonio y Augusto abatieron a la aristocracia. Quedando
único soberano, Augusto conservó las formas republicanas,
pero acostumbró a los Romanos a la indolencia y la molicie,
al juego y al amor a la prosperidad presente, más que al
tormentoso pasado. El imperio no era monarquía, sino una
dictadura prolongada, bajo la salvaguarda de la autoridad
tribunicia, sin elección legal, ni orden de sucesión, y
por consiguiente sin límites, dependiendo todo de la condición
del reinante.
Tiberio – 14 – 19
Tiberio,
llamado por Augusto a sucederle, se había hecho ilustre
con las guerras, y a los 56 años se encontró dueño del mundo.
Al principio rehuyó el imperio que se le ofrecía; aceptando
el puesto acarició al Senado y se mostró magnánimo con el
pueblo; pero en breve se convirtió en un monstruo; hizo
dar la muerte a Germánico, héroe en la guerra, e ídolo del
pueblo; quitó a los comicios todos sus poderes; excitó a
los delatores, que le denunciaban verdaderos y falsos golpes;
cometió toda suerte de crueldades y disoluciones con las
cuales deshonró a la isla de Caprea.
37 – Calígula
Su
sobrino Cayo César, hijo de Germánico, ídolo de los soldados
que le daban el nombre de Calígula, le sucedió en el imperio
siendo aún muy joven, y no tardó en brillar como ninguno
por su crueldad y por sus vicios. Sentía que el pueblo romano
no tuviese una sola cabeza para cortársela de un golpe;
le despreciaba tanto, que hizo cónsul a su propio caballo;
le arrojaba dinero mezclado con afiladas puntas; gastó en
una sola comida dos millones, y consumió en un año los 50
millones reunidos por Tiberio, reparando luego su erario
con la proscripción y la muerte de ricos ciudadanos.
41 – Claudio
Fue
muerto por conjurados, quienes proclamaron emperador a su
tío Claudio, hombre estudioso, medio imbécil y enemigo de
ruidos. Fue juguete de sus soldados y de Mesalina, su impúdica
mujer, hasta que ésta fue condenada a muerte. Entonces se
casó con su sobrina Agripina, no menos lujuriosa, cuyo principal
intento fue el de darle por sucesor a su hijo Nerón, en
perjuicio de Británico, nacido de Mesalina.
54 – Nerón
En
efecto, Nerón fue proclamado emperador por los pretorianos,
árbitros ya de Roma. Alumno del filósofo Séneca, Nerón se
mostró al principio respetuoso en vez [sic] de la legalidad,
los magistrados y la opinión pública; mas no tardó en depravarse.
Envenenó a Británico, mandó matar a su madre Agripina, a
su esposa Octavia, a su maestro Séneca y a cuantos le hacían
estorbo, y excitó con el espanto la adulación de los Romanos.
En su afán de pasar por literato y artista, escribía versos
y se presentaba a cantar en sus teatros. Habiendo incendiado
a Roma para reconstruirla a su gusto, edificó el palacio
de oro, en cuyo vestíbulo había una estatua suya de 40 metros
de elevación, con triple orden de columnas que formaban
un largo pórtico en el centro.
68
Contra
la tiranía de este cruel emperador conspiró Pisón, quien
costó la vida a muchísimos; Nerón intentaba matar a todos
los senadores y entregar las provincias y los ejércitos
a caballeros y libertos. En tanto recorría la Grecia, renovando
los antiguos juegos, tocando el arpa y recitando en el teatro,
triunfando y robando al mismo tiempo, sembrando por doquier
la muerte, y excediéndose a la corrupción del país. La fuerza
militar era la única que hacía posible aquellos excesos,
y la única que podía darles fin. Julio Vindex levantó en
la Galia céltica la bandera contra Nerón, y hubiera podido
hacerse proclamar emperador, si Virginio Rufo no hubiese
protestado, diciendo que se hallaba dispuesto a no tolerar
que se diese el imperio de otra manera que por el voto de
los senadores y de los ciudadanos; y habiéndole vencido,
rehusó el imperio para sí. Aterrado por la rebelión, Nerón
no tenía valor bastante para darse la muerte, hasta que
oyendo que iban a prenderlo para llevarlo a la horca, se
hizo matar por un esclavo.
Galba
El
ejército había proclamado a Galba, quien disimulando sus
propios méritos, había escapado a la furia de Nerón y se
había captado las simpatías de las provincias reprimiendo
a los que pretendían vejarlas y oprimirlas. Desterró a los
parciales de Nerón, mató a 7000 marineros revoltosos y a
muchos ciudadanos; y sin embargo pasaba por hombre benigno;
cierto es que negó a los soldados y al vulgo la cabeza que
pedían de muchos.
Otón – 69
Para
evitar las usurpaciones del ejercito eligió por sucesor
suyo a Pisón, lo cual ofendió a Salvio Otón, que se hizo
proclamar emperador por algunos pretorianos que promovieron
en la ciudad un motín en que fue muerto Galba. El Senado,
el pueblo y los caballeros se apresuraron a lisonjear a
Otón, terminando con fiestas una jornada de estrago.
Vitelio
Pero
en la Baja Germania, Vitelio se negó a reconocerlo, y trasladándose
a Italia con su ejército, venció en Badriaco a Otón, que
se dio la muerte; proclamado emperador, entró en Roma armado
como conquistador. Inepto para los negocios del Estado,
tenía por pasión dominante la de comer manjares exquisitos
y nadar en la abundancia, de tal modo que en pocos meses
derrochó 900 millones de sestercios.
Vespasiano
Vespasiano, que entonces dirigía la guerra contra los Hebreos,
se hizo proclamar emperador, y con legiones intactas atacó
a Vitelio, cuyo miedo estaba en relación con su vida de
placeres. En una batalla reñida al pie de las murallas de
Cremona, perecieron 30 mil Vitelianos a manos de compatriotas
y amigos, a pesar de que Vespasiano había recomendado que
se evitase el derramamiento de sangre civil. La misma Roma
sufrió estrago e incendio; por fin Vitelio fue ignominiosamente
paseado por la ciudad y muerto entre gritos e insultos;
los soldados vencedores devastaron y robaron por todas partes,
siendo peores que enemigos.
70
Vespasiano, de la familia Flavia, había combatido en las
guerras civiles y merecido el favor de los emperadores con
sus vicios, y fue el único que mejoró de condición al subir
al solio imperial. En Alejandría, donde se hallaba, acudió
tanta gente a reverenciarlo, que la ciudad no era bastante
grande para contenerla; ¡calcúlese lo que sucedería a su
llegada a Roma! En la capital del imperio procuró atender
al hambre y a los gastos ocasionados por el incendio; fue
sencillo en su modo de vivir; gemía al tener que mandar
alguna víctima al suplicio; en comparación con la loca prodigalidad
de sus antecesores, fue tenido por avaro; pero en tanto
Roma respiraba un poco de calma y sensatez, después de tantas
dilapidaciones y matanzas. Sintiéndose morir, Vespasiano
exclamó: -«Estoy a punto de convertirme en Dios», burlándose
de que los Romanos divinizasen a sus príncipes; y quiso
morir en pie.
79 – Tito
Su
hijo Tito fue llamado delicia del género humano; solía decir
que no convenía que nadie se alejase con tristeza de la
vista del emperador, y consideraba perdido el día en que
no hubiese hecho algún bien. Habiendo un incendio destruido
el Capitolio, el Panteón, la biblioteca de Augusto y el
teatro de Pompeyo, Tito los reparó a expensas propias. También
reparó a sus costas los males que pudieron repararse después
de la erupción del Vesubio que sepultó a las ciudades de
Herculano y Pompeya y sacudió a toda la Campania.
81 – Domiciano
Créese
que aceleró la muerte de Tito su hermano Domiciano, rebelde,
sanguinario y celoso. Este fingía victorias mientras sufría
derrotas humillantes; odió la historia y los hombres virtuosos.
tanto que los literatos hallaron mas cómodo que ningún otro
el oficio de adulador y espía. A la crueldad unía bufonadas
y sórdidas concupiscencias; para subvenir a locos gastos,
sacaba dinero de todas partes, por lo cual disgustaba a
las provincias y se multiplicaban las revueltas y conjuraciones,
hasta que fue muerto en una de ellas.
Fue
el último de los doce Césares.
56.- Guerras del imperio
No
le faltaban enemigos a Roma. Bajo Tiberio, la Germania se
presentó varias veces amenazadora, como lo estuvo la Tracia.
En África, los Númidas fueron vencidos por Bleso; en Oriente,
al cabo de larga guerra, la Capadocia fue reducida a provincia;
pero la Comagene , la Cilicia, la Siria y la Judea
se agitaban incesantemente. La Bretaña fue también constituida
en provincia, pero los naturales, refugiados en los montes,
caían a menudo sobre los Romanos; Caractaco trató de devolverle
la independencia, mas fue engañado y vencido; druidas y
sacerdotisas incitaron después al pueblo a la resistencia,
mas prevaleció la disciplina sobre el furor, y también allí
se restableció la paz, llamando civilización a lo que era
parte en servidumbre.
La
Galia fue dejada por Augusto resignada, no tranquila; en
Marsella, Tolosa, Arelates y Viena florecieron las letras
griegas y latinas. Tratóse de implantar entre las clases
distinguidas las divinidades romanas, en sustitución del
culto nacional de los Druidas, amado del pueblo; Claudio
proscribió a los Druidas y sus símbolos, mientras igualaba
los Galos a los Romanos en el Senado y en los empleos; así
fue que la flor de aquellos acudió a Roma a enseñar, a gobernar
y a pedir.
Los
Partos permanecieron siempre indómitos, si bien buscaron
a menudo en Roma un rey entre los individuos de sus antiguas
dinastías que en ella rivalizaban entre sí. Roma veía con
satisfacción las desavenencias de estos, de los Armenios
y de los Iberos. Radamisto tiranizó a la Armenia, tanto
que ésta se sublevó, y a duras penas pudo él escapar con
su mujer Zenobia. Tenida ésta por muerta, fue luego esposa
de Tirídates, que se había hecho rey de la Armenia bajo
la tutela de los Romanos, recibiendo la corona de manos
de Nerón con indecible fausto.
Imperio Galo
El
subyugado mundo protestaba, pues, contra la opresión romana,
y se sublevaba cada vez que la rebelión de las legiones
o la vacancia del imperio disminuían la vigilancia. Vespasiano
tuvo que combatir a los Dacios que habían pasado el Danubio.
Los Bátavos, de la tribu de los Catos, estacionados entre
los dos brazos del Bajo Rin, habían militado contra los
Romanos; Claudio Civil, su jefe, pensó devolver la libertad
a su patria. Fingióse amigo de Vespasiano, y tan rico en
valor y en astucia como Aníbal y Sertorio, venció y tuvo
armas, flota y alianza de muchos pueblos germánicos. Toda
la Galia aspira entonces a redimirse; los Bardos y la profetisa
Veleda surgen de sus escondites para excitar a la rebelión;
muchas legiones les siguen después de haber dado muerte
a sus oficiales, y se proclama el imperio galo. Pero restablecido
el orden en Roma, prevalece Vespasiano; Civil obtiene la
gracia de que se le deje vivir en paz; otros jefes se matan
o son muertos; Julio Sabino, que se había hecho proclamar
emperador, es derrotado, y solo puede salvarse haciéndose
pasar por muerto. Su mujer Epónima lo tuvo escondido durante
nueve años, hasta que, descubierto, fue llevado a Roma,
y a pesar de lo singular del caso y de la piedad que inspiró
su largo martirio, ambos esposos fueron enviados al suplicio.
En la Galia se restableció el orden, o sea la servidumbre,
y los Druidas se convirtieron en maestros de ciencias romanas.
Judea – 76
La
Judea estaba reducida a provincia, gobernada por procuradores.
Entre estos, Poncio Pilatos osó ofender el sentimiento patriótico
y religioso plantando en Jerusalén las banderas romanas
y sacando dinero del tesoro del templo, por todo lo cual
los Hebreos se sublevaron y obtuvieron que el procurador
fuese llamado a Roma. Tiberio unió luego estos Estados a
la Siria, dejando a Herodes Antipas el resto de la
herencia de Herodes el Grande. En Jerusalén, en Alejandría
y en Roma, los Hebreos opusieron resistencia a los emperadores
que quisieron violentar sus conciencias; Agripa, favoreciendo
a Claudio, logró poseer entera la Judea y la Samaria, donde
restableció las costumbres antiguas; mas todo lo echaban
a perder el servilismo de los Romanos y la enemistad entre
Samaritanos y Judíos, y entre Saduceos y Fariseos. Mesnadas
de Zelotes infestaban el país, y exterminado un jefe se
levantaba otro. Hebreos y Sirios se disputaban la posesión
de Jerusalén, pretendiendo aquellos que había sido edificada
por Herodes, y éstos que era ciudad griega, tanto que el
mismo Herodes la había dotado de templos y simulacros helénicos.
Llevada la causa a Nerón, se decidió por los Sirios; mas
de aquel fallo se originó una general revuelta, en vano
reprimida con el degüello de millares de personas. Nerón
mandó para combatirlos a Vespasiano, que con su hijo Tito
venció diferentes veces a los jefes enemigos, entre los
cuales se hallaba Josefo, historiador de estos sucesos,
y sojuzgó a toda la Galilea. Los Zelotes, mientras tanto,
no cesaban de alterar la paz, y refugiados al fin en el
templo de Jerusalén, e incitados por Juan de Giscala, se
defendieron auxiliados por los Idumeos, y después de haber
ensangrentado horriblemente la ciudad, se destrozaron mutuamente.
Bien decía Vespasiano que le facilitaban la victoria sin
combatir, y cuando fue elegido emperador, confió a Tito
el asedio de la ciudad santa. Defendioóse ésta con el furor
de la desesperación, tanto que Tito se vio obligado a recurrir
a medios extremos; crucificaba a cuantos Hebreos caían en
su poder; en el asalto, fue incendiado el mismo templo,
que quedó reducido a cenizas. Perecieron un millón y medio
de personas; para quitar toda esperanza a los sobrevivientes,
se destruyeron ciudades y castillos; y con sus despojos
fue construido en Roma el templo de la Paz, donde se hubieran
depositado el candelabro de oro y demás riquezas sagradas,
si no hubiesen naufragado al entrar en el Tíber. Muchos
Judíos fueron degollados y arrojados otros a las fieras
del circo para diversión del pueblo, siendo reservados los
demás para la fabricación del Coliseo.
Algún
tiempo después, un tal Simón Bar Kosiba (Barcocebas) se
sublevó al frente de los Judíos, cometiendo horribles excesos
en Cirene, en Egipto y en la Siria; mas los Romanos mataron
a 576000 Hebreos, vendiendo a los restantes; y para aniquilar
su religión, se erigieron templos consagrados a ídolos sobre
las ruinas del antiguo, y se cambió el nombre de Jerusalén
con el de Elia Capitolina. Antonio Pío dulcificó aquella
servidumbre, permitiendo a los Hebreos que tuviesen sinagogas
y circuncidaran a sus hijos. Juliano el Apóstata trató en
vano de restablecer a Jerusalén; el califa Omar, sucesor
de Mahoma, la tomó, y quedó en poder de los Musulmanes hasta
que la conquistaron los Cruzados.
El
pueblo Hebreo anduvo disperso por las naciones, ejerciendo
el tráfico, sin deponer jamás ni la religión unitaria, ni
la esperanza en un Mesías que ha de restaurar su culto y
su nacionalidad.
Vespasiano pudo entonces cerrar el templo de Jano; mas pronto
tuvo que hostilizar a la Comagene, la cual fue reducida
a provincia, como la Grecia, que había sido emancipada por
Nerón, la Licia, la Tracia, la Cilicia , y asimismo
Rodas, Bizancio y Samos.
Julio
Agrícola, que mereció ser elogiado por su yerno Tácito,
gobernaba la Bretaña, donde se renovaron las correrías de
los montañeses; dio la vuelta a la isla y aseguró el único
engrandecimiento que experimentó el imperio del primer siglo.
Nueve
guerras contra los Dacios y los Germanos estallaron bajo
el gobierno de Domiciano, y fue la primera vez que los Bárbaros
asediaron con ventaja al imperio. El mismo Domiciano obtuvo
fingidos triunfos sobre éstos y los Sármatas.
57.- Costumbres del Imperio
Una
serie de tristes personajes se sucedieron, como hemos visto,
en el mando de Roma y del mundo, que resignados sufrían
aquel yugo humillante. Efecto era esto del egoísmo universal,
en cuya virtud cada uno atendía a las ventajas propias y
no al deber ni a la humanidad. Ni los Romanos se compadecían
de los males de las provincias, ni los Galos de los Germanos,
ni estos de los Asiáticos; cada cual pensaba en gozar de
la hora presente, distraerse con juegos y donativos, adular
al emperador que podía darlos, para insultarlo a su caída;
la idea del goce era preocupación general; después del placer
decente se buscaba el deshonesto, la infamia, la depravación,
el placer de la vergüenza, de la extravagancia y de la sangre;
y al servicio de los placeres habían de estar los esclavos,
las mujeres, los niños, los gladiadores, las fieras, el
arte, la literatura, que también ésta tenía que hacerse
aduladora.
Entre
los filósofos, los únicos que atendían a la dignidad humana
eran los Estoicos; pero se limitaban a abstenerse, a conservar
la tranquilidad, a no tener odio ni compasión, y a considerar
como salvación el darse la muerte. El más ilustre de éstos,
Séneca, que adquirió exorbitantes riquezas con sus usuras,
lisonjeó a su discípulo Nerón, participando a menudo de
sus delitos, y cuando el tirano lo condenó a morir, se hizo
abrir las venas tranquilamente. Su sobrino Lucano, poeta,
para salvarse denunció a su propia madre; mas también murió
por orden de Nerón, recitando versos. El suicidio era común;
a él recurrían hasta los Epicúreos cuando les pesaba la
vida; y el pueblo se recreaba oyendo sus frías disertaciones,
y viendo como afrontaban la muerte con la mayor tranquilidad.
Si
la filosofía carecía de doctrinas, a la religión le faltaban
dogmas. Cundían las supersticiones, recibíanse las divinidades
de todos los países y el pueblo hizo dioses a todos sus
execrables emperadores; buscábase la expiación de culpas
en sortilegios de nigromantes, en el sacrificio de niños
y en aspersiones de sangre.
Por
consiguiente, la muchedumbre se entregaba sin freno a bajos
vicios y a desenfrenos; un inaudito abuso de divorcios y
adopciones desconcertaba a las familias. En tiempo de Claudio,
19000 condenados a muerte combatieron en el lago Fucino;
y cuando este emperador restableció el suplicio de los parricidas,
hubo en cinco años más sentencias que en muchos siglos;
45 hombres y 85 mujeres fueron de una vez condenados por
envenenamiento. Si no bastaban los sanguinarios juegos de
los gladiadores, queríanse en la escena verdaderos incendios
y heridas verdaderas, y se mutilaba a Atis, y se quemaba
la mano a un Mucio Escévola, y un Dédalo era destrozado
por un oso, y en fin se llegaba al extremo de representar
la infamia de Pasifae. La disolución pasaba los límites
de lo increíble. Y era un pueblo llegado al colmo de la
civilización, con monumentos que no se acaban de admirar,
y pórticos y termas y poesías e historias de exquisito gusto,
y cuantas maravillas producen el arte y a naturaleza. Pero
el lujo era, no arte como en Grecia, sino voluptuosidad;
lujo gigantesco y miserable, fomentado por el despotismo
imperial. En la mesa se consumían enormes fortunas, y por
su glotonería alcanzaron fama Octavio y Apicio, quien después
de haber consumido inmensos tesoros en la mesa, se mató
por no verse reducido a vivir con solos diez millones de
sestercios (cerca de 2 millones de pesetas).
Pero
así en las comidas como en el lujo, en la voluptuosidad
como en la barbarie, dominaba el afán de lo extraordinario;
admirábase lo que era exorbitante: vasos fragilísimos, mesas
descomunales, el comer y beber lo asombroso por la calidad
y la cantidad.
Bajo
los emperadores, que todo lo podían porque contaban con
la amistad de los soldados, había un vulgo cobarde, corrompido
y egoísta, que nadie pensaba educar, y que a lo sumo oía
en boca de los Estoicos, como única solución posible, la
palabra Suicídate.
58.- Cristo
Y
téngase en cuenta que hablamos de la parte del mundo más
civilizada, más culta y más moral; de modo que aquella inmensa
depravación no podía ser corregida más que por el cielo
y el amor. Porque había llegado la plenitud de los tiempos
anunciada por los profetas y por todo el Oriente, y principalmente
por los Hebreos, que esperaban al Prometido, imaginándoselo
guerrero, príncipe, restaurador de la gloria de David y
Salomón.
Pero
Cristo nació pobre, de humildes trabajadores: vivió 30 años
ignorado, creciendo en sabiduría y en virtud; salió luego
a predicar que todos los hombres son igualmente hijos de
Dios, hermanos de Cristo, que vino a la tierra para redimirlos
del pecado, instituir los sacramentos que facilitan la gracia,
y ofrecer personalmente el modelo de todas las virtudes.
La primera de todas consistía en amarse mutuamente, sin
distinción de señor ni siervo, de nacional o extranjero,
de rico o pobre.
Su
doctrina y su ejemplo irritaban la soberbia y la hipocresía
de los sacerdotes y de los fariseos, purgando la ley santa
de las observancias frívolas, hablando no solamente a los
Hebreos, sino a todo el mundo, y anunciando las nacionales
esperanzas de un renacimiento civil, aunque elevándolo a
más sublime altura. Por esto conspiraron contra Cristo,
denunciándolo a los tribunales como corruptor de la religión,
y al gobernador romano como conspirador. Poncio Pilatos,
al oír de boca de Jesús que su reino no era de este mundo
y que había venido a la tierra para dar testimonio de la
verdad, lo absolvió dándolo por loco; los sacerdotes lo
declararon blasfemo y digno de muerte, y amenazaron al gobernador
romano que no hallaba motivo alguno para condenarlo, con
denunciarlo a Roma. El débil político accedió a que lo matasen
y Cristo fue crucificado.
Los
pocos hombres que le fueron fieles, se escondieron espantados,
hasta que él resucitó; subido al cielo, mandóles el Espíritu
Santo, que les infundió sabiduría y valor, después de lo
cual se esparcieron por todo el mundo y propagaron rápidamente
la enseñanza del Maestro. Este no había escrito nada; pero
sus actos y sus palabras y su doctrina fueron recogidos
por cuatro evangelistas.
Si
bien no se puede separar la humanidad de Cristo de su divinidad,
ni los preceptos de los dogmas, ni la eficacia de la verdad
del triunfo de la Gracia, la historia puede limitarse a
considerar el efecto que aquella revelación deberá producir
en el orden de la humanidad. Todas las doctrinas anteriores
habían establecido la preeminencia de algunos hombres sobre
los demás; una distinción entre el que puede mandar y el
que debe obedecer. Ninguna de estas doctrinas sentó el origen
común de los hombres; hasta la ley hebraica diferenciaba
a los extranjeros. De esto resultaba la esclavitud, la crueldad
y el desprecio a las mujeres. Ahora, con la unidad de Dios
se proclamaba la unidad de la familia humana, y de aquí
la obligación de amarse mutuamente.
En
cuanto al orden político del mundo visible, Cristo no dejó
norma alguna, a no ser la obediencia a la autoridad constituida;
pero sentaba la necesidad de la justicia, e impedía que
los hombres se considerasen, unos como fin y otros como
medios, estableciendo así la verdadera libertad, independiente
de la forma de gobierno. Diciendo: El que quiera ser el
primero será siervo de los demás, sustituía la tiranía,
en la que pocos gozan y muchos padecen, con el gobierno
en beneficio de todos, haciendo que sea un deber, no un
privilegio, la dirección de los hombres.
Cristo
designó al hombre que, muerto él, debía hacerse siervo de
los siervos, y así fundó la unidad de gobierno de la Iglesia
visible, con un poder sobre las conciencias, al cual toca
resolver las dudas, determinar las creencias y regular la
moral.
Este
gobierno espiritual impone la obligación de dar al César
lo que es del César; pero al frente del poder autoritario
establece doctrinas que impiden sus excesos, y quiere que
se reserve para Dios lo que es de Dios, es decir el alma,
la conciencia.
Sus
palabras: Sed perfectos como mi padre, imponen a las nuevas
edades la misión de progresar y luchar, efectuando cada
vez mejor la ley de amor y de justicia. Todo hallará su
recompensa en una vida eterna, positivamente asegurada,
a diferencia de los filósofos y sacerdotes anteriores que
a lo sumo la daban como probable. El premio de esta vida
futura obliga a cada individuo a perfeccionarse a sí mismo,
no en vez del Estado o de la sociedad, sino como templo
de la divinidad, buscando su propia pureza, elevación y
caridad.
Para
llegar a la consecuencia de este reino de Dios, muchos siglos
y grandísimos esfuerzos serán menester; pero mientras duren
los males inseparables de nuestra naturaleza y los que tienen
su origen en nuestras culpas, tendremos el bálsamo de la
caridad, virtud que ni siquiera tuvo nombre entre los antiguos.
59.- Nerva, Trajano, Adriano, los Antoninos
El
Senado, que había conservado cierta virtud, merced a la
filosofía estoica, tendió entonces a reprimir la arrogancia
militar y poner en el trono hombres suyos. Fue el primero
Nerva, que no solo empezó con actos de justicia y de clemencia,
sino que perseveró en ellos, amenazó a los espías, hacía
educar a los niños indigentes, pero la muerte lo asaltó
cuando había reinado apenas 16 meses.
98 – Trajano
Este
había adoptado a Trajano, de antigua familia española, buen
guerrero, que al entrar en el palacio exclamó: -«Espero
salir de aquí como entro.» Se consideró obligado al cumplimiento
de las leyes como cualquier otro ciudadano; disminuyó los
impuestos y las prerrogativas de los emperadores; perdonó
a los que le hubiesen ofendido; pero se abandonaba a la
pasión del vino, y tenía la vanidad de escribir su nombre
en todos los edificios y hacerse dar el título de señor.
Domiciano había comprado la paz de los Dacios pagándoles
un tributo; pareciéndole esto indecoroso a Trajano, hizo
la guerra a los Dacios, y habiendo vencido a Decebalo su
rey, lo llevó en triunfo a Roma, donde hubo fiestas por
espacio de 123 días, se dio muerte a más de 10 mil fieras,
y fue erigida la columna Trajana en el centro del Foro cuadrado,
circuido de pórticos y arcadas, que eran una maravilla en
la ciudad de las maravillas.
Igualmente quiso reprimir a los Partos; con tal fin redujo
la Armenia y la Asiria a provincias, y llegó hasta Babilonia;
después dio principio a una excursión por todo el imperio,
el cual llegó entonces a su mayor grandeza. Pero estorbáronle
repetidas sublevaciones, y murió en Selinunte.
117 – Adriano – 138
Trajano
había designado como sucesor suyo a Adriano, espléndido
y avaro, clemente y vengativo, mezcla de virtudes y de vicios.
En cuanto a literatura, prefería Catón a Cicerón, Ennio
a Virgilio, Celio a Salustio, y pretendía ser superior a
todos en todo. Por todas partes multiplicó los monumentos
con su nombre, figurando entre ellos la Mole Adriana en
el puente de Sant' Angelo, y la quinta de Tívoli, donde
hizo imitar construcciones y estatuas que había visto en
otras partes. De afable trato, misericordioso con los niños
pobres y con el pueblo, generoso con los senadores y magistrados
de escasa fortuna, quería locamente a los perros, a los
caballos y al joven Antínoo, eternizado por muchas estatuas.
En el ejército marchaba y comía con los soldados; no conservó
los países conquistados por Trajano, pues vio la primera
retirada de los Romanos, de seis conquistas. Visitó todas
las provincias obedientes, y en Bretaña construyó la muralla
de Adriano para contener las correrías de los Caledonios;
en Roma dio nueva organización a los tribunales, y dio a
Salvio Juliano el encargo de reunir en el Edicto Perpetuo
las mejores leyes publicadas hasta entonces por los pretores,
obligando a los sucesivos a que se atuviesen a ellas. Retirose
a Tívoli donde se abandonó a lascivias y crueldades, y a
la magia, hasta que murió a la edad de 62 años, siendo luego
colocado entre los dioses.
Antonino
Adriano
había adoptado a Antonino, joven afable y apreciado de parientes
y amigos; fue uno de los mejores príncipes que recuerda
la historia. Magnífico sin lujo, económico sin mezquindad,
respetuoso de los númenes patrios sin perseguir a los Cristianos,
decía: «Mejor es salvar a un ciudadano, que exterminar a
mil enemigos.» Hasta los extranjeros sometían sus diferencias
a su equidad.
161 - Marco Aurelio – 169
Su
sobrino Marco Aurelio, adoptado por él, le sucedió en el
trono; fue virtuosísimo y sumamente laborioso, y nombró
colega suyo a su hermano Lucio Vero, de escaso ingenio y
ninguna virtud, entregado al libertinaje y al lujo desenfrenado,
hasta que murió a la edad de 39 años, siendo inscrito entre
los dioses.
Marco
Aurelio, además de atender a los gravísimos desastres de
incendios, inundaciones, terremotos y epidemias, tuvo que
combatir a los Britanos, a los Germanos y a los Partos,
que fueron sanguinariamente vencidos, aunque a costa de
la devastación de muchas provincias. Avidio Casio, gobernador
de la Siria, vencedor de los Partos y de los Germanos, severísimo
en la disciplina militar, tuvo el pensamiento de restablecer
la república, y se hizo proclamar emperador, secundado por
muchos pueblos; pero a los dos meses de su proclamación
fue asesinado. Marco Aurelio protegió a los parientes de
Casio, y perdonó a los demás rebeldes. En Roma gozábase
de cuanta libertad eran capaces los antiguos, reapareciendo
la dignidad humana. Marco Aurelio prohibió a los gladiadores
el uso de armas homicidas; y dejó escritos unos Recuerdos,
que determinan el punto más alto a que podía llegar la moral
gentílica. Su excesiva bondad perjudicaba no castigando
a los culpables, tolerando el libertinaje de su mujer Faustina,
y adoptando al pícaro Cómodo.
60.- Condición del Imperio
Los
84 años que median entre Domiciano y Marco Aurelio, fueron
tenidos por la edad más feliz del género humano. Fue además
el momento de mayor grandeza del romano imperio. El centro
de éste era Italia, donde residía el emperador, y donde
los senadores habían de tener al menos un tercio de sus
bienes. En ella no ejercían su arbitrariedad los gobernadores,
ni se pagaban tributos; las autoridades municipales hacían
ejecutar las leyes; pero Adriano la confió al gobierno de
cuatro varones consulares, igualándola en cierto modo a
las demás provincias; los magistrados municipales eran elegidos
entre los decuriones ilustres, aproximándose de esta manera
a la aristocracia.
En
las provincias, los procónsules y los pretores asumían el
poder de dictar leyes, de aplicarlas y restringirlas. Con
tanto arbitrio, procuraban robar en un año lo suficiente
para ser ricos toda la vida, mientras se libraban de su
tiranía los que eran declarados ciudadanos de Roma. Pero
bajo los emperadores, los procónsules fueron más vigilados;
permaneciendo largo tiempo en el poder, adquirían conocimiento
y apego al país.
Ciudadanía
La
ciudadanía de Roma se extendía al principio a toda Italia,
es decir, a cuantos habitaban desde el Faro hasta el Rubicón
y hasta Luca; y luego hasta los Vénetos y los Galos cisalpinos.
Los siervos emancipados adquirían los derechos de los ciudadanos,
si bien estaban excluidos de los empleos de la milicia y
del Senado. Augusto restringió esta admisión, concediéndola
solamente a los magistrados y grandes propietarios de las
provincias; pero sus sucesores dilataron la ciudadanía;
en las legiones y hasta en el mando de los ejércitos, se
aceptaba gente que no fuese itálica ni ciudadana; Claudio
admitió en el Senado a muchos extranjeros, y los ciudadanos,
que en tiempo de Augusto eran 4163000, ascendieron entonces
a 5684072. Mas poco a poco cesaron las exenciones de que
gozaban, por lo cual no fue ya tan codiciado aquel título,
que traía consigo muchas obligaciones; el acto de Caracalla
que lo extendió a todos sus súbditos, equivalió a someter
a los provinciales a todas las cargas de los ciudadanos.
En
cambio, de aquel modo se difundieron la civilización romana
y la lengua latina, modificada según los idiomas primitivos;
los Griegos, sin embargo, no la sufrieron y afectaron ignorarla;
hasta Libanio, ningún griego menciona a Horacio y Virgilio.
Para
unir tantos países servían los grandiosos caminos, que convergían
en Roma o en Milán, en una extensión de más de 4000 millas,
con postas regulares, mediante las cuales se podían andar
100 millas al día; pero servían únicamente para el gobierno.
El emperador - El Senado
El
emperador era tan déspota como los señores del Asia, aunque
durasen el nombre y las formas de la república. Este absolutismo
impedía el bien hasta en los mejores príncipes, por más
que la soberanía había de considerarse como emanación del
pueblo. El Senado conservaba el derecho de proclamar, censurar
y deponer al jefe del Estado; pero o viles, o vendidos,
o cobardes, magistrados y senadores no hacían más que secundar
las pasiones y legalizar las iniquidades de los déspotas.
La pura sombra que el Senado conservaba de su antigua autoridad,
hacía que los emperadores, buenos o malos, tratasen de deprimirlo,
quitando el poder a las magistraturas curules. En fin, cuando
el consejo del príncipe publicaba decretos imperiales y
formaba un tribunal de suprema apelación, el Senado quedaba
reducido a decretar los nuevos númenes que debían festejarse.
Los senadores confirmaron con las doctrinas la absoluta
autoridad del monarca sobre la vida y hacienda, como se
ve en las afirmaciones de Papiniano, Ulpiano, Paulo y otros,
reunidas en las Pandectas.
La plebe
La
plebe, protegida por su oscuridad y deslumbrada por el esplendor
y las munificencias, amaba aquellos emperadores, aunque
fuesen monstruos. Porque, en suma, ellos la habían librado
de la tiranía de 20 mil patricios, de ellos recibía justicia
directamente, sin las intrigas y corrupciones que contaminaban
a los tribunales; de modo que se hallaba muy lejos de reclamar
la República. Pero era imposible atemperar la autoridad
del emperador, donde no había nobleza, ni clero, ni comunes;
y aquel era sagrado, como tribuno de la plebe, y podía anular
todos los decretos del pueblo y del Senado.
Los pretorianos
Sin
embargo, aquellos omnipotentes señores permanecían en poder
de los pretorianos, ejército acuartelado en Roma, contra
la antigua constitución, para tener sumisa a la muchedumbre;
era acariciado por los emperadores, que toleraban su indisciplina;
después el prefecto del pretorio asumió además una autoridad
civil como ministro de Estado, presidió el consejo del príncipe
y fue primera dignidad del imperio.
Ejército
El
ejército, cuyo gobierno se había reservado el emperador,
fue reducido a fuerza permanente por Augusto y distribuido
en las provincias fronterizas. Los soldados se reclutaban
entre las legiones de las provincias y entre los súbditos.
La legión componíase aún de 5000 hombres. Los campamentos
romanos dieron origen a ciudades importantes, a lo largo
del Ródano y del Danubio, como Castra regia (Ratisbona),
Castra Batava (Passau), Prœsidium Pompei (Raschia), Castellum
(Kostendil-Karaul),y las poblaciones inglesas acabadas en
chester.
Hacienda
Al
principio, la hacienda de Roma se nutría de los despojos
de los vencidos. Después cesaron las victorias, y el comercio
exportaba de Italia los tesoros acumulados. Hasta a la misma
Italia se hubieron de imponer gabelas, y tasas sobre las
rentas, sobre los bienes y sobre las personas, sin excluir
a los ciudadanos. Muchos bienes pasaban al fisco o por falta
de herederos, o por confiscación, o por legado; lo cual
era frecuente bajo los malos emperadores dispuestos a anular
los testamentos donde ellos no fuesen considerados. Los
impuestos se subastaban.
Leyes
Las
determinaciones tomadas por los patricios y los plebeyos
de común acuerdo, y en los comicios de las tribus llamábanse
plebiscitos y eran las leyes más importantes. Más tarde
se tuvieron por leyes los actos de los emperadores. Los
edictos emanaban de los pretores o de los ediles, como reglas
según las cuales juzgaban durante sus magistraturas, corrigiendo
con la equidad la rigidez del derecho. Hemos dicho en otro
lugar, que Adriano hizo compilar el Edicto Perpetuo, que
servía de texto a los legisladores, y dio norma común al
gobierno del imperio. Además los emperadores firmaban frecuentes
rescriptos, en los cuales interpretaban la leyes y las aplicaban
a los casos particulares.
Jurisprudencia
Después
los mejores jurisconsultos emitían su opinión, la cual,
siendo unánime, adquiría fuerza de ley (responsa prudentum).
Esta importancia hacía que muchos se dedicasen a la jurisprudencia;
de aquí nació una literatura legal, peculiarísima de los
Romanos, que por su pureza de dicción, su concisión precisa,
su admirable claridad y severo análisis, será la admiración
eterna de los sabios. Era una filosofía enteramente práctica,
y el derecho se derivaba de una ley perenne de justicia,
innata en el hombre, de la cual emanan tres cánones fundamentales:
vivir honradamente, no ofender a los demás, y dar a cada
uno lo que es suyo. La determinación histórica de las leyes,
que de tanta importancia nos parece, era despreciada por
ellos. Formaron escuelas, y ya en tiempo de Augusto competían
Marco Antistio Labeo , fiel a las antiguas libertades,
y Ateyo Capitón, partidario del emperador. La historia de
los jurisconsultos famosos fue delineada por Sexto Pomponio.
Salvio Juliano escribió, además del Edicto Perpetuo, 90
libros de Digestos. Las Instituciones de Gayo servían para
la enseñanza, y nos informan del derecho clásico. Más famosos
fueron Papiniano, príncipe de los jurisconsultos, y Paulo
y Ulpiano asesores suyos en el Consejo de Estado; cuyas
obras adquirieron fuerza de ley y sirvieron para la introducción
de principios nuevos en la legislación, como también para
igualar el derecho; de modo que la igualdad progresaba hasta
bajo el imperio de los abominables príncipes.
Riqueza
Parecen
increíbles las narraciones del lujo de unos pocos, nadando
en las riquezas en medio de un pueblo mendigo. Los emperadores
consumían tesoros en fiestas, edificios, ornatos, inciensos
y afeites. Hasta el calzado se adornaban con perlas; pagábase
la seda a peso de oro; traíanse a exorbitantes precios tapices
orientales, ébano y ámbar; partían bajeles expresamente
del puerto de Berenice para hacer cargamento de tortugas;
la India y el África mandaban fieras para los espectáculos,
matándose 9000 en las fiestas celebradas por Tito, y mayor
número en las de Adriano. Los edificios de aquella época
causan todavía nuestra admiración, aunque solo veamos sus
ruinas; y todo el esplendor aparecía en las ciudades, pues
del campo nadie se cuidaba. Extensas posesiones, tan grandes
como provincias, dejábanse al cuidado de esclavos. Los latifundios
arruinaron la Italia.
Comercio
A
proporción que aumentaban los ricos, se multiplicaban los
pobres, esto es todos los plebeyos que por su ingenio y
su valor no llegaban a colocarse en el orden de los caballeros,
aristocracia de dinero que sustituía a la de raza. Descuidada
la agricultura, debían importarse del extranjero los granos,
el vino y la lana. Los ricos tenían en casa siervos que
fabricaban todo lo necesario, de modo que no quedaba trabajo
para los artesanos libres; éstos fueron organizados en corporaciones
que les quitaban la libertad y sufrían el peso del fisco.
Para nutrir y contentar a tanta plebe, los emperadores traían
granos de la Sicilia y del África, cuidando mucho de que
no fuesen interrumpidas las comunicaciones. También los
provincianos se dedicaban al comercio, y prolongaban su
viaje por la Mesopotamia, a través del desierto donde floreció
Palmira. Los Tolomeos, principalmente, buscaban nuevas vías
para Italia y para el corazón del África, y conocieron los
vientos periódicos, oportunos para la navegación. Otros
buscaban riquezas distintas por la Germania, la España,
la Iliria y las Galias. Los Romanos favorecían el comercio
con buenas leyes, pero no se dedicaban a él, creyendo siempre
indigno el ejercicio de artes gananciosas.
61.- Filosofía, ciencias y letras bajo los emperadores
La
literatura volvió a prosperar en tiempo de los Flavios,
las artes bajo Adriano, y la filosofía bajo los Antoninos.
Esta era asunto de declamaciones en Grecia, y sus cultivadores
afectaban grosería o extravagancia. Epicteto, esclavo de
un liberto de Nerón, dejó preceptos morales, trasmitidos
por Arriano, y llenos de un estoicismo asombroso. Séneca,
ensalzador y ultrajador de Claudio, y maestro infeliz de
Nerón, que lo hizo morir después que hubo acumulado inmensas
riquezas, dejó libros morales mucho más prudentes que su
conducta, pero llenos de la soberbia y el egoísmo que solo
aconsejan la muerte al que sufre. No obstante, tiene elevadísimas
ideas de la divinidad y de la igualdad de todos los hombres,
de tal manera que algunos suponen que tuvo conocimiento
de los libros de los Cristianos.
Ciencias
En
las Cuestiones naturales, acumuló Séneca muchos conocimientos
empíricos sin cálculos ni experimentación, pero que son
la única prueba de que los Romanos se ocuparon algo en la
física. Mayor fama adquirió Plinio Secundo , que en
la Historia de la naturaleza reunió los descubrimientos,
las artes y los errores del espíritu humano; no añadió nuevos
descubrimientos, pero recogió o hizo recoger los conocimientos
de miles de autores, cuyas obras no han pasado a la posteridad,
con una filosofía atrabiliaria que agrava las humanas miserias.
Compendio de su obra es el Polyhistor de Julio Solino .
Estrabón
viajó mucho y cuenta lo que vio y oyó, no sin crítica. El
español Pomponio Mela compendió el sistema geográfico de
Eratóstenes (De situ orbis) con elegantes descripciones,
pero sin crítica. Dionisio Periegeta describe el mundo en
buenos versos griegos. La geografía adquirió un carácter
científico merced a Claudio Tolomeo, quien diseñó 26 mapas,
con meridianos y paralelos; conoció remotísimos países,
y su Gran construcción ( ) comprende todas las observaciones
de los antiguos sobre la geometría y la astronomía. Dejó
su nombre al sistema que ponía la tierra como centro del
universo, sosteniéndolo contra Aristarco de Samos que afirmaba
lo contrario; precisó el catálogo de las estrellas de Hiparco,
y ocupóse también de música, reduciendo a 7 los 13 o 14
tonos de los antiguos.
Las
matemáticas eran poco cultivadas en Roma. Julio Frontino
dio la historia de los acueductos. Isidorio descubrió la
duplicación del cubo. Menelao de Alejandría compuso el primer
tratado de trigonometría.
Columela
escribió un tratado De re rustica. Dioscórides trató de
las plantas medicinales.
Los
médicos eran en su mayoría esclavos; eran empíricos, con
charlatanescos sistemas. Asclepiades de Prusia, trasladado
a Roma, aplicó a la medicina los dogmas de Demócrito y Epicuro,
y sustituyó la hipótesis de los humores por la física mecánica,
simplificando la terapéutica; quería que la cura fuese pronta,
segura y agradable, y así reconcilió con la medicina a los
Romanos, disgustados del sanguinario cirujano Arcagato.
Temisón de Laodicea redujo la medicina a sistema; describe
con diligencia los períodos de las enfermedades; pero sus
secuaces, llamados Metódicos, introdujeron una extravagante
serie de remedios, aplicables en tiempo y orden determinado.
Siguieron otras escuelas, todas diferentes. Celso, de quien
se ignoran época, patria y vida, escribió una enciclopedia
(Artium) de la cual quedaron 8 libros sobre medicina, que
son tal vez traducción del griego. Era observador, Celso,
y juzgó con buen sentido y expuso con elegancia las materias
que fueron objeto de su estudio. Arquígenes de Apamea fundó
la escuela ecléctica, toda sutilezas de palabras y argumentos.
Areteo de Capadocia es el mejor observador después de Hipócrates.
Galeno de Pérgamo abrazó todas las ciencias, adoptó el dogmatismo
de Hipócrates respecto de las facultades de los órganos,
pero se valió de la anatomía, al menos en las monas; hizo
muchos descubrimientos, aunque quedaron muy pocos libros
suyos, escritos con jactancia y prolijo lenguaje.
62.- Literatura latina y griega
Quintiliano Después de Augusto quedó aniquilada la
literatura latina, tanto más cuanto que los recelosos emperadores
castigaban toda osadía literaria: con tal motivo, los pocos
escritores que había, se limitaban a adular, única manera
de vivir y ganar dinero. Desplegóse, sin embargo, bastante
lujo en bibliotecas, y los emperadores protegían la instrucción
más que bajo la República; pero la educación, antes que
basarse en ejemplos domésticos, se confiaba a esclavos griegos
y a criadas, y luego a rectores venales. No quedó ya campo
para la elocuencia en un pueblo sin estímulo, un senado
sin autoridad y una juventud sin libertad ni esperanzas,
y reducíase a declamaciones, ya en alabanza de los magnates,
como el panegírico de Plinio, ya en las academias, sobre
temas ficticios, como los de las escuelas, y mayormente
sobre casos hipotéticos y exagerados. Como si tal decadencia
no bastase, algunos se servían de la literatura para denunciar
a los que no amaban a los tiranos; apenas se pudo respirar,
cuando Quintiliano, Plinio, Juvenal y Tácito hicieron la
guerra a esta elocuencia delatora. El español Quintiliano
fue el primero que dio lecciones de elocuencia a costa del
erario público; en sus Instituciones oratorias reconoce
la pobreza de la literatura de entonces, y aunque busca
el buen gusto, ni él mismo logra adquirirlo; daba preceptos
falsos o insulsos, mezclados con algunos buenos, entre estos
la recomendación a favor de los clásicos y de la necesidad
de que sea hombre honrado el que quiera ser buen literato.
Frontón
El
númida Frontón fue puesto por algunos al nivel de Cicerón;
siendo maestro de Marco Aurelio, le dijo abiertamente la
verdad; reunía en su casa a muchos literatos, procurando
volverlos a la primitiva sencillez
Plinio
Plinio
Cecilio, sobrino de Plinio el naturalista, se mantuvo honrado
bajo tristes monarcas; recitó a Trajano un panegírico, cúmulo
de frases estudiadas; empleó sus grandes riquezas en bien
de sus amigos, de los pobres y de Como su país natal; en
sus epístolas, muy distantes de la ingenuidad ciceroniana,
informa de la cultura artificial de su tiempo.
Estacio
Bajo
Nerón surgieron muchos poetas, que hacían versos con cualquier
pretexto y celebraban concursos. Estacio, hijo de poeta,
fue poeta de circunstancias; recitaba sus versos en alabanza
de algo o de alguien, y cantó la Tebaida en 12 libros de
800 versos cada uno.
Marcial
El
mismo Marcial componía epigramas por cualquier concepto
y para alabar a los grandes o a todo el que le convidase
a la mesa o le hiciese donativos. Compatriota suyo español
era Lucano, sobrino de Séneca, que en la Farsalia cantó
las guerras «más que civiles» entre Pompeyo y César, falseando
la historia y los caracteres, pero con aspiraciones liberales;
más rico en fantasía y numen poético que Virgilio, fue incomparablemente
inferior a éste en estilo. Tiene mérito épico Valerio Flaco,
que en los Argonautas imitó a Apolonio de Rodas; abunda
en descripciones, en digresiones y en erudición mitológica.
En igual género brilla Silio Itálico, que cantó la Guerra
Púnica sin imaginación, con acciones sobrenaturales muy
inconvenientes y ficciones inverosímiles.
Satíricos
No
hubo ningún poeta lírico de mérito durante el dominio de
los emperadores. Julio Calpurnio hizo églogas. Del teatro
únicamente quedan las tragedias atribuidas a Séneca, llenas
de sentencias estoicas, con más ingenio que gusto, y sin
vigor dramático. La indignación dictó a Juvenal excelentes
sátiras, vigorosas y originales, hiperbólicas y declamatorias.
Las de Persio exageran el estoicismo, y su estilo pretencioso
disimula muy mal la esterilidad de ideas. El Satiricón de
Petronio Árbitro , expone la vida lujuriosa y mórbida
de Trimalción . Apuleyo compuso la primera novela latina,
El asno de oro, cuya idea está tomada de Luciano, aunque
es nuevo y bello el episodio del Amor y Psiquis.
Griegos
También
la literatura griega había degenerado en manos de los gramáticos,
quienes llenaban infinitos volúmenes comentando los clásicos,
y principalmente a Homero. La poesía había decaído, lo mismo
que la elocuencia, reducida a discursos artificiosos, de
malísimo lenguaje casi todos. Dión de Prusias, querido de
los Dacios, los Mesios y los Getas, imita a Platón y a Demóstenes.
Herodes Ático, inmensamente rico, superó a todos en gravedad,
afluencia y elegancia. A Casio Longino se atribuye el pequeño
tratado De lo sublime, donde escoge los ejemplos con buena
crítica, y se muestra capaz de comprender los mejores; pero
confunde lo sublime con lo bello y con el estilo figurado.
Luciano
Las
novelas eran casi todas amorosas; y eran obscenas las Fábulas
Milesias, escritas por Arístides de Mileto. El Asno, de
Lucio de Patras, fue imitado por Luciano de Samosata ,
que es el escritor griego más ilustre de aquella época.
Conoció los defectos de su tiempo y los describió exactamente,
y minó con el sarcasmo y la duda lo poco que aún quedaba
de las antiguas instituciones; hace dialogar a los muertos
para reprender a los vivos, perdonando sin embargo a los
virtuosos. Insulta igualmente a los Dioses de la Grecia,
de la Persia y del Egipto. En fin, da buenos preceptos de
historia.
Tácito
El
historiador más ilustre fue Tácito de Terni, quien observó
largamente la flaca lucha de su tiempo, antes de escribir
los sucesos de Galba y Nerva; pero solo quedan algunos libros
de sus Historias y de sus Anales. Entra hasta en la vida
privada, con cuadros estupendos y severo juicio de las acciones;
no refiere ningún hecho, por pequeño que sea, sin remontarse
a las causas y considerar las consecuencias, en lo cual
a veces le sobra argucia y se muestra demasiado sombrío.
Apasionado por la libertad a la antigua, conoce sin embargo
que uno puede ser grande hasta bajo el dominio de príncipes
malvados, y al paso que selló con perpetua infamia a los
tiranos, supo elogiar a Nerva y a Trajano. En su concisión
de estilo y originalísima manera de considerar las cosas,
Tácito no tuvo modelo, ni ha tenido imitadores.
Suetonio
era coleccionador infatigable de antigüedades y anécdotas,
con las cuales tejió la Vida de los Césares, distribuyendo
en categorías los vicios y las virtudes, sin elevarse a
consideraciones políticas.
Veleyo
Patérculo escribió la historia universal desde los
orígenes de Roma hasta sus días; mas queda muy poco de ella.
Elegante en su manera de escribir, aduló bajamente a los
Césares. A los Hechos y dichos memorables de Valerio Máximo,
les falta crítica y gusto. Justino compendió la Filípica
de Trogo Pompeyo, omitiendo lo que no le parece curioso
o instructivo, y confundiendo los tiempos. Solo merece elogio
por su estilo. Floro compendió la historia romana en continua
alabanza, atribuyéndole tres edades la infancia, la adolescencia
y la juventud.
Curcio
Quinto
Curcio, de quien ningún antiguo hace mención, y no se sabe
cuándo floreció, es narrador claro y pintor florido en la
historia o más bien en la novela de Alejandro; pero es pésimo
historiador. Obras supuestas son las de Dictis de Creta
y Lucio Fenestella. En la Historia augusta, Esparcianio,
Lampridio, Vulcacio, Capitolino, Polión y Vopisco, de la
época de Diocleciano, muéstranse biógrafos pobres de estilo
y de orden.
Josefo
Josefo
el Hebreo escribió en 20 libros las Antigüedades judaicas,
para dar a conocer su pueblo a los Griegos y a los Romanos,
presentándolo siempre por el lado favorable, y halagando
luego a los vencedores de las últimas guerras. Las había
escrito en hebraico moderno, las tradujo al griego para
presentarlas a Vespasiano, y Tito las hizo verter al latín.
También fue hebreo Filón, que escribió las Virtudes de Calígula.
Ariano de Nicomedia hizo la historia de los Partos y de
los Bitinios, obra que se ha perdido, pues solo se conservaron
los discursos y arengas de Epicteto y una historia de Alejandro.
Diógenes Laercio narró las Vidas de los filósofos.
Pausanias describió los monumentos de la Grecia, con su
historia y sus fábulas. Herodiano dejó en ocho libros griegos
la historia de los emperadores. Bastante mejor fue Dión,
quien redujo a ocho décadas la historia de Roma, compilando,
y poniendo trabajo propio; es claro pero incorrecto y lleno
de prodigios y de sueños
Plutarco
Famosas
fueron las Vidas comparadas de los hombres ilustres, de
Plutarco de Queronea. Recogió éste muchas noticias, pero
sin expurgarlas ni ordenarlas; aunque de buen sentido, carecía
del sentimiento de lo pasado; no veía más que a su héroe,
pero no se cuidaba de lo que de él hubieran podido decir
otros, y no lograba presentarlo bajo todos sus aspectos.
Sus paralelos son más ingeniosos que sólidos. Tiene un estilo
inseguro, ignoraba el latín; abundan en sus escritos las
supersticiones; sin embargo son de agradable lectura por
su sencillez y por el retrato que presentan de los grandes
hombres.
Un
tal Aulo Gelio coleccionó en sus Noches áticas cuanto oía
y leía, con lo cual se conservaron noticias importantes.
Otros muchos practicaron este oficio de coleccionadores,
como Ateneo en el Banquete de los sabios, Polieno en las
Estratagemas, Julio Africano en los Cestos, Flegón en las
Cosas maravillosas y en los Hombres de avanzada edad, y
Heliano en la Historia variada.
63.- Desde Cómodo a Constantino
192
– Severo El bendecido nombre de los Antoninos fue deshonrado
por Cómodo, rico tan solo en fuerza, lujuria y cobardía.
Complacíase en matar y atormentar, y vestido de Hércules,
se presentaba en público, hendiendo con la clava la cabeza
de algunos infelices disfrazados de fieras; bajaba desnudo
a la arena para ostentar su portentosa vigorosidad, lo cual
no impedía que huyese ante el enemigo. Fue muerto a la edad
de 31 años, siendo inmediatamente proclamado Helvio Pertínax,
viejo senador, nacido de un esclavo carbonero; virtuoso
y magnánimo, amante de la antigua sencillez, conservó en
el trono sus virtudes privadas, haciendo recordar a Trajano
y Marco Aurelio. Tales virtudes desagradaban a los pretorianos
acostumbrados a hacer cuanto se les antojaba; así fue que
se amotinaron y dieron muerte a Pertínax, poniendo después
el imperio a pública subasta. Didio Juliano, rico milanés,
lo compró, dando 6250 dracmas por soldado. Aquel indigno
mercado disgustó a los ejércitos acampados en Oriente y
en la Britania, y Clodio Albino en esta, y Pescenio Níger
en aquel, fueron proclamados emperadores; mientras tanto
se levantaba un émulo superior en la persona de Septimio
Severo, quien se dirigió de la Panonia a la Italia, mientras
los pretorianos daban muerte a Didio. Severo licenció a
los pretorianos, desterrándolos a provincias; en lugar de
estos, eligió 50000 hombres, entre sus más valientes soldados,
de todos países, y no ya exclusivamente italianos. El prefecto
del Pretorio, no solo fue jefe del ejército, sino también
de la hacienda y de las leyes. Níger fue vencido y muerto
con muchísimos partidarios suyos; también Albino cayó herido
en rudo combate, a los pies de Severo, quien lo hizo pisotear
por su caballo, y tomó terribles venganzas, cuando ya eran
inútiles. Alcanzó Severo muchas victorias sobre los Partos,
los Germanos y los Britanos. Hizo preparar leyes de grande
y severa justicia por Papiniano, famoso jurisconsulto y
prefecto de los pretorianos; despreció al Senado, último
vestigio de la República, y acumuló tesoros.
211
Su
hijo Caracalla con su infame conducta amargó la vida del
padre, que murió a los 66 años de edad y tuvo la acostumbrada
apoteosis. Pronto los hijos de Severo, Caracalla y Geta
vinieron a las manos; aquel dio muerte a su hermano, y sediento
de sangre, recorría el imperio buscando en todas partes
magnificencia y suplicios, disipando dinero, elevando a
los hombres más indignos, y contentando a los pretorianos
con dejarles holgar y adquirir preponderancia. A los 29
años de edad fue muerto aquel monstruo, memorable por haber
declarado ciudadanos a todos los súbditos del imperio.
217 – 218 - Alejandro Severo
Los
pretorianos proclamaron a Macrino, prefecto del Pretorio,
quien pronto repartió dones, promesas y amnistía, y obtuvo
del Senado tantas adulaciones, como imprecaciones tuvo el
difunto Caracalla. Macrino puso remedio a los desórdenes
pasados y reprimió a los enemigos; pero se malquistó la
voluntad de los soldados, a quienes sometía otra vez a la
disciplina. Fomentaba esta aversión Julia Mesa, tía de Cómodo,
que Macrino había dejado vivir en Emesa con inmensas riquezas
y con su sobrino Heliogábalo , el cual fue proclamado
emperador. Vencido y muerto Macrino, corrió aquel a Roma
y superó a todos los príncipes perversos en impiedad, prodigalidad,
libertinaje y crueldad. En cuatro años repudió y mató a
seis mujeres; no vestía más que oro; de oro era su carro
y de oro el polvo que él debía pisar; comía lo más raro
y costoso, siendo premiado el que inventase alguna golosina,
como el que más se distinguía en lascivos excesos. Contaba
apenas 18 años cuando los pretorianos le dieron muerte y
proclamaron emperador a su primo Alejandro Severo. Afable
y modesto, dócil a su madre Mamea, se dejó guiar por ella
y por un consejo de 16 senadores, a cuya cabeza estuvo el
famoso Ulpiano; amó la virtud, la instrucción, el trabajo
y la lectura, y había escrito en las puertas del palacio:
Haz a otro lo que quieras que los demás hagan contigo; con
tales dotes, dio bienestar al imperio, después de 40 años
de tiranía.
Persia – 114
Pero
los soldados eran indómitos, y se amotinaron asesinando
a Ulpiano; con todo, Severo supo enfrenarlos y castigarlos.
En su tiempo se agitó el reino de los Partos y se restauró
la Persia. Artabano , rey arsácida de la Media, tuvo
sucesores indignos, que en fratricidas guerras invocaron
el auxilio de Claudio y de Nerón. Habiendo Cosroes arrojado
de la Armenia al rey puesto por Trajano, éste invadió la
Armenia, pasó el Éufrates, tomó a Ctesifonte, capital de
la Partia, y colocó en el trono a Partamaspates.
192
Muerto
Trajano, los Partos reclamaron a Cosroes, que a pesar de
todo se conservó amigo de los Romanos; mas éstos tuvieron
luego que sostener importantes guerras, hasta que Severo
llegó a Ctesifonte y la tomó por asalto.
Era
difícil conservar aquellas conquistas; y para impedir que
los Partos se sublevasen, se fomentaban las discordias.
Los magos, aunque vencidos y postrados por los Partos, no
habían perdido nunca la esperanza de reconstituir la nación
persa, y consiguieron sus deseos merced a Artaxares, hombre
oscuro, pero hábil en la guerra, que venció a los Partos,
obligándoles a obedecer a un pueblo que habían dominado
durante 48 años. Solo en la Armenia supieron conservarse
independientes los sátrapas de la estirpe de Arsaces. Artaxares,
hecho rey de reyes, vigorizó la religión de Zoroastro, hizo
declarar en un concilio el verdadero sentido del Zendavesta,
fraccionado entre 70 sectas; arregló la administración,
reprimió a los sátrapas y a los bárbaros vecinos; con todo
lo cual quedó siendo el único rey de todos los habitantes
que moraban entre el Éufrates, el Tigris, el Araxes, el
Oxo, el Indo, el Caspio y el golfo Pérsico; habiendo pasado
el Éufrates, ordenó a los Romanos que desocupasen la Siria
y el Asia Menor.
235
Esta
intimación irritó a Alejandro Severo, quien recuperó la
Mesopotamia, derrotó a Artaxares y obtuvo los honores del
triunfo en Roma. Pero Artaxares recobró en seguida las provincias
perdidas y amenazó la existencia del imperio romano. Alejandro
tuvo que ir también contra los Germanos, sin cejar en el
mantenimiento de la disciplina y el respeto a los pueblos.
Burlábase de Severo el capitán Maximino, quien creándose
un partido, lo acometió y le asesinó, y se hizo proclamar
emperador.
Maximino
era un gigante de portentosa fuerza; bajo su reinado, empezaron
en breve las venganzas y las crueldades. En África, unos
cuantos jóvenes muy ricos proclamaron emperador a Gordiano,
opulento y benéfico senador que daba numerosísimos juegos
al pueblo. Tenía 80 años cuando tuvo la desgracia de ser
proclamado emperador, y habiéndose asociado a su hijo, prodigó
indultos y promesas; mas fueron ambos asesinados en Cartago
a los 36 días de haber subido al trono.
238
Torrentes de sangre saciaron la venganza de Maximino, cuyo
furor espantó de tal manera al Senado, que éste proclamó
emperadores a dos senadores ancianos, Máximo y Balbino.
Alborotóse el pueblo y quiso agregar a los dos un nieto
de Gordiano, joven de 13 años. En tanto, se dirigía contra
ellos Maximino, mas fue asesinado en el camino con su hijo
y sus más fieles partidarios.
244
Hubo
entonces alegría general; mas pronto se sublevaron las tropas,
dieron muerte a los dos emperadores y proclamaron al joven
Gordiano. Este reunía las mejores cualidades. Venció a los
Persas, quienes al mando de Sapor habían recuperado la Mesopotamia;
pero Filipo, jefe de los pretorianos, lo depuso y lo asesinó.
Por su dulzura se atrajo Filipo el afecto del pueblo y celebró
el milenario de Roma con juegos en que combatieron 32 elefantes,
10 osos, 60 leones, 10 asnos, 40 caballos salvajes, 10 jirafas,
un rinoceronte y otras fieras, y 2 mil gladiadores.
249
Pero
por todas partes brotaban nuevos emperadores; y siendo Decio
atacado por Filipo, éste fue asesinado. Decio trató de restablecer
la antigua disciplina y quiso renovar la censura; pero le
distrajeron de estas reformas las insurrecciones de los
Godos, peleando contra los cuales encontró la muerte. Treboniano
Galo, proclamado en lugar suyo, concluyó vergonzosa paz
con los Godos; Emilio Emiliano, comandante de la Mesia,
se hizo elevar al imperio, y al entrar en Italia, encontró
en Terni a Galo asesinado; pero el ejército lo asesinó a
él también, y se puso de acuerdo con el Senado y con las
tropas de la Galia y la Germania, que habían puesto en el
trono a Valeriano. Las cualidades de éste lo hacían digno
del imperio, mas pronto se mostró débil para tanto peso;
sin embargo pudo resistir en guerra contra los Germanos,
los Francos y los Godos, que se alzaban; pero al hacer armas
contra los Persas cayó prisionero, sirviendo de escabel
al rey de los reyes.
261 – 258
Inmediatamente, todos los enemigos de Roma se lanzaron sobre
el imperio; en vez de excitar el ardor guerrero para rechazarlos,
el emperador Galieno, hijo de Valeriano, prohibió que los
senadores obtuvieran grados militares; procuró atraerse
a los Bárbaros con concesiones y vínculos de parentesco,
y luego con matanzas en la Mesia. En su desesperación, los
habitantes proclamaron a Regilo, mientras en las Galias
coronábase Casiano Póstumo, del mismo modo que Balisto en
la Persia, Odenato en Palmira, y Flavio Macriano, Valerio
Valente y otros se sublevaban acá y acullá, siendo conocidos
con el nombre de los Treinta Tiranos; de manera que Galieno
se vio obligado a estar siempre sobre las armas, hasta que
perdió la vida. Todo el imperio andaba revuelto, invadido
por todas partes, si bien contuvieron su ruina una serie
de emperadores valientes.
Aureliano Claudio II, ilirio, derrotó a los Germanos
que se habían adelantado hasta el lago de Garda, y destruyó
su ejército y su flota. Muerto en breve, el Senado le dio
por sucesor a Aureliano, natural de Panonia, quien tuvo
que combatir contra los Godos, introducidos en Italia hasta
Fano, y abandonó las conquistas de Trajano allende el Danubio;
circundó a Roma de murallas y restableció la disciplina,
sometiéndose él mismo a ella.
Zenobia – 272
Los
Sarracenos del desierto, guiados por Odenato, habían batido
a los Persas; de modo que Odenato fue nombrado por Galieno
jefe de todas las fuerzas del imperio y rey de Palmira,
ciudad fundada por Salomón en el desierto, muy floreciente
merced a las caravanas que en ella hacían alto. Zenobia,
viuda de Odenato, que conocía muchos idiomas y muchas ciencias,
y era prudente en los consejos y hábil en la guerra, dominó
la Siria, la Mesopotamia, el Egipto y gran parte del Asia.
Para poner coto a sus conquistas, la atacó Aureliano, y
encerrándola en Palmira, se apoderó de la ciudad, siendo
ésta destruida bárbaramente. Las ruinas de Palmira, vestigios
de incomparable grandeza, causan todavía admiración en medio
del desierto.
275
Sojuzgado el mismo Egipto, Aureliano tuvo en Roma un pomposísimo
triunfo, con prisioneros y despojos de los más remotos pueblos,
y con Zenobia, a la cual dio bastantes tierras en los contornos
de Tívoli. Aureliano restauró con sabias medidas la administración
pública, pero mientras se preparaba para vengar a Valeriano,
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