César Cantú - Compendio de la Historia universal

Libro V

37. - Constitución y economía de Roma

¿Cómo pudo Roma, siendo república tan pequeña, realizar tantas conquistas? Porque supo sacar nuevos elementos de vida de los países que conquistaba; porque el pueblo vencedor, en vez de rodearse de una barrera exclusiva, como los asiáticos, acogió siempre gente nueva.

La plenitud de los derechos (optimo jure cives) solo competía a quien estuviese en estado de llevar las armas. Los patricios, descendientes de los primeros Quirites, o agregados por méritos particulares, podían conservar en su casa las efigies hereditarias, poseían el terreno público, se reunían en los comicios por curias con la lanza en la mano; solo ellos eran jueces y pontífices, y solo ellos podían tomar aquellos auspicios, sin los cuales no tenían autoridad las decisiones.

La plebe formaba un pueblo distinto, con ricos y jefes, y reuniones propias. La historia interior de Roma consiste en las luchas de la plebe para insinuarse en la sociedad de los patricios e igualarlos en los derechos políticos. El primer paso consistió en que los obtuvieran los tribunos, el veto de uno de los cuales bastaba para suspender las decisiones del senado; eran sagradas, inviolables sus personas, y acusaban a los magistrados al terminar su cargo. Con tales medios consiguieron que fuesen reconocidos el derecho de propiedad y los matrimonios de los plebeyos, los cuales paulatinamente fueron haciéndose aptos para ejercer todos los empleos y hasta el consulado.

Tribus 

El número de las tribus se aumentó hasta 35: cuatro urbanas (Colina, Esquilina, Palatina y Suburrana), y las otras rústicas. A las primeras se agregaron todas las personas que no tenían patrimonio estable, por lo cual fueron siempre las rústicas las más distinguidas.

El pueblo fue dividido en 6 clases a proporción de las facultades, siendo la nobleza de la sangre reemplazada por la del dinero.

El poder soberano residía en la asamblea, a que pronto la plebe opuso los comicios por tribus, convocados y presididos por los tribunos, sin necesidad de consultar los auspicios. En estas asambleas populares se elegían los cargos inferiores de Roma y todos los de las provincias, el pontífice y los sacerdotes.

En los comicios centuriados intervenían todos los Romanos de la ciudad o del campo que pagasen cuota y sirviesen en campaña; ellos ejercían el poder legislativo y elegían el ejecutivo.

Cada una de las seis clases comprendía muchas centurias; cada una daba un solo voto colectivo, y las que se componían de unos cuantos ricos predominaban sobre los últimas, en las cuales estaban acumulados los pobres. La primera clase, de 98 centurias, preponderaba por sí sola sobre todas las demás juntas. Los ciudadanos gozaban autoridad diferente, según la clase; autoridad que era tanto mayor cuanto mayores eran sus riquezas y menor el número de individuos de su centuria. Los ricos, elegidos censores por las asambleas centuriadas, iban agregando a los pobres a las tribus urbanas que votaban las últimas, y conservando en las rústicas a los ricos, quienes prevalecían de este modo hasta en los comicios por tribus.

Caballeros 

Los caballeros formaron un orden intermedio, entre el senatorial y el plebeyo; eran al principio los que solo podían militar a caballo. Nació luego la institución de la censura, cuyos miembros tenían que haber nacido libres, poseer un censo prefijado o reunir méritos personales, y eran admitidos o excluidos, a juicio de los censores.

Senado 

Los 300 senadores eran elegidos por los cónsules al principio, y por los censores después; formaban el consejo soberano de la república, custodiaban el tesoro, revisaban las cuentas, asignaban las provincias a los magistrados, y daban títulos de rey o de aliado; decidían de la paz o de la guerra, levantaban y licenciaban a las tropas, juzgaban en última apelación y ejercían la suprema inspección religiosa. Sus deliberaciones (senatus consultum), si bien no eran leyes, se tenían por obligatorias.

Los censores al principio administraban las rentas de la república, y registraban a los ciudadanos según el censo, con la facultad de inscribir y borrar a quien quisieran en los catálogos de senadores, de caballeros y de las diversas tribus. Con esto llegaron a erigirse en custodios de las buenas costumbres, castigando las faltas que se hallaban fuera del alcance de la ley: como la ingratitud, la dureza con los hijos, el maltratar a los esclavos, la embriaguez y las indecencias. Eran sobre todo rigurosos con los senadores.

Leyes 

En primer lugar, toda ley se sometía a la sanción del Senado: aprobada por éste, se promulgaba en tres mercados sucesivos. Después se convocaba al pueblo en el Campo de Marte y se ponía la ley a votación. Las resoluciones de la plebe (plebiscito) eran obligatorias para todo el pueblo. Jamás fueron derogadas las XII Tablas, pero sí modificadas por los edictos de los pretores y de los ediles.

Cónsules 

Estaban a la cabeza del gobierno dos cónsules anuales, que debían captarse la amistad del Senado, puesto que éste podía prorrogarles el mando del ejército y dar o negar las sumas necesarias, y también la del pueblo que debía servirlos en la guerra y examinar los gastos y los tratados. Después de haberse extendido las conquistas, los cónsules no estuvieron ya bajo la vigilancia del Senado, pues que pactaban con los vencidos, levantaban tropas, imponían tributos y se acostumbraban al mando despótico.

Pretores 

El derecho civil regulaba y protegía las acciones del ciudadano romano; el derecho de gentes abrazaba la equidad natural y los principios jurídicos en que todos los pueblos cultos convienen. Para aplicarlos, se elegían un pretor urbano y otro peregrino; después se aumentó este número. Al tomar posesión de su empleo, debían hacer, en un edicto, profesión de sus principios y del método que pensaban seguir; con lo cual progresaba la legislación, según la opinión y las costumbres, sin necesidad de trastornos.

Dictadores 

Los límites de la autoridad eran mal determinados; llegaba ocasión en que siendo menester remedios prontos y eficaces, aniquilábase la constitución confiriendo el poder absoluto a un dictador, que podía convertirse en tirano.

Culto 

La autoridad religiosa no fue nunca de gran peso. Pontífices, augures, quindecenviros y epulones formaban cuatro colegios sacerdotales. Cuatro inferiores comprendían los hermanos Arvales, los 25 Ticienses, los 20 Feciales y los 30 Curiones. Los Arúspices leían en las entrañas de los animales lo que la prudencia de los padres consideraba conveniente sugerir al vulgo. A particulares divinidades se consagraban los Galos, los Lupercios, las Vestales, los Flámenes y los Salios, ayudados por sacristanes, notarios, carniceros, músicos y camilos. El pontífice máximo era elegido por el pueblo, e inamovible; presidía un consejo de cuatro patricios, a los cuales se agregaron más tarde cuatro plebeyos. Los sacerdotes no constituyeron nunca un cuerpo compacto y preponderante, siendo al mismo tiempo ciudadanos y magistrados; la religión sirvió siempre al Estado, dando lugar a que la gente culta se burlase de los ritos y de los auspicios. El fuego sagrado de Vesta era custodiado con extraordinario celo, pues su extinción se consideraba como una calamidad pública. Las Vestales eran precedidas por un lictor, y el reo de muerte que encontrase a una, era absuelto. El pueblo se abandonaba a una infinidad de supersticiones; había divinidades para cada día; causaban misterioso terror el estornudo, el tropezar en el dintel de la puerta y el oír palabras de mal augurio.

Ciudadanía 

Roma era un municipio, y al pronto aceptaba a los advenedizos; después trasladó la ciudad al exterior, creando ciudadanos romanos fuera del territorio de Roma, y asociando a los pueblos para el propio incremento. Las siete colinas estaban cercadas de ciudades que gozaban del derecho de sufragio como los Romanos; algunas de estas ciudades eran socii, esto es entregadas sin guerra, y gozaban de plenos derechos; otras eran fœderati, recibidas después de vencidas y en condición inferior.

Seguían los municipios, con leyes propias, decuriones y decenviros, mas sin derecho de sufragio en Roma. Venían luego las 50 colonias de la Italia central, y 20 más lejanas, todas con derecho de ciudadanía, aunque sin voto. Pueblos enteros poníanse bajo el patronato de alguna familia, por ejemplo, los Alobroges bajo el de los Fabios, los Sicilianos, bajo el de los Marcelos, los Boloñeses bajo el de los Antonios.

Los Latinos ocupaban una situación media entre los extranjeros y los ciudadanos, con prohibición de hacer la guerra y celebrar asambleas generales; prohibición que duró hasta que todos los Italianos adquirieron la ciudadanía, conservando sus leyes propias y la exención de tributos. El derecho itálico no concedía privilegios al ciudadano aislado; no hacía más que dar a la ciudad, colectivamente considerada, la propiedad quiritaria del terreno y el comercio; de lo que nacía la exención del impuesto; solamente en la metrópoli se ejercían los poderes nacionales, y si los comunicaban a otros pueblos, era con la condición de usar de ellos tan solo en Roma.

Provincias 

Pero en suma estos derechos reducíanse a militar en el ejército, sufriendo, por lo demás, toda clase de supercherías de parte de los magistrados. Peor estaban las provincias, donde se usurpaban todas las libertades constitucionales, y se suponía que el suelo pertenecía al pueblo romano, siendo de los habitantes el usufructo. Un senadoconsulto determinaba la organización de las provincias, y a un magistrado romano pertenecían la jurisdicción, la administración y el mando militar. Solo a las ciudades se les dejaba una administración propia, a la manera antigua.

Para gobernar sus provincias, el Senado mandaba cónsules que habían terminado su cargo, y pretores, quienes exponían en un edicto de jurisdicción, la norma con que iban a gobernar. Procurábase introducir la lengua y las costumbres romanas, y a veces hasta la religión; se prohibían y ordenaban algunos cultivos, según convenía a Roma; y los gobernadores lo podían todo impunemente. Tampoco constituyeron nunca las provincias una unidad nacional. Exceptuando las 35 tribus, la administración y la legislación variaban en cada país, sin tener una acción central. Esparcíanse los Italianos en tropel por los países conquistados, atraídos por el comercio, por la agricultura y por los empleos, difundiendo la lengua, la civilización y el respeto del nombre de Roma.

Rentas 

Las rentas se sacaban del tributo que se imponía, o bien a los ciudadanos, que pagaban una contribución territorial; o bien a las provincias. Además se tenían terrenos públicos en Italia y fuera de ella. En los puertos y en las fronteras se exigían gabelas por las mercancías, sobre la venta de esclavos y sobre la explotación de minas, especialmente de España. Pero no todas las entradas concurrían a un centro solo, por cuyo motivo, el balance arrojaba reducidas cantidades.

A veces se recurría a los empréstitos, o se alteraba la moneda, o se reducía la deuda. Livio Salinator introdujo el monopolio de la sal; pero los principales ingresos eran constituidos por las conquistas. Siendo escasa la industria, todo se traía del exterior. Pingües beneficios proporcionaba a los particulares el arrendamiento de las contribuciones, subastadas cada cinco años por los censores; el negocio era generalmente obtenido por los caballeros, quienes aumentaban la deuda de las provincias por medio de vejaciones y enormes usuras.

El erario, donde ingresaban los fondos exigidos por los publicanos, estaba bajo la vigilancia de veinte cuestores, y la distribución de los fondos era dispuesta por el Senado. Custodiábase el erario en el templo de Saturno.

Ejército 

La disciplina militar era severísima. Durante la paz, no se tenían soldados; en cuanto amenazaba el peligro, el cónsul los llamaba a todos a las armas; en tiempo de guerra, todos los ciudadanos, hasta la edad de 46 años, estaban obligados a tomar las armas. Cada legión se componía de 6000 infantes, y cada cónsul levantaba dos. En el campo de batalla, se disponían en cinco divisiones: los Príncipes, los Astatos, los Triarios o Pilanos, los Rorarios y los Accensos. La caballería por lo regular no sirvió más que para sostener por los flancos a los infantes. Los Rorarios, tropa ligera armada de hondas y arcos, empeñaban la acción. Si hallaban resistencia, entraban en combate los Príncipes, y después los Triarios; de modo que el enemigo estaba expuesto a tres nuevos ataques. Los Accensos componían la reserva. El soldado llevaba, además de las armas, los palos para formar la trinchera alrededor del campamento; andaban 20 o 24 millas en 5 horas, y eran empleados además en la construcción de caminos y canales. El espíritu militar penetraba por todas partes, siendo militares todos los ciudadanos, y habiendo quienes a un tiempo eran magistrados y capitanes. Los soldados gregarios vivían de su escaso sueldo o de los repartos verificados después de los triunfos; y al envejecer, se veían abandonados a la miseria.