20.
- Italia. Sus primeros habitantes
Se da el nombre de Italia a una península meridional de Europa,
situada entre los 24º 15' y 36º 10' de longitud, y entre los 35º
45' y 47º 8' de latitud, y circundada por los Alpes al N y por
el mar en lo restante. Distinguimos la continental, la península
y las islas: Parma divide la primera de la segunda; la península
forma un trapecio comprendido entre el Mediterráneo, el Adriático
y el mar Jonio; las islas son las de Sicilia, Cerdeña, Córcega
y muchas menores. De los Alpes, que son las montañas más altas
de Europa, con pocos desfiladeros practicables, todos los valles
siguen la dirección del Adriático. El Po, naciendo del monte Viso,
atraviesa la mayor llanura de Italia, recogiendo las aguas de
los Alpes y algunas del Apenino. Los Apeninos forman como la espina
dorsal de la península, con dos vertientes, una hacia el Adriático
y la otra hacia el mar Tirreno, en el cual desembocan el Arno
y el Tíber. Desde la desembocadura del Varo hasta el estrecho
de Sicilia hay 230 leguas de costa: 130 desde el estrecho hasta
el cabo de Otranto; 230 de este punto a la desembocadura del Isonzo,
es decir 5819 kilómetros; por lo que Italia es designada como
una gran potencia marítima, con grandes ciudades en la costa,
como Génova, Venecia, Palermo y Nápoles: y los golfos y el puerto
de la Spezzia; hay breve distancia entre sus costas del Mediterráneo
y del Adriático, y ocupa el centro del mar que une Asia,
África y los países más fértiles de Europa.
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Los mitos, que colocan en la Campania y en Inarime (Ischia) la
guerra de los dioses contra Tifeo y los tres gigantes que Júpiter
sacó fuera de la tierra, mientras abismó a los otros bajo los
montes de la Sicilia, aluden a las sumersiones e inmersiones anteriores
a la historia, cuando el suelo donde más tarde se asentaron Roma
y Nápoles era todo sacudido por los volcanes, y lleno de hielo
en la parte septentrional. Suponen algunos que el Po desembocaba
en el mar 100 millas más adentro que ahora. La emersión del Apenino,
a lo largo de Italia, separó al Oriente los terrenos de segunda
y tercera formación, y al Occidente los producidos por el fuego,
que luego domina desde el Vesubio, el Etna, Estrómboli y los campos
Flegreos. De aquí proviene tanta variedad de aspectos y de vegetación,
parecida a la escandinava en los Alpes y a la africana en la Campania.
El nombre de Italia se limitaba al principio al país comprendido
entre los Golfos Lamético y Escilático; se extendió después a
los de Ausonia, Enotria y Hesperia, dados por los Griegos; y se
extendió todavía más cuando se hallaron ocho pueblos contra Roma
en la guerra social; solo después abrazó también el imperio la
Galia Cisalpina y la Sicilia.
Primeros habitantes
Difícil es determinar cuáles fueron sus primeros habitantes. Los
Aborígenes debieron ser anteriores a una raza jafética, llamada
de los Tirsenos, Rasenas o Tirrenios, los cuales dieron su nombre
al mar occidental, mientras que el oriental lo tuvo de Adría,
ciudad igualmente tirrena. Pertenecen estos a la edad fabulosa
de Jano, Júpiter y los Sátiros, como también los Vénetos, los
Euganeos, los Opobios, los Camunios y los Lepontios, y tal vez
los Tauriscos, los Etruscos, los Opicos y los Oscos o Toscos;
considerados todos como diferentes de los Sículos y de los Pelasgos.
Dieciocho siglos antes de J C, fueron a Italia los Iberos,
los cuales, viniendo de la Armenia llegaron hasta España. A esta
raza pertenecían los Ligurios de la Alta Italia, los Ítalos que
se extendían entre la Marca y el Tíber, y los Sicanos, considerados
por algunos historiadores como originarios del Epiro, y asimilados
a los Pelasgos. Celta es el nombre de una numerosa estirpe nórdica,
una de cuyas ramas ocupó la Italia bajo el nombre de Umbros, y
se dividió en tres bandas: Oll-Umbria, entre el Apenino y el Jonio;
Is-Umbria, alrededor del Po; y Vil-Umbria, que fue luego Etruria;
quedando el país oriental para los Iberos. La primera fecha histórica
es la fundación de Ameria, trescientos ochenta y un años antes
de Roma. Contemporáneos de estos grandes pueblos fueron otros
pequeños, como los Titanes, los Cíclopes y los Lestrigones, que
parecen oriundos de la raza de Cam y procedentes del África.
Pelasgos
Como conquistadores y civilizadores aparecen luego los Pelasgos,
gente industriosa que en todas partes precedió a los pueblos de
gran renombre. Tal vez llegaron los primeros con Peucetio y Enotro,
diecisiete generaciones antes de la guerra de Troya; nunca fueron
verdaderos dueños de la península, pero siempre estuvieron armados
luchando contra los Sículos, único pueblo de que Homero hace mención
en Italia y que los Pelasgos rechazaron hasta la isla.
Otros, procedentes de la Dalmacia, fabricaron, 14 siglos antes
de JC, y en la desembocadura del Po, la ciudad de Espina, combatieron
con los Umbros, y juntamente con los Aborígenes de la Sabina fundaron
ciudades en el Apenino, de las cuales aún quedan murallas de grandes
dimensiones, compuestas de enormes peñascos, unas veces toscos
y otras tallados; mientras hay quien los considera como bárbaros
feroces, los elogian otros por haber introducido el alfabeto,
el hogar doméstico y la piedra de límite, es decir, la familia
y la propiedad. Sorprendidos por graves desventuras, inundaciones,
erupciones y sequías, abandonaron la Etruria, emigraron muchos
de ellos, y otros fueron sometidos a nuevos pobladores y reducidos
a la esclavitud.
Etruscos
Los nuevos pobladores debieron ser Tirsenos, Racenas o Etruscos,
gente misteriosa también y de muy diferente fama. Habiéndose perdido
sus libros, no se pudieron acertar, por los esplendidísimos restos
de su civilización, su alfabeto ni su idioma. Hay quien los supone
Germánicos, quien Dóricos y quien Lidios; tampoco consta que fuesen
idénticos los Tirrenos y los Etruscos, y sobre este punto disertan
hoy largamente los eruditos. El lenguaje de los Etruscos parece
análogo al de los Griegos; sin embargo no falta quien lo crea
semítico. Su nombre resultó tal vez de una liga del pueblo que
habitaba en los contornos de Adria, con los Oscos (Atr-Oscos):
y añadiendo el artículo al nombre de los Oscos, formaron el de
T-Oscos, de donde resultó el nombre de Tuscia, que no existía
antes de la época de los emperadores. Los sacerdotes custodiaban
arcanamente los anales, que desaparecieron con ellos, cuando los
Romanos se cuidaron de destruir con guerras exterminadoras la
civilización del pueblo que había sido su maestro.
Sólo podemos conjeturar que los Tirrenos, invadida la península,
se encontraron en frente de los Umbros, a los cuales obligaron
a replegarse en el país que tomó el nombre de Umbría. Se extendieron
por los campos de la Emilia y por los de Polesina, entre los Alpes
y el Apenino; el Po defendió a los Vénetos, y los Ligurios se
refugiaron en los montes. Sobre el Po se fundó una nueva Etruria,
que también tenía doce ciudades. Después de haberse echado sobre
los Cascos, habitantes del Lacio, y después de haber pasado el
Liris, fundaron en la Campania otras doce colonias, a pesar de
que allí estaba la mayor parte de la población Osca.
La Etruria propia, entre el Arno y el Tíber, tuvo muchas ciudades,
con muros pelasgos; Tarquinia era centro de la civilización etrusca;
Ceres, la metrópoli religiosa. Pareció un momento que iban a dominar
toda Italia, pero Hierón, rey de Siracusa, los derrotó encerrándolos
entre los Ligurios, los Galos y los Samnitas, hasta que fueron
sojuzgados por los Romanos.
Pueblos menores
Entre los demás habitantes de Italia figuran los Orobios, entre
los lagos de Como y de Iseo; los Euganeos, entre los montes Brescianos,
Veroneses, Trentinos y Vicentinos; los Vénetos, entre el Timavo,
el Po y el mar; y los Ligurios en el Piamonte.
En los Apeninos, habitaban los Picenos, los Pretucios y principalmente
los Sabinos, pastores y guerreros que se reunían en Cures para
sus asambleas nacionales, y en Trebula para la veneración de sus
misterios. Inmediatos a ellos vivían los Ecuos; más adentro los
Hérnicos, luego los Volscos y los Auruncos, cuyas ciudades marítimas
Terracina, Ancio y Circeo debieron grandes riquezas al comercio,
y fomentaron las bellas artes.
En los Abruzos vivían los Vestinos, los Marrucinos y los Pelignos,
cuya asamblea nacional se reunía en Aterno (Pescara), y los valientes
Marsos en la Campania. Los campos Flegreos, atestiguaban revoluciones
plutónicas. Dícese que el territorio de los Samnitas sustentaba
dos millones de habitantes, entre los cuales figuraban los Hirpinos,
los Lucanos y los Frentanos. La parte más agreste quedó en poder
de los Brucios.
Religión
Todos estos pueblos hablaban la misma lengua, aunque con diversidad
de dialectos, como era distinta su civilización. Generalmente
se regían por medio de una confederación de pequeños Estados con
un Senado común. Algunos elegían un dictador, sometido a la autoridad
nacional. Su culto tenía mucho del griego, con variedad de tradiciones
y ritos, y es probable que al principio reconocieron la unidad
en Jano, deorum deus, único inmaculado. Ceres simbolizaba el arte
más importante; y para el vulgo, se creaba una divinidad para
cada país, para cada bosque, para cada río y para cada trabajo
campestre. Venerábase bajo diferentes nombres la Fortuna, a quien
se consultaba. Circe, especie de maga, transformaba a los hombres
y daba valor a los navegantes. En lugar de estatuas se veneraban
símbolos; así es que la lanza representaba el Marte sabino; en
un altar sin imagen alguna ardía el fuego de Vesta, y durante
los terremotos se oraba sin dirigir las súplicas a ningún dios
determinado. El dios Término, tan venerado, no tenía más representación
que la piedra de confín
La expiación llegaba hasta los sacrificios humanos, y en las primavera
sagrada se inmolaba al Dios todo lo que nacía en la primavera,
sin exceptuar a los niños, de cuya bárbara costumbre nació la
de enviarlos a lejanos países. Los primeros ritos terribles debieron
ser mitigados por Jano, Saturno, Pico, Fauno e Ítalo, los cuales
fundaron asilos, donde los débiles podían refugiarse contra los
fuertes, e introdujeron el derecho fecial, que moderaba la guerra.
Era peculiar de los Ítalos el atrio, donde, alrededor del fuego
de los lares, se reunían los niños, las mujeres y numerosos esclavos.
Era floreciente la agricultura; abundaban los vinos de excelente
calidad; dícese que el nombre de Italia (Vitelia ) procedió
de los bueyes; las lanas de Apulia y de Padua eran muy apreciadas
y hallábanse en la misma Apulia numerosas razas de caballos. La
abundancia de costas y golfos favorecía el comercio; Adria y Génova
eran puestos muy concurridos; se había practicado un antiquísimo
camino en los Alpes por Hércules Tirio, es decir, por los comerciantes
fenicios que venían del Báltico cargados de ámbar.
Civilización etrusca
Diferente y en parte original era la civilización de los Etruscos,
debida a las revelaciones de Tagés y de su discípulo Baquedes.
Predominaba la aristocracia sacerdotal, distribuida jerárquicamente,
con un sumo pontífice elegido por los votos de los doce pueblos.
Los principales estudios de los sacerdotes consistían en los auspicios,
deducidos de los pájaros y de los relámpagos. Algunos los alaban
como superiores a las fábulas griegas; otros los condenan como
supersticiones; lo cierto es que las creencias eran graves y melancólicas.
El mundo, creado en seis mil años, no había de durar más que otros
tantos. Cada casa y cada hombre tenía su genio tutelar; la casa
era custodiada por los Lares, mientras que los Penates derramaban
la triple bendición de la patria, de la familia y de la propiedad.
La fe dimanaba también de la unidad, y fue luego aplicada a la
trinidad de Tina (Júpiter), Juno y Minerva. Aceptaron luego de
los extranjeros un panteón numeroso.
Los ritos eran indispensables en todos los actos legales, los
sueños, los fenómenos y los astros regulaban los actos privados
y públicos. Los señores, es decir los jefes de las gentes conquistadoras
(lucumones) eran guerreros y sacerdotes, y entre ellos se elegía
a uno como jefe de la federación teniendo por insignias la púrpura,
la corona de oro y el cetro con el águila, la segur, los haces
y la silla cural. Nombrábanse igualmente doce lictores, uno por
cada ciudad. Los Romanos adoptaron todos sus distintivos.
Eran clientes de las clases principales las inferiores, es decir
la plebe, dividida en tribus, curias y centurias. Cada una de
las doce ciudades se gobernaba a su manera, pero todas juntas
elegían al sumo-pontífice. Entre las ciudades y los lucumones
(señores) estallaban a menudo rivalidades y emulaciones que impedían
la unidad y la fuerza, por lo que no llegábase a formar la comunidad
deseada entre los pueblos. Muchas colonias se iban y fundaban
ciudades, siempre con ideas y números simbólicos, y a menudo de
planta cuadrada, con dos colinas, sobre la más alta de las cuales
se destacaba la fortaleza. Los Etruscos cultivaban admirablemente
los terrenos, canalizaban los ríos y construían canales. Tuvieron
poderosa marina y bonita moneda. Dividían el año en doce meses
y cada mes en tres partes, llamando idus al día de en medio. Escribían
de derecha a izquierda; veneraban las Camenas, inspiradoras de
los cantos; inventaron instrumentos musicales, los molinos de
mano, los espolones de las naves, la balanza romana, la hoz y
los juegos escénicos; a ellos se debieron muchos trabajos en oro
finísimo y espejos metálicos, como también las copas cinceladas.
Cultivaban el arte dramático; tuvieron historiadores de todas
las ciudades y registros de los nacimientos y de las defunciones.
Los Romanos mandaban sus hijos a Etruria para instruirse, y volvían
convertidos en ilustres literatos; pero nada de esto nos ha quedado.
No se asegura que las murallas de Cortona, Fiesole, Volterra,
Populonia, Segna y Cossa sean etruscas o pelasgas. El orden toscano
tiene algo del dórico, pero nada nos queda de él, aunque pertenecen
a los Etruscos los edificios más antiguos de Roma, especialmente
las murallas exteriores del Capitolio y la cloaca mayor. Cada
día se van encontrando muchos sepulcros, ya sea abiertos en la
roca, ya sea en cámaras subterráneas, donde están depositadas
las vajillas, objetos de oro, muchísimas preciosidades y principalmente
los vasos llamados etruscos, de forma exquisita, y pintados muchos
de ellos. Nuevo campo de discusión fue la manera como habían de
denominarlos, calificarlos, clasificarlos, interpretar sus dibujos
y determinar si eran oriundos de Italia o importados de Grecia,
a qué uso estaban destinados y por qué habían sido acumulados
en las tumbas: cuestiones que se complicaron aún más, cuando iguales
objetos se encontraron en el Lacio, en la Campania y hasta en
los últimos confines de Italia. |