Hasta
aquí, la historia puede considerarse como anónima: ahora
empieza a distinguirse por países, por naciones y por hombres.
Asia, cima del género humano y de la civilización, se extiende
sobre más de 933.350 miriámetros cuadrados, entre el 24º
grado de longitud oriental y el 172º occidental, y entre
el ecuador y el 78º de latitud boreal. Dos grandes cordilleras
en dirección al ecuador la dividen en tres zonas: la septentrional
o Siberia, entre el Altai y el Océano Glacial, desconocida
de los antiguos. Entre el Altai y el Tauro se eleva la más
alta región del mundo, árida y desprovista de arbolado,
con muchas praderas. En la tercera zona, que se extiende
hasta el trópico, donde aparecen, hacia el ecuador, las
penínsulas India y Arábiga, es el país más privilegiado
por la naturaleza; acariciado por las brisas de un mar tranquilo,
protegido por altas montañas, regado por caudalosos ríos,
goza de un benigno clima, donde prosperan los animales y
los vegetales más útiles al hombre; para vestirlo y alimentarlo,
hay el gusano de seda, el algodón, el arroz y mil productos
de la tierra; perlas y diamantes para adornarlo.
El Indo divide el Asia meridional en dos partes, una hacia
el Océano y la otra hacia el Mediterráneo. En esta se fija
en primer lugar la historia, y puede dividirse a su vez
en varias regiones: I, la de aquende el Éufrates; II, la
de allende el Éufrates; III, la comprendida entre el Tigris y
el Indo. En la primera se hallan el Asia Menor, la Siria,
la Fenicia, la Palestina y la Arabia; en la segunda, la
Mesopotamia, la Armenia y la Babilonia; en la tercera, la
Asiria, la Susiana, la Persia, la Media, la Bactriana y
la Sogdiana.
Al otro lado del todo se halla la India propiamente llamada,
con Malabar y la isla de Ceilán. Más allá del Ganges, se
encuentra el país de los Seris, el más antiguo que los antiguos
conocieron, cuando aún se ignoraba la existencia de la China.
Con el Egipto, bastante parecido a estos países, a pesar
de hallarse en el África, concluye el teatro de la historia
más antigua.
El clima y el terreno determinan la índole y las vicisitudes
de estos pueblos. Por las praderas sin límites van errando
con sus aperos y caballos el Mongol, el Calmuco y el Songaro,
como el Chino atraviesa los innumerables ríos, el Indio
monta elefantes y guerrea, y el Árabe viaja con sus caballos
y el camello, verdadera nave del desierto; así es que, desde
tiempo inmemorial, son pastores errantes el Mongol y el
Tártaro; indómitos los Maratas; indolentes los Indios; industriosos
los Chinos; comerciantes y guerreros los Árabes, lo mismo
hoy que hace treinta siglos.
Flor de belleza es la especie humana en el Asia central,
de modo que las esclavas circasianas perfeccionan la estirpe
turca. Cerca del Mediterráneo se unen la perfecta inteligencia
y el sentimiento del arte.
Del Ararat, que es el pico más elevado del Cáucaso, los
pobladores bajaron a la llanura a medida que iba secándose,
y en la fértil Mesopotamia, es decir en el país comprendido
entre el Éufrates y el Tigris, en la montañosa Armenia,
y en la risueña Babilonia fundaron sus primeras ciudades,
vastos recintos de sus campamentos, formados por chozas
de caña y palma, lona y betún, tan fáciles de construir
como de deshacer. La gente nómada acudía a estas ciudades,
a fin de gozar de las ventajas de la vida ordenada. El país
fue cuidadosamente cultivado, conduciéndose aguas de regadío.
El anchuroso y despejado horizonte permitía observar las
estrellas, tanto para que se orientasen los viajeros, como
para que distinguiesen las estaciones los pastores; y los
signos del zodiaco, y los nombres de las constelaciones
demuestran aún el origen pastoril de la astronomía, convertida
después en ciencia por los sacerdotes y los jeques.
Despotismo
Común era la poligamia, que desordenaba
a la familia acarreando la esclavitud de la mujer, el celo
entre hermanos, y por consiguiente, la violencia doméstica
y el despotismo público, no pudiendo existir libertad política
donde no hay libertad moral, pues una sociedad de tiranos
domésticos no puede formar más que un gobierno tirano.
Conquistas
Las grandes llanuras del Asia y las costumbres
nómadas facilitaban extensas conquistas: y los Escitas (bajo
cuyo nombre los antiguos confundieron a Tártaros, Afganos,
Mongoles y Manchúes), los montañeses Persas y Partos, los
Árabes ladrones atacaban a menudo a las gentes incivilizadas.
A veces los imperios, engrandecidos por la aglomeración
de varias tribus, invadían otros países, distribuyéndolos
entre los caudillos, que les exigían impuestos y los colocaban
bajo su dominio. La civilidad de los vencidos era a veces
adoptada por los vencedores, no tanto por su moral como
por su lujo y corrupción; de donde resultaba que las instituciones
del país concluían por prevalecer y dominar a los vencedores,
hasta que caían bajo otra invasión, cuando los sátrapas,
a quienes estaban confiadas las provincias, no se declaraban
independientes y constituían nuevos reinos.
Aquellas conquistas eran desastrosas; a veces quedaba destruida
toda una población, o era acosada por el ejército, como
un rebaño, hasta ser internada en otro país: los Hebreos
fueron arrojados a Babilonia y Asiria; los Egipcios a la
Cólquide por Nabuco y a Susa por Cambises; y los Griegos,
al centro del Asia por Jerjes.
Otras veces, los vencedores pactaban con los vencidos; o
se unían tribus de naturaleza y ocupaciones distintas, o
dos reinos se juntaban, adorando a unos mismos dioses, pero
conservando derechos y ocupaciones distintas. Así se formaban
las castas, unas sacerdotales, otras industriales y otras
guerreras, viviendo en el mismo sitio, aunque reservándose
atribuciones, usos, matrimonios y cultos distintos.
Mientras tanto, seguía su curso el comercio; numerosas caravanas
iban a los países más ricos en productos, que hallamos en
la historia de José el Hebreo.
Religiones
Además de estar unidos por el gobierno, los pueblos tuvieron
por lazos la comunidad de ritos y creencias. Estas procedían
de las tradiciones primitivas, pero se corrompieron por
el pecado, y el monoteísmo se modificó según los climas,
la constitución y las pasiones. Algunos paganos personificaban
la naturaleza y principalmente los objetos más maravillosos
y benéficos, como el sol y las estrellas (sabeísmo); otros
deificaban personas (evemerismo); quiénes exageraban la
idea de Dios, persuadidos de que éste lo es todo y todo
es él (panteísmo); quiénes reducían el culto a contemplación,
como en la India; muchos lo reducían a actos prácticos,
como en Egipto y en la China, o formaban el cielo según
la jerarquía terrestre, y subordinaban los dogmas a las
ventajas de una nación o de una raza.
Todos procuraban dar a la religión un carácter nacional,
y hacer de Dios el protector del pueblo; de ahí que las
primeras ciudades fuesen sagradas, como Jerusalén, Jericó,
Jeracome, Jerápolis, Dióspolis, Babel, ciudad de Dios, e
Ilio, fabricada por Neptuno.
Pronto en la religión popular se introdujo el arcano, misterio
reservado a los sacerdotes, los únicos que podían ofrecer
los sacrificios, consultar los dioses, comunicar al pueblo
parte de la doctrina, reservándose la otra; de este modo
pudieron los gobiernos convertirse en teocráticos en muchas
partes, es decir, regidos por la voluntad de Dios, o mejor
dicho por los sacerdotes que expresaban sus decretos. Al
principio bastó una idea firme dominando a extraviadas costumbres,
para persuadir al pueblo de la existencia de un poder supremo,
para establecer una semejanza entre el orden civil y el
físico, que es moral porque es obra de Dios. El interés
de estos sacerdotes estaba en importar a su país el conocimiento
de antiguos sucesos conocidos por tradición y considerados
como milagros.
Tiempos prehistóricos
La cronología y geografía faltan, pues, en los hechos que
la tradición refiere de aquellos primeros siglos; pero varios
eruditos han tratado de dar por lo menos una ordenada sucesión
a las historias mitológicas, bajo las cuales la imaginación
de los pueblos acumuló circunstancias por las cuales también
se puede inquirir algún dato positivo.
Mas puros, más humanos, pero menos milagrosos son los hechos
de los pueblos monoteístas, como los Persas, Medas y Hebreos;
estos abandonaron la teofanía, es decir la comparación de
la divinidad. Las encarnaciones abundan, por el contrario,
entre los Indios, que tienen poemas y edificios gigantescos,
y donde la idea de la divinidad se confunde de tal manera
con la de la humanidad y de la naturaleza toda, que es muy
difícil desarraigarlas. En la China, todo es positivo y
todo depende de un emperador.
Hubo, en las naciones, grandes hombres, cuya perspicacia
y fuerza prevalecieron, difundiendo el concepto de lo bueno,
de lo verdadero y de lo generoso. Yao, era constructor de
canales y aljibes, y sus Chinos eran fríos, positivos y
de escasa inteligencia. El egipcio Manete fabricó a Menfis,
encauzó el Nilo y construyó estanques, y las generaciones
de aquel pueblo se dedicaron a semejantes obras. Las expediciones
de Odino se repitieron en las frecuentes emigraciones de
los Escandinavos; los Esquimales aparecían como cazadores
de monstruos marinos; Hércules, Prometeo, Orfeo y Jasón
representaban el genio artístico, guerrero y maravilloso
respectivamente, siendo la gloria de los Griegos.
Primeras monarquías
El primer gran imperio se encuentra en las llanuras del
Senaar. Nemrod de la estirpe de Cam, y cazador fuerte, fundó
un imperio en Babilonia; pasó a Asiria, donde edificó a
Nínive, y dejó este imperio a Nino, y el de Babilonia a
Evecoo.
2680 – 1916
Bactrianos, Medos y Persas, formaron el imperio de los Arios,
es decir de los valientes, unidos con los Indios, pero permaneciendo
monoteístas, con sus castas de sabios o magos, de guerreros,
agricultores y mercaderes. Este país, llamado Eriene, entre
la India, el Cáucaso, el Oxus (“Amu-Daria”) y el Golfo Pérsico,
tuvo por primer rey a Kajumarot, quien fundó a Balk; y las
aventuras de sus sucesores fueron intercaladas en los poemas,
donde raras veces se distingue la realidad de la fantasía.
Nino (Argiasp), jefe de una tribu de Arios semíticos, conquistó
a Balk con ayuda de Semíramis; engrandeció a Nínive, cuyo
recinto era de tres jornadas. Semíramis fabricó a Babilonia
y otras ciudades, y difamada por sus libertinas costumbres
fue asesinada por Ninia. A aquel pueblo asirio pertenecieron,
según la Biblia, Teglar-Falasar, que destruyó el reino de
Damasco (763); Salmanasar, que aniquiló al de Samaria; Sennaquerib,
cuyo ejército fue exterminado en Judea (707); y en fin Sardanápalo,
personificación de todas las voluptuosidades. Los sátrapas
Arbaces y Belesis, se rebelaron contra él y lo sitiaron
en su capital, donde pereció en una hoguera con sus tesoros
y sus mujeres (667).
Entonces prevaleció la estirpe Medo-Bactriana, que tenía
por capital a Ecbatana, y sucumbió después bajo los Caldeos,
gente semítica y sacerdotal, vencida a su vez por la tribu
de los Pasagardos, mandada por Ciro (Koresc).
Los antiguos historiadores representaban estas revoluciones
y cambios de capitales como sucesión de los imperios Asirio,
Babilónico, Medo y Persa, cuando no constituían más que
el gran imperio comprendido entre el Éufrates y el Tigris,
país muy abierto, cuya capital era Babilonia, ciudad cuadrada
de quince millas por lado y ceñida por Semíramis de muros
tan anchos que seis carros podían andar por ellos de frente;
con mil quinientas torres, magníficos diques en el Eúfrates,
jardines, paseos y casas alineadas, relucientes como el
esmalte, adornadas de flores y coronadas de palmeras; con
un suntuoso templo consagrado a Belo, del cual sobresalía
una torre de ocho pisos. Las inmensas ruinas de sus palacios
y de sus templos, pronosticadas por Isaías, atestiguan aún
su magnificencia. Esta era debida a la riqueza proporcionada
por la industria y el comercio; allí se tejían telas y tapices
preciosos, y se trabajaban piedras duras que hoy día adornan
nuestros museos con el nombre de cilindros babilónicos.
Cuando la piedra faltaba, era suplida por arcilla y nafta,
que abundaban mucho en aquel país. Descubriéronse magníficos
restos de su escultura en Korsabad y en Kojunscich. Adoraban
héroes divinizados y los astros Belo y Milta, es decir el
sol y la luna, con un cortejo de astros. Herodoto recuerda
dos fiestas principales: una en honor de Belo, donde se
gastaban hasta miles de talentos en incienso, y otra en
donde los esclavos hacían de amos, como en las saturnales.
Beroso, sacerdote caldeo, nos transmitió confusamente los
hechos y pensamientos de aquel pueblo, que también sacrifica
a Dios víctimas humanas; en el templo de la diosa Milta,
las mujeres se prostituían por devoción. Las hermosas se
vendían, y con su precio dotaban a las feas. Esmeradísimo
era el cultivo de los campos, con magníficos sistemas de
regadío; usaban la escritura cuneiforme, imprimiendo sus
hechos en ladrillos sin cocer. La ciencia y la magistratura
correspondían a la clase de los sabios, hereditariamente
conservadores de una doctrina más pura, de una moral más
prudente y de muchos conocimientos astronómicos, hasta el
punto de dividir el zodíaco en 30 grados de 30 minutos,
computar el año en 365 días, menos seis horas, y averiguar
que las estrellas son excéntricas a la tierra. La gran torre
que servía para las observaciones astronómicas ofrecía la
medida del estadio caldeano que era la 1119ª parte del grado,
equivalente a 5702 toesas, 1 pie, 9 pulgadas y 7 líneas;
lo que difería solamente de 63 toesas de la medida de la
tierra que hoy conocemos. Inventaron el gnomon solar, y
Calístenes, compañero en la expedición de Alejandro Magno,
mandó de Babilonia a Aristóteles observaciones hechas allí
desde el año 2200. |