César Cantú - Compendio de la Historia universal - Libro XVIII

277.- Revolución francesa

Día 5 de mayo de 1789 se inauguró en Versalles la apertura de los Estados Generales con la invocación del Espíritu Santo y aplausos al rey y a los 608 diputados: benévolos exordios de una revolución que había de concluir por negar a Dios y dar muerte al rey, a diputados y sacerdotes.

Se discutió si habían de votar distintamente el clero, la nobleza y el tercer estado que hasta entonces no había sido nada y quería serlo todo. Los nobles renunciaron a sus privilegios. De pronto descuellan algunas figuras entusiastas, como Mirabeau, La Fayette y Bailly. Los Estados asumen el título de Asamblea Nacional; no quieren aceptar los concesiones del rey, pretendiendo tenerlas por derecho; y se preparan a hacer una Constitución, adoptando la escarapela tricolor. Se quiere imponer una constitución civil al clero; obligan a los curas a jurarla, por cuyo motivo se enemistan con ellos; se hacen necesarias persecuciones y no tardan en verse los primeros suplicios.

En provincias, los comités electorales no se habían disuelto, y se convirtieron en clubs donde se discutía y deliberaba. El fuego de París comunicaba el incendio a todo el reino. Los parisienses toman la fortaleza de la Bastilla y la destruyen; estalla una insurrección, general contra palacios, castillos y bienes señoriales; las exigencias y las esperanzas son cada vez más exageradas, y se publica una declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. La Asamblea, que había jurado no disolverse hasta haber dado una Constitución a Francia, se trasladó a París, quedando expuesta a los clubs y a los insurrectos.

Al paso que fuera se enfurecía la plebe, en la Asamblea prevalecía el partido monárquico constitucional, a cuyo frente se hallaban Mirabeau y Barnave, adversarios entre sí, vicioso aquel y despreciador de los hombres, pero de incomparable elocuencia para arrastrar voluntades; irreprochable el último, aunque imbuido en las ideas filosóficas. La Corte, escasa de consejos, pagó a Mirabeau a fin de que moderase la oposición y diese pareceres; pero estos eran ineficaces. Murió Mirabeau inaugurando el Panteón de los grandes hombres, de donde fue sacado su cuerpo cuando se descubrió su connivencia con la Corte. Luis trató de huir del país donde él y su familia eran ultrajados; pero fue detenido y guardado prisionero, en tanto que crecía el partido republicano.

La Asamblea completó una primera Constitución con tendencias radicales; habiendo establecido que ninguno de los diputados podía ser reelegido, llegó a la Asamblea Legislativa gente nueva, tan inexperta como apasionada, donde prevalecían los discípulos de los filosofistas y las máximas de Rousseau, que iban hasta la abolición de la propiedad. En su filosofía se sentaba que el hombre es naturalmente bueno, y que lo pervierten las instituciones sociales; por consiguiente era preciso reformarlas, y quitando de en medio a la décima parte corrompida de los hombres, serían felices los demás. Emprendieron intrépidamente la tarea de derribarlo todo y matar a unos cuantos millones de personas. Los clubes eran más poderosos que la Asamblea, sobre todo el de los Jacobinos, en cuyo seno adquirían preponderancia y fuerza Marat, Robespierre, Desmoulins y Danton, que se hacían populares proponiendo deliberaciones y, actos terribles.

1793 - 21 de enero - El Terror 

Los emigrados excitaban desde fuera a las Potencias para que salvaran al rey y a la Francia. En efecto, los reyes de Europa, viendo que la amenaza era general, se coaligaron en Pillnitz para poner freno a la Francia; pero en vez de abrigar miras desinteresadas, ocultaban ambiciones particulares, y nada realizaron. Los revolucionarios acusaron a Luis de llamar al extranjero y lo condenaron al suplicio. Igual suerte cupo a su mujer y a su hermana. Su hijo fue confiado a un vil artesano. Se proclama la República, se suprime el culto cristiano y hasta se reforma el calendario. La Convención, árbitra de todo, empieza a decapitar a todos los que declara traidores, y concluye por mandar al patíbulo a los moderados, a los ricos, a los comerciantes, a todo el que tiene un enemigo; y se dispone a sostener la guerra contra todo el mundo, armando a todos los Franceses. Los primeros ejércitos contaban aún con buenos oficiales, pero también estos fueron desterrados. Se decreta la leva en masa armando a un millón doscientos mil hombres. El Comité de salvación pública tiene ilimitada autoridad para acelerar la acción del poder ejecutivo. Los Jacobinos, después de haber condenado a muerte a los Girondinos, perdieron también la cabeza. La Francia se dejaba gobernar por un puñado de asesinos. Solamente La Vendée se pronuncia en defensa de la religión y de la monarquía, pero los republicanos vencen su resistencia con estragos y devastaciones. Son castigadas Lyon, Aviñón, Marsella y otras ciudades que se inclinaban al federalismo propuesto por los Girondinos. Se levantaron guillotinas en todas las ciudades, en todos los pueblos, y cada día pasaban de las repletas cárceles al patíbulo jóvenes y ancianos, meretrices y doncellas, campesinos y literatos, curas y generales; la envidia era omnipotente; se querían hombres nuevos y cosas nuevas, confiriéndose los empleos a personas inexpertas e indignas.

Directorio 

Durante un momento prevalecieron los moderados, los cuales condenaron a muerte a los sanguinarios, sin exceptuar a Robespierre y Saint-Just. Francia respiró; se empezó a perdonar; formose una nueva Constitución con un consejo trienal de 500, y uno de ancianos de 250, con ministros responsables y un Directorio al frente.

Los más resueltos Jacobinos aborrecían este orden de cosas; les favorecía la plebe, y Babeuf predicaba la comunidad de bienes y familias. Pero la mayoría de la población sentía la necesidad de restablecer el orden y los negocios, y deseaba una restauración. Esta era preparada por los emigrados, que en todas partes buscaban enemigos contra los opresores de su patria; pero cuantas veces fue atacada por ejércitos extranjeros, venció la República.

278.- Sucesos de Italia

Los príncipes de Italia se sintieron amenazados por la revolución. Pío VI insistía para que constituyesen una liga defensiva; pero los de Nápoles y Turín estaban furiosos contra la Francia que había dado muerte a sus cuñados. El gran duque de Toscana, aunque austriaco, fue uno de los primeros que reconocieron la República francesa. Venecia creyó salvarse declarándose neutral; el duque de Módena puso en salvo un tesoro, previendo la ruina. Los pueblos aguardaban entre la esperanza y el temor.

Víctor Amadeo III, impulsado por los emigrados, rompió el primero las hostilidades con la Francia, en inteligencia con los federalistas; pero en breve fue ocupada la Saboya, tomada Niza e incendiada Onella. La Córcega se sublevó llamando del destierro a Paoli; la Cerdeña rechazó a los Franceses. Habiendo cesado el Terror, la República se reconcilió con la Prusia y la España, y mandó a Schérer, Masséna y Serrurier a los Alpes. Igualmente fue enviado a Italia Napoleón Bonaparte, hijo segundo de una familia de Córcega (nació en 1769), imbuido en las máximas republicanas, pero que, apenas tomó el cargo de comandante general, exigió orden, respeto y obediencia. Pasó los Alpes venciendo la débil resistencia de los Piamonteses unidos con los Austriacos; vencedor en Montenotte y Millessimo, declaró en Cherasco que iba a librar a Italia de sus tiranos, y que respetaría bienes, costumbres y religión. Concedió un armisticio al rey del Piamonte, ocupando sus fortalezas, y al duque de Módena exigiéndole dinero y cuadros. Llega a Milán y desde allí propaga el incendio democrático. El Austria hace esfuerzos inmensos por conservar y recuperar el país; al fin se ve reducida a aceptar la paz de Campoformio , reconociendo a las repúblicas cisalpina y cispadana.

Los demócratas de Venecia habían abatido a la aristocracia antigua, y los favorecía Bonaparte; pero habiéndose apoderado del país, de sus arsenales y de sus museos, cedió la ciudad al Austria en compensación de los Países Bajos.

Estos triunfos dieron fuerza al Directorio, que organizaba a la Francia y a la Italia, extendiendo su Constitución, conquistando a Génova, invadiendo a Roma so pretexto de vengar el asesinato de Basville y Duphot, y trayendo a Pío VI prisionero a Valence, donde murió. La Suiza fue también sacudida, y la Francia la hizo organizar unitariamente, apoderándose de sus tesoros.

279.- Progresos de Bonaparte

Bonaparte se sentía bastante fuerte para desobedecer al Directorio cuando le pareciese útil; era proclamado salvador, libertador, semi-Dios, todo lo cual excitaba su ambición. Para satisfacerla, propuso una expedición a Egipto, a fin de amenazar desde allí a las posesiones inglesas. Embarcose en efecto con buenas tropas, con el dinero tomado a la Suiza y con una partida de sabios, que descubrieron y describieron las maravillas de aquel país. Sus victorias alternaron con graves desastres. Atravesando Bonaparte, a bordo de un pequeño buque, la escuadra inglesa que lo vigilaba, llegó a Francia.

Hallóla desordenada, a causa de la debilidad del Directorio, y con sus adeptos dio un golpe de Estado, arrojó al Directorio e hizo establecer tres cónsules con poder absoluto para reorganizar el país. Él prevaleció sobre los otros dos, obtuvo el consulado por diez años, luego por toda su vida y se preparó el trono.

Para hacerse coronar, necesitaba victorias. La Italia, por él conquistada, cayó en el desorden; después de tres años de república, los Alemanes y los Rusos ocuparon la Alta Italia, durante trece meses de reacción. Esta se dejó sentir principalmente en Nápoles. Championnet se había dirigido contra este reino; los reyes huyeron a Sicilia; la plebe dejóse engañar con buenas promesas, y se proclamó la República Partenopea. Pero luego que sucumbieron los Franceses y que el ruso Suvorof volvió a ocupar el Piamonte y la Lombardía, los partidarios de los Borbones volvieron a levantar cabeza, secundados por la flota inglesa mandada por Nelson. Los patriotas fueron rechazados y perseguidos; refugiados en Castel San Telmo, admitieron pactos, a pesar de los cuales fueron mandados al suplicio los principales jefes. A los Franceses no les quedaba más que Génova, defendida con tenacidad por Masséna.

Bonaparte apronta varios ejércitos, con los cuales invade la Italia por diferentes puntos; afronta la segunda coalición de todas las potencias hostiles a la Francia; pocos días después de la rendición de Génova, derrota en Marengo a los Austriacos; es aún dueño de Italia, mientras Moreau vence en Alemania. Al fin se concluye la paz de Lunéville con arreglo a la de Campoformio, asegurando a la Francia la Bélgica; al Austria los dominios de Venecia; al duque de Módena el territorio de Brisgau, y al duque de Parma la Toscana; el emperador cedía la orilla izquierda del Rin, y reconocía las repúblicas Helvética, Bátava y Liguriana. También se pactó con Nápoles, obligándose ésta a cerrar sus puertos a los Ingleses, renunciando a la isla de Elba y a los Presidios. De este modo se restablecía el derecho público, maltratado por la revolución.

280.- Bonaparte cónsul y emperador

Bonaparte sabía eclipsarse oportunamente, dándose importancia y organizando a su país. Su acto principal fue la formación del Código, que consagraba todas las conquistas de la civilización, aunque se resentía demasiado del espíritu de la revolución. El sentimiento religioso, avivado por los sufrimientos, fue satisfecho mediante un Concordato con el nuevo Papa Pío VII; se restablecía en Francia el culto; volvían a abrirse las iglesias y se reponían los ritos que acompañan y consagran los actos más solemnes de la vida. Secundó esta obra Chateaubriand con el Genio del Cristianismo, demostrando cuanto de bello hay en aquellas creencias y ritos en que los Enciclopedistas no habían visto más que ignorancia y vulgaridad.

La liga entre las potencias del Norte había quedado rota con la muerte de Pablo de Rusia. La Inglaterra sufría a causa de la interrupción del comercio y a causa de la revolución de Irlanda que reclamaba su independencia; sin embargo el genio de Pitt lo suplía todo; recuperó el Egipto, que restituyó a la Puerta, y por fin concluyó con la Francia la paz de Amiens, en virtud de la cual se dejaba al enemigo en el Piamonte, Génova, Liorna y Malta. Pero la Francia perdió la isla de Santo Domingo, donde los Negros sublevados proclamaron emperador a Toussaint-Louverture, y cedió la Luisiana a los Ingleses.

La Suiza se había dado una Constitución unitaria. En Alemania, los príncipes desposeídos se indemnizaban con los dominios quitados a los eclesiásticos. Austria y Prusia se miraban con recelo, si bien hacían causa común contra la Francia. Todo hacía presumir que la paz no sería duradera. Bonaparte aprontó efectivamente un ejército en Bolonia, con la intención de hacer un desembarco en Inglaterra; y si bien sus pequeños buques nada valían contra los grandes navíos de Inglaterra, pudo aguerrir las tropas y prepararlas para futuras empresas.

Bonaparte demostraba ser superior a todos y capaz de establecer el orden, por lo cual no le costó gran trabajo hacerse proclamar emperador con el nombre de Napoleón I. Espléndidas solemnidades acompañaron la coronación, para la cual hizo venir a Pío VII a París. Los diputados de la República Cisalpina, que en los comicios de Lyon habían obtenido Constitución y nombre de República Italiana, pidieron que Napoleón se hiciese también rey de Italia. Las demás repúblicas habían de sucumbir. Génova fue agregada a la Francia, como el Piamonte a Parma.

Todo esto desagradó a las Potencias, las cuales dieron al Austria los medios de poner en campo de batalla a un grueso ejército; pero la acción de Austerlitz descompuso a la liga y motivó la paz de Presburgo, en virtud de la cual el Austria cedía Venecia, la Dalmacia y la Albania al reino de Italia; y a la Baviera el Tirol y 140 millones por gastos de guerra.

De este modo la Italia quedaba libre de Austriacos. No tardó Napoleón en hallar pretextos para conquistar a Nápoles, cuya corona dio a su hermano José, que estaba lleno de buenas intenciones, pero que era contrariado por la nobleza, que no podía sufrir a un extranjero, y por los bandidos que eran una verdadera plaga. Habiendo pedido Inglaterra una compensación para el rey de Sicilia, Napoleón le dio las Baleares, sin hacer caso de España a quien pertenecían.

El tratado de Lunéville había descompuesto la confederación germánica, quitando la autonomía a la mitad de los príncipes, y repartiendo entre los otros los bienes de los príncipes eclesiásticos.

Las cincuenta y una ciudades libres habían quedado reducidas a seis. Uniéronse a los electores el duque de Würtemberg, hecho rey, el landgrave de Hesse-Cassel, el margrave de Baden y el gran duque de Toscana por el arzobispado de Salzburgo. Napoleón se hizo protector de la Confederación del Rin: de modo que el imperio quedaba destruido, y no a favor de la libertad popular. Francisco II renunció, pues, al título de emperador de Alemania y se hizo emperador de Austria.

Tantas violaciones y las intrigas napoleónicas disgustaron a los Ingleses. Hasta la Prusia se veía arruinada, cuando Napoleón debía haberla halagado como contraposición al Austria; uniose con la Rusia y declaró la guerra a la Francia; pero quedó vencida en la batalla de Jena; Napoleón entró en Berlín como conquistador, insultó a la patriótica reina e intimó el bloqueo de las Islas Británicas.

Entonces se formó la cuarta coalición contra la Francia; pero los Rusos fueron batidos en Eylau y Friedland; el zar Alejandro se avistó con Napoleón en Tilsit y se puso de acuerdo con él para dividirse la primacía de Europa, con perjuicio de Inglaterra.

281.- Despotismo imperial

Entonces Napoleón no conoció límites para su poder, ni en Francia ni en el extranjero. Creó una nobleza nueva, confiriendo principados y ducados en los países vencidos; puso a sus hermanos y a sus cuñados en diferentes tronos; decretó el bloqueo continental, es decir que en Europa no se admitiesen buques ni mercancías procedentes de Inglaterra; con lo cual condenaba a los pueblos a inmensas privaciones.

Aprovechándose de las discordias de la familia real de España, la desposeyó arteramente, colocando en el trono a su hermano José, y sustituyéndolo en el de Nápoles con su cuñado Murat. Pero se levantó la España contra el extranjero, apoyada por Inglaterra, y demostró a Europa que, si ante Napoleón se envilecían los reyes, aún podían hacerle frente los pueblos. Y en efecto, el pueblo alemán se preparaba a la resistencia, y las sociedades secretas, como la literatura, excitaban al patriotismo, al paso que Inglaterra desplegaba fuerzas colosales y hacía sublevar a los países vencidos y a la Italia. Formose una quinta coalición; pero Napoleón venció todavía en Eckmühl, tomó a Viena, hizo una verdadera matanza en la batalla de Wagram, domó con sangre al insurrecto Tirol y dictó la paz.

Pero las paces no eran más que preparativos para otras guerras, con cuyo objeto pedía Napoleón continuamente dinero y hombres al Imperio y a Italia, sin atender a los sufrimientos ni a la opinión pública. Seguro de la victoria, creyendo infalibles sus propias decisiones, concluyó por disgustar hasta a sus parientes que había colocado en los tronos de España (José), Holanda (Luis), Nápoles (Murat) y Etruria (Elisa). Repudió a su mujer Josefina Beauharnais, a quien debía su primer encumbramiento, para casarse con María Luisa, hija del emperador de Austria, de la cual tuvo un hijo a quien dio el título de rey de Roma.

Después de haber hecho el Concordato con el pontífice, y reconocido la superioridad de éste haciéndose coronar por él, invadió sus atribuciones hasta en asuntos eclesiásticos; y como Pío VII no quisiese condescender como los reyes, Napoleón ocupó los Estados pontificios y trajo prisionero al Papa. Entonces convocó en París un Concilio, esperando que los prelados resolverían contra su jefe. Pero halló en estos una noble resistencia. Todo hacía aumentar a los descontentos, que aparecían a pesar de la feroz severidad de la policía imperial.

Soñando con el imperio de Occidente, deseaba dominar a Rusia y con tal propósito alistó el ejército más poderoso que se hubiese visto. Con 500 mil soldados franceses, sajones, bávaros, prusianos, westfalienses, wurtembergueses, badeses, españoles, portugueses e italianos, avanzó hasta el corazón del imperio, hallando en todas partes la desolación y el despoblado. Entró en Moscú creyendo invernar en ella, pero fue incendiada la ciudad; en la retirada, durante lo más crudo de un riguroso invierno, sin provisiones y continuamente hostigado por los guerrilleros Cosacos, pereció todo aquel ejército. Pronto Alemania se subleva contra su opresor; la misma Austria se coaliga con los patriotas; a pesar de la magnífica campaña de Sajonia, de las parciales victorias y portentosos esfuerzos por reconstituir un ejército, Napoleón es vencido en Leipzig; los Aliados entran en Francia, ocupan a París, y Napoleón es obligado a abdicar, reservándose la soberanía de la isla de Elba, donde se retira bajo el peso de la execración popular.

El reino de Italia había sido su bella creación; dióle una buena administración, fomentó las obras públicas y organizó la hacienda bajo el virrey Beauharnais, su hijastro. Este fue inducido a aprovecharse de los desastres de Napoleón para hacerse rey independiente, pero ni la nación le era favorable, ni él bastante resuelto. La idea favoreció mas a Murat, quien con un buen ejército que había hecho la campaña de Rusia, fluctuó entre los Aliados y Napoleón, esperando que éste o aquellos le harían conservar su hermoso reino. Estas vacilaciones perjudicaron a la causa italiana; los Aliados se acercaron a la capital del reino, la cual se sublevó dando muerte al ministro Prina y llamando a los Aliados, si bien esperaba conservarse independiente. Génova, que estaba unida al imperio francés, creyó también recuperar su independencia; pero los Aliados la dieron al repuesto rey del Piamonte, a fin de crear una robusta barrera contra Francia.

Napoleón, fiado en las conspiraciones de sus partidarios, huye de la isla de Elba; de regreso a Francia, sostenido por el ejército y aplaudido por el pueblo que antes lo había maldecido, vuelve a París y promete libertad. Murat cree oportuno el momento, y proclama la independencia y la unidad de Italia; pero los Austriacos lo derrotan y colocan en el trono de Nápoles a Fernando de Sicilia. Murat intenta un nuevo desembarco a imitación de Napoleón, pero es preso y fusilado. Todas las potencias se habían coaligado de nuevo contra el turbador de la paz, y en Waterloo derrotaron a Napoleón, quien fue confinado a la isla de Santa Elena, donde murió día 5 de mayo de 1821.

282.- Tratado de Viena

Los príncipes vencedores se habían reunido primero en París, y luego en Viena para arreglar la Europa y consolidar la paz, estableciendo el equilibrio en los negocios de toda Europa, desde la Grecia hasta el polo. Graves dificultades encontraron sus intentos, cuando el derecho público había sido hollado, las libertades históricas sustituidas por libertades ideales, aniquilado el prestigio de los reyes y la fe de los pueblos. Durante la guerra habían hecho promesas o alentado ambiciones; querían castigar o premiar, resarcirse de los sacrificios hechos; todo lo cual dio pronto origen entre ellos a discordias que fueron aplacadas por el advenimiento de Napoleón.

El más liberal de aquellos príncipes era Alejandro de Rusia, el cual, animado por conceptos místicos, inventó la Santa Alianza, en virtud de la cual él, Austria y Prusia, en nombre de Dios y del Evangelio, formaban una liga de fraternal amistad y mutuo auxilio para gobernar a los pueblos como padres, considerarse como una sola nación con Jesucristo por único soberano, y procurar la conservación de la paz y el orden establecido. Eran padres que querían gobernar a sus hijos como les diera la gana.

Talleyrand, ministro de Francia, introdujo la palabra legitimidad, pretendiendo que los diferentes Estados fuesen reconstituidos tal como eran antes de la Revolución; con esto evitó el desmembramiento de la Francia, que se intentaba para abatirla y disipar el miedo que inspiraba. Se robustecieron los Estados antiguos, principalmente el Piamonte, que adquirió a Génova. Ya las grandes potencias habían tomado cada una su parte; Austria la Lombardía y el país veneciano; Rusia la Polonia como reino distinto; Prusia la Sajonia; Inglaterra el Cabo, Malta y Helgoland. La Noruega fue dada a la Suecia, que tuvo así una barrera contra la Dinamarca. La Suiza fue declarada neutral. La Alemania formó una Confederación de príncipes independientes bajo la presidencia honoraria del Austria, con ejército común, dieta en Francfort y prohibición de hacerse la guerra. Los Países Bajos fueron añadidos a la Holanda. Las posesiones del Austria en Italia se habían engrandecido y mejorado, desde que, con la adquisición de Venecia y la Valtelina, se unían con las posesiones transalpinas, sin contar que el de Austria tenía parientes en los ducados de Parma, Módena y Toscana. El Papa fue considerado como si no hubiese tomado parte en la guerra, y reintegrado. Los Borbones recibieron el reino de Nápoles, a excepción del Piombino, la isla de Elba y los Presidios que fueron dados a la Toscana.

No se habían tenido en cuenta nacionalidades, religión ni opiniones. De la Turquía no se trató; se la dejó tiranizar a las tierras cristianas. Los diferentes Estados no dependían ya los unos de los otros, sino que todos eran soberanos. El equilibrio estaba roto desde el momento en que las cuatro provincias preponderaban.

Se reprobó la esclavitud de los Negros, pero no era fácil destruirla; desde luego se prohibió la trata, y la Inglaterra se encargaba de registrar los buques negreros.

Eran una calamidad para Europa los Estados berberiscos, que pirateaban por el Mediterráneo y sus costas, secuestrando personas por las cuales exigían enormes rescates. Entonces una flota inglesa impuso a Argel la libertad de los esclavos, que resultaron ser 49 mil en los diferentes Estados berberiscos; pero éstos no fueron abolidos todavía.

Las obras maestras que los Franceses habían quitado a los países conquistados, con destino al Museo Napoleón, fueron restituidas.