277.-
Revolución francesa
Día
5 de mayo de 1789 se inauguró en Versalles la apertura de
los Estados Generales con la invocación del Espíritu Santo
y aplausos al rey y a los 608 diputados: benévolos exordios
de una revolución que había de concluir por negar a Dios
y dar muerte al rey, a diputados y sacerdotes.
Se
discutió si habían de votar distintamente el clero, la nobleza
y el tercer estado que hasta entonces no había sido nada
y quería serlo todo. Los nobles renunciaron a sus privilegios.
De pronto descuellan algunas figuras entusiastas, como Mirabeau,
La Fayette y Bailly. Los Estados asumen el título de Asamblea
Nacional; no quieren aceptar los concesiones del rey, pretendiendo
tenerlas por derecho; y se preparan a hacer una Constitución,
adoptando la escarapela tricolor. Se quiere imponer una
constitución civil al clero; obligan a los curas a jurarla,
por cuyo motivo se enemistan con ellos; se hacen necesarias
persecuciones y no tardan en verse los primeros suplicios.
En
provincias, los comités electorales no se habían disuelto,
y se convirtieron en clubs donde se discutía y deliberaba.
El fuego de París comunicaba el incendio a todo el reino.
Los parisienses toman la fortaleza de la Bastilla y la destruyen;
estalla una insurrección, general contra palacios, castillos
y bienes señoriales; las exigencias y las esperanzas son
cada vez más exageradas, y se publica una declaración de
los derechos del hombre y del ciudadano. La Asamblea, que
había jurado no disolverse hasta haber dado una Constitución
a Francia, se trasladó a París, quedando expuesta a los
clubs y a los insurrectos.
Al
paso que fuera se enfurecía la plebe, en la Asamblea prevalecía
el partido monárquico constitucional, a cuyo frente se hallaban
Mirabeau y Barnave, adversarios entre sí, vicioso aquel
y despreciador de los hombres, pero de incomparable elocuencia
para arrastrar voluntades; irreprochable el último, aunque
imbuido en las ideas filosóficas. La Corte, escasa de consejos,
pagó a Mirabeau a fin de que moderase la oposición y diese
pareceres; pero estos eran ineficaces. Murió Mirabeau inaugurando
el Panteón de los grandes hombres, de donde fue sacado su
cuerpo cuando se descubrió su connivencia con la Corte.
Luis trató de huir del país donde él y su familia eran ultrajados;
pero fue detenido y guardado prisionero, en tanto que crecía
el partido republicano.
La
Asamblea completó una primera Constitución con tendencias
radicales; habiendo establecido que ninguno de los diputados
podía ser reelegido, llegó a la Asamblea Legislativa gente
nueva, tan inexperta como apasionada, donde prevalecían
los discípulos de los filosofistas y las máximas de Rousseau,
que iban hasta la abolición de la propiedad. En su filosofía
se sentaba que el hombre es naturalmente bueno, y que lo
pervierten las instituciones sociales; por consiguiente
era preciso reformarlas, y quitando de en medio a la décima
parte corrompida de los hombres, serían felices los demás.
Emprendieron intrépidamente la tarea de derribarlo todo
y matar a unos cuantos millones de personas. Los clubes
eran más poderosos que la Asamblea, sobre todo el de los
Jacobinos, en cuyo seno adquirían preponderancia y fuerza
Marat, Robespierre, Desmoulins y Danton, que se hacían populares
proponiendo deliberaciones y, actos terribles.
1793
- 21 de enero - El Terror
Los
emigrados excitaban desde fuera a las Potencias para que
salvaran al rey y a la Francia. En efecto, los reyes de
Europa, viendo que la amenaza era general, se coaligaron
en Pillnitz para poner freno a la Francia; pero en vez de
abrigar miras desinteresadas, ocultaban ambiciones particulares,
y nada realizaron. Los revolucionarios acusaron a Luis de
llamar al extranjero y lo condenaron al suplicio. Igual
suerte cupo a su mujer y a su hermana. Su hijo fue confiado
a un vil artesano. Se proclama la República, se suprime
el culto cristiano y hasta se reforma el calendario. La
Convención, árbitra de todo, empieza a decapitar a todos
los que declara traidores, y concluye por mandar al patíbulo
a los moderados, a los ricos, a los comerciantes, a todo
el que tiene un enemigo; y se dispone a sostener la guerra
contra todo el mundo, armando a todos los Franceses. Los
primeros ejércitos contaban aún con buenos oficiales, pero
también estos fueron desterrados. Se decreta la leva en
masa armando a un millón doscientos mil hombres. El Comité
de salvación pública tiene ilimitada autoridad para acelerar
la acción del poder ejecutivo. Los Jacobinos, después de
haber condenado a muerte a los Girondinos, perdieron también
la cabeza. La Francia se dejaba gobernar por un puñado de
asesinos. Solamente La Vendée se pronuncia en defensa
de la religión y de la monarquía, pero los republicanos
vencen su resistencia con estragos y devastaciones. Son
castigadas Lyon, Aviñón, Marsella y otras ciudades que se
inclinaban al federalismo propuesto por los Girondinos.
Se levantaron guillotinas en todas las ciudades, en todos
los pueblos, y cada día pasaban de las repletas cárceles
al patíbulo jóvenes y ancianos, meretrices y doncellas,
campesinos y literatos, curas y generales; la envidia era
omnipotente; se querían hombres nuevos y cosas nuevas, confiriéndose
los empleos a personas inexpertas e indignas.
Directorio
Durante
un momento prevalecieron los moderados, los cuales condenaron
a muerte a los sanguinarios, sin exceptuar a Robespierre
y Saint-Just. Francia respiró; se empezó a perdonar; formose
una nueva Constitución con un consejo trienal de 500, y
uno de ancianos de 250, con ministros responsables y un
Directorio al frente.
Los
más resueltos Jacobinos aborrecían este orden de cosas;
les favorecía la plebe, y Babeuf predicaba la comunidad
de bienes y familias. Pero la mayoría de la población sentía
la necesidad de restablecer el orden y los negocios, y deseaba
una restauración. Esta era preparada por los emigrados,
que en todas partes buscaban enemigos contra los opresores
de su patria; pero cuantas veces fue atacada por ejércitos
extranjeros, venció la República.
278.- Sucesos de Italia
Los
príncipes de Italia se sintieron amenazados por la revolución.
Pío VI insistía para que constituyesen una liga defensiva;
pero los de Nápoles y Turín estaban furiosos contra la Francia
que había dado muerte a sus cuñados. El gran duque de Toscana,
aunque austriaco, fue uno de los primeros que reconocieron
la República francesa. Venecia creyó salvarse declarándose
neutral; el duque de Módena puso en salvo un tesoro, previendo
la ruina. Los pueblos aguardaban entre la esperanza y el
temor.
Víctor
Amadeo III, impulsado por los emigrados, rompió el primero
las hostilidades con la Francia, en inteligencia con los
federalistas; pero en breve fue ocupada la Saboya, tomada
Niza e incendiada Onella. La Córcega se sublevó llamando
del destierro a Paoli; la Cerdeña rechazó a los Franceses.
Habiendo cesado el Terror, la República se reconcilió con
la Prusia y la España, y mandó a Schérer, Masséna y Serrurier
a los Alpes. Igualmente fue enviado a Italia Napoleón Bonaparte,
hijo segundo de una familia de Córcega (nació en 1769),
imbuido en las máximas republicanas, pero que, apenas tomó
el cargo de comandante general, exigió orden, respeto y
obediencia. Pasó los Alpes venciendo la débil resistencia
de los Piamonteses unidos con los Austriacos; vencedor en
Montenotte y Millessimo, declaró en Cherasco que iba a librar
a Italia de sus tiranos, y que respetaría bienes, costumbres
y religión. Concedió un armisticio al rey del Piamonte,
ocupando sus fortalezas, y al duque de Módena exigiéndole
dinero y cuadros. Llega a Milán y desde allí propaga el
incendio democrático. El Austria hace esfuerzos inmensos
por conservar y recuperar el país; al fin se ve reducida
a aceptar la paz de Campoformio , reconociendo a las repúblicas
cisalpina y cispadana.
Los
demócratas de Venecia habían abatido a la aristocracia antigua,
y los favorecía Bonaparte; pero habiéndose apoderado del
país, de sus arsenales y de sus museos, cedió la ciudad
al Austria en compensación de los Países Bajos.
Estos
triunfos dieron fuerza al Directorio, que organizaba a la
Francia y a la Italia, extendiendo su Constitución, conquistando
a Génova, invadiendo a Roma so pretexto de vengar el asesinato
de Basville y Duphot, y trayendo a Pío VI prisionero a Valence,
donde murió. La Suiza fue también sacudida, y la Francia
la hizo organizar unitariamente, apoderándose de sus tesoros.
279.- Progresos de Bonaparte
Bonaparte se sentía bastante fuerte para desobedecer al
Directorio cuando le pareciese útil; era proclamado salvador,
libertador, semi-Dios, todo lo cual excitaba su ambición.
Para satisfacerla, propuso una expedición a Egipto, a fin
de amenazar desde allí a las posesiones inglesas. Embarcose
en efecto con buenas tropas, con el dinero tomado a la Suiza
y con una partida de sabios, que descubrieron y describieron
las maravillas de aquel país. Sus victorias alternaron con
graves desastres. Atravesando Bonaparte, a bordo de un pequeño
buque, la escuadra inglesa que lo vigilaba, llegó a Francia.
Hallóla
desordenada, a causa de la debilidad del Directorio, y con
sus adeptos dio un golpe de Estado, arrojó al Directorio
e hizo establecer tres cónsules con poder absoluto para
reorganizar el país. Él prevaleció sobre los otros dos,
obtuvo el consulado por diez años, luego por toda su vida
y se preparó el trono.
Para
hacerse coronar, necesitaba victorias. La Italia, por él
conquistada, cayó en el desorden; después de tres años de
república, los Alemanes y los Rusos ocuparon la Alta Italia,
durante trece meses de reacción. Esta se dejó sentir principalmente
en Nápoles. Championnet se había dirigido contra este reino;
los reyes huyeron a Sicilia; la plebe dejóse engañar con
buenas promesas, y se proclamó la República Partenopea.
Pero luego que sucumbieron los Franceses y que el ruso Suvorof
volvió a ocupar el Piamonte y la Lombardía, los partidarios
de los Borbones volvieron a levantar cabeza, secundados
por la flota inglesa mandada por Nelson. Los patriotas fueron
rechazados y perseguidos; refugiados en Castel San Telmo,
admitieron pactos, a pesar de los cuales fueron mandados
al suplicio los principales jefes. A los Franceses no les
quedaba más que Génova, defendida con tenacidad por Masséna.
Bonaparte apronta varios ejércitos, con los cuales invade
la Italia por diferentes puntos; afronta la segunda coalición
de todas las potencias hostiles a la Francia; pocos días
después de la rendición de Génova, derrota en Marengo a
los Austriacos; es aún dueño de Italia, mientras Moreau
vence en Alemania. Al fin se concluye la paz de Lunéville
con arreglo a la de Campoformio, asegurando a la Francia
la Bélgica; al Austria los dominios de Venecia; al duque
de Módena el territorio de Brisgau, y al duque de Parma
la Toscana; el emperador cedía la orilla izquierda del Rin,
y reconocía las repúblicas Helvética, Bátava y Liguriana.
También se pactó con Nápoles, obligándose ésta a cerrar
sus puertos a los Ingleses, renunciando a la isla de Elba
y a los Presidios. De este modo se restablecía el derecho
público, maltratado por la revolución.
280.- Bonaparte cónsul y emperador
Bonaparte sabía eclipsarse oportunamente, dándose importancia
y organizando a su país. Su acto principal fue la formación
del Código, que consagraba todas las conquistas de la civilización,
aunque se resentía demasiado del espíritu de la revolución.
El sentimiento religioso, avivado por los sufrimientos,
fue satisfecho mediante un Concordato con el nuevo Papa
Pío VII; se restablecía en Francia el culto; volvían a abrirse
las iglesias y se reponían los ritos que acompañan y consagran
los actos más solemnes de la vida. Secundó esta obra Chateaubriand
con el Genio del Cristianismo, demostrando cuanto de bello
hay en aquellas creencias y ritos en que los Enciclopedistas
no habían visto más que ignorancia y vulgaridad.
La
liga entre las potencias del Norte había quedado rota con
la muerte de Pablo de Rusia. La Inglaterra sufría a causa
de la interrupción del comercio y a causa de la revolución
de Irlanda que reclamaba su independencia; sin embargo el
genio de Pitt lo suplía todo; recuperó el Egipto, que restituyó
a la Puerta, y por fin concluyó con la Francia la paz de
Amiens, en virtud de la cual se dejaba al enemigo en el
Piamonte, Génova, Liorna y Malta. Pero la Francia perdió
la isla de Santo Domingo, donde los Negros sublevados proclamaron
emperador a Toussaint-Louverture, y cedió la Luisiana a
los Ingleses.
La
Suiza se había dado una Constitución unitaria. En Alemania,
los príncipes desposeídos se indemnizaban con los dominios
quitados a los eclesiásticos. Austria y Prusia se miraban
con recelo, si bien hacían causa común contra la Francia.
Todo hacía presumir que la paz no sería duradera. Bonaparte
aprontó efectivamente un ejército en Bolonia, con la intención
de hacer un desembarco en Inglaterra; y si bien sus pequeños
buques nada valían contra los grandes navíos de Inglaterra,
pudo aguerrir las tropas y prepararlas para futuras empresas.
Bonaparte demostraba ser superior a todos y capaz de establecer
el orden, por lo cual no le costó gran trabajo hacerse proclamar
emperador con el nombre de Napoleón I. Espléndidas solemnidades
acompañaron la coronación, para la cual hizo venir a Pío
VII a París. Los diputados de la República Cisalpina, que
en los comicios de Lyon habían obtenido Constitución y nombre
de República Italiana, pidieron que Napoleón se hiciese
también rey de Italia. Las demás repúblicas habían de sucumbir.
Génova fue agregada a la Francia, como el Piamonte a Parma.
Todo
esto desagradó a las Potencias, las cuales dieron al Austria
los medios de poner en campo de batalla a un grueso ejército;
pero la acción de Austerlitz descompuso a la liga y motivó
la paz de Presburgo, en virtud de la cual el Austria cedía
Venecia, la Dalmacia y la Albania al reino de Italia; y
a la Baviera el Tirol y 140 millones por gastos de guerra.
De
este modo la Italia quedaba libre de Austriacos. No tardó
Napoleón en hallar pretextos para conquistar a Nápoles,
cuya corona dio a su hermano José, que estaba lleno de buenas
intenciones, pero que era contrariado por la nobleza, que
no podía sufrir a un extranjero, y por los bandidos que
eran una verdadera plaga. Habiendo pedido Inglaterra una
compensación para el rey de Sicilia, Napoleón le dio las
Baleares, sin hacer caso de España a quien pertenecían.
El
tratado de Lunéville había descompuesto la confederación
germánica, quitando la autonomía a la mitad de los príncipes,
y repartiendo entre los otros los bienes de los príncipes
eclesiásticos.
Las
cincuenta y una ciudades libres habían quedado reducidas
a seis. Uniéronse a los electores el duque de Würtemberg,
hecho rey, el landgrave de Hesse-Cassel, el margrave de
Baden y el gran duque de Toscana por el arzobispado de Salzburgo.
Napoleón se hizo protector de la Confederación del Rin:
de modo que el imperio quedaba destruido, y no a favor de
la libertad popular. Francisco II renunció, pues, al título
de emperador de Alemania y se hizo emperador de Austria.
Tantas
violaciones y las intrigas napoleónicas disgustaron a los
Ingleses. Hasta la Prusia se veía arruinada, cuando Napoleón
debía haberla halagado como contraposición al Austria; uniose
con la Rusia y declaró la guerra a la Francia; pero quedó
vencida en la batalla de Jena; Napoleón entró en Berlín
como conquistador, insultó a la patriótica reina e intimó
el bloqueo de las Islas Británicas.
Entonces
se formó la cuarta coalición contra la Francia; pero los
Rusos fueron batidos en Eylau y Friedland; el zar Alejandro
se avistó con Napoleón en Tilsit y se puso de acuerdo con
él para dividirse la primacía de Europa, con perjuicio de
Inglaterra.
281.- Despotismo imperial
Entonces
Napoleón no conoció límites para su poder, ni en Francia
ni en el extranjero. Creó una nobleza nueva, confiriendo
principados y ducados en los países vencidos; puso a sus
hermanos y a sus cuñados en diferentes tronos; decretó el
bloqueo continental, es decir que en Europa no se admitiesen
buques ni mercancías procedentes de Inglaterra; con lo cual
condenaba a los pueblos a inmensas privaciones.
Aprovechándose de las discordias de la familia real de España,
la desposeyó arteramente, colocando en el trono a su hermano
José, y sustituyéndolo en el de Nápoles con su cuñado Murat.
Pero se levantó la España contra el extranjero, apoyada
por Inglaterra, y demostró a Europa que, si ante Napoleón
se envilecían los reyes, aún podían hacerle frente los pueblos.
Y en efecto, el pueblo alemán se preparaba a la resistencia,
y las sociedades secretas, como la literatura, excitaban
al patriotismo, al paso que Inglaterra desplegaba fuerzas
colosales y hacía sublevar a los países vencidos y a la
Italia. Formose una quinta coalición; pero Napoleón venció
todavía en Eckmühl, tomó a Viena, hizo una verdadera matanza
en la batalla de Wagram, domó con sangre al insurrecto Tirol
y dictó la paz.
Pero
las paces no eran más que preparativos para otras guerras,
con cuyo objeto pedía Napoleón continuamente dinero y hombres
al Imperio y a Italia, sin atender a los sufrimientos ni
a la opinión pública. Seguro de la victoria, creyendo infalibles
sus propias decisiones, concluyó por disgustar hasta a sus
parientes que había colocado en los tronos de España (José),
Holanda (Luis), Nápoles (Murat) y Etruria (Elisa). Repudió
a su mujer Josefina Beauharnais, a quien debía su primer
encumbramiento, para casarse con María Luisa, hija del emperador
de Austria, de la cual tuvo un hijo a quien dio el título
de rey de Roma.
Después
de haber hecho el Concordato con el pontífice, y reconocido
la superioridad de éste haciéndose coronar por él, invadió
sus atribuciones hasta en asuntos eclesiásticos; y como
Pío VII no quisiese condescender como los reyes, Napoleón
ocupó los Estados pontificios y trajo prisionero al Papa.
Entonces convocó en París un Concilio, esperando que los
prelados resolverían contra su jefe. Pero halló en estos
una noble resistencia. Todo hacía aumentar a los descontentos,
que aparecían a pesar de la feroz severidad de la policía
imperial.
Soñando
con el imperio de Occidente, deseaba dominar a Rusia y con
tal propósito alistó el ejército más poderoso que se hubiese
visto. Con 500 mil soldados franceses, sajones, bávaros,
prusianos, westfalienses, wurtembergueses, badeses, españoles,
portugueses e italianos, avanzó hasta el corazón del imperio,
hallando en todas partes la desolación y el despoblado.
Entró en Moscú creyendo invernar en ella, pero fue incendiada
la ciudad; en la retirada, durante lo más crudo de un riguroso
invierno, sin provisiones y continuamente hostigado por
los guerrilleros Cosacos, pereció todo aquel ejército. Pronto
Alemania se subleva contra su opresor; la misma Austria
se coaliga con los patriotas; a pesar de la magnífica campaña
de Sajonia, de las parciales victorias y portentosos esfuerzos
por reconstituir un ejército, Napoleón es vencido en Leipzig;
los Aliados entran en Francia, ocupan a París, y Napoleón
es obligado a abdicar, reservándose la soberanía de la isla
de Elba, donde se retira bajo el peso de la execración popular.
El
reino de Italia había sido su bella creación; dióle una
buena administración, fomentó las obras públicas y organizó
la hacienda bajo el virrey Beauharnais, su hijastro. Este
fue inducido a aprovecharse de los desastres de Napoleón
para hacerse rey independiente, pero ni la nación le era
favorable, ni él bastante resuelto. La idea favoreció mas
a Murat, quien con un buen ejército que había hecho la campaña
de Rusia, fluctuó entre los Aliados y Napoleón, esperando
que éste o aquellos le harían conservar su hermoso reino.
Estas vacilaciones perjudicaron a la causa italiana; los
Aliados se acercaron a la capital del reino, la cual se
sublevó dando muerte al ministro Prina y llamando a los
Aliados, si bien esperaba conservarse independiente. Génova,
que estaba unida al imperio francés, creyó también recuperar
su independencia; pero los Aliados la dieron al repuesto
rey del Piamonte, a fin de crear una robusta barrera contra
Francia.
Napoleón, fiado en las conspiraciones de sus partidarios,
huye de la isla de Elba; de regreso a Francia, sostenido
por el ejército y aplaudido por el pueblo que antes lo había
maldecido, vuelve a París y promete libertad. Murat cree
oportuno el momento, y proclama la independencia y la unidad
de Italia; pero los Austriacos lo derrotan y colocan en
el trono de Nápoles a Fernando de Sicilia. Murat intenta
un nuevo desembarco a imitación de Napoleón, pero es preso
y fusilado. Todas las potencias se habían coaligado de nuevo
contra el turbador de la paz, y en Waterloo derrotaron a
Napoleón, quien fue confinado a la isla de Santa Elena,
donde murió día 5 de mayo de 1821.
282.- Tratado de Viena
Los
príncipes vencedores se habían reunido primero en París,
y luego en Viena para arreglar la Europa y consolidar la
paz, estableciendo el equilibrio en los negocios de toda
Europa, desde la Grecia hasta el polo. Graves dificultades
encontraron sus intentos, cuando el derecho público había
sido hollado, las libertades históricas sustituidas por
libertades ideales, aniquilado el prestigio de los reyes
y la fe de los pueblos. Durante la guerra habían hecho promesas
o alentado ambiciones; querían castigar o premiar, resarcirse
de los sacrificios hechos; todo lo cual dio pronto origen
entre ellos a discordias que fueron aplacadas por el advenimiento
de Napoleón.
El
más liberal de aquellos príncipes era Alejandro de Rusia,
el cual, animado por conceptos místicos, inventó la Santa
Alianza, en virtud de la cual él, Austria y Prusia, en nombre
de Dios y del Evangelio, formaban una liga de fraternal
amistad y mutuo auxilio para gobernar a los pueblos como
padres, considerarse como una sola nación con Jesucristo
por único soberano, y procurar la conservación de la paz
y el orden establecido. Eran padres que querían gobernar
a sus hijos como les diera la gana.
Talleyrand, ministro de Francia, introdujo la palabra legitimidad,
pretendiendo que los diferentes Estados fuesen reconstituidos
tal como eran antes de la Revolución; con esto evitó el
desmembramiento de la Francia, que se intentaba para abatirla
y disipar el miedo que inspiraba. Se robustecieron los Estados
antiguos, principalmente el Piamonte, que adquirió a Génova.
Ya las grandes potencias habían tomado cada una su parte;
Austria la Lombardía y el país veneciano; Rusia la Polonia
como reino distinto; Prusia la Sajonia; Inglaterra el Cabo,
Malta y Helgoland. La Noruega fue dada a la Suecia, que
tuvo así una barrera contra la Dinamarca. La Suiza fue declarada
neutral. La Alemania formó una Confederación de príncipes
independientes bajo la presidencia honoraria del Austria,
con ejército común, dieta en Francfort y prohibición de
hacerse la guerra. Los Países Bajos fueron añadidos a la
Holanda. Las posesiones del Austria en Italia se habían
engrandecido y mejorado, desde que, con la adquisición de
Venecia y la Valtelina, se unían con las posesiones transalpinas,
sin contar que el de Austria tenía parientes en los ducados
de Parma, Módena y Toscana. El Papa fue considerado como
si no hubiese tomado parte en la guerra, y reintegrado.
Los Borbones recibieron el reino de Nápoles, a excepción
del Piombino, la isla de Elba y los Presidios que fueron
dados a la Toscana.
No
se habían tenido en cuenta nacionalidades, religión ni opiniones.
De la Turquía no se trató; se la dejó tiranizar a las tierras
cristianas. Los diferentes Estados no dependían ya los unos
de los otros, sino que todos eran soberanos. El equilibrio
estaba roto desde el momento en que las cuatro provincias
preponderaban.
Se
reprobó la esclavitud de los Negros, pero no era fácil destruirla;
desde luego se prohibió la trata, y la Inglaterra se encargaba
de registrar los buques negreros.
Eran
una calamidad para Europa los Estados berberiscos, que pirateaban
por el Mediterráneo y sus costas, secuestrando personas
por las cuales exigían enormes rescates. Entonces una flota
inglesa impuso a Argel la libertad de los esclavos, que
resultaron ser 49 mil en los diferentes Estados berberiscos;
pero éstos no fueron abolidos todavía.
Las
obras maestras que los Franceses habían quitado a los países
conquistados, con destino al Museo Napoleón, fueron restituidas. |