César Cantú - Compendio de la Historia universal - Libro XVI

Libro XVII

257.- Consecuencias de la paz de Utrecht. Felipe V

El conservar la paz de Utrecht interesaba a todos los que habían sido aventajados en ella, como Inglaterra que vio reconocida su dinastía protestante, consolidado su acuerdo con el Austria y asegurado su dominio en el mar, y en efecto, aquella nación fue árbitra del siglo inmediato. El emperador le debía estar unido como señor de los Países Bajos. Portugal le había cedido todo su comercio con el tratado de Methuan; y ella ganó con subsidios la Saboya y los príncipes de Alemania. La Holanda, que podía rivalizar con ella en el comercio, se reducía a defenderse. La Alemania colocaba a sus príncipes en muchos tronos, pero no aumentaba en importancia. El Austria rompía su unión con España, y la política le elevaba en contra la Prusia y la Rusia. Era también causa de recelo para Austria el Holstein concedido a la Rusia, la cual creció en poder y en influencia. La Francia era reducida a segundo rango, pero defendía las doctrinas filosóficas. En Italia solo quedaba en poder de extranjeros la Lombardía, y cuarenta y ocho años de paz le procuraron bienestar, doctrina y progreso.

Esta tendencia al positivismo más que al idealismo, a la riqueza más que a la moral, a la fuerza más que a la justicia, redondeando los Estados no según la historia y las conveniencias, sino según los habitantes y las millas de extensión, y disminuyendo los privilegios del clero, de la nobleza y de los cuerpos industriales y judiciales, hacía más absolutos a los Gobiernos, pero los ponía directamente en frente de los pueblos que aprendían sus derechos propios.

El comercio adquiría suma importancia en la política; las deudas públicas introducían el papel-moneda y los juegos de bolsa. La intolerancia religiosa se perdía en el indiferentismo y en el desarrollo de la literatura filosófica, que se aventuraba a todas las afirmaciones, a todas las utopías sin vacilación, con inmensa fe en sí misma por cuanto aún no había llegado a la época de los desengaños.

En cuanto al pueblo, la paz no le había atendido, y la ciencia lo tenía en poco; sin embargo, maduraban sus destinos.

Alberoni – 1720 

Habiendo dejado de ser satélite de la Francia, Felipe V no sabía resignarse a ver desmembrada la monarquía española, y encadenada además por los Ingleses al peñón de Gibraltar. Favorecía al pretendiente de Inglaterra y aspiraba a la regencia del joven rey de Francia, pero no tenía el valor de las grandes resoluciones. Isabel [de] Farnesio, su segunda esposa, instigada por Julio Alberoni, audaz aventurero de Placencia, se propuso regenerar a España, y dar alta colocación a sus hijos. Provisto de armas, dinero y naves, el cardenal Alberoni meditaba hacer a Italia independiente de los Austriacos; conquistada la Sicilia, intrigó con todas las Cortes, aun con la Suecia y la Turquía, hasta que las Potencias amenazadas lo hicieron destituir. Con la paz de Cambray, Felipe renunció a sus pretensiones, pero obtuvo para Carlos, hijo de la Farnesio, los ducados de Parma, Placencia y Toscana; se reconcilió con Carlos VI que se obstinaba en llamarse rey de España, y por último también con Inglaterra, que renunció al comercio de esclavos.

258.- Francia. La regencia. Luis XV

1716 – 1720 

Luis XIV dejaba un solo sobrino de cinco años y medio, bajo la tutela de Felipe de Orleans, el cual dejó que el Parlamento deshiciese gran parte de lo hecho por el rey difunto. Hombre de bellísimas dotes y de enormes vicios, el de Orleans se rodeaba de gente disoluta y espíritus fuertes que se hicieron de moda; lo secundaba el ministro Dubois, cínico, y disoluto, lo cual no le impidió ser nombrado cardenal. La hacienda, que había hallado su ruina en las últimas desventuras del gran rey, iba de mal en peor. Presumió realzarla el escocés Law fundando un banco, que exageró sus operaciones suponiendo que podía sustituirse el dinero con papel y que era ilimitado el poder del crédito. La Francia se embriagó un momento con tales ilusiones, y todo el mundo llevaba su dinero a aquel banco y a una Compañía para el cultivo de los territorios del Mississipi; luego todo concluyó con la más desastrosa quiebra, pero después de haber cambiado las fortunas, revuelto las clases en la fiebre del agio, demostrado que puede haber riquezas fuera de las estables, excitado el espíritu de las empresas, y formado buenos hacendistas y banqueros. Pero la situación de la Francia había empeorado; el pueblo estaba más descontento, y había duplicado la deuda, a cuya calamidad se unió la peste de Marsella.

1723 – 1738 

Luis XV se había casado con María Lesczynski, hija de Estanislao, rey depuesto de Polonia. Este, a la muerte de Augusto de Sajonia, trató de recuperar su perdida corona mientras las potencias pretendían disponer de ella. Con tal motivo estalló la guerra en la Lorena, en Italia y en el mar; don Carlos de Parma se apoderó de Nápoles y se hizo proclamar rey de las Dos Sicilias; finalmente en la paz se resolvió que Estanislao abdicase el reino de Polonia, recibiendo en compensación la Lorena; el rey de Cerdeña adquirió los territorios de Novara y Tortona; el emperador recibió a Parma y Placencia, que poco tiempo después fueron entregadas a los Borbones, como la Toscana al duque de Lorena.

1769 

El ministro cardenal Fleury, que llegó después de una serie de ministros dilapidadores, buscó la economía hasta la avaricia; adquirió crédito en la diplomacia; aseguró a Francia la Lorena, necesaria desde que poseía la Alsacia y adquirió la Córcega. Esta, mal gobernada por los Genoveses, era infeliz (rey Tedoro) y la asolaron largas guerras, hasta que Génova la cedió a la Francia, que a fuerza de sangre y dinero domó su patriótica resistencia (Pascual Paoli), y se hizo obedecer a fuerza de suplicios.

Luis XV, al llegar a ser mayor de edad, con una esmerada educación y una santa mujer, se abandonó a la corrupción, de amorío en amorío, y sus escándalos dieron el ejemplo de un desenfreno sin rebozo. Mientras tanto cundía la incredulidad; y sin embargo aún se pretendía ser intolerante, persiguiendo a los Jansenistas, y el Parlamento quería dar la norma de la creencias. Sangrientas sátiras mordían al rey y a sus concubinas; y con todo, cuando Damiens atentó a la vida del monarca, la Francia asistió con júbilo al ferocísimo suplicio del regicida, y dio a Luis el título de bien amado.

La necesidad de dinero desarrolló las doctrinas económicas, de las cuales se formaron dos escuelas: una que consideraba como única riqueza la que procede de la agricultura (Quesnay), y por esto aplicaba a ésta todos los cuidados, si bien le hacía sostener todas las cargas; y otra que favorecía a la industria (Gournay), queriendo que el Gobierno no hiciese más que quitar obstáculos.

El espléndido ministro Choiseul procuró restaurar la hacienda, pero como no se doblegase a todos los caprichos del rey, fue rechazado y sustituido por Aiguillon. Habiendo el Parlamento procurado adquirir su ambicionada importancia política, Luis declaró que no era más que un tribunal, órgano de la real voluntad. Origináronse protestas, y el rey lo destituyó, sustituyéndolo con el gran consejo que tomó el nombre del gran canciller Meaupon, y contra el cual protestaban los grandes y los abogados, si bien en el fondo se destruyó con esto la venalidad de las magistraturas, y pudieron ocuparlas personas de mérito. Luis murió de viruelas, dejando arruinada la monarquía bajo el cetro de un niño, hijo del difunto Delfín.

259.- El imperio. La Prusia. Federico II. María Teresa

Trescientos setenta y seis Estados diferentes constituían el que antes se llamaba Sacro Romano Imperio; 296 participaban de la soberanía. Desde que en 1662 la dieta se había hecho permanente en Ratisbona, no volvieron a presentarse en ella personalmente el jefe ni los príncipes, sino que enviaron sus delegados; por lo demás, los diferentes Estados se regían a su arbitrio, sin código, ni aduanas, ni moneda comunes; tenían pequeños ejércitos con los cuales se comerciaba; y el predominio del Austria los envolvía en guerras extrañas al interés general.

Carlos VI no atendió más que a hacer reconocer la pragmática sanción, por la cual, muriendo él sin hijos varones, pudiese sucederle su hija María Teresa. Piadoso, culto, amante de la poesía, de la música, de la caza, se perdía en minuciosas exploraciones, en porfías, en tráficos particulares, desconfiando de todo el mundo, hasta de Eugenio de Saboya (1663-1736) que fue su mejor general y ministro, perdió la Lorena, parte del Milanesado y el resto de Italia, combatió con desventaja a los Turcos; y todo lo soportaba con tal de que pasase la pragmática sanción.

Guerra de Sucesión 

Apenas hubo muerto, cuando todos los que se la habían garantizado salieron a disputarse la sucesión de María Teresa: los electores de Baviera y de Sajonia como descendientes por línea femenina; la España, en virtud de un convenio de Federico II, pretendía la Hungría y la Bohemia; el rey de Cerdeña quería el Milanesado. Entonces hubo guerra universal; el elector de Baviera fue elegido emperador con el título de Carlos VII; Francia, España, Polonia, Cerdeña, el elector de Colonia, el Palatino, se disputaban algún despojo de la herencia austriaca; los Franceses invadieron la alta Austria; el elector de Sajonia se hizo declarar rey de Bohemia; y con más resolución que nadie procedió Federico II de Prusia.

Prusia – 1688 

Este reino, sin confines naturales, ni unidad de raza y de lengua, se había formado con la política y la guerra. Sujeto al principio a la Polonia y a los Caballeros Teutónicos, pasó como feudo polaco a Alberto de Brandeburgo, el cual habiéndose secularizado en tiempo de la Reforma, introdujo la confesión de Augsburgo, excluyendo rigurosamente de ella a los Calvinistas. El verdadero fundador de la monarquía fue el gran elector Guillermo, quien de la guerra de los Treinta Años supo sacar ventajas sobre los Suecos y los Polacos, y habiéndose hecho reconocer independiente, pretendió ejercer el despotismo en su país, quitando toda autoridad a los Estados y armando un buen ejército, con el cual derrotó a los Suecos en Fehrbelling; dio asilo a los Franceses que se habían expatriado a causa de la revocación del edicto de Nantes; favoreció las obras públicas y las bellas letras, y dejó un millón de súbditos a su hijo Federico.

Este trabajó para la fusión de Luteranos y Calvinistas; halagó a los expatriados de Francia; embelleció a Berlín; fundó una academia de Bellas artes, la universidad de Halle y la Sociedad Real de Berlín; en tanto la elegancia era introducida por su mujer Sofía Carlota, discípula de Leibniz y protectora de los poetas. Federico aspiraba ardientemente al título de rey, y a pesar de las protestas de los Potentados, le fue reconocido en la paz de Utrecht.

1713 

Federico Guillermo corrigió el fausto paterno, tuvo la manía de los soldados, queriéndolos altos, hermosos y bien equipados. De esta suerte Berlín, la Atenas de Alemania, se convirtió en Esparta, donde el rey dominaba sin delicadeza, y sin miramientos ni justicia.

Sucedióle su hijo Federico II, de veintiocho años de edad, a quien el padre había mirado siempre con ceño porque era estudioso y le repugnaba la brutal obediencia; hasta había querido fusilarlo; pero Carlos VI lo reclamó como príncipe del imperio. Federico se había dedicado a la Filosofía, importada por los prófugos de Francia, halagó a los libre-pensadores y se declaró discípulo de Voltaire; y apreciaba o adulaba tanto a los Franceses, árbitros de la opinión, como despreciaba a los Alemanes. Vio en la sucesión austriaca una ocasión oportuna para engrandecerse, y pretendiendo parte de lo usurpado por el Austria, entró en la Silesia.

1748 

María Teresa excita la compasión y el valor de los Húngaros; cuerpos francos de Croatas y Pandaros ejercen la desastrosa guerra de bandas; se suceden batallas y convenios, hasta que se llega la paz de Aquisgrán, en la cual la Francia cede a Don Felipe, de España el ducado de Parma y Placencia, el rey de Cerdeña adquiere otros países lombardos hasta el Tesino. Carlos VII muere oscuro, y queda elegido Francisco de Lorena, esposo de María Teresa.

Federico II conservaba la Silesia, y adquiría nombre en Europa como filósofo original, de afectada sencillez, insaciable ambición y despótica autoridad. Contando con los votos de los filósofos, redujo la Prusia a monarquía militar, con tal número de soldados, que ninguna Potencia había tenido tantos; combinó la estrategia con la táctica, y estaba empeñado en servirse de ellas en las cuestiones que habían sido acalladas pero no resueltas en la paz de Aquisgrán.

Guerra de los siete años – 1757 – 1763 

Por la posesión de La Luisiana rompieron las hostilidades Inglaterra y Francia, y las alianzas que éstas buscaron, destruyeron el equilibrio europeo. Federico II supo hacerse importante y se alió con Inglaterra; María Teresa se acercó a la Francia y de ello nació la guerra, de los siete años. Toda Europa pareció querer reprimir la arrogancia de Federico, que se complacía en encender el fuego, por todas partes; pero él venció en la batalla de Rosbach; se hizo proclamar protector de la libertad germánica contra los bárbaros franceses, austriacos y rusos; movió a la Turquía a molestar a la Rusia. Entre Inglaterra y Francia se concluyó la paz de París, y luego de Hubertsburg entre la emperatriz y el rey de Prusia, renunciando aquella a todas las pretensiones acerca de los Estados de éste; de modo que siete años de estragos dejaron a Europa en el mismo estado que antes.

La gloria de Federico II estaba en su apogeo; en el interior reunió éste tremendas fuerzas, introdujo manufacturas y artes, dio el Código Federico con la obra de Samuel Cocceyo y de Cramer y Suárez, que sin embargo no abolía las leyes consuetudinarias de los diversos países. Político sin conciencia, aunque había escrito el Antimaquiavelo, se reía de la religión como de la filosofía, y hablaba de libertad entendiendo la que tiene el rey de hacer lo que le cuadre.