César Cantú - Compendio de la Historia universal

Libro XVI

234.- Aspecto general

De la guerra de los Treinta Años surgió un nuevo sistema político. El catolicismo vio levantarse a su lado otro culto. Quedaron debilitadas las dos naciones católicas, España y Austria. Las ideas religiosas se vieron sacudidas por las mundanas, a pesar de no introducirse la tolerancia. Como contrapeso del Austria aparecía la Prusia. La unidad nacional, que se consolidaba en varios países, quedaba rota en Alemania, dividida entre muchos principados, aunque formando una confederación en la cual cada uno era soberano, había libertad de cultos e igualdad entre las diversas comuniones, una dieta y relaciones bien determinadas entre los miembros con el Estado y con el emperador. Era un modelo, aunque imperfecto, de lo que debiera ser la sociedad europea. La complicación produjo lentitud, y para contener al emperador se apeló a Suecia y a Francia.

La España, que había parecido aspirar a la monarquía universal, apenas podía domar a los Portugueses.

Las Provincias Unidas se reducían a una oligarquía federativa; en ellas florecía el comercio, al cual la paz de Westfalia había quitado muchos obstáculos.

Habiendo perdido los pontífices su primacía en las cosas temporales, la Italia contaba en poco y era dominada por las Potencias extranjeras.

Suiza y Suecia era partidarias de Francia, que pareció llegar entonces al colmo de su grandeza. Hiciéronse poderosos los reyes, con gran eficacia sobre la opinión.

En cambio, en Inglaterra el poder quedaba dividido entre el príncipe y la aristocracia, y fueron necesarias dos revoluciones para ponerlos en equilibrio.

La Escandinavia, que no tuvo feudalismo, ni la influencia del derecho romano, careció de las instituciones por ellos producidas, y las clases superiores llegaron a ser un orden del Estado, como en Rusia y en Polonia.

Los soberanos eran absolutos entre los Musulmanes, sin más freno que el código sagrado, siendo todos los súbditos iguales bajo la tiranía.

Las relaciones entre Estado y Estado, y entre el Estado y la Iglesia no se habían establecido en las luchas habidas entre la tiara y la espada, entre el catolicismo y la reforma. Se introdujo, pues, un derecho público sin simbolismo y de pura habilidad práctica, deduciendo la reforma política de la religiosa, sin unidad y sobre condiciones arbitrarias, donde se buscaba el equilibrio sin conceptos superiores, atendiendo al hecho y no a la razón; de tal modo que la católica Francia se consideró tutora de los Protestantes. Los usos tradicionales sucumbían a las nuevas convenciones. Los doctos se ingeniaban en buscar algún derivado del antiguo derecho, y solo podían proclamar algunos cánones que por vergüenza nadie se atrevía a violar.

El ponderado sistema de equilibrio vacilaba cada vez que aparecía algún gran personaje. La paz descansaba en las armas y en el miedo recíproco; los pueblos fueron equiparados a cosas, desde que el último lazo que hubo entre ellos fue el derecho hereditario de los príncipes. Algo lo remediaba la opinión, cuya autoridad crecía, e impedía que la fuerza fuese árbitra absoluta de los destinos de todos. Pero los impulsos venían de las Cortes, y no del pueblo, el cual buscaba los bienes materiales, que habían aumentado con los nuevos descubrimientos. Los Gobiernos procuraban aumentar las rentas, y equilibrar hasta el comercio. Aumentaban las pasiones, si bien se revestían de cultas formas; las ciudades prevalecían sobre el campo; el pobre contraía los vicios del rico, y se envilecía para alimentarse.

235.- Francia

1610 Asesinado Enrique IV, su mujer María de Médicis fue regente del reino durante la menor edad de Luis XIII, y quizá vio en la unidad católica el único apoyo de la unidad política. Se amistó con España; reprimió a los príncipes de la sangre y a los grandes feudatarios, y se confió a Concino Concini, florentino, que fue mariscal de Ancre. Este era odiado de los demás ambiciosos, mayormente del duque de Luynes, que logró hacerlo asesinar, relegar a María en un castillo, y hacerse poderoso. Mas no tardó María en recuperar el poder, con la ayuda del cardenal de Richelieu (1585-1642).

Richelieu

Este se opuso principalmente a la tendencia de los Comunes, que a ejemplo de los Holandeses, y fomentados por las guerras religiosas como por los privilegios obtenidos por los Hugonotes, tendían a descomponer la centralización parisiense y a formar una república federativa. Los Comunes del Norte estaban en inteligencia con Inglaterra, y los meridionales con España. Los Hugonotes se alzaron a favor de la independencia, dividiendo en ocho círculos sus 700 iglesias, y fue preciso dominarlos con las armas. Richelieu, aunque odiado de la regente y del rey, se hacía cada vez más necesario; venció a los Protestantes y se apoderó de La Rochela, su fortaleza, pero les concedió la paz. Llevó la guerra a Italia, por la Valtelina y por la sucesión de Mantua, y aseguró a la Francia el Piñerol, que le ofrecía una puerta por donde penetrar en Italia. Humilló a los grandes, prohibiendo los duelos y hasta mandando al suplicio a los rebeldes. Destruyó las causas de turbulencias y sediciones, dio impulso a las compañías comerciales; introdujo reglas y prontitud en la administración, y supo mantenerse en el poder entre incesantes amenazas e intrigas de innumerables adversarios. Fue el hombre más grande de su época, si no se tiene en cuenta la moralidad de los medios. También protegió las letras, y bajo su gobierno se fundó la Academia francesa, principalmente aplicada a la lengua.

1643 – Mazarino - La Fronda – 1652 

Luis XIII murió a la edad de 42 años, dejando un hijo bajo la regencia de Ana de Austria, que fue ayudada por el cardenal Mazarino (1602-61), hábil en el manejo de las armas y en la intrigas palaciegas, disimulado y sagaz, perseverante y cauteloso. Reunía, en fin, todas las cualidades necesarias para continuar la obra de Richelieu. Los Franceses lo aborrecían, y quiso oponérsele el Parlamento, gran corte a la cual pertenecía resolver las apelaciones, y registrar los edictos reales, después de haber examinado si estaban conformes con las leyes. Pero los reyes podían llamar al Parlamento alredor de su trono (lit de justice) donde mandaban que se registrase el edicto en cuestión. Con esto el Parlamento hacía la misma oposición que antes habían hecho los feudatarios; incitábale el cardenal de Retz, que formó una fracción llamada La Fronda, a la cual dieron importancia, además de las intrigas de los políticos, las personas de talento y las mujeres. Fue combatida con libelos y epigramas sin pasiones fuertes; todo se tomaba por lo ridículo; pero el Parlamento hizo un tratado con España, cuyo gobierno intentó una invasión y Luis de Condé bloqueó a París. Mazarino fue aplaudido como restaurador de la paz; el desorden hizo desear el despotismo, y lo ejerció Luis XIV.

Luis XIV 

Este, de pronto, humilló al Parlamento, y destruyó las libertades políticas y municipales. En la paz de Westfalia apareció como conciliador de los intereses europeos, con lo cual tuvo un pretexto para intervenir en los negocios de Alemania. Continuó la guerra con la España, y en la batalla de Rocroy destrozó a la acreditada infantería española; pero durante la Fronda perdió a Barcelona, a Casal de Monferrato, y a Dunkerque. Recuperada esta última por los Franceses, fue entregada a Inglaterra. Las victorias se debían principalmente al mariscal de Turena, que compartió con el príncipe de Condé la gloria de realizar grandes hechos de armas con pequeños ejércitos. Finalmente se concluyó con España la paz de los Pirineos, que dio a la Francia una frontera de fácil defensa y el primer grado en Europa.

1661 

El cardenal Mazarino, árbitro de los consejos de Luis XIV, demostró que las relaciones entre los Estados son independientes de la religión y de la forma de gobierno. Murió a los 59 años, habiendo acumulado más de cien millones. Dejó al Papa 70 mil liras para la guerra contra los Turcos, y al rey diez y ocho diamantes llamados los Mazarinos, cuadros, tapices y su magnífica biblioteca.

Colbert 

Luis lo lloró, y ya no tuvo ningún ministro general; se daba trazas de hacerlo todo por sí, y de hacerlo despóticamente hasta decir: «El Estado soy yo». Pudo gobernar fácilmente de este modo, porque el país estaba abatido por las guerras civiles; ejerció su despotismo sobre el parlamento, sobre la nobleza, sobre el clero, sobre la literatura, que llegó entonces a su apogeo, sin ningún mérito por parte del rey. La hacienda fue organizada por Juan Bautista Colbert (1619-82), que dio impulso a todos los elementos de la prosperidad nacional, exigió severa probidad en la administración, comprendió que el mejor medio de elevar la fortuna pública era aumentar la privada, y fue por esto contrario al gravamen de los impuestos. Dio nombre al Colbertismo, sistema de economía que favorece las manufacturas interiores excluyendo las exteriores, considerando el dinero como riqueza, y teniendo por útil exportar mucho e importar poco. Para esto se necesita el despotismo y una sobrada ingerencia del Gobierno. En tanto aumentó prodigiosamente la industria francesa; a la Academia fundada por Richelieu se añadió la de Bellas Artes, la de Inscripciones y la de Ciencias. Organizáronse los correos; se reformaron las leyes, dándoles el carácter de generalidad; se introdujo la Policía, y se prohibió severamente el duelo.

1679 

Con sus miras económicas, Colbert se hallaba siempre en pugna con las espléndidas de Luis, magnífico en todo, y con los gastos de la guerra. A ésta era inclinado Luis por su ministro Louvois, que impulsaba la Francia a trocarse en conquistadora, diciendo que «Engrandecerse es la más digna y grata ocupación de un soberano». Había cambiado la táctica durante la guerra de los Treinta Años. Condé y Turena habían hecho creer en la superioridad de los Franceses; Vauban, excelente en la economía y en la estrategia, perfeccionó el sistema de las fortalezas, como hicieron con las escuadras Bernardo Renau y Juan Bart. Alentado por tales incrementos, Luis hizo muchísimas guerras, contra España, contra el Papa, contra Holanda y contra Génova. Dos naciones le hacían sombra, España que era su enemiga por herencia y parte de cuyo territorio quería usurpar, y Holanda a la que deseaba igualar en el mar. Cuando murió Felipe IV reclamó parte de los bienes de aquel a nombre de su mujer María Teresa. Viendo rechazadas sus pretensiones, se obstinó en conquistar los Países Bajos y humillar a Holanda. La guerra fue larga, inhumana, desastrosa para el comercio de esta activísima nación; los Franceses la hicieron con salvaje ferocidad por mar y por tierra; combatieron los grandes generales Turena, Montecuccoli, Bart y Duquesne, hasta que con la paz de Nimega la Francia cedió a la Holanda todas las conquistas hechas, tuvo de España el Franco Condado y muchas plazas de Flandes, y del emperador adquirió a Friburgo. Fueron mejor determinadas las fronteras del reino, provistas de colosales fortalezas, principalmente Estrasburgo. Para interponer el desierto entre la Francia y sus enemigos Luis XIV hizo devastar el Palatinado, entregando a las llamas floridos países y bellas ciudades a lo largo del Rin, y prohibiendo sembrar en un trecho de cuatro leguas a cada lado del Mosa.

1697 

Muerto Colbert, que le contenía, Louvois impulsó a Luis XIV a nuevas pretensiones y usurpaciones. Aprontada una escuadra e inventadas las bombas, no solo se reprimió a los Berberiscos de Trípoli y Argel, sino que también se bombardeó a Génova. Catinat y Luxemburgo llevaban armas victoriosas por Italia y Alemania; la paz de Ryswick (1697) reconcilió a Francia, Inglaterra y Holanda, asegurando la independencia de los pequeños Estados, amenazados antes por las pretensiones de Luis XIV.

Este fue llamado el Grande porque él mismo tenía y sabía inspirar a los demás el concepto de la superioridad. Sus palabras y sus hechos eran repetidos con admiración por la Europa, celebrados por los poetas y gacetistas, con los cuales era en extremo dadivoso. Encontrose casualmente en el momento más espléndido de la literatura francesa, y los elogios tributados a ella se reflejaban en el rey, que en todas partes era objeto de encomios y apoteosis. Construyéronse magníficos edificios; floreció la industria; había frecuentes fiestas; la Corte era fastuosísima, y modelo de finura y buen tono. El rey entendía poco y se cuidaba menos de los negocios, pero tenía el arte de hacer ver que todo lo hacía él. Rodeado de insignes prelados, practicaba las devociones; sin embargo se abandonaba a voluptuosos amores (la Vallière, la Montespan, la Maintenon), y su regla de conducta obedecía en todo al egoísmo de quien se considera superior a los demás.

Admiróle su siglo; los príncipes quisieron imitarlo; las costumbres se modelaron según las de su Corte, como los trajes, las grandes pelucas y los inmensos guardainfantes; pero en ninguna parte brilló aquel espíritu de conversación vivaz, agudo y culto que fue el carácter de los Franceses, y que aparece hasta en las cartas (la Sévigné), y en las memorias (Saint-Simon, la Motteville). Aquella cultura cubría vicios, como el juego, la disolución (la Longueville, la Ninon, la Mancini), la superstición, y el crimen (la Brinvillière, la Voisin).

236.- Controversias religiosas

Durante la Liga, el púlpito se había convertido en tribuna de declamaciones e invectivas, hasta el extremo de excitar a las armas. La oratoria sagrada conservó luego el mal gusto que se desfogaba en metáforas y chocarrerías. Mas surgieron pronto grandes oradores, que no tuvieron rivales en los demás países. Mascaron, Flechier, Massillon, Bourdaloue, Bossuet, Fénelon, además de predicar a la alta sociedad, tomaron parte en las grandes controversias y contendieron entre sí por el quietismo, doctrina según la cual creíase poder adquirir por intuición verdades inaccesibles a la razón y a la dogmática, y en una quietud pasiva permanecer superiores al pecado, aniquilando al hombre ante la Gracia. Combatida por Bossuet, esta doctrina fue condenada por Roma, y Fénelon se retractó públicamente de ella.

Declaración de 1652

 La Iglesia francesa había hecho siempre alarde de independencia frente a la romana. Pero los reyes, soberanos absolutos, no querían ahora hallar limitado su poder por los privilegios del clero, sino que deseaban reducir la Iglesia a un ramo de la administración. Muchas obras se publicaron a propósito de esto (Dupin) y fueron confutadas por Roma, mayormente con ocasión de la regalía, es decir el derecho que pretendían los reyes de Francia, de administrar los obispados y disfrutar de sus rentas y derechos durante las vacantes. En 1652 se reunió el clero francés y firmó la Declaración de la libertad galicana, en la cual se sentaban los siguientes principios: 1º. La Iglesia recibió de Dios el poder sobre las cosas espirituales, mas no sobre las civiles; 2º. El poder de la Santa Sede sobre las cosas espirituales está limitado por los decretos del Concilio de Constanza, a pesar de no estar aprobados; 3º. El ejercicio de la autoridad apostólica debe estar siempre ajustado a las leyes y costumbres del reino; 4º. El juicio del Papa no es irreformable, sino cuando interviene el consentimiento de la Iglesia.

Dedúcense de esto el placet y el exequátur, es decir que las bulas papales no eran valederas sino después de ser aprobadas por el parlamento. Luis ordenó que aquella Declaración fuese ley del Estado, y no se pudiese enseñar lo contrario. Por último se pensó en la institución de un patriarca francés, con lo cual se hubiera introducido un nuevo cisma. Bossuet era campeón de la libertad galicana, pero distaba mucho de quererse separar de la unidad.

Revocación del edicto de Nantes 

Siendo Luis omnipotente en los asuntos religiosos, mal podía soportar que en su reino, y en virtud del edicto de Nantes, los Protestantes tuviesen su constitución propia, iglesias y fortalezas, y formasen un verdadero Estado dentro del Estado. Por lo mismo, ordenó que los Protestantes se convirtiesen, y con los misioneros mandó a sus dragones para que prendiesen a los reacios; como resistiesen, se les sometió con las armas, y por último fue revocado el edicto de Nantes. Los Hugonotes emigraron a bandadas, con gran perjuicio para Francia, y con provecho para Holanda e Inglaterra, pues los emigrantes eran laboriosos e industriosos. Algunos Protestantes se refugiaron en las Cevenas,[sic] donde se sostuvieron a mano armada, dando lugar a deplorables estragos.

Jansenistas 

Otra cuestión importante había quedado por ventilar en el Concilio de Trento, la de la naturaleza de la Gracia. El español Luis [de] Molina (1535-1601) y Cornelio Jansenio, holandés (1585-1638) dieron nombre a dos doctrinas diferentes sobre dicha materia. Intervinieron luego decisiones pontificias, y como los reprobados quisieron desviar el golpe, la cuestión recayó sobre la autoridad del Papa, si es infalible de por sí o solo con el Concilio, si éste le es superior; y además se discutió sobre lo que el príncipe y el Estado pueden en los asuntos religiosos.

1649 

Cinco proposiciones del Augustinus de Jansenio fueron condenadas, pero los Jansenistas, entre los cuales había franceses ilustres (San-Cirano , Quesnel, Nicole, Sacy, Arnauld...) discutieron la sentencia. Luis XIV quiso mezclarse en la contienda, hasta perseguir a los disidentes. Estos atacaron con violentos escritos a los Jesuitas sus adversarios (las Provinciales de Pascal), tachándoles de sobrado indulgentes en absolver los pecados, y acusándoles de contribuir a las debilidades humanas. La sociedad culta tomó parte en estas polémicas, y, naturalmente, las embrolló. Se inventaron milagros; la bula Unigenitus especificó las proposiciones erróneas, pero la confusión duró largo tiempo. Puede decirse que fue éste el único campo abierto a la controversia bajo el absolutismo de Luis XIV.

Los Protestantes se reían al ver divididos a los Católicos, cuyo argumento principal consistía precisamente en su unidad de doctrina. En tanto aquellos llevaban la libre interpretación hasta el punto de negar la divinidad de Cristo, como Leclerc en Holanda, y los Socinianos en Polonia. En Inglaterra Presbiterianos y Anglicanos interpretaban de distinto modo la Escritura; discutíanse puntos supremos de creencia, y se llegaba a una religión natural (Tallotson, Wilkins) y a la negación del cristianismo (Locke, Hobbes, Spinoza ). De igual manera procedían en Alemania, criticando las sagradas escrituras (Simon, Grocio); y algunos de los Franceses emigrados por la revocación del edicto de Nantes, mandaban a su patria escritos de atrevidísima crítica (Jurieu, Barnage, Bayle). Si la intolerancia había producido innumerables víctimas en los años anteriores, ahora a título de tolerancia se introducía la indiferencia, que llevaba a confesar que todas las religiones son igualmente buenas, no siendo más que diversos modos de expresar el sentimiento religioso.

Opusiéronse a la indiferencia los Católicos, con gran acierto, mayormente Pascal, Huet y Bossuet. También algunos Protestantes combatían por las verdades fundamentales, como hicieron Claude y el gran Leibniz. Son memorables las tentativas de conciliación que se hicieron, máxime por obra del genovés Cristóbal Spinola y de Bossuet obispo de Meaux (1627-1704).

237.- Literatura

Aquel fue el siglo de oro de la literatura francesa. Malherbe había empezado la reacción en la poesía, volviendo a la pureza y a la sencillez, como Balzac (1594-1655) hizo con la prosa, aligerándola de la ampulosidad española. Tanto Balzac como Voiture fueron los astros de la sociedad Rambouillet, de donde salía la reputación de los escritores; admirábase allí lo convencional, exagerado y gracioso, que marcó el tono de la sociedad elegante. Chapelain (1595-1674) compuso un poema sobre la Doncella de Orleans, el cual, después de haber sido largo tiempo aguardado, y ensalzado luego, cayó pronto en el olvido. El gusto se pronunció por las novelas, afectaciones de sentimientos y pedantesca galantería, tales como la Astrea de Urfé, novela pastoril de 5500 páginas; la Casandra, en doce volúmenes; y en diez cada una la Clelia y el Gran Ciro, de la Scudery. Perrault, autor de los Cuentos de las hadas, tuvo muchos secuaces. Bergerac sobresalió en el género fantástico como El viaje a la luna y la Historia cómica del imperio del sol. Llegó por último el Telémaco de Fénelon, verdadero poema en prosa.

La sociedad Rambouillet fue útil a la lengua con querer que se escribiese como en ella se hablaba. La Academia Francesa, fundada por Richelieu, se ocupó especialmente en perfeccionar el idioma haciendo su gramática y su diccionario, al estilo de la Crusca, pero sin ejemplos. De este modo el francés se purgó de la escoria, adquirió unidad, fue una lengua progresiva, clara y natural; tanto que se decía: lo que no es claro no es francés.

No por esto se habían descuidado las lenguas antiguas ni la crítica de los clásicos. En Alemania, particularmente, se señalaron Scioppio, Vossio y Lipsio. Los Jesuitas tuvieron muchos escritores latinos, tales como Famiano Strada, y el padre Maffei.

Periódicos 

Los periódicos eran el novísimo género de literatura. El 5 de enero de 1665, Dionisio de Sallo publicó el primer número del Journal des Savans, que vive todavía, y que daba cuenta de las obras que se imprimían. Siguiéronle, en Roma Il Giornale de' letterati (1668); en Alemania Las Actas de Leipzig, en latín (1682); y en breve aumentaron y adquirieron importancia las publicaciones periódicas. El culto que se rendía a los antiguos produjo una polémica acalorada sobre quiénes eran más dignos de encomio, los antiguos o los modernos; multiplicáronse escritos en ambos sentidos, limitándose con sobrada frecuencia a la forma y a las palabras.

Además de Salmasio, Gronovio y Lefèvre, obtuvieron nombradía los esposos Dacier, encomiadores y traductores de los clásicos. Luis XIV mandó hacer ediciones de los clásicos, expurgadas y anotadas ad usum Delphini. El culto a los antiguos contribuía a refinar la forma, si bien perjudicaba a la originalidad.

Sirviéronse del francés excelentes ingenios, favorecidos por la pasión con que la Corte y la buena sociedad se dedicaban a los estudios. Las fábulas de La Fontaine (1621-93) no tienen rival por su naturalidad maliciosa. Boileau (1636-1711) fue dictador del Parnaso y distribuidor de gloria o censura en las sátiras y en la didáctica de buen sentido, sin grandeza. Saint-Évremond, La Rochefoucauld, La Bruyère, son moralistas agudos y profundos. Las Memorias de Saint-Simon son un modelo de este género, en que la Francia abunda. Fontenelle (1656-1757) hizo los elogios de los académicos, escribió chispeantes diálogos, y pudo decir: -Nací francés, viví cien años, y muero con el consuelo de no haber ridiculizado en lo más mínimo la más pequeña virtud.

En otro capítulo hemos hablado de los grandes oradores y controversistas sagrados. Gran fortuna fue para Francia la coincidencia de que sus mejores escritores fuesen también sus mejores pensadores.

El teatro gustaba, pero no era común. Las compañías cómicas, aun en Francia, eran de italianos, y cada teatro se limitaba a un género particular, sin aparato escénico. Se preferían las farsas italianas, especie de comedias en que el autor no trazaba más que el argumento, y los actores improvisaban los parlamentos y los diálogos.

Algunos autores imitaron a los antiguos, con más o menos acierto, hasta que Pedro Corneille (1606-84) hizo dar un gran paso al teatro con el Cid y otras tragedias de más vigor y elevación de ideas que perfección. En cambio Racine (1639-99) las hizo graciosas, exquisitas, y trató con éxito los asuntos bíblicos (Ester, Atalia). Siguiéronles de lejos Rotrou y Crébillon.

La comedia fue llevada a la perfección por Molière (1622-73) que tomó mucho de las italianas, pero que dio a las obras unidad, interés, carácter, lenguaje familiar y culto, y situaciones oportunas. Siguieron Regnard, Quinault, y otros de mérito inferior.