141.-
Repúblicas italianas
Las
repúblicas italianas carecían de la experiencia y de la
prudencia necesarias para gobernarse bien en una federación,
como hacía esperar el éxito de la liga lombarda. Cada Común
se mostraba celoso de su constitución propia y procuraba
redimirse de los derechos que el emperador se había reservado.
Este se servía de tal pretexto para turbarlos, y seguían
su ejemplo los feudatarios, los condes, los obispos, alardeando
de antiguas supremacías. En el interior, se gobernaban con
cónsules anuales, algunos de los cuales atendían a la administración
y otros a los juicios. Y para que estos fuesen imparciales,
solía llamarse de otros países un podestá, anual también,
que juraba juzgar con arreglo a los estatutos. Pero se cambiaban
con sobrada frecuencia la forma de gobierno y las leyes
hechas para casos particulares; cuyas leyes, o mejor dicho
estatutos, tenían todavía algún resto de las vetustas leyes
consuetudinarias; y generalmente, en los casos no previstos,
se aplicaba el derecho romano; pero ninguna ley se hizo
que verdaderamente garantizase la libertad, la cual se hacía
consistir en tomar parte cada uno en las públicas resoluciones.
Cada ciudad acuñaba moneda propia, con la cruz o con la
efigie del santo patrono.
Los
condados permanecían aún sometidos a los feudatarios, pero
las ciudades procuraban emanciparlos, o acogían a la población
que de ellos emigrase.
Nobles y plebeyos
En
las ciudades subsistían las antiguas familias ennoblecidas
por el mando, y las que del campo acudían a la ciudad obligadas
por la fuerza, o simplemente atraídas por las ventajas de
la vida urbana, y formaban la nobleza, que al principio
fue ardiente fautora de la independencia, y era casi la
única capaz de desempeñar los empleos civiles y militares.
Fácilmente vejaban los nobles a los plebeyos, los cuales
se asociaban para obtener la igualdad en los empleos y en
los juicios, y a veces lograban excluir a los nobles de
los cargos públicos y hasta de la administración de justicia.
En Florencia, el culpable era relegado entre los nobles.
Esto acontecía especialmente en las ciudades mercantiles,
y no podía menos de producir desórdenes y debilidad.
Güelfos y Gibelinos
Otras
excisiones hubo con la nueva división de los ciudadanos
en Güelfos y Gibelinos. Cada ciudad se declaró partidaria
de estos o de aquellos; y en cada ciudad misma, los unos
favorecían al Papa y los otros al emperador, dando lugar
a discordias y batallas. Al frente de uno u otro partido
se ponía algún personaje, que de este modo se hacía omnipotente,
habiéndose debilitado entre las luchas de partido la conciencia
de los deberes patrióticos.
Estas
contiendas se hacían después peligrosas, porque se buscaba
el apoyo de los forasteros; una ciudad güelfa invitaba a
otra de su color político a ayudarla para arrojar a los
Gibelinos; estos, refugiados en el campo, pedían socorro
a otros Gibelinos, y así la lucha no acababa jamás; después
se dirigían o al Papa o al emperador, suplicándole no solo
que pacificase, sino que sojuzgase además al partido contrario.
Estas
discordias, nunca bastante deploradas, no impedían que las
pequeñas repúblicas prosperasen por medio del comercio,
la industria y la agricultura; y querían las ciudades manifestar
su riqueza con bellos edificios, siendo hoy admirados los
palacios y las catedrales de aquella época. Crecía la población,
difundíase el buen gusto, refinábanse las artes, se acrecentaban
las riquezas, y eran asombro y estímulo de extranjeros tanta
y tanta maravilla.
142.- Enrique VI e Inocencio III
La
opinión común atribuía al emperador mayor superioridad sobre
los demás monarcas; sin embargo, podía muy poco el emperador
sobre los barones tudescos, a quienes se veía obligado a
conceder prerrogativas, a fin de tenerlos de su parte en
las hostilidades con otros países o con el Papa. También
se constituyeron en municipios varias ciudades tudescas;
y habiendo alcanzado preponderancia por medio del comercio
y de las artes, reclamaban privilegios del emperador; algunas
se hicieron del todo independientes, como las ciudades de
Bremen, Hamburgo y Lübeck.
1191
Enrique
VI, hijo de Barbarroja, que con haber adquirido por medio
de su mujer el reino de Sicilia, parecía haber alcanzado
para su casa el colmo de la grandeza, había preparado su
ruina. Parte de los Sicilianos aclamaron por rey a Tancredo,
conde de Lecce, por lo cual tuvo Enrique que pasar a Italia.
Encontró la Lombardía envuelta en nuevos disturbios, y acariciando
a un partido disgustaba al otro; sin embargo, merced al
auxilio de sus fieles partidarios, logró someter a la Sicilia
y la trató como país conquistado, negó a los Pisanos y a
los Genoveses los privilegios que les había prometido si
le ayudaban a la conquista, apropiose la herencia de la
condesa Matilde y persiguió a los eclesiásticos. Uno de
sus fines era vincular en su casa la herencia del Imperio.
Por esto se enemistó con los papas, y las ciudades lombardas
renovaron la Liga.
1197 - Inocencio III
Al
morir solo dejó un niño, que adquirió después gran fama
con el nombre de Federico II, y que fue recomendado al Papa
Inocencio III, uno de los pontífices más ilustres. La elección
pontificia había sido limitada al colegio de cardenales,
pero siempre se tenía que luchar con los ciudadanos de Roma.
Inocencio III, elegido Papa a la edad de 37 años, ya famoso
por sus escritos, se propuso restaurar la morar en todo
el mundo, proteger a los débiles, extirpar los abusos, velar
por la justicia, fomentar la caridad y rescatar la Tierra
Santa; para todo lo cual consideraba necesaria la independencia
de la Iglesia en sus relaciones con el Estado.
Empezó
a someter a Roma, y arrojó de la Marca de Ancona y de Espoleto
a los señores impuestos por el emperador, y de este modo
el Estado de la Iglesia fue una realidad. Exhortó a los
Toscanos a coaligarse con los Lombardos; modificó los estatutos
de la Sicilia para conservarla a Federico II. Pero habiendo
los Germanos elegido a Otón IV, de casa Güelfa, el Papa
halló justo preferirlo a un niño en el imperio, y Otón juró
fidelidad a la Santa Sede y atenerse a sus indicaciones
en cuanto se refiriese a las ligas y a los derechos de las
ciudades italianas.
Al
bajar a Italia, Otón halló en mutua lucha a las pequeñas
repúblicas; en todas partes prevalecían algunas familias.
Esto favoreció a los Güelfos; pero no tardó Otón en enemistarse
con el Papa, que lo excomulgó y le opuso a Federico II,
el cual fue coronado emperador, jurando ceder la Sicilia
para mayor seguridad de la independencia italiana.
Inocencio III armó una Cruzada que tomó a Constantinopla,
y otra contra los Albigenses, protegió la libertad de la
Germania, de Inglaterra y de España; obtuvo el homenaje
de Inglaterra y de la Sicilia; confirmó las órdenes de los
Franciscanos y Dominicos; reunió el cuarto Concilio Lateranense,
al cual asistieron los reyes y los prelados de todo el mundo,
y el poder episcopal llegó a su apogeo. Inspiró celos a
los príncipes, y renováronse las hostilidades entre el cetro
y la tiara.
143.- Federico II
Federico
II, uno de los mas ilustres monarcas de la Edad Media, no
menos hábil en el manejo de las armas que en la administración
del Estado, después de haber ordenado sabiamente a la Germania,
pasó a Italia, país hacia el cual se sintió particularmente
inclinado. Halló en Roma a Honorio III, por el cual fue
coronado; pero contra lo prometido, se negó a restituir
la herencia de la condesa Matilde, y a tomar parte en la
Cruzada. Pasó a la Sicilia, que había cedido a su hijo Enrique,
y allí dominó a los feudatarios, llevó rápidamente a cabo
prudentes reformas, estableció magistrados y dictó sabias
leyes, valiéndose para ello del excelente jurisconsulto
Pedro delle Vigne.
1228
Otro
tanto quería hacer en Lombardía; pero se le opusieron las
repúblicas, que renovaron la Liga para resistirle, y estalló
la guerra. Hasta el nuevo Papa Gregorio IX pretendió que
Federico cumpliese sus promesas, y no consiguiéndolo, lo
excomulgó y puso trabas a sus empresas. Federico se halló
en guerra con toda la Italia, donde excitó al partido gibelino
contra el Papa; pero hasta su propio hijo Enrique se le
sublevó en la Germania, si bien murió después de haber caído
prisionero.
1241 – 1245
Entonces
Federico dio mejor organización a la Germania; constituyó
los ducados de Brunswick y de Austria; hizo reconocer como
rey a su hijo Conrado; y habiendo vuelto a Italia, derrotó
a los Lombardos en Cortenuova , y pretendía toda la
Península como herencia paterna. Por tal motivo el Papa
lo excomulgó de nuevo. Se realza el partido güelfo; convócase
un Concilio, pero Federico prende a los prelados, y el Papa
muere encerrado en Roma. Entonces Inocencio IV reúne en
Lyon el Concilio, donde da a los cardenales el capelo encarnado
para darles a entender que siempre deben estar prontos a
derramar su sangre por la Iglesia, y declara excomulgado
a Federico II. Pronto la Sicilia y otros países se rebelan
contra éste; la corona de Germania es entregada a otros;
Pedro delle Vigne, acusado de traidor, es muerto; las ciudades
lombardas predominan y hacen prisionero a Enzo, hijo de
Federico. Éste, dotado de excelentes cualidades, fue rey
de Sicilia durante 54 años, y emperador durante 52; pero
nada grande realizó «porque no amó a su alma»; por desprecio
a la religión, por el capricho de sobrepujar a los papas
y constituir para su familia un reino en Italia, dejó eclipsar
al imperio, que nunca recobró su esplendor pasado.
144.- Cruzadas cuarta, quinta y sexta
1198 – 1201 – 1204
A
la muerte del gran Saladino, el Papa proclamó la Cruzada,
mientras se combatía con inconstante fortuna en Palestina.
Publicada por Inocencio III, predicola Fulco de Neuilly
con muchos frailes. Los príncipes fueron a Venecia a pedirle
refuerzos, y el dux Enrique Dandolo se puso en persona al
frente de la flota más soberbia que hasta entonces había
cruzado el Adriático. En Constantinopla encontraron a los
Comnenos en un trono agitado por conspiraciones y trastornos;
Andrónico, último de los Comnenos, fue arrastrado por el
pueblo; sucediole Isaac Angel, quien a su vez fue expulsado
del trono por su hermano Alejo, que le sacó los ojos. Angel
y su hijo fueron a ponerse bajo la protección de los Cruzados.
Estos caballeros, cuya divisa era vengar a los oprimidos,
acudieron, tomaron a Constantinopla, y la convirtieron en
base para la conquista de la Tierra Santa. El Papa había
prohibido la toma de Constantinopla, pero los Cruzados,
seducidos por las riquezas de aquella admirable ciudad,
la sometieron a un deplorable saqueo. La elección de emperador
se confió a seis venecianos y seis eclesiásticos. Habiendo
Enrique Dandolo preferido ser como antes dux de Venecia,
fue proclamado Balduino de Flandes, con una cuarta parte
del imperio. A Venecia le tocaron tres de los ocho barrios
de la ciudad, y tres octavas partes del imperio, a saber:
la mayor parte del Peloponeso, las islas y costa oriental
del Adriático, las de la Propóntide y Ponto Euxino, las
riberas del Hebro (Maritsa) y del Vardar, las tierras marítimas
de la Tesalia, y las ciudades de Cipsédes, Didimotica y
Andrinópolis. A los franceses tocaron la Bitinia, la Tracia,
la Tesalónica, la Grecia y las mayores islas del archipiélago.
El marqués de Monferrato tuvo los países de allende el Bósforo
y Candía.
Todos
los príncipes se dedicaron entonces a adquirir territorios,
y se fundaron una infinidad de principados, y hasta reinos
como el de Nicea, regidos feudalmente al estilo europeo.
Candía fue dividida en noventa caballeratos, dependientes
de la República veneciana.
Semejante conquista, hecha a tontas y a locas, empobrecía
al país y a los vencedores, los cuales, desunidos y dominados
por la indolencia, fueron pronto asediados por los vecinos;
Balduino cayó prisionero en poder de los Búlgaros, y su
hermano y sucesor Enrique d'Hainault tuvo que sostener continuas
guerras.
La
empresa se había desviado de Jerusalén, donde los reyes
titulares y los caballeros Templarios se sostenían a duras
penas, pidiendo sin cesar a la Europa hombres y dinero.
Inocencio III daba impulso a la empresa, y Honorio III esperó
verla realizada. Pero Inglaterra y Francia estaban en guerra
entre sí; Federico II prometía sin cumplir; sólo Andrés
de Hungría, con muchos secuaces y el rey de Chipre, marchó
a la Cruzada; pero le obligaron a volver las discordias
de su patria. Sin embargo, otros Cruzados invadieron el
Egipto y tomaron a Damieta, en tanto que los musulmanes
desmantelaban a Jerusalén y a todas sus fortalezas, y hacían
desbordar las aguas del Nilo; los Cruzados, acosados por
el hambre, tuvieron que firmar una paz depresiva.
1221
Federico
II renovó entonces la promesa de cruzarse, y casose con
la hija de Juan de Brienne, rey titular de Jerusalén, el
cual fue a las cortes de Europa implorando auxilio. Pero
Federico difería siempre el cumplimiento de sus promesas,
por cuyo motivo lo excomulgó el Papa. Por fin se puso en
marcha, y fue acogido en Siria como libertador; pero hizo
un tratado con Malk-Kam, cambiando donativos con él, y ambos
convinieron en una tregua de diez años; Jerusalén, Belén ,
Nazaret y Toron ( Tyron?) se adjudicaron a Federico;
los Musulmanes debían conservar sus mezquitas y el libre
ejercicio de su culto. Según las ideas de entonces, ambas
religiones miraron estos pactos como sacrílegos, y Federico
tuvo que regresar a Europa, sin haber siquiera procurado
conservar las posesiones adquiridas.
El
Papa mandó misioneros a Levante; obtuvo que en algunos puntos
se organizaron pequeñas expediciones; pero por todo resultado
consiguió que el reino de Jerusalén fuese restituido a los
cristianos.
Pedro
de Courtenay, nuevo emperador de Constantinopla, fue degollado
por Teodoro Comneno, príncipe del Epiro; su hijo Roberto
perdió todas las provincias de allende el Bósforo y del
Helesponto; Griegos Búlgaros penetraron hasta el puerto
de Constantinopla, y Juan de Brienne, que le defendió con
heroísmo hasta la edad de ochenta y nueve años, previó que
ya nada quedaría para sus sucesores.
145.- Herejías. Los Albigenses. Nuevos frailes
No
eran sólo los orientales los que sofisticaban sobre la fe;
también en Occidente, Gotescalc y Berenguer impugnaron la
presencia real; otros adoptaron las doctrinas maniqueas
de los dos principios, pero estaban en vigor las severas
leyes de los emperadores contra los heresiarcas, y estos
se ocultaban y fácilmente eran oprimidos. Con el desarrollo
de la jurisprudencia y de la dialéctica, se sutilizaron
los ingenios en la interpretación de la Escritura y en el
examen de los dogmas. Estas doctrinas dieron a aquellos
sectarios el nombre de Pobres de Lyon, o Cátaros, o Patarinos,
que al parecer admitían los dos principios, e instituyeron
escuelas en Croacia, en Lombardía, en Toscana, en Sicilia,
en los Alpes y en el Languedoc. Mucho se discutió sobre
la naturaleza de sus doctrinas, ensalzadas por unos, calumniadas
por otros, por espíritu de secta. En suma, querían interpretar
a su manera la Escritura, negar la autoridad suprema de
la Iglesia, variar el número y la forma de los Sacramentos,
obstinándose en su fe a pesar de las argumentaciones y los
suplicios.
Franciscanos – 1220
La
Iglesia apeló desde luego a la persuasión, enviando misioneros,
haciendo publicar libros, sosteniendo controversias, y oportunamente
vino la institución de nuevas órdenes monásticas, cuyas
principales fueron la de los Franciscanos y la de los Dominicos.
Francisco de Asís, habiéndose desprendido de sus riquezas
y de su propia voluntad para amar a Dios intensamente, fundó
la Orden de los Frailes Menores, que vivieron sin propiedad
alguna, en la obediencia y en la castidad. Servir a los
pobres era su principal ocupación; eran electivos todos
los cargos, hasta el de general. Cuando, cuatro años después
de la fundación, reunió su primer capítulo en campo abierto,
se presentaron, de Italia solamente, 5000 frailes y 500
novicios; y se dice que, a raíz de la Revolución francesa,
ascendían a 115000 los miembros de esta Orden difundida
por todo el mundo, especie de república de la cual era ciudadano
todo el que adoptase sus rígidas virtudes. Francisco, de
quien son tal vez las primeras poesías italianas, amaba
a la naturaleza toda, como testimonio del Creador; difundía
la paz por todas partes, iba a predicar a los infieles,
y murió cuando apenas contaba cuarenta y cuatro años. La
Orden abrazó en breve grandes señores, sabios ilustres,
eminentes artistas, príncipes y reyes.
Predicadores
El
castellano Domingo de Guzmán ejerció su apostolado en el
Languedoc, y ávido de amor y sufrimiento, fundó una nueva
Orden, que aparte de las oraciones, el trabajo, la castidad
y la obediencia, se dedicaba al estudio de la teología y
a la predicación. También esta Orden se propagó rápidamente
hasta los países más remotos.
Impresionó al mundo la importancia de aquellas instituciones,
que eran un reproche contra los vicios del siglo; y muchos
tiranos se inclinaban ante san Antonio, san Bernardino,
fray Pacífico, santo Tomás. Las predicaciones de éstos no
fundaban su eficacia en la elocuencia, sino en la persuasión
y santidad de los oradores.
Albigenses
A
estos, y principalmente a los Dominicos, fue confiada la
inquisición de los herejes. Dijimos cómo las leyes imperiales
los castigaban severamente. Las repúblicas adoptaron estas
leyes en sus estatutos. Pero no siempre la herejía se refería
a las verdades cristianas, sino que la mayor parte de las
veces se dirigía también a la sociedad, enseñando ora la
comunidad de bienes y mujeres, ora la rebelión contra la
legítima autoridad, y a veces servían de pretexto para revueltas
y desfogue de iras nacionales. Este último era particularmente
el caso del Languedoc, donde la raza provenzal quería sustraerse
a la francesa; por esto es considerada como una conquista
la cruzada que Simón de Monfort guió contra los Albigenses
y Raimundo de Tolosa, y que fue señalada por sus horribles
crueldades, máxime en la toma de Beziers y en la batalla
de Muret. Luis VIII aceptó el bajo Languedoc, y se dio la
Alta Provenza a la Iglesia de donde dimanó el derecho de
los Papas sobre el condado de Aviñón.
Inquisición – 1229
Como
entonces la política se confundía con la religión, para
reprimir a los turbulentos fue instituido el tribunal de
la Inquisición, para el cual los obispos elegían en cada
parroquia un sacerdote y algunos seglares de buena reputación,
encargados de buscar a los herejes y denunciarlos a la autoridad,
librándolos así de las venganzas privadas y dándoles ocasión
de arrepentirse. Pero pronto aquel tribunal se dedicó a
inicuas persecuciones; habiéndose extendido a otros países,
principalmente a España, fue instrumento de tiranía, y subieron
más las acusaciones que se acarreó, que la defensa que proporcionó
a la Iglesia.
En
Italia, la proximidad de los Papas hacía menos severa la
Inquisición, aunque en este país se habían divulgado muchas
herejías, principalmente la de los Patarinos en Lombardía.
Algunos santos, como san Antonio, santo Tomás, san Buenaventura,
se dedicaron a convertirlos, otros a perseguirlos como san
Pedro Mártir, y otros a oponerles devociones nuevas, como
las compañías de los Landeses, la fiesta del Corpus, y el
Rosario, principalmente recomendado por los Dominicos.
146.- Grande interregno. Fin de los Suevos y de la Guerra
de las Investiduras
1250 – 1226 – 1258
Muerto
Federico II, varios pretendientes se disputaron la corona
de Germania y la imperial. La herencia de Federico en la
baja Italia fue ocupada por Manfredo, hijo suyo bastardo,
que disgustó a los papas, resueltos a quitar de en medio
a la raza sueva, siempre molesta para ellos. De Conrado
IV, hijo de Federico, quedaba un hijo, Conradino, el cual,
fiado en el auxilio de los Gibelinos, intentó tomar el reino
de Sicilia a Manfredo. El Papa Urbano IV, opuso a Manfredo
otro campeón, Carlos de Anjou, hermano de san Luis, el cual,
con sus provenzales y con la ayuda de los Güelfos, después
de haber jurado fidelidad al Pontífice, atravesó la Italia
festejado en todas partes, derrotó y dio muerte a Manfredo
en Benevento, poco después de haber perecido en Cassano
el más terrible de los Gibelinos, el feroz Eccelino. Pocos
partidarios quedaron a Conradino, el cual en la batalla
de Tagliacozzo fue vencido y hecho prisionero; subió al
patíbulo y con él terminó la familia de los Suevos.
1273
En
Alemania, después de varios pretendientes, y en la época
llamada grande interregno, fue elegido Rodolfo de Habsburgo,
en cuya familia se perpetuó la dignidad imperial. Rodolfo
quiso terminar la guerra que desde hacía setenta años duraba
con el Papa, y para ello renunció a la herencia de la condesa
Matilde y a otras tierras pretendidas por los Pontífices.
Los Papas tuvieron entonces un Estado extenso, como se ha
conservado hasta nuestros días, pero no tanto con verdadero
dominio como con primacía de dignidades, pues subsistieron
los privilegios de los Comunes y el señorío de los feudatarios.
En la misma Roma, los Papas tenían que soportar la preponderancia
de los Colonna, de los Orsini, de los Savelli, y veían siempre
turbada la ciudad por sus propios súbditos. Fuera de Roma,
mientras tenían aspecto de vencedores, perdían su poder
en los reinos nuevos, donde los príncipes procuraban atraerse
las prerrogativas reales, negar a los eclesiásticos la inmunidad
con respecto a los tribunales y a la justicia, impedirles
la adquisición de bienes, intervenir en la educación y la
enseñanza, y en las elecciones, al menos para confirmarlas;
y afrontaban los interdictos y las excomuniones, cuya eficacia
había disminuido al ser prodigadas.
147.- Grandeza de las repúblicas italianas
En
medio de estos trastornos generales, cada una de las repúblicas
italianas continuaba adquiriendo su desarrollo. En algunas
quedaban destruidos los feudos; en otras tomaron tal incremento,
que se hicieron poderosas algunas familias, como los marqueses
de Este, que dominaron a Parma, Placencia, Ferrara y otras
ciudades y territorios; la casa de Saboya, que procuraba
extenderse allende los Alpes y hasta Turín; los marqueses
de Monferrato, famosos en las Cruzadas, y jefes de la facción
gibelina.
En
los Comunes libres, las facciones se agitaban hasta venir
a las armas, teniendo al frente por lo regular algunas familias
antiguas que, o prevalecían al prevalecer su partido, u
obtenían el predominio para calmar las turbulencias. Las
revueltas eran cambios de señores, y el gobierno seguía
siendo militar y despótico, siendo preciso jefes absolutos
para unir a los que se hallaban divididos. Los partidarios
de los nuevos señores pretendían franquicias e independencia;
maquinaban los condes en sus destierros, y el nuevo tirano
daba rienda suelta a sus pasiones, por lo que se regía con
cruel y pérfida política.
Milán – 1227
Los
pequeños Comunes habían sucumbido ya a los grandes. Milán
dominaba los castillos y las ciudades vecinas; luego prevaleció
en ella la familia plebeya y güelfa de los Torriani, hasta
que con el arzobispo Otón predominaron los Visconti, que
se hicieron príncipes hereditarios.
Florencia
Señores
de origen lombardo y franco dominaban la Toscana, impidiendo
el desarrollo de los Comunes. Su principal ciudad era Pisa,
pero durante las guerras de esta con Lucca, se alzó Florencia,
la cual después de haber derribado los castillos vecinos,
y obligado a las familias a bajar de Fiesole, emancipó a
los siervos del condado y estableció la libertad güelfa,
de que siempre estuvo celosa; sometió luego a Arezzo, Siena
y Poggibonsi. En la batalla de Montaperti (1260) fue derrotada
por los Gibelinos (Farinata), pero no tardó en rehacerse,
dio gobierno al pueblo (Giano della Bella ), y triunfó
en la batalla de Campaldino (1289). Pronto se halló dividida
entre Blancos y Negros; pero las discusiones no impedían
que alcanzase extraordinaria prosperidad.
Pisa
Iguales
agitaciones experimentaban Siena, Luca, Pistoya y Cortona.
Pisa capitaneaba a los Gibelinos, disputándose con Luca
y Génova, mientras se procuraba riquezas con su comercio
con el Oriente, hasta que la batalla de la Meloria (1284)
la hizo inferior a Génova, y fue dominada durante diez años
por el conde Ugolino de la Cherardesca, el cual, habiéndose
hecho odioso, fue encerrado con su familia en una torre
donde se les dejó morir de hambre (1288).
Génova
Génova
conquistó la isla de Elba, la Córcega y parte de la Cerdeña;
además de la nobleza de los feudos de la Rivera, creó otra
derivada de las magistraturas, y causaron desórdenes los
Fieschi y los Grimaldi, güelfos, en lucha con los Doria
y los Spinola, gibelinos. Poseía establecimientos mercantiles
de grande importancia en Kaffa y Azov; obtuvo en Constantinopla
el arrabal de Pera; en las Espóradas la isla de Quíos
gobernada por nueve familias de Giustiniani, y en África
la cala de Túnez.
Venecia – 1204 – 1208 – 1310
En
Venecia, el dux no era ya elegido por el pueblo, sino por
una complicación de electores, y todo el cuidado consistía
en impedir que este magistrado se convirtiese en un tirano,
y que la nobleza oprimiese a la plebe. Cada año el dux procedía
a sus esponsales con el mar, en señal del dominio que Venecia
ejercía sobre todo el Adriático, exigiendo una gabela de
toda nave que lo surcaba. Habiendo adquirido tres barrios
de Constantinopla y tres octavas partes del Imperio, con
la isla de Candía, tuvo asegurada la entrada en el mar Negro;
de este modo poseía los géneros del Mediodía y las pieles
y maderas del Norte. Estas lejanas posesiones daban ocupación
y poder a los nobles, los cuales cerraron después el Gran
Consejo, es decir, consiguieron que se expidiera una ley
decretando que los jueces de la Quarentia sorteasen uno
por uno a los individuos que en los últimos cuatro años
habían formado parte del mismo Consejo, y los elegidos serían
miembros de aquella Asamblea. De este modo quedó constituida
una nobleza privilegiada hereditaria, inscrita en el libro
de oro, distinta del pueblo y de los nobles menores llamados
Bernabotti, que solo votaban en los consejos inferiores.
Los excluidos conspiraron (Bayamonte), y para reprimirlos
se instituyó la magistratura de los Diez, que con procedimientos
secretos castigaban a los fuertes y a los ambiciosos. Tres
inquisidores de Estado ejercían una alta policía, y su autoridad
no reconocía límites. Esto impidió que se elevasen en Venecia
personas o familias poderosas con objeto de usurpar la soberanía.
El dux la representaba, pero su mando era objeto de celosísima
cautela.
La
prosperidad de Venecia excitaba la envidia de las otras
repúblicas, las cuales se batían con frecuencia en los mares
orientales. Roger Morosini saqueó los establecimientos de
los Genoveses; y éstos en Curzola derrotaron la escuadra
de los Venecianos, los cuales, sin embargo, se rehicieron
y penetraron hasta el puerto de Génova.
148.- Francia. San Luis. Cruzadas sétima y octava
En
Francia aún formaban naciones distintas los Provenzales,
los Normandos, los Aquitanos y los habitantes de la Isla.
Al Norte del Loira se conservaban el elemento germánico
y el derecho sálico, mientras que al Sur persistían leyes
y tradiciones romanas. La Armórica protestaba contra toda
dominación nacional. Los Normandos se habían plantado a
las puertas de París. Los feudos más ricos dependían del
rey de Inglaterra. Sin embargo se extendía el nombre de
Franceses; y en medio de todo había un rey que iba adquiriendo
fuerza atrayéndose los grandes feudos a medida que vacaban,
y favoreciendo a los Comunes.
1223 – 1226
Felipe
Augusto dedicó todos sus cuidados a consolidar la monarquía.
Con la guerra contra los Albigenses obtuvo todo el Mediodía
y vio deprimida a Inglaterra. Su sucesor Luis VIII continuó
la obra; pero fue más afortunado Luis IX el Santo. Su madre
Blanca de Castilla lo educó severamente, mientras hacía
comprender a los barones que un rey no era ya su igual.
Piadoso como un caballero, con su exquisita equidad Luis
enamoró al pueblo y se atrajo a los barones; hizo que la
justicia fuese administrada, no ya por éstos sino por bailes
reales, y conforme a los Establecimientos de Francia, código
que compiló de acuerdo con los barones y con los doctores;
organizó el Parlamento, alta corte judiciaria; con la famosa
pragmática regularizó los derechos de la Iglesia; acrecentó
los bienes de la corona, y atrajo a la corte muchos señores,
que antes vivían revoltosos en sus castillos.
Gengis Kan
Luis
tenía vivos deseos de libertar la Tierra Santa. En aquel
tiempo los Mogoles, pueblo parecido al Chino, se extendieron
desde la China sobre el Carism, guiados por Gengis-Kan,
uno de los afortunados conquistadores, que derrotó a Aladino
Mahomed con 400 mil Persas, se apoderó de “Bujara”, de Samarcanda,
de Balk, y penetró en el corazón de la India, haciendo horribles
estragos y valiéndose de armas de fuego. Fue considerado
como un dios por su nación, a la cual dio leyes (Ulugyassa),
y tuvo unas 500 mujeres de todos países.
Gengiskánidas
Su
reino quedó dividido entre tres hijos suyos, pero sobre
ellos imperaba Oktai, hijo suyo también, el cual mandó tres
ejércitos a Persia, a la Bulgaria y a la China, a emprender
las conquistas que continuaron sus sucesores Zagatai, Mangú
y “Kublai Kan” . Este quiso que los suyos se civilizaran
a ejemplo de los Chinos; tuvo en su corte al veneciano Marco
Polo, que le prestó grandes servicios.
1261
Reservándonos referir otros acontecimientos de la China,
explicaremos aquí cómo los Mogoles devastaron la Mesopotamia
y la Persia. Con la toma de Bagdad terminó el imperio de
Mahoma después de 56 califas, y ya nadie reunió los títulos
de pontífice del islamismo y jefe de los creyentes. Hasta
en Egipto los Mogoles asediaron a los Mamelucos, y amenazaron
a Europa, invadiendo la Hungría y acampando a orillas del
Adriático en frente de Italia. En la Siria hostigaron a
los Selyúcidas, con quienes estaban en guerra los cristianos.
Viendo estos que tenían comunidad de intereses con los Mogoles,
procuraron aliarse con ellos. El Papa les mandó embajadores
(Juan Piano de Carpi, Rubruquis, el beato Odorico de Pordenone),
creyendo que con su alianza aniquilarían a los Musulmanes.
Los Mogoles se mostraban indiferentes con respecto a las
diversas religiones; sin embargo ayudaron varias veces a
los cristianos, y fueron ayudados por éstos. La invasión
de los Mogoles produjo buenas consecuencias: el califato
fue destruido, destrozado el poder de los Asesinos, exterminados
los Búlgaros, los Cumanos y otros pueblos septentrionales;
y se introdujeron en Europa la pólvora, la imprenta, el
papel moneda y los naipes.
Cruzada VIII – 1246 – 1270
Para
conjurar el peligro con que viejos y nuevos invasores amenazaban
a la Palestina, San Luis resolvió ir con un poderoso ejército,
y desembarcó en Egipto; pero allí cayó prisionero y vio
su ejército destruido por las armas enemigas y por las enfermedades.
Obligado a rescatarse a sí y a los demás prisioneros, Luis
regresó a Francia, donde fue respetado por la constancia
y dignidad de que había dado pruebas. Sabedor de los nuevos
padecimientos de la Palestina, quiso volver, y empezó por
desembarcar en Túnez, esperando convertir aquel rey. Pero
este envolvió al ejército cruzado, y hasta el santo rey
murió en la lucha.
Y
aquí concluye el gran drama de las Cruzadas, en el cual
se malograron casi todas las expediciones, pero se consiguió
el principal objeto, el de impedir que los Musulmanes invadiesen
la Europa y fuese subyugada la cruz por la media luna.
149.- España. Magreb. Portugal
1086
Cruzada
continua puede llamarse la que los Españoles ejercieron
contra los Árabes para recobrar su país. Los Árabes estaban
divididos entre muchos emires, con frecuencia en guerra
unos con otros, e incapaces por lo mismo, de sostener la
península. En medio de sus discordias, los Árabes llamaron
del África a los Moros Almorávides. Con este nombre, que
significa devotos de Dios, eran designados los secuaces
de Abdallah, quien había fanatizado a algunas tribus árabes
que conquistaron a Marruecos. Su jefe Yusuf acogió gustoso
la ocasión de pasar a España: derrotó a los Cristianos,
y volviéndose contra los Árabes, tomó a Granada y a Sevilla;
después de 60 años de turbulenta existencia, dio término
al reino de Andalucía y se hizo reconocer señor de España,
donde sus hijos continuaron la guerra religiosa, enardecida
por nuevos sectarios, llamados Almohades, es decir, unitarios.
Castilla – 1242
Los
Cristianos se alegraron de las discordias suscitadas entre
estas sectas; y Alfonso el Grande se hizo dueño de Calatrava,
Almería y Lisboa, y por consiguiente del curso del Tajo.
Alfonso Raimundo realizó otras conquistas en Castilla; pero
los emperadores de Marruecos auxiliaban a sus correligionarios.
Sin embargo se dio en las Navas de Tolosa una batalla tan
sangrienta, que se dice que perecieron en ella 185 mil Moros.
De los antiguos reinos musulmanes no quedaba en España más
que el de Granada, próspero en comercio e industria, que
prestaba homenaje al rey de Castilla, sin perjuicio de hacerle
la guerra cuando se presentaba la ocasión, llamando al efecto
a Moros de África.
Alfonso
de Castilla, el Noble, estableció en Valencia la primera
Universidad y dio un código (Fuero Real). A medida que se
conquistaba un territorio, acudían a él los Cristianos,
y de sus diferentes costumbres se formó la constitución
de Castilla, con rey hereditario, reconocido en Cortes formadas
por la nobleza y el clero, y más tarde también por diputados
de las ciudades (1169); los nobles constituían una hermandad
armada que podía resistir al mismo rey.
1252
Alfonso
X, el Sabio, poeta y astrónomo, publicó el código de las
Siete Partidas, donde hay órdenes y consejos, juicios y
ceremonias.
Aragón – 1283
El
reino de Aragón no fue fundado por conquista, sino por hombres
libres, unidos para reconquistar la independencia patria.
Por esto tuvo formas más amplias y singulares. Considerando
al rey como hechura suya, los Aragoneses juraban obedecerle
siempre que él observase los pactos, y si no, no. Las ciudades
mandaban diputados a las cortes. Jaime el Justo, o el Conquistador,
alcanzó señaladas victorias sobre los Árabes, y conquistó
las Baleares y el reino de Valencia, al cual dio un código
en lemosín (Costums de Valencia), basado en la legislación
romana. Pedro III de Aragón pretendió el trono de Sicilia,
y estuvo en guerra con Felipe el Atrevido, rey de Francia;
tuvo que conceder a la nación Privilegio General, por el
cual se comprometía a no quitar a ningún vasallo su feudo,
sin previo juicio; ningún vasallo podía ser obligado a combatir
fuera del reino, y el rey no podía, sin el consentimiento
de las Cortes, hacer la guerra ni levantar impuestos. Así,
pues, el rey fue poco a poco reducido a una simple representación,
mientras todo lo podía el justicia, magistrado que por sí
solo y con los barones zanjaba todas las controversias de
los feudatarios y fallaba en las causas reservadas al rey.
Después que Pedro IV hubo abolido el gran privilegio, adquirió
aún mayor fuerza el justicia, como único abrigo contra el
poder real; podía llamar a sí cualquier causa incoada ante
otro tribunal, garantizando los efectos de la condena impuesta
por este los bienes de los que recurrían a su asistencia.
Hemos señalado las constituciones de los diferentes reinos
españoles, porque de ellas se deriva el carácter actual
de los Españoles, vigoroso, altanero e independiente.
Portugal
Enrique
de Borgoña, que había acudido en auxilio de Alfonso I de
Castilla, obtuvo el título de conde de Portugal, y su hijo
Alfonso Enríquez fue proclamado rey de aquel país; puso
su reino bajo el patrocinio de Nuestra Señora de Clairvaux,
y tomó por escudo las cinco llagas y los treinta dineros
de la pasión de Cristo. En Lamego se reunieron las primeras
Cortes, que dieron la Constitución del reino, declarándolo
hereditario de varón a varón.
1095 – 1139
La
nobleza portuguesa no tenía por fundamento la conquista
ni el feudalismo, sino el valor y la lealtad. El pacto entre
la nación y el rey no debía ser modificado sino por acuerdo
de ambas partes contratantes. En un reinado de 46 años,
Alfonso conquistó a Lisboa, extendió su territorio, contó
con la amistad del clero y de Roma, y fundó la Orden del
Santo Cristo para los caballeros que le ayudaron en sus
empresas.
Sus
descendientes más de una vez disgustaron al clero; en tanto
se sometieron los Algarbes; en Lisboa se acostumbraron los
nobles a una vida menos tosca que la de los castillos, y
la lengua conservó el sello árabe.
150.- Prusia. Livonia. Caballeros Teutónicos
1158 – 1204 – 1230 – 1254
Cruzada
puede llamarse también la historia de Prusia. En este país
poco conocido, se encuentran, hacia el año mil, los Brucsos,
o Prucsos, mercaderes de Bremen; arrojados por una tempestad
a la embocadura del Duna en el Báltico, encontraron una
población salvaje, que llevaba los nombres de Livos, Letones,
Wendos, Curones, Semigalos y Estonios, de los cuales tomaron
el nombre las provincias de aquella región. San Adalberto,
arzobispo de Praga, fue a predicar allí el Evangelio, pero
fue muerto por aquella gente apegadísima a sus ídolos; después
de lo cual fueron a convertirlos con la fuerza los Daneses
y los emperadores de Alemania, Alberto de Appeldern (Albert
von Appeldern) , ayudado del emperador Felipe, pudo
establecer allí su obispado, fabricó fortalezas, distribuyó
a los señores tudescos las tierras conquistadas, y fundó
la Orden de los Porta-espadas, que no tardó en tener fortalezas
y dominios, y conquistó la Estonia. El cisterciense Cristián
introdujo el cristianismo en Prusia. Los Hermanos de la
milicia de Cristo, instituidos por él para combatir a los
idólatras, fueron exterminados por éstos. Entonces se juzgó
más conveniente llamar de Palestina a los Caballeros Teutónicos
que ya poseían tierras en Alemania. Hermann von Salza ,
su gran maestre, acudió y tuvo todos los terrenos quitados
a los idólatras. El primer maestre provincial, Hermann von
Balk , hizo guerra a muerte a los Prusianos. Fueron
llamados colonos pacíficos y guerreros cruzados, que a la
vez levantaron ciudades y destruyeron a los enemigos. Así
fueron fundadas Thorn, Culm, Marienwerder y Elbing. Los
Porta-espadas vinieron a ser una parte de la Orden Teutónica.
Cuando los Teutónicos tuvieron que defender a su país de
los Mongoles, los Prusianos se alzaron en armas para recobrar
su independencia, mataron a cuantos Alemanes cayeron en
sus manos, y al fin se concertó una paz entre los naturales
y la Orden. Riga fue metrópoli de una federación de varios
dominadores, entre los cuales figuraba la Orden en primer
lugar; el arzobispo de Riga poseía parte del país, y parte
el rey de Dinamarca. La región situada al norte del Pregel,
consagrada a los antiguos dioses, fue pasada a sangre y
fuego, y en ella fue fundada Köningsberg. La Lituania rechazó
largo tiempo al cristianismo; pero al fin la Orden realizó
la conquista de la Prusia desde el Memel hasta el Vístula.
Los caballeros Teutónicos hacían emanar su derecho de concesiones
del Papa y del emperador germánico; redujeron a siervos
a los antiguos propietarios, que recobraban la libertad
con el bautismo. Se formó después una alta nobleza (Witinga),
que debía servicios militares a la Orden; seguían los poseedores
libres, exentos de prestaciones personales; la tercera clase
eran los poseedores de campos regidos por el
151.-Hungría
1077 – 1217 – 1301
La
estirpe de Arpad reinaba en Hungría y prestaba homenaje
al Papa. Ladislao restableció la paz interior y conquistó
la Esclavonia y la Dalmacia; alcanzó muchas victorias, acompañadas
de milagros, por los cuales es venerado como Santo. Su hijo
Koloman I, que le sucedió, se tituló además rey de la Croacia
y de la Dalmacia, y dio un código favorable al clero. Sus
sucesores tuvieron guerras con los Venecianos y tomaron
parte en las Cruzadas, principalmente Andrés, padre de la
buena santa Isabel; dio este al país la Bula de oro, constitución
donde confirmaba los derechos de los nobles, dispensados
de servicios militares y de contribuciones, aunque sin su
consentimiento, y poseedores del derecho de rebelarse si
el rey faltaba a los pactos, lo cual legalizaba la anarquía.
Su hijo Bela IV trató de mortificar a los nobles; asediado
por los Mogoles, vanamente solicitó el auxilio de Alemania
y del Papa, y presenció el espectáculo de 100 mil húngaros
degollados, y desolado el país por espacio de dos años,
al cabo de los cuales se retiraron los Mogoles y Bela recuperó
el reino. Pero sus sucesores se agitaron en guerras y disensiones,
hasta que con Andrés III concluyó la estirpe de Arpad, que
en tres siglos había dado 23 monarcas a la Hungría.
152.- Inglaterra y Escocia
1119 – 1214 - Carta Magna – 1215
A
Ricardo Corazón de León sucedió Juan Sin Tierra, pero fue
rechazado por los vasallos del Anjou, del Maine y de la
Turena, y acosado por Felipe Augusto de Francia, que quería
arrebatarle aquellos feudos, favoreciendo al pretendiente
Arturo. Juan era odiado de su pueblo y reprobado por Inocencio
III, y para dar ocupación a la nobleza, la conducía a devastar
a la Escocia, la Irlanda y el país de Gales; y llegó al
extremo de prometer hacerse Mahometano, si los Almohades
le auxiliaban. Después de la batalla de Bouvines, volvió
descoronado a Inglaterra, y el arzobispo de Canterbury exhortó
a los descontentos señores para que consolidaran sus derechos,
lo que obtuvieron con la Carta Magna, la famosa constitución
inglesa que dura todavía. El rey prometía no violar los
derechos de nadie, reintegrar la justicia según las costumbres
anglo-sajonas y normandas; nadie podía ser juzgado sino
por sus iguales; no sería negada ni diferida la justicia;
eran inviolables los bienes y las personas, y determinadas
las prestaciones de los feudatarios; ningún tributo ni servicio
sería reclamado sin el consentimiento de los grandes; el
clero gozaría de libertad de elección y jurisdicción propia.
En
cambio el rey obligaba a los nobles a no exigir más que
impuestos regulares, a dejar al pueblo la libertad de viajar
y de asociarse, y a que hiciesen participes al pueblo de
todos los derechos que ellos obtuviesen del rey. El rey
trató de abolir o mermar aquellos privilegios, por cuyo
motivo los nobles ofrecieron la corona a Luis, hijo de Felipe
Augusto; pero no tardaron en mirarle con enojo, y pusieron
en su lugar a Enrique, hijo de Juan, quien en el transcurso
de treinta y seis años de agitadísimo reinado, confirmó
la Carta para obtener paz y dinero, y atentó nuevamente
a los derechos, dando lugar a guerra abierta, dirigida por
Simón de Monfort; los barones se sometieron al arbitraje
de San Luis, pero pronto volvieron a las armas. Su hijo
Eduardo organizó la justicia con los Primeros Estatutos
de Westminster; asumió el nombramiento de los conservadores
de la paz, e instituyó un tribunal que recorriese el reino
castigando a los prevaricadores. Recurrió a extraños expedientes
para procurarse dinero, pero de esto nació la aclaración
del código nacional.
Asociaciones mutuas
El
país había sido dividido en feudos por Guillermo el Conquistador.
Los poseedores de aquellos feudos se reunían en parlamento;
pero en vez de hacer que éste juzgase todas las causas,
Enrique II había instituido tribunales ambulantes, destinados
a examinar las cuentas y la conducta de los oficiales, y
a reparar los daños causados al Fisco. Entonces muchas ciudades
se constituyeron en Comunes con el objeto de reprimir el
predominio de los barones, y tenían que mandar al parlamento
diputados que informasen sobre las cantidades que podía
pagar cada ciudad. Esta diputación era un agravio para los
burgueses; pero estos se acostumbraron así a hablar con
los señores, a ponderar sus recursos, a medir las contribuciones,
y de esto pasaron a examinar los derechos del rey, y por
último a participar en la facultad legislativa. Como Eduardo
no cesaba de pedir dinero, los señores obligaron al príncipe
heredero a reconfirmar la Carta Magna, con la añadidura
de que el rey no pudiese levantar impuestos sin previo asentimiento
de prelados, condes, barones, caballeros y otros hombres
libres. De este modo, hasta la propiedad quedaba asegurada.
La libertad individual estaba asegurada por las asociaciones
de cien personas (hundred), que se la garantizaban mutuamente;
de esta mutua garantía nació el espíritu público inglés,
que comprende la obligación de conocer los derechos propios
y ajenos, exigir buena administración de los magistrados
y facilitar el mantenimiento del buen orden. De las asociaciones
mutuas, se originó también el gran jurado, en virtud del
cual no se puede procesar a nadie sin que antes doce de
sus iguales declaren que hay lugar a la formación de causa.
Desde
entonces los Ingleses conservaron celosamente la Carta,
poniendo en juego la lógica más sutil para deducir las últimas
consecuencias de aquel código, no con ayuda de teorías,
sino de hechos, y ateniéndose a la letra estricta, aunque
respetando los usos de cada país. Una ley común abrazaba
a vencedores y vencidos, puesto que ningún noble se sustraía
al jurado ordinario, a las contribuciones y a la pena infamante,
excepción hecha de los pares, considerados como legisladores.
El país de Gales
Por
esto se llamó a Eduardo el Justiniano de Inglaterra; pero
hizo aquellas concesiones muy a pesar suyo. Eduardo sometió
al país de Gales donde se habían refugiado los Cambrios;
David Brucio, que excitó a la resistencia, cayó prisionero
y fue descuartizado; perseguidos los Bardos y reducido el
país a formas inglesas, se dio al heredero de la corona
el título de príncipe de Gales.
Escocia – 1202 – William Wallace – 1305
En
Escocia, los montañeses se negaron siempre a la obediencia,
viviendo en clanes que derivaban su título de un jefe, al
cual hacían remontar su origen antiguo. Sus reyes dominaron
desde 838 hasta 1286; luego trece pretendientes se comprometieron
con el rey Eduardo, quien se decidió a favor de John Balliol,
rey de Escocia (1292-1296) . Habiéndose rebelado este,
Eduardo sometió a la Escocia, donde hizo destruir los monumentos,
los papeles de los archivos y los sellos. Muchos habitantes
se refugiaron en las selvas; Guillermo Wallacio supo hacerlos
triunfar de los 100 mil soldados mandados por Eduardo, y
se mantuvo largo tiempo, hasta que fue vendido y ajusticiado
en Londres. Roberto Brucio sostuvo aún la independencia,
y derrotó a las tropas de Eduardo II; Eduardo III concedió
la paz, reconociendo a Brucio. Pronto se reanimó la lucha,
y duró hasta que la corona pasó a Roberto II Estuardo.
153.- Idiomas y literatura
Era
el latín la lengua en que escribían los Occidentales, latín
barbarizado y alterado según los países, pero vehículo constante
de los conocimientos universales. Cada país, sin embargo,
hablaba distinto idioma, en el cual se hacían las canciones
populares y a veces los sermones. El latín escrito, participando
del hablado, introducía mayor análisis y el artículo y los
auxiliares en la conjugación de los verbos; abandonaba las
inflexiones según los casos, supliéndolas con las preposiciones,
hasta que se transmutaba en las lenguas modernas. Esto no
sucedió en tiempo determinado, ni menos por influencia de
los conquistadores, sino poco a poco, y a medida que se
constituían las naciones, cuando experimentaban la necesidad
de adoptar su propia lengua en los parlamentos, en los negocios
y en los escritos.
Entre
las lenguas neolatinas, apareció desde luego la provenzal,
en el Mediodía de Francia, y la adoptaron los poetas llamados
Trovadores. Sobre esta prevaleció empero la de la Corte,
que era la francesa, divulgada con las correrías de los
Normandos y las empresas de los Cruzados. La española se
formó antes de la invasión musulmana, modificando el latín
con el godo. Contracción de ella es el portugués, con mayores
aspiraciones árabes; atribúyense al rey Rodrigo ciertas
lamentaciones por la invasión musulmana. El valaco es un
resto de las colonias romanas estacionadas en las márgenes
del Danubio.
El
italiano vulgar se escribió más tarde, porque el latín se
consideraba como patrimonio nacional. Sin embargo, se hallan
vestigios de él en el año 900; y sufrió poco la influencia
de idiomas extranjeros, como lo prueba el hablarse con más
pureza en los países nunca invadidos, como Venecia y la
Toscana. Los dialectos, conservaron mayor parte de las lenguas
primitivas, anteriores no solo a la conquista romana, sino
a la inmigración indo-germana.
De
las lenguas teutónicas tenemos fragmentos en la Biblia traducida
por Ulfila, obispo godo de fines del siglo IV; se conservó
más pura que en ninguna parte en la Escandinavia, donde
sufrió menos mezclas extranjeras. De la fusión del teutónico
con el sajón nació el habla de la Alta Germania, la cual,
en tiempo de Federico I, se empleaba ya en actos oficiales,
si bien se usaba generalmente el latín. Cada cual empleaba,
aun escribiendo, el dialecto de su país, hasta que Lutero,
para la traducción de la Biblia adoptó el sajón, que pasó
a ser lengua nacional.
Dícese
que el antiguo germánico concuerda más que ningún otro con
el habla de los Países Bajos ; mientras que la mezcla
producida por Sajones, Francos y Frisones degeneró en el
holandés.
El
inglés formóse tarde, con elementos teutónicos y románicos;
los dialectos modernos corresponden a la antigua división
de los siete reinos. Los Normandos que invadieron la isla
continuaban hablando francés, que quedó como lengua del
gobierno, de los negocios y de los gentilhombres, hasta
que Eduardo III, hacia el año 1362, la sustituyó con el
inglés, a fin de separarse por completo de la Francia.
Hacia
Levante persistía el griego, que era estudiado también en
el resto de Europa como lengua literaria y eclesiástica.
La familia de los Comneno y de los Duca favoreció algo la
literatura griega; pero aparte de los cronistas, llamados
historiadores bizantinos, no podemos citar más que los poemas
ilíacos de Juan Tzetzés (1120-83), y la antología de Planude.
En algunos países se introducían palabras extranjeras y
nuevos modismos, se simplificó la conjugación mediante los
auxiliares y se perdió el infinitivo. El Skip de los Albaneses
tiene canciones anteriores a Skandërbeg .
El
eslavo, con sus dialectos, es hablado por 80 millones de
personas.
De
todas las lenguas de Europa se diferencian radicalmente
el vascongado, confinado hoy en la Vizcaya y Navarra, y
el finés de los Estonios y Lapones, del cual hasta hace
poco tiempo se creyó que derivaba el húngaro.
En
la Armenia se produjeron obras eclesiásticas y de controversia,
y sobresalieron algunos historiadores, como Mateo de Edesa,
y Vartan el Grande.
En
Europa, más que el griego se estudió el árabe, del cual
vertían al latín los clásicos griegos. No faltaron versificadores
latinos, ni cronistas. Enrique de Settimello adquirió gran
fama con sus cuatro libros De Diversitate fortunæ. La rima
daba realce a la tosca y rastrera bajeza de los versos leónicos,
llamados así por haberlos puesto en miso León, benedictino
de París, en 1190.
La
rima quedó en todos los idiomas nuevos, siendo los Provenzales
los primeros que la usaron en largas composiciones. Tenemos
ejemplos de versos italianos del siglo XII en Toscana y
en Sicilia, y sin citar a los poetas más antiguos, mencionaremos
a Guido de Arezzo, Guido Cavalcanti, Cino de Pistoya, Jacopone
de Tedi. En Francia, muchos trovadores componían canciones
y poemas románticos, entre los cuales adquirió celebridad
el Romance de la Rosa de Guillermo Lorris (1260) en 4555
versos, que Juan de Meun completó añadiendo 18000, con personajes
alegóricos.
En
España, usábase el vascuence en Navarra, el lemosín en Cataluña,
el castellano, el portugués, y también el árabe. El poema
más antiguo de la poesía española es el del Cid, 150 años
anterior al Dante. Favoreció mucho la lengua el canónigo
de Berceo con nueve poemas de asuntos sagrados. También
Alfonso X compuso cánticos sagrados y el Libro del Tesoro.
Pero la verdadera poesía española consiste en los romances,
baladas heroicas, efusión espontánea del valor nacional
y del espíritu caballeresco; ilíadas populares donde no
hay que buscar el arte. Los romances eran cantados por el
pueblo; de donde proviene que sean desconocidos los autores.
Los primeros tratan de la invasión de los Moros y del rey
Rodrigo; otros cantan a Carlomagno, y su derrota en Roncesvalles;
después del Cid, el héroe más celebrado por ellos es Bernardo
del Carpio; muchos cantan a los Siete Infantes de Lara,
y la musa, por lo común fiel a los reyes, sabe sin embargo
manifestar el descontento de los grandes, maldecir las crueldades
de Don Pedro, y aplaudir las venganzas de Enrique de Trastámara.
Cantó, en fin, la caída de los Moros, y entonces pareció
compadecerse de los vencidos, y esta compasión redundaba
no obstante en gloria de la nacionalidad redimida. Algunos
literatos imitaron el género popular, y compusieron poemas
basados en las tradiciones, como el de Amadís.
La
literatura alemana permaneció libre de toda imitación clásica.
Los Singer, Meister y Minnesinger componían y cantaban;
no eran agudos, líricos, sutiles, alambicados como los Trovadores
provenzales; eran graves, serios, altivos, y se ocupaban
menos de las Cortes que de las artes y oficios. Algunos,
sin embargo, se dedicaron a la poesía épica, como Enrique
de Valdeck, superado por Enrique de Ofterdingen y Walter
de Vogelweide, de quien dijo Goethe que era el poeta más
insigne que había producido Alemania. Otros imitaron romances
provenzales; celebraron a los héroes (Heldenbuch) Hermanrico,
Teodorico, Atila, y en el gran poema de los Niebelungen,
las luchas de los dioses y de los Borgoñones, con seres
fantásticos procedentes de antiguas tradiciones. Los que
han querido comparar los Niebelungen con la Ilíada, han
encontrado un poema semejante a la Odisea en la Gudruna,
llena de aventuras sumamente extrañas y de poderes sobrenaturales.
La
invasión francesa injertó en Inglaterra un vástago de civilización
romana en el tronco septentrional, encontrándose las formas
de los trovadores, o cantores provenzales, y las de los
cantores del Norte en aquel lenguaje mixto. La literatura,
pues, era toda francesa. Las canciones nacionales fueron
patrimonio del pueblo y de los bandidos, cuyo tipo fue Robin
Hood, como fue modelo de caballeros Ricardo Corazón de León.
Historia
Entre
los Musulmanes se distinguen el persa Anvero y Saadi (1175-1201).
Hubo otros historiadores sin crítica, que se copiaban unos
a otros. Mahomed, hijo de Ahmed, escribió las empresas de
Gelaleddin; las de los Mogoles fueron referidas por sus
vencedores Aladdin Afta Mulk y Abdallah Vassal el Azret.
Ebn Kaldun, de Túnez, narró más tarde (1352-1406) las hazañas
de aquellos tiempos.
En
Europa, la historia extendió su vuelo con la Cruzada, y
adquirieron fama como historiadores el inglés Paris, el
polaco Martin y el bibliotecario Anastasio. En las ciudades
italianas hubo muchos cronistas. En Francia historiaron
Villehardouin y Joinville. Se refirieron y coleccionaron
muchísimas leyendas de santos y milagros.
La
elocuencia debió ampliarse, no contentándose con el púlpito,
sino aplicándose además a los consejos y a los parlamentos.
154.- Bellas artes
También
las bellas artes participaron de los efectos producidos
por el despertar de la civilización; multiplicáronse los
edificios, a los cuales se aplicó un nuevo orden, el gótico.
Preténdese que éste fue una variación de la arquitectura
lombarda introduciendo el arco agudo, pero aún se discute
su origen. El arco agudo apareció aisladamente en diversos
puntos; se usaba mucho en Persia, de donde lo tomaron los
Árabes, pero no puede decirse que los nuestros lo tomasen
de ellos en las Cruzadas, porque tenemos ejemplos anteriores.
Inclina a creer que este orden tuvo principio entre los
Alemanes, el estilo de sus edificios que rematan en punta,
y el hecho de haberse abierto allí la logia principal de
los Francmasones que propagaban este estilo. Estas sociedades
se transmitían secretamente los métodos de construcción,
tenían una jerarquía y usaban como símbolos el martillo,
la escuadra, el nivel y el compás. De casi todos los grandes
edificios se ignora el primer arquitecto, lo que puede atribuirse
a un sentimiento de abnegación piadosa, o bien a la incuria
ignorante. En Italia pasa por el ejemplo más antiguo de
estilo gótico el sacro convento de Asís (1227) con su templo
en forma de tres edificios, uno encima de otro. Anteriores
son las construcciones normandas de Sicilia, a las cuales
siguieron las catedrales de casi todas las ciudades.
El
monumento gótico más antiguo que se encuentra en Alemania
es la iglesia de Friburgo, en Brisgovia, empezada hacia
el año 1130; el más suntuoso es la catedral de Colonia,
a la cual siguen las de Ulm, de Estrasburgo , de Espira
y de Viena. En Francia es admirada la Santa capilla de París,
pero se encomian más los edificios de la Normandía, desde
donde el gusto gótico pasó a Inglaterra. En España prevaleció
el estilo morisco, con su arco reentrante en forma de herradura,
y con profusión y riqueza de adornos. La mezquita de Córdoba
es de las más ricas que puedan verse, y son magníficos modelos
la Alhambra de Granada y la Giralda de Sevilla.
Las
catedrales italianas eran empezadas siempre con fe y entusiasmo,
pero la mayor parte quedaron sin concluir. Uníanse a ellas
hermosos claustros, otra belleza de aquellos tiempos, y
su interior estaba adornado con vidrios pintados y mausoleos.
Los nuevos gobiernos comunales o monárquicos premiaban a
los artistas, deseosos de embellecer las ciudades con obras
maestras de arte, como suelen serlo la catedral, el baptisterio ,
la torre y el palacio del Común. Adquirieron fama los arquitectos
Bono, de Lombardía; Marchión Aretino; Arnolfo de Lapo, que
dirigió en Florencia la arquitectura de Santa María de Fiore;
fray Ristoro, a quien se atribuye Santa María la Nueva;
Lorenzo Maitani, que erigió la catedral de Orvieto.
Todo
esto estaba adornado con pinturas, que huyendo de la dureza
bizantina se encaminaban a la verdad artística. Entre los
primeros pintores sobresalieron Margaritón de Arezzo, el
pisano Giunta, Buonagiunta de Luca, Buffalmacco, hasta llegar
a Cimabue (1240) quien si bien por respeto a los modelos
hacía las Vírgenes feas y desgraciadas, daba mucho mejor
aire a las otras cabezas que pintaba; sin embargo le superó
Giotto.
El
arte de los mosaicos no decayó nunca; Roma los tiene de
todas las épocas; pero entonces mejoraron. En la Edad Media
la escultura se aplicó principalmente a los bajo-relieves;
y dejando atrás las primeras tentativas de mejoramiento,
hallamos en Giunta de Pisa una buena escuela, donde se formaron
Nicolás y Juan. Se fundían metales, sobre todo para puertas
de iglesia; Andrés Pisano hizo las antiguas de San Juan
de Florencia. Es notable cómo fue general en los artistas
la inspiración religiosa, eligiendo asuntos sagrados con
piadosos emblemas. |