| ...Este
Tratado de la reforma del entendimiento, que le damos aquí
inconcluso, benévolo lector, lo escribió su autor
hace muchos años. Siempre alimentó la intención
de concluirlo; pero impedido por otras ocupaciones y arrebatado
finalmente por la muerte, no pudo llevar su obra al término
deseado,
...Como contiene, no obstante, muchas
cosas excelentes y útiles, que sin duda alguna serán
de mucho provecho para el investigador sincero de la verdad, no
hemos querido privarte de ellas; y para que no ignores y puedas
perdonar las oscuridades, rudezas e imperfecciones que aquí
y allá se encuentran, hemos redactado esta advertencia. Adiós.
1
...La
experiencia me enseñó que cuanto ocurre frecuentemente
en la vida ordinaria es vano y fútil; veía que todo
lo que para mí era causa u objeto de temor no contenía
en sí nada bueno ni malo, fuera del efecto que excitaba en
mi alma: resolví finalmente investigar si no habría
algo que fuera un bien verdadero, posible de alcanzar y el único
capaz de afectar el alma una vez rechazadas todas las demás
cosas; un bien cuyo descubrimiento y posesión tuvieran por
resultado una eternidad de goce continuo y soberano. Digo resolví
finalmente, porque a primera vista parecía insensato renunciar
a algo seguro por algo inseguro. Veía, por cierto, las ventajas
que nos procuran el honor y la riqueza y cuya persecución
debería abandonar si quería contraerme seriamente
a algún propósito nuevo; si la felicidad suprema residía
en ellos, debía renunciar a poseerla; y en el caso de que
no la contuvieran, el apego exclusivo a esas ventajas me la haría
perder igualmente. Se inquietaba mi alma por saber si acaso era
posible instituir una vida nueva, o cuando menos adquirir alguna
certeza respecto de ello, sin cambiar el orden antiguo ni la conducta
ordinaria de mi vida. Muchas veces lo intenté en vano. Pues
lo más frecuente en la vida, lo que los hombres, según
puede inferirse de sus acciones, consideran como el bien supremo,
se reduce, en efecto, a estas tres cosas: riqueza, honor y placer
sensual. Cada una distrae el espíritu de cualquier pensamiento
relativo a otro bien: en el placer el alma queda suspensa como si
descansara en un bien verdadero, lo que le impide en absoluto pensar
en otro bien; por otra parte, al goce sucede una tristeza profunda,
que, si no suspende el pensamiento, lo perturba y embota. La persecución
del honor y de la riqueza no absorbe menos el espíritu; especialmente
cuando la riqueza se la busca por sí misma, pues entonces
se la supone el bien supremo. El honor absorbe el espíritu
más exclusivamente aún porque siempre se le considera
como algo bueno en sí y como un fin último al que
se refieren todas las acciones.
...Además, el honor y la riqueza
no son seguidos de arrepentimiento, como sucede con el placer; por
el contrario, cuanto más poseemos de ellos, el gozo experimentado
acrece, de donde se deriva la constante excitación a aumentarlos;
y si algunas veces se frustra nuestra esperanza, sentimos extrema
tristeza. El honor, en fin, constituye un gran impedimento porque
para lograrlo es preciso vivir según la manera de ver de
la gente, es decir, huir de lo que ella huye y buscar lo que ella
busca. |