HIPIAS MENOR
De Platon
ÉUDICO,
SÓCRATES, HIPIAS
ÉUDICO. - Tú, Sócrates,
¿por qué guardas silencio tras esta exposición de Hipias que ha tratado de
tantas cosas, y no te unes a nuestra alabanza de lo tratado o refutas algo, si
crees que no ha sido bien dicho? Sobre todo, cuando nos hemos quedado solos los
que pretendemos especialmente interesarnos en emplear nuestro tiempo en la filosofía.
SÓCRATES. -Ciertamente,
Éudico, hay algunos puntos, de los que ahora Hipias ha hablado acerca de Homero,
sobre los que yo le preguntaría. En efecto, yo he oído decir a tu padre,
Apemanto, que la Ilíada era un poema
de Homero más bello que la Odisea, tanto
más bello, cuanto mejor era Aquiles que Odiseo.
Decía, en efecto, que los dos poemas habían sido compuestos, el uno en honor de
Odiseo, el otro en honor de Aquiles. Sobre este tema, si Hipias está dispuesto
a ello, me gustaría preguntarle qué piensa él de estos dos hombres, cuál de
los dos dice que es mejor, ya que nos ha expuesto otras muchas ideas de todo
tipo sobre los poetas y en especial sobre Homero.
ÉUD. -Es evidente que
Hipias no rehusará responderte, si le preguntas algo. ¿No es cierto, Hipias,
que si Sócrates te hace alguna pregunta, tú le responderás? ¿O qué harás?
HIPIAS. -Ciertamente,
Éudico, obraría yo de modo inconsecuente, si, yendo siempre desde Élide, mi
lugar de residencia, a Olimpia, a la fiesta solemne de los griegos, cuando se celebran las Olimpíadas,
allí en el santuario me ofrezco a ampliar, cuando alguien lo quiere, lo que he
preparado para mi exposición y a contestar a lo que cualquiera desee pregunta
me, y ahora evitara las preguntas de Sócrates.
Sóc. -Gozas de una
situación feliz, Hipias, si en cada Olimpiada entras en el santuario tan lleno
de confianza en la disposición de tu espíritu para la sabiduría. Me causaría
extrañeza que alguno de los atletas de ejercicios corporales entrara allí para
luchar tan confiado y seguro en su cuerpo como tú aseguras que lo estás en tu
mente.
Hip. - Es natural,
Sócrates, que tenga esta confianza. En efecto, desde que he empezado a
concurrir a Olimpia, nunca he encontrado a nadie superior a mí en nada.
Sóc. -Dices bien Hipias.
Tu fama es una ofrenda de sabiduría para la ciudad de los eleos y para tus
padres. Pero, por otra parte, ¿qué nos dices de Aquiles y de Odiseo? ¿Quién de
los dos dices que es mejor y por qué? Cuando estábamos ahí dentro muchos y tú
estabas haciendo tu exposición, perdí un poco tus palabras. No me atreví a
preguntar porque había mucha gente y para no interrumpir tu discurso
preguntando. Ahora, puesto que somos unos pocos y me invita Éudico a
preguntarte, dinos y explícanos con claridad qué decías acerca de estos dos hombres.
¿Cómo los juzgas?
Hip. -Bueno, Sócrates,
quiero exponer aún con más claridad que antes lo que yo digo acerca de éstos y
de otros. En efecto, afirmo que Homero ha hecho a Aquiles el más valiente de
los que fueron a Troya, a Néstor el más sabio, y a Odiseo el más astuto.
Sóc. -¡Vaya, Hipias!
¿Podrías, por favor, no reírte de mí, si comprendo con dificultad lo que dices
y te pregunto repetidamente? Intenta contestarme afable y complacientemente.
Hip. -Sería vergonzoso,
Sócrates, que yo enseñe estas mismas cosas a otros y estime justo recibir dinero
por ello, y ahora, al ser preguntado por ti, no tuviera consideración y no
contestara tranquilamente.
Sóc. -Muy bien. En
efecto, yo, cuando decías que Homero había hecho a Aquiles el más valiente, me
parecía que entendía lo que decías, y también que había hecho a Néstor el más
sabio. Pero, cuando dijiste que el poeta había hecho a Odiseo el más astuto,
para decirte la verdad, no supe en absoluto qué querías decir. Por si partiendo
de aquí lo entiendo mejor, dime. ¿No ha hecho Homero a Aquiles astuto?
Hip. - En absoluto,
Sócrates, sino el más simple y veraz. Porque en las Súplicas, cuando hace que hablen entre ellos, dice Aquiles a Odiseo:
«Laertíada descendiente
de Zeus, Odiseo rico en recursos, es preciso decir las palabras directamente
como yo las llevaré a cabo y como pienso que se cumplirán. Es mi enemigo, como
las puertas del Hades, el que oculta en la mente una cosa y dice otra. Pero yo
voy a hablar tal como seré realizado.»
En estas palabras muestra
el modo de ser de cada uno de ellos, cómo Aquiles es veraz y simple, y Odiseo
es astuto y mentiroso. Hace, en efecto, que Aquiles dirija estas palabras a
Odiseo.
Sóc. -Ahora ya, Hipias,
es probable que entienda lo que dices. Según parece, llamas al astuto
mentiroso.
Hip. -Exactamente,
Sócrates; pues de esta condición ha hecho Homero a Odiseo en muchas partes de
la Ilíada y de la Odisea.
Sóc. -Luego, según
parece, para Homero una cosa era el hombre veraz, y otra distinta, pero no la
misma, el hombre mentiroso.
Hip. -¿Cómo no va a ser
así, Sócrates?
Sóc. - ¿Piensas tú lo
mismo, Hipias?
Hip. -Sin ninguna duda.
Sería extraño que no lo pensara.
Sóc. -Pues bien, dejemos
a Homero, puesto que es imposible preguntarle qué pensaba al escribir estos versos.
Pero tú, puesto que parece que aceptas su causa y que estás de acuerdo con lo
que afirmas que Homero dice, contesta conjuntamente en nombre de Homero y en
el tuyo.
Hip. -Así será, pero
pregunta con brevedad lo que quieras.
Sóc. -¿Dices que los mentirosos
son incapaces de hacer algo, como los enfermos, o bien que son capaces?
Hip. -Capaces, afirmo, y
en gran medida, para muchas cosas y especialmente para engañar a los hombres.
Sóc. - Según parece, los
astutos con arreglo a tus palabras, son capaces. ¿Es así?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿Los astutos son
engañadores por simplicidad e insensatez, o bien por malicia e inteligencia?
Hip. -Por malicia
especialmente y por inteligencia.
Sóc. -Luego son
inteligentes, según parece.
Hip. - Sí, por Zeus, y
mucho.
Sóc. -¿Siendo
inteligentes, no saben lo que hacen, o sí lo saben?
Hip. -Lo saben muy bien;
por eso obran mal.
Sóc. -Si saben lo que
saben, ¿son ignorantes o conocedores?
Hip. - Conocedores, en
efecto, al menos respecto a eso, a engañar.
Sóc. -Veamos, pues. Recapitulemos
lo que dices. ¿Afirmas que los mentirosos son capaces, inteligentes,
conocedores y hábiles para aquello para lo que son mentirosos?
Hip. - Lo afirmo,
ciertamente.
Sóc. -¿Los veraces y los
mentirosos son individuos distintos, incluso muy contrarios unos a otros?
Hip. -Eso digo.
Sóc. -Veamos; resulta
que, según tus palabras, los mentirosos son personas capaces y hábiles.
Hip. - Sin duda.
Sóc. -Cuando dices que
los mentirosos son capaces y hábiles, ¿acaso dices que son capaces, si quieren,
de engañar en aquello en lo que engañan, o bien que no son capaces?
Hip. -Que son capaces.
Sóc. -Para decirlo
sumariamente; los mentirosos son los capaces y hábiles para mentir.
Hip. -Sí.
Sóc. -Luego un hombre sin
capacidad para mentir e ignorante no podría ser mentiroso.
Hip. -Así es.
Sóc. -Así pues, es capaz
el que hace lo que quiere cuando quiere; no hablo de los impedidos por enfermedad
o causas semejantes. Tú eres capaz de escribir mi nombre cuando quieras; estas
situaciones son las que yo digo. ¿No llamas tú capaz al que es así?
Hip. - Sí.
Sóc. -Dime, Hipias: ¿no
eres tú experto en cuentas y en cálculo?
Hip. -Más que nadie,
Sócrates.
Sóc. -¿No es cierto que,
si alguien te preguntara qué cifra dan setecientos por tres, tú podrías, si
quisieras, decir la verdad sobre esto con rapidez y exactitud?
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - ¿Acaso porque eres
el más capaz y el más hábil en esto?
Hip. - Sí.
Sóc. -¿Acaso eres el más
hábil y el más capaz solamente, o también, el mejor, en lo que eres el más
capaz y el más hábil, en el cálculo?
Hip. -También el mejor,
Sócrates.
Sóc. -Tú podrías decir la
verdad sobre esto con la mayor capacidad. ¿No es así?
Hip. -Así lo pienso.
Sóc. -¿Y la mentira
acerca de estas mismas cosas? Respóndeme, Hipias, honrada y generosamente, como
hasta ahora. Si alguien te pregunta cuánto dan setecientos por tres, ¿serías
tú el que mintiera con más precisión y mantuviera la mentira sobre este punto,
si quisieras mentir y no responder nunca la verdad, o bien sería el ignorante
en cuentas el que si lo quisiera, podría mentir mejor que tú? ¿No es más
cierto que el ignorante, aun queriendo decir la mentira, muchas veces diría,
por azar, la verdad involuntariamente, a causa de no saber, y que tú, en
cambio, que eres sabio, si quisieras mentir, mentirías siempre del mismo modo?
Hip. -Así es, como tú
dices.
Sóc.-¿El mentiroso es
mentiroso respecto a las otras cosas, pero no respecto al número, y no podría
decir mentira al calcular?
Hip. -También, por Zeus,
respecto al número.
Sóc. -Por tanto, pongamos
este supuesto, Hipias, que un hombre puede ser mentiroso respecto al cálculo y
al número.
Hip. -Sí.
Sóc. -¿Quién sería este
hombre? ¿No es necesario que él tenga la condición de ser capaz de mentir, si
va a ser mentiroso, según tú convenías hace un momento? Pues, si te acuerdas,
dijiste que el incapaz de mentir no podría nunca ser mentiroso.
Hip. -Sí me acuerdo y así
se dijo.
Séc. -¿No es cierto que
hace un momento te has manifestado como el más capaz de mentir respecto a
cuentas?
Hip. -Sí, también se dijo
eso.
Sóc. -¿No eres tú también
el más capaz de decir la verdad respecto a cuentas?
Hip. -Ciertamente.
Sóc. -¿Luego un mismo
hombre es capaz de decir la mentira y la verdad respecto a cuentas? Éste es el
apto con respecto a ello, es el experto en cálculo.
Hip. -Si.
Sóc. -Respecto a cuentas,
Hipias, ¿quién será mentiroso sino el apto? En efecto, éste es también capaz;
éste es también veraz.
Hip. -Así parece.
Sóc. -¿Ves que, respecto
a esto, la misma persona es mentirosa y veraz y que no es mejor el veraz que el
mentiroso? En efecto, son la misma persona y no son totalmente contrarios, como
tú creías ahora mismo.
Hip. -No lo parecen,
partiendo de eso.
Sóc. -¿Quieres, entonces,
que lo examinemos en otro caso?
Hip. -Si es tu deseo.
Sóc. -¿Es cierto que tú
también eres experto en geometría?
HIp. -Ciertamente.
Sóc. -Bien. ¿No es
también así en geometría? Un mismo individuo, el geómetra, es el más capaz de
mentir y de decir la verdad respecto a las figuras.
Hip. - Sí.
Sóc. -¿Respecto a este
objeto es éste el experto o lo es algún otro?
Hip. - Ningún otro.
Sóc. -¿No es cierto que
el geómetra experto y sabio es el más capaz para estas dos cosas y que, si
alguien puede engañar con respecto a las figuras, es éste, el experto? En
efecto, éste es capaz, y el mal geómetra es incapaz de engañar. Por
consiguiente, no puede ser mentiroso el que no es capaz de mentir, según hemos
acordado.
Hip. -Así es.
Sóc. -Examinemos aún un
tercer caso, el del astrónomo, en cuya ciencia tú crees que eres más entendido
aún que en las anteriores. ¿Es así, Hipias?
Hip. - Sí.
Sóc. - ¿Acaso no es lo
mismo en astronomía?
Hip. - Es probable,
Sócrates.
Sóc. -Luego también en
astronomía, si alguien es mentiroso, el buen astrónomo lo será más; él es capaz
de mentir; no el incapaz, pues es ignorante.
Hip. -Así parece.
Sóc. -Por tanto, también
en astronomía la misma persona es mentirosa y veraz.
Hip. -Parece que sí.
Sóc. -Ea, Hipias, examina
libremente de esta manera todas las ciencias y mira si alguna es de otro modo.
Tú eres con mucho el hombre más sabio en la mayor parte de ellas, según te oí
yo ufanarte una vez en el ágora, en las mesas de los cambistas, cuando exponías
tu envidiable y gran sabiduría. Decías que en cierta ocasión te presentaste en
Olimpia y que era obra tuya todo lo que llevabas sobre tu cuerpo. En primer
lugar, que el anillo -por ahí empezaste- era obra tuya porque sabías cincelar
anillos; que también el sello era obra
tuya, y asimismo el cepillo y el recipiente del aceite que tú mismo habías
hecho, después decías que el calzado que llevabas lo habías elaborado tú mismo
y que habías tejido tu manto y tu túnica. Lo que les pareció a todos más
asombroso y muestra de tu mucha habilidad fue el que dijeras que habías trenzado
tú mismo el cinturón de la túnica que llevabas, que era igual a los más lujosos
de Persia. Además de esto, llevabas poemas, epopeyas, tragedias y ditirambos;
y en prosa habías escrito muchos discursos de las más variadas materias.
Respecto a las ciencias de que yo hablaba antes, te presentabas superando a
todos, y también, respecto a ritmos, armonías y propiedades de las letras, y a
otras muchas cosas además de éstas, según creo recordar. Por cierto, se me
olvidaba la mnemotecnia, invención tuya, según parece, en la que tú piensas que
eres el más brillante. Creo que se me olvidan otras muchas cosas. Pero, como
digo, poniendo la mirada en las ciencias que tú posees -muy numerosas- y en
las de otros, dime si, de acuerdo con lo convenido por ti y por mí, encuentras
alguna en la que el que dice la verdad y el que miente sean dos personas
distintas y no la misma persona. Examina esto en la clase de sabiduría que tú
quieras o de destreza o como te guste llamarlo; no la encontrarás, amigo,
porque no la hay. Con todo, dila tú.
Hip. -No puedo, Sócrates,
al menos por ahora.
Sóc. -Ni podrás, según
creo. Si yo digo la verdad, ¿tienes presente lo que resulta del razonamiento,
Hipias?
Hip. -No tengo muy en la
mente lo que dices, Sócrates.
Sóc. -Porque quizá ahora
no utilizas la mnemotecnia; sin duda, no lo crees necesario. Yo te lo recordaré.
¿Sabes que tú decías que Aquiles era veraz y Odiseo, mentiroso y astuto?
Hip. - Sí.
Sóc. -Te das cuenta de
que ahora han resultado ser la misma persona el mentiroso y el veraz, de manera
que si Odiseo era mentiroso, venía a ser también veraz; que si Aquíles era
veraz, también era mentiroso, y que no son diferentes ni contrarios estos
hombres, sino semejantes?
Hip. -Sócrates, tú
siempre trenzas razonamientos de este tipo; tomas separadamente lo más capcioso
de la argumentación, te aferras a ello, tratas el asunto en pedazos y no
discutes en su totalidad el tema del razonamiento. Pues, ahora, si tú quieres,
yo te demostraré con muchos testimonios y con razonamiento apropiado que Homero
ha hecho a Aquiles mejor que a Odiseo e incapaz de mentir; y que al otro, en
cambio, lo ha hecho falso, muy mentiroso e inferior a Aquiles. Por tu parte,
si quieres, contrapón discurso a discurso diciendo que Odiseo es mejor; así
éstos tendrán más elementos de juicio sobre quién de los dos habla mejor.
Sóc. -Hipias, yo no
discuto que tú seas más sabio que yo. Tengo siempre la costumbre, cuando
alguien habla, de prestarle mi atención, especialmente cuando el que habla me
parece sabio, y, en mi deseo de comprender lo que dice, averiguo, reexamino,
comparo lo que se dice, a fin de aprender. Si el que habla me parece de poco
valer, ni insisto en mis preguntas ni me intereso por lo que dice. En esto
reconocerás a los que yo considero sabios; encontrarás que soy insistente
sobre lo que dicen y que interrogo para aprender y sacar provecho. En efecto,
al hablar tú ahora me he dado cuenta de que en los versos que tú citabas,
mostrando que Aquiles se dirige a Odiseo como si éste fuera un charlatán, me
resulta extraño que tú tengas razón, porque Odiseo, el astuto, en niguna parte
aparece mintiendo, en cambio Aquiles se muestra astuto, como tú dices. En todo
caso, miente; habiendo dicho estos versos que tú citabas antes:
«Es mi enemigo como las puertas del Hades el que
oculta en la mente una cosa y dice otra»,
dice, poco después, que
no le convencerán Odiseo y Agamenón y que de ningún modo se quedará en Troya,
sino que:
«Mañana, dice él, tras haber hecho tos sacrificios a
Zeus y a todos los dioses, habiendo cargado bien las naves y haciéndolas
arrastrar
al mar, verás, si quieres y te interesa esto, navegar muy de mañana hacia el
Helesponto, rico en peces, mis naves y, en ellas, a mis hombres afanosos de
remar. Si el glorioso Enosigeo
nos concede buena navegación, al tercer día podría llegar yo a la fértil Ptía».
Incluso, antes de esto,
cuando injuriaba a Agamenón, dijo:
«Ahora me voy a ir a Ptía, puesto que es mucho mejor
ir a casa con las curvas naves; no pienso estar aquí sin honores y amontonar
para ti caudal y riqueza».
Tras haber dicho estas
palabras, las unas, en presencia de todo el ejército, las otras, ante sus
compañeros, en ninguna parte se le ve ni prepararse ni intentar echar las
naves al mar con la intención de regresar a su casa, sino que desprecia, con la
mayor tranquilidad, el decir la verdad. Así pues, Hipias, te preguntaba yo
desde el principio, porque no sabía a cuál de estos dos hombres había hecho
mejor el poeta, y porque consideraba que los dos eran excelentes y que es
difícil discernir quién de ellos era mejor en cuanto a verdad y engaño u otra
cualidad. En efecto, con relación a esto los dos eran casi iguales.
Hip. -No lo juzgas bien,
Sócrates. Es evidente que, cuando Aquiles no dice la verdad, no miente con premeditación,
sino involuntariamente, y que se ha visto obligado a quedarse y a prestar
auxilio a causa del revés del ejército; en cambio, cuando Odiseo no dice la
verdad, lo hace voluntariamente y con intención.
Sóc. -Me engañas, querido
Hipias, e imitas tú mismo a Odiseo.
Hip. -De ningún modo,
Sócrates. ¿Qué intentas decir y con respecto a qué?
Sóc. -Porque dices que
Aquiles no miente con intención, un hombre que según lo representa Homero,
además de hablar a la ligera, era tan charlatán e insidioso que incluso parece
sentirse superior a Odiseo en cuanto a que éste no se dé cuenta de que él dice
palabras vanas, y esto, hasta el punto de que se atreve a contradecirse delante
de Odiseo, sin que éste lo advierta. Odiseo, al menos, parece que le habla sin
darse cuenta de que Aquiles miente..
Hip. -¿Qué estás
diciendo, Sócrates?
Sóc. -¿No sabes que,
después de haber dicho a Odiseo que levaría anclas con la aurora, no le dice a
Ayante que levará anclas sino otra cosa distinta?
Hip. -¿En qué lugar?
Sóc. -Cuando dice:
«No me inquietaré por el sangriento combate hasta que
el hijo del prudente Príamo, el divino Héctor, llegue a las tiendas y a las
naves de los Mirmidones matando Argivos, e incendie con fuego las naves. Junto
a mi tienda y mi negra nave pienso contener a Héctor, aunque esté ansioso de
combate».
¿Acaso crees tú, Hipias,
que el hijo de Tetis,
educado además por el muy sabio Quirón,
era tan olvidadizo como para que él mismo, tras haber vituperado con la máxima
censura a los que hablan a la ligera, manifestara inmediatamente a Odiseo que
pensaba regresar y a Ayante que pensaba quedarse? ¿No crees que lo hizo
intencionadamete y creyendo que Odiseo era un hombre ingenuo al que él
superaría con esta habilidad y con no decir la verdad?
Hip. -No me parece a mí
así, Sócrates, sino más bien que dejándose llevar por su falta de doblez, dice
una cosa a Ayante y otra a Odiseo. En cambio, Odiseo, cuando dice la verdad, lo
hace con una intención, y lo mismo cuando miente.
Sóc.-Luego es mejor,
según parece, Odiseo que Aquiles.
Hip. -De ningún modo,
Sócrates.
Sóc. -¿Qué, entonces? ¿No
ha resultado antes que los que mienten voluntariamente son mejores que los que
lo hacen sin querer?
Hip. - ¿Cómo es posible,
Sócrates, que los que cometen injusticia voluntariamente, los que maquinan a
asechanzas y hacen mal intencionadamente sean mejores que los que no tienen
esa intención? Me parece que merece excusa quien comete injusticia o miente o
hace algún otro mal sin darse cuenta. También las leyes, por supuesto, son
mucho más severas con los que hacen mal o mienten intencionadamente, que con
los que lo hacen sin intención.
Sóc.-¿Ves tú, Hipias, que
digo la verdad al afirmar que yo soy infatigable en las preguntas a los que saben?
Es probable que no tenga más que esta cualidad buena y que las otras sean de
muy poco valor; en efecto, me extravío al buscar dónde están los cosas y no sé
de qué manera son. Una prueba de ello, suficiente para mí, es que, cuando
estoy con alguno de vosotros, los bien considerados por una sabiduría de la
que todos los griegos darían testimonio, se hace visible que yo no sé nada.
Pues, por así decirlo, no coincido en nada con vosotros; por tanto, ¿qué mayor
prueba de ignorancia existe que discrepar de los hombres que saben? En cambio,
tengo una maravillosa compensación que me salva: no me da vergüenza aprender,
sino que me informo, pregunto y quedo muy agradecido al que me responde y nunca
privé a nadie de mi agradecimiento, jamás negué haber aprendido algo haciendo
de ello una idea original mía. Al contrario, alabo como sabio al que me ha
enseñado, dando a conocer lo que aprendí de él. Y por cierto, tampoco ahora
estoy de acuerdo con lo que tú dices, sino que discrepo totalmente. Sé muy
bien que esto es por mi causa, porque soy como soy, para no decir de mí nada
grave. En efecto, Hipias, a mí me parece todo lo contrario de lo que tú dices;
los que causan daño a los hombres, los que hacen injusticia, los que mienten,
los que engañan, los que cometen faltas, y lo hacen intencionadamente y no
contra su voluntad, son mejores que los que lo hacen involuntariamente. Algunas
veces, sin embargo, me parece lo contrario y vacilo sobre estas cosas, evidentemente
porque no sé. Ahora, en el momento presente, me ha rodeado una especie de
confusión y me parece que los que cometen falta en algo intencionadamente son
mejores que los que lo hacen involuntariamente. Hago responsables del estado
que ahora padezco a los razonamientos precedentes, de manera que ahora, en
este momento, los que hacen cada una de estas cosas involuntariamente son
peores que los que las hacen intencionadamente. Así pues, hazme esta gracia y
no rehuses curar mi alma, pues me harás un bien mucho mayor librándome el alma
de la ignorancia que el cuerpo de una enfermedad. En todo caso, me anticipo a
decirte que no me vas a curar si tienes la intención de pronunciar un largo
discurso, pues no sería capaz de seguirte. En cambio, si estás dispuesto a responderme
como hasta ahora, me ayudarás mucho, y creo que tampoco te hará daño a ti. Es
justo que te llame en mi ayuda, hijo de Apemanto, pues tú me animaste a dialogar con Hipias. También
ahora tú, si Hipias no quiere responder, pídeselo por mí.
Éud. -Pero creo yo,
Sócrates, que Hipias no tiene necesidad de nuestro ruego. No iban por ahí las
palabras que nos anticipó, sino más bien hacia que no evitaría las preguntas
de nadie. ¿Es así, Hipias? ¿No es eso lo que decías?
Hip. -Sí, ciertamente. Pero, Éudico,
Sócrates siempre embrolla las conversaciones y parece como si tratara de
obrar con mala intención.
Sóc. -Mi buen Hipias, no
hago eso intencionadamente, pues sería sabio y hábil, según tus palabras, sino
que lo hago involuntariamente, de modo que perdóname. En efecto, tú dices que
se debe excusar al que hace daño involuntariamente.
Éud. -No lo hagas de otro
modo, Hipias, sino que, por nosotros y por las palabras que antes dijiste, contesta
a lo que te pregunte Sócrates.
Hip. -Responderé, puesto
que me lo pides tú. Bien, pregunta lo que quieras.
Sóc. -Deseo
vehementemente, Hipias, examinar lo que ahora hemos dicho: si son, en verdad,
mejores los que cometen faltas intencionadamente, que los que lo hacen
involuntariamente. Pienso que para este examen procederíamos adecuadamente de
este modo. Así pues, contéstame: ¿dices que hay algún corredor bueno?
Hip. -Sí, ciertamente.
Sóc. -¿Y malo?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿No es bueno el que
corre bien y malo el que corre mal?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿El que corre
despacio corre mal y el que corre deprisa corre bien?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿Luego en la
carrera y en el correr, la rapidez es lo bueno y la lentitud lo malo?
Hip. -¿Qué otra cosa va a
ser?
Sóc. -¿Quién es mejor
corredor, el que corre despacio intencionadamente o el que lo hace contra su
voluntad?
Hip. -El que lo hace
intencionadamente.
Sóc. -¿Correr no es hacer
algo?
Hip. -Lo es en efecto.
Sóc. -Si es hacer algo,
¿no es también ejecutar algo?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿El que corre mal
ejecuta esto en la carrera mal y de modo feo?
Hip. -Mal, con certeza.
Sóc. -¿El que corre
lentamente corre mal?
HiP. -Sí.
Sóc. -¿No es cierto que
el buen corredor ejecuta esto, que es malo y feo, intencionadamente, y el mal
corredor, involuntariamente?
Hip. -Así parece.
Sóc. -¿Luego en la
carrera el que ejecuta cosas mal hechas involuntariamente es peor que el que
las ejecuta voluntariamente?
Hip. -En la carrera, al
menos, sí.
Sóc. -¿Y en la lucha? ¿Es
mejor luchador el que cae voluntariamente, o el que cae involuntariamente?
Hip. -El que cae
voluntariamente, según parece.
Sóc. -¿Es peor y más feo
en la lucha caer, o derribar?
Hip. - Caer.
Sóc. -¿Luego también en
la lucha el que ejecuta actos malos y feos voluntariamente es mejor luchador
que el que los ejecuta involuntariamente?
Hip. -Así parece.
Sóc. -¿Y en todos los
otros ejercicios del cuerpo? ¿No es cierto que el mejor respecto al cuerpo es
capaz de realizar ambas clases de cosas, las fuertes y las débiles, las feas y
las bellas, de forma que, cuando en lo que concierne al cuerpo se realizan
cosas mal hechas, el mejor respecto al cuerpo las realiza voluntariamente, y
el peor involuntariamente?
Hip. -Parece que es así
en lo referente a la fuerza.
Sóc. -¿Y en cuanto a la
buena apariencia, Hipias? ¿No es propio del mejor cuerpo tomar las posturas
feas y malas voluntariamente, y es propio del peor cuerpo tomarlas
involuntariamente? ¿Cómo piensas tú?
Hip. - Así.
Sóc. -Luego también la
mala apariencia, cuando es voluntaria, proviene de la perfección del cuerpo, y
cuando es involuntaria, proviene de la imperfección.
Hip. -Así parece.
Sóc. -¿Qué dices respecto
a la voz? ¿Cuál dices que es mejor, la que desentona voluntariamente o la que
lo hace involuntariamente?
Hip. -La que desentona
voluntariamente.
Sóc. -¿Es inferior la que
desentona involuntariamente?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿Qué preferirías
tener, lo bueno o lo malo?
Hip. -Lo bueno.
Sóc. -¿Preferirías tener
unos pies que cojearan voluntariamente, o involuntariamente?
Hip. -Voluntariamente.
Sóc. -¿No es la cojera un
defecto y una mala apariencia?
Hip. - Sí.
Sóc. -¿Y la miopía, no es
un defecto de los ojos?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿Qué ojos querrías
tú poseer y tener contigo, aquellos con los que voluntariamente ves poco y con
estrabismo, o los ojos con los que esto sucede involuntariamente?
Hip. -Los ojos con los
que voluntariamente.
Sóc. -¿Luego consideras
tú que los órganos tuyos que trabajan mal voluntariamente son mejores que los
que lo hacen involuntariamente?
Hip. -Sí, son mejores.
Sóc. -Por tanto, una sola
afirmación abarca todo esto: no es deseable poseer, porque son malos, los
oídos, las narices, la boca y todos los órganos de los sentidos que trabajan
mal involuntariamente; en cambio, es deseable poseer, porque son buenos, los
que lo hacen voluntariamente.
Hip.-Así me lo parece.
Sóc. -¿Y el uso de qué
instrumentos es mejor, el de aquellos con los que se trabaja mal
voluntariamente o el de aquellos con los que se trabaja mal involuntariamente?
Por ejemplo, ¿es mejor un timón con el que se pilota mal sin quererlo o uno con
el que se hace mal queriéndolo?
Hip. -Aquel con el que se
hace mal queriéndolo.
Sóc. -¿No son lo mismo un
arco, una lira, una flauta y todas las demás cosas?
Hip. -Dices la verdad.
Sóc. -¿La condición
natural de un caballo con el que se cabalga mal voluntariamente es mejor que la
de aquel con el que se hace mal esto involuntariamente?
Hip. -Seguramente.
Sóc. -Entonces, es mejor.
Hip. -Sí.
Sóc. -Así pues, con un
caballo de buena condición se podría intencionadamente realizar las obras
propias de esta buena condición en sentido contrario; en cambio, con el de
mala condición natural se realizan éstas involuntariamente.
Hip. -Sin duda.
Sóc. -¿No sucede lo mismo
con la condición natural del perro y con la de todos los otros animales?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿Y qué, entonces?
¿El alma de un arquero es mejor si yerra el blanco voluntariamente, o si yerra
involuntariamente?
Hip. - Si yerra
voluntariamente.
Sóc. -¿Luego es ésta
mejor para el tiro al arco?
Hip. - Sí.
Sóc. -¿Entonces, el alma
que yerra involuntariamente es peor que la que yerra voluntariamente?
Hip. -Al menos, en el
tiro al arco.
Sóc. -¿Y en la medicina?
¿No es más conocedora de la medicina el alma que hace mal a los cuerpos
voluntariamente?
Hip. -Sí.
Sóc. -Luego, en este
arte, ésta es mejor que la que no lo hace voluntariamente.
Hip. -Sí, es mejor.
Sóc. -¿Qué, pues? Del
mismo modo lo es la más conocedora del arte de tocar la cítara y del arte de
tocar la flauta; y respecto a todas las artes y conocimientos, ¿no es mejor la
que voluntariamente hace las cosas mal y torpemente y comete errores, y es peor
la que hace esto involuntariamente?
Hip. -Así parece.
Sóc. -Pero, ciertamente,
preferiríamos como almas de los esclavos las que cometen errores y obran mal
voluntariamente, más bien que las que hacen esto involuntariamente, en la idea
de que son mejores para esto.
Hip. -Sí.
Sóc. -Y nuestra propia
alma, ¿no quisiéramos que fuera lo mejor posible?
Hip. -Sí.
Sóc. -¿No es cierto que
será mejor, si obra mal y comete errores voluntariamente, que si lo hace involuntariamente?
Hip. -Sería horrible,
Sócrates, que los que obran mal voluntariamente fueran mejores que los que
obran mal contra su voluntad.
Sóc. -Sin embargo, así
resulta de lo que hemos dicho.
Hip. -No, ciertamente,
para mí.
Sóc. -Yo creía, Hipias,
que también te parecía a ti así. Pero respóndeme de nuevo. ¿No es la justicia
una fuerza o una ciencia, o bien lo uno y lo otro juntos? ¿O no es necesario
que la justicia sea una de estas cosas?
Hip. -Sí es necesario.
Sóc. -¿No es cierto que,
si la justicia es una fuerza del alma, el alma más fuerte es más justa? En
efecto, un alma así nos ha resultado ser mejor, amigo mío.
Hip. -Si.
Sóc. -¿Y si es una
ciencia? ¿No es más justa el alma más sabia, y es menos justa la menos sabia?
Hip. -Así resulta.
Sóc. -¿No es cierto que
la más fuerte y la más sabia ha resultado ser mejor y más capaz de realizar
ambas cosas, lo bueno y lo malo, en cualquier actividad?
Hip. -Sí.
Sóc. -Luego cuando
realiza lo feo, lo realiza. voluntariamente por su fuerza y por su arte; esto
parece ser propio de la justicia: o bien lo bueno y lo malo, o una sola de
estas dos cosas.
Hip. -Parece que sí.
Sóc. -Y el cometer
injusticia es hacer mal, y no cometerla es hacer bien.
Hip. -Sí.
Sóc. -¿No es cierto que
el alma más fuerte, cuando comete injusticia, lo hace voluntariamente y la
mala, involuntariamente?
Hip. - Así parece.
Sóc. -¿No es un hombre
bueno el que tiene un alma buena, y es malo el que la tiene mala?
Hip. -Sí.
Sóc. -Luego es propio del
hombre bueno cometer injusticia voluntariamente y del malo, hacerlo involuntariamente,
si, en efecto, el hombre bueno tiene un alma buena.
Hip. -Pero, ciertamente,
la tiene.
Sóc. -Luego el que comete
errores voluntariamente y hace cosas malas e injustas, Hipias, si este hombre
existe, no puede ser otro que el hombre bueno.
Hi. -No me es posible
admitir eso, Sócrates.
Sóc. -Tampoco yo puedo
admitirlo, Hipias, pero necesariamente nos resulta así ahora según nuestro
razonamiento. Pero, como decía antes, yo ando vacilante de un lado a otro
respecto a estas cosas y nunca tengo la misma opinión. Y no es nada
extraño que ande vacilante yo y cualquier otro hombre inexperto. Pero el que
también vosotros, los sabios, vaciléis, esto es ya tremendo para nosotros, que
ni siquiera dirigiéndonos a vosotros vamos a cesar en nuestra vacilación.