PLATÓN
GORGIAS
CALICLES, SÓCRATES, QUEREFONTE, GORGIAS,
POLO
CALICLES – Así dicen que conviene llegar
a la guerra y al combate, Sócrates.
SÓCRATES – ¿Quizá nos hemos retrasado y,
como suele decirse, hemos llegado después de la fiesta?
CAL. – Y por cierto después de una
magnífica fiesta, pues hace un momento Gorgias ha disertado magistralmente
sobre muchas y bellas cuestiones.
SÓC. – Aquí tienes, Calicles, al
responsable de nuestro retraso, Querefonte, que nos ha obligado a detenernos
en el ágora.
QUEREFONTE – No importa, Sócrates, pues
yo lo remediaré; Gorgias es amigo mío y repetirá su exposición ante nosotros,
si te parece ahora o, si quieres, en otra ocasión.
CAL. – ¿Qué dices, Querefonte? ¿Desea
Sócrates oír a Gorgias?
QUER. –– Precisamente para eso hemos
venido.
CAL. – Pues entonces venid a mi casa
cuando queráis; Gorgias se aloja en ella y disertará ante vosotros.
SÓC. – Muy bien, Calicles; pero ¿estaría
dispuesto Gorgias a dialogar con nosotros? Porque yo deseo preguntarle cuál
es el poder de su arte y qué es lo que proclama y enseña. Que deje el resto de
su exposición para otra vez, como tú dices.
CAL. – Lo mejor es preguntarle a él
mismo, Sócrates, pues precisamente era éste uno de los puntos de su exposición;
nos invitaba ahora mismo a que cada uno
de los que aquí estamos le preguntara lo que quisiera y aseguraba que
contestaría a todo.
SÓC. – Dices bien, Querefonte,
pregúntale.
QUER. – ¿Qué debo preguntarle?
SÓC. – Qué es.
QUER. – ¿Qué quieres decir?
SÓC. – Por ejemplo, si hiciera calzado
respondería, sin duda, que es zapatero; ¿no comprendes lo que digo?
QUER. – Te comprendo y voy a
interrogarle. Dime, Gorgias, ¿es verdad lo que dice Calicles, que te ofreces
voluntariamente a contestar a lo que se te pregunte?
GORGIAS. – Es verdad, Querefonte; así lo
he proclamado hace un momento y sostengo que durante muchos años nadie me ha
presentado una cuestión nueva para mí.
QUER. – Entonces responderás con
facilidad, Gorgias.
GOR. – Puedes hacer una prueba de ello,
Querefonte.
POLO. – Por Zeus, Querefonte, si quieres
haz la prueba conmigo. Me parece que Gorgias está fatigado porque, hace poco,
ha tratado sobre muchas cosas.
QUER. – ¿Qué dices, Polo? ¿Crees que tú
contestas mejor que Gorgias?
POL. – ¿Qué importa si respondo suficientemente
a tus preguntas?
QUER. – No importa nada, pero, ya que es
tu deseo, contesta.
POL. – Pregunta.
QUER. – Ésta es mi pregunta. Si Gorgias
fuera conocedor del mismo arte que su hermano Heródico, ¿qué nombre apropiado
le daríamos? ¿No le daríamos el mismo que a aquél?
POL. – Sin duda.
QUER. – Así pues, nos expresaríamos con
propiedad llamándole médico.
POL. – Sí.
QUER. – Y si fuera experto en el mismo
arte en que lo es Aristofonte, hijo de Aglaofonte, o que el hermano de
Aristofonte, ¿qué nombre le daríamos para llamarle con propiedad?
POL. – Es evidente que pintor.
QUER. –– Pues, en este caso, ¿de qué arte
es conocedor y qué le llamaríamos para expresarnos rectamente?
POL. – Existen entre los hombres,
Querefonte, muchas artes elaboradas hábilmente partiendo de la experiencia.
En efecto, la experiencia hace que nuestra vida avance con arreglo a una norma;
en cambio, la inexperiencia la conduce al azar. De entre estas artes unos ejercen
unas y otros otras de modo distinto, y los mejores practican las más elevadas.
Entre estos últimos se encuentra Gorgias, que cultiva la más bella de las
artes.
SÓC. – Parece, Gorgias, que Polo está
bien preparado para pronunciar discursos, pero no cumple lo que prometió a
Querefonte.
GOR. – ¿Qué dices exactamente, Sócrates?
SÓC. – Me parece que no contesta
plenamente a lo que se le pregunta.
GOR. – Pues interrógale tú, si quieres.
SÓC. – No; me gustaría más preguntarte a
ti, si estás dispuesto a contestar. Pues, por lo que ha dicho, es para mí
evidente que Polo se ha ejercitado más en la llamada retórica que en dialogar.
POL. – ¿Por qué, Sócrates?
SÓC. – Porque al preguntarte Querefonte
qué arte profesa Gorgias, tú alabas este arte como si alguien lo atacara,
pero no respondes cuál es.
POL. – ¿Pues no he contestado que era la
más bella?
SÓC. – Sin duda; pero no se te preguntaba
cómo es el arte de Gorgias, sino cuál es y qué se debe llamar a Gorgias. Del
mismo modo que antes respondiste con exactitud y brevedad a los ejemplos que
te propuso Querefonte, dime también ahora cuál es el arte de Gorgias y qué
nombre debemos dar a éste. Pero, mejor aún, Gorgias, dinos tú mismo qué debemos
llamarte, en razón de que eres hábil en qué arte.
GOR. – En la retórica, Sócrates.
SÓC. – Así pues, hay que llamarte orador.
GOR. – Y buen orador, Sócrates, si
quieres llamarme lo que me ufano de ser, como decía Homero.
SÓC. – Sí quiero.
GOR. – Pues llámame así.
SÓC. –¿Debemos decir también que eres
capaz de hacer oradores a otros?
GOR. – Proclamo esto no sólo aquí, sino
también en otras partes.
SÓC. –¿Estarías dispuesto, Gorgias, a
continuar dialogando como ahora lo estamos haciendo, preguntando unas veces y
respondiendo otras, y a dejar para otra ocasión esos largos discursos de los
que Polo ha empezado a darnos una muestra? No dejes de cumplir lo que prometes
y dispónte a contestar con brevedad a las preguntas.
GOR. – Ciertamente, Sócrates, algunas
contestaciones requieren mayor amplitud; no obstante, intentaré responder con
la máxima brevedad. Precisamente es ésta también una de las cosas que afirmo:
que nadie sería capaz de decir las mismas cosas en menos palabras que yo.
SÓC. –Eso es lo que hace falta, Gorgias;
hazme una demostración de esto mismo, de la brevedad, y deja los largos
discursos para otra vez.
GOR. – Así lo haré y tendrás que decir
que no has oído a nadie expresarse con mayor concisión.
SÓC. – Veamos. Puesto que dices que
conoces el arte de la retórica y que podrías hacer oradores a otros, dime de
qué se ocupa la retórica. Por ejemplo, el arte de tejer se ocupa de la
fabricación de los vestidos, ¿no es así?
GOR. – Sí.
SÓC. –¿Y la música de la composición de
melodías?
GOR. – Sí.
SÓC. – Por Hera, Gorgias, que me admiran
tus respuestas, pues contestas con increíble brevedad.
GOR. – Creo, en efecto, Sócrates, que lo
hago muy acertadamente.
SÓC. – Tienes razón. Veamos; contéstame
también así respecto a la retórica, ¿cuál es el objeto de su conocimiento?
GOR. – Los discursos.
SÓC. – ¿Qué discursos, Gorgias? ¿Acaso
los que indican a los enfermos con qué régimen podrían sanar?
GOR. – No.
SÓC. – Entonces la retórica no se refiere
a todos los discursos.
GOR. – Desde luego que no.
SÓC. – Pero, sin embargo, capacita a los
hombres para hablar.
GOR. – Sí.
SÓC. – ¿Les capacita también para pensar
sobre las cuestiones de las que hablan?
GOR. – Pues ¿cómo no?
SÓC. ––¿No es verdad que la medicina, que
acabamos de nombrar, hace a los hombres capaces de pensar y hablar sobre la
curación de los enfermos?
GOR. – Necesariamente.
SÓC. – Luego también la medicina, según
parece, se ocupa de los discursos.
GOR. – Sí.
SÓC. –Por lo menos de los que se refieren
a las enfermedades.
GOR. – Exactamente.
SÓC. – ¿Y la gimnasia no se ocupa también
de los discursos que se refieren al buen o mal estado de los cuerpos?
GOR. – Desde luego.
SÓC. – Y, por cierto, también las demás
artes, Gorgias, están en la misma situación; cada una de ellas se ocupa de los
discursos que se refieren a su objeto.
GOR. – Eso parece.
SÓC. –¿Por qué, entonces, no llamas
retóricas a las demás artes, ya que también se refieren a discursos, si llamas
retórica a la que se ocupa de los discursos?
GOR. – Porque se podría decir que todo el
conocimiento de las demás artes se refiere a operaciones manuales y a otras
ocupaciones de esta clase; pero ninguna de estas obras manuales es propia de
la retórica, sino que en ella toda la actividad y eficacia se producen por
medio de la palabra. Por esta causa yo estimo que el arte de la retórica se
refiere a los discursos, y tengo razón, según afirmo.
SÓC. – No sé si entiendo bien qué cualidad
quieres atribuirle. Pronto voy a saberlo con más claridad. Contéstame: existen
artes, ¿no es verdad?
GOR. – Sí.
SÓC. – Entre todas las artes, según mi
opinión, hay unas en las que la actividad manual constituye la parte principal
y necesitan poco de la palabra, algunas de ellas no la necesitan en absoluto,
sino que podrían llevar a cabo su función en silencio, como la pintura, la
escultura y otras muchas. Me parece que dices que es con éstas con las que no
tiene relación la retórica. ¿No es así?
GOR. –– Sí, Sócrates; lo comprendes
muy bien.
SÓC. – Existen otras que ejercen toda su
función por medio de la palabra y, por así decirlo, prescinden de la acción
total o casi totalmente; por ejemplo, la aritmética, el cálculo, la geometría,
las combinaciones en los juegos de azar y otras muchas artes, en algunas de las
cuales la palabra y la acción son casi iguales; pero en la mayoría es la
palabra la que predomina e, incluso, solamente por medio de ella se lleva a
cabo su realización y eficacia. Me parece que dices que una de éstas es la
retórica.
GOR. – Así es.
SÓC. – Sin embargo, no creo que quieras
dar a ninguna de ellas el nombre de retórica, si bien literalmente has dicho
que la retórica es la que alcanza su eficacia por medio de la palabra, y se
podría argüir, si se quisiera sutilizar, «¿Luego dices que la aritmética es
retórica, Gorgias?» Pero yo no creo que tú llames retórica ni a la aritmética
ni a la geometría.
GOR. –– Crees bien, Sócrates, y
comprendes exactamente mi pensamiento.
SÓC. – Ea, completa ahora tu respuesta a
mi pregunta. Puesto que la retórica es una de las artes que se sirven
preferentemente de la palabra pero hay también otras en estas condiciones,
procura decir sobre qué objeto ejerce su eficacia la retórica por medio del
lenguaje. Por ejemplo, si sobre alguna de las artes de que ahora hablaba,
alguien me preguntara: «Sócrates, ¿qué es la aritmética?», le contestaría,
como tú ahora, que es una de las artes que produce su eficacia por medio de la
palabra. Si, continuando la pregunta, me dijera: «¿Sobre qué objeto?», le
contestaría que sobre lo par y lo impar y la cantidad de cada uno. Si
nuevamente me preguntara: «¿Qué es el cálculo?», le diría que también es una de
las artes que tienen toda su eficacia en la palabra, y si insistiera: «Sobre
qué objeto?», le respondería, como los que redactan las propuestas en la
asamblea, que en cuanto a lo demás es igual;la aritmética que el cálculo,
se refieren a lo mismo, a lo par y a lo impar; se diferencian solamente en que
el cálculo examina las relaciones de cantidad de lo par y lo impar respecto a
sí mismos y a unos con otros. Y si se me interrogara por la astronomía y, al
decir yo que también ésta ejerce toda su eficacia por medio de la palabra, se
me preguntara: «¿Sobre qué objeto se aplica el lenguaje de la astronomía,
Sócrates?», diría que sobre el curso de los astros, del sol y de la luna y
sobre la relación de velocidades de unos con otros.
GOR. – Tu contestación sería acertada,
Sócrates.
SÓC. –– Pues dala tú también,
Gorgias. La retórica es una de las artes que realizan toda su obra y son
eficaces por medio de la palabra; ¿es cierto?
GOR. –Así es.
SÓC. –Di sobre qué objeto; ¿cuál es,
entre todas las cosas, aquella de la que tratan estos discursos de que se sirve
la retórica?
GOR. – Los más importantes y excelentes
de los asuntos humanos.
SÓC. – Pero, Gorgias, también esa
respuesta es discutible y carece aún de precisión. Supongo que habrás oído
cantar en los banquetes ese escolio en el que, al enumerar los bienes humanos,
se dice que lo mejor es tener salud, lo segundo, ser hermoso, y lo tercero, como
dice el poeta del escolio, adquirir riquezas sin fraude.
GOR. –Sí, lo he oído; pero ¿por qué lo
citas ahora?
SÓC. – Porque si, por ejemplo, estuvieran
delante de ti los que profesan las artes que alabó el autor del escolio: el
médico, el maestro de gimnasia y el banquero, y, en primer lugar, dijera el
médico: «Sócrates, Gorgias te engaña; no es su arte el que procura el mayor
bien a los hombres, sino el mío», y yo le preguntara: «¿Qué eres tú, para
expresarte así», contestaría probablemente que médico. «¿Qué dices? ¿El
producto de tu arte es el mayor bien?» «¿Cómo no, Sócrates?, diría quizá. ¿Hay
algún bien mayor para el hombre que la salud?» Si después de éste, el maestro
de gimnasia dijera: «También a mí me causaría sorpresa, Sócrates, que Gorgias
pudiera demostrarte que su arte produce un bien mayor que el mío»; igualmente
preguntaría yo a éste: «¿Qué eres, amigo, y qué obra realizas?» «Maestro de
gimnasia, diría, y mi obra consiste en dar a los cuerpos fuerza y belleza.»
Después del maestro de gimnasia, el banquero, con gran desprecio para todos
los demás, según yo creo, diría: «Examina, Sócrates, si encuentras en Gorgias o
en cualquier otro un bien mayor que la riqueza.» Le diríamos: «Es que tú eres
el artífice de la riqueza?» Contestaría afirmativamente.«¿Qué eres?»
«Banquero.» «¿Crees que el mayor bien para los hombres es la riqueza?» «¿Cómo
no?», respondería. Nosotros le diríamos: «Pues aquí tienes a Gorgias que afirma,
contra lo que tú dices, que su arte es causa de un bien mayor que el tuyo.» Es
evidente que después de tal afirmación él preguntaría: «¿Qué bien es ése? Que
conteste Gorgias». Pues bien, Gorgias, piensa que ellos y yo te hacemos esta
pregunta y contéstanos: ¿Cuál es ese bien que, según dices, es el mayor para
los hombres y del que tú eres artífice?
GOR. – El que, en realidad, Sócrates, es
el mayor bien; y les procura la libertad y, a la vez permite a cada uno dominar
a los demás en su propia ciudad.
SÓC. – ¿Qué quieres decir?
GOR. – Ser capaz de persuadir, por medio
de la palabra, a los jueces en el tribunal, a los consejeros en el Consejo,
al pueblo en la Asamblea y en toda otra reunión en que se trate de asuntos
públicos. En efecto, en virtud de este poder, serán tus esclavos el médico y el
maestro de gimnasia, y en cuanto a ese banquero, se verá que no ha adquirido la
riqueza para sí mismo, sino para otro, para ti, que eres capaz de hablar y
persuadir a la multitud.
SÓC. – Me parece, Gorgias, que ahora has
expuesto casi con exactitud lo que, según tú, es la retórica; y si te he
entendido bien, dices que es artífice de la persuasión y que toda su actividad
y el coronamiento de su obra acaban en esto. ¿Puedes decir que su potencia se
extiende a más que a producir la persuasión en el ánimo de los oyentes?
GOR. – A nada más, Sócrates; me parece
que la has definido suficientemente; éste es, en efecto, su objeto
fundamental.
SÓC. – Escucha, pues, Gorgias. Es
preciso, sin duda, que sepas que si hay alguien que al dialogar quiera conocer
exactamente el objeto sobre el que se discute, yo estoy persuadido de que soy
uno de ellos. Creo que tú también eres así.
GOR. – ¿Por qué lo dices, Sócrates?
SÓC. – Voy a explicártelo. Debo
advertirte que yo no sé claramente cuál es, en realidad, la persuasión que, según
tú, produce la retórica, ni sobre qué objetos, aunque sospecho a qué persuasión
te refieres y sobre qué. No obstante, voy a preguntarte qué clase de
persuasión produce, a tu juicio, la retórica y sobre qué cosas. ¿Por qué, suponiéndolo,
te interrogo en lugar de decirlo yo mismo? No es por ti, sino por nuestra
conversación, para que avance de modo que nos aclare todo lo posible el objeto
sobre el que discutimos. Examina si te parece justo mi modo de interrogar; por
ejemplo: si te hubiera preguntado qué pintor es Zeuxis y me hubieras contestado
que es pintor de animales, ¿no tendría razón en volver a preguntar qué clase
de animales pinta y de qué modo?
GOR. – Sin duda.
SÓC. –¿Acaso porque también hay otros
pintores que pintan otras muchas especies de animales?
GOR. – Sí.
SÓC. – Pero si sólo Zeuxis los pintara,
¿no hubiera sido perfecta tu contestación?
GOR. – Evidentemente.
SÓC. – Pues di también, respecto a la
retórica, si tú crees que sólo ella produce la persuasión o también la producen
otras artes. Quiero decir que si el que enseña cualquier cosa consigue
convencer de lo que enseña o no.
GOR. – Sí que convence, Sócrates, y más
que nadie.
SÓC. – Volvamos de nuevo a las mismas
artes de que ahora hablábamos; ¿no nos enseñan la aritmética y el maestro de
ella todo lo que tiene relación con el número?
GOR. – Desde luego.
SÓC. – ¿No nos convencen también?
GOR. – Sí.
SÓC. –Así pues, también la aritmética es
artífice de la persuasión.
GOR. – Eso parece.
SÓC. – Y si se nos pregunta de qué
persuasión y sobre qué objeto, responderemos probablemente que de una
persuasión didáctica respecto a los números par e impar y a su cantidad.
También podremos demostrar que todas las demás artes de que ahora hablábamos
son artífices de la persuasión e indicar de qué persuasión y el objeto a que
ésta se refiere; ¿no es así?
GOR. – Sí.
SÓC. – Entonces la retórica no es el
único artífice de la persuasión.
GOR. – Es cierto.
SÓC. – Puesto que no es la única que
produce este efecto, sino que también otras lo producen, estaría justificado,
como en el caso del pintor, que al llegar a este punto siguiéramos preguntando
a nuestro interlocutor: «¿Qué persuasión produce la retórica y sobre qué
objeto?» ¿No te parece justificada esta nueva pregunta?
GOR. – Sí me lo parece.
SÓC. – Pues contéstala, Gorgias, ya que
también a ti te parece así.
GOR. – Yo me refiero, Sócrates, a la
persuasión que se produce en los tribunales y en otras asambleas, según decía
hace un momento, sobre lo que es justo e injusto.
SÓC. – Ya suponía yo que era ésta y sobre
esto la persuasión de que tú querías hablar, Gorgias; pero te he interrogado
a fin de que no te cause extrañeza aunque a continuación te pregunte algo que
parece evidente y, sin embargo, insista yo sobre ello. Repito que lo hago así
no por ti, sino para que la discusión
llegue a su término ordenadamente y no nos acostumbremos a anticipar, por
meras conjeturas, los pensamientos del otro, y, asimismo, para que puedas
desarrollar hasta el fin tu pensamiento como quieras, con arreglo a tus propias
ideas.
GOR. –Me parece muy bien tu
procedimiento, Sócrates.
SÓC. –Continuemos; vamos a examinar lo
siguiente: ¿Existe algo a lo que tú llames saber?
GOR. – Sí.
SÓC. –¿Y algo a lo que llames creer?
GOR. – También.
SÓC. –Te parece que saber y creer son lo
mismo o que son algo distinto el conocimiento y la creencia?
GOR. – Creo que son algo distinto,
Sócrates.
SÓC. –Así es; lo comprobarás por lo
siguiente. Si te Preguntaran: «¿Hay una creencia falsa y otra verdadera,
Gorgias?», contestarías afirmativamente, creo yo.
GOR. –Sí.
SÓC. – Pero ¿existe una ciencia falsa y
otra verdadera?
GOR. – En modo alguno.
SÓC. –Luego es evidente que no son lo
mismo.
GOR. – Es cierto.
SÓC. – Sin embargo, los que han adquirido
un conocimiento y los que tienen una creencia están igualmente persuadidos.
GOR. –Así es.
SÓC. – Si te parece, establezcamos, pues,
dos clases de persuasión: una que produce la creencia sin el saber; otra que
origina la ciencia.
GOR. – De acuerdo.
SÓC. – ¿Cuál es, entonces, la persuasión
a que da lugar la retórica en los tribunales y en las otras asambleas respecto
a lo justo y lo injusto? ¿Aquella de la que nace la creencia sin el saber o la
que produce el saber?
GOR. – Es evidente, Sócrates, que aquella
de la que nace la creencia.
SÓC. –Luego la retórica, según parece, es
artífice de la persuasión que da lugar a la creencia, pero no a la enseñanza
sobre lo justo y lo injusto.
GOR. – Sí.
SÓC. – Luego tampoco el orador es
instructor de los tribunales y de las demás asambleas sobre lo justo y lo
injusto, sino que únicamente les persuade. En efecto, no podría instruir en
poco tiempo a tanta multitud sobre cuestiones de tan gran importancia.
GOR. – Claro que no.
SÓC. – Veamos, pues, lo que realmente estamos
diciendo respecto a la retórica, porque ni yo mismo puedo hacerme una idea
clara de lo que digo. Cuando en la ciudad se celebra una asamblea para elegir
médicos o constructores de naves o cualquier otra clase de artesanos, ¿no es
cierto que, en esa ocasión, el orador no deberá dar su opinión? Porque es
evidente que en cada elección se debe preferir al más hábil en su oficio.
Tampoco dará su consejo cuando se trate de la construcción de murallas o del
establecimiento de puertos o arsenales, porque entonces lo darán los
arquitectos. Menos aún cuando se delibere sobre la elección de generales, sobre
el orden de batalla contra los enemigos o sobre la captura de algún puesto; en
este caso serán los expertos en la guerra los que darán su consejo, y no los
oradores. ¿Qué dices a esto, Gorgias? Puesto que afirmas que tú eres orador y
capaz de hacer oradores a otros, conviene conocer de ti lo concerniente a tu
arte. Piensa que ahora yo me preocupo por tus intereses, pues quizá algunos de
los presentes desea ser tu discípulo ––supongo que incluso son muchos––, pero
tal vez no se atreven a interrogarte. Así pues, considera, al ser preguntado
por mí, que son también ellos los que te preguntan: «¿Qué provecho
obtendremos, Gorgias, si seguimos tus lecciones? ¿Sobre qué asuntos seremos
capaces de aconsejar a la ciudad? ¿Sólo sobre lo justo y lo injusto o también
sobre lo que ahora decía Sócrates?» Así pues, procura darles una contestación.
GOR. – Pues bien, voy a intentar,
Sócrates, descubrirte, con claridad toda la potencia de la retórica; tú mismo
me has indicado el camino perfectamente. Sabes, según creo, que estos
arsenales, estas murallas de Atenas y la construcción de los puertos proceden,
en parte, de los consejos de Temístocles, en parte, de los de Pericles, pero
no de los expertos en estas obras.
SÓC. – Eso es, Gorgias, lo que se dice
respecto a Temistocles; en cuanto a Pericles, yo mismo le he oído cuando nos
aconsejaba la construcción de la muralla intermedia.
GOR. – Y observarás, Sócrates, que,
cuando se trata de elegir a las personas de que hablabas ahora, son los
oradores los que dan su consejo y hacen prevalecer su opinión sobre estos
asuntos.
SÓC. –Por la admiración que ello me
produce, Gorgias, hace tiempo que vengo preguntándote cuál es, en realidad,
el poder de la retórica. Al considerarlo así, me parece de una grandeza
maravillosa.
GOR. – Si lo supieras todo, Sócrates,
verías que, por así decirlo, abraza y tiene bajo su dominio la potencia de
todas las artes. Voy a darte una prueba convincente. Me ha sucedido ya muchas
veces que, acompañando a mi hermano y a otros médicos a casa de uno de esos
enfermos que no quieren tomar la medicina o confiarse al médico para una
operación o cauterización, cuando el médico no podía convencerle, yo lo
conseguí sin otro auxilio que el de la retórica. Si un médico y un orador van a
cualquier ciudad y se entabla un debate en la asamblea o en alguna otra reunión
sobre cuál de los dos ha de ser elegido como médico, yo te aseguro que no se
hará ningún caso del médico, y que, si él lo quiere, será elegido el orador.
Del mismo modo, frente a otro artesano cualquiera, el orador conseguiría que
se le eligiera con preferencia a otro, pues no hay materia sobre la que no
pueda hablar ante la multitud con más persuasión que otro alguno, cualquiera
que sea la profesión de éste.
Tal es la potencia de la retórica y hasta
tal punto alcanza; no obstante, Sócrates, es preciso utilizar la retórica del
mismo modo que los demás medios de combate. Por el hecho de haberlos aprendido,
no se deben usar contra todo el mundo indistintamente; el haber practicado el
pugilato, la lucha o la esgrima, de modo que se pueda vencer a amigos y
enemigos, no autoriza a golpear, herir o matar a los amigos. Pero tampoco, por Zeus,
si alguno que ha frecuentado la palestra y ha conseguido robustez y habilidad
en el pugilato golpea a su padre, a su madre o a alguno de sus parientes o
amigos, no se debe por ello odiar ni desterrar a los maestros de gimnasia y de
esgrima. Éstos les han enseñado sus artes con intención de que las emplearan
justamente contra los enemigos y los malhechores, en defensa propia, sin
iniciar el ataque; pero los discípulos, tergiversando este propósito, usan mal
de la superioridad que les procura el arte. En este caso los maestros no son
malvados, ni su arte es por ello culpable ni perversa, sino, en mi opinión, lo
son los que no se sirven de ella rectamente.
El mismo razonamiento se aplica también a
la retórica. En efecto, el orador es capaz de hablar contra toda clase de
personas y sobre todas las cuestiones, hasta el punto, de producir en la
multitud mayor persuasión que sus adversarios sobre lo que él quiera pero esta
ventaja no le autoriza a privar de su reputación a los médicos ni a los de
otras profesiones, solamente por el hecho de ser capaz de hacerlo, sino que la
retórica, como los demás medios de lucha, se debe emplear también con
justicia. Según creo yo, si alguien adquiere habilidad en la oratoria y,
aprovechando la potencia de este arte, obra injustamente, no por ello se debe
odiar ni desterrar al que le instruya, éste transmitió su arte para un empleo
justo, y el discípulo lo utiliza con el fin contrario. Así pues, es de justicia
odiar, desterrar o condenar a muerte al que hace mal uso, pero no al maestro.
SÓC. – Supongo, Gorgias, que tú también
tienes la experiencia de numerosas discusiones y que has observado en ellas
que difícilmente consiguen los interlocutores precisar el objeto sobre el que
intentan dialogar y, de este modo, poner fin a la reunión después de haber
recogido y expresado recíprocamente sus pensamientos. Por el contrario, si hay
diferencia de opiniones y uno de ellos afirma que el otro no habla con
exactitud o claridad, se irritan y se imaginan que se les contradice con mala
intención, y así disputan por amor propio sin examinar el objeto propuesto en
la discusión. Algunos terminan por separarse de manera vergonzosa, después de
injuriarse y haber dicho y oído tantas ofensas que hasta los asistentes se
indignan consigo mismos por haberse prestado a escuchar a tales personas. ¿Por
qué digo esto? Porque ahora me parece que tus palabras no son consecuentes ni
están de acuerdo con las que dijiste al principio sobre la retórica. Sin
embargo, no me decido a refutarte temiendo que supongas que hablo por rivalidad
contra ti y no por el deseo de esclarecer el objeto de nuestra discusión. Por
tanto, si tú eres del mismo tipo de hombre que yo soy, te interrogaré con
gusto; si no, lo dejaré. ¿Qué clase de hombre soy yo? Soy de aquellos que
aceptan gustosamente que se les refute, si no dicen la verdad, y de los que
refutan con gusto a su interlocutor, si yerra; pero que prefieren ser refutados
a refutar a otro, pues pienso que lo primero es un bien mayor, por cuanto vale
más librarse del peor de los males que librar a otro; porque creo que no existe
mal tan grave como una opinión errónea sobre el tema que ahora discutimos.
Por lo tanto, si dices que también tú eres así, continuemos; pero si crees que
conviene dejar la conversación, dejémosla ya y pongámosle fin.
GOR. –Te aseguro, Sócrates, que también
soy de la misma manera de ser que tú indicas; sin embargo, quizá conviniera
tener en cuenta el interés de los que aquí están, porque ya antes de llegar
vosotros había yo disertado ampliamente, y si ahora continuamos la
conversación, quizá nos extendamos demasiado. Así pues, es preciso consultarles,
no sea que retengamos a alguien que quiera atender a otra cosa.
QUER. – Ya oís, Gorgias y Sócrates, el
clamor de todos éstos, que desean oíros si continuáis; en cuanto a mí, ojalá
no se me presente una ocupación tan imperiosa que me obligue a abandonar
conversaciones de tanta importancia y llevadas de tal modo para dar
preferencia a otro asunto.
CAL. –Por los dioses, Querefonte, también
yo me he encontrado en muchas discusiones y no sé si alguna vez he sentido
tanto placer como ahora; por consiguiente, me daréis gran satisfacción, aunque
estéis dispuestos a conversar durante todo el día.
SÓC. – Por mi parte, Calicles, no hay
inconveniente, si Gorgias consiente en ello.
GOR. – En esta situación, Sócrates,
resulta ya vergonzoso que no acepte; tanto más cuanto que yo mismo me he
ofrecido espontáneamente a que cada uno me pregunte lo que quiera. Así pues,
si les parece bien a los presentes, continúa la conversación e interroga lo
que desees.
SÓC. – Escucha, Gorgias, lo que me causa
extrañeza en tus palabras; quizá has hablado rectamente, pero yo no te
comprendo bien. ¿Afirmas que eres capaz de enseñar la retórica al que quiera
ser tu discípulo?
GOR. – Sí.
SÓC. – ¿De manera que sobre todos los
objetos produzca convicción en la multitud, persuadiéndola sin instruirla?
GOR. –Exactamente.
SÓC. – Decías hace un momento que
incluso sobre la salud el orador será más persuasivo que el médico.
GOR. – Sí que lo decía, pero sólo ante la
multitud.
SÓC. – Decir ante la multitud, ¿no es
decir ante los ignorantes? Pues, sin duda, ante los que saben no puede ser el
orador más persuasivo que el médico
GOR. – Es verdad.
SÓC. – Y si es más persuasivo que el
médico resulta más persuasivo que el que sabe.
GOR. –Así es.
SÓC. –Sin ser médico, ¿no es cierto?
GOR. – Sí.
SÓC. – El que no es médico es ignorante,
y el médico sabe.
GOR. – Es evidente.
SÓC. – Luego ante ignorantes el que no
sabe será más persuasivo que el que sabe, puesto que el orador aventaja al
médico. ¿Resulta esto o no?
GOR. –En este caso, al menos, sí resulta.
SÓC. – Y respecto de todas las otras
artes, se encuentra en la misma situación el orador y la retórica. No necesita
conocer los objetos en sí mismos, sino haber inventado cierto procedimiento de
persuasión que, ante los ignorantes, le haga parecer más sabio que los que
realmente saben.
GOR. – ¿Y no es una gran comodidad,
Sócrates, que, sin aprender las demás artes, con ésta sola el orador no resulte
inferior a los que las profesan?
SÓC. – Si el orador, por ser así,
aventaja o no a los de otras profesiones, lo examinaremos en seguida , si en
algo interesa a nuestra discusión; pero ahora debemos examinar en primer lugar
lo siguiente. ¿Respecto a lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo bueno y
lo malo, el conocedor de la retórica se encuentra en la misma situación que
respecto a la –salud y a los objetos de las otras artes, y, desconociendo en
ellas qué es bueno o malo, qué es bello o feo y qué es justo o injusto, se ha
procurado sobre estas cuestiones un medio de persuasión que le permite aparecer
ante los ignorantes como más sabio que el que realmente sabe, aunque él no
sepa? ¿O bien es necesario que quien tiene el propósito de aprender la retórica
posea estos conocimientos y los haya adquirido antes de dirigirse a ti? Y en
caso contrario, tú, que eres maestro de retórica, ¿prescindirás de enseñar a tu
discípulo esto, porque no es función tuya, y harás que ante la multitud parezco
que lo sabe, cuando lo ignora, y que pase por bueno sin serlo? ¿O te será
completamente imposible enseñarle la retórica, si previamente no conoce la
verdad sobre estas materias? ¿Cómo es esto, Gorgias? Por Zeus, como has dicho
antes, descúbrenos el poder de la retórica y explícanos en qué consiste.
GOR. – Yo creo, Sócrates, que, si acaso
las desconoce, las, aprenderá también de mí.
SÓC. – No sigas; tu contestación es
suficiente. Si has de hacer orador a alguien, es preciso que conozca lo justo
y lo injusto, bien lo sepa antes de recibir tus lecciones o bien lo aprenda
contigo.
GOR. – Exactamente.
SÓC. – ¿Pero qué? El que ha aprendido la
construcción es constructor, ¿no es así?
GOR. – Sí.
SÓC. –¿El que ha aprendido la música es
músico?
GOR. – Sí, lo es.
SÓC. –¿Y el que ha aprendido medicina es
médico? ¿Y en la misma relación, las demás artes, de modo que el que aprende
una de éstas adquiere la cualidad que le proporciona su conocimiento?
GOR. – Sin duda.
SÓC. – Siguiendo el mismo razonamiento,
el que conoce lo justo, ¿no es justo?
GOR. – Indudablemente.
SÓC. – Y el justo obra justamente.
GOR. – Sí.
SÓC. – Por consiguiente, ¿no es preciso
que el orador sea justo y que el justo desee obrar con justicia?
GOR. –Así parece.
SÓC. – Luego jamás querrá el orador obrar
injustamente.
GOR. – Parece que no.
SÓC. – ¿Te acuerdas de que hace poco
decías que no se debe acusar ni desterrar a los maestros de gimnasia en el
caso de que un púgil se sirva injustamente de su arte, y que, del mismo modo, si
un orador se sirve de la retórica para un fin injusto, tampoco se debe acusar
ni expulsar de la ciudad a su maestro, sino al que obra injustamente y hace un
uso indebido de este arte? ¿Dijiste esto o no?
GOR. – Sí, lo dije.
SÓC. – Pero ahora resulta que este mismo
orador jamás obraría injustamente. ¿No es verdad?
GOR. –Así parece.
SÓC. – Al comenzar esta conversación
se dijo que la retórica no trataba de los discursos sobre el número par y el
impar, sino de los referentes a lo justo y lo injusto; ¿es así?
GOR. –Así es.
SÓC. – Al oírte decir esto concebí la
idea de que la retórica no podía ser nunca algo injusto, puesto que sus discursos
tratan siempre sobre la justicia; cuando poco después dijiste que el orador
podía también emplear su arte injustamente, entonces, sorprendido y
considerando que no había concordancia en tus palabras, dije aquello de que, si
tú estabas de acuerdo conmigo en que es provechoso ser refutado, era
conveniente seguir là conversación; en el caso contrario, abandonarla. Después,
al examinar la cuestión, tú mismo ves que de nuevo nos resulta imposible que el
orador haga uso injusto de la retórica y que quiera obrar injustamente. Por el
perro, Gorgias, no es cosa de una breve conversación el aclarar suficientemente
cómo es esto en realidad.
POL. – ¿Qué dices, Sócrates? ¿Tu opinión
sobre la retórica es la que acabas de expresar? ¿Crees que puedes sustentarla
porque Gorgias haya sentido vergüenza en concederte que el orador no conoce lo
justo, lo bello y lo bueno, y haya añadido a continuación que enseñaría esto al
discípulo que se le presentara sin conocer esto? Y quizá a consecuencia de
esta concesión, se ha producido cierta contradicción; esto es lo que te
deleita, y tú mismo conduces la discusión a semejantes argucias; pero ¿quién
será capaz de negar que conoce la justicia y que puede enseñarla a los demás?
Llevar la conversación a tales extremos es una gran rusticidad.
SÓC. – Encantador Polo, precisamente
tenemos amigos e hijos para que, cuando nos hacemos viejos y damos algún paso
en falso, vosotros los jóvenes, estando a nuestro lado, rectifiquéis nuestra
vida en las acciones y en las palabras. Así ahora, si Gorgias y yo hemos
cometido algún error en la discusión, rectifícalo tú que estás aquí; es tu
obligación; por mi parte, estoy dispuesto a plantear de nuevo lo que tú
quieras, si crees que algo de lo que hemos convenido no está bien, con tal de
que cumplas una sola condición.
POL. – ¿Y qué es ello?
SÓC. – Reprimir, Polo, el afán de
pronunciar largos discursos, como intentaste hacer al principio de esta
conversación.
POL. –– ¿Pero qué? ¿No se me permitirá
decir todo lo que quiera?
SÓC. – Sufrirías un gran daño, excelente
Polo, si habiendo venido a Atenas, el lugar de Grecia donde hay mayor
libertad para hablar, sólo tú aquí fueras privado de ella. Pero considera el
caso contrario: si tú pronuncias largos discursos sin querer responder a lo
que te pregunte, ¿no sufriré yo un gran daño si no se me permite marcharme y
dejar de escucharte? Si tienes interés en la cuestión que hemos tratado y
quieres rectificarla, pon de nuevo a discusión, como acabo de decir, lo que te
parezca; pregunta y contesta alternativamente, como Gorgias y yo; refútame y
permite que te refute. Tú afirmas, sin duda, que sabes tanto como Gorgias, ¿no
es así?
POL. – Sí.
SÓC. –Así pues, ¿también tú invitas a que
cada uno te pregunte lo que quiera porque estás seguro de que sabes contestar?
POL. –Desde luego.
SÓC. – Pues haz lo que prefieras;
pregunta o responde.
POL. – Eso voy a hacer. Contesta,
Sócrates, qué es la retórica en tu opinión, puesto que crees que Gorgias tiene
dificultad para definirla.
SÓC. –¿Me preguntas qué arte es, a mi
juicio?
POL. – Exactamente.
SÓC. –Ninguna, Polo, si he de decirte la
verdad.
POL. –¿Pues qué es la retórica según tú?
SÓC. – Algo que tú afirmas haber hecho
arte en un escrito que he leído hace poco .
POL. – ¿Qué es, entonces?
SÓC. – Una especie de práctica.
POL. –¿Según tú, la retórica es una práctica?
SÓC. – Eso pienso, a no ser que tú digas
otra cosa.
POL. – Una práctica ¿de qué?
SÓC. – De producir cierto agrado y
placer.
POL. –Así pues, ¿crees que la retórica es
algo
SÓC. – Pero, Polo, ¿te has informado ya
por mis palabras de lo que yo digo que es la retórica como para seguirme
preguntando si me parece bella?
POL. – Pero ¿no sé que has dicho que es
una especie de práctica?
SÓC. – Puesto que estimas el causar
agrado, ¿quieres procurarme uno, aunque sea pequeño?
POL. – Sí quiero.
SÓC. – Pregúntame, entonces, qué arte es
la culinaria, en mi opinión.
POL. –Te lo pregunto, ¿qué arte es la culinaria?
SÓC. – Ninguna, Polo.
POL. – Pues ¿qué es? Dilo.
SÓC. – Una especie de práctica.
POL. – ¿De qué? Habla.
SÓC. – Voy a decírtelo; una práctica de
producir agrado y placer, Polo.
POL. – Luego, ¿son lo mismo la culinaria
y la retórica?
SÓC. –De ningún modo, pero son parte de
la misma actividad.
POL. – ¿A qué actividad te refieres?
SÓC. – Temo que sea un poco rudo decir la
verdad; no me decido a hacerlo por Gorgias, no sea que piense que yo ridiculizo
su profesión. Yo no sé si es ésta la retórica que practica Gorgias, pues de la
discusión anterior no se puede deducir claramente lo que él piensa; lo que yo
llamo retórica es una parte de algo que no tiene nada dé bello.
GOR. – ¿De qué, Sócrates? Dilo y no
tengas reparo por mí.
SÓC. – Me parece, Gorgias, que existe
cierta ocupación que no tiene nada de arte, pero que exige un espíritu sagaz,
decidido y apto por naturaleza para las relaciones humanas; llamo adulación a
lo fundamental de ella. Hay, según yo creo, otras muchas partes de ésta; una,
la cocina, que parece arte, pero que no lo es, en mi opinión, sino una práctica
y una rutina. También llamo parte de la adulación a la retórica, la cosmética
y la sofística, cuatro partes que se aplican a cuatro objetos. Por tanto, si
Polo quiere interrogarme, que lo haga, pues aún no ha llegado a saber qué
parte de la adulación es, a mi juicio, la retórica; no ha advertido que aún no
he contestado y, sin embargo, sigue preguntándome si no creo que es algo bello.
No pienso responderle si considero bella o fea la retórica hasta que no le
haya contestado previamente qué es. No sería conveniente, Polo; pero, si
quieres informarte, pregúntame qué parte de la adulación es, a mi juicio, la
retórica.
POL. – Te lo pregunto; responde qué parte
es.
SÓC. – ¿Vas a entender mi contestación?
Es, según yo creo, un simulacro de una parte de la política.
POS. –¿Pero qué? ¿Dices que es bella o
fea?
SÓC. – Fea, pues llamo feo a lo malo,
puesto que es preciso contestarte como si ya supieras lo que pienso.
GOR. – Por Zeus, Sócrates, tampoco yo
entiendo lo que dices.
SÓC. – Es natural, Gorgias. Aún no he
expresado claramente mi pensamiento, pero este Polo es joven e impaciente.
GOR. – No te ocupes de él; dime qué
quieres decir al afirmar que la retórica es el simulacro de una parte de la
política.
SÓC. – Voy a intentar explicar lo que me
parece la retórica; si no es como yo pienso, aquí está Polo que me refutará.
¿Existe algo a lo que llamas cuerpo y algo a lo que llamas alma?
GOR. – ¿Cómo no?
SÓC. – ¿Crees que hay para cada uno de
ellos un estado saludable?
GOR. – Sí.
SÓC. –¿Y no es posible un estado
saludable aparente sin que sea verdadero? Por ejemplo, hay muchos que parece
que tienen sus cuerpos en buena condición y difícilmente alguien que no sea
médico o maestro de gimnasia puede percibir que no es buena.
GOR. – Tienes razón.
SÓC. – Digo que esta falsa apariencia se
encuentra en el cuerpo y en el alma, y hace que uno y otra produzcan la
impresión de un estado saludable que en realidad no tienen.
GOR. –Así es.
SÓC. – Veamos, pues; voy a aclararte, si
puedo, lo que pienso con una exposición seguida. Digo que, puesto que son dos
los objetos, hay dos artes, que corresponden una al cuerpo y otra al alma;
llamo política a la que se refiere al alma, pero no puedo definir con un solo
nombre la que se refiere al cuerpo, y aunque el cuidado del cuerpo es uno, lo
divido en dos partes: la gimnasia y la medicina; en la política, corresponden
la legislación a la gimnasia, y la juticia a la medicina. Tienen puntos en
común entre sí, puesto que su objeto es el mismo, la medicina con la gimnasia
y la justicia con la legislación; sin embargo, hay entre ellas alguna
diferencia. Siendo estas cuatro artes las que procuran siempre el mejor
estado, del cuerpo las unas y del alma las otras, la adulación, percibiéndolo
así, sin conocimiento razonado, sino por conjetura, se divide a sí misma en
cuatro partes e introduce cada una de estas partes en el arte correspondiente,
fingiendo ser el arte en el que se introduce; no se ocupa del bien, sino que,
captándose a la insensatez por medio de lo más agradable en cada ocasión,
produce engaño, hasta el punto de parecer digna de gran valor. Así pues, la culinaria
se introduce en la medicina y finge conocer los alimentos más convenientes para
el cuerpo, de manera que si, ante niños u hombres tan insensatos como niños, un
cocinero y un médico tuvieran que poner en juicio quién de los dos conoce mejor
los alimentos beneficiosos y nocivos, el médico moriría de hambre. A esto lo
llamo adulación y afirmo que es feo, Polo –pues es a ti a quien me dirijo–,
porque pone su punto de mira en el placer sin el bien; digo que no es arte,
sino práctica, porque no tiene ningún fundamento por el que ofrecer las cosas
que ella ofrece ni sabe cuál es la naturaleza de ellas, de modo que no puede
decir la causa de cada una. Yo no llamo arte a lo que es irracional; si tienes
algo que objetar sobre lo que he dicho, estoy dispuesto a explicártelo.
Así pues, según digo, la culinaria, como
parte de la adulación, se oculta bajo la medicina; del mismo modo, bajo la
gimnástica se oculta la cosmética, que es perjudicial, falsa, innoble, servil,
que engaña con apariencias, colores, pulimentos y vestidos, hasta el punto de
hacer que los que se procuran esta belleza prestada descuiden la belleza natural
que produce la gimnástica. Para no extenderme más, voy a hablarte como los
geómetras, pues tal vez así me comprendas: la cosmética es a la gimnástica lo
que la culinaria es a la medicina; o, mejor: la cosmética es a la gimnástica
lo que la sofística a la legislación, y la culinaria es a la medicina lo que la
retórica es a la justicia. Como digo, son distintas por naturaleza, pero, como están
muy próximas, se confunden, en el mismo campo y sobre los mismos objetos,
sofistas y oradores, y ni ellos mismos saben cuál es su propia función ni los
demás hombres cómo servirse de ellos. En efecto, si el alma no gobernara al
cuerpo, sino que éste se rigiera a sí mismo, y si ella no inspeccionara y
distinguiera la cocina de la medicina, sino que el cuerpo por sí mismo
juzgara, conjeturando por sus propios placeres, se vería muy cumplida la frase
de Anaxágoras que tú conoces bien,
querido Polo, «todas las cosas juntas» estarían mezcladas en una sola, quedando
sin distinguir las que pertenecen a la medicina, a la higiene y a la
culinaria. Así pues, ya has oído lo que es para mí la retórica: es respecto al
alma lo equivalente de lo que es la culinaria respecto al cuerpo. Quizá he
obrado de modo inconsecuente prohibiéndote los largos discursos y habiendo
alargado el mío demasiado. Sin embargo, tengo una disculpa, pues cuando hablaba
brevemente no me comprendías ni eras capaz de sacar provecho de mis respuestas,
sino que necesitabas explicación. Por tanto, si tampoco yo puedo servirme de
las tuyas, alarga tus discursos; pero, en caso contrario, déjame utilizarlas,
pues es justo. Ahora, si puedes servirte en algo de mi contestación, sírvete.
POL. – ¿Qué dices? ¿Te parece que la
retórica es adulación?
SÓC. – He dicho una parte de la
adulación; pero ¿no tienes memoria a tu edad, Polo? ¿Qué va a ser después?
POL. –¿Acaso piensas que los buenos
oradores son mal considerados en las ciudades porque se les cree aduladores?
SÓC. – ¿Me haces una pregunta o empiezas
un discurso?
POL. – Pregunto.
SÓC. – Me parece que no se les considera
en absoluto.
POL. –¿Cómo que no se les considera? ¿No son los
más poderosos en las ciudades?
SÓC. – No, si dices que el poder es un
bien para quien lo posee.
POL – En efecto, eso digo.
SÓC. – Entonces creo que los oradores
son los ciudadanos menos poderosos.
POL. – Pero ¿qué dices? ¿No pueden, como
los tiranos, condenar a muerte al que quieran y despojar de sus bienes y
desterrar de las ciudades a quien les parezca?
SÓC. – Por Zeus, Polo, que dudo
respecto a cada cosa que dices si haces una afirmación y expones un pensamiento
o si me estás interrogando.
POL. – Te interrogo.
SÓC. – Está bien, amigo. ¿Entonces me
haces al mismo tiempo dos preguntas?
POL. –¿Cómo dos?
SÓC. – ¿No acabas de decir algo así como
que los oradores condenan a muerte a los que quieren, del mismo modo que los
tiranos, y despojan de sus bienes y destierran de las ciudades al que les parece?
POL. – Sí.
SÓC. – Entonces insisto en que son dos
preguntas y voy a responder a las dos. Sostengo, Polo, que los oradores y los
tiranos tienen muy poco poder en las ciudades, como he dicho hace un momento;
en efecto, por así decirlo, no hacen nada de lo que quieren, aunque hacen lo
que les parece mejor.
POL. – ¿No es esto tener un gran poder?
SÓC. – No, al menos según dice Polo.
POL. – ¿Digo yo que no? Al contrario, lo
afirmo.
SÓC. – Por Zeus, no lo afirmas, puesto
que dices que tener un gran poder es un bien para quien lo posee.
POL. – Y lo mantengo.
SÓC. – ¿Crees, en efecto, que es un bien
para una persona privada de razón hacer lo que le parece mejor? ¿Llamas a
esto tener un gran poder?
POL. – No.
SÓC. – Entonces refútame y demuestra que
los oradores son hombres cuerdos y que la retórica es arte y no adulación.
Pero si no me refutas, los oradores, que hacen en la ciudad lo que les parece,
e igualmente los tiranos, no poseen ningún bien con esto, pues el poder, como
tú dices, es un bien, pero tú mismo reconoces que hacer lo que a uno le
parece, cuando está privado de razón, es un mal. ¿No es así?
POL. – Sí.
SÓC. –Entonces, ¿cómo es posible que los
oradores o los tiranos tengan gran poder en las ciudades, si Polo no convence a
Sócrates de que hacen lo que quieren?
POL. – Este hombre...
SÓC. – Afirmo que no hacen lo que
quieren; refútame.
POL. –¿No acabas de reconocer que hacen
lo que les parece mejor?
SÓC. – Y sigo reconociéndolo.
POL. –Entonces, ¿no hacen lo que quieren?
SÓC. – Digo que no.
POL. –¿Al hacer lo que les parece bien?
SÓC. – Eso.
POL. – Dices cosas sorprendentes y
absurdas, Sócrates.
SÓC. – Oh excelente Polo, para dirigirme
a ti según tu modo de hablar, no me acuses; si puedes interrogarme,
demuéstrame que estoy equivocado; en caso contrario, responde a mis preguntas.
POL. – Prefiero contestar, para saber lo
que quieres decir.
SÓC. – ¿Piensas que los hombres quieren
lo que en cada ocasión hacen o quieren aquello por lo que lo hacen? Por
ejemplo, los que toman una medicina administrada por el médico, ¿crees que
quieren lo que hacen: beberla y sufrir la molestia, o aquello por lo que la
beben: recobrar la salud?
POL. – Es evidente que recobrar la salud.
SÓC. –Así pues, también los navegantes y
los que trafican en otros negocios no quieren lo que hacen en cada ocasión,
pues ¿quién quiere navegar, correr peligros y sufrir molestias? Lo que
quieren, según yo creo, es el fin por el que navegan: enriquecerse; en efecto,
navegan buscando la riqueza.
POL. –Así es.
SÓC. –¿No es así también respecto a todo
lo demás? ¿No es verdad que, cuando se hace una cosa en razón de algo, no se
quiere lo que se hace, sino aquello por lo que se hace?
POL. – Sí.
SÓC. –¿Existe algo que no sea bueno, malo
o intermedio entre lo bueno y lo malo?
POL. – Por fuerza ha de ser algo de eso.
SÓC. –¿Llamas buenas a la sabiduría, la
salud, la riqueza y a otras cosas semejantes, y malas a sus contrarias?
POL. – Sí.
SÓC. –¿Y dices que ni son buenas ni malas
las que unas veces participan de lo bueno, otras de lo malo, otras ni de lo uno
ni de lo otro, como estar sentado, andar, correr y navegar y también las
piedras, la madera y otros cuerpos semejantes? ¿No es así? ¿O es algo distinto
a lo que tú llamas ni bueno ni malo?
POL. – No, es a esto.
SÓC. – ¿Acaso se hacen estas cosas
intermedias, cuando se hacen, buscando las buenas, o se hacen las buenas
buscando las intermedias?
POL. – Sin duda, las intermedias para
alcanzar las buenas.
SÓC. – Luego, cuando andamos lo hacemos
buscando el bien, creyendo que ello es mejor, y, al contrario, cuando estamos
parados lo hacemos, asimismo, por el bien. ¿No es cierto?
POL. – Sí.
SÓC. – Luego, cuando matamos a alguien,
si lo matamos, o lo desterramos o le privamos de sus bienes, ¿no lo hacemos
creyendo que es mejor para nosotros hacer esto que no hacerlo?
POL. – Desde luego.
SÓC. – Luego los que hacen todo esto lo
hacen buscando el bien.
POL. –Así es.
SÓC. – Pues bien, habíamos convenido en
que no es precisamente lo que hacemos en razón de algo lo que queremos, sino
aquello por lo que lo hacemos.
POL. – Exactamente.
SÓC. –Por tanto, no deseamos simplemente
matar, desterrar de las ciudades ni quitar los bienes; deseamos hacer todas
estas cosas cuando son provechosas, y cuándo son perjudiciales, no las
queremos. En efecto, queremos, como tú dices, lo bueno, y no queremos lo que
no es ni bueno ni malo, ni tampoco lo malo. ¿No es así? ¿Crees que digo verdad,
Polo, o no? ¿Por qué no respondes?
POL. – Es verdad.
SÓC. – Luego si estamos de acuerdo en
esto, en el caso de que alguien, sea tirano u orador, mate, destierre de la
ciudad o quite los bienes a alguno, en la creencia de que esto es lo mejor para
él, cuando en realidad es lo peor, éste tal hace, sin duda, lo que le parece.
¿No es así?
POL. – Sí.
SÓC. –¿Y hace también lo que quiere
cuando lo que hace es, en realidad, un mal para él? ¿Por qué no Contestas?
POL. –Creo que no hace lo que quiere.
SÓC. –¿Es posible que tal hombre tenga
gran poder en la ciudad, si tener gran poder es un bien, según tú admites?
POL. –No es posible.
SÓC. – Entonces tenía yo razón al decir
que es posible que un hombre haga en la ciudad lo que le parezca bien, sin que
esto signifique que tiene un gran poder y que hace lo que quiere.
POL. –
SÓC. –¿Te refieres a cuando obra justa o
injustamente?
POL. –
SÓC. – Refrena tus palabras, Polo.
POL. –¿Por qué?
SÓC. – Porque no se debe envidiar a los
que no son envidiables ni a los desgraciados, sino compadecerlos.
POL. –¿Qué dices? ¿Crees que es ésta la
situación de los hombres de que yo hablo?
SÓC. – ¿Pues cómo no?
POL. – Luego el que condena a muerte a
quien le parece bien y lo hace con justicia, ¿es en tu opinión desgraciado y
digno de compasión?
SÓC. – No; pero tampoco envidiable.
POL. – ¿No acabas de decir que es
desgraciado?
SÓC. – Me refiero al que condena a muerte
injustamente, amigo, y además es digno de compasión; el que lo hace justamente
tampoco es envidiable.
POL. – Sin duda, el que muere
injustamente es digno de compasión y desgraciado.
SÓC. – Menos que el que le mata, Polo, y
menos que el que muere habiéndolo merecido.
POL. –¿Cómo es posible, Sócrates?
SÓC. –Porque el mayor mal es cometer
injusticia.
POL. – ¿Éste es el mayor mal? ¿No es
mayor recibirla?
SÓC. –– De ningún modo.
POL. – Entonces, ¿tú preferirías recibir
la injusticia a cometerla?
SÓC. – No quisiera ni lo uno ni lo otro;
pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla a cometerla.
POL. –¿Luego tú no aceptarías ejercer la
tiranía?
SÓC. – No, si das a esta palabra el mismo
sentido que yo.
POL. – Entiendo por ello,
SÓC. – Afortunado Polo, déjame hablar y
después objétame. Si cuando la plaza está llena de gente, llevando yo un puñal
oculto bajo el brazo, te dijera: «Polo, acabo de adquirir un poder y una
tiranía maravillosos; en efecto, si me parece que uno de los hombres que estás
viendo debe morir, al momento morirá; si me parece que alguno de ellos debe
tener la cabeza rota, la tendrá al instante; si me parece que alguien tenga su
manto desgarrado, quedará desgarrado; tan grande es mi poder en esta ciudad.»
Si, al no darme crédito, te mostrara el puñal, quizá me dijeras al verlo:
«Sócrates, así todos serían poderosos, ya que, por el mismo procedimiento,
podrías incendiar la casa que te pareciera, los arsenales y las trirremes de
Atenas y todas las naves, lo mismo públicas que particulares.» Luego, tener un
gran poder no es hacer lo que a uno le parece. ¿Piensas tú que sí?
POL. – No lo es, al menos en estas
condiciones.
SÓC. –¿Puedes decirme por qué censuras
esta clase de poder?
POL. – Sí.
SÓC. – ¿Por qué? Dilo.
POL. – Porque necesariamente el que obra
así es castigado.
SÓC. – Ser castigado, ¿no es un mal?
POL. –Sin duda.
SÓC. – Por consiguiente, admirable Polo,
de nuevo ves que si, al hacer lo que a uno le parece, le sigue una utilidad,
esto es el bien y, según parece, esto es tener gran poder; en caso contrario,
es un mal y un poder mínimo. Examinemos lo siguiente: ¿No hemos acordado que
algunas veces es mejor hacer lo que decíamos, condenar a muerte, desterrar y
privar de los bienes, y que otras veces no lo es?
POL. – Ciertamente.
SÓC. – Según parece, en este punto
estamos los dos de acuerdo.
POL. – Sí.
SÓC. – Entonces, ¿cuándo es mejor hacer
esto? Di cuál es el límite que pones.
POL. – Responde tú mismo a esa pregunta,
Sócrates.
SÓC. – Si prefieres que hable yo, Polo,
digo que es mejor cuando se obra justamente y peor cuando se obra
injustamente.
POL. – Por cierto que es difícil
refutarte, Sócrates; ¿no te probaría incluso un niño que no dices la verdad?
SÓC. – Mucho le agradecería a ese niño e,
igualmente, te agradeceré a ti que me refutes y me libres de mi tontería. No
te canses de hacer bien a un amigo; convénceme de mi error.
POL. – Ciertamente, Sócrates, no hay
necesidad de refutarte con ejemplos antiguos; los de ayer, los recientes son
bastante para refutarte y demostrarte que muchos hombres injustos son felices.
SÓC. – ¿Qué ejemplos son ésos?
POL. – ¿No ves a Arquelao, hijo de Perdicas, reinando en Macedonia?
SÓC. – Si no lo veo, al menos oigo hablar
de él.
POL. – En tu opinión, ¿es feliz o
desgraciado?
SÓC. – No lo sé; aún no he tenido relación
con él.
POL. – Pero ¿qué dices? ¿Si lo trataras,
podrías saberlo, y desde aquí no tienes otro medio de conocer que es feliz?
SÓC. – No, por Zeus.
POL. – Seguramente, Sócrates, que ni
siquiera
SÓC. – Y diré la verdad, porque no sé en
qué grado está de instrucción y justicia.
POL. – Pero ¿qué dices? ¿En eso está toda
la felicidad?
SÓC. – En mi opinión sí, Polo, pues
sostengo que el que es bueno y honrado, sea hombre o mujer, es feliz, y que el
malvado e injusto es desgraciado.
POL. – Entonces, según tú piensas, ¿es
desgraciado Arquelao?
SÓC. – Sí, amigo, si es injusto.
POL. – Pues ¿cómo no ha de serlo? No
tenía ningún derecho al reino que ocupa, ya que es hijo de una esclava de
Alcetas, el hermano de Perdicas, y con arreglo al derecho sería esclavo de
Alcetas, y si hubiera querido obrar en justicia estaría sometido a él y sería
feliz, según tu opinión. Pero la verdad es que se ha hecho increíblemente
desgraciado, puesto que ha cometido las mayores injusticias. En primer lugar,
llamó a Alcetas, su dueño y tío, con el pretexto de devolverle el reino del que
le había despojado Perdicas; lo hospedó en su casa y lo embriagó a él y a su
hijo Alejandro, primo de Arquelao y casi de su misma edad; los metió en un
carro y, sacándolos durante la noche, degolló a ambos y los hizo desaparecer.
Habiendo cometido este crimen, no advirtió que se había hecho completamente
desgraciado, ni se arrepintió de él, sino que, poco después, renunció a la
felicidad de educar, como era justo, a su hermano, el hijo legítimo de
Perdicas, niño de unos siete años, y de devolverle el reino que le correspondía
en justicia; por el contrario, lo arrojó a un pozo, lo ahogó y dijo a su
madre, Cleopatra, que, al perseguir a un ganso, había caído en el pozo y
había muerto. Por consiguiente, puesto que, entre los que habitan en Macedonia,
él ha cometido los mayores crímenes, es el más desgraciado de todos los
macedonios y no el más feliz; y quizá algún ateniense, comenzando por ti, aceptaría
ser un macedonio cualquiera antes que Arquelao.
SÓC. – Ya al principio de esta
conversación, Polo, te alabé porque, en mi opinión, estás bien instruido para
la retórica; pero dije que habías descuidado el modo de mantener un diálogo. Y
ahora, ¿es acaso éste el razonamiento con el que hasta un niño podría
refutarme, y con el que, según crees, has refutado mi afirmación de que el
injusto no es feliz? ¿De dónde, amigo? En verdad, no estoy de acuerdo con nada
de lo que dices.
POL. – Porque no quieres, ya que, por lo
demás, piensas
como
yo digo.
SÓC. – Oh feliz Polo, intentas convencerme con procedimientos retóricos como los que creen que refutan ante los tribunales. En efecto, allí estiman que los unos refutan a los otros cuando presentan, en apoyo de sus afirmaciones, numerosos testigos dignos de crédito, mientras el que mantiene lo contrario no presenta más que uno solo o ninguno. Pero ésta clase de comprobación no tiene valor alguno para averiguar la verdad, pues, en ocasiones, puede alguien ser condenado por los testimonios falsos de muchos y, al parecer, prestigiosos testigos. Sobre lo que dices vendrán ahora a apoyar tus palabras casi todos los atenienses y extranjeros, si deseas presentar contra mí testigos de que no digo verdad. Tendrás de tu parte, si es que quieres, a Nicias, el hijo de Nicerato, y con él a sus hermanos, cuyos trípodes están colocados en fila en el templo de Dioniso; asimismo, si quieres, tendrás también a Arlstócrates, hijo de Escelio, el donante de esa hermosa ofrenda que está en el templo de Apolo y, si quieres, a todo el linaje de Pericles o a cualquier otra familia de Atenas que elijas. Pero yo, aunque no soy más que uno, no acepto tu opinión; en efecto, no me obligas a ello con razones, sino que presentas contra mí muchos testigos falsos e intentas despojarme de mi posesión y de la verdad. Yo, por mi parte, si no te presento como testigo de lo que yo digo a ti mismo, que eres uno solo, considero que no he llevado a cabo nada digno de tenerse en cuenta sobre el objeto de nuestra conversación. Creo que tampoco tú habrás conseguido nada si yo, aunque soy uno solo, no estoy de acuerdo contigo, y si no abandonas todos estos otros testimonios. Así pues, existe esta clase de prueba en la que creéis tú y otros muchos, pero hay también otra que es la mía. Comparemos, por tanto, una y otra y examinemos si difieren en algo. Pues, precisamente, las cuestiones que discutimos no son mínimas, sino, casi con seguridad, aquellas acerca de las cuales saber la verdad es lo más bello, e ignorarla lo más vergonzoso. En efecto, lo fundamental de ellas consiste en conocer o ignorar quién es feliz y quién no lo es. Empezando por la cuestión que ahora tratamos, tú crees posible que el hombre que obra mal y es injusto sea dichoso, si realmente estimas que Arquelao es injusto por una parte y por la otra es feliz. ¿Debemos pensar que es esta tu opinión?
POL. – Indudablemente.
SÓC. – Pues yo afirmo que es imposible.
He aquí un punto sobre el que discrepamos. Empecemos por él. ¿Acaso el que
obra injustamente será feliz, si recibe la justicia y el castigo?
POL. –De ningún modo, ya que en ese caso
sería desgraciadísimo.
SÓC. – Pero si escapa a la justicia el
que obra injustamente, ¿será feliz, según tus palabras?
POL. – Eso afirmo.
SÓC. – Pues en mi opinión, Polo, el que
obra mal y es injusto es totalmente desgraciado; más desgraciado, sin embargo,
si no paga la pena y obtiene el castigo de su culpa, y menos desgraciado si
paga la pena y alcanza el castigo por parte de los dioses y de los hombres.
POL. – Te has propuesto decir absurdos,
Sócrates.
SÓC. – Sin embargo, voy a tratar de
conseguir que digas lo mismo que yo, amigo, pues te considero amigo. La
cuestión sobre la que ahora estamos en desacuerdo es ésta; examínala también
tú. He dicho en algún momento de nuestra conversación que cometer injusticia
es peor que sufrirla.
POL. –Ciertamente.
SÓC. – Y tú, por el contrario, que es
peor sufrirla.
POL. –Sí.
SÓC. – También dije que los que obran
injustamente son desgraciados y tú me contradijiste.
POL. – Sí, por Zeus.
SÓC. –Al menos, según crees, Polo.
POL. – Y mi opinión es verdadera.
SÓC. – Tal vez. Tú dijiste, por el
contrario, que los que obran injustamente son felices si se libran del castigo.
POL. – Exactamente.
SÓC. – Sin embargo, yo afirmo que son muy
desgraciados, y que los que sufren el castigo lo son menos. ¿Quieres refutar
también esto?
POL. –¡Por cierto que resulta esa
refutación aún más difícil, Sócrates!
SÓC. – No, de seguro; más bien es
imposible, pues la verdad jamás es refutada.
POL. – ¿Qué dices? Si un hombre, obrando
injustamente al tratar de hacerse con la tiranía, es apresado y, una vez
detenido, es torturado, se le mutila, se le queman los ojos y, después de haber
sufrido él mismo otros muchos ultrajes de todas clases y de haber visto
sufrirlos a sus hijos y a su mujer, es finalmente crucificado o untado de pez y
quemado, ¿este hombre será así más feliz que si se libra de estos suplicios, se
establece como tirano y gobierna durante toda su vida haciendo lo que quiere,
envidiado y considerado feliz por los ciudadanos y los extranjeros? ¿Dices
que refutar esto es imposible?
SÓC. – Tratas de asustarme, noble Polo,
pero no me refutas, igual que cuando hace poco presentabas testigos. Sin
embargo, aclárame un pormenor. ¿Has dicho: al tratar injustamente de hacerse
con la tiranía?
POL. – Sí.
SÓC. – Ciertamente jamás serán felices
ninguno de los dos, ni el que ha alcanzado injustamente la tiranía ni el que,
apresado, sufre la pena, pues entre dos desgraciados ninguno puede ser más
feliz; sin embargo, es más desgraciado el que escapa al castigo y consigue ser
tirano. ¿Qué es eso, Polo? ¿Te ríes? ¿Es éste otro nuevo procedimiento de
refutación? ¿Reírse cuando el interlocutor dice algo, sin argumentar contra
ello?
POL. – ¿No crees que quedas refutado,
Sócrates, cuando dices cosas tales que ningún hombre se atrevería a decir? En
efecto, pregunta a alguno de éstos.
SÓC. – No soy político, Polo; el año
pasado, habiéndome correspondido por sorteo ser miembro del Consejo, cuando mi
tribu ejercía la presidencia y yo debía dirigir la votación, di que reír y no
supe hacerlo. Así pues, no me mandes ahora recoger el voto de los que están
aquí; si no tienes un medio de refutación mejor que éstos, cédeme el turno,
como te acabo de decir, y comprueba la clase de refutación que yo creo
necesaria. En efecto, yo no sé presentar en apoyo de lo que digo más que un
solo testigo, aquel con quien mantengo la conversación, sin preocuparme de los
demás, y tampoco sé pedir más voto que el suyo; con la multitud ni siquiera
hablo. En consecuencia, mira si quieres por tu parte ofrecerte a una refutación
respondiendo a mis preguntas. Creo firmemente que yo, tú y los demás hombres
consideramos que cometer injusticia es peor que recibirla y que escapar al castigo
es peor que sufrirlo.
POL. – Está muy lejos de ser así; al
contrario, ni yo ni tú ni ningún otro prefiere eso.
SÓC. – ¿No me vas a contestar?
POL. – Desde luego que sí, porque deseo
saber qué vas a decir.
SÓC. – Para que lo sepas, respóndeme como
si empezando de nuevo te preguntara: ¿Qué es peor, a tu juicio, cometer
injusticia o recibirla?
POL. –Recibirla, según mi opinión.
SÓC. – ¿Y qué es más feo, cometer
injusticia o recibirla? Contesta.
POL. –Cometerla.
SÓC. – Por consiguiente, es también peor,
puesto que es más feo.
POL. – De ningún modo.
SÓC. – Ya comprendo; crees, según parece,
que no es lo mismo lo bello y lo bueno, lo malo y lo feo.
POL. – No, por cierto.
SÓC. –¿Y qué piensas de esto? A todas las
cosas bellas, como los cuerpos, los colores, las figuras, los sonidos y las
costumbres, ¿las llamas en cada ocasión bellas sin ninguna otra referencia? Por
ejemplo, en primer lugar, a los cuerpos bellos, ¿no los llamas bellos o por su
utilidad, con relación a «lo que cada uno de ellos es útil, o por algún
deleite, si su vista produce gozo a quienes los contemplan? ¿Puedes decir algo
más aparte de esto sobre la belleza del cuerpo?
POL. – No puedo.
SÓC. – Y del mismo modo todo lo demás;
las figuras y los colores, ¿no los llamas bellos por algún deleite, por alguna
utilidad o por ambas cosas?
POL. – Sí.
SÓC. – ¿Y, asimismo, los sonidos y todo
lo referente a la música?
POL. – Sí.
SÓC. – Ciertamente también en lo
referente a las leyes y costumbres; las que son bellas no carecen, sin duda,
de esta cualidad, la de ser útiles o agradables o ambas cosas juntas.
POL. – No carecen, en verdad, según creo.
SÓC. – ¿Y así es también la belleza de
los conocimientos?
POL. – Exactamente. Por cierto que ahora
das una buena definición al definir lo bello por el placer y el bien.
SÓC. – ¿No se define, entonces, lo feo
por lo contrario, por el dolor y el mal?
POL. – Forzosamente.
SÓC. – Así pues, cuando entre dos cosas
bellas una es más bella que la otra, es porque la supera en una de estas dos
cualidades o en ambas; esto es, en placer, en utilidad o en uno y otra.
POL. –Cierto.
SÓC. –También cuando entre dos cosas feas
una es más fea que la otra es porque la supera en dolor o en daño; ¿no es
preciso que sea así?
POL. – Sí.
SÓC. –Pues prosigamos. ¿Qué decíamos hace
poco sobre cometer injusticia y recibir injusticia? ¿No decías que recibirla
es peor y que cometerla es más feo?
POL. – Sí lo decía.
SÓC. – Luego, si cometer injusticia es
más feo que recibirla, ¿no es, ciertamente, más doloroso y sería más feo
porque lo supera en dolor o en daño, o en ambas cosas juntas? ¿No es preciso
que sea así también esto?
POL. – ¿Cómo no?
SÓC. – Examinemos en primer lugar esto;
¿acaso cometer injusticia produce mayor dolor que recibirla, y los que cometen
injusticia experimentan mayor sufrimiento que los que la reciben?
POL. – Esto de ningún modo, Sócrates.
SÓC. –Luego no lo supera en dolor.
POL. – Ciertamente, no.
SÓC. – Y bien, si no lo supera en dolor,
tampoco en ambas cosas juntas.
POL. – Parece que no.
SÓC. –Queda, pues, que lo supere en la
otra.
POL. –Sí.
SÓC. – En el daño.
POL. –Es probable.
SÓC. – Entonces, si lo supera en daño,
cometer injusticia es peor que recibirla.
PoL. – Es evidente
SÓC. –¿No es cierto que la mayoría de los
hombres reconocen, y también tú lo reconocías hace poco, que es más feo cometer
injusticia que recibirla?
POL. – Sí.
SÓC. – Y ahora resulta evidente que es
más dañoso.
POL. –Así parece.
SÓC. – ¿Preferirías, entonces, lo más
dañoso y lo más feo a lo menos? No vaciles en responder, Polo; no vas a sufrir
ningún daño. Entrégate valientemente a la razón como a un médico y responde; di
sí o no a lo que te pregunto.
POL. – Pues no lo preferiría, Sócrates.
SÓC. – ¿Lo preferiría alguna otra
persona?
POL. – Me parece que no, al menos según
este razonamiento.
SÓC. –Luego era verdad mi afirmación de
que ni yo, ni tú, ni ningún otro hombre preferiría cometer injusticia a
recibirla, porque es precisamente más dañoso.
POL. –Así parece.
SÓC. – Ves entonces, Polo, que, comparado
un modo de refutación con el otro, no se parecen en nada. Por una parte, todos
están de acuerdo contigo excepto yo; por otra, a mí me es suficiente tu solo
asentimiento y testimonio y recojo solamente tu voto sin preocuparme de los
demás. Dejemos esto así. Examinemos a continuación el segundo punto sobre el
que teníamos distinta opinión. ¿Que el que comete injusticia reciba su castigo
es acaso el mayor de los males, como tú creías, o es mayor que no lo reciba,
como creía yo? Examinémoslo de este modo. ¿No es cierto que en tu opinión es lo
mismo, cuando se comete un delito, pagar la culpa y ser castigado con justicia?
POL. – Ciertamente.
SÓC. – Y si da golpes violenta o
rápidamente, ¿no es preciso que los reciba también del mismo modo lo que es
golpeado?
POL. – Sí.
SÓC. –Entonces ¿el efecto en lo golpeado
es tal como lo produce lo que golpea?
POL. – Desde luego.
SÓC. – También, si alguien quema, ¿no es
preciso que algo sea quemado?
POL. – ¿Cómo no?
SÓC. – Y si quema violenta o
dolorosamente, ¿no es preciso que reciba la quemadura lo que es quemado del
mismo modo que la produce el que quema?
POL. –– Ciertamente.
SÓC. –Así pues, también si alguien corta,
¿no sucede lo mismo, que algo es cortado?
POL. – Sí.
SÓC. – Y si la cortadura es grande,
profunda o dolorosa, ¿lo que es cortado la recibe según la produce el que
corta?
POL. – Evidentemente.
SÓC. – En resumen, mira si estás de
acuerdo, respecto a todas las cosas, con lo que yo decía hace un momento: tal
como produce la acción lo que obra la sufre lo que la recibe.
POL. – Sí que lo acepto.
SÓC. – Puesto que ya estamos de acuerdo
en esto, ¿sufrir el castigo es recibir algo o hacerlo?
POL. – Necesariamente, Sócrates, es
recibir algo.
SÓC. –Sin duda, por parte de alguien que
obra.
POL. – ¿Cómo no? Por parte del que castiga.
SÓC. – ¿El que castiga con razón, castiga
justamente?
POL. – Sí.
SÓC. – ¿Obra con justicia o no?
POL. – Con justicia.
SÓC. – Luego el que es castigado, al
sufrir el castigo, ¿recibe lo que es justo?
POL. – Así parece.
SÓC. –¿No hemos acordado que lo justo es
bello?
POL. – Ciertamente.
SÓC. – Entonces uno de estos ejecuta una
acción bella; el otro la recibe, el que es castigado.
POL. – Sí.
SÓC. – Y si es bella, ¿no es buena? Pues
hemos dicho que es agradable o es útil.
POL. – Forzosamente.
SÓC. –Luego ¿recibe un bien el que paga
su culpa?
POL. – Eso parece.
SÓC. – ¿Obtiene, pues, un beneficio?
POL. – Sí.
SÓC. – ¿No es acaso el beneficio que yo
supongo? ¿No se mejora en su alma si, en realidad, es castigado con justicia?
POL. – Probablemente.
SÓC. – ¿Luego se libra de la maldad del
alma el que paga su culpa?
POL. –Sí.
SÓC. – ¿No se libra, entonces, del mayor
mal? Examínalo de este modo: ¿en la disposición de la riqueza encuentras
algún otro mal para el hombre que la pobreza?
POL. – No, sólo la pobreza.
SÓC. – ¿Y en la disposición del cuerpo?
¿No dirías que el mal para el hombre es la debilidad, la enfermedad, la
enfermedad y otros defectos semejantes?
POL. – Ciertamente.
SÓC. –¿No estimas que también en el alma
existe alguna enfermedad?
POL. – ¿Cómo no?
SÓC. – ¿No le das el nombre de
injusticia, ignorancia, cobardía y otros de esta índole?
POL. – Exactamente.
SÓC. –Así pues, para estas tres cosas: la
riqueza, el cuerpo y el alma, ¿has dicho que hay tres males: la pobreza, la
enfermedad y la injusticia?
POL. –Sí.
SÓC. –¿Y cuál de estos males es más feo?
¿No es la injusticia y, en general, el mal del alma?
POL. – Sí, con mucho.
SÓC. – Y si es el más feo, ¿no es también
el más malo?
POL. –¿En qué sentido hablas, Sócrates?
SÓC. – En éste: siempre lo más feo es tal
porque produce el mayor dolor o el mayor daño o ambos juntos, según hemos
acordado antes.
POL. – Exactamente.
SÓC. –¿Hemos convenido ahora que lo más
feo es la injusticia y, en general, el defecto del alma?
POL. – Lo hemos convenido.
SÓC. –¿No es cierto que es lo más
doloroso y, por superar en dolor, es lo más feo, o bien lo es por superar en
daño o por ambas cosas?
POL. – Forzosamente.
SÓC. –¿Es, entonces, ser injusto,
desenfrenado, cobarde e ignorante más doloroso que ser pobre o estar enfermo?
POL. – Me parece que no, Sócrates; al
menos no se deduce de lo que hemos dicho.
SÓC. –– Luego la maldad del alma es lo
más feo, porque supera a los demás males por el daño desmesurado y por el
asombroso mal que causa, puesto que no es por el dolor, según tus palabras.
POL. – Eso resulta.
SÓC. – Pero, sin duda, lo que produce el
mayor daño es el mayor mal que existe.
POL. –
Sí.
SÓC. – Luego la injusticia, el desenfreno
y los demás vicios del alma ¿son el mayor mal?
POL. – Es evidente.
SÓC. –¿Qué arte libra de la pobreza? ¿No
es el arte de los negocios?
POL. – Sí.
SÓC. –¿Y de la enfermedad? ¿No es la
medicina?
POL. –Sin duda.
SÓC. – ¿Y de la maldad y de la
injusticia? Si no tienes la misma facilidad para contestar, examínalo de este
modo: ¿a dónde y ante quiénes llevamos a los enfermos?
POL. – Ante los médicos, Sócrates.
SÓC. – ¿A dónde a los injustos y a los
desenfrenados?
POL. – ¿Quieres decir que ante los
jueces?
SÓC. – ¿Para recibir su castigo?
POL. – Sí.
SÓC. –¿No se sirven de cierta norma de
justicia los que castigan rectamente?
POL. – Es evidente.
SÓC. – Así pues, el arte de los negocios
libra de la pobreza; la medicina, de la enfermedad, y la justicia, del desenfreno
y de la injusticia.
POL. –Así parece.
SÓC. – ¿Cuál es, pues, la más bella de
éstas?
POL. – ¿De cuáles?
SÓC. – Del arte de los negocios, de la
medicina y de la justicia.
POL. – Con mucha diferencia, Sócrates, la
justicia.
SÓC. – ¿No produce también más placer que
otra alguna o más utilidad o ambas cosas, puesto que es la más bella?
POL. – Sí.
SÓC. – ¿Acaso ser curado por el médico es
agradable y se deleitan los que están en curación?
POL. – Me parece que no.
SÓC. –Pero es útil, ¿no es cierto?
POL. – Sí.
SÓC. – En efecto, se libran de un gran
mal; por consiguiente, es ventajoso soportar el dolor y recobrar la salud.
POL. –¿Cómo no?
SÓC. – ¿Acaso será más feliz en lo
referente al cuerpo el que está en curación, o más bien el que no ha estado
enfermo en absoluto?
POL. – Es evidente que el que no ha
estado enfermo.
SÓC. – Luego es falso, según parece, que
la felicidad sea curarse de un mal, sino que es el no haberlo adquirido en
absoluto.
POL. –Así es.
SÓC. –¿Pero qué? ¿Quién es más
desgraciado entre dos que tienen un mal, sea en el cuerpo, sea en el alma, el
que se somete a curación y se libra del mal o el que no se somete y sigue
teniéndolo?
POL. – Me parece que el que no se somete
a curación.
SÓC. – Y bien, ¿decíamos que sufrir el
castigo era librarse del mayor daño, la maldad?
POL. – Sí lo era.
SÓC. – En efecto, en cierto modo, el
castigo modera a los hombres, los hace más justos y viene a ser como la
Medicina de la maldad.
POL. –Sí.
SÓC. – Entonces el más feliz es el que no
tiene maldad en: el alma, puesto que ha resultado evidente que éste es el mayor
mal.
POL. – Es cierto.
SÓC. –Le sigue, quizá, el que se libra de
la maldad.
POL. –Así parece.
SÓC. – Éste es el que es amonestado,
castigado y paga su culpa.
POL. – Sí.
SÓC. – Entonces vive en la mayor
desgracia el que conserva la injusticia y no se libra de ella.
POL. – Eso parece.
SÓC. –¿No es éste precisamente el que,
cometiendo los mayores delitos y viviendo en la mayor injusticia, consigue no
ser amonestado ni castigado ni pagar su culpa, como tú dices que se encuentra
Arquelao y los demás tiranos, oradores y hombres poderosos?
POL. – Es probable.
SÓC. – Poco más o menos, excelente Polo,
éstos han conseguido lo mismo que el que, atormentado por las más graves
enfermedades, encontrara el medio de no pagar a los médicos la culpa de los
defectos de su cuerpo y de no ponerse en curación, temiendo, como un niño, una
cauterización o una operación, porque son dolorosas. ¿No te parece así también
a ti?
POL. – Sí.
SÓC. – Porque desconoce, según parece,
cuán estimable es la salud y la buena disposición del cuerpo. En efecto, es
muy probable, Polo, según lo que ahora hemos acordado, que hagan algo semejante
los que tratan de evitar el castigo; ven la parte dolorosa, pero están ciegos
para la utilidad e ignoran cuánta mayor desgracia es vivir con el alma malsana,
corrompida, injusta e impía, que vivir con el cuerpo enfermo. Por lo cual hacen
todo lo posible para no pagar sus culpas y para no librarse del mayor mal,
procurándose riquezas y amigos y tratando de hacerse lo más persuasivos en
hablar. Si lo que nosotros hemos convenido es verdadero, Polo, ¿te das cuenta
de lo que se deduce de la conversación o quieres que lo meditemos juntos?
POL. – Sí quiero, si a ti te parece bien.
SÓC. –¿No resulta que el mayor mal es la
injusticia y ser injusto?
POL. –Al menos eso parece.
SÓC. – Y, ciertamente, ¿no ha resultado
evidente que el medio de librarse de este mal es pagar la culpa?
POL. – Es probable.
SÓC. – ¿Y que el no pagarla es una
persistencia del mal?
POL. –Sí.
SÓC. – Así pues, el segundo de los males
en magnitud es cometer injusticia; pero cometerla y no pagar la pena es, por
naturaleza, el mayor y el primero de todos los males.
POL. –Así parece.
SÓC.–¿No era sobre esto, amigo, sobre lo
que estábamos en desacuerdo? Tú considerabas feliz a Arquelao, aunque había
cometido los mayores delitos, porque no sufría ningún castigo. Por el
contrario, creía yo que si Arquelao o cualquier otro hombre comete injusticia
y no sufre el castigo, le corresponde ser el más desgraciado de los hombres, y
que siempre el que comete injusticia es más desgraciado que el que la sufre, y
el que no recibe el castigo de su culpa más que el que lo recibe. ¿No es esto
lo que decía yo?
POL. –Sí.
SÓC. –¿No se ha demostrado que decía
verdad?
POL. –Así parece.
SÓC. – Y bien, entonces, si esto es
verdad, Polo, ¿cuál es la gran utilidad de la retórica? Pues ciertamente, según
lo que hemos convenido, es necesario, sobre todo, vigilarse para no cometer
injusticia, en la idea de que será un gran mal. ¿No es así?
POL. – Sin duda
SÓC. – Y si comete injusticia uno mismo o
algún otro por el que se interese, es preciso que vaya por propia voluntad allí
donde lo más rápidamente satisfaga su culpa, ante el juez, como iría ante el
médico, buscando con afán que la enfermedad de la injusticia, al permanecer
algún tiempo, no emponzoñe el alma y la haga incurable. ¿Qué podemos decir,
Polo, si mantenemos nuestras anteriores conclusiones? ¿No es preciso que esto
concuerde con aquello de este modo, pero de otro modo no?
POL. – ¿Y qué vamos a decir, Sócrates?
SÓC. – Por tanto, para defender nuestra
propia injusticia o la de nuestros padres, amigos e hijos, o la de la patria,
cuando la cometa, no nos es de ninguna utilidad la retórica, Polo, a no ser que
se tome para lo contrario, a saber, que es necesario acusarse en primer lugar a
sí mismo, después a los parientes y amigos, cada vez que alguno de ellos
cometa una falta, y no ocultar nada, sino hacer patente la falta para que
sufra el castigo y recobre la salud; obligarse a sí mismo y obligar a los demás
a no acobardarse, sino presentarse con los ojos cerrados y valientemente al
juez, como ante un médico para que opere y cauterice buscando lo bueno y lo
bello, sin pensar en el dolor; y si ha cometido una falta que merece golpes,
que se presente para que se los den; si merece la prisión, para que le aten; si
una multa, para pagarla; si el destierro, para desterrarse, y si la muerte,
para morir; que sea el primer acusador de sí mismo y de sus familiares y se
sirva de la retórica para este fin, para que, al quedar patentes los delitos,
se libren del mayor mal, de la injusticia. ¿Debemos hablar así o no, Polo?
POL. – Ciertamente, me parece absurdo,
Sócrates; sin embargo, quizá te autoricen las razones precedentes.
SÓC. –¿No es cierto que o hay que anular
aquéllas o es forzoso que resulte esta conclusión?
POL. – Sí; al menos esto es así.
SÓC. – Pero considerando el lado opuesto:
si conviene causar daño a alguien, enemigo o quienquiera que sea con tal de
que uno mismo no reciba injusticia por parte de su enemigo, pues hay que
evitar esto; pero, en el caso de que nuestro enemigo cometa injusticia con
otro, hay que conseguir por todos los medios, con obras y palabras, que no
pague su culpa ni vaya ante el juez; y si va, procurar que sea absuelto y no
reciba castigo nuestro enemigo; y si ha robado gran cantidad de oro, que no la
restituya, sino que la retenga y la gaste de manera injusta e impía en sí y en
los suyos; si ha cometido un delito que merece la muerte, procurar que no muera
a ser posible nunca, sino que viva inmortal en la perversidad, y de no ser así,
que su vida se prolongue en este estado el mayor tiempo posible. Para esto,
Polo, me parece que es útil la retórica, porque para el que no tiene intención
de cometer injusticia no es, ciertamente, grande su utilidad, si en efecto
tiene alguna, porque en nuestra conversación no ha aparecido por ninguna parte.
CAL. – Dime, Querefonte, ¿Sócrates dice
esto en serio ó bromea?
QUER. – Me parece, Calicles, que habla
completamente en serio; sin embargo, nada mejor que preguntarle a él mismo.
CAL. – Por los dioses, estoy deseando
hacerlo. Dime, Sócrates, ¿debemos pensar que hablas en serio o que bromeas?
Pues si hablas en serio y es realmente verdadero lo que dices, ¿no es cierto
que nuestra vida, la de los humanos, estaría trastrocada y que, según parece,
hacemos lodo lo contrario de lo que debemos?
SÓC. – Oh Calicles, si los hombres no
experimentaran las mismas sensaciones, unos de un modo, otros de otro, sino que
cada uno de nosotros experimentara sensaciones propias sin relación con las de
los demás, no sería fácil hacer conocer a otro lo que uno mismo experimenta.
Digo esto porque he advertido que ahora tú y yo sentimos, precisamente, el
mismo afecto; somos dos y cada uno de nosotros ama a dos objetos: yo a
Alcibíades, hijo de Clinias, y a la filosofía; tú a los dos Demos, al de
Atenas" y al hijo de Pirilampes. Me doy cuenta de que en ninguna ocasión,
aunque eres hábil, puedes oponerte a lo que dicen tus amores, ni a sus puntos
de vista, sino que te dejas llevar por ellos de un lado a otro. En la Asamblea,
si expresas tu parecer y el pueblo de Atenas dice que no es así, cambias de
opinión y dices lo que él quiere; también respecto a ese bello joven, el hijo
de Pirilampes, te sucede otro tanto. En efecto, no eres capaz de hacer frente a
las determinaciones ni a las palabras de los que amas, hasta el punto de que
si, al decir tú lo que continuamente dices a causa de ellos, alguien se
extrañara de que es absurdo, quizá le dirías, si quisieras decir la verdad, que
si no hacen que tus amores dejen de decir esas palabras, jamás podrás cesar tú
de hablar así.
Pues bien, piensa que es necesario oír de
mí palabras semejantes, y no te extrañe que yo diga lo que he dicho, antes
bien, impide que la filosofía, que es mi amor, lo diga. Pues dice, querido
amigo, lo que ahora me has oído, y es para mí mucho menos impulsiva que los
otros amores. Porque este hijo de Clinias cada vez dice algo distinto, al
contrario, la filosofía dice siempre lo mismo. Dice lo que ahora te ha causado
extrañeza, pues tú mismo has asistido a la conversación. En consecuencia, o
refútala, como decía antes, y demuestra que cometer injusticia y no sufrir el
castigo, cuando se es culpable, no es el mayor de todos los males, o si dejas
esto sin refutar, Calicles mismo, oh
Calicles, no estará de acuerdo contigo, sino que disonará de ti durante toda
la vida. Sin embargo, yo creo, excelente amigo, que es mejor que mi lira esté
desafinada y que desentone de mí, e igualmente el coro que yo dirija, y que
muchos hombres no estén de acuerdo conmigo y me contradigan, antes de que yo,
que no soy más que uno, esté en desacuerdo conmigo mismo y me contradiga.
CAL. – Me parece, Sócrates, que en las
conversaciones te comportas fogosamente, como un verdadero orador popular, y
ahora usas este lenguaje porque Polo ha sufrido el mismo inconveniente que
Gorgias sufrió contigo y que Polo le inculpó. En efecto, decía Polo que tú
preguntaste a Gorgias si, en el caso de que un discípulo acudiera a él
deseando aprender retórica sin conocer qué es lo justo, él le enseñaría esto.
Gorgias dijo que sí se lo enseñaría, sintiendo vergüenza en decir que no, a
causa de la costumbre de los hombres, que se indignarían si alguien dijera
que no puede enseñar qué es lo justo. Que, en virtud de esta concesión, se vio
obligado Gorgias a contradecirse y que esto es lo que a ti te agrada. En esta
ocasión, Polo se rió de ti con razón, según creo. Ahora, por su parte, el
propio Polo ha experimentado lo mismo que Gorgias, y por esta misma razón no
apruebo que Polo te concediera que cometer injusticia es más feo que sufrirla.
En efecto, a consecuencia de esta concesión, también a él le has embarullado
en la discusión y le has cerrado la boca por no atreverse a decir lo que
pensaba. Pues en realidad tú, Sócrates, diciendo que buscas la verdad llevas a
extremos enojosos y propios de un orador demagógico la conversación sobre lo
que no es bello por naturaleza y sí por ley.
En la mayor parte de los casos son contrarias
entre sí la naturaleza y la ley; así pues, si alguien por vergüenza no se
atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a contradecirse. Sin duda, tú te
has percatado de esta sutileza y obras de mala fe en las discusiones, y si
alguien está hablando desde el punto de vista de la ley, tú le interrogas
desde el punto de vista de la naturaleza, y si habla de la naturaleza, le
preguntas sobre la ley. Como acabas de hacer en lo de cometer injusticia y
sufrirla. Al hablar Polo de lo que es más feo con arreglo a la ley, tú tomaste
el razonamiento con arreglo a la naturaleza.
En efecto, por naturaleza es más feo todo
lo que es más desventajoso, por ejemplo, sufrir injusticia; pero por ley es más
feo cometerla. Pues ni siquiera esta desgracia, sufrir la injusticia, es
propia de un hombre, sino de algún esclavo para quien es preferible morir a
seguir viviendo y quien, aunque reciba un daño y sea ultrajado, no es capaz de
defenderse a sí mismo ni a otro por el que se interese. Pero, según mi
parecer, los que establecen las leyes son los débiles y la multitud. En efecto,
mirando a sí mismos y a su propia utilidad establecen las leyes, disponen las
alabanzas y determinan las censuras. Tratando de atemorizar a los hombres más
fuertes y a los capaces de poseer mucho, para que no tengan más que ellos,
dicen que adquirir mucho es feo e injusto, y que eso es cometer injusticia:
tratar de poseer más que los otros. En efecto, se sienten satisfechos, según
creo, con poseer lo mismo siendo inferiores.
Por esta razón, con arreglo a la ley se
dice que es injusto y vergonzoso tratar de poseer más que la mayoría y a esto
llaman cometer injusticia. Pero, según yo creo, la naturaleza misma demuestra
que es justo que el fuerte tenga más que el débil y el poderoso más que el que
no lo es. Y lo demuestra que es así en todas partes, tanto en los animales como
en todas las ciudades y razas humanas, el hecho de que de este modo se juzga
lo justo: que él fuerte domine al débil y posea más. En efecto, ¿en qué clase
de justicia se fundó Jerjes para hacer la guerra a Grecia, o su padre a los
escitas, e igualmente, otros infinitos casos que se podrían citar? Sin
embargo, a mi juicio, estos obran con arreglo a la naturaleza de lo justo, y
también, por Zeus, con arreglo a la ley de la naturaleza. Sin duda, no con
arreglo a esta ley que nosotros establecemos, por la que modelamos a los
mejores y más fuertes de nosotros, tomándolos desde pequeños, como a leones, y
por medio de encantos y hechizos los esclavizamos, diciéndoles que es preciso
poseer lo mismo que los demás y que esto es lo bello y lo justo.
Pero yo creo que si llegara a haber un
hombre con índole apropiada, sacudiría, quebraría y esquivaría todo esto, y
pisoteando nuestros escritos, engaños, encantamientos y todas las leyes
contrarias a la naturaleza, se sublevaría y se mostraría dueño este nuestro
esclavo, y entonces resplandecería la justicia de la naturaleza. Me parece que
también Píndaro indica lo mismo que yo en el canto en el que dice:
la ley, reina de todos
de los mortales y de los inmortales;
...conduce, justificándola, la mayor
violencia,
con su mano omnipotente; me fundo
en los trabajos de Heracles, puesto que
sin pagarlas...,
así dice poco más o menos, pues no sé el
canto, pero dice que, sin comprarlas y sin que se las diera Gerión, se llevó
sus vacas, en la idea de que esto es lo justo por naturaleza: que las vacas y
todos los demás bienes de los inferiores y los débiles sean del superior y del
más poderoso.
Así pues, ésta es la verdad y lo reconocerás
si te diriges a cosas de mayor importancia, dejando ya la filosofía.
Ciertamente, Sócrates, la filosofía tiene su encanto si se toma moderadamente
en la juventud; pero si se insiste en ella más de lo conveniente es la
perdición de los hombres. Por bien dotada que esté una persona, si sigue
filosofando después de la juventud, necesariamente se hace inexperta de todo lo
que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un hombre
esclarecido y bien considerado. En efecto, llegan a desconocer las leyes que
rigen la ciudad, las palabras que se deben usar para tratar con los hombres en
las relaciones privadas y públicas y los placeres y pasiones humanos; en una
palabra, ignoran totalmente las costumbres. Así pues, cuando se encuentran en
un negocio privado o público, resultan ridículos, del mismo modo que son
ridículos, a mi juicio, los políticos cuando, a su vez, van a vuestras conversaciones
y discusiones. En efecto, sucede lo que dice Eurípides: brillante es cada uno
en aquello y hacia aquello se apresura,
dedicando la mayor parte del día a eso
en lo que él se supera a sí mismo;
pero donde se encuentra inhábil de allí
huye y desprecia aquello, mientras que alaba lo otro por amor de sí mismo,
creyendo que así hace su propio elogio.
En cambio, yo creo que lo más razonable
es tomar parte en ambas cosas; está muy bien ocuparse de la filosofía en la
medida en que sirve para la educación, y no es desdoro filosofar mientras se
es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho
resulta ridículo, Sócrates, y yo experimento la misma impresión ante los que
filosofan que ante los que pronuncian mal y juguetean. En efecto, cuando veo
jugar y balbucear a un niño que por su edad debe aún hablar así, me causa
alegría y me parece gracioso, propio de un ser libre y adecuado a su edad. Al
contrario, cuando oigo a un niño pronunciar con claridad me parece algo
desagradable, me irrita el oído y lo juzgo propio de un esclavo. En cambio,
cuando se oye a un hombre pronunciar mal o se le ve jugueteando, resulta
ridículo, degradado y digno de azotes. Esta misma impresión experimento
también respecto a los que filosofan. Ciertamente, viendo la filosofía en un
joven me complazco, me parece adecuado y considero que este hombre es un ser
libre; por el contrario, el que no filosofa Ene parece servil e incapaz de
estimarse jamás digno de algo bello y generoso. Pero, en cambio, cuando veo a
un hombre de edad que aún filosofa y que no renuncia a ello, creo, Sócrates,
que este hombre debe ser azotado. Pues, domo acabo de decir, le sucede a éste,
por bien dotado que esté, que pierde su condición de hombre al huir de los lugares
frecuentados de la ciudad y de las asambleas donde, como dijo el poeta, los
hombres se hacen ilustres, y al vivir el resto de su vida oculto en un rincón,
susurrando con tres o cuatro jovenzuelos, sin decir jamás nada noble, grande
y conveniente.
Yo, Sócrates, siento bastante amistad por
ti; así pues, estoy muy cerca de experimentar lo que Zeto respecto a Anfión, el
personaje de Eurípides del que he hablado. También a mí se me ocurre decirte
lo mismo que aquél a su hermano: «Te descuidas, Sócrates de lo que debes ocuparte
y disfrazas un alma tan noble con una apariencia infantil, y no podrías
expresar la frase adecuada en las deliberaciones de justicia, no dirías con
firmeza algo conveniente y persuasivo ni tomarías una decisión audaz en favor
de otro.» En verdad, querido Sócrates –y no te irrites conmigo, pues voy a
hablar en interés tuyo–, ¿no te parece vergonzoso estar como creo que te
encuentras tú y los que sin cesar llevan adelante la filosofía?
Pues si ahora alguien te toma a ti, o a
cualquier otro como tú, y te lleva a la prisión diciendo que has cometido un
delito, sin haberlo cometido, sabes que no podrías valerte tú mismo, sino que
te quedarías aturdido y boquiabierto sin saber qué decir, y ya ante el
tribunal, aunque tu acusador fuera un hombre incapaz y sin estimación, serías
condenado a morir si quisiera proponer contra ti la pena de muerte. Y bien, ¿qué
sabiduría es esta, Sócrates, si un arte toma a un hombre bien dotado y le hace
inferior sin que sea capaz de defenderse a sí mismo ni de salvarse de los
más graves peligros ni de salvar a ningún otro, antes bien, quedando expuesto
a ser despojado por sus enemigos de todos sus bienes y a vivir, en fin,
despreciado en la ciudad? A un hombre así, aunque sea un poco duro decirlo, es
posible abofetearlo impunemente. Pero, amigo, hazme caso: cesa de argumentar,
cultiva el buen concierto de los negocios y cultívalo en lo que te dé
reputación de hombre sensato; deja a otros esas ingeniosidades, que, más bien,
es preciso llamar insulseces o charlatanerías, por las que habitarás en una
casa vacía; imita, no a los que discuten esas pequeñeces, sino a los que tienen
riqueza, estimación y otros muchos bienes.
SÓC. –Si mi alma fuera de oro, Calicles,
¿no crees que me sentiría contento al encontrar alguna de esas piedras con las
que prueban el oro, la mejor posible, a la que aproximando mi alma, si la piedra
confirmara que está bien cultivada, yo sabría con certeza que me hallo en buen
estado y que no necesito otra comprobación?
CAL. –¿Y por qué me preguntas eso,
Sócrates?
SÓC. – Voy a decírtelo. Creo que ahora,
al encontrarte a ti, he encontrado tal hallazgo.
CAL. –¿Por qué?
SÓC. – Estoy seguro de que, en lo que tú
estés de acuerdo conmigo sobre lo que mi alma piensa, eso es ya la verdad
misma. Pues observo que el que va a hacer una comprobación suficiente sobre si
un alma vive rectamente o rio; ha de tener tres cosas qué tú tienes: ciencia,
benevolencia y decisión para hablar. En efecto, yo encuentro a muchos que no
son capaces de probarme porque no son sabios como tú; otros son ciertamente
sabios, pero no quieren decirme la verdad porque no tienen interés por mí,
como tú lo tienes. Estos dos forasteros, Gorgias y Polo, gin sabios y amigos
míos; pero les falta decisión para hablar y son más vergonzosos de lo que
conviene. ¿Y cómo no? Han llegado a tal grado de timidez, que, por vergüenza:
ha osado cada uno de ellos contradecirse a sí mismo en presencia de muchas
personas y sobre asuntos de máxima importancia. En cambio, tú tienes todo lo
que los demás no tienen; estás suficientemente instruido, como podrían
confirmar muchos atenienses, y estás bien dispuesto hacia mí.
¿En qué me fundo para afirmar esto? Voy a
decírtelo. Yo sé, Calicles, que vosotros cuatro os habéis hecho socios en el
cultivo de la sabiduría: tú, Tisandro de Afidna, Andrón, hijo de Androción, y
Nausicides de Colarges. En cierta ocasión, os oí deliberar sobre hasta qué
punto se debe cultivar la sabiduría, y sé que prevaleció entre vosotros, poco
más o menos, la opinión de no esforzarse en filosofar hasta la perfección; más
bien, por el contrario, os exhortasteis recíprocamente a tener cuidado de no
destruiros sin advertirlo, al llegar a ser más sabios de lo conveniente. Por
tanto, cuando te oigo aconsejarme lo mismo que a tus mejores amigos, tengo una
prueba suficiente de que, en verdad, eres amigo mío. Y en cuanto a que eres capaz
de hablar libremente y sin avergonzarte, tú mismo lo afirmas y las palabras
que acabas de pronunciar coinciden contigo.
Evidentemente, sobre estas cuestiones la
situación está ahora así. Si en la conversación tú estás de acuerdo conmigo en
algún punto, este punto habrá quedado ya suficientemente probado por mí y por
ti, y ya no será preciso someterlo a otra prueba. En efecto, jamás lo
aceptarías, ni por falta de sabiduría, ni porque sientas excesiva vergüenza,
ni tampoco lo aceptarías intentando engañarme, pues eres amigo mío, como tú
mismo dices. Por consiguiente, la conformidad de mi opinión con la tuya será
ya, realmente, la consumación de la verdad. Es el más bello de todos, Calicles,
el examen de estas cuestiones sobre las que tú me has censurado: cómo debe ser
un hombre y qué debe practicar y hasta qué grado en la vejez y en la juventud.
Pues si en algo yo no obro rectamente en mi modo de vivir, ten la certeza de
que no yerro intencionadamente, sino por mi ignorancia. Así pues, ya que has
empezado a amonestarme, no me abandones y muéstrame suficientemente qué es eso
en lo que debo ocuparme y de qué modo puedo llegar a ello. Y si encuentras que
yo ahora estoy de acuerdo contigo y que, después, no hago aquello mismo en lo
que estuve de acuerdo, considera que soy enteramente estúpido y no me des ya
más consejos, en la seguridad de que no soy digno de nada. Repíteme desde el
principio: ¿cómo decís que es lo justo con arreglo a la naturaleza Píndaro y
tú? ¿No es que el más poderoso arrebate los bienes del menos poderoso, que
domine el mejor ál inferior y que posea más el más apto que el inepto? ¿Acaso
dices que lo justo es otra cosa, o he recordado bien?
CAL. – Eso decía antes y ahora lo repito.
SÓC. – Pero ¿llamas tú a la misma persona
indistintamente mejor y más poderosa? Pues tampoco antes pude entender qué
decías realmente. ¿Acaso llamas más pode, osos a los más fuertes, y es preciso
que los débiles obedezcan al más fuerte, según me parece que manifestabas al
decir que las grandes ciudades atacan a las pequeñas con arreglo a la ley de la
naturaleza, porque son más poderosas y más fuertes, convencido de que son la
misma cosa más poderoso, más fuerte y mejor, o bien es posible ser mejor y, al
mismo tiempo, menos poderoso y más débil, o, por otra parte, ser más poderoso,
pero ser peor, o bien es la misma definición la de mejor y mas poderoso?
Explícame con claridad esto. ¿Es una misma cosa, o son tosas distintas más
poderoso, mejor y más fuerte?
CAL. –Pues bien, te digo claramente que
son la misma cosa.
SÓC. – ¿No es cierto que la multitud es,
por naturaleza, más poderosa que un solo hombre? Sin duda ella le impone las
leyes, como tú decías ahora.
CAL. – ¿Cómo no?
SÓC. – Entonces las leyes de la multitud
son las de los más poderosos.
CAL. – Sin duda.
SÓC. –¿No son también las de los mejores?
Pues los más poderosos son, en cierto modo, los mejores, según tú dices.
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿No son las leyes de éstos bellas
por naturaleza, puesto que son ellos más poderosos?
CAL. – Sí.
SÓC. – Así pues, ¿no cree la multitud,
como tú decías ahora, que lo justo es conservar la igualdad y que es más
vergonzoso cometer injusticia que recibirla? ¿Es así o no? Y procura no ser
atrapado aquí tú también por vergüenza. ¿Cree o no cree la multitud que lo
justo es conservar la igualdad y no poseer uno más que los demás, y que es más
vergonzoso cometer injusticia que recibirla? No te niegues a contestarme a
esto, Calicles, a fin de que, si estás de acuerdo conmigo, mi opinión quede
respaldada ya por ti, puesto que la comparte un hombre capaz de discernir.
CAL. –Pues bien, la multitud piensa así.
SÓC. – Luego no sólo por ley es más
vergonzoso cometer injusticia que recibirla y se estima justo conservar la
igualdad, sino también por naturaleza. Por consiguiente, es muy posible que no
dijeras la verdad en tus anteriores palabras, ni que me acusaras con razón, al
decir que son cosas contrarias la ley y la naturaleza y que, al conocer yo esta
oposición, obro de mala fe en las conversaciones y si alguien habla con arreglo
a la naturaleza lo refiero a, la ley, y si habla con arreglo a la ley lo
refiero a la `naturaleza.
CAL. – Este hombre no dejará de decir
tonterías. Dime, Sócrates, ¿no te avergüenzas a tu edad de andar a la caza de
palabras y de considerar como un hallazgo el que alguien se equivoque en un
vocablo? En efecto, ¿crees que yo digo que ser más poderoso es distinto de ser
mejor? ¿No te estoy diciendo hace tiempo que para mí es lo mismo mejor y más
poderoso? ¿O crees que digo que, si se reúne una chusma de esclavos y de gentes
de todas clases, sin ningún valer, excepto quizá ser más fuertes de cuerpo, y
dicen algo, esto es ley?
SÓC. –Bien, sapientísimo Calicles; ¿es
eso lo que dices?
CAL. – Exactamente.
SÓC. – Pues bien, afortunado amigo,
también yo vengo sospechando hace tiempo que es a eso a lo que tú llamas más
poderoso, y te pregunto porque deseo afanosamente saber con claridad lo que
quieres decir. Pues, sin duda, tú no consideras que dos juntos son mejores que
uno solo, ni a tus esclavos mejores que tú mismo porque sean más fuertes que
tú. Sin embargo, di, comenzando de nuevo, ¿qué entiendes por los mejores,
puesto que no son los más fuertes? Y, admirable Calicles, enséñame con más
dulzura para que no me marche de tu escuela.
CAL. – Te burlas, Sócrates.
SÓC. –Por Zeto, Calicles, del cual te has
servido ahora para dirigirme tantas ironías. Pero, vamos, ¿quiénes dices que
son los mejores?
CAL. – Los más aptos.
SÓC. – ¿No ves que tú mismo dices
palabras, pero no explicas nada? ¿No vas a decir si llamas mejores y más
poderosos a los de mejor juicio o a otros?
CAL. – Sí, por Zeus, a éstos me refiero
exactamente.
SÓC. – En efecto, muchas veces una
persona de buen juicio es más poderosa, según tus palabras, que innumerables
insensatos y es preciso que éste domine y que los otros sean dominados, y que
quien domina posea más que los dominados. Me parece que quieres decir esto –y
no ando a la caza de palabras–, si dices que uno solo es más poderoso que un
gran número de hombres.
CAL. – Pues esto es lo que digo. Sin
duda, creo que eso es lo justo por naturaleza, que el mejor y de más juicio
gobierne a los menos capaces y posea más que ellos.
SÓC. – Deténte ahí; ¿qué irás a decir
ahora? Supongamos que estamos en un mismo lugar, como ahora, muchas personas
reunidas, que tenemos en común muchos alimentos y bebidas y que somos de todas
las condiciones: unos fuertes, otros débiles, y que uno de nosotros es de mejor
juicio acerca de esto por ser médico, pero que, como es natural, es más fuerte
que unos y más débil que otros; ¿no es cierto que éste, por ser de mejor juicio
que nosotros, será mejor y más poderoso respecto a esto?
CAL. –Sin duda.
SÓC. – ¿Habrá de tener, entonces, más
parte de estos alimentos que nosotros, porque es mejor, o bien, por tener el
mando, es preciso que reparta todo, pero que en el consumo y empleo de ello
para su propio cuerpo no tome en exceso, si no quiere sufrir daño, sino que
tome más que unos y menos que otros, y si es precisamente el más débil de
todos, no tendrá el mejor menos que todos? ¿No es así, amigo?
CAL. – Hablas de alimentos, de bebidas,
de médicos, de tonterías. Yo no digo eso.
SÓC. – ¿Acaso no llamas mejor al de más
juicio? Di sí o no.
CAL. – Sí.
SÓC. –¿Y no es preciso que el mejor tenga
más?
CAL. – Pero no alimentos ni bebidas.
SÓC. –Ya comprendo. ¿Quizá vestidos, y es
preciso que el tejedor más hábil tenga el manto más grande y que pasee con los
vestidos más numerosos y bellos?
CAL. –¿De qué vestidos hablas?
SÓC. – Pues bien, respecto al calzado, es
evidente que debe tener más el de más juicio para esto y el mejor. Quizá es
preciso que el zapatero ande llevando puesto más calzado y de mayor tamaño que
nadie.
CAL. –¿Qué calzado es ese? Insistes en
decir tonterías.
SÓC. – Pues si no te refieres a esto,
quizá sea a esto piro; por ejemplo, el agricultor de buen juicio para el cultivo
de la tierra y, además, bueno y honrado ¿no debe quizá tener más parte de las
semillas y usar para sus terrenos la mayor cantidad posible de ellas?
CAL. – ¡Siempre diciendo lo mismo,
Sócrates!
SÓC. – No sólo lo mismo, Calicles, sino
también sobre las mismas cosas.
CAL. – Por los dioses, no cesas, en suma,
de hablar continuamente de zapateros, cardadores, cocineros y médicos, como
si nuestra conversación fuera acerca de esto.
SÓC. –Así pues, ¿no vas a decir acerca de
qué cosas el más poderoso y de mejor juicio tiene con justicia mayor parte que
los demás? ¿O, sin decirlo tú mismo, no permitirás que yo lo sugiera?
CAL. – Estoy diciéndolo desde hace
tiempo. En primer lugar, hablo de los más poderosos, que no son los zapateros
ni los cocineros, sino los de buen juicio para el gobierno de la ciudad y el
modo como estaría bien administrada: y no solamente de buen juicio, sino
además decididos, #cesto que son capaces de llevar a cabo lo que piensan, que
no se desaniman por debilidad de espíritu.
SÓC. – ¿Te das cuenta, excelente
Calicles, de que no es lo mismo lo que tú me reprochas a mí y lo que yo te
reprocho a ti? En efecto, tú aseguras que yo digo siempre las mismas cosas y me
censuras por ello; yo por el contrario, te censuro porque jamás dices lo mismo
sobre las mismas cosas, sino que primero has afirmado que los mejores y los
más poderosos son los más fuertes; después, que los de mejor juicio, y ahora,
de nuevo, vienes con otra definición: llamas más poderosos y mejores a los más
decididos. Pero, amigo, acaba ya de decir a quiénes llamas realmente mejores y
más poderosos y respecto a qué.
CAL. – Ya he dicho que a los de buen
juicio para el gobierno de la ciudad y a los decididos. A éstos les corresponde
regir las ciudades, y lo justo es que ellos tengan más que los otros, los
gobernantes más que los gobernados
SÓC. –Pero ¿y respecto a sí mismos,
amigo? ¿Se dominan o son dominados?
CAL. – ¿Qué quieres decir?
SÓC. – Hablo de que cada uno se domine a
sí mismo; ¿o no es preciso dominarse a sí mismo, sino sólo dominar a los demás?
CAL. – ¿Qué entiendes por dominarse a sí
mismo?
SÓC. – Bien sencillo, lo que entiende la
mayoría: ser moderado y dueño de sí mismo y dominar las pasiones y deseos que
le surjan.
CAL. – ¡Qué amable eres, Sócrates! Llamas
moderados a los idiotas.
SÓC. – ¿Cómo? Todo el mundo puede darse
cuenta de que no digo eso.
CAL. – Precisamente eso es lo que dices,
Sócrates. Pues ¿cómo podría ser feliz un hombre si es esclavo de algo? Al
contrario, lo bello y lo justo por naturaleza es lo que yo te voy a decir con
sinceridad, a saber: el que quiera vivir rectamente debe dejar que sus deseos
se hagan tan grandes como sea posible, y no reprimirlos, sino, que, siendo los
mayores que sea posible, debe ser capaz de satisfacerlos con decisión e
inteligencia y saciarlos con lo que en cada ocasión sea objeto de deseo. Pero
creo yo que esto no es posible para la multitud; de ahí que, por vergüenza,
censuren a tales hombres, ocultando de este modo su propia impotencia; afirman
que la intemperancia es deshonrosa, como yo dije antes, y esclavizan a los
hombres irás capaces por naturaleza y, como ellos mismos no pueden procurarse
la plena satisfacción de sus deseos, alaban la moderación y la justicia a
causa de su propia debilidad. Porque para cuantos desde el nacimiento son
hijos de reyes o para los que, por su propia naturaleza, son capaces de
adquirir un poder, tiranía o principado, ¿qué habría, en verdad, más
vergonzoso y perjudicial que la moderación y la justicia, si pudiendo
disfrutar de sus bienes, sin que nadie se lo impida, llamaran para que fueran
sus 4ueños a la ley, los discursos y las censuras de la multitud? ¿Cómo no se
habrían hecho desgraciados por la bella apariencia de la justicia y de la
moderación, al no dar más a sus amigos que a sus enemigos, a pesar de gobernar
en su propia ciudad? Pero, Sócrates, esta verdad que tu dices buscar es así: la
molicie, la intemperancia y el libertinaje, cuando se les alimenta, constituyen
la virtud y la felicidad; todas esas otras fantasías y convenciones de los
hombres contrarias a la naturaleza son necedades y cosas sin valor.
SÓC. – Te entregas a la discusión,
Calicles, con una noble franqueza. En efecto, manifiestamente ahora estás diciendo
lo que los demás piensan, pero no quieren decir. Por tanto, te suplico que de
ningún modo desfallezcas a de que en realidad quede completamente claro cómo
hay que vivir. Y dime, ¿afirmas que no se han de reprimir los deseos, si se
quiere ser como se debe ser, sino que, permitiendo que se hagan lo más grandes
que sea posible, hay que procurarles satisfacción de donde quiera que sea, y
que en esto consiste la virtud?
CAL. – Eso afirmo, ciertamente.
SÓC. – Luego no es razonable decir que
son felices los que no necesitan nada.
CAL. – De este modo las piedras y los
muertos serían felicísimos.
SÓC. – Sin embargo, es terrible la vida
de los que tú dices. No me extrañaría que Eurípides dijera la verdad en estos
versos:
¿quién sabe si vivir es morir
y morir es vivir?,
y que quizá en realidad nosotros estemos
muertos. En efecto, he oído decir a un sabio que nosotros ahora estamos
muertos, que nuestro cuerpo es un sepulcro y que la parte del alma en la que se encuentran las pasiones es de tal naturaleza
que se deja seducir y cambia súbitamente de un lado a otro. A esa parte del
alma, hablando en alegoría y haciendo un juego de palabras, cierto hombre
ingenioso, quizá de Sicilia o de Italia, la llamó tonel, a causa de su
docilidad y obediencia, y a los insensatos los llamó no iniciados; decía que
aquella parte del alma de los insensatos en que se hallan las pasiones, fijando
la atención en lo irreprimido y descubierto de ella, era como un tonel
agujereado aludiendo a su carácter insaciable. Éste, Calicles, al contrario que
tú, expresa la opinión de que en el Hades ––se refiere a lo invisible––
tendrían el colmo de la desgracia los no iniciados y llevarían agua al tonel
agujereado con un cedazo igualmente agujereado. Dice, en efecto, según manifestaba
el que me lo refirió, que el cedazo es el alma; y comparó el alma de los
insensatos a un cedazo porque está agujereada, ya que no es capaz de retener
nada por incredulidad y por olvido. Estas comparaciones son, probablemente,
absurdas; sin embargo, dan a entender lo que yo deseo demostrarte, si de algún
modo soy capaz de ello, para persuadirte a que cambies de opinión y a que
prefieras, en vez de una pida de insaciedad y desenfreno, una vida ordenada que
tenga suficiente y se dé por satisfecha siempre con lo que tiene. Pero ¿te
persuado en algo y cambias de opinión en el sentido de que los moderados son
más felices que los desenfrenados o no vas a cambiar en nada, por más que
refiera otras muchas alegorías semejantes?
CAL. – Más verdad es lo último, Sócrates.
|
SÓC. – Veamos; voy a exponerte otra
imagen procedente de la misma escuela que la anterior. Examina, pues, si lo que
dices acerca de cada uno de los géneros de vida, el del moderado y el del
disoluto, no sería tal como si hubiera dos hombres que tuviese cada uno de
ellos muchos tímeles, y los del primero estuviesen sanos y cabales, el uno
lleno de vino, el otro de miel, el otro de leche y otros muchos de otros varios
líquidos, y que estos líquidos anduviesen escasos y sólo se pudiesen conseguir
con muchas y arduas diligencias; este hombre, después de llenar los toneles, ni
echaría ya más líquido en ellos, ni volvería a preocuparse, sino que quedaría
tranquilo con respecto a ellos. Para el otro sujeto, sería posible adquirir los
líquidos como para el primero, aunque también con dificultad; pero, teniendo
sus recipientes agujereados y podridos, se vería obligado a estarlos llenando
constantemente día y de noche, o soportaría los más graves sufrimientos.
Puesto que el género de vida de uno y otro es así, acaso dices que el del
disoluto es más feliz que el del moderado? ¿Consigo con estos ejemplos
persuadirte a que admitas que la vida ordenada es mejor que la disoluta, o no
lo consigo?
CAL. – No me persuades, Sócrates. Para el
de los toneles llenos, ya no hay placer alguno, pues eso es precisamente lo
que antes llamaba vivir como una piedra; cuan do los ha llenado, ni goza ni
sufre. Al contrario, el vivir agradablemente consiste en derramar todo lo
posible.
SÓC. –– ¿No es preciso, si derrama mucho,
que sea también mucho lo que sale y que sean grandes los orificios para los
desagües?
CAL. – Sin duda.
SÓC. – Tú hablas de la vida de un
alcaraván, pero no de la vida de un muerto ni de una piedra. Y dime, ¿quieres
decir, por ejemplo, que es preciso tener hambre y, cuando se tiene hambre,
comer?
CAL. – Sí, ciertamente.
SÓC. –¿Y tener sed y beber cuando se la
tiene?
CAL: – Sí, y tener todos los demás deseos
y, al tenerlos y ser capaz de satisfacerlos, gozar y vivir felizmente.
SÓC. – Muy bien, amigo; continúa como
empezaste y procura no ceder por vergüenza. Es preciso, según parece, que
tampoco yo me contenga por vergüenza. Dime, en primer lugar, si tener sarna,
rascarse, con la posibilidad de rascarse cuanto se quiera, y pasar la vida
rascándose es vivir felizmente.
CAL. – ¡Qué absurdo eres, Sócrates,
verdaderamente un orador demagógico!
SÓC. – Pues así, Calicles, he
desconcertado a Polo y a Gorgias y les he hecho avergonzarse; pero es seguro
que tú no te desconciertas ni te avergüenzas, porque eres decidido. Pero,
simplemente, responde.
CAL. – Digo, pues, que incluso el que se
rasca puede vivir plácidamente.
SÓC. ––¿Si puede vivir plácidamente,
puede vivir también felizmente?
CAL. – Sin duda.
SÓC. –¿Si se rasca sólo la cabeza, o te
sigo preguntando más? Piensa, Calicles, qué contestarás si te preguntan a
continuación todas las cuestiones consiguientes a ésta. Y como resumen de
ellas, ¿no es la vida de los disolutos terrible, vergonzosa y desgraciada? ¿O
bien osarás decir que son felices si tienen abundantemente lo que desean?
CAL. –¿No te avergüenzas de llevara tales
extremos la conversación, Sócrates?
SÓC. – ¿La llevo yo a este punto, amigo
mío, o el que dice así, simplemente, que los que gozan, de cualquier modo que
gocen, son felices, y no distingue qué placeres son buenos y qué otros son
malos?. Pero di aún otra vez, ¿afirmas que son la misma cosa placer y bien, o
hay al placer que no es bueno?
CAL. – Para que no me resulte una
contradicción si digo que son distintos, afirmo que son la misma cosa.
SÓC. – Destruyes, Calicles, las bases de
la conversación, y ya no puedes buscar bien la verdad conmigo si vas a hablar
contra lo que piensas.
CAL. – Pues también tú haces lo mismo,
Sócrates.
SÓC. – Ciertamente, ni yo obro bien, si
hago eso, ni tú tampoco. Pero, considera, Calicles, que quizá el bien no
consista en gozar de cualquier modo, pues, si esto es así, resulta evidente que
se producen todas las consecuencias vergonzosas que ahora he insinuado y otras
muchas más.
CAL. – Según tú crees, Sócrates.
SÓC. –¿Pero de verdad, Calicles,
sostienes eso?
CAL. –Desde luego.
SÓC. –¿Debemos, pues, examinarlo
convencidos de hablas en serio?
CAL. – Totalmente.
SÓC. – Sea; puesto que te parece así,
contéstame con precisión. ¿Existe algo a lo que llamas ciencia?
CAL. –– Sí.
SÓC. –¿No hablabas ahora también de
cierta valentía que hay junto con la ciencia?
CAL. –– Sí hablaba.
SÓC. – ¿No es cierto que hablabas de dos
cosas al distinguir la valentía de la ciencia?
CAL. – Sin duda.
SÓC. –¿Y qué? ¿El placer y la ciencia son
lo mismo o son cosas distintas?
CAL. – Cosas distintas, sin duda,
sapientísimo Sócrates.
SÓC. –– ¿Y la valentía es distinta del
placer?
CAL. ––Pues ¿cómo no?
SÓC. – Tratemos, pues, de recordar esto,
que Calicles Acarneo ha dicho que el placer y el bien son la misma cosa, y que
la ciencia y la valentía son distintas entre sí y distintas del bien.
CAL. – Y que Sócrates de Alópece no está
de acuerdo con nosotros. ¿O está de acuerdo?
SÓC. – No lo está; y creo que tampoco
Calicles cuando se haya examinado a sí mismo sinceramente. Porque, dime, ¿no
consideras que los que viven felizmente experimentan lo contrario que los
desgraciados?
CAL. – Sí.
SÓC. – Por tanto, si estas situaciones
son contrarias entre sí, ¿no es preciso que suceda con ellas lo que con la
salud y la enfermedad? Pues, sin duda, un hombre no está sano y enfermo al
mismo tiempo, ni tampoco al mismo tiempo sale del estado de salud y del de
enfermedad.
CAL. – ¿Qué quieres decir?
SÓC. – Por ejemplo, examina separadamente
la parte del cuerpo que quieras. ¿Se puede padecer la enfermedad de los ojos
cuyo nombre es oftalmía?
CAL. – ¿Cómo no?
SÓC. –Por supuesto: que al mismo tiempo
no pueden estar sanos los ojos.
CAL. – De ninguna manera.
.SÓC. –¿Qué sucede cuando se cura la
oftalmía? ¿También, entonces, se pierde la salud de los ojos y, finalmente,
se sale al mismo tiempo del estado de salud y del de enfermedad?
CAL. – En modo alguno.
SÓC. – Esto resultaría, en mi opinión,
sorprendente y absurdo, ¿no es cierto?
CAL. – Por completo.
SÓC. –Más bien, creo yo, toma uno y
pierde el otro alternativamente.
CAL. –Así es.
SÓC. –¿No sucede lo mismo con la fuerza y
la debilidad?
CAL. –Sí.
SÓC. –¿Y con la velocidad y la lentitud?
CAL. – Sin duda.
SÓC. – También los bienes y la felicidad
y sus contrarios, los males y la desgracia, ¿no se toman alternativa»ente y
alternativamente se pierden?
CAL. – Evidentemente.
SÓC. – Así pues, si encontramos dos cosas
que se puedan perder y tener al mismo tiempo, es evidente que no podrían ser
el bien y el mal. ¿Estamos de acuerdo en esto? Examínalo bien y contesta.
CAL. – Estoy completamente de acuerdo.
SÓC. – Volvamos a lo que hemos convenido
antes. ¿Decías que tener hambre es agradable o penoso? Hablo del hambre en sí
misma.
CAL. – Es penoso, pero comer cuando se
tiene hambre es agradable.
SÓC. – Ya comprendo; pero en todo caso el
hecho de tener hambre es, en sí mismo, penoso, ¿no es así?
CAL. –Así es.
SÓC. –¿No lo es también tener sed?
CAL. – Y mucho.
SÓC. –Por tanto, ¿sigo preguntando más, o
estás de acuerdo en que toda necesidad y todo deseo es penoso?
CAL. – Estoy de acuerdo; no preguntes.
SÓC. – Bien; pero ¿no afirmas que beber
cuando se tiene sed es agradable?
CAL. –Sí.
SÓC. –Y en el estado de que hablas, tener
sed ¿no es indudablemente doloroso?
CAL. – Sí.
SÓC. –Pero ¿no es el beber la
satisfacción de esa necesidad y un placer?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿No dices que en beber hay placer?
CAL. – Exactamente.
SÓC. – ¿Cuando se tiene sed?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿Con desazón por ella?
CAL. – Sí.
SÓC. –¿Adviertes, pues, la conclusión?
Dices que se siente dolor y placer al mismo––tiempo si se bebe teniendo sed. ¿O
es que estas dos sensaciones no se producen en el mismo lugar y tiempo, sea del
cuerpo, sea del alma, según prefieras, pues en mi opinión no hay diferencia?
¿Es así, o no?
CAL. –Así es.
SÓC. – Pero, no obstante, dices que es
imposible ser al mismo tiempo feliz y desgraciado.
CAL. – Lo digo, ciertamente.
SÓC. – Y has admitido que es posible
sentir placer y dolor al mismo tiempo.
CAL. – Eso parece.
SÓC. – Luego sentir placer no es ser
feliz, ni sentir dolor ser desgraciado; por consiguiente, resulta el placer
distinto del bien.
CAL. – No sé qué sofismas dices,
Sócrates.
SÓC. – Sí lo sabes, pero finges no
entender, Calicles; sigue aún adelante.
CAL. – ¿Qué tontería vas a decir?
SÓC. – Para que conozcas cuán sabio eres
tú que me amonestas. Al mismo tiempo que cesamos de tener sed, ¿no dejamos
también de sentir placer en beber?
CAL. – No sé qué estás diciendo.
GOR. – No obres así de ningún modo,
Calicles; al contrario, responde también en favor nuestro, para que pueda
acabarse la conversación.
CAL. – Siempre es Sócrates el mismo,
Gorgias; pregunta pequeñeces sin valor y pone a uno en evidencia.
GOR. –¿Y qué te importa? No reside tu
estimación de ningún modo en estas cuestiones; permite a Sócrates que argumente
como quiera.
CAL. – Pregunta, pues, tú esas
menudencias y mezquindades, puesto que le parece bien a Gorgias.
SÓC. – Afortunado eres, Calicles, porque
has sido iniciado en los grandes misterios antes que en los pequeños; yo no
creí que estuviera permitido; en todo caso, tomando la cuestión donde la
dejaste, respóndeme si no cesa al mismo tiempo de tener sed y de sentir placer
en beber.
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿No se cesa también de tener
hambre y de experimentar los demás deseos al mismo tiempo que cesan los
placeres respectivos?
CAL. –Así es.
SÓC. –¿No es cierto, pues, que al mismo
tiempo cesan los dolores y los placeres?
CAL. – Sí.
SÓC. – Pero, sin embargo, no se dejan de
tener al mismo tiempo los bienes y los males, según tú admitías antes; ¿no lo
admites ahora?
CAL. – Sí, ¿y qué?
SÓC. – Que no son la misma cosa, amigo,
los bienes y los placeres, ni lo son los males y los dolores. Los unos se dejan
de experimentar simultáneamente; los otros no, puesto que son distintos. En
efecto, ¿cómo podrían ser la misma cosa los placeres y los bienes o los dolores
y los males? Pero, si quieres, examínalo también de este otro modo; yo creo que
ni aun así voy a estar de acuerdo contigo. Pon atención; ¿no llamas buenos a
los buenos por la presencia de bondades, como bellos a aquellos en los que está
presente la belleza?
CAL. – Si.
SÓC. –¿Y qué? ¿Llamas buenos a los
insensatos y cobardes? Al menos, hace un momento, no; al contrario, llamabas
buenos 79 a los decididos y a los de buen juicio. ¿O no llamas buenos a éstos?
CAL. – Sin ninguna duda.
SÓC. – ¿Y qué? ¿Has visto alguna vez
gozar a un niño insensato?
CAL. – Sí.
SÓC. –¿No has visto nunca gozar a un
hombre insensato?
CAL.–Creo que sí. Pero ¿a qué viene eso?
SÓC. – A nada, pero responde.
CAL. – Sí, lo he visto.
SÓC. – ¿Has visto sufrir y gozar a un
hombre sensato?
CAL. – Sí.
SÓC. –¿Y quiénes sienten más el gozo y la
aflicción, los sensatos o los insensatos?
CAL. – Creo que no hay gran diferencia.
SÓC. – Esto es suficiente. En la guerra,
¿has visto alguna vez a un hombre cobarde?
CAL. – ¿Cómo no?
SÓC. – ¿Y qué? Al retirarse los enemigos,
¿quiénes te parece que se alegran más, los cobardes o los valientes
CAL. – Me parece que unos y otros se
alegran mucho; en todo caso, apenas hay diferencia.
SÓC. –No importa. Así pues, ¿se alegran
también los cobardes?
CAL. – Muchísimo.
SÓC. –También los insensatos, según
parece.
CAL. –Sí.
SÓC. –Pero cuando se acercan los
enemigos, ¿sufren solamente los cobardes o también los valientes?
CAL.–Unos y otros.
SÓC. –¿De igual modo?
CAL. – Más, quizá, los cobardes.
SÓC. – Y cuando se retiran los enemigos,
¿no se alegran más?
CAL. – Tal vez.
SÓC. – ¿No es cierto, pues, que sufren y
se alegran los sensatos y los insensatos, los cobardes y los valientes, de
manera aproximada, según afirmas, pero más los cobardes que los valientes?
CAL. –Sí.
SÓC. –Pero, por otro lado, ¿los sensatos
y los valientes no son buenos, y los cobardes y los insensatos, malos?
CAL. – Sí.
SÓC. – Luego ¿sufren y gozan casi en la
misma medida los buenos y los malos?
CAL. – Eso digo.
SÓC. –Así pues, ¿son casi igualmente
buenos y malos los buenos y los malos? ¿O son incluso mejores los malos?
CAL. – Por Zeus, no sé lo que dices.
SÓC. – ¿No sabes que, según afirmas, los
buenos son buenos por la presencia de bienes, y los malos por la de males? ¿Y
que los bienes son placeres y los males son dolores?
CAL. – Sí, lo sé.
SÓC. – ¿Luego los que gozan tienen
bienes, esto es, placeres, puesto que gozan?
CAL. – ¿Cómo no?
SÓC. – ¿No son buenos por la presencia de
bienes los que gozan?
CAL. – Sí.
SÓC. –Y los que sufren ¿no tienen males,
esto es, dolores?
CAL. –Así es.
SÓC. – ¿Sostienes aún que por la
presencia de males son malos los malos, o ya no lo sostienes?
CAL. –Sí, lo sostengo.
SÓC. – En consecuencia, ¿son buenos los
que gozan y malos los que sufren?
CAL. – Ciertamente.
SÓC.– Los que más, más, los que menos,
menos, y los que igualmente, igualmente.
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿No afirmas que gozan y sufren de
modo aproximado los sensatos y los insensatos, los cobardes y los valientes, o
incluso más aún los cobardes?
CAL. – Sí.
SÓC. – Reflexiona, pues, conmigo lo que
resulta de nuestros razonamientos, pues dicen que es bello repetir y considerar
dos y tres veces las cosas bellas. Decimos que son buenos el sensato y el
valiente. ¿Es así?
CAL. – Sí.
SÓC. –¿Y que son malos el insensato y el
cobarde?
CAL. – Sin duda.
SÓC. –¿Y por otra parte que es bueno el
que goza?
CAL. – Sí.
SÓC. –¿Y malo el que sufre?
CAL. – Forzosamente.
SÓC. – Pero ¿no decimos que sufren y
gozan igualmente el bueno y el malo y, quizá; aún más el malo?
CAL. – Sí.
SÓC. – Por consiguiente, ¿no resulta el
malo tan malo y tan bueno como el bueno o mejor aún que el bueno? ¿No son éstas
y aquéllas de antes las conclusiones que se deducen cuando se afirma que son
la misma cosa los placeres y los bienes? ¿No es forzoso esto, Calicles?
CAL. – Hace tiempo que te escucho,
Sócrates, asintiendo a tus palabras y meditando que, aunque por broma se te
conceda cualquier cosa, te agarras contento a ella como los niños. Como si tú
creyeras que yo, o cualquier otro ¡Nombre, no juzgo que unos placeres son
mejores y otros peores.
SÓC. – ¡Ay, ay, Calicles! ¡Qué astuto
eres! Me tratas como a un niño; unas veces afirmas que las mismas cosas son de
un modo y otras veces que son de otro, con el propósito de engañarme. Sin
embargo, no pensé yo al principio que iba a ser engañado intencionadamente por
ti, pues creí que eras amigo; pero la verdad es que me equivoqué y que, según
parece, tengo, como dice el antiguo proverbio, que poner a mal tiempo buena
cara y aceptar lo que tú me ofreces. Al parecer, lo que ahora dices es que unos
Maceres son buenos y otros malos; ¿no es así?
CAL. – Sí.
SÓC.–¿Son, por tanto, buenos los placeres
útiles y malos los perjudiciales?
CAL. – Sin duda.
SÓC. –¿No son útiles los que producen
algún bien y malos los que producen algún daño?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿Te refieres a placeres tales como
aquellos de que acabamos de hablar con relación al cuerpo, los de la comida y la
bebida, y de entre éstos, los que procuran salud al cuerpo o fuerza o
cualquiera condición propia, ésos son buenos, y los que producen lo contrario,
malos?
CAL. – Ciertamente.
SÓC. – ¿No son también los dolores,
igualmente, unos buenos y otros malos?
CAL. – ¿Cómo no?
SÓC. – ¿No hay, pues, que preferir y
practicar los placeres buenos y los dolores buenos?
CAL. – Sin duda.
SÓC. –¿Y no los malos?
CAL. – Claro que no.
SÓC. – En efecto, Polo y yo convinimos,
si tú lo recuerdas, en que todo hay que hacerlo buscando el bien. ¿Acaso
piensas también tú que el fin de todas las acciones es el bien y que es preciso
hacer todas las demás cosas por el bien, y no éste por las demás cosas? ¿Añades
el tercer voto a nuestra opinión?
CAL. – Sí.
SÓC. – Luego por el bien se debe hacer lo
agradable y las demás cosas, pero no el bien por el placer.
CAL. – Exactamente.
SÓC. – ¿Acaso todas las personas son
capaces de distinguir qué placeres son buenos y qué otros son malos, o es
preciso, en cada caso, un hombre experimentado?
CAL. – Es preciso un hombre
experimentado.
SÓC. – Recordemos, pues, de nuevo, lo que
yo decía a Polo y a Gorgias. Decía, en efecto, si tú te acuerdas, que hay
prácticas que conducen al placer procurando solamente éste y desconociendo lo
que es mejor y lo que es peor; otras, que distinguen lo bueno y lo malo. Entre
las conducentes al placer coloqué la culinaria, rutina y no arte, y entre las
conduncentes al bien, el arte de la medicina. Y, .por el dios de la amistad,
Calicles, no creas que tienes que bromear conmigo ni me contestes contra tu
opinión lo que :,se te ocurra, ni tampoco recibas mis palabras creyendo que
bromeo, pues ya ves que nuestra conversación trata de lo que cualquier hombre,
aun de poco sentido, tomaría más en serio, a saber, de qué modo hay que vivir:
si de este modo al que tú me exhortas, que consiste en hacer lo que, según tú,
corresponde a un hombre, es decir, hablar ante el pueblo, ejercitar la retórica
y gobernar del modo que vosotros gobernáis ahora, o bien de este otro modo de vida
dedicada a la filosofía, sabiendo en qué este modo aventaja a aquél. Así pues,
quizá es lo mejor, como ya he intentado antes, definirlos y, una vez definidos
y puestos nosotros de acuerdo sobre si existen estos dos géneros de vida,
examinar en qué se diferencian y cuál de los dos debe preferirse. Quizá aún no
entiendes lo que digo.
CAL. – No, por cierto.
SÓC. – Te lo voy a decir con más
claridad. Puesto que tú y yo hemos convenido que existen lo bueno y lo agradable,
y que lo agradable es distinto de lo bueno, pero que hay una práctica de cada
uno de ellos y un procedimien4o de adquisición, por una parte la búsqueda del
placer, por otra la del bien... Pero dime, en primer lugar, si estás de acuerdo
en esto o no. ¿Estás de acuerdo?
CAL. – Sí.
SÓC. – Continuemos; respecto a lo que
antes decía yo a éstos, dame también tu asentimiento, si es que entonces te
pareció que decía la verdad. Decía, poco más o me»os, que la culinaria no me
parece un arte, sino una rutió4, a diferencia de la medicina, y añadía que la
medicina ha examinado la naturaleza de aquello que cura, conoce la causa de lo
que hace y puede dar razón de todos sus actos, al contrario de la culinaria,
que pone todo su cuidado en el placer, se dirige a este objeto sin ningún arte
y, sin haber examinado la naturaleza ni la causa del placer, es, por así
decirlo, completamente irracional y sin cálculo. Solamente guarda por rutina y
práctica el recuerdo de lo que habitualmente suele suceder, por medio del cual
procura los placeres. Así pues, examina en primer lugar si crees que estas
palabras son acertadas y si hay también, respecto al alma, otras actividades
semejantes, unas sistemáticas, con previsión de lo mejor con respecto al alma,
otras que no se preocupan de esto, sino que, como en el cuerpo, buscan
solamente de qué modo se puede procurar el placer de ella, sin examinar qué
placer es mejor o peor, ni preocuparse de otra cosa que de causarle agrado,
sea beneficioso, sea perjudicial. Yo creo, Calicles, que sí existen estas
actividades y afirmo que todo ello es adulación, se trate del cuerpo, del alma
o de cualquier otra cosa cuyo placer se procure sin considerar lo beneficioso y
lo perjudicial. ¿Eres tú del mismo parecer que yo acerca de esto o dices lo
contrario?
CAL. – No, pero lo acepto, afin de que
termines esta conversación y para complacer también a Gorgias.
SÓC. – ¿Y esta adulación se produce
respecto a un alma sola, pero no respecto a dos o a muchas?
CAL. – No, sino también con relación a
dos y a muchas.
SÓC. – ¿No es posible agradar al mismo
tiempo a muchas almas reunidas sin preocuparse de lo que es mejor para ellas?
CAL. – Yo creo que sí.
SÓC.–¿Puedes, entonces, decir cuáles son
las actividades que producen esto? Mejor aún, si quieres, voy a preguntarte,
y si alguna de las que nombro te parece que es de las que lo consigue, dilo, y
si te parece que no, di que no. En primer lugar, tocar la flauta ¿no te parece,
Calicles, que es una de las ocupaciones que busca sólo nuestro placer sin
preocuparse de nada más?
CAL. –Me parece que sí.
SÓC. – ¿No te parece también que buscan
lo mismo todas las actividades semejantes, por ejemplo, tocar la cítara en
los concursos? 81
CAL. – Sí.
SÓC. –¿Y el entrenamiento de los coros 82
y la composición de los ditirambos? ¿No te parece que están en el mismo caso?
¿Crees que Cinesias 83, hijo de Melete, se preocupa de decir cosas que hagan
mejores a los que las oyen, o solamente de lo que va a agradar a la multitud de
espectadores?
CAL. – Esto es evidente, Sócrates,
respecto a Cinesias.
SÓC. – ¿Y su padre Melete? ¿Crees que
tenía en cuenta el bien cuando cantaba acompañado de la cítara? ¿O ni siquiera
tenía en cuenta el placer, pues molestaba con los cantos a su auditorio? Pero
piénsalo, ¿no crees que todo canto con acompañamiento de la cítara y la composición
de los ditirambos han sido inventados para causar placer?
CAL. –Sí, lo creo.
SÓC. – ¿Y a qué aspira esa poesía grave y
admirable, la tragedia? ¿Es sólo su propósito y su empeño, como tú crees,
agradar a los espectadores o también esforzarse en callar lo placentero y
agradable cuando sea malo y en decir y cantar lo útil, aunque sea molesto,
agrade o no a los oyentes? ¿A cuál de estas dos tendencias responde, en tu
opinión, la tragedia?
CAL. – Es evidente, Sócrates, que se
dirige más al placer y a dar gusto a los espectadores.
SÓC. –¿Y no decíamos ahora, Calicles, que
esto es adulación?
CAL. – Ciertamente.
SÓC. – Continuemos; si se quita de toda
clase de poesía la melodía, el ritmo y la medida, ¿no quedan solamente
palabras?
CAL. – Forzosamente.
SÓC. –¿Y no se pronuncian estas palabras
ante una gran multitud, ante el pueblo?
CAL. – Sí.
SÓC. – Luego la actividad poética es, en
cierto modo, una forma de oratoria popular.
CAL. –Así parece.
SÓC. – Por consiguiente, será oratoria
popular de tipo retórico, ¿o no crees qué se comportan como oradores los
poetas en el teatro?
CAL. – Sí, lo creo.
SÓC. – Pues ahora hemos encontrado una
forma de retórica que se dirige a una multitud compuesta de niños, de mujeres,
de hombres libres y de esclavos, retórica que no nos agrada mucho porque
decimos que es adulación.
CAL. –Sin duda.
SÓC. – Sigamos; ¿y qué es, a nuestro
juicio, la retórica que se dirige al pueblo ateniense y a los pueblos de otras
ciudades, a los hombres libres? ¿Piensas tú que los oradores hablan siempre
para el mayor bien, tendiendo a que los ciudadanos se hagan mejores por sus
discursos, o que también estos oradores se dirigen a complacer a los ciudadanos
y, descuidando por su interés particular el interés público, se comportan con lo
pueblos como con niños, intentando solamente agradarlos, sin preocuparse para
nada de si, por ello, les hacen mejores o peores?
CAL. – Tu pregunta no es sencilla, pues
algunos pronuncian sus discursos, inquietándose por el bien de los ciudadanos,
pero otros son como tú dices.
SÓC. –Es suficiente. Pues si hay estas
dos clases de retórica, una de ellas será adulación y vergonzosa oratoria
popular; y hermosa, en cambio, la otra, la que procura que las almas de los
ciudadanos se hagan mejores y se esfuerza en decir lo más conveniente, sea
agradable o desagradable para los que lo oyen. Pero tú no has conocido jamás
esta clase de retórica; o bien, si puedes citar algún orador de esta especie,
¿por qué no me has dicho ya quién es?
CAL. – Por Zeus, no puedo nombrar a
ninguno de los oradores, por lo menos de los actuales.
SÓC. –¿Y qué? ¿Entre los antiguos puedes
citar alguno por el que los atenienses hayan tenido ocasión de hacerse
mejores a partir de la primera vez que les dirigió la palabra, habiendo sido hasta
entonces peores? Yo, ciertamente, no conozco a tal orador.
CAL. – ¿Cómo? ¿No oyes decir que
Temístocles fue un ciudadano excelente, y lo mismo Cimón, Milcíades y este
Pericles, muerto hace poco, a quien tú mismo has oído hablar?
SÓC. – Si es una virtud verdadera,
Calicles, la que tú decías antes, la de saciar las propias pasiones y las de
los `demás, en ese caso tienes razón; pero si no es eso, sino lo que a
continuación nos vimos obligados a reconocer, a saber, que el arte es
satisfacer los deseos cuyo cumplimiento hace mejor al hombre y no los que,
satisfechos, le hacen peor, ¿crees que alguno de los que citas ha reunido
estas condiciones?
CAL. – No sé qué decir.
SÓC. – Pues si buscas bien, hallarás
respuesta. Veámoslo del modo siguiente, examinando poco a poco si alguno de
ellos fue tal como decimos. Vamos, pues; el hombre bueno que dice lo que dice
teniendo en cuenta el mayor bien ¿no es verdad que no hablará al azar, sino poniendo
su intención en cierto fin? Es el caso de todos los demás artesanos; cada uno
pone atención en su propia obra y va añadiendo lo que añade sin tomarlo al
azar, sino procurando que tenga una forma determinada lo que está ejecutando.
Por ejemplo, si te fijas en los pintores, arquitectos, constructores de naves y
en todos los demás artesanos, cualesquiera que sean, observarás cómo cada uno
coloca todo lo que coloca en un orden determinado y obliga a cada parte a que
se ajuste y adapte a las otras, hasta que la obra entera resulta bien ordenada
y proporcionada. Igualmente los demás artesanos y también los que hemos
nombrado antes, los que cuidan del cuerpo, maestros de gimnasia y médicos,
ordenan y conciertan, en cierto modo, el cuerpo. ¿Estamos de acuerdo en que
esto es así o no?
CAL. – Sea así.
SÓC. – Luego ¿una casa con orden y
proporción es buena, pero sin orden es mala?
CAL. – Si.
SÓC.– ¿No sucede lo mismo con una nave?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿Y también con nuestros cuerpos?
CAL. –Desde luego,
SÓC. – ¿Y el alma? ¿Será buena en el
desorden o en cierto orden y concierto?
CAL. – Es preciso reconocer también esto,
en virtud de lo dicho antes.
SÓC. – ¿Y qué nombre se da en el cuerpo a
lo que resulta del orden y la proporción?
CAL. – Quizá hablas de la salud y de la
fortaleza.
SÓC. –Precisamente. Pero ¿qué se produce
en el alma a consecuencia del orden y de la proporción? Procura encontrar y
decir el nombre, como lo has hecho en el cuerpo.
CAL. –¿Y por qué no lo dices tú mismo,
Sócrates?
SÓC. – Pues, si te agrada más, lo diré
yo. Por tu parte, si te parece acertado lo que digo, dame tu asentimiento; en
caso contrario, refútame y no cedas. Yo creo que al buen orden del cuerpo se le
da el nombre de «saludable», de donde se originan en él la salud y las otras
condiciones de bienestar en el cuerpo. ¿Es así o no?
CAL. –Así es.
SÓC. – Y al buen orden y concierto del
alma se le da el nombre de norma y ley, por las que los hombres se hacen
justos y ordenados; en esto consiste la justicia y la moderación. ¿Lo aceptas
o no?
CAL. – Sea.
SÓC. – Así pues, ese orador de que
hablábamos, el que es honrado y se ajusta al arte dirigirá a las almas
los discursos que pronuncie y todas sus acciones, poniendo su intención en
esto, y dará lo que dé y quitará lo que quite con el pensamiento puesto
siempre en que la justicia nazca en las almas de sus conciudadanos y
desaparezca la injusticia, en que se produzca la moderación y se aleje la
intemperancia y en que se arraigue en ellas toda virtud y salga el vicio.
¿Estás de acuerdo o no?
CAL. – Estoy de acuerdo.
SÓC. –En efecto, ¿qué utilidad hay,
Calicles, en dar a un cuerpo enfermo y en mal estado muchos alimentos, las más
agradables bebidas o cualquier otra cosa, todo lo cual en ocasiones no le
aprovechará, según el recto juicio, más que el carecer de ello, y aún le será
menos provechoso? ¿Es así?
CAL. – Sea.
SÓC. – No creo, pues, que sea ventajoso
para un hombre vivir con el cuerpo en mísero estado, porque ello es tanto como
vivir miserablemente. ¿No es así?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿Y no es cierto que los médicos,
ordinariamente, permiten a un hombre sano satisfacer sus deseos, por ejemplo,
comer o beber cuanto quiera, si tiene hambre o sed, pero al enfermo no le
permiten casi nunca saciarse de lo que desea? ¿Estás tú también de acuerdo en
esto?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿No sucede lo mismo respecto al alma,
amigo? Mientras esté enferma, por ser insensata, inmoderada, injusta e impía,
es necesario privarla de sus deseos e impedirla que haga otras cosas que
aquellas por las que pueda mejorarse. ¿Asientes o no?
CAL. – Sí.
SÓC. – ¿Porque así es mejor para el alma
misma?
CAL. – Sin duda.
SÓC. –Pero privarla de lo que desea ¿no
es reprenderla?
CAL. – Sí.
SÓC.– Luego la reprensión es mejor para
el alma que el desenfreno, al que tú considerabas mejor antes.
CAL. – No sé lo que dices, Sócrates;
dirige tus preguntas a otro.
SÓC. – Este hombre no soporta que se le
haga un beneficio, aunque se trate de lo que estamos hablando, de ser
reprendido.
CAL. – No me interesa absolutamente nada
de lo que dices, y te he contestado por complacer a Gorgias.
SÓC. – Bien. ¿Y qué vamos a hacer?
¿Dejamos la conversación a medias?
CAL. –Tú sabrás.
SÓC. – Pues dicen que no es justo dejar a
medias ni aun los cuentos, sino que hay que ponerles cabeza, para que no anden
de un lado a otro descabezados. Por consiguiente, contesta también a lo que
falta para que nuestra conversación tome cabeza.
CAL. – ¡Qué tenaz eres, Sócrates! Si
quieres hacerme caso, deja en paz esta conversación o .continúala con otro.
SÓC. – ¿Qué otro quiere continuarla? No
debemos dejar la discusión sin terminar.
CAL. –¿No podrías completarla tú solo,
bien con una exposición seguida, bien preguntándote y contestándote tú mismo?
SÓC. – Para que se me aplique la frase de
Epicarmo que yo solo sea capaz de decir lo que antes decían dos. Sin embargo,
parece absolutamente preciso. Hagámoslo así; yo creo necesario que todos
porfiemos en saber cuál es la verdad acerca de lo que estamos tratando y cuál
el error, pues es un bien común a todos el que esto llegue a ser claro. Voy a
continuar según mi modo de pensar; pero si a alguno de vosotros le parece que
yo me concedo lo que no es verdadero, debe tomar la palabra y refutarme.
Tampoco yo hablo con la certeza de que es verdad lo que digo, sino que
investigo juntamente con vosotros; por consiguiente, si me parece que mi contradictor
manifiesta algo razonable, seré el primero en aceptar su opinión. No obstante,
digo esto por si creéis que se debe llevar hasta el fin la conversación; pero
si no queréis, dejémosla ya y vayámonos.
GOR. – Yo creo, Sócrates, que no debemos
irnos todavía, sino que tú tienes que terminar este razonamiento; i me parece
que los demás piensan lo mismo., En cuanto a mí, deseo oírte discurrir sobre lo
que queda.
SÓC. – Por mi parte, Gorgias, hubiera
conversado gustosamente con este Calicles hasta que le hubiera devuelto el
pasaje de Anfión a cambio del de Zeto, pero puesto que tú, Calicles, no
quieres terminar conmigo la discusión al menos escúchame e interrumpe, si te
parece que digo algo que no sea verdad; y si me refutas, no me irritaré contigo,
como tú conmigo, sino que te inscribiré como mi mayor bienhechor.
CAL. – Habla tú solo, amigo, y termina.
SÓC. –Así pues, escúchame; voy a resumir
la discusión desde el principio. ¿Acaso lo agradable y lo bueno son lo mismo?
––No son lo mismo, según Calicles y yo hemos convenido. ––¿Se debe hacer lo
agradable a causa de lo bueno o lo bueno a causa de lo agradable? ––Lo agradable
a causa de lo bueno. ––Pero ¿no es agradable aquello cuya presencia nos agrada
y bueno aquello con cuya presencia somos buenos? ––Sin duda. ––Sin embargo,
¿no somos buenos nosotros y todo lo que es bueno por la presencia de cierta
cualidad? ––Me parece que es forzoso, Calicles. ––Por otra parte, la condición
propia de cada cosa, sea utensilio, cuerpo, alma o también cualquier animal, no
se encuentra en él con perfección por azar, sino por el orden, la rectitud y el
arte que ha sido asignado a cada uno de ellos. ––¿Es esto así? ––Yo afirmo que
sí. ––Luego la condición propia de cada cosa ¿es algo que está dispuesto y
concertado por el orden? ––Yo diría que sí. ––Así pues, ¿es algún concierto
connatural a cada objeto y propio de él lo que le hace bueno? ––Esa es mi
opinión. ––Y el alma que mantiene el concierto que le es propio ¿no es mejor
que el alma desordenada? ––Necesariamente. ––Y sin duda, la que conserva este
concierto ¿no es concertada? –– ¿Cómo no ha de serlo? ––Pero el alma bien
concertada ¿no es moderada? ––Necesariamente. ––Luego, un alma moderada es
buena. Yo no puedo decir nada frente a esto, amigo Calicles; pero si tú tienes
algo que decir, infórmame.
CAL. – Sigue hablando, amigo.
SÓC. – Pues digo que si el alma moderada
es buena, la que se encuentra en situación contraria es mala y ésta es la que
llamamos insensata y desenfrenada. ––Así es, sin duda. ––Y, además, el hombre
moderado obra convenientemente con relación a los dioses y a los hombres, pues
no sería sensato si hiciera lo que no se debe hacer. ––Es preciso que sea así.
––Y, sin duda, si obra convenientemente respecto a los hombres, obra con
justicia, y si respecto ii los dioses, con piedad; y el que obra justa y
piadosamente 'por fuerza ha de ser justo y piadoso. ––Así es. ––Y, además,
también decidido, pues no es propio de un hombre moderado buscar ni rehuir lo
que no se debe buscar ni rehuir; al contrario, ya se trate de cosas, hombres,
placeres o dolores, debe buscar o evitar solamente lo que es preciso y
mantenerse con firmeza donde es necesario; por consiguiente, es absolutamente
forzoso, Calicles, que el hombre moderado, según hemos expuesto, ya que es justo,
decidido y piadoso, sea completamente bueno; que el hombre bueno ejecute sus
acciones bien y convenientemente, y que el que obra bien sea feliz y
afortunado; y al contrario, que sea desgraciado el perverso y que obra vial 88;
este hombre es precisamente todo lo contrario del moderado, es el desenfrenado
al que tú alababas.
En todo caso, yo establezco esto así y
afirmo que es verdad; y si es verdad, el que quiera ser feliz debe buscar
practicar, según parece, la moderación y huir del libertinaje con toda la
diligencia que pueda, y debe procurar, Sobre todo, no tener necesidad de ser
castigado; pero si mismo o algún otro de sus allegados o un particular o la
ciudad necesita ser castigado, es preciso que se le aplique la pena y sufra el
castigo si quiere llegar a ser feliz. Este es, en mi opinión, el fin que se
debe tener ante los ojos y, concentrando en él todas las energías de uno mismo
y las del Estado, obrar de tal modo que la justicia y la moderación acompañen
al que quiere ser feliz, sin permitir que los deseos se hagan irreprimibles y,
por intentar satisfacerlos, lo que es un mal inacabable, llevar una vida de
bandido. Pues un hombre así no puede ser grato ni a otro hombre ni a ningún
dios, porque es incapaz de convivencia, y el que no es capaz de convivencia
tampoco lo es de amistad. Dicen los sabios, Calicles, que al cielo, a la
tierra, a los dioses y a los hombres los gobiernan la convivencia, la amistad,
el buen orden, la moderación y la justicia, y por esta razón, amigo, llaman a este
conjunto «cosmos» (orden) y no desorden y desenfreno. Me parece que tú no
fijas la atención en estas cosas, aunque eres sabio. No adviertes que la
igualdad geométrica tiene mucha importancia entre los dioses y entre los
hombres; piensas, por el contrario, que es preciso fomentar la ambición,
porque descuidas la geometría. Y bien, o tenemos que refutar el razonamiento
de que los felices son felices por la adquisición de la justicia y de la
moderación, y los desgraciados son desgraciados por la adquisición de la maldad,
o, si esta opinión es verdadera, hay que considerar cuáles son las
consecuencias. Con ello convienen, Calicles, todas aquellas afirmaciones
anteriores a propósito de las cuales me preguntabas si hablaba en serio 89
cuando decía que es necesario acusarse uno a sí mismo, a un hijo o a un amigo,
si se comete algún delito, y que para este se debe usar la retórica. Por
consiguiente, lo que tú creías que Polo había aceptado por vergüenza era
verdadero, a saber, que cometer injusticia es tanto peor que sufrirla porque es
más deshonroso; y también que quien tiene el propósito de ser realmente orador
ha de ser justo y conocedor de lo justo; conclusión que, a su vez, decía Polo 90
que Gorgias había aceptado por vergüenza.
Ya que esto es así, examinemos qué es, en
realidad, lo que me censuras; si es válida o no la afirmación de que, en
efecto, yo no soy capaz de defenderme a mí mismo ni a ninguno de mis amigos y
allegados, ni de librarme y librarlos de los más graves peligros, sino que,
como los privados de derechos ciudadanos, estoy a merced del que quiera, si
gusta, abofetearme (tomo esta fogosa expresión de tu discurso), despojarme de
mis bienes, desterrarme de la ciudad o, por último, condenarme a muerte, y de
que cesa situación es la más deshonrosa conforme a tus palabras.
Mi opinión ya la he expresado muchas
veces, pero nada impide decirla una vez más. Niego, Calicles, que ser
abofeteado injustamente sea lo más deshonroso, ni tampoco sufrir una
amputación en el cuerpo o en la bolsa; al contrario, es más vergonzoso y peor
golpear o amputar e mi cuerpo o mis bienes, y también robarme, reducirme s la
esclavitud, robar en mi casa con fractura y, en una palabra, hacer algún daño a
mi persona o a mis bienes es peor y más vergonzoso para el que lo comete que
para mí que lo sufro. Estas afirmaciones que, tal como yo las mantengo, nos
han resultado evidentes antes, en la discusión Precedente, están unidas y
atadas, aunque sea un poco rudo decirlo, con razonamientos de hierro y de
acero, por lo menos, según se puede pensar. Si no consigues desatarlos tú u
otro más impetuoso que tú no es posible hablar con razón sino hablando como yo
lo hago, pues mis palabras son siempre las mismas, a saber: que ignoro cómo
son estas cosas, pero, sin embargo, sé que ninguno de aquellos con los que he
conversado, como en esta ocasión con vosotros, ha podido hablar de otro modo
sin resultar ridículo. En todo caso, yo establezco otra vez que esto es así; y
si es así, y la injusticia es el mayor mal para el que la comete, y si el
cometerla y no pagar la pena es mal aún mayor, si ello es posible, que ese mal
tan grande, ¿cuál sería el auxilio que, de no poder prestárselo a sí mismo,
haría al hombre verdaderamente digno de risa? ¿No es acaso aquel que puede apartar
de nosotros el más grave daño? Por tanto, no poder prestarse a sí mismo o a los
amigos o allegados esta clase de auxilio es, forzosamente, la mayor vergüenza;
viene en segundo lugar el auxilio que corresponde a un daño de segundo orden;
en tercero, el que corresponde a un daño de tercer orden, y así sucesivamente;
en relación con la magnitud del daño está el decoro que trae el poder prestar
el auxilio, y la vergüenza de no poder prestarlo. ¿Es así o de otro modo,
Calicles?
CAL. ––Así es
SÓC. –– Considerados estos dos males:
cometer injusticia y sufrirla, decimos que el mayor mal es cometerla y el
menor, sufrirla. ¿Con qué medios podría un hombre ampararse a sí mismo, de
manera que posea estos dos remedios, el que le aparta de cometer injusticia y el
que le libra de sufrirla? ¿Es el poder o la voluntad? Quiero decir lo
siguiente: ¿si tiene el deseo de no sufrir injusticia no la sufrirá, o sólo
dejará de sufrirla en el caso de que se procure un poder que le libre de este
mal?
CAL. –– Es evidente que si se procura un
poder.
SÓC. ––¿Y respecto a cometer injusticia?
¿El no querer cometerla le asegura de que no la cometerá, o también para esto
es preciso que se procure algún poder y cierto arte, de manera que, si no lo
aprende y ejercita, cometerá injusticia? ¿Por qué no me respondes a esto,
Calicles? ¿Crees o no que nos hemos visto forzados por la razón Polo y yo, en
la conversación anterior, cuando nos pusimos de acuerdo en que nadie obra mal
voluntariamente, sino que todos los que obran injustamente lo hacen contra su
voluntad?
CAL. ––Sea así, Sócrates, a fin de que
termines la conversación.
SÓC. –– Luego también, según parece, es
preciso adquirir cierto poder y cierto arte para ello, a saber, para no
cometer injusticia.
CAL. –– Sin duda.
SÓC. –– ¿Cuál es, pues, el arte que
prepara para no sufrir injusticia o sufrirla en grado mínimo? Considera si te
parece el mismo que me parece a mí. Yo creo que es el siguiente: o es preciso
gobernar uno mismo en la ciudad o tener el poder absoluto o ser amigo del
gobierno existente.
CAL. ––¿Ves, Sócrates, cómo estoy
dispuesto a alabarte si dices algo razonable? Me parece muy bien lo que has
dicho.
SÓC. –– Examina si también lo que voy a
decir te parece bien. Creo que es amigo de otro en el mayor grado posible, como
dicen los antiguos y los sabios, el semejante de su semejante. ¿No lo crees tú
también?
CAL. ––Sí.
SÓC. –– Por consiguiente, donde mande un
tirano feroz e ineducado, si hay en la ciudad alguien mucho mejor que é4, ¿no
le temerá, de cierto, el tirano, sin poder ser jamás sinceramente amigo suyo?
CAL. ––Así es.
SÓC. –– Y si hay alguien mucho peor,
tampoco el tirano será su amigo, pues lo despreciará y jamás se interesará
por él como por un amigo.
Li, CAL. –– También esto es verdad.
SÓC. –– No queda, pues, más amigo digno
de mención para él que el de sus mismas costumbres, el que alaba y censura lo
mismo que él alaba y censura, y está dispuesto a dejarse mandar y a someterse
a él. Éste es el que tendrá gran poder en esa ciudad y nadie le dañará impunemente.
¿No es así?
CAL. ––Sí.
SÓC. –– Así pues, si en esa ciudad algún
joven meditara: «¿De qué modo alcanzaría yo gran poder y quedaría a
cubierto de toda injusticia?», tendría, según parece, este camino:
acostumbrarse ya desde joven a alegrarse y disgustarse con las mismas cosas que
su dueño y procurar hacerse lo más semejante a él. ¿No es así?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Por tanto, éste habrá conseguido
plenamente en la ciudad que no se le haga injusticia y habrá alcanzado gran
poder, según vuestra opinión.
CAL. –– Exactamente.
SÓC. –– ¿Pero habrá conseguido también no
cometer injusticia? ¿O bien estará muy lejos de ello, puesto que es semejante
a su dueño, que es injusto, y él tiene gran poder al lado de éste? Yo creo
que, por el contrario, esta situación le permitirá cometer el mayor número de
injusticias sin sufrir castigo. ¿Es así?
CAL. ––Así parece.
SÓC. –– Por consiguiente, a éste le
sobrevendrá el mayor mal, puesto que su alma es perversa y está corrompido
por la imitación de su dueño y por el poder.
CAL. –– No sé cómo cambias siempre de
arriba abajo los razonamientos, Sócrates; ¿o no sabes que el que imita al
tirano matará, si quiere, al que no le imita y le despojará de sus bienes?
SÓC. –– Lo sé, amigo Calicles, a menos
que sea sordo, por oírtelo decir a ti muchas veces 91 y, antes que a ti, a Polo
y a casi todos los habitantes de Atenas; pero escúchame ahora tú; digo que lo
matará, si quiere, pero matará un malvado a un hombre bueno y honrado.
CAL. ––¿Y no es esto precisamente lo
irritante?
SÓC. –– No lo es, por lo menos para un
hombre sensato, según demuestra nuestra conversación. ¿O crees tú que un
hombre debe buscar, sobre todo, el medio de vivir el mayor tiempo posible y
ejercitar esas artes que nos van salvando sucesivamente de los peligros, como
la que tú me invitas a practicar, la retórica que nos saca a bien en los
tribunales?
CAL. –– Sí, por Zeus, y sin duda te doy
un buen consejo.
SÓC. –– ¿Pero qué, amigo? ¿También el
arte de nadar es a tu juicio respetable?
CAL. –– No, por Zeus.
SÓC. –– Y, sin embargo, también salva a
los hombres de la muerte cuando se encuentran en tal situación que es preciso
este conocimiento. Pero si te parece deleznable, voy a citar otro de mayor
importancia: la navegación, arte que no sólo salva las vidas de los más graves
peligros, sino también los cuerpos y los bienes, como la retórica. También este
arte es humilde y modesto y no adopta una actitud orgullosa como si hiciera
algo magnífico, sino que, llevando a cabo lo mismo que la oratoria forense, si
nos trae a salvo desde Egina, cobra, según creo, dos óbolos; si desde Egipto o
desde el Ponto, por este gran beneficio de haber salvado lo que acabo de decir,
nuestra vida, nuestros hijos, bienes y mujeres, al desembarcar en el puerto
nos cobra, como máximo, dos dracmas; y el que posee este arte y ha llevado a
cabo estas cosas, ya en tierra, se pasea por la orilla del mar junto a su nave
con aspecto modesto. Porque, en mi opinión, este hombre sabe reflexionar que
es imposible conocer a quiénes de sus compañeros de navegación ha hecho un
beneficio evitando que se hundieran en el mar y a quiénes ha causado un daño,
ya que tiene la certeza de que no salieron de su nave en mejor estado que
cuando entraron, ni en cuanto al cuerpo ni en cuanto al alma. Así pues, reflexiona
él que si un hombre atacado por enfermedades graves e incurables no se ha
ahogado, éste es un desgraciado por no haber muerto y no ha recibido de él
ningún beneficio, y que si alguno tiene en el alma, parte más preciosa que el
cuerpo, muchos males incurables, a ése no le conviene vivir, ni le hace él un
beneficio al salvarlo del mar, de un juicio o de cualquier otro peligro, pues
sabe que para un hombre malvado no es lo mejor vivir, ya que es forzoso que
viva mal.
Por esta razón, no es costumbre que el
piloto de una nave se ufane, a pesar de que nos salva la vida, ni tampoco,
admirable Calicles, que lo haga el constructor de máquinas de guerra, que a
veces puede salvar cosas de no menor importancia, no digamos ya que un piloto,
sino que un general o cualquier otra persona, pues en ocasiones salva ciudades
enteras. ¿Te parece que está al mismo nivel que el orador de foro? Y, sin
embargo, Calicles, si quisiera hablar como vosotros, ensalzando su profesión,
os anegaría con sus frases, hablándoos y exhortándoos a haceros constructores
de máquinas porque las demás profesiones no son nada; ciertamente hallaría
razones apropiadas que decir. Pero, no obstante, tú por eso no le desprecias
menos a él y su arte y le llamarías «constructor de máquinas», como un insulto;
no consentirías en casar a tu hija con un hijo suyo, ni tú te casarías con su
hija. Sin embargo, vistos los motivos por los que ensalzas tu ocupación, ¿con
qué fundamento razonable despreciarías al constructor de máquinas y a los otros
de los que hablaba ahora? Yo sé que vas a decir que eres mejor y de mejor
linaje. Pero si ser mejor no es lo que yo digo, sino que la virtud en sí misma
consiste en salvarse uno mismo y salvar lo suyo, como quiera que uno sea,
resulta ridículo tu desprecio del constructor de máquinas, del médico y de
cuantos ejercen todas las demás artes que han sido creadas para preservarnos de
los peligros.
Pero, amigo mío, mira si lo generoso y lo
bueno no es algo distinto del preservar a los demás de los peligros y preservarse
uno mismo de ellos. Pues, ciertamente, el vivir mucho o poco tiempo no debe
preocupar al que, en verdad, es hombre, ni debe éste tener excesivo apego a la
vida, sino que, remitiendo a la divinidad el cuidado de esto y dando crédito a
las mujeres92, que dicen que nadie puede evitar su destino, debe seguidamente
examinar de qué modo llevará la vida más conveniente durante el tiempo que
viva, si por ventura lo conseguirá adaptándose al sistema político del país en
que habite, y en ese caso es preciso que tú ahora te hagas lo más semejante
posible al pueblo ateniense, si quieres serle agradable y tener gran poder en
la ciudad. Considera, amigo, si esto es útil para ti y para mí, no sea que nos
suceda lo que, según dicen, sucede a las mujeres tesalias que hacen descender
a la luna 93, esto es, que la posesión de este poder en la ciudad sea al
precio de lo más querido. Si tú crees que algún hombre puede enseñarte un arte
tal que te haga poderoso en esta ciudad, aunque seas distinto de los que gobiernan,
sea en mejor, sea en peor, estás equivocado, Calicles, según yo creo. En
efecto, no es suficiente la imitación, sino que tienes que ser por naturaleza
igual a ellos, si quieres hacer algo auténtico para adquirir la amistad del pueblo
de Atenas y también, por Zeus, la amistad de Demo, hijo de Pirilampes. Así
pues, el que te haga igual a ellos te hará también, como tú deseas, político y
orador, porque a todos los hombres les alegra que se hable con arreglo a su
pensamiento y se irritan por lo contrario; a no ser que tú digas otra cosa,
querido amigo. ¿Tienes algo que decir a esto, Calicles?
CAL. –– No sé por qué me parece que
tienes razón, Sócrates; pero me sucede lo que a la mayoría, no me convenzo
del todo.
SÓC. –– El amor del pueblo, sin duda,
Calicles, arraigado en tu alma me hace frente; pero si examinamos repetidamente
y mejor estas mismas cuestiones, te convencerás. Recuerda, pues, que hemos
establecido dos procedimientos 94 para cultivar cada una de estas dos cosas,
tal, cuerpo y el alma; uno consiste en vivir para el placer; el otro en vivir
para el mayor bien, sin ceder al agrado, sino, al contrario, luchando con
energía. ¿No es esta la distinción que hemos hecho antes?
CAL. –– Exactamente.
SÓC. –– Luego uno de estos
procedimientos, el que busca el placer, es innoble y nada más que pura
adulación; ¿es cierto?
CAL. –– Lo concedo, si tú lo deseas.
SÓC. –– El otro procura que alcance la
mayor perfección lo que cultivamos, sea el cuerpo, sea el alma.
CAL. –– Sin duda.
SÓC. –– Por consiguiente, ¿no debemos
intentar atender a la ciudad y a los ciudadanos de manera que los mejoremos
en el mayor grado posible? Pues sin esto, según hemos visto antes, no tiene
ninguna utilidad el proporcionarles algún otro beneficio, si falta la recta y
honrada intención de los llamados a adquirir grandes riquezas, algún gobierno
sobre alguien o cualquier otra clase de poder. ¿Debemos establecer que es así?
CAL–– –– Desde luego, si es tu gusto.
SÓC. –– Si, en efecto, tú y yo nos
exhortáramos recíprocamente para ocuparnos de los asuntos públicos en las
edificaciones: las grandes construcciones de murallas, arsenales y templos,
¿no sería preciso que nos examináramos nosotros mismos y nos pusiéramos a
prueba, en primer lugar, sobre si conocemos o no el arte de la edificación y
con quién lo hemos aprendido? ¿Sería preciso o no?
CAL. ––Sin duda.
SÓC. –– En segundo lugar, sería necesario
considerar si en alguna ocasión hemos construido algún edificio particular
para algún amigo o para nosotros y si este edificio es bello o feo; en el caso
de que, en estas indagaciones, halláramos que nuestros maestros han sido
hábiles: y famosos y que nosotros hemos construido muchos y bellos edificios,
primero bajo su dirección y después solos, cuando ya nos habíamos separado de
ellos, sólo en estas condiciones podríamos, con buen sentido, emprender las
obras públicas; pero si no pudiéramos nombrar ningún maestro, ni mostrar ningún
edificio, o mostrar muchos sin mérito, entonces sería insensato, sin duda,
emprender las edificaciones públicas y exhortarnos recíprocamente a ello.
¿Debemos decir que estas palabras son razonables o no?
CAL. –– Sí, desde luego.
SÓC. –– Y así sucede con todo. Si, por
ejemplo, intentáramos ejercer un servicio público y nos animáramos recíprocamente
en la creencia de que somos médicos capaces, sin duda nos examinaríamos el uno
al otro. Veamos, por los dioses, dirías tú, ¿cómo anda de salud el propio
Sócrates? ¿Ya alguna otra persona, esclavo o libre, ha vencido la enfermedad
por intervención suya? Igualmente yo, sin duda, examinaría otras cosas
semejantes acerca de ti, y si hallábamos que por nuestra intervención no se
había curado nadie, ni forastero ni ciudadano, ni hombre ni mujer; por Zeus, Calicles,
¿no sería, en verdad, ridículo llegar a tal grado de insensatez que, antes de
haber hecho en privado numerosas pruebas, con el éxito que fuese, y entes de
rectificar muchas veces y ejercitar suficientemente el arte, intentáramos,
como dice el proverbio, aprender la cerámica fabricando una tinaja 95 y
tratáramos de ejercer un cargo público y exhortáramos a ello a otros que están
en las mismas condiciones? ¿No te parece absurdo obrar de este modo?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Pues ahora, excelente amigo,
puesto que tú has empezado hace poco a ocuparte de los negocios públicos, y
puesto que me invitas a mí a ello y me censuras porque no lo hago, ¿no nos
examinaremos uno a otro preguntándonos: veamos, ¿ha hecho ya Calicles mejor a
algún ciudadano? ¿Hay alguno que, habiendo sido antes malvado, injusto, desenfrenado
e insensato, por intervención de Calícles se haya hecho bueno y honrado, sea
forastero o ciudadano, esclavo o libre? Dime, si te preguntan esto, Calicles,
¿qué responderás? ¿A quién dices que has mejorado con tu compañía? ¿Por qué no
te decides a contestar, si en realidad tienes alguna obra de cuando aún eras
particular, antes de dedicarte a la política?
CAL. –– Eres discutidor, Sócrates.
SÓC. –– Pues no te pregunto por afán de
disputar, sino porque deseo saber de qué modo crees, realmente, que se debe
tomar parte en la vida pública entre nosotros. ¿O te vas a ocupar de otra cosa
cuando llegues al gobierno de la ciudad y no, sobre todo, de que los ciudadanos
seamos lo mejor posible? ¿No hemos convenido repetidas veces que éste es el
deber del político? ¿Lo hemos convenido o no? Responde. « Sí, lo hemos
convenido», contesto en tu nombre. Pues bien, si esto es lo que un hombre bueno
debe procurar a su ciudad, recordando lo dicho dime si te sigue pareciendo que
han sido buenos ciudadanos aquellos que citabas hace poco: Pericles, Cimón,
Milcíades y Temístocles.
CAL. –– Desde luego que sí.
SÓC. –– Así pues, si han sido buenos, es
evidente que cada uno de ellos haría a los ciudadanos mejores de lo que eran
antes. ¿Hacían esto o no?
CAL. ––Sí.
SÓC. –– Por consiguiente, cuando Pericles
empezó a hablar al pueblo, ¿no eran los atenienses peores que cuando
pronunció sus últimos discursos?
CAL. –– Tal vez.
SÓC. –– No vale decir « tal vez»,
excelente Calicles, porque ello es de necesidad, según lo que hemos convenido,
si de verdad él era un buen ciudadano.
CAL. ––¿Qué quieres decir?
SÓC. –– Nada, pero dime, además, si la
opinión general es que los atenienses se han mejorado por obra de Pericles o,
por el contrario, que han sido corrompidos por él. Pues yo oigo decir que
Pericles ha hecho a los atenienses perezosos, cobardes, charlatanes y
avariciosos al haber establecido por vez primera estipendios para los servicios
públicos 96.
CAL. ––Eso se lo oyes decir a los de las
orejas rasgadas 97.
SÓC. –– Pero esto no lo he oído, sino que
sé con certeza, lo mismo que tú, que al principio Pericles gozó de gran
reputación y que los atenienses, cuando eran malos, no votaron contra él
ninguna sentencia infamante; pero después que por obra suya se hicieron buenos
y honrados, ya al final de su vida, lo condenaron por malversación y faltó poco
para que lo castigaran con la muerte, evidentemente porque, en opinión de
ellos, era un mal ciudadano 98.
CAL. ––¿Y qué? ¿Por esta razón era malo
Pericles?
SÓC. –– Por lo menos, al obrar de este
modo un encargado de cuidar asnos, caballos y bueyes, parecería malo si cuando
los tomó no le coceaban, corneaban ni mordían, y él dejó que se acostumbraran a
hacer cerrilmente todas estas cosas; ¿no te parece malo todo guardián de animales
que tomándolos mansos los hace más cerriles que cuando los tomó? ¿Te parece
malo o no?
CAL. –– Te diré que sí para darte gusto.
SÓC. –– Pues bien, compláceme también
respondiendo a esto: ¿la especie humana es o no una especie animal?
CAL. –– ¿Cómo no?
SÓC. –– ¿No eran hombres los que tenía
bajo su cuidado Pericles?
CAL. –– Sí.
SÓC. ––¿Y qué? ¿No era––preciso, según
antes hemos convenido, que, por su intervención, éstos se hicieran más justos
de lo que antes eran, si es verdad que él, que los gobernaba, era un buen
político?
CAL. –– Ciertamente.
SÓC. –– Y bien, los justos son de ánimo
pacífico, según dijo Homero 99. ¿Qué dices tú? ¿No piensas lo mismo?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Pero, sin embargo, Pericles los
hizo más irritables de lo que eran cuando los tomó por su cuenta, y esto
contra él mismo, contra quien menos hubiera deseado.
CAL. ––¿Quieres que te diga que estoy de
acuerdo?
SÓC. –– Sí, si crees que digo verdad.
CAL. –– Pues de acuerdo.
SÓC. –– Y si los hizo más irritables, ¿no
los hizo también más injustos y peores?
CAL. –– De acuerdo también.
SÓC. –– Por consiguiente, Pericles no era
un buen político, según este razonamiento.
CAL. –– No, en tu opinión.
SÓC. –– Por Zeus, tampoco en la tuya,
ateniéndonos a lo que has admitido. Ahora háblame de Cimón 100; aquellos que
tenía a su cargo ¿no le condenaron al ostracismo, a fin de no oír su voz
durante diez años? ¿No hicieron lo mismo con Temístocles y lo castigaron,
además, con el destierro? ¿No decidieron arrojar al báratro 101 a Milcíades, el
vencedor de Maratón, y no hubiera sido arrojado a él de no haberse opuesto el prítane?
Sin embargo, si hubieran sido buenos políticos, como tú dices, jamás les
hubiera ocurrido esto. Pues, de cierto, no sucede que los buenos aurigas se
mantengan al principio en los caballos, y que cuando los han domesticado y
ellos mismos se han hecho mejores conductores, entonces se caigan. Esto no
sucede ni en la conducción de carros ni en ningún otro ejercicio; ¿piensas tú
que sí?
CAL. –– No, por cierto.
SÓC. –– Luego, según parece, eran
verdaderas nuestras precedentes razones de que no sabemos que haya existido
ningún buen político en esta ciudad. Tú ya estabas de acuerdo en que no lo es
ninguno de los actuales; pero no pensabas así de los antiguos, y escogiste éstos
de los que hemos hablado. Sin embargo, ha resultado que eran semejantes a los
actuales, de manera que si fueron oradores no usaron de la verdad retórica
––pues no habrían caído–– ni tampoco de la retórica de adulación.
CAL. –– Sin embargo, se está muy lejos,
Sócrates, de que alguno de los de ahora lleve a cabo algo semejante a lo que
cualquiera de aquéllos dejó hecho.
SÓC. ––Amigo Calicles, tampoco yo los
censuro en cuanto servidores de la ciudad; al contrario, creo que han sido más
diligentes que los de ahora y más capaces de pro curar a la ciudad lo que ella
deseaba; pero en cuanto a modificar las pasiones y reprimirlas tratando de
persuadir a los ciudadanos y de llevarlos contra su voluntad a aquello que
pueda hacerlos mejores, en nada superan, por así decirlo, aquéllos a éstos, y,
sin embargo, es esta la única misión de un buen ciudadano. También yo estoy de
acuerdo contigo en que aquéllos han sido más hábiles que los de ahora para
facilitar la construcción de naves, murallas, arsenales y otras muchas cosas
semejantes.
En todo caso tú y yo estamos haciendo
algo ridículo en esta conversación. Durante todo el tiempo que llevamos
hablando no cesamos de dar vueltas a la misma cuestión, sin enterarse cada uno
de lo que el otro dice. Por lo menos, yo creo que tú has admitido y reconocido
repetidas veces 102 que hay dos modos de ocuparse tanto del cuerpo como del
alma; uno de ellos, de servicio, por el cual se pueden procurar alimentos al
cuerpo si tiene hambre, bebidas si tiene sed y, si tiene frío, vestidos,
mantas, calzados y otras cosas que el cuerpo necesita ––intencionadamente
pongo los mismos ejemplos para que comprendas con más facilidad––.
Los que facilitan estas cosas son los
vendedores, los comerciantes o los artesanos que fabrican alguna de ellas:
panaderos, cocineros, tejedores, zapateros y curtidores. No tiene nada de
extraño que, al encontrarse en estas condiciones, se crean ellos mismos, y los
demás juzguen, que son ellos los que cuidan del cuerpo, excepto quien sepa que,
aparte de todas estas artes, existen la gimnasia y la medicina, que son las
que, en realidad, cuidan del cuerpo y a las que corresponde dirigir todas estas
artes y utilizar sus productos, porque saben qué alimentos o bebidas son
buenos o malos para el buen estado del cuerpo, mientras que aquéllas otras lo
ignoran. Por esta razón decimos que todas las otras artes son serviles,
subalternas e innobles respecto al cuidado del cuerpo, y que la gimnasia y la
medicina son, en justicia, las dueñas de ellas.
Que lo mismo ocurre respecto al alma, es
cosa que creí habías entendido cuando yo lo dije y prestaste tu asentimiento
como comprendiendo lo que decía; pero poco después vienes diciendo que ha
habido en esta ciudad excelentes y preclaros ciudadanos, y cuando yo te pregunto
quiénes han sido, propones personas, a mi parecer, tan adecuadas respecto a la
política como si, por ejemplo, al preguntarte; hablando de gimnasia, quiénes
han sido o son hábiles en el cuidado del cuerpo, citaras, completamente en
serio, á Tearión 103, el panadero, a Miteco, el que ha escrito sobre la cocina
siciliana, y a Sarambo, el tabernero, diciendo que éstos habían sido
extraordinariamente hábiles en el cuidado de los cuerpos, porque el uno
proveía de excelentes panes, el otro de guisos y el tercero de vino.
Quizá entonces te molestaras si yo te
dijera: no entiendes nada, amigo, acerca de gimnasia; me citas hombres hábiles
en servir y satisfacer los deseos, pero que no saben nada noble y bueno acerca
de estas cosas; hombres que, si se da el caso, llenando y engordando los
cuerpos de la gente y recibiendo las alabanzas de ellos, terminarán por
hacerles perder incluso sus antiguas carnes. Los perjudicados, a su vez, por
ignorancia, no acusarán a los que les preparaban los festines de ser responsables
de sus enfermedades y de la pérdida de su carne original. Al contrario, cuando
pasando el tiempo aquel hartazgo venga a traerles la enfermedad, puesto que se
produjo sin tener en cuenta la higiene, entonces culparán, vituperarán y aun
dañarán, si pueden, a los que, por casualidad, estén a su lado y les den algún
consejo, pero alabarán a los primeros, a los verdaderos culpables de sus
males.
Tú también, Calicles, haces ahora algo
muy semejante. Elogias a hombres que obsequiaron magníficamente a los
atenienses con todo lo que éstos deseaban, y así dicen que aquéllos hicieron
grande a Atenas, pero no se dan cuenta de que, por su culpa, la ciudad está
hinchada y emponzoñada. Pues, sin tener en cuenta la moderación y la justicia,
la han colmado de puertos, arsenales, murallas, rentas de tributos y otras
vaciedades de este tipo. Pero Cuando, como se ha dicho, venga la crisis de la
enfermedad, culparán a los que entonces sean sus consejeros y elogiarán a
Temístocles, a Cimón y a Pericles, que son los verdaderos culpables de sus
males. Tal vez la emprenderán Migo, si no te precaves, y con mi amigo
Alcibíades, cuando pierdan, además de lo que han adquirido, lo que ya poseían
antes, aunque vosotros no sois los autores de estos daños, sino quizá sólo complices.
Sin embargo, veo que sucede en estos
tiempos algo absurdo y eso mismo lo oigo referir en relación con las gentes
del pasado. Observo, en efecto, que cuando la ciudad procede contra alguno de
los políticos por creer que ha cometido una falta, éstos se irritan y se
lamentan de que se les traté indignamente, y dicen que, después de haber hecho
multitud de beneficios a la ciudad, ésta intenta perderlos injustamente. Pero
todo eso es falso; nadie que gobierne una ciudad, puede jamás perecer injustamente
condenado por la misma ciudad que gobierna. Parece que con los que se jactan
de ser políticos sucede lo mismo que con los sofistas. En efecto, los sofistas,
que son sabios en todo lo demás, cometen, sin embargo, este absurdo. Aunque
afirman que son maestros de la virtud, con frecuencia acusan a sus discípulos
de obrar injustamente con ellos, por no pagarles sus remuneraciones ni dar
otras pruebas de agradecimiento a cambio de los beneficios recibidos. Sin
embargo, ¿qué puede haber más absurdo que estas palabras? Unos hombres que han
llegado a ser buenos y justos, a quienes su maestro ha dejado limpios de
injusticia, que tienen dentro de sí la justicia, ¿podrían causar daño con lo
que no tienen? ¿No te parece que esto es absurdo, amigo? Me has obligado a
hablar como un verdadero orador popular, Calicles, por no querer responderme.
CAL. –– ¿No serías capaz de hablar tú
solo, si no se te contesta?
SÓC. –– Es probable, por lo menos, estoy
intentando alargar mis discursos, ya que tú no quieres responderme. Pero, dime,
amigo, por el dios de la amistad, ¿no te pare ce absurdo que alguien diga que
ha hecho bueno a un hombre y que, a continuación, se queje de que es un
malvado este mismo hombre a quien él afirma que ha hecho bueno y que es bueno?
CAL. –– Sí, me parece absurdo.
SÓC. ––¿No oyes hablar así a los que
afirman que enseñan a los hombres la virtud?
CAL. ––Sí; pero ¿qué se puede decir de
hombres que no valen nada?
SÓC. –– ¿Y qué se puede decir de los que
aseguran que dirigen la ciudad y que se preocupan de hacerla lo mejor posible
y, por otra parte, cuando llega la ocasión, la acusan como a la más perversa?
¿Crees que hay alguna diferencia entre éstos y aquéllos? Sofista y orador,
amigo, son dos cosas iguales o muy cercanas y semejantes, como yo decía
anteriormente a Polo 104; pero tú, por ignorancia, crees que una de ellas, la
retórica, es algo totalmente hermoso, y desprecias en cambio a la otra. Pero,
en verdad, es más bella la sofística que la retórica, en la misma medida que
el arte de legislar es más bello que el de administrar justicia, y la gimnasia
más que la medicina. Yo creí que únicamente a los oradores políticos y a los
sofistas no les estaba permitido quejarse de que lo que enseñan es perjudicial
para ellos mismos, o bien que si se quejan, al mismo tiempo, en esa misma
queja, se acusan a sí mismos de no haber hecho ningún beneficio a las personas
a las que aseguran habérselo hecho. ¿No es así?
CAL. –– Sin duda.
SÓC. –– Y, por supuesto, sólo ellos
podrían, como es natural, anticipar un beneficio sin fijar recompensa, si fuera
verdad lo que aseguran. Pues el que ha recibido otra clase de beneficio, por
ejemplo, adquirir rapidez en la carrera por los cuidados de un maestro de
gimnasia, quizá pueda negar el reconocimiento a su maestro si éste confía en
el discípulo y, después de haber convenido con él una retribución, no cobra el
dinero exactamente al mismo tiempo que le procura esa rapidez. En efecto, creo
yo que los hombres no delinquen por lentitud, sino por injusticia; ¿es así?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Por consiguiente, si alguien
suprime precisamente eso, la injusticia, está siempre a salvo de ser agraviado
y sólo él puede con seguridad anticipar este beneficio, si es que en verdad
alguien puede hacer mejores a los hombres; ¿no es así?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Así pues, por esta razón, según
parece, no es vergonzoso cobrar dinero por dar consejos en las otras materias,
por ejemplo, en la edificación o en las demás artes.
CAL. –– Así parece.
SÓC. ––Pero en esta cuestión de saber de
qué modo puede uno hacerse lo mejor posible y dirigir perfectamente su propia
casa o la ciudad, se juzga generalmente vergonzoso que alguien se niegue a dar
consejos si no recibe dinero. ¿Es cierto?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Y, evidentemente, la causa es que
esta clase de beneficio es la única que impulsa al que lo recibe a desear
devolverlo, de manera que parece signo claro de es te beneficio recibir
recompensa adecuada después de haberlo hecho, pero si no la recibe es que no
ha hecho el beneficio. ¿Es esto así?
CAL. –– Sí.
SÓC. –– Explícame, por tanto, a qué clase
de servicio de la ciudad me invitas. ¿Es al de luchar con energía para que los
atenienses sean mejores, como hace un médico, o al de servirlos y adularlos?
Dime la verdad, Calicles; justo es, en efecto, que termines la conversación
exponiendo tus pensamientos con la misma franqueza con que empezaste a
hablarme; dímelo con exactitud y valentía.
CAL. –– Pues bien, te digo que se trata
de servirlos.
SÓC. ––Luego me invitas, amigo, a ser un
adulador.
CAL.––Un misio 105, si prefieres la
expresión, Sócrates, porque si no obras así.
SÓC. –– No repitas lo que ya has dicho
muchas veces, que el que quiera me llevará a la muerte, para que tampoco yo
repita que matará un malvado a un hombre bueno; ni tampoco vuelvas a decir que
me privará de mis bienes, si tengo alguno, para que yo no diga que, cuando me
los haya arrebatado, no sabrá qué hacer con ellos, y que así como me los quita
injustamente, así también, una vez en posesión de ellos, los usará injustamente,
es decir, ignominiosamente y, por tanto, miserablemente.
CAL. –– ¡Qué impresión me das, Sócrates,
de tener una firme confianza en que no te ha de suceder nada de eso! ¡Como si
vivieras fuera de aquí y no corrieras el riesgo de ser llevado a juicio por un
hombre quizá muy malvado y despreciable!
SÓC. –– Sería yo verdaderamente un
insensato, Calicles, si no creyera que en esta ciudad a cualquiera puede sucederle
lo que sea. Sin embargo, estoy seguro de que, si comparezco ante un tribunal
con el riesgo de ser condenado a algo de lo que tú dices, mi acusador será
algún malvado ––pues ningún hombre honrado acusaría a un inocente––; incluso no
sería nada increíble que se me condenara a muerte. ¿Quieres que te diga por qué
tengo esta sospecha?
CAL. ––Desde luego.
SÓC. –– Creo que soy uno de los pocos
atenienses, por no decir el único, que se dedica al verdadero arte de la
política y el único que la practica en estos tiempos; pero como, en todo caso,
lo que constantemente digo no es para agradar, sino que busca el mayor bien y
no el mayor placer, y como no quiero emplear esas ingeniosidades 106 que tú me
aconsejas, no sabré qué decir ante un tribunal. Se me ocurre lo mismo que le
decía a Polo 107, que seré juzgado como lo sería, ante un tribunal de niños, un
médico a quien acusara un cocinero. Piensa, en efecto, de qué modo podría
defenderse el médico puesto en tal situación, si se le acusara con estas
palabras: «Niños, este hombre os ha causado muchos males a vosotros; a los más
pequeños de vosotros los destroza cortando y quemando sus miembros, y os hace
sufrir enflaqueciéndoos y sofocandoos; os da las bebidas más amargas y os
obliga a pasar hambre y sed; no como yo, que os hartaba con toda clase de
manjares agradables.» ¿Qué crees que podría decir el médico puesto en ese
peligro? O bien, si dijera la verdad: «Yo hacía todo eso, niños, por vuestra
salud», ¿cuánto crees que protestarían tales jueces? ¿No gritarían con todas
sus fuerzas?
CAL. ––Quizá; al menos hay que suponerlo.
SÓC. –– ¿No piensas que se encontraría en
un gran apuro sobre lo que debería decir?
CAL. –– Sin duda.
SÓC. –– Pues yo sé que me sucederá algo
semejante, si comparezco ante un tribunal. En efecto, no podré citar placeres
que les haya proporcionado, placeres que ellos consideran beneficios y
servicios útiles; pero yo no envidio ni a los que los procuran ni a los que
los disfrutan. Si alguien me acusara de corromper a los jóvenes porque les hago
dudar, o de censurar a los mayores con palabras ásperas en privado o en
público, ni podré decir la verdad: «Todo lo que digo es justo y obro en
beneficio vuestro, oh jueces», ni ninguna otra justificación, de manera que probablemente
sufriré lo que me traiga la suerte.
CAL. –– ¿Y te parece bien, Sócrates, que
un hombre se encuentre en esa situación en su ciudad y que no sea capaz de
defenderse?
SÓC. –– Sí, Calicles, con tal de que
tenga aquel solo medio de defensa que tú has reconocido repetidas veces 108, a
saber, que se haya procurado a sí mismo la protección que consiste en no haber
dicho ni hecho nada injusto contra los dioses ni contra los hombres. Hemos
convenido en varias ocasiones que este modo de defenderse es el más eficaz. Si
alguien me demostrara que soy incapaz de procurarme esta clase de protección y
de procurársela a otro, me avergonzaría al ver probado mi error, tanto en
presencia de muchas personas como de pocas, como de esa sola que me refuta, y
si, por esta incapacidad, fuera condenado a muerte, me irritaría; pero si
perdiera la vida por faltarme la retórica de adulación, estoy seguro de que me
verías sobrellevar serenamente la muerte. Porque nadie teme la muerte en sí
misma, excepto el que es totalmente irracional y cobarde; lo que sí teme es
cometer injusticia. En efecto, que el alma vaya al Hades cargada de multitud de
delitos es el más grave de todos los males. En prueba de que esto es así, si tú
quieres, estoy dispuesto a referirte una narración.
CAL. –– Puesto que has terminado lo
demás, acaba también eso.
SÓC. –– Escucha, pues, como dicen, un
precioso relato que tú, según opino, considerarás un mito, pero que yo creo un
relato verdadero, pues lo que voy a contarte lo digo convencido de que es
verdad. Como dice Homero 109, Zeus, Posidón y Plutón se repartieron el gobierno
cuando lo recibieron de su padre. Existía en tiempos de Crono, y aun ahora
continúa entre los dioses, una ley acerca de los hombres según la cual el que
ha pasado la vida justa y piadosamente debe ir, después de muerto, a las Islas
de los Bienaventurados y residir allí en la mayor felicidad, libre de todo mal;
pero el que ha sido injusto e impío debe ir a la cárcel de la expiación y del
castigo, que llaman Tártaro. En tiempos de Crono y aun más recientemente, ya en
el reinado de Zeus, los jueces estaban vivos y juzgaban a los hombres vivos en
el día en que iban a morir; por tanto, los juicios eran defectuosos. En
consecuencia, Plutón y los guardianes de las Islas de los Bienaventurados se
presentaron a Zeus y le dijeron que, con frecuencia, iban a uno y otro lugar
hombres que no lo merecían. Zeus dijo:
«Yo haré que esto deje de suceder. En
efecto, ahora se deciden mal los juicios; se juzga a los hombres ––dijo––
vestidos, pues se los juzga en vida. Así pues, dijo él, muchos que tienen el
alma perversa están recubiertos con cuerpos hermosos, con nobleza y con
riquezas, y cuando llega el juicio se presentan numerosos testigos para asegurar
que han vivido justamente; los jueces quedan turbados por todo esto y, además,
también ellos juzgan vestidos; sus ojos, sus oídos y todo el cuerpo son como
un velo con que cubren por delante su alma. Éstos son los obstáculos que se les
interponen y, también, sus ropas y las de los juzgados; así pues, en primer
lugar, dijo, hay que quitar a los hombres el conocimiento anticipado de la hora
de la muerte, porque ahora lo tienen. Por lo tanto, ya se ha ordenado a Prometeo
que les prive de este conocimiento. Además, hay que juzgarlos desnudos de todas
estas cosas. En efecto, deben ser juzgados después de la muerte. También es
preciso que el juez esté desnudo y que haya muerto; que examine solamente con
su alma el alma de cada uno inmediatamente después de la muerte, cuando está
aislado de todos sus parientes y cuando ha dejado en la tierra todo su
ornamento, a fin de que el juicio sea justo. Yo ya había advertido esto antes
que vosotros y nombré jueces a hijos míos, dos de Asia, Minos 110 y
Radamantis, y uno de Europa: Éaco. Éstos, después de que los hombres hayan
muerto, celebrarán los juicios en la pradera en la encrucijada de la que
parten los dos caminos que conducen el uno a las Islas de los Bienaventurados
y el otro al Tártaro. A los de Asia les juzgará Radamantis, a los de Europa,
Éaco; a Minos le daré la misión de pronunciar la sentencia definitiva cuando
los otros dos tengan duda, a fin de que sea lo más justo posible el juicio
sobre el camino que han de seguir los. hombres.»
Esto es, Calicles, lo que he oído decir,
y tengo confianza en que es verdad. Pienso que de este relato se saca la
siguiente conclusión. La muerte, según yo creo, no es más que la separación de
dos cosas, el alma y el cuerpo. Cuando se han separado la una de la otra,
conserva cada una de ellas, en cierto modo, el mismo estado que cuando el
hombre estaba en vida. El cuerpo conserva su naturaleza y deja visibles todos
los cuidados y enfermedades. Por ejemplo, si cuando uno vivía tenía un cuerpo
grande por naturaleza o por la alimentación o por ambas cosas, después de
muerto su cadáver es grande; si era robusto, también lo es después de muerto, y
así sucesivamente. Si acostumbraba a llevar largo el cabello, su cuerpo tiene
también larga cabellera. Si era un continuo merecedor de azotes y, cuando
vivía, tenía las señales de los golpes, las cicatrices del látigo o de otras
heridas, también después de muerto son manifiestas estas señales. Si alguno en
vida tenía los miembros rotos o deformados, también una vez muerto quedan
visibles estos mismos defectos. En una palabra, la disposición adquirida por el
cuerpo en vida permanece manifiesta después de la muerte en todo o en parte
durante cierto tiempo.
Me parece que esto mismo sucede respecto
al alma, Calicles; cuando pierde la envoltura del cuerpo, son visibles en ella
todas las señales, tanto las de su naturaleza como las impresiones que el
hombre grabó en ella por su conducta en cada situación. Así pues, cuando
llegan a presencia del juez, los de Asia, por ejemplo, ante Radamantis, éste
les hace detenerse y examina el alma de cada uno sin saber de quién es, sino
que, con frecuencia, tomando al rey de Persia o a otro rey o príncipe cualquiera,
observa que no hay en su alma nada sano, sino que la ve cruzada de azotes y
llena de cicatrices por efecto de los perjurios y la injusticia, señales que
cada una de sus acciones dejó impresas en el alma, y ve que en ella todo está
torcido por la mentira y la vanidad y nada es recto, porque ha vivido lejos de
la verdad. Observa también que el poder, la molicie, la insolencia y la
intemperancia de sus actos han llenado el alma de desorden y de infamia; al
ver este alma, la envía directamente con ignominia a la prisión en la que debe
sufrir los castigos adecuados.
Es propio de todo el que sufre un
castigo, si se le castiga justamente, hacerse mejor, y así sacar provecho, o
servir a los demás de ejemplo para que, al verle otros sufrir el castigo,
tengan miedo y se mejoren. Los que sacan provecho de sufrir un castigo
impuesto por los dioses o por los hombres son los que han cometido delitos que
admiten curación; a pesar de ello, este provecho no lo alcanzan más que por
medio de sufrimientos y dolores, aquí y en el Hades, porque de otro modo no es
posible curarse de la injusticia. Los que han cometido los más graves delitos
y, a causa de ellos, se han hecho ya incurables son los que sirven de ejemplo a
los demás; ellos mismos ya no sacan ninguna ventaja, puesto que son incurables,
pero sí la sacan los que les ven padecer para siempre los mayores y más
dolorosos suplicios a causa de sus culpas, colgados, por así decirlo, como
ejemplo, allí en la prisión del Hades, donde son espectáculo y advertencia para
los culpables que, sucesivamente, van llegando. Yo digo que Arquelao llegará
a ser uno de éstos, si es verdad lo que dice Polo, y cualquier otro que sea un
tirano de esta clase. Creo que el mayor número de los que sirven de ejemplo
sale de los tiranos, reyes, príncipes y de los que gobiernan las ciudades, pues
éstos, a causa de su poder, cometen los delitos más graves e impíos. Confirma esto
Homero, pues son reyes y príncipes los que él ha representado como condenados
en el Hades a castigos sin fin, Tántalo, Sísifo y Ticio. En cambio, a Tersites o
a cualquier otro malvado de vida privada nadie lo ha representado sujeto a los
más graves castigos como incurable, porque, en mi opinión, no le era posible
hacer mal y, por ello, ha sido más afortunado que aquellos a los que les era
posible hacerlo. En efecto, Calicles, los
hombres que llegan a ser más perversos salen de entre los poderosos; sin
embargo, nada impide que entre ellos se produzcan también hombres buenos, y
los que lo son merecen la mayor admiración. Ciertamente es muy difícil y digno
de gran alabanza mantenerse justo toda la vida, cuando se tiene plena libertad
de ser injusto. Estos hombres son pocos, aunque, en efecto, aquí y en otras
partes, han existido en el pasado y creo que existirán en el futuro hombres
buenos y honrados respecto a esa virtud de administrar justamente lo que se
les confía. Uno muy famoso, aun entre los demás griegos, ha sido Arístides,
hijo de Lisímaco; pero, amigo, la mayor parte de los hombres poderosos se hacen
malos.
Como iba diciendo, cuando Radamantis toma
a uno de esos hombres, no sabe absolutamente nada acerca de él, ni quién es ni
quiénes son sus padres, pero sí sabe que es un malvado, y, al ver esto, lo
envía al Tártaro con la indicación de si le juzga curable o incurable; llegado
allí, sufre los castigos adecuados. Alguna vez, al ver un alma que ha vivido
piadosamente y sin salirse de la verdad, alma de un particular o de otro
cualquiera, pero, especialmente, estoy seguro de ello, Calicles, de un filósofo
que se ha dedicado a su ocupación, sin inmiscuirse en negocios ajenos mientras
vivió, se admira y la envía a las Islas de los Bienaventurados. Esto mismo hace
también Éaco; cada uno de ellos juzga teniendo en la mano una vara; Minos está
sentado observando; sólo él lleva cetro de oro, como en Homero dice Ulises que le vio
llevando un cetro de oro, administrando
justicia a los muertos.
En todo caso, Calicles, estoy convencido
de estos relatos y medito de qué modo presentaré al juez mi alma lo más sana
posible. Despreciando, pues, los honores de la multitud y cultivando la verdad,
intentaré ser lo mejor que pueda, mientras viva, y al morir cuando llegue la
muerte. E invito a todos los demás hombres, en la medida en que puedo, y por
cierto también a ti, Calicles, correspondiendo a tu invitación, a esta vida y
a este debate que vale por todos los de la tierra, según yo afirmo, y te
censuro porque no serás capaz de defenderte cuando llegue el juicio y el
examen de que ahora hablaba; más bien, a cuando llegues ante ese juez, el hijo
de Egina, y te tome y te ponga ante sí, te quedarás boquiabierto y aturdido, no
menos tú allí que yo aquí, y quizá alguien te abofeteará indignamente y te
ultrajará de mil modos.
Quizá esto te parece un mito, a modo de
cuento de vieja, y lo desprecias; por cierto, no sería nada extraño que lo
despreciáramos, si investigando pudiéramos hallar algo mejor y más verdadero.
Pero ya ves que, aunque estáis aquí vosotros tres, los más sabios de los
griegos de ahora: tú, Polo y Gorgias, no podéis demostrar que se deba llevar
un modo de vida distinto a éste que resulta también útil después de la muerte.
Al contrario, en una conversación tan larga, rechazadas las demás opiniones,
se mantiene sola esta idea, a saber, que es necesario precaverse más de
cometer injusticia que de sufrirla y que se debe cuidar, sobre todo, no de
parecer bueno, sino de serlo, en privado y en público. Que si alguno se hace
malo en alguna cosa, debe ser castigado, y éste es el segundo bien después
del de ser justo, el de volver a serlo y satisfacer la culpa por medio del
castigo. Que es preciso huir de toda adulación, la de uno mismo y la de los
demás, sean muchos o pocos, y que se debe usar siempre de la retórica y de
toda otra acción en favor de la justicia. Así pues, hazme caso y acompáñame
allí, donde, una vez que hayas llegado, encontrarás la felicidad en vida y en
muerte, según enseña este relato. Permite que alguien te desprecie como
insensato, que te insulte, si quiere y, por Zeus, deja, sin perder tú la calma,
que te dé ese ignominioso golpe, pues no habrás sufrido nada grave, si en
verdad eres un hombre bueno y honrado que practica la virtud.
Después, cuando nos hayamos ejercitado
así en común, entonces ya, si nos parece que debemos hacerlo, nos aplicaremos
a los asuntos públicos o deliberaremos qué otra cosa nos parece conveniente,
puesto que seremos más capaces de deliberar que ahora. En efecto, es
vergonzoso que, estando como es evidente que estamos al presente, presumamos de
ser algo, nosotros que cambiamos a cada momento de opinión sobre las mismas
cuestiones, y precisamente sobre las más importantes. A tal grado de ignorancia
hemos llegado. Por consiguiente, tomemos como guía este relato que ahora nos
ha quedado manifiesto, que nos indica que el mejor género de vida consiste en
vivir y morir practicando la justicia y todas las demás virtudes. Sigámoslo,
pues, nosotros e invitemos a los demás a seguirlo también, abandonando ese
otro en el que tú confías y al que me exhortas, porque en verdad no vale nada,
Calicles.