HORKHEIMER; M. y ADORNO, T. W.
“Dialéctica del Iluminismo”
Prólogo a la primera edición alemana
Cuando hace dos años
iniciamos el trabajo cuyas primeras pruebas dedicamos ahora a Friedrich
Pollock, esperábamos poder terminar y presentar la totalidad en ocasión de su
quincuagésimo aniversario. Pero cuanto más adelantábamos en la empresa más nos
dábamos cuenta de la desproporción entre ella y nuestras fuerzas. Lo que nos
habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar
de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de
barbarie. Habíamos subestimado las dificultades del tema, porque teníamos aun
demasiada fe en la conciencia actual. A pesar de haber observado desde hacía
muchos años que en la actividad científica moderna las grandes invenciones se
pagan con una creciente decadencia de la cultura teórica, creíamos poder
guiarnos por el modelo de la organización científica, en el sentido de que
nuestra contribución se limitase esencialmente a la crítica o a la continuación
de doctrinas particulares. Hubiéramos debido atenernos, por lo menos en el
orden temático, a las disciplinas tradicionales: sociología, psicología y
gnoseología.
Los fragmentos recogidos
en este volumen demuestran que hemos debido renunciar a aquella fe. Si el
examen y el estudio atento de la tradición científica constituye un momento
indispensable para el conocimiento -en especial allí donde los depuradores
positivistas la abandonan al olvido como cosa inútil-, por otro lado, en la
fase actual de la civilización burguesa ha entrado en crisis no sólo la
organización sino el sentido mismo de la ciencia. Lo que los fascistas
hipócritamente elogian y lo que los dóciles expertos en humanidad ingenuamente
cumplen, la autodestrucción incesante del iluminismo, obliga al pensamiento a
prohibirse hasta el último candor respecto de los hábitos y las tendencias del
espíritu del tiempo. Si la vida pública ha alcanzado un estadio en el que el
pensamiento se transforma inevitablemente en mercancía y la lengua en
embellecimiento de ésta, el intento de desnudar tal depravación debe negarse a
obedecer las exigencias lingüísticas y teóricas actuales antes de que sus
consecuencias históricas universales lo tornen por completo imposible.
Si los obstáculos fueran
solamente aquellos que derivan de la instrumentalización inconsciente de la
ciencia, el análisis de los problemas sociales podría vincularse con las
tendencias que están en oposición a la ciencia oficial. Pero también éstas han
sido embestidas por el proceso global de la producción y no han cambiado menos
que la ideología contra la cual se dirigían. Les aconteció lo que siempre le
acontece al pensamiento victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su
elemento crítico para convertirse en instrumento al servicio de una realidad,
contribuye sin querer a transformar lo positivo en algo negativo y funesto. La
filosofía, que en el siglo XVIII, a pesar de la quema de libros y hombres,
inspiraba a la infamia un terror mortal, bajo Napoleón había pasado ya al
partido de ésta. Incluso la escuela apologética de Comte usurpó la sucesión de
los inflexibles enciclopedistas y tendió la mano a todo aquello contra lo cual
éstos habían combatido. Las metamorfosis de la crítica en aprobación no dejan
inmune ni siquiera el contenido teórico, cuya verdad se volatiliza. Por lo
demás, hoy la historia motorizada anticipa incluso estos desarrollos
espirituales, y los exponentes oficiales, que tienen otras preocupaciones, liquidan
la teoría que los ha ayudado a conquistarse un puesto bajo el sol aun antes de
que ésta haya tenido tiempo de prostituirse.
En la reflexión crítica
sobre su propia culpa el pensamiento se ve por lo tanto privado no sólo del uso
afirmativo de la terminología científica y cotidiana sino también de la de la
oposición. No se presenta más una sola expresión que no procure conspirar con
tendencias del pensamiento dominante, y lo que una lengua destruida no hace por
cuenta propia es sustituido inevitablemente por los mecanismos sociales. A los
censores libremente mantenidos por las firmas cinematográficas a los efectos de
evitar gastos mayores corresponden fuerzas análogas en todos los campos. El
proceso al que es sometido un texto literario, si no es ya en la previsión
automática del autor, de todos modos parte del staff de
lectores, revisores, ghost writers,
dentro y fuera de las editoriales, supera en perfección a toda censura. Tornar
completamente superfluas las funciones de la censura parece ser -no obstante
toda reforma útil- la ambición del sistema educativo. En su convicción de que,
si no se limita estrictamente a la determinación de los hechos y al cálculo de
probabilidades, el espíritu cognoscitivo se hallaría demasiado expuesto al
charlatanismo y a la superstición, el sistema educativo prepara el árido
terreno para que acoja ávidamente supersticiones y charlatanismo. Así como la
prohibición ha abierto siempre camino al producto más nocivo, del mismo modo la
prohibición de la imaginación teórica abre camino a la locura política. Y en la
medida en que los hombres no han caído aún en su poder, son privados por los
mecanismos de censura -externos o introyectados en su interior- de los medios
necesarios para resistir.
La aporía ante la que nos
encontramos frente a nuestro trabajo se reveló así como el primer objetivo de
nuestro estudio: la autodestrucción del iluminismo. No tenemos ninguna duda -y
es nuestra petición de principio- respecto a que la libertad en la sociedad es
inseparable del pensamiento iluminista. Pero consideramos haber descubierto con
igual claridad que el concepto mismo de tal pensamiento, no menos que las
formas históricas concretas y las instituciones sociales a las que se halla
estrechamente ligado, implican ya el germen de la regresión que hoy se verifica
por doquier. Si el iluminismo no acoge en sí la conciencia de este momento
regresivo, firma su propia condena. Si la reflexión sobre el aspecto destructor
del progreso es dejada a sus enemigos, el pensamiento ciegamente pragmatizado
pierde su carácter de superación y conservación a la vez, y por lo tanto
también su relación con la verdad. En la misteriosa actitud de las masas
técnicamente educadas para caer bajo cualquier despotismo, en su tendencia
autodestructora a la paranoia “popular”, en todo este absurdo incomprendido se
revela la debilidad de la comprensión teórica de hoy.
Creemos contribuir con
estos fragmentos a dicha comprensión en la medida en que muestran que la causa
de regresión del iluminismo a la mitología no debe ser buscada tanto en las
modernas mitologías nacionalistas, paganas, etc., elegidas deliberadamente como
fines regresivos, como en el propio iluminismo paralizado por el miedo a la
verdad, entendiendo a ambos conceptos no sólo en el sentido de la “historia de
la cultura” sino también en sentido real. Así como el iluminismo expresa el
movimiento real de la sociedad burguesa en general bajo la especie de sus
ideas, encarnadas en personas e instituciones, del mismo modo la verdad no es
sólo la conciencia racional sino también su configuración en la realidad. El
miedo característico del auténtico hijo de la civilización moderna de alejarse
de los hechos, que, por lo demás, desde que son percibidos se hallan ya esquemáticamente preformados por las costumbres
dominantes en la ciencia, en los negocios y en la política, es idéntico al
miedo respecto a la desviación social. Tales costumbres determinan incluso el
concepto de claridad (en la lengua y en el pensamiento) al que arte, literatura
y filosofía deberían hoy adecuarse. Este concepto -que califica de oscuro y
complicado, y sobre todo de extraño al espíritu nacional, al pensamiento que
interviene negativamente en los hechos y en las formas de pensar dominantes-
condena al espíritu a una ceguera cada vez más profunda. El hecho de que
incluso el reformer más honesto, que recomienda la renovación de un lenguaje consumido por
el uso, refuerce -al hacer suyo un aparato categorial prefabricado y la mala
filosofía en que éste se sostiene- el poder de lo que existe, ese mismo poder
que querría quebrantar, forma parte de la situación sin camino de salida. La
falsa claridad es sólo otra forma de indicar el mito. El mito ha sido siempre
oscuro y evidente a la vez, y se ha distinguido siempre por su familiaridad, lo
que exime del trabajo del concepto.
La condena natural de los
hombres es hoy inseparable del progreso social. El aumento de la producción
económica que engendra por un lado las condiciones para un mundo más justo,
procura por otro lado al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen
de él una inmensa superioridad sobre el resto de la población. El individuo se
ve reducido a cero frente a las potencias económicas. Tales potencias llevan al
mismo tiempo a un nivel, hasta ahora sin precedentes, el dominio de la sociedad
sobre la naturaleza. Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que
sirve, ese aparato lo provee como nunca lo ha hecho. En el estado injusto la
impotencia y la dirigibilidad de la masa crece con la
cantidad de bienes que le es asignada. La elevación del nivel de vida de los
inferiores -materialmente considerable y socialmente insignificante- se refleja
en la aparente e hipócrita difusión del espíritu, cuyo verdadero interés es la
negación de la reificación. El espíritu no puede menos que debilitarse cuando
es consolidado como patrimonio cultural y distribuido con fines de consumo. El
alud de informaciones minuciosas y de diversiones domesticadas corrompe y
estupidiza al mismo tiempo.
No se trata de la cultura
como valor, en el sentido de los “críticos de la civilización”, Huxley,
Jaspers, Ortega y Gasset, etc., sino del hecho de que el iluminismo debe tomar
conciencia de sí, si no se quiere que los hombres sean completamente
traicionados. No se trata de conservar el pasado, sino de realizar sus
esperanzas. Mientras que hoy el pasado continúa como destrucción del pasado. Si
la cultura respetable ha sido hasta el siglo pasado un privilegio pagado con
mayores sufrimientos por quienes se hallaban excluidos de la cultura, la
fábrica higiénica de nuestro siglo ha sido pagada con la fusión de todos los
elementos culturales en el crisol desmesurado. Y tal vez no fuese siquiera un
precio tan alto como lo consideran los defensores de la cultura, si la venta y
liquidación de la cultura no contribuyese a pervertir y convertir en lo
contrario las mejoras económicas.
En las condiciones
actuales incluso los bienes materiales se convierten en elementos de
desventura. Si la masa de los bienes materiales, por falta del sujeto social,
daba origen en el período precedente, bajo forma de superproducción, a crisis
de la economía interna, hoy, cuando grupos de poder han ocupado el puesto y la
función de aquel sujeto social, dicha masa produce la amenaza internacional del
fascismo: el progreso se invierte y se convierte en regreso. El hecho de que la
fábrica higiénica y todo lo que con ella se relaciona liquiden obtusamente la
metafísica es cosa en definitiva indiferente; pero que la fábrica y el palacio
de deportes se conviertan dentro de la totalidad social en una cortina
ideológica tras la que se condensa la miseria real no resulta indiferente. A
partir de este punto surgen nuestros fragmentos.
El primer ensayo, que es
la base teórica de los siguientes, busca esclarecer la mezcla de racionalidad y
realidad social, y también la otra mezcla, inseparable de la primera, de
naturaleza y dominio de la naturaleza. La crítica a la que en tal ensayo se
somete al iluminismo tiene por objeto preparar un concepto positivo de éste,
que lo libere de la petrificación en ciego dominio.
En términos muy generales
el primer ensayo podría resumirse, en su aspecto crítico, en dos tesis: el mito
es ya iluminismo, el iluminismo vuelve a convertirse en mitología. Estas tesis
son ilustradas en los dos excursus sobre temas concretos particulares. El
primero estudia la dialéctica de mito e iluminismo en la Odisea, como en uno de los primerísimos documentos
representativos de la civilización burguesa occidental. En el centro se hallan
los conceptos de sacrificio y de renuncia, en los cuales se revela la
diferencia y la unidad de la naturaleza mítica y del dominio racional de la
naturaleza. El segundo excursus
se ocupa de Kant, Sade y Nietzsche, inflexibles ejecutores del iluminismo. En
él se muestra cómo el dominio de todo lo que es natural en el sujeto dueño de
sí concluye justamente en el dominio de la objetividad y de la naturalidad más
ciega. Esta tendencia nivela todos los contrastes del pensamiento burgués,
empezando por el que existe entre rigor moral y amoralidad absoluta.
El capítulo sobre la
industria cultural muestra la regresión del iluminismo a la ideología que tiene
su expresión canónica en el cine y en la radio, donde el iluminismo reside
sobre todo en el cálculo del efecto y en la técnica de producción y difusión;
la ideología, en cuanto a aquello que es su verdadero contenido, se agota en la
fetichización de lo existente y del poder que controla la técnica. En el
análisis de esta contradicción la industria cultural es tomada con más seriedad
que lo que ella misma querría. Pues dado que sus continuas declaraciones
respecto a su carácter comercial y a su naturaleza de verdad reducida se han
convertido desde hace tiempo en una excusa para sustraerse a la responsabilidad
de la mentira, nuestro análisis se atiene a la pretensión objetivamente
inherente a sus productos de ser creaciones estéticas y de ser por lo tanto
verdad representada. En la inconsistencia de tal pretensión se desenmascara la
vacuidad social de tal industria. Este capítulo es aun más fragmentario que los
otros.
El análisis en forma de
tesis de los “elementos del antisemitismo” está dedicado al retorno de la
sociedad iluminada a la barbarie en la realidad. La tendencia a la
autodestrucción pertenece desde el comienzo a la racionalidad no sólo
idealmente sino también prácticamente y no sólo en la fase en que emerge en
toda su evidencia. En este sentido es esbozada una prehistoria filosófica del
antisemitismo. Su “irracionalismo” se deduce de la esencia misma de la razón
dominante y del mundo hecho a su imagen.
Los Elementos están
relacionados en forma estrecha con investigaciones empíricas del Institut für
Sozialforschung, fundación creada y mantenida en vida por Felix Weil, sin la
cual no sólo nuestros estudios sino también buena parte del trabajo teórico
continuado a pesar de Hitler por los alemanes emigrados no hubiera sido
posible.
En la última sección se
publican apuntes y esbozos que en parte entran dentro de la corriente teórica
de los ensayos precedentes, pero que no podían hallar su puesto en ellos, y en
parte dibujan provisionalmente problemas que serán objeto de trabajo futuro. Se
refieren en su mayor parte a una antropología dialéctica.
Los Ángeles, California,
mayo de 1944.
El libro no contiene
modificaciones importantes en el texto, terminado durante la guerra. Se ha
agregado a continuación la última tesis de los Elementos del antisemitismo.
Junio de 1947
Max Horkheimer
Theodor W. Adorno
Concepto de Iluminismo
El iluminismo, en el sentido más amplio de
pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar
el miedo a los hombres y de convertirlos en amos. Pero la tierra enteramente
iluminada resplandece bajo el signo de una triunfal desventura. El programa del
iluminismo consistía en liberar al mundo de la magia. Se proponía, mediante la
ciencia, disolver los mitos y confutar la imaginación: Bacon, “el padre de la
filosofía experimental”, (1) recoge ya los diversos temas. Desprecia
a los partidarios de la tradición, quienes “primero creen que otros saben lo
que ellos no saben; luego suponen saber ellos mismos lo que ellos no saben. La
credulidad, la aversión respecto a la duda, la precipitación en las respuestas,
la pedantería cultural, el temor a contradecir, la indolencia en las
investigaciones personales, el fetichismo verbal, la tendencia a detenerse en
los conocimientos parciales: todo esto y otras cosas más han impedido las
felices bodas del intelecto humano con la naturaleza de las cosas, para hacer
que se ayuntase en cambio con conceptos vanos y experimentos desordenados. Es
fácil imaginar los frutos y la descendencia de una unión tan gloriosa. La
imprenta, invención grosera; el cañón, que estaba ya en el aire; la brújula,
conocida ya en cierta medida antes: ¡qué cambios no han aportado, la una al
estado de la ciencia, el otro al de la guerra, la tercera al de las finanzas,
el comercio y la navegación! Y hemos dado con estas invenciones, repito, casi
por casualidad. La superioridad del hombre reside en el saber, no hay ninguna
duda respecto a ello. En el saber se hallan reunidas muchas cosas que los reyes
con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa,
de las que sus informantes no pueden darles noticias y hacia cuyas tierras de
origen sus navegantes y descubridores no pueden enderezar el curso. Hoy
dominamos la naturaleza sólo en nuestra opinión, y nos hallamos sometidos a su
necesidad; pero si nos dejásemos guiar por ella en la invención, podríamos ser
sus amos en la práctica”. (2)
Bien que ajeno a las matemáticas, Bacon ha sabido
descubrir con exactitud el animus de la ciencia sucesiva. El feliz
connubio en que piensa, entre el intelecto humano y la naturaleza de las cosas,
es de tipo patriarcal: el intelecto que vence a la superstición debe ser el amo
de la naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no conoce límites, ni en
la esclavización de las criaturas ni en su fácil aquiescencia a los señores del
mundo. Se halla a disposición tanto de todos los fines de la economía burguesa,
en la fábrica y en el campo de batalla, como de todos los que quieran
manipularlo, sin distinción de sus
orígenes. Los reyes no disponen de la técnica más directamente que lo que hacen
los mercaderes: la técnica es democrática como el sistema económico en que se
desarrolla. La técnica es la esencia de tal saber. Dicho saber no tiende -sea
en Oriente como en Occidente- a los conceptos y a las imágenes, a la felicidad
del conocimiento, sino al método, a la explotación del trabajo, al capital
privado o estatal. Todos los descubrimientos que aun promete según Bacon son a
su vez instrumentos: la radio como imprenta sublimada, el avión de caza como
artillería más eficaz, el proyectil guiado a distancia como brújula más segura.
Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es la forma de utilizarla
para lograr el dominio integral de la naturaleza y de los hombres. Ninguna otra
cosa cuenta. Sin miramientos hacia sí mismo, el iluminismo ha quemado hasta el
último resto de su propia autoconciencia. Sólo el pensamiento que se hace
violencia a sí mismo es lo suficientemente duro para traspasar los mitos. frente al actual triunfo del “sentido de los hechos”,
incluso el credo nominalista de Bacon resultaría sospechoso de metafísica y
caería bajo la acusación de vanidad que él mismo formuló contra la escolástica.
Poder y conocer son sinónimos. (3) La estéril felicidad de conocer
es lasciva tanto para Bacon como para Lutero. Lo que importa no es la
satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operation, el
procedimiento eficaz; “el verdadero fin y tarea de la ciencia” reside no en
“discursos plausibles, edificantes, dignos o llenos de efecto, o en supuestos
argumentos evidentes, sino en el empeño y en el trabajo, y en el descubrimiento
de detalles antes desconocidos para un mejor equipamiento y ayuda en la vida”. (4)
No debe existir ningún misterio, pero tampoco el
deseo de su revelación.
La liberación del mundo respecto a la magia es la
liquidación del animismo. Jenófanes ridiculiza a los dioses múltiples, que se
asemejan a sus creadores, los hombres, con todos sus accidentes y defectos, y
la lógica más reciente denuncia las palabras convencionales del lenguaje como
monedas falsas que conviene sustituir por fiches neutrales. El mundo se
convierte en caos y la síntesis en salvación. No hay ya ninguna diferencia entre
el animal totémico, los sueños del visionario y la idea absoluta. En su
itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian al significado.
Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad.
La causa ha sido el último concepto filosófico con el cual la crítica
científica ha arreglado cuentas, puesto que era el único de los viejos que aún
se le resistía, la última secularización del principio creador. Definir
modernamente sustancia y cualidad, actividad y pasión, ser y existencia, ha
sido, desde Bacon en adelante, interés y tarea de la filosofía; pero la ciencia
se desentendía ya de estas categorías. Habían sobrevivido como idola theatri
de la vieja metafísica, y eran ya, en los tiempos de aquélla, monumentos de
entidad y fuerzas de la prehistoria, cuya vida y muerte habían sido expuestas y
trazadas en los mitos. Las categorías mediante las cuales la filosofía
occidental definía el orden eterno de la naturaleza, señalaban puntos ya
ocupados por Ocnos y Perséfona, Ariadna y Nereo. Las categorías presocráticas
fijan el momento del tránsito. Lo húmedo, lo informe, el aire, el fuego, que
aparecen en ellas como materia prima de la naturaleza, son residuos apenas
racionalizados de la concepción mítica. Así como las imágenes de la generación
de la tierra y del río, llegadas hasta los griegos desde el Nilo, se
convirtieron allí en principios hilozoicos, en elementos, del mismo modo la
inagotable ambigüedad de los demonios míticos se espiritualizó en la forma pura
de las esencias ontológicas. Por último, con las ideas de Platón, incluso las
divinidades patriarcales del Olimpo invisten las características del logos
filosófico. Pero en la herencia platónica y aristotélica de la metafísica el
iluminismo reconoció las antiguas fuerzas y persiguió como superstición la
pretensión de verdad de los universales. El iluminismo cree aún descubrir en la
autoridad de los conceptos generales el miedo a los demonios, con cuyas
imágenes y reproducciones los hombres buscaban, en el ritual mágico, influir sobre
la naturaleza. A partir de ahora la materia debe ser dominada más allá de toda
ilusión respecto a fuerzas superiores a ella o inmanentes en ella, es decir, de
cualidades ocultas. Lo que no se adapta al criterio del cálculo y de la
utilidad es, a los ojos del iluminismo, sospechoso. Y cuando el iluminismo
puede desarrollarse sin perturbaciones provenientes de la opresión externa, el
freno desaparece. Sus mismas ideas sobre los derechos de los hombres terminan
por correr la suerte de los viejos universales. Ante cada resistencia
espiritual que encuentra su fuerza no hace más que aumentar. (5) Ello deriva del hecho de que el iluminismo se
reconoce a sí mismo incluso en los mitos. Cualesquiera que sean los mitos a los
que incumbe la resistencia, por el solo hecho de convertirse en argumentos en
este conflicto, rinden homenaje al principio de la racionalidad analítica que
reprochan al iluminismo. El iluminismo es totalitario.
En la base del mito el iluminismo ha visto siempre
antropomorfismo, la proyección de lo subjetivo sobre la naturaleza. (6) Lo sobrenatural, espíritus y demonios, serían
imágenes reflejas de los hombres, que se dejaban asustar por la naturaleza. Las
diversas figuras míticas son todas reducibles, según el iluminismo, al mismo
denominador, es decir, al sujeto. La respuesta de Edipo al enigma de la Esfinge
-” el hombre”- vuelve indiscriminadamente, como solución estereotipada del
iluminismo, ya se trate de un trozo de significado objetivo, de las líneas de
un ordenamiento, del miedo a fuerzas malignas o de la esperanza de salvación.
El iluminismo reconoce a priori, como ser y acaecer, sólo aquello que se
deja reducir a una unidad; su ideal es el sistema, del cual se deduce todo y
cualquier cosa. En eso no se distinguen sus versiones racionalista y empirista.
Pese a que las diversas escuelas podían interpretar diversamente los axiomas,
la estructura de la ciencia unitaria era siempre la misma. El postulado
baconiano de una scientia universalis (8) es -pese al
pluralismo de los campos de investigación- tan hostil a lo que no se puede
relacionar como la mathesis universalis leibniziana al salto. La
multiplicidad de las figuras queda reducida a la posición y el ordenamiento, la
historia al hecho, las cosas a materia. Según Bacon, debe subsistir entre los
principios supremos y las proposiciones empíricas una conexión lógica evidente
a través de los diversos grados de universalidad. De Maistre lo toma en broma
diciendo que posee une idole d´ échelle. (9) La lógica formal ha sido la gran escuela de la
unificación. La lógica formal ofrecía a los iluministas el esquema de la
calculabilidad del universo. La equiparación de sabor mitológico de las ideas
con los números en los últimos escritos de Platón expresa el anhelo de toda
desmitización: el número se convierte en el canon del iluminismo. Las mismas
ecuaciones dominan la justicia burguesa y el intercambio de mercancías. “¿No es
acaso la regla de que sumando lo impar a lo par se obtiene impar, un principio
tanto de la justicia como de la matemática? ¿Y no existe una verdadera
correspondencia entre justicia conmutativa y distributiva por un lado y
proporciones geométricas por el otro?” (10) La sociedad burguesa se
halla dominada por lo equivalente. Torna comparable lo heterogéneo reduciéndolo
a grandezas abstractas. Todo lo que no se resuelve en números, y en definitiva
en lo uno, se convierte para el iluminismo en apariencia; y el positivismo
moderno confina esto a la literatura. Unidad es la palabra de orden, desde
Parménides a Russell. Se continúa exigiendo la destrucción de los dioses y de
las cualidades.
Pero los mitos que caen bajo los golpes del
iluminismo eran ya productos del mismo iluminismo. En el cálculo científico del
acontecer queda anulada la apreciación que el pensamiento había formulado en
los mitos respecto al acontecer. El mito quería contar, nombrar, manifestar el
origen: y por lo tanto también exponer, fijar, explicar. Esta tendencia se vio
reforzada por el extendimiento y la recompilación de los mitos, que se
convirtieron en seguida, de narraciones de cosas acontecidas, en doctrina. Todo
ritual implica una concepción del acontecer, así como del proceso específico
que debe ser influido por el encantamiento. Este elemento teórico del ritual se
tornó independiente en las primeras epopeyas de los pueblos. Los mitos, tal
como los encontraron los trágicos, se hallan ya bajo el signo de esa disciplina
y ese poder que Bacon exalta como meta. En el lugar de los espíritus y demonios
locales había aparecido el cielo y su jerarquía, en el lugar de las prácticas
exorcizantes del mago y la tribu, el sacrificio graduado jerárquicamente y el
trabajo de los esclavos mediatizado mediante el mando. Las divinidades
olímpicas no son ya directamente idénticas a los elementos, sino que los simbolizan.
En Homero, Zeus preside el cielo diurno, Apolo guía el sol, Helios y Eo se
hallan ya en los límites de la alegoría. Los dioses se separan de los elementos
como esencias de éstos. A partir de ahora el ser se divide en el logos
-que se reduce, con el progreso de la filosofía, a la mónada, al mero punto de
referencia- y en la masa de todas las cosas y criaturas exteriores. Una sola
diferencia, la que existe entre el propio ser y la realidad, absorbe a todas
las otras. Si se dejan de lado las diferencias, el mundo queda sometido al
hombre. En ello concuerdan la historia judía de la creación y la religión
olímpica. “...Y dominarán los peces del mar y los pájaros del cielo y en los
ganados y en todas las fieras de la tierra y en todo reptil que repta sobre la
tierra.”(11) “Oh Zeus, padre Zeus, tuyo es el dominio del cielo, y
tú vigilas desde lo alto las obras de los hombres, justas y malvadas, e incluso
la arrogancia de los animales y te complace la rectitud.”(12)
“Puesto que las cosas son así, uno expía inmediatamente y otro más tarde; pero
incluso si alguien pudiera escapar y la amenazadora fatalidad de los dioses no
lo alcanzara en seguida, tal fatalidad termina infaliblemente por cumplirse, e
inocentes deben pagar por la mala acción, sus hijos o una generación posterior”(13) Frente a los dioses se mantiene
sólo quien se somete totalmente. El surgimiento del sujeto se paga con el
reconocimiento del poder como principio de todas las relaciones. Frente a la
unidad de esta razón la división entre Dios y hombre parece en verdad
irrelevante, tal como la razón impasible lo hiciera notar desde la más antigua
crítica homérica. Como señores de la naturaleza, el dios creador y el espíritu
ordenador se asemejan. La semejanza del hombre con Dios consiste en la
soberanía sobre lo existente, en la mirada patronal, en el mando.
El mito perece en el iluminismo y la naturaleza en la
pura objetividad. Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con el
extrañamiento de aquello sobre lo cual lo ejercitan. El iluminismo se relaciona
con las cosas como el dictador con los hombres, pues el dictador sabe cuál es
la medida en que puede manipular a éstos. El hombre de ciencia conoce las cosas
en la medida en que puede hacerlas. De tal suerte el en-sí de éstas se
convierte en para-él. En la transformación la esencia de las cosas se
revela cada vez como la misma: como fundamento del dominio. Esta identidad
funda y constituye la unidad de la naturaleza. La cual se hallaba escasamente
presente en la evocación mágica, como unidad del sujeto. Los ritos del shamán
se dirigían al viento, a la lluvia, a la serpiente exterior o al demonio en el
enfermo, y no a materias o registros. Y quien practicaba no era el espíritu uno
e idéntico: éste variaba de acuerdo con las máscaras del culto, que debían
asemejarse a los diversos espíritus. La magia es una falsedad sanguinolenta,
pero en ella no se llega todavía a esa negación aparente del dominio por la
cual el dominio mismo, transformado en pura verdad, se coloca como base del
mundo caído en su poder. El mago se torna similar a los demonios; para
asustarlos o para aplacarlos adopta actitudes horribles o mansas. Por más que
su oficio sea la repetición, aún no se ha proclamado -como el hombre civil, para quien los modestos
terrenos de caza se reducirán al cosmos unitario, a la síntesis de toda
posibilidad de presa- copia e imagen del poder invisible. Sólo en la medida en
que es (y se conserva) hecho a semejanza de ese poder consigue el hombre la
identidad del Sí, que no puede perderse en la identificación con otro, sino que
se posee de una vez para siempre, como máscara impenetrable. Es la identidad
del espíritu y su correlato, la unidad de la naturaleza, ante la cual sucumbe
la multitud de las cualidades. La naturaleza privada de sus cualidades se convierte
en materia caótica, objeto de pura subdivisión, y el Sí omnipotente en mero
tener, en identidad abstracta. En la magia la sustituibilidad es específica. Lo
que le acontece a la lanza del enemigo, a su pelo, a su nombre, le acontece
también a su persona; la víctima sacrificial es ejecutada en lugar del dios. La
sustitución en el sacrificio es un progreso hacia la lógica discursiva. Incluso
si la cierva que era preciso sacrificar por la hija o el cordero que había que
ofrecer por el primogénito debían poseer aún
cualidades específicas, representaban sin embargo ya la especie, tenían ya la
accidentalidad arbitraria del catálogo. Pero el carácter sacro del hic et
nunc, la unicidad del elegido, que incluso el sustituto asume, lo distingue
radicalmente, lo convierte, incluso, en el cambio, en insustituible. La ciencia
pone fin a esto . No hay en la ciencia sustituibilidad
específica: víctimas, sí pero ningún dios. La sustituibilidad se convierte en
fungibilidad universal. Un átomo no es desintegrado en sustitución, sino como espécimen
de la materia, y no es en un lugar o en representación, sino considerado como
mero ejemplar, la forma en que el conejo recorre el via crucis del
laboratorio. Justamente debido a que en la ciencia funcional las diferencias
son tal lábiles que todo desaparece en la materia
única, el objeto científico se fosiliza; y, en comparación, el rígido ritual de
antaño se aparece como dúctil, pues aún sustituía una cosa por otra cosa. El
mundo de la magia contenía aún diferencias, cuyos rasgos han desaparecido
incluso en la forma lingüística.(14)
Las múltiples afinidades entre lo que existe son anuladas por la relación única
entre el sujeto que da sentido y el objeto privado de éste, entre el
significado racional y el portador accidental de dicho significado. En la fase
mágica, sueño e imagen no eran considerados sólo como un signo de la cosa, sino
que estaban unidos a ella por la semejanza o por el nombre. No se trata de una
relación de intencionalidad sino de afinidad. La magia, como la ciencia, busca
fines, pero los persigue mediante la mimesis y no a través de una creciente
separación del objeto. La magia no se fundamenta en modo alguno en “la
omnipotencia del pensamiento”, que el primitivo se atribuiría al igual que el
neurótico;(15) no puede existir “supervaloración de los procesos
psíquicos en relación con la realidad” allí donde pensamiento y realidad no se
hallan radicalmente separados. La “inflexible fe en la posibilidad de dominar
el mundo”,(16) que Freud
atribuye anacrónicamente a la magia, corresponde sólo al dominio del mundo
según el principio de realidad por obra de la ciencia serena y madura. Para que
las prácticas limitadas del brujo cediesen su puesto a la técnica industrial
universalmente aplicable era antes necesario que los pensamientos se
independizasen de los objetos tal como ocurre en el Yo adaptado a la realidad.
Como totalidad lingüísticamente desarrollada -que con
su pretensión de verdad cubre de sombra a la fe mítica más antigua, las
religiones populares-, el mito solar, patriarcal, es ya iluminismo, con el cual
el iluminismo filosófico puede medirse en el mismo plano. Ahora tropieza con un
igual. La mitología misma ha puesto en marcha el proceso sin fin del
iluminismo, en el que, con necesidad ineluctable, toda concepción teórica
determinada cae bajo la acusación destructora de no ser más que una fe, hasta
que también los conceptos de espíritu, verdad e incluso de iluminismo quedan
relegados como magia animista. El principio de la necesidad fatal por el que
perecen los héroes del mito, y que se desarrolla como lógica consecuencia del
veredicto oracular, no domina sólo -purificado hasta la coherencia de la lógica
formal- en todo sistema racionalista de la filosofía occidental, sino sobre
la sucesión misma de los sistemas, que comienza con la jerarquía de los dioses
y, en un permanente crepúsculo de los ídolos, exhala, como contenido idéntico,
la ira por la falta de honestidad. Así como los mitos cumplen ya una obra
iluminista, del mismo modo el iluminismo se hunde a cada paso más profundamente
en la mitología. Recibe la materia de los mitos para destruirlos y, como juez,
incurre a su vez en el encantamiento mítico. Quiere huir al proceso fatal de la
represalia, ejerciendo la represalia sobre el proceso mismo. En los mitos todo
acontecimiento debe pagar por el hecho de haber acontecido. Lo mismo acontece
en el iluminismo: el hecho se anula apenas ha ocurrido. La ley de la igualdad
de acción y reacción afirmaba el poder de la repetición sobre todo lo que
existe mucho tiempo después de que los hombres se hubieran liberado de la
ilusión de identificarse, mediante la repetición, con la realidad repetida y de
sustraerse así a su poder. Pero cuanto más desaparece la ilusión mágica, tanto
más despiadadamente la repetición, bajo el nombre de legalidad, fija al hombre
en el ciclo, en el cual, por haberlo objetivado en la ley de la naturaleza, el
hombre cree desempeñar el papel de sujeto libre. El principio de inmanencia, la
explicación de todo acaecer como repetición, que el iluminismo sostiene contra
la fantasía mítica, es el principio mismo del mito. La árida sabiduría para la
cual no hay nada nuevo bajo el sol, porque todas las cartas del absurdo juego
han sido jugadas, todos los grandes pensamientos han sido ya pensados, los
descubrimientos posibles se pueden construir a priori, y los hombres
están condenados a la autoconservación por adaptación, esta árida sabiduría no
hace más que reproducir la sabiduría fantástica que rechaza: la confirmación
del destino, que renueva continuamente, mediante el talión, lo que ya había
sido. Lo que podría ser de otra forma es nivelado. Tal es el veredicto que
erige críticamente los confines de la experiencia posible. El precio de la
identidad de todo con todo consiste en que nada puede ser idéntico a sí mismo.
El iluminismo disuelve el error de la vieja desigualdad, el dominio inmediato,
pero lo eterniza en la mediación universal que relaciona todo ente a otro. Hace
lo que Kierkegaard cita en elogio de su ética protestante y que aparece ya en
el cielo de las leyendas de Hércules como uno de los arquetipos del poder
mítico: destruye lo inconmensurable. No sólo son disueltas las cualidades en el
pensamiento, sino que asimismo se obliga a los hombres a la conformidad real.
La ventaja de que el mercado no se preocupe por el nacimiento ha sido pagada,
por el sujeto del cambio, mediante la necesidad de permitir que la producción
de mercancías que se pueden adquirir en el mercado modele las posibilidades
conferidas por el nacimiento. Los hombres han recibido como don un Sí propio y
particular y distinto de todos los demás sólo para que se convirtiese con mayor
seguridad en idéntico. Pero dado que tal Sí no se adecuó nunca del todo, el
iluminismo simpatizó siempre, incluso durante el período liberal, con la
constricción social. La unidad de lo colectivo manipulado consiste en la
negación de todo lo singular; es una burla dirigida a esa sociedad que podría
hacer del individuo un individuo. La horda, cuyo nombre retorna en la
organización de la “Juventud de Hitler”, no es una recaída en la antigua
barbarie, sino el triunfo de la igualdad represiva, el desplegarse de la
igualdad jurídica como injusticia mediante los iguales. El mito de cartón de
los fascistas se revela como lo auténtico de la prehistoria, justamente en la
medida en que lo verdadero analizaba con atención la represalia, mientras que
lo falso la ejecuta ciegamente en las víctimas. Toda tentativa de liquidar la
constricción natural liquidando la naturaleza cae con mayor profundidad en la
coacción natural. Y tal es el curso de la civilización europea. La abstracción,
instrumento del iluminismo, se conduce con sus objetos igual que el destino,
cuyo concepto elimina: como liquidación. Bajo el dominio nivelador de lo
abstracto, que vuelve todo repetible en la naturaleza, y de la industria, para
la cual lo anterior prepara, los liberados mismos terminaron por convertirse en
esa “tropa” en la cual Hegel(17)
señaló los resultados del iluminismo.
La separación del sujeto respecto al objeto, premisa
de la abstracción, se funda en la separación respecto a la cosa, que el amo
logra mediante el servidor. Los cantos de Homero y los himnos del Rig Veda
provienen de la época del dominio de las tierras y de las rocas, cuando un
belicoso pueblo de dominadores se monta sobre la masa de los indígenas vencidos.(18) El dios supremo entre los dioses
nace con este mundo burgués en el que el rey, jefe de la nobleza armada, obliga
a los vencidos a servir en la gleba, mientras que médicos, adivinos, artesanos y
mercaderes se ocupan del traficar. Con el fin del nomadismo el orden social se
constituyó sobre la base de la propiedad estable. Dominio y trabajo se separan.
Un propietario como Odiseo “dirige desde lejos un personal numeroso y
minuciosamente diferenciado de cuidadores de bueyes, de cabras, de cerdos y
servidores. Por la noche, después de haber visto encenderse desde su castillo
mil fuegos en el campo, puede echarse tranquilamente a dormir: sabe que sus
bravos servidores velan, para tener alejadas a las bestias feroces y para
expulsar a los ladrones de los recintos confiados a su custodia”.(19) La universalidad de las ideas,
desarrollada por la lógica discursiva, el dominio en la esfera del concepto, se
levanta sobre la base del dominio real. En la sustitución de la herencia
mágica, de las viejas y confusas representaciones, mediante la unidad
conceptual, se expresa el nuevo ordenamiento, determinado por los libres y
organizado por el comando. El Sí, que aprendió el orden y la subordinación en
la escuela de la sumisión al mundo externo, ha identificado pronto la verdad en
general con el pensamiento que dispone, sin cuyas firmes distinciones la verdad
no podría subsistir. Así se ha vedado, junto con la magia mimética, el
conocimiento que apresa efectivamente al objeto. Todo el odio se vuelve hacia
la imagen de la prehistoria superada y a su imaginaria felicidad. Las
divinidades etónicas de los aborígenes son relegadas al infierno en que la
tierra misma se transforma bajo la religión solar y luminosa de Indra y Zeus.
Pero cielo e infierno se hallaban estrechamente
ligados. Así como el nombre de Zeus correspondía a la vez -en cultos que no se
excluían recíprocamente- a un dios subterráneo y a un dios de la luz,(20) así como los dioses del Olimpo
mantenían relaciones de todo tipo con las divinidades etónicas, del mismo modo
las buenas o malas potencias, la salud y la enfermedad, no estaban separadas
terminantemente entre sí. Estaban vinculadas al igual que el nacer y el
perecer, la vida y la muerte, el invierno y el verano. En el mundo luminoso de
la religión griega perdura la turbia indiscriminación del principio religioso,
que en las primeras fases conocidas de la humanidad era venerado como mana.
En forma primaria, indiferenciada, mana es todo aquello que resulta
desconocido, extraño, todo aquello que trasciende el ámbito de la experiencia,
aquello que en las cosas es más que su realidad conocida. Lo que el primitivo
siente como sobrenatural no es una sustancia espiritual opuesta a la material,
sino la complicación de lo natural respecto al miembro singular. El grito de
terror con que se experimenta lo insólito se convierte en el nombre de lo
insólito. Nombre que fija la trascendencia de lo desconocido respecto a lo
conocido y convierte por lo tanto al estremecimiento en sagrado. El
desdoblamiento de la naturaleza en apariencia y esencia, acción y fuerza, que
es lo que hace posible tanto al mito como a la ciencia, nace del temor del
hombre, cuya expresión se convierte en explicación. No se trata de que el alma
sea “trasferida” a la naturaleza, como sostiene la interpretación psicologista;
mana, el espíritu que mueve, no es una proyección, sino el eco de la
superpotencia real de la naturaleza en las débiles almas de los salvajes. La
separación entre lo animado y lo inanimado, la atribución de determinados
lugares a demonios o divinidades, deriva ya de este preanimismo. En el cual
está ya implícita la separación entre sujeto y objeto. Si el árbol no es
considerado más sólo como árbol, sino como testimonio de alguna otra cosa, como
sede del mana, la lengua expresa la contradicción de que una cosa sea
ella misma y a la vez otra cosa además de lo que es, idéntica y no idéntica.(21) Mediante la divinidad, el
lenguaje se convierte, de tautología, en lenguaje. El concepto, que suele ser
definido como unidad característica de aquello que bajo él se halla
comprendido, ha sido en cambio, desde el principio, un producto del
pensamiento dialéctico, en el que cada
cosa es lo que es sólo en la medida en que se convierte en lo que no es. Ha
sido esta la forma originaria de determinación objetivante, por la que concepto
y cosa se han separado recíprocamente, de la misma determinación que se halla
ya muy avanzada en la epopeya homérica y que se invierte en la moderna ciencia
positiva. Pero esta dialéctica sigue siendo impotente en la medida en que se
desarrolla a partir del grito de terror, que es la duplicación, la tautología
del terror mismo. Los dioses no pueden quitar al hombre el terror del cual sus
nombres son el eco petrificado. El hombre tiene la ilusión de haberse liberado
del terror cuando ya no queda nada desconocido. Ello determina el curso de la
desmitización, del iluminismo que identifica lo viviente con lo no-viviente,
así como el mito iguala lo no-viviente con lo viviente. El iluminismo es la
angustia mítica vuelta radical. La pura inmanencia positivista, que es su
último producto, no es más que un tabú universal, por así decirlo. No debe
existir ya nada afuera, puesto que la simple idea de un afuera es
la fuente genuina de la angustia. Si la venganza del primitivo por el asesinato
de uno de los suyos podía a veces ser aplacada acogiendo al homicida en la
propia familia,(22) ello
significaba la absorción de la sangre ajena en la propia, la restauración de la
inmanencia. El dualismo mítico no conduce más allá del ámbito de lo existente.
El mundo penetrado y dominado por el mana, incluso el del mito indio y
griego, son eternamente iguales y sin salida. Cada nacimiento es pagado con la
muerte, cada felicidad con la desgracia. Hombres y dioses pueden buscar en el
intervalo a su disposición distribuir las suertes de acuerdo con criterios
diversos del ciego curso del destino: al final lo existente, la realidad,
triunfa sobre ellos. Incluso su justicia, arrancada al destino, ostenta las
características de éste; dicha justicia corresponde a la mirada que los hombres
(los primitivos tanto como los griegos y los bárbaros) lanzan, desde una
sociedad de presión y miseria, al mundo circundante. Culpa y expiación,
felicidad y desventura, son así para la justicia mítica como para la racional miembros de una ecuación. La justicia se pierde
en el derecho. El shamán exorciza al ser peligroso mediante su misma imagen. Su
instrumento es la igualdad. La misma igualdad que regula en la civilización la
pena y el mérito. Incluso las representaciones míticas pueden ser reconducidas,
sin residuos, a relaciones naturales. Así como la constelación de Géminis, con
todos los otros símbolos de la dualidad, conduce al ciclo ineluctable de la
naturaleza, que tiene su antiquísimo signo en el huevo del cual han salido, del
mismo modo la balanza en la mano de Zeus, que simboliza la justicia del entero
mundo patriarcal, reconduce a la naturaleza desnuda. El paso del caos a la
civilización, donde las relaciones naturales no ejercitan ya directamente su
poder, sino que lo hacen a través de la conciencia de los hombres, no ha
cambiado en nada el principio de la igualdad. Incluso los hombres han pagado
precisamente este tránsito con la adoración de aquello a lo que antes -al igual
que todas las otras criaturas- se hallaban simplemente sometidos. Antes los
fetiches se hallaban por debajo de la ley de igualdad. Ahora la igualdad se
convierte en un fetiche. La venda sobre los ojos de la justicia no significa
únicamente que es preciso no interferir en su curso, sino también que el
derecho no nace de la libertad.
La doctrina de los sacerdotes era simbólica en el
sentido de que en ella señal e imagen coincidían. Tal como lo atestiguan los
jeroglíficos, la palabra ha cumplido en el origen también la función de imagen.
Dicha función ha pasado a los mitos. Los mitos, como los ritos mágicos,
entienden la naturaleza que se repite. Esa naturaleza es el alma de lo
simbólico: un ser o un proceso que es representado como eterno, porque debe
reconvertirse continuamente en acontecimiento por medio de la ejecución del
símbolo. Inexhaustibilidad, repetición sin fin, permanencia del objeto
significado, no son sólo atributos de todos los símbolos, sino también el
verdadero contenido de éstos. Los mitos de creación, en los que el mundo surge
de la madre primigenia, de la vaca o del huevo son, en antítesis al Génesis
bíblico, simbólicos. La ironía de los antiguos respecto a los dioses demasiado
humanos no daba en lo esencial. La individualidad no agota la esencia de los
dioses. Éstos tenían aun en sí algo del mana: encarnaban la naturaleza
como poder universal. Con sus rasgos preanimistas desembocaban directamente en
el iluminismo. Bajo la verecunda cubierta de la chronique scandaleuse
del Olimpo, se había desarrollado la doctrina de la mezcla, de la presión y el
choque de los elementos, que muy pronto se estableció como ciencia y redujo los
mitos a creaciones de la fantasía. Con la precisa separación entre ciencia y
poesía la división del trabajo, ya efectuada por su intermedio, se extiende al
lenguaje. Como signo, la palabra, pasa a la ciencia; como sonido, como imagen,
como palabra verdadera, es repartida entre las diversas artes, sin que se pueda
recuperar ya más la unidad gracias a su adición, senestesia o “arte total”.
Como signo, el lenguaje debe limitarse a ser cálculo; para conocer a la
naturaleza debe renunciar a la pretensión de asemejársele. Como imagen debe
limitarse a ser una copia: para ser enteramente naturaleza debe renunciar a la
pretensión de conocer a ésta. Con el progreso del iluminismo sólo las obras de
arte verdaderas han podido sustraerse a la simple imitación de lo que ya
existe. La antítesis corriente entre arte y ciencia, que las separa entre sí
como “sectores culturales”, para convertir a ambas, como tales, en
administrables, las transfigura al fin, justamente por su cualidad de opuestas,
en virtud de sus mismas tendencias, a la una en la otra. La ciencia, en su
interpretación neopositivista, se convierte en esteticismo, sistema de signos
absolutos, carente de toda intención que lo trascienda: se convierte en suma en
ese “juego” respecto al cual hace ya tiempo que los matemáticos han afirmado
con orgullo que resume su actividad. Pero el arte de la reproducción integral
se ha lanzado, hasta en sus técnicas, a la ciencia positivista. Dicho arte se
convierte una vez más en mundo, en duplicación ideológica, en reproducción
dócil. La separación de signo e imagen es inevitable. Pero se ha hipostasiado
con ingenua complacencia; cada uno de los dos principios aislados tiende a la
distribución de la verdad.
El abismo que se ha abierto con esta separación ha
sido señalado y tratado por la filosofía en la relación entre intuición y
concepto, y en muchas ocasiones, aunque en vano, se ha intentado llenarlo:
precisamente la filosofía es definida por dicho intento. Por lo general, es
verdad, la filosofía se puso de lado de la parte de la cual toma su nombre.
Platón prohibió la poesía con el mismo gesto con el que el positivismo prohibe
la doctrina de las ideas. Mediante su celebrado arte Homero no ha llevado a
cabo reformas públicas o privadas, no ha ganado una guerra ni ha hecho ningún
descubrimiento. No basta que una nutrida multitud de secuaces lo haya honrado y
amado. El arte debe aun probar su utilidad. (23) La imitación es
prohibida por él igual que por los judíos. Razón y religión prohiben el
principio de la magia. Aun en la separación respecto a la realidad en la
renuncia del arte, ese principio continúa siendo deshonroso; quien lo practica
es un vagabundo, un nómade superviviente, que no hallará más patria entre los
que se han convertido en estables. No se debe influir más sobre la naturaleza
identificándose con ella, sino que es preciso dominarla mediante el trabajo. La
obra de arte posee aún en común con la magia el hecho de instituir un ciclo
propio y cerrado en sí, que se sustrae al contexto de la realidad profana, en
el que rigen leyes particulares. Así como el primer acto del mago en la
ceremonia era el definir y aislar, respecto a todo el mundo circundante, el
lugar en que debían obrar las fuerzas sagradas, de la misma forma en toda obra
de arte su ámbito se destaca netamente de la realidad. Justamente, la renuncia
a la acción externa, con la que el arte se separa de la simpatía mágica,
conserva con mayor profundidad la herencia de la magia. La obra de arte coloca
la pura imagen en contraste con la realidad física cuya imagen retoma,
custodiando sus elementos. Y en el sentido de la obra de arte, en la apariencia
estética, surge aquello a lo que daba lugar, en el encantamiento del primitivo,
el acontecimiento nuevo y tremendo: la aparición del todo en el detalle. En la
obra de arte se cumple una vez más el desdoblamiento por el cual la cosa
aparecía como algo espiritual, como manifestación del mana. Ello
constituye su “aura”. Como expresión de la totalidad, el arte aspira a la
dignidad de lo absoluto. Ello indujo en ciertas ocasiones a la filosofía a
asignarle una situación de preferencia respecto al conocimiento conceptual.
Según Schelling, el arte comienza allí donde el saber abandona al hombre. El
arte es para él “el modelo de la ciencia, y la ciencia debe aún llegar allí
donde encontramos al arte”. (24) De acuerdo con su doctrina, la
separación entre imagen y signo queda “enteramente abolida por cada singular
representación artística. (25) Pero muy raras veces se halló el
mundo burgués dispuesto a demostrar esta fe en el arte. Cuando puso límites al
saber, ello por lo general no aconteció para dar paso al arte, sino a la fe.
Mediante la fe, la religiosidad militante de la nueva edad -Torquemada, Lutero,
Mahoma- ha pretendido conciliar espíritu y realidad. Pero la fe es un concepto
privativo: se destruye como fe si no expone continuamente su diferencia o su
acuerdo con el saber. Puesto que está obligada a calcular los límites del
saber, se halla limitada también a ella. El intento de la fe, en el
protestantismo, de hallar el principio trascendente de la verdad, sin el cual
no hay fe, como en la prehistoria, directamente en la palabra, y de restituir a
ésta su poder simbólico, ha sido pagado con la obediencia a la letra, y no
ciertamente a la letra sagrada. Por quedar siempre ligada al saber, en una
relación hostil o amistosa, la fe perpetúa la separación en la lucha para
superarla: su fanatismo es el signo de su falsedad, la admisión objetiva de que
creer solamente significa no creer más. La mala conciencia es su
segunda naturaleza. En la secreta conciencia del defecto por el cual se halla
fatalmente viciada, de la contradicción que es inmanente a ella, de querer
hacer un oficio de la conciliación, reside la causa por la cual toda honestidad
subjetiva de los creyentes ha sido siempre irascible y peligrosa. Los horrores
del hierro y del fuego, Contrarreforma y Reforma, no fueron los excesos sino la
realización del principio de la fe. La fe muestra continuamente que posee el
mismo carácter que la historia universal, a la que quisiera dominar; en la
época moderna se convierte incluso en su instrumento favorito, en su astucia
particular. Indetenible no es sólo el iluminismo del siglo XVIII, como ha sido
reconocido por Hegel, sino, como nadie mejor que él lo ha sabido, el movimiento
mismo del pensamiento. En el conocimiento más ínfimo, así como en el más
elevado, se halla implícita la noción de su distancia respecto a la realidad,
que convierte al apologista en un mentiroso. La paradoja de la fe degenera al
fin en la estafa, en el mito del siglo XX, y su irracionalidad se trasfigura en
un sistema racional en manos de los absolutamente iluminados, que guían ya a la
sociedad hacia la barbarie.
Desde que el lenguaje entra en la historia sus amos
son sacerdotes y magos. Quien ofende los símbolos cae, en nombre de los poderes
sobrenaturales, en manos de los tribunales de los poderes terrestres, representados
por esos órganos agregados a la sociedad. Qué aconteció antes es cosa que
resulta oscura. El estremecimiento del que nace el mana se hallaba ya
sancionado, por lo menos por los más viejos de la tribu, dondequiera que el mana
aparezca en la etnología. El mana fluido, heterogéneo, es consolidado y
materializado con violencia por los hombres. Rápidamente los magos pueblan cada
aldea con emanaciones y coordinan, de acuerdo con la multiplicidad de los
dominios sacros, la multiplicidad de los ritos. Los magos desarrollan, con el
mundo de los espíritus y sus características, el propio saber profesional y la
propia autoridad. Lo sacro se halla en relación con los magos y se transmite a
ellos. En las primeras fases, aún nómades, los miembros de la tribu toman aún
parte autónoma en la acción ejercida sobre el curso natural. Los hombres hacen
salir de las cuevas a las bestias salvajes, las mujeres desarrollan el trabajo
que puede realizarse sin un comando rígido. Es imposible establecer cuánta
violencia precedió al hábito respecto a un orden tan sencillo. En tal orden el
mundo se halla ya dividido en una esfera del poder y en una esfera profana. En
él el curso natural como emanación del mana, se encuentra ya elevado a
norma que exige sumisión. Pero si el salvaje nómade, a pesar de todas las
sumisiones, tomaba aún parte en el encantamiento que delimitaba a éstas, y se
disfrazaba de bestia salvaje para sorprender a la bestia, en épocas sucesivas
el comercio con los espíritus y la sumisión se hallan repartidos entre clases
diferentes de la humanidad: el poder por un lado, la obediencia por otro. Los
procesos naturales, eternamente iguales y recurrentes, son inculcados a los
súbditos -por tribus extranjeras o por los propios círculos dirigentes- como
tiempo o cadencia laboral, según el ritmo de las clavas o de los palillos que
resuena en todo tambor bárbaro, en todo monótono ritual. Los símbolos toman el
aspecto de fetiches. Su contenido, la repetición de la naturaleza, se revela
luego siempre como la permanencia -por ellos de alguna forma representada- de
la constricción social. El estremecimiento objetivado en una imagen fija se
convierte en emblema del dominio consolidado de grupos privilegiados. Pero lo
mismo vienen a ser también los conceptos generales,
incluso cuando se han liberado de todo aspecto figurativo. La misma forma
deductiva de la ciencia refleja coacción y jerarquía. Así como las primeras
categorías representaban indirectamente la tribu organizada y su poder sobre el
individuo aislado, del mismo modo el entero orden lógico -dependencia,
conexión, extensión y combinación de los conceptos- está fundado sobre las
relaciones correspondientes de la realidad social, sobre la división del
trabajo. (26) Pero este carácter social de las formas del
pensamiento no es, como lo quiere Durkheim, expresión de solidaridad social,
sino que atestigua en cambio respecto a la impenetrable unidad de sociedad y
dominio. El dominio confiere mayor fuerza y consistencia a la totalidad social
en la que se establece. La división del trabajo, a la que el dominio da lugar
en el plano social, sirve a la totalidad dominada para autoconservarse. Pero
así la totalidad como tal, la actualización de la razón a ella inmanente, se
convierte de modo forzoso en la actualización de lo particular. El dominio se
opone a lo singular como universal, igual que la razón en la realidad. El poder
de todos los miembros de la sociedad -a quienes, en cuanto tales, no les queda
otro camino- se suma continuamente, a través de la división del trabajo que les
es impuesta, en la realización de la totalidad, cuya racionalidad se ve a su
vez multiplicada. Lo que todos experimentan por obra de pocos se cumple siempre
como abuso de los individuos por parte de los muchos: y la opresión de la
sociedad tiene también el carácter de una opresión por parte de lo colectivo.
Es esta unidad de colectividad y dominio, y no la universalidad social
inmediata (la solidaridad), la que se deposita en las formas del pensamiento.
Los conceptos filosóficos con los que Platón y Aristóteles explican y exponen
el mundo, elevan, con su pretensión de validez universal, las relaciones
“fundadas” por ellos al grado de verdadera realidad. Tales conceptos surgían,
como dice Vico, (27) de la plaza del mercado en Atenas, y reflejaban
con igual pureza las leyes de la física, la igualdad de los ciudadanos de pleno
derecho y la inferioridad de las mujeres, niños y esclavos. El lenguaje mismo
confería a las relaciones de dominio la universalidad que había asumido como
medio de comunicación una sociedad civil. El énfasis metafísico, la sanción
mediante ideas y normas no eran más que la hipóstasis de la dureza exclusiva
que los conceptos debían necesariamente asumir dondequiera que la lengua unía
la comunidad de los señores en ejercicio del mando. Pero en esta función de
reforzamiento del poder social del lenguaje las ideas se convirtieron en tanto
más superfluas cuanto más crecía aquel poder, y el lenguaje científico les ha
dado el golpe de gracia. La sugestión -que tiene aún algo del espanto inspirado
por el fetiche- no residía tanto en la apología consciente. La unidad de
colectividad y dominio se torna patente más bien en la universalidad que el
contenido malo asume necesariamente en el lenguaje, sea metafísico o
científico. La apología metafísica delataba la injusticia de lo existente por
lo menos en la incongruencia del concepto y realidad. En la imparcialidad del
lenguaje científico la impotencia ha perdido por completo la fuerza de
expresión, y sólo lo existente halla allí su signo neutral. Esta neutralidad es
más metafísica que la metafísica. Finalmente, el iluminismo ha devorado no sólo
los símbolos, sino también a sus sucesores, los conceptos universales, y de la
metafísica no ha dejado más que el miedo a lo colectivo del cual ésta ha
nacido. A los conceptos les ocurre frente al iluminismo lo mismo que a los rentiers
frente a los trusts industriales: ninguno de ellos puede sentirse
tranquilo. Si el positivismo lógico ha dado aún una chance a la chance,
el etnológico la equipara ya a la esencia. “Nos idées vagues de chance et de quintessence sont de
pâles survivances de cette notion beaucoup plus riche”, (28) o sea
de la sustancia mágica.
El iluminismo, como nominalismo, se detiene delante
del nomen, del concepto no desarrollado, puntual, delante del nombre
propio. Ya no es posible establecer con certidumbre si, tal como ha sido
afirmado por algunos, (29) los nombres propios eran originariamente
también nombres genéricos; es verdad que, de todas formas, aquellos no han
compartido aun el destino de estos últimos. La sustancialidad del yo -negada
por Hume y Mach- no es lo mismo que el nombre. En la religión judía, en la que
la idea patriarcal se levanta para destruir el mito, el vínculo entre nombre y
ser es aún reconocido en la prohibición de pronunciar el nombre de Dios. El
mundo desencantado del judaísmo concilia
la magia negándola en la idea de Dios. La religión judía no admite ninguna
palabra que pueda consolar la desesperación de todo lo que es mortal. Dicha
religión vincula una esperanza únicamente a la prohibición de invocar a Dios
como aquello que no es, lo finito como infinito, la mentira como verdad. La
prueba de salvación consiste en abstenerse de toda fe que sustituya a ésa; el
conocimiento es la denuncia de la ilusión. La negación, por lo demás, no es
abstracta. La negación indiscriminada de todo lo positivo, la fórmula
estereotipada de la nulidad, tal como es aplicada por el budismo, pasa por
sobre la prohibición de llamar a lo absoluto con un nombre, no menos que su
opuesto, el panteísmo, o que su caricatura, el escepticismo burgués. Las
explicaciones del mundo como nada o como todo son mitologías, y las vías
garantizadas para la redención, prácticas mágicas sublimadas. La satisfacción
de saber todo por anticipado y la transfiguración de la negatividad en
redención son formas falsas de resistencia al engaño. El derecho de la imagen
se ve salvado en la firme ejecución de su prohibición. Esta ejecución,
“negación determinada”, (30) no se halla garantizada a priori
-por la soberana superioridad del concepto abstracto- contra las seducciones de
la intuición, como lo está el escepticismo, que considera que tanto lo falso
como lo verdadero son nada. La negación determinada rechaza las
representaciones imperfectas de lo absoluto, los ídolos, no oponiéndoles, como
el rigorismo, la idea respecto a la cual no tienen vigencia. La dialéctica más
bien hace ver toda imagen como escritura, y enseña a leer en sus caracteres la
admisión de su falsedad, que la priva de su poder y se lo adjudica a la verdad.
De esta suerte el lenguaje se convierte en algo más que un sistema de signos.
En el concepto de negación determinada Hegel ha indicado un elemento que
distingue al iluminismo de la corrupción positivista a la cual lo asimila. Pero
al concluir él por elevar a absoluto el resultado consabido del entero proceso
de la negación, la totalidad sistemática e histórica, contraviene la
prohibición y cae a su vez en la mitología.
Ello no le ha acontecido sólo a su filosofía como
apoteosis del pensamiento en constante progreso, sino al propio iluminismo, a
la sobriedad gracias a la cual cree distinguirse de Hegel y de la metafísica en
general. Porque el iluminismo es más totalitario que ningún otro sistema. Su
falsedad no reside en aquello que siempre le han reprochado sus enemigos
románticos -método analítico, reducción a los elementos, reflexión disolvente-,
sino en aquello por lo cual el proceso se halla decidido por anticipado. Cuando
en el operar matemático lo desconocido se convierte en la incógnita de una
ecuación, es ya caracterizado como archiconocido aun antes de que se haya
determinado su valor. La naturaleza es, antes y después de la teoría de los
cuantos, aquello que resulta necesario concebir en términos matemáticos;
incluso aquello que no encaja perfectamente, lo irresoluble y lo irracional, es
asediado desde muy cerca por teoremas matemáticos. Identificando por anticipado
el mundo matematizado hasta el fondo con la verdad, el iluminismo cree impedir
con seguridad el retorno del mito. El iluminismo identifica el pensamiento con
las matemáticas. Por así decirlo, se emancipa a las matemáticas, se las eleva
hasta prestarles un carácter absoluto. “Un mundo infinito, en este caso un
mundo de idealidad, es concebido en tal forma que sus objetos no se tornan
accesibles para nuestra conciencia singularmente, imperfectamente y como por
azar; pero un método racional, sistemáticamente unitario, termina por alcanzar,
en un progreso infinito, todo objeto en su pleno ser-en-sí... En la
matematización de la naturaleza cumplida por Galileo la naturaleza misma
resulta -bajo la guía de la nueva matemática- idealizada; se convierte -en
términos modernos- en una multiplicidad matemática.” (31) El
pensamiento se reifica en un proceso automático que se desarrolla por cuenta
propia, compitiendo con la máquina que él mismo produce para que finalmente lo
pueda sustituir. El iluminismo (32) ha desechado la exigencia
clásica de pensar el pensamiento -de la cual la filosofía de Fichte constituye
el desarrollo radical-, porque tal exigencia lo distrae del imperativo de guiar
la praxis, que, por otro lado, el propio Fichte deseaba realizar. El
procedimiento matemático es convertido, por así decirlo, en ritual del
pensamiento. Pese a la autolimitación axiomática, el procedimiento matemático
se plantea como necesario y objetivo: transforma al pensamiento en cosa, en
instrumento, tal como gustosamente lo llama. Pero mediante esta mimesis, por la
que el pensamiento queda nivelado con el mundo, lo que existe de hecho se ha
convertido hasta tal punto en lo único que incluso el ateísmo incurre en la
condena formulada contra la metafísica. Para el positivismo, que ha sucedido
como juez a la razón iluminada, internarse en mundos inteligibles no es ya algo
sencillamente prohibido, sino un charlataneo sin sentido. Para su fortuna, el
positivismo no tiene necesidad de ser ateo, porque el pensamiento reificado no
puede ni siquiera plantear la cuestión. El censor positivista deja pasar de
buena gana, igual que al arte, al culto oficial, como un sector especial y extrateorético
de actividad social; a la negación, que se presenta con la pretensión de ser
conocimiento, nunca. La distancia del pensamiento respecto a la tarea de
ordenar lo que es, la salida del círculo predestinado de la realidad, significa
-para el espíritu científico- locura y autodestrucción, tal como lo era para el
mago primitivo la salida del círculo mágico que ha trazado para el exorcismo; y
en ambos casos se toman las disposiciones necesarias para que la violación del
tabú tenga incluso en la realidad consecuencias dañosas para el sacrílego. El
dominio de la naturaleza traza el círculo en el que la crítica de la razón pura
ha encerrado al pensamiento. Kant unió la tesis de su fatigoso e incesante
progreso hasta el infinito con la insistencia inflexible sobre su insuficiencia
y eterna limitación. La respuesta que ha dado es el veredicto de un oráculo. No
hay ser en el mundo que no pueda ser penetrado por la ciencia, pero aquello que
puede ser penetrado por la ciencia no es el ser. De tal suerte, según Kant, el
juicio filosófico mira a lo nuevo, pero no conoce nunca nada nuevo, puesto que
repite siempre sólo aquello que la razón ha puesto ya en el objeto. Pero a este
pensamiento, protegido y garantizado -en los diversos departamentos de la
ciencia- por los sueños de un visionario, le es presentada luego la cuenta: el
dominio universal sobre la naturaleza se retuerce contra el mismo sujeto
pensante, del cual no queda más que ese mismo, eternamente igual “yo pienso”
que debe poder acompañar todas mis representaciones. Sujeto y objeto se anulan
entre sí. El Sí abstracto, el derecho de registrar y sistematizar, no tiene
frente a sí más que lo abstracto material, que no cuenta con otra propiedad que
la de servir de sustrato a esta posesión. La ecuación de espíritu y mundo
termina por resolverse, pero sólo debido a que los dos miembros de ella se
eliden recíprocamente. En la reducción del pensamiento a la categoría de
aparato matemático se halla implícita la consagración del mundo como medida de
sí mismo. Lo que parece un triunfo de la racionalidad objetiva, la sumisión de
todo lo que existe al formalismo lógico, es pagado mediante la dócil sumisión
de la razón a los datos inmediatos. Comprender el dato como tal, no limitarse a
leer en los datos sus abstractas relaciones espaciotemporales, gracias a las
cuales pueden ser tomados y manejados, sino entenderlos en cambio como la
superficie, como momentos mediatos del concepto, que se cumplen sólo a través
de la explicación de su significado histórico, social y humano: toda pretensión
del conocimiento es abandonada. Puesto que el conocimiento no consiste sólo en
la percepción, en la clasificación y en el cálculo, sino justamente en la
negación determinante de lo que es inmediato. Mientras que el formalismo
matemático, cuyo instrumento es el número, la forma más abstracta de lo
inmediato, fija el pensamiento en la pura inmediatez. Si da razón a lo que es
de hecho, el conocimiento se limita a su repetición, el pensamiento se reduce a
tautología. Cuanto más se enseñorea el aparato teórico de todo lo que existe,
tanto más ciegamente se limita a reproducirlo. De tal manera el iluminismo
recae en la mitología de la que nunca ha sabido liberarse. Pues la mitología
había reproducido como verdad, en sus configuraciones, la esencia de lo
existente (ciclo, destino, dominio del mundo), y había renunciado a la
esperanza. En la preñez de la imagen mítica, como en la claridad de la fórmula
científica, se halla confirmada la eternidad de lo que es de hecho, y la
realidad bruta es proclamada como el significado que oculta. El mundo como
gigantesco juicio analítico, el único que ha quedado de todos los sueños de la
ciencia, es de la misma índole que el mito cósmico, que asociaba los
acontecimientos de la primavera y del otoño con el rapto de Perséfona. La
unicidad del acontecimiento mítico, que debía legitimar al de hecho, es un
engaño. En el origen el rapto de la diosa formaba una unidad inmediata con la
muerte de la naturaleza. Se repetía cada otoño, e incluso la repetición no
constituía una serie de acontecimientos separados, sino que cada vez era el
mismo. Al consolidarse la conciencia del tiempo, el acontecimiento fue relegado
al pasado como único, y se buscó aplacar ritualmente -recurriendo a lo que
había acontecido hacía muchísimo- el horror a la muerte en cada ciclo
estacional. Pero la separación es imponente. Una vez establecido aquel pasado
único, el ciclo asume carácter de inevitable, y el horror se propaga desde lo
antiguo tanto sobre el entero acaecer como sobre la repetición pura y simple.
La subyugación de todo lo que es de hecho, ya sea por la prehistoria fabulosa,
ya por el formalismo matemático, la relación simbólica de lo actual con el
acontecimiento mítico en el rito o con la categoría abstracta en la ciencia,
hace aparecer como predeterminado a lo nuevo, que es así, en realidad, lo
viejo. No es la realidad la que carece de esperanza, sino el saber que -en el
símbolo fantástico o matemático- se apropia de la realidad como esquema y así
la perpetúa.
En el mundo iluminado la mitología ha atravesado y
traspasado lo profano. La realidad completamente depurada de demonios y de sus
últimos brotes conceptuales, asume, en su naturaleza esclarecida, el carácter
numinoso que la prehistoria asignaba a los demonios. Bajo la etiqueta de los
hechos en bruto la injusticia social de la cual éstos nacen es consagrada hoy
como algo eternamente inmutable, con tanta seguridad como era santo e intocable
el mago bajo la protección de sus dioses. El extrañamiento de los hombres
respecto a los objetos dominados no es el único precio que se paga por el
dominio; con la reificación del espíritu han sido adulteradas también las
relaciones internas entre los hombres, incluso las de cada cual consigo mismo.
El individuo se reduce a un nudo o entrecruzamiento de reacciones y
comportamientos convencionales que se esperan prácticamente de él. El animismo
había vivificado las cosas; el industrialismo reifica las almas. Aun antes de
la planificación total, el aparato económico adjudica automáticamente a las
mercancías valores que deciden el comportamiento de los hombres. A través de
las innumerables agencias de la producción de masas y de su cultura, se
inculcan al individuo los estilos obligados de conducta, presentándolos como
los únicos naturales, decorosos y razonables. El individuo queda cada vez más
determinado como cosa, como elemento estadístico, como success or failure.
Su criterio es la autoconservación, el adecuamiento logrado o no a la
objetividad de su función y a los módulos que le han sido fijados. Todo el
resto, la idea o la criminalidad, aprende la fuerza de lo colectivo, que ejerce
su vigilancia desde la escuela hasta el sindicato. Pero incluso lo colectivo
amenazador es sólo una superficie falaz tras la cual se ocultan los poderes que
manipulan su violencia. Su brutalidad, que mantiene a los individuos en su
lugar, representa tan poco la verdadera cualidad de los hombres, como el valor
aquella de los objetos de consumo. El aspecto satánicamente deformado que las
cosas y los hombres han asumido a la luz clara del conocimiento desprejuiciado,
reconduce al dominio, al principio que llevó ya a cabo la especificación del mana
en los espíritus y en las divinidades y que enviscaba la mirada en los
espejismos de los magos. La fatalidad, con la que la prehistoria sancionaba la
muerte incomprensible, entra en la realidad comprensible sin residuos. El
pánico meridiano, en el cual los hombres se daban cuenta de súbito de la
naturaleza como totalidad, tiene su correspondencia en aquello que hoy está
listo para estallar en cualquier instante: los hombres aguardan que el mundo
sin salida sea convertido en llamas por una totalidad que son ellos mismos y
sobre la cual nada pueden.
El iluminismo experimenta un horror mítico por el mito.
Y advierte la presencia del mito no sólo en conceptos o términos confusos, como
cree la crítica semántica, sino en toda expresión humana en cuanto ésta no
tenga un puesto en el cuadro teleológico de la autoconservación. La proposición
spinoziana Conatus sese conservandi primum et unicum virtutis est
fundamentum (33) constituye la verdadera máxima de toda
civilización occidental, en la cual se aplacan las divergencias religiosas y
filosóficas de la burguesía. El Sí, que después de la metódica extinción de
todo signo natural, concebido como mítico, no debía ser ya cuerpo ni sangre ni
alma ni tampoco yo natural, constituyó -sublimado como sujeto trascendental o
lógico- el punto de referencia de la razón, la instancia legisladora del obrar.
Quien confía en la vida directamente, sin relación racional con la
autoconservación, vuelve a caer, según el juicio del iluminismo y del
protestantismo, en la etapa prehistórica. El impulso es en sí mítico, como la
superstición; servir a un dios que no es postulado por el Sí, resulta absurdo
como la embriaguez. El progreso ha reservado la misma suerte a ambas: a la
adoración y a la caída en el ser inmediatamente natural; ha lanzado la
maldición sobre el olvido de sí, en el pensamiento tanto como en el placer. El
trabajo social de todo individual es, en la economía burguesa, mediatizado
gracias al principio del Sí; debe restituir, a los unos el capital acrecentado,
a los otros la fuerza para el trabajo. Pero cuanto más se realiza el proceso de
la autoconservación a través de la división burguesa del trabajo, tanto más
dicho progreso exige la autoalienación de los individuos, que deben adecuarse
en cuerpo y alma a las exigencias del aparato técnico. A su vez, el pensamiento
iluminado no deja de tener esto en cuenta: finalmente incluso el sujeto
trascendental del conocimiento es en apariencia liquidado como último recuerdo
de la subjetividad, y sustituido por el trabajo tanto más uniforme de los
mecanismos reguladores automáticos. La subjetividad se ha consagrado en la
lógica de reglas del juego, que aspirarían a ser arbitrarias sólo para poder
gobernar con menos perturbaciones. El positivismo, en fin, que no se ha
detenido ni siquiera ante la cosa más cerebral que se pueda imaginar -el
pensamiento-, ha acorralado incluso la última instancia intermediaria entre la
acción individual y la norma social. El proceso técnico, en el que el sujeto se
ha reificado después de haber sido cancelado de la conciencia, es inmune tanto
a la ambigüedad del pensamiento mítico como a todo significado en general,
porque la razón misma se ha convertido en un simple accesorio del aparato
económico omnicomprensivo. Desempeña el papel de utensilio universal para la
fabricación de todos los demás, rígidamente adaptado a
su fin, funesto como el obrar exactamente calculado en la producción material,
cuyo resultado para los hombres se sustrae a todo cálculo. Se ha cumplido
finalmente su vieja ambición de ser el puro órgano de los fines. La
exclusividad de las leyes lógicas deriva de esta univocidad de la función, en
última instancia del carácter coactivo de la autoconservación, que concluye
siempre de nuevo en la elección entre supervivencia y ruina, reflejada aun en
el principio de que de dos proposiciones contradictorias sólo una es verdadera
y la otra es falsa. El formalismo de este principio y de toda la lógica deriva
de opacidad y de la confusión de los intereses en una sociedad en la que la
conservación de las formas y la de los individuos coinciden sólo casualmente.
La expulsión del pensamiento del ámbito de la lógica ratifica, en el aula
universitaria, la reificación del hombre en la fábrica y la oficina. De tal
forma el tabú se inviste incluso del poder que lo formula, el iluminismo del
espíritu que este es. Pero así la naturaleza, que es la verdadera autoconservación,
es desencadenada por el proceso destinado a alejarla, tanto en el individuo
como en el destino colectivo de crisis y guerras. Se permanece en la teoría
como única norma, el ideal de la ciencia unificada, la praxis se somete
a la routine irresistible de la historia universal. El Sí totalmente en
manos de la civilización se convierte en un elemento de aquella inhumanidad a
la que la civilización ha tratado de sustraerse desde el comienzo. Se realiza
la angustia más antigua, la de perder el propio nombre. La existencia puramente
natural, animal y vegetativa, era para la civilización el peligro absoluto. El
comportamiento mimético, mítico y metafísico aparecieron sucesivamente como
eras superadas, y volver a caer en el nivel de ellas era cosa asociada al
terror de que el Sí pudiese convertirse de nuevo en aquella naturaleza de la
que se había alejado con esfuerzo indecible y que le inspiraba justamente por
ello un indecible horror. El vivo recuerdo de la prehistoria, de las fases
nómades, y tanto más de las fases propiamente prepartriarcales, ha sido
extirpado de la conciencia de los hombres, en todos los milenios, con las penas
más tremendas. El espíritu iluminado ha sustituido el fuego y la tortura por la
marca impresa a toda irracionalidad debido a que conduce a la ruina. El
hedonismo era moderado y los extremos le resultaban no menos sospechosos que a
Aristóteles. El ideal burgués de la adecuación a la naturaleza no se refiere a
la naturaleza amorfa, sino a la virtud del justo medio. Promiscuidad y ascesis,
hambre y abundancia, son, bien que antitéticas, inmediatamente idénticas como
fuerzas disolventes. A través de la subordinación de toda la vida a las
exigencias de su conservación, la minoría que manda garantiza, con la propia
seguridad, también la supervivencia del todo. Desde Homero hasta los tiempos
modernos, el espíritu dominante busca pasar entre la Scila de la recaída en la
reproducción simple y la Carybdis de la satisfacción libre e incontrolada;
siempre ha desconfiado de toda otra brújula que no sea la del mal menor. Los
neopaganos alemanes, administradores de la psicología de guerra, dicen querer
liberar el placer. Pero como en los milenios han aprendido a odiarse bajo la
presión del trabajo, en la emancipación totalitaria el placer continúa siendo
vulgar y mutilado por el autodesprecio. El placer permanece sometido a la
autoconservación, tal como se lo había enseñando la razón, en el intervalo depuesta. En las grandes mutaciones de la civilización
occidental, desde la aparición de la religión olímpica hasta el Renacimiento,
la Reforma y el ateísmo burgués, cada vez que nuevos pueblos o clases
expulsaron más decididamente al mito, el temor a la naturaleza incontrolada y
amenazadora, consecuencia de su misma materialización y objetivación, fue
degradado a superstición animista, y el dominio de la naturaleza interior y
exterior fue convertido en fin absoluto de la vida. Finalmente, automatizada la
autoconservación, la razón es abandonada por los que han tomado su puesto en la
guía de la producción, los cuales la temen ahora en los desheredados. La
esencia del iluminismo es la alternativa, cuya ineluctabilidad es la del
dominio. Los hombres habían tenido siempre que elegir entre su sumisión a la
naturaleza y la de la naturaleza al Sí. Con la expansión de la economía
mercantil burguesa el oscuro horizonte del mito es aclarado por el sol de la ratio
calculante, bajo cuyos gélidos rayos maduran los brotes de la nueva barbarie.
Bajo la coacción del dominio el trabajo humano siempre se ha alejado más del
mito para recaer, bajo el dominio, siempre de nuevo en su poder.
En un relato homérico se halla expresado el nexo
entre mito, dominio y trabajo. El decimosegundo canto de la Odisea narra
el paso ante las sirenas. La tentación que éstas representan es la de perderse
en el pasado. Pero el héroe al que la tentación se dirige se ha convertido en
adulto mediante el sufrimiento. En la variedad de los pequeños mortales en la
cual ha debido conservarse se ha consolidado en él la unidad de la vida
individual, la identidad de la persona. Como agua, tierra y aire, se escinden
ante él los reinos del tiempo. La onda de aquello que fue refluye de la roca
del presente, y el futuro se extiende nuboso en el horizonte. Lo que Odiseo ha
dejado tras de sí entra en el reino de las sombras: el Sí se halla aún tan
cercano al mito primordial, del cual ha salido con inmenso esfuerzo, que su
mismo pasado, el pasado directamente vivido, se transforma en pasado mítico.
Odiseo trata de remediar esto mediante un sólido ordenamiento del tiempo. El
esquema tripartito debe liberar el instante presente de la potencia del pasado,
manteniendo a éste tras el confín absoluto de lo irrecuperable, y poniéndolo,
como saber utilizable, a disposición de la hora. El impulso de salvar el
pasado como viviente, así como el de utilizarlo como materia del progreso, se
satisfacía sólo en el arte, al que pertenece también la historia como
representación de la vida pasada. En la medida en que el arte renuncia a valer
como conocimiento, excluyéndose así de la praxis, es tolerado por la praxis
social igual que el placer. Pero el canto de las sirenas no se halla aún
degradado y reducido a puro arte. Ellas conocen “todo cuanto ocurre en la
fértil tierra”, (34) y en particular, las acciones en que también
Odiseo tomó parte, las fatigas que “padecieron en la vasta Troya argivos y
teucros, por la voluntad de los dioses”. (35) Al revocar
directamente un pasado muy reciente, amenazan, con la irresistible promesa de
placer con que se anuncia y es escuchado su canto, el orden patriarcal que
restituye a cada uno su vida sólo a cambio de su entera duración temporal.
Quien cede a los artificios de las sirenas está perdido, pues únicamente una
constante presencia de espíritu arranca a la existencia de la naturaleza. Si
las sirenas saben todo lo que acontece, piden en cambio el futuro, y la promesa
del alegre retorno es el engaño con que el pasado se adueña del nostálgico.
Odiseo es puesto en guardia por Circe, la diosa que retransforma a los hombres
en animales: él ha sabido resistírsele y ella, en compensación, lo pone en
condiciones de resistir a otras fuerzas de disolución. Pero la tentación de las
sirenas sigue siendo invencible, y nadie puede sustraerse a ella si escucha el
canto. La humanidad ha debido someterse
a un tratamiento espantoso para que naciese y se consolidase el Sí, el carácter
idéntico, práctico, viril del hombre, y algo de todo ello se repite en cada
infancia. El esfuerzo para mantener unido el yo abarca todos los estadios del
yo, y la tentación de perderlo ha estado siempre unida a la ciega decisión de
conservarlo. La ebriedad narcótica, que hace expiar la euforia en la que el Sí
permanece como suspendido en un sueño similar a la muerte, es una de las
antiquísimas instituciones sociales que sirven de mediadoras entre la
autoconservación y el autoaniquilamiento, una tentativa del Sí para
sobrevivirse a sí mismo. La angustia de perder el Sí, y de anular con el Sí el
confín entre sí mismo y el resto de la vida, el miedo a la muerte y a la
destrucción, se halla estrechamente ligado a una promesa de felicidad por la
que la civilización se ha visto amenazada en todo instante. Su camino fue el de
la obediencia y el trabajo, sobre el cual la satisfacción brilla eternamente
como pura apariencia, como belleza impotente. El pensamiento de Odiseo,
igualmente hostil a la propia muerte y a la propia felicidad, sabe todo esto. Conoce
sólo dos posibilidades de salida. Una es la que prescribe a sus compañeros. Les
tapa las orejas con cera y les ordena remar con todas sus energías. Quien
quiere perdurar y subsistir no debe prestar oídos al llamado de lo irrevocable,
y puede hacerlo sólo en la medida en que no esté en condiciones de escuchar. Esto
es lo que la sociedad ha procurado siempre. Frescos y concentrados, los
trabajadores deben mirar hacia adelante y despreocuparse de lo que está a los
costados. El impulso que los induciría a desviarse es sublimado -con rabiosa
amargura- en esfuerzo ulterior. Se vuelven prácticos. La otra posibilidad es la
que elige Odiseo, el señor terrateniente, que hace trabajar a los demás para
sí. Él oye pero impotente, atado al mástil de la nave, y cuanto mas fuerte
resulta la tentación más fuerte se hace atar, así como después también los
burgueses se negarán con mayor tenacidad la felicidad cuando -al crecer su
poderío- la tengan al alcance de la mano. Lo que ha oído no tiene consecuencias
para él, pues no puede hacer otra cosa que señas con la cabeza para que lo
desaten, pero ya es demasiado tarde: sus compañeros, que no oyen nada, conocen
sólo el peligro del canto y no su belleza, y lo dejan atado al mástil, para
salvarlo y salvarse con él. Reproducen con su propia vida la vida del opresor,
que no puede salir ya de su papel social. Los mismos vínculos con los cuales se
ha ligado irrevocablemente a la praxis mantiene a las sirenas lejos de
la praxis: su tentación es neutralizada al convertírsela en puro objeto
de contemplación, en arte. El encadenado asiste a un concierto, inmóvil como
los futuros escuchas, y su grito apasionado, su pedido de liberación, mueren ya
en un aplauso. Así el goce artístico y el trabajo manual se separan a la salida
de la prehistoria. El epos contiene ya la teoría justa. El patrimonio
cultural se halla en exacta relación con el trabajo mandado, y uno y otro
tienen su fundamento en la condición ineluctable del dominio social sobre la
naturaleza.
Medidas como esas tomadas en la
nave de Odiseo al pasar frente a las sirenas constituyen una alegoría
premonitoria de la dialéctica del iluminismo. Así como la sustituibilidad es la
medida del dominio y como el más potente es aquel que puede hacerse representar
en el mayor número de operaciones, del mismo modo la sustituibilidad es el
instrumento del progreso y a la vez de la regresión. En las condiciones dadas,
la exención del trabajo significa también mutilación, y no sólo para los
desocupados, sino también para el polo social opuesto. Los superiores
experimentan la realidad, con la que ya no tienen directamente relación, sólo
como sustrato, y se petrifican enteramente en el Sí que comanda. El primitivo
sentía la cosa natural sólo como objeto que huía a su deseo, “pero el señor,
que ha colocado al siervo entre la cosa y él, se vincula sólo con la
dependencia de la cosa y la goza simplemente; y abandona el lado de la
independencia al siervo que la trabaja”. (36) Odiseo es sustituido
en el trabajo. Como no puede ceder a la tentación del abandono de sí, carece
también -en cuanto propietario- de la participación en el trabajo, y,
finalmente, también de su dirección, mientras que por otro lado sus compañeros,
por hallarse cercanos a las cosas, no pueden gozar el trabajo, porque éste se
cumple bajo constricción, sin esperanza, con los sentidos violentamente
obstruidos. El esclavo permanece sometido en cuerpo y alma, el señor entra en
regresión. Ninguna forma de dominio ha sabido aún evitar este precio, y la
circularidad de la historia en su progreso halla su explicación en este
debilitamiento, que es el equivalente del poderío. Mientras actitudes y
conocimientos de la humanidad se van diferenciando gracias a la división del
trabajo, la humanidad retrocede hacia fases antropológicamente más primitivas,
puesto que la duración del dominio comporta, con la facilitación técnica de la
existencia, la fijación de los instintos por obra de una fijación más fuerte. La
fantasía se deteriora. El mal no consiste en el retraso de los individuos
respecto a la sociedad o a la producción material. Donde la evolución de la
máquina se ha convertido ya en la del mecanismo de dominio, y la tendencia
técnica y social, estrechamente ligadas desde siempre, convergen en la toma de
posesión total del hombre, los atrasados no representan sólo la falsedad. Viceversa,
la adaptación a la potencia del progreso -o al progreso de la potencia- implica
siempre de nuevo esas formaciones regresivas que hacen evidente el progreso de
su contrario, y no sólo en el progreso fracasado, sino también en el mismo
progreso logrado. La maldición del progreso constante es la incesante
regresión.
Esta regresión no se limita a la
experiencia del mundo sensible, que está ligada a la proximidad física, sino
que concierne también al intelecto dueño de sí, que se separa de la experiencia
sensible para someterla. La unificación de la función intelectual, por la que
se cumple el dominio sobre los sentidos, la reducción del pensamiento a la
producción de uniformidad, implica el empobrecimiento tanto del pensamiento
como de la experiencia; la separación de los dos campos deja a ambos humillados
y disminuidos. En la limitación del pensamiento a tareas
administrativas y organizativas practicada como superiores desde el
astuto Odiseo hasta los ingenuos directores generales, se halla ya implícita la
obtusidad que ciega a los grandes cuando ya no es sólo cuestión de manipular a
los pequeños. El espíritu se transforma de hecho en ese aparato de dominio y
autodominio que la filosofía burguesa, equivocándose, ha visto en él desde
siempre. La sordera, que ha caracterizado a los dóciles proletarios desde los
tiempos del mito, no representa ninguna ventaja respecto a la inmovilidad del
amo. De la inmadurez de los dominados vive la decadente sociedad. Cuanto más
complicado y más sutil es el aparato social, económico y científico, al cual el
sistema de producción ha adaptado tiempo ha el cuerpo que lo sirve, tanto más
pobres son las experiencias de las que este cuerpo es capaz. La eliminación de
las cualidades, su traducción en funciones, pasa de la ciencia, a través de la
racionalización de los métodos de trabajo, al mundo perceptivo de los pueblos,
y asimila éste de nuevo al de los batracios. La regresión de las masas consiste
hoy en la incapacidad de oír con los propios oídos aquello que aún no ha sido
oído, de tocar con las propias manos algo que aún no ha sido tocado, la nueva
forma de ceguera que sustituye a toda forma mítica vencida. Gracias a la
mediación de la sociedad total, que embiste contra todo impulso y relación, los
hombres son reducidos de nuevo a aquello contra lo cual se volvía el principio
del Sí, la ley de desarrollo de la sociedad: a simples seres genéricos, iguales
entre sí por aislamiento de la colectividad dirigida en forma coactiva. Los
remeros que no pueden hablar entre ellos se hallan esclavizados todos al mismo
ritmo, así como el obrero moderno en la fábrica, en el cine y en el transporte.
Son las concretas condiciones del trabajo en la sociedad las que producen el
conformismo, y no impulsos conscientes que intervendrían para estupidizar a los
hombres oprimidos y desviarlos de la verdad. La impotencia de los trabajadores
no es sólo una coartada de los patrones, sino la consecuencia lógica de la
sociedad industrial, en la que se ha transformado finalmente el antiguo
destino, a causa de los esfuerzos hechos para sustraerse a él.
Pero esta necesidad lógica no es
definitiva. Tal necesidad se halla ligada al dominio, a la vez como su reflejo
e instrumento. Por lo cual su verdad no es menos problemática que lo que su
evidencia es ineluctable. Sin duda el pensamiento ha logrado siempre determinar
de nuevo su misma problematicidad. El pensamiento es el siervo a quien el señor
no puede detener según su placer. En cuanto al dominio, desde que la humanidad
se ha vuelto estable, y luego en la economía mercantil, se ha objetivado en
leyes y organizaciones, ha debido a la vez limitarse. El instrumento se vuelve
autónomo: la instancia mediadora del espíritu atenúa, independientemente de la
voluntad de los amos, la inmediatez de la injusticia económica. Los
instrumentos del dominio, que todos deben aferrar -lenguaje, armas y finalmente
las máquinas-, deben dejarse aferrar por todos. Así, en el dominio, el momento
de la racionalidad se afirma además como diverso del dominio. El carácter
objetivo del instrumento, que lo torna universalmente disponible, su
“objetividad” para todos, implica ya la crítica al dominio a cuyo servicio el
pensamiento se ha desarrollado. A lo largo del camino que va de la mitología a
la logística el pensamiento ha perdido el elemento de la reflexión-sobre-sí, y
hoy la maquinaria mutila a los hombres, a pesar de que los sustenta. Pero en la
forma de las máquinas la ratio extrañada se mueve hacia una sociedad que
concilia el aparato cristalizado en aparato material e intelectual con el ser
viviente liberado y lo refiere a la sociedad misma como a su sujeto real. El
origen particular del pensamiento y su perspectiva universal han sido desde
siempre inseparables. Hoy, con la transformación del mundo en industria, la
perspectiva de lo universal, la realización social del pensamiento, se halla
hasta tal punto próxima y accesible que justamente a
causa del tal perspectiva el pensamiento es negado, por los mismos patrones,
como mera ideología. Y muestra sólo la mala conciencia de las camarillas en que
se encarna al fin la necesidad económica el hecho de que sus manifestaciones
-desde las intuiciones del Führer hasta “la visión dinámica del mundo”-,
en neto contraste con la apologética burguesa precedente, no insistan más en
que sus propias fechorías son consecuencias necesarias de leyes objetivas. Las
mentiras míticas de misión y destino, que ocupan el puesto de las leyes
objetivas, no expresan siquiera toda la falsedad: no son ya como antaño las
leyes objetivas del mercado, que se afirmaban en las acciones de los
empresarios y llevaban a la catástrofe, sino que es la decisión consciente de
los directores generales, como resultante que no tiene nada que envidiar en
términos de necesidad a los más ciegos mecanismos de los precios, en cuanto a
manejar el destino de la sociedad. Los dominadores mismos no creen en ninguna
necesidad objetiva, pese a que a veces den tal nombre a sus maquinaciones. Se
presentan como ingenieros de la historia universal. Sólo los dominados toman
como necesaria e intocable la evolución que, a cada aumento decretado del nivel
de vida, los vuelve un poco más impotentes. Su reducción a puros objetos de
administración, que da forma anticipada a todos los sectores de la vida
moderna, incluso en el lenguaje y la percepción, proyecta frente a los
dominados una necesidad objetiva ante la cual éstos se creen impotentes. La
miseria como contraste de poder e impotencia crece hasta el infinito junto con
la capacidad de suprimir perdurablemente toda miseria. Para todo individuo
resulta impenetrable la selva de camarillas e instituciones que, desde los supremos
puestos de comando hasta la economía de los rackets profesionales,
propenden a la continuación indefinida del statu quo.
El absurdo del estado en el cual
el poder del sistema sobre los hombres crece a cada paso en que los sustrae al
poder de la naturaleza denuncia como superada la razón de la sociedad racional.
Su necesidad es ilusoria, no menos que la libertad de los empresarios, que
acaba por revelar su carácter coactivo en sus inevitables luchas y
acomodamientos. Esta ilusión, en la que se pierde la humanidad iluminada sin
residuos, no puede ser disuelta por el pensamiento que, como órgano del
dominio, debe elegir entre mandar y obedecer. Si no puede sustraerse al
encantamiento al cual quedó ligado en la prehistoria, llega sin embargo a
reconocer, en la lógica de la alternativa (coherencia y antinomia), mediante la
cual se ha emancipado radicalmente de la naturaleza, a esa misma naturaleza no
conciliada y alienada respecto a sí misma. El pensamiento, en el que el
mecanismo coactivo de la naturaleza se refleja y se perpetúa, refleja,
justamente en virtud de su coherencia irresistible, también a sí mismo como
naturaleza olvidada de sí, como mecanismo coactivo. Sin duda la facultad de
representación es sólo un instrumento. Mediante el pensamiento los hombres se
distancian de la naturaleza para tenerla frente a sí en la posición desde la
cual dominarla. Como la cosa, el instrumento material, que se mantiene idéntico
en situaciones diversas, y separa así el mundo -caótico, multiforme y
disparatado- de lo que es evidente, uno e idéntico, el concepto es el
instrumento ideal, que aferra todas las cosas en el punto en que se pueden
aferrar. Así como por lo demás el pensamiento se vuelve ilusorio apenas quiere
renegar de la función separativa, de distancia y objetivación. Pero si el
iluminismo tiene razón contra toda hipóstasis de la utopía y proclama impasible
al dominio como escición, la fractura entre sujeto y objeto, que prohibe
llenar, se convierte en el index de la falsedad propia y de la verdad. La
condena de la superstición ha significado siempre, junto con el progreso del
dominio, también el desenmascaramiento de éste. El iluminismo es más que
iluminismo; la naturaleza se hace oír en su extrañamiento. En la conciencia que
el espíritu tiene en sí como naturaleza dividida en sí, es la naturaleza quien
se invoca a sí misma, como en la prehistoria, pero no ya directamente con su
presunto nombre, que significa omnipotencia, como mana, sino algo como
mutilado y ciego. La condena natural consiste en el dominio de la naturaleza,
sin el cual no existiría espíritu. En la humildad en que éste se reconoce como
dominio y se retrata en la naturaleza se disuelve su pretensión de dominio, que
es la que lo esclaviza a la naturaleza. Aun cuando la humanidad no puede detenerse
en la fuga frente a la necesidad -en la civilización y en el progreso- sin
renunciar al conocimiento mismo, por lo menos no ve ya en las vallas que erige
contra la necesidad (las instituciones, las prácticas del dominio, que desde el
sometimiento de la naturaleza se han vuelto siempre contra la sociedad) las
promesas de la libertad futura. Todo progreso de la civilización ha renovado,
junto con el dominio, también la perspectiva de mitigarlo. Pero mientras la
historia real se halla constituida por sufrimientos reales, que no disminuyen
de ningún modo en proporción al aumento de los medios para abolirlos, la
perspectiva puede contar para realizarse sólo con el concepto. Dado que éste no
se limita a distanciar, como ciencia, a los hombres de la naturaleza, sino que
además, como toma de conciencia de ese mismo pensamiento que -en la forma de la
ciencia- permanece ligado a la ciega tendencia económica, permite medir la
distancia que eterniza la injusticia. Gracias a esta anamnesis de la naturaleza
en el sujeto, en el cumplimiento de la cual se halla la verdad desconocida de
toda cultura, el iluminismo se encuentra, como principio, en oposición al
dominio, y la invitación a detener el iluminismo resonó, incluso en los tiempos
de Vanini, (*) menos por temor a la ciencia exacta que por odio al pensamiento
indisciplinado que se libera del encantamiento de la naturaleza en la medida en
que se reconoce como el temblor de ésta ante sí misma. Los sacerdotes siempre
han vindicado al mana respecto al iluminista que lo conciliaba
experimentando horror por el horror que llevaba ese nombre, y los augures del
iluminismo fueron solidarios en la hybris con los sacerdotes. El
iluminismo burgués se había rendido a su momento positivista mucho antes de
Turgot y de d’Alembert. El iluminismo burgués estuvo siempre expuesto a la
tentación de cambiar la libertad por el ejercicio de la autoconservación. La
suspensión del concepto, ya fuera en nombre del progreso o en el de la cultura
-que secretamente se habían puesto de acuerdo hacía tiempo contra la verdad-,
ha dejado el campo libre a la mentira. Mentira que -en un mundo que se dedicaba
a verificar protocolos y a custodiar la idea, degradada a “contribución” de
grandes pensadores, como una especie de slogan envejecido- no era ya más
distinguible de la verdad neutralizada como “patrimonio cultural”.
Para reconocer el dominio,
incluso dentro del pensamiento, como naturaleza no conciliada, podría remover
esa necesidad cuya eternidad ha sido admitida incluso por el socialismo con
demasiada rapidez, en homenaje al common sense reaccionario. Al elevar
la necesidad al carácter de “base” para todos los tiempos venideros y al
degradar al espíritu -según el estilo idealista- al papel de cima suprema, el
socialismo ha conservado demasiado rígidamente la herencia de la filosofía
burguesa. De esa forma la relación de la necesidad con el reino de la libertad
sería puramente cuantitativa, mecánica, y la naturaleza, alienada, como en la
primera mitología, se convertiría en totalitaria y terminaría por absorber a la
libertad junto con el socialismo. Al renunciar al pensamiento, que se venga, en
su forma reificada -como matemáticas, máquina, organización- del hombre
olvidado de sí mismo, el iluminismo ha renunciado a su propia realización. Al
disciplinar todo lo que es individual, el iluminismo ha dejado a la totalidad
incomprendida la libertad de retorcerse -como dominio sobre las cosas- sobre el
ser y sobre la conciencia de los hombres. Pero la praxis subversiva
depende de la intransigencia de la teoría respecto a la inconsciencia con que
la sociedad deja que el pensamiento se endurezca. La realización no resulta
difícil por sus presupuestos materiales, por la técnica desencadenada como tal.
Esta es la tesis de los sociólogos, que buscan ahora un nuevo antídoto, tal vez
de corte colectivo, para solucionar la cuestión del antídoto. (37)
El responsable es un complejo social de enceguecimiento. El mítico respeto
científico de los pueblos hacia el dato que ellos mismos producen continuamente
termina por convertirse a su vez en un dato de hecho, en la roca frente a la
cual incluso la fantasía revolucionaria se avergüenza de sí como utopismo y
degenera en pasiva confianza en la tendencia objetiva de la historia. Como
órgano de esta adaptación, como pura construcción de medios, el iluminismo es
tan destructivo como lo afirman sus enemigos románticos. El iluminismo se
convierte en sí sólo al denunciar el último compromiso con tales enemigos y al
osar abolir el falso absoluto, el principio del ciego dominio. El espíritu de
esta teoría intransigente podría llegar a invertir, para sus fines, el espíritu
inexorable del progreso. Espíritu cuyo heraldo, Bacon, ha soñado con las mil
cosas “que los reyes con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales
su autoridad no pesa, de las que sus informantes no pueden darles noticias”. Tal
como lo preveía, esas cosas les han tocado a los burgueses, a los herederos
iluminados del rey. Al multiplicar la violencia a través de la mediación del
mercado, la economía burguesa ha multiplicado también sus propios bienes y sus
propias fuerzas hasta el punto de que ya no es necesario, para administrarlas,
no sólo de los reyes ni tampoco de los burgueses: basta simplemente con todos. Todos
aprenden, a través del poder de las cosas, a desentenderse del poder. El
iluminismo se realiza y se niega cuando los fines prácticos más próximos se
revelan como la lejanía alcanzada, y las tierras “de las que sus informantes no
pueden darles noticias”, es decir la naturaleza desconocida por la ciencia patronal,
son recordadas como las del origen. Hoy que la utopía de Bacon -”ser amos de la
naturaleza en la práctica”- se ha cumplido en escala terrestre, se torna
evidente la esencia de la constricción que él imputaba a la naturaleza no
dominada. Era el dominio mismo. Dominio tras cuya disolución puede ir más allá
el saber, en el cual indudablemente residía, según Bacon, “la superioridad del
hombre”. Pero ante esta posibilidad el iluminismo al servicio del presente se
transforma en el engaño total de las masas.
La Industria Cultural
Iluminismo como mistificación de masas
La tesis sociológica de que la
pérdida de sostén en la religión objetiva, la disolución de los últimos
residuos precapitalistas, la diferenciación técnica y social y el extremado
especialismo han dado lugar a un caos cultural, se ve cotidianamente desmentida
por los hechos. La civilización actual concede a todo un aire de semejanza. Film,
radio y semanarios constituyen un sistema. Cada sector está armonizado en sí y
todos entre ellos. Las manifestaciones estéticas, incluso de los opositores
políticos, celebran del mismo modo el elogio del ritmo de acero. Los organismos
decorativos de las administraciones y las muestras industriales son poco
diversas en los países autoritarios y en los demás. Los tersos y colosales
palacios que se alzan por todas partes representan la pura racionalidad privada
de sentido de los grandes monopolios internacionales a los que tendía ya la
libre iniciativa desencadenada, que tiene en cambio sus monumentos en los tétricos
edificios de habitación o comerciales de las ciudades desoladas. Ya las casas
más viejas cerca de los centros de cemento armado tienen aire de slums y
los nuevos bungalows marginales a la ciudad cantan ya -como las frágiles
construcciones de las ferias internacionales- las loas al progreso técnico,
invitando a que se los liquide, tras un rápido uso, como cajas de conserva. Pero
los proyectos urbanísticos que deberían perpetuar, en pequeñas habitaciones
higiénicas, al individuo como ser independiente, lo someten aun más
radicalmente a su antítesis, al poder total del capital. Como los habitantes
afluyen a los centros a fin de trabajar y divertirse, en carácter de
productores y consumidores, las células edilicias se cristalizan sin solución
de continuidad en complejos bien organizados. La unidad visible de macrocosmo y
microcosmo ilustra a los hombres sobre el esquema de su civilización: la falsa
identidad de universal y particular. Cada civilización de masas en un sistema
de economía concentrada es idéntica y su esqueleto -la armadura conceptual
fabricada por el sistema- comienza a delinearse. Los dirigentes no están ya tan
interesados en esconderla; su autoridad se refuerza en la medida en que es
reconocida con mayor brutalidad. Film y radio no tienen ya más necesidad
de hacerse pasar por arte. La verdad de que no son más que negocios les sirve
de ideología, que debería legitimar los rechazos que practican deliberadamente.
Se autodefinen como industrias y las cifras publicadas de las rentas de sus
directores generales quitan toda duda respecto a la necesidad social de sus
productos.
Quienes tienen intereses en ella
gustan explicar la industria cultural en términos tecnológicos. La
participación en tal industria de millones de personas impondría métodos de
reproducción que a su vez conducen inevitablemente a que, en innumerables
lugares, necesidades iguales sean satisfechas por productos standard. El
contraste técnico entre pocos centros de producción y una recepción difusa
exigiría, por la fuerza de las cosas, una organización y una planificación por
parte de los detentores. Los clichés habrían surgido en un comienzo de
la necesidad de los consumidores: sólo por ello habrían sido aceptados sin
oposición. Y en realidad es en este círculo de manipulación y de necesidad
donde la unidad del sistema se afianza cada vez más. Pero no se dice que el
ambiente en el que la técnica conquista tanto poder sobre la sociedad es el
poder de los económicamente más fuertes sobre la sociedad misma. La
racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio mismo. Es el carácter
forzado de la sociedad alienada de sí misma. Automóviles y films
mantienen unido el conjunto hasta que sus elementos niveladores repercuten
sobre la injusticia misma a la que servían. Por el momento la técnica de la
industria cultural ha llegado sólo a la igualación y a la producción en serie,
sacrificando aquello por lo cual la lógica de la obra se distinguía de la del
sistema social. Pero ello no es causa de una ley de desarrollo de la técnica en
cuanto tal, sino de su función en la economía actual. La necesidad que podría
acaso escapar al control central es reprimida ya por el control de la
conciencia individual. El paso del teléfono a la radio ha separado claramente a
las partes. El teléfono, liberal, dejaba aun al oyente la parte de sujeto. La
radio, democrática, vuelve a todos por igual escuchas, para remitirlos
autoritariamente a los programas por completo iguales de las diversas
estaciones. No se ha desarrollado ningún sistema de respuesta y las transmisiones
privadas son mantenidas en la clandestinidad. Estas se limitan al mundo
excéntrico de los “aficionados”, que por añadidura están aun organizados desde
arriba. Pero todo resto de espontaneidad del público en el ámbito de la radio
oficial es rodeado y absorbido, en una selección de tipo especialista, por
cazadores de talento, competencias ante el micrófono y manifestaciones
domesticadas de todo género. Los talentos pertenecen a la industria incluso
antes de que ésta los presente: de otro modo no se adaptarían con tanta
rapidez. La constitución del público, que teóricamente y de hecho favorece al
sistema de la industria cultural, forma parte del sistema y no lo disculpa. Cuando
una branche artística procede según la misma receta de otra, muy diversa
en lo que respecta al contenido y a los medios expresivos; cuando el nudo
dramático de la soap-opera en la radio se convierte en una ilustración
pedagógica del mundo en el cual hay que resolver dificultades técnicas,
dominadas como jam al igual que en los puntos culminantes de la vida del
jazz, o cuando la “adaptación” experimental de una frase de Beethoven se
hace según el mismo esquema con el que se lleva una novela de Tolstoy a un film,
la apelación a los deseos espontáneos del público se convierte en un pretexto
inconsistente. Más cercana a la realidad es la explicación que se basa en el
peso propio, en la fuerza de inercia del aparato técnico y personal, que por lo
demás debe ser considerado en cada uno de sus detalles como parte del mecanismo
económico de selección. A ello debe agregarse el acuerdo o por lo menos la
común determinación de los dirigentes ejecutivos de no producir o admitir nada
que no se asemeje a sus propias mesas, a su concepto de consumidores y sobre
todo a ellos mismos.
Si la tendencia social objetiva
de la época se encarna en las intenciones subjetivas de los dirigentes
supremos, éstos pertenecen por su origen a los sectores más poderosos de la
industria. Los monopolios culturales son, en relación con
ellos, débiles y dependientes. Deben apresurarse a satisfacer a los
verdaderamente poderosos, para que su esfera en la sociedad de masas -cuyo
particular carácter de mercancía tiene ya demasiada relación con el liberalismo
acogedor y con los intelectuales judíos- no corra peligro. La dependencia de la
más poderosa sociedad de radiofonía respecto a la industria eléctrica o la del
cine respecto a la de las construcciones navales, delimita la entera esfera,
cuyos sectores aislados están económicamente cointeresados y son
interdependientes. Todo está tan estrechamente próximo que la concentración del
espíritu alcanza un volumen que le permite traspasar los confines de las
diversas empresas y de los diversos sectores técnicos. La unidad desprejuiciada
de la industria cultural confirma la unidad -en formación- de la política. Las
distinciones enfáticas, como aquellas entre films de tipo a y b
o entre las historias de semanarios de distinto precio, no están fundadas en la
realidad, sino que sirven más bien para clasificar y organizar a los
consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio. Para todos hay algo
previsto, a fin de que nadie pueda escapar; las diferencias son acuñadas y
difundidas artificialmente. El hecho de ofrecer al público una jerarquía de
cualidades en serie sirve sólo para la cuantificación más completa. Cada uno
debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente, de acuerdo con su level
determinado en forma anticipada por índices estadísticos, y dirigirse a la
categoría de productos de masa que ha sido preparada para su tipo. Reducidos a
material estadístico, los consumidores son distribuidos en el mapa geográfico
de las oficinas administrativas (que no se distinguen prácticamente más de las
de propaganda) en grupos según los ingresos, en campos rosados, verdes y
azules.
El esquematismo del procedimiento
se manifiesta en que al fin los productos mecánicamente diferenciados se
revelan como iguales. El que las diferencias entre la serie Chrysler y la serie
General Motors son sustancialmente ilusorias es cosa que saben incluso los
niños que se enloquecen por ellas. Los precios y las desventajas discutidos por
los conocedores sirven sólo para mantener una apariencia de competencia y de
posibilidad de elección. Las cosas no son distintas en lo que concierne a las
producciones de la Warner Brothers y de la Metro
Goldwin Mayer. Pero incluso entre los tipos más caros y menos caros de la
colección de modelos de una misma firma, las diferencias se reproducen más: en
los automóviles no pasan de variantes en el número de cilindros, en el volumen,
en la novedad de los gadgets; en los films se limitan a
diferencias en el número de divos, en el despliegue de medios técnicos, mano de
obra, trajes y decorados, en el empleo de nuevas fórmulas psicológicas. La
medida unitaria del valor consiste en la dosis de conspicuous production,
de inversión exhibida. Las diferencias de valor preestablecidas por la
industria cultural no tienen nada que ver con diferencias objetivas, con el
significado de los productos. También los medios técnicos tienden a una
creciente uniformidad recíproca. La televisión tiende a una síntesis de radio y
cine, que está siendo retardada hasta que las partes interesadas se hayan
puesto completamente de acuerdo, pero cuyas posibilidades ilimitadas pueden ser
promovidas hasta tal punto por el empobrecimiento de los materiales estéticos
que la identidad apenas velada de todos los productos de la industria cultural
podrá mañana triunfar abiertamente, como sarcástica realización del sueño
wagneriano de la “obra de arte total”. El acuerdo de palabra, música e imagen
se logra con mucha mayor perfección que en Tristán, en la medida en que
los elementos sensibles, que se limitan a registrar la superficie de la
realidad social, son ya producidos según el mismo proceso técnico de trabajo y
expresan su unidad como su verdadero contenido. Este proceso de trabajo integra
a todos los elementos de la producción, desde la trama de la novela preparada
ya en vistas al film, hasta el último efecto sonoro. Es el triunfo del
capital invertido. Imprimir con letras de fuego su omnipotencia -la de sus
manos- en el corazón de todos los desposeídos en busca de empleo es el
significado de todos los films, independientemente de la acción
dramática que la dirección de producciones escoge de vez en cuando.
Durante el tiempo libre el
trabajador debe orientarse sobre la unidad de la producción. La tarea que el
esquematismo kantiano había asignado aun a los sujetos -la de referir por
anticipado la multiplicidad sensible a los conceptos fundamentales- le es
quitada al sujeto por la industria. La industria realiza el esquematismo como
el primer servicio para el cliente. Según Kant, actuaba en el alma un mecanismo
secreto que preparaba los datos inmediatos para que se adaptasen al sistema de
la pura razón. Hoy, el enigma ha sido develado. Incluso si la planificación del
mecanismo por parte de aquellos que preparan los datos, la industria cultural,
es impuesta a ésta por el peso de una sociedad irracional -no obstante toda
racionalización-, esta tendencia fatal se transforma, al pasar a través de las
agencias de la industria, en la intencionalidad astuta que caracteriza a esta
última. Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya
anticipado en el esquematismo de la producción. El prosaico arte para el pueblo
realiza ese idealismo fantástico que iba demasiado lejos para el crítico. Todo
viene de la conciencia: de la de Dios en Malebranche y en Berkeley; en el arte
de masas, de la dirección terrena de la producción. No sólo los tipos de
bailables, divos, soap-operas retornan cíclicamente como entidades
invariables, sino que el contenido particular del espectáculo, lo que
aparentemente cambia, es a su vez deducido de aquéllos. Los detalles se tornan
fungibles. La breve sucesión de intervalos que ha resultado eficaz en un tema,
el fracaso temporario del héroe, que éste acepta deportivamente, los saludables
golpes que la hermosa recibe de las robustas manos del galán, los modales rudos
de éste con la heredera pervertida, son, como todos los detalles, clichés,
para emplear a gusto aquí y allá, enteramente definidos cada vez por el papel
que desempeñan en el esquema. Confirmar el esquema, mientras lo componen,
constituye toda la realidad de los detalles. En un film se puede siempre
saber en seguida cómo terminará, quién será recompensado, castigado u olvidado;
para no hablar de la música ligera, en la que el oído preparado puede adivinar
la continuación desde los primeros compases y sentirse feliz cuando llega. El
número medio de palabras de la short story es intocable. Incluso los gags,
los efectos, son calculados y planificados. Son administrados por expertos
especiales y su escasa variedad hace que se los pueda distribuir
administrativamente. La industria cultural se ha desarrollado con el primado
del efecto, del exploit tangible, del detalle sobre la obra, que una vez
era conductora de la idea y que ha sido liquidada junto con ésta. El detalle,
al emanciparse, se había tornado rebelde y se había erigido -desde el
romanticismo hasta el expresionismo- en expresión desencadenada, en exponente
de la revolución contra la organización. El efecto armónico aislado había
cancelado en la música la conciencia de la totalidad formal; en pintura el
color particular se había sobrepuesto a la composición del cuadro; la
penetración psicológica dominaba sobre la arquitectura de la novela. A ello
pone fin con su totalidad la industria cultural. Al no reconocer más que a los
detalles, acaba con la insubordinación de éstos y los somete a la fórmula que
ha tomado el lugar de la obra. La industria cultural trata de la misma forma al
todo y a las partes. El todo se opone, en forma despiadada o incoherente, a los
detalles, un poco como la carrera de un hombre de éxito, a quien todo debe
servirle de ilustración y prueba, mientras que la misma carrera no es más que
la suma de esos acontecimientos idiotas. La llamada idea general es un mapa
catastral y crea un orden, pero ninguna conexión. Privados de oposición y de
conexión, el todo y los detalles poseen los mismos rasgos. Su armonía
garantizada desde el comienzo es la caricatura de aquella otra -conquistada- de
la obra maestra burguesa. En Alemania, en los films más despreocupados
del período democrático, reinaba ya la paz sepulcral de la dictadura.
El mundo entero es pasado por el
cedazo de la industria cultural. La vieja esperanza del espectador
cinematográfico, para quien la calle parece la continuación del espectáculo que
acaba de dejar, debido a que éste quiere precisamente reproducir con exactitud
el mundo perceptivo de todos los días, se ha convertido en el criterio de la
producción. Cuanto más completa e integral sea la duplicación de los objetos
empíricos por parte de las técnicas cinematográficas, tanto más fácil resulta
hacer creer que el mundo exterior es la simple prolongación del que se presenta
en el film. A partir de la brusca introducción del elemento sonoro el
proceso de reproducción mecánica ha pasado enteramente al servicio de este
propósito. El ideal consiste en que la vida no pueda distinguirse más de los films.
El film superando en gran medida al teatro ilusionista, no deja a la
fantasía ni al pensar de los espectadores dimensión alguna en la que puedan
moverse por su propia cuenta sin perder el hilo, con lo que adiestra a sus
propias víctimas para identificarlo inmediatamente con la realidad. La atrofia
de la imaginación y de la espontaneidad del consumidor cultural contemporáneo
no tiene necesidad de ser manejada según mecanismos psicológicos. Los productos
mismos, a partir del más típico, el film sonoro, paralizan tales
facultades mediante su misma constitución objetiva. Tales productos están
hechos de forma tal que su percepción adecuada exige rapidez de intuición,
dotes de observación, competencia específica, pero prohibe también la actividad
mental del espectador, si éste no quiere perder los hechos que le pasan
rápidamente delante. Es una tensión tan automática que casi no tiene necesidad
de ser actualizada para excluir la imaginación. Quien está de tal forma absorto
en el universo del film, en los gestos, imágenes y palabras, que carece
de la capacidad de agregar a éstos aquello por lo que podrían ser tales, no por
ello se encontrará en el momento de la exhibición sumido por completo en los
efectos particulares del espectáculo que contempla. A través de todos los otros
films y productos culturales que necesariamente debe conocer, han
llegado a serle tan familiares las pruebas de atención requeridas que se le
producen automáticamente. La violencia de la sociedad industrial obra sobre los
hombres de una vez por todas. Los productos de la industria cultural pueden ser
consumidos rápidamente incluso en estado de distracción. Pero cada uno de ellos
es un modelo del gigantesco mecanismo económico que mantiene a todos bajo
presión desde el comienzo, en el trabajo y en el descanso que se le asemeja. De
cada film sonoro, de cada transmisión radial, se puede deducir aquello
que no se podría atribuir como efecto a ninguno de ellos aisladamente, pero sí
al conjunto de todos en la sociedad. Inevitablemente, cada manifestación
aislada de la industria cultural reproduce a los hombres tal como aquello en
que ya los ha convertido la entera industria cultural. Y todos los agentes de
la industria cultural, desde el productor hasta las asociaciones femeninas,
velan para que el proceso de la reproducción simple del espíritu no conduzca en
modo alguno a una reproducción enriquecida.
Las quejas de los historiadores
del arte y de los abogados de la cultura respecto a la extinción de la energía
estilística en Occidente son pavorosamente infundadas. La traducción
estereotipada de todo, incluso de aquello que aún no ha sido pensado, dentro
del esquema de la reproductibilidad mecánica, supera en rigor y validez a todo
verdadero estilo, concepto este con el que los amigos de la cultura idealizan
-como “orgánico”- al pasado precapitalista. Ningún Palestrina hubiera podido
expeler la disonancia no preparada y no resuelta con el purismo con el que un arrangeur
de música de jazz elimina hoy toda cadencia que no se adecue
perfectamente a su jerga. Cuando adapta a Mozart no se limita a modificarlo
allí donde es demasiado serio o demasiado difícil, sino también donde
armonizaba la melodía en forma diversa -y acaso con más sencillez- de lo que se
usa hoy. Ningún constructor de iglesias medieval hubiera inspeccionado los
temas de los vitrales y de las esculturas con la desconfianza con que la
dirección del estudio cinematográfico examina un tema de Balzac o de Víctor
Hugo antes de que éste obtenga el imprimatur que le permitirá continuar
adelante. Ningún capítulo habría asignado a las caras diabólicas y las penas de
los condenados su justo puesto en el orden del sumo amor con el escrúpulo con
el que la dirección de producción se lo asigna a la tortura del héroe o a la
sucinta pollera de la leading lady en la letanía del film de
éxito. El catálogo explícito e implícito, exotérico y esotérico de lo prohibido
y de lo tolerado, no se limita a circunscribir un sector libre, sino que lo
domina y lo controla desde la superficie hasta el fondo. Incluso los detalles
mínimos son modelados según sus normas. La industria cultural, a través de sus
prohibiciones, fija positivamente -al igual que su antítesis, el arte de
vanguardia- un lenguaje suyo, con una sintaxis y un léxico propios. La
necesidad permanente de nuevos efectos, que quedan sin embargo ligados al viejo
esquema, no hace más que aumentar, como regla supletoria, la autoridad de lo
ordenado, a la que cada efecto particular querría sustraerse. Todo lo que
aparece es sometido a un sello tan profundo que al final no aparece ya nada que
no lleve por anticipado el signo de la jerga y que no demuestre ser, a primera
vista, aprobado y reconocido. Pero los matadores (38) -productores o
reproductores- son aquellos que hablan la jerga con tanta facilidad, libertad y
alegría, como si fuese la lengua que ha vencido desde hace tiempo al silencio. Es
el ideal de la naturaleza en la industria, que se afirma tanto más
imperiosamente cuanto la técnica perfeccionada reduce más la tensión entre
imagen y vida cotidiana. La paradoja de la routine disfrazada de
naturaleza se advierte en todas las manifestaciones de la industria cultural, y
en muchas se deja tocar con la mano. Un ejecutante de jazz que debe
tocar un trozo de música seria, el más simple minuet de Beethoven, lo
sincopa involuntariamente y sólo accede a tocar las notas preliminares con una
sonrisa de superioridad. Esta “naturaleza”, complicada por las instancias
siempre presentes y desarrolladas hasta el exceso del medio específico,
constituye el nuevo estilo, es decir, “un sistema de no-cultura, al que se le
podría reconocer una cierta ‘unidad estilística’, si se concede que tiene
sentido hablar de una barbarie estilizada”. (39)
La fuerza universalmente
vinculante de esta estilización supera ya a la de las prohibiciones y
prescripciones oficiosas; hoy se perdona con más facilidad a un motivo que no
se atenga a los treinta y dos compases que contenga aunque sea el más secreto
detalle melódico o armónico extraño al idioma. Todas las violaciones de los
hábitos del oficio cometidas por Orson Welles le son perdonadas, porque
-incluyendo las incorrecciones- no hacen más que reforzar y confirmar la
validez del sistema. La obligación del idioma técnicamente condicionado que
actores y directores deben producir como naturaleza, a fin de que la nación
pueda hacerlo suyo, se refiere a matices tan sutiles que alcanzan casi el
refinamiento de los medios de una obra de vanguardia, medios con los cuales
esta última, a diferencia de aquélla, sirve a la verdad. La rara capacidad para
obedecer minuciosamente a las exigencias del idioma de la naturaleza en todos
los sectores de la industria cultural se convierte en el criterio de la
habilidad y de la competencia. Todo lo que se dice y la forma en que es dicho
debe poder ser controlado en relación con el lenguaje cotidiano, como ocurre en
el positivismo lógico. Los productores son expertos. El idioma exige una fuerza
productiva excepcional, que absorbe y consume enteramente y que ha superado la
distinción -predilecta de la teoría conservadora de la cultura- entre estilo
genuino y artificial. Como artificial podría ser definido un estilo impreso
desde el exterior sobre los impulsos reluctantes de la figura. Pero en la
industria cultural, la materia, hasta en sus últimos elementos, es originada
por el mismo aparato que produce la jerga en que se resuelve. Las diferencias
que se producen entre el “especialista artístico” y el sponsor y el censor
a propósito de una mentira demasiado increíble no son en realidad testimonio de
una tensión estética interna sino más bien de una divergencia de intereses. La renommée
del especialista -en la que a veces se refugia un último resto de autonomía
objetiva- entra en conflicto con la política comercial de aquellos que producen
la mercancía cultural. Pero la cosa, en su esencia, está reificada como viable
aun antes de que se llegue al conflicto. Aun antes de que Zanuck la comprase,
la santa Bernadette brillaba en el campo visivo de su autor como una réclame
para todos los consorcios interesados. Tal es lo que queda de los impulsos
autónomos de la obra. Y he ahí por qué el estilo de la industria cultural, que
no necesita afirmarse en la resistencia de la materia, es al mismo tiempo la
negación del estilo. La conciliación de lo universal y lo particular, regla e
instancia específica del objeto -cuya realización es conditio sine qua non
de la sustancia y el peso del estilo-, carece de valor porque no determina ya
ninguna tensión entre los dos polos: los extremos que se tocan quedan
traspasados en una turbia identidad, lo universal puede sustituir a lo
particular y viceversa.
Sin embargo, esta caricatura del
estilo dice algo sobre el estilo auténtico del pasado. El concepto de estilo
auténtico queda desenmascarado en la industria cultural como equivalente estético
del dominio. La idea del estilo como coherencia puramente estética es una
proyección retrospectiva de los románticos. En la unidad del estilo -no sólo
del Medioevo cristiano sino también del Renacimiento- se expresa la estructura
diversa de la violencia social, y no la oscura experiencia de los dominados, en
la que se encerraba lo universal. Los grandes artistas no fueron nunca quienes
encarnaron el estilo en la forma más pura y perfecta, sino quienes acogieron en
la propia obra al estilo como rigor respecto a la expresión caótica del
sufrimiento, como verdad negativa. En el estilo de las obras la expresión
conquistaba la fuerza sin la cual la existencia pasa desoída. Incluso las obras
tenidas por clásicas, como la música de Mozart, contienen tendencias objetivas
en contraste con su estilo. Hasta Schönberg y Picasso, los grandes artistas han
conservado su desconfianza hacia el estilo y -en todo lo que es decisivo- se
han atenido menos al estilo que a la lógica del objeto. Lo que expresionistas y
dadistas afirmaban polémicamente, la falsedad del estilo como tal, triunfa hoy
en la jerga canora del crooner, en la gracia relamida de la star
y, en fin, en la magistral imagen fotográfica de la choza miserable del
trabajador manual. En toda obra de arte el estilo es una promesa. En la medida
en que lo que se expresa entra a través del estilo en las formas dominantes de
la universalidad, en el lenguaje musical, pictórico, verbal, debería
reconciliarse con la idea de la verdadera universalidad. Esta promesa de la obra
de arte -de fundar la verdad a través de la inserción de la figura en las
formas socialmente transmitidas- es a la vez necesaria e hipócrita. Tal promesa
pone como absoluto las formas reales de lo existente, pretendiendo anticipar su
realización en sus derivados estéticos. En este sentido, la pretensión del arte
es siempre también ideología. Por otra parte, el arte puede hallar una
expresión para el sufrimiento sólo al enfrentarse con la tradición que se
deposita en el estilo. En la obra de arte, en efecto, el momento mediante el
cual trasciende la realidad resulta inseparable del estilo: pero no consiste en
la armonía realizada, en la problemática unidad de forma y contenido, interior
y exterior, individuo y sociedad, sino en los rasgos en los que aflora la
discrepancia, en el necesario fracaso de la tensión apasionada hacia la
identidad. En lugar de exponerse a este fracaso, en el que el estilo de la gran
obra de arte se ha visto siempre negado, la obra mediocre ha preferido siempre
semejarse a las otras, se ha contentado con el sustituto de la identidad. La
industria cultural, en suma, absolutiza la imitación. Reducida a puro estilo,
traiciona el secreto de éste, o sea, declara su obediencia a la jerarquía
social. La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza que pesa sobre las
creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser recogidas y
neutralizadas como cultura. Hablar de cultura ha sido siempre algo contra la
cultura. El denominador común “cultura” contiene ya virtualmente la toma de
posesión, el encasillamiento, la clasificación, que entrega la cultura al reino
de la administración. Sólo la subsunción industrializada, radical y
consecuente, está en pleno acuerdo con este concepto de cultura. Al subordinar
de la misma forma todos los aspectos de la producción espiritual al fin único
de cerrar los sentidos de los hombres -desde la salida de la fábrica por la
noche hasta el regreso frente al reloj de control la mañana siguiente- mediante
los sellos del proceso de trabajo que ellos mismos deben alimentar durante la
jornada, la industria cultural pone en práctica sarcásticamente el concepto de
cultura orgánica que los filósofos de la personalidad oponían a la
masificación.
De tal suerte la industria
cultural, el estilo más inflexible de todos, se revela como meta justamente de
aquel liberalismo al que se le reprochaba falta de estilo. No se trata sólo de
que sus categorías y sus contenidos hayan surgido de la esfera liberal, del
naturalismo domesticado como de la opereta y de la revista, sino que incluso
los modernos trusts culturales constituyen el lugar económico donde
continúa sobreviviendo provisoriamente -con los tipos correspondientes de
empresarios- una parte de la esfera tradicional de la circulación en curso de
demolición en el resto de la sociedad. Aquí se puede hacer aún fortuna, con tal
de que no se sea demasiado exigente y se esté dispuesto a los acuerdos. Lo que
resiste sólo puede sobrevivir enquistándose. Una vez que lo que resiste ha sido
registrado en sus diferencias por parte de la industria cultural, forma parte
ya de ella, tal como el reformador agrario se incorpora al capitalismo. La
rebelión que rinde homenaje a la realidad se convierte en la marca de fábrica
de quien tiene una nueva idea para aportar a la industria. La esfera pública de
la sociedad actual no deja pasar ninguna acusación perceptible en cuyo tono los
de oído fino no adviertan ya la autoridad bajo cuyo signo el révolté se
reconcilia con ellos. Cuanto más inconmensurable se torna el abismo entre el
coro y los solistas más puesto hay entre estos últimos para quien sepa dar
testimonio de su propia superioridad mediante una originalidad bien organizada.
De tal suerte, incluso en la industria cultural, sobrevive la tendencia del
liberalismo de dejar paso libre a los capaces. La función de abrir camino a
estos virtuosos se mantiene aún hoy en un mercado ampliamente regulado en todo
otro sentido, mercado en el que en los buenos tiempos la única libertad que se
permitía al arte era la de morir de hambre. No por azar surgió el sistema de la
industria cultural en los países industriales más liberales, así como es en
ellos donde han triunfado todos sus medios característicos, el cine, la radio,
el jazz y los magazines. Es cierto que su desarrollo progresivo
surgía necesariamente de las leyes generales del capital. Gaumont y Pathé,
Ullstein y Hugenberg habían seguido con éxito la tendencia internacional; la
dependencia de Europa respecto a los Estados Unidos -después de la primera
guerra mundial y de la inflación- hizo el resto. Creer que la barbarie de la
industria cultural constituye una consecuencia del cultural lag, del
atraso de la conciencia norteamericana respecto al estado alcanzado por la
técnica, es pura ilusión. Era la Europa prefascista la que estaba atrasada en
relación con la tendencia hacia el monopolio cultural. Pero justamente gracias
a este atraso conservaba el espíritu un resto de autonomía. En Alemania la
insuficiencia del control democrático sobre la vida civil había surtido efectos
paradójicos. Mucho se sustraía al mecanismo del mercado, que se había
desencadenado en los países occidentales. El sistema educativo alemán,
incluyendo las universidades, los teatros con carácter de guías en el plano
artístico, las grandes orquestas, los museos, se hallaban bajo protección. Los
poderes políticos, estado y comunas, que habían recibido estas instituciones en
herencia del absolutismo, les habían dejado su parte de aquella independencia
respecto a las relaciones, fuerza explícita en el mercado que les había sido
concedida a pesar de todo hasta fines del siglo XIX por los príncipes y señores
feudales. Ello reforzó la posición del arte burgués tardío contra el veredicto
de la oferta y la demanda, y favoreció su resistencia mucho más allá de la
protección acordada. Incluso en el mercado el homenaje a la calidad todavía no
traducible en valor corriente se resolvía en poder de adquisición, gracias a lo
cual dignos editores literarios y musicales podían ocuparse de autores que no
atraían más que la estima de los entendidos. Sólo la obligación de inscribirse
continuamente -bajo las amenazas más graves- como experto estético en la vida
industrial ha esclavizado definitivamente al artista. En una época firmaban sus
cartas, como Kant y Hume, calificándose de “siervos humildísimos”, mientras
minaban las bases del trono y del altar. Hoy se tutean con los jefes de estado
y están sometidos, en lo que respecta a todos sus impulsos artísticos, al
juicio de sus jefes iletrados. El análisis cumplido por Tocqueville hace cien
años se ha cumplido plenamente. Bajo el monopolio privado de la cultura
acontece realmente que “la tiranía deja libre el cuerpo y embiste directamente
contra el alma. El amo no dice más: debes pensar como yo o morir. Dice: eres
libre de no pensar como yo, tu vida, tus bienes, todo te será dejado, pero a
partir de este momento eres un intruso entre nosotros”. (40) Quien
no se adapta resulta víctima de una impotencia espiritual del aislado. Excluido
de la industria, es fácil convencerlo de
su insuficiencia. Mientras que en la producción material el mecanismo de la
oferta y la demanda se halla ya en vías de disolución, continúa operando en la
superestructura como control que beneficia a los amos. Los consumidores son los
obreros y empleados, farmers y pequeños burgueses. La totalidad de las
instituciones existentes los aprisiona de tal forma en cuerpo y alma que se
someten sin resistencia a todo lo que se les ofrece. Y como los dominados han
tomado siempre la moral que les venía de los señores con mucha más seriedad que
estos últimos, así hoy las masas engañadas creen en el mito del éxito aun más
que los afortunados. Las masas tienen lo que quieren y reclaman obstinadamente
la ideología mediante la cual se las esclaviza. La funesta adhesión del pueblo
al mal que se le hace llega incluso a anticipar la sabiduría de las presiones y
supera el rigor de la Hays Office. Esa adhesión sostiene a Mickey Rooney contra
la trágica Garbo. La industria se adapta a tales pedidos. Lo que representa un
pasivo para la firma aislada, que a veces no puede explotar hasta el fin el
contrato con la estrella en declinación, constituye un costo razonable para el
sistema en total. Al ratificar astutamente los pedidos de relevos, inaugura la
armonía total. Juicio crítico y competencia son prohibidos como presunción de
quien se cree superior a los otros, en una cultura democrática que reparte sus
privilegios entre todos. Frente a la tregua ideológica, el conformismo de los
consumidores, así como la impudicia de la producción que éstos mantienen en
vida, conquista una buena conciencia. Tal conformismo se contenta con la eterna
repetición de lo mismo.
La eterna repetición de lo mismo
regula también la relación con el pasado. La novedad del estadio de la cultura
de masas respecto al liberal tardío consiste en la exclusión de lo nuevo. La
máquina rueda sur place. Cuando llega al punto de determinar el consumo,
descarta como riesgo inútil lo que aun no ha sido experimentado. Los cineastas
consideran con sospecha todo manuscrito tras el cual no haya ya un
tranquilizador best seller. Justamente por eso se habla siempre de idea,
novelty y surprise, de algo que a la vez sea archiconocido y no haya
existido nunca. Para eso sirven el ritmo y el dinamismo. Nada debe quedar como
estaba, todo debe correr continuamente, estar en movimiento. Porque sólo el
universal triunfo del ritmo de producción y reproducción mecánica garantiza que
nada cambia, que no surge nada sorprendente. Los agregados al inventario
cultural experimentado son demasiado arriesgados y azarosos. Los tipos formales
congelados, como sketch, short story, film de tesis, canción, son el
prototipo, y amenazadoramente octroyé, del gusto liberal tardío. Los
dirigentes de las empresas culturales, que proceden de acuerdo entre sí como si
fueran un solo manager, han racionalizado desde hace tiempo el espíritu
objetivo. Es como si un tribunal omnipresente hubiese examinado el material y
establecido el catálogo oficial de los bienes culturales, que ilustra
brevemente sobre las series disponibles. Las ideas se hallan inscriptas en el
cielo de la cultura, en el cual ya numeradas, incluso convertidas en números,
inmutables, habían sido encerrados por Platón.
El amusement, todos los
elementos de la industria cultural, existían mucho antes que ésta. Ahora son retomados
desde lo alto y llevados al nivel de los tiempos. La industria cultural puede
jactarse de haber actuado con energía y de haber erigido como principio la
trasposición -a menudo torpe- del arte a la esfera del consumo, de haber
liberado al amusement de sus ingenuidades más molestas y de haber
mejorado la confección de las mercancías. Cuanto más total ha llegado a ser,
cuanto más despiadadamente ha obligado a todo outsider a quebrar o a
entrar en la corporación, tanto más fina se ha vuelto, hasta terminar en una
síntesis de Beethoven con el Casino de París. Su triunfo es doble: lo que gasta
fuera de sí como verdad puede reproducirlo a placer dentro de sí como mentira. El
arte “ligero” como tal, la distracción, no es una forma morbosa y degenerada. Quien
lo acusa de traición respecto al ideal de la pura expresión se hace ilusiones
respecto a la sociedad. La pureza del arte burgués, que se ha hipostatizado
como reino de la libertad en oposición a la praxis material, ha sido
pagada desde el principio con la exclusión de la clase inferior, a cuya causa
-la verdadera universalidad- el arte sigue siendo fiel justamente gracias a la
libertad respecto a los fines de la falsa libertad. El arte serio se ha negado
a aquellos para quienes la necesidad y la presión del sistema convierten a la
seriedad en una burla, y que por necesidad se sienten contentos cuando pueden
transcurrir pasivamente el tiempo que no están atados a la rueda. El arte
“ligero” ha acompañado como una sombra al arte autónomo. El arte “ligero” es la
mala conciencia social del arte serio. Lo que el arte serio debía perder en
términos de verdad en base a sus premisas sociales confiere al arte “ligero”
una apariencia de legitimidad. La verdad reside en la escisión misma, que
expresa por lo menos la negatividad de la cultura que constituyen, sumándose,
las dos esferas. En modo alguno se deja conciliar la antítesis cuando se acoge
al arte ligero en el serio o viceversa. Justamente esto es lo que trata de
hacer la industria cultural. La excentricidad del circo, del panopticum
y del burdel respecto a la sociedad le molesta tanto como la de Schönberg y de
Karl Krauss. Así Benny Goodman es acompañado por el cuarteto de Budapest y toca
con ritmo más pedante que un clarinetista de orquesta filarmónica, mientras que
los integrantes del cuarteto tocan en la misma forma lisa y vertical y con la
misma dulzonería con que lo hace Guy Lombardo. Lo notable no es la crasa
incultura, la torpeza o la estupidez. Los rechazos de antaño han sido
liquidados por la industria cultural gracias a su misma perfección, la
prohibición y la domesticación del dilettantismo, aun cuando cometa
continuamente gaffes enormes, inseparables de la idea misma de un nivel
“sostenido”. Pero lo nuevo consiste en que elementos inconciliables de la cultura,
arte y diversión, sean reducidos mediante la subordinación final a un solo
falso denominador: la totalidad de la industria cultural. Ésta consiste en la
repetición. No es cosa extrínseca al sistema el hecho de que sus innovaciones
típicas consistan siempre y únicamente en mejoramientos de la reproducción en
masa. Con razón el interés de los innumerables consumidores va por entero hacia
la técnica y no hacia los contenidos rígidamente repetidos, íntimamente vacuos
y ya medio abandonados. El poder social adorado por los espectadores se expresa
con más validez en la omnipresencia del estereotipo realizada e impuesta por la
técnica que en las ideologías viejas de las que deben responder los efímeros
contenidos.
No obstante, la industria
cultural sigue siendo la industria de la diversión. Su poder sobre los
consumidores es mediado por el amusement, que al fin es anulado no por
un mero diktat, sino por la hostilidad inherente al principio mismo del amusement.
Dado que la transfusión de todas las tendencias de la industria cultural a la
carne y a la sangre del público se cumple a través del entero proceso social,
la supervivencia del mercado en este sector obra en el sentido de promover
ulteriormente dichas tendencias. La demanda no se halla aun sustituida por la
pura obediencia. Hasta tal punto es verdad esto que la gran reorganización del
cine en vísperas de la primera guerra mundial -condición material de su
expansión- consistió justamente en una adaptación consciente a las necesidades
del público calculadas según las cifras de boletería, dato que en los tiempos
de los pioneers de la pantalla no se soñaba siquiera en tomar en
consideración. A los magnates del cine, que hacen siempre pruebas sobre sus
ejemplos (sobre sus éxitos más o menos clamorosos) y nunca, sabiamente, sobre
el ejemplo contrario, sobre la verdad, les parece así incluso hoy. Su ideología
son los negocios. En todo ello es verdadero que la fuerza de la industria
cultural reside en su unidad con la necesidad producida y no en el conflicto
con ésta, ya sea a causa de la omnipotencia o de la impotencia. El amusement
es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío. Es buscado por quien
quiere sustraerse al proceso del trabajo mecanizado para ponerse de nuevo en
condiciones de poder afrontarlo. Pero al mismo tiempo la mecanización ha
conquistado tanto poder sobre el hombre durante el tiempo libre y sobre su
felicidad, determina tan íntegramente la fabricación de los productos para
distraerse, que el hombre no tiene acceso más que a las copias y a las
reproducciones del proceso de trabajo mismo. El supuesto contenido no es más
que una pálida fachada; lo que se imprime es la sucesión automática de
operaciones reguladas. Sólo se puede escapar al proceso de trabajo en la
fábrica y en la oficina adecuándose a él en el ocio. De ello sufre
incurablemente todo amusement. El placer se petrifica en aburrimiento,
pues, para que siga siendo placer, no debe costar esfuerzos y debe por lo tanto
moverse estrechamente a lo largo de los rieles de las asociaciones habituales. El
espectador no debe trabajar con su propia cabeza: toda conexión lógica que
requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada. Los desarrollos deben
surgir en la medida de lo posible de las situaciones inmediatamente anteriores,
y no de la idea del conjunto. No hay conflicto que resista al celo de los
colaboradores para extraer de cada escena todo lo que puede dar. Por último
aparece como peligroso incluso el esquema, en la medida en que ha instituido
aunque sea un pobre contexto significativo, dado que sólo se acepta la falta de
significado. A menudo, en medio de la tarea, es malignamente rechazada la
continuación que los caracteres y la historia exigían según el plan primitivo. En
su lugar se adopta, como paso inmediato, la idea aparentemente más eficaz que
los escenaristas encuentran cada vez para la situación dada. Una sorpresa mal
escogida irrumpe en la materia cinematográfica. La tendencia del producto a
volver malignamente al puro absurdo, de que participaba legítimamente el arte
popular y la payasada hasta Chaplin y los hermanos Marx, aparece en la forma
más evidente en los géneros menos cuidados. Mientras los films de Greer
Garson y Bette Davis extraen aun de la unidad del caso psicológico-social algo
parecido a la pretensión de una acción coherente, la tendencia al absurdo se ha
impuesto plenamente en el texto del novelty song, en el film
amarillo y en los dibujos animados. La idea misma -como los objetos de lo
cómico y de lo horrible- es despedazada. Los novelty songs han vivido
siempre del desprecio respecto al significado, que -precursores y sucesores del
psicoanálisis- reducen a la unidad indistinta del simbolismo sexual. En los films
policiales y de aventuras no se concede ya hoy al espectador que asista a
una clarificación progresiva. Debe contentarse -incluso en las producciones no
irónicas del género- con el resplandor de situaciones ya casi carentes de
conexión necesaria entre ellas.
Los dibujos animados eran en una
época exponentes de la fantasía contra el racionalismo. Hacían justicia a los
animales y a las cosas electrizados por su técnica,
pues pese a mutilarlos les conferían una segunda vida. Ahora no hacen más que
confirmar la victoria de la razón tecnológica sobre la verdad. Hace algunos
años tenían una acción coherente, que se disolvía sólo en los últimos minutos
en el ritmo endiablado de los acontecimientos. Su desarrollo se asemejaba en
esto al viejo esquema de la slapstick comedy. Pero ahora las relaciones
de tiempo han cambiado. En las primeras secuencias del dibujo animado se
anuncia un tema de acción sobre el cual se ejercitará la destrucción: entre los
aplausos del público el protagonista es golpeado por todos como una pelota. De
tal forma la cantidad de la diversión organizada se transfiere a la calidad de
la ferocidad organizada. Los censores autodesignados de la industria
cinematográfica, unidos a ésta por una afinidad electiva, vigilan la duración
del delito prolongado como espectáculo divertido. La hilaridad quiebra el
placer que podría proporcionar, en apariencia, la visión del abrazo, y remite
la satisfacción al día del pogrom. Si los dibujos animados tienen otro efecto
fuera del de acostumbrar los sentidos al nuevo ritmo, es el de martillar en
todos los cerebros la antigua verdad de que el maltrato continuo, el
quebrantamiento de toda resistencia individual es la condición de vida en esta
sociedad. El pato Donald en los dibujos animados como los desdichados en la
realidad reciben sus puntapiés a fin de que los espectadores se habitúen a los
suyos.
El placer de la violencia hecha
al personaje se convierte en violencia contra el espectador, la diversión se
convierte en tensión. Al ojo fatigado no debe escapar nada que los expertos
hayan elegido como estimulante, no hay que mostrar jamás asombro ante la astucia
de la representación, hay que manifestar siempre esa rapidez en la reacción que
el tema expone y recomienda. Así resulta por lo menos dudoso que la industria
cultural cumpla con la tarea de divertir de la que abiertamente se jacta. Si la
mayor parte de las radios y de los cines callasen, es sumamente probable que
los consumidores no sentirían en exceso su falta. Ya
el paso de la calle al cine no introduce más en el sueño, y si las
instituciones dejasen durante un cierto período de obligar a que se lo usase,
el impulso a utilizarlo luego no sería tan fuerte. Este cierre no sería un
reaccionario “asalto a las máquinas”. No serían tanto los fanáticos quienes se
sentirían desilusionados como aquellos que, por lo demás, nos llevan siempre a
las mismas, es decir, los atrasados. Para el ama de casa la oscuridad del cine
-a pesar de los films destinados a integrarla ulteriormente- representa
un refugio donde puede permanecer sentada durante un par de horas en paz, como
antaño, cuando había aun departamentos y noches de fiesta y se quedaba en la
ventana mirando hacia afuera. Los desocupados de los grandes centros encuentran
fresco en verano y calor en invierno en los locales con la temperatura
regulada. En ningún otro sentido el hinchado sistema de la industria de las
diversiones hace la vida más humana para los hombres. La idea de “agotar” las
posibilidades técnicas dadas, de utilizar plenamente las capacidades existentes
para el consumo estético de masa, forma parte del sistema económico que rechaza
la utilización de las capacidades cuando se trata de eliminar el hambre.
La industria cultural defrauda
continuamente a sus consumidores respecto a aquello que les promete. El pagaré
sobre el placer emitido por la acción y la presentación es prorrogado
indefinidamente: la promesa a la que el espectáculo en realidad se reduce
significa malignamente que no se llega jamás al quid, que el huésped
debe contentarse con la lectura del menú. Al deseo suscitado por los
espléndidos nombres e imágenes se le sirve al final sólo el elogio de la gris routine
a la que éste procuraba escapar. Las obras de arte no consistían en
exhibiciones sexuales. Pero al representar la privación como algo negativo
revocaban, por así decir, la humillación del instinto y salvaban lo que había
sido negado. Tal es el secreto de la sublimación estética: representar el
cumplimiento a través de su misma negación. La industria cultural no sublima,
sino que reprime y sofoca. Al exponer siempre de nuevo el objeto del deseo, el
seno en el sweater o el torso desnudo del héroe deportivo, no hace más
que excitar el placer preliminar no sublimado que, por el hábito de la
privación, se ha convertido desde hace tiempo en puramente masoquista. No hay
situación erótica que no una a la alusión y a la excitación la advertencia
precisa de que no se debe jamás llegar a ese punto. La Hays Office no hace más
que confirmar el ritual que la industria cultural se ha fijado para sí misma:
el de Tántalo. Las obras de arte son ascéticas y sin pudores; la industria
cultural es pornográfica y prude. De tal suerte convierte el amor en
historieta. Y así se deja pasar mucho, hasta el libertinaje como especialidad
corriente, en pequeñas dosis y con la etiqueta de daring. La producción
en serie del sexo pone en práctica automáticamente su represión. El astro del
cual habría que enamorarse es a priori, en su ubicuidad, una copia de sí
mismo. Toda voz de tenor suena exactamente como un disco de Caruso y las caras
de las muchachas de Texas se asemejan ya al natural a los modelos triunfantes según
los cuales serían clasificadas en Hollywood. La reproducción mecánica de lo
bello -que la exaltación reaccionaria de la cultura favorece fatalmente con su
idolatría sistemática de la individualidad- no deja ningún lugar para la
inconsciente a la que estaba ligada lo bello. El triunfo sobre lo bello es
cumplido por el humor, por el placer que se experimenta ante la vista de
cada privación lograda. Se ríe del hecho de que no hay nada de que reír. La
risa, serena o terrible, marca siempre el momento en que se desvanece un miedo.
La risa anuncia la liberación, ya sea respecto al peligro físico, ya respecto a
las redes de la lógica. La risa serena es como el eco de la liberación respecto
al poder; el terrible vence el miedo alineándose con las fuerzas que hay que
temer. Es el eco del poder como fuerza ineluctable. El fun es un baño
reconfortante. La industria de las diversiones lo recomienda continuamente. En
ella la risa se convierte en un instrumento de la estafa respecto a la
felicidad. Los momentos de felicidad no conocen la risa; sólo las operetas y
luego los films presentan al sexo con risas. Pero Baudelaire carece de humor
al igual que Hölderlin. En la falsa sociedad la risa ha herido a la felicidad
como una lepra y la arrastra a su totalidad insignificante. Reírse de algo es
siempre burlarse; la vida que, según Bergson, rompe la corteza endurecida, es
en realidad la irrupción de la barbarie, la afirmación de sí que en la
asociación social celebra su liberación de todo escrúpulo. Lo colectivo de los
que ríen es la parodia de la humanidad. Son mónadas, cada una de las cuales se
abandona a la voluptuosidad de estar dispuesta a todo, a expensas de todas las
otras. En tal armonía proporcionan la caricatura de la solidaridad. En la risa
falsa es diabólico justamente el hecho de que ésta pueda parodiar
victoriosamente incluso lo mejor: la conciliación. Pero el placer es severo: res
severa verum gaudium. La ideología de los conventos, de que no es la
ascesis sino el acto sexual lo que implica renuncia a la felicidad accesible,
se ve confirmada en forma negativa por la seriedad del amante que en un
presagio suspende su vida ante el instante que huye. La industria cultural pone
la frustración jovial en el puesto del dolor presente tanto en la ebriedad como
en la ascesis. La ley suprema es que sus súbditos no alcancen jamás aquello que
desean, y justamente con ello deben reír y
contentarse. La frustración permanente impuesta por la civilización es enseñada
y demostrada a sus víctimas en cada acto de la industria cultural, sin
posibilidad de equívocos. Ofrecer a tales víctimas algo y privarlas de ello es
un solo y mismo acto. Ese es el efecto de todo el aparato erótico. Todo gira en
torno al coito, justamente porque éste no puede cumplirse jamás. Admitir en un film
una acción ilegítima sin que los culpables padezcan el justo castigo está
prohibido con mayor severidad aun que -supongamos- el futuro yerno del
millonario desarrolle una actividad en el movimiento obrero. En contraste con
la era liberal, la cultura industrializada, como la fascista, puede concederse
el desdén hacia el capitalismo, pero no la renuncia a la amenaza de castración.
Tal amenaza constituye la esencia íntegra de la cultura industrializada. Lo
decisivo hoy no es ya más el puritanismo -aunque éste continúe haciéndose valer
bajo la forma de las asociaciones femeninas-, sino la necesidad intrínseca al
sistema de no dar al consumidor jamás la sensación de que sea posible oponer
resistencia. El principio impone presentar al consumidor todas las necesidades
como si pudiesen ser satisfechas por la industria cultural, pero también
organizar esas necesidades en forma tal que el consumidor aprenda a través de
ellas que es sólo y siempre un eterno consumidor, un objeto de la industria
cultural. La industria cultural no sólo le hace comprender que su engaño
residiría en el cumplimiento de lo prometido, sino que además debe contentarse
con lo que se le ofrece. La evasión respecto a la vida cotidiana que la
industria cultural, en todos sus ramos, promete procurar es como el rapto de la
hija en la historieta norteamericana: el padre mismo sostiene la escalera en la
oscuridad. La industria cultural vuelve a proporcionar como paraíso la vida
cotidiana. Escape y elopement están destinados a priori a
reconducir al punto de partida. La distracción promueve la resignación que
quiere olvidarse en la primera.
El amusement por completo
emancipado no sólo sería la antítesis del arte, sino también el extremo que
toca a éste. El absurdo à la Mark Twain, hacia el que a veces hace insinuaciones
la industria cultural norteamericana, podría ser un correctivo del arte. El amusement,
cuanto más se toma en serio su contradicción con la realidad, más se asemeja a
la seriedad de lo real a que se opone; cuanto más trata de desarrollarse
puramente a partir de su propia ley formal, tanto mayor es el esfuerzo de
comprensión que exige, mientras que su fin era justamente negar el peso del
esfuerzo y del trabajo. En muchos film-revista y sobre todo en la farsa
y en los funnies relampaguea por momentos la posibilidad misma de esta
negación. A cuya realización, por lo demás, no es lícito llegar. La pura
diversión en su lógica, el despreocupado abandono a las más variadas
asociaciones y felices absurdos, están excluidos de la diversión corriente, por
causa del sustituto de un significado coherente que la industria cultural se
obstina en añadir a sus producciones, mientras por otro lado, guiñando el ojo,
trata a tal significado como simple pretexto para la aparición de los divos. Asuntos
biográficos y similares sirven para unir los trozos de absurdo en una historia
idiota: en ella no tintinea el gorro de cascabeles del loco, sino el mazo de
llaves de la razón actual, que vincula -incluso en la imagen- también el placer
a los fines del progreso. Cada beso en el film-revista debe contribuir
al éxito del boxeador o del experto en canciones cuya carrera es exaltada. Por
lo tanto, el engaño no reside en el hecho de que la industria cultural prepare
distracción, sino en que arruina el placer al quedar deliberadamente ligada a
los clichés ideológicos de la cultura en curso de liquidación. La ética
y el buen gusto prohiben por “ingenuo” al amusement incontrolado (la
ingenuidad no es menos mal vista por el intelectualismo) y limitan incluso las
capacidades técnicas. La industria cultural es corrupta no como Babel del
pecado sino como templo del placer elevado. En todos sus niveles, desde
Hemingway hasta Emil Ludwig, desde Mrs. Niniver hasta Lone Ranger, desde
Toscanini a Guy Lombardo, la mentira es inherente a un espíritu que la
industria cultural recibe ya terminado del arte y de la ciencia. Retiene restos
de lo mejor en los rasgos que la aproximan al circo, en el atrevimiento
obstinadamente insensato de los acróbatas y clowns, en la “defensa y
justificación del arte físico frente al
arte espiritual”. (41) Pero los últimos refugios de este virtuosismo
sin alma, que personifica a lo humano contra el mecanismo social, son
despiadadamente limpiados por una razón planificadora que obliga a todo a
declarar su función y su significado. Tal razón elimina lo que abajo carece de
sentido como en lo alto el significado de las obras de arte.
La fusión actual de cultura y
distracción no se cumple sólo como depravación de la cultura, sino también como
espiritualización forzada de la distracción, lo cual es evidente ya en el hecho
de que se asiste a ella casi exclusivamente como reproducción: como
cinefotografía o como audición radial. En la época de la expansión liberal el amusement
vivía de la fe intacta en el futuro: si las cosas hubieran seguido así, todo
hubiese andado mejor. Hoy la fe vuelve a espiritualizarse; se torna tan sutil
como para perder de vista toda meta y reducirse al fondo dorado que es
proyectado tras la realidad. La fe se compone de los acentos de valor con los
que, en perfecto acuerdo con la vida misma, son investidos una vez más en el
espectáculo el tipo hábil, el ingeniero, la muchacha dinámica, la falta de
escrúpulos disfrazada de carácter, los intereses deportivos y hasta los automóviles
y los cigarrillos, incluso cuando el espectáculo no se hace por cuenta de la
publicidad de las firmas interesadas, sino por la del sistema en su totalidad. El
amusement mismo se alinea entre los ideales, toma el lugar de los bienes
elevados que expulsa definitivamente de la cabeza de las masas repitiéndolos en
forma aun más estereotipadas que las frases publicitarias pagadas por los
interesados. La interioridad, la forma subjetivamente limitada de la verdad, ha
estado siempre -mucho más que lo que se imagina- sujeta a los patrones
externos. La industria cultural la reduce a mentira evidente. Ya sólo se la
siente como retórica, que se acepta como agregado penosamente agradable, en best-sellers
religiosos, films psicológicos y women serials, para poder
dominar con más certeza en la vida de los propios impulsos humanos. En este
sentido el amusement realiza la purificación de las pasiones que
Aristóteles atribuía ya a la tragedia, y Mortimer Adler asigna en realidad al film.
Al igual que respecto al estilo, la industria cultural descubre también la
verdad sobre la catarsis.
Cuanto más sólidas se tornan las
posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las
necesidades del consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas, suprimir
incluso la diversión: para el progreso cultural no existe aquí ningún límite. Pero
tal tendencia es inmanente al principio mismo -burgués e iluminado- del amusement.
Si la necesidad de amusement ha sido producida en gran medida por la
industria que hacía la réclame del producto mediante una oleografía
sobre la avidez reproducida y, viceversa, la del polvo para budín mediante la
reproducción del budín, siempre se ha podido advertir en el amusement la
manipulación comercial, el sales talk, la voz del vendedor de feria. Pero
la afinidad originaria de negocios y amusement aparece en el significado
mismo de este último: la apología de la sociedad. Divertirse significa estar de
acuerdo. El amusement sólo es posible en cuanto se aisla y se separa de
la totalidad del proceso social, en cuanto renuncia absurdamente desde el
principio a la pretensión ineluctable de toda obra, hasta de la más
insignificante: la de reflejar en su limitación el todo. Divertirse significa
siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor incluso allí donde
es mostrado. En la base de la diversión está la impotencia. Es en efecto fuga
pero no -como pretende- fuga de la realidad mala, sino fuga respecto al último
pensamiento de resistencia que la realidad puede haber dejado aún. La
liberación prometida por el amusement es la del pensamiento como
negación. La impudicia de la exclamación retórica, “¡mira lo que la gente
quiere!”, reside en el hecho de referirse como a seres pensantes respecto a las
mismas criaturas a las que, por tarea específica, se las debe arrancar de la
subjetividad. Y si a veces el público se rebela contra la industria de la
diversión, se trata sólo de la pasividad -vuelta coherente- a la que ésta lo ha
habituado. No obstante, la tarea de mantener a la expectativa se ha convertido
cada vez en más difícil. La estupidización progresiva debe marchar al mismo
paso que el progreso de la inteligencia. En la época de la estadística las
masas son demasiado maliciosas para identificarse con el millonario que aparece
en la pantalla y demasiado obtusas para permitirse la más mínima desviación
respecto a la ley de los grandes números. La ideología se esconde en el cálculo
de las probabilidades. La fortuna no beneficiará a todos, pero sí al jugador
afortunado o más bien a aquel que sea designado por un poder superior, por lo
general la misma industria de las diversiones, que es presentada como buscando
asiduamente al merecedor. Los personajes descubiertos por los cazadores de
talento y lanzados luego por el estudio cinematográfico son los tipos ideales
de la nueva clase media dependiente. La starlet debe simbolizar a la
empleada, pero en forma tal que para ella -a diferencia de la verdadera
empleada- el abrigo de noche parezca hecho de medida. De tal suerte la starlet
no se limita a fijar para la espectadora la posibilidad de que también ella
aparezca en la pantalla, sino también con mayor nitidez la distancia que hay
entre las dos. Sólo una puede tener la gran chance, sólo uno es famoso,
y pese a que todos matemáticamente tienen la misma probabilidad, tal
posibilidad es sin embargo para cada uno tan mínima que hará bien en borrarla
en seguida y alegrarse de la fortuna del otro, que muy bien podría ser él y que
empero no lo es jamás. Cuando la industria cultural invita aun a una identificación
ingenua ésta se ve rápidamente desmentida. Para nadie es ya lícito olvidar. En
un tiempo el espectador de films veía sus propias bodas en las del otro. Ahora los felices de
la pantalla son ejemplares de la misma especie que cualquiera del público, pero
con esta igualdad queda planteada la insuperable separación de los elementos
humanos. La perfecta similitud es la absoluta diferencia. La identidad de la
especie prohibe la de los casos. La industria cultural ha realizado
pérfidamente al hombre como ser genérico. Cada uno es sólo aquello por lo cual
puede sustituir a los otros: fungible, un ejemplar. Él mismo como individuo es
lo absolutamente sustituible, la pura nada, y ello es lo que comienza a
experimentar cuando con el tiempo pierde la semejanza. Así se modifica la
estructura íntima de la religión del éxito a la que por lo demás se presta
minuciosa obediencia. En lugar del camino per aspera ad astra, que
implica dificultad y esfuerzo, cada vez más se insinúa el premio. El elemento
de ceguera en la decisión ordinaria respecto al song que se volverá
célebre o respecto a la comparsa adaptada al papel de heroína, es exaltado por
la ideología. Los films subrayan el azar. Al exigir la ideología la
igualdad esencial de los personajes, con la excepción del malo, hasta llegar a
la exclusión de las fisonomías reluctantes (tal como aquellas que, como la de
la Garbo, no tienen aire de dejarse apostrofar con un hello, sister),
torna a primera vista la vida más fácil para los espectadores, a quienes se
asegura que no tienen necesidad de ser distintos de lo que son y que podrían
tener un éxito comparable, sin que se pretenda de ellos aquello de lo que se
saben incapaces. Pero al mismo tiempo se les hace entender que incluso el
esfuerzo carecería de sentido, pues la misma fortuna burguesa no tiene ya
relación alguna con el efecto calculable del trabajo. En el fondo todos
reconocen al azar, por el que uno hace fortuna, como la otra cara de la
planificación. Justamente debido a que las fuerzas de la sociedad han alcanzado
ya un grado tal de racionalidad que cualquiera podría ser ya ingeniero o manager,
resulta por completo irracional, inmotivado, el hecho de quién sea aquel al que
la sociedad le presta la preparación y la confianza necesarias para el
desempeño de tales funciones. Azar y planificación se tornan idénticos, pues
frente a la igualdad de los hombres la fortuna o el infortunio del individuo,
hasta en los planos más elevados, ha perdido todo significado económico. El
azar mismo es planificado: no se trata de que se lo haga recaer sobre este o el
otro individuo aislado, sino del hecho mismo de que se crea que se lo gobierna.
Eso sirve de coartada para los planificadores y suscita la apariencia de que la
red de transacciones y medidas en que ha sido transformada la vida deja aun
lugar para relaciones espontáneas e inmediatas entre la gente. Este tipo de
libertad se halla simbolizado en los distintos ramos de la industria cultural
por la selección arbitraria de los casos medios. En las narraciones detalladas
del semanario respecto al viaje modesto pero espléndido -organizado por el
semanario mismo- cumplido por la afortunada vencedora (por lo general una
dactilógrafa que acaso ganó el concurso gracias a sus relaciones con los
magnates locales) se refleja la impotencia de todos. Son hasta tal punto mero
material que aquellos que disponen de ellos pueden hacer subir a uno a su cielo
y luego expulsarlo de allí nuevamente: que muera o haga lo que se le dé la gana
con sus derechos y su trabajo. La industria está interesada en los hombres sólo
como sus propios clientes y empleados y, en efecto, ha reducido a la humanidad
en conjunto, así como a cada uno de sus elementos, a esta fórmula agotadora. De
acuerdo con el aspecto determinante en cada ocasión, se subraya en la ideología
el plan o el azar, la técnica o la vida, la civilización o la naturaleza. Como
empleados, son exhortados a la organización racional y a incorporarse a ella
con sano sentido común. Como clientes, ven ilustrar en la pantalla o en los
periódicos, a través de episodios humanos y privados, la libre elección y la
atracción de aquello que no está aún clasificado. En todos los casos no pasan
de ser objetos.
Cuanto menos tiene la industria
cultural para prometer, cuanto menos en grado está de mostrar que la vida se
halla llena de sentido, en tanto más pobres se convierte
faltamente la ideología que difunde. Incluso los abstractos ideales de armonía
y bondad de la sociedad resultan -en la época de la publicidad universal-
demasiado concretos. Pues se ha aprendido a identificar como publicidad
justamente lo abstracto. El argumento que sólo tiene en cuenta la verdad
suscita la impaciencia de que llegue rápidamente al fin comercial que se supone
persigue en la práctica. La palabra que no es un medio resulta carente de
sentido; la otra, ficción y mentira. Los juicios de valor son oídos como réclame
o como charlas inútiles. Pero la ideología así forzada a mantenerse dentro de
lo vago no se torna por ello más transparente ni tampoco más débil. Justamente
su genericidad, su rechazo casi científico a comprometerse con algo
inverificable, sirve de instrumento al dominio. Porque se convierte en la
proclamación decidida y sistemática de lo que es. La industria cultural tiene
la tendencia a transformarse en un conjunto de protocolos y justamente por ello
en irrefutable profeta de lo existente. Entre los escollos de la falsa noticia
individualizable y de la verdad manifiesta la industria cultural se mueve con
habilidad repitiendo el fenómeno tal cual, oponiendo su opacidad al
conocimiento y erigiendo como ideal el fenómeno mismo en su continuidad
omnipresente. La ideología se escinde en la fotografía de la realidad en bruto
y en la pura mentira de su significado, que no es formulada explícitamente,
sino sugerida e inculcada. A fin de demostrar la divinidad de lo real no se
hace más que repetir cínicamente lo real. Esta prueba fotológica no es
convincente sino aplanadora. Quien frente a la potencia de la monotonía duda
aún es un loco. La industria cultural está tan bien provista para rechazar las
objeciones dirigidas contra ella misma como aquéllas lanzadas contra el mundo
que ella reduplica sin tesis preconcebidas. Se tiene sólo la posibilidad de
colaborar o de quedarse atrás: los provincianos, que para defenderse del cine y
de la radio recurren a la eterna belleza o a los conjuntos filodramáticos,
están políticamente ya en el punto hacia el que la cultura de masas aún está
empujando a sus súbditos. La cultura de masas es lo suficientemente equilibrada
como para parodiar o disfrutar como ideología, de acuerdo con la ocasión,
incluso a los viejos sueños de antaño, como el culto del padre o el sentimiento
incondicionado. La nueva ideología tiene por objeto el mundo como tal. Adopta
el culto del hecho, limitándose a elevar la mala realidad -mediante la
representación más exacta posible- al reino de los hechos. Mediante esta
trasposición, la realidad misma se convierte en sustituto del sentido y del
derecho. Bello es todo lo que la cámara reproduce. A la perspectiva frustrada
de poder ser la empleada a quien le toca en suerte un crucero transoceánico,
corresponde la visión desilusionada de los países exactamente fotografiados por
los que el viaje podría conducir. Lo que se ofrece no es Italia, sino la prueba
visible de su existencia. El film puede llegar a mostrar París, donde la
joven norteamericana piensa en realizar sus sueños, en la desolación más
completa, para empujarla en forma tanto más inexorable a los brazos del joven
norteamericano smart a quien hubiera podido conocer en su misma casa. Que
todo en general marche, que el sistema incluso en su última fase continúe
reproduciendo la vida de aquellos que lo componen, en lugar de eliminarlos en
seguida, es cosa que se acredita como mérito y significado. Continuar tirando
hacia adelante en general se convierte en justificación de la ciega permanencia
del sistema, así como de su inmutabilidad. Sano es aquello que se repite, el
ciclo tanto en la naturaleza como en la industria. Eternamente gesticulan los
mismos babies en los suplementos ilustrados, eternamente golpea la
máquina del jazz. Pese a todo progreso de la técnica de la reproducción,
de las reglas y de las especialidades, pese a todo agitado afanarse, el
alimento que la industria cultural alarga a los hombres sigue siendo la piedra
de la estereotipia. La industria cultural vive del ciclo, de la maravilla de
que las madres continúen haciendo hijos pese a todo, de que las ruedas
continúen girando. Eso sirve para remachar la inmutabilidad de las relaciones.
Los campos en que ondean espigas de trigo en la parte final de El gran
dictador de Chaplin desmienten el discurso antifascista por la libertad. Se
asemejan a la cabellera rubia de la muchacha alemana cuya vida en el campamento
veraniego fotografía la Ufa. Por el hecho mismo de que el mecanismo social de
dominio coloca a la naturaleza como saludable antítesis de la sociedad, la
naturaleza queda absorbida y encuadrada dentro de la sociedad incurable. La
confirmación visual de que los árboles son verdes, de que el cielo es azul y de
que las noches pasan hace de estos elementos criptogramas de chimeneas y de
estaciones de servicio para automóviles. Viceversa, las ruedas y partes
mecánicas deben brillar en forma alusiva, degradadas al carácter de exponentes
de esa alma vegetal y etérea. De tal suerte la naturaleza y la técnica son
movilizadas contra la mufa, la imagen falseada en el recuerdo de la sociedad
liberal, en la que, según parece, se giraba en sofocantes cuartos cubiertos de
felpa, en lugar de practicar, como se hace hoy, un sano y asexual naturismo, o
se permanecía en panne en un Mercedes Benz antediluviano en lugar de ir
a la velocidad de un rayo desde el punto en que se está a otro que es
exactamente igual. El triunfo del trust colosal sobre la libre
iniciativa es celebrado por la industria cultural como eternidad de la libre
iniciativa. Se combate al enemigo ya derrotado, al sujeto pensante. La
resurrección del antifilisteo Hans Sonnenstösser en Alemania y el placer
de ver Vida con el padre son de la misma índole.
Hay algo con lo que sin duda no
bromea la ideología vaciada de sentido: la previsión social. “Ninguno tendrá
frío ni hambre: quien lo haga terminará en un campo de concentración”: esta
frase proveniente de la Alemania hitleriana podría brillar como lema en todos
los portales de la industria cultural. La frase presupone, con astuta
ingenuidad, el estado que caracteriza a la sociedad más reciente: tal sociedad
sabe descubrir perfectamente a los suyos. La libertad formal de cada uno está
garantizada. Oficialmente, nadie debe rendir cuentas sobre lo que piensa. Pero
en cambio cada uno está desde el
principio encerrado en un sistema de relaciones e instituciones que forman un
instrumento hipersensible de control social. Quien no desee arruinarse debe
ingeniárselas para no resultar demasiado ligero en la balanza de tal sistema. De
otro modo pierde terreno en la vida y termina por hundirse. El hecho de que en
toda carrera, pero especialmente en las profesiones liberales, los
conocimientos del ramo se hallen por lo general relacionados con una actitud
conformista puede suscitar la ilusión de que ello es resultado de los
conocimientos específicos. En realidad, parte de la planificación irracional de
esta sociedad consiste en reproducir, bien o mal, sólo la vida de sus fieles. La
escala de los niveles de vida corresponde exactamente al lazo íntimo de clases
e individuos con el sistema. Se puede confiar en el manager y aun es
fiel el pequeño empleado, Dagwood, tal como vive en las historietas cómicas y
en la realidad. Quien siente frío y hambre, aun cuando una vez haya tenido
buenas perspectivas, está marcado. Es un outsider y esta (prescindiendo
a veces de los delitos capitales) es la culpa más grave. En los films se
convierte en el mejor de los casos en el individuo original, objeto de una
sátira pérfidamente indulgente, aunque por lo común es el villain, que
aparece como tal ya no bien muestra la cara, mucho antes de que la acción lo
demuestre, a fin de que ni siquiera temporariamente pueda incurrirse en el
error de que la sociedad se vuelva contra los hombres de buena voluntad. En
realidad, se cumple hoy una especie de welfare state de grado superior. A
fin de defender las posiciones propias, se mantiene en vida una economía en la
cual, gracias al extremo desarrollo de la técnica, las masas del propio país
resultan ya, en principio, superfluas para la producción. A causa de ello la
posición del individuo se torna precaria. En el liberalismo el pobre pasaba por
holgazán, hoy resulta inmediatamente sospechoso: está destinado a los campos de
concentración o, en todo caso, al infierno de las tareas más humildes y de los slums.
Pero la industria cultural refleja la asistencia positiva y negativa hacia los
administrados como solidaridad inmediata de los hombres en el mundo de los capaces.
Nadie es olvidado, por doquier hay vecinos, asistentes sociales, individuos al
estilo del Doctor Gillespie y filósofos a domicilio con el corazón del lado
derecho que, con su afable intervención de hombre a hombre, hacen de la miseria
socialmente reproducida casos individuales y curables, en la medida en que no
se oponga a ello la depravación personal de los individuos. El cuidado respecto
a las buenas relaciones entre los dependientes, aconsejada por la ciencia
empresaria y ya practicada por toda fábrica a fin de lograr el aumento de la
producción, pone hasta el último impulso privado bajo control social, mientras
que en apariencia torna inmediatas o vuelve a privatizar las relaciones entre
los hombres en la producción. Este socorro invernal psíquico arroja su sombra
conciliadora sobre las bandas visuales y sonoras de la industria cultural mucho
tiempo antes de expandirse totalitariamente desde la fábrica sobre la sociedad
entera. Pero los grandes socorredores y benefactores de la humanidad, cuyas empresas
científicas los autores cinematográficos deben presentar directamente como
actos de piedad, a fin de poder extraer de ellas un interés humano científico,
desempeñan el papel de conductores de los pueblos, que terminan por decretar la
abolición de la piedad y saben impedir todo contagio una vez que se ha
liquidado al último paralítico.
La insistencia en el buen corazón
es la forma en que la sociedad confiesa el daño que hace: todos saben que en el
sistema no pueden ya ayudare por sí solos y ello debe ser tenido en cuenta por
la ideología. En lugar de limitarse a
cubrir el dolor bajo el velo de una solidaridad improvisada, la industria
cultural pone todo su honor de firma comercial en mirarlo virilmente a la cara
y en admitirlo, conservando con esfuerzo su dignidad. El pathos de la
compostura justifica al mundo que la torna necesaria. Así es la vida, tan dura,
pero por ello mismo tan maravillosa, tan sana. La mentira no retrocede ante lo
trágico. Así como la sociedad total no elimina el dolor de sus miembros, sino
que lo registra y lo planifica, de igual forma procede la cultura de masas con
lo trágico. De ahí los insistentes préstamos tomados del arte. El arte brinda
la sustancia trágica, que el puro amusement no puede proporcionar, pero
que sin embargo necesita si quiere mantenerse de algún modo fiel al postulado
de reproducir exactamente el fenómeno. Lo trágico, transformado en momento
previsto y aprobado por el mundo, se convierte en bendición de este último. Lo
trágico sirve para proteger de la acusación de que no se toma a la realidad lo
suficientemente en serio, cuando en cambio se la utiliza con cínicas
lamentaciones. Torna interesante el aburrimiento de la felicidad consagrada y
pone lo interesante al alcance de todos. Ofrece al consumidor que ha visto
culturalmente días mejores el sustituto de la profundidad liquidada hace
tiempo, y al espectador común, las escorias culturales de las que debe disponer
por razones de prestigio. A todos les concede el consuelo de que aún es posible
el destino humano auténtico y fuerte y de que su representación desprejuiciada
resulta necesaria. La realidad compacta y sin lagunas en cuya reproducción se
resuelve hoy la ideología aparece más grandiosa, noble y fuerte en la medida en
que se mezcla a ella el dolor necesario. Tal realidad asume aspecto de destino.
Lo trágico es reducido a la amenaza de aniquilar a quien no colabore, mientras
que su significado paradójico consistía en una época en la resistencia sin
esperanza a la amenaza mítica. El destino trágico se convierte en castigo
justo, transformación que ha sido siempre el ideal de la estética burguesa. La
moral de la cultura de masas es la misma, “rebajada”, que la de los libros para
muchachos de ayer. De tal suerte, en la producción de primera calidad lo malo
se halla personificado por la histérica que -a través de un estudio de
pretendida exactitud científica- busca defraudar a la más realista rival del
bien de su vida y encuentra una muerte nada teatral. Las presentaciones tan
científicas se encuentran sólo en la cumbre de la producción. Por debajo, los
gastos son considerablemente menores y lo trágico es domesticado sin necesidad
de la psicología social. Así como toda opereta vienesa que se respete debía
tener en su segundo acto un final trágico, que no dejaba al tercero más que la
aclaración de los malentendidos, del mismo modo la industria cultural asigna a
lo trágico un lugar preciso en la routine. Ya la notoria existencia de
la receta basta para clamar el temor de que lo trágico escape al control. La
descripción de la fórmula por parte del ama de casa, getting into trouble
and out again, define la entera cultura de masas, desde el woman serial
más idiota hasta la obra cumbre. Incluso el peor de los finales -que en el
pasado tenía mejores intenciones- remacha el orden y falsea lo trágico, ya sea
cuando la amante ilegítima paga con la muerte su breve felicidad, ya sea que el
triste fin en las imágenes haga resplandecer con más brillo la
indestructibilidad de la vida real. El cine trágico se convierte efectivamente
en un instituto de perfeccionamiento moral. Las masas desmoralizadas de la vida
bajo la presión del sistema, que demuestran estar civilizadas sólo en lo que
concierne a los comportamientos automáticos y forzados, de los que brota por
doquier reluctancia y furor, deben ser disciplinadas por el espectáculo de la
vida inexorable y por la actitud ejemplar de las víctimas. La cultura ha
contribuido siempre a domar los instintos revolucionarios, así como los
bárbaros. La cultura industrializada hace algo más. Enseña e inculca la
condición necesaria para tolerar la vida despiadada. El individuo debe utilizar
su disgusto general como impulso para abandonarse al poder colectivo del que
está harto. Las situaciones crónicamente desesperadas que afligen al espectador
en la vida cotidiana se convierten en la reproducción, no se sabe cómo, en
garantía de que se puede continuar viviendo. Basta advertir la propia nulidad,
suscribir la propia derrota, y ya se ha entrado a participar. La sociedad es
una sociedad de desesperados y por lo tanto la presa de los amos. En algunas de
las más significativas novelas alemanas del período prefascista, como Berlin
Alexanderplatz e ¿Y ahora, pobre hombre?, esta tendencia se
expresaba con tanto vigor como en los films corrientes y en la técnica
del jazz. En todos los casos se trata siempre, en el fondo, de la burla
que se hace a sí mismo el “hombre pequeño”. La posibilidad de convertirse en
sujeto económico, empresario, propietario, ha desaparecido definitivamente. Hasta
el último drug store, la empresa independiente, en cuya dirección y
herencia se fundaba la familia burguesa y la posición de su jefe, ha caído en
una dependencia sin salida. Todos se convierten en empleados y en la
civilización de los empleados cesa la dignidad ya dudosa del padre. La actitud
del individuo hacia el racket -firma comercial, profesión o partido-,
antes o después de la admisión, así como la del jefe ante la masa y la del
amante frente a la mujer a la que corteja, asume rasgos típicamente
masoquistas. La actitud a la que cada uno está obligado para demostrar siempre
otra vez su participación moral en esta sociedad hace pensar en los
adolescentes que, en el rito de admisión en la tribu, se mueven en círculo, con
sonrisa idiota, bajo los golpes del sacerdote. La vida en el capitalismo tardío
es un rito permanente de iniciación. Cada uno debe demostrar que se identifica
sin residuos con el poder por el que es golpeado. Ello está en la base de las
síncopas del jazz, que se burla de las trabas y al mismo tiempo las convierte
en normas. La voz de eunuco del crooner de la radio, el cortejante buen
mozo de la heredera, que cae con su smoking en la piscina, son ejemplos
para los hombres, que deben convertirse en aquello a lo que los pliega el
sistema. Cada uno puede ser omnipotente como la sociedad, cada uno puede llegar
a ser feliz, con tal de que se entregue sin reservas y de que renuncie a sus
pretensiones de felicidad. En la debilidad del individuo la sociedad reconoce
su propia fuerza y cede una parte de ella al individuo. La pasividad de éste lo
califica como elemento seguro. Así es liquidado lo trágico. En un tiempo su
sustancia consistía en la oposición del individuo a la sociedad. Lo trágico
exaltaba “el valor y la libertad de ánimo frente a un enemigo poderoso, a una
adversidad superior, a un problema inquietante”. (42) Hoy lo trágico
se ha disuelto en la nada de la falsa identidad de sociedad e individuo, cuyo
horror brilla aun fugazmente en la vacua apariencia de aquél. Pero el milagro
de la integración, el permanente acto de gracia de los amos, al acoger a quien
cede y se traga su propio rechazo, tiende al fascismo, que relampaguea en la
humanidad con que Döblin permite a su Biberkopf arreglarse, como en los films
de tono social. La capacidad de encajar y de arreglárselas, de sobrevivir a la
propia ruina, por la que es superado lo trágico, es característica de la nueva
generación. La nueva generación está en condiciones de cumplir cualquier
trabajo, porque el proceso laboral no los ata a ningún trabajo definido. Ello
recuerda la triste ductilidad del expatriado, al que la guerra no le importaba
nada, o del trabajador ocasional, que termina por entrar en las organizaciones
para militares. La liquidación de lo trágico confirma la liquidación del
individuo.
En la industria cultural el
individuo es ilusorio no sólo por la igualación de sus técnicas de producción. El
individuo es tolerado sólo en cuanto su identidad sin reservas con lo universal
se halla fuera de toda duda. La pseudoindividualidad domina tanto en el jazz
como en la personalidad cinematográfica original, que debe tener un mechón de
pelo sobre los ojos para ser reconocida como tal. Lo individual se reduce a la
capacidad de lo universal para marcar lo accidental con un sello tan indeleble
como para convertirlo sin más en identificable como lo que es. Justamente el
obstinado mutismo o las actitudes elegidas por el individuo cada vez expuesto
son producidos en serie como los castillos de Yale, que se distinguen entre sí
por fracciones de milímetro. La peculiaridad del Sí es un producto social
registrado que se despacha como natural. Se reduce a los bigotes, al acento
francés, a la voz profunda de la mujer experimentada, al Lubitsch touch:
son casi impresiones digitales sobre las tarjetas por lo demás iguales en que
se transforman -ante el poder de lo universal- la vida y las caras de todos los
individuos, desde la estrella cinematográfica hasta el último habitante de una
cárcel. La pseudoindividualidad constituye la premisa del control y de la
neutralización de lo trágico: sólo gracias al hecho de que los individuos no
son en efecto tales, sino simples entrecruzamientos de las tendencias de lo
universal, es posible reabsorberlos integralmente en lo universal. La cultura
de masas revela así el carácter ficticio que la forma del individuo ha tenido
siempre en la época burguesa, y su error consiste solamente en gloriarse de
esta turbia armonía de universal y particular. El principio de la
individualidad ha sido contradictorio desde el comienzo. Más bien no se ha
llegado jamás a una verdadera individuación. La forma de clase de la
autoconservación ha detenido a todos en el estadio de puros seres genéricos. Cada
característica burguesa alemana expresaba, a pesar de su desviación y
justamente mediante ella, una y la misma cosa: la dureza de la sociedad
competitiva. El individuo, sobre el que la sociedad se sostenía, llevaba la
marca de tal dureza; en su libertad aparente, constituía el producto de su
aparato económico y social. Cuando solicitaba la respuesta de aquellos que le
estaban sometidos, el poder se remitía a las relaciones de fuerza dominantes en
cada oportunidad. Por otro lado, la sociedad burguesa también ha desarrollado
en su curso al individuo. Contra la voluntad de sus controles, la técnica ha
educado a los hombres convirtiéndolos de niños en personas. Pero todo progreso
de la individuación en este sentido se ha producido en detrimento de la
individualidad en cuyo nombre se producía, y no ha dejado de ésta más que la
decisión de perseguir siempre y sólo el propio fin. El burgués, para quien la
vida se escinde en negocios y vida privada, la vida privada en representación e
intimidad, la intimidad en la hastiante comunidad del matrimonio y en el amargo
consuelo de estar completamente solo, en derrota ante sí y ante todos, es ya el
nazi, que es entusiasta y desdeñoso a la vez, o el contemporáneo habitante de
la metrópoli, que no puede concebir la amistad ya más que como social
contact, como aproximación social de individuos íntimamente distantes. La
industria cultural puede hacer lo que quiere con la individualidad debido a que
en ésta se reproduce desde el comienzo la íntima fractura de la sociedad. En
las caras de los héroes del cinematógrafo y de los particulares confeccionados
según los modelos de las tapas de los semanarios se desvanece una apariencia en
la cual ya nadie cree más, y la pasión por tales modelos vive de la secreta
satisfacción de hallarse finalmente dispensados de la fatiga de la
individuación, pese a que esto ocurra gracias a las fatigas aun más duras de la
imitación. Pero sería vano esperar que la persona contradictoria y decadente no
vaya a durar generaciones, que el sistema deba necesariamente saltar por causa
de esta escisión psicológica, que esta mentirosa sustitución del individuo por
el estereotipo deba resultar por sí intolerable a los hombres. La unidad de la
personalidad ha sido escrutada como apariencia desde el Hamlet shakespeariano. En
las fisonomías sintéticamente preparadas de hoy se ha olvidado ya que haya
existido alguna vez un concepto de vida humana. Durante siglos la humanidad se
ha preparado para Victor Mature y Mickey Rooney. Su obra de disolución es a la
vez un cumplimiento.
La apoteosis del tipo medio
corresponde al culto de aquello que es barato. Las estrellas mejor pagadas parecen
imágenes publicitarias de desconocidos artículos standard. No por azar
son elegidas a menudo entre la masa de las modelos comerciales. El gusto
dominante toma su ideal de la publicidad, de la belleza de uso. De tal suerte
el dicho socrático según el cual lo bello es lo útil se ha cumplido por fin
irónicamente. El cine hace publicidad para el trust cultural en su
conjunto; en la radio las mercancías para las cuales existe el bien cultural
son elogiadas en forma individual. Por cincuenta cents se ve el film
que ha costado millones, por diez se consigue el chewing-gum que tiene
tras sí toda la riqueza del mundo y que la incrementa con su comercio. Las
mejores orquestas del mundo -que no lo son en modo alguno- son proporcionadas
gratis a domicilio. Todo ello es una parodia del país de jauja, así como la
“comunidad popular” nazi lo es respecto a aquélla humana. A todos se les alarga
algo. La exclamación del provinciano que por primera vez entraba al
Metropoltheater de Berlín, “es increíble lo que dan por tan poco”, ha sido
tomada desde hace tiempo por la industria cultural y convertida en sustancia de
la producción misma. La producción de la industria cultural no sólo se ve
siempre acompañada por el triunfo a causa del mismo hecho de ser posible, sino
también resulta en gran medida idéntica al triunfo. Show significa
mostrar a todos lo que se tiene y se puede. Es aun la vieja feria pero
incurablemente enferma de cultura. Como los visitantes de las ferias, atraídos
por la voces de los anunciadores, superaban con
animosa sonrisa la desilusión en las barracas, debido a que en el fondo sabían
ya antes lo que ocurriría, del mismo modo el frecuentador del cine se alinea
comprensivamente de parte de la institución. Pero con la accesibildiad de los
productos “de lujo” en serie y su complemento, la confusión universal, se
prepara una transformación en el carácter de mercancía del arte mismo. Este
carácter no tiene nada de nuevo: sólo el hecho de que se lo reconozca
expresamente y de que el arte reniegue de su propia autonomía, colocándose con
orgullo entre los bienes de consumo, tiene la fascinación de la novedad. El
arte como dominio separado ha sido posible, desde el comienzo, sólo en la
medida en que era burgués. Incluso su libertad, como negación de la
funcionalidad social que es impuesta a través del mercado, queda esencialmente
ligada al presupuesto de la economía mercantil. Las obras de arte puras, que
niegan el carácter de mercancía de la sociedad ya por el solo hecho de seguir
su propia ley, han sido siempre al mismo tiempo también mercancía: y en la
medida en que hasta el siglo XVIII la protección de los mecenas ha defendido a
los artistas del mercado, éstos se hallaban en cambio sujetos a los mecenas y a
sus fines. La libertad respecto a los fines de la gran obra de arte moderna
vive del anonimato del mercado. Las exigencias del mercado se hallan hoy tan
completamente mediadas que el artista, aunque sea sólo en cierta medida, queda
exento de la pretensión determinada. Durante toda la historia burguesa, la
autonomía del arte, simplemente tolerada, se ha visto acompañada por un momento
de falsedad que por último se ha desarrollado en la liquidación social del
arte. Beethoven mortalmente enfermo, que arroja lejos de sí una novela de
Walter Scott exclamando: “¡Éste escribe por dinero!”, y al mismo tiempo, aun en
el aprovechamiento de los últimos cuartetos -supremo rechazo al mercado- se
revela como hombre de negocios experto y obstinado, ofrece el ejemplo más grandioso de la unidad de los opuestos
(mercado y autonomía) en el arte burgués. Víctimas de la ideología son
justamente aquellos que ocultan la contradicción, en lugar de acogerla, como
Beethoven, en la conciencia de la propia producción: Beethoven rehizo como
música la cólera por el dinero perdido y dedujo el metafísico “Así debe ser”,
que trata de superar estéticamente -asumiéndola sobre sí- la necesidad del
mundo, del pedido del salario mensual por parte de la gobernanta. El principio
de la estética idealista, finalidad sin fin, es la inversión del esquema al que
obedece socialmente el arte burgués: inutilidad para los fines establecidos por
el mercado. Últimamente, en el pedido de distracción y diversión, el fin ha
devorado al reino de la inutilidad. Pero como la instancia de utilizabilidad
del arte se convierte en total, empieza a delinearse una variación en la
estructura económica íntima de las mercancías culturales. Lo útil que los
hombres esperan de la obra de arte en la sociedad competitiva es justamente en
gran medida la existencia de lo inútil: lo cual no obstante es liquidado en el
momento de ser colocado enteramente bajo lo útil. Al adecuarse enteramente a la
necesidad, la obra de arte defrauda por anticipado a los hombres respecto a la
liberación que debería procurar en cuanto al principio de utilidad. Lo que se
podría denominar valor de uso en la recepción de bienes culturales es
sustituido por el valor de intercambio: en lugar del goce aparece el tomar
parte y el estar al corriente; en lugar de la comprensión, el aumento de
prestigio. El consumidor se convierte en coartada de la industria de las
diversiones, a cuyas instituciones aquél no puede sustraerse. Es preciso haber
visto Mrs. Miniver, así como es necesario tener en casa “Life” y “Time”.
Todo es percibido sólo bajo el aspecto en que puede servir para alguna otra
cosa, por vaga que pueda ser la idea de esta otra cosa. Todo tiene valor sólo
en la medida en que se puede intercambiar, no por el hecho de ser en sí algo. El
valor de uso del arte, su ser, es para ellos un fetiche, y el fetiche, su
valoración social, que toman por la escala objetiva de las obras, se convierte
en su único valor de uso, en la única cualidad de la que disfrutan. De tal
suerte el carácter de mercancía del arte se disuelve justamente en el acto de
realizarse en forma integral. El arte se torna una mercancía preparada,
asimilada a la producción industrial, adquirible y fungible. Pero la mercancía
artística, que vivía del hecho de ser vendida y de ser sin embargo invendible,
se convierte hipócritamente en invendible de verdad cuando la ganancia no está
más sólo en su intención, sino que constituye su principio exclusivo. La
ejecución de Toscanini por radio es en cierto modo invendible. Se la escucha
por nada y a cada sonido de la sinfonía está ligada, por así decirlo, la
sublime réclame de que la sinfonía no se vea interrumpida por la réclame:
this concert is brought to you as a public service. La estafa se cumple
indirectamente a través de la ganancia de todos los productores unidos de
automóviles y de jabón que financian las estaciones y, naturalmente, a través
del crecimiento de los negocios de la industria eléctrica productora de los
aparatos receptores. Por doquier la radio -fruto tardío y más avanzado de la
cultura de masas- extrae consecuencias prohibidas provisoriamente al film
por su pseudomercado. La estructura técnica del sistema comercial
radiotelefónico lo inmuniza de desviaciones liberales como las que los
industriales del cine pueden aun permitirse en su campo. Es una empresa privada
que está ya de parte del todo soberano, en anticipación en esto respecto a los
otros monopolios. Chesterfield es sólo el cigarrillo de la nación, pero la
radio es su portavoz. Al incorporar completamente los productos culturales al
campo de la mercancía, la radio renuncia por añadidura a colocar como mercancía
sus productos culturales. En Estados Unidos no reclama ninguna tasa del público
y asume así el aire engañoso de autoridad desinteresada e imparcial, que parece
de medida para el fascismo. La radio puede convertirse en la boca universal del
Führer, y su voz propaga mediante los altoparlantes de las calles el aullido de
las sirenas anunciadoras de pánico, de las cuales difícilmente puede
distinguirse la propaganda moderna. Los nazis sabían que la radio daba forma a
su causa, así como la imprenta se la dio a la Reforma. El carisma metafísico
del jefe inventado por la sociología religiosa ha revelado ser al fin, como la
simple omnipresencia de sus discursos en la radio, una diabólica parodia de la
omnipresencia del espíritu divino. El desmesurado hecho de que el discurso
penetra por doquier sustituye su contenido, así como la oferta de aquella
trasmisión de Toscanini sustituye a su contenido, la sinfonía. Ninguno de los
escuchas está en condiciones de concebir su verdadero contexto, mientras que el
discurso del Führer es ya de por sí mentira. Poner la palabra humana como
absoluta, el falso mandamiento, es la tendencia inmanente de la radio. La
recomendación se convierte en orden. La apología de las mercancías siempre
iguales bajo etiquetas diversas, el elogio científicamente fundado del laxante
a través de la voz relamida del locutor, entre la obertura de la Traviata
y la de Rienzi, se ha vuelto insostenible por su propia tontería. En
definitiva, el diktat de la producción enmascarado por la apariencia de
una posibilidad de elección, la réclame específica, puede convertirse en
la orden abierta del jefe. En una sociedad de grandes rackets fascistas,
que se pusieran de acuerdo respecto a la parte del producto social que hay que
asignar a las necesidades de los pueblos, resultaría al fin anacrónico exhortar
al uso de un detergente determinado. Más modernamente, el Führer, sin tantos
cumplimientos, ordena tanto el sacrificio como la compra de la mercancía que
antes se desechaba.
Hoy las obras de arte, como las
directivas políticas, son adaptadas oportunamente por la industria cultural,
inculcadas a precios reducidos a un público reluctante, y su uso se torna
accesible al pueblo, como el de los parques. Pero la disolución de su auténtico
carácter de mercancía no significa que sean custodiadas y salvadas en la vida
de una sociedad libre, sino que ha desaparecido incluso la última garantía de
que no serían degradadas a la condición de bienes culturales. La abolición del
privilegio cultural por liquidación no introduce a las masas en dominios que
les estaban vedados, sino que en las condiciones sociales actuales contribuye
justamente a la ruina de la cultura, al progreso de la bárbara ausencia de
relaciones. Quien en el siglo pasado o a comienzos de éste gastaba su dinero
para ver un drama o para escuchar un concierto, tributaba al espectáculo por lo
menos tanto respeto como al dinero invertido en él. El burgués que quería
extraer algo para él podía a veces buscar una relación con la obra. La llamada
literatura introductiva a las obras de Wagner y los comentarios al Fausto
son testimonio de este hecho. No eran aun más que una forma de paso a las
notaciones biográficas y a las otras prácticas a las que la obra de arte es hoy
sometida. Incluso en los primeros tiempos del sistema el valor de intercambio
no era arrastrado tras el valor de uso como un mero apéndice, sino que se lo
había desarrollado con premisa de éste, y esto fue socialmente ventajoso para
las obras de arte. Mientras era caro, el arte mantenía aún al burgués dentro de
ciertos límites. Ya no ocurre así. Su vecindad absoluta, no mediada más por el
dinero, respecto a aquellos ante los que es expuesto, lleva a su término el
extrañamiento, y asimila a obra y burgués bajo el signo de la reificación
total. En la industria cultural desaparece tanto la crítica como el respeto: la
crítica se ve sucedida por la expertise mecánica, el respeto por el
culto efímero de la celebridad. No hay ya nada caro para los consumidores. Y
sin embargo éstos intuyen que cuanto menos cuesta
algo, menos les es regalado. La doble desconfianza hacia la cultura tradicional
como ideología se mezcla a aquélla hacia la cultura industrializada como
estafa. Reducidas a puro homenaje, dadas por añadidura, las obras de arte
pervertidas y corrompidas son secretamente rechazadas por sus beneficiarios,
como las antiguallas a las que el medio las asimila. Es posible alegrarse de
que haya tantas cosas para ver y sentir. Prácticamente se puede tener todo. Los
vaudevilles en el cine, los concursos musicales, los cuadernos
gratuitos, los regalos que son distribuidos entre los escuchas de determinados
programas, no constituyen meros accesorios, sino la prolongación de lo que les
ocurre a los mismos productos culturales. La sinfonía se convierte en un premio
para la radioaudición en general, y si la técnica pudiese hacer lo que quiere,
el film sería ya proporcionado a domicilio según el ejemplo de la radio.
La televisión muestra ya el camino de un cambio que podría llevar los hermanos Warner a la posición -sin duda, nada agradable
para ellos- de custodios y defensores de la cultura tradicional. Pero el
sistema de los premios se ha depositado ya en la actitud de los consumidores. En
la medida en que la cultura se presenta como homenaje cuya utilidad privada y
social resulta, por lo demás, fuera de cuestión, la forma en que se la recibe
se convierte en una percepción de chances. Los consumidores se afanan
por temor a perder algo. No se sabe qué, pero de todos modos tiene una
posibilidad sólo quien no se excluye por cuenta propia. El fascismo cuenta con
reorganizar a los receptores de donativos de la industria cultural en su
séquito regular y forzado.
La cultura es una mercancía
paradójica. Se halla hasta tal punto sujeta a la ley del intercambio que ya ni
siquiera es intercambiada; se resuelve tan ciegamente en el uso que no es
posible utilizarla. Por ello se funde con la réclame, que resulta más
omnipotente en la medida en que parece más absurda debido a que la competencia
es sólo aparente. Los motivos son en el fondo económicos. Es demasiado evidente
que se podría vivir sin la entera industria cultural: es excesiva la apatía que
ésta engendra en forma necesaria entre los consumidores. Por sí misma, puede
bien poco contra este peligro. La publicidad es su elixir de vida. Pero dado
que su producto reduce continuamente el placer que promete como mercancía a
esta misma, simple promesa, termina por coincidir con la réclame, de la
que necesita para compensar su indisfrutabilidad. En la sociedad competitiva la
réclame cumplía la función social de orientar al comprador en el
mercado, facilitaba la elección y ayudaba al productor más hábil pero hasta
entonces desconocido a hacer llegar su mercancía a los interesados. La réclame
no sólo costaba sino que ahorraba tiempo-trabajo. Ahora que el mercado libre
llega a su fin, en la réclame se atrinchera el dominio del sistema. La réclame
remacha el vínculo que liga a los consumidores con las grandes firmas
comerciales. Sólo quien puede pagar en forma normal las tasas exorbitantes
exigidas por las agencias publicitarias, y en primer término por la radio
misma, es decir, sólo quien forma parte del sistema o es cooptado en forma
expresa, puede entrar como vendedor al pseudomercado. Los gastos de publicidad,
que terminan por refluir a los bolsillos de los monopolios, evitan que haya que
luchar cada vez contra la competencia de outsiders desagradables;
garantizan que los amos del barco sigan entre soi, en círculo cerrado,
no distintos en ello a las deliberaciones de los consejos económicos que en el
estado totalitario controlan la apertura de nuevas empresas y las gestiones de
las existentes. La publicidad es hoy un principio negativo, un dispositivo de
bloqueo; todo lo que no lleva su sello es económicamente sospechoso. La
publicidad universal no es en modo alguno necesaria
para hacer conocer los productos cuya oferta se halla ya limitada. Sólo
indirectamente sirve a las ventas. El abandono de una praxis publicitaria
habitual por parte de una firma aislada es una pérdida de prestigio y en
realidad una violación de la disciplina que el gang determinante impone
a los suyos. Durante la guerra se continúa haciendo publicidad sobre mercancías
que ya no están en venta sólo para exponer y demostrar el poderío industrial. Más
importante que la repetición del nombre es por consiguiente el financiamiento
de los medios de comunicación ideológicos. Dado que, bajo la presión del
sistema, cada producto emplea la técnica publicitaria, ésta ha entrado
triunfalmente en la jerga, en el “estilo” de la industria cultural. Su victoria
es así completa y en tal medida que en los casos decisivos no tiene siquiera
necesidad de mostrarse explícita: los palacios monumentales de los gigantes,
publicidad petrificada a la luz de los reflectores, carecen de réclame,
y se limitan a lo sumo a exponer en los lugares más altos las iniciales de la
firma, refulgentes y lapidarias, sin necesidad de elogio alguno. Mientras tanto
las casas que han sobrevivido del siglo pasado, en cuya arquitectura se lee aún
con rubor la utilidad de los bienes de consumo, el fin de la habitación, son
tapiadas, desde la planta baja hasta más arriba del techo, con affiches
y carteles luminosos, y el paisaje no es más que el trasfondo de carteles y
emblemas propagandísticos. La publicidad se convierte en el arte por
excelencia, con el cual Goebbels, con su olfato, la había ya identificado; l’art
pour l’art, réclame de sí misma, pura exposición del poder social. Ya en
los grandes semanarios norteamericanos “Life” y “Fortune” una rápida ojeada
apenas logra distinguir las imágenes y textos publicitarios de los que no lo
son. A la redacción le corresponde el reportage ilustrado, entusiasta y
no pagado, sobre las costumbres y la higiene personal del astro, que le procura
nuevos fans, mientras que las páginas publicitarias se basan en
fotografías y datos tan objetivos y realistas que representan el ideal mismo de
la información, al que la redacción no hace más que aspirar. Cada film
es la presentación del siguiente, que promete reunir una vez más a la misma
pareja bajo el mismo cielo exótico: quien llega con retraso no sabe si asiste a
la “cola” del próximo film o ya al que ha ido a ver. El carácter de
montaje de la industria cultural, la fabricación sintética y guiada de sus
productos, industrializada no sólo en el estudio cinematográfico, sino
virtualmente también en la compilación de biografías baratas, investigaciones
noveladas y cancioncillas se adapta a priori a la réclame: dado
que el momento singular se vuelve separable y fungible, ajeno incluso
técnicamente a todo nexo significativo, puede prestarse a fines que son
exteriores a la obra. El efecto, el hallazgo, el exploit aislado y
repetible, está ligado a la exposición de productos con fines publicitarios, y
hoy cada primer plano de la actriz es una réclame de su nombre, todo
motivo de éxito el plug de su melodía. Técnica y económicamente réclame
e industria cultural se funden en una sola. Tanto en la una como en la otra la
misma cosa aparece en innumerables lugares y la repetición mecánica del mismo
producto cultural es ya la del mismo slogan de propaganda. Tanto en la
una como en la otra, bajo el imperativo de la eficacia, la técnica se torna
psicotécnica, técnica del manejo de los hombres. Tanto para la una como para la
otra valen las normas de lo sorprendente y sin embargo familiar, de lo leve y
sin embargo incisivo, de lo hábil y sin embargo simple; se trata siempre de
subyugar al cliente, representado como distraído o reluctante.
El lenguaje con el que la cultura
se expresa contribuye también a su carácter publicitario. Cuanto más se
resuelve el lenguaje en comunicación, cuanto más se tornan las palabras -de
portadoras sustanciales de significado- en puros signos carentes de cualidad,
cuanto más pura y trasparente es la trasmisión del objeto deseado, tanto más se
convierten las palabras en opacas e impenetrables. La desmitización del
lenguaje, como elemento de todo el proceso iluminista, se invierte en magia. Recíprocamente
diferentes e indisolubles, la palabra y el contenido estaban unidos entre sí. Conceptos
como melancolía, historia y hasta “la vida” eran conocidos dentro de los
límites del término que los perfilaba y los custodiaba. Su forma los constituía
y los reflejaba a un mismo tiempo. La neta distinción que declara casual el
tenor de la palabra y arbitraria su coordinación con el objeto, liquida la
confusión supersticiosa de palabra y cosa. Lo que en una sucesión establecida
de letras trasciende la correlación con el acontecimiento, es prohibido como
oscuro y como metafísica verbal. Pero con ello la palabra -que ahora sólo debe
designar y no significar nada- queda hasta tal punto fijada
a la cosa que se torna rígida como fórmula. Ello afecta por igual a la lengua y
al objeto. En lugar de llevar el objeto a la experiencia, la palabra expurgada
lo expone como caso de un momento abstracto, y el resto, excluido de la
expresión -que ya no existe- por un deber despiadado de claridad, se desvanece
incluso en la realidad. El ala izquierda en el foot-ball, el camisa negra, el joven hitlerista, etc., no son nada más
que como se llaman. Si la palabra antes de su racionalización había promovido
junto con el deseo también la mentira, la palabra racionalizada se ha
convertido para el deseo en una camisa de fuerza más dura que la mentira. La
ceguera y la mudez de los datos a los que el positivismo reduce el mundo inviste también al lenguaje que se limita a registrar tales
datos. De tal manera los términos mismos se convierten en impenetrables,
conquistan un poder de choque, una fuerza de adhesión y de repulsión que los
asimila a lo que es el extremo opuesto de ellos, a las fórmulas mágicas. Vuelven
así a operar en toda una serie de prácticas: en el hecho de que el nombre de la
estrella sea combinado en el estudio cinematográfico de acuerdo con los datos
de la experiencia estadística, en el hecho de que el welfare state sea
exorcizado con término tabú como burócrata o intelectual, o en el hecho de que
la vulgaridad se torne invulnerable asociándose al nombre del país. El nombre
mismo, que es lo que más relacionado está con la magia, sufre hoy un cambio
químico. Se transforma en etiquetas arbitrarias y manipulables, cuya eficacia
puede ser calculada, pero que justamente por ello están dotadas de una fuerza y
una voluntad propias como la de los nombres arcaicos. Los nombres bautismales,
residuos arcaicos, han sido elevados a la altura de los tiempos, y se los
estiliza en forma de siglas publicitarias. Suena a viejo en cambio el nombre
burgués, el nombre de familia que, en lugar de ser una etiqueta,
individualizaba a su portador en relación con sus orígenes. Esto suscita en
muchos norteamericanos un curioso embarazo. Para ocultar la incómoda distancia
entre individuos particulares, se llaman entre ellos Bob y Harry, como miembros
fungibles de teams. Semejante uso reduce las relaciones entre los
hombres a la fraternidad del público de los deportes, que impide la verdadera
fraternidad. La significación, que es la única función de la palabra admitida
por la semántica, se realiza plenamente en la señal. Su naturaleza de señal se
refuerza gracias a la rapidez con la que son puestos en circulación desde lo
alto modelos lingüísticos. Si los cantos populares han sido considerados
patrimonio cultural “rebajado” de la clase dominante, en todo caso sus
elementos asumían la forma popular a través de un largo y complicado proceso de
experiencias. En cambio, la difusión de los popular songs se produce en
forma fulminante. La expresión norteamericana fad para modas que se
afirman en forma epidémica -es decir, promovidas por potencias económicas
altamente concentradas- designaba el fenómeno mucho antes de que los directores
de la propaganda totalitaria dictasen poco a poco las líneas generales de la
cultura. Si hoy los fascistas alemanes lanzan desde los altoparlantes la
palabra “intolerable”, mañana el pueblo entero dirá “intolerable”. Según el
mismo esquema, las naciones contra las cuales fue lanzada la guerra relámpago
alemana han acogido en su jerga tal término. La repetición universal de los
términos adoptados por los diversos procedimientos torna a éstos de algún modo
en familiares, así como en los tiempos del mercado libre el nombre de un
producto en todas las bocas promovía su venta. La repetición ciega y la rápida
expansión de palabras establecidas relaciona a la publicidad con las consignas
totalitarias. El estrato de experiencia que hacía de las palabras las palabras
de los hombres que las pronunciaban ha sido enteramente arrasado y en la pronta
asimilación la lengua asume una frialdad que hasta ahora sólo la había
distinguido en las columnas publicitarias y en las páginas de anuncios de los
periódicos. Infinitas personas emplean palabras y expresiones que o no
entienden o las utilizan sólo por su valor behavioristic de posición,
como símbolos protectores que se adhieren a sus objetos con tanta mayor
tenacidad cuanto menos se está en condiciones de comprender su significado
lingüístico. El ministro de Instrucción popular habla de fuerzas dinámicas sin
saber qué dice y los songs cantan sin tregua sobre rêverie y rhapsody
y deben su popularidad justamente a la magia de lo incomprensible experimentada
como el estremecimiento de una vida más elevada. Otros estereotipos, como memory,
son aun entendidos en cierta medida, pero huyen a la experiencia que debería
colmarlos. Afloran como enclaves en el lenguaje hablado. En la radio
alemana de Flesch y de Hitler se pueden advertir en el afectado alemán del
anunciador que dice a la nación “Hasta volver a oírse” o “Aquí habla la
juventud de Hitler” e incluso “el Führer” con una cadencia particular, que se
convierte de inmediato en el acento natural de millones de personas. En tales
expresiones se ha suprimido incluso el último vínculo entre la experiencia
sedimentada y la lengua, que ejercía aún una influencia benéfica en el siglo
XIX a través del dialecto. El redactor, a quien la ductilidad de sus
convicciones le ha permitido convertirse en “redactor alemán”, (43)
ve en cambio a las palabras alemanas transformarse bajo la pluma en palabras
extranjeras. En cada palabra se puede distinguir hasta qué punto ha sido
desfigurada por la “comunidad popular” fascista. Es verdad que a continuación
este lenguaje se ha convertido en universal y totalitario. No es ya más posible
advertir en las palabras la violencia que sufren. El anunciador radial no tiene
necesidad de hablar con afectación, pues no sería ni siquiera posible, si su
acento se distinguiese en carácter del grupo de oyentes que le ha sido
asignado. Pero en cambio la forma de expresarse y de gesticular de los escuchas
y de los espectadores -hasta matices a los que ningún método experimental está
en condiciones de llegar- se hallan traspasados por el esquema de la industria
cultural más que nunca antes. Hoy la industria cultural ha heredado la función
civilizadora de la democracia de la frontier y de la libre iniciativa,
que por lo demás no ha tenido nunca una sensibilidad demasiado refinada para
las diferencias espirituales. Todos son libres para bailar y para divertirse,
así como -desde la neutralización histórica de la religión en adelante- son
libres para afiliarse a una de las innumerables sectas. Pero la libertad en la
elección de las ideologías, que refleja siempre la constricción económica, se
revela en todos los sectores como libertad de lo siempre igual. La forma en que
una muchacha acepta su date obligatoria, el tono de la voz en el
teléfono, en la situación más familiar la elección de las palabras en la
conversación, y la entera vida íntima, ordenada según los conceptos del
psicoanálisis vulgarizado, documenta el intento de hacer de sí el aparato
adaptado al éxito, conformado -hasta en los movimientos instintivos- al modelo
que ofrece la industria cultural. Las reacciones más íntimas de los hombres
están tan perfectamente reificadas ante sus propios ojos que la idea de lo que
les es específico y peculiar sobrevive sólo en la forma más abstracta:
personality no significa para ellos en la práctica más que dientes blancos
y libertad respecto al sudor y a las emociones. Es el triunfo de la réclame
en la industria cultural, la imitación forzada, por parte de los consumidores,
de las mercancías culturales incluso neutralizadas en cuanto a su significado.
NOTAS
1. Voltaire, Lettres philosophiques, en Oeuvres
complètes, Garnier, 1879, vol. XII, pág. 118.
2. Bacon, In Praise of Knowledge, Miscellaneous Tracts upon Human
Philosophy, en The Works of Francis Bacon,
a cargo de Basil Montagu, London, 1825, vol. I, pág. 254 y sigs.
3. Cfr. Bacon, Novum Organum,
en op. cit., vol. XIV, pág. 31.
4. Bacon, Valerius Terminus, of the Interpretation of Nature,
Miscellaneous Tracts, en op. cit., vol. I, pág. 281.
5. Cfr. Hegel, Phänomenologie des Geites, en
Werke, II, pág. 410 y sigs.
6. En ello están de acuerdo
Jenófanes, Montaigne, Hume, Feuerbach y Salomon Reinach. Cfr. Reinach, Orpheus,
versión inglesa de F. Simmons, London & New York, 1909, pág. 6 y sigs.
8. Bacon, De augmentis scientiarum, en op. cit, vol. VIII, pág. 152.
9. Les Soirées de Saint-Pétersbourg, 5ème
entretien, en Oeuvres complètes, Lyon, 1891, vol. IV, pág. 256.
10. Bacon, Advancement of Learning, en op. cit., vol. II, pág. 126.
11. Génesis, I. 26.
12. Arquíloco, fragmento 87.
13. Solón, fragmento 13.
14. Crf., por ejemplo, Robert H.
Lowie, An Introduction to Cultural Anthropology, New York, 1940, pág.
344 y sigs.
15. Cfr. Freud, Totem und Tabu,
en Gesammelte Werke, X, pág. 106 y sigs.
16. Ibid., pág. 110.
17. Phänomenologie des Geistes,
cit., pág. 424.
18. Crf. W. Kirfel, Geschichte
Indiens, en Propuläenweltgeschichte, III, pág. 261 y sigs., y G.
Glotz, Histoire Grecque, I, en Histoire Ancienne, Paris, 1938,
pág. 137 y sigs.
19. G. Glotz, op. cit., pág.
140.
20. Cfr. Kurt Eckermann, Jahrbuch der
Religionsgeschichte und Mythologie, Halle, 1845, I, pág. 241, y O. Kern, Die
Religion der Griechen, Berlin, 1926, I, pág 181 sigs.
21. Hubert Mauss
describen así el contenido representativo de la “simpatía” de la mimesis: “L’
un est le tout, tout est dans l’ un, la nature triomphe de la nature.” (H. Hubert y M. Mauss, Théorie générale de la
magie, en “L’ Année Sociologique, 1902-3, pág.
100.)
22. Cfr. Westermarck, Ursprung der Moralbegriffe,
Leipzig. 1913, I, pág. 402.
23. Cfr. el décimo libro de la
República.
24. Erster Entwurf eines Systems der Naturphilosophie,
parte V, en Werke, Erste Abteilung, II, pág. 623.
25. Werke, Erste Abteilung, II, pág. 626.
26. Cfr. E. Durkheim. De quelques formes
primitives de classification, en “L’ année
Sociologique”, IV (1903), pág. 66 y sigs.
27. Principii di scienza nuova d’ intorno alla
comune natura delle nazioni, en G. Vico, Opere, a cargo de F.
Nicolini, Napoli, 1933, pág. 832.
28. Hubert y Mauss, op. cit.,
pág. 118.
29. Cfr. Tönnies, Philosophische Terminologie, en Psychologisch-Soziologische
Ansicht, Leipzig, 1908, pág. 31.
30. Hegel, op. cit., pág. 65.
31. Edmund Husserl, Die Krisis der europäischen
Wissenschaften un die transzendentale Phänomenologie, en “Philosophia”,
Belgrado, 1936, págs. 95-97.
32. Cfr. Schopenhauer, Parerga und Paralipomena,
II, pág. 356, en Werke, ed. Deussen,
V, pág. 671.
33. Ethica, Pars IV,
Propos. XXII, Coroll.
34. Odisea, XII, 191.
(Para todas las referencias a obras homéricas en este libro se ha usado la
versión española de Luis Segalá y Estalella.)
35. Ibid, 189-90.
36. G. W. Hegel, Phänomenologie des Geistes, ed. Lasson, pág. 146.
*. Giulio Cesare Vanini, 1584-1619, filósofo que
fue en Italia el máximo exponente del movimiento libertino, es decir, de
aquellos que -en correspondencia con la misma escuela francesa- luchaban por
liberar al pensamiento de todo dogmatismo, especialmente en materia religiosa. (N. del T.).
37. The supreme question which confronts our generation today -the
question to which all other problems are merely corollaries- is whether
technology can be brought under control.
... Nobody can be sure of the formula by which this end can be achieved.
... We must draw on all the resources to which acces can be had. (The
Rockefeller Foundation, A Review for 1943, New York, 1944, págs. 33-35.)
38. En castellano en el original. (N.
del T.)
39. F. Nietzsche, Unzeitgemässe Betrachtungen, en Werke,
Grossoktavausgabe, Leipzig, 1917, I, pág. 187.
40. A. de Tocqueville, De la démocratie en
Amérique, París, 1864, II, pág. 151.
41. F. Wedekind, Gesammelte Werke, München, 1921,
IX, pág. 246.
42. Nietzsche, Götzendämmerung, en Werke, VIII,
pág. 136.
43. En el original: “deutscher
Schrifleiter”, en lugar de “deutscher Redakteur”, pues el nazismo
desdeñó el término Redakteur, por considerarlo extranjerizante. (N. del T.)