HENRI BERGSON
INTRODUCCIÓN A LA METAFÍS
Nota del
autor
Análisis
e intuición
Duración
y conciencia
Parte
componente y expresión parcial
Empirismo
y racionalismo
La
duración real
Realidad
y movilidad
La pretendida
relatividad del conocimiento
Metafísica
y ciencia modernas
NOTA DEL
AUTOR.
Este
ensayo apareció el año de 1903 en la Revue de Métaphysique et de Morale Desde
entonces nos hemos visto llevados a precisar más la significación de los
términos metafísica y ciencia. Cada uno es libre de dar a las palabras el
sentido que quiera, cuando se toma el cuidado de definirlo nada impediría
llamar "ciencia" o "filosofía", como se ha hecho durante
mucho tiempo, a toda clase de conocimientos. Se podría también, tal como lo
dijimos en otro lugar, comprender todo en la metafísica. Sin embargo, es
innegable que el conocimiento insiste en una dirección perfectamente determinada
cuando dispone su objeto en vista de la medida, y que marcha en una dirección
diferente, incluso opuesta, cuando se libra de toda segunda intención de
relación y de comparación para simpatizar con la realidad. Hemos mostrado que
el primer método convenía al estudio de la materia y el segundo al del
espíritu, que hay, además, un desbordamiento mutuo de los dos objetos, uno
sobre el otro, y que los dos métodos deben ayudarse entre sí. En el primer caso
se da lugar al tiempo espacializado y al espacio, en el segundo, a la duración
real. Por claridad de las ideas nos ha parecido cada vez más útil llamar
"científico" al primer conocimiento y "metafísico" al
segundo. A cuenta, pues, de la metafísica sostendremos esta "filosofía de
la ciencia" o "metafísica de la ciencia" que habita el espíritu
de los grandes sabios, que es inmanente a su ciencia y en muchas ocasiones su
inspiradora invisible. En el presente artículo la dejamos todavía a cuenta de
la ciencia, pues ha sido practicada de hecho por los investigadores que
generalmente se ha dado en llamar "sabios", más bien que
"metafísicos".
Es
preciso no olvidar, por otra parte, que el presente ensayo se escribió en una
época en que el criticismo de Kant y el dogmatismo de sus sucesores eran
admitidos con bastante generalidad, si no como conclusión, al menos como punto
de partida de la especulación filosófica.
Análisis
e intuición.
Cuando se
comparan entre sí las definiciones de la metafísica y las concepciones de lo
absoluto, se cae en la cuenta de que los filósofos están concordes, a despecho
de sus divergencias aparentes, en señalar dos maneras radicalmente distintas de
conocer una cosa. La primera implica que se dan vueltas alrededor de esa cosa,
la segunda, que se entra en ella. La primera depende del punto de vista donde
uno se coloque y de los símbolos que la expresan. La segunda no se toma dé
ningún punto de vista y no se apoya sobre ningún símbolo. Se dirá del primer
conocimiento que se detiene en lo relativo, del segundo, cuando sea posible,
que llega a lo absoluto.
Sea —por
ejemplo— el movimiento de un objeto en el espacio Lo percibo de manera
diferente según el punto de vista, móvil o inmóvil, desde donde lo miro. Lo
expreso de manera diferente, según el sistema de ejes o de puntos de referencia
con los cuales lo relaciono, es decir, según los símbolos por los cuales lo
traduzco. Y lo llamo relativo por esta doble razón en uno y otro caso me coloco
fuera del objeto mismo. Cuando hablo de un movimiento absoluto, atribuyo al
móvil un interior y como estados de alma, simpatizo por esto con los estados y
me meto en ellos por un esfuerzo de imaginación. Pero entonces, según que el
objeto sea móvil o inmóvil, según que adopte uno u otro movimiento, no
experimentaré la misma cosa[1]. Y lo que yo experimente no dependerá ni
del punto de vista que pueda adoptar sobre el objeto, pues estaré en el objeto
mismo, ni de los símbolos por los cuales pueda traducirlo, puesto que habré
renunciado a toda traducción para poseer el original. En breve, el movimiento
no será captado desde fuera y, en cierta medida, desde mí, sino desde dentro,
en él, en sí. Yo tendré entonces un absoluto.
Sea ahora
un personaje de novela cuyas aventuras me cuentan. El novelista podrá
multiplicar los rasgos de su carácter, hacer hablar y obrar a su héroe tanto
como le plazca todo esto no valdrá el sentimiento simple e indivisible que yo
experimentaría si coincidiese un instante con el personaje mismo. Entonces,
como de la fuente, me parecerían fluir naturalmente las acciones, los gestos y
las palabras. Y no se trataría de accidentes que se añadiesen a la idea que me
hacía del personaje y que la enriqueciesen más y más sin llegar a completarla
nunca. El personaje me sería dado totalmente, de un solo golpe, en su
integridad, y los mil incidentes que lo manifiestan, en lugar de añadirse a la
idea y enriquecerla, me parecerían al contrario salir de ella, sin que por eso
agotasen o empobreciesen su esencia. Todo lo que me cuentan de la persona me
ofrece otros tantos puntos de vista sobre ella. Todos los rasgos que me la
describen, y que sólo pueden hacérmela conocer por otras tantas comparaciones
con personas o con cosas que conozco ya, son signos por los cuales se la
expresa más o menos simbólicamente. Símbolos y puntos de vista me colocan,
pues, fuera de ella, de ella no me entregan sino lo que tiene de común con
otras y no le pertenece en propiedad. Pero lo que es propiamente ella, aquello
que constituye su esencia, no podría advertirse desde fuera, pues es interior
por definición, ni expresarse por símbolos, pues es inconmensurable por
cualquier otra cosa. Descripción, historia y análisis me dejan en este caso en
lo relativo. Sólo la coincidencia con la persona misma me daría lo absoluto.
En este
sentido, pero solamente en este sentido, absoluto es sinónimo de perfección. Todas
las fotografías de una ciudad, tomadas desde todos los puntos de vista
posibles, podrán muy bien completarse indefinidamente las unas con las otras,
pero nunca equivaldrán a ese ejemplar con relieves que es la ciudad donde uno
se pasea. Todas las traducciones de un poema en todas las lenguas posibles
podrán añadir matices y matices y, por una especie de retoque recíproco,
corregirse una a otra y dar una imagen más y más fiel del poema que traducen,
pero jamás devolverán el sentido interior del original. Una representación
tomada desde un cierto punto de vista, una traducción hecha con ciertos
símbolos, permanecen siempre imperfectas en comparación con el objeto sobre el
cual se tomó la visión o con el objeto que los símbolos tratan de expresar. Lo
absoluto, en cambio, es perfecto porque es perfectamente lo que es.
Por esta
misma razón, sin duda, se ha identificado con frecuencia, a la par, lo absoluto
y lo infinito. Si quiero comunicar al que no sabe griego la impresión simple
que me deja un verso de Homero, daré la traducción del verso, después
comentaré mi traducción, luego desarrollaré mi comentario, y de explicación en
explicación me acercaré más y más a aquello que quiero expresar. Pero nunca lo
lograré. Cuando vosotros levantáis el brazo, realizáis un movimiento del cual
tenéis interiormente la percepción simple, pero exteriormente, para mí que
miro, vuestro brazo pasa por un punto, luego por otro, y entre estos dos puntos
habrá todavía otros, de manera que, si comienzo a contar, la operación
proseguirá sin fin. Visto desde dentro un absoluto es, pues, una cosa simple,
pero considerado desde fuera, es decir, relativamente a otra cosa, deviene, en relación
a los signos que lo expresan, la moneda de oro cuyo cambio jamás acabará de
pagarla. Ahora bien, lo que es capaz al mismo tiempo de una aprehensión
indivisible y de una enumeración interminable es, por definición misma, un
infinito.
De lo
anterior se sigue que un absoluto no podrá ser dado sino en una intuición, mientras
que todo lo demás surge del análisis. Llamamos aquí intuición a la simpatía por
la cual uno se transporta al interior de un objeto, para coincidir con aquello
que tiene de único y en consecuencia de inexpresable. El análisis es al
contrario la operación que reduce el objeto a elementos ya conocidos, es
decir, comunes a este objeto y a otros. Analizar consiste, pues, en expresar
una cosa en función de lo que no es. Todo análisis es así una traducción, un
desarrollo en símbolos, una representación tomada de puntos de vista
sucesivos, desde los cuales se notan otros tantos contactos entre el objeto
nuevo que se estudia y los otros que se piensa conocer ya. En su deseo,
enteramente incumplido, de abarcar el objeto alrededor del cual está condenado
a dar vueltas, el análisis multiplica sin fin los puntos de vista para
completar la representación siempre incompleta, y cambia continuamente los
símbolos para perfeccionar la traducción siempre imperfecta. El análisis, pues,
se prolonga hasta el infinito. La intuición, en cambio, si es ella posible, es
un acto simple.
Consideradas
estas cosas, con facilidad se verá que la ciencia positiva tiene por función
habitual analizar. Trabaja, pues, principalmente sobre símbolos. Aun las
ciencias más concretas de la naturaleza, las ciencias de la vida, se detienen
en la forma visible de los seres vivos, en sus órganos, en sus elementos
anatómicos. Comparan unas formas con otras, llevan las más complejas a las más
simples, en fin, estudian el funcionamiento de la vida en aquello que es —por
así decir— su símbolo visual. Si existe un medio de poseer absolutamente una
realidad en lugar de conocerla relativamente, de ponerse en ella en lugar de adoptar
puntos de vista sobre ella, de tener su intuición en lugar de hacer su
análisis, en fin, de captarla fuera de toda expresión, traducción o representación
simbólica, entonces existe la metafísica y éste es su objeto. La metafísica es,
pues, la ciencia que pretende abstenerse de símbolos.
Duración
y conciencia.
Hay, por
lo menos, una realidad que todos captamos desde dentro, por intuición y no por
simple análisis. Es nuestra propia persona en su fluencia por el tiempo. Es
nuestro yo que dura. Podemos no simpatizar intelectualmente, o mejor,
espiritualmente, con alguna otra cosa. Pero simpatizamos seguramente con
nosotros mismos.
Cuando
llevo sobre mi persona, supuesta inactiva, la mirada interior de mi
conciencia, advierto desde luego, a manera de una corteza solidificada en la
superficie, todas las percepciones que le llegan del mundo material. Estas
percepciones son claras, distintas, yuxtapuestas, o capaz de serlo, las unas a
las otras; tratan de agruparse en objetos. Advierto en seguida recuerdos, más o
menos adheridos a estas percepciones, que sirven para interpretarlas. Tales
recuerdos están como arrancados del fondo de mi persona, sacados a la periferia
por las percepciones que los representan y puestos sobre mí sin ser
absolutamente yo mismo. Y en fin, siento que se manifiestan tendencias, hábitos
motrices, una turba de acciones virtuales, ligadas más o menos sólidamente a
esas percepciones y a esos recuerdos. Todos estos elementos de formas bien
definidas, me parecen tanto más distintos de mí cuanto son más distintos los
unos de los otros. Orientados de dentro hacia fuera, constituyen, reunidos, la
superficie de una esfera que tiende a dilatarse y perderse en el mundo exterior.
Pero si me dirijo de la periferia al centro, si busco en el fondo de mí lo que
es más uniformemente, más constantemente, más duraderamente yo mismo,
encuentro otra cosa distinta.
Debajo de
estos cristales bien cortados y de esta congelación superficial, hay una
continuidad de fluencia que no es comparable a nada que yo haya visto fluir. Se
trata de una sucesión de estados, cada uno de los cuales anuncia
lo que sigue y contiene lo que precede. A decir verdad, sólo constituyen
estados múltiples cuando ya los he pasado y me vuelvo hacia atrás para observar
su huella. Mientras los experimentaba, estaban tan sólidamente organizados,
tan profundamente animados de una vida común, que no hubiera sabido decir
dónde terminaba cualquiera de ellos o dónde comenzaba otro. En realidad,
ninguno comienza ni termina, sino todos se prolongan unos en otros.
Es, si se
quiere, el desenrollamiento de un rollo, pues no hay ser vivo que no se sienta
llegar poco a poco al término de su tarea. Vivir consiste en envejecer. Pero es
también un enrollamiento continuo, como el de un hilo sobre una bola, pues
nuestro pasado nos sigue, se agranda sin cesar con el presente que recoge* sobre
su ruta. Conciencia significa memoria.
A decir
verdad no se trata ni de enrollamiento ni de desenrollamiento, pues estas dos
imágenes evocan la representación de líneas o de superficies cuyas panes son homogéneas entre sí y capaces de
superponerse unas a otras. Ahora bien, no hay dos momentos iguales en un ser
consciente. Tomad el sentimiento más simple, suponedlo constante, resumid en él
la personalidad toda entera la conciencia que acompañe a este sentimiento no
podrá quedar idéntica a sí misma durante dos momentos consecutivos, pues el
momento que sigue contiene siempre, además del precedente, el recuerdo que
éste le ha dejado. Una conciencia que tuviera dos momentos idénticos sería una
conciencia sin memoria. Perecería y renacería, pues, sin cesar ¿Cómo
representarse de otra manera la inconsciencia?
Será,
pues, necesario evocar la imagen de un espectro de mil matices, con
degradaciones insensibles que permitan pasar de un matiz a otro. Una corriente
de sentimiento que atravesara ese espectro, tiñéndose una y otra vez de cada
uno de sus matices, experimentaría cambios graduales y cada uno anunciaría el
siguiente y resumiría en él a los precedentes. Pero los matices sucesivos del
espectro permanecerán siempre exteriores unos a otros. Se yuxtaponen. Ocupan
espacio. Al contrario, lo que es duración pura excluye toda idea de
yuxtaposición, de exterioridad recíproca y de extensión.
Imaginémonos
más bien un elástico infinitamente pequeño, contraído —si fuera posible— en un
punto matemático. Alarguémoslo progresivamente de manera que hagamos salir del
punto una línea que vaya agrandándose siempre. Fijemos nuestra atención, no
sobre la línea en tanto que línea, sino sobre la acción que la traza.
Consideremos que esta acción, a pesar de su duración, es indivisible, si se
supone que se realiza sin detenerse, que si es intercalada una detención, se
hacen dos acciones en lugar de una, y entonces cada una de esas acciones será
el indivisible de que hablamos, que jamás es divisible la acción moviente
misma, sino la línea inmóvil que deposita bajo de sí como una huella en el
espacio. Liberémonos, por fin, del espacio que subtiende el movimiento, para considerar
sólo el movimiento mismo, el acto de tensión o de extensión y, en suma, la
movilidad pura. Tendremos esta vez una imagen más fiel de nuestro desarrollo en
la duración.
Y, sin
embargo, esta imagen será todavía incompleta y cualquier comparación será, por
lo demás, insuficiente, ya que el desenrollamiento de nuestra duración semeja,
por una parte, la unidad de un movimiento que avanza y, por otra, una
multiplicidad de estados que se extienden. De manera que ninguna metáfora puede
expresar uno de los aspectos sin sacrificar el otro. Si evoco un espectro de
mil matices, tengo delante de mí una cosa ya hecha, mientras que la duración
se hace continuamente. Si pienso en un elástico que se alarga, en un resorte
que se tiende o se distiende, olvido la riqueza de colorido que es
característica de la duración vivida, para no ver más que el movimiento simple
por el cual la conciencia pasa de un matiz a otro. La vida interior es todo
esto a la vez variedad de cualidades, continuidad de progreso, unidad de
dirección. No podría representársela por imágenes.
Pues
menos aún se la representaría por conceptos, esto es, por ideas abstractas, o
generales, o simples. Sin duda ninguna imagen expresará completamente el
sentimiento original que yo tengo de la fluencia de mí mismo. Mas de ninguna manera es necesario que yo trate de
expresarlo. Al que no sea capaz de darse a sí mismo la intuición de la duración
constitutiva de su ser, nada se la dará jamás, ni los conceptos ni las
imágenes. A este propósito, la única tarea del filósofo debe ser provocar un
cierto trabajo, que los hábitos de espíritu útiles a la vida tienden a
obstaculizar en la mayor parte de los hombres.
Ahora
bien, la imagen tiene al menos la ventaja de mantenernos en lo concreto.
Ninguna imagen reemplazará la intuición de la duración, pero muchas y diversas
imágenes, tomadas de órdenes de cosas muy diferentes, podrán, por la
convergencia de su acción, dirigir la conciencia sobre el punto preciso donde
haya una cierta intuición que captar. Al elegir imágenes tan disparatadas como
sea posible, se impedirá que cualquiera de ellas usurpe el lugar de la
intuición que tiene por encargo evocar, pues entonces será apartada
inmediatamente por sus rivales. Al hacer que todas exijan de nuestro espíritu,
a pesar de sus diferencias de aspecto, la misma clase de atención y, en cierta
manera, el mismo grado de tensión, poco a poco acostumbraremos la conciencia a
una disposición muy particular y bien determinada, precisamente aquella que
deberá adoptar para aparecerse a sí misma sin velo[2].Pero
todavía convendrá que ella consienta en hacer este esfuerzo. Pues no se le
habrá mostrado nada. Simplemente se le habrá buscado en la actitud que debe tomar
para hacer el esfuerzo querido y llegar por sí misma a la intuición. Al
contrario, la inconveniencia, en tal materia, de los conceptos muy simples,
consiste en que son verdaderos símbolos que substituyen al objeto simbolizado
por ellos, y no exigen de nosotros esfuerzo alguno. Considerándolos de cerca,
se vería que cada uno retiene sólo del objeto lo que es común a este objeto y a
otros. Se vería que cada uno expresa, mejor que la imagen, una comparación entre
el objeto y aquellos que se le semejan. Pero como la comparación ha descubierto
una semejanza, y ésta es una propiedad del objeto, y una propiedad tiene todo
el aire de ser una parte del objeto que la posee, fácilmente nos persuadimos
que, yuxtaponiendo conceptos a conceptos, recompondremos el todo del objeto
con sus partes, y que obtendremos —por así decir— un equivalente intelectual.
De esta manera, al confrontar los conceptos de unidad, multiplicidad,
continuidad, divisibilidad finita o infinita, etc, creeremos formar una
representación fiel de la duración.
Mas aquí
está precisamente la ilusión. También está aquí el peligro. Cuanto más las
ideas abstractas pueden dar servicio al análisis, es decir, a un estudio
científico del objeto en sus relaciones con todos los demás, tanto son
incapaces de reemplazar a la intuición, es decir, a la investigación metafísica
del objeto en lo que tiene de esencial y propio. Y efectivamente, por una
parte, tales conceptos, colocados en hilera, nunca nos darán sino una
recomposición artificial del objeto, del que sólo pueden simbolizar ciertos
aspectos generales y en cierto sentido impersonales. Por esta razón es inútil
creer que con ellos se capta una realidad cuya sombra se limitan a presentar.
Pero, por otra parte, al lado de la ilusión, hay también un peligro muy grave.
Pues el concepto generaliza al mismo tiempo que abstrae .
El concepto sólo puede simbolizar una propiedad especial volviéndola común a
una infinidad de cosas. Siempre la deforma más o menos por la extensión que le
da . Una propiedad, repuesta en el objeto metafísico
que la posee, coincide con él, por lo menos se amolda a él, adopta los mismos
contornos. Extraída del objeto metafísico y representada
en un concepto, se alarga indefinidamente y sobrepasa al objeto, ya que, de
aquí en adelante, debe contenerlo juntamente con otros. Los diversos conceptos
que nos formamos de las propiedades de una cosa dibujan, pues, a su alrededor
otros tantos círculos cada vez más amplios, pero ninguno se aplica exactamente
sobre ella. Y, sin embargo, en la cosa misma, las propiedades coincidían con
ella y coincidían, consecuentemente, todas entre sí. No será forzoso, pues,
buscar algún artificio para restablecer la coincidencia. Tomaremos uno
cualquiera de estos conceptos e intentaremos, con él, ir reuniendo a los demás.
Pero, según partamos de éste o de aquél, la reunión no se operará de la misma
manera. Según partamos —por ejemplo— de la unidad o de la multiplicidad,
concebiremos diferentemente la unidad múltiple de la duración. Todo dependerá
del peso que atribuyamos a tal o cual concepto, y ese peso será arbitrario
siempre, ya que el concepto, extraído del objeto, no tiene peso, siendo como es
sombra de un cuerpo.
Surgirá
así una multitud de sistemas diferentes, tantos como puntos de vista exteriores
haya sobre la realidad que se examina, o como círculos más amplios que la
puedan contener. Los conceptos simples no tienen, pues, sólo la inconveniencia
de dividir la unidad concreta del objeto en otras tantas expresiones
simbólicas, también dividen la filosofía en escuelas distintas, cada una de las
cuales retiene su lugar, escoge sus cartas y entabla con las otras una partida
que no terminará jamás. O la metafísica no es sino este juego de ideas, o bien,
si es una ocupación seria del espíritu, conviene que trascienda los conceptos
para llegar a la intuición. Ciertamente los conceptos le son indispensables,
pues todas las otras ciencias trabajan las más de las veces sobre conceptos, y
la metafísica no podría abstenerse de ellas. Pero sólo es propiamente ella
misma cuando sobrepasa al concepto o, al menos, cuando se libera de los
conceptos rígidos y ya hechos, para crear conceptos muy diferentes de los que
manejamos en la vida diaria, me refiero a representaciones flexibles, móviles,
casi unidas, siempre prestas a amoldarse a las formas huidizas de la intuición.
Volveremos en otra parte sobre este punto importante. Bástenos haber mostrado
que nuestra duración puede sernos presentada directamente en una intuición, que
ella puede sernos sugerida indirectamente por imágenes, pero que no podría —si
se deja a la palabra concepto su sentido propio— ser encerrada en una
representación conceptual.
Intentemos,
por un instante, hacer una multiplicidad. Convendrá añadir que los términos de
esta multiplicidad, en lugar de distinguirse como los de una multiplicidad cualquiera,
avanzan unos sobre otros; que podemos sin duda, por un esfuerzo de imaginación,
solidificar la duración una vez transcurrida, dividirla entonces en trozos que
se yuxtapongan y contar todos los trozos, pero que tal operación se lleva a
cabo sobre el recuerdo congelado de la duración, sobre la huella inmóvil que la
movilidad de la duración deja tras de sí, no sobre la duración misma.
Confesemos, pues, si hay una multiplicidad aquí, que tal multiplicidad no se
parece a ninguna otra ¿Diremos entonces que la duración posee unidad? Sin duda
una continuidad de elementos que se prolongan unos en otros participa tanto de
la unidad como de la multiplicidad, pero esta unidad moviente, cambiante,
llena de color, viva, no se parece casi a la unidad abstracta, inmóvil y vacía,
que limita el concepto de unidad pura ¿Concluiremos de esto que la duración
debe definirse por la unidad y la multiplicidad a la vez? Pero, cosa singular,
por más que haya manejado los dos conceptos, por más que los haya dosificado y
diversamente combinado entre sí, o practicado sobre ellos las más sutiles
operaciones de química mental, jamás obtendré nada que se parezca a la
intuición simple que tengo de la duración. Por el contrario, cuando por un
esfuerzo de intuición me repongo en la duración, advierto inmediatamente cómo
ella es unidad, multiplicidad y aun muchas otras cosas. Esos diversos conceptos
eran, pues, otros tantos puntos de vista exteriores sobre la duración. Ni
separados, ni reunidos, nos han hecho penetrar en la duración misma.
Sin
embargo, nosotros penetramos en ella y esto no puede ser sino por una
intuición. En este sentido es posible un conocimiento interior, absoluto, de
la duración del yo por el yo mismo. Mas, sí la metafísica reclama y puede
obtener aquí una intuición, la ciencia no deja por eso de tener menos necesidad
de un análisis. Y de una confusión entre el papel del análisis y el de la
intuición, van a nacer aquí las discusiones entre escuelas y los conflictos
entre sistemas.
Parte
componente y expresión parcial.
La
psicología, en efecto, procede por análisis, como las otras ciencias. Resuelve
el yo, que le ha sido dado de antemano en una intuición simple, en sensaciones,
sentimientos, representaciones, etc, que estudia por separado. Substituye,
pues, el yo con una serie de elementos, que son los hechos psicológicos ¿Pero
tales elementos son partes? Toda la cuestión es ésta y, por haberla eludido, el
problema de la personalidad [pág.19] humana ha sido frecuentemente puesto en términos insolubles.
Es
innegable que todo estado psicológico, por él mero hecho de que pertenece a
una persona, refleja el conjunto de una personalidad. No hay sentimiento, por
simple que sea, que no contenga virtualmente el pasado y el presente del ser
que lo experimenta, o que pueda separarse de él y constituir un "estado",
a no ser por un esfuerzo de abstracción o de análisis. Pero no es menos
innegable que sin este esfuerzo de abstracción o de análisis no habría
desarrollo posible de la ciencia psicológica. Ahora bien, ¿en qué consiste la
operación por la cual él psicólogo separa un estado psicológico, para erigirlo
en entidad más o menos independiente? Principia por descuidar la coloración
especial de la persona, que no podría expresarse en términos conocidos y
comunes. Después se esfuerza por aislar, en la persona ya simplificada de esta
manera, tal o cual aspecto que da lugar a un estudio interesante. Cuando se
trata —por ejemplo— de la inclinación, pasará por alto el matiz inexpresable
que la colora y que hace que mi inclinación no sea la vuestra, en seguida se
ocupará del movimiento por el cual nuestra personalidad se dirige hacia un
cierto objeto, aislará esta actitud y será este aspecto especial de la persona,
este punto de vista sobre la movilidad de la vida interior, este
"esquema" de la inclinación concreta, lo que él erigirá en hecho
independiente.
Se trata
de un trabajo análogo al de un artista que, de paso por París, pintara
—pongamos por caso— un croquis de una torre de Nôtre-Dame. La torre está
inseparablemente ligada al edificio, que está no menos inseparablemente ligado
al suelo, al contorno, a París entero, etc. Es necesario comenzar por
separarla, del conjunto se notará apenas un determinado aspecto que es esta
torre de Nôtre-Dame. Pero la torre está constituida en realidad por piedras,
cuyo agrapamiento particular le proporciona su forma, mas el dibujante no se
interesa en las piedras, sólo nota la silueta de la torre. Substituye, pues, la
organización real e interior de la cosa con una reconstitución exterior y
esquemática. De manera que su dibujo responde, en suma, a un cierto punto de
vista sobre el objeto y a la elección de un cierto modo de representación.
Ahora bien, exactamente lo mismo sucede en la operación por la cual el
psicólogo extrae un estado psicológico del conjunto de la persona. Este estado
psicológico aislado no es sino un croquis, un comienzo de recomposición
artificial; es el todo considerado bajo un cierto aspecto elemental, en el que
se tiene especial interés y que se ha tomado cuidado de notar. No es una parte»
sino un elemento. No ha sido logrado por fragmentación, sino por análisis.
Ahora que
el extranjero, al pie de todos los croquis tomados en París, inscribirá
indudablemente "París" a manera de memento. Y como en verdad ha visto
París podrá, cuando vuelva a descender de la intuición original del todo,
situar en París sus croquis y reunir así unos con otros. Pero no hay ningún
medio de ejecutar la operación contraria. Resulta imposible, aun con una
infinidad de croquis tan exactos como se quiera, aun con la palabra
"París" que indica la conveniencia de ponerlos juntos, elevarse a
una intuición que no se ha tenido y darse la impresión de París, si no se le ha
visto. Esto sucede porque aquí no se trata de las partes del todo, sino de las notas
tomadas sobre el conjunto. Para elegir un ejemplo más llamativo, un caso donde
la notación es más completamente simbólica, supongamos que me presentan,
mezcladas al azar, las letras que entran en la composición de un poema que ignoro.
Si las letras fueran partes del poema, yo podría tratar de reconstituirlo con
ellas, probando las diversas ordenaciones posibles, como hace el niño con las
piezas de un juego de paciencia. Pero ni por un instante podría pensarlo, pues
las letras no son partes componentes, sino expresiones parciales, lo que es
una cosa muy distinta. Ésta es la razón por la cual, si conozco el poema,
coloco desde luego todas las letras en el lugar que les conviene y las ligo sin
dificultad por un nexo continuo, mientras que la operación contraria es
imposible. Aun cuando pienso intentar esta operación contraria, aun cuando
pongo las letras una detrás de otra, comienzo por representarme una
significación plausible me doy, pues, una intuición, y desde esta intuición
trato de volver a descender a los símbolos elementales que reconstituirían su
expresión. La idea misma de reconstituir la cosa por operaciones practicadas
sobre meros elementos simbólicos, implica un absurdo tal que nadie la pensaría,
si advirtiera que no se trata de fragmentos de la cosa, sino, en cierta forma,
de fragmentos de símbolo.
Empirismo
y racionalismo.
Con todo,
tal es la empresa de los filósofos que intentan recomponer la persona con
estados psicológicos, sea que se atengan a los estados mismos, sea que añadan
un hilo destinado a enlazar los estados entre sí. Empiristas y racionalistas
han sido burlados en este punto por la misma ilusión. Unos y otros toman las notaciones
parciales por partes reales, y confunden así el punto de vista del análisis
con el de la intuición, la ciencia y la metafísica.
Los
primeros dicen con razón que el análisis psicológico no descubre, en la
persona, ninguna otra cosa que estados psicológicos. Y tal es, en efecto, la
función, tal es la definición misma del análisis. El psicólogo tiene por única
tarea analizar la persona, es decir, anotar estados. Cuando más pondrá el
título "yo" sobre esos estados y dirá que son "estados del
yo", de la misma manera que el dibujante escribe la palabra
"París" en cada uno de sus croquis. Sobre el terreno donde el
psicólogo se coloca, y donde debe colocarse, el "yo" no es sino un
signo por el cual se recuerda la intuición primitiva (muy confusa por otra
parte) que ha proporcionado a la psicología su objeto. Sólo es una palabra. El
error, y grande, consiste en pensar que sería posible, permaneciendo sobre el
mismo terreno, encontrar tras la palabra una cosa. Tal ha sido el error de esos
filósofos que no se resignaron a ser simplemente psicólogos en psicología Taine
y Stuart Mill, por ejemplo. Psicólogos por el método que aplican, fueron y
siguen siendo metafísicos por el objeto que se proponen. Desearían una
intuición y, por una extraña inconsecuencia, la piden al análisis, que es su
negación misma. Buscan el yo y pretenden encontrarlo en los estados
psicológicos, cuando esta diversidad de estados psicológicos sólo ha podido
obtenerse transportándose fuera del yo, para tomar sobre la persona una serie
de croquis, de notas, de representaciones más o menos esquemáticas y simbólicas.
Por eso, por más que yuxtapongan los estados a los estados, multipliquen sus
contactos, exploren sus intersticios, el yo se les escapa siempre, de tal modo
que terminan por no ver más que un vano fantasma. Sería como negar que la Ilíada
tiene sentido, bajo el pretexto de que se le ha
buscado vanamente en los intervalos de las letras que la componen.
El
empirismo filosófico ha nacido, pues, en esta materia, de una confusión entre
el punto de vista de la intuición y él del análisis. Consiste en buscar el
original en la traducción, donde naturalmente no puede estar, y en negar el
original bajo pretexto de que no se le encuentra en la traducción. Termina
por necesidad en negaciones. Pero, bien consideradas las cosas, se advierte que
esas negaciones significan sólo que el análisis no es la intuición, lo que es
de suyo evidente. De la intuición original, confusa por otra parte, que
proporciona a la ciencia su objeto, ésta pasa inmediatamente al análisis, el
cual multiplica al infinito los puntos de vista sobre tal objeto. Muy pronto
llega a creer que podría, poniendo simultáneamente todos los puntos de vista,
reconstituir el objeto ¿Es sorprendente acaso que vea al objeto huir delante de
ella, como el niño que quisiera fabricarse un juguete sólido con las sombras
que se perfilan a lo largo dé los muros?
Mas también
el racionalismo es burlado por la misma ilusión. Parte de la confusión qué
comete el empirismo, y queda tan impotente como él para alcanzar la
personalidad. Como el empirismo, tiene a los estados psicológicos por otros
tantos fragmentos separados de un yo que los reuniría. Como el empirismo,
trata de unir otra vez esos fragmentos entre sí para rehacer la unidad de la
persona. Como el empirismo, en fin, ve la unidad de la persona, en el esfuerzo
que renueva sin cesar por alcanzarla, diluirse indefinidamente como un fantasma.
Pero mientras el empirismo, cansado de la lucha, termina por declarar que no
hay otra cosa que la multiplicidad de los estados psicológicos, el racionalismo
persiste en afirmar la unidad de la persona. Es verdad que, buscando la unidad
sobre el terreno de los estados psicológicos mismos, y obligado por otra parte
a cargar en la cuenta de los estados psicológicos todas las cualidades o
determinaciones que encuentra en el análisis (ya que el análisis —por la
definición misma— termina siempre en los estados),, no
le queda, para la unidad de la persona, otra cosa que algo puramente negativo,
a saber, la ausencia de toda determinación. Como en este análisis los estados
psicológicos necesariamente tomaron y guardaron para sí todo aquello que
presenta la menor apariencia de materialidad, la "unidad del yo" no
podrá ser otra cosa que una forma sin materia. Será lo indeterminado y el vacío
absolutos. A los estados psicológicos aislados, a estas sombras del yo cuya
colección era para los empiristas el equivalente de la persona, el racionalismo
añade, para reconstituir la personalidad, otra cosa todavía más irreal, el
vacío en el que las sombras se mueven, la casa de las sombras — por así decir
¿Cómo esta "forma", que es verdaderamente informe, podría
caracterizar una personalidad viviente, actuante, concreta, y distinguir a
Pedro de Pablo? ¿Es admirable entonces que los filósofos que han aislado esta
"forma" de la personalidad, la encuentren enseguida impotente para
determinar una persona, y que, de grado en grado, sean llevados a hacer de su
Yo vacío un receptáculo sin fondo, que no pertenece más a Pablo que a Pedro, y
donde habrá lugar, como se quiera, para la humanidad entera, o para Dios, o
para la existencia en general? En este punto yo veo entre el empirismo y el
racionalismo una sola diferencia que el primero, al buscar la unidad del yo en
los intersticios, que son de algún modo estados psicológicos, es llevado a
llenar los intersticios con otros estados, y así indefinidamente, de manera que
el yo, encerrado en un intervalo que va restringiéndose siempre, tiende a Cero,
en la medida en que el análisis se pone más lejos. Mientras que el
racionalismo, al hacer del yo el lugar donde los estados se alojan, está en
presencia de un espacio vacío, que no tiene ninguna razón para detenerse aquí
mejor que allá,¡ que pasa cualquiera de los límites sucesivos que se pretende
asignarle, va siempre alargándose y tiende a perderse, no ya en Cero, sino en
el Infinito.
La
distancia entre un pretendido "empirismo" como el de Taine y las
especulaciones más trascendentes de ciertos panteístas alemanes es, pues, mucho
menor de lo que se supone. El método es análogo en los dos casos consiste en
razonar sobre los elementos de la traducción como si fuesen partes del
original. Pero un empirismo verdadero es aquel que se propone abarcar, tan
cerca como sea posible, el original mismo, profundizar su vida y, por una
especie de auscultación espiritual, sentir palpitar su alma, y este empirismo
verdadero es la verdadera metafísica. El trabajo es de una dificultad
extrema, porque ninguna de las concepciones hechas, que usa el pensamiento en
sus operaciones habituales, puede ya servir. Nada tan fácil como decir que el
yo es multiplicidad, o que es unidad, o que es la síntesis de una y otra.
Unidad y multiplicidad son aquí representaciones que no es necesario cortar
sobre el objeto porque se encuentran ya fabricadas. Diríase que sólo ha de
escogerse, en una pila, los vestidos de confección que vendrán tanto a Pedro
como a Pablo, pues no dibujan la forma de ninguno de ellos. Pero un empirismo
digno de este nombre, un empirismo que sólo trabaje sobre medida, está obligado
a hacer un esfuerzo absolutamente nuevo para cada nuevo objeto que estudia.
Corta para el objeto un concepto sólo apropiado a él, concepto del cual apenas
se puede decir que sea un concepto, pues no se aplica sino a esta cosa sola. No
procede por combinación de las ideas que se encuentran en uso, la unidad y la
multiplicidad por ejemplo, por el contrario, la representación a la que nos
encamina es una representación única, simple, la cual, una vez formada, puede
colocarse, como se comprende fácilmente por lo demás, en los cuadros unidad,
multiplicidad, etc, todos mucho más amplios que ella. En fin, la filosofía,
así definida, no consiste en elegir entre conceptos y tomar partido por una
escuela, sino en ir a buscar una intuición única, de la cual podamos descender
en buena hora a los diversos conceptos, por hallarnos sobre las divisiones de
escuelas.
Que la
personalidad tenga unidad, es cierto, mas parecida afirmación no me enseña nada
sobre la naturaleza extraordinaria de esa unidad que es la persona. Que nuestro
yo sea múltiple, lo concedo también, pero se trata de una multiplicidad de la
que conviene reconocer que nada tiene en común con ninguna otra. Lo que
verdaderamente interesa a la filosofía es saber qué unidad, qué multiplicidad, qué
realidad superior a lo uno y a lo múltiple abstractos es la unidad múltiple
de la persona. Y no lo sabrá, a menos que recobre la intuición simple del yo
por el yo. Ahora bien, según la pendiente que escoja para bajar de esa cima,
llegará a la unidad, o a la multiplicidad, o a cualquiera de los conceptos por
los cuales se quiere definir la vida moviente de la persona. Pero ninguna
mezcla de estos conceptos entre sí —lo repetimos— dará nada que se asemeje a la
persona que dura. Presentadme un cono sólido sin esfuerzo veo cómo se estrecha
hacia el vértice y tiende a confundirse con un punto matemático, veo también
cómo se alarga por su base en un círculo que se agranda indefinidamente. Pero
ni el punto, ni el círculo, ni la yuxtaposición de los dos sobre un plano, me darán
la menor idea de un cono. Igual cosa pasa con la multiplicidad y la unidad de
la vida psicológica. También con el Cero y el Infinito hacia los cuales el
empirismo y el racionalismo dirigen la personalidad.
Los
conceptos, como lo mostraremos en otra parte, van ordinariamente por parejas y
representan los dos contrarios. No hay casi realidad concreta sobre la cual no
puedan tomarse, a la vez, las dos vistas opuestas y que no se subsuma, en
consecuencia, en los dos conceptos antagónicos. De aquí se origina una tesis y
una antítesis que en vano se trataría de conciliar lógicamente, por la sencilla
razón de que jamás se hará una cosa con conceptos o con puntos de vista. Pero
del objeto, captado por intuición, se pasa sin esfuerzo, en la mayoría de los
casos, a los dos conceptos contrarios, y porque gracias a esto se ve salir de
la realidad la tesis y la antítesis, se capta al mismo tiempo cómo esta tesis y
esta antítesis se oponen y cómo se concilian.
Es verdad
que para lograr esto es necesario proceder a invertir el trabajo habitual de
la inteligencia. Pensar consiste ordinariamente en ir de los conceptos a las
cosas, y no de las cosas a los conceptos. Conocer una realidad consiste, en el
sentido usual de la palabra "conocer", en tomar conceptos ya hechos,
dosificarlos y combinarlos entre sí, hasta obtener un equivalente práctico de
lo real. Pero conviene no olvidar que el trabajo normal de la inteligencia está
lejos de ser un trabajo desinteresado. Generalmente no queremos conocer por
conocer, sino conocer para tomar un partido, para sacar un provecho, en fin,
para satisfacer un interés. Buscamos hasta qué punto el objeto por conocer es esto
o aquello, en qué género conocido entra, qué especie de acción, de pasos o de
actitud debería sugerirnos. Esas diversas acciones y actitudes posibles son
otras tantas direcciones conceptuales de nuestro pensamiento, determinadas de
una vez para siempre, no queda sino seguirlas. En esto consiste precisamente
la aplicación de los conceptos a las cosas. Probar un concepto en un objeto
consiste en preguntar al objeto aquello que nosotros debemos hacer con él,
aquello que él puede hacer por nosotros. Colgar sobre un objeto la etiqueta de
un concepto consiste en señalar con términos precisos el género de acción o de
actitud que el objeto deberá sugerirnos. Todo conocimiento propiamente dicho
está, pues, orientado en una cierta dirección o tomado desde un cierto punto de
vista. Es cierto que nuestro interés es con frecuencia complejo. Ésa es la
razón por la cual sucede que orientamos en muchas y sucesivas direcciones
nuestro conocimiento de un mismo objeto y variamos los puntos de vista sobre
él. En esto consiste, en el sentido usual de los términos, un conocimiento
"amplio" y "comprensivo" del objeto el objeto está
referido, entonces, no a un concepto único, sino a muchos conceptos de los que
se supone que "participa" ¿Cómo participa de todos esos conceptos a
la vez? Tal cuestión no interesa a la práctica y no tiene por qué ponerse. Es,
pues, natural y legítimo que procedamos en la vida corriente por yuxtaposición
y dosificación de conceptos ninguna dificultad filosófica nacerá de esto, ya
que, por convención tácita, nos abstendremos de filosofar. Pero transportar
este modus operandi a la filosofía, ir, también aquí, de los conceptos a la
cosa, utilizar, para el conocimiento desinteresado de un objeto que ahora se
pretende alcanzar en sí mismo, una manera de conocer que se inspira en un
interés determinado y que consiste, por definición, en una vista tomada
exteriormente sobre el objeto, es volver la espalda al fin que se pretendía, es
condenar la filosofía a un eterno. Conflicto entre las escuelas, es instalar
la contradicción en el corazón mismo del objeto y del método. O no hay
filosofía posible y todo conocimiento de las cosas es un conocimiento práctico,
orientado hacia el provecho que se saca de ellas, o filosofar consiste en
colocarse en el objeto mismo por un esfuerzo de intuición.
La
duración real.
Pero,
para comprender la naturaleza de esta intuición, para determinar con precisión
dónde termina la intuición o dónde comienza el análisis, es preciso regresar a
lo que se ha dicho arriba sobre la fluencia de la duración.
Se notará
que los conceptos o esquemas en los que termina el análisis tienen por carácter
esencial ser inmóviles en el momento de su consideración. He aislado
completamente de la vida interior esa entidad psicológica que llamo una sensación
simple. En tanto la estudio, supongo que sigue siendo
lo que es. Si encontrara algún cambio, diría que no existe allí una sensación
única, sino muchas sensaciones sucesivas, y a cada una de estas sensaciones
sucesivas transportaría entonces la inmutabilidad,
atribuida en primer término a la sensación de conjunto. De todas maneras,
podría, llevando el análisis bastante lejos, llegar a elementos que
consideraría inmutables. Es aquí y solamente aquí donde encontraría la sólida
base de operaciones que necesita la ciencia para su propio desarrollo.
Con todo,
no hay estado de alma, por simple que sea, que no cambie en cada instante, ya
que no hay conciencia sin memoria, ni continuación de un estado sin la adición,
al sentimiento presente, del recuerdo de los momentos pasados. En esto consiste
la duración. La duración interior es la vida continua de una memoria que
prolonga el pasado en el presente, sea que el presente contenga distintamente
la imagen del pasado que se agranda sin cesar, sea que más bien testifique,
por su continuo cambio de cualidad, la carga cada vez más pesada que uno
arrastra detrás de sí, a medida que la vejez aumenta. Sin esta supervivencia
del pasado en el presente no habría duración, sino solamente instantaneidad.
Es cierto
que sí, por el hecho mismo que lo analizo, se me reprocha substraer el estado
psicológico a la duración, me defenderé diciendo que cada uno de estos estados
psicológicos elementales, en los que termina mi análisis, es un estado que
ocupa todavía tiempo "Mi análisis —diré— reduce perfectamente la vida
interior a estados que son todos homogéneos consigo mismo, pero, extendiéndose
la homogeneidad sobre un número determinado de minutos o de segundos, el estado
psicológico elemental no cesa de durar, si bien no cambia ".
¿Mas
quién no ve que el número determinado de minutos y de segundos, que atribuyo al
estado psicológico elemental, tiene justamente todo el valor de un índice
destinado a recordarme que el estado psicológico, supuesto homogéneo, es en
realidad un estado que cambia y que dura? El estado, tomado en sí mismo, es un
perpetuo devenir. He extraído de este devenir un cierto término medio de
cualidad que supongo invariable he constituido así un estado estable y, por
esto mismo, esquemático. De él he extraído, por otra parte, el devenir en
general, el devenir que no será en adelante el devenir de eso o de aquello, y
es lo que he llamado el tiempo que este estado ocupa. Considerando bien las
cosas, vería que este tiempo abstracto es tan inmóvil para mí como el estado
que yo localizo en él, vería también que no podría fluir sino por un cambio continuo
de cualidad, y que, si carece de cualidad, si es un simple teatro del cambio,
deviene entonces un medio inmóvil. Vería que la hipótesis de ese tiempo
homogéneo está simplemente destinada a facilitar la comparación entre las
diversas duraciones concretas, a permitirnos contar simultaneidades y medir
una fluencia de duración por relación a otra. Y, en fin, comprendería que, al
enlazar la indicación de un número determinado de minutos y de segundos con la
representación de un estado psicológico elemental, me limito a recordar que el
estado ha sido separado de un yo que dura y a señalar el lugar donde convenga
reponerlo en movimiento, para llevarlo, de simple esquema que llegó a ser, a la
forma concreta que tenía antes. Pero olvido todo esto, pues nada interesa al
análisis.
Equivale
a decir que el análisis opera sobre lo inmóvil, mientras que la intuición se
coloca en la movilidad, o —lo que viene a ser lo mismo— en la duración. Aquí
está la línea de separación bien clara entre la intuición y el análisis. Lo
real, lo vivido, lo concreto, se reconoce porque es la variabilidad misma. El
elemento se reconoce porque es invariable. Y es invariable por definición, por
ser un esquema, una reconstrucción simplificada, con frecuencia un mero
símbolo, en todo caso, una vista tomada sobre la realidad que fluye.
Pero el
error consiste en creer que lo real se recompondría con esos esquemas. Nunca lo
repetiríamos bastante de la intuición se puede pasar al análisis, mas no del
análisis a la intuición.
Con la
variabilidad haré tantas variaciones, tantas cualidades o modificaciones como
me plazca, porque existen otras tantas vistas inmóviles, tomadas por el
análisis, sobre la movilidad dada a la intuición. Pero estas modificaciones,
puestas una detrás de otra, no producirán nada que se asemeje a la
variabilidad, pues no eran partes suyas, sino elementos, lo que es cosa
distinta.
Consideremos
—por ejemplo— la variabilidad más próxima a la homogeneidad el movimiento en el
espacio. A lo largo de todo este movimiento puedo representarme posibles detenciones
a las que llamo posiciones del móvil o puntos por los cuales el móvil pasa.
Pero con posiciones, así fuesen infinitas, no podré hacer el movimiento. Ellas
no son partes del movimiento, son otras tantas vistas tomadas sobre él, no son
—podría decirse— sino suposiciones de detención. Jamás el móvil está realmente
en alguno de los puntos, cuando más, puede decirse que pasa por ellos. Pero el
pasaje, que es un movimiento, no tiene nada en común con una detención, la
cual es inmovilidad. Un movimiento no podría ser puesto sobre una inmovilidad,
pues coincidiría entonces con ella, lo que sería contradictorio. Los puntos no
están en el movimiento, como partes, ni siquiera bajo el movimiento, como
lugares de lo móvil. Simplemente están proyectados por nosotros debajo del
movimiento, como otros tantos lugares donde estaría, si se detuviera, un móvil
que por hipó tesis no se detiene. No son, pues —propiamente hablando—,
posiciones, sino suposiciones, vistas o puntos de vista del espíritu ¿Cómo, con
puntos de vista, podría construirse una cosa?
Sin
embargo, tal es lo que tratamos de hacer todas las veces que razonamos sobre el
movimiento y también sobre el tiempo, cuya representación es el movimiento. Por
una ilusión profundamente arraigada en nuestro espíritu, y porque no podemos
dejar de considerar el análisis como equivalente de la intuición, comenzamos
por distinguir, a todo lo largo del movimiento, un cierto número de detenciones
posibles o de puntos, de los cuales hacemos, de mal o buen grado, partes del
movimiento. Ante nuestra impotencia para recomponerlo con esos puntos,
intercalamos otros, creyendo asir de esta manera lo que de movilidad hay en él.
Después, como la movilidad se nos escapa aún, sustituimos con un número finito
y determinado de puntos un número "que crece indefinidamente".
Tratamos así, pero en vano, de imitar con el movimiento de nuestro
pensamiento, que prosigue indefinidamente la adición de puntos a puntos, el
movimiento real e indiviso de lo móvil. Finalmente, decimos que el movimiento
se compone de puntos, pero que comprende, además, el pasaje obscuro,
misterioso, de una posición a la posición siguiente [Como si la obscuridad no
viniese toda del hecho de que se ha supuesto a la inmovilidad más clara que la
movilidad, la detención anterior al movimiento! ¡Como
si el misterio no se originase porque se pretende ir de las detenciones al
movimiento por vía de composición, lo que es imposible, cuando sin esfuerzo se
pasa del movimiento a la moderación y a la inmovilidad! (Vosotros habéis
buscado la significación del poema en la forma de las letras que lo componen,
habéis creído que, considerando un número creciente de letras, alcanzaríais
por fin la significación que huye siempre, y, como último recurso, viendo que
no sirve para nada buscar una parte de sentido en cada una de las letras,
habéis supuesto que entre cada letra, y la siguiente se alojaba el buscado
fragmento del sentido misterioso! Pero las letras, una vez más, no son partes
de la cosa, son elementos del símbolo. Las posiciones del móvil, una vez más,
no son partes del movimiento, son puntos del espacio que, según el supuesto,
subtiende al movimiento. Este espacio inmóvil y vacío, sólo concebido, nunca
percibido, tiene precisamente todo el valor de un símbolo ¿Cómo, manejando
símbolos, podríais fabricar la realidad?
Pero el
símbolo responde aquí a los hábitos más inveterados de nuestro pensamiento. De
ordinario nos instalamos en la inmovilidad, donde encontramos un punto de apoyo
para la práctica, y pretendemos recomponer la movilidad con ella. De esta
manera obtenemos sólo una imitación torpe, una falsificación del movimiento
real, pero esta imitación nos sirve mucho más en la vida de lo que serviría la
intuición de la cosa misma. Ahora bien, nuestro espíritu tiene una irresistible
tendencia a considerar como más clara la idea que le sirve con más frecuencia.
Ésta es la razón por la cual la inmovilidad le parece más clara que la
movilidad, y la detención anterior al movimiento.
Las
dificultades que ha originado el problema del movimiento desde la más remota
antigüedad vienen de esto. Siguen válidas porque se pretende ir del espacio al
movimiento, de la trayectoria al trayecto, de las posiciones inmóviles a la
movilidad, y pasar del uno al otro por vía de composición. Pero el movimiento
es anterior a la inmovilidad, y no hay, entre posiciones y desplazamiento, la
relación de las partes al todo, sino la relación de la diversidad de puntos de
vista posibles a la indivisibilidad real del objeto.
Muchos
otros problemas han nacido de la misma ilusión. Lo que son los puntos inmóviles
al movimiento de un móvil, lo son los conceptos de cualidades diversas al
cambio cualitativo de un objeto. Los variados conceptos en los que se resuelve
una variación son, pues, otras tantas visiones estables de la inestabilidad de
lo real. Y pensar un objeto, en el sentido usual de la palabra
"pensar", es tomar, sobre su movilidad, una o muchas de esas vistas
inmóviles, es, en suma, preguntarse, de tiempo en tiempo, dónde está el objeto,
a fin dé saber lo que podría hacerse con él. Nada más legítimo, por otra parte,
que esta manera de proceder, tanto más que sólo se trata de un conocimiento
práctico de la realidad. El conocimiento, en tanto que orientado a la práctica,
sólo tiene que enumerar las principales actitudes posibles de la cosa frente a
nosotros, así como también nuestras mejores actitudes posibles frente a ella.
Éste es el papel ordinario de los conceptos ya hechos esas estaciones de donde
sacamos el trayecto del devenir. Pero querer penetrar con ellos hasta la
naturaleza íntima de las cosas, es aplicar a la movilidad de lo real un método
que está hecho para dar puntos de vista inmóviles sobre ella. Es también
olvidar que, si la metafísica es posible, sólo puede ser un esfuerzo para
remontar la pendiente natural del trabajo del pensamiento, para colocarse inmediatamente,
por una dilatación del espíritu, en la cosa que se estudia, para, en fin, ir de
la realidad a los conceptos y no de los conceptos a la realidad ¿Es admirable
entonces que los filósofos vean tan frecuentemente huir, ante sus ojos, el
objeto que pretenden alcanzar, como los niños que quisieran, al cerrar la
mano, coger el humo? Así se perpetúan muchas disputas entre las escuelas, cada
una reprocha a las otras haber permitido que lo real
se escapara.
Pero si
la metafísica debe proceder por intuición, si la intuición tiene por objeto la
movilidad de la duración, y si la duración es de esencia psicológica, ¿no estamos
encerrando al filósofo en la contemplación exclusiva de sí mismo? ¿No consistirá
la filosofía en mirarse simplemente vivir, "como un pastor soñoliento mira
el agua correr"? Hablar así sería regresar al error que no hemos cesado
de señalar desde el comienzo de este estudio. Sería desconocer al mismo tiempo
la naturaleza singular de la duración y el carácter esencialmente activo de la
intuición metafísica. Sería no ver que solamente el método de que hablamos
permite sobrepasar tanto el idealismo como el realismo, afirmar la existencia
de objetos inferiores y superiores a nosotros, aunque, sin embargo, en un
cierto sentido, interiores a nosotros, hacerlos coexistir juntos sin dificultad
y disipar progresivamente las obscuridades que el análisis acumula alrededor de
los grandes problemas. Sin abordar aquí el estudio de estos diferentes puntos,
limitémonos a mostrar cómo la intuición de que hablamos no es un acto único,
sino una serie indefinida de actos —todos, sin duda, del mismo género, pero
cada uno de especie muy particular—, y cómo esta diversidad de actos
corresponde a todos los grados del ser.
Si trato
de analizar la duración, es decir, resolverla en conceptos ya hechos, estoy
más que obligado, por la naturaleza misma del concepto y del análisis, a tomar
sobre la duración en general dos vistas opuestas, con las cuales pretenderé en
seguida recomponerla. Esta combinación no podrá presentar ni una diversidad de
grados, ni una variedad de formas es o no es. Yo diré —por ejemplo— que hay, por
una parte, una multiplicidad de estados de conciencia sucesivos y, por otra
parte, una unidad que los liga. La duración será la "síntesis" de
esta unidad y de esta multiplicidad, operación misteriosa de la que no se ve
—lo repito— cómo comportaría matices o grados. En esta hipótesis, no hay, no
puede haberla, sino una duración única, aquella donde nuestra conciencia opera
habitualmente. Precisemos las ideas si tomamos la duración bajo el aspecto simple
de un movimiento que se realiza en el espacio, si tratamos de reducir a
conceptos el movimiento considerado como representativo del. Tiempo, tendremos,
por una parte, un número, tan grande como se quiera, de puntos de la
trayectoria y, por otra, una unidad abstracta que los reúne, como un hilo que
retuviera juntas las perlas de un collar. Una vez puesta como posible, la
combinación entre esta multiplicidad abstracta y esta unidad abstracta es una
cosa singular, y en ella no encontraremos más matices de los que admite,
aritméticamente hablando, una adición de números dados. Pero si, en lugar de
pretender analizar la duración (es decir, en definitiva, hacer su síntesis con
conceptos), uno se instala desde luego en ella por un esfuerzo de intuición, entonces
posee el sentimiento de una cierta tensión bien determinada, cuya
determinación misma aparece como una elección entre una infinidad de duraciones
posibles. Desde luego se advierten duraciones tan numerosas como se quiera,
todas muy diferentes unas de otras, si bien cada una de ellas, reducida a
conceptos, es decir, considerada exteriormente desde dos puntos de vista
opuestos, se reduce siempre a la misma combinación indefinible de lo múltiple
y lo uno.
Expresemos
la misma idea con más precisión. Si considero la duración como una
multiplicidad de momentos, ligados unos con otros por una unidad que los
atravesaría como un hilo, estos momentos, por corta que sea la duración
escogida, son en número ilimitado. Puedo suponerlos tan cercanos como me
plazca, habrá siempre entre estos puntos matemáticos otros puntos matemáticos,
y así sin interrupción al infinito. Examinada desde la multiplicidad, la
duración va, pues, a perderse en una puesta de momentos, cada uno de los cuales
no dura, siendo como es un instantáneo. Porque si, por otra parte, considero la
unidad que liga los momentos entre sí, no puede ella durar más, puesto que, por
hipótesis, todo lo que hay de cambiante y de propiamente durable en la duración
fue puesto en razón de la multiplicidad de los momentos. Esta unidad, a medida
que yo profundice su esencia, me aparecerá, pues, como un substrato inmóvil de
lo moviente, como no sé qué esencia intemporal del tiempo a esto llamaré
eternidad — eternidad de muerte, pues no es otra cosa que el movimiento vaciado
de la movilidad en que consistía su vida. SÍ se examinasen bien las opiniones
de las escuelas antagónicas a propósito de la duración, se vería que difieren
simplemente en que atribuyen a uno o a otro de estos dos conceptos una
importancia capital. Unas se limitan al punto de vista de lo múltiple, erigen
en realidad concreta los momentos distintos de un tiempo que han —por así
decir— pulverizado, consideran, pues, mucho más artificial la unidad que hace
polvo con granos. Otras erigen, al contrario, la unidad de la duración en
realidad concreta. Se colocan en lo eterno. Pero, como su eternidad permanece
completamente abstracta por ser vacía, y como es la eternidad de un concepto
que excluye de sí, por hipótesis, el concepto opuesto, no vemos cómo tal
eternidad dejaría coexistir con ella a una multiplicidad indefinida de
momentos. En la primera hipótesis tenemos un mundo suspendido en el aire, que
debería terminar y recomenzar por sí mismo en cada instante. En la segunda
tenemos un infinito de eternidad abstracta, de él no comprenderemos nunca por
qué no queda encerrado en sí mismo y cómo deja coexistir con él a las cosas.
Pero en los dos casos, y sea cual fuere, de las dos metafísicas, la que nos
oriente, el tiempo, desde el punto de vista psicológico, aparece como una
mezcla de dos abstracciones que no permiten ni [pág.34] grados ni matices.
Tanto en un sistema como en otro, no hay sino una duración vínica que lleva
todo consigo río sin fondo, sin orillas, que corre sin fuerza asignable en una
dirección que no se podría definir. A lo mejor no es un río, un río que fluye,
sino porque la realidad consigue de las dos doctrinas este sacrificio,
aprovechando una distracción de su lógica. Cuando se reponen, fijan esta
fluencia, sea en una inmensa capa sólida, sea en una infinidad de agujas cristalizadas,
pero siempre en una cosa que participa necesariamente de la inmovilidad de un punto
de vista.
Sucede de
manera completamente distinta si uno se instala de golpe, por un esfuerzo de
intuición, en la fluencia concreta de la duración. Ciertamente no
encontraremos entonces ninguna razón lógica para poner duraciones múltiples y
diversas. En rigor podría no existir otra duración que la nuestra, como
podría no haber en el mundo otro color que el anaranjado — por ejemplo. Pero
así como una conciencia con base en el color, que simpatizara interiormente con
el anaranjado en lugar de percibirlo exteriormente, se sentiría cogida entre
el rojo y el amarillo, y quizá presentiría también, por encima de este último
color, un espectro completo en el cual se prolongase naturalmente la
continuidad que va del rojo al amarillo, así la intuición de nuestra duración,
lejos de dejarnos suspendidos en el vacío, cómo haría el puro análisis, nos
pone en contacto con toda una continuidad de duraciones que debemos tratar de
seguir, sea hacia abajo, sea hacia arriba. En los dos casos podemos dilatarnos
indefinidamente por un esfuerzo cada vez más violento, en los dos casos nos
trascendemos a nosotros mismos. En el primer caso, nos encaminamos a una
duración cada vez más abierta, cuyas palpitaciones, más rápidas que las
nuestras, dividen nuestra sensación simple y diluyen su cualidad en cantidad
en el límite estaría lo puro homogéneo, la pura repetición, por la cual
definiremos la materialidad. Caminando en el otro sentido, vamos a una duración
que se tiende, se afirma, se intensifica cada vez más en el límite estaría la
eternidad. Pero no la eternidad conceptual, que es una eternidad de muerte,
sino una eternidad de vida. Eternidad viviente y, en consecuencia, moviente
también, donde nuestra duración sería reencontrada en nosotros como las
vibraciones en la luz, y que sería la concreción de toda duración como la
materialidad es su dispersión. Entre estos dos límites extremos se mueve la
intuición, y este movimiento es la metafísica misma.
Realidad
y movilidad.
No puede
ser cuestión de recorrer aquí las diversas etapas de este movimiento. Pero
después de haber presentado una visión general del método y de haber hecho una
primera aplicación, no será tal vez inútil formular, en términos tan precisos
como sea posible, los principios sobre los cuales descansa. De las
proposiciones que vamos a enunciar, la mayor parte han recibido, en el presente
trabajo, un comienzo de prueba. Esperamos demostrarlas completamente cuando
abordemos otros problemas.
I. Hay una realidad exterior y no obstante dada
inmediatamente a nuestro espíritu . El sentido común
tiene razón acerca de este punto contra el idealismo y el realismo de los
filósofos.
II. Esta realidad es movilidad[3]. No existen cosas hechas, sino sólo
cosas que se hacen, no estados que se mantienen, sino sólo estados que cambian . El reposo no es sino aparente, o mejor, relativo.
La conciencia que tenemos de nuestra propia persona, en su continuo fluir, nos
introduce en el interior de una realidad sobre el modelo de la cual debemos
representarnos las otras. Toda realidad es, pues, tendencia, si se conviene en
llamar tendencia a un cambio de dirección en estado naciente.
III. Nuestro espíritu, que busca puntos de apoyo
sólidos, tiene por función principal, en el curso ordinario de la vida,
representarse estados y cosas. Toma de vez en cuando vistas cuasi instantáneas
sobre la movilidad indivisa de lo real. Obtiene así sensaciones e ideas. De
este modo substituye lo continuo con lo discontinuo, la movilidad con la
estabilidad, la tendencia en vía de cambio con los puntos fijos que señalan una
dirección del cambio y de la tendencia. Esta substitución es necesaria al
sentido común, al lenguaje, a la vida práctica y también, en un cierto grado
que trataremos de determinar, a la ciencia positiva .
Nuestra inteligencia, cuando sigue su inclinación natural, procede por
percepciones sólidas, por un lado, y por concepciones estables, por otro. Parte
de lo inmóvil y sólo concibe y expresa el movimiento en función de la
inmovilidad. Se instala en conceptos ya hechos y se esfuerza por coger, como
en una red, cualquier cosa de la realidad que pasa. No se trata sin duda de
obtener un conocimiento interior y metafísico de lo real, sino de utilizarlo
simplemente. En efecto, cada concepto (como también cada sensación) es una cuestión
práctica, que nuestra actividad pone a la realidad y a la cual la realidad
habrá de responder, como conviene en los negocios, por un sí o por un no. Pero,
por tal razón, de lo real deja escapar lo que es su esencia misma.
IV. Las dificultades inherentes a la metafísica,
las antinomias que levanta, las contradicciones en que cae, la división en
escuelas antagónicas y las oposiciones irreductibles entre sistemas, se
originan en gran parte porque aplicamos al conocimiento desinteresado de lo
real los procedimientos que usamos de ordinario en un objetivo de utilidad
práctica. Y principalmente porque nos instalamos en lo inmóvil para acechar lo
moviente que pasa, en lugar de reponernos en lo moviente para atravesar con él
las posiciones inmóviles . También porque pretendemos
reconstituir la realidad, que es tendencia y consecuentemente movilidad, con
las percepciones y con los conceptos que tienen por función inmovilizarla. Con
detenciones, por numerosas que sean, jamás se hará la movilidad
; al contrario, cuando existe la movilidad, de ella se pueden sacar por
el pensamiento todas las detenciones que se quiera. En otros términos se comprende que los conceptos fijos puedan
ser extraídos por nuestro pensamiento de la realidad móvil, pero no hay ningún
medio de reconstituir, con la fijeza de los conceptos, la movilidad de lo real.
El dogmatismo, en tanto que constructor de sistemas, siempre ha intentado,
sin embargo, esta reconstitución.
La
pretendida relatividad del conocimiento.
V. Pero estaba condenado al fracaso
. Esta impotencia, y sólo ésta, es la que atestiguan las doctrinas
escépticas, idealistas, criticistas, todas aquellas, en fin, que disputan a
nuestro espíritu el poder de captar lo absoluto. Pero, del hecho de que
fracasemos al reconstituir la realidad viviente con conceptos rígidos y ya
hechos, no se sigue que no podamos captarla de alguna otra manera. Las
demostraciones que se han dado sobre la relatividad de nuestro conocimiento
están, pues, manchadas con un vicio original suponen, como el dogmatismo que
atacan, que todo conocimiento debe necesariamente partir de conceptos de
contornos acabados, para alcanzar con ellos la realidad que fluye.
VI. Pero la verdad es que nuestro espíritu puede
seguir la marcha inversa. Puede instalarse en la realidad móvil, adoptar su
dirección que cambia sin cesar, captarla, en fin, intuitivamente. Para esto es
necesario que se haga violencia, que invierta el sentido de la operación por la
cual piensa habitualmente, que examine o, mejor, que rehaga sin cesar sus
categorías. Y llegará así a conceptos fluidos, capaces de seguir la realidad en
todas sus sinuosidades y de adoptar el movimiento mismo de la vida interior de
las cosas. Solamente de este modo se constituirá una filosofía progresiva,
liberada de las disputas que se dan entre las escuelas, capaz de resolver
naturalmente los problemas, pues estará libre de los términos artificiales que
han sido escogidos para plantearlos. Filosofar consiste en invertir la
dirección habitual del trabajo del pensamiento.
VIII. Se
ha perdido de vista este objeto y la ciencia misma ha podido equivocarse sobre
el origen de ciertos procedimientos que emplea, porque la intuición, una vez
tomada, debe encontrar un modo de expresión y -de aplicación que esté de
acuerdo con los hábitos de nuestro pensamiento y que nos proporcione, en
conceptos bien establecidos, los sólidos puntos de apoyo que tanto necesitamos.
Aquí está la condición de lo que llamamos rigor, precisión y también extensión
indefinida de un método general a casos particulares. Ahora bien, esta
extensión y este trabajo de perfeccionamiento lógico pueden proseguirse
durante siglos, mientras que el acto generador del método sólo dura un
instante. Ésta es la razón por la cual tomamos tan frecuentemente el aparato
lógico de la ciencia por la ciencia misma,[5]olvidando la intuición de donde todo ha
podido salir [6].
Del
olvido de esta intuición procede todo aquello que ha sido dicho por los
filósofos y por los sabios mismos sobre la "relatividad" del
conocimiento científico. Es relativo el conocimiento simbólico por conceptos
preexistentes, que va de lo fijo a lo moviente pero no el conocimiento
intuitivo, que se instala en lo moviente y adopta la vida misma de las cosas. Esta
intuición alcanza un absoluto.
La
ciencia y la metafísica se juntan, pues, en la intuición. Una filosofía
verdaderamente intuitiva realizaría la unión, tan deseada, de la metafísica y
la ciencia. Al mismo tiempo que constituiría a la metafísica en ciencia
positiva —quiero decir progresiva e indefinidamente perfectible—, llevaría las
ciencias positivas propiamente dichas a tomar conciencia de su verdadero
alcance, casi siempre muy superior a lo que ellas mismas imaginan. Pondría más
ciencia en la metafísica y más metafísica en la ciencia. Obtendría el
restablecimiento de la continuidad entre las intuiciones, que las diversas ciencias
positivas han obtenido algunas veces en el curso de su historia, gracias a los
golpes del genio.
IX. Que no haya dos maneras diferentes de conocer
a fondo las cosas, que las diversas ciencias tengan su raíz en la metafísica
tal es lo que pensaron en general los filósofos antiguos. Su error no fue
éste. Consistió en inspirarse en esta creencia muy natural al espíritu humano
que una variación sólo puede expresar y desarrollar invariabilidades. De donde
resultaba que la Acción era una Contemplación venida a menos, la duración una
imagen engañosa y móvil de la eternidad inmóvil, el Alma una caída de la Idea.
Toda esta filosofía, que comienza en Platón y termina en Plotino, es el
desarrollo de un principio que formularíamos así "Hay más en lo inmutable
que en lo moviente, y se pasa de lo estable a lo inestable por una simple
disminución". Pero la verdad es precisamente lo contrario.
La
ciencia moderna principia el día en que se erigió la movilidad en realidad
independiente. Principia el día en que Galileo, haciendo rodar una bola sobre
un plano inclinado, tomó la firme resolución de estudiar este movimiento de
arriba a abajo, por sí mismo, en sí mismo, en lugar de buscar su principio en
los conceptos de alto y de bajo, dos inmovilidades por las que Aristóteles
creía explicar suficientemente la movilidad. Y no se trata de un caso aislado
en la historia de la ciencia. Pensamos que muchos de los grandes
descubrimientos, aquellos, por lo menos, que han transformado las ciencias
positivas o que han creado nuevas ciencias, han sido otros tantos sondeos
realizados en la duración pura. Cuanto más viviente era la realidad tocada, más
profundo fue el sondeo.
Pero la
sonda arrojada al fondo del mar devuelve una masa fluida que el sol reduce bien
pronto a granos sólidos y discontinuos de arena. Y la intuición de la
duración, cuando se la expone a los rayos del entendimiento, pronto se
convierte en conceptos congelados, distintos, inmóviles. En la viviente
movilidad de las cosas, el entendimiento se ocupa en señalar las estaciones
reales o virtuales, anota las salidas y las llegadas esto es todo lo que
interesa al pensamiento del hombre cuando se ejercita naturalmente. Mas la
filosofía debería ser un esfuerzo por traspasar la condición humana.
Los
sabios han detenido gustosamente su mirada sobre los conceptos con que han
delineado las rutas de la intuición. Cuando más consideraban estos residuos que
pasaron al estado de símbolos, más atribuían a toda la ciencia un carácter
simbólico[7] . Y cuanto más creían en el carácter
simbólico de la ciencia, más lo realizaban y lo acentuaban. Pronto no
diferenciaron más, en la ciencia positiva, lo natural y lo artificial, tampoco
los datos de la intuición inmediata y el inmenso trabajo de análisis que el
entendimiento prosigue alrededor de la intuición. Prepararon así los caminos a
una doctrina que afirma la relatividad de todos nuestros conocimientos.
Pero la
metafísica ha contribuido a esto igualmente ¿Cómo los maestros de la filosofía
moderna que han sido, al mismo tiempo que metafísicos, los renovadores de la
ciencia, no habrían tenido el sentimiento de la continuidad móvil de lo real?
¿Cómo no habrían de estar colocados en lo que llamamos la duración concreta? Lo
han hecho más de lo que han creído, mucho más, principalmente, de lo que han
dicho. Si nos tomamos el trabajo de ligar por nexos continuos las intuiciones
alrededor de las cuales están organizados los sistemas, encontramos, al lado de
muchas otras líneas convergentes o divergentes, una dirección bien determinada
de pensamiento y de sentimiento ¿Cuál es este pensamiento latente? ¿Cómo
expresarlo? Para utilizar una vez más el lenguaje de los platónicos, diremos,
quitando a las palabras el sentido psicológico, entendiendo por Idea una cierta
seguridad de fácil inteligibilidad y por Alma una cierta inquietud de vida,
que una corriente invisible lleva a la filosofía moderna a levantar el Alma por
encima de la Idea. Con estas cosas tiende, como la ciencia moderna y aún más
que ella, a caminar en sentido inverso al pensamiento antiguo.
Pero esta
metafísica, como esta ciencia, ha desplegado alrededor de su vida profunda un
rico tejido de símbolos, olvidándose a veces que, si la ciencia tiene
necesidad dé símbolos en su desarrollo analítico, la principal razón de ser de
la metafísica es una ruptura con los símbolos. También aquí el entendimiento
ha proseguido su trabajo de fijación, de división, de reconstrucción. Lo ha
proseguido, es verdad, bajo una forma bastante diferente. Sin insistir sobre un
punto que nos proponemos desarrollar en otra parte, limitémonos a decir que el
entendimiento, cuya función es operar sobre elementos estables, puede buscar la
estabilidad sea en las relaciones, sea en las cosas. Cuando trabaja sobre
conceptos de relaciones, termina en el simbolismo científico. Cuando opera
sobre conceptos de cosas, termina en el simbolismo metafísica. Pero en un caso
como en otro, de él procede el arreglo. De buena gana creería que es
independiente. En lugar de reconocer desde luego lo que debe a la intuición
profunda de la realidad, se expone a que sólo se vea en toda su obra un arreglo
artificial de símbolos. De manera que, si uno atiende literalmente a lo que se
dicen metafísicos y sabios, como también a la materialidad de lo que hacen, se
podría creer que los primeros han cavado por debajo de la realidad un túnel
profundo, y que los segundos han construido por encima de ella un puente
elegante, pero que el río moviente de las cosas pasa entre estos dos trabajos
de arte sin tocarlos. Uno de los principales artificios de la crítica kantiana
ha consistido en tomar al pie de la letra al metafísico y al sabio, en llevar
la metafísica y la ciencia hasta el límite extremo del simbolismo a que podrían
ir, y al que, por otra parte, se encaminan por sí mismas, pues el entendimiento
reivindica una independencia llena de peligros. Una vez desconocidos los nexos
de la ciencia y de la metafísica con la "intuición intelectual", Kant
muestra fácilmente que nuestra ciencia es toda relativa y nuestra metafísica
toda artificial. Como él ha exagerado la independencia del entendimiento en
ambos casos, como ha aligerado a la metafísica y a la ciencia de la
"intuición intelectual" que interiormente les servía de lastre, la
ciencia, con sus relaciones, no le presenta más que una película de forma, y la
metafísica, con sus cosas, una película de materia ¿Es admirable entonces que
la primera no le muestre sino marcos empotrados en marcos, y la segunda fantasmas
que corren tras fantasmas?
Metafísica
y ciencia modernas.
Kant ha
dado a nuestra ciencia y a nuestra metafísica golpes tan rudos que todavía no
han podido rehacerse de su aturdimiento, y nuestro espíritu, de buen grado, se
resignaría a ver en la ciencia un conocimiento completamente relativo, y en la
metafísica una especulación vacía. Nos parece, aún ahora, que la crítica
kantiana se aplica a toda metafísica y a toda ciencia. Pero en realidad se
aplica sobre todo a la filosofía de los antiguos y también a la forma
—igualmente antigua— que los modernos con frecuencia dan a su pensamiento.
Conserva su validez contra una metafísica que pretende darnos un sistema único y
ya hecho de cosas, contra una ciencia que fuera un sistema único de relaciones,
en fin, contra una ciencia y una metafísica que se presentaran con la
simplicidad arquitectónica de la teoría platónica de las Ideas o de un templo
griego. Si la metafísica intenta constituirse con conceptos que poseíamos antes
de ella, si consiste en un arreglo ingenioso de ideas preexistentes, que
utilizamos como materiales de construcción para un edificio, finalmente, si es
algo distinto de la constante dilatación de nuestro espíritu y del esfuerzo,
siempre renovado, por superar nuestras ideas actuales y acaso también nuestra
lógica simple, es bastante claro que ella deviene artificial, como todas las
obras de puro entendimiento. Y si la ciencia es toda ella obra de análisis o de
representación conceptual, si la experiencia sólo sirve de verificación a las
"ideas claras", si, en lugar de partir de intuiciones múltiples y
diversas que se insertan en el movimiento propio de cada realidad, pero que no
encajan siempre unas en otras, pretende ser una inmensa matemática, un sistema
único de relaciones que aprisione la totalidad de lo real en una red preparada
de antemano, entonces ella deviene un conocimiento puramente relativo al
intelecto humano. Léase bien la Critica de la razón
pura y se verá que, —para Kant— la ciencia es esta especie de matemática
universal, y que la metafísica es este platonismo apenas retocado. Y en verdad,
el sueño de una matemática universal no es ya sino una supervivencia del
platonismo. La matemática universal es aquello que deviene el mundo de las
Ideas, cuando se supone que la Idea consiste en una relación o en una ley,
pero de ninguna manera en una cosa Kant tomó por una realidad este sueño de
algunos filósofos modernos,[8]aún más creyó que todo conocimiento
científico sólo era un fragmento separado, o mejor, un escalón de la
matemática universal. Por esto, la tarea principal de la Crítica era fundar
esta matemática, es decir, determinar lo que debe ser la inteligencia y lo que
debe ser el objeto, de manera que una matemática ininterrumpida pudiera ligar
a ambos. Y, necesariamente, si toda experiencia posible tiene la seguridad de
entrar así en los cuadros rígidos, ya constituidos, de nuestro entendimiento,
esto se debe (a menos de suponer una armonía preestablecida) a que nuestro
entendimiento organiza él mismo la naturaleza y se encuentra en ella como en
un espejo. De aquí la posibilidad de la ciencia, que deberá toda su eficacia a
su relatividad, y la imposibilidad de la metafísica ésta no encontrará otra
ocupación que parodiar, sobre fantasmas de cosas, el trabajo de clasificación
conceptual que la ciencia prosigue formalmente sobre las relaciones. En breve,
toda la Crítica de la razón pura acaba por establecer que el platonismo,
ilegítimo si las Ideas son cosas, deviene legitimo si
las Ideas son relaciones. Establece también que la idea ya hecha, una vez
traída así del cielo a la tierra, es ciertamente —como lo quiso Platón— el
fondo común del pensamiento y de la naturaleza. Pero toda la Crítica de la
razón pura reposa también sobre este postulado que nuestro pensamiento es incapaz
de otra cosa que no sea platonizar, es decir, vaciar toda experiencia posible
en moldes preexistentes.
Ésta es
toda la cuestión. Si el conocimiento científico es precisamente lo que Kant
quiso, hay una ciencia simple, preformada y aun preformulada en la naturaleza,
tal como lo pensaba Aristóteles de esa lógica inmanente en las cosas, los
grandes descubrimientos sólo iluminan punto por punto la línea trazada de
antemano, a la manera como se enciende progresivamente, una noche de fiesta, el
cordón de gas que ya dibujaba desde antes los contornos de un monumento. Y si
el conocimiento metafísico es únicamente lo que Kant quiso, se reduce a una
posibilidad igual de dos actitudes opuestas del espíritu ante todos los grandes
problemas, y sus manifestaciones son otras tantas opciones arbitrarias,
siempre efímeras, entre dos soluciones formuladas virtualmente desde la
eternidad vive y muere de antinomias. Pero la verdad es que ni la ciencia de
los modernos presenta esa simplicidad unilineal, ni la metafísica de los
modernos esas oposiciones irreductibles.
La
ciencia moderna ni es una ni simple. Reposa —lo concedo— sobre ideas que
terminamos por encontrar claras, pero estas ideas, cuando son profundas, son
esclarecidas progresivamente por el uso que se hace de ellas. Deben por eso la
mejor parte de su luminosidad a la luz que les han devuelto, por reflexión, los
hechos y las aplicaciones a que han llevado así la claridad de un concepto no
es otra cosa que la seguridad, ya alcanzada, de manejarlo con provecho. Al
principio, más de una ha debido parecer obscura, difícilmente conciliable con
los conceptos ya admitidos en la ciencia y por eso muy cercana
de rozar lo absurdo. Lo que equivale a decir que la ciencia no procede por un
encaje regular de conceptos, que estarían predestinados a insertarse con precisión
unos en otros. Las ideas profundas y fecundas son otras tantas tomas de
contacto con corrientes de realidad que no convergen necesariamente en un mismo
punto. Pero también es cierto que los conceptos, en que moran ellas, llegan
siempre, al redondearse sus ángulos por un frotamiento recíproco, a ordenarse,
bien que mal, entre sí.
Por otra
parte la metafísica de los modernos no está hecha de soluciones tan radicales
que puedan terminar en oposiciones irreductibles. Lo que indudablemente
sucedería, si no hubiera algún medio de aceptar al mismo tiempo, y sobre el
mismo terreno, la tesis y la antítesis de las antinomias. Pero filosofar
consiste precisamente en colocarse, por un esfuerzo de intuición, en el
interior de esa realidad concreta sobre la cual la Crítica toma, desde fuera,
las dos vistas opuestas, tesis y antítesis. Nunca imaginaré que blanco y negro
se compenetran, si no he visto el gris, pero
comprendo fácilmente, una vez que lo he visto, que pueda considerársele desde
el doble punto de vista de blanco y negro. Las doctrinas que tienen un fondo de
intuición escapan a la crítica kantiana en la exacta medida en que son
intuitivas, y estas doctrinas son el todo de la metafísica, a condición de que
la metafísica no se tome congelada y muerta en las tesis, sino viviente en los filósofos.
En verdad, son notables las divergencias entre las escuelas, es decir, en suma,
entre los grupos de discípulos que se han formado alrededor de algunos grandes
maestros ¿Pero también se las encontraría destacadas entre los mismos maestros?
Alguna cosa domina aquí la diversidad de sistemas, alguna cosa —lo repetimos—
simple y clara como un golpe de sonda del cual se sabe que ha tocado, más o
menos profundamente, el fondo de un mismo océano, aunque cada vez traiga a la
superficie materias muy diferentes. Sobre estas materias trabajan de ordinario
los discípulos aquí está la importancia del análisis. Y el maestro, en tanto
que formula, desarrolla, traduce en ideas abstractas lo que aporta, es ya, de
alguna manera, un discípulo frente a sí mismo. Pero el acto simple, que ha
puesto al análisis en movimiento y que se disimula detrás de él, emana de una
facultad totalmente distinta de la que tiene por función analizar. Ésta será,
por definición, la intuición.
Digámoslo
para concluir esta facultad no tiene nada de misterioso. Quienquiera se haya
ejercitado con éxito en la composición literaria, sabe bien que, cuando el tema
ha sido largamente estudiado, todos los documentos recogidos, todas las notas
tomadas, para abordar ya el trabajo de la composición es necesaria otra cosa
todavía, un esfuerzo, a menudo penoso, con el objeto de colocarse
completamente, de un golpe, en el corazón mismo del tema, y de buscar, tan
profundamente como sea posible, una impulsión, por la que, en adelante, sólo
habrá que dejarse llevar. Esta impulsión, una vez recibida, lanza al espíritu
por un camino donde encuentra los informes que había recogido y también otros
detalles, se desarrolla, se analiza a sí misma en términos cuya enumeración se
podría proseguir sin fin, cuanto más se adelanta, más se descubre, pero jamás
se llegará a decir todo, y, sin embargo, si uno regresa bruscamente a la
impulsión que siente detrás de sí para captarla, se esfuma. No era, en efecto,
una cosa, sino una incitación al movimiento, y es, aunque indefinidamente
extensible, la simplicidad misma. La intuición metafísica parece ser alguna
cosa de este mismo género. Lo que aquí equivale a las notas y documentos de la
composición literaria, es el conjunto de observaciones y experiencias
recogidas por la ciencia positiva y, sobre todo, por una reflexión del espíritu
sobre el espíritu. Porque de la realidad no se logra una intuición, es decir,
una simpatía espiritual con lo que tiene de más interior, a menos que se haya
ganado su confianza por una larga intimidad con sus manifestaciones
superficiales. Y no se trata simplemente de asimilarse los hechos notables, es
preciso acumular, y fundir a la vez, una masa tan grande como se tenga la
seguridad, en esta fusión, de neutralizar, unas por otras, a todas las ideas
preconcebidas y prematuras que los observadores hayan podido depositar, sin
saberlo, en el fondo de sus observaciones. Solamente así es despejada la
materialidad bruta de los hechos conocidos. Aun en el caso simple y
privilegiado que nos ha servido de ejemplo, aun para el contacto directo del yo
con el yo, el esfuerzo definitivo de intuición distinta sería imposible a quien
no hubiera reunido y confrontado entre sí un gran número de análisis
psicológicos. Los maestros de la filosofía moderna son hombres que asimilaron
todo el material de la ciencia de su tiempo. Y el eclipse parcial de la
metafísica, desde hace medio siglo, tiene por principal causa la extraordinaria
dificultad que el filósofo experimenta hoy día para tomar contacto con una
ciencia que se vuelve cada vez más dispersa. Pero la intuición metafísica,
aunque sólo se pueda llegar a ella gracias a conocimientos materiales, es una
cosa enteramente diversa del resumen o la síntesis de esos conocimientos. Se
distingue de ellos como la impulsión motriz se distingue del camino recorrido
por el móvil, como la tensión del resorte se distingue de los movimientos
visibles en el péndulo. En tal sentido, la metafísica nada tiene de común con
una generalización de la experiencia, y, sin embargo, podría definirse como la
experiencia integral.
[1] ¿Es necesario decir que de ninguna manera proponemos aquí un medio de reconocer si un movimiento es absoluto o si no lo es? Definimos simple mente lo que se tiene en el espíritu al hablar de un movimiento absoluto, en el sentido metafísico de la palabra.
* “recoje” en el original (nota del Editor Digital).
[2] Las imágenes de que se trata aquí son aquellas que pueden presentarse al espíritu del filósofo cuando quiere exponer su pensamiento a otro. Hacemos a un lado la imagen cercana a la intuición que el filósofo puede necesitar para sí mismo y que con frecuencia permanece inexpresada
[3] Una vez más decimos que no descartamos de ninguna manera con esto a la substancia. Animamos al contrario la persistencia de las existencias. Y creemos haber facilitado su representación ¿Cómo ha podido compararse esta doctrina con la de Heráclito?
[4] Sobre todo en Newton, en su consideración de las fluxiones.
[5] Sobre este punto como sobre otras muchas cuestiones tratadas en el presente ensayo véanse los bellos trabajos de los señores Le Roy, Virent et Wilbois aparecidos en la Revue de Méthaphysique et de Morale.
[6] Como lo explicamos al tratar sobre la posición de los problemas (cap. II de La Pensée et le Mouvant), por mucho tiempo hemos dudado en servirnos del término intuición ; y una vez decididos hemos designado con esta palabra la función metafísica del pensamiento: principalmente el conocimiento íntimo del espíritu por el espíritu, subsidiariamente el conocimiento por el espíritu de lo que hay de esencial en la materia pues sin duda la inteligencia está hecha ante todo para manejar la materia y por esto para conocerla, pero no tiene por especial destino tocar su fondo. Tal es la significación que atribuimos a la palabra en el presente ensayo (escrito en 1902) principalmente en las últimas páginas. Más tarde nos hemos visto llevados por un cuidado creciente en la precisión a distinguí! con mayor claridad la inteligencia de la intuición, y también la ciencia de la metafísica (véanse los caps II y IV de La Pensée et le Mouvant) Pero de una manera general, el cambio de terminología no es inconveniente grave cuando se toma el trabajo de definir cada vez el término en su acepción particular, o simple mente cuando el contexto muestra su sentido de manera suficiente.
[7] Para completar lo que expusimos en la nota precedente afirmamos que nos hemos visto llevados, desde el tiempo en que escribimos estas líneas a restringir el sentido de la palabra ciencia y a llamar más particularmente científico el conocimiento de la materia inerte por la inteligencia pura. Lo cual no nos impedirá decir que el conocimiento de la vida y del espíritu es científico en una amplia proporción en la medida en que hace un llamado a los mismos métodos de investigación que se usan en el conocimiento de la materia inerte. Inversamente el conocimiento de la materia inerte podrá ser dicho filosófico, en la medida en que utilice, en cierto momento decisivo de su historia, la intuición de la duración pura. Véase igualmente la nota (del autor) al principio del presente ensayo.
[8] Véase a este propósito en los Philosophische Studien de Wundt (vol ix 1894) un interesantísimo articulo de Radulescu Motru: Zur Entwickelung von Kant's Théorie der Naturcausalitat.